la representacin del moro en el siglo xvi

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LA REPRESENTACIÓN DE LAS RELACIONES HISPANO-MUSULMANAS: RETRATO
DEL MORO EN EL SIGLO XVI EN EL ABENCERRAJE Y A LA SOMBRA DEL GRANADO
by
PATRICIA MOMPÓ SEPÚLVEDA
(Under the direction of Dana Bultman)
ABSTRACT
This study examines the figure of the Moor in the sixteenth century Spain in two works:
El Abencerraje, an anonymously written Spanish novel published between 1550 and 1560, and
Shadows of the Pomegranate Tree (1992) (translated into Spanish as A la sombra del granado)
by Tariq Alí. As the first example of Morisco Literature, El Abencerraje represents the
relationship between Muslims and Christians in the Iberian Peninsula. This study focuses on the
superiority of the Christian Rodrigo de Narváez and the inferiority of the Moor Abindarráez. In A
la sombra del granado, however, the Christian character is portrayed negatively, although in
both works the Moor is represented stereotypically as an exotic figure. In addition, this study
underlines the connections of both texts with Spanish history at the turn of the sixteenth century,
a period full of riots and persecutions that the Muslim society suffered after the fall of Granada
(1492).
INDEX WORDS:
El Abencerraje, A la sombra del granado, Tariq Alí, relaciones hispanomusulmanas, morisco
LA REPRESENTACIÓN DE LAS RELACIONES HISPANO-MUSULMANAS: RETRATO
DEL MORO EN EL SIGLO XVI EN EL ABENCERRAJE Y A LA SOMBRA DEL GRANADO
by
PATRICIA MOMPÓ SEPÚLVEDA
B.A., The University of Valencia, Spain, 2002
A Thesis Submitted to the Graduate Faculty of The University of Georgia in Partial Fulfillment
of the Requirements for the Degree
MASTER OF ARTS
ATHENS, GEORGIA
2004
© 2004
Patricia Mompó Sepúlveda
All Rights Reserved
LA REPRESENTACIÓN DE LAS RELACIONES HISPANO-MUSULMANAS: RETRATO
DEL MORO EN EL SIGLO XVI EN EL ABENCERRAJE Y A LA SOMBRA DEL GRANADO
by
Patricia Mompó Sepúlveda
Major Professor: Dr. Dana Bultman
Committee:
Electronic Version Approved:
Maureen Grasso
Dean of the Graduate School
The University of Georgia
May 2004
Dr. Stacey Casado
Dr. Luis Correa-Díaz
iv
A mis padres y a mi hermano
v
AGRADECIMIENTOS
Me gustaría agradecer a toda la gente que me ha ayudado y me ha apoyado a lo largo de
toda mi vida y, muy especialmente, a las personas que han estado a mi lado en estos dos años
que he vivido en los Estados Unidos.
Quiero dar las gracias a la Dra. Dana Bultman por ser mi ‘major professor’, por toda su
ayuda, todo su tiempo y todo lo que me ha enseñado. Gracias por acercarme a El Abencerraje y a
Tariq Alí con su novela A la sombra del granado. A la Dra. Stacey Casado y al Dr. Luis CorreaDíaz por formar parte de mi comité.
A mis padres por veinticinco años de apoyo, comprensión y mucha paciencia. Gracias
por todos los esfuerzos y sacrificios que habéis tenido que realizar para verme feliz. Por todo
vuestro apoyo en cada una de las decisiones que he tomado aunque ello supusiera en más de una
ocasión la separación, un alejamiento físico porque vuestro cariño siempre lo he sentido cerca y
lo he llevado conmigo. Gracias por vuestra confianza, vuestros consejos y por enseñarme tanto.
Jamás podré devolveros todo vuestro amor y todo lo que habéis hecho y estáis haciendo por mí.
A mi hermano por todos tus ánimos y por entender lo importante que era para mí “cruzar
el charco”. Gracias por siempre estar ahí cuando te he necesitado y por enseñarme que cuando
uno se lo propone es capaz de todo y puede conseguir lo que quiera.
A mis abuelos por todo vuestro cariño, por regalarme tantos buenos momentos y por
compartir conmigo todos estos años. Gracias por una infancia inolvidable. ¡Os quiero mucho!
vi
A mis tíos Isabel y Pedro por toda vuestra ayuda y apoyo en todo momento. A mis
primos Zara y Pedro por todas vuestras cartas y dibujos, y por toda la alegría que transmitís y
contagiáis porque sois muy especiales para mí.
A Celia por todos estos años que hemos compartido y todo lo que he aprendido de ti.
Gracias por todos los grandes e inolvidables momentos y por todo tu apoyo desde el primer día.
Gracias por tu amistad, una amistad que nació en la clase de alemán y que ha ido creciendo con
el tiempo. Gracias por estar a mi lado y saber que puedo que confiar en ti. Gracias a tu familia
por portarse tan bien conmigo.
A Ana Prats por compartir estos dos años de compañera de piso y por todos tus ánimos.
A Puig por toda tu ayuda antes y durante mi estancia en Athens. Gracias por tu tiempo porque sé
que éste es muy valioso en la vida del “T.A.”. A Amy Harold y Rebecca Palmer por toda vuestra
ayuda en estos dos años.
A Ana Checa por todo tu apoyo y todos los grandes momentos que hemos vivido juntas.
Gracias por siempre estar ahí pese a la distancia y por todos los ánimos que desde Valencia me
has enviado en cada uno de mis viajes. A Adela por todo tu cariño y tu amistad.
Gracias a todos porque sin todos vosotros y toda vuestra ayuda estas páginas jamás se
hubieran escrito. ¡Gracias por confiar en mí!
vii
ÍNDICE
página
AGRADECIMIENTOS ...................................................................................................................v
CAPÍTULOS
1. INTRODUCCIÓN ...............................................................................................................1
2. EL ABENCERRAJE COMO EJEMPLO DE LA HISTORIA ESPAÑOLA DE LOS
SIGLOS XVI Y XVI .........................................................................................................10
3. LA FUNCIÓN BINARIA DE DON RODRIGO DE NARVÁEZ Y ABINDARRÁEZ...34
4. (RE)LECTURA DE EL ABENCERRAJE A TRAVÉS DE
A LA SOMBRA DEL GRANADO.......................................................................................60
5. CONCLUSIÓN..................................................................................................................79
BIBLIOGRAFÍA ...........................................................................................................................83
1
CAPÍTULO 1
INTRODUCCIÓN
El tema de la inmigración es un tema presente no sólo en las páginas de los periódicos y
en los informativos sino en las conversaciones diarias. En España, por ejemplo, cada vez es
mayor el número de inmigrantes que llegan con la intención de conseguir un mejor nivel de vida
en suelo español. Muchos de ellos son musulmanes y proceden del norte de África. Las
relaciones hispano-musulmanas se remontan a siglos atrás donde tanto musulmanes como
cristianos, además de judíos, vivían en la Península Ibérica. Fruto de esta convivencia, o si se
quiere coexistencia, se produjeron intercambios entre estos distintos grupos.
Como nos señala Vicente Cantarino, “ya desde la Edad Media y a medida que la
Reconquista extendía sus fronteras hacia el sur musulmán, los reinos cristianos habían ido
aumentando el número de sus habitantes con la incorporación de la población musulmana de los
territorios conquistados” (119). Así, una parte de esta población, fue asimilada en religión,
lengua y costumbres. Sin embargo, otro grupo, “aunque habían aceptado el gobierno cristiano,
habían recibido en las condiciones de capitulación el derecho a mantener su religión, lengua y
costumbres” (119). Estos últimos recibieron el nombre de mudéjares, mientras que aquellos que
aceptaron la religión cristiana, aunque secretamente siguieran fieles a su religión, se conocen con
el nombre de moriscos. A medida que se fue formando “el concepto de una unidad religiosa
nacional” (120), fue necesario convertir a mudéjares y judíos a la fe cristiana.
2
Los moros estuvieron en la Península Ibérica ocho siglos y, hoy en día, su huella está
presente no sólo en la arquitectura y en la agricultura sino en fiestas populares y en la literatura.
Así, en la actualidad, encontramos en pueblos de España y en algunos de la América Hispana,
como nos apunta Carrasco-Urgoiti, la fiesta de moros y cristianos que consiste en “una
representación conmemorativa de la Reconquista, adscrita al ciclo de la historia local del lugar
donde se celebra […] y guarda una cierta relación con el culto al Santo Patrón” (476) de cada
pueblo. Actualmente, podemos señalar tres áreas geográficas de difusión de esta fiesta: la región
levantina, la andaluza y la aragonesa (477). La celebración de estas fiestas en la zona levantina,
por ejemplo, se caracteriza por el desfile de comparsas del grupo de los cristianos y el de los
moros. Destaca la indumentaria, por su colorido y lujo, y la representación, por ir “siempre
encaminada a glorificar el bando cristiano” (476).
Por otra parte, en lo que se refiere a la literatura también podemos encontrar ejemplos que
nos retratan y presentan la relación entre musulmanes y cristianos en los siglos XV y XVI. Así,
no podemos dejar de señalar cómo:
la larga permanencia […] de árabes, sirios y bereberes; las sucesivas invasiones
mauritanas; el continuo convivir; el significado de las culturas mozárabe y
mudéjar, así como el repetido cambio de ideas […] creó una atmósfera
sumamente propicia para la elaboración de una novelística y, en general, de una
literatura encuadrada en las costumbres, muchas veces caballerescas, de
cristianos y moros. (Morales Oliver 17-8)
En primer lugar, en este estudio examinaremos la representación en la literatura de la
figura del moro en el siglo XVI, un siglo marcado por la promulgación de edictos en contra de
los moriscos y la obsesión por la limpieza de sangre. George A. Shipley, apunta cómo esta
fórmula “servía metafóricamente para describir el ser social del individuo: el ser o no ser uno
limpio determinaba la casta de la persona y definía ciertos límites de sus posibilidades sociales”
(113). Ya desde el reinado de los Reyes Católicos (1479-1517) se había iniciado una política de
3
unificación religiosa donde tanto judíos como musulmanes “habían sido obligados, bajo pena de
expulsión, a recibir el bautismo y hacer profesión de la fe cristiana” (Cantarino 177). Unificación
que seguirían Carlos V (1516-1556) y Felipe II (1556-1598), para producirse en 1609 la
expulsión definitiva de los moriscos.
En este contexto del siglo XVI tenemos una obra ejemplo de la novela morisca: El
Abencerraje. En ella se nos relata la historia de don Rodrigo de Narváez y Abindarráez. Una
noche, el primero, un capitán cristiano famoso y alcaide de Antequera y Álora, decide nombrar a
nueve de sus caballeros para salir a controlar que ningún moro pueda escapar de allí. Se dividen
en dos grupos: don Rodrigo y cuatro de sus hombres van por un camino y los otros cinco lo
hacen por otro diferente. Este último grupo oye a una persona cantar una canción de amor. Esta
canción proviene de un joven moro que va montado en su caballo. El grupo de escuderos se
enfrenta a éste sin poder ganarle. Con ello, uno del grupo llama a su señor don Rodrigo y éste se
enfrenta solo al joven que, fruto de su cansancio, cae preso a manos del caballero cristiano.
El prisionero da a conocer su nombre: Abindarráez. Éste muestra su pesar por su captura
y don Rodrigo no tarda en preguntarle el motivo de su tristeza. En ese momento, el joven moro
relata su historia: es el último descendiente de la noble familia de los Abencerrajes cuyos
miembros se vieron envueltos en acusaciones, presuntamente falsas, de traición al Rey con lo
que muchos de este linaje fueron ejecutados. Su tío y su padre se salvaron y Abindarráez se crió
fuera del reino de Granada siguiendo una de las condiciones del Rey.
Fue enviado a casa del alcaide de Cártama quien tenía una hija, Jarifa. Ambos niños se
criaron y crecieron juntos creyendo que eran hermanos. Tras descubrir que no les unía la misma
sangre, se demostraron su amor y el deseo de estar juntos. Sin embargo, este amor encontró una
primera dificultad: el padre de Jarifa fue enviado por orden del Rey a Coín llevándose consigo a
4
su hija. Antes de la separación, ambos enamorados acordaron casarse secretamente en cuanto
tuvieran la primera oportunidad. Un día el padre de Jarifa salió de viaje y Abindarráez recibió la
noticia para así poder reunirse con su amada. En este viaje fue hecho prisionero por parte de don
Rodrigo.
El alcaide cristiano conmovido por esta historia le dio permiso al moro para marchar a
condición de que volviera a los tres días para ser su prisionero. El joven moro aceptó y siguió su
camino para encontrarse con su amada. Consiguieron casarse y Abindarráez le confesó a Jarifa lo
ocurrido en su viaje. Ésta intentó convencerlo para no volver pero el joven se mantuvo firme en
su promesa y decidió volver según lo acordado. Con ello la joven decidió acompañar a su
esposo. En el viaje de vuelta al castillo de don Rodrigo, se encontraron a un anciano que les
cuenta un episodio de Narváez con una dama de Antequera de la que el cristiano estaba
enamorado. Después de que su marido le habló bien de don Rodrigo, ésta empezó a interesarse
por él. El caballero cristiano se enteró de la gran alabanza por parte del marido de la dama con lo
que decidió dejarla y no acabar con el honor del hombre que tan bien había hablado de él.
Una vez en el castillo, don Rodrigo concede la libertad total al moro e incluso escribe al
Rey de Granada para que intervenga y el padre de Jarifa pueda perdonarles. El padre les perdona
y al final nos encontramos con un intercambio de cartas y regalos entre cristianos y moros.
Esta obra “se desarrolla, desde un punto de vista argumental, tras la toma de la ciudad de
Antequera por los cristianos en 1410” (De Lama y Peral Vega 11). Sin embargo, no se puede
establecer una fecha exacta de publicación pero se apunta entre los años 1550 y 1560. Esto nos
remite a la España del siglo XVI, periodo de tensiones entre dos “leyes” mayoritarias que viven
la Península: musulmanes y cristianos. “Leyes” es la terminología utilizada por López Estrada
5
para referirse a estos dos grupos presentes en la Península Ibérica y será la que utilizaremos a lo
largo de este estudio para hacer referencia a las dos culturas diferentes.
A principios de siglo, en 1502, se decreta “la conversión obligatoria no sólo para los
habitantes de Granada sino también para los antiguos mudéjares castellanos, que pasaron a ser
moriscos” (De Lama y Peral Vega 12). Se pasa de la evangelización a la represión y uno de los
factores que influyeron en este cambio fue el problema turco. Así, “el avance de los otomanos
por el Mediterráneo resultaba una amenaza real para los intereses de Felipe II, máxime cuando
los turcos recibían la ayuda continua de los musulmanes” (12). Además en 1568 se produce un
levantamiento de los moriscos en las Alpujarras. Éstos recibieron ayuda de África y el Imperio
español temeroso de la intervención turca acabó promulgando la definitiva expulsión de los
moriscos en 1609 (12).
Dada la imposibilidad de establecer una fecha exacta de la obra de El Abencerraje, nos
encontramos con un contexto literario amplio. Por una parte, dentro de la prosa de ficción del
siglo XVI se han de considerar dos grandes grupos: la prosa narrativa idealista y la de corte
realista (De Lama y Peral Vega 14). En el primer grupo tendríamos que señalar la novela de
caballería, sentimental, pastoril, morisca, bizantina y novela corta y, en el segundo, destacaría la
novela picaresca y su representación de las capas más bajas de la sociedad y la novela dialógica
(14).
En este estudio, analizaremos la figura del joven moro Abindarráez dentro de la novela
morisca como retrato de “el otro”, figura sentimental y personaje representativo de la ley
musulmana. Aspectos que lo han llevado a ocupar un lugar inferior en la literatura con respecto
al personaje cristiano. Revisaremos los estudios realizados por la crítica y estableceremos sus
puntos débiles. Así, en este trabajo nos centraremos en las relaciones hispano-musulmanas y su
6
representación en la literatura tomando como punto principal la idea de territorio y combate
propia de la época. Para finalizar, revisaremos el Siglo de Oro español, así como la figura del
personaje moro, a través de una obra del siglo XX: A la sombra del granado: una novela de la
España musulmana (1992), escrita por el pakistaní Tariq Alí. Aquí la representación de la
sociedad musulmana sufre un cambio y un giro con respecto al punto de vista al que estamos
acostumbrados, esa caracterización dentro de los esquemas occidentales. Con ello los cristianos
son representantes de la destrucción. Así, éstos “lo habían destruido todo: sus hogares, su pasado,
sus amigos, su futuro” (276).
Sin embargo, esa idea del moro como figura exótica y sensual aparecerá en ambas obras.
A la hora de examinar la figura del moro como la de “el otro” tenemos que señalar a Edward W.
Said, teórico reconocido, quien examina cómo “Orientalism is seen as a set of academic
disciplines concerned with studying the Orient, but also as a style of thought based on an
existential difference between the Orient and the Occident” (2). Además, Said establece una
definición tripartita de Orientalismo:
First, it is an academic tradition of study, teaching and writing about Orient.
Second, it is a style of thought based upon an ontological and epistemological
distinction made between “the Orient” and (most of the time) “the Occident”.
Third, it is ‘the corporate institution for dealing with the Orient’, or ‘a western
style for dominating, restructuring and having authority over the Orient’. (21)
Tomando como referencia esta última definición, analizaremos el lugar que ocupa el
joven moro Abindarráez dentro de la obra anónima así como la función de éste en relación a la
época.
Por otra parte, estableceremos los lazos de unión existentes entre la obra anónima El
Abencerraje y la situación de la sociedad de finales del siglo XVI. Para ello nos centraremos en
el Nuevo Historicismo que defiende que el mejor marco para interpretar la literatura es colocarla
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en su contexto histórico explicando qué asuntos del periodo, ansiedades y luchas refleja. De esta
manera, el Nuevo Historicismo trata de unir los problemas interpretativos a los problemas
histórico-culturales. Una vez establecido el contexto histórico caracterizado por las
persecuciones, la limpieza de sangre, las conversiones forzadas y los exilios entre otros aspectos,
intentaremos responder la pregunta de si podemos ver el texto de El Abencerraje como un
ejemplo histórico de su época.
En una segunda parte, estudiaremos los dos protagonistas masculinos: el cristiano don
Rodrigo de Narváez y el moro Abindarráez. Estableceremos las semejanzas y diferencias en la
caracterización y presentación que realiza el autor anónimo sobre ellos así como el hecho de
poder verlos como personajes binarios o como personajes que se complementan siguiendo la
idea planteada por Francisco López Estrada:
si los dos se encuentran es porque se necesitan para llegar a una plenitud humana:
Narváez puede mostrar su serena madurez porque Abindarráez necesita su ayuda;
el moro resuelve su caso de amor porque confía en el conocimiento que el
cristiano tiene de los hombres […] Ambos personajes se complementan. (28)
Tras la presentación de los personajes, veremos si hay un equilibrio entre ambos
personajes o si, por el contrario, es el cristiano el que ocupa un lugar superior, lo cual nos
llevaría a plantearnos si el texto con ello es conservador. Como respuesta a los comentarios de
López Estrada, nos centraremos en el estudio de la función binaria de los personajes. Por una
parte, Narváez será el personaje creado por la historia encargado de abrir y cerrar la novela
mientras que el moro pasará a ser la encarnación de la voz poética y la literatura.
Siguiendo el estudio realizado por Northrop Frye en el cual señala tres etapas a la hora de
atribuir el papel de un héroe ( “the stage of the perilous journey and the preliminary minor
adventures; the crucial struggle […]; and the exaltation of the hero” (187)) ejemplificaremos
cómo Narváez es presentado como un héroe mientras que Abindarráez se queda en un “medio”
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héroe ya que éste no vuelve a Granada, su lugar de origen y del que fueron expulsados e incluso
asesinados miembros de su linaje, con lo que no obtiene el reconocimiento público. Ni la ciudad
ni sus habitantes serán testigos de su liberación.
Finalmente compararemos la obra anónima de El Abencerraje con otra obra escrita en el
siglo XX cuya acción tiene lugar en los siglos XV y XVI. Así, la obra de Tariq Alí, A la sombra
del granado: una novela de la España musulmana nos ofrecerá claramente el dilema al que la
sociedad musulmana tiene que hacer frente: convertirse o exiliarse. Como señala López-Baralt,
“estos antiguos musulmanes tienen que optar por integrarse (a la fuerza en la mayoría de los
casos) a una “españolidad” oficial, monolítica y católica y por someter al olvido o a la
clandestinidad los aspectos islámicos de su identidad cultural” (44). Otros, por otra parte, como
nos señala Umar, uno de los personajes musulmanes de la novela de Tariq Alí, no quieren
convertirse: “mi familia no está dispuesta a jurar lealtad a la Iglesia romana ni a ninguna otra”
(88).
Esta obra de Tariq Alí nos retrata a una familia musulmana que vive en la Península
Ibérica durante la Recoquista. Además de esta novela, Tariq Alí escribe otras dos presentando
también episodios familiares: The Book of Saladin (1998) centrado en las Cruzadas y The Stone
Woman (1999), en el Imperio otomano. Lo interesante de estas obras es el hecho de mostrar el
punto de vista del musulmán en el género de la novela, eligiendo momentos históricos de suma
importancia para la cultura musulmana.
En A la sombra del granado: una novela de la España musulmana, se nos presenta la
historia de una familia aristocrática musulmana, Banu Hudayl. Empieza la obra con la quema de
libros de la población musulmana por orden del cardenal Cisneros, confesor de la Reina Isabel.
Cada vez serán mayores las restricciones a las que el pueblo musulmán se ve sometido y en este
9
periodo habrá personajes que se conviertan y otros que, por el contrario, prefieran luchar y morir
si es necesario por defender su ley
En esta obra no se exalta a un cristiano que “peleando contra moros, hizo cosas de mucho
esfuerzo” (131), como ocurría en El Abencerraje, sino que personajes cristianos, como es el caso
de Cisneros, serán representados negativamente. Así, éste se caracteriza como el que declaró la
guerra a la cultura musulmana y a su estilo de vida (33) y con ello contribuyó al fin de ochos
siglos de historia. Esta acción no es caracterizada como un logro positivo sino todo lo contrario,
una acción brutal por parte de torturadores que representan a la Iglesia y Corona cristiana. Con
ello estableceremos los puntos en común así como las diferencias entre ambas obras. Así,
volveremos a apoyarnos en los estudios de Said y el tema de la España contemporánea. Es
interesante señalar cómo hay gente de fuera de España para la cual el Siglo de Oro necesita una
revisión y quizás ese repaso nos ayude a releer las obras castellanas de esta época de manera
diferente.
10
CAPÍTULO 2
EL ABENCERRAJE COMO EJEMPLO DE LA HISTORIA ESPAÑOLA DE LOS SIGLOS
XVI Y XVI
El Abencerraje es visto como un “sueño de tolerancia” entre moros y cristianos así como
un ejemplo de virtud. Esta obra ha sido estudiada por muchos críticos y cada uno se ha acercado
a ella de diversas maneras. Carrasco-Urgoiti, quien ha publicado un gran número de trabajos,
enfatiza el estudio llevado a cabo por Claudio Guillén, catedrático de literatura comparada, que
“al tiempo que interpreta en relación con el contexto histórico la singularidad de la obra,
encuentra en el dualismo que equilibra las imágenes de ruptura y los símbolos de unión el sello
unificador de sus diversos componentes” (Novela morisca 55).
Por otra parte, Joaquín Gimeno Casalduero se centra en el esquema compositivo y en él
“resalta la virtud como materia de la obra y también como punto de convergencia y como
determinante del desarrollo de los dos temas esenciales, el heroísmo y el amor, que se articula en
torno a cinco núcleos” (Carrasco-Urgoiti, Novela morisca 55). Junto con Casalduero, Richard F.
Glenn, Carrasco-Urgoiti y Pedro R. León leen El Abencerraje como un ejemplo de virtud.
Por su parte, Carrasco-Urgoiti, quien se ha centrado en el estudio tanto de la figura del
moro sentimental en Granada como en el mismo género morisco, género al que pertenece esta
novela y del que hablaremos más adelante enfatiza que “Abindarráez y Rodrigo de Narváez, aun
cuando conserven su individualidad, configuran, juntos, el ideal de comportamiento
caballeresco” (De Lama y Peral Vega 97).
11
Siguiendo esta línea Francisco López Estrada junto con otros críticos como Richard F.
Glenn, Casalduero, Guillén y G. Shipley, entre otros, leen El Abencerraje como un ejemplo de
“armonía que implica ambas leyes, cristiana y mora, sin supeditar la una a la otra” (51). Tenemos
que señalar cómo López Estrada sigue un estudio basado en la visión psicológica de los
personajes y, con ello, estudia la complementación entre ambos protagonistas. Este trabajo
ofrece algunas debilidades al centrarse por completo en las generalizaciones humanas de los
personajes olvidándose de la confrontación entre batalla y territorio.
Es Israel Burshatin el primero en plantearse “the tale’s message of ‘tolerance’” (Bass
454) y es que desde el primer momento, “Rodrigo emerges as the story’s central figure of
authority” (Bass 454). Burshatin, señalando la superioridad del personaje cristiano, rompe la
manera tradicional de acercarse a El Abencerraje y ver en él una representación de igualdad
entre ambas “leyes”. Burshatin y, hasta cierto punto, Gaylord, como nos apunta Luis F. Avilés,
ven en El Abencerraje “una representación de la domesticación del Otro dentro de un discurso
orientalista” (453). Así, nos encontramos con la superioridad de unos y la inferioridad de otros.
Otra línea de estudio es la seguida por la crítica norteamericana y como representante
tenemos a Barbara Fuchs. Ésta se ha centrado en la relación de homosocialidad entre Narváez y
Abindarráez, “close male-male relations” (118) como la denomina ella misma. También Laura
R. Bass afirma que pese a que “la crítica sobre El Abencerraje se ha centrado en la “amistad”
entre los dos protagonistas como eje de la historia” (454), el papel de Jarifa es fundamental de
manera que “el personaje de Jarifa sirve para cimentar el tipo de tratamiento” (454) que se da
entre Rodrigo y Abindarráez así ve como “the homosocial bond between the Moor and the
Christian has clearly been secured through the latter’s enabling of Abindarráez’s marriage to
Jarifa” (454). Según Bass, Jarifa tiene un papel activo y como ejemplo tenemos como en el
12
intercambio final de cartas, Rodrigo escribe a Jarifa y no a Abindarráez, participando ella, en ese
momento, “in the system of social exchange” (465). Por otra parte, “identifying its Christian
protagonist as the leader of fifty men […] the Abencerraje opens in a homosocial world, the
chivalric space which Rodrigo and his squires inhabit apparently stable and secure” (456).
Tenemos así un grupo de hombres que están unidos y todos ellos admiran a un líder. Con estas
dos escritoras y críticas tenemos el ejemplo del estudio homosocial de El Abencerraje, de esa
relación triangular que forman los dos hombres y la mujer.
Por otra parte, Luis F. Avilés también lleva a cabo un repaso sobre los diferentes aspectos
que la crítica ha estudiado con respecto a esta novela anónima y señala los más relevantes. Así,
El Abencerraje “se ha interpretado como un relato centrado en la virtud (Casalduero, Glenn,
López Estrada) y la cortesía (León)” (453). Otros estudios se han centrado en ver la obra como
“una exposición de ideas erasmistas (Holzinger) o como un ataque velado a las injusticias que
sufría la población morisca de una España imperialista y expansionista (Shipley)” (Avilés 453).
El ver “un texto puramente literario” (Avilés 453) ha sido seguido por Darst y Guillén también
verá “una obra llena de contradicciones históricas si se compara con su contexto de producción”
(Avilés 453).
En un primer momento, nos centraremos en El Abencerraje y su relación con la teoría
postcolonial y el orientalismo, idea presentada por Edward Said y compartida, aunque con
algunas diferencias, por otros críticos como Spivak o Bhabha. Con ello examinaremos como el
personaje moro puede ser interpretado desde esta otra perspectiva cumpliendo la función de “el
otro”. En la segunda parte, después de haber estudiado la figura de “el otro”, apuntaremos el
contexto histórico de la época y la relación existente de éste con la obra. Estableceremos la
13
respuesta de si esta novela puede ser estudiada como reflejo del momento histórico y para ello
seguiremos la teoría del Nuevo Historicismo.
En primer lugar, es Edward Said a través del poscolonialismo quien nos habla de la figura
de “el otro” como elemento aparte que se estudia y se representa por medio de la visión del que
está en el poder en el momento, es decir, del que decide lo que es y lo que no es con respecto al
propio centro que él mismo ha creado. Así, se puede encontrar una definición de Oriente como lo
que no es Occidente y viceversa. Se han asignado, pues, aspectos y características opuestas entre
uno y otro.
Said establece una definición tripartita de orientalismo, ese “style of thought based on an
existential difference between the Orient and the Occident” (Kennedy 2). Tomando como
referencia una de las definiciones en la que apunta cómo el orientalismo es “a western style for
dominating, restructuring and having authority over the Orient” (Kennedy 21) tenemos también
como la institución eclesiástica es un claro ejemplo de poder dentro de la sociedad cristiana,
pasando este grupo a estar por encima de los restantes grupos de la Península como es el caso de
la población musulmana que se representa aquí como “el otro”. Abindarráez vendría a ser la
figura representante de este grupo. Por su parte, Burshatin verá en Rodrigo una figura de
autoridad y éste representa a la sociedad cristiana.
Se ve “Orientalismo”, término establecido por Said, como “the ongoing search for
“positional superiority” of West over East, western self over eastern other, an enterprise that
continues to assign “lesser” human qualities and functions to an other whose inferiority will
provide proof negative of the self’s superiority” (Gaylord 128). En El Abencerraje tenemos que
señalar como “the mastery model could well generate a ‘still-life’ image of the superiority of the
one over the other, but not the ‘vivo retrato’ promised by the narrator” (129). Así, a través de
14
toda la obra, vemos cómo el personaje moro tiene problemas ya que “su condición de desterrado,
su dislocación, se refleja en su incapacidad para resolver él solo sus problemas” (Avilés 464). No
vemos en él una persona que pueda solucionar él mismo las dificultades con las que se va
encontrando sino que, por el contrario, en palabras de Luis F. Avilés, “siempre depende de otros,
de las estrategias de Jarifa para verla y casarse con ella luego de la separación, del padre de Jarifa
para sobrevivir su destierro, y de Narváez para volver a ver a su amada y reconciliarse con el
padre y con el rey de Granada” (464).
Laura R. Bass ve en este personaje moro “both self and other to Rodrigo: ‘self’ in so far
as he shares the latter’s strength and bravery; ‘other’ in so far as he embodies the instability- both
political and personal- which the Christian has learned to keep in check within himself” (459).
Abindarráez aparece aquí como “the stereotypical exotic Moor who functioned in the Castilian
imaginary as a repository onto whom the cristianos viejos could project a sensuality which they
admired and yet from which they sought to distance themselves” (459). De hecho el narrador nos
presenta a Abindarráez describiéndonos su exotismo, rasgos que están más relacionados con “the
‘Orientalist’ tendencies of so much of late medieval and Renaissance Castilian literature about
Moors and Moriscos” (459)
Sin embargo, con Rodrigo de Nárvaez tenemos la figura del ganador que define a “el
otro” en oposición a él mismo. Mientras que éste es caracterizado como virtuoso, Abindarráez lo
es como gentil, no compartiendo así el mismo adjetivo a pesar de que en la novela se nos quiera
mostrar a primera vista las buenas cualidades de ambos caballeros. El cristiano se presenta como
“el bueno” y realiza nobles acciones como dejar libre al moro. De hecho, es Rodrigo el que
restaure “both political and familial order in the Moorish world” (Bass 464). Se aplican, pues,
estereotipos contra los que Said luchaba.
15
De esta manera, “ser ‘capitán español’, al comienzo de esta ficción como al fin de la
Reconquista de la Península Ibérica en el siglo XV, significaba ante todo ser guardián de la
frontera, azote del infiel, valedor de ‘nuestra’ ley y campeón de los demás creyentes en ‘nuestra’
teocracia uniforme” (Shipley 104-5). Por tanto, ese punto central viene a ser la “ley” cristiana y
su población con el alcaide Rodrigo como representante mientras que lo que sea externo a
“nuestra” ley pasará a ocupar un lugar inferior. Mientras que Narváez es presentado como el gran
caballero español, la presencia de Abindarráez es justificada con un propósito pasional y
sentimental así el joven se dirige a encontrarse con su amada Jarifa cuando el alcaide cristiano le
hace prisionero tras vencerle en la escaramuza. Con la descripción de sus atuendos se nos dibuja
la imagen del moro cautivo de amor.
En El Abencerraje vemos cómo Rodrigo está acompañado por sus hombres mientras que
el joven moro está solo sin ningún tipo de ayuda. Es cierto que el combate es sólo entre ambos
caballeros pero el alcaide tiene a sus hombres con él en caso de que se le presentara algún
problema. El hecho de que sea él sólo el que pueda ganar al joven moro enfatiza su gran labor
como guerrero.
Desde el principio de la novela tenemos a “un alcaide sumamente preocupado por su
función fronteriza, y es por ello que ve la necesidad de salir por la noche en busca de posibles
cautivos” (Avilés 456). Hay que señalar cómo, de acuerdo con Luis F. Avilés, “esa salida está
determinada por tres requerimientos […] la necesidad individual de acrecentar la honra […] la
necesidad de responder a una ley asociada a España como territorio que hay que defender, y
cuyo foco de responsabilidad recae en Narváez […] El tercer punto de origen se localiza en el
otro lado, en él” (456).
16
El primer “requerimiento” vendría a ejemplificarse con las palabras de Rodrigo: “no
hemos hecho cosa que nuestros nombres acreciente” (133) mostrando ese deseo de conseguir la
fama. El segundo, sería muestra del poder que tiene el alcaide cristiano: “y sería dar yo mala
cuenta de mí y de mi oficio, teniendo a cargo a tan virtuosa gente y valiente compañía, dejase
pasar el tiempo en balde” (133). Así, “esa ley que debe cumplir el alcaide como parte de su
oficio presenta su propia temporalidad impuesta, aquella que va en contra del ocio en el que no
se acrecienta la fama ni las funciones asignadas al frontero (su oficio y cargo) para la protección
del territorio, y por las que hay que dar cuenta en el futuro” (Avilés 456). Cuando Rodrigo diga
que “será bien dar a entender a nuestros enemigos que los valederos de Álora no duermen” (133)
enfatizará su labor de hombre de frontera.
Hay que señalar el hecho de que “el encuentro con Abindarráez es el primer momento en
que el espacio fronterizo comienza a trasformarse” (457) ya que “Abindarráez entra en el espacio
fronterizo de manera contradictoria y equívoca, uniendo aspectos estéticos y amorosos con los
instrumentos bélicos” (458). El joven moro cautivo de amor pasa a ser también prisionero del
cristiano.
Abindarráez se dirige al cristiano con palabras firmes: “Matarme bien podrás […] que en
tu poder me tienes, mas no podrá vencerme sino quien una vez me venció” (137). Avilés señala
cómo esta frase “se desplaza hacia una zona irreconocible en la frontera, la del amor” (460).
Estas dos zonas “guerra y amor” (460) ejemplifican el centro del momento y lo que se sale de
éste. Con ello el primero vendría a ser la guerra con todas sus luchas fronterizas y, el segundo, el
amor.
En lo que representa la frontera granadina tenemos “un espacio donde el enemigo está
frontero, al otro lado (de frente), y donde las relaciones de contacto son primordialmente
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conflictivas, aunque existe amplia documentación de casos de relaciones alternas que podían
incluir la amistad y el diálogo” (454). En un principio “se concibe la frontera como un espacio
que reproduce sus normas de uso correspondientes, asociadas a un poder y a una ley cuyos
representantes son soldados encargados de vigilar y salvaguardar las tierras colindantes al reino
frontero” (455). Así, “esta noción restringida y cercana a una ley es indispensable para la
representación inicial de la novela” (455). Vemos cómo el cristianismo es la “ley” con más
fuerza en ese momento histórico.
Si nos centramos en la figura del moro, tenemos que señalar sus tres representaciones
siguiendo la división que propone Harry Austin Deferrari. Así, tenemos “(1) the Moor as he
appeared to his own historians; (2) as he appeared to Spanish historians; and (3) as he appeared
in Spanish literature” (12). Con ello, mientras que podemos considerar al moro “as he is most
accurately portrayed by Arabic historians” (15), nos encontramos con que “historians of Spanish
literature, in general, have denied that the figure of the sentimental moor as he as he appears in
Spanish literature has an historical basis” (15).
Es después de 1492 cuando la figura del moro sentimental empieza a aparecer y
desarrollarse como una figura literaria (Deferrari 84). Así, mientras que con “the fall of Granada
he maintained the habits and the external appearances of olden days” (54), después del principio
de la segunda mitad del siglo XVI “the Moors were forced to adopt themselves to Spanish
civilization and gradually began to lose their individuality” (54). Con la promulgación de
diversos edictos la población musulmana va teniendo cada vez más problemas para seguir
practicando su “ley”. Van a ir viendo reducidas sus prácticas hasta el punto de verse obligados a
la conversión a otra “ley”, hecho que para muchos fue fruto de una imposición y no una elección
propia, y finalmente, acabarán siendo expulsados. En este camino hacia la conversión y la
18
expulsión, la población musulmana va perdiendo la libertad para practicar su “ley” sin
restricciones. De esta manera, lo que comenzó como una evangelización acabaría imponiéndose,
llegando a la represión.
Si pasamos a examinar la relación entre este periodo histórico y la obra veremos cómo
existen lazos de conexión. Por su parte, el Nuevo Historicismo defiende que el mejor marco para
interpretar la literatura es colocarla en su contexto histórico y, así, con ello, se puede explicar qué
asuntos del periodo, ansiedades y luchas podemos ver reflejadas.
En primer lugar, tenemos que señalar las características de este periodo. Si nos
remontamos al siglo XV vemos cómo el año 1492 pasó a ser una fecha clave y significativa ya
que fue en este año en el que los Reyes Católicos pasaron a ocupar Granada y con ello la
situación de la población musulmana sufrió un cambio radical (De Lama y Peral Vega 12). De
hecho, como nos señalan Víctor de Lama y Emilio Peral Vega, es interesante observar cómo el
término “vencido” pasa a ser “el calificativo generalizador” (12) para referirse a esta población.
La situación que se vivió fue tensa y “el acoso y persecución a esta minoría étnica y religiosa se
fueron incrementando hasta la extinción de los últimos focos rebeldes” (137).
Pese a todo, De Lama y Peral Vega nos señalan cómo “la actitud ante los moriscos no fue
unánime: frente a los partidarios de la limpieza de sangre y de la erradicación de cualquier
vestigio de la fe musulmana, había una corriente partidaria de que los moriscos permanecieran
unidos a los señoríos cultivando la tierra” (137). El cardenal Cisneros pasó a convertirse en una
figura destacada por su gran deseo de acabar con la cultura musulmana. Así, en 1502 se decreta
“la conversión obligatoria no sólo para los habitantes de Granada sino también para los antiguos
mudéjares castellanos, que pasaron a ser “moriscos”, es decir, musulmanes convertidos a la
religión católica y, en definitiva, cristianos nuevos” (12).
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Una vez ya entrado el siglo XVI, la situación de la población musulmana no mejora ya
que nos encontramos con un periodo marcado por la inestabilidad interna no sólo a nivel
económico sino también político e incluso social. Así, la primera parte del siglo XVI estuvo
marcada por el intento de unificar Europa en un gran imperio cristiano con Carlos I (1516-1556)
en el poder. En su defensa de la fe católica, prohibió, entre otras medidas, el uso por parte de los
moriscos de la lengua y hábitos árabes y además se les obligó a tener abiertas las puertas de sus
casas tanto viernes, sábados como días de fiesta. Felipe II (1556-1598) tomó el relevo y siguió
esta línea de defensa del catolicismo, lo que le llevó a enfrentarse a los turcos hasta vencerlos en
Lepanto (1571).
Además, Felipe II promulgó un edicto (1566) en el que se encontraban, entre otras
prohibiciones, el hecho de que los moriscos tenían tres años para hablar la lengua castellana no
pudiendo escribir ni leer en secreto en árabe de manera que las escrituras y contratos redactados
en lengua árabe serían nulos y sin ningún valor (Velez). Con este ambiente, “las relaciones
sociales y políticas entre árabes y cristianos cambió radicalmente en los ciento cincuenta años
que median entre el marco histórico de la novela (la conquista de Antequera) y la época en que
los lectores pudieron disfrutar de ella” (De Lama y Peral Vega 137). Así, “de unas relaciones
fronterizas entre dos reinos independientes, más o menos pacíficas, saltamos a los primeros años
del reinado de Felipe II, en el que la convivencia con los moriscos, dentro de los reinos de
Castilla y Aragón, resulta conflictiva” (137).
Después de establecer el contexto histórico, tenemos que señalar la diferencia entre el
momento de publicación de la obra y la época en la que se sitúa la novela, ya que la acción tiene
lugar en el siglo XV. En primer lugar, de acuerdo con los estudios realizados por críticos como
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Carrasco-Urgoiti, la obra debió ser compuesta entre 1550 y 1560 y la acción se centra en el siglo
XV.
Hay que señalar cómo El Abencerraje “no solamente representa un caso de transmisión y
contaminación de hechos históricos […] sino que el relato novelesco surge hacia la misma fecha
con ligeras variantes en diversos textos de atribución desconocida o insegura” (Carrasco-Urgoiti,
Moro Granada 55). Se habla de tres versiones: Corónica, la Diana e Inventario. Podemos
apuntar que la estima por la versión de La Diana y “la sospecha de que se debe a la pluma del
propio autor [Montemayor] ha ido en aumento entre los críticos como Guillén o Navarro”
(Carrasco-Urgoiti, Novela morisca 60). Esta versión pone “menos énfasis en el contenido ético
que el texto del Inventario, y se observa mayor sobriedad en el intercambio de regalos” (60). El
exotismo “es digno de notarse ya que la difusión de El Abencerraje, sobre todo fuera de España,
ha dependido en gran parte del éxito de la Diana” (61). Sin embargo, también es cierto que otra
parte de la crítica y, más específicamente, López Estrada “se ha encargado de otorgar preferencia
a la versión intercalada en el Inventario de Antonio de Villegas. La elección se justifica por ser la
más pulida, desde el punto de vista estilístico, y la más acabada, desde el punto de vista
estructural” (De Lama y Peral Vega 8). Inventario, impreso en Medina del Campo “includes
several poems and the pastoral novelette “Ausencia y soledad de amor” […] Villegas was first
authorized to publish the miscellany in 1551, but it is not known whether his draft included at
that date the Moorish novel” (Carrasco-Urgoiti, Moorish Novel 54). Además, no se sabe si
Villegas fue el escritor o simplemente “the compiler of the text of El Abencerraje that he
published” (54).
Los textos en que aparece la novela son: El Abencerraje incluido en el Inventario de
Antonio Villegas, colección de prosa y verso impresa en 1565 […]; un relato titulado Parte de la
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Corónica del ínclito Infante Don Fernando que ganó Antequera…, publicado en un pliego suelto
que Mérimee fecha entre 1550 y 1560, y la “Historia de Abindarráez y la hermosa Xarifa”, que
aparece inserta en La Diana de Jorge de Montemayor, a partir de la edición póstuma en 1561”
(Carrasco-Urgoiti, Moro Granada 55-6).
Víctor de Lama y Emilio Peral Vega apuntan que “a estas tres versiones habría que
añadir el manuscrito Historia del moro, del que no sabemos la fecha de composición y que
representa una reelaboración muy reducida de la materia legendaria” (8). La versión elegida por
López Estrada es la del Inventario (1565) de Villegas y será con ésta con la que trabajaremos.
La elección de López Estrada por esta versión se debe al hecho de que “la existencia de
una situación textual […] testimonia que un contenido como el de este libro puede ser elaborado
por el mismo autor (y luego por otros que modifican a su vez la obra)” (14). Además, “la
difusión por medio de la imprenta puede, a su vez, reelaborar un texto en diferentes grados” (14)
y esto le lleva a López Estrada a elegir esta versión. A esto hay que sumar el hecho de que
“desde el punto de vista bibliográfico, se nos ofrece como una obra más cuidada que las
precedentes” (16).
Este crítico ve esta versión como la más lograda “desde el punto de vista de la creación
literaria” (18) y para ello se apoya en factores como “el desarrollo ordenado de los elementos que
se junta en la narración”(18) o “su combinación en una estructura unitaria” (18) así es esta
versión la que contenga el cuento de la honra del marido y el intercambio epistolar entre los
personajes (De Lama y Peral Vega 10), episodios que no aparecen en las otras versiones. El
cuento de la honra, por su parte, contribuye a la caracterización de Narváez y con ello enfatiza
ese honor que se ha ido presentando desde el primer momento como rasgo de éste.
22
Otro factor destacado en el que se apoya este crítico tiene que ver con “la reunión de tres
especies de exposición de orden literario, como son la narración impersonal del autor, el uso
extenso del relato en primera persona y la intercalación de epístolas (o cartas mensajeras en este
caso) que corroboran desde otra perspectiva literaria el relato” (18). Además, López Estrada
apunta cómo “El Abencerraje se relaciona con la novella italiana y conecta con la invención de
los libros de caballerías de apariencias cronísticas” (18). La palabra “novela” en el siglo de oro
mantuvo su significado original de relato breve y, más tarde, pasa a denominar la novela extensa
siendo “novela corta” la denominación para el relato breve. Es interesante señalar cómo este
crítico ve esta obra como “experiencia inicial de la moderna novela histórica (del grupo morisco,
sobre todo), y aún, dejándola con menos adjetivación, de la novela moderna” (18). Esto podría
ejemplificarse con la elección de “su situación en un tiempo que los lectores podían considerar
como el de su propia historia” (18) así como “la conversión de posibles personas de la realidad
en personajes” (18) ya que la obra no tiene un gran número de personajes, pero los dos
protagonistas, Narváez y Abindarráez, pueden relacionarse con personajes históricos.
Por ejemplo, tenemos la identificación del caballero cristiano con el “primer alcaide
castellano de Antequera, Rodrigo de Narváez, que fue una figura relevante en la lucha fronteriza
durante las primeras décadas del siglo XV” (Carrasco-Urgoiti, Novela española 53). De modo
que esta “alusión a la toma de Antequera, ocurrida en 1410” (Carrasco-Urgoiti, Relato 247) nos
da muestra del anacronismo existente puesto que se identifica a Rodrigo con el primer alcaide
hecho que tendría lugar en 1484.
La diferencia entre el lector de hoy y el del siglo XVI es significativa. Así, el primero
“might describe as historical fiction, a novel” (Carrasco-Urgoiti, Moorish Novel 57) mientras que
“in the sixteenth century it was read in all probability as a true story. Rodrigo de Narváez one of
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the protagonists, was a well-known figure, whose participation in the conquest of Antequera and
subsequent appointment as the town’s first Christian alcaide were established facts” (CarrascoUrgoiti, Moorish Novel 57). De acuerdo con Shipley “no hacer caso de contenidos de la obra
literaria del pasado porque carecen de vigencia expresiva para las necesidades de hoy equivale a
una confesión de indiferencia a la historia” (107). El hecho de que la obra fuera escrita, así como
su acción centrada, hace siglos no significa que la situación de poder y superioridad por parte de
un grupo sobre otro no siga existiendo. En aquel momento la Iglesia ejercía una fuerte
supremacía.
Pese a esta diferencia entre el momento que vive el autor anónimo de El Abencerraje y el
periodo en el que se centra la acción es interesante señalar cómo el autor, testigo de la situación
musulmana en el siglo XVI, puede “predecir” en la obra lo que iba a ocurrir después. De manera
que para ejemplificar esto es importante recordar las palabras con las que Abindarráez, una vez
vencido en la escaramuza contra Narváez, le hace saber al cristiano, y con ello a nosotros los
lectores, que “aguardad más y veréis cómo desde allí todos los Abencerrajes deprendimos a ser
desdichados” (142). A través de este mensaje tenemos, por una parte, una referencia al futuro de
Rodrigo y Abindarráez pero, por otra, se apunta a la vez al presente del escritor anónimo ya que
esa “desdicha” y “mala fortuna” que empezó con la presunta falsa acusación de traición al Rey
acaba con la muerte y el exilio de los Abencerrajes que aquí aparecen como representantes de la
población musulmana.
Tenemos que señalar, al igual que Shipley, el siguiente pasaje:
Vees aquí en lo que acabó tan esclarecido linaje, y tan grandes caballeros como
en él había; considera cuánto tarde la fortuna en subir un hombre, y cuán presto
le derriba; cuánto tarda en crecer un árbol y cuán presto va al fuego; con cuánta
dificultad se edifica una casa y con cuánta brevedad se quema. ¡Cuántos podrían
escarmentar en las cabezas de estos desdichados, pues tan sin culpa padecieron
con público pregón! Siendo tantos y tales y estando en el favor del mismo Rey,
24
sus casas fueron derribadas, sus heredades enajenadas y su nombre dado en el
Reino por traidor. (118-9)
Son estos términos en cursiva, señalados por Shipley, los que nos muestran ese gran sufrimiento
vivido por esta población musulmana. Dolor que no sólo forma parte de esta novela como algo
ficticio sino que fue sufrido por esta población y con ello encontramos un lazo de unión entre lo
que se nos narra y lo que formaba parte de la realidad de la época.
De nuevo en palabras del joven moro tenemos esa prohibición con la cual “ningún
Abencerraje pudiese vivir en Granada, salvo mi padre y un tío mío […] a condición que los hijos
que les naciese[n], enviasen a criar fuera de la ciudad para que no volviesen a ella, y las hijas
casasen fuera del Reino” (142) coincidiendo con una de las decisiones del rey Felipe II en el
siglo XVI ya que en su edicto de 1566 promulgaba que los hijos de los notables moriscos fueran
educados fuera del reino de Granada. Esto nos lleva a establecer de nuevo una conexión entre la
obra y lo que estaba ocurriendo en la época de composición en la que se estaba escribiendo esta
novela.
Por su parte, también el moro escribe a Rodrigo que “por parecer a aquéllos donde vengo
y no degenerar de la alta sangre de los Abencerrajes, antes coger y meter en mis venas toda la
que de ellos se vertió, estoy obligado a agradecerlo y servirlo” (163) donde “en el uso del verbo
degenerar se advierte la preocupación por mantener la pureza de sangre de sus antepasados,
inquietud similar a la de los cristianos que a mediados del siglo XVI leyeron la obra” (Víctor de
Lama y Emilio Peral Vega 87).
A través de estos ejemplos que conectan y se entrelazan con el momento histórico
podemos apreciar un cierto tono de crítica frente a toda la injusticia que se estaba llevando a
cabo. Así, “cabe cuestionarse si el relato pudo ser algo más que una evocación novelada de la
vida en la frontera de Granada” (De Lama y Peral Vega 138).
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A pesar de que Shipley apunte, al igual que otros críticos, que:
El Abencerraje trata de un incidente ficticio situado en el siglo XV, pero trata de
y desde unas circunstancias posteriores que resultaron de las tensiones que
resuelve esta obra de ficción con mucho más éxito del que habían gozado los
españoles históricos. El cuento presenta el modo en que un autor […] mira un
desenlace hipotético […] entre los cristianos castellanos y los moros de AlAndalus. (109)
No es menos cierto cómo a través de la novela podemos ver reflejados ciertos aspectos históricos
de la época. De esta manera:
las obras de literatura son, entre otras muchas cosas, monumentos históricos en
que los de más talento y visión entre cada “nosotros” labran “para nuestra
posteridad y descendencia” (164) modelos de lo que éramos, queríamos y
esperábamos, de lo que tolerábamos y de lo que despreciábamos y rechazábamos.
(Shipley 120)
Sin embargo, tenemos que apuntar cómo este “desenlace hipotético” que nombra este crítico no
es tan hipotético puesto que la época de la novela es testigo directo de un final que no es tan
feliz. Shipley señala cómo “el anónimo autor sitúa su utopía en el pasado de tal modo que
interviene entre la fase final de las guerras fronterizas y su “ahora”, el momento de composición
y lectura” (109).
Se ha señalado que el anónimo autor de la obra podría tener un origen judío converso.
Tenemos que apuntar la diferencia entre judío y converso, ya que el segundo hace referencia a
una persona que se ha convertido, en este caso, al cristianismo. Estos judíos convertidos
sinceramente, se asimilaron rápidamente al resto de la población (Cantarino 122). Estos posibles
datos sobre el autor nos llevan a preguntarnos si su conversión se produjo por obligación o
realmente por fe ya que en la obra vemos una exaltación al cristianismo. Podemos establecer un
punto de contacto entre los judíos y los moriscos, ambos grupos cada vez más minoritarios a
causa de las fuertes medidas que se llevaron a cabo en contra de ellos y ambos grupos que
acaban siendo expulsados. Así, los judíos españoles vivieron una situación de opresión similar a
26
la que casi un siglo después estaban viviendo los moriscos (De Lama y Peral Vega 13). Tras la
promulgación por parte de los Reyes Católicos del Edicto General de expulsión en 1492, los
judíos se vieron obligados a dejar la Península. Sería en 1609, cuando se repita un nuevo decreto
de expulsión. Esta vez en contra de los moriscos y es Felipe III el que lo firma.
El joven Abindarráez señala y enfatiza el “injusto agravio” por el cual su estirpe de los
Abencerrajes prácticamente ha desparecido y “vees aquí en lo que acabó tan esclarecido linaje
[…] y las hijas casasen fuera del Reino” (141-2). Una injusticia que en la obra aparece
ejemplificada con la supuesta traición al Rey y de ahí su castigo, pero sabemos cómo fue un
época de promulgación de edictos llenos de prohibiciones y restricciones para la sociedad
musulmana que en este caso pasa a ser la perjudicada.
Shipley nos señala cómo no podemos olvidarnos que “en la España de la segunda mitad
del siglo XVI el tono dominante de la cultura, la literatura y lo demás, es cristiano reaccionario”
(110). Por su parte, Carrasco–Urgoiti hace referencia a este periodo como:
historically that was a period of transition between the era of expansion and
grand illusions coinciding with the reign of Charles V and a different age,
presided over by Phillip, which brought consolidation of political and religious
unity, at the same time that the country experienced serious economic problems
and eventually a decline in international power. (Moorish Novel 53)
Si nos centramos en el principio de la novela podemos observar ese ambiente de frontera así de
acuerdo con Morales Oliver, “el carácter fronterizo de esta elegante novela se desprende de su
mismo hecho histórico” (37). El principio es buena muestra de ello ya que “dice el cuento que en
tiempo del infante don Fernando, que ganó a Antequera” (131) fijándose así la época de manera
que:
de un lado, la conquista de Antequera nos transporta al mes de septiembre de
1410. De otro, la alusión a D. Fernando, luego rey de Aragón, no permite
posponer los acontecimientos más acá de su muerte en 1416 […] En
27
consecuencia de estas conclusiones, es lógico enmarcar la historia de
Abindarráez a lo largo del reinado de Juan II de Castilla. (Morales Oliver 37)
Por su parte, Víctor de Lama y Emilio Peral Vega comparten esta contextualización del
texto en el reinado de Juan II de Castilla señalando también que el protagonista Rodrigo de
Narváez “muere en el año 1424” (11).
A la hora de establecer esa conexión entre el momento histórico y la novela nos
encontramos con que “en El Abencerraje confluyen las dos grandes corrientes del arte de ficción:
la fabulación idealizadora y la representación de la realidad” (Carrasco-Urgoiti, Novela morisca
58). Así, podemos decir que a la primera categoría corresponderían “el planteamiento del caso y
la actuación de los principales personajes” (58). A la segunda, pertenecerían esas “acciones
ejemplares [que] ocurren en su entorno físico y humano comparable al que la vida ofrece” (58).
Carrasco-Urgoiti nos señala cómo “esta convergencia, que no choca al lector actual, era poco
común en la creación literaria del siglo XVI y es uno de los valores de la novela morisca, que
nace con la obra que comentamos” (58). Sin embargo, como hemos comentado anteriormente,
“el elemento histórico […] adquiere mayor importancia y dignidad en la novela, al identificarse
el personaje cristiano con un castellano ilustre y abrirse amplias vistas sobre la Granada mora,
histórica y legendaria” (Carrasco-Urgoiti, Moorish Novel 57).
Si bien “entre 1411 y 1428 se ha atestiguado la existencia de un periodo de relativa paz y
tranquilidad en las relaciones musulmana-cristianas” (De Lama y Peral Vega 11) lo cual podría
verse conectado con el texto no es menos cierto que en la frontera granadina se llevaban a cabo
escaramuzas y de nuevo este tipo de combate aparece ejemplificado en la novela, ya que Narváez
y Abindarráez traban “brava escaramuza” (137). De hecho esa aparente tranquilidad no impide
que se esté viviendo un momento de tensión en el cual se enfrentan y luchan los dos enemigos.
En boca de Rodrigo tendremos muestras de ello así como de la tensión que le rodea: “Moro,
28
vente a mí, y si tú me vences, ya te aseguro de los demás” (137). Con ello primero nos establece
la diferencia de “ley” que existe entre ambos: uno pertenece a la ley cristiana y, el otro, a la
musulmana, y, por otro, este lenguaje con tono bélico nos pone en pleno momento histórico lleno
de enfrentamientos y luchas entre los diferentes grupos que habitaban la Península.
Si nos centramos en los personajes vemos cómo sus nombres son importantes dentro del
momento histórico así “hacia finales del siglo XV el linaje de los Narváez se había extendido
mucho por Andalucía. Entre los caballeros de este apellido que pudieran tomar parte en la guerra
de Granada hubo seis hermanos, de la misma familia que el citado personaje histórico, uno de los
cuales se llamaba Rodrigo” (Carrasco-Urgoiti, Relato 248). Por otra parte, los Abencerrajes
fueron una de las familias más destacadas de la política granadina jugando un importante papel a
lo largo del siglo XV. Esta familia procedía del norte de África y muchos de sus miembros
participaron en las diversas revueltas socio-políticas que tuvieron lugar en la España nazarí. La
historia familiar de Abindarráez “refleja la leyenda de calumnias y exterminio que surge en torno
a los Abencerrajes, poderosa familia granadina que chocó con más de un monarca nazarí”
(Carrasco-Urgoiti, Novela morisca 53).
Además, como hemos dicho, nos encontramos con “precisiones de lugar y momento
histórico” (Carrasco-Urgoiti, Relato 247) así como la localización de la obra nombrando las
fortalezas moras de Cártama y Coín. De ahí la importancia del “cantarcillo topográfico que canta
Abindarráez en el que se mencionan Cártama, Coín y Álora” (247). Carrasco-Urgoiti, por su
parte, piensa en una posible “existencia independiente y previa a su inclusión en la novela”
(247). Podemos decir cómo estas “precisiones topográficas sitúan la frontera del reino de Castilla
con el de Granada entre la villa de Álora […] y las de Cártama y Coín, enclavadas en territorio
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musulmán” (Carrasco-Urgoiti, Novela española 53) contribuyen a crear esa ilusión de
verosimilitud pese a que:
tales límites corresponden al estado en que se halló la frontera durante un período
de varios meses, pero esta situación no se dio en tiempos del Infante don
Fernando y del primer alcaide de Antequera, sino setenta años más tarde, cuando
iniciada ya la guerra de conquista que culminaría con la rendición de Granada, el
Marqués de Cádiz toma Álora en 1484. (Carrasco-Urgoiti, Novela española 53)
Es interesante el hecho de poder establecer una conexión entre los personajes del texto y
los personajes históricos así como los lugares reales ya que es importante a la hora de entender lo
que estaba ocurriendo en la época del texto. Sin duda, no debemos centrarnos únicamente en las
fechas, ya que existen anacronismos, porque lo significativo es ver la situación de la población
musulmana y cristiana y su relación no en un año específico. Así, mientras la población
musulmana va encontrando cada vez más problemas en territorio español, la población cristiana
va ganando más poder y este proceso no consiste en un año específico sino que supone un
proceso y un período de tiempo correspondiente a los años de composición y divulgación del
texto.
Cierto es que resulta imposible la identificación de Narváez con el primer alcaide de
Antequera, pero vemos cómo ésta “está plenamente justificada en su contexto literario ya que la
clara fama de aquel fronterizo ilustre viene a dar mayor realce a la orientación ejemplar tan
manifestada en la obra” (Carrasco-Urgoiti, Relato 248).
Gonzalo Pontón en su artículo “Las sendas de un Nuevo Historicismo” señala cómo para
Jean E. Howard, profesora del departamento de inglés y de literatura comparada:
la literatura es uno de los muchos elementos que intervienen en la representación
de la realidad que una cultura se construye, colaborando con la formación de su
discurso sobre la familia, el estado y el individuo, colaborando a hacer el mundo
inteligible, aunque no necesariamente colaborando a representarlo con exactitud.
(9-10)
30
Apoyándonos en esta idea, vemos cómo El Abencerraje sirve de ejemplo para retratar la
sociedad del momento. Así, los críticos que comparten las ideas del Nuevo Historicismo “view
the relationship between history and literature, between historical context and literary text, as
mutually fashioning and as a dynamic interchange. As history constitutes what we mean by a
literary work, so too literary text help to constitute what we mean by history” (Hens-Piazza 35).
Pese a que esta teoría presenta limitaciones y Gonzalo Pontón concluye su artículo con la
idea de que “los neohistoricistas no parecen haber recurrido a las fuentes de la historia para
convertirla en el objeto de su estudio, sino para acceder al tipo de conocimientos que sólo una
visión histórica puede garantizar” (24), sí podemos establecer un intercambio entre la literatura y
la historia siempre y cuando al analizar una obra literaria desde el punto de vista histórico no nos
olvidemos que tenemos delante de nosotros además una pieza literaria.
En este contexto, hacia 1550, surgen varios géneros literarios hasta entonces
desconocidos. Entre ellos se encuentran la novela pastoril, la novela picaresca y la novela
morisca. Este último género literario presenta relatos caballerescos de la guerra contra la
población musulmana y se caracteriza por presentarnos a los moros y ofrecernos lecciones de
generosidad y convivencia entre cristianos y musulmanes.
Su primer ejemplo es el relato anónimo El Abencerraje. En efecto, este género morisco
requiere que “la acción de la novela o el poema se desenvuelva en un espacio bisagra donde se
enfrentan, y también conviven, la España musulmana y la bajo-medieval cristiana” (CarrascoUrgoiti, Novela española 62). De manera que “en ese ámbito histórico, la situación de cautividad
se presentaba como experiencia relativamente común” (62) y vemos cómo el moro es cautivo
tanto del cristiano Narváez, la captura y prisión de éste se produce “como incidente normal de la
vida fronteriza” (62) como del amor que tiene hacia su amada Jarifa. Con respecto a la
31
separación y obstáculos entre ambos, “el factor que perturbaba la dicha de los enamorados es
frecuentemente la captura de uno de ellos” (62). Como aspecto excepcional, Carrasco-Urgoiti
señala “la salida, de la desventura, hecha posible gracias a la mutua confianza y lealtad de dos
adversarios” (62) ya que el joven moro queda libre y consigue reunirse con su amada.
Dentro de la novela morisca del Siglo de Oro, hay que apuntar la de tema granadino y es
en este grupo donde encontramos a El Abencerraje. En este tipo de novela nos encontramos un
canto a la generosidad y a la humanidad y “sus protagonistas actúan guiados por dos máximas:
un comportamiento virtuoso, de acuerdo con las premisas caballerescas, y una exaltación del
amor como verdadero norte de la esencia humana” (De Lama y Peral Vega 26).
Luis Morales Oliver señala siete características recurrentes en la novela morisca: el
optimismo idealista, la condensación argumental, la estilización clasicista, la ambientación
lingüística, la belleza decorativa, la amplitud del alma y la singularidad peninsular (24-6). El
optimismo idealista vendría a ejemplificarse con la propia convivencia y tolerancia entre las
distintas “leyes” y la ayuda “desinteresada” del cristiano. En esta obra de corta extensión, “el
estilo ocupa un lugar de privilegio” (De Lama y Peral Vega 28) así “las palabras son elegidas
[…] en virtud no sólo de su significado sino también de su sonoridad y de su capacidad
evocadora” (28). En cuanto a los términos utilizados encontramos palabras como “marlota”,
“carmesí”, “albornoz” que hacen referencia inmediatamente a la cultura musulmana (29). En El
Abencerraje, ejemplo de obra morisca, aparecen descripciones cuidadas que nos ambientan la
acción. Como ejemplo tenemos la huerta de los jazmines donde Abindarráez se reúne con su
amada Jarifa:
volviendo las manos a unos jazmines de que la fuente estaba rodeada,
mezclándolos con arrayán hice una hermosa guirnalda y poniéndola sobre mi
cabeza, me volví a ella, coronado y vencido. Ella puso los ojos en mí, a mi
parecer más dulcemente que solía, y quitándomela la puso sobre su cabeza. (145)
32
El Abencerraje es modelo de convivencia entre distintas culturas y con ello tendríamos
ejemplificada la característica de amplitud del alma que propone Morales Oliver, ese “triunfo de
la generosidad, del corazón abierto, virtud muy cristiana, muy frontera y, por ello, muy arraigada
en el alma española” (26). Además, este crítico apunta que “el reconocimiento de las virtudes del
vencido así como la ayuda prestada a éste deben ser considerados como un modo peculiar de
nuestra literatura apuntando con ello a la “singularidad peninsular”. Para él, en la caracterización
“debe ponerse de relieve su peculiaridad española” (26), en ese “doble plano hispano-moro, el
brote de virtudes y de conductas netamente peninsulares, el intercambio de gestos de
caballerosidad no escasa entre los dos pueblos, el perdón del vencido y el fondo regional o, a
veces, norteafricano” (26). El moro pasa a ser idealizado ahora que ya no supone un peligro ya
que tras la caída de Granada éste asume el “status de ‘vencido’” (De Lama y Peral Vega 32).
Para concluir, podemos recordar cómo la crítica parece coincidir en una interpretación de
El Abencerraje centrada en una amistad e igualdad entre ambos personajes así como una muestra
de un canto a la tolerancia y a la convivencia. Al margen de los estudios centrados en una línea
tradicional, como son los trabajos realizados por Casalduero, Glenn o León que enfatizan la
exaltación de la virtud dentro de la obra, encontramos la crítica norteamericana centrada en los
rasgos homosociales entre ambos protagonistas.
Por otra parte, tenemos los trabajos de Burshatin y su cambio en el enfoque ya que resalta
la superioridad del cristiano. De hecho enfatiza que Narváez “is first and foremost a conqueror
whose successful defeat and subsequent capture of the Moor give him the option of behaving
with cruelty or magnanimity” (Bass 454) e interpreta la puesta en libertad del moro como “an
exercise of hegemony” (454), a “metaphor of the Christian’s own power” (205). Con todo ello,
podemos concluir compartiendo esta lectura de El Abencerraje en la que Rodrigo de Narváez,
33
personaje cristiano, y su “ley” son presentados como superiores en relación a “el otro” que en
esta obra equivaldría al moro Abindarráez. En el segundo capítulo ejemplificaremos y
explicaremos cuáles son las razones utilizadas para seguir esta interpretación.
Por otra parte, podemos concluir cómo El Abencerraje sí que se puede ver como una
contribución a nuestras ideas sobre la historia ya que tras esa muestra de aparente convivencia y
tolerancia se esconde la imposición de la “ley” cristiana. Consecuentemente, las otras “leyes” de
la Península irán teniendo cada vez más restricciones a la hora de poder practicar su religión y
costumbres. Muchas fueron las duras medidas de represión que se llevaron a cabo en defensa del
cristianismo y Abindarráez al relatarnos su historia nos da ejemplos de ellas. Desde el momento
en que podemos identificar a este personaje moro como “el otro”, vemos cómo éste pasa a
ocupar un puesto inferior, lugar al que se vería su “ley” obligada a permanecer. El hecho de que
coexistiera una población musulmana con una cristiana y, hasta cierto punto, pudiera haber un
grado de tolerancia, no significa que existiera una igualdad entre ellas. Abindarráez y Narváez
conviven en la Península pero mientras que el primero tiene una serie de restricciones, fruto de
su origen musulmán, el segundo, “peleando contra moros, hizo cosas de mucho esfuerzo” (131).
Ambos pueden verse como características de la realidad histórica del siglo XVI español.
En el contexto contemporáneo, un lector español puede leer esta novela como una ficción
ya que las primeras palabras de la obra (“dice el cuento” (131)) nos llevan a pensar eso. Sin
embargo,
el hecho de relatarnos acontecimientos de la España de los siglos XV, época en que
se centra la acción, y XVI, momento del autor, nos representa aspectos de la realidad del
momento. El lector español de hoy en día puede reconocer ese entorno físico. Así, ambos
aspectos, la parte idealizadora y la real se pueden juntar en la mente del lector actual sin que le
choque.
34
CAPÍTULO 3
LA FUNCIÓN BINARIA DE DON RODRIGO DE NARVÁEZ Y ABINDARRÁEZ
A lo largo de El Abencerraje, observamos una estructura binaria presente tanto en los
protagonistas (Rodrigo y Abindarráez) como en las historias contadas (la del cristiano y la del
moro), los temas (heroico y amoroso) e incluso en la propia composición y estructuración de la
obra de acuerdo con el detallado estudio realizado por Gimeno Casalduero donde divide la
acción en cinco núcleos que, a excepción del tercero, se dividen todos ellos en dos momentos
cada uno (3).
A la hora de examinar la posible igualdad entre ambos personajes protagonistas que
presenta la obra encontramos distintas opiniones. Para Ricardo Krauel, “Rodrigo de Narváez […]
se presenta como la figura cimera en la jerarquía estimatoria que de los personajes hace la obra”
(39) otorgándole desde el primer momento “una altura heroica y legendaria” (40). De esta
manera, “Narváez se trocará de oponente en ayudante del abencerraje, al asumir esa función de
protector del joven musulmán” (Krauel 40).
Es interesante señalar, como Ronald Schleifer nos recuerda, que Greimas “describes the
‘principle semiotic actants of discourse in two distinct categories which are ‘the extrapolation of
the syntactic structure’: sender vs. receiver, subject vs. object” (95). Además se añade una tercera
categoría que llama ‘circumstants’ que son “helper vs. opponent” (95). Si tomamos como
referencia la división que realiza Greimas sobre las funciones de los diferentes personajes, llama
la atención el hecho de que el alcaide pase de oponente a ayudante en un cambio radical de rol.
35
Sabemos que este cambio le va a dar fama y un mayor reconocimiento. Ya hemos comentado
cómo Narváez busca esa fama y que mejor ejemplo que ayudar al moro para conseguir más
reconocimiento. La culminación de la grandeza y virtud de Rodrigo llega con la puesta en
libertad del más débil, del que está prisionero. No olvidemos que el alcaide no sólo interviene
poniendo fin al cautiverio del moro a nivel físico sino también a nivel sentimental ya que éste es
quién colabora al feliz final entre la joven pareja mora que acaba casándose y obteniendo el
perdón del padre de ella gracias al alcaide.
De hecho, la carta que escribe Abindarráez al alcaide muestra una actitud de estar en
deuda con éste:
si piensas, Rodrigo de Narváez, que con darme libertad en tu castillo para
venirme al mío, me dejaste libre, engáñaste… Y si tú por alcanzar honra y fama,
acostumbras hacer bien a los que podrías destruir, yo, por parecer a aquéllos
donde vengo y no degenerar de la alta sangre de los Abencerrajes, antes coger y
meter en mis venas toda la que ellos se vertió, estoy obligado a agradecerlo y
servirlo. (163)
Resalta el hecho de que Rodrigo haga el bien al “enemigo” con tal de “alcanzar honra y
fama” (163) y no porque sea un hecho que haga sin ningún deseo de reconocimiento.
Por otra parte, Pedro R. León divide la obra en once episodios de manera que ambos
personajes ocupan el mismo espacio narrativo (258). Este crítico defiende la idea de que “no se
puede hablar realmente de la “victoria” de los ideales caballerescos cristianos sobre la gentileza y
caballería moriscas” (258). Sin embargo, en esta división seis episodios tendrían como
protagonista al cristiano y cinco, al moro. Siguiendo esta estructura analizada por Pedro R. León,
los episodios que corresponden al cristiano son los siguientes: “introducción de Rodrigo ‘claro
varón’ y de sus escuderos, victoria y magnamidad de Rodrigo, generosidad de Rodrigo al
permitir a Abindarráez libertad condicional, la anécdota sobre Rodrigo, la carta de Rodrigo al rey
de Granada y la carta de Rodrigo a Jarifa” (258) mientras que los cinco que corresponden al
36
moro son: “la llegada de Abindarráez y su lucha con los cinco escuderos, historia de los
Abencerrajes y de Abindarráez y Jarifa, la unión de Abindarráez y Jarifa, el doble rescate de
Abindarráez y Jarifa y la respuesta-recompensa de Abindarráez y Jarifa a Rodrigo” (258).
En primer lugar, estudiaremos si la función de los personajes es complementaria, donde
ambos personajes intercambian características, las que no posee uno son propias del otro y
viceversa, o binaria, donde un personaje aparece presentado y caracterizado como superior
relegando a un segundo lugar al otro. Para ello nos centraremos en el estudio realizado por López
Estrada que apoya la idea de la complementación de Rodrigo de Narváez y Abindarráez.
Después presentaremos a los personajes individualmente ejemplificando sus características ya
que podemos ver cómo ambos tienen una función binaria y no complementaria como apunta
López Estrada. De hecho, Narváez, el personaje cristiano, ocupa un lugar superior (aunque la
superioridad no es extrema) y destacable con respecto al moro Abindarráez y podemos
ejemplificar esto examinando si podemos verlos como héroes. Además, el primero vendría a ser
ejemplo del personaje creado por la historia y el segundo, ejemplo de la voz poética, de la
literatura. En la jerarquía de la época podemos ver cómo la historia tenía más peso que la poesía
amorosa. Para acabar comentaremos los dos temas que comparten protagonismo dando muestras
de que la estructura binaria seguida por el autor anónimo no sólo se cumple en los personajes.
Partiendo de la idea presentada por López Estrada en la que los dos protagonistas
masculinos de El Abencerraje se complementan, examinaremos esa complementación y sus
debilidades. En primer lugar, López Estrada nos recuerda como “el autor se ha cuidado de
oponerlos en cuanto a la edad que les atribuye” (27). Rodrigo “por su edad y condición posee la
experiencia, y el joven audaz y, en cierto modo, irreflexivo, necesitado de consejo” (27).
37
El autor en su “distribución de papeles” (27) ha presentado al cristiano como “el hombre
maduro que posee la ciencia humana necesaria para dominar los sucesos de la fortuna” (27-8)
mientras el moro es el joven mozo “que se deja arrastrar por la pasión y que obra por impulsos
sin pensar cuál pueda ser el desenlace” (28). Tenemos que resaltar esta “distribución” ya que con
ella lo que nos encontramos son oposiciones entre los dos personajes masculinos. Así, tenemos la
figura de un hombre maduro y un joven inexperto, un capitán español y un cautivo moro, dos
“leyes”: una cristiana y una musulmana y, con ello, un castellano y un moro, y, finalmente, la
gran virtud de uno opuesta a la mala fortuna del otro. Tenemos que apuntar como esta oposición
está presente desde el primer momento y queda enfatizada así la diferencia entre ambos
personajes.
Por su parte, Shipley apoya el paso de la oposición a “una integridad complementaria que
nos recuerda el generoso amor de padre e hijo” (104). Shipley señala cómo los dos nombres se
hacen eco aliterativamente (Narváez/Abindarráez) y centrándose en la etimología del nombre
árabe (Abin-, “hijo de”, arraiç, “gobernador militar”) apunta ese “parentesco espiritual” entre
ambos personajes” (104). Pero no podemos olvidar que el ser “capitán español” en esta época
suponía estar en una “categoría superior” (104) y si nos centramos en la posible distribución
espiritual de padre e hijo que señala Shipley tenemos que una de las funciones del padre consiste
en enseñar y educar a su hijo y de esta manera la figura del padre pasa a convertirse en modelo y
ejemplo a seguir por el hijo y con ello podemos decir que este papel de “guía” adopta una
posición superior al de “aprendiz”.
No se nos puede pasar por alto el papel del moro ya que especialmente en el terreno
amoroso da muestras de ser un gran compañero de su amada Jarifa. Sin embargo, compartimos
con Gimeno Casalduero la opinión de que “no se presenta a Abindarráez como figura terminada
38
sino que (a diferencia de lo que se hace con Rodrigo) se apoya la narración en pormenores y se le
va completando lentamente” (9). Otro aspecto importante consiste en la “distinta actitud de los
caballeros y las distintas circunstancias que se les atribuyen: invencible, don Rodrigo domina los
sucesos y está más allá de las calamidades; Abindarráez, por el contrario, vencido y a la merced
de los sucesos, monopoliza las desgracias” (Gimeno Casalduero 15).
Tenemos que resaltar el combate puesto que supone el punto de unión entre ambos.
Como nos señala López Estrada:
Uno y otro están reunidos por causa de la guerra, y ambos cumplen como buenos
en ella. Es la guerra propia de la frontera, con enfrentamientos de grupos en los
combates y con las escaramuzas de las treguas, como es el caso contado. La
escaramuza enfrenta a hombres de uno y otro bando de una manera personal, a
manera de torneo sangriento, y esta guerra es el punto de partida de la novela.
(28)
Como consecuencia de este enfrentamiento y comprobar que “ambos cumplen como buenos en
ella” (López Estrada 28) tendremos el “cautiverio” de Abindarráez y “este suceso, cotidiano en
la guerra de fronteras, es ocasión de que el segundo (Rodrigo) ponga de manifiesto su virtud por
la vía de la generosidad” (28).
En este combate no tenemos sólo el enfrentamiento entre dos personas sino la lucha entre
dos culturas presentes en el mismo territorio en el mismo momento. De toda escaramuza sale un
vencedor y un vencido siendo, en esta ocasión, el moro el vencido. Como acabamos de ver, en El
Abencerraje se menciona una clase determinada y específica de combate: la escaramuza. López
Estrada nos recuerda cómo ésta “fue el estilo de encuentro más común entre las gentes de armas
de la frontera y el que usan los caballeros como medio de buscar nombradía” (200). El cristiano
acaba concediéndole la libertad. Este crítico apoya que cada uno ejerce:
la virtud que les corresponde; si los dos se encuentran es porque se necesitan para
llegar a la plenitud humana: Narváez puede mostrar su serena madurez porque
Abindarráez necesita su ayuda; el moro resuelve su caso de amor porque confía
en el conocimiento que el cristiano tiene de los hombres. (28)
39
Ambos personajes se complementan por sus acciones diversas: de amor, en el moro; y de
generosidad, en el cristiano” (López Estrada 28).
Como respuesta al estudio de López Estrada, no debemos centrarnos sólo en el aspecto
humano que estos personajes representan sino que tenemos que señalar su función como
representantes de dos “leyes” diferentes a las que hacen referencia. Este crítico se queda en
generalizaciones humanas y las debilidades de su estudio se centran en su deseo de evitar la
confrontación entre ambos personajes en un periodo de lucha entre las dos “leyes”. Destaca la
ausencia de todo sentido religioso en el texto, pero no por ello tenemos que pasar por alto la
obsesión por la limpieza de sangre así como la marginación y persecución que sufrieron los
moriscos en la Península durante esta época. En la presentación de Rodrigo tenemos una
“alabanza directa del heroísmo español” (Morales Oliver 38) que queda enfatizada desde el
primer momento. Junto con la representación de dos leyes nos encontramos otras dos
manifestaciones: la historia y la literatura, siendo Narváez figura representativa de la primera y
Abindarraéz, de la segunda.
Por su parte, Pedro R. León apoya la idea de que en El Abencerraje el enfoque se reparte
entre Rodrigo y Abindarráez siendo ambos el centro de la obra, pero hay que enfatizar de nuevo
cómo la primera referencia es al cristiano y sus virtudes y cómo se cierra la obra con “la carta del
alcaide de Álora a la hermosa Jarifa” (163) de nuevo mostrándonos su caballerosidad: “yo no
acostumbro a robar damas, sino servirlas y honrarlas” (164) siendo ésta su última intervención y
con ello tenemos la culminación de su virtud. Para examinar la función binaria que opinamos
ejercen los dos protagonistas y la superioridad del alcaide cristiano, analizaremos las
características heroicas que poseen ya que Abindarráez es presentado como un medio héroe,
enfatizando con ello la superioridad del héroe completo que representa el personaje de Narváez.
40
El término héroe se puede definir siguiendo los estudios de Northrop Frye que señala tres
etapas a la hora de atribuir el papel de héroe: “the stage of the perilous journey and the
preliminary minor adventures; the crucial struggle […]; and the exaltation of the hero” (187).
Estos estadios se corresponden, como nos apunta Ricardo Krauel, con “los elementos que
Campbell enumera como integrantes del núcleo básico del modelo de la aventura del héroe: “a
separation from the world, a penetration to some source of power, and a life-enhancing return”
(41).
A primera vista, podemos ver cómo en Abindarráez se dan estos tres elementos. Si
analizamos la novela vemos cómo la separación del mundo está ejemplificada por la mala
fortuna de la casta de los abencerrajes a través de la cual son acusados de traición hasta el punto
de que el Rey ordena que “ningún Abencerraje pudiese vivir en Granada, salvo mi padre y un tío
mío, que hallaron inocentes de este delicto” (142). Si nos centramos en el plano sentimental y
amoroso tenemos cómo también aquí Abindarráez sufre la “separación” de su amada. Primero
porque el padre de ésta se trasladó y ella tuvo que acompañarlo existiendo con ello una
separación física y topográfica y, segundo, en el momento en el que es hecho prisionero por el
alcaide cristiano. El resultado de este acontecimiento es de nuevo una separación física entre
ellos. Esto último tiene lugar justo cuando el joven viaja teniendo como objetivo el deseado
encuentro con su amada Jarifa. El alcaide de Álora y Antequera se interpone, sabemos que sólo
en un primer momento, a ese feliz reencuentro con lo que el viaje no se desarrolla con
tranquilidad.
“The penetration to some source of power” por parte del joven moro viene a estar
ejemplificada por el momento en que Abindarráez lucha de manera que “contra el moro eran tres
cristianos […] y todos juntos no podían con este solo” (136). Aquí vemos al moro haciendo
41
alarde de las características de su linaje ya que “dícese que nunca hubo Abencerraje escaso ni
cobarde ni de mala disposición” (141).
La última etapa viene a ser la del retorno y Ricardo Krauel nos señala la denominación de
Frye como “la exaltación o reconocimiento del héroe” (44). En el plano sentimental y amoroso,
la historia del Abencerraje tiene un final feliz ya que culmina con el matrimonio del joven y el
perdón del padre de su amada. A esto hay que sumarle la libertad que le concede el alcaide
cristiano. Sin embargo, a nivel público, es decir, en el nivel político-social (siguiendo la
terminología utilizada por Ricardo Krauel), Abindarráez no obtiene el reconocimiento de la
sociedad. Así, el joven no vuelve a Granada, su lugar de origen y del que fueron expulsados
miembros de su familia siendo gran parte de ellos degollados por supuesta traición al Rey. La
ciudad y sus habitantes, por tanto, no son testigos del reconocimiento del Abindarráez. Si
seguimos el aspecto señalado por Campbell en el que “el retorno y la reintegración a la sociedad
es “indispensable” (44) vemos cómo sin el reconocimiento público, el Abencerraje se
“aproxima” a la categoría de héroe pero sin ese “retorno vivificador” del héroe, la aventura
heroica queda desequilibrada (Krauel 46). Con ello, Abindarraéz es ejemplo de un medio héroe o
héroe incompleto.
Por el contrario, la figura del cristiano muestra todas las características del héroe. Desde
el primer momento se alaba su gran labor como guerrero y éste sale en busca de aventuras. Se
enfrenta cara a cara con otro buen guerrero, Abindarráez, y de ese combate sale vencedor con lo
que su fama va aumentando. Sabemos cómo tiene el reconocimiento de su “ley” y su rey hasta el
punto de ser nombrado alcaide de Antequera y Álora. Por otra parte, si tomamos como referencia
la siguiente definición podemos ver cómo Rodrigo sigue siendo un claro ejemplo de héroe, así,
“el héroe se puede definir como un arquetipo de excelencia, el cual se converge en un modelo de
42
la colectividad que lo honra con su culto; ya que el personaje muestra sus esfuerzos y
sufrimientos para superarse durante sus hazañas” (monografías). Son personajes ajenos a él (el
anciano, el rey de Granada) los que alaban sus hazañas así como su lado humano y sentimental.
El código de valores conocido como “todas aquellas virtudes que el héroe debe manejar
para llegar a ser un modelo de conducta para el pueblo que lo rodea” (monografías) está formado
tanto por los aspectos “competitivos” como por los “cooperativos”. De este modo, los primeros
hacen referencia al lado guerrero, Rodrigo combate contra sus enemigos, y, los segundos, a los
aspectos en los que el héroe da muestras de su generosidad y bondad. Rodrigo comparte ambas
virtudes, por una parte, “peleando contra moros” (131) a los que se les considera enemigos en
ese momento, se resalta su lado de luchador y, por otra, dejando ir a Abindarráez para reunirse
con su amada y más tarde, otorgándole la libertad total vemos ejemplificado su lado más
humano, generoso y solidario.
Siguiendo estas características podemos concluir que este alcaide de Antequera y Álora
es un ejemplo de héroe de su momento. De hecho, los héroes presentan un “móvil ético” que “se
mantiene firme” y éste consiste en buscar “la justicia social y el ser solidarios con la gente”
(monografías).
Por su parte, Joaquín Ma. Aguirre señala que “el término héroe tiene una serie de
implicaciones que transcienden el papel de “protagonista” de la novela” así como que “en el
héroe se encarnan las virtudes a las que los hombres aspiramos en cada momento de la historia”.
Cabe señalar que los aspectos que debe poseer el héroe varían dependiendo “de la adhesión
social a los valores, esto es, del grado de acuerdo que exista en torno a la virtud” (Aguirre). De
este modo, en la época en la que tiene lugar esta obra, ser español implicaba ser cristiano y
ejemplo de ello lo encontramos en el siguiente pasaje:
43
Rodrigo de Narváez, notable en virtud y hecho de armas. Este, peleando contra
moros, hizo cosas de mucho esfuerzo, y particularmente en aquella empresa y
guerra de Antequera hizo hechos dignos de perpetua memoria: sino que esta
nuestra España, tiene en tan poco el esfuerzo por serle tan natural y ordinario que
le parece que cuanto se puede hacer es poco. (131)
De esta manera el reconocimiento de la virtud de Rodrigo por diversas personas nos muestra
cómo esa sociedad en la que vive lo ve como un héroe. Así, Joaquín Ma. Aguirre señala que:
para que aparezca el héroe en la sociedad ha de tener un grado de cohesión
suficiente como para que existan unos valores reconocidos y comunes. Sin
valores no hay héroe; sin valores compartidos, precisando más, no puede existir
un personaje que permita la ejemplificación heroica […] La condición del héroe,
por tanto proviene tanto de sus acciones como del valor que los demás le otorgan.
Abindarráez, por su parte, viene de una familia conocida que tuvo la desgracia de ser
condenada injustamente pero el joven no es un ser reconocido y prueba de ello es que no basta
sólo con decir su nombre a la hora de presentarlo sino que necesitamos información sobre su
vida y persona. Ricardo Krauel apunta que “la figura de Abindarráez recibe un tratamiento que lo
aproxima a una dimensión heroica” (141). Tenemos que resaltar la palabra “aproxima” porque
eso significa que su figura no acaba de ser un héroe.
Si nos centramos en las caracterizaciones individuales de ambos protagonistas
observaremos también diferencias entre ellas así Don Rodrigo se nos presenta, desde el primer
momento, como una figura modelo y ejemplar enfatizando características que destacan en este
caballero: “notable en virtud y hechos de armas” (131). En este primer contacto con el caballero
castellano se nos presentan sus virtudes seguidas de su relación con sus “cincuenta escuderos
hijosdalgo” (132). Más tarde, lo vemos en acción: lucha y se enfrenta al joven moro.
Desde el principio hay muestras de querer presentar a Rodrigo como modelo de virtud y
esfuerzo por parte del autor, autor que es anónimo y críticos como Guillén apuntan a un posible
origen judío de éste. Se habla de un autor judío converso con lo que si aceptamos que su
conversión al cristianismo fue real, podemos entender la superioridad de la que el personaje
44
disfruta en la obra. Así, la presentación de este personaje contribuye a reflejarnos los aspectos
típicos del caballero cristiano y con ello queda exaltada la virtud de éste. Su nombre nos recuerda
a Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid (“por todas partes va sonando la fama del Cid” (209)), con el
que comparte no sólo el nombre sino la fama y el reconocimiento. De hecho, el nombre de
Rodrigo ya implica fama, heroísmo y virtud por ser conocido y admirado por todos. Ambos
luchan contra moros y sus combates en el área fronteriza les aportan éxito. Compartimos con
María Soledad Carrasco-Urgoiti la idea de que “the character of Narváez, man of honor and
seeker of fame, is sufficiently established by his name alone; that of Abindarráez can only be
defined in an outpouring of memories and sentiments” (Moorish Novel 69). De hecho, don
Rodrigo, como figura histórica, ocupaba un puesto importante dentro de la sociedad de la época
lo que nos refleja una sociedad dividida en clases donde la nobleza tenía el poder.
Entre las diversas características de Narváez podemos señalar las de ser militar de
frontera, guerrero, tener fama, ser virtuoso honrado y generoso. Este personaje es un militar de
frontera, con méritos conocidos y reconocidos por todos, méritos que estaban en la memoria de
todos dado a su gran nivel como guerrero: “peleando contra moros, hizo cosas de mucho
esfuerzo, y particularmente en aquella empresa y guerra de Antequera hizo hechos dignos de
perpetua memoria” (131). Fruto del servicio a su rey y de su activa participación en la batalla, es
nombrado, como hemos apuntado anteriormente, alcaide de Antequera y Álora. Estos hechos
contribuyen aún más a formarnos una idea del prestigio alcanzado por este protagonista.
En su caracterización encontramos referencias a su gran labor como guerrero y cómo sus
acciones son recordadas: “Hizo hechos dignos de perpetua memoria” (131) a la vez que se
equiparará con los héroes griegos y romanos. Gimeno Casalduero señala cómo esta
“comparación grecolatina ennoblece por su parte al caballero” (5). Después se compara con
45
Darío, héroe persa y se nos recuerda en la novela cómo cuando algún hombre moría, “ponían
otro en su lugar” (132). De esta manera, todos los escuderos de Narváez “tenían todos ellos tanta
fee y fuerza en la virtud de su capitán […] y en todas las escaramuzas que entraban salían
vencedores, en lo cual ganaban honra y provecho” (132-3).
Rodrigo da muestras de su gran fama militar en el combate contra Abindarráez y en boca
de este último sumaremos un ejemplo más de la fama alcanzada por Rodrigo: “Por cierto, ahora
pierdo parte de mi queja pues ya que mi fortuna me fue adversa, me puse en vuestras manos,
que, aunque nunca os vi sino ahora, gran noticia tengo de vuestra virtud y experiencia de vuestro
esfuerzo” (139). De esta manera, el moro tras saber quién era el caballero que le ha vencido se
llega a sentir hasta honrado y confia en él hasta el punto de confesarle su historia de amor y con
ello revelarle sus más íntimos sentimientos.
La fama de Rodrigo llega a ser reconocida hasta por el mismo rey de Granada pese a no
compartir la misma ley: “Bien sé que por tu virtud te ama el Rey, aunque eres cristiano” (159).
Como nos señala López Estrada, “Narváez obraba con plena conciencia de que sus hechos
habían de servir como ejemplo de sus descendientes y que la fama no sólo había de perpetuarle
en los libros, sino incluso en estatuas” (181) así Rodrigo, al final de la novela, en su carta a Jarifa
dice: “en esta tierra nunca se me ofreció empresa tan generosa ni tan digna de capitán español”
(163-4). Palabras que no son más que muestras de ese deseo constante de reconocimiento que
presenta el personaje de don Rodrigo.
Esta caracterización del alcaide de Antequera y Álora es completada de manera indirecta
a través del cuento narrado por el hombre viejo que se encuentra el ya matrimonio moro de
camino al castillo de Narváez según lo acordado. Así, refiriéndose al alcaide dice de él que es “el
más honrado y virtuoso caballero que yo jamás vi” (156). A través de esta historia de amor de
46
Narváez con una dama casada tenemos más aspectos que nos describen a Rodrigo dejándonos
ver su lado más sentimental. Sabemos que ella está casada y, en un primer momento, se resiste al
cortejo del alcaide. Sin embargo, la mujer cambia de actitud tras oír las buenas palabras con las
que su marido habla sobre Rodrigo (“es el más valiente y virtuoso caballero que yo hasta hoy vi”
(156)) y llega a sentir deseos de estar con él: “yo soy vuestra de aquí en adelante […] esto no lo
agradezcáis a mí […] más agradesceldo a mi marido, que tales cosas me dijo de vos, que me han
puesto en el estado en que ahora estoy” (157) haciéndole saber que “vos debéis a mi marido más
que él a vos” (157) confesándole con ello la admiración de su esposo así como los buenos
comentarios que de él había realizado. La respuesta de Rodrigo ante las palabras de la dama es
firme:
Yo os quiero mucho y os querré de aquí adelante mas nunca Dios quiera que a
hombre que tan aficionadamente ha hablado de mí, haga yo tan cruel daño. Antes
de hoy más, he de procurar la honra de vuestro marido como la mía propria, pues
en ninguna cosa le puedo pagar mejor el bien que de mí dijo. (157)
Con ello desaparece cualquier relación posible entre ambos y entra así el código del
honor mientras la virtud del alcaide, tan exaltada en toda la obra, sigue triunfando. Fruto de esta
respuesta, el anciano que cuenta la historia, por su parte, vuelve a insistir en la virtud de Narváez:
“el caballero a mi parecer usó de gran virtud y valentía, pues venció su misma voluntad” (158).
Así, se ejemplifica la honra de este caballero cristiano al anteponerla ante el amor. No se deja
llevar por sus sentimientos sino que tenemos aquí al caballero “perfecto” que no se interpone
entre la pareja y actúa movido por la honra: “pudo más con él la honra del marido que la
hermosura de la mujer” (158). Como nos señala Gimeno Casalduero, tenemos “el triunfo de
Rodrigo sobre sus pasiones y sobre sus deseos” (16-7).
Las actuaciones del alcaide, su generosidad y amistad, completan las virtudes de éste.
Así, el hecho de mostrarse generoso con su cautivo; de preocuparse por él preguntándole porqué
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llora; de escucharle; de ligarle las heridas; de liberarle en un principio temporalmente y, más
tarde, definitivamente; y el hecho de intervenir para conseguir que el padre de Jarifa los perdone
pidiendo ayuda al rey de Granada contribuyen a la imagen del buen caballero cristiano. Gimeno
Casalduero nos apunta cómo el alcaide aparece “como famoso caballero, como militar valiente y
esforzado, resumen de las características del héroe, arquetipo y compendio de virtudes” (5). Esta
imagen de Rodrigo es tal que Jarifa, en una de sus pocas intervenciones, dice al final de la obra:
“Quien pensara vencer a Rodrigo de Narváez de armas y cortesía, pensara mal” (164). Cerrando
la obra con la alabanza del alcaide que no sólo ha estado presente al inicio sino que se ha
mantenido a lo largo de toda la novela.
Por otra parte, si nos centramos en la caracterización del moro vemos como sigue el
proceso opuesto utilizado para describir y presentar a don Rodrigo del que primero conocemos
sus virtudes y luego le vemos poner en práctica su lado guerrero. En el caso de Abindarráez, en
un primer momento le “oímos” cantar, después le vemos luchar contra el grupo de cristianos
acabando el combate cara a cara con don Rodrigo y, finalmente, es después de la lucha cuando
nos narra su propia historia junto con los motivos de su pesar tras hacerle prisionero. En lo que
se refiere a la historia de este protagonista, observamos cómo es el propio joven moro el que nos
relata lo ocurrido al linaje de los Abencerrajes, su familia, y de esta manera nos da muestra de su
virtud. Llama la atención el hecho de que lo conozcamos a través de lo que él mismo nos cuenta
sin que otros nos describan aspectos del joven. Esto nos lleva a pensar la fuerte unión existente
entre su linaje y él y al hecho de relatar él su historia le da un toque muy personal contándola en
primera persona. A través de su historia amorosa con la joven Jarifa, se acaba de completar la
presentación de éste conociendo de esta manera su lado más sentimental. De nuevo vemos cómo
no es una tercera persona la que nos desvela el lado amoroso, como ocurría con Rodrigo, sino
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que es el mismo joven el que nos expresa sus propios sentimientos representando con ello la voz
poética, y en definitiva, la literatura.
De esta manera, a diferencia de la presentación del alcaide, lo primero que conocemos de
Abindarráez no es su nombre sino que es moro y su aspecto físico: “un gentil moro en un caballo
ruano; él era grande de cuerpo y hermoso de rostro y parescía muy bien a caballo” (134). María
Soledad Carrasco-Urgoiti en el capítulo 4 de The Moorish Novel señala que “the description of
the Moorish horseman’s colorful garb and arms reflects a practice of frontier ballads, as well as
of the relaciones describing the pageantry of sixteenth-century festivals and tournaments” (69).
La descripción del joven se completa con la ropa que llevaba: “traía vestida una marlota de
carmesí y un albornoz de damasco del mismo color, todo bordado de oro y plata” (134). De
acuerdo con Laura R. Bass, “the narrator introduces Abindarráez by drawing attention to his
exotic allure” (459). El vestido de carmesí, de acuerdo con López Estrada, es el “símbolo de la
osada pasión que arrastraba al moro hacia su amada” (163).
Podemos ver en esta primera presentación del Abencerraje un intento por señalarnos a los
lectores que el personaje que está siendo caracterizado es moro y posee un cierto nivel
económico ya que llevaba bordados de “oro y plata” (134). Ambos aspectos quedan desde el
primer momento enfatizados. Según Laura R. Bass, “Abindarráez is the stereotypical exotic
Moor who functioned in the Castilian imaginary as repository onto whom the cristianos viejos
could project a sensuality which they admired and yet from which they sought to distance
themselves” (459).
Siguiendo la presentación del Abencerraje, vemos cómo tras saber que “traía el brazo
derecho regazado y labrada en él una hermosa dama” (134), el joven canta: “Nascido en
Granada,/ criado en Cártama,/ enamorado en Coín,/ frontero de Álora” (135) y con ello
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podremos establecer el espacio geográfico donde tiene lugar la acción de la obra. Si nos
centramos en esta canción nos encontramos con “the portrayal of frontier life, with its concrete
references to time, place, and renowed figures or facts [which] provides a seemingly accurate
setting that enhances verisimilitude” (Carrasco-Urgoiti, Moorish Novel 67). A través de estas
referencias tenemos muestras de la organización y distribución de moros y cristianos. En
palabras de Carrasco-Urgoiti: “the action involves Castilians stationed in Álora and Moors living
in Cártama and Coín” (57). Esta canción tiene importancia no sólo porque nos sitúa
topográficamente la acción de la novela, como hemos señalado, sino porque se nos resume la
vida de Abindarráez centrada en cuatro momentos, en palabras de Gimeno Casalduero, tenemos
en esta canción la historia del Abencerraje: “el nacimiento en Granada, su niñez y juventud en
Cártama, su matrimonio en Coín y la solución de sus problemas en Álora” (7).
De acuerdo con Víctor de Lama y Emilio Peral Vega, “la novela morisca perpetúa los
valores propiamente caballerescos” (116) de manera que “la belleza física, la rica indumentaria,
su amor abnegado y su valor y maestría en el uso de las armas” (116) nos muestran un
Abindarráez como caballero que sabe luchar y defenderse aunque es el alcaide cristiano el que
gane la batalla y el que disponga del joven moro como prisionero.
En el texto se nos da muestra del moro guerrero y de su arte en el combate: “contra el
moro eran tres cristianos, que cada uno bastaba para diez moros, y todos juntos no podían con
este solo” (136) e incluso “a poco rato tenía de los tres los dos en el suelo” (136-7) en un intento
de mostrar la valentía del moro. Víctor de Lama y Emilio Peral Vega señalarán que “el
Abencerraje se iguala con el héroe cristiano en el ejercicio de su voluntad y en la práctica de su
virtud; pero no sólo actuará movido por el ejemplo de Narváez, sino especialmente por honrar a
su estirpe” (117). De hecho, el Abencerraje lucha porque se enfrentan a él y como dice Carrasco-
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Urgoiti: “ The Abencerraje is not a knight in search of adventures” (Moorish Novel 69).
Abindarráez es el encargado de recuperar el honor de su familia y sólo le vemos pelear y
combatir cuando está en juego su vida. Quizás podamos ver un intento de querer incorporar al
moro dentro de la sociedad castellana y, más específicamente, de la antequerana. De hecho,
podemos decir que el moro representa la parte pasional y sentimental, aspecto que no tiene que
entenderse como algo negativo. Es este personaje el que ejemplifique esta característica de la
sociedad.
Después de ambos “trabar brava escaramuza” (137) y salir vencedor el cristiano. El joven
moro se presenta como “Abindarráez el mozo” (139) y nos señala la desgracia de su familia, “los
Abencerrajes de Granada” (139). Tras unas acusaciones (presuntamente falsas) de traición al rey,
éste decide el exterminio de todos los caballeros del linaje de los abencerrajes, a excepción de
dos: el padre y el tío de Abindarráez. Con el fin de este linaje, son los cristianos los que tienen el
poder. Consecuentemente, Abindarráez ahora no representa una amenaza. En palabras del moro:
Resultó de este infelice caso que ningún Abencerraje pudiese vivir en Granada
salvo mi padre y un tío mío, que hallaron inocentes de este delicto, a condición
que los hijos que les naciese[n], enviasen a criar fuera de la ciudad para que no
volviesen a ella, y los hijos casasen fuera del Reino. (142)
En los abencerrajes confluían una serie de características y rasgos que los convertía
colectivamente en arquetipo social: “eran la flor de todo aquel reino, porque en gentileza de sus
personas, buena gracia, disposición y gran esfuerzo hacían ventaja a todos los demás” (140).
Abindarráez, valiente como miembro de la casta a la que pertenece con “buena disposición y
valentía” (138), se presenta como el heredero de este linaje y su función tiene que ser la de
restaurar el prestigio perdido. Más tarde el moro en su discurso le confiesa al cristiano su amor
por la joven Jarifa.
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En esta novela con el Abencerraje tenemos la figura del moro sentimental. Por una parte,
una de las características de Abindarráez son sus suspiros. Así, “dio un grande y profundo
sospiro” (138) razón por la cual Rodrigo le preguntará el motivo de su tristeza. En el plano
sentimental, el abencerraje sufre dos separaciones, la primera tiene lugar cuando la familia de su
amada Jarifa se traslada de Cártama a Coín ya que “El Rey de Granada, por mejorar en cargo al
alcaide de Cártama, envióle a mandar que luego dejase aquella fuerza y se fuese a Coín […] y
que me dejase a mí en Cártama en poder del alcaide que a ella viniese” (146). La segunda
separación viene de la mano del caballero cristiano ya que éste le hace prisionero. Abindarráez
es, por tanto, un doble cautivo, tanto del amor que siente por Jarifa como de Narváez. Esto nos
muestra como es un personaje que no tiene el control sobre los acontecimientos y las situaciones
en las que se ve envuelto.
El joven moro vuelve a suspirar una vez casado ya con Jarifa, razón por la cual ella duda
de que él sienta la misma alegría que ella después de haber conseguido su unión y acaba
preguntándole: “¿por quién suspiras?” (153). El moro le contesta “con un apasionado sospiro”
(154), la razón por la cual él se siente así:
señora mía, si yo no os quisiera más que a mí, no hubiera hecho este sentimiento,
porque el pesar que conmigo traía, sufríale con buen ánimo cuando iba por mí
solo; mas ahora que me obliga a apartarme de vos, no tengo fuerzas para sufrirle,
y así entenderéis que mis suspiros se causan más de sobra de lealtad que de falta
de ella. (154)
Abindarráez reconoce su doble cautiverio fruto del amor, por una parte, y de ser
prisionero de Narváez, por otra: “vuestro captivo lo es también del alcaide de Álora” (154)
Rodrigo le concede a Abindarráez la libertad provisional a cambio de que éste cumpla
con su palabra: “si tú me prometes como caballero de volver a mi prisión dentro de tercero día,
yo te daré libertad para que sigas tu camino” (149). El moro da muestras de ser un hombre de
palabra al cumplir lo prometido aunque ello suponga separarse de su amada y pese a que ella
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intenta convencerle de que no vuelva. Con Jarifa tenemos la figura de la mujer como “tentadora”
del mal y del pecado pero Abindarráez no se deja llevar por la pasión que siente por ella y todo
se resuelve gracias a su lealtad y firme palabra. En los romances fronterizos, como nos señala
López Estrada, “el cautiverio es una dura prueba para el prisionero” (112), prueba que supera
gracias a la ayuda de Narváez no sin antes demostrar el joven moro que es un hombre de palabra,
cumple lo pactado.
En su vuelta, el joven moro no está solo sino que su ya mujer, Jarifa, decide acompañarlo.
Carrasco-Urgoiti apunta como “with this gesture, the Moorish protagonist is now placed on the
same moral level as the Christian” (Moorish Novel 71) pero no podemos olvidarnos de que
vuelve para ser prisionero del alcaide porque éste le ha permitido marcharse con una condición.
También Carrasco-Urgoiti destaca el hecho de que “aunque Narváez encarne el prototipo del
caballero virtuoso, también Abindarráez discierne matices de conducta, y en su momento pondrá
la nota más alta en la escala de acciones honrosas al regresar al cautiverio sin que le fuerce a ello
más coacción que la de haber empeñado su palabra” (56). Sin embargo, si el moro es personaje
literario y una figura algo domada tenemos con esto una fantasía del moro que se rinde por su
propia voluntad.
No hay que olvidar que mientras Abindarráez vuelve al castillo, cumpliendo con ello su
promesa, tenemos una historia, la de la dama de Antequera, que vuelve a poner en un alto
peldaño a Narváez, dejándonos ver con ello su gran virtud y honra. Tenemos que enfatizar la
diferencia entre el alcaide, del cual podemos llegar a aceptar su virtud, y el Abencerraje ya que
éste tiene que demostrárnosla. De esta manera tiene que realizar este gran hecho para que
podamos equipararlo al caballero cristiano. De nuevo podemos decir que aquí es Narváez el que
establece el punto de virtud. En palabras de Israel Burshatin: “Abindarráez’s caso triste finds its
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happy resolution in a world where Rodrigo pulls the strings” (206). Narváez le ayuda
colaborando con ello a cambiar la mala fortuna del joven. También podemos interpretar la
historia amorosa de Narváez como un deseo del autor de verle fallar pero este actúa de manera
que le honra aún más en su caracterización.
La fortuna, presente en las desgracias del moro (la mala suerte de su familia, la derrota
frente a Narváez, etc.) es sustituida por la virtud del moro: cumple su promesa (pese a que Jarifa
intenta convencerlo) y pide al caballero cristiano que interceda para conseguir el perdón del
padre de Jarifa ya que se han casado sin su aprobación y consentimiento. Importancia aquí de la
virtud del moro ya que ésta colabora a resolver ciertos problemas existentes en la obra: vuelve a
ser prisionero de don Rodrigo y éste decide dejarlo libre. La fortuna, pues, aparece asociada al
moro y, de acuerdo con López Estrada, ello concede al moro “un cierto carácter gentil (al menos,
no-cristiano) en un punto en que se podía dar a esta intervocación un doble sentido. Los moros
no hablan de “Alá”, sino de la corta suerte o determinación del cielo” (190-1). Al personaje moro
se le atribuye todo lo vulnerable, lo cambiante y lo inestable.
Encontramos en El Abencerraje una abundancia de citas que hacen referencia a la
fortuna. Éstas fueron usadas por los escritores del siglo de oro, quizás como a modo de tópico, y
en esta obra vemos cómo el escritor anónimo también hace uso de ella: “mirad que en la guerra
los caballeros han de ganar y perder, porque los más de sus trances están subjectos a la fortuna”
(138); “verás si bastan los casos de mi fortuna a derribar un corazón de un hombre captivo”
(139); “quiso la fortuna, enemiga de su bien” (141); “considera cuánto tarda la fortuna en subir
un hombre, y cuán presto le derriba” (142); “si la fortuna nos permitiese vivir siempre juntos”
(145); “quiso la fortuna, envidiosa de nuestra dulce vida, quitarnos este contentamiento” (146);
“suplícote alcances de él que nos perdone su padre por haber hecho esto sin que él lo supiese,
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pues la fortuna lo trajo por este camino” (159-60), etc. La fortuna aparece prácticamente siempre
en boca del moro y cuando éste habla con su esposa (Rodrigo utiliza este término una vez pero es
para hacer referencia al moro). Muchas son, pues, las referencias a la ventura de los hechos que
tienen que ver con el moro y de ahí el gran papel que toma Narváez al cumplir lo que dijo, que su
virtud podía más. El autor anónimo aquí une la visión pagana del moro junto con el mundo
cristiano al que representa Narváez.
Narváez le comunica que puede su virtud sobre su mala fortuna: “Abindarráez quiero que
veas que puede más mi virtud que tu ruin fortuna” (149). Rodrigo deja claro su poder que él
nombra como “virtud”. Esto podría interpretarse como el deseo, por parte del alcaide cristiano,
de creer en el poder de la virtud, poder que intenta transmitir a su oyente y a nosotros como
lectores. Israel Burshatin dirá: “the analogy between él and fortuna remind us that Abindarráez
and his world exist by the grace of a protean conqueror who can turn from foe to friend, elicit the
story and inscribe himself in it as a deus ex machina” (207). Siguiendo esta idea, podemos ver de
nuevo una superioridad del caballero cristiano frente al joven moro.
A primera vista, en El Abencerraje nos encontramos con un ejemplo de lección de
generosidad entre personajes de distintas creencias y observamos cómo hay una omisión de las
cuestiones que hacen referencia a las diferentes religiones o “leyes”. La sociedad española de la
época no compartía las prácticas religiosas de los musulmanes así que llama la atención que en
esta novela haya en cierta manera una alabanza al moro Abindarráez. Sin embargo, ésta queda
cubierta al alabarse el comportamiento honorable de los antepasados del moro hasta el punto de
ser “muy estimados del rey y de todos los caballeros, y muy amados y quistos de la gente
común” (140) oponiéndose ello a la condición actual de Abindarráez: prisionero de Narváez.
Esta situación le permite al cristiano dar muestras de su gran generosidad con lo que éste
55
consigue mayor fama, aspecto que le interesa. López Estrada señala cómo “la clemencia con el
vencido y la templanza en la victoria fueron consideradas entre los antiguos señales de virtud que
honraban a los grandes capitanes” (203) y aquí Rodrigo lo ejemplifica. De nuevo la lectura de
López Estrada se centra en la virtud y en las generalizaciones humanas olvidándose y dejando de
lado los aspectos relacionados con la confrontación existente entre ambos personajes.
Es cierto que no hay un intento de conversión del moro pero tampoco podemos pasar por
alto el hecho de que resaltando la virtud del alcaide cristiano al caracterizarse como “salvador”
del joven moro se le está dando una superioridad al caballero Narváez con lo que en El
Abencerraje, tras esa apariencia pacífica de convivencia, existe una ley cristiana que sobresale y
se ha intentado enfatizar desde el primer momento, contrariamente a la lectura realizada por
López Estrada o Casalduero, entre otros.
En cierta manera, podemos decir que Narváez es una persona con poder dentro de la
sociedad del momento así por su conocida fama de virtuoso es el encargado de mediar entre
Jarifa y su padre tras ésta haber contraído matrimonio con Abindarráez en secreto. Es el mismo
moro el que le pide a Rodrigo que interceda hablando con el rey de Granada: “suplícote alcances
el él que nos perdone su padre por haber hecho esto sin que él lo supiese” (159-60). La respuesta
del alcaide es breve pero tranquilizadora y con ello esperanzadora: “Consolaos, que yo os
prometo de hacer en ello cuanto pudiere” (160). Acto seguido escribe al rey de Granada.
Por otra parte, dos son los temas que comparten protagonismo en El Abencerraje: el
heroico y el amoroso, siguiendo la estructura binaria presente en toda la obra. Como nos señalan
De Lama y Peral Vega, “el tema heroico debe entenderse en un sentido amplio, incluyendo lo
militar y lo moral” (129). Los dos personajes lo comparten así, mientras Narváez se nos presenta
como un “héroe en el manejo de las armas” (129), Abindarráez “da claras muestras de heroísmo
56
en el combate desigual que libra en la escaramuza” (129). Una vez se ha puesto fin al combate
entre ambos personajes, nos encontramos la muestra de sus cualidades morales. Así, Narváez
escucha al moro relatar su triste historia, le liga las heridas y le concede la libertad
temporalmente. A medida que avanza la acción vemos cómo sigue la muestra de características
morales por parte del alcaide cristiano así intercede ante el rey de Granada y finalmente otorga la
libertad a su prisionero. Llama la atención el hecho de que el rey de Granada inmediatamente
haga lo que Narváez le pide y hable con el alcaide de Coín:
No te congojes, aunque tengas pro qué; sábete que ninguna cosa me pedirá el
alcaide de Álora, que yo no la haga. Y así te mando que vayas luego a Álora y te
veas con él y perdones tus hijos y los lleves a tu casa, que, en pago de este
servicio, a ellos y a ti haré siempre merced. (161)
El padre de Jarifa obedece a su Rey mostrándonos con ellos la imagen del súbdito que no se
rebela y cumple lo que le mandan, no se opone a pesar de que lo “sintió en el alma, mas viendo
que no podía pasar del mandamiento del Rey, volvió de buen continente y dijo que así lo haría,
como su alteza lo mandaba” (161). Esta reacción inmediata del rey de Granada frente a la
petición de Rodrigo es una muestra más de la fama y el poder del personaje cristiano por una
parte, dentro de la obra y, por otra, dentro de la sociedad del momento. Por parte de Abindarráez
también encontramos ejemplos de cualidades morales, así éste vuelve según lo prometido al
castillo del cristiano como su prisionero, y no se deja influir por las palabras de su amada y
acabará enviando un presente a Narváez fruto de su agradecimiento al conseguir la libertad.
El amor, otro tema presente en la obra, es presentado por Abindarráez quien nos va
relatando “la progresión de su amor en una serie de cuadros consecutivos: en la niñez, en la
adolescencia, en la juventud y en la separación” (De Lama y Peral Vega 124) es un sentimiento
que surge entre él y la hija del alcaide de Cártama. Ambos se crían juntos, hecho que les hace
pensar que son hermanos y así “nasciónos de esta conformidad un natural amor que fue
57
creciendo con nuestras edades” (143). Para describir esta primera etapa, Abindarráez apunta al
mundo mitológico grecolatino empezando con la alusión a la fábula de Píramo y Tisbe fruto de
la contemplación de la hermosura de Jarifa. De Lama y Peral de Vega nos recuerdan el pasaje de
la Metamorfosis de Ovidio donde se resalta la hermosura tanto de Píramo como de Tisbe: “él el
más bello de los jóvenes, ella la más excelsa de las muchachas que en Oriente había […] La
vecindad hizo que se conocieran y que su amistad diera los primeros pasos, el tiempo hizo que
creciera su amor” (125). Una vez el amor se manifiesta de manera más explícita, el joven moro
se apoya en la fábula de Sálmacis y Troco, otro nombre utilizado para Hermafrodito, y cómo
quiere Abindarráez ser éste para despertar ese sentimiento del amor en su amada: “¡Oh, quién
fuera Troco para parecer ante esta hermosa diosa!” (143). Tras el paso de la guirnalda de uno al
otro, llega el momento donde son conscientes que no son hermanos pasando a ser el amor algo
doloroso, “una rabiosa enfermedad que nos durará hasta la muerte” (146). Después del
reconocimiento viene la separación que culmina con el matrimonio y la unión de ambos. Como
nos señala Víctor de Lama y Emilio Peral Vega, en lo que se refiere al matrimonio de los jóvenes
moros enamorados, observamos elementos propios de los libros de caballerías: “el recurso de la
dueña, las señales, los lugares secretos hasta llegar a la cámara iluminada de Jarifa” (109).
Ésta no es la única historia de amor ya que también Narváez se enamora. Sin embargo, el
final no es el mismo ya que en esta relación el amor no llega a culminar. Esta historia tiene lugar
en un episodio contado retrospectivamente por un anciano.
Este amor y heroísmo que comparten temática en esta obra nos muestran características
de ambos aspectos en los dos protagonistas. Mientras que Abindarráez destaca por lo primero y
Narváez, lo hace en lo segundo. Desde el primer momento, Abindarráez se presenta como moro
sentimental pero no ocurre lo mismo con la figura de Narváez. De esta manera, el toque íntimo
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del alcaide tiene lugar en la historia que el anciano cuenta. Historia que, como ya hemos
comentado, contribuye a que el moro confíe aún más en el caballero cristiano y ensalza la honra
del alcaide. Por su parte, Abindarráez vuelve con su mujer a ser prisionero y Narváez no acepta a
la dama de Antequera por honrar al marido de ésta que tan bien ha hablado de él.
Para concluir, tenemos que señalar cómo el crítico Pedro R. León ve “el vocablo de
‘cortesía’ como clave temática y estructural de la novela” (256). Así, este sustantivo asociado a
la “gentileza” y “gracia”, “se aplica a las acciones de moros y cristianos en un sistema de
intercambio de ‘servicios’ y ‘mercedes’ ” (León 256). Hay muestras de dar y recibir pero, como
nos recuerda este crítico, ‘cortesía’ “aparece en la novela usado exclusivamente con relación a
Rodrigo de Narváez” (257). Es el término “gentil” el elegido para caracterizar a Abindarráez.
Nos encontramos, pues, con diferencias a la hora de utilizar los sustantivos y adjetivos con
respecto a los dos caballeros. Éstos se seleccionan dependiendo de lo que más se quiera resaltar.
Así, la cortesía y la virtud están relacionadas con Narváez y la gentileza y valentía con
Abindarráez. López Estrada nos señala que en El Abencerraje, el término ‘cortesía’ “recoge la
conducta de Narváez más allá del simple hecho de la guerra, y, en este caso, los efectos de la
virtud” (188). Este término “equivale aquí a virtud civil y coincide con el uso contemporáneo”
(León 257).
Dos son los temas principales y tanto la cortesía como la virtud son dos constantes a lo
largo de esta novela. También son dos los protagonistas y cada uno de ellos representa una ley
(cristiana y musulmana) y una faceta (historia y literatura). Hemos intentado examinar la
superioridad del cristiano y con ello de la historia en una jerarquía donde la “ley” musulmana y
la voz íntima y poética ocupaban un lugar secundario. Podemos concluir cómo esta obra muestra
los distintos niveles así como la superioridad de unos sobre otros.
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De acuerdo con De Lama y Peral Vega, “la crítica ha descubierto abundantes huellas de
la filosofía de Séneca en El Abencerraje” (130). El punto central de esta filosofía es “el concepto
de virtud” (131), aspecto constante en toda la obra. Ambos críticos nos recuerdan cómo
Casalduero señala que Séneca “identifica la virtud con el bien supremo, en tanto que atribuye los
bienes inferiores a la fortuna. Por eso divide a los hombres en dos grupos: los que buscan la
virtud y por eso logran la felicidad; y los que se encaminan a otros bienes y están sometidos a la
fortuna” (131). En esta obra queda ejemplificado cómo cada uno de los protagonistas forma parte
de un grupo distinto y cómo el personaje moro, representante de lo cambiante y vulnerable, no
logra la felicidad completa al no poder volver y ser reconocido por todo su pueblo granadino.
Como hemos comentado, a diferencia del héroe Rodrigo de Narváez, Abindarráez será muestra
de un medio héroe.
60
CAPÍTULO 4
(RE)LECTURA DE EL ABENCERRAJE A TRAVÉS DE A LA SOMBRA DEL
GRANADO
A la hora de examinar El Abencerraje nos encontramos con una obra escrita por un autor
anónimo en el siglo XVI (impresa hacia 1560) cuya acción tiene lugar un siglo antes (1484).
Centrada en el sur de la Península Ibérica nos muestra, de manera un tanto idealizada en algunos
aspectos, la convivencia o, mejor dicho, la coexistencia tensa entre dos “leyes”: la cristiana y la
mora.
El Abencerraje presenta aspectos tanto de ficción como de novela histórica. Así, por una
parte, nos encontramos con un reflejo de las relaciones hispano-musulmanas de la época un tanto
idealizadas ya que no sólo cada personaje mantiene su “ley” sino que el personaje cristiano,
Rodrigo de Narváez, se muestra generoso con el personaje moro, Abindarráez. Acto que se aleja
de la realidad ya que “la fechas de composición de este relato coincide exactamente con la
generación del mayor descontento morisco y de su catástrofe” (Shipley 116). Pese a que la
acción tiene lugar un siglo anterior, las tensiones entre ambas “leyes” ya se habían hecho notar
desde el siglo XV con las primeras restricciones impuestas a la población musulmana.
Así, tenemos precisiones de lugar y del momento histórico junto con la evocación de la
vida de frontera. Cártama y Coín son presentadas como fortalezas moras y los protagonistas
tienen relación con otros personajes y linajes que forman parte de la historia: Rodrigo de
Narváez y los Abencerrajes. Como nos apunta Carrasco-Urgoiti, “el elemento histórico […]
61
adquiere mayor importancia y dignidad en la novela, al identificarse el personaje cristiano con un
caballero ilustre y abrirse amplias vistas sobre la Granada mora, histórica y legendaria” (252).
Hemos comentando en el capítulo anterior la función binaria que presentan los dos
protagonistas, uno cristiano y el otro moro, así como la superioridad de la ley cristiana
representada por Narváez tanto en el siglo XV como en el posterior. Compararemos El
Abencerraje con otra novela cuyo punto de vista es el musulmán para establecer las semejanzas
y diferencias entre ambas y así analizar la presentación de cada obra sobre las relaciones
hispano-musulmanas en un texto literario. Con ello podríamos examinar la figura del moro y la
del cristiano presentada desde una perspectiva musulmana y así, contrastarla con la presentada en
la obra anónima.
Para ello tomaremos como referencia las ideas propuestas por el teórico Edward W. Said.
Éste en su obra Orientalism “examines the development of Western conceptions and
representations of the Orient from the middle of the eighteenth century to the present” (Kennedy
2). Con ello tenemos el análisis de las diferentes relaciones de poder. Valerie Kennedy, por su
parte, nos recuerda las palabras de Said: “ ‘the Orient is not an inert fact of nature’, but that it is,
like the Occident, ‘man-made’” (16). Fruto de la concepción del mundo occidental, éste es visto
como “rational, peaceful, liberal, logical, capable of holding real values, [and] without natural
suspicion” (16). Rasgos que enfatizan las diferencias que existen entre la parte este y la parte
oeste. Said matiza el punto de vista occidental donde “the opposition between ‘our’ world and
‘theirs’ always implies that ‘our’ world is superior to ‘theirs’ and that ‘their’ world depends on
‘ours’” (23).
Con ello, la historia de Rodrigo de Narváez y Abindarráez narrada desde otro punto de
vista, el del otro, el de Oriente, tendría un final muy distinto a ese final feliz del que acaban
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disfrutando los protagonistas y los que les rodean en El Abencerraje. Así, al final de esta obra
“quedaron los unos de los otros muy satisfechos y contentos y trabados con tan estrecha amistad,
que les duró toda la vida” (164). Sin embargo, este tipo de amistad ideal y final feliz no se ve en
obras como A la sombra del granado: Una novela de la España musulmana (1992) de Tariq Alí
donde, lejos de toda armonía e igualdad, se acaba con la muerte de los personajes. Nos
encontramos con otro capitán literario, Hernán Cortés. A diferencia de Narváez, caracterizado
como virtuoso, éste es presentado con características negativas y sus acciones nos lo muestran
como un personaje “malo”, capaz de matar hasta un niño por el hecho de ser musulmán. Así, éste
“enfurecido, desenvainó su espada y la hundió en el corazón del niño […] murió en el acto”
(281). De este capitán y su identidad hablaremos más adelante. En esta obra se nos describen y
se nos muestran las distintas relaciones hispano-musulmanas en la Península Ibérica en los siglos
XV y XVI. Sin embargo, en esta ocasión se ve a los seguidores de la “ley” cristiana como una
amenaza total para la población musulmana. A través de los dos textos veremos las diferencias y
semejanzas a la hora de mostrarnos este contacto entre ambas culturas.
Con la obra de Tariq Alí nos encontramos con una fecha de publicación cercana a
nuestros días, 1992, pero su acción se sitúa siglos atrás, en los siglos XV y XVI. Estos siglos
coinciden con el momento en que la historia de Abindarráez y Narváez tiene lugar. Ambas obras
comparten ciertos aspectos a los que se acercan de manera muy diferente.
En primer lugar, A la sombra del granado: Una novela de la España musulmana fue
escrita por un historiador y novelista nacido en Pakistán que estudió en la Universidad de
Oxford. Con ello tenemos una persona bicultural que escribe en inglés. Esto nos lleva a pensar en
una posible intención de que sus obras lleguen a un gran número de gente. No se limita a escribir
para un público meramente musulmán sino que, por el contrario, quiere llegar también a un
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público occidental. Esta novela fue escrita en inglés y, más tarde, se tradujo al español y ganó el
premio Arzobispo San Clemente del Instituto Rosalía de Castro compostelano al ser considerada
como la mejor novela publicada en lengua extranjera en 1994. Tariq Alí no es un escritor
tradicional sino que nos encontramos con un autor que intenta trasmitirnos su visión política a
través de la literatura y con ello presentarnos su visión. Así, además de la obra que vamos a
comentar, tiene otras publicadas entre las que destacan Bush in Babylon: The Recolonization of
Iraq y The Clash of Fundamentalism: Crusades, Jihads and Modernity. En ellas podemos
observar cómo “noveliza” su actitud y visión política. Tariq Alí, influenciado por Said, nos
refleja en su obra A la sombra del granado, otra visión distinta de las relaciones hispanomusulmanas que tenemos en El Abencerraje.
Todos estos datos nos alejan de una posible presentación positiva de la sociedad
occidental y, más específicamente de la sociedad española y cristiana del siglo XVI y desde las
primeras líneas de la obra podemos apreciar cómo se nos anuncia una tragedia que, como más
tarde sabremos, marcaría y acabaría con toda una población de la Península Ibérica: “-Si las
cosas continúan así- dijo Ama con la voz distorsionada por una boca semidesdentada-, sólo
quedará un recuerdo fragante de nosotros” (15). Ama, miembro de la población musulmana que
vive en suelo peninsular, nos anuncia con sus palabras cómo se avecina el fin de sus costumbres
y tradiciones. De acuerdo con Deborah Root:
while Muslims had always been “different” from Christians in Spain, this
difference had not been an issue to be systematically adjudicated by law (except
in occasional statues) until the end of the fifteenth century, when the last
independent Muslim territories in Spain were conquered and the country began
unification under Christian and royal authority. (119)
Así, la situación de la población musulmana es diferente después de la caída de Granada (1492).
A raíz de eso, se promulgan edictos en contra de su ley, enfrentándose así al terrible dilema de
perder su identidad o, por el contrario, emprender el camino del exilio. Muchas son las
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referencias a ambas direcciones y dentro del grupo de personajes tenemos la representación de
los que siguen la primera y de los que, por otra parte, se resisten a abandonar sus creencias y
mucho menos cambiarlas.
Dentro del primer grupo podemos resaltar el personaje de Miguel, convertido al
catolicismo. Éste es visto por su familia musulmana como el que ha vendido su alma y el que
venera “imágenes de hombres sangrantes clavados a cruces de madera” (20). Sin embargo, antes
de convertirse al cristianismo, “era el hombre más limpio del mundo” (20). Pero a medida que
avanza la novela, nos sorprende con sus palabras:
¿Creéis que me ha gustado cambiar de religión? […] He llegado a un punto en
que ya no puedo seguir ocultando la verdad. Amo esta casa y esta aldea y
justamente porque deseo que ambas subsistan y que vosotros prosperéis os pido,
una vez más, que penséis con seriedad. Ya es tarde, pero si hacéis lo que os digo,
todavía podréis salvaros. (153)
Así, no vemos una conversión a la otra ley con convicción sino que más bien parece un intento
de salvar su vida. Sabemos que este obispo de Qurtuba (la actual Córdoba) decide cambiar de
religión tras la muerte por envenenamiento de su madre la cual se había quedado embarazada
supuestamente del mismo Miguel. Tras este suceso, éste decide huir y encuentra en la conversión
una salida y una manera de escapar de todo lo sucedido. Hemos visto cómo él mismo reconoce
que no le ha gustado ese cambio de religión y sus acciones son ejemplo también de que su
corazón sigue siendo musulmán. Así, tras la muerte de su hermana, “pensando que aún era
Meekal, cogió un puñado de tierra, lo arrojó sobre el cuerpo de su hermana y unió sus manos
para rezar a Alá” (176). Tras ver a Juan, cristiano, persignarse, “recordó su identidad eclesiástica
y se arrodilló a rezar” (177).
Éste intenta convencer a su familia a convertirse pero, pese a sus consejos, personajes
como Umar bin Abdallah se niegan a ello. Umar ya se lo había comentado anteriormente al
cristiano don Iñigo: “mi familia no está dispuesta a jurar lealtad a la Iglesia romana ni a ninguna
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otra” (88). Sin embargo, a medida que pasa el tiempo y las restricciones son mayores va
reconociendo cómo no tienen muchas opciones. Así, Umar, “miembro principal e insigne de la
comunidad” (134), acaba exponiendo las soluciones y vías que ve ante la situación cada vez
mayor de opresión que les rodea. Así, dice que:
hay tres formas de salir de este laberinto. La primera es hacer lo que muchos de
nuestros fieles hicieron en otros sitios: convencernos de que un enemigo
razonable es mejor que un amigo ignorante y convertirnos a su religión, mientras
que en nuestros corazones creemos en lo que queremos […] La segunda
posibilidad es resistir cualquier incursión en nuestras tierras luchando hasta la
muerte […] La última opción es abandonar las tierras y las casas que edificaron
nuestros antepasados cuando el suelo estaba cubierto de grandes rocas. (134-5)
Son conscientes de una realidad: “creer en lo que creemos nos costará sacrificios” (135) y
es que, sea cual sea el camino que cada persona elija, va a suponer un cambio en sus vidas. No es
extraño entender la posición de muchos de ellos que se resisten a desligarse de sus costumbres
pero también podemos encontrar personajes que apuntan que “la única forma en que vosotros,
vuestros hijos y sus hijos sobrevivan en estas tierras es aceptar que la religión de vuestros padres
y de sus padres está a punto de desaparecer” (137) haciendo referencia a las fuertes medidas y
prohibiciones que se llevaron a cabo en contra de esta población musulmana. Con ello hubo
gente que decidió convertirse: “No había nada que los aldeanos temieran tanto en el mundo
como la posibilidad de que los separaran de las tierras que ellos y sus antecesores habían
cultivado durante siglos” (61). Así, “si la única forma de conservar sus hogares era convertirse al
catolicismo, muchos estaban dispuestos a pasar por esa ordalía para sobrevivir. El primero de
ellos sería el senescal de la familia, Ubaydallah, cuyos únicos dioses eran la seguridad y la
riqueza” (61).
Una diferencia entre ambas obras es el hecho de que mientras en El Abencerraje no hay
ningún intento de conversión y la religión no se trata de manera explícita, en la novela de Tariq
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Alí, la religión es punto importante. Nos encontramos no sólo con la conversión de personajes al
catolicismo sino también la conversión de personajes al Islam. Éste es el caso de una joven a la
que “le ofrecieron una serie de nombres musulmanes entre los cuales elegir, pero como parecía
perpleja, fue su futuro esposo quien lo escogió por ella” (52) pasándose a llamar Asma. Se trata
de Beatriz, hija de Dorotea, la cocinera de la familia, y tras la conversión, se casa con Ibn Farid.
La conversión no es una acción voluntaria por parte de la joven y ella es considerada como “una
esclava cristiana” (53). De hecho “la pobre criatura estaba llorando, pues le habían comunicado
la noticia de su inminente boda aquella misma mañana cuando se disponía a limpiar la cocina y
encender el fuego” (52). Con ello la conversión al Islam no aparece exaltada. Además tenemos el
personaje de Zahra, quien tras tener problemas con su padre, fruto de que éste se casara con
Asma, fue enviada por expreso deseo de éste al maristan de Granada.
Todas estas conversiones nos muestran las relaciones de intercambio presentes durante
los ocho siglos que los musulmanes estuvieron en suelo peninsular. Sin embargo, mientras en la
novela de Tariq Alí este cambio entre ambas “leyes” se muestra explícitamente y encontramos
conversiones tanto al cristianismo como al Islam, en El Abencerraje no encontramos ninguna
conversión, ni ningún intento de ello con lo que parece que se nieguen en este texto los cambios
entre los dos lados de la frontera para así conseguir dar la sensación de límite claro. González
Palencia nos recuerda cómo “los moros españoles, en su totalidad, no eran árabes ni berberiscos
de raza […] vinieron sin familias […] se casaron aquí con las españolas, y por tanto, el elemento
árabe, al cabo de unas generaciones, sería bien poco marcado” (190). Además, “los españoles,
por razones económicas y políticas, se convirtieron fácilmente al islam” (González Palencia
190). Con lo que hubo intercambios en la Península hasta el punto de una vez promulgados los
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edictos en contra de la población musulmana se presentaron problemas de identidad. Así, LópezBaralt nos recuerda que
los moriscos, que eran, por supuesto, tan legítimamente españoles como sus
compatriotas los cristianos viejos, ven severamente aproblemada su identidad
nacional cuando los matices semíticos de sus españolidad (lengua árabe, vestidos
típicos, prácticas religiosas musulmanas) quedan prohibidos por edictos
sucesivos. (43)
Por otra parte, al contrario que ocurre en El Abencerraje donde sólo se nos representa un
determinado grupo de la capa social: los hidalgos; en esta novela tenemos una representación
más amplia de la sociedad musulmana ya que podemos encontrar diferentes estratos sociales.
Así, el maestro Ibn Kahaldun lo denomina “el dilema de los cambios de posición social” (76)
donde “cuando uno ha ascendido desde el último peldaño de la escalera, no puede evitar mirar
con desprecio a aquellos más desafortunados que se han quedado abajo” (76). Tenemos criados y
gente de la nobleza. Con ello la visión histórica que se nos presenta en esta novela podemos decir
que es más amplia que la de El Abencerraje y, a consecuencia de esto, contamos con más datos
de las diferentes clases sociales que privilegian en cierta medida a esta novela. Así, el autor, fruto
de su conocimiento de la teoría postcolonial y del hecho de poder mirar atrás y reflexionar sobre
los acontecimientos de una época pasada, nos ofrece una visión más amplia de los siglos XV y
XVI en la Península.
Otra marcada diferencia con en El Abencerraje, es la presentación de los cristianos.
Mientras que en la novela anónima el cristiano es presentado como héroe y modelo que quiere
ser imitado por todos, en esta novela tenemos una caracterización crítica de la población
cristiana. Dentro de este grupo sobresale la figura del Cardenal Cisneros. Aquí este cristiano
aparece como “orgulloso de la pureza de su raza” (13) puesto que “era evidente que no tenía
antecesores judíos” (13) de lo cual se siente profundamente contento ya que con ello pertenecía
al grupo de cristianos viejos. Con posesión de la diócesis granadina e intención de cristianizar a
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todos los musulmanes, suplica el permiso de los Reyes Católicos para proclamar edictos de su fe.
Entre ellos en la novela se nos enfatizan las siguientes prohibiciones que corresponden, a su vez,
con la realidad del momento:
Debemos ordenar a los moros que dejen de hablar árabe entre ellos, ya sea en
privado o cuando compran o venden mercancías en el mercado […] Se les
prohibirá tener esclavos en cautiverio […] No deberán usar sus túnicas moriscas
[…] Sus mujeres no se cubrirán la cara […] Se les prohibirá cerrar las puertas de
sus hogares. Sus baños serán destruidos. Se prohibirán sus bodas, festividades
públicas y canciones licenciosas […] después del tercer hijo, todos sus
descendientes serán puestos al cuidado de la Iglesia de Castilla y Aragón, para
ser educados como buenos cristianos. La sodomía […] será castigada con la
muerte. (144-5)
Vemos con ello cómo ambas obras presentan lazos de unión con la realidad del momento en que
la acción tiene lugar, pero cada una lo muestra de una manera. Mientras en El Abencerraje se
caracteriza la superioridad del grupo cristiano, en la obra de Tariq Alí se enfatiza a la población
musulmana y vemos su representación de manera más completa. Además, ambas obras
comparten el hecho de que los personajes presentan un punto de unión con las figuras históricas
y con ello un aspecto que destaca en este personaje cristiano de ficción es el hecho de poder
relacionarse con la figura histórica a la que hace referencia.
En este caso el Cisneros de A la sombra del granado nos remite a Don Gonzalo Jiménez
de Cisneros, fundador de la Universidad Complutense de Alcalá de Henares. Éste realizó una
carrera eclesiástica que le llevaría a situarse como principal consejero de la reina Isabel y a
contar con el apoyo total de los reyes. Fruto de ello, se le encargó una importante misión:
evangelizar a los musulmanes de la recién conquistada provincia de Granada. Los métodos
seguidos por éste son conocidos por el gran grado de represión que existía en ellos. Su papel en
la política castellana se afianzó al obtener un cargo de Inquisidor General y entre sus deseos se
encontraban el querer mantener su política centralista y el fortalecimiento del poder real. Es
consciente del gran poder que posee y el Cisneros de la novela nos lo enfatiza: “poder que me
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confieren la Iglesia y la Corona” (10). Ambos fuertes estados dentro de la jerarquía de la época,
así, Cisneros, “había querido dejar claro que la capucha monacal estaba por encima de la espada”
(10).
En el prólogo se nos da información de una “gran” acción llevada a cabo por este
cardenal. Se nos da una fecha exacta y con ello nos remite al reinado de los Reyes Católicos unos
años después de la conquista de Granada (1492) donde las medidas en contra de la ley
musulmana fueron aumentando y con ello su situación fue empeorando. Así, “el primer día de
diciembre de 1499, los soldados cristianos […] penetraron en las ciento noventa y cinco
bibliotecas de la ciudad y en la docena de mansiones donde se albergaban las colecciones
privadas más famosas y confiscaron todas las obras escritas en árabe” (10) acabando todas ellas
en el fuego, un fuego que “se elevaba cada vez más alto” (13) y que iba acompañado por “un
lamento descomunal” (13), seguido de gritos de “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su
profeta” (13). Deborah Root nos recuerda cómo:
although Muslims were not legally subject to the Inquisition until forced baptism
made them “Christian”, the tribunal viewed this religious minority as a
potentially dangerous element in society. This antagonism culminated in the
expulsion of the Moriscos in 1609-14 after more than a century of inquisitorial
repression. (119)
Como nos apunta Vicente Cantarino, “fueron los ideales políticos y religiosos castellanos
los que más influyeron en la formación de la España moderna” (110), hecho que explica que “la
unidad territorial que se consigue en este período responda a las aspiraciones castellanas a
reconquistar el reino moro de Granada” (110). El proceso de unificación llevado a cabo en la
Península consistió en “una progresiva absorción por Castilla” (110) con lo que “la España
moderna nace así como una castellanización de la Península” (110).
70
Podemos encontrar a lo largo de A la sombra del granado un gran número de referencias
a la historia de la época que nos ejemplifican la situación que estaba viviendo la población
musulmana. Así:
la caída de Gharnata, ocho años antes, había completado la Reconquista. Todo se
veía venir y ni Umar ni sus amigos se habían sorprendido, pero los acuerdos de la
rendición habían prometido los fieles, que formaban la mayor parte de la
población, libertad cultural y religiosa, una vez reconocido el protectorado de los
soberanos castellanos. Se había acordado por escrito y en presencia de testigos
que los musulmanes de Gharnata no serían perseguidos y que no se les prohibiría
practicar su religión, hablar y enseñar árabe ni celebrar sus fiestas. (30-1)
Todas falsas promesas ya que se les dejó creer que las nuevas medidas tomadas les dejarían
seguir llevando a cabo sus costumbres y tradiciones. Así, los cristianos, llamados por los
musulmanes “adoradores de iconos”, “no se contentaban con su presencia militar en Gharnata
(Granada) […] también querían ocupar sus mentes, penetrar en sus corazones, remodelar sus
almas” (89). Con ello “no descansarían hasta que lo consiguieran” (89).
Las críticas más fuertes dentro del cristianismo van dirigidas, en gran medida, en una
dirección y apuntan todas ellas a Jiménez de Cisneros quien “declaró la guerra a nuestra cultura y
a nuestro estilo de vida” (33). Tal es el odio que la población musulmana está sintiendo, fruto a
las fuertes medidas de represión, que “la gente estaba dispuesta a tomar medidas drásticas, como
precipitarse en el interior de la al-Hamra para descuartizar a Cisneros, quemar iglesias o castrar a
cualquier fraile que se cruzara por su camino” (231). Si de algo son testigos es del hecho de
cómo “la Iglesia y la corte han decidido que su religión debe ser expulsada para siempre de estas
tierras, y tienen los soldados y las armas necesarios para asegurarse de que así sea” (87).
La Inquisición también aparece nombrada ya que “Umar, el padre de Yazid, estaba
preocupado. Sabía que si algún espía de la Inquisición descubría el juego de ajedrez, el
carpintero sería torturado hasta la muerte” (17). La Inquisición no sólo está asociada a la historia
71
de España sino “al fanatismo religioso de los españoles, del que se dice ser a la vez causa y
efecto” (Cantarino 120). Existieron otros tribunales de Inquisición en otros países, como
Alemania, Francia e Italia, pero en España tuvo un carácter general y con autoridad sobre todos
los territorios del reino. Los Reyes Católicos en su deseo de conseguir la unidad religiosa
solicitaron al Papa la autorización y en 1480 se estableció en Sevilla el primer tribunal (120).
Vicente Cantarino nos señala las características de la Inquisición española:
su dependencia de los reyes españoles, cuando otros tribunales habían dependido
directamente de la autoridad eclesiástica, del obispo o del Papa, y, su jurisdicción
sobre todos los territorios de la nación española, cuando en otros casos la
jurisdicción estaba generalmente restringida a un error o herejía. (121)
Hay que enfatizar cómo se hizo inevitable “la asociación de ideales religiosos y políticos: España
al servicio de la religión católica y ésta al servicio de España” (121). La Inquisición, según se
nos cuenta, “está amasando una fortuna para la Iglesia” (82). Una vez completada la
Reconquista, los pueblos moros “were absorbed into Christian territory, the extension of
Christian political sovereignty made it possible for the definition of infidelity to be elaborated by
institutions such as the Inquisition” (Root 121).
Además, destaca en este periodo una obsesión por la limpieza de sangre, hecho que
aparece en otras obras y que reflejan las consecuencias de ello. Así, en el capítulo “La España
del Quinientos” de Manuel Fernández Álvarez, nos explica en que consistía esta práctica:
se consideraban limpios de sangre los cristianos viejos, esto es, los que no tenían
ascendencia alguna de judíos o de moriscos. Y verdaderamente constituyó una
obsesión, porque los llamados cristianos nuevos (conversos de origen judío o
moriscos) eran mirados con recelo, como peligrosos de atentar contra aquella
sociedad y aquel Estado confesional. En definitiva, a partir de fines del siglo XV
se fueron dictando prohibiciones contra aquellos, negándoles el acceso a los
principales cargos de la Administración y de la Iglesia. Se fueron imponiendo los
denominados estatutos de limpieza de sangre, por los que se impedía la entrada
en los Colegios Mayores o en los cabildos catedralicios, por ejemplo, pero
también en las Órdenes militares, en los grandes Consejos y en otra serie de
instituciones. En suma, se trataba de que los cristianos viejos ocupasen los
puestos clave de aquella sociedad. (75)
72
Con ello tenemos esa imposición de la “ley” cristiana y cómo en las relaciones hispanomusulmanas el primer grupo es el que se va imponiendo.
Al principio de ambas novelas podemos observar otra de las diferencias existentes entre
ellas. En El Abencerraje se nos centra la acción a la vez que se nos presenta al gran personaje
cristiano, Rodrigo de Narváez, “the soul of honor” (165) como lo denomina W. Crawford, no sin
antes el autor anónimo dejarnos ver, y hacernos creer, que lo que nos va a presentar es “un vivo
retrato de virtud, liberalidad, esfuerzo, gentileza y lealtad” (129). Por el contrario, en el primer
capítulo de la novela de Tariq Alí, la primera voz que se escucha es la musulmana, la de Ama. La
obra empieza con la quema de libros, hecho que será recordado por los propios personajes:
“Cisneros, que Alá castigue, declaró la guerra a nuestra cultura y a nuestro estilo de vida. Ese
mismo día vaciaron nuestras bibliotecas y construyeron una enorme muralla […] Prendieron
fuego a nuestra cultura […] la historia de ocho siglos se destruyó en un solo día” (33) y acaba
con la quema de sus hogares e incluso de vidas humanas: “las casas habían sido incendiadas y
los cuerpos yacían, desperdigados, en los alrededores de lo que poco antes era la mezquita”
(275). Así, se pone fin a la cultura y la vida de la población musulmana. En la quema de libros
encontramos de nuevo otra crítica a la ley cristiana, más específicamente a la labor llevada a
cabo por Cisneros, y una exaltación al conocimiento musulmán. Así, no todos los libros se
quemaron sino que se salvaron aquellos manuscritos científicos y médicos por su reconocida
superioridad. Sin embargo, a la hora de seleccionar cuáles debían salvarse de las llamas,
“suponían que los volúmenes más pesados serían también los más importantes” (12) dejando
ejemplificada así la ignorancia de estos caballeros que cumplían órdenes de Cisneros.
Además de encontrar en esta novela referencias a la desaparición de los musulmanes en
la Península Ibérica, tenemos, por otra parte, referencias al espíritu colonizador de los españoles.
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Es en el siglo XV cuando “el número y los resultados de los viajes llegaron a ser tan importantes
que por ellos recibe ésta el nombre de época de las grandes exploraciones” (Cantarino 115).
Encontramos referencias a Hernán Cortés, figura histórica y al igual que en su personaje
“considerado como unos de los más experimentados jefes militares del reino católico de España”
(288). Con este personaje, el autor, Alí, cruza el Atlántico y conecta en el género de la novela, la
Reconquista y la colonización.
El Cortés histórico estuvo al mando de una expedición en Tenochtitlán (México) y a éste
se le encomendó la conquista de esa ciudad. A pesar de que éste entró México “bien recibido por
Moctezuma” (Cantarino 156), el rey en ese momento de Tenochtitlán, hubo sublevaciones con lo
que tuvo que abandonar la ciudad y consiguió vencer a los aztecas entrando de nuevo en México.
En su regreso a España recibió el título de marqués del Valle de Oaxaca de manos de Carlos V
pero pese a eso no encontró el reconocimiento que esperaba (Cantarino 156). En la novela se nos
describe el recibimiento vivido por Cortés a su llegada a Tenochtitlán, “recibido por embajadores
del soberano local […] Tras intercambiar obsequios, el capitán fue conducido al palacio del rey”
(288).
Con este personaje se hace referencia al espíritu colonizador de los españoles y con ello
al imperialismo, a esa idea de, en palabras de Said, “dominating, restructuring, and having
authority over Orient” (Kennedy 21). Así, la población indígena presente en México vendría a
representar, el otro, al cual se le impone las reglas del mundo de Occidente para así éste mostrar
de nuevo su superioridad.
Hemos comentado anteriormente cómo en esta obra podemos ver cómo se presenta el
punto de vista de “el otro”, haciendo referencia a las piezas del juego de ajedrez del pequeño
Yazid: “no sólo eran negros; también tenían aspecto de monstruos” (17). Lejos queda, pues, ese
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retrato del cristiano Rodrigo de Narváez “notable en virtud y hechos de armas” (131) que
tenemos en El Abencerraje. Por otra parte, “los peones representaban a frailes, provistos de sus
indefectibles capuchas, miradas voraces y vientres abultados; criaturas de la Inquisición en busca
de presas inocentes” (17). Esa concepción e imagen que se tiene del grupo cristiano queda
ejemplificada en las piezas del juego de ajedrez del niño Yazid. Curiosamente hay un cambio en
la asignación de colores así el color blanco pasa a ser el de los moriscos y el negro, como hemos
señalado antes, el de los cristianos.
Entre estas piezas se encontraban los caballeros que “mostraban unas manos manchadas
de sangre y los dos alfiles habían sido esculpidos a imagen de Satanás. Todos portaban dagas y
lucían rabos como látigos” (17). Es representativo este cambio de blancos y negros puesto que
ello significa un cambio a la hora de presentar los acontecimientos, una manera distinta a la que
estamos acostumbrados. Aquí desaparece el punto de vista cristiano sobre lo que sucedió en la
Península Ibérica y se llega a apuntar al cristianismo como “la peste” (23), sustantivo que queda
lejos de una mirada cristiana.
En comparación, en El Abencerraje se nos recuerda el linaje de los Abencerrajes, “flor de
todo aquel reino” (140) de Granada, con “buena gracia, disposición y gran esfuerzo” (140).
López Estrada nos apunta la gran importancia que se concedía a las cuestiones de linaje, propia
de los árabes de Granada (140) y, como hemos comentado, será el mismo Abindarráez el que
subraye la fama de su familia, “tan ligada a los sucesos interiores de la vida de Granada durante
el siglo XV” (López Estrada 140). Sin embargo, en la novela de Tariq Alí no tenemos una gran
evocación a ese gran pasado musulmán sino que se subraya la situación actual que está viviendo
el pueblo musulmán en ese momento. En vez de centrarnos en una sola figura mora que nos
relate la gran fama del pasado de su linaje, nos encontramos con la historia de la población
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musulmana ejemplificada por una familia, la familia de Umar que está viendo como se está
llegando al final de su historia y cultura. Con ello, esta obra nos ofrece un retrato más cercano a
la población musulmana y al proceso de conversión y, más tarde expulsión, al que se vieron
sometidos y, así, Alí no sigue una estructura narrativa establecida, sino que es más como un
documental trágico.
Mientras que en El Abencerraje la fecha en que tiene lugar la historia y la fecha de
composición se separa en un siglo, la diferencia en A la sombra del granado es muchísimo
mayor y ya en el subtítulo se nos anuncia que es “una novela de la España musulmana”. Con
estos datos, a la hora de leer la novela, esperamos encontrar una representación de este gran
grupo en la Península Ibérica y ésta junto con su situación viene a ser ejemplo de esta novela. Sin
embargo, El Abencerraje da título al personaje moro, joven que pese a compartir protagonismo
con el cristiano no llega a igualarse a éste como hemos analizado en el capítulo dos.
En el título de la novela de Alí aparece el granado, “árbol donde madura un fruto muy
particular: la granada llamada así por la cantidad de granos que la integran” (Herrero Uceda). En
el Islam “está considerado como fruto medicinal” y además en “la literatura árabe es rica en
imágenes en torno a la granada, a la que se le asocia cierto simbolismo femenino” (Herrero
Uceda). Podemos relacionar el granado con la sensualidad y el exotismo, así Ibn Daud, el joven
estudiante, coge la mano de su enamorada Hind y “la llenó de besos” (198), todo ello tiene lugar
“en el claro rodeado de granados” (198). Tenemos con ello el retrato de una sociedad musulmana
caracterizada por esta sensualidad, colores y olores, aspectos asociados a esta población: “sus
manos encontraron un camino desde la cintura hasta los inesperados territorios de abajo,
cubiertos por unos amplios pantalones de seda. Palpó por debajo de la seda y luego comenzó a
acariciar sus muslos” (200). Esta asociación también aparece en El Abencerraje así el moro
76
Abindarráez se nos describe vestido con “una marlota de carmesí y un albornoz de damasco del
mismo color, todo bordado de oro y plata” (134). Con ello nos encontramos que esta
caracterización de la figura del moro sentimental y exótico coincide tanto en el punto de vista
occidental como en el “oriental” de Alí.
Otro punto de conexión entre ambas obras es la relación de amistad entre dos personajes
que pertenecen a distintas “leyes”. En El Abencerraje los dos personajes se conocen tras el
cristiano Narváez hacer prisionero a Abindarráez y, más tarde, otorgarle la libertad total. En la
novela de Tariq Alí, la amistad entre los personajes que no comparten la misma religión y
creencia es representada de manera diferente. Así, éstos, “Umar y don Iñigo se conocían desde la
infancia” (85). Sin embargo, mientras en la primera novela se pasa de la enemistad a la amistad,
en la segunda se refleja el proceso contrario. Así, esa amistad de la infancia se ve en problemas
con los cambios que se están llevando a cabo en la Península y con las restricciones que la
sociedad musulmana cada vez más va a ir encontrando para acabar desapareciendo. Tras la
Reconquista no se vive como anteriormente. Don Iñigo Mendoza, capitán general de Granada y
personaje que hace referencia a su personaje histórico, reconoce que su “séquito está formado
por judíos y moros” (87) y que “Granada sin ellos es como un desierto sin oasis; pero estoy solo”
(87). Este personaje no comparte la opinión de Cisneros y sus soldados pero se ve sin apoyo y
sin nada que hacer frente a ellos así le comunica a su amigo, al menos hasta ese momento, que
“la Iglesia y la corte han decidido que su religión debe ser expulsada para siempre de estas
tierras, y tienen los soldados y las armas necesarios para asegurarse de que así sea” (87). Umar se
aferra a su “ley” y nadie ni nada le convence para abandonar sus creencias. Así, acaba asesinado
y decapitado. Esta relación de amistad parece estar más conectada y unida a las verdaderas
relaciones entre cristianos y moros.
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En conclusión, ambas obras nos muestran las diferentes relaciones hispano-musulmanas
durante los siglos XV y XVI pero cada una representa éstas con distintos matices desde siglos
diferentes. Así, mientras en El Abencerraje se exalta la figura del personaje cristiano, Rodrigo de
Narváez, y la relación con el personaje moro, Abindarráez, acaba en amistad, en la novela de
Tariq Alí aparece una crítica fuerte a la sociedad cristiana y a la hora de representar las
relaciones entre los personajes de distinta religión se hace desde un punto de vista musulmán. En
A la sombra del granado el escritor tiene nombre y apellido y el momento en el que escribe su
texto es el siglo XX con lo que atrás queda el miedo a la persecución o a la censura. Declara
abiertamente sus ideas y critica lo que vivió la sociedad musulmana bajo el control cristiano en la
Península Ibérica. Ambas poblaciones estuvieron en contacto durante muchos siglos y fruto de
este intercambio se llevaron a cabo tanto conversiones al Islam como al cristianismo. Hemos
visto ejemplos de ello en A la sombra del granado. Además, esta obra parece ofrecernos de
manera más realista la auténtica situación de la población musulmana a través del sufrimiento,
fruto de las fuertes medidas de represión que llevó a cabo la Iglesia y la Corona española.
Podemos concluir que mientras la caracterización de los personajes cristianos varia
dependiendo de la obra, la figura del personaje moro es más similar. Por una parte, hemos visto
como el cristiano que más destaca en A la sombra del granado, el cardenal Cisneros, no es
caracterizado como virtuoso, a diferencia de Rodrigo en El Abencerraje, sino que se presenta
como un personaje negativo que lucha por la desaparición de la población musulmana con
grandes medidas represivas.
Por el contrario, la figura mora es representada como exótica, sensual y sentimental en
ambas obras. Llama la atención esa coincidencia ya que nos encontramos con obras escritas en
distintas épocas y por escritores de siglos muy alejados y diferentes. Ello sugiere que la
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concepción del moro desde el punto de vista de Occidente no está tan alejada del punto oriental.
Ahora bien no podemos dejar de enfatizar que en la novela de Tariq Alí el personaje moro no se
representa como figura inferior sino que es la población cristiana, y más específicamente, la
Iglesia y la corona, las que reciben una gran crítica.
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CAPÍTULO 5
CONCLUSIÓN
Los siglos XV y XVI en la Península Ibérica están marcados por una coexistencia de
diferentes grupos culturales con “leyes” propias. Durante largos siglos, España, como nos
apuntan Piñero Ramírez y Reyes Cano, había sido “una tierra donde convivieron tres religiones y
esta convivencia había sido muchas veces pacífica” (99). Judíos, musulmanes y cristianos viven
en suelo peninsular hasta que en 1492, los Reyes Católicos conquistan Granada y ese mismo año
se decreta la expulsión de los judíos. Con ello, se empieza a manifestar en España “la idea de la
unidad religiosa como base necesaria para la nación” (Cantarino 118). A raíz de esta concepción
de unificación religiosa, nos encontramos con la promulgación de edictos en contra de la
población musulmana, así, como nos señala López-Morillas:
Throughout the sixteenth century the Crown issued a stream of edicts designed to
assimilate the Moriscos into the mainstream of Spanish society. All their
children, of course, had to be baptized and instructed in the rudiments of the
Christian faith. They were forbidden their traditional dress (including veils for
women), festivals, music, and dances; their butchers could not turn an animal’s
head eastward, toward Mecca, before slaughtering it; the doors of their houses
has to be left open on Fridays to ensure that no clandestine prayers were being
conducted within. (196)
En este contexto nos encontramos con la publicación de la obra anónima de El Abencerraje.
López-Baralt señala cómo “la literatura no se queda atrás en la reflexión acerca del magno
suceso” (41), refiriéndose a la orden de expulsión de los moriscos españoles “con los que España
intenta asfixiar los últimos vestigios de una orientalidad todavía viva en pleno siglo XVII” (41).
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En este estudio hemos visto cómo esta obra, tras esa primera apariencia de igualdad y
tolerancia, esconde la lucha entre dos “leyes”. Es la ley cristiana, representada por Narváez, la
que se acaba imponiendo. Con ello podemos concluir que esta obra sí tiene lazos de unión con la
realidad del momento que representa.
Si nos centramos en el personaje moro, Abindarráez, observamos cómo una parte de la
crítica (Richard F. Glenn, Joaquín Casalduero, Claudio Guillén, López Estrada, G. Shipley y
Carrasco-Urgoiti) ve en él “an elevating treatment of the Moor; his bravery and virtue both as a
warrior and as a lover make him a figure comparable to Rodrigo de Narváez, the Christian
knight” (Hernández-Pecorado 429). Sin embargo, críticos como Israel Burshatin o Ricardo
Krauel señalan “the superiority and control of the Christian subject over the Moorish other”
(Hernández-Pecorado 430). A través de nuestro estudio, hemos ejemplificado cómo esta
representación del moro es la que destaca y cómo éste está caracterizado y retratado de manera
inferior. Así, Abindarráez es “a figure of political, religious, and personal submission, a
convenient other to the superior Christian self promoted in this text” (430).
Siguiendo la estructuración de la obra, hemos visto cómo es el personaje cristiano,
presentado desde el primer momento como figura heroica y virtuosa, el que abra y cierre la obra
así como el que tiene en sus manos el futuro del joven moro. Todos ellos aspectos que
demuestran la superioridad de éste opuesta a la vulnerabilidad que caracteriza a Abindarráez.
Éste, representante del aspecto sentimental, es cautivo por parte doble: Narváez tiene en sus
manos la libertad y vida de éste y Jarifa, su amada, controla su lado personal y amoroso. Ésta no
sólo desobedece a su padre sino que planea a sus espaldas su matrimonio con el joven.
Aprovechando que su padre se encuentra fuera, manda a llamar a Abindarráez con la finalidad de
casarse con él y así sucede.
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Es cierto que no hay un intento de conversión del moro pero no podemos pasar por alto
que la virtud del alcaide cristiano queda enfatizada desde el primer momento y cómo éste acaba
siendo el “salvador” de Abindarráez otorgándole así superioridad con lo que en esas relaciones
hispano-musulmanas de convivencia, supuestamente pacíficas, encontramos una “ley” cristiana
que sobresale y destaca por encima de la musulmana.
Podemos concluir cómo esta novela anónima es un documento histórico del reflejo de la
conflictiva España del siglo XVI. A través de El Abencerraje, que supone el primer ejemplo de
novela morisca, hemos analizado y presentado las relaciones hispano-musulmanas en la
Península en un texto literario. Así, de acuerdo con George A. Shipley:
las obras de literatura son, entre otras muchas cosas, monumentos históricos en
los que los de más talento y visión entre cada “nosotros” labran para nuestra
“posteridad y descendencia” (164) modelos de lo que éramos, queríamos y
esperábamos, de lo que tolerábamos y de los que despreciábamos y
rechazábamos. (120)
Por otra parte, en A la sombra del granado: una novela de la España musulmana (1992),
obra de Tariq Alí, también podemos ver estas relaciones enfatizadas por un intercambio entre
ambas culturas lo cual nos muestra el contacto entre ellas y cómo con las conversiones de los
personajes, tanto a una “ley” como a la otra, podemos ejemplificar esas relaciones existentes
tanto en la obra como en el momento histórico en que el tiene lugar la acción argumental, es
decir, en el siglo XVI.
Ésta es obra de un escritor pakistaní que reescribe la historia peninsular desde el punto de
vista de una cultura borrada de su geografía. Escrita a finales del siglo XX nos ofrece un retrato
positivo de la sociedad musulmana de los siglos XV y XVI. Así, es a través de los ojos de los
miembros de una familia musulmana cómo veremos el proceso seguido por los cristianos para
poner fin a su cultura y a la práctica de sus tradiciones y costumbres con un gran número de
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restricciones y prohibiciones. Hay una crítica a la sociedad cristiana, especialmente a la Iglesia y
a la corona. Podemos ver cómo Tariq Alí ha puesto el Islam en una novela y a través de ella nos
muestra su visión, la visión de unos acontecimientos que la literatura española ha reflejado de
manera distinta a la que tenemos en A la sombra del granado, donde queda representado el
sufrimiento y el dilema al que la sociedad musulmana de la Península se tuvo que enfrentar. Hay
que señalar cómo junto con la tristeza y las dificultades de este grupo vemos reflejado también el
exotismo y la sensualidad de la figura del moro presentes en los textos literarios. Así, hemos
visto cómo en El Abencerraje esta caracterización también se deja notar. Barbara Matulka nos
recuerda cómo “the knightly and sentimental Moor became a fixed type of the Spanish fiction”
(369) y con la obra de Tariq Alí tenemos de nuevo esa representación en una obra escrita en el
siglo XX.
Podemos concluir cómo el personaje moro Abindarráez es representado como figura
sentimental y personaje inferior con respecto al cristiano. La obra anónima de El Abencerraje,
tras esa primera imagen en la que destaca la amistad entre personajes de distinta religión y “ley”,
nos muestra cómo la estructura de poder de la época es la que se imponía y la que se refleja en la
obra. Así, mientras el cristianismo se iba extendiendo y dejando su huella, la población
musulmana cada vez encontraba más dificultades a la hora de practicar sus costumbres, llegando
a ser éstas totalmente prohibidas. La sociedad musulmana ocupaba un lugar inferior en la época,
lugar que comparte el personaje de Abindarráez. Tenemos, así, un ejemplo más del reflejo de la
historia en la literatura y la aparición en la literatura de un representante de una cultura en
desaparición.
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