El (desgraciado) mito de la belleza femenina

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columna //T15
TENDENCIAS | LATERCERA | Sábado 11 de enero de 2014
El (desgraciado) mito de la
belleza femenina
H
HACE poco más de treinta años, Dustin
Hoffman protagonizó Tootsie, película en la
que interpretaba a un hombre desempleado
que se disfrazaba de mujer para conseguir
trabajo. Al ser entrevistado en 2012 contó,
entre lágrimas, la huella que le dejó haber interpretado a una mujer poco agraciada físicamente: “Al verme en pantalla, me parecía que
era una mujer interesante y sé que si la conociera (a Dorothy, su personaje en Tootsie) en
una fiesta, jamás hablaría con ella porque no
se ajusta a las demandas físicas que nos han
hecho creer que las mujeres deben tener para
que les pidamos una cita. Ha habido muchas
mujeres interesantes que no he tenido la experiencia de conocer en esta vida porque me
han lavado el cerebro”. Lo que más afectó a
este actor fue constatar “lo que se siente al
ser alguien que la gente no respeta por las razones equivocadas”.
Hace poco más de veinte años, la estadounidense Naomi Wolf publicó El mito de la belleza, un golpe de cátedra acerca de la belleza
contemporánea como a) un imperativo sociocultural que esclaviza a las mujeres y b) un
contraataque al feminismo, al usar la necesidad de ser atractivas como un arma política
para mermar el poder que ellas han logrado
en sus recientes décadas de empoderamiento.
No es casualidad, dice Wolf, que al mismo
tiempo que las mujeres crecían en igualdad y
libertad, justo cuando empezaban a romper
la barrera de las estructuras del poder, los
desórdenes alimenticios se multiplicaran y la
cirugía plástica se volviera la especialidad
médica de más rápido crecimiento.
Una mirada parecida tiene la siquiatra y
bloguera Ibone Olza, quien sostiene que “por
culpa de la presión para estar más delgadas,
“El asunto es que, seamos los
hombres los malos de la película
o no, me parece que son las
mujeres las encargadas de iniciar
la batalla para romper el
paradigma”.
una legión de mujeres brillantes en vez de comerse el mundo y llegar donde les dé la gana
van a pasar casi toda su existencia amargadas, peleando contra sus cuerpos, haciendo
dietas, operándose, sufriendo mucho o incluso muriendo demasiado pronto. Y sobre todo,
esa legión de mujeres no va a tener fuerza,
energía ni ganas de competir con sus rivales
masculinos, no va a alcanzar puestos de poder ni va a poder rebelarse ante la tiranía de
la belleza. Van a vivir sumisas, anuladas o domesticadas”.
Fuerte, ¿no? Exagerado, dirán algunos.
Hay cifras para pensar que no lo es. En un
excelente artículo titulado “Victoria’s Secret, el mito de la belleza ideal y los efectos
del sexo en la publicidad”, se muestra cómo
los medios de comunicación en EE.UU. son
cómplices directos de este paradigma estético: 94% de las mujeres que salen en televisión en ese país son más delgadas que la
mujer promedio y 75% de las revistas femeninas incluye por lo menos un anuncio o artículo de cómo modificar la apariencia a
través de dieta, ejercicio o cirugías cosméticas. Por eso, no es sorpresa que la Asociación Americana de Obesidad informe que el
número de insatisfechas con su imagen corporal alcanza 90%. Pero no necesitamos seguir mirando cifras internacionales. Basta
preguntarle a cualquier chilena si está contenta con su cuerpo y su cara. La respuesta
será, en la mayoría, un no rotundo, sin importar en lo más mínimo cuán preciosa y
guapa la encuentre su interlocutor (especialmente si es su pareja).
En 1992, Naomi Wolf explicaba en su polémico libro que “se requería urgentemente
una ideología que hiciera sentir a las mujeres
desvalorizadas para contrarrestar la manera
en que el feminismo había empezado a hacernos sentir más valiosas. Esto no requiere
de una conspiración, solamente de una atmósfera”. Una especie de último esfuerzo de
los hombres para conservar la dominación
masculina. Un último aliento que logra que
ellas se juzguen a sí mismas según paráme-
Por Rodrigo
Guendelman
tros inalcanzables, que afectan negativamente sus vidas porque sienten “una obsesión
con el físico, un terror de envejecer y un horror a la pérdida de control”. Puede ser. No
me cabe duda de que, a lo menos, nosotros
hemos sido cómplices pasivos. Yo lo soy cada
vez que publico en redes sociales una foto de
Emily Ratajkowski, esa mujer de otro planeta, imposible, peligrosa para sus pares tanto
por lo hermosa como por lo flaca (claro que,
contradiciendo todas las leyes biológicas, pechugona y potona).
El asunto es que, seamos los hombres los
malos de la película o no, me parece que
son las mujeres las que deben iniciar la batalla para romper el paradigma y, como dice
Wolf, comenzar a tener “la posibilidad de
hacer lo que deseen con sus caras y cuerpos
sin ser castigadas por una ideología que usa
actitudes, presión económica e, incluso,
sentencias judiciales sobre la apariencia de
las mujeres para minarlas sicológica y políticamente”. Para eso, tres ideas. Primero:
seguir el consejo de una conocida marca de
jabones que dice “habla con tu hija sobre la
belleza antes de que lo haga la industria”.
Segundo: recordar la cebollenta pero útil
frase de Bob Marley que dice que “la curva
más hermosa de una mujer es su sonrisa”.
Y, tercero, enmarcar esta tremenda frase de
Wolf: “la dieta es el sedante más potente de
la historia de las mujeres”.
Periodista, MBA y locutor de Radio Zero.
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