la misión de la iglesia en el apocalipsis

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PAUL POUCOUTA
LA MISIÓN DE LA IGLESIA EN EL APOCALIPSIS
La riqueza del Apocalipsis de Juan es tal que ha sido objeto de muy variados análisis
centrados en sus aspectos escatológicos y litúrgicos, en su teología de la historia, en la
fuerza que pretende inculcar en tiempos difíciles. No se ha prestado, sin embargo,
atención a su dinámica misionera. El presente artículo hace ver cómo el libro es una
llamada a la iglesia y a los cristianos a dar testimonio profético, es decir, a reflejar la
luz de la presencia del Cordero en medio de las tempestades que sacuden la historia
dramática de la humanidad.
La misión prophétique de l’Eglise dans l’Apocalypse johannique, Nouvelle Réuve
Théologique, 110 (1988) 38-57.
Introducción
El Apocalipsis joánico retiene a menudo la atención (cuando no es considerado como
una obra alarmista o sectaria) por sus aspectos escatológicos, litúrgicos, o por su
teología de la historia. También se acostumbra verlo como un mensaje para animar a los
cristianos en tiempos difíciles. Pero se presta poca atención a la dinámica misionera del
libro.
Este mensaje, al que se llega después de descubrir toda la riqueza del lenguaje
simbólico, tiene como trasfondo una situación de tensión -que el cap. 1 deja traslucir-, y
que plantea la cuestión del poder: ¿quién es el señor de la historia? El cap. 5 da la
respuesta: el Cordero real es el señor de la historia y tiene la misión de regenerarla.
En las comunidades influidas por el judaísmo, esta perspectiva misionera se expresa
mediante la experiencia y el lenguaje del antiguo testamento, el de los apocalipsis
judíos. Iluminado por el mensaje pascual, el lenguaje apocalíptico es anuncio universal,
denuncia del mal y llamada urgente a la conversión (Ap. 14). Lleno de imágenes, este
lenguaje presenta la misión como misterio de Dios abriéndose y manifestándose en la
dramática historia de los hombres.
Gracias al doble simbolismo de la menorah y de los dos testigos profetas, Juan presenta
la misión de la iglesia como testimonio de la luz en el corazón de la historia. Lo
descubriremos especialmente en la visión inaugural y en las cartas (Ap 1-3), y en los
dos testigos (Ap 11, 1-13). Entre los muchos títulos e imágenes usados para referirse a
la iglesia, nos fijaremos en el de "luz" y el de "testigo" que expresan esta misión.
I. Los candeleros
1. Los candeleros en la visión inaugural
El Apocalipsis se abre con una visión inaugural (1, 4-20). El versículo 20 tiene una
doble función: es la clave de la explicación de la visión y sirve de bisagra entre la visión
inaugural y las cartas (cc. 23). Los dos textos están íntimamente unidos por palabrascorchetes: ángel, iglesia, candeleros, estrellas (1, 20; 2-1). Además, las siete iglesias
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mencionadas en 1,20 (como en 1,11 y 1,4) constituyen los destinatarios de las cartas de
los caps. 2-3. Añadamos que el binomio ángel- iglesia que encontramos en cada una de
las siete cartas aparece ya en 1,20. Por último, es necesario remarcar el importante
paralelismo entre los títulos de Cristo en la visión inaugural y en las cartas.
Este lazo estrecho entre los dos textos nos permite captar mejor el alcance eclesial y
misionero de la imagen del "candelero", de los siete candeleros (1,12.20; 2,1; cfr.
también 1,13). No es difícil identificarlos con las siete iglesias de Asia (1,20).
Pero, ¿se trata de iglesias particulares? El carácter muy personalizado de las cartas
podría dar pie a pensarlo. Pero de hecho, como lo reconocen muchos críticos, estas
cartas constituyen una colección dirigida a las siete iglesias en su conjunto. Algunos
indicios lo demuestran. Cristo camina en medio de los siete candeleros (2,1) y se
presenta como jefe de las siete comunidades (1,20). Además, en cada una de las
conclusiones, se pide que se escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias. Por último, la
cifra "siete" significa totalidad: las cartas, pues, se dirigen a todas las comunidades de
Asia -o mejor, por extensión, a la iglesia universal- que estaban confrontadas con los
mismos problemas.
En medio de los candeleros, Cristo se presenta con todo el esplendor de Hijo del
hombre (1,13); su vestidura larga recuerda su sacerdocio, su cinturón de oro significa su
realeza, sus cabellos blancos simbolizan la eternidad, sus ojos flameantes dicen su
ciencia... Toda la visión inaugural está centrada en el Hijo del hombre resucitado y
glorificado. Los candeleros simbolizan, pues, la iglesia habitada por una presencia
resplandeciente, fuente de confianza.
2. Los candeleros en la visión de los dos testigos
El cap. 11 del Apocalipsis es un texto con fuerte coloración judía. Comprende dos
episodios: el de los testigos (11, 1-13) y el de la tercera trompeta, que anuncia la
alabanza de la corte celeste al Señor y a Cristo.
La primera parte, la que nos interesa, comienza abruptamente con dos versículos que no
están en continuidad con el v. 3, a pesar de los dos futuros del v. 2y del v. 3
(pisotearándaré). La visión de los dos testigos se divide en tres partes: la misión
profética de los dos testigos (3-6); su derrota y su muerte (7-10); su resurrección y su
gloria (11-13). El autor, aunque las presente como etapas sucesivas, superpone tres
cuadros de realidades presentes: la persecución y la gloria son inherentes a la vocación
profética.
En este contexto encontramos el término "candelero", dos candeleros (11,4). ¿Qué
representan? Aquí el autor yuxtapone los símbolos, explicándolos unos por otros. Los
candeleros están unidos a los dos olivos (11,4). Los dos olivos y los dos candeleros
están identificados a los dos testigos vestidos de saco, que deben profetizar durante mil
doscientos sesenta días. Se puede establecer esta ecuación: los dos candeleros = los dos
olivos = los dos testigos. Pero, ¿cuál es el significado de estos símbolos?
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La mayoría de los comentaristas ven en ellos a Elías y a Henoch, citados en el antiguo
testamento, en la apocalíptica judeo-cristiana y en el nuevo testamento. Otros
comentaristas piensan en Moisés y en Elías, los dos grandes profetas.
La referencia a los dos olivos nos remite al libro de Zacarías (4,2.4.11.12), abriendo una
nueva posibilidad de interpretación. Estos dos olivos simbolizarían dos líderes postexílicos: o Josué (gran sacerdote) o Zorobabel (príncipe heredero), o Ageo y Zacarías, o
incluso Esdras y Nehemías. También se les podría identificar a personajes del nuevo
testamento. Nosotros, sin embargo, pensamos que se trata de símbolos colectivos, como
la mayor parte de las imágenes del libro. Los candeleros, los olivos, los testigos son tres
símbolos de una misma realidad, la de la iglesia universal.
El simbolismo del templo confirma esta idea. La medición del templo simboliza la
relación de la iglesia con su Señor. En el antiguo testamento, medir significa, entre otras
cosas, convertirse en dueño, ya sea para destruir, ya sea para proteger contra un peligro.
El contexto del capítulo 11 y del conjunto del libro nos invita a optar por esta segunda
posibilidad: En Zacarías (2,5ss) un ángel toma medidas de Jerusalén en vistas a su
restauración. Esta imagen es recogida en el Apocalipsis para significar la protección de
la iglesia por Cristo.
Podemos concluir que el simbolismo de los dos candeleros, iluminado por la imagen de
los dos olivos y de los dos testigos, representa toda la iglesia enraizada en su confianza
en el Cordero.
II. Trasfondo veterotestamentario del candelero
1. Descripción de la menorah
La menorah, un candelero de oro, es un ornamento característico del templo de
Jerusalén, que encontramos también en las sinagogas y en el arco de Tito en Roma.
¿Cuál es su origen?
Dos pasajes paralelos del antiguo testamento designan la menorah entre los utensilios
mencionados en el código sacerdotal (Ex 25,31-40; 37,17-24). Estos dos textos dan dos
descripciones diferentes, que también lo son respecto de Za 4,10b. El libro del
Apocalipsis ha combinado dos modelos, modelando sus fuentes según su mensaje. Lo
importante no es la descripción, sino la función del simbolismo.
2. Interpretación astral
La historia de las religiones nos muestra el nexo entre el culto. y el cosmos. Algunos
comentaristas dan una interpretación astral y cosmológica del candelero, admitiendo
influencias mandeanas y herméticas. En el bajo judaísmo (literatura targúmica, Filón,
Josefo...) encontramos numerosas interpretaciones astrales de la menorah. En los
mosaicos que adornan las sinagogas, el motivo de la menorah está unido a los signos del
zodíaco.
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Sin embargo, algunas advertencias se imponen. En primer lugar, si es cierto que en la
visión inaugural el autor proclama el señorío de Cristo sobre el universo y sobre su
iglesia, el conjunto del libro pone el acento sobre la victoria pascual, sin insistir en el
aspecto cósmico. Además, la interpretación astral de la menorah en la literatura judía
está hecha en función de una mejor interpretación misionera del simbolismo. Por
último, es poco probable que el autor haya tenido, a no ser inconscientemente, presentes
en su espíritu estas especulaciones astrales. Una vez más el antiguo testamento nos
iluminará.
3. Sentido misionero de la menorah
así en símbolo de la luz que brilla sin cesar. Esta luz representa en primer lugar a Dios
mismo (Sal 36,10) y a sus gloriosas manifestaciones (Sal 104,2; Ez 43,2).
Y Dios, luz del universo, pide a su pueblo que brille a su vez, que expanda la luz. La
menorah tiene, pues, una doble significación: representa no solamente a Dios, sino
también al pueblo, a Israel. Es to es evidente en Zacarías (Za 4,33ss), del cual depende
en gran parte el autor del Apocalipsis.
También es significativa la posición del candelero. Este está colocado delante del velo
(Ex 26,35; 40,24), el cual queda iluminado por sus lámparas (Ex 25,37). El sentido
global de este simbolismo indica que el pueblo debe reflejar la luz de Dios: ésta es su
misión.
Esta luz es la presencia de Dios en el templo, en el pueblo, en la historia. Cuando el
templo será destruido, la menorah quedará, más que nunca, como el símbolo de esta
presencia, no sólo en la sinagoga, sino en el mundo. La luz del candelero debe seguir
ardiendo para recordar la presencia de Dios y la misión del pueblo, llamado a brillar
como las antorchas.
La menorah es también símbolo de la palabra de Dios, de la Torah. Para vivir su misión,
el pueblo debe apasionarse por esta palabra, inflamando a los otros por contagio: cada
miembro del pueblo debe ser como una antorcha encendida para encender otras
antorchas.
Para encontrar el sentido misionero de la menorah nos es preciso recordar su función:
las siete lámparas debían arder de la tarde a la mañana (Lv 24,3), convirtiéndose
4. Sión, ciudad-luz
¿Cómo ha vivido Israel concretamente esta misión? ¿La ha concebido como luz? La
pregunta merece ser planteada y veremos cómo el problema resurge en el Apocalipsis.
Numerosos indicios permiten responder afirmativamente.
La misión del "servidor" de Isaías consiste en ser "luz de las naciones" (Is 42,6; 49,6;
cfr. 51,4). Algunos comentaristas sitúan estos pasajes en una perspectiva escatológica;
otros subrayan que, a pesar de la traducción estereotipada de los LXX, no tienen en sí
un sentido escatológico. Es necesario tener en cuenta el contexto.
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Los textos del Deutero-Isaías pueden tener una -referencia a su mo mento actual. Así los
han releído numerosos autores judíos, que testimonian la convicción de que Israel es
guía y luz de los pueblos. Fue en la diáspora donde esta conciencia más se desarrolló,
alcanzando una intensa actividad de proselitismo, acompañada de una rica literatura.
Este movimiento, que alcanzó su punto álgido en el tiempo de Jesús, tiene también sus
límites.
En primer lugar, el proselitismo es israelo-céntrico: el prosélito es aquel que se acerca al
judaísmo. Además, el conjunto de los judíos no intentan convertir los otros al judaísmo,
considerando muchos como una desviación el afán proselitista. La verdadera misión del
pueblo no es ir a predicar, sino "ir ante las naciones delante del Señor". La vocación
misionera de Israel, "la razón de ser del pueblo elegido, es existir: su presencia
manifiesta la divinidad de Yahveh, su vida proclama todo lo que Dios es para él y para
el universo". En resumen, la vocación misionera de Israel es ser una presencia de luz.
Esta perspectiva tiene como consecuenc ia una visión centrípeta de la misión y de las
relaciones con las naciones. Dos textos paralelos (Is 2,2-5; Mi 4,1-3) lo prueban: estos
autores recogen un mito pagano que considera la capital del país como dominio de los
dioses. Para Israel, Sión es el dominio de Yahveh. Es la ciudad- luz, desde donde
Yahveh ilumina el mundo. Para todos, cualquiera que sea su posición ante el
proselitismo, y tanto si viven en Israel como en la diáspora, la salvación de las naciones
consiste en peregrinar hacia Sión, para recibir la luz (cfr. Is 56,68; 60-1-14).
III. La mision de la iglesia-luz
1. Objetivos
a) Mantener la llama. El simbolismo de la menorah y el de la luz ha permitido al
judaísmo percibir y explicar su misión. Utilizando los mismos símbolos, el autor del
Apocalipsis sitúa en el mismo surco la vocación de la iglesia, cuya misión consiste en
reflejar la luz de Dios sobre la tierra. Esta perspectiva, como todo el conjunto del libro,
está releída a la luz del Cordero real y resucitado.
En el judaísmo, había un nexo muy estrecho entre la menorah y la shekinah. Después de
la encarnación, Cristo es la shekinah en el corazón del mundo y de la iglesia. La visión
inaugural y las cartas subrayan muy fuertemente esta intimidad entre el Cristo pascual y
su iglesia: la victoria del Cordero (de la cual son signo las comunidades) debe iluminar
la iglesia y las naciones. Así, pues, la misión de la iglesia consiste en mantener la llama
de la presencia divina. Si la lámpara no cumple su misión, si no ilumina, será retirada.
Esta es la amenaza formulada a la iglesia de Efeso (2,5).
En el resto del nuevo testamento, el simbolismo de la luz también sirve para explicitar
la misión de la iglesia. Este tema es repetitivo en el evangelio y cartas de Juan: Dios es
luz, Jesús mismo se identifica a la luz, él ilumina a la humanidad representada en el
ciego de nacimiento. Además, encontramos en Juan la oposición luz-tinieblas,
inscribiéndose la misión de la iglesia en esta confrontación: ser luz, es oponerse a las
tinieblas, es tomar partido por el Cordero en su combate contra el dragón y las bestias.
La misión será hacer triunfar la luz sobre las tinieblas.
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b) Iluminar. Hemos percibido en el antiguo testamento una visión centrípeta de la
misión. La iglesia, igualmente, tiene el deber de irradiar su esplendor. La visión de la
nueva Jerusalén (cap. 21), como imagen -por su simbolismo polivalente- tanto de la
Jerusalén futura como de la iglesia, es una afirmación clara de que el Cordero es la
única luz. El autor, inspirándose en textos del Trito-Isaías sobre la gloria futura de Sión
(Is 60,1-2. 19-20), muestra que la iglesia no tiene ya necesidad ni de la luz astral, la del
sol y la de la luna (21,23), ni de la luz (21,23; 22,5). Es importante subrayarlo, pues los
pasajes veterotestamentarios, en los cuales se inspira el autor, ponen el acento sobre la
gloria de Jerusalén. Por su parte, el Apocalipsis describe un peregrinaje de las naciones
a la luz de los textos de Isaías (2,2-5) y de Miqueas (4,1-3), pero su centro no es ni
Israel, ni la iglesia, sino el Cordero, el cual, de pie sobre la montaña de Sión (14,1 ss),
levantado de la tierra (Jn 12,31-32), ilumina a todos los hombres y los atrae hacia sí.
La iglesia, como Juan Bautista, no es, consecuentemente, la fuente de la luz (Jn 1,8).
Ella no es el fin de la misión, sino que debe brillar, como la menorah, para testimoniar
la presencia de Aquél que es la verdadera Luz, venida a este mundo para la salvación de
todos los creyentes.
Una pregunta queda planteada ahora: ¿cuáles son los medios propuestos por el autor
para que la iglesia cumpla su misión?
2. Los medios de la misión
a) ¿Un envío en misión? En el nuevo testamento la misión es presentada a menudo
como un anuncio directo, en las sinagogas y en las plazas públicas, del mensaje de
salvación. Es percibida como una actividad itinerante, consecuente a un envío en misión
(como en Mc 16,15 y Hch 1,8), expresado esencialmente por tres verbos griegos:
pempein, apostellein y exapostellein. Es el retrato de la actividad misionera de Pablo y
de sus compañe ros, según los Hechos y las epístolas paulinas.
En el Apocalipsis no encontramos esta perspectiva itinerante. Estos tres verbos son
raros en el Apocalipsis joánico exapostellein no es utilizado nunca; pempein es usado
tres veces con un sentido profano (11,10; 14,15; 14,18) y dos tratando del envío de un
ángel (1,11; 22,160: apostellein, abundantemente utilizado en el nuevo testamento
(ciento treinta y dos veces) sólo aparece tres veces en el Apocalipsis (1,1; 5,6; 22,6),
tratándose también del envío de un ángel por Dios. Así, pues, las escasas veces en que
el tema del envío tiene en el libro un sentido religioso, se trata de ángeles y no de seres
humanos. ¿Está ausente en el libro el tema del envío en misión?
En Ap 3,8 encontramos semejanzas con Ac 14,27, que no podemos despreciar. La
expresión "abrir la puerta" (anoigein thuran) en Ap 3,8, igual que en Pablo (1Co 16,9;
2Co 2,12; Col 4,3) y en los Hechos (14,27), señala la posibilidad de extender el
evangelio, la apertura a la misión. El v. 9 lo confirma: los paganos están llamados a
entrar en la iglesia; incluso los judíos, reticentes hasta el momento, se adherirán.
Podemos, pues, ver en este texto un campo libre abierto a la misión universal de la
iglesia.
Pero no podemos ir más lejos ni ser más precisos. Otros comentaristas piensan que la
comunidad del Apocalipsis está llamada a proclamar su mensaje desde lo alto de la
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montaña (14,1 ss), mientras que los destinatarios de la primera carta de Pedro están
invitados a mezclarse en el mundo para dar fe de su esperanza (1P 3,15). La llamada a
la resistencia lanzada por el libro y la crítica virulenta del mundo pagano podrían dejarlo
creer.
Es difícil decidirse en este punto. Los indicios son muy débiles para sostener una u otra
hipótesis. El lenguaje, sobre todo simbólico y exhortativo, invitan a la prudencia. Y
además, el problema de los medios de la misión no preocupaba al autor. Para él, como
para el pueblo del antiguo testamento, lo esencial de la misión era ser una presencia de
luz.
b) Los ministros de la misió n. ¿Podemos saber al menos cómo el autor percibe el
ministerio de la misión? Plantear la cuestión de los ministros de la misión equivale a
poner sobre el tapete el difícil problema de los ministerios en el Apocalipsis. Muchos
autores han visto en el Apocalipsis (al proclamar que todos los cristianos son profetas),
una protesta contra la iglesia institucional a finales del primer siglo. El jefe es Cristo, el
autor es el Espíritu.
Otros han demostrado que en el libro se encuentran numerosas alusiones a los
ministerios, aunque un vocabulario fluctuante y exhortativo no permita darse cuenta de
la organización interna de las comunidades. Encontramos alusiones a los principales
ministerios. Se habla de los apóstoles (este termino, después de la desaparición de los
doce apóstoles, designó particularmente (Ap 2,2) a los misioneros itinerantes), que son
las columnas de la iglesia, los misioneros por excelencia, capacitados de manera
especial para la misión (Ap 21,12,14). El libro alude también a los presbíteros (5,10;
20,6) y quizá también a los obispos.
Pero el Apocalipsis trata sobre todo de los profetas, quiere ser una obra profética, como
lo muestran las expresiones que designan el mensaje del autor (1,3; 22,7.10.18.19). Juan
presenta su misión como una investidura profética (1,1-2.9-20; 10,7), designándose
como profeta (1,9.10; 22,9), en continuidad con los grandes profetas del antiguo
testamento. Sin embargo, el contexto del libro y, en especial, el episodio de los dos
testigos (11,1-13) nos muestran que se trata del carácter profético de toda la iglesia. El
vidente, cuyo papel particular no puede ser minimizado, reconoce la vocación profética
de todos sus hermanos (16,6; 18,24; 22,9).
El Apocalipsis, es verdad, proclama que todos los cristianos están en misión profética,
pero no hay indicios suficientes para ver en ello una protesta contra la organización de
la iglesia. El libro ha subrayado simplemente lo que se vivía en las comunidades
cristianas primitivas: la misión no comenzó a organizarse hasta llegado el IV siglo.
Antes de esta época, la misión de la iglesia se hace por contagio, por irradiación, gracias
a la iniciativa particular de cada cristiano.
No proyectemos sobre la iglesia primitiva los problemas actuales (la dicotomía
carisma/institución) y confesemos una vez más que la preocupación del autor va por
otros caminos. Al lado de los apóstoles, de los presbíteros y de los profetas, Juan nos
presenta otra categoría de ministros: los ángeles. Ya hemos visto que el tema del envío
se refiere a los ángeles (1,1; 22,6; 22,16). Y en 14,6 es un ángel quien tiene una nueva
noticia para anunciar a los hombres. Es verdad que el término angelos es ambivalente:
puede significar ángel, pero también todo mensajero, heraldo de una buena nueva.
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Creemos que el autor ha querido subrayar fuertemente que la misión es ante todo la obra
de Dios. El problema de los medios humanos preocupa poco a nuestro autor, aunque no
estemos obligados a seguir la interpretación de J. Jeremías, quien descalifica casi
totalmente la actividad misionera humana, para potenciar la obra exclusiva de Dios. La
exigencia de la misión, para Juan, es el testimonio profético.
Conclusión
La, respuesta a nuestra pregunta inicial -¿cómo considera el autor del Apocalipsis la
misión de la iglesia?- nos ha sido dada a través de la doble imagen del candelero y de
los dos testigos. En un mundo hostil, la iglesia debe reflejar la luz de la presencia de
Dios y del Cordero que brilla en la historia.
No hemos podido ir tan lejos como queríamos, debido a la debilidad de los indicios, al
lenguaje simbólico del libro, a la insistente repetición sobre el origen divino de la
misión. Más que los medios de la misión, al autor le interesa la actitud fundamental de
la iglesia, su testimonio (tema común a toda la iglesia primitiva, pero que nuestro autor
radicaliza, dándole un carácter absoluto y situándolo en el contexto de oposición entre el
reino de Dios y las fuerzas del mal). En un mundo en plena mutación, la misión de la
iglesia es la de los centinelas que, con sus lámparas alumbradas, permanecen despiertos
y despiertan a los otros. Frente al mal, la iglesia grita con todas sus fuerzas su
indignación y su cólera, pero sobre todo clama su esperanza en la presencia victoriosa y
luminosa del Cordero.
Tradujo y condensó: MIQUEL SUÑOL
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