Las cenizas de papá - Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

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Las cenizas de papá
Papá se m u e r e .
H a c e m u c h o s a ñ o s q u e lo viene a n u n c i a n d o , desde
q u e yo tenía c u a t r o y él treinta.
H o r r i b l e s enfermedades parece q u e siempre sufría
mi papá.
Y m i m a m á lloraba.
Y t o d o s los m a e s t r o s v e n í a n a casa c o n c o r b a t a
negra, a darle el p é s a m e a m i m a m á p o r a d e l a n t a d o ,
y a decirle q u é p i c a r d í a , u n a v i u d a t a n j o v e n y t a n
linda, y c o n u n a n e n a c h i q u i t a , p o r q u é s i e m p r e se
m u e r e n los b u e n o s y el c o r n u d o del I n s p e c t o r sigue
ahí, lo m á s p a n c h o .
C o m o yo tenía b u e n a letra y era prolija, a p a r t i r
d e los seis años e m p e c é a escribir los t e s t a m e n t o s q u e
m i p a p á m e dictaba. ( U n a pila d e t e s t a m e n t o s t e n g o
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guardados de recuerdo, en hojitas de cuadernos marca
Gorriti, los que entregaba la Cooperadora a los maestros, a los niños pobres, y a los hijos de los maestros,
que también éramos niños pobres.) Siempre terminaban así los testamentos: "Y por ningún motivo permitan la entrada al Inspector de zona, ese cornudo".
También decían que quería que su funeral fuera sencillo, sin muchos homenajes, solamente con el H i m n o
a Sarmiento cantado por el coro polifónico de la C o n federación de Maestros, cuando el féretro se detuviera
frente a la puerta del Mariano Acosta. Y ahí m i papá,
con los ojos cerrados y la voz entrecortada entonaba
bajito: "Fue la luuucha tu vida, y tu elemeeento...". Y
m i m a m á , vuelta a llorar.
Los maestros salían de mi casa moviendo la cabeza.
— E l cigarrillo lo mató al pobre Cabal.
— E l cigarrillo y el exceso de trabajo.
— E l cigarrillo, el exceso de trabajo y las trasnochadas... ¡Un jugador de poker como nunca se ha visto!
— P e r o si siempre perdía...
—Perdía, pero qué bien jugaba. Lo que tenía era
mala suerte, por eso de que "afortunado en el juego...".
Y entonces los maestros se sonreían:
— E s t e Cabal... U n calavera de los q u e ya n o
quedan.
— S í , qué pérdida para la enseñanza... ¿A quién le
darán sus horas de literatura?
Pero a los pocos días mi papá empezaba a resucitar
de entre los muertos.
— C o m o el gato Félix —decía mi tía, que n o lo
podía ni ver a mi papá.
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—Ave Fénix —aclaraba con u n hilo de voz mi papá, que tampoco la podía ni ver a mi tía.
A la semana, mi papá andaba fresco y orondo, con
su peinada a lo Gardel, sus lentes al aire con virola de
oro, su O r e ó n gris u n poquito ladeado a la derecha,
sus zapatos bien lustrados de bailarín de tango, su cigarrillo Fontanares entre los dedos amarillos de la m a n o
derecha y algún libro forrado en papel de diario en la
m a n o izquierda.
Pobre papá.
Fue así que después de varios años de m a t r i m o nio, mi p a p á agonizaba y a mi m a m á n o se le movía
u n pelo.
— A h o r a sí que es el fin... —gemía mi papá—.
Quiero que m e velen en casa...
— B u e n o —decía mi mamá, y se iba para la cocina,
a escuchar Los Pérez García.
— ¡ N o se gasten en llamar al médico: ya es tarde!
—gritaba mi papá.
—¡Bueno!
—¡Y juegúenle al 11 y a l 17 y al 48! Ah, y que
venga la nena...
—Termina las cuentas y va.
— Q u e se apure...
Y entonces yo me apuraba y ahí iba, con mi cuadernito de los testamentos.
— N o te acerques m u c h o —decía mi papá—, porque esto debe de ser contagiosísimo. Tírame u n besito
que me hace bien. Y escribí...
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Pero una de las veces se enfermó tan grave mi papá,
que hasta m i m a m á se asustó.
Y el padre C o l o m b o le dio la extremaunción...
— A l g u n a vez tenía que ser cierto — l e dijo mi tía
a m i m a m á — . Lo que convendría ahora es correr las
bibliotecas para que entren las coronas, y pasar una
m a n o de cal a las paredes, que están a la miseria.
Esa vez mi papá juró frente al retrato de la madre
y al cuadro de la Virgen del Socorro que si se salvaba
dejaría el cigarrillo para siempre.
— P o r la nena lo juro.
Y la madre y la Virgen se ve que se pusieron de
acuerdo y lo ayudaron, porque m i papá se salvó.
Y lo primero que hizo cuando se salvó fue llamarm e a mí.
Y yo fui, con mi cuadernito de los testamentos.
— N o , testamento no. Solamente júrame una cosa.
— l e juro.
— C o n los dedos cruzados no sirve. ¿A ver las manos? Así está bien.
— D a l e que me canso...
— S i alguna vez te das cuenta de que me estoy por
morir, dame u n cigarrillo Fontanares.
—¿Por qué?
— P o r q u e sí. ¿No te vas a olvidar?
—No.
— M i r a que me juraste, ¿eh? Y decíle a tu madre
que le juegue al 1 1 , a la cabeza y a los premios.
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P o b r e p a p á , q u e sobrevivió a t o d o s sus amigos. Y
a sus e n e m i g o s . Y a sus m é d i c o s . Y a su h e r m a n o el
millonario. Y h a s t a al c o r n u d o del Inspector.
Y q u e n u n c a g a n ó al p o k e r n i a la quiniela n i a la
lotería n i a n a d a .
Pero a h o r a es verdad.
P a p á se m u e r e .
— D e c i l e a t u m a d r e q u e n o sea rencorosa y deje
q u e m e p o n g a n en la b ó v e d a d e ella.
— L e d i g o , p e r o n o va a querer.
— D e c i l e q u e n o voy a o c u p a r m u c h o lugar. A p e nas el d e u n c o p ó n c o n m i s cenizas. Elegime u n c o p ó n
l i n d o , n e n a , d o r a d o , ¿querés? Y t r a é m e El amor en los
tiempos del cólera.
—¿Ya t e r m i n a s t e el q u e te traje ayer?
— N o , p e r o s i e m p r e necesito u n libro d e repuesto,
p o r cualquier cosa. M e j o r t r a e m e dos. A h , y c u a n d o te
vayas...
— Y a sé. Le j u e g o al 1 1 .
— A la cabeza y a los p r e m i o s . Y acá tenes las m o nedas p a r a el colectivo, así n o tenes q u e abrir la cartera. Está lleno d e c h o r r o s B u e n o s Aires.
— P a p á , ya soy abuela...
— I g u a l yo te t e n g o q u e cuidar. Por eso n o m e p u e d o morir. Y p o r q u e t e n g o q u e ver c ó m o t e r m i n a el
libro q u e estoy leyendo. Y escuchar los t a n g o s en la
radio, total el d e al l a d o es sordo. Sí, todavía t e n g o
algunas cosas q u e hacer.
—Claro.
— V e n í t e m p r a n o m a ñ a n a , eh.
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Y c o m o justo pasa la enfermera rubia de la noche,
papá le agarra la m a n o y le recita: "Nunca fuera caballero de damas tan bien servido...".
La enfermera se ríe y dice que cuando el profesor se
mejore se van a ir los dos juntos de parranda p o r ahí.
— M a m á , dice papá si, por favor, n o dejas que
pongan sus cenizas en la bóveda de ustedes.
—Decile a tu padre que p o r qué n o le pide la bóveda a la mujer esa que vivía con él — d i c e mi mamá.
Y yo n o t o que está llorando.
— D i c e papá que es apenas u n copón con las cenizas. Y no llores, mamá.
— ¿ Q u i é n llora? —dice mi mamá. Y me corta.
Entonces yo les digo a los chicos que mañana, sin
falta, hay que ir al hospital a visitar al abuelo.
—¿Justo mañana?
—Sí.
—¿Los tres juntos tenemos que ir?
— L o s tres juntos.
Pobre papá.
H o y tampoco salió el 11.
M u y triste está mi papá esta mañana. M e dice que
n o puede comer. Q u e todo le da asco. Y que la comida
que le dan n o tiene gusto a nada.
— M i r e que si n o come le van a poner la sondka al
abuelito, eh —dice la enfermera de la mañana.
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— Y o n o soy su a b u e l i t o — d i c e m i p a p á — . Y si
le g u s t a t a n t o la s o n d i t a , p o r q u é n o se la m e t e e n
el c u l i t o .
Así m e gusta, p a p á . Todavía estás bien vivo.
C o m p r o u n r a m o d e claveles rojos y voy a la C h a carita, al P a n t e ó n d e los M a e s t r o s , d o n d e están mis
abuelos. El lugar es e n o r m e , a n t i g u o : dos pisos y m u chísimos estantes c o n cajitas alineadas. Es c o m o u n a
gran biblioteca el p a n t e ó n , p e r o en vez de libros h a y
maestros en cajitas. Si p u d i e r a averiguar d ó n d e están
mis abuelos... Pero h a c e t a n t o s años q u e m u r i e r o n ,
más d e c i n c u e n t a . P a p á m e trajo u n a vez, p a r a p o n e r les claveles rojos. Pero yo tenía apenas tres años...
— ¿ L o s restos d e la familia Cabal? — l e p r e g u n t o al
cuidador.
— C a b a l , Cabal... ¿ C u á n d o m u r i e r o n ?
— E n 1 9 3 4 m i abuela y en 1 9 3 8 m i abuelo.
— ¡ A h , n o ! — s e sonríe el c u i d a d o r — . Los d e h a c e
t a n t o t i e m p o están arriba d e t o d o , b i e n atrás. Es i m posible ubicarlos.
— ¿ Y si b u s c a m o s en los archivos?
— N o vale la p e n a , señora. Se lo digo yo, q u e trabajo acá hace años. A d e m á s ese apellido n o m e suena.
— ¿ M e deja buscar a m í , señor?
— P e r o h a y miles y miles... Es imposible...
— P o r favor... P r é s t e m e n a d a m á s la escalera... M i
p a p á se está m u r i e n d o y necesito e n c o n t r a r a los padres de él, para avisarles, ¿se d a cuenta?
Y a q u í m e d e t e n g o p o r q u e veo q u e el c u i d a d o r
abre grandes los ojos.
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Sí, claro, seguro cree que estoy loca.
El cuidador mueve la cabeza y se va.
Entonces yo, con la m e m o r i a de los tres años, bajo al subsuelo, elijo u n a escalera, la llevo hacia un
rincón de la derecha, subo, y encuentro la cajita en la
que todavía puede leerse Laudelina Pedreira de Cabal, m u e r t a en 1934. N o necesito leer la placa de la
cajita de atrás: ya sé que dice Arturo Crispín Cabal,
m u e r t o en 1938.
—Abuelos —les d i g o — , m i papá, el hijo de ustedes, se está muriendo. ¿Dónde lo pongo? Y de repente
todo se me aclara. ¿Dónde lo voy a poner? ¡Acá! Escondido en su copón dorado, entre el padre y la madre...
A u n q u e las manos m e tiemblan, voy a buscar agua
para el florerito y acomodo los claveles rojos.
El cuidador está bajando. Y con u n poco de lástima
m e dice:
—¿Vio lo que le avisé?
—Ya los encontré, muchas gracias — l e contesto
yo. Y me doy cuenta de que el cuidador se apoya en la
pared, como si se hubiera mareado.
—¿Le pasa algo, señor?
C o m o todos los días mi papá m e está esperando.
—Papá, esta mañana n o vine porque...
— ¿ C ó m o que no viniste? Sí que viniste...
— N o , papá, te confundís.
—Viniste, te digo, con esa señora y ese señor. Esos
que me decían: " N o tengas miedo, Arturito". ¿Quiénes eran esos dos, nena? Ya nadie me dice Arturito.
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El compañero de habitación me hace señas y dice
que hoy papá está raro, que a la noche le pusieron la
sonda a la fuerza, y que él se largó a llorar y quiso tirarse de la cama. Y que entonces lo ataron.
M i papá m e mira con sus ojitos tan celestes. Y esa
barba de monje que se dejó hace u n tiempo.
— N o dejes que m e hagan esto, nena.
— N o voy a dejar. Te traje este libro que te va a
gustar. ¿Tenes miedo?
—Léemelo vos el libro. ¿Yo fui bueno, nena?
—Sí, papá.
— F u i el mejor profesor de literatura. Todos me lo
decían. ¿Te acordás?
—Sí, papá. ¿Tenes miedo?
— Y el mejor bailarín de tango también fui. ¿Quién
ganó la medalla a la elegancia en el tango?
—Vos, papá.
—¿Y a quién le dieron el tornillo de Quinquela, eh?
— A vos, ¿a quién se lo iban a dar?
— A tu m a m á la quise mucho, ¿sabes? Fue la mujer
que más quise en mi vida. Todas las navidades se lo
repetía, cuando vos nos juntabas en tu casa. Pero ella,
nada... Era tan linda tu mamá: igualita a María Félix.
—Cierto.
—Yo cambié m u c h o , decile vos a ella: abandoné
las mujeres, las juergas, el poker, los cabarets. Ahora
como nada más que cosas sanas, no fumo, no trasnocho, no bebo alcohol...
M i papá se queda pensando.
— Q u é vida de mierda, ¿no, nena?
— M m m m . . . Te quedan los libros.
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—Los libros, sí. Léeme ese libro que me trajiste. Y no
dejes que m e hagan doler. Y> cierro los ojos un ratito.
Esta vez es cierto.
Papá se muere y yo no puedo hacer nada.
A u n q u e sí, algo todavía p u e d o hacer.
—¡Papá,
n o te desde
imaginas
una cosa!
Papá m e mira
el fondo
de los. ojitos celestes.
—¡Salió el 11, a la cabeza y a los premios!
Y ya que estoy agrego:
—¡Nacional y provincia!
Papá se incorpora y a m í m e parece que, como
cuando yo tenía cuatro y él treinta, va a volver a resucitar de entre los muertos.
Y el enfermo de la cama de al lado se sienta en la
cama y voltea el suero.
—¡Por fin se me dio! ¡Una vez en la vida! —grita
mi papá.
Pero después me mira, serio.
— ¿ N o m e decís mentiras, no?
A m í m e corre u n frío. N u n c a le dije mentiras a mi
papá, ni cuando tenía cuatro años.
—Pero papá...
— J ú r a m e . C o n los dedos cruzados n o vale. ¿A ver
las manos? Así está bien...
—¡Te juro! ¡Salió el 11!
Papá suspira, aliviado.
— A h o r a pueden cambiar ese auto viejo y comprarse u n o lindo, color cobre, siempre m e gustaron los
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autos color cobre. Y yo p o d r í a hacer u n viaje, ¿no? E n
barco, c o m o aquella vez q u e fui al Paraguay c o n t u
m a m á . Q u é b i e n la p a s a m o s . J u s t o estaba en guerra el
Paraguay, m e acuerdo...
E n t o n c e s y o t o m o fuerzas p a r a a n i m a r m e y p o der decirle:
— P a p á , ¿y si a h o r a , p a r a festejar el 1 1 , te f u m a s
u n cigarrillo...?
M i p a p á se sobresalta. D e s p u é s , m e m i r a u n rato
largo, sin contestar. Y al rato m e dice:
— ¿ U n Fontanares? B u e n o . A n d a a c o m p r a r u n
a t a d o , y n o tardes m u c h o .
M e q u e d o u n b u e n rato afuera p o r q u e n o p u e d o
parar d e llorar. Y le p i d o u n cigarrillo a la enfermera
rubia d e la n o c h e .
— A c á n o se p u e d e fumar.
— E s p a r a m i p a p á , q u e se está m u r i e n d o .
— ¿ P a r a el profesor? U s t e d está loca. El m é d i c o la
va a matar.
— P o r favor. U n F o n t a n a r e s , sea buena...
— ¿ Q u é cosa?
— U n cigarrillo, digo, p o r favor...
La enfermera m e d a el cigarrillo.
— Y o d e esto n o sé n a d a . Yo a usted n u n c a la vi.
— A c á está el cigarrillo, p a p á . N o es Fontanares,
p o r q u e parece q u e ésos n o se fabrican m á s . Pero m e
dijo el del kiosco q u e éstos son iguales.
M i p a p á agarra el cigarrillo e n t r e los d e d o s de la
m a n o derecha, q u e ya n o están amarillos sino blancos
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y transparentes, se lo p o n e en la boca y aspira con tal
fruición que el h u m o n o sale de vuelta.
— Q u é felicidad, nena. ¿Sabes que todavía, cada
tanto, m e soñaba que fumaba u n Fontanares?
Papá fuma y vuelve a tener la cara de los treinta.
—Siempre hice lo que quise yo. Y a m i manera fui
feliz..., ¿no?
—Seguro.
— Y ahora estoy aquí: tranquilo, rico y filmándom e u n Fontanares. ¿Qué más le puedo pedir a la vida?
—Nada.
— E s una gran cosa la vida, nena. N u n c a te lo olvides. Siempre, pero sobre todo cuando u n o hizo todo
lo que quiso, ¿entendés?
—Sí.
— A u n q u e yo no hice todo, todo lo que quise. Porque ¿sabes lo que a m í m e hubiera gustado ser de verdad en la vida, nena?
—Qué.
—Acércate, que te lo digo en la oreja.
El cigarrillo está casi consumido. Papá se está yend o y va a decir sus últimas palabras.
— D i r e c t o r de murga...
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