El mito de las colectividades anarquistas

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El mito de las colectividades anarquistas
Corriente Comunista Internacional
Las colectividades españolas de 1936 han sido presentadas como el modelo perfecto de la revolución. Al decir de anarquistas, trotskistas y también de muchos intelectuales bienpensantes en ellas se vivió la autogestión obrera de la economía, eliminaron la burocracia, aumentaron el rendimiento del trabajo y ―maravilla de maravillas― fueron “obra de los obreros mismos”, ...«dirigidos y orientados en todo
momento por los libertarios» (en palabras de Gastón Leval, anarquista autor de un
libro sobre las Colectividades del 36).
Pero no sólo los radicales nos ofrecen el “paraíso” de las colectividades. Heribert
Barrera ―en 1936 republicano catalanista y hoy diputado a Cortes―, las elogia
como «un ejemplo de economía mixta respetuosa de la libertad y la iniciativa humana», mientras los trotskistas y el POUM nos enseñan que «la obra de las colectividades dio un carácter más profundo a la revolución española que a la revolución rusa». También G. Munis y los compañeros del FOR, se hacen ilusiones sobre
el carácter “revolucionario” y “profundo” de las colectividades.
Por nuestra parte nos vemos obligados, una vez más, a hacer de aguafiestas: las
colectividades de 1936 no fueron un medio de la revolución proletaria sino un instrumento de la contrarrevolución burguesa; no fueron la organización de la nueva
sociedad sino la tabla de salvación de la vieja, que se mantuvo con todo su salvajismo.
Y con esto no pretendemos desmoralizar a nuestra clase. Al contrario: la mejor
manera de desmoralizarla es hacerla luchar por falsos modelos de revolución. La
condición de su liberación y la de toda la humanidad es liberarse completamente de
todo falso modelo, de todo falso paraíso,...
¿Qué fueron las colectividades?
En 1936 España, cogida de lleno por la
crisis económica que desde 1929 sacude
el capitalismo mundial, vive convulsiones particularmente graves.
Todo capital nacional sufre tres tipos
de convulsiones sociales:
• la derivada de la contradicción
fundamental entre burguesía y
proletariado.
• la proveniente de los conflictos internos entre las distintas fracciones de la propia burguesía.
• la que ocasiona el enfrentamiento
entre bloques imperialistas que toman cada país como escenario de
su reparto de influencias y de mercados.
En la España de 1936 esas tres convul-
siones confluyeron con una intensidad
bestial, llevando al capitalismo español a
una situación extrema.
En primer lugar, el proletariado español ―todavía sin derrotar, al contrario
de lo que ocurría con sus hermanos europeos―, presentó una enérgica batalla
contra la explotación, jalonada por una
extraordinaria escalada de huelgas generales, revueltas, e insurrecciones que
causan la alarma de la clase dominante.
En segundo lugar, los conflictos internos de ésta se agravan por momentos.
Una economía atrasada, desgarrada por
formidables desequilibrios y devorada
por ello con más intensidad por la crisis
mundial, es el mejor caldo de cultivo
para el estallido de conflictos entre la
burguesía de derechas (terratenientes,
financieros, militares, iglesia,... comandados por Franco) y la burguesía de izquierdas (industriales, clases medias urbanas, sindicatos, etc., dirigidos por la
República y el Frente Popular).
Finalmente, la inestabilidad del capitalismo español, lo hace presa fácil de las
apetencias imperialistas del momento,
que espoleadas por la crisis, necesitan
nuevos mercados y nuevas posiciones estratégicas, en su carrera de dominio.
Alemania e Italia tienen su peón en
Franco, disimulado bajo las caretas de la
“tradición” y la “cruzada contra el comunismo ateo”, mientras que las potencias
occidentales
y
Rusia
―entonces
aliadas―, encuentran en la República y
el Frente Popular su bastión, parapetados tras las cortinas del “antifascismo” y
la “lucha por la revolución”.
En este contexto surge la sublevación
de Franco el 18 de Julio de 1936, la cual
significa para la clase obrera, la culminación de la sobrexplotación y la represión
iniciadas por la república desde 1931.
Pero su respuesta es inmediata y fulminante: la huelga general, la insurrección,
el armamento de masas y la expropiación y ocupación de las empresas.
Desde el primer momento todas las
fuerzas de la burguesía de izquierdas,
que van desde los partidos republicanos
hasta la CNT, tratan de encerrar a los
obreros en la trampa de la “lucha antifascista” y, dentro de ella, de convertir
las expropiaciones de empresas en un fin
en sí mismo, para hacer volver al trabajo
a los obreros con la ilusión de que las
empresas son suyas, pues están “colectivizadas”.
Las jornadas de julio no iban solo contra Franco, sino a la vez, contra el Estado republicano: los obreros, si no quieren verse derrotados, deben concebir la
huelga, la expropiación de empresas y el
armamento como inicio de una ofensiva
contra todo el Estado capitalista, tanto el
franquista como el republicano. Por ello,
para rematar con éxito la huelga insurreccional, los obreros no podían conformarse con la expropiación de empresas y
la formación de milicias, sino que debían
destruir al mismo tiempo que al ejército
franquista, a todas las fuerzas políticas
republicanas. (Los Azaña, Companys,
PC, CNT, etc) y, en segundo lugar, destruir totalmente el Estado capitalista, levantando sobre sus escombros, el poder de los Consejos Obreros.
Sin embargo la clave del fracaso proletario, de su aislamiento, y de su alistamiento en la barbarie de la guerra civil,
estuvo en que las fuerzas republicanas, y
sobre todo la CNT y el POUM, consiguieron impedir a los obreros dar el paso decisivo ―destruir el Estado capitalista―, y encerrarlos en la “colectivización
de la economía” y la “lucha antifascista”.
Catalanistas, Frente Popular, POUM y
sobre todo CNT, logran encerrar a los
obreros en la simple expropiación de las
empresas, convirtiéndolas en “COLECTIVIDADES REVOLUCIONARIAS”, las
cuales, al mantenerse dentro del Estado capitalista, dejándolo intacto,
no sólo se vuelven inútiles para los obreros, sino que se convierten en un medio
de sobrexplotación y control por el Capital:
«Como el poder del Estado quedó en pie,
la Generalitat de Cataluña podía legalizar tranquilamente las expropiaciones
obreras y formar corro con todas las corrientes “obreras” que engañaban a los
trabajadores con las expropiaciones, el
control obrero, el reparto de la tierra,
las depuraciones,... pero que guardaban
un silencio criminal respecto a la realidad terriblemente efectiva y poco aparente, de la existencia del Estado Capitalista. Por ello las expropiaciones obreras
quedaban integradas en el marco del
Capitalismo de Estado.» (BILAN).
Y así vemos como la CNT, que nunca
había convocado la huelga espontánea
de los obreros del 19 de Julio, ni nunca
había llamado a tomar las armas, llama
enseguida a volver al trabajo, a terminar
la huelga, o sea a impedir el asalto obrero al Estado capitalista, con la excusa de
que las empresas “están colectivizadas”.
Gastón Leval en su libro «Colectividades
libertarias en España», razona así:
bajo y someter a los obreros a la
producción para la guerra. En las
condiciones de entonces, de convulsión y
disgregación extrema del edificio capitalista, la fachada radical de las colectividades era el último recurso para hacer
trabajar a los obreros y salvar el
«Al producirse el ataque fascista, la lu- orden explotador, como reconoció
cha y el estado de alerta movilizaron a francamente Osorio y Gallardo, político
la población durante cinco o seis días, al de derechas:
cabo de los cuales la CNT dió orden de
reanudar el trabajo. Prolongar la huelga habría sido contra los intereses de los
mismos trabajadores que asumían la
responsabilidad de la situación».
Estas colectividades que según el
POUM eran «una revolución más profunda que la revolución rusa», sirvieron para justificar la vuelta al tra-
«Enjuiciemos imparcialmente. Las colectividades fueron una necesidad. El capitalismo había perdido toda su autoridad moral y ni los dueños podían mandar, ni los obreros querían obedecer. En
tan acongojante situación o la industria
quedaba abandonada o se incautaba de
ella la Generalitat estableciendo un comunismo soviético».
Al servicio de la economía capitalista
Cuando nos dicen que las colectividades fueron un modelo de “comunismo”,
de “poder obrero”, que “fueron una revolución más profunda que la rusa”,... hay
que echarse a reír. La cantidad de datos,
hechos y testimonios que demuestran lo
contrario es abrumadora. Veamos:
Primero. Gran número de colectivizaciones se hicieron de acuerdo con los
propios patronos. A propósito de la
colectividad de la industria chocolatera
de Torrente (Valencia), Gastón Leval en
el libro antes citado, nos dice:
sino que también trató con los accionistas que fueron convocados a una asamblea general» (Gastón Leval, libro citado).
la producción tanto como de suprimir la
explotación del hombre por el hombre,
la CNT convocó una asamblea el 1º de
Septiembre de 1936. Los patronos fueron
invitados a participar en la colectividad
lo mismo que los obreros. Y todos aceptaron asociarse para organizar la producción y la vida sobre bases inéditas».
«Nos hemos hecho cargo de talleres microscópicos con un número insignificante de trabajadores, sin esbozo de actividad sindical, cuya inactividad perjudicaba a la economía» (Informe del sindicato de la madera de la CNT de Barcelona).
¡Profunda “revolución” ésta que asume las deudas adquiridas y respeta los
intereses de los rentistas! ¡Extraña manera de organizar la producción y la vida
sobre bases inéditas!
Segundo. Las colectividades sirvieron,
en manos de los sindicatos y partidos
burgueses, para reconstruir la economía capitalista:
a) para concentrar empresas:
«Motivados por el deseo de modernizar
Las “bases inéditas” de la vida se hacían respetando todos los pilares del régimen capitalista. Así la Colectividad de
Tranvías de Barcelona,...
«no sólo aceptó pagar a los acreedores
de la compañía las deudas contraídas,
b) para racionalizar la economía:
«Como primer paso hemos establecido
la solidaridad financiera de las industrias, organizando un Consejo General
de Economía, donde cada ramo tiene
dos delegados. Los recursos excedentes
servirán para ayudar a las industrias
deficitarias para que reciban la materia
prima y demás elementos de la producción» (CNT de Barcelona, 1936).
esencial para permitir la supervivencia
y el reforzamiento de dicho Estado» (BILAN).
c) para centralizar la plusvalía y el
La CNT participó en el Consejo de
crédito canalizándolos según las Economía de Cataluña con 4 delegados,
necesidades de la economía de en el Gobierno de la Generalitat con 3
guerra:
ministros, y en el Gobierno central de
«En toda empresa colectivizada el 50% Madrid con otros tres ministros. Pero no
de los beneficios se destinará a la con- sólo participaron de lleno en la cumbre
servación de los recursos propios y el del Estado sino también en la base del
otro 50% pasará a poder del Consejo mismo, pueblo a pueblo, empresa a emEconómico local o comarcal, según co- presa, barrio a barrio. En la España rerresponda» (Ponencia de la CNT sobre publicana había cientos de alcaldes, concolectividades, diciembre de 1936).
cejales, administradores, jefes de policía,
Como se ve, ni un céntimo de los be- oficiales militares, etc., “libertarios”.
neficios para los trabajadores. Pero ¡no
Pero esas fuerzas no sólo eran parte
pasa nada!, Gastón Leval lo justifica con integrante del Estado por su participael mayor cinismo:
ción directa en él. Era toda la política
«Puede con razón preguntarse por qué que defendían la que les hacía carne y
los beneficios no son repartidos entre los sangre del orden capitalista. Esa política
trabajadores a cuyo esfuerzo son debi- que ató en todo momento la acción de
dos. Respondemos: porque son reservalas colectividades fue la unidad antidos para fines de solidaridad social»
fascista, que justificó el sacrificio de los
¡”Solidaridad social” con la explota- obreros en el frente de guerra y la soción, con el esfuerzo de guerra, con la brexplotación en la retaguardia. Gastón
miseria más terrible!
Leval nos explica claramente esa política
Tercero. Las colectividades se detie- llevada, junto a otros, por la CNT:
nen respetuosas ante el capital extranje«Había que defender las libertades tan
ro. Según el POUM «para no molestar a
relativas y sin embargo tan apreciables
los países amigos». Traduzcamos: para
representadas por la República».
supeditarse a las potencias impeGastón Leval “olvida” la “apreciable lirialistas a las que estaba enfeuda- bertad obrera” que significó la represión
do el bando republicano.
de la República contra las huelgas de los
¡Maravillosa y profunda revolución!
trabajadores (recuérdese Casas Viejas,
Cuarto. Los organismos que gestiona- Alto Llobregat, Asturias,...)
ban y dirigían las colectividades (sindi«No se trataba de hacer una revolución
social, ni de la implantación del comucatos, partidos políticos, comités) estanismo libertario, ni de la ofensiva contra
ban plenamente integrados en el Estado
el capitalismo, el Estado, o los partidos
capitalista:
«Los comités de fábrica y los comités de
control de las empresas expropiadas se
transformaron en órganos para activar
la producción y, por eso mismo, fueron
desdibujados en cuanto a su significación de clase. No se trataba ya de organismos creados en el curso de una huelga insurreccional para derribar al Estado, sino de organismos orientados hacia
la organización de la guerra, condición
políticos: se trataba de impedir el triunfo del fascismo» (Leval, op cit)
¡Más claro agua!. El programa de la
CNT era el mismo que el PCE: la defensa del capitalismo bajo el camelo
antifascista!
Quinto. El carácter “revolucionario”,
“anticapitalista”, “libertario”, etc. de las
colectividades fue convenientemente
avalado por el Estado capitalista que las cionales:
«Ante un incendio de clase, el capitalisreconoció mediante el Decreto de Colecmo no puede ni siquiera pensar en recutividades (24/10/36), y las coordinó por
rrir a los métodos clásicos de la legalila constitución del Consejo de Economía
dad. Lo que le amenaza es la indepen¿Quién firmó ambos decretos? ¡El Sr.
dencia de la lucha proletaria que condiTerradellas, hoy flamante presidente de
ciona la próxima etapa revolucionaria
la Generalitat de Cataluña!
Forzoso es concluir que las colectividades no significaron el más mínimo
ataque al orden burgués, sino que fueron
una forma que este adoptó para reorganizar la economía y salvar la explotación,
en unos momentos de máxima tensión
social y enorme radicalización obrera
que no permitían usar los métodos tradi-
hacia la abolición de la dominación burguesa. Por consiguiente el capitalismo
debe rehacer la malla de su control sobre los explotados. Los hilos de esta malla que antes eran la magistratura, la
policía, las prisiones, se transforman, en
la situación explosiva de Barcelona, en
los Comités de Milicias, las industrias
socializadas, los sindicatos obreros, las
patrullas de vigilancia, etc» (BILAN).
La implantación de la economía de guerra
Una vez visto el carácter de instrumento capitalista de las colectividades, vamos a ver que papel jugaron, y
este fue el de implantar dentro de los
obreros una draconiana economía de
guerra que permitiera afrontar los enormes gastos y la gigantesca sangría de recursos que suponía la guerra imperialista que se libraba en España en 1936-39.
La economía de guerra supone, en pocas palabras, tres cosas:
1. La militarización del trabajo.
2. Los racionamientos
3. Dirigir toda la producción hacia un
fin exclusivo, totalitario y monolítico: la
guerra.
El taparrabos de las colectividades sirvió a la burguesía para imponer a los
obreros una disciplina militar en el trabajo, la ampliación de la jornada laboral,
la realización de horas extra gratuitas:
En las “asambleas” de las colectividades se imponían “democráticamente”,
más y más medidas cuartelarias:
«Se acordó organizar un taller donde las
mujeres irían a trabajar en lugar de
perder el tiempo charlando en las calles.
Se acabó diciendo que en cada taller hubiera una delegada que se encargara de
controlar a las aprendizas, las cuales si
faltan dos veces sin motivo serán expulsadas sin apelación» (Colectividad de
Tamarite -Huesca-).
Respecto a los racionamientos, una revista catalanista de la época nos explica
con la mayor caradura, el método “democrático” de imponérselos al proletariado:
«En todos los países se obliga a los ciudadanos a guardarlo todo desde los metales preciosos hasta las pieles de patata. El poder público les exige este régimen de rigor,... Pero aquí en Cataluña,
el Gobierno calla pues no tiene necesidad de pedir, es el pueblo quien, espontáneamente, completa su obra, imponiéndose voluntariamente, conscientemente, un racionamiento riguroso».
«Artículo 24: todos vendrán obligados a
trabajar sin límite de tiempo lo que precise el bien de la colectividad. Artículo
25: todo colectivista está obligado, aparLa primera ley del “ultrarevolucionate del trabajo que normalmente le sea
rio”
Consejo de Aragón de Durruti fue:
asignado, a prestar, allí donde se en«Para efecto de suministro de los coleccuentre, su ayuda en todos los trabajos
tivistas se establecerá la carta de raciourgentes o imprevistos» (Colectividad de
namiento».
Jávea -Alicante-).
Estos racionamientos impuestos por y a propuesta de la CNT:
“medidas revolucionarias” y “consciente«Se adaptaron las instalaciones de la
mente aceptados por los ciudadanos”
bodega a la fabricación de alcohol de
96º, imprescindible para la medicina en
significaron una miseria indescriptible
los frentes. Se limitó igualmente la compara los obreros y para toda la poblapra de vestidos, máquinas, etc., destinación. Gastón Leval, en el mencionado lidos al consumo de los colectivistas, pues
bro, reconoce que:
«En la mayoría de las colectividades faltó casi siempre la carne y, a menudo,
hasta las patatas».
Finalmente, la disciplina cuartelaria,
los racionamientos que la burguesía impuso tras la careta de las colectividades,
tenían un fin exclusivo: sacrificar todos
los recursos humanos al dios sanguinario de la guerra imperialista:
En la colectividad de Mas de las Matas
esos recursos no debían ser para lujos
sino para el frente».
Y en la colectividad de Alicante:
«el Gobierno, reconociendo los progresos de las colectividades en la provincia,
encargó armamento a los talleres sindicales de Alcoy, paños a la industria textil
socializada y zapatos a la industria de
Elda igualmente en manos libertarias,
con objeto de armar, vestir y calzar a los
soldados» (Gastón Leval, libro citado).
Las colectividades instrumento de sobreexplotación
La demostración más palpable del carácter antiobrero de las siniestras “colectividades” anarquistas es que a través de
ellas la burguesía republicana redujo
hasta límites insospechados , las condiciones laborales y humanas de los obreros:
- los salarios descendieron desde Julio
de 1936 y Diciembre de 1938 un 30% nominal, mientras que el descenso del poder adquisitivo fue mucho mayor: más
de un 200%.
- los precios pasaron de un 166’8 en
Enero de 1936 (índice 100 para 1933), a
un 564% en Noviembre de 1937 y un
687’8 en Febrero de 1938.
- el paro, a pesar de la enorme sangría
de gente enviada a los frentes, subió entre Enero del 36 y Noviembre de 1937 un
39%.
- la jornada laboral subió a 48 horas
(en 1931 era de 44, en Julio de 1936 la
Generalitat catalana para calmar las luchas obreras decretó la semana de 40
horas pero a los pocos meses desaparecería con la excusa del esfuerzo de guerra y la “colectivización”). El número de
horas extra gratuitas recargó la jornada
laboral en un 30% más.
Fueron precisamente las fuerzas
“obreras” (PCE, UGT, POUM y, especialmente, la CNT) quienes reclamaron con
más ahínco la sobrexplotación y el empeoramiento de la situación de los obreros.
Peiró, bonzo de la CNT, escribía en
Agosto de 1936:
«Para las necesidades nacionales no es
bastante la semana de 40 horas, la cual,
por cierto, no puede ser más inoportuna».
Las consignas sindicales de la CNT
son de lo “más favorables” para los trabajadores:
«Trabajar, producir y vender. Nada de
reivindicaciones salariales o de otro
tipo. Todo ha de quedar subordinado a
la guerra. En todas las producciones que
tengan relación directa o indirecta con
la guerra antifascista no se podrá exigir
que sean respetadas las bases de trabajo
ni en jornada ni en salario. Los obreros
no podrán pedir remuneraciones especiales por las horas extras efectuadas
para la guerra antifascista y deberán
aumentar la producción respecto al período anterior al 18 de Julio».
EL PCE grita:
«No a las huelgas en la España democrática. ¡Ningún obrero ocioso en la retaguardia!».
(Huesca):
«A las muchachas no se les paga el sueldo por su trabajo, dado que sus necesidades están ya cubiertas por el salario
familiar».
Naturalmente las colectividades como
En la colectividad de Hospitalet (Barinstrumento de “poder obrero” y “socialización” en manos del Estado fueron la celona),...
«comprendiendo la necesidad de un esexcusa que hacía tragar a los obreros esa
fuerzo excepcional se rechaza el aumenbrutal reducción de sus condiciones de
to del 15% en los salarios y la disminuvida.
Así, en la Colectividad de Graus
ción de la jornada laboral decretada por
el Gobierno» ¡más papistas que el Papa!.
Conclusiones
Recordar esta dolorosa experiencia
histórica que padeció el proletariado español, denunciar el gran timo de las colectividades con el que la burguesía logró
engañarle, no es cuestión de intelectuales o eruditos, es una necesidad vital
para no volver a caer en la misma trampa. Para derrotarnos y hacernos tragar
medidas de sobrexplotación, paro y sacrificio, la burguesía recurre al engaño:
se disfraza de “obrera” y “popular” (en
1936 los burgueses se hacían callos en
las manos y se vestían de obreros), “socializa” y “autogestiona” las fábricas, llama a todo tipo de solidaridades interclasistas con banderas como el “antifascismo”, la “defensa de la democracia” o la
“lucha antiterrorista”..., da a los obreros
la impresión de “ser libres”, de “controlar la economía”, etc. Pero detrás de tanta “democracia”, “participación” y “autogestión”, se esconde, intacto, más
poderoso y reforzado que nunca, el
aparato de Estado burgués, alrededor del cual, las relaciones capitalistas de producción se mantienen
y agravan en todo su salvajismo.
Hoy, cuando las leyes fatales del capitalismo senil lo conducen hacia la guerra
imperialista, es la “sonrisa”, la “confianza en los ciudadanos”, la “más profunda
democracia”, la “autogestión”,... el gran
teatro tras el cual el capitalismo pide
más y más sacrificios, más y más paro,
más y más miseria, más y más sangre en
los campos de batalla. De los escarmentados nacen los avisados. Las colectividades del 36 fueron uno de esos falsos
modelos, de esas bellas ilusiones, a través de las cuales el capitalismo llevó a los
obreros a la derrota y a la matanza. La
lección de aquellos hechos debe servir a
los proletarios de hoy para salvar las
trampas que les tiende el capital y poder
avanzar hacia su liberación definitiva.
Junio de 1978
Artículo publicado en el nº 15 de la Revista Internacional
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