V. HISTORIA DE UNA DISIDENCIA. LOS PROTESTANTES DE

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V. HISTORIA DE UNA DISIDENCIA. LOS
PROTESTANTES DE PRADEJÓN
George Borrow, uno de los pioneros de la difusión del protestantismo en España
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En las siguientes páginas se describe el devenir de la comunidad evangélica de
Pradejón, desde sus inicios, en el último tercio del siglo XIX, hasta la actualidad. La
presencia de este grupo religioso en una población tan pequeña, y en medio de una zona
mayoritariamente católica, constituyó una de las peculiaridades por las que pasó a ser
conocida la Villa en época contemporánea: "el pueblo de los protestantes". Una razón
suficiente para justificar la conveniencia de un apartado dedicado a este colectivo.
Pero hay otra razón aún más importante. A través de la historia de los evangélicos
se refleja la historia de la sociedad con la cual convivieron, en particular los grupos
dominantes y los antagonistas. Con el transcurso del tiempo las autoridades locales y el
clero católico mantuvieron unas relaciones cambiantes respecto a los protestantes, que
se correspondieron con las mantenidas por el Gobierno y la jerarquía de la Iglesia
Católica, y a un nivel más profundo con los conceptos entonces predominantes en el
imaginario colectivo.
A lo largo de más de un siglo y cuarto los evangélicos de Pradejón no
pretendieron otra cosa que vivir de acuerdo con su fe, y el grado en que encontraron
obstáculos para ello dependió de las concepciones sociales y políticas hegemónicas, que
atañían a los derechos individuales reconocidos e incluso a ideas tan necesarias para la
pervivencia del Estado como la identidad nacional.
Hoy tenemos asumido que las creencias religiosas, y su práctica privada, deberían
pertencer al ámbito íntimo de los individuos. La historia de los evangélicos de Pradejón
es básicamente la historia de la intromisión del Estado en esta esfera privada, del
consenso de la mayor parte de la sociedad en que tal interferencia era correcta y del
rechazo a esta situación de los grupos opuestos al statu quo, los disidentes.
EL APOSTOLADO (1872-1899)
El triunfo, en septiembre de 1868, de la Gloriosa Revolución, un pronunciamiento
militar de carácter liberal que depuso a la Reina Isabel II, supuso el inicio en España de
un periodo de libertades políticas y civiles, entre ellas el reconocimiento de la tolerancia
religiosa. Durante los seis años siguientes, conocidos como Sexenio Democrático, los
protestantes pudieron desarrollar sus trabajos de evangelización no sólo sin ser
perseguidos por el Gobierno, como les había sucedido hasta entonces, sino incluso bajo
su amparo frente a las agresiones de los católicos intransigentes: carlistas, neocatólicos
(popularmente llamados “neos”), alto y bajo clero y creyentes exaltados.
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La pluralidad de cultos quedó consagrada en el artículo 21 de la Constitución de
1869: “La Nación se obliga a mantener el culto y los ministros de la religión católica. El
ejercicio público o privado de cualquier otro culto queda garantido a todos los
extranjeros residentes en España, sin más limitaciones que las reglas universales de la
moral y del derecho”. “Si algunos españoles profesaren otra religión que la católica, es
aplicable a los mismos todo lo dispuesto en el párrafo anterior.”
El Estado pasó así a garantizar la tolerancia en materia de cultos, pero como
vemos seguía siendo confesional en la práctica, y siguió consagrando como elemento de
identidad nacional la religión católica. Y es que el catolicismo constituyó una de las
fuentes a partir de las cuales los conservadores y la Iglesia contribuyeron a crear la idea
de España durante el siglo XIX, que cristalizó en la doctrina del nacional catolicismo.
Frente a esta concepción dominante, los republicanos mantuvieron otra exclusivamente
laica, basada en la soberanía popular, una postura que al final del Sexenio Democrático,
durante la efímera I República, quedó reflejada en el proyecto de Constitución Federal
de 1873, que no llegó a promulgarse, en el cual se establecía la separación entre el
Estado y la Iglesia.
Al comienzo del Sexenio Democrático en España no había prácticamente tradición
protestante, si exceptuamos algunos núcleos de Andalucía próximos a Gibraltar, por lo
que al principio las tareas de proselitismo dependieron en buena medida del apoyo
material y espiritual de instituciones evangélicas extranjeras, muchas de las cuáles
enviaron sus propios misioneros. La American Board of Commissioners for Foreign
Missions (Junta Americana de Comisionados para Misiones Extranjeras), sociedad
congregacionalista de los Estados Unidos, se encargó de la evangelización de la zona
Norte de la península. Para este trabajo llegaron a España, a principios de 1872, el
pastor norteamericano Guillermo Hooker Gulick y su esposa Alicia Winfield, que
fijaron su residencia en Santander, y poco después vinieron a ayudarles dos hermanos
del primero, Thomas Gulick y Lutero Halsey Gulick. Las iglesias congregacionistas
fundadas por esta familia de misioneros a lo largo del valle del Ebro en las dos décadas
siguientes quedaron agrupadas bajo una estructura federal en la Unión IberoEvangélica.
Zaragoza, uno de los primeros lugares donde arraigó el protestantismo, contaba
desde marzo de 1870 con una capilla evangélica, la Iglesia del Espíritu Santo, fruto de
la predicación del pastor gaditano José Eximeno Colorado. Esta comunidad se adhirió
pronto al congregacionalismo, pasando a depender de la American Board al menos
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desde mediados de la década, momento en el que Tomás Gulick se estableció en
Zaragoza.
La comunidad protestante de Pradejón nació vinculada a la iglesia de Zaragoza. Su
origen estuvo en la conversión de un vecino, el panadero Julián Moreno Leza, que había
acudido en otoño de 1872 a cumplir un voto ante la Virgen del Pilar y escuchó en la
ciudad las predicaciones del pastor José Eximeno. A su regreso se dedicó el mismo a
evangelizar en la Villa, consiguiendo formar un núcleo protestante estable.
A la altura de 1881, nueve años después de la conversión de Julián Moreno, el
párroco consignó ya como protestantes en el Libro de Estado de Almas a 40 vecinos,
incluidas familias completas (marido, esposa e hijos). Hay que indicar que la nueva
situación política resultaba para entonces menos favorable a las actividades de los
evangélicos, bajo una nueva etapa de monarquía borbónica que supuso el regreso a la
confesionalidad del Estado, por lo que la cifra correspondía a una comunidad estable,
que ya había superado la fase de expansión y atravesaba otra menos propicia a las
predicaciones.
Los datos censales de 1881 permiten realizar un somero análisis de la procedencia
social de los integrantes de la comunidad evangélica de Pradejón y aventurar algunas
hipótesis acerca del proceso de conversión a la nueva fe. En primer lugar, la mayor
parte de los miembros de la congregación eran mujeres, adultas o de avanzada edad,
entre ellas un grupo de viudas de entre 61 y 62 años, probablemente amigas, y algunas
mujeres casadas con maridos no protestantes. Sólo hay un caso inverso, en el que el
esposo es evangélico y su mujer no. Ello nos permite una primera conclusión: la
conversión se produjo primero entre las mujeres, género ligado por tradición al fervor y
observancia religiosos, frente a la actitud masculina de mayor desapego o frialdad hacia
tales prácticas. Al parecer la difusión se realizó con éxito entre personas ligadas por
vínculos de amistad o de parentesco, y la presencia de varios matrimonios y familias
completas permite suponer que una vez convertida la mujer en muchos casos, aunque no
todos, le seguían en la adopción de la nueva fe los hijos y el marido.
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La Comunidad evangélica de Pradejón en 1881
Nombre
Edad
Estado civil
Profesión
EZQUERRO MANGADO, Rafael
EZQUERRO HERCE, Pedro
MANGADO EZQUERRO, María
EZQUERRO EZQUERRO, Gila
MIRANDA EZQUERRO, María
EZQUERRO OÑATE, Ignacia
GARCÍA NUEZ, Antonio
SANTO TOMÁS (EXPÓSITO), Petra
LEZA, Bonifacia
HERAS GIL, María Jesús
HERCE EZQUERRO, Isabel
LAVEGA BENITO, Basilisa
PALACIOS (EXPÓSITA), Elisa
SAINZ MIGUEL, Francisco
GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, Juana
MORENO LEZA, Julián
SAN EMETERIO PASTOR, Teresa
EZQUERRO EZQUERRO, María
ARAGÓN EZQUERRO, Gerardo
LAVEGA MANGADO, Juan
MIRANDA PASCUAL, Romana
LAVEGA MIRANDA, Cenobia
EZQUERRO EZQUERRO, Martiriano
GARCÍA EZQUERRO, María
EZQUERRO GARCÍA, Agustina
EZQUERRO GARCÍA, Agapita
EZQUERRO GARCÍA, Juan Cruz
EZQUERRO GARCÍA, Lorenzo
MANGADO RODERO, Blas
HERCE EZQUERRO, María Carmen
MANGADO HERCE, Elías
MANGADO HERCE, Petra
MANGADO HERCE, Práxedes
GARCÍA OÑATE, Matea
GARCÍA EZQUERRO, León
GARCÍA EZQUERRO, Anacleta
GARCÍA EZQUERRO, Gregoria
EZQUERRO EZQUERRO, Valentín
MIRANDA EZQUERRO, María
EZQUERRO MIRANDA, Pantaleón
29
18
Soltero
Soltero
Casada
Casada
Casada
Casada
Casado
Viuda
Viuda
Viuda
Viuda
Viuda
labrador
labrador
Casado
Casada
Casado
Casada
Casada
jornalero
Casado
Casada
Soltera
Casado
Casada
labrador
Casado
Casada
Soltero
labrador
labrador
Casada
Soltero
labrador
29
62
48
61
61
62
62
12
41
40
33
32
28
4
51
57
24
44
43
16
11
6
6
52
59
18
14
1
51
17
14
9
36
34
11
Casado
Casada
hornera
labrador
tendera
panadero
labrador
labrador
Respecto a la extracción social de los varones, la mayor parte eran trabajadores del
campo, pequeños propietarios o jornaleros, siendo el único oficio artesanal el del
panadero Julián Moreno. Quien evangelizó Pradejón era una persona dotada de recursos
económicos y con relativa independencia dentro de la Villa, y, además su oficio le
pemitía evangelizar de forma discreta, en el trato diario con los clientes. La mayor parte
de las mujeres se dedicaban a las labores domésticas, aunque destaca la presencia de dos
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mujeres de avanzada edad que regentaban un pequeño establecimiento comercial,
elemento también favorable al proselitismo discreto entre las parroquianas. El cuadro
socioeconómico general refleja una extensión del protestantismo entre personas con un
nivel económico medio o bajo, que trabajaban para sí mismos en oficios manuales,
sobre todo en el campo, destacando la ausencia de profesiones intelectuales, pero
también la escasa presencia de jornaleros.
Parece lógico suponer que la creación de una comunidad protestante en Pradejón
debió generar al menos tensiones con el clero local y el sector más intransigente de la
población católica. A lo largo y ancho de todo el territorio nacional se dieron durante
esta época de implantación numerosos conflictos, empezando por la propia Zaragoza.
Resultaban frecuentes las interrupciones durante la predicación pública, que muchas
veces incluían el apedreamiento de los oradores, las protestas eclesiásticas contra las
actividades de los evangelistas y los asaltos a capillas protestantes. Una situación que se
agravó durante la Restauración, cuando se pasó de la libertad de cultos a una tolerancia
restringida, contemplada en la Constitución de 1874. El respeto de tales derechos
dependió en este periodo de la voluntad de las autoridades.
Un aspecto en el que se dejó de cumplir con frecuencia la legislación era el
relativo a la construcción de cementerios civiles reservados para el enterramiento de los
no católicos. En muchos casos el Ayuntamiento se limitaba a ceder para tal fin un
espacio sin cercar, extramuros de tierra consagrada, conocido popularmente como “el
gallinero” o “el corralillo”, carente por completo de dotación alguna. Debemos destacar
al respecto que en Pradejón el Ayuntamiento destinó en 1885 una sección dentro del
nuevo cementerio municipal para el enterramiento de los “disidentes”, parte civil que
quedó separada de la católica por un muro. Esta concesión nos revela que al inicio de la
Restauración las autoridades locales mantenían relaciones cordiales con la congregación
protestante, probablemente reflejo de la ausencia de grandes conflictos con este grupo
en la Villa. Pueden explicar esta situación factores como lo discreto y restringido del
núcleo protestante, volcado a actividades internas y sin presencia pública destacada, y el
que Pradejón constituyera una población pequeña, donde los lazos comunitarios jugaban
aún un importante papel de cohesión.
El pastor encargado de la congregación durante sus primeros años fue Agustín
Sáenz, predicador que más tarde acabó al frente de la misión de Tauste (Zaragoza).
Agustín Sáenz se encargó de gestionar la compra de una casa destinada a alojar la
iglesia y escuelas evangélicas, adquirida con fondos de la American Board. Para evitar
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problemas legales por cuestiones de herencia, la propiedad del inmueble quedó a
nombre de la Spanish American Company, o Compañía Española Americana, sociedad
radicada en Madrid que administraba el propio Guillermo Hooker Gulick. Esta casa, un
edificio de tres pisos y 170 metros cuadrados, ubicado en la Calle Mayor, constituyó a
partir de entonces el centro de reunión social de la comunidad evangélica.
En 1879 sustituyó a Agustín Sáenz el pastor José Eximeno, quien se encargara
años antes de convertir al primer pradejonero, predicador que consiguió formar un
núcleo evangelista en Logroño. De todos modos, el foco congregacionista principal
siguió radicando en Pradejón, ya que la capital riojana no constituyó nunca un lugar de
implantación sólida del evangelismo, experimentando grandes fluctuaciones en el
número de congregantes. Unos años más tarde, en 1891, la iglesia evangélica de
Logroño sólo tenía 3 miembros, si bien es cierto que se trataba de uno de sus peores
momentos.
En 1884 llegó a Pradejón para hacerse cargo de la iglesia el pastor Ángel Digón,
procedente, como el anterior, de Zaragoza. Digón asistió, en representación de la Villa,
a la Décima Asamblea de la Iglesia Cristiana Española, dentro de la delegación enviada
por la Unión Ibero-Evangélica, de la que también formó parte el misionero Guillermo
Hooker Gulick. En esta importante reunión, celebrada en Madrid en mayo de 1886, se
adoptó el acuerdo de unión entre las dos agrupaciones protestantes, constituyéndose la
Iglesia Evangélica Española, hegemónica a escala nacional, una estructura asociativa
que ha llegado hasta la actualidad.
LA TRAVESÍA DEL DESIERTO (1900-1930)
En la primera década del siglo XX ocupó un lugar central dentro del panorama
político español la “cuestión religiosa”. Republicanos y liberales movilizaron a la
opinión pública y a su electorado en torno a la reivindicación de eliminar el control del
clero sobre la vida pública, en tanto los conservadores y la propia jerarquía eclesiástica
intentaron incrementar la influencia de la Iglesia en la sociedad. El enfrentamiento no
quedó sólo en un plano retórico o simbólico, sino que estuvo salpicado de numerosos
incidentes y conflictos, con frecuencia violentos, desde las peleas durante el estreno de
la anticlerical obra de teatro Electra, de Benito Pérez Galdós, en 1901, hasta la quema
de conventos y edificios religiosos en Barcelona durante la Semana Trágica de 1909.
Las reivindicaciones anticlericales coincidían con las propias de los protestantes,
relegados a una posición marginal debido a la confesionalidad del Estado. En 1910 los
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pastores evangélicos promovieron su propia campaña por la libertad de cultos, a la que
se adhirieron figuras del republicanismo como Benito Pérez Galdós. La campaña acabó
con la presentación ante las Cortes de un escrito con más de 100.000 firmas en el que se
pedía la vuelta a la legalidad de la Constitución de 1869. Entre los redactores del escrito
se encontraba Carlos Araujo, pastor de la iglesia de Zaragoza que en el cambio de siglo
tuvo a su cargo la iglesia de Pradejón. Los protestantes consiguieron con su campaña
que el Gobierno de Canalejas promulgara un decreto ampliando la tolerancia religiosa,
donde, entre otras medidas, otorgaba autorización a las religiones no católicas a que
colocaran rótulos y símbolos en el exterior de sus edificios: hasta entonces habían
carecido del derecho a esa mínima “propagada”.
También se reprodujo en Pradejón, en los albores del nuevo siglo, el
enfrentamiento religioso nacional, que deterioró el clima de convivencia pacífica entre
confesiones hasta entonces mantenido en el pueblo. El año 1900 la escuela evangelista
de Pradejón recibió una nueva maestra, la primera de cuya actividad tenemos
constancia, Asunción Benita Miranda, natural de Murillo, a quien se uniría poco
después el pastor y maestro Domingo Heras, su futuro marido, natural de Muro de
Aguas. El local destinado a escuelas, ubicado en la primera planta del edificio de la
calle mayor que albergaba la iglesia y la vivienda del matrimonio, tenía 64,43 metros
cuadrados. Allí Asunción daba clase de párvulos e impartía enseñanza elemental de
niñas, y su esposo Domingo se ocupaba de la escuela elemental de niños.
En 1909 las escuelas evangélicas recibían un alumnado total de 50 niños y 45
niñas, la mayor parte hijos de vecinos no protestantes, ya que la congregación estaba
formada en la misma época, al igual que a finales del siglo XIX, por un núcleo estable
de en torno a 40 personas. La matrícula de las Escuelas Nacionales era de 100 niños y
94 niñas, y la de la escuela católica de párvulos, de Juana Cordón, de 140 alumnos de
ambos sexos. Comparando las cifras podemos apreciar que más de la quinta parte de los
pradejoneros confiaba la educación de sus hijos a la escuela evangélica, el único centro
donde no se enseñaba “la Doctrina”, es decir, la asignatura de doctrina católica. Frente a
lo que pudiera parecer a primera vista, tampoco se adoctrinaba en el protestantismo,
como demuestra el escaso crecimiento de la comunidad evangelista, a pesar de la
vitalidad de su escuela. Como sucedía en otros muchos lugares de España, en un
periodo donde no les estaba permitido el proselitismo a los disidentes religiosos, las
escuelas evangélicas de Pradejón funcionaban en realidad como Escuela Laica,
denominación con la que de hecho se designará oficialmente a este centro de enseñanza
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unos años más tarde. Si buena parte de los vecinos de la Villa elegían llevar a sus hijos a
las escuelas evangélicas era porque preferían una formación laica para sus hijos.
No obstante, las autoridades municipales del momento juzgaron que en las
escuelas evangélicas se hacía proselitismo, razón por la cual llegaron a cerrarlas
temporalmente. En junio de 1909 la Junta Local de Primera Enseñanza de Pradejón,
formada por el alcalde (conservador), dos concejales, el inspector de sanidad, dos
padres y dos madres de familia, el cura párroco, el farmacéutico y el Secretario,
inspeccionarion todas las escuelas de la Villa. Como resultado de la visita, denunciaron
a la escuela evangélica, puesto que Domingo Heras no tenía permiso para dar clase. La
sección de enseñanza elemental de niños quedó cerrada, y el pastor tuvo que emprender
un largo proceso para conseguir la autorización para reabrirla. El principal obstáculo
opuesto por la Junta Municipal de Local de Primera Enseñanza estribaba en el hecho de
que Domingo Heras daba clase en la misma sala utilizada para el culto protestante,
quedando a la vista de los alumnos, por tanto, las escrituras sagradas y los objetos
litúrgicos, algo prohibido por la ley. El pastor procedió a trasladar la capilla a otra sala,
pero por dos veces más se le denegó el permiso para reanudar las clases. La reapertura
se produjo finalmente en otoño de 1910, con la capilla en la parte trasera del edificio, y
tras quedar separadas por un tabique las secciones femenina y masculina de la escuela,
otra de las objeciones de la Junta Municipal. El pastor conseguía de este modo el
permiso justo unos meses después de que entrara en vigor el decreto del Gobierno
Canalejas garantizando la tolerancia religiosa, más arriba mencionado, que se promulgó
en junio. En medio del encendido enfrentamiento nacional sobre “la cuestión religosa”,
la Escuela Laica de Pradejón volvía a ponerse en marcha.
Los datos parroquiales de 1909 arrojan una cifra de 39 protestantes en Pradejón.
La congregación en estos momentos constituye una comunidad estable, integrada en su
mayor parte por familias completas, y en la que la mitad de los miembros son hijos de
matrimonios evangélicos que se encuentran en la juventud o la infancia. En realidad, si
la religión se transmitiera con éxito dentro del marco familiar, el mismo crecimiento
vegetativo habría hecho aumentar la población evangélica de la Villa. Pero algunos
indicios permiten detectar los problemas de expansión, en un contexto de presión social
católica fuerte, y reducidos a vivir sus creencias en un círculo íntimo: ya no hay
matrimonios mixtos, entre católicos y protestantes, por lo que resulta probable que
algunos evangélicos renunciaran a su fe al casarse, e incluso se da el caso de una niña,
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nacida en el seno de una familia protestante, que adoptó la religión católica (situación
que marcamos en la tabla con un asterisco).
La Comunidad evangélica de Pradejón en 1909
LAVEGA BENITO, Basilisa
GARCÍA SAN EMETERIO, Mª Josefa Juana
MORENO SAN EMETERIO, Guillermo
FERNÁNDEZ MIRANDA, Juana
MORENO LEZA, Florencio
SAN EMETERIO PASTOR, Juana
MORENO SAN EMETERIO, Teresa
GARCÍA EZQUERRO, León
ORIO, Elisa
GARCÍA ORIO, Moisés
GARCÍA ORIO, Camilo
GARCÍA ORIO, Manuel
* GARCÍA ORIO, Ángeles (Católica)
EZQUERRO HERNÁNDEZ, Sinforiano
GARCÍA EZQUERRO, Cleta
EZQUERRO GARCÍA, Matea
EZQUERRO GARCÍA, Mariano
EZQUERRO GARCÍA, Antonio
EZQUERRO GARCÍA, Julio
EZQUERRO GARCÍA, Pilar
ARAGÓN PASTOR, Agapito
EZQUERRO EZQUERRO, María
ARAGÓN EZQUERRO, Sara
LAVEGA AYARZA, Sabino
SANTO TOMÁS, Oria Elisa
LAVEGA SANTO TOMÁS, Sara
LAVEGA SANTO TOMÁS, Samuel
LAVEGA SANTO TOMÁS, Lidia
FERNÁNDEZ EZQUERRO, Francisco
MIRANDA EZQUERRO, Josefa
FERNÁNDEZ MIRANDA, Eulogia
FERNÁNDEZ MIRANDA, Ester
FERNÁNDEZ MIRANDA, David
EZQUERRO ROMEO, Policarpo
MANGADO HERCE, Petra
EZQUERRO MANGADO, Esperanza
MORENO SAN EMETERIO, Ambrosio
FERNÁNDEZ MIRANDA, Aurea
MORENO FERNÁNDEZ, David
MORENO FERNÁNDEZ, Isabel
En la primera década de siglo se reforzaron los vínculos entre la disidencia política,
republicana y obrera, de marcado anticlericalismo, y los disidentes religiosos. Un ejemplo
de este hecho lo constituye la obra El atraso de España, publicada en 1910 bajo seudónimo
por Tomás Giménez Valdivielso. En ella el autor, republicano con fuertes simpatías
socialistas, diagnostica como una de las causas del atraso de España, el predominio del
fanatismo religioso, impuesto sobre la sociedad por las autoridades y el clero. Y entre sus
argumentos invoca, para demostrar la intolerancia de la Iglesia, la persecución de la que ésta
hacía objeto a los protestantes, presentes en las grandes ciudades, pero también en pueblos
pequeños, entre los cuáles cita a Pradejón:
“No niego que los frutos obtenidos son escasos, pero es de admirar la obra de esos
misioneros, que no ponen en riesgo su vida, como en los países bárbaros, pero que tienen
que sufrir mil vejámenes, mil desprecios, sin encontrar buena acogida en ninguna parte y
sufriendo a cada paso disgustos y sinsabores que amargan la vida. La mayor parte de las
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capillas están instaladas en locales modestísimos, con una pobreza verdaderamente
evangélica, y los fieles que las frecuentan pertenecen todos a las clases más modestas. (...)
Cada capilla protestante que se abre provoca las iras del clero católico, y llevan el asunto a
las Cortes, fustigando a los ministros porque consienten el desarrollo de la impiedad”.
Tomás Giménez Valdivielso no oculta su simpatía por los protestantes: “La salvación
de España hubiera sido la creación de un fuerte núcleo protestante. Entonces se hubiera
asegurado la libertad de cultos y la emancipación de la conciencias”.
Muy al contrario, el panorama nacional que describe está en las antípodas, debido a la
influencia clerical. El autor llega a la conclución de que en España predomina aún “el
espíritu de Torquemada”.
No sólo intelectuales distantes utilizaron en su propaganda la situación de los
protestantes en Pradejón. Cuando se creó el primer sindicato de clase en la Villa, una
Sociedad de Obreros Agricultores, aunque en realidad abierta a todo tipo de trabajadores, ya
que acogió a muchos de los obreros de las obras del Canal de Victoria-Alfonso, la nueva
asociación invitó a Domigo Heras para que interviniera como orador en el mitin del Primero
de Mayo. No resulta nada extraño. Los protestantes contaban con muchos factores atractivos
a ojos de los anticlericales. Por una parte, estaba su condición de grupo civilmente
marginado, una prueba palpable de la confesionalidad del Estado y, como hemos visto, de
la intolerancia y el predominio ideológico ejercidos por la jerarquía católica. Y en tal sentido
las iglesias protestantes habían emprendido, y siguieron manteniendo, reiteradas campañas
nacionales en favor de la plena libertad de cultos, a partir de la parcialmente exitosa de
1910. Por otra parte la concepción evangelista del cristianismo les hacía señalar como
supersticiones un buen número de prácticas católicas, como la confesión, el culto a la virgen
y a los santos (considerado una forma de idolatría), la obediencia debida a la jerarquía
eclesiástica (del Papa para abajo), y la compraventa de indulgencias y misas de difuntos.
El mitin del Primero de Mayo de 1917 se celebró en el juego de pelota, y tras el
discurso del pastor protestante intervino el albañil Ángel Pellejero, quien, de acuerdo con el
párroco, que interpuso una denuncia ante las autoridades, “en su dirscurso pronunció frases
y expuso ideas ofensivas a los sentimientos religiosos de la mayoría del vecindario y a la
Religión del Estado” y “atacó densamente a la religión católica, a las instituciones del
Estado, a la propiedad, a la autoridad, etc.” Ante el juez municipal el obrero reconoció “que
entusiasmado por la celebración de la fiesta del trabajo y algo trastornado por algunas
libaciones de alcohol pudo pronunciar algunas frases ofensivas a la religión [católica]”, se
retractó por lo dicho y se mostró conforme en que el cura leyera una copia certificada de su
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rectificación en el púlpito de la Iglesia, el primer día festivo, “para reparar de lo posible el
escándalo producido”. En esta ocasión el poder eclesiástico, desafiado, consiguió reafirmar
su dominio sobre la comunidad.
Domingo Heras siguió siendo el pastor de Pradejón al menos hasta 1919, año en el que
también tuvo que hacerse cargo de la iglesia de Zaragoza. En 1921 le sustituía al frente de la
iglesia de Pradejón el maestro evangélico Antonio Díaz, pastor que también acabaría
viajando con destino a Zaragoza en 1931.
La instauración de la Dictadura de Primo de Rivera, en 1923, supuso un refuerzo de la
confesionalidad del Estado, ya que el nuevo régimen buscó, y obtuvo, el apoyo de la Iglesia
y los católicos, y proclamó como uno de sus objetivos la regeneración moral y espiritual de
la patria. Quizá la escenificación más efectista de los vínculos oficiales entre la Dictadura y
catolicismo lo constituyeron las ceremonias de entronización del Sagrado Corazón en los
Ayuntamientos. En Pradejón el acto tuvo lugar en septiembre de 1929, con la asistencia,
junto a la Corporación, del Obispo, el Gobernador Civil y el Presidente de la Diputación
Provincial. Por la mañana se llevó en procesión el Sagrado Corazón a las Escuelas de niños,
en procesión con música, lanzamiento de cohetes y volteo de campanas. Posteriormente el
Ayuntamiento ofreció un banquete a las autoridades. Entre los discursos pronunciados, el Sr.
Maura, concejal del Ayuntamiento de Logroño, expresó su convicción de que “si algo ha de
sanear a los pueblos es la regeneración moral que implica la restauración de las ideas
católicas”, y el Gobernador Civil afirmó que “la base religiosa es la piedra fundamental de la
sociedad”. Por la tarde la ceremonia acabó con la entronización de otra imagen del Sagrado
Corazón en el Salón de Plenos del Consistorio, tras volver a recorrer el pueblo en procesión.
Las autoridades políticas de la Dictadura impusieron de modo generalizado trabas a las
actividades de los protestantes, negando el permiso para la creación de capillas, la apertura
de escuelas laicas o la celebración de entierros. Este comportamiento, reverso del trato de
favor dispensado a la religión oficial del Estado, acabó plasmándose en el Código Penal de
1928, que contemplaba penas hasta seis años de cárcel por la celebración de ceremonias
religiosas no católicas fuera de los templos o los cementerios.
Probablemente tuviera lugar en este periodo, en el que se encontraba al frente del
Ayuntamiento una Corporación ansiosa de demostrar su celo católico, el episodio referido
por uno de los miembros de más edad de la comunidad evangélica de Pradejón. Según le
contaron, en una ocasión en que se celebraba el Corpus Christi, se colocó el altar justo
delante de la Iglesia protestante, con la intención deliberada de provocar, ya que la procesión
se celebraba a las once, hora de culto en la capilla. No conformes con eso, algunos católicos
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entraron en la iglesia a recriminar a los protestantes el que les molestaban con sus cantos, a
lo que el pastor les replicó que los miembros de la congregación estaban en su casa y
quienes estaban en la calle eran ellos. A partir de ese momento se hizo todo los años el altar
del Corpus delante de la Iglesia protestante, en vez de en el sitio donde había sido costumbre
hasta entonces, la plaza donde se encuentra el actual Ayuntamiento.
LA CIUDADANÍA PLENA (1931-1936)
La proclamación de la Segunda República, en 1931, inauguró en España un periodo de
auténtica libertad de cultos. Tal y como se recogía en el artículo 27 de la nueva
Constitución: “La libertad de conciencia y el derecho de profesar y practicar libremente
cualquier religión quedan garantizados en el territorio español, salvo el respeto debido a las
exigencias de la moral pública.” Por primera vez el Estado dejaba de mantener una religión
oficial. La nueva legislación supuso sin duda un gran progreso para los protestantes, que al
fin obtenían la igualdad de derechos con los católicos. Pero al mismo tiempo quedaron
sometidos a las mismas restricciones gubernativas.
Las autoridades republicanas, con el objetivo de aminorar la influencia social de la
Iglesia católica, ligada de forma tradicional a la ideología conservadora, pretendieron
secularizar por completo la vida civil, relegando las actividades religiosas a la esfera
privada. A partir de entonces, las manifestaciones públicas de culto quedaron sometidas,
como las de cualquier otro tipo, a la autorización del Gobierno. Y en la práctica su
celebración dependió de la actitud, a favor o en contra, de los alcaldes y de los
Gobernadores Civiles. Por otra parte, el aspecto más polémico del plan secularizador
republicano consistió en su intención de eliminar las escuelas privadas de carácter religioso,
lo cual ponía en peligro también a las escuelas evangelicas. No obstante, este proyecto no
llegó a ponerse en práctica, ya que el Gobierno de centro derecha lo paralizó antes de que se
cumpliera el plazo de ejecución, y el Gobierno del Frente Popular no tuvo tiempo para
llevarlo a efecto.
Durante los cinco años que duró la Segunda República, el Ayuntamiento de Pradejón
estuvo integrado al completo por concejales del Partido Republicano Radical Socialista
(PRRS), entre ellos el protestante Perfecto Miranda Medrano, Segundo Teniente alcalde,
quien llegó a ocupar la Alcaldía durante dos años, de 1934 a 1936. Los vínculos existentes
en Pradejón entre disidentes religiosos y disidentes políticos, unidos por un talante liberal y
por la lucha contra las prerrogativas católicas, y de los que constituyen indicios durante el
periodo anterior la elevada matrícula de la Escuela Laica y el polémico mitin del Primero de
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Mayo de 1917, quedaron patentes durante la Segunda República. El pastor protestante
durante estos años, Simón Vicente, fue un miembro influyente dentro de la agrupación
republicana local, el mencionado PRRS, luego fusionado en el Partido de Izquierda
Republicana (IR). No formó parte de la directiva ni ejerció cargos políticos, aunque sí ocupó
el puesto de Secretario del Juzgado Municipal mientras estuvo al frente como Juez el albañil
Simón San José, uno de los dirigente del PRRS. Debe destacarse también el que en las
primeras elecciones municipales, las de abril de 1931, se presentó como candidato
republicano al menos otro protestante, Nicomedes Miranda Medrano, hermano del concejal
electo Perfecto Miranda.
Las relaciones entre el Ayuntamiento republicano y la comunidad evangélica
resultaron cordiales, y como hemos visto algunos de los protestantes apoyaron con
entusiasmo el nuevo régimen, que suponía el fin de la marginación civil y del acoso
promovido o consentido por las autoridades. Un nuevo status de ciudadanía que los
“disidentes” de Pradejón, tanto los religiosos como los políticos, vieron escenificado, al
igual que en otras muchas partes de España, en la secularización del cementerio y el derribo
de la tapia que hasta entonces les había separado de la parte católica: una barrera no sólo
simbólica.
Religion in the Republic of Spain, libro publicado por la editorial protestante
internacional World Dominion Press donde se analizaba la situación de los protestantes bajo
la Segunda República, suministra datos estadísticos de todos los núcleos evangélicos
españoles. En La Rioja seguían reduciéndose a dos, con una clara preeminencia de Pradejón
sobre Logroño, a pesar de la enorme diferencia de población.
En 1933 la comunidad evangélica de la Villa constaba de 36 miembros, lo cual
confirma las consideraciones más arriba expresadas acerca del estancamiento de la
congregación, dentro de la estabilidad. Otro dato resulta más desfavorable, la reducción de
alumnos de las escuelas evangélicas a un total de 50, la mitad que a principios de siglo, que
podría deberse al carácter laico de la educación pública, tal vez acompañado, ante la nueva
situación de libertad de expresión en materia religiosa, de la introducción de la enseñanza
doctrinal en el centro protestante. En estos momentos mantenían también abierta una escuela
dominical, dedicada al fomento de la lectura de la Biblia y dirigida a adultos, que recibía la
asistencia de 23 personas.
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Comunidades evangélicas en La Rioja en 1933
Asistencia
a
las
Miembros de la
Escuelas Evangélicas Maestros
congregación
(Educ. Primaria)
Valor
del
Asistencia a la
patrimonio
Escuela Dominical
(Ptas)
Pradejón
36
50
3
23
3.000
Logroño
31
0
0
30
0
La presencia de dos comunidades religiosas, y las buenas relaciones existentes entre
los republicanos y una de ellas, la de los evangélicos, añadieron en el caso de Pradejón un
factor de complejidad a las ya de por sí complicadas relaciones entre los poderes públicos y
la Iglesia Católica durante la Segunda República. En principio, la actuación del
Ayuntamiento estuvo presidida por la preservación del laicismo consagrado por la
Constitución y la consideración de los cultos como algo correspondiente a la iniciativa
particular y privada de los individuos. En este sentido se inscribe el temprano acuerdo de
dejar de costear con dinero municipal los actos religiosos durante las fiestas patronales de
San Ponciano y San Antonio de Pádua, y de asistir a los mismos, así como el de retirar el
Sagrado Corazón del Salón de Plenos, entronizado con tanto fasto dos años antes.
En otras cuestiones, prevaleció el respeto a las costumbres de la mayoría católica, y la
Corporación republicana otorgó su consentimiento para la realización de las procesiones
tradicionales, denegadas de modo sistemático en otros pueblos de La Rioja.
No obstante, el Ayuntamiento pasó a una postura de mayor hostilidad respecto a la
Iglesia Católica tras la formación a escala nacional del Gobierno de centro derecha, o
radical-cedista. Este comportamiento, a primera vista parádojico, constituyó una reacción a
la previsible paralización de las leyes secularizadoras promulgadas por el anterior Gobierno
de coalición republicano-socialista. Se pretendía contrarrestar el apoyo gubernamental que
la Iglesia iba presumiblemente a recibir en la nueva situación. En noviembre de 1933 las
autoridades locales de Pradejón acordaron imponer un arbitrio municipal sobre los
enterramientos realizados por el rito católico, y otro sobre el toque de campanas entre las 8
de la tarde y las 7 de la mañana. En el caso de la primera medida, se establecía de hecho un
agravio comparativo respecto a los evangélicos, tal y como puso de manifiesto el párroco
ante al Obispado: “En Pradejón se crean nuevas clases sociales por razón de las creencias
religiosas, dando a unos la condición de privilegiados y a otros la de parias. Esto es
anticonstitucional y altamente censurable. (...) Mientras en este pueblo se impone gravamen
(...) a los entierros católicos, los entierros protestantes (ha de tenerse en cuenta que en esta
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vecindad existe Iglesia protestante con su Pastor correspondiente, que realiza sus cultos), al
igual que los laicos, quedan libres de todo gravamen, haciéndose a su favor una distinción
no sólo odiosa, sino además injuriosa a los sentimientos de la mayoría de los vecinos, que
profesan la Religión Católica, que es únicamente contra quien se imponen los gravámenes.”
Por el tono de la carta, podemos ver que las ordenanzas promulgadas por el
Ayuntamiento republicano sobre las pompas fúnebres y sobre el toque de campanas fueron
percibidas por la comunidad católica como un ataque contra sus derechos y una marginación
frente a lo que consideraban un trato de favor dispensado a los evangelistas.
El párroco recurrió ambas iniciativas. Sólo prosperó el recurso contra la restricción del
toque de campanas, revocado por Tribunal Provincial de lo Contencioso-Administrativo,
aunque volvió a ser impuesto con éxito en 1936, tras el triunfo en las elecciones generales
del Frente Popular.
A pesar del tono victimista del cura de Pradejón, todo parece indicar que la mayor
parte de los protestantes, en tanto que grupo, carecieron de actividad pública destacable, y la
congregación evangélica se centró, como venía haciendo desde hacía décadas, en la vida
espiritual interna de la propia comunidad. Y de hecho su presencia social experimentó un
retroceso, tras la pérdida del apoyo económico estadounidense. A principios de 1934 el
pastor Simón Vicente se trasladó a Calahorra, probablemente para ejercer allí la enseñanza
tras dejar de recibir los envíos de dinero de la American Board, problema que afectó a
muchas de las iglesias congregacionistas en el Norte de España, algunas de las cuáles
pasaron a depender de la Misión Francesa del Alto Aragón. Debido a la marcha del maestro,
en marzo de ese año se cerraron las escuelas evangélicas de Pradejón, y sus alumnos pasaron
a las Escuelas Nacionales o a la Escuela de párvulos de Juana Cordón.
Desde la vecina ciudad de Calahorra, Simón Vicente siguió atendiendo espiritualmente
a la congregación, realizando visitas con regularidad. En este etapa final de la Segunda
República su situación era similar a la del pastor protestante que Patricio Escobal conoció en
la cárcel habilitada del Frontón Beti Jai, al inicio de la Guerra Civil, siendo ambos presos
políticos. En Las Sacas, memorias de su cautivero, Escobal se refirió al pastor con el
nombre de Ángel, sin dar apellidos, pero las circunstancias vitales de este hombre de fe
presentan las suficientes coincidencias con las de Simón Vicente como para poder
identificarle como el pastor de Pradejón, también represaliado político. Ésta es la
descripción del pastor protestante contenida en su libro: “Tendría unos cuarenta años y una
cara cetrina de barba hirsuta, con ojos muy negros. Su íntimo amigo allí era el anarquista
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Marcelino Bello. Ambos vegetarianos y de modales suaves parecían en cierto modo tener
almas gemelas. (...)
Ejercía el pastor su apostolado en un pequeño pueblo de la provincia. La capilla y su
casa fueron saqueadas y quemadas por las turbas del pueblo, alentadas en tan bella obra por
las autoridades locales. Poseía Ángel unas parcelas de terreno que labraba él mismo, con su
producto y dando clases a niños vivía en extrema pobreza, casi rayana en el ascetismo. No
había sacado de la catástrofe más que su Biblia, a la cual miraba continuamente para sacar
de ella en la conversación cientos de citas.”
Escobal dedicó un capítulo de Las Sacas a la peculiar amistad entre el anarquista y el
religioso. En el retrato que nos dejó del pastor protestante destacan la firmeza de sus
creencias, su esperanza en la transformación del espíritu de la humanidad a través de la
religión y su absoluto rechazo a la violencia, algo incomprensible para unos compañeros de
encierro dedicaban el tiempo a apasionadas controversias sobre la marcha de la guerra.
REPRESIÓN Y CONTROL (1936-1977)
Después de la etapa de mayor libertad experimentada por la comunidad evangélica, la
democracia republicana, que como hemos visto coincidió también en su última parte con un
periodo de apuros económicos, el triunfo de la sublevación militar de julio de 1936 en La
Rioja inauguró para los protestantes una larga etapa de represalias y marginación.
En los primeros días de la Guerra Civil los sublevados asaltaron la capilla y le
prendieron fuego, y en los meses siguientes, dentro del proceso de represión política que
pusieron en marcha, las nuevas autoridades militares asesinaron a los protestantes que más
habían destacado por su militancia de izquierda o por su apoyo al régimen republicano, entre
ellos el pastor Simón Vicente, cuyo fusilamiento obedeció sin duda al deseo de disgregar la
comunidad protestante. Posteriormente las milicias de Falange se incautaron del edificio que
había alojado la iglesia evangélica, reclamado sin éxito por la Compañía Española
Americana de la American Board. Todos estos atropellos infligidos sobre la congregación se
abordan con detalle en el capítulo siguiente, dedicado a la Guerra Civil.
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El cónsul de los EE.UU. se dirige al alcalde de Pradejón, en 1938, interesándose por los
bienes incautados a los protestantes. Las demandas continuarán durante años.
Aunque el asesinato y las penas de cárcel se reservaron para aquellos protestantes que
tuvieron un papel destacado en política, sí que se aplicaron de modo generalizado a la
comunidad evangélica otras represalias, algunas de forma duradera. Las nuevas autoridades
quisieron dejar claro que mientras siguieran manteniendo su fe como protestantes, serían
hostigados y marginados. Al inicio de la Guerra Civil se sometió a los evangélicos a
humillaciones públicas, como la administración periódica de aceite de ricino y el rapado del
pelo a los miembros del sexo femenino. Y a lo largo de los primeros años del franquismo se
obligó a las mujeres protestantes a reunirse con frecuencia en casa del cura, donde éste les
intentaba convencer para que se convirtieran al catolicismo. Las mujeres seguían siendo la
pieza clave del mantenimiento de la fe dentro de la comunidad evangélica, al igual que en el
periodo de fundacional, cuando el panadero Julián Moreno convirtió a las primeras
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pradejoneras. Para resquebrajar su fe, considerada un desafío al nuevo periodo de nacional
catolicismo, los poderes fácticos, civiles y eclesiásticos, no dudaron en emplear la coacción
y la recompensa, el palo y la promesa.
Los hijos de las familias protestantes eran obligados a recibir el bautismo, y en la
escuela los profesores, religiosos, les ofrecían oportunidades para estudiar una carrera si se
hacían católicos. A los protestantes adultos se les impedía contraer matrimonio civil. Y
durante las dos primeras décadas los evangélicos carecieron por completo de asistencia
espiritual y de celebraciones comunitarias, quedando relegada su profesión de fe a la
intimidad individual. Unas condiciones muy duras, que no obstante no consiguieron sino
afianzar a los protestantes en sus creencias.
El franquismo viró hacia una relativa tolerancia respecto a los protestantes a principios
de la década de 1950, por motivos de imagen exterior. Las denuncias de los grupos de
presión protestantes europeos y norteamericanos habían jugado un papel destacado en el
asilamiento internacional del régimen de Franco, estigmatizado por sus persistentes
violaciones de los derechos humanos. En el contexto de la Guerra Fría, el cambio de actitud
de Estados Unidos, que pasó a considerar a España un potencial aliado y firmó con el
Gobierno en 1953 un acuerdo para establecer bases militares en suelo español, ofreció al
franquismo una tabla de salvación. Pero si la Dictadura quería aprovechar la oportunidad de
rehabilitar su reputación internacional, debía al menos guardar las apariencias de un mínimo
Estado de Derecho.
En el marco de mayor tolerancia existente, tuvo lugar en este periodo la reanudación
del culto protestante en Pradejón, en domicilio particulares. Primero en la casa de Teresa, la
esposa del represaliado Nicomedes Miranda, y luego en la de Sara Ezquerro, esposa de
Eladio García, voluntario forzoso del Tercio Sanjurjo desaparecido en el frente en
circunstancias poco claras. El pastor que asistía las reuniones de la comunidad se desplazaba
desde Zaragoza, careciendo de uno resididente en la Villa. A pesar de la mejora, continuó el
hostigamiento por parte de las autoridades municipales, que durante años mantuvieron la
práctica de irrumpir en las celebraciones protestantes con la Guardia Civil, para detener a los
hombres o para contar el número de los asistentes, que no debía sobrepasar de 20.
La progresiva apertura de la Dictadura y de la de la jerarquía católica, tras el Concilio
Vaticano II, permitieron al final del franquismo la celebración del culto privado con relativa
tranquilidad, llegando a congregarse en las reuniones de Pradejón unos 30 protestantes.
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LA RESTAURACIÓN DE LA CONVIVENCIA DEMOCRÁTICA
La promulgación de la Constitución inauguró el periodo democrático más estable en la
historia de España. Lo cual significó de hecho el fin de la discriminación por motivos
religiosos, la desaparición de la confesionalidad y la libertad de cultos. Una situación de
convivencia, en la que se reconocía por fin el pluralismo de la sociedad civil y el derecho a
la diferencia, aunque siguiera conservando una relación privilegiada, a la hora de establecer
acuerdos con el Estado, la Iglesia Católica. Tal y como se recoge en el artículo 16 de la
Carta Magna: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las
comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el
mantenimiento del orden público protegido por la ley. Nadie podrá ser obligado a declarar
sobre su ideología, religión o creencias. Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los
poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y
mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás
confesiones.”
Durante la transición los evangelistas de la Villa volvieron a abrir su propia capilla, y
reanudar allí los cultos con normalidad.
Paradójicamente, bajo la democracia, ya sin trabas para la reunión y la libertad de
expresión, y sin sufrir la persecución oficial de las autoridades, el número de protestantes de
Pradejón, mantenido estable durante un siglo, descendió. La preeminencia de los valores
laicos en la sociedad, y el declive de fervor generalizado, afectaron a los evangélicos, a los
que afectaba el obstáculo adicional de contar con una menor presencia pública que los
católicos, quienes, aprovechando su carácter de grupo de presión, han seguido hasta la fecha
impartiendo educación religiosa en los colegios del Estado. En la actualidad la mayor parte
de los evangelistas que quedan en Pradejón son de edad avanzada, y se reúnen por
comodidad en una casa particular, adonde sigue acudiendo el pastor de Zaragoza para
celebrar la Eucaristía.
El símbolo de esta nueva época es, sin duda, el derribo de la tapia que habían vuelto a
levantar en el Franquismo para separar el cementerio católico del protestante, lo que llevó a
cabo la primera corporación democrática, presidida por el socialista y católico Félix Cordón
Ezquerro.
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Carta desde el exilio de la viuda del pastor protestante, asesinado en 1936
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