la penitencia, hoy

Anuncio
JOSEP M.ª ROVIRA BELLOSO
LA PENITENCIA, HOY
La crisis del sacramento de la penitencia es, propiamente, crisis de unos presupuestos
ideológicos que acompañaban a la teología de la penitencia y que han sido erosionados
por el cambio de nuestra cultura. Este análisis permite comprender que sólo sobre la
base de los nuevos presupuestos culturales creados por el mundo actual, será posible
remontar esa crisis del sacramento, dentro de la misma intención ortodoxa que buscara
Trento.
El sagrament de la penitència, avui, Qüestions de vida cristiana, 72 (1974)18-42
No hace mucho me confesaban: "Vemos claras tres cosas: el sentido del pecado en su
dimensión personal y colectiva, la necesidad de conversión, y la realidad del perdón de
Dios que se nos ofrece. Pero permanece oscura la forma cómo celebrar
sacramentalmente este perdón de Dios".
Sería, por tanto, conveniente, abordar el tema desde unos presupuestos que dieran razón,
por un lado, del desuso del sacramento de la penitencia que se observa a todos niveles,
pero también del deseo de recuperar válidamente la dimensión sacramental del perdón
de Dios. Nuestra intención es excluir un planteamiento que sólo busque la forma de
corregir abusos endémicos de rutina, superficialidad o abdicación de la personalidad en
manos del confesor. Nuestra pretensión es más honda. Quisiéramos explicar por qué la
confesión, con mayores o menores dificultades personales, tenía verdadero sentido para
el común de los cristianos y por qué ahora ha dejado de tenerlo. Si acertamos, la
perplejidad o la alarma que produce esta cuestión dejarán paso a una actitud lúcida y
creyente que permita situarnos en una postura correcta y nos prepare, además, para
tomar iniciativas sensatas.
PRESUPUESTOS QUE HACIAN PLAUSIBLE LA CONFESIÓN
Creemos que los presupuestos que fundamentaban el pleno sentido del acto de la
confesión sacramental, de forma que no cuestionaban en absoluto su sentido y utilidad,
aunque pudiese costar más o menos realizarlo, se inscribían dentro del siguiente cuadro
ideológico:
1) Una moral muy clara y delimitada. Se vivía bajo el imperio de tres postulados
indiscutibles: una moral objetiva, heterónoma y clara, en sus principios y sus
conclusiones últimas. En todo ello se basaba el casuismo moral o aplicación de los
principios a un "caso" determinado.
2) El mundo moral "preconciliar" -valga la expresión- identificaba la moral objetiva
que hemos mencionado con la aplicación material y objetiva de las normas a la vida
humana. Esto significa en la práctica que se atendía más a la acusación de las
transgresiones a la ley, fácilmente identificables, que no al pecado en cuanto raíz y
fuente de las mismas (es iluminador el contraste entre "pecado" y "transgresiones" en
Ga 3,19).
Cualquier sacerdote con mediana experiencia pastoral ha escuchado en el confesionario
la simple enumeración de transgresiones de este tipo, especialmente contra preceptos
JOSEP M.ª ROVIRA BELLOSO
positivos -ayuno, abstinencia y precepto dominical baten los records- sin la menor
referencia al estado real de pecado o buena voluntad de la conciencia del penitente. Esta
aplicación material de la norma no atendía a la complejidad de las condiciones
psicológicas y sociales que afectan al acto humano.
Si a ello añadimos que esta concepción moral sabía que, de hecho, el Magisterio era la
única fuente capaz de establecer el alcance y medida de las transgresiones, nos
explicaremos la admiración y la incomodidad de muchos ante la atribución de la
valoración moral de sus decisiones a las personas que viven en los campos específicos
(cfr. Pacem in Terris, 154).
3) Esta moral tenía un sentido estrictamente individual, liberación personal del pecado.
El combate contra el pecado del mundo no tenía en cuenta la relación de los pecados
personales y los de estructuras que oprimen a los hombres. Muchos cristianos han
ampliado hoy su campo de visión en este sentido.
4) La necesidad de consejo, consuelo y ánimo hacía también deseable la confesión.
Todo ello venía respaldado por el inmenso prestigio social - impugnado, pero
indiscutible, al menos en lo intraeclesial- de los ministros sagrados. A la desaparición de
esta aureola clerical han contribuido muchas causas. Quizá las de mayor influjo hayan
sido: la crisis de identidad del sacerdote que ha afectado a su papel de confesor y
consejero en la penitencia; las secularizaciones que han dañado la imagen del sacerdote
como guardador nato de secretos, debido a su condición de célibe y de separado; el
deseo de los laicos de verificar la bondad de su propia experiencia y decisión, y también
la voluntad decidida de los sacerdotes de recuperar su simple nivel humano. Pero lo que
resulta claro es que el descenso de prestigio ha erosionado fuertemente el aspecto de
consejo, que representaba parte importante, hasta ahora, en la penitencia.
5) Finalmente, es obligada la referencia al influjo decisivo de la doctrina de Trento en la
configuración casi exclusivamente judicial que ha adoptado en la práctica el sacramento
de la penitencia.
Trento entiende el acto penitencial como la autoacusación de una transgresión ante un
Tribunal (Dz 895, 899, 919), cuyo juez, el sacerdote, da sentencia absolutoria e impone
una pena proporcionada a la falta. Esta concepción no es, por supuesto, falsa, puesto que
lo que se celebra en la Iglesia es el juicio benévolo de Dios sobre el pecador que va a ser
justificado por la "justicia" de Dios, que se convierte con justicia nuestra (Dz 799). Pero
una aplicación excesivamente literal de la analogía judicial puede obscurecer el juicio
benévolo de Dios en la Iglesia. Y creemos que lo hace, cuando:
a) olvida que el juicio sacramental es símbolo eclesial del juicio de Dios, con descuido
de que algo más grande que la misma conciencia del pecador (1Jn 3, 20) perdona el
pecado en la visibilidad de la Iglesia.
b) se concibe la confesión sacramental, marginado el simbolismo antes citado, como "la
vista de una causa" en que el juez (ministro) debe conocer exactamente el delito, "en su
especie y detalle", "con todas las circunstancias que cambian la especie" (Dz 899 y
917).
JOSEP M.ª ROVIRA BELLOSO
c) el principio de la confesión íntegra, "todos y cada uno de los pecados", deriva menos
de la necesaria sinceridad ante Dios por parte del penitente, que de la necesidad de
conocimiento de causa por parte del juez.
d) cuando para conocer y definir el pecado se acude a los principios de la Metafísica
aristotélica, que entiende que "se adquiere el conocimiento de un ser -en nuestro caso el
pecado- cuando se adquiere el conocimiento de la especie a que pertenece" (Metafísica,
III, 3) ya que "la diferencia de especie es la diferencia entre una cosa y otra dentro de un
género común" (X, 8).
e) el pecado así definido se convierte en una cosa, un "ser" desligado de la persona del
pecador y de sus condicionamientos reales y psicosociales.
De los supuestos citados nace el casuismo moral, de gran auge en los siglos XVII y
XVIII, como culminación de una forma -pensamos que unilateral- de interpretar a
Trento. Nosotros creemos posible otra interpretación, dentro de aquella ortodoxia que
buscaba el Concilio al abordar el sacramento de la penitencia.
Hasta aquí hemos enumerado los cinco presupuestos bajo los que la penitencia adquiría
pleno sentido hasta aproximadamente el Vaticano II. Hemos buscado un planteamiento
que se basara en datos aceptables para los católicos de todas las tendencias. Y hemos
constatado que: a) la confesión se ha ido celebrando normalmente porque se daban estos
presupuestos; y b) actualmente, entre los católicos practicantes, han entrado en crisis y
han oscurecido el sentido de la confesión tradicional.
Se ofrece, pues, una doble posibilidad: reconstruir aquellos presupuestos, eliminando
los abusos, para que la confesión recobre su sentido. Otros, más radicales, prefieren
analizar hasta qué punto tales presupuestos pertenecen a la fe de la Iglesia o derivan de
la cultura de una época. Y ver, además, si se dan nuevos presupuestos ideológicos que
permitan recuperar el sacramento de la reconciliación con Dios y con la Iglesia, aunque
sea en forma distinta a los últimos cuatro siglos. Nosotros escogemos este camino y
éstas serán las dos partes siguientes del trabajo.
No es inútil, además, constatar que el Concilio Vaticano II anima esta actitud al decir:
"Que se revisen el rito y las fórmulas de la penitencia, de forma que expresen más
claramente la naturaleza y el efecto del sacramento" (SC, 72). En esta línea prospectiva
y de futuro se mueve la intención de este artículo.
RAZONES DE LA EROSION DE LOS ANTIGUOS PRESUPUESTOS
1) En el orden moral no todo es tan claro y distinto. Y no porque los penitentes o los
sacerdotes hayan descubierto el relativismo, ni porque los problemas morales de hoy aborto, ilicitud de la guerra...- sean más complejos, puesto que no son éstos los temas
que repercuten ordinariamente en la confesión, sino porque experimentalmente los
cristianos han descubierto que el pecado no puede separarse en absoluto de la persona
que lo realiza. El lenguaje vulgar lo expresa al distinguir entre actitudes y actos.
Así y en un ejemplo de amplio alcance: ante la Humanae Vitae, las interpretaciones de
los obispos iban a salvar los contenidos reales de la conciencia de los fieles, en el
JOSEP M.ª ROVIRA BELLOSO
sentido de subrayar que quizá, en la realidad vivida, no fuera objetivamente grave para
ellos lo que, en abstracto y prescindiendo de la persona y el entorno de la conciencia,
debería calificarse de legalmente grave.
O en otro ejemplo reciente: cuando algún documento episcopal llama la atención sobre
la calificación grave de la masturbación, al colocarse a nivel de norma abstracta, no
puede ni quiere decir que estos pecados en su realidad más objetiva (y la realidad
personal es la cosa más objetiva) sean todos graves.
2) La moral preconciliar conocía a priori todas las situaciones del cristiano: fiesta,
diversiones, bailes, moral familiar, justicia conmutativa... Aplicar la ley era concluir un
silogismo.
Pero hoy se valoran más los puntos reales de partida -las leyes intrínsecas que presiden
el desarrollo de personas y cosas- y, sobre todo, se observa que en la vida inciden
valores no siempre fácilmente conciliables. Y entonces la aplicación de la ley se hace
problemática. La eliminación de alguno de los valores haría las cosas sencillas, pero no
más verdaderas. La Humanae Vitae, p. e., representa un esfuerzo por conciliar dos
imperativos de peso considerable: la paternidad responsable y la exigencia de no negar
artificialmente la abertura a la procreación en cada acto sexual completo.
Poco a poco, dentro del campo católico se ha ido descubriendo la complejidad de la vida
y de la conciencia, de los valores y personas implicados. Más aún, la vida no es la pura
claridad, sino que se trata de un entramado de relaciones en las que el pecado está ya
incrustado.
¿Cómo pensar que es suficiente una ética de pura aplicación a casos como el de la
respuesta violenta de un grupo político contra una represión institucionalizada y
permanente?, ¿o cómo aplicar la acción de un alto funcionario bancario que pretende
orientarse entre las prácticas corrientes que rigen en la institución donde trabaja? Este
tipo de situaciones no son tan excepcionales. Y es por tanto explicable que el penitente,
que ha sentido en carne viva esta complejidad, experimente un serio temor de ser
juzgado por una persona formada en lo que hemos llamado "moral de aplicación", de
una forma elemental y simplista. Y sin duda es ésta una razón muy seria para explicar el
desuso de la penitencia. Otras razones han sido ya expuestas en la parte primera, y el
aspecto excesivamente jurídico de la penitencia se deja para la tercera parte.
NUEVOS PRESUPUESTOS QUE PERMITEN RECUPERAR EL
SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
Después de la exposición, creemos que suficientemente convincente, de los
presupuestos en que se basaba la confesión sacramental tal como la hemos conocido, y
las razones de la erosión de los mismos, quisiéramos ahora mostrar que existen nuevos
presupuestos que hacen plausible una realización del sacramento del perdón, más
adecuada a las condiciones presentes -sociales y personales- en que nos movemos.
Expondremos primero, cuales son estos nuevos presupuestos y luego qué imagen
concreta puede adoptar la acción sacramental del perdón.
JOSEP M.ª ROVIRA BELLOSO
1) Intelección de que el mismo Espíritu Santo es el perdón de los pecados
La tradición de la Iglesia respecto a la penitencia no se agota en el momento jurídico
forense de Trento. "El mismo Espíritu Santo es el perdón de los pecados", decía la
postcommunio del martes de la antigua octava de Pentecostés. En la Iglesia hay perdón
de los pecados porque existe el Espíritu Santo y vive en la Iglesia y en los hombres, y
no sólo porque hay "delegación de poderes" de Cristo a los Apóstoles.
La consecuencia es clara: en la Iglesia todo es sacramental, porque es expresión visible
del Espíritu que la anima. El cristiano halla el perdón de los pecados en muchas
acciones, gestos y palabras - lo que técnicamente se llaman "sacramentales"-, que no son
propiamente "sacramento de la penitenc ia".
El cristiano ha descubierto:a) Que el Espíritu del perdón está presente de muchas formas
en la comunidad: acto penitencial de la misa, caridad auténtica, meditación evangélica...
y quiere utilizar estos medios además de la confesión sacramental. b) Que el sacramento
de la penitencia es la gran fiesta del Espíritu del Señor en su Iglesia, es la celebración de
que en la Iglesia hay un principio de verdad y de amor que -a partir de la Pascua- la
convierte, renueva y orienta de forma eficaz. El ideal, no es pues, la frecuencia de los
actos sacramentales, sino la fidelidad al Espíritu.
2) Una mayor percepción del simbolismo de las acciones eclesiales
Los sacramentos son símbolo tanto de las acciones de Jesús como de la comunidad
celeste. En la penitencia, el juicio humano adquiere valor salvador porque es símbolo
eficaz del juicio benevolente de Dios y del Espíritu de perdón que nos constituye justos.
Trento se fijó menos en este simbolismo y quiso afirmar, sobre todo, el principio de la
confesión íntegra (canon 917). Pero este principio se deriva no solo -como hace Trentode la necesidad de que el juez humano, en paridad judicial, conozca la "causa", sino de
la necesidad de que el hombre se presente "sincero ante Dios" (Cfr. Am 4, 12) y ante la
comunidad, y diciendo: He pecado contra Dios (2S 12, 13). Se salva la integridad de la
confesión cuando se insiste en el momento de conciencia lúcida, sincera y humilde, en
que se percibe tanto el propio ser pecador como la santidad de Dios.
Es Cristo quien provoca esta humilde lucidez en el hombre, que se consigue en el NT no
a través de une introspección atormentada e individual, sino en el diálogo salvador de
Jesús con el paralítico de Mc 2, con Zaqueo, y con todo hombre que se acerque a Jesús
con buena voluntad, aunque este acercamiento tenga un momento literalmente
dialéctico, o de retroceso, al encontrarse el hombre como pecador y ante la santidad de
Dios. Este momento está magistralmente expresado en las palabras de Pedro cuando
dice: "Señor, apártate de mí que soy un pecador" (Lc 5, 8).
Creemos que queda claro que nos trasladamos del campo de la moral casuística al plano
religioso de la salvación ofrecida por Dios al hombre. El buen confesor no será, pues,
tanto el conocedor de los manuales de moral, sino el hombre de Dios capaz de decir una
palabra que llegue a aquel punto de la persona en que el pecado propio se implanta en el
pecado del mundo y es esclavizado por él, a fin de situarle en la palabra de verdad que
libera. Este es el carisma que a los penitentes les gustaría encontrar en los ministros del
JOSEP M.ª ROVIRA BELLOSO
perdón: que sitúen al hombre, ante la santidad de Dios, para que pueda decir -como
David- "he pecado", con aquel realismo y aquella autenticidad "íntegra" que le permita
convertirse y arrojar el pecado del mundo en cuanto que es "su" propio pecado.
3) La percepción del aspecto colectivo en la fiesta del perdón
La Iglesia encuentra dificultades para proporcionar un giro colectivo al sacramento del
perdón. Es el tributo a una larga tradición de individualismo.
Existe el deseo de manifestar la conexión entre confesión privada y crecimiento de la
comunidad a la que pertenece el penitente. La conversión de un pecador no es un asunto
privado, si significa un compromiso serio de combatir desde sí mismo el pecado que
oprime a los hombres y que según la teología de Juan y Pablo, forma como una inmensa
unidad de la que participa todo pecado. Por ello la conversión de un hombre constituye
una fiesta para toda la familia reunida y el perdón debería celebrarlo toda la comunidad.
Deberíamos tener clara la idea de que el pecado del mundo se unifica en torno a dos
polos: homicidio e idolatría. Es decir: intento de supresión de la vida del otro, puesto
que éste es el denominador común que alienta en todo pecado: negación del amor, de la
verdad, de lo necesario para vivir como personas, etc; y negación del Señorío del Otro,
es decir, de Dios, erigiendo al ídolo en falso Señor.
Igualmente debe quedar clara otra unidad, la solidaridad en el pecado, puesto que en
cada hombre gravita el peso del pecado del mundo.
Esta unidad que hemos descrito justifica la celebración colectiva de la penitencia,
porque la culpa personal es siempre una participación en la realidad del pecado y un
sumando que aumenta su poder.
Y con esta celebración colectiva se tomaría mayor conciencia del pecado y se adheriría
uno a la actitud del Hijo del Hombre que vino a arrojar el pecado del mundo,
comprometiéndose hasta la muerte. Y así es posible "rehacer una fiel alianza", según
expresión de Nehemías 9-10, porque el pueblo comprende las dos caras de la
conversión: a) la propia rebelión y sus efectos destructores de la fraternidad entre los
hombres (Ne 9, 19. 26. 28. 29. 3335) ; b) la santidad de Yahvé, "un Dios que perdona,
compasivo y benigno, lento a la cólera y rico en misericordia" (Ne 9, 17).
Celebrar la penitencia es, pues, adquirir conciencia de la santidad de Yahvé en contraste
con la situación de pecado, que esclaviza y que es rebelión contra Yahvé.
La "Torá", la Ley de Moisés, busca perpetuar el estado de libertad conseguido por
Yahvé. Rebelarse contra ella es hacer caer sobre el pueblo de Israel la esclavitud
homicida, en alguna de sus formas. Arrepentirse consistirá en detectar donde está el mal
que amenaza esclavizar a la comunidad y, en volver al espíritu de libertad de la "Torá",
formulado en propósitos muy concretos, adaptados a la situación histórica y muy
eficaces: "no dar nuestras hijas a los pueblos de aquellas tierras, ni tomar sus hijas
(extranjeras) para nuestros hijos..., liberar la tierra el séptimo año y perdonar toda
deuda" (Ne 10, 31-32).
JOSEP M.ª ROVIRA BELLOSO
Esto es lo que la teología puede decir de la gran reunión penitencial colectiva del AT.
Se habría también podido analizar la corriente colectiva del NT (Hch 2,17. 31-40; 3, 19;
4, 31; 8, 7; 13, 38) o los textos de la Didaché, de Clemente Romano, de Cirilo de
Alejandría o de Teodoro de Mopsuestia y se vería que está de acuerdo con los
presupuestos indicados, desde el descubrimiento del pecado colectivo implantado en el
hombre y que esclaviza a la comunidad, hasta el descubrimiento de la tarea
ininterrumpida de liberación del Espíritu de Dios, iniciada en la creación, y seguida y
culminada en el Exodo y la Pascua de Cristo, perdonando lo más íntimo y oscuro de
nuestro pecado.
Esperamos que desde el nivel de Pastores supremos, ayudados por los ensayos que se
intentan desde la base, se modelen las concreciones litúrgicas pertinentes. Se trata de
superar una disciplina anterior y aplicar las directrices del Vaticano II (SC, 72) ; y ello
sin negar esta anterior disciplina, porque la confesión "privada" es también una
purificación del mundo y de la comunidad eclesial, pudiendo ser algo normal en la vida
cristiana del presente.
Esta intervención no la esperamos por dimensión de la responsabilidad de los teólogos,
sino porque los principios no agotan todas las posibilidades prácticas factibles.
4) El principio de la eficacia
Se trata de otro de los nuevos presupuestos que modelan el tipo de confesión
sacramental del futuro.
Decimos de los sacramentos que son símbolos eficaces. Sin caer en un pragmatismo
cuantificable y burdo, parece que no se puede dar un fruto real del Espíritu sin que se
note en absoluto, sin que cambie algo en el sujeto - individual o plural- que realiza el
acto de la penitencia.
Buscar esta eficacia significa recuperar lo que Trento dice sobre la contrición como:
"odio y rechazo del pecado cometido, con propósito de no cometerlo de nuevo", pero
elevando este sentimiento del nivel psicológico al de la acción eficaz. Así, como
reacción a la rutina en el sacramento, se conseguiría una cierta repercusión en el estado
del mundo porque el comportamiento se situaría en un amor real y no teórico: en un
amor en el que se renueva la Alianza con Dios.
¿Qué condiciones se requieren para que el sacramento de la penitenc ia no solo haga
atrayentes sus símbolos, sino que consiga este grado de seriedad, realismo y eficacia?
Creemos que Nehemías 9-10 proporciona una pista válida de renovación. El símbolo del
juicio benévolo de Dios, visibilizado en el juicio eclesial en que el pueblo se declara
trasgresor de la Alianza con un Dios que perdona es un símbolo dinámico y eficaz: el
pueblo de dura cerviz es introducido en el amor de Dios.
Creemos con ello situarnos en la óptica y las aspiraciones del Vaticano II que pide la
revisión del rito y fórmulas de la penitencia para que "expresen más claramente la
naturaleza y el efecto del sacramento" (SC, 72).
JOSEP M.ª ROVIRA BELLOSO
En la práctica, creemos que hay que evitar las listas insustanciales de pecados o las
actitudes vagas. En cambio, nos acercaremos decididamente al realismo como vía de la
acción eficaz del Espíritu en el mundo, si examinamos una situación real vivida por
gran número de personas (p. e., relaciones familiares, injusticias y opresiones de los
marginados de un barrio o de una sociedad, pecados colectivos de una profesión), si
hallamos la conexión entre nuestra culpa personal y este estado de pecado colectivo, y
si, a la vez, percibimos la santidad de Dios que nos llama a la conversión e imitación de
la justicia de Jesús.
La imagen de confesión sacramental que brota de estos nuevos presupuestos
1) Creemos que el rito penitencial debe manifestar claramente el juicio justificador de
Dios. Y por ello la constatación del pecado y la percepción simultánea de la santidad
acogedora de Dios son los elementos básicos.
El aspecto mediador de los ministros del sacramento y la santidad de Dios que nos
perdona se expresan mejor con una fórmula deprecatoria, que con el "yo te absuelvo"
habitual. Esta solución no ofrece contraindicación dogmática y el mismo Pontifical
(Pont. Rom., París, 1878, pp 281 y 386) ofrece ejemplos interesantes.
2) El carácter colectivo de la penitencia debería adquirir carta de normalidad, porque es
la fiesta de la santidad y la reconciliación de Dios entre los hombres. Podría servir de
inspiración la reconciliación de los penitentes del Pontifical Romano, el día de Jueves
Santo. Pero esto no significa la abolición de la penitencia privada, que en ciertos
momentos de la vida puede ayudar a conseguir aquella pureza de corazón propia de los
que quieren vivir las Bienaventuranzas. Tocará a los pastores de la Iglesia concretar las
posibilidades. Nosotros, en todo caso, nos inclinamos por una cierta pluriformidad
práctica.
3) Habría que evitar la vaguedad en las actitudes de pecado sugeridas por los lectores o
ministros y las acusaciones de los penitentes, para que una atmósfera de piadoso
disimulo no impidiera la eficacia que hemos postulado, ni cerrara el paso a los caminos
nuevos de justicia que se deben descubrir.
Así, a) detectaríamos cómo el pecado del mundo se implanta en las actitudes de pecado
personal. A modo de ejemplo, sería un tópico arrepentirse de los pecados de la sociedad
de consumo, si no se concretan los mismos o las consecuencias que una actitud
consumista provoca en un barrio, una ciudad o una sociedad; b) esta celebración
colectiva, concreta y responsable, sería suficientemente íntegra por acusación explícita
de las actitudes normales de pecado para permitir la absolución colectiva fructuosa y
con respeto a la enseñanza tridentina sobre la integridad. Siempre cabrá para los peccata
maiora denunciados por los Padres, la penitencia privada, que es ya misericordia y
ahorra al penitente la "vergüenza pública".
Síntesis
Trento puso de relieve la dimensión intraeclesial de la penitencia. El pecado rompe la
comunidad (koinonia), y la penitencia como primer efecto (res et sacramentum) la
JOSEP M.ª ROVIRA BELLOSO
reconstruye. Nosotros, sin olvidar esto, hemos querido subrayar una visión del pecado
como ruptura de la unidad de la familia humana y del plan de justicia de Dios en el
mundo, por la opresión y la muerte. Y hemos insistido en la penitencia como exorcismo
y liberación para el mundo. Nos situábamos, pues, en la perspectiva de Am 3, 7-13 y Jr
34, 13-16.
Cuando la justicia ha sido vulnerada, la penitencia celebra el restablecimiento de la
misma ante Dios, o la decisión lúcida y seria de restablecerla con todas las
consecuencias. Esta decisión sería la versión "mundana" del "propósito de enmienda".
La santidad de Dios, como amor y perdón, nos revela la realidad de injusticia, opresión
y odio, en definitiva de muerte, que hay en el mundo de la interrelaci6n humana, para
reconstruirlo en la fuerza del Espíritu.
Tradujo y condensó: JOSE M.ª ROCAFIGUERA
Descargar