EL CISMA DE JEROBOÁN (1 R 12, 1-33)

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EL CISMA DE JEROBOÁN (1 R 12, 1-33)
Se trata de uno de los momentos clave en la historia del pueblo de Israel (estamos
en el 931): toda la evolución posterior está determinada en buena parte por el
episodio de Siquén no sólo desde el punto de vista político sino también religioso.
El capítulo queda dividido en dos secciones: el cisma político (12,1-24) y el cisma
religioso (12,25-33).
EL CISMA POLÍTICO (12,1-24)
1 Roboán
fue a Siquén porque todo Israel había acudido allí para proclamarlo rey. 2 Cuando se
enteró Jeroboán, hijo de Nabat que estaba todavía en Egipto, adonde había ido huyendo del rey
Salomón volvió de Egipto 3 porque habían mandado a llamarlo. Jeroboán y toda la asamblea
hablaron así a Roboán: 4 -Tu padre nos impuso un yugo pesado. Aligera tú ahora la dura
servidumbre a que nos sujetó tu padre y el pesado yugo que nos echó encima, y te serviremos. 5
Él les dijo: - Marchaos, y al cabo de tres días volved. Ellos se fueron y 6 el rey Roboán consultó a
los ancianos que habían estado al servicio de su padre, Salomón, mientras vivía: -¿Qué me
aconsejáis que responda a esa gente? 7 Le dijeron: -Si condesciendes hoy con este pueblo,
poniéndote a su servicio, y le respondes con buenas palabras, serán siervos tuyos de por vida. 8
Pero él desechó el consejo de los ancianos y consultó a los jóvenes que se habían educado con
él y estaban a su servicio. 9 Les preguntó: -Esta gente pide que les aligere el yugo que les echó
encima mi padre. ¿Qué me aconsejáis que les responda? 10 Los jóvenes que se habían educado
con él le respondieron: -O sea, que esa gente te ha dicho: Tu padre nos impuso un yugo pesado;
tú alívianos esa carga. Diles esto: Mi dedo meñique es más grueso que la cintura de mi padre. 11
Si mi padre os cargó un yugo pesado, yo os aumentaré la carga; que mi padre os castigó con
azotes, yo os castigaré con latigazos. 12 Al tercer día, la fecha señalada por el rey, Jeroboán y
todo el pueblo fueron a ver a Roboán. 13 Éste les respondió ásperamente; desechó el consejo de
los ancianos, 14 y les habló siguiendo el consejo de los jóvenes: -Si mi padre os impuso un yugo
pesado, yo os aumentaré la carga; que mi padre os castigó con azotes, yo os castigaré con
latigazos. 15 De manera que el rey no hizo caso al pueblo, porque era una ocasión buscada por el
Señor para que se cumpliese la palabra que Ajías, el de Siló, comunicó a Jeroboán, hijo de
Nabat. 16 Viendo los israelitas que el rey no les hacía caso, le replicaron: -¿Qué nos repartimos
nosotros con David? ¡No heredamos juntos con el hijo de Jesé! ¡A tus tiendas, Israel! ¡Ahora,
David, a cuidar de tu casa! Los de Israel se marcharon a casa; 17 aunque los israelitas que vivían
en las poblaciones de Judá siguieron sometidos a Roboán. 18 El rey Roboán envió entonces a
Adorán, encargado de las brigadas de trabajadores; pero los israelitas la emprendieron a
pedradas con él hasta matarlo, mientras el rey montaba aprisa en su carroza para huir a
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Jerusalén. 19 Así fue como se independizó Israel de la casa de David, hasta hoy. 20 Cuando Israel
oyó que Jeroboán había vuelto, mandaron a llamarlo para que fuera a la asamblea, y lo
proclamaron rey de Israel. Con la Casa de David quedó únicamente la tribu de Judá. 21 Cuando
Roboán llegó a Jerusalén, movilizó ciento ochenta mil soldados de Judá y de la tribu de Benjamín
para luchar contra Israel y recuperar el reino para Roboán, hijo de Salomón. 22 Pero Dios dirigió la
palabra al profeta Semayas: 23 -Di a Roboán, hijo de Salomón, rey de Judá, a todo Judá y
Benjamín y al resto del pueblo: 24 Así dice el Señor: No vayáis a luchar contra vuestros
hermanos, los israelitas; que cada cual se vuelva a su casa, porque esto ha sucedido por
voluntad mía. Obedecieron la palabra del Señor y desistieron de la campaña, como el Señor lo
ordenaba.
Preámbulo (12,1-2)
La sucesión en el trono de David tuvo lugar por vía dinástica en el sur y por vía electiva en el
norte; de hecho las tribus del norte siempre exigirán un reconocimiento aparte de cualquier
soberano como había sucedido con el mismo David (Cf. 2 Sm 5,1s). Con este fin Roboán se dirige a
Siquén; es sintomático que sea él quien se dirige al norte en vez de ser los delegados de las tribus
los que vayan a Jerusalén como sucedió con David en Hebrón (Cf. 2 S 5,3); el rey manifiesta cierta
condescendencia al ir allí quizás conocedor de fermentos antijudíos y que espera apaciguar con
su gesto o que quería subordinar su elección a escuchar las quejas respecto a las vejaciones que
Salomón las había sometido.
La asamblea de Siquén (12,3-15)
Aunque el malestar se centra en las prestaciones forzosas de mano de obra en el fondo es más
profundo: no ven bien la centralización llevada a cabo por Salomón y la eliminación de las
autonomías provinciales, así como el carácter insoportable de la situación de privilegio que
detentaba Judá, esta rivalidad entre las tribus del norte y Judá con la monarquía de Salomón se
había situado en el fondo como la verdadera cuestión política de fondo. La petición de los
ancianos pretendía mediante la mitigación de los impuestos la recuperación paulatina de sus
privilegios, pero la insolencia e imprudencia de Roboán hizo que desembocara en una abierta
rebelión. Los consejeros del rey aquí llamados jóvenes (pero Roboán debía de tener unos 41
años) pertenecían a la corte salomónica, con una mentalidad nueva (de ahí jóvenes) empapada en
el centralismo y absolutismo que pretendía un estado fuerte y unido, por eso la dureza de su
reacción y el deseo de cortar sin contemplaciones la propuesta de autonomía: mi dedo meñique
es mas grueso que los lomos de mi padre, esta falta de tacto tan burda hace pensar al autor
sagrado en una obcecación permitida por Dios (Cf. Eclo 47,23) y ve en ello un plan divino: se
trataba de algo dispuesto por Yahvé volvemos a encontrarnos con una interpretación religiosa
de la historia propia de la Biblia.
La secesión (12,16-19)
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Según el relato parece terminarse todo con esta reacción del rey que haría romper la asamblea.
Pero cabe en nuevas reuniones. De todas formas la respuesta fue clara: cada uno por su parte. Y
estas frases pudieron correr como un estribillo o canción por las tribus del norte. De este modo el
estado unitario alcanzado por David se desgaja para siempre, pues todas las uniones posteriores
fuero esporádicas expansiones de la tribu de Judá y muy breves, además de que las tribus del
norte desaparecieron prácticamente con la destrucción de Samaría en el 722. Quizás en un
primer momento pudo parecer una simple andanada de insumisión y envidia típicas de las tribus
del norte pero la situación iba en serio, el rey intentó enviar emisarios para apaciguar la revuelta
pero con su acostumbrada falta de tacto envió a la persona menos adecuada: Adonirán, el jefe de
las prestaciones forzadas y por tanto el hombre más odiado, la encarnación de la opresión y la
explotación. El hombre fue asesinado a pedradas. La revuelta solo se hace definitiva con la
elección de Jeroboán como rey.
La sanción divina (12,21-24)
La primera reacción de Roboán después del fracaso de Siquén fue el recurso a la fuerza: domeñar
a los rebeldes por las armas. Pero este intento de reconquista fue detenido por la intervención de
un profeta: Semaías. De este modo toda esta historia de la división del reino de Salomón se sitúa
bajo la intervención profética (un profeta la anuncia, Ahia, en 11,29-39 y otro la confirma en
nombre de Dios). La rebelión entra dentro del plan de Dios, el cual se sirve también de la
imprudencia y la ambición de los hombres para llevarlo a cabo.
EL CISMA RELIGIOSO (12,25-33)
Jeroboán fortificó Siquén, en la serranía de Efraín, y residió allí. Luego salió de Siquén para
fortificar Penuel. 26 Y pensó para sus adentros: Todavía puede volver el reino a la Casa de David.
27 Si la gente sigue yendo a Jerusalén para hacer sacrificios en el templo del Señor, terminarán
poniéndose de parte de su señor, Roboán, rey de Judá. Me matarán y volverán a unirse a
Roboán, rey de Judá. 28 Después de aconsejarse, el rey hizo dos becerros de oro y dijo a la
gente: -¡Ya está bien de subir a Jerusalén! ¡Éste es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto! 29
Luego colocó un becerro en Betel y el otro en Dan. 30 Esto incitó a pecar a Israel, porque unos
iban a Betel y otros a Dan. 31 También edificó ermitas en los altozanos; puso de sacerdotes a
gente de la plebe, que no pertenecía a la tribu de Leví. 32 Celebró también una fiesta el día quince
del mes octavo, como la fiesta que se celebraba en Jerusalén, y subió al altar que había
levantado en Betel a ofrecer sacrificios al becerro que había hecho. En Betel estableció a los
sacerdotes de las ermitas que había construido en los altozanos. 33 Subió al altar que había
hecho en Betel el día quince del mes octavo el mes que a él le pareció. Instituyó una fiesta para
los israelitas y subió al altar a ofrecer incienso.
25
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El v. 25 sirve de enlace entre la primera y la segunda parte. Materialmente pertenece todavía a la
fase política al narrar la fundación de las dos capitales sucesivas del norte: Siquén y Penuel, pero
formalmente es la puerta para tratar la actividad de Jeroboán que es sintetizada por el autor
sagrado en clave religiosa: la erección de los nuevos santuarios del Estado y la organización del
culto (sacerdocio y festividades).
El culto al becerro de oro (12, 26-30)
Jeroboán está preocupado por la continuación de los lazos religiosos entre su nuevo reino y la
vieja capital: Jerusalén. Era consciente de que en una sociedad cuya organización estatal se
encontraba todavía en embrión, el elemento más fuerte de unión era el religioso: si en centro del
mismo estaba fuera del reino, la existencia misma del reino estaba en peligro. Para eliminarlo
creó dentro de su reino dos centros religiosos, construyendo dos santuarios: en Betel y en Dan,
que aunque no podían rivalizar con el salomónico en riqueza y recuerdos (el arca) si lo
superaban en tradiciones locales y tribales. El decidir que fueran becerros de oro los que se
pusieran en el templo recuerda la actitud de Aarón en el desierto (Ex 32,4); además no Elías, ni
Eliseo, ni Amós condenaron la imagen pues muy probablemente no pretendiera una
representación de Yahvé sino solamente un soporte de la divinidad como el Arca en Jerusalén y
como era lo habitual en las concepciones religiosas del próximo Oriente. No obstante el peligro
era evidente dada la tendencia del pueblo a identificar la divinidad con la estatua y por el influjo
de la religión cananea que se valía de los mismos símbolos y que seguía viviendo junto a los
mismos santuarios de Yahvé, antaño consagrados a los dioses de Canaán: el sincretismo estaba
servido.
La organización del culto (12, 31-33)
Comprende dos momentos: institución de un sacerdocio y la organización del calendario
religioso. Y aunque son reprochadas a Jeroboán como arbitrarias, no parece que históricamente
lo fueran pues era corrientemente aceptada esta actitud en la época que tratamos (el juicio que se
hace es tardío, pertenece a la reforma deuteronomista). Además resulta contradictorio que
pretendiera cambiar la fecha de las fiestas religiosas (se trata de la fiesta de las Cabañas) pues así
no evitaría que fueran a unas y a otras; la celebración del octavo mes en vez del séptimo debe
atribuirse a razones agrícolas, ya que esta fiesta estaba vinculada a la marcha de la recolección, y
podía variar según fuera cada año.
Jeroboán no pretendió realmente cambiar la religión nacional ni podía introducir cambios
sustanciales en el culto. Pero si tenemos en cuenta que la ley de la unicidad del culto aunque era
un postulado deuteronomista que no llegó a cuajar hasta la reforma de Ezequías, tenía de fondo
razones históricas en el hecho de que un centro religioso, santuario federal de las doce tribus,
determinado por la presencia del arca, había existido siempre en Israel (Siquén, Silo y Gabaón), y
razones de conveniencia en el hecho de que la vida sedentaria entre poblaciones cananeas
facilitaban los sincretismo por lo que se veía la conveniencia de un centro único de culto de Israel,
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entendemos entonces que el cisma de Jeroboán aparece entonces como una ruptura de esta línea
evolutiva: como el hecho de haber rechazado, por razones políticas, las exigencias religiosas de la
ley mosaica, haber hecho pecar a Israel y haber dado ocasión de pecar a Efraín hasta hacer
que fuera expulsado de su tierra (Ecclo 47,24)
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