la obediencia religiosa, misterio de caridad

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JEAN-MARIE TILLARD
LA OBEDIENCIA RELIGIOSA, MISTERIO DE
CARIDAD
El presente artículo forma parte de una serie de estudios consagrados a repensar la
teología de la vida religiosa a la luz del «aggiornamento» conciliar. La renovación
presente no puede contentarse con replantear las estructuras exteriores, jurídicas, que
dibujan el perfil institucional del Pueblo de Dios. Debe llegar a las zonas más
profundas, allí donde germina y se desarrolla Ia semilla evangélica.
L’obéissance religieuse, mystère de comunión, Nouvelle Revue Théologique, 87 (1965)
377-94
La vida religiosa se sitúa en las zonas misteriosas de la Iglesia Comunión de Vida,
inserta en el impulso de la gracia bautismal a la perfección de los hijos de Dios, al
misterio de la unión en el Padre, que define al cristia no. Pero esta perfección bautismal,
ardientemente buscada, se realiza en la vida religiosa mediante la fidelidad a los votos
cuya cima y resumen es el voto de obediencia.
La importancia del tema viene reforzada por su oportunidad, ya que la obediencia
religiosa ha sido en nuestros días objeto frecuente de interrogaciones e inquietudes.
De la moral cristiana a la obediencia religiosa
Ante todo, una advertencia. No hablamos aquí de la perfección evangélica como don
gratuito y benevolente del Padre, que es ofrecido según sus insondables designios. Nos
situamos en el plano humano de la búsqueda de la perfección evangélica que, vista del
lado de Dios, no es sino don. Estudiamos el compromiso temporal del hombre en su
esfuerzo generoso por responder con perfección, con absoluta fidelidad, a la llamada
divina que el bautismo suscita. De este modo, la vida religiosa se define en su totalidad
por su orientación a una vida cristiana que responde lo más fiel e intensamente posible a
la llamada de la gracia. Sólo a la luz de este presupuesto consideramos oportuno hablar
de la obediencia religiosa.
La vida moral evangélica está dominada, no por la ley de los preceptos, sino por lo que
Juan ha llamado -poniendo la expresión en labios de Cristo- el mandamiento de la
caridad (Jn 15,1217), única ley que resume todas las demás y que tiene la particularidad
de definir a los discípulos de Jesús: "En esto conocerán que sois discípulos míos, en que
os amáis unos a otros" (Jn 13,35). San Pablo insiste a su vez en que la existencia
cristiana se funda no sobre la ley sino sobre la gracia (Rom 6,14). Con lo cual no se
destruye la ley, necesaria de todo punto en una moral cristiana, sino que se le da una
nueva dimensión. Las exigencias de la ley no son artículos de un código exterior al
creyente sino preceptos "escritos en el corazón", impresos en él desde que, por el
bautismo, el Espíritu Santo inspira una nueva vida, la de Cristo resucitado en sus
miembros, la vida de los sellados por el Agape del Padre en Jesús.
Los preceptos cristianos no son otros que los impuestos por el amor Pascual, no como
sus condiciones, sino como su esplendor obligatorio en el ser y obrar del renovado por
la Muerte-Resurrección de Cristo.
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Todos ellos se resumen en una única obligación - multiforme- que puede ser enunciada
así: Dios ha impreso su propio amor, como principio nuevo de existencia; en el corazón
del creyente; a éste corresponde vivir "en comunión" con esta iniciativa del Agape, dejar
que impregne su vida hasta el punto de que, sacramentalizado, sea Dios quien actúe en
él. Cómo dice C. H. Dodd, es necesario que la cualidad y el objeto del acto por el cual
el Padre nos ha salvado en Jesús su Hijo, sean como prolongados por la acción del
bautizado, "reproducidos en la acción humana". Esto es lo que queremos decir cuando
definimos la moral cristiana como una moral de comunión. Comunión en el movimiento
más profundo del amor del Padre que no es otra cosa que la locura de la Cruz. El resto,
preceptos, consejos o leyes, no tienen valor sino en cuanto irradian o sirven a esta
comunión.
El fundamento último de la moral cristiana no es, por tanto, la ley, sino el amor de
caridad. Una acción se conforma o no con el Evangelio según su cualidad de amor al
Padre y a los hermanos, no por su fidelidad a ciertos imperativos. En esto reside lo que,
se ha llamado heroísmo cristiano; que no reside tanto en el número de actos cumplidos
como en su motivación y en la pureza del amor, es decir, en la cualidad.
En el plano que nos situamos, nuestra reflexión mira solamente a la perfección de la
vida cristiana y, por lo tanto, la obediencia religiosa tiene por fin permitir a esta
cualidad de caridad llegar a su plenitud en el corazón del bautizado, a fin de que sus
actos sean lo más perfectos posible en comunión con el acto del Padre. La obediencia se
encuentra así valorada por una cualidad del acto cristiano, no por una acumulación de
obligaciones ni por la elección de medios sobrehumanos. Si la obediencia implica la
elección de una forma especial de vida, no es para guardar esta regla por lo que el
religioso se liga con voto de obediencia, sino para que esta regla le eduque poco a poco
en la cualidad de caridad de que hablamos.
Finalmente, todo religioso, aun el contemplativo, busca un amor no abstracto y
ahistórico, sino concreto. Desea comulgar con el Agape divino tal como se actualiza en
este tiempo de la Historia de la Salud, con el Agape del Padre en Jesús viviente en su
Iglesia. Su cualidad de amor quiere comulgar con la cualidad actual del amor del Padre.
LA OBEDIENCIA RELIGIOSA, ENCUENTRO DE DOS RELACIONES DE
CARIDAD
En esta perspectiva, situados así en todo el conjunto de lo que llamamos moral cristiana,
la obediencia religiosa nos aparece como el punto de encuentro de dos relaciones de
comunión: una que va del superior a Dios y a su comunidad, otra que va del religioso y
la comunidad al superior. Pues el misterio de la obediencia no concierne sólo al súbdito
sino también - y quizá sobre todo- al superior.
La obediencia del superior
El superior debe obedecer, y de su obediencia depende la cualidad de amor de su
comunidad. Pues si está colocado a la cabeza de una comunidad no es para dar órdenes
y mandar como dueño. Es el jefe y, por lo tanto, quien manda y dirige. Pero de él vale lo
que Cristo dice de toda autoridad en el Reino de los Cielos: que es un servicio (Mt 20,
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25-28; Me 10,42-45). Es el jefe, sobre todo, porque es el que se da a sus hermanos para
que puedan realizar, a su vez, en plenitud el don de sí mismos a Cristo y a los hombres.
Y también es como el principio dinámico de vida evangélica de la comunidad, quien
infunde el auténtico espíritu de Cristo, quien da el impulso por el que la comunidad
responde al deseo preciso del Señor sobre ella según las Constituciones y las Reglas.
Es propio, por tanto, del superior investigar constantemente lo que, en función del fin
específico del Instituto o la Orden, de las circunstancias concretas, de las personalidades
concretas de sus religiosos, Dios espera y exige aquí y ahora del conjunto y de cada
uno. Dios le confía la responsabilidad del todo y de los individuos. Es mediador entre la
voluntad de Dios y la comunidad. Lo cual implica que se debe esforzar por conducir a
cada uno de sus hermanos allí donde Dios -que llama a tal forma de perfección- y el
religioso -que ha dicho sí a esa llamada- quieren. Aparece así como cogido entre dos
obediencias: la obediencia a la llamada del Señor sobre este hombre y la obediencia a la
respuesta generosa de este hombre: deseo de vida evangélica.
Esto coloca al superior en una situación nada fácil. Cada miembro de la comunidad
tiene una vocación propia con sus carismas, sus talentos, su personalidad. Sin poder
perder de vista el fin común y los medios específicos de su Instituto, el superior no
puede dirigir a todos con un mismo esquema. Es preciso, por el contrario, tratar de
discernir la manera típica en la que cada religioso debe vivir la vocación común. El
buen superior es el que después de haberse esforzado por descubrir -por medio de la
oración, la reflexión y el diálogo con sus súbditos- la voluntad de Dios sobre la
comunidad y cada uno de sus miembros se aplica a obedecer con toda fidelidad a esta
voluntad. Por ello, la virtud sobrenatural de la prudencia -en el sentido propuesto por
santo Tomás- debe brillar en él. Más que guardián de la observancia es educador de la
caridad por la fidelidad a las observancias.
En este punto nos parece oportuna una pregunta. Se habla frecuentemente, y no
dudamos que con razón, de una crisis de obediencia en los jóvenes religiosos. ¿No será
una crisis más amplia y profunda? ¿No habrá también crisis de obediencia en los
superiores, en el sentido que acabamos de exponer? En los primeros tiempos del
monaquismo, en las comunidades del tipo de las fundadas por Agustín y en la tradición
benedictina, en los primeros conventos de mendicantes, el superior se definía sobre todo
como un padre, un encargado de conducir a la perfección evangélica a su comunidad.
Con los siglos, ¿no ha. habido una tendencia a hacer del superior ante todo el
responsable de los asuntos exteriores, de la administración general y la disciplina
común, dejando a los maestros de novicios y a los espirituales la carga de lo espiritual?
En una palabra, se ha disociado en el superior la función temporal administrativa de la
típicamente evangélica, dejando para quien tiene la autoridad el dominio menos
específicamente religioso: la disciplina exterior. Este estado de cosas ha sido ratificado
por el Código de Derecho Canónico.
En esta situación hay, sin duda, grandes ventajas. Hay una mayor seguridad en la guarda
de la disciplina. Pero también hay el inconveniente de favorecer una concepción
legalista de la vida religiosa, que lleva, normalmente, a la esclavitud de la ley.
¿Debemos, entonces, suprimir la ley, las Constituciones y Reglas? No. No es esta la
solución. Las Constituciones dibujan, la figura propia de la comunidad, precisan el
querer del Señor sobre ella en función de determinado servicio a su Iglesia. Las
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Constituciones son indispensables; y, si existen, deben ser observadas. Pero, ¿no debería
el superior, además de guardián de la regla, ser intérprete de ella? Evidentemente hay
riesgos, pero la fidelidad al Evangelio no puede ahogarse por el miedo al peligro. Un
superior en diálogo abierto y honrado con sus superiores mayores y con su comunidad,
ardientemente deseoso de cumplir el designio de Dios sobre el conjunto de sus
hermanos y cada uno de ellos en particular, sometido al control de visitas canónicas
serias, hechas con el mismo espíritu, puede cumplir plenamente su función rectora. Y
creemos que sólo de este modo puede hacerlo. Porque sólo entonces será mediador
viviente, lazo de comunión entre la voluntad de Dios y el hoy de la Historia de la Salud.
Entonces establece el contacto fundamental con el designio divino, en servicio del cua l
todos se hallan comprometidos.
Esto nos lleva a una segunda cuestión, también grave. Decíamos que el superior debía
descubrir, en el interior de la vocación global del Instituto, la vocación propia de cada
individuo. Añadíamos que debía ejercer la autoridad cuidando de no sofocar esta
característica personal, que también viene de Dios, y que está llamada a jugar un papel
preciso en la Iglesia. Pues bien, esta característica personal se descubre lentamente.
Como todo cristiano sincero, el religioso "se busca" a sí mismo, y no está dicho todo
desde el día en que pronuncia su profesión perpetua. Este día, más que una meta, es un
punto de partida. Además, puesto que se trata de una cualidad de caridad más que de la
cantidad de normas a seguir, puede haber en la vida de un religioso fiel un momento en
que algún punto de la Regla quede en la sombra, sin detrimento de la fidelidad total al
fin especifico de la comunidad y a su vocación personal. En una comunidad,
necesariamente compleja, el ritmo de cada miembro es distinto. Los hay lentos,
impetuosos, en crisis, fuertemente tentados, etc. Y el superior no puede olvidar estas
diferencias. Con ello no negamos la necesidad de un reglamento común, de una vida
común de oración y observancia, que consideramos el remedio más poderoso para
muchos problemas.
Puede, con todo, haber aquí un contrasentido. Como toda sociedad, la comunidad
religiosa no vive más que por y para las personas que la constituyen. Son ellas quienes
buscan la perfección evangélica, y a ellas quieren ayudar las Constituciones a realizar su
ideal propio. Por eso es necesario que, asegurando el bien común y la cualidad de vida
común prevista por la Regla, el superior piense también en las personas, en su ritmo de
ascensión espiritual, que no las sacrifique en favor de la colectividad, lo que sería
sacrificar la colectividad misma.
Esto nos lleva al significado de la vida común. No se trata de conseguir un equipo
perfecto, ni de hacer una demostración perfecta de las exigencias de las Constituciones.
Se trata de suministrar un medio fraternal en el que se ayuden todos, tomando en común
las lentitudes, los retrocesos, los pasos de gigante y los entusiasmos de sus miembros.
Evidentemente, el superior no debe plegarse a los caprichos de sus súbditos. Debe, sin
embargo respetar y favorecer toda acción de Dios en ellos, su misteriosa pedagogía
inscrita ya en los talentos que les ha dado. Su juicio sobrenatural de prudencia es la
clave de su acción; la prudencia es la virtud específica del jefe.
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La obediencia del súbdito
Por la obediencia, decíamos, el religioso quiere la comunión con Dios, llegar a cierta
cualidad de Agape que sea como el sello del amor del Padre manifestado en su Hijo.
Pero quiere hacerlo poniéndose en una situación de kénosis que le permita la comunión
con la actitud más profunda de Cristo en su respuesta al amor del Padre. Pues la
cualidad de Agape de que hablamos viene al mismo tiempo del corazón del Padre,
desbordante de misericordia y fidelidad, y del corazón del Hijo en su Encarnación. Es la
cualidad que posee el Agape del Padre cuando es acogido por Jesucristo. Pero
Jesucristo recibe el amor salvífico del Padre con un corazón en estado de kénosis, estado
que la teología designa como abajamiento, humildad extrema, vacío de sí, como lo ha
mostrado de un modo definitivo san Pablo en la carta a los Filipenses (2,5-11). La
voluntad de Jesús se deja traspasar y embeber por la del Padre hasta el punto de ser
enteramente pobre de sí mismo, hasta no pensar en intereses personales sino en lo que el
Padre quiere de Él.
De hecho, todo bautizado debe tender a este estado de kénosis, pero el religioso, por su
vocación específica, busca llevar al extremo este aniquilamiento de la voluntad propia,
seguro de que así sigue el Evangelio. Por eso liga su propia voluntad por el voto. ¿A
quién? A Dios, ciertamente. Pero, puesto que Dios no es visible y todo estado actual se
ha de vivir "en Iglesia", comunitariamente, el intento de unión a la voluntad divina se
realiza sobre todo a través del superior. Se liga a la voluntad de Dios mediante la
voluntad del superior.
La opción es de las más importantes y, si no se tratase de entrar por ella más
intensamente en el plan de la Salvación, el voto de obediencia sería la vuelta a una
forma religiosa de esclavitud. Sería incluso una vileza eludir la organización de la
propia vida. Esto explica por qué algunos religiosos que nunca han reflexionado en
profundidad sobre el sentido de su compromiso son eternos adolescentes, desprovistos
de iniciativa, que ninguna causa grande consigue inflamar. El voto no dispensa de
pensar la propia vida. Al contrario, lo exige. Pero prohíbe que la última decisión sea
tomada sin un recurso a la voluntad del superior. No para que se contente con dar el
"placet", sino para que juzgue sobre la conformidad o no conformidad del deseo del
religioso con la voluntad divina tal como las Constituciones y las cualidades personales
exigen. El religioso deberá conformarse generosamente y fielmente con este juicio.
Estará en comunión con el acto prudencian de su superior, acto por el que este último
obedecía a la voluntad divina.
El religioso, iluminado por el misterio de Cristo, estima que esta decisión no es una
claudicación ni una solución fácil. Por el contrario ve en ello el medio privilegiado de
comulgar en la actitud pascual de Cristo. Si, como Cristo, pudiese ver con claridad y
precisión el querer de Dios, o si el texto de las Constituciones trazase de una vez para
siempre la línea a seguir en cada circunstancia, no sería necesario recurrir a otro
hombre. Pero éste no es el plan de Dios. Dios quiere, por el contrario, que la salvación
sea una obra comunitaria, que el hombre tenga necesidad de su hermano para descubrir
con certeza sus designios, y se remite por ello a la decisión del colocado a la cabeza de
la comunidad, que goza de una ayuda especial.
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El religioso sabe que este superior, hermano suyo, busca la voluntad precisa del Señor
sobre él y que al obedecer lo hace con rectitud sin caer en el culto de la letra por la letra.
¿No nos dice el Evangelio que a Cristo no lo encontraremos sino en nuestros hermanos?
Tomada en su totalidad, la obediencia religiosa nos aparece como el punto de encuentro
de la obediencia del superior y de la obediencia al superior. Es la comunión de estas dos
obediencias, unidas entre sí por la comunión en el designio del Padre. Entonces, el
superior encuentra su verdadero lugar. Se sitúa en la proa del compromiso de la
comunidad y de su deseo de vivir una cualidad de caridad que responde a la de Dios por
el momento presente de la Iglesia.
Obediencia y comunidad
La obediencia del súbdito no está totalmente determinada por la relación que la une al
superior. Está también unida a la comunidad de sus hermanos. Pues su obediencia se
vive en algo que también es esencial a la vida religiosa y que llamamos vida común. La
obediencia no es un dúo entre un superior y un súbdito; por el contrario, es la relación
entre el superior de una comunidad y un hermano de esta comunidad, a la luz del fin
específico de esta comunidad. El religioso, no solamente pone en juego por su
obediencia la cualidad misma de la caridad de su comunidad - ya que ésta depende del
valor de los individuos- sino que, a su vez, la comunidad tiene sobre él ciertos
"derechos". Derechos de caridad, entendámoslo bien. Si más arriba dijimos que la regla
y el superior se encontraban al servicio de cada religioso, es preciso no olvidar la
contrapartida: a su vez el religioso está al servicio de cada uno de sus hermanos y del
grupo entero. Porque la vida religiosa es un misterio de comunión, un movimiento de
ósmosis entre la donación de la comunidad al individuo y la del individuo a la
comunidad. Con el pretexto de respetar su personalidad y su vocación individual, el
religioso no puede comprometer el bien del conjunto; lo mismo que, con el pretexto de
hacer respetar a la perfección la disciplina común, el superior no puede sofocar la
vocación personal del religioso. Equilibrio delicado que sólo la caridad puede asegurar.
La caridad exige de parte de la comunidad y del individuo pesadas renuncias, siempre
fructuosas, sin embargo, si son aceptadas de cara al misterio del Agape de Dios. Pues
una decisión tomada en este clima de caridad común, aunque sea dolorosa, deja el
corazón pacificado y permite que las energías apostólicas se desplieguen a fondo, a
despecho de renunciar a lo que parecía la solución ideal.
La comunidad tiene también sobre el religioso "derechos" concernientes a la
santificación individual. Tiene el derecho de que el religioso sea fiel a su vocación. Por
su profesió n, éste ha escogido libremente hacer de su aspiración a la perfección una
realidad cumplida en común. ¿Por qué? En gran parte, porque tenía conciencia de su
fragilidad y presentía que la comunidad le -poyaría en las tentaciones. La plenitud
evangélica va de ordinario unida a la comunión de la caridad fraterna, de la que es una
forma privilegiada la caridad de vida común. El día de la profesión ha hecho con su
comunidad algo parecido a un contrato por el que su santificación deja de ser una obra
individual para serlo comunitaria.
Notemos sobre este punto que las comunidades pecan a veces por defecto. El ejercicio
de este "derecho" exige mucha prudencia, mucho tacto. Pide una actitud comprensiva y
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abierta, informada por una auténtica caridad evangélica que inc luye misericordia y
perdón. Cuando un hermano comete alguna falta grave contra la Regla o tiene una
conducta reprochable, en lugar de sentirse rodeado por el afecto de sus hermanos ve
aflojarse lentamente los lazos que le unen a la comunidad. Como si quisiera preservarse
de él, la comunidad le "excomulga" cada día un poco. Á veces, el recelo se extiende a
los que osan tratarle.
¿No es precisamente lo contrario de lo que se debe hacer? Más que imponerle desde
fuera los imperativos de la ley, ¿no es preciso amarle más que nunca, con un amor
concreto y práctico, no solamente "en la oración", y en la verdad de este amor remitirle
al Señor? La comunidad existe, en efecto, no para reunir a un puñado de hombres
perfectos sino como escuela de perfección para hombres todavía frágiles, siempre
pecables. En lo que hemos llamado la caridad de vida común, la comunidad tiene el
"derecho", y el "deber" correlativo, de imponer a cada hermano su voluntad de
perfección. De lo contrario falla en su vocación.
El capítulo convent ual, la revisión de vida común, la discusión de los puntos cruciales
de la vida religiosa en función de las condiciones concretas del compromiso, adquieren
aquí, de nuevo, su importancia. Lejos de constituir apéndices ya en desuso, son los
medios auténticos de conocer la voluntad de Dios expresada por el amor de los
hermanos. A condición, naturalmente, de que se desarrollen dentro del espíritu
evangélico y no en un formalismo runruneante. Lejos de favorecer una demagogia
opuesta a la obediencia religiosa, dan a ésta toda su materia. Le permiten ser una
verdadera comunión. Cristo no se ha conformado con el conocimiento interior que tenía
de los designios del Padre, sino que los ha leído también en la historia, en las
aspiraciones de su pueblo. Del mismo modo el religioso escucha la voz del Padre en la
de sus hermanos. No sería totalmente obediente si descuidase prestar atención a su
comunidad al mismo tiempo que a su superior.
Conclusión
Al término de este estudio, la obediencia religiosa nos aparece con más amplitud de lo
ordinario. Se define por su tensión hacia la comunión más perfecta posible con la
voluntad divina tal como viene expresada por el superior y por la comunidad, ambos a
la escucha de los designios de Dios. Busca en todas partes la voz de Dios que impulsa al
cristiano a no quedar satisfecho aunque sea el más observante cumplidor. Pues el
Evangelio nos ha enseñado que Dios se expresa de mil maneras, que habla por los
sucesos cotidianos, que utiliza para ello el corazón y la boca de otros hombres. Nadie
puede vanagloriarse de haberle oído de una vez para siempre, ni pensar que la elección
de una Regla y la profesión de conformarse a ella bastan para ser perfectamente
obedientes a su designio. Por el voto de obediencia no se hace sino tender una red de.
antenas que permiten captar con más facilidad y seguridad las múltiples llamadas del
Señor.
La obediencia es un misterio difícil de vivir. Tanto para el superior como para el
súbdito, como para la comunidad entera. Se comprende por qué en la obediencia veían
los Padres de la Iglesia algo semejante al martirio.
Tradujo y condensó: MANUEL LOPEZ-VILLASEÑOR
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