Reseña de Alfonso Galindo Hervás

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IUSNATURALISMO CATÓLICO EN UNA EUROPA ILUSTRADA.
A propósito de Principios del orden esencial de la naturaleza de Antonio Xavier
Pérez y López.
Alfonso Galindo Hervás
Universidad de Murcia
Si por ilustración debemos entender la “salida de una culpable minoría de edad”,
el pensamiento filosófico de Antonio Xavier Pérez y López (1736-1792) no puede
considerarse ni índice ni factor (al menos decisivo) de ilustración. Ninguno de los
rasgos con los que es habitual delimitar la “actitud ilustrada”1 (pensamiento crítico,
separación de las esferas terrenal y espiritual, conciencia histórica, contractualismo,
subjetivismo, etc.) son abiertamente asumidos por el sevillano. Ciertamente, hay
elementos, rasgos germinales. Como los hay en Jovellanos, Forner, Feijoo y tantos
otros. Pero su obra evidencia la confusión conceptual y terminológica propia de
nuestros ilustrados. Una confusión que, ella sí, es índice y factor de la tibieza (por usar
una ambigua metáfora que permita esquivar el interminable e indecidible debate sobre
la existencia, o no, de una ilustración española) con la que en España se acogieron (y
practicaron) las ideas ilustradas en el siglo de Carlos III.
No hay modernidad en Pérez. Pero precisamente ello justifica el interés del autor
y de su obra en orden a elaborar una historia de los conceptos políticos hispánicos. Y es
que, aún repleto de explícitas resistencias si se lo compara con coetáneos europeos,
también puede considerarse que su pensamiento explicita el fieri o in festum de una
Satteltzeit que nunca debe comprenderse como momento puntual o conquista acabada.
Alejado de la fama de otras figuras del dieciocho español, sin embargo no fue la
de Pérez una vida pública irrelevante. Diputado por la Universidad en la Corte, Alcalde
1
Debe verse E. Bello y A. Rivera (eds.), La actitud ilustrada, Biblioteca Valenciana, Valencia, 2002.
Alfonso Galindo Hervás,
Iusnaturalismo católico en una
Europa ilustrada.
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de Pensamiento Político Hispánico
Mayor de Motilla del Palancar y Académico de la Real Sevillana de Buenas Letras,
escribió, entre otras, las obras Discurso sobre la honra y la deshonra legal (1781),
decisiva en la preparación de la pragmática de Carlos III ennoblecedora del trabajo,
Teatro de la legislación universal de España e Indias (1791) y Principios del orden
esencial de la Naturaleza (1785). Se trata de uno de los autores más sólidos
filosóficamente2, así como de más trascendencia de su época. De ello constituye una
prueba la atención monográfica que han merecido tanto su plural obra como su
persona3.
Por diversos motivos, que intentaré exponer en este trabajo, la obra Principios
del orden esencial de la naturaleza constituye un índice ejemplar de la aludida
debilidad de nuestra ilustración. Que, en el caso concreto de Pérez, dicho carácter
indiciario deba remitirse a su anclaje en la escolástica católica, no obsta para
reconocerle su superioridad filosófica respecto de colegas españoles contemporáneos a
él. Una superioridad que casi se reduce a su conocimiento de buena parte de la mejor
filosofía de la época. Conocimiento que le sirve de base, exclusivamente, para
denunciar cualquier elemento adscribible a la modernité. De ahí que sólo desde
perspectivas generosísimas –o abiertamente cómplices, como las que adjetivan la obra
de Mayans y análogas como representativas de una ilustración católica typical
spanish— se pueda defender el carácter ilustrado de su pensamiento.
2
Así lo expresa Menéndez Pelayo: “(...) en esto como en todo, mostró talento filosófico muy superior al
de Castro el sevillano don Antonio Xavier Pérez y López (...)”. M. Menéndez Pelayo, “El enciclopedismo
en España durante el siglo XVIII”, en Historia de los heterodoxos españoles, Librería Católica de San
José, Madrid, 1881.
3
Es el caso de los trabajos del almeriense Federico de Castro Fernández en la sevillana Revista de
Filosofía, Literatura y Ciencias, así como su Nueva biografía del Doctor Don Antonio Xavier Pérez y
López (1736-1792) con un breve estudio sobre su sistema filosófico, 1873-74. Pero también la atención
prestada a su Teatro de la legislación universal de España e Indias en diversas publicaciones
contemporáneas. Sirva como ejemplo de su importancia (especialmente para el derecho de gentes) la
siguiente selección de textos donde se lo cita elogiosamente: O. Cruz Barney, “Para una historia de la
jurisdicción mercantil en México: el decreto de organización de las juntas de fomento y tribunales
mercantiles de 1841”, Revista Jurídica, Anuario Mexicano de Historia del Derecho, vol. XV; “La
Ordenanza de correos del 8 de junio de 1794 en el México independiente”, en L. E. González (coord.),
Actas y Estudios, Academia Puertorriqueña de la Historia, vol. 2, 2003; “El corso marítimo en el mundo
hispano-indiano”, en Diario de campo, nº. 31, 2005; V. Kluger, “Consideraciones sobre las Relaciones
Paterno-Filiales en el Río de La Plata. Del Ámbito Doméstico a los Estrados Judiciales (1785-1812)”, en
XI Congreso del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano: Buenos Aires, 4 al 9 de
septiembre de 1995: actas y estudios, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, 1997; F.
López-Lázaro, “‘No Deceit Safe in Its Hiding Place’: The Criminal Trial in Eighteenth-Century Spain”,
en Law and History Review, 20, 2002; F. Martínez, “Sátira contra la predilección del Derecho Romano:
una crítica decimonónica a un orden jurídico todavía no fenecido”, en Cuadernos de Historia del
Derecho, nº. 12, 2005; M. F. Rojas, “Entre la legitimidad y la criminalidad: el caso del
“aparaguayamiento” en la Provincia de Concepción (Chile) durante la primera mitad del XIX”, en
Contracorriente, vol. 4, nº. 3, 2007; etc.
2
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Siguiendo la estela de Menéndez Pelayo4, el liberal Méndez Bejarano lo ubicó
en un grupo de eclécticos ilustrados interesado por conciliar la filosofía escolástica
oficial y la europea, especialmente cartesiana y wolfiana. En dicho colectivo incluye,
entre otros, a los médicos Martín Martínez y Andrés Piquer y Arrufat, a caballo entre el
sensualismo y la escolástica y del que destaca su aristotélica Lógica moderna o arte de
hablar la verdad y perfeccionar la razón (1757), su Discurso sobre el mecanismo
(1757), en el que critica a Locke, y la Filosofía moral para la juventud española (1755),
con un interesante y habitual en la época (recuérdense las obras de Smith, Ferguson o el
propio Ramón Campos) tratado de las pasiones. Junto a ellos, merecen atención el poeta
Forner, Miguel García Ostos y Algarate, autor de un Discurso sobre la ley natural, Juan
Bautista Muñoz, de cuyas obras detacan De recto Plilosophiae recentis in theologiae
usu (1767) y De bonis et malis Peripateticis (1769), y el jesuita barcelonés Antonio de
Codorniu, cuyo Índice de la filosofía moral cristiano-política (1753) busca conciliar
cristianismo, senequismo y aristotelismo5.
Hay que reconocer que en el terreno estrictamente filosófico y filosóficopolítico, Pérez y López evidencia el rasgo de eclecticismo aludido, si bien hay que
insistir en su íntima lejanía de la mejor filosofía europea de la época. Quiere ello decir
que si bien es evidente su conocimiento de la mayoría de los grandes pensadores
contemporáneos, no puede afirmarse de él (contra lo que sostuvo el citado Méndez
Bejarano) una superación de la escolástica ni, mucho menos, la asunción del
pensamiento contractualista e historicista (esto es, moderno) de la época. De ahí la ya
aludida utilidad de sus ideas en orden a la elaboración de una historia conceptual
hispana, pues su obra es un índice (a la par que un factor destacado, dada su relevancia)
tanto del poderoso peso limitante de la tradición y las circunstancias sociales, como de
los tímidos esfuerzos de algunos por trascender ambos y dejarse enriquecer con los
avances de la ciencia y el pensamiento europeos. Esfuerzos que, sin embargo, sólo si
4
Ubica a Pérez y López en un grupo formado por eclécticos, anti-enciclopedistas, sensualistas y
espiritualistas cartesianos, y constituido por el doctor Martínez, Piquer, el padre Ceballos, Valcárcel, el
cisterciense Antonio Rodríguez, Forner, Juan Francisco de Castro, Arteaga y Hervás. Cf. M. Menéndez
Pelayo, La ciencia española. I. Indicaciones sobre la actividad intelectual de España en los últimos tres
siglos, 3ª edición, Colección de Escritores Castellanos, t. I., Madrid, 1887. Del mismo autor, cf.
“Monografías expositivo-críticas”, en Revista Europea, nº. 134, 1876.
5
M. Méndez Bejarano, Historia de la filosofía en España hasta el siglo XX, Renacimiento, Madrid, 1927.
3
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son considerados muy abstractamente permiten justificar su identificación con una
“consideración profana y racional del universo”6.
Donde quizá se explicite paradigmáticamente esta compleja posición del
sevillano sea en la obra que edita la B. S. F., cuyo título completo es Principios del
orden esencial de la naturaleza, establecidos por fundamento de la moral y política, y
por prueba de la religión. Nuevo sistema filosófico (Imprenta Real, Madrid, 1785). En
sus veintinueve capítulos conviven las alusiones críticas a diversos pensadores
modernos con la defensa de una concepción del pensamiento que asume una estrategia
iusnaturalista católica, a saber: la posibilidad de deducir y explicar los diversos órdenes
humanos (especialmente moral, político y religioso) a partir de una idea de orden
natural finalmente remisible al Dios católico. Para ello, postula un principio de razón
evidente del derecho natural y político que, de paso, indique la religión verdadera.
Principio que remite al propio orden de la naturaleza, que hace índice de la esencia y
atributos de Dios, así como de los mismos fines del hombre, retomando la tesis
escolástica sobre la armonía de órdenes y tipos de conocimiento. “(...) el Orbe es el gran
Código de la ley natural, donde están gravados los fines de Dios y de las cosas criadas”
(p. XIV). Todo está atravesado por un orden que “se encuentra esencialmente en Dios,
siendo su propia perfección infinita, y también se halla en las criaturas, tanto en sí
mismas, como entre sí, en la linea metafisica, fisica, y moral” (p. 1). Vivir conforme al
orden es la clave de la felicidad (p. 4). La ley y orden naturales se eleva a criterio de
bondad de la acción tanto como, específicamente, del derecho positivo (pp. XIXss.,
XXVIIIss., XXXIV). La legitimidad de éste y del poder público se infiere igualmente
de su utilidad para elevar a perfección las obligaciones y derechos imperfectos o
secundarios (p. XXIII). El orden natural es así mismo fundamento de la justicia (p.
XXIV). Un orden al que alude, en un rasgo de modernidad, recurriendo a la metáfora
mecanicista (pp. 4, 12s., 27s., 52-59, 127).
Todo ello justifica el que las reiteradas referencias a la filosofía de su época sean
siempre para criticar su antropocentrismo y su subjetivismo racional, que implican
subestimar la prioridad de la existencia de Dios y/o del orden natural. Así, por ejemplo,
denuncia la perversión del espíritu filosófico, dominada por el principio de “razón
evidente” (p. VII), aludiendo explícitamente a Descartes, cuyo método, aplicado a las
6
Para una tal identificación, cf. J. L. Abellán y L. Martínez Gómez, El pensamiento español de Séneca a
Zubiri, Aula Abierta, Madrid, 1977.
4
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verdades divinas, ha servido para el error y la impiedad por su acentuado subjetivismo
(pp. VIIIs.). Menciona igualmente el ateísmo, el materialismo y el deísmo, citando a
Voltaire. Se detiene en el contractualismo, que ejemplifica en Hobbes y Rousseau,
criticando su rechazo del derecho natural y, sobre todo, su asunción del conflicto entre
naturaleza, religión y política (pp. Xs.). En suma, contra el antropocentrismo, que
adscribe a Wolf, sostiene un abierto teocentrismo, desde el que examina las tres clases
de orden y sostiene su armonía (pp. XXXIIs.).
Frente al subjetivismo moderno ejemplificado en el método cartesiano, Pérez y
López propone una modificación de la fórmula que implica recuperar el eje de las
pruebas tomistas sobre la existencia de Dios: “yo soy, luego siempre ha habido un sér”
(p. 8). La existencia de Dios es alcanzada como verdad necesaria a partir de la evidencia
del orden universal. De este modo, orden y divinidad son mutuamente referidos: “Solo
hay un orden necesario, eterno é inmutable, que enseña la Metafisica, evidencia la
Fisica, muestra la Moral y canoniza nuestra Santa Religión. Este consiste en que todo el
Universo y cada una de sus partes se ha criado y hecho esencialmente para la gloria
accidental de Dios” (p. 11). El orden del universo exhibe como un espejo la esencia
divina. Más aún: los órdenes natural, religioso, moral, político y jurídico tienen como
finalidad la gloria de dios. Lejos de todo antropocentrismo, sostiene “contra Wolfio y
sus secuaces que nuestra propia perfeccion no puede ser la regla de la bondad ó malicia
intrinseca de nuestras acciones. El hombre no es el centro del Universo, ni tampoco el
último fin de lo criado; y por lo tanto no debe referir sus actos solamente hácia sí
mismo” (p. 56). Los fines particulares deben conformarse con el fin universal y último
que es la gloria divina.
El carácter teocéntrico y católico del pensamiento de Pérez es evidente y se
encuentra diseminado en cada una de las páginas de la obra editada. Sirva como
ejemplo este párrafo de inicio del libro: “Los tres asuntos mas importantes y necesarios
a la felicidad humana en todas lineas son el conocimiento del Derecho natural, la
profesion de la Religion verdadera, y la sana Política; mas por desgracia todos los
hombres y Pueblos que se han separado de la revelacion en estos tres puntos, ó se han
sepultado en la ignorancia, ó han caido en errores y contradicciones” (p. I). La religión
verdadera emerge como plataforma educativa del hombre, al que enseña sus fines
esenciales, las verdades superiores y la moral verdadera. Es el estado de naturaleza
corrompida lo que torna necesaria la revelación religiosa: “es necesaria una Religión
5
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revelada, esto es, una luz sobrenatural, que ilumine y fortalezca al hombre en el
conocimiento de las verdades necesarias y utiles, y en la práctica de las virtudes” (p.
137). Pérez se demora ofreciendo pruebas de la religión verdadera, criticando a
Voltaire, Rousseau y otros su racionalismo ateo (pp. 140ss.). Ni el humanismo de un
Mayans o de un Forner, ni la crítica a las inmunidades y derechos eclesiásticos de los
Jovellanos, Olavide o Rubín de Celis (por citar algunos), se dan cita en la obra de Pérez
y López. Muy al contrario, no sería forzado detectar en Principios del orden esencial de
la naturaleza la actitud, típica de los jesuitas, de defensa de un conocimiento natural del
orden divino y sus consecuencias (derecho natural y derecho de gentes), así como la
remisión a Dios de la legitimidad de un soberano orientado al freno del desorden –tesis
presente en teólogos pro-absolutistas y antiilustrados de la época, como Fernando
Cevallos.
Si analizamos sus ideas relativas a las esferas jurídica y política, si bien las
posiciones de Pérez son, por lo general, abiertamente afines a las del iusnaturalismo
católico par excellence, diversas afirmaciones permitirían, si no dudar de ello, sí al
menos corroborar las ambigüedades de nuestros ilustrados, tanto de los apologistas
como de los “europeístas”.
Como he señalado, el iusnaturalismo católico es evidente en numerosísimos
párrafos en los que el autor defiende, frente a Hobbes, que el fundamento del derecho
no es la fuerza, sino el orden, que muestra la necesidad del derecho natural (p. 60). Tal
derecho eterno se alza como límite y criterio de todo derecho positivo, demorándose el
autor en el análisis de las plurales formas de relacionarse y respetar el derecho natural
por parte del positivo: “En el supuesto que el derecho natural es esencial al hombre: ó lo
que es lo mismo, le corresponde porque tiene esta esencia, y es tambien necesario,
eterno é inviolable, se sigue, que las Naciones y las Potestades han de observarlo
religiosamente. Es cierto que hacen y deben establecer muchas leyes civiles
acomodadas á su respectivo carácter, clima, tiempo, costumbres y constitución; pero
siempre, como conoció el Jurisconsulto Pablo, no son otra cosa que unas
modificaciones del derecho natural” (p. 184).
Si el derecho natural y los “derechos esenciales al hombre” constituyen el límite
de las prerrogativas del soberano (p. XXXIII) es porque éste comparte la igualdad
radical habida entre los hombres, la inexistencia de jerarquías naturales entre ellos:
“Todos los hombres tenemos una misma substancia, esencia, naturaleza, atributos, fin y
6
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principio, y una admirable correspondencia de afectos y pasiones (…). Fundándose las
leyes naturales en la esencia humana, que es comun á todos sus individuos, se conoce
que lo es juntamente el derecho natural, y que cada uno no tiene mas ni menos leyes,
obligaciones y derechos de esta clase que el otro: y vease aquí como en realidad todos
los hombres son iguales en la linea y conceptos explicados” (pp. 100, 102).
Una posición como ésta parecería afín a la de los jesuitas, que se oponían al
derecho divino de los reyes porque implicaba la heterogeneidad del monarca con
respecto al cuerpo político. Se trata de una concepción del poder finalmente sostenedora
del statu quo, en la medida en que constituyó un factor decisivo en el fracaso de las
reformas borbónicas. Y es que, si bien son conocidos los esfuerzos de los ministros de
Carlos III por modificar la estructura administrativa de manera afín a la centralización
propia del naciente Estado moderno (básicamente sustitución de los sistemas
polisinodiales o de Consejos, netamente jurídicos, por el de secretarías, de carácter
político), su fracaso también se debió a la pervivencia de ese iusnaturalismo católico
que servía al mantenimiento del orden reinante (influencia de la Iglesia en los asuntos
de Estado, confusión de moral y política, mantenimiento de tradiciones y privilegios
seculares, etc.) en la misma medida en que impedía la patrimonialización regia, esto es,
un verdadero absolutismo “moderno”7.
En el caso del diputado sevillano, sus reiteradas remisiones del poder político a
un origen divino no mediado por la Iglesia (“no hay potestas que no venga de Dios”; p.
V), que justificarían incluso la necesidad de obedecer al príncipe injusto –salvo que
contradiga la ley natural (pp. Vs.)—, pues la obediencia es mandato divino, permitirían
ubicarlo cuanto menos próximo a la teoría del derecho divino de los reyes8. Es cierto
que los derechos de la soberanía no son decidibles arbitrariamente por los hombres,
pues se fundan en el orden (pp. 181s.). Pero el orden procede de Dios y a su gloria
remite, de ahí que “el Rey, el estado y los vasallos deben ser Cristianos Católicos” (p.
198).
No obstante, también debe repararse en que, mientras que el Estado absolutista
moderno localiza la soberanía en el rey, que concibe como separado del reino y cuyo
7
Sobre este tema, cf. A. Rivera, “Cambio dinástico en España: Ilustración, absolutismo y reforma
administrativa”; en E. Bello y A. Rivera (eds.), o. c., pp. 215ss.
8
Se señala que Pérez y López funda la soberanía en el derecho divino en S. Scandellari, “Il
‘costituzionalismo storico’ di León de Arroyal: una possibile lettura delle Cartas económico-política”, en
Historia constitucional, nº. 5, 2004.
7
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poder no depende de un pacto con el pueblo que la limite (recordemos que el Leviatán
hobbesiano es convocado por el pacto entre los súbditos, pero no se compromete a él),
según Pérez el fundamento de la legitimidad del soberano reside en un pacto entre él y
la nación (p. 181). Además, no sólo el derecho natural, sino los “derechos esenciales al
hombre” se alzan como freno a la soberanía (p. XXXIII) Desde estas premisas, quizá
fuese posible ubicar al académico sevillano en el grupo de apologistas que, armados
con la filosofía y la teología escolásticas tradicionales, defendían las posturas
oficialistas de Floridablanca que finalmente apuntalaron la estructura del Ancien Régime
en España.
Lo interesante desde el punto de vista histórico-conceptual es que el abierto
iusnaturalismo católico, finalmente tan anti-absolutista como anti-moderno, coexiste
con el uso de categorías propias del pensamiento político moderno, originándose la
mixtura desde la que puede delimitarse la ilustración española.
Para exponer los rasgos modernos presentes en el pensamiento de Pérez y López
es preciso atender al campo semántico delimitado por los conceptos de “contrato” o
“contractualismo”, que indefectiblemente remiten al de “estado de naturaleza”. Vaya de
entrada la afirmación de que no hay atisbo alguno de genuino (moderno)
contractualismo en la obra del diputado sevillano. La artificialidad del recurso
contractualista es incompatible con el iusnaturalismo.
Pero aquí no termina todo; cabe conceder una oportunidad a la modernidad de
Pérez. El argumento nos lo proporciona el detener nuestra mirada en el pensamiento
ilustrado escocés que, si bien en modo alguno puede ser considerado iusnaturalista, no
es menos cierto que tampoco es contractualista. En efecto, los escoceses consideraron
erróneas las teorías contractualistas. Esto explica el que Ferguson remita los orígenes y
fundamentos de la organización política a la propia naturaleza humana, permitiendo
calificar su conocido ensayo como una historia natural de la sociedad civil. “Natural”
por cuanto la sociedad civil y el progreso que implica se deben a la propia naturaleza
humana, y no a artificio contractual alguno. Para Ferguson y Smith, como para nuestro
Ramón Campos, la sociabilidad es natural e innata, siendo superfluo cualquier recurso a
un contrato que la procure. Koselleck ha explicado tal naturalismo afirmando que el
recurso de los escoceses a una “historia natural de la sociedad civil burguesa” fue a la
par la tesis y el método desde los que explicaron el cambio estructural (a largo plazo)
que era observable en el tránsito de la Inglaterra comercial al industrialismo. El objetivo
8
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era derivar a partir de un mínimo de constantes naturales un máximo de cambio
evidente9.
En el caso de Pérez y López, el naturalismo se hace compatible con un
contractualismo que no es introducido y defendido en su forma moderna radical. La
sociedad civil, que comprende (como la mayoría de los pensadores ilustrados) en su
sentido indiferenciado de “sociedad política”, se funda en la sociabilidad natural del
hombre (“el hombre fue criado para vivir en sociedad natural”; p. 46), que es
perfeccionada en ella, y tiene por finalidad servir a la felicidad de los ciudadanos, la
cual estriba en la posesión de sus bienes o, lo que es lo mismo, en la consecución de sus
fines esenciales: “infiero: que los derechos de la Soberanía ó potestad pública deben
contribuir á los fines, que tiene el hombre por su naturaleza, ó de otro modo, que la
política verdadera y util ha de ser conforme á esta regla” (p. XXVIII). En línea con la
mejor tradición aristotélica, el origen de la comunidad política es el propio orden
natural. La necesidad del recurso al artificio político derivado del contrato no radica
entonces en que éste posea carácter constituyente o legitimante, ya que “no hay potestad
que no venga de Dios” (p. 147; igualmente, pp. 178s.), sino a la necesidad de contar con
un poder público –inexistente en el estado de naturaleza— para mejor administrar
nuestras necesidades (pp. 63-67). A la naturalidad de la comunidad humana se une la
necesidad de la ayuda mutua –en una situación de naturaleza caída (aunque redimida):
“Se hallan todos los mortales tan enlazados entre sí, que ninguno es capaz de conseguir
el menor bien sin el auxilio y socorro de otros en cualquiera edad y estado que se le
considere (...) En la situación en que nos hallamos es absolutamente necesaria la
potestad pública, y el imperio para dirigir, y contener las acciones humanas: de suerte
que sin ella nadie podria conservar la vida por mucho tiempo, (…). Es, pues, su propio
estado actual el fundamento de la potestad pública, cuya constitución y derechos no son
arbitrarios, sino prescriptos por el orden presente de las cosas” (pp. 100, 103).
Al igual que en el caso de los ilustrados escoceses, si la sociedad no precisa ser
legitimada contractualmente, todo se reduce a rastrear las motivaciones de los
individuos para unirse entre sí. En cualquier caso, las razones que legitiman la
existencia de la comunidad política son las mismas que fundan la necesidad de un poder
que explícitamente adjetiva como “soberano”: “la propia obligación que nos sujeta á
9
R. Koselleck, “Cambio de experiencia y cambio de método”, en Los estratos del tiempo: estudios sobre
la historia, trad. D. Innerarity, Paidós, Barcelona, 2001, pp. 88s.
9
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vivir en una República obliga á que haya en todas una potestad pública soberana, esto
es, una persona moral, bien sea una ó muchas fisicas, en cuya mano esté el conjunto de
derechos y medios indispensables y oportunos al fin de la sociedad, pues sin esa
soberania es un imposible absoluto hasta la subsistencia de una compañía de quatro
individuos. Vease aquí la razon porque los hombres no son libres en establecer un
Soberano, ó vivir sin potestad pública” (pp. 175s.).
Hacer posible la subsistencia es la finalidad de la sociedad civil. Tal fin adquiere
matices liberales cuando, al igual que Locke y demás escoceses, Pérez remite la
necesidad de vivir en sociedad política a los imperativos de mantener el orden y
garantizar el derecho de propiedad privada: “es preciso y sagrado el derecho de
propiedad; (…) En fuerza, pues, de una necesidad absoluta debe ser sagrado é inviolable
el dominio y la propiedad” (p. 155). También justifica uno de los derechos del poder
soberano sirviéndose de un argumento liberal: “No pudiendo subsitir el genero humano
sin la celebración y execucion de innumerables contratos, era juntamente preciso que
por el pacto social se contragese: que la potestad pública los llevase á efecto, y
contuviese las injurias contra los bienes adquiridos, castigandolas en caso necesario para
el escarmiento público” (pp. 182s.).
Tales rasgos liberales (con todos los matices que se deben añadir) se refuerza en
sus tímidas, pero evidentes, alusiones a tópicos habituales en la mejor filosofía escocesa
de la época. Así, Pérez y López comenta la necesidad de la división del trabajo,
examinando brevemente algunos de sus tipos (pp. 171ss.). Coincide con Jovellanos, que
se opuso a la institución del mayorazgo como recurso para una desamortización civil
que minara la fuerza de la nobleza, en la crítica al monopolio de los mayorazgos y
herencias. En general, denuncia los monopolios y elogia la circulación de los bienes
como factor de legítimo progreso del Estado (pp. XXIX, 212), haciendo de ello excusa
para alabar la política de Carlos III: “tambien ha renacido el comercio en el actual
reynado por la libertad de su giro” (p. 210).
Pero, con ser decisiva, la funcionalidad de garante del derecho de propiedad y,
en general, de la seguridad jurídica, no agota la legitimidad de la sociedad civil y del
poder público soberano. Hay en ello un elemento que evidencia a la par el eco del
pensamiento político moderno (pues asume la aparición de un novum debido a la unión
política) y un rasgo premoderno (la confusión de lo político con lo moral). En el
siguiente párrafo es posible comprobarlo: “los hombres son los primeros elementos de
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la sociedad civil. (…) al modo que en lo fisico de la union de los primeros principios
resultan unos entes que no habia antes: asi en lo político y moral las juntas de los
hombres forman unos seres políticos que antes no existían, llamados personas morales,
que en efecto son unos sujetos racionales y libres, constituidos en las mismas
obligaciones, y revestidos de los propios derechos que una persona fisica” (p. 180).
Ello, unido a su defensa de la publicidad de la ley para evitar la arbitrariedad y
absolutismo del monarca; a su asunción de la división entre los ámbitos espiritual y
temporal (“manifiesto un carácter distintivo entre los límites de la jurisdicción espiritual
y temporal, el qual consiste en que la primera se ciñe á todas las cosas espirituales y
sobrenaturales: y la segunda á las naturales con recíproco auxilio de entrambas para la
permanencia del orden”; p. XXVII), por citar tan sólo dos ejemplos más, nos dan noticia
de un pensamiento que, si bien reduce su aportación a una historia de los conceptos
políticos hispanos a la que vehiculan conceptos fundamentales como “orden” o “ley
natural”, no es menos cierto que permite rastrear en él el eco de numerosos descriptores
y categorías que remiten a la filosofía más determinante de la época.
11
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