_C_ TRAJE BLANCO CALADO DE ROJO IRENE

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TRAJE BLANCO CALADO DE ROJO IRENE
Si la felicidad existe, yo era feliz. Me casaba en 15 días. Mi vida olía
a azahar y a inocencia hasta que aquella bestia se cruzó en mi
camino el día que yo tenía la prueba final de mi vestido de novia.
Irene me ayudaba a vestirme en un probador de ensueño. Aquel
vestido blanco, vaporoso y sensual provocaba en mi piel
sentimientos de emoción y nervios… cuando alguien abrió con
brusquedad la puerta.
Un hombre, pistola en mano, y sin mediar palabra disparó un tiro
que alcanzó en el cuello a mi dulce Irene. Ella se desplomó con un
gemido y yo caí a su lado. No reaccioné. No quería moverme, ni
tampoco respirar. Tendida en el suelo cerré los ojos, doblé las
manos sobre mi pecho, me quedé paralizada y pensé en mi muerte
y en mi traje de novia. Su sangre caliente, la de Irene, empapó mi
vestido… y mi cuerpo reaccionó. Impulsivamente, como una loca,
me arrodillé y intenté taponar su herida con mi foulard.
—Hija de puta, suelta a esa bastarda y dame el dinero que has
sacado del banco— son las palabras que salieron de su boca.
Le oí sin escuchar. Le miraba horrorizada, las palpitaciones se
habían desbocado en mi pecho, me costaba respirar… y yo seguía
apretando la herida de un cuerpo casi cadavérico. Un charco de
fluidos calientes se extendía debajo de nosotras. Atufaba a hierro y
a cloro, y volví a pensar en mi traje blanco calado ya de rojo sangre.
Sonó una alarma. Ahora era a mí a quien encañonaba con la
pistola. Me localizó con la mirada y levantó su brazo derecho
apuntándome, y cogiendo mi bolso con la otra mano.
—Hija de puta, eres una hija de puta…— vociferó histérico.
Apreté los labios. ¿Qué podía decir? Quería chillar y no podía,
quería llorar pero no me salía ni una lagrima. La cabeza me daba
vueltas… sudaba, temblaba. El maldito se fue corriendo. Miré a
Irene de lado, acaricié su piel pálida. “Yo también quiero dormirme”,
pensé. No oigo nada. Silencio. Silencio. Más silencio.
Me despierto. Me duele la cabeza. Estoy acostada en mi cama.
Sonrío. Me alegro de ver a Luis, mi novio. Llevo puesto mi camisón
preferido. Me pican los brazos, observo en ellos pequeños restos de
sangre seca. Me coge la mano, me la acaricia. Percibo, por la grave
expresión de su rostro, que algo ha ocurrido. Su cuerpo denota
dolor y desasosiego. Tiene los ojos vidriosos.
—Ana, preciosa, cómo estás— me musita al oído.
La voz apenas sale de mi cuerpo.
—Estoy bien— consigo decir.
—Ana, por favor, tienes que ser fuerte— y se calla.
Quiero ignorar sus palabras. No quiero ser fuerte, sé lo que sigue a
esa peligrosa frase. Mi memoria se aviva, mi mente arde.
—Irene, ¿dónde está Irene?, ¿dónde está Irene?— pregunto.
Miro a mi novio. Aprieta mi mano. Viste de negro. Cierro los ojos,
niego con la cabeza… De repente me siento en la cama. Grito, lloro.
—Quiero mi traje, quiero mi traje, quiero mi traje blanco calado de
rojo Irene. Irene, Irene, Irene— repito.
Luis me acomoda entre sus brazos, me estrecha con todas sus
fuerzas. Sus lágrimas también corren por mi rostro, puedo sentir su
pena. Él adoraba a su hermana Irene.
Yolanda Ibarra
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