LOS AMOS DE LA SALA OSCURA A Cristóbal

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LOS AMOS DE LA SALA OSCURA
A Cristóbal Osa y Eufrosina Ntongono,
mis padres.
Ocho esbeltos troncos de palo-rojo bien
clavados en el suelo. Entre troncos puertas,
entre puertas ventanas. Sobre los ocho postes
trepan las tablas de madera que escoltan a sus
ocupantes de ventriscas en marzo y diluvios
en octubre. La puerta que da directamente a
la puerta trasera es más grande que la otra, la
pequeña no tiene ventanas encima. Hasta
hace poco daba a un pequeño cuarto
diferente a la gran cocina. Donde vivió el
abuelo sus últimos tiempos de vida, por lo
menos durante el tiempo que coincidimos
vivos, este fue su único cuarto. Ahí no
entraba nadie más. Era un viejo con muy
mala lecha y muy mala vista. Mi hermano me
contó que el abuelo era ciego, porque cuando
era niño, había mirado al sol directamente.
Pronto descubría que era una de los muchos
argumentos con los que nuestros padres nos
impedían las travesuras. No le golpees la
escoba a un chico, o cuando sea mayor, se
comportará como una mujer. Nunca te
sientes sobre la leña, o tu estatura decrecerá
como la del tronco consumido en el fuego.
Sentarse en una piedra causará que no puedas
reproducirte al igual que las piedras.
Así transcurrió mi infancia sobre puentes de
prohibiciones que no podías saltar, por nada,
si no querías que de mayor te ocurriera tal o
cual desgracia de mayor. Estaba prohibido
contar cuentos de días, o los tíos maternos
perderían un ojo. Tampoco recoger la comida
caída del suelo, pues ya había sido devorado
por los fantasmas nada más tocar el suelo.
No obstante todo esto al final quedaba
compensado por una actividad que no tenía
un reglamento definido con su lote
consecuencias: asomar a las mujeres mientras
se bañaban en su trozo del río, más arriba
iban los hombres. De manera que para llegar
al caudal de los varones, había que pasar justo
en frente de mujeres desnudas que fregaban
y lavaban y se lavaban. El único impedimento
a que los hombres les mirasen al pasar era la
buena voluntad, se decía, aunque todos,
disimulados, miraban al pasar. Nosotros
íbamos al río justo cuando las niñas lo hacían,
detrás de ellas. Y cuando considerábamos
que ya estuvieran bastante desnudas en el
agua, íbamos a pasar en el sendero, y no solo
echábamos la mirada en el paso, sino que
después nos escondíamos entre los árboles y
contemplábamos más cómodamente todo el
panorama. Muchas veces nos pillaron y la
recompensa consistía en un terremoto de
coscorrones por toda la cabeza.
Mi abuelo ahora está muerto y su pequeño
oscuro ya forma parte del conjunto de la gran
cocina. Él salía todas las mañanas de su
cuarto y se iba a sentar en la casa de la
palabra, donde se reunían todos los hombres
adultos de la tribu. Es ente recorrido le hacía
falta uno de sus nietos para trasladarle hasta
este lugar. Era el único momento que
aprovechábamos para ver el interior de la
misteriosa madriguera. A veces le
conducíamos en el lugar equivocado, para
divertirnos, y le abandonábamos en medio
del pueblo. Entonces él empezaba a lanzar
vistosos por doquier y a jurar venganza
cuando atrape al maldito con sus manos.
Nunca olvidaba, daba igual que pasasen una
semana o dos meses, siempre hacía cumplir
su palabra y quien quiera que fuera el autor
de la bromilla, lo pagaba con un terremoto de
coscaranas. El muy cabrón era más listo que
todos los nietos juntos. Y dominaba todas las
combinaciones posibles del dinero en
monedas o billetes. Nunca supimos cómo lo
hacía para ser tan concreto con el dinero.
Aunque por otra parte también conocíamos
de él lo que muchas bocas susurraban el
pueblo: que era un brujo. Y con los brujos al
fin y al cabo, con su doble vida todo es
posible. Igual su habilidad con el dinero es
solo uno de los poderes que le otorga la
brujería. Sin embargo nos daba igual. Por lo
general les estaba prohibido a los niños
acercarse a los mayores que la aldea tildaba de
brujos, pero a nuestro abuelo todos le
queríamos. Porque a pesar de su avaricia,
entre otras muchas cosas, era un maravilloso
narrador, y sus cuentos eran extraordinarios.
Le encantaban los cuentos de malvados
monstruosos que al final terminaban siendo
derrotados por la valentía de un niño. Y en
los que los muertos visitaban a sus familiares
en vida para dejarles algún regalo que
cambiaba su mísera existencia. También nos
relataba los de Bièm, un hombre muy goloso,
impulsivo y torpe, al que nada le salía bien,
pues no pensaba más en que mantener el
estómago lleno. Aunque si mi abuelo era
experto en algunos cuentos, eran los de la
tortuga. Un animal diminuto e insignificante,
que nadie tomaba en cuenta a la hora tomar
las decisiones, pero que gracias a su
inteligencia y astucia, astucia, conseguía dar
con la solución de todos los problemas, que
finalmente beneficiaban al resto del reino
animal.
Decían que mi abuelo era el más grande los
brujos de la aldea. Que por la noche se
transformaba completamente en un gran
multimillonario con empresas repartidas por
todo el mundo. Los cuales visitaba todas las
noches en largos viajes a bordo de su
inmenso avión. El avión podía ser cualquiera
de los objetos de su habitación, una zapatilla,
una chancleta, o aunque la opinión popular
aseguraba que era la pequeña escobilla que
empleaba de día para deshacerse de bichos
voladoras que le posaban.
El luto por su muerte nos raspó el pelo a
todos y nos vistió de negro durante dos
semanas. Tiempo en que nos recreció el pelo,
y cambiamos la ropa negra por la normal. Y
la tribu de sus tíos maternos, mediante un
ritual de lavado colectivo, nos liberó de toda
atadura que nos mantuviera con él. Pues su
lugar ahora estaba con el resto de los. Unos
días más tarde la pared su pequeño cuarto
que lo separaba de la cocina grande, fue
demolida. Sus pertenencias fueron repartidas
entre todos los familiares. Me tocó dos
camisas de manga larga, una trocito de su
bastón y un palillo de la escobilla misteriosa.
Debieron que nos traería suerte en la caza y
pesca. Y así ocurrió con muchos de los
familiares adultos, aunque en mi caso, estas
reliquias no dieron mucho efecto.
Mi historia comienza hace hoy cinco años o
más, tomando clases de matemáticas. Por
darle un nombre a esta reunión absurda
dirigida por un patán enchaquecorbatado. El
profesor hablaba delante de nosotros con la
espeluznante desconfianza de un anciano en
su primer vuelo de avión. No le escuchaban
ni los del primer banco. Todo el mundo se
moría de ganas por escuchar una sola palabra
que saliera de su boca. Pero la decepción de
los estudiantes cada vez iba venciendo a la
curiosidad, a la esperanza de aprender algo
nuevo como se lo habían encomendado sus
padres el día que abandonaron la aldea.
Desde el primer día quedó más que evidente
su incompetencia profesional en todos los
aspectos
posibles
de
comparación.
Seguramente, opinábamos en sus espaldas, lo
más elevado que sabe de matemáticas es la
tabla de dos.
No era él nuestro profesor titular, es la
primera verdad de esta historia. Lamento no
haber
empezado
por
ahí,
ruego
humildemente sea disculpado. Resultaba que
el
profesor
asignado
por
decreto
gubernamental no tenía tiempo de impartir
clases, porque se pasaba el día enchufado en
el ministerio de economía. Y su relevo, el
torpe de los cojones, como cariñosamente le
alabábamos en su ausencia, no tenía más
currículo que la partida de bautismo que le
reconocía como hermanito de un profesor
universitario de matemáticas. Mi hermano
estudió en la universidad de salamanca y yo
en la complutense de Madrid, era lo más
sensato que salía de sus labios en cuarenta y
cinco minutos.
Fuimos varias veces al departamento tutor y
siempre nos atendió el candado de la puerta.
La única vez que encontramos al jefe del
departamento, estaba con los pantalones
bajados detrás de una chica del último curso.
Deducimos enseguida que la pobre estaba
presentando su tesina fin de carrera. Se me
pasó completamente preguntarla por el título
de su trabajo. Claro, tampoco hacía mucha
falta. Total, una imagen vale más que mil
palabras. A las dos semanas ella salió en la
tele, junto a otros finalistas, en una ceremonia
presidida por el mismísimo jefe de estado.
Vestida de toga azul como el resto del
pelotón. Ella era la representante de todos
los egresados; la encargada de leer el discurso
de agradecimiento al jefe de estado por su
gran apoyo a la educación nacional, bla, bla y
centenares de bla.
Dada la situación en que les encontramos,
sobra decir que no pudimos exponerle
nuestra inquietud a nuestro ilustre regente.
Nos amenazó por violar su intimidad.
¡Sinvergüenza! Nos insultó con todos los
calificativos obscenos que pueden aplicarse a
un ser vivo. Si yo no fuera hijo de mis padres,
seguro que semejante atropello habría
resultado muy traumático para mí. ¡No hay
mal que por bien no venga, tanto trote en la
infancia… mira por dónde, ahora me ayuda a
encajar mejor los golpes de esta mísera vida!
Nos ordenó abandonar inmediatamente su
despacho. Su cuchitril, para mejor definición.
Nos fuimos. Y volvimos a la sala donde
estuvimos las siguientes cuatro horas y no
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