De vuelta a un nuevo horizonte

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De vuelta a un nuevo horizonte
MARCOS PARA ESTA REFLEXIÓN
Jesús de Nazaret, a quien
los cristianos confesamos Hijo y Palabra
de Dios, fue un hombre inmenso en
el dinamismo de una sociedad judía. Con
un proyecto de vida que llamó “Reino
de Dios”: lo que sucede cuando mujeres,
hombres y pueblos dejen que Dios-Amor
sea el único Señor en su existencia. Y
plasmando ese proyecto en su conducta
histórica, tejida no con la lógica
del poder, sino del amor; su mesianismo
no fue triunfalista ni excluyente,
sino, más bien, eligió “la condición de
esclavo” para liberar a los esclavizados.
Como propuesta de vida. Así lo vemos
en los evangelios: el alimento de Jesús,
lo que le mantiene y agrada, es hacer
la voluntad del Padre: que todos tengan
vida. Pero hoy muchos perciben a
la Iglesia –cuerpo espiritual de Jesucristo,
cuya misión es hacer inolvidable–
más como signo de muerte que como
propuesta de vida. Una dificultad para
la transmisión del Evangelio. Aquí
partimos de que es Cristo quien juzga
a la Iglesia, no al revés.
En una sociedad laica. Este calificativo
viene de la palabra griega laos. Se refiere
a una sociedad donde el pueblo sea
sujeto de su propia historia, libre
de imposiciones foráneas políticas,
económicas o religiosas que le priven de
su propia libertad y autonomía. Laicidad
es el clamor creciente en el transcurso
de la modernidad, y cuya realización
está en proceso.
Jesucristo es también Palabra inagotable
cuyo mensaje van calando y
comprendiendo mejor la distintas
generaciones cristianas, leyendo los
signos del tiempo, también iluminado
por esa Palabra y trabajado por
el Espíritu. En esa convicción redacto
estas notas.
I. CARACTERÍSTICAS
DE NUESTRA SOCIEDAD
VN
En el punto de partida, seamos
conscientes de dos factores. La sociedad
española de hoy no se puede interpretar
adecuadamente olvidando su historia.
Además, estamos sufriendo un cambio
En una sociedad
individualista, plural y
postcristiana, aunque
sedienta de felicidad, Jesús
de Nazaret nos invita
al encuentro personal y
comunitario con su persona,
su Palabra y su proyecto
(el Reino de Dios).
Una propuesta que no sólo
nos ayudará a hacer más
creíble la fe cristiana, sino
que garantizará el futuro
de la Iglesia en el actual
contexto laico. Porque
–como tratan de poner
de manifiesto estas páginas–
su mensaje inagotable sigue
iluminando cada tiempo
y lugar, sigue siendo “vida
para todos”, aun cuando
el egoísmo humano
o la ceguera institucional
acallen a veces su voz.
cultural paradigmático que complica más
las cosas para el debido discernimiento
de la situación. Ello, no obstante,
se puede atisbar qué mentalidades
o corrientes se van imponiendo
y marcando la orientación de nuestra
andadura.
Hacia una sociedad emancipada
de la religión
Liberarse de la religión que impide
a las personas y a los pueblos ser ellos
mismos y actuar con autonomía según
su conciencia y razón ha sido constante
demanda en el mundo moderno.
El Vaticano II reconoció la legitimidad
de ese reclamo, defendió la libertad
religiosa y, así, cavó la fosa para
la “situación de cristiandad”. En la
sociedad española, oficialmente católica,
entraron, alborotadamente y casi
a la vez, los aires de la modernidad
y la nueva orientación del Concilio.
Teóricamente, se dio el cambio. Según
la Constitución de 1978, “ninguna
confesión religiosa tendrá carácter
estatal”, aunque “los poderes públicos
tendrán en cuenta las creencias de la
sociedad española”. Pero, en la práctica,
la oficialidad que durante muchos años
tuvo la Iglesia provocó dos reacciones
opuestas y extremas. Unos que, con
nostalgias del nacionalcatolicismo y sin
aceptar el cambio, siguen pensando
que los gobernantes deben someterse a
los criterios de la moral católica. Y otros
empeñados en reducir la presencia
de la religión al ámbito privado, cuando
no obsesionados en que la Iglesia
católica pase del monopolio al expolio.
Una sociedad de bienestar y, al
mismo tiempo, individualista. Bienestar
gracias a los deslumbrantes progresos
técnicos; cada vez tenemos a nuestro
alcance muchos más medios para
organizar nuestra existencia de modo
confortable. Pero, a la vez, un feroz
individualismo nos corroe: cada uno
hace su programa de vida curvándose
narcisistamente, con sus familiares o
amigos –fenómeno del grupismo en
todos los ámbitos– y despreocupándose
de los demás mientras no impidan o
pongan en peligro su seguridad. Se crea
un modelo de ser humano incapaz de
transcender y salir de la propia tierra,
porque tampoco ve nada transcendente
o absoluto en los otros; incapaz de amar
a nadie que no sea él mismo. La fiebre
posesiva en todos los ámbitos tiene garra
en la codicia del que sólo “acapara para
sí mismo”, matando la sensibilidad
humanitaria. Como consecuencia de este
individualismo, aumenta cada vez más
la pobreza. No debemos olvidar que el
bienestar de los pueblos económicamente
más desarrollados se mantiene a costa
del empobrecimiento de los países menos
desarrollados. Y, dentro de nuestra
misma sociedad española, hay: varios
millones de parados, pensiones que
apenas dan para sobrevivir, inmigrantes
que andan perdidos y expuestos a todos
los abusos…
Una sociedad rabiosamente
humanista y sedienta de felicidad. Es
notable la sensibilidad ante los derechos
humanos. Sensibilidad que sigue, si
cabe más viva, en esta etapa crítica que
llamamos postmodenidad, donde
las generaciones más jóvenes enfatizan
la búsqueda de felicidad y satisfacción
inmediata del deseo a costa de lo que
sea y de quien sea. Sin embargo,
la organización sociopolítica, infectada
por la ideología individualista, hace
imposible la satisfacción de los derechos
fundamentales, y esa búsqueda
de felicidad no encuentra puerto donde
anclar.
Una sociedad plural. Estamos
asistiendo a un cambio de paradigma
cultural. Un cambio de creencias, valores
y costumbres. Se han multiplicado
las interpretaciones de lo real, no es fácil
encontrar una ética secular de consenso,
y en nuestra sociedad irrumpen, junto
a la creciente indiferencia religiosa con
variadas versiones, distintas religiones
y hasta una espiritualidad sin religión.
Una sociedad postcristiana. Según
las estadísticas, en nuestra sociedad
española disminuyen los católicos
practicantes. Además de los indiferentes
y despreocupados, entre los intelectuales
hay muchos que se llaman agnósticos;
de este fenómeno son muy significativas
las cartas que se cruzaron dos profesoras
de ética, V. Camps y A. Valcárcel,
publicadas en el libro Hablemos de Dios
(2007). Ellas y muchos otros que
fueron un día bautizados en la Iglesia
abandonan el cristianismo porque,
según piensan, ya lo conocen bien y ha
quedado trasnochado. Un fenómeno
nuevo, que posiblemente irá cundiendo
en las generaciones más jóvenes.
Si creemos que el Espíritu está presente
y activo en la evolución de la historia,
debemos aceptar la consistencia teologal
que tienen los signos de nuestro tiempo,
los reclamos de esta sociedad moderna.
Con la excusa de que las justas
demandas brotan a veces enredadas
entre las malas hierbas, hay peligro
de que, al arrancar la cizaña, también
arranquemos el trigo: ¡cuánto trigo
ha surgido en la historia del mundo
que, a veces, los cristianos despreciamos
y echamos a perder por la obsesión
prioritaria de arrancar las malas hierbas!
II. CÓMO ES PERCIBIDA LA IGLESIA
En la sociedad española, todavía
la Iglesia tiene significativa relevancia
pública. Ella es la mediación religiosa
visible y la referencia oficial para
conocer a Jesucristo y su Evangelio. Pero
¿cómo perciben los españoles a la Iglesia
en su relación con esta sociedad laica,
que busca bienestar, rabiosamente
humanista y plural?
Muchos perciben a la Iglesia,
previamente reducida al clero –los
medios de comunicación se encargan
de identificar a la Iglesia con las
intervenciones sesgadas del Papa y de la
Conferencia Episcopal–, como un reducto
de mentalidad conservadora y muy
vinculada con la derecha política.
Se añade a esto una buena dosis de
dualismo maniqueo, que ha infectado la
tradición cristiana latina y ha impedido
mirar a este mundo con buenos ojos;
nuestra tarea en la tierra es salvar
el alma castigando al cuerpo, procurarse
la propia salvación después de la muerte
sin dejarse distraer por los problemas
de aquí, obedecer a las autoridades y
no cuestionar el orden establecido.
Por otra parte, a la Iglesia le cuesta
digerir el cambio, aceptar la laicidad
y vivir en situaciones adversas.
Nada extraño, teniendo en cuenta
la complejidad de la situación. Pero
es peligroso el afán de intervención
política, porque la misión de la Iglesia,
si bien tiene ineludible incidencia
en el ámbito sociopolítico, es religiosa.
Por lo demás, sigue prevaleciendo el
clericalismo, mientras urge la promoción
de los laicos, que, desde dentro del
mundo, están llamados construir a el
Reino de Dios o la convivencia fraterna.
Con estos antecedentes, nada tiene
de extraño que, para muchos,
el cristianismo que representa la Iglesia
sea sinónimo de mentalidad
reaccionaria, que se opone a cambios
necesarios en la sociedad; evasión
espiritualista en otro mundo imaginario,
sin compromiso para solucionar
los problemas que ahora nos preocupan
a todos; pietismo individualista, pues
cada uno busca “su salvación” sin
preocuparse de los problemas sociales;
canonización absolutista de la autoridad,
postergando la autonomía
de las personas; represión de lo que
vaya contra el orden establecido… Si ésta
es la percepción de muchos respecto
al cristianismo, ¿cómo van a esperar
de la Iglesia cualquier aportación válida
para una transformación social en orden
a que todos y todas puedan vivir con
la dignidad de personas?
III. UNA PROPUESTA DE VIDA
La conducta histórica no se puede
interpretar bien más que como
manifestación de su intimidad con Dios:
pasó por el mundo haciendo el bien,
curando a los enfermos y combatiendo
las fuerzas malignas que tiran a
las personas por los suelos “porque Dios
estaba en Él”. Y esa divinidad tiene dos
características: no está separada de la
humanidad e interviniendo desde arriba
y desde fuera arbitrariamente, sino más
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íntima a nosotros que nosotros mismos,
fundamentándonos, sosteniéndonos
e impulsándonos. Y ese Dios es
esencialmente bueno, amor que
continuamente sale de sí mismo dando
vida. El momento cumbre de esa
autocomunicación, según la fe cristiana,
es la encarnación: “Yo he venido para
que tengan vida y la tengan en
plenitud”; “tanto amó Dios al mundo
que le dio su único Hijo, para que todo
el que crea en Él no perezca, sino que
tenga vida eterna”.
¿Qué es la vida?
Según la antropología semita, vida
significa la plenitud de bienestar:
consigo mismo y en las relaciones con
los demás; salud física y psicológica;
tener vitalidad, ser uno mismo actuando
libremente, gozar de amistades y
del amor; comunicación gratificante con
los otros, confianza en esa dimensión
transcendente o de misterio que nos
habita. La filosofía griega destaca
otro aspecto importante de la vida: es
un movimiento, se va tejiendo
en un proceso que los seres humanos
experimentamos con anhelo de plenitud.
Leyendo a fondo los evangelios,
se ve que lo que realmente impactó y
preocupo a Jesús no fueron la ortodoxia
de las doctrinas, ni el cumplimiento de
las leyes, ni la observancia meticulosa
del culto en el templo de Jerusalén, sino
los males y el sufrimiento que impedían
a los seres humanos vivir y ser felices.
Respiraba los sentimientos y la voluntad
del Padre, que quiere la vida para
todos y, lógicamente, se revolvían
sus entrañas al ver cómo muchos,
desvalidos e indefensos, sólo tenían
derecho al anonimato y al desprecio.
Vida para todos
Jesús de Nazaret se encontró con
una sociedad de seres humanos que
buscaban vida, bienestar. Pero, en la
practica, sólo alcanzaban ese bienestar
algunos, mientras una mayoría
–enfermos, dementes, mendigos, mujeres
abandonadas, declarados indeseables
social y religiosamente– era excluida.
Entendió que estos “pobres, tullidos,
ciegos y cojos” también son invitados
a participar en el banquete preparado
para todos. Consciente de que Dios
quiere la vida para todos y “movido
a compasión” ante la miseria de los
desvalidos, la conducta de Jesús es
coherente. Se pone al lado de los pobres
y anda en malas compañías. Deja que se
acerquen a él pobres y pecadores,
publicanos y prostitutas, “esa gente que
no conoce la ley y son unos malditos”.
La conducta de Jesús desconcierta
y genera escándalo en los religiosos
arrogantes: “¿Pero come con los
pecadores?”.
Y, enseguida, la cuestión de fondo:
¿qué es más importante, la vida del ser
humano, la religión? Los piadosos
inhumanos decían que Dios es honrado
con ritos religiosos. Pero Jesús dice que
Dios quiere, sobre todo, la vida en
plenitud para todos. Si las personas
tienen hambre, pueden recoger
espigas para comer, aunque rompan
el descanso sabático; es prioritario
curar a un paralítico dejando a un lado
el cumplimiento de preceptos por muy
sagrados que sean; Dios no quiere ritos
sacrificiales, sino misericordia eficaz
ante la miseria que está matando
al ser humano.
La propuesta de vida que Jesús hace
para todos no es sólo para un ámbito
privado. Cuestiona estructuras políticas y
religiosas que no fomentan la vida de
los seres humanos, es decir, su bienestar,
su libertad, su dignidad. Al destacar
la prioridad de la vida sobre la religión,
tira por tierra estructuras políticas
y religiosas que fomentan
la discriminación, la desigualdad y la
pobreza. De hecho, autoridades religiosas
y políticas de aquella sociedad
consideraron su conducta y su evangelio
como peligrosos para el orden injusto
establecido y, por eso, lo eliminaron.
Vida eterna
“Éste es el designio de mi Padre, que
todo el que conoce al Hijo y crea en Él
tenga vida eterna”. Pero, ¿qué significa
la expresión?, ¿una vida que comienza
después de la muerte? No, se refiere
a una forma de vivir que humaniza,
que amplía nuestro horizonte humano.
Hay dos formas de realizar la existencia.
Una insensata, “acaparando sólo para
sí”, asegurando –“guardando”– la propia
vida y utilizando a los demás. Otra
forma de vivir es sensata: compartiendo,
“perdiendo”, desgranando la existencia
por el Evangelio de la fraternidad: que
todos puedan vivir y sentarse como
hermanos en la misma mesa. Sólo esta
vida humaniza, porque es una vida
en el amor, que nos saca de nosotros
mismos, nos lleva al otro y, así, amplía
nuestra humanidad. Es vida eterna
porque el amor nunca muere, es más
fuerte que la muerte.
En qué se inspira esa opción
por la vida de todos
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“Ésta es la vida eterna, que te conozcan
a ti, Padre, y a quien enviaste,
Jesucristo”. Todo lo que hace y dice Jesús
tiene inspiración teologal. Como realidad
fundante de todo y de todos, está
el “Abba”, ternura infinita que avala y
defiende la dignidad inviolable de todo
ser humano: “Como el Padre me amó,
también os amo yo”; “hago las obras
del Padre”; “el que ama ha nacido
de Dios y a Dios conoce”; ”sabemos que
hemos pasado de la muerte a la vida
en que amamos a los hermanos”;
sólo el amor engendra vida. Jesús
está experimentando que Dios es amor,
que todos los seres humanos están
fundamentados, sostenidos e impulsados
por este amor, y en esa visión sale
de su clan familiar y se va con todos,
teniendo como horizonte que todos
somos hermanos.
En la Revolución Francesa, se lanzaron
dos palabras: igualdad y libertad;
después se añadió fraternidad. De los
dos primeros reclamos se encargaron
los dos grandes sistemas que se han
gestado en Europa; pero nadie asumió
la fraternidad. Hoy estamos sufriendo las
consecuencias de este olvido: en nuestra
organización social falta la mirada
compasiva inspirada en la fraternidad.
Benedicto XVI apunta la clave decisiva
para una verdadera justicia social: “La
unidad del género humano, la comunión
fraterna más allá de toda división, nace
de la Palabra de Dios-Amor que nos
convoca”, “el desarrollo económico,
social y político necesita, si quiere ser
auténticamente humano, dar espacio al
principio de gratuidad como expresión
de fraternidad” (Caritas in veritate, 34).
IV. EL PROYECTO DE VIDA
EN NUESTRA SOCIEDAD
Una sociedad que busca
emancipación del factor religioso
En el fondo, puja el reclamo
de la laicidad: personas y pueblos
quieren organizar la vida por su cuenta
sin que se lo impidan instancias
foráneas de ningún tipo: políticas,
económicas o religiosas. Destaca
la emancipación de instancias religiosas
porque sociedades como la española,
durante mucho tiempo, han sufrido
una cierta imposición de creencias
y prácticas religiosas ¿Cómo responder
a este justo reclamo?
Según el Evangelio, los seres humanos
gozan de libertad para gestionar las
realidades terrenas, que también gozan
de su autonomía. La parábola del trigo
y la cizaña es bien elocuente: la libertad
puede ser acompañada y ayudada, pero
nunca suprimida. La enfermedad no es
castigo de Dios, sino algo anejo a
la condición humana y a los dinamismos
de la humanidad. La muerte
de dieciocho personas, aplastadas en
un derrumbe de la torre de Siloé, es
un accidente, un fallo de la construcción,
no un castigo del cielo. El verdadero Dios,
en quien existimos, nos movemos
y actuamos, realidad fundante que
a todo da vida y aliento, no es
una divinidad intervercionista desde
fuera y arbitrariamente.
El Vaticano II fue ya sensible a este
reclamo de la modernidad; urge
defenderlo. No por ignoradas u olvidadas
siguen de máxima actualidad las
posiciones del Concilio: “La orientación
del hombre hacia el bien sólo se logra
con el uso de la libertad; la cual posee
un valor que nuestros contemporáneos
ensalzan con entusiasmo. Y con toda
razón, pues la verdadera libertad es
signo eminente de la imagen de Dios en
el hombre; Dios ha querido dejar al
hombre en manos de su propia decisión”
(Gaudium et Spes, 17); “si por autonomía
de la realidad terrena se quiere decir que
las cosas creadas y la sociedad misma
gozan de propias leyes y valores que
el hombre ha de descubrir, emplear
y ordenar poco a poco, es absolutamente
legítima esta exigencia de autonomía”
(GS, 36).
Pero este justo anhelo de libertad y
autonomía, en la práctica se puede
volver contra los seres humanos, porque,
rompiendo con el Creador, falsean su
condición de criaturas. Estamos viendo
que, cuando personas o pueblos
pretenden ser centro absoluto, el ejercicio
de su libertad y de su autonomía no
generan vida, sino que siembran muerte.
Y por eso hay que defender la laicidad
hoy de tres enemigos.
Dos se oponen directamente a
un derecho fundamental del ser
humano: su libertad religiosa (puede
no creer o creer en Dios; no practicar
ninguna religión, practicar varias
o mantenerse fiel a una sola). Por
una parte, el confesionalismo religioso
estatal (una religión impuesta, sin más,
oficialmente a todos). En el otro extremo,
el ateísmo estatal (la increencia religiosa
impuesta desde el poder político)
Quizás como inmadura reacción a
los muchos años vividos en situación
de cristiandad asoma en algunos sectores
de avanzada un empeño por sacar
a la religión, concretamente la católica,
fuera del ámbito público y dejarla
en el ámbito privado. Pretensión que
hoy se ve como un error, según las
investigaciones psicosociales. La religión
en general, y en nuestro caso la
cristiana, expresa dimensiones profundas
del ser humano; y con una mística de
fraternidad universal conlleva exigencias
éticas que pueden inspirar un nuevo
orden económico internacional. Por otra
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parte, si la religión es elemento
configurador en la vida del creyente,
¿cómo la persona religiosa puede aparcar
sus creencias, principios y valores a la
hora de actuar en publico? Sería exigirle
que actuara esquizofrénicamente.
Ya en el caso de la religión cristiana,
su mensaje –fraternidad o Reino de Dios–
postula cambios ineludibles en
la organización. Cuando se quiere reducir
la religión en general, y en nuestro caso
la religión cristiana, al ámbito de lo
privado, es fácil confundir el Evangelio
de Jesucristo con realizaciones históricas
y, posiblemente, equivocadas del mismo.
El gobierno que debe servir al bien
común y salvaguardar los derechos
de los ciudadanos –incluida su libertad
religiosa– deberá prohibir en el ámbito
publico como falsa toda religiosidad que
vaya contra esos derechos, pero deberá
garantizar la presencia pública de la
religiosidad que los respete y promueva.
Lo que no se puede es reconocer,
al mismo tiempo, la libertad religiosa
y decretar políticamente su privacidad.
Pero, además de estos dos enemigos
de la laicidad –confesionalismo estatal y
ateísmo estatal o laicismo–, hay otro más
sutil en la sociedad española, que nos
invade e inunda suavemente a todos: la
ideología con que hoy está funcionando
el sistema del neoliberalismo capitalista,
cuya manifestación es la cultura del
consumo, donde la máxima producción
y el lucro tienen prioridad sobre
las personas, reducidas a piezas para
el buen funcionamiento del sistema:
productores, consumidores o desechables.
Esa ideología nos va instalando en la
superficialidad, nos curva sobre nosotros
mismos, deja en la sombra nuestra
condición de criaturas abiertas a
la transcendencia, y falsea la verdad
humana de nuestra vida. Impide que las
personas y el pueblo sean ellos mismos
y decidan por su cuenta. Hoy este
narcótico de la ideología economicista, y
no la religión católica, está siendo el
mayor enemigo de la laicidad.
A pesar de esta domesticación a la que
mujeres y hombres nos vemos sometidos
por la ideología del economicismo y el
consumismo, los reclamos de autonomía
y libertad continuamente pujan, sobre
todo en las generaciones jóvenes, que
llamamos postmodernas. Y aquí se
agolpan los interrogantes: ¿qué
imagen de Dios estamos presentando
los cristianos? ¿Puede responder a estos
anhelos de autonomía y libertad el Dios
de nuestros miedos, que nos mantiene
tullidos pensando en el juicio final?
¿Seguimos con una moral
prioritariamente preceptiva, impuesta
desde arriba y desde fuera, o damos
prioridad a una moral indicativa, que
tenga como referencia imprescindible
la conciencia de las personas y su libre
decisión?
En una sociedad de bienestar
e individualista
Es evidente que tenemos muchos más
medios para vivir más y mejor. Pero
también es manifiesto el individualismo
que nos corroe. Jesús de Nazaret fue
individuo para los demás; hombre
comunitario. Eso estamos diciendo
los cristianos confesando que fue en todo
igual a nosotros “menos en el pecado”,
nunca se arrodilló ante falsos absolutos,
fue totalmente libre; más humano
que nosotros.
Jesús de Nazaret, apasionado por esa
nueva sociedad de convivencia fraterna,
propuso una nueva jerarquía de valores.
En el área de las posesiones, el valor
es compartir. En las relaciones
interpersonales, hay que valorar a
las personas por lo que son, no por lo
que rentan ni por sus apariencias.
En cuanto al ejercicio del poder, sólo es
humano como mediación del amor.
Y en la organización social el valor es
la solidaridad sin fronteras.
Esta fe cristiana nos da luz y fuerza para
vivir y caminar como mujeres y hombres
fraternos. Por eso, la nueva situación
cultural nos lanza el interrogante:
¿estamos dispuestos los cristianos, a
nivel personal e institucional, a romper
con la jerarquía de valores que hoy
se ha impuesto en nuestra sociedad
desfigurando su rostro? En teoría, todos
los cristianos suscribimos fácilmente
que el profundo estupor y respeto ante
la dignidad de todo ser humano se llama
Evangelio. Pero esa teoría para nada
sirve si, a la hora de la verdad, aun
dentro de la misma Iglesia, prevalece
la fiebre posesiva en vez del compartir,
y valoramos a las personas por lo que
rentan, por el cargo que ocupan, por
su forma de vestir o por sus apariencias,
pero no por lo que son. Si buscamos
el poder no para servir a los otros, sino
para instalarnos y dominar a los demás.
Si estamos en la sociedad como parásitos
y ocupados sólo por salvar nuestras
almas después de la muerte y no correr
los riesgos y fatigas que nuestros
vecinos, especialmente los desvalidos
e indefensos.
Ante un sistema cuya ideología
considera material desechable a los que
no producen ni consumen, es
imprescindible que los cristianos,
siguiendo la conducta de Jesús,
escuchemos y hagamos oír la voz de las
victimas y seamos solidarios con ellas.
Si todos somos hermanos, hay que
establecer unas relaciones de igualdad,
derribando los muros de separación
establecidos por ídolos o falsos absolutos
del dinero y del poder. Cuando Jesús
declaró “dichosos” a los pobres, no fue
un cínico ni hablaba en broma. Estaba
convencido de que Dios no quiere
la miseria ni el sufrimiento y que
el destino de los pobres es la vida y
la felicidad. Está diciendo que ningún
proyecto político tiene porvenir
y ninguna religión será bendecida
si en su punto de partida y en
su preocupación prioritaria no entra
la voz de las víctimas.
Sin duda, es admirable la beneficencia
que hoy está llevando la Iglesia
en la sociedad española. Nuestro
apasionamiento para que los pobres
puedan salir de su exclusión debe
llevarnos a dar un nuevo paso: descubrir
y denunciar las causas y mecanismos
que producen desigualdad injusta,
comprometiéndonos en cambios
estructurales necesarios. Pero ni siquiera
Jesús de Nazaret fue individuo para
los demás, el hombre comunitario
esto es suficiente. No basta ser creyentes,
sino también creíbles. Y esto exige
que los cristianos hoy concretemos
en nuestras propias vidas, individual
e institucionalmente, la primera
bienaventuranza en la versión de Mateo:
“Vivir con espíritu de pobres”. Según los
evangelios, Jesús entró en el dinamismo
social de su pueblo, que esperaba
un mesías triunfalista, nacionalista
y excluyente; una mentalidad sectaria
y de grupos cerrados. Ese mesianismo
de poder, éxito y resultados inmediatos
fue la tentación que una y otra vez Jesús
tuvo que vencer. Pero eligió la condición
de servidor y actuó como uno de tantos,
corriendo la suerte desgraciada de las
víctimas. Lo dejó dicho a sus discípulos:
“El que quiera ser mayor, sea servidor de
todos”. Ante ese mesianismo, temblaron
los poderes religiosos y políticos de
aquella sociedad y eliminaron al Profeta.
Cada uno de nosotros y las instituciones
eclesiales, ante la inseguridad y
la intemperie, sufrimos la tentación de
pensar que salva el poder que se impone
por la fuerza, y no el amor que siempre
comunica vida. Una y otra vez, decimos
con Pablo: “Cuando somos pobres, somos
fuertes”. Pero fácilmente nos cautiva
la ideología o el interés del sistema
dominante. Mientras funcionemos
con esa ideología, podremos seguir con
prácticas religiosas, que pueden
ser expresión de un cierto sentimiento
religioso, pero no el lugar donde
se profesa y alimenta la fe cristiana
o el seguimiento de Jesucristo.
En una sociedad rabiosamente
humanista
La Declaración Universal de los Derechos
Humanos (1948) no es de la Iglesia;
su redactor principal fue un gran jurista
agnóstico. Y es indudable que en esa
Declaración hay una ética que tiene
su propia consistencia, sin necesidad
de recibir el bautismo. Por eso, se hace
obligado hoy lanzar un primer
interrogante a la Iglesia católica, que por
mucho tiempo ha tenido el monopolio
ético: ¿qué discernimiento estamos
haciendo de este mundo? ¿Somos capaces
de mirarlo con simpatía y descubrir
ahí las semillas del Verbo y los signos
del Espíritu, o seguimos viéndolo
como sinónimo de tinieblas y pecado?
¿Ofrecemos la buena noticia
de una divinidad que fundamenta y
amplía el horizonte humano, o seguimos
fomentando la imagen de una divinidad
alejada, recelosa e incluso rival
de lo humano?
Esta sociedad humanista busca la
felicidad ya aquí en la Tierra. Jesucristo
vino para que todos tengamos vida
y para que nuestro gozo sea completo.
La moral evangélica debe servir para
que los seres humanos vivan ya felices
y caminen hacia la felicidad completa.
Debemos preguntarnos: ¿la práctica moral
nos hace felices, o nos pone cara
de poco redimidos? Estamos pasando
de una etapa en la que la moral venía
siendo represión, a una permisividad
incontrolable. ¿No será el momento
de recuperar la moral evangélica
de la gracia, que no destruye sino que
perfecciona la naturaleza?
Estos anhelos de humanismo y felicidad
se ven frustrados en organizaciones
de política y de economía que hacen
imposible la satisfacción de los derechos
fundamentales. Cuando éstos están
en juego, la Iglesia no puede permanecer
impasible. De una vez por todas, ni
la política ni la economía ni la religión
tienen derechos; éstos son
de las personas, como individuos y como
miembros de una sociedad. Esta forma
de ver las cosas puede ser saludable para
los gobiernos políticos y para la misma
Iglesia. Para los gobiernos, para que no
se obsesionen en que la Iglesia católica
desaparezca del mapa. Y, con esa visión,
la Iglesia tiene que defender, por
ejemplo, la libertad religiosa: un derecho
de todos, no sólo para los católicos, sino
también para los demás ciudadanos.
Pero esos deseos de felicidad se
concretan hoy en un materialismo y
un hedonismo narcisista, en parte como
reacción a una cultura represiva de todo
lo que significa felicidad y placer.
En esa represión ha tenido su parte una
espiritualidad de los cristianos donde
la ascesis se consideró factor decisivo,
incluso sin la mística. Y cuando tenemos
la tentación de caer en espiritualidades
evasivas, que pretenden conectar con
la divinidad sin preocuparse de construir
el Reino de Dios erradicando exclusiones
inhumanas, surgen serios interrogantes:
¿cómo superar ese dualismo maniqueo?
Si es verdad que el cuerpo del bautizado
se hace carne del Crucificado, ¿tiene
valor la ascesis cuando falta una
mística?, ¿tiene sentido el sacrificio
si no está motivado por el amor?
Ante una sociedad plural
La pluralidad es ineludible si cada
uno de nosotros hemos sido puestos
en manos de nuestra propia decisión.
Consciente de que todos formamos una
sola familia humana, Jesús salió de su
grupo humano y religioso, y se fue con
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pobres y sencillos, esa masa humana
que no pertenece a un grupo cualificado.
Admitió que también los otros hacen
milagros. Practicó y propuso a sus
discípulos el camino de la oferta, no de
la imposición. El Vaticano II dejó de lado
anatemas y dogmatismos para entrar
en un camino de apertura y diálogo con
los otros, los diferentes: “La verdad no se
impone de otra manera que por la fuerza
de la misma verdad, que penetra suave
y a la vez fuertemente en las almas”
(Declaración ‘Dignitatis Humanae’ sobre
la Libertad Religiosa, 1).
Ante la situación de pluralidad cada vez
más notoria en nuestra sociedad
española, tres imperativos parecen
evidentes:
Comunicación y diálogo, donde los
seres humanos ofrezcamos mutuamente
la verdad que hemos encontrado y nos
ayudemos a caminar hacia la verdad
completa.
Personalizar la fe no sólo como
creencia o aceptación de verdades
propuestas con autoridad, sino como
encuentro personal con el Dios revelado
en Jesucristo.
Finalmente, la nueva situación
de pluralidad exigirá vivir la identidad
cristiana para ofrecerla modestamente,
pero sin equívocos.
Una sociedad postcristiana
VN
Jesús se encontró con una tradición
religiosa que había pervertido su
intención original: había fabricado un
Dios a su medida y utilizaba la religión
para garantizar situaciones de privilegio,
matando a los más indefensos. Su táctica
no fue acabar con la verdadera tradición
religiosa de la Biblia, sino descubrir
y actualizar su intención original,
purificándola de tradicionalismos que
la manipulaban y desfiguraban.
Por eso, chocó con los religiosos oficiales
e inhumanos que, aprovechándose
de la religión para mantener
sus intereses bastardos, pervertían
su novedad original.
Hoy en la sociedad española nos
encontramos con muchos bautizados que
abandonan la religión cristiana porque
la creen trasnochada e incluso nefasta
para responder a los nuevos desafíos
que actualmente tiene la humanidad.
Más que como impulso de vida, sólo ven
a la Iglesia y al Dios que ella proclama
como factor que reprime lo humano
y paraliza la renovación necesaria.
Muchos de ésos que se autodenominan
agnósticos fueron educados en colegios
católicos y se quedaron con la visión
que recibieron de niños; en el tema
religioso, siguen con pantalón o falda
cortos. Es verdad también que muchas
veces se fabrican previamente una
imagen falseada de la divinidad y de la
religión católica para después combatirla.
Y en cuanto a la indiferencia religiosa,
que cada vez cunde más entre
generaciones jóvenes, incluso alejadas
de la intelectualidad, también es cierto
que hay mucha ignorancia.
Pero no es suficiente quedarnos en
diagnósticos más o menos certeros sobre
el proceso de secularización. Hay que
asumir las cuestiones de fondo. Y la
principal es de qué divinidad estamos
hablando los cristianos con nuestra
conducta religiosa, moral y social.
Si creemos que Dios es más íntimo
a nosotros que nosotros mismos, dando
a todos y a todo vida y aliento, ¿vale
una práctica religiosa de oraciones y
sacrificios para despertar a la divinidad
que está en los cielos y hacer que
se ponga de parte nuestra? ¿seguimos
pensando en una divinidad milagrera
que interviene arbitrariamente y sólo
de cuando en cuando, dejando fuera
de juego la autonomía, leyes y valores
del dinamismo creacional? Y nuestra
conducta moral, ¿qué imagen de Dios
estamos transmitiendo si vivimos
atemorizados ante posibles castigos
u obsesionados por ganar el cielo
con sólo nuestras fuerzas, olvidando
la misericordia y ternura infinitas
de Dios revelado en Jesucristo? Y en
el terreno de la organización social, si
únicamente nos preocupamos de que
nuestras almas lleguen al cielo después
de la muerte, procurando no tocar
la tierra ni complicarnos la vida con los
problemas sociales, ¿estamos dialogando
con el Dios del Reino, o más bien con
una divinidad fabricada por nosotros?
A ese Dios-Amor que es realidad
fundante que nos afirma, sostiene
y continuamente nos impulsa,
lo descubrimos en Jesucristo. De ahí
la importancia y actualidad que tiene
hoy confesar la divinidad de Jesús.
La confesión cristiana siempre se ha
movido entre dos extremos: salvaguardar
la divinidad a costa de la humanidad o
garantizar la integridad humana a costa
de la divinidad. Es cierto que sin
esa historia, ciertamente, la fe cristiana
se expone a la perversión. Pero tras
el movimiento teológico radical
de “la muerte de Dios”, y en
una sociedad sorda e insensible a la
transcendencia, hoy corremos el peligro
de volatilizar la divinidad de Jesucristo y
privarnos del horizonte nuevo que rompe
nuestro cerco de muerte, abre camino
a las víctimas y garantiza que nuestros
anhelos de felicidad sin límites no
caerán en el vacío.
CONCLUSIÓN
No podemos reducir la fe cristiana
a creencias o adhesión intelectual a
verdades, ni a un elenco de normas y
prohibiciones, ni a prácticas devocionales
fragmentadas, ni a la repetición de
principios doctrinales, ni a moralismos
más o menos blandos o exigentes que
ni convierten la vida de los bautizados
ni son testimonio creíble para nadie. Hay
que volver al acontecimiento Jesucristo,
encontrarnos con una Persona que “da
un nuevo horizonte a la vida y, con ello,
una orientación decisiva”. Sólo este
encuentro personal y comunitario con
Jesucristo vivo, que llamamos fe
cristiana, puede generar un cristianismo
como propuesta de vida que sea creíble
y garantice el futuro de la Iglesia en esta
sociedad laica.
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