El incidente de las Georgias

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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
EL INCIDENTE DE LAS GEORGIAS
Casi todos los historiadores coinciden en que la guerra del Atlántico Sur se inició el 2
de abril de 1982, cuando las fuerzas de desembarco argentinas ocuparon las islas. Para
los menos, el conflicto comenzó el 1 de mayo, con el bombardeo inglés a Puerto
Argentino, al comenzar las acciones a gran escala, pero en lo que todos parecen
coincidir es en que el primer acto del drama se produjo en las Georgias del Sur, cuando
un grupo de civiles argentinos desembarcó en Puerto Leith para desmantelar una
factoría ballenera.
Todo comenzó el 19 de septiembre de 1979, en las oficinas del escribano Ian Roger
Frame de Londres, con la firma de un contrato entre el empresario argentino
Constantino Davidoff y la empresa pesquera escocesa Salvensen Ltda., de Edimburgo.
Davidoff tenía interés en desmantelar la abandonada factoría ballenera que la
compañía poseía en Puerto Leith, islas Georgias del Sur, a la que pensaba vender como
chatarra en lo que iba a ser, sin duda, un negocio millonario.
Nadie hubiera imaginado ese día que aquel acto notarial era la pieza que la Argentina
utilizaría para desencadena un conflicto armado a gran escala.
El primer capítulo del libro Malvinas. La trama secreta, de los periodistas Cardoso,
Kirschbaum y Van Der Kooy se titula, acertadamente, “El pacto siniestro” y en él se
explica detalladamente como se fue gestando la idea de ocupar militarmente los
archipiélagos australes.
En realidad el plan no era de la junta militar que encabezaba Galtieri sino de gobiernos
anteriores.
En 1974 la Armada Argentina puso en marcha un operativo destinado a ocupar las
Sándwich del Sur enviando a la isla Morell a uno de sus buques, plan que se desbarató
cuando un feroz maremoto impidió a la nave alcanzar el objetivo. Era presidente por
entonces el general Juan D. Perón, cuyo flamante ministro de Defensa, el Dr. Adolfo
Savino recibió instrucciones de parte suya para insistir en aquel propósito. Savino
convocó a su despacho a tres oficiales de las Fuerzas Armadas, uno de Ejército, otro de
la Marina y el tercero de la Fuerza Aérea y les pidió que analizaran el tema resultando
designado director general de Política uno de ellos, el entonces capitán Juan José
Lombardo, de quien hicimos referencia en capítulos anteriores.
Los oficiales escucharon las directivas del ministro y de manera inmediata, se pusieron
a trabajar en el bosquejo de un plan para efectuar un desembarco militar en las
Sándwich del Sur, situadas en el extremo oriental del cono de proyección antártica que
la Argentina reclamaba como propio y en las que Gran Bretaña mantenía una dotación
desde hacía algunos años.
La idea era instalar una base científico-militar permanente que permitiese afirmar la
soberanía argentina en aquellos lugares y sirviese de avanzada en la penetración de
nuestro país. Perón, finalmente, desechó la idea y lo mismo hizo su viuda cuando lo
sucedió en la presidencia.
Producido el golpe de 1976, la Armada reflotó el proyecto, que fue presentado a la
Junta Militar cuando era canciller el vicealmirante César Guzzetti, hombre prudente y
extremadamente temeroso de las reacciones de Londres. Sin embargo, los “halcones”
del nuevo régimen, encabezados por el almirante Massera, insistieron con la idea pues
tenían en mente recuperar las Malvinas. Presentaron el plan al general Videla pero
aquel lo descartó, al menos momentáneamente, ya que por entonces, asuntos mucho
más graves agobiaban al gobierno.
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Pese a todo, la idea siguió rondando por las mentes más belicistas de las tres armas (en
especial la Marina) y al cabo de un tiempo, se decidió ponerlo en marcha aunque en el
más absoluto secreto.
En los primeros días de noviembre el rompehielos ARA “General San Martín” y el
transporte ARA “Bahía Aguirre”, veteranos de nuestras campañas antárticas, arribaron
a la península Corbeta Uruguay, en la isla Morell, perteneciente al grupo de las Thule
del Sur, en el extremo austral de las Sándwich y el día 7 desembarcaron efectivos y
parte de sus dotaciones para comenzar a construir la base. La tarea estuvo a cargo del
Batallón de Construcciones de la Armada y se llevó a cabo en las más terribles
condiciones climáticas, con un frío polar intenso, vientos feroces y la constante
amenaza de la actividad volcánica propia del archipiélago.
Los argentinos levantaron varias edificaciones, entre ellas la vivienda principal, un
depósito, un refugio para los instrumentos meteorológicos y el mástil.
La construcción principal se hallaba dividida en tres compartimentos: la casa mayor; la
de servicios, en la que se encontraban los generadores de energía, la despensa, las
máquinas y calderas, y la de emergencias, unidas las tres por un conducto que permitía
el tránsito sin necesidad de salir al exterior.
La base, bautizada “Corbeta Uruguay”, fue inaugurada oficialmente el 18 de marzo de
1977, labrándose en la oportunidad un acta que fue firmada por el capitán de navío
Isidoro Paradelo, comandante de la flotilla estacionada en las islas, los capitanes
Alberto L. Padilla y César Trombetta de la tripulación del “General San Martín” y el
“Bahía Aguirre” respectivamente y el teniente de fragata Guillermo Escorihuela, jefe
de la estación.
La labor científica del flamante establecimiento, habitado por personal científico de la
Armada y un representante de la Fuerza Aérea, fue recoger información
meteorológica, geológica, zoológica y botánica del lugar así como también efectuar
estudios heliográficos y magnéticos y analizar la composición y estado de los hielos.
El 20 de diciembre de 1976 un helicóptero del HMS “Endurance” detectó la presencia
argentina, novedad que se notificó inmediatamente a Londres.
Aquello despertó recelos e indignación en las autoridades malvinenses, tanto británicas
como kelpers, ya que las islas Sandwich dependían directamente de ellos y por
consiguiente, los argentinos estaban invadiendo su territorio. Por consiguiente,
elevaron sus inquietudes y eso generó un intercambio de notas entre Buenos Aires y
Londres que fue seguido con mucha expectación por ambas partes, en especial los
pobladores de Malvinas que experimentaron cierta preocupación al ver que Inglaterra
mantenía en reserva el asunto, interesada como estaba en mejorar sus relaciones con la
Argentina. El Joint Intelligence Comittee temía que si se llegaba a desalojar a los
“invasores” por la fuerza, eso podía generar una reacción violenta por parte de la Junta
Militar y eso era lo último que el gobierno deseaba.
Se trató de un triunfo para la Argentina que, de esa manera, pudo establecer su
presencia en las Sandwich e incluso, sondear en el ánimo del Foreign Office.
El asunto se mantuvo en reserva hasta que en 1978 la Falklands Island Company logró
que se le concediera mayor importancia y se lo mantuviera en agenda. Sin embargo, el
partido laborista que gobernaba en esos momentos al Reino Unido, se limitó a enviar
una serie de protestas que no tuvieron eco en Buenos Aires.
El Operativo “Thule” había salido a la perfección; la Argentina había hecho pie en el
Atlántico Sur y los ingleses casi ni habían reaccionado.
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En diciembre de 1981 Davidoff viajó a las Georgias para efectuar un reconocimiento
del área y de la factoría que su empresa iba a desguazar.
Llegó a Puerto Leith a bordo del rompehielos ARA “Almirante Irizar” y sin pasar por
Grytviken, hizo las observaciones pertinentes, tomó algunas fotografías y volvió a
embarcar. Uno de sus asistentes tuvo la ocurrencia de escribir en una pared del
poblado una leyenda que decía, nada menos, que las Malvinas eran argentinas y anotó
la fecha: 20 de diciembre de 1981.
Aquella actitud, más el hecho de que el desembarco había sido ilegal, fue causa
suficiente como para que las autoridades británicas elevaran una queja formal al
gobierno argentino.
Poco después, de regreso en Buenos Aires, Davidoff se dirigió a la embajada del Reino
Unido para informar que los trabajos de desguace para los que las autoridades
consulares le habían otorgado la correspondiente autorización, estaban a punto de
comenzar y que ya disponía de todo lo necesario para trasladar a su gente a las islas.
Aprovechando su presencia, los ingleses le hicieron notar que había desembarcado en
las Georgias sin registrarse en Grytviken y que en el futuro, tanto él como sus
empleados deberían cumplir con el requisito ya que allí les sellarían los pasaportes y
otorgarían sin ningún tipo de inconveniente, los correspondientes permisos.
Todo parece indicar que Davidoff y la Armada Argentina operaban de común acuerdo
e incluso, que misma Cancillería estaba atrás del asunto. No en vano el Dr. Oscar
Camilión, ministro de Relaciones Exteriores y Culto durante la gestión del general
Viola, llegó a decir que había seguido los pasos del empresario chatarrero con mucho
interés pues creía firmemente, que le sería de gran utilidad en algún momento.
Lo cierto es que los británicos, tanto en Atlántico Sur como en la misma Inglaterra,
comenzaron a inquietarse cuando a principios de 1982 detectaron movimientos
sospechosos en la Argentina.
Aviones de guerra con la insignia celeste y blanca sobrevolaron varias veces el
archipiélago malvinense violando el espacio aéreo en reiteradas oportunidades,
incluso, uno de ellos efectuó un aterrizaje sorpresivo en Puerto Stanley argumentando
fallas mecánicas. Se trataba de un Hércules C-130, el mismo tipo de avión con el que
los argentinos hicieron dos vuelos imprevistos sobre las Georgias.
El 21 de enero de 1982 el “Caimán”, un yate con bandera panameña, tripulado por tres
italianos y un argentino llamado Adrián Marchesi, zarpó del puerto de Mar del Plata
con destino sudeste. A mediados de febrero la embarcación llegó a Puerto Leith y el
día 15 sus tripulantes desembarcaron, pero fueron detenidos por las autoridades
británicas que los condujeron a Grytviken para ser interrogados.
Marchesi les dijo a los ingleses que era empleado del banco que había financiado la
operación comercial de Georgias del Sur S.A. (la empresa de Davidoff) y que se
encontraba allí como supervisor. Sin embargo, dos hechos relevantes que tuvieron
lugar inmediatamente después de los arrestos, aumentaron las sospechas de las
autoridades locales. Al ser inspeccionado el yate, se encontró en su interior un equipo
de radio altamente sofisticado con el que se podía transmitir y recibir señales desde
Buenos Aires y cuando se le preguntó al empresario al respecto, éste negó
terminantemente las palabras de Marchesi que, al ser nuevamente interrogado, se
mantuvo en silencio, sin responder nada.
El 11 de marzo un grupo de científicos británicos que desde hacía meses estudiaban las
colonias de albatros de las islas, vio un avión de la Fuerza Aérea Argentina que se
desplazaba muy lentamente y a baja altura desde la isla Bird, en el extremo noroeste de
la Isla San Pedro, hasta Galf Head, perdiéndose inmediatamente en la lejanía.
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Ese mismo día partió desde Buenos Aires el transporte ARA “Bahía Buen Suceso”, al
mando del capitán Osvaldo Marcelino Niella, llevando a bordo a los 39 operarios
contratados por Davidoff, además de 2300 toneladas de carga. Con ellos viajaba oculto
un contingente de infantes de Marina, una docena de hombres aproximadamente,
provistos de su respectivo armamento, municiones, equipos quirúrgicos, radios y
suministros para tiempo prolongado.
Ni bien zarpó, la nave argentina cortó sus comunicaciones estableciendo un estricto
silencio de radio que se prolongaría durante todo el trayecto. Era la avanzada de la
invasión.
El que también navegaba en dirección a las Georgias era el “Cinq Gars Pour”, un
velero particular de origen francés que llevaba a bordo a un grupo de cineastas y
estudiosos encabezados por el productor Serge Briez, que pensaba rodar un
documental sobre la Antártida.
Previa escala en Buenos Aires, el “Cinq Gars Pour” enfiló hacia el extremo sur pero al
llegar al Cabo de Hornos, límite austral de la Argentina, un furioso temporal lo desvió
de su ruta empujándolo hacia el este.
Cuando los huracanados vientos polares cesaron el buque, que había sufrido algunas
averías, entró en la Bahía de Cumberland y ancló frente a Grytviken para repararlas.
En la capital de las islas vivían unas 130 personas, un centenar de ellas efectivos del
destacamento de marines allí estacionado y el resto científicos de la Base de
Observaciones Británica del Antártico, uno de los cinco asentamientos permanentes de
investigación que Inglaterra poseía en el extremo austral. Grytviken además era la
única población habitada del archipiélago ya que las restantes, Puerto Leith entre ellas,
se hallaban abandonadas. Disponía de una iglesia, un almacén, un hospital y hasta un
cine, además de viviendas para el personal.
Los ingleses acogieron fríamente a los recién llegados, de una manera tan sombría
como la geografía que los rodeaba. Pese a ello, los franceses legalizaron su presencia
haciendo sellar sus pasaportes y tramitando el correspondiente permiso para
permanecer en las islas. Poco después regresaron a su yate. A parte de ello, no se les
ofreció ningún tipo de colaboración, no se los asistió en la reparación de los daños que
la embarcación había sufrido y tampoco se les facilitó alimentos, lo que los obligó a
cuidar sus raciones.
Fue realmente premonitorio que aquellos documentalistas se encontrasen en el lugar ya
que, gracias a ellos, el mundo conocería la verdad de los hechos.
El 18 de marzo llegaron a Puerto Leith los chatarreros de Davidoff. El “Buen Suceso”
ingresó lentamente en la Bahía Stromness y atracó en el muelle del poblado, frente al
gélido panorama circundante, tan similar al del continente antártico.
El buque había llegado la tarde del día anterior, pero el capitán Niella prefirió esperar
para ingresar en la bahía, porque una niebla espesa bloqueaba su entrada. La vista del
paisaje era estremecedora y esa sensación fue la que sintió el pilotín de cubierta,
Héctor Osvaldo Caime, quien nunca olvidaría aquellas imágenes, propias de un relato
de Lovecraft.
Después de intercambiar opiniones con el 1er oficial, capitán Rodolfo Simian, Niella
decidió aguardar hasta la mañana siguiente para atracar, previo sondaje y exploración
en la zona de maniobras.
Durante la vigilia de esa madrugada, el joven marinero Caime observó mucha
interferencia radar, lo que le indicó claramente que no estaban solos en el área.
Con las primeras luces del día, el buque inició aprestos y cerca del mediodía entró
lentamente en la Bahía Stromness hasta detenerse a medio camino entre su acceso y el
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poblado, dejando a un lado la isla Pasto. Más allá de Punta limpia, se detuvo y minutos
después, descendió su lancha BDT, llevando a bordo al capitán Simian y a su piloto, el
marinero Caime, quienes debían hacer sondajes en la zona de atraque y después
inspeccionar los alrededores para confirmar que el lugar estuviese efectivamente
deshabitado. Fue toda una aventura porque no llevaban cartas.
Efectuados los sondeos, Caime aproximó la BDT al muelle y su superior saltó a tierra
para enrollar su cuerda a las vigas. Una rápida ojeada les permitió determinar dónde
iban a sujetar las amarras, maniobra que no iba a ser fácil porque el frente de atraque
era muy pequeño.
Tras un breve relevamiento del muelle, Simian y Caime efectuaron una recorrida del
poblado, inspeccionando otros sectores entre ellos un dique flotante que en otros
tiempos se utilizaba para realizar reparaciones.
Finalizada la inspección, ambos marinos regresaron a la lancha y minutos después se
hallaban sobre cubierta, respondiendo las requisitorias de sus compañeros.
El barco echó a andar nuevamente y a muy baja velocidad atracó en el muelle.
Inmediatamente después, comenzó el desembarco1.
El grupo de operarios semejaba un conjunto de aventureros propios de la literatura
juvenil, cubiertos con gorros de lana, gruesa ropa de abrigo, guantes y botas de goma,
muchos de ellos barbados y curtidas sus pieles por inclementes climas.
Los precedió en el descenso Roberto Cacace, técnico en desarmado de 39 años de
edad, contratado personalmente por Davidoff, a quien secundaban Carlos y Antonio
Patané, técnicos industriales y directores de la obra, quienes en un pequeño baúl
llevaban dos banderas argentinas perfectamente dobladas. Detrás de ellos bajó el
médico de la expedición, Dr. Rubén Pereira y después los 35 operarios restantes,
seguidos por los infantes de Marina vestidos de camuflaje.
Luego de recorrer los pocos metros que separaban al muelle del mástil que se elevaba
frente al edificio principal, Antonio Patané abrió el baúl, sacó una de las banderas y se
la dio al doctor Pereira, quien la ató a la soga y la comenzó a izar después de
comprobar que el hilo circulaba con normalidad.
Formados frente al mástil, chatarreros e infantes de Marina (estos últimos en posición
de firmes y haciendo el saludo militar), entonaron las estrofas del Himno Nacional y
lanzaron vivas a la patria.
Lo que ignoraban los argentinos era que en esos momentos, cuatro científicos de la
base observaban alarmados la escena.
A todo correr, los británicos abordaron el jeep en el que habían llegado hasta el lugar y
enfilaron hacia la Grytviken urgidos por dar la noticia. Al llegar, el jefe del grupo,
Peter Hutchinson, descendió agitado del vehículo y casi corriendo entró en el pequeño
edificio que hacía las veces de cuartel general de los marines, dándole un violento
empujón a la puerta.
-¡¡Nos están invadiendo!! – gritó- ¡¡Los argentinos están aquí!!
Al escuchar tales palabras el oficial Steve Martín, comandante del destacamento, se
puso de pie y salió a la calle acompañado por algunos de sus hombres y sin decir más,
abordó un Land Rover estacionado junto al edificio y enfiló directo hacia Puerto Leith.
Cuando llegó, tanto él como los tres marines que lo seguían pudieron comprobar que,
efectivamente, una cincuentena de individuos se hallaba en el lugar, algunos de ellos
luciendo indumentaria militar.
Se los veía ocupados en diferentes tareas, la mayoría desembarcando provisiones del
buque amarrado y luego apilándola en la costa, cerca del muelle. Había otros que
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trabajaban en el acondicionamiento de algunas de los edificios con el evidente
propósito de ocuparlos y los menos, conversando en pequeños grupos.
Lo más traumático de todo resultó ser la bandera argentina flameando en el mástil
impulsada por el viento, algo que los británicos no podían tolerar de ninguna manera.
Cuando Martin y sus acompañantes regresaban al Land Rover (los argentinos no los
habían visto), escucharon a sus espaldas una serie de detonaciones que provocaron su
sobresalto. Los “invasores” estaban cazando ciervos en las inmediaciones, violando las
leyes que lo prohibían.
De regreso en Grytviken, Martin dio cuenta a Puerto Stanley de lo que estaba
ocurriendo, más precisamente al gobernador Rex Hunt (las Georgias y las Sándwich
dependían del gobierno malvinense), quien ordenó de inmediato ponerse en contacto
con los recién llegados para informarles que debían pasar por las oficinas de
inmigración en Grytviken a efectos de normalizar su situación. Lo que era imperioso, y
en esto el gobernador puso especial énfasis, era arriar el pabellón celeste y blanco
porque con él se estaba violando la soberanía británica.
Sin perder un instante, los marines regresaron a Leith para comunicar las directivas
que se les habían impartidos. Los recibió el capitán del barco, Osvaldo Marcelino
Niella, quien escuchó las órdenes sin inmutarse2. Martin insistió en que debían pasar
por las oficinas de inmigración de la pequeña capital y quitar la bandera del mástil
pero el marino argentino rechazó las exigencias informando que tenía en su poder una
carta de autorización de la chancillería británica (que se negó a mostrar) y que ello lo
facultaba a quedarse. A lo que sí accedió fue a arriar la bandera. Los ingleses se dieron
cuenta que el grupo no pensaba abandonar el lugar y se retiraron en pos de nuevas
instrucciones, en tanto los argentinos continuaron cazando ciervos.
El 21 de marzo Serge Briez y su gente decidieron abandonar Grytviken y navegar
hacia Puerto Leith en pos de “mayor hospitalidad”. Antes de que zarparan, Steve
Martin les aconsejó que no lo hicieran dada la situación imperante y lo delicado que
comenzaba a ponerse el asunto pero los franceses no le hicieron caso y como toda su
papelería estaba en regla, no les pudieron impedir que fuesen a donde les viniera en
gana. Después de semejante trato, era lógico que quisieran alejarse lo más rápido
posible de gente tan desagradable.
En Puerto Leith los argentinos les dieron una acogida diferente; mucho más “latina” y
fraternal. Cuando el yate francés entro en la ría, casi todos los chatarreros se hallaban
en el muelle saludando con los brazos en alto. Los ayudaron a amarrar y los invitaron a
almorzar, ofreciéndose gustosos a reparar el “Cinq Gars Pour”, e incluso facilitarles
los materiales que fuesen necesarios. Los galos se sintieron mucho más a gusto con
gente de su misma raza.
De ese modo, mientras la situación entre Buenos Aires y Londres se ponía cada vez
más tensa, argentinos y franceses convivieron una semana amigablemente.
El 23 de marzo el “Bahía Buen Suceso” zarpó hacia el continente llevando a bordo el
contingente de marinos mientras los chatarreros se abocaban de lleno a la tarea de
desguazar la factoría.
El 25 transcurrió tranquilamente, sin ninguna novedad, por lo que esa noche, los
documentalistas del “Cinq Gars Pour” se retiraron al buque a descansar, sin sospechar
que nada raro estuviese ocurriendo. El último en hacerlo fue el mismo Briez quien,
antes de recostarse en su litera, subió a cubierta para hacer una verificación de rutina.
Una vez fuera, pese a la obscuridad imperante, creyó distinguir a lo lejos la silueta de
un buque.
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Un sentimiento de extrañeza invadió súbitamente al francés. El “Bahía Buen Suceso”
que había zarpado hacía menos de 48 horas, se hallaba de regreso. “¿Porqué razón
habrá vuelto?” se preguntó intrigado sin saber que aquella embarcación no era la que
creía sino el “Bahía Paraíso”, transporte polar de la Armada Argentina que al mando
del capitán de corbeta Ismael J. García, llegaba de incógnito a la bahía Stromness. No
tardaría mucho en averiguarlo.
Lo que Briez no alcanzó a distinguir fue a una barcaza de desembarco que se acercaba
silenciosamente a su yate. Ruidos extraños en el sector de la proa lo pusieron en alerta
y antes de que se diera cuenta, tenía sobre cubierta a un poco amistoso grupo de
hombres vestidos de negro, con los rostros cubiertos de betún, gorros de lana del
mismo color, fusiles automáticos y granadas colgando de sus correajes.
Briez se asustó al verlos avanzar haciendo retumbar la cubierta con sus borceguíes
mientras lo encandilaban con sus linternas.
-¡¿Hay algún equipo de radio a bordo?! - preguntó en tono imperativo el que avanzaba
en primer lugar.
El francés respondió que solo disponía de un equipo convencional de no muy largo
alcance y nada más. Los incursores le dijeron que bajo ningún punto de vista debía
utilizarlo sin autorización y agregaron que de nada tenía que preocuparse en tanto
cumpliese con las directivas que se le impartiesen. Agregaron que estaba
terminantemente prohibido sacar fotografías y acto seguido se retiraron, abordando el
pequeño lanchón de goma en el que habían llegado.
Briez pasó aquella noche muy preocupado, lo mismo sus compañeros, que algo
comenzaban a intuir. A la mañana siguiente, muy temprano, el cineasta no pudo con su
genio, subió a cubierta cargando su equipo de filmación, se ocultó debajo de un bote
Zodiac que tenía a bordo y comenzó a filmar el desembarco de tropas, armamento y
suministros, tarea que llevó a los argentinos toda aquella jornada.
Los recién llegados formaban parte del Grupo “Alfa”, una avanzada de la invasión a
los archipiélagos australes, integrada por catorce efectivos de elite conocidos como
“Los Lagartos”, quienes habían embarcado en Ushuaia, el 28 de febrero.
Briez y su gente se quedaron a bordo durante todo el día, temerosos de lo que estaba
aconteciendo. Sin embargo, al llegar la noche, un grupo de chatarreros los invitó a
cenar y ellos accedieron.
La cena tuvo lugar en el viejo hospital del poblado donde, al entrar, los franceses se
encontraron a sus anfitriones junto a las tropas recién llegadas, vestidos todos de civil.
Ni bien los vieron entrar, Patané se les acercó y los condujo hasta uno de los rincones
del salón donde les presentó al jefe de la avanzada, un joven apuesto, alto, muy rubio y
de enigmáticos ojos azules que los saludó con mucha corrección; era el teniente de
fragata Alfredo Astiz.
Astiz era comandante de Los Lagartos, el grupo comando que el 29 de enero de ese
mismo año había comenzado su adiestramiento en bases del sur y que embarcó un mes
después en Ushuaia para completar su instrucción en las islas Orcadas, durante la
campaña antártica del “Bahía Paraíso”.
En tanto esto ocurría en los helados confines del sur, los diarios de Buenos Aires y
Londres daban cuenta de la creciente tensión.
“Fue rechazada una propuesta británica” informaba “La Nación” el martes 23 de
marzo refiriéndose también a ciertos destrozos que manos anónimas habían cometido
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en las oficinas de LADE, en Puerto Stanley y que por esa razón, el embajador británico
había sido citado por nuestra Chancillería. En la misma página, el matutino informaba
que Gran Bretaña consideraba su soberanía territorial violada por la presencia de un
grupo de chatarreros en las Georgias y que desde el 2 de aquel mes el gobierno
argentino había aplicado una nueva política con respecto a las islas Malvinas,
reservándose el derecho de tomar medidas en caso de que fracasasen las
negociaciones. “Clarín”, por su parte anunciaba “Simbólica ocupación de las Georgias
del Sur”, señalando que un grupo de argentinos había izado la bandera nacional y
cantado el himno tras lo cual se retiró, información falsa ya que el mismo permanecía
en el archipiélago cumpliendo su misión. También dio cuenta de la protesta británica y
que un grupo de malvinenses había atacado las oficinas de LADE en horas de la
noche, cuando las mismas se hallaban cerradas.
En Gran Bretaña, “The Manchester Guardian” publicó una nota en la que decía que el
viaje de los chatarreros a Puerto Leith había sido planeado por el gobierno argentino
para calibrar la reacción británica, algo en lo que coincidieron varios órganos e prensa
del país.
En el parlamento inglés, el diputado conservador John Stokes, exigió el envío de
buques de guerra hacia el Atlántico Sur a efectos de preservar los territorios de
ultramar de nuevos intentos de ocupación, pedido desestimado porque, al menos
todavía, se lo consideraba improcedente. Por otra parte, el incidente de las oficinas de
LADE no tuvo casi repercusión en el Reino Unido pues a decir verdad, se trató de un
hecho insignificante que la tendenciosa prensa argentina había exagerado en extremo.
Lo que ocurrió fue que aprovechando la obscuridad, una vez que el personal se hubo
retirado, una o varias personas forzaron la cerradura e ingresaron al local para colocar
una bandera británica sobre la argentina y escribir con pasta de dientes “Ojo por ojo
ladrones”.
Aquella helada noche en Puerto Leith, Briez, Astiz y los jefes del grupo de chatarreros
conversaron amigablemente sobre varios asuntos y eso le permitió al cineasta
comprobar el elevado grado de cultura y buena educación de su compañero de mesa, el
teniente Astiz quien, según sus palabras, parecía más un abogado de ideas liberales que
un soldado. Nunca se hubiera imaginado que aquel hombre amable, cuyo aspecto
semejaba al de un oficial hollywoodense de las SS, era el célebre “Ángel Rubio”, al
que también apodaban “El Halcón” o el “Carnicero de Córdoba” debido a su
controvertida actuación en la guerra antisubversiva.
Numerosas acusaciones pesaban sobre el marino, desde secuestros y torturas hasta los
crímenes más brutales. Varias naciones y organizaciones del mundo solicitaban su
arresto y extradición entre ellos Francia y Suecia., quienes reclamaban por las
desapariciones de dos religiosas, Alice Domon y Leonie Duquet, arrestadas y
conducidas a la Escuela de Mecánica de la Armada en 1977, y por una joven argentina
de ciudadanía sueca, Dagmar Ingrid Haghelin, de 17 años de edad, hija de un chileno
nacionalizado argentino, secuestrada en el barrio de Belgrano y desaparecida en el
mismo lugar, “...un enorme edificio de estilo neoclásico y jardines pulcramente
cuidados” según la descripción proporcionada por Eddy, Linklater y Gillman en su
libro La otra cara de la moneda.
La Argentina siempre había negado la extradición de militares sobre los que pesaban
acusaciones de crímenes contra ciudadanos extranjeros (en el caso de Dagmar
Haghelin se trataba de una muchacha argentina) porque según su entender, los mismos
habían tenido lugar dentro de su territorio.
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Astiz, que había trabajado como espía en Londres y París y había sido agregado naval
en la embajada argentina en Sudáfrica, habló mucho aquella noche, entre otras cosas,
de los buenos recuerdos de su estancia en la capital francesa, de su experiencia
sudafricana y de su etapa londinense y fue, prácticamente el centro de la reunión hasta
que la cena acabó y todos se retiraron a dormir.
A la mañana siguiente Briez regresó al pueblo y para su sorpresa, encontró a Astiz y
sus marinos vestidos con ropas de camuflaje y boinas verdes, fuertemente armados, e
incluso listos para entrar en acción.
El oficial no era le mismo hombre conversador y agradable de la noche anterior sino
un individuo serio y distante que mientras observaba a sus hombres colocar minas en
torno a la población, le informó al francés, en tono grave, que por el momento le
estaba prohibido abandonar el lugar. Briez comprendió, preocupado, que aquella gente
se preparaba para entrar en combate y por esa razón le preguntó a Astiz si valía la pena
iniciar una guerra por unas inútiles islas de roca y hielo, perdidas en los confines de la
Tierra. El marino se limitó a responder que solo cumplía órdenes y enseguida regresó a
su rutina.
En su diario de viaje, el cineasta apuntó una observación extremadamente interesante:
aquello parecía una película de aventuras, incluso de ficción, sensación a la que
contribuían el siniestro paisaje circundante, el clima polar y aquel pueblo abandonado
entre las montañas y el mar.
Mientras eso acontecía en Puerto Leith, desde las laderas circundantes militares y
científicos británicos observaban atentamente los movimientos del grupo “invasor”.
El 26 de marzo, las autoridades de las islas informaron vía satélite a Londres, que
militares argentinos habían desembarcado junto al grupo de chatarreros y habían izado
la bandera de su país, noticia que causó verdadera conmoción y alarma en el Reino
Unido. Pese a ello, las autoridades británicas prefirieron retener la información y
mantener el asunto en secreto el mayor tiempo posible reteniendo y por esa razón, la
opinión pública estaba creída lo que la Cámara de los Comunes había informado: solo
quedaban entre 6 y 10 operarios en Leith y que los restantes habían zarpado en el
“Bahía Buen Suceso” mientras el “Endurance” navegaba hacia la zona.
El sábado 27 de marzo los diarios argentinos informaron sobre la presencia de un
buque de la Armada en Bahía Stromness. “Convicción” por su parte, publicó un titular
que decía: “Una nave argentina está en las Georgias y es seria la situación con Gran
Bretaña”. Ese día, el Dr. Costa Méndez anunció que las negociaciones con Londres se
hallaban virtualmente congeladas y que el ARA “Bahía Paraíso” hacía días que se
encontraba en el archipiélago.
En tanto esto ocurría en la capital argentina, el 20 de marzo el “Endurance” abandonó
Puerto Stanley y se dirigió a toda máquina hacia la Isla San Pedro, la mayor de las
Georgias del Sur llevando a bordo a un contingente de marines listos para entrar en
combate.
El 19 de marzo por la noche, el teniente Keith Mills de la Marina Real se hallaba
cenando despreocupadamente junto a algunos de sus hombres, feliz de encontrarse en
tierra firme después de la prolongada campaña por los archipiélagos y bases antárticas
cuando recibió la orden de alistar nuevamente a su unidad y reembarcar a la mayor
brevedad posible. Hacía solo cuatro días que había llegado, después de dos meses de
navegación y ahora tenía que partir otra vez.
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Se puso rápidamente en movimiento y después de reunir a sus efectivos se dirigió con
ellos a los cuarteles de Moody Brook en busca de municiones, explosivos plásticos y
más hombres.
De ese modo, los soldados de Mills recibieron como refuerzo 9 efectivos más, razón
por la cual, el capitán del “Endurance”, Nick Barker, decidió desembarcar a diez
miembros de su tripulación, para hacerles espacio.
La veterana nave británica, a la que el gobierno pensaba desguazar a fines de ese año,
navegó durante dos días. El 23 de marzo, cuando se encontraba a cuatro horas de
Puerto Leith, recibió una nueva directiva indicándole dirigirse a Grytviken y aguardar
allí hasta nuevo aviso. De todas formas, Mills decidió obrar por su cuenta y junto al
mayor Peter Leach y algunos hombres de su escuadrón, abordaron uno de los dos
helicópteros Wasp que llevaban a bordo y volaron en dirección a la costa, aterrizando a
8 millas de Puerto Leith, donde acampó dispuesto a pasar la noche.
A la mañana siguiente Mills y Leach se aproximaron a unos 800 metros de la
población y cuando enfocaron sus binoculares pudieron ver a los argentinos
descargando pertrechos de su nave. Pasado un tiempo, regresaron al helicóptero y una
vez de regreso en el “Endurance”, se comunicaron con Londres para informar lo que
habían visto y proponer una inspección de control al “Bahía Paraíso”, idea que la
cancillería británica y el Ministerio de Defensa desautorizaron.
El 27 de marzo la nave argentina levó anclas y zarpó en tanto el “Endurance” recibió
órdenes de patrullar el litoral de la Isla San Pedro y mantenerse en espera de
novedades. Así lo hizo pero para su sorpresa, el “Bahía Paraíso” solo se había alejado
hasta las tres millas marítimas de distancia de la costa, límite de las aguas
internacionales, y se mantenía en la zona navegando paralelamente a ellas.
En vista de ello, desde Londres se le ordenó al embajador Anthony Williams plantear
la cuestión al canciller argentino y exigirle que los chatarreros pasasen por Grytviken a
normalizar su situación o de lo contrario, que procediesen a abandonar las islas.
Incluso las autoridades británicas llegaron a proponer que para evitarles molestias (a
los operarios de Davidoff), las autoridades del archipiélago se trasladarían desde la
capital de las Georgias hasta la factoría ballenera para cumplimentar los trámites ya
que una vez sellados sus pasaportes, los trabajadores podrían quedarse allí el tiempo
que quisieran.
Como respuesta, el embajador británico, que en todo momento había demostrado una
actitud dubitativa y vacilante, recibió una enérgica protesta por parte de Costa Méndez,
quien le espetó con energía lo del ataque a las oficinas de LADE en Puerto Stanley
acaecido el 22 de marzo y le advirtió que su gobierno no iba a tolerar actitudes de ese
tipo. Williams, perplejo por el trato recibido, abandonó el Palacio San Martín y se
dirigió a la embajada, desde donde comunicó a Londres lo ocurrido. La orden que
recibió fue que dispusiese el cierre de las oficinas de la empresa aérea argentina en
Malvinas y que aguardase nuevas instrucciones.
El día 27, mientras Costa Méndez anunció oficialmente que el “Bahía Paraíso”
navegaba hacia las Georgias y poco después la prensa informó que Gran Bretaña había
despachado hacia el Atlántico Sur, dos corbetas y dos destructores junto a un
submarino nuclear, con expresas directivas de entrar en acción si las negociaciones
fracasaban. La tensión crecía a medida que pasaban las horas.
El 31 de marzo el capitán Barker comunicó al teniente Mills que era inminente una
invasión argentina a gran escala y que en ese sentido, él y sus hombres debían estar
preparados. Poco después, el “Endurance” recibió órdenes de regresar a Puerto
Stanley.
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Cuando el buque británico zarpó, en Puerto Leith los comandos argentinos se
aprestaban a entrar en acción ante la vista de los asombrados franceses que seguían
preguntándose si realmente valía la pena pelear por aquel conjunto de rocas inútiles.
Notas
1
Testimonio al capitán VGM Héctor Osvaldo Caime en diálogo con el autor.
2
En su testimonio, el capitán Caime aporta más datos: “Cuando vinieron los ingleses yo estaba de
guardia. Se me presentaron y me dieron una esquela para el capitán donde se nos decía que
estábamos en tierras de la corona y debíamos marcharnos... recuerdo que la misma estaba escrita
en muy mala letra y con faltas de ortografía... no creo que hayan sido científicos... Le entregué la
esquela al capitán Niella pero ahora no recuerdo si los recibió...
Otro detalle a tener en cuenta, es que el día de nuestra partida desde los diques del actual Puerto
Madero, la zarpada se demoró varias horas por una AMENAZA DE BOMBA. Fue en horas de la
mañana; estaban nuestras familias para despedirnos cuando vino la brigada y luego de revisar
todo el barco, nos permitieron zarpar. Lo hicimos bien tarde, navegando en silencio de radio, ¡¡y
a sextante!!, ya que el barco no contaba con navegador satelital...recién salían los famosos
Magnabox...”.
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