Roberto Bolaño: entre el ensayo y la ficción*

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del
VilaN° 46: 83-98, 2010
Taría
aller
dePilar
Letras
Roberto Bolaño: entre el ensayo
la ficción
issny0716-0798
Roberto Bolaño: entre el ensayo y la ficción*
Roberto Bolaño: Between the essay and the fiction
María del Pilar Vila
Universidad Nacional del Comahue, Argentina
[email protected]
En la obra del escritor chileno Roberto Bolaño se entrecruzan los más variados
géneros, poniendo en escena un modo de abordar temas centrales para la literatura
latinoamericana. Revisa convenciones genéricas y atiende a la emergencia de series
textuales cuya clasificación escapa a las conocidas. Los cruces son frecuentes, los
desvíos también. Todas las ocasiones son propicias para dar a conocer sus ideas, en
particular las referidas a la literatura. Al mismo tiempo dedica un espacio central a
las referencias de autores y libros de ficción y de no ficción con los cuales entabla
un profundo diálogo, recolocándolos en el canon latinoamericano. Su obra es, pues,
una perfecta “cartografía personal”. En esta línea, Entre paréntesis constituye un
texto heterogéneo que señala la discordancia entre lo que es la textualidad misma y
el título, y cuyo efecto inmediato es desacomodar al lector provocando la pérdida de
las certidumbres en lo que respecta al género que lo caracteriza, razón por la cual se
puede leer Entre paréntesis como un texto ensayístico en tanto discurso que postula un
corrimiento de convenciones genéricas para impulsar un proceso que haga tambalear
las certezas del lector tanto en el campo literario como en el de la teoría literaria.
Palabras clave: ensayo, Roberto Bolaño, heterogeneidad discursiva.
The most varied genre interweave in the work of the Chilean writer Roberto Bolaño
showing a way to treat central topics for the Latinoamerican literature. It revises genre
conventions and considers a textual series emergency whose classification departs
from the ones familiar. Intersections are frequent as are diversions. Every occasion is
favourable to express his ideas, particularly those related to literature. At the same
time, he gives a central place to authors’ references and to fiction and non-fiction
books which he starts a profound conversation and rearranges into the Latinoamerican
canon. His work is a perfect “personal cartography”. In this sense, Entre paréntesis is
a heterogeneous text which points out the conflict between the textuality itself and the
title, whose immediate effect is to dislocate the reader causing the loss of certainties
in relation to the genre that characterizes it. For this reason, Entre paréntesis can be
read as an essay since it is a discourse that puts forward a shift of genre conventions
to prompt a process that makes readers´ certainties shake both in the literary field
and in the literary theory.
Keywords: essay, Roberto Bolaño, discursive heterogeneity.
Fecha de recepción: 09 de septiembre de 2009
Fecha de aprobación: 06 de enero de 2010
* El marco teórico que sustenta este trabajo fue parte de un proyecto que dirigió la autora
en la Universidad Nacional del Comahue y que se titula Escritores latinoamericanos que
escriben sobre escritores. El ensayo literario de entre siglos.
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Las consideraciones que pueda formularme con relación a
lo escrito posiblemente cuenten con un rango más amplio. Me
gustaría detectar más bien una vida completa en armonía con mi
escritura, creer la idea de que estructuro un libro infinito, donde
las obras publicadas son sólo puntos de referencia de la escritura
en abstracto que los sostiene.
Mario Bellatin
La obra de Roberto Bolaño (1953-2003) constituye un punto de inflexión,
no sólo para la literatura de su país, sino también para América Latina. Desde
los primeros trabajos del escritor chileno, el lector enfrenta un discurso que
se aparta de modo manifiesto de los producidos por muchos de sus contemporáneos. La mayoría de sus libros entabla interesantes vínculos con
algunos textos, lazos que nacen al abrigo de la trasgresión y del abandono
de estructuras narrativas, línea en la que se encuentran los trabajos de
Mario Bellatin, Pedro Lemebel o Rodrigo Fresán, por ejemplo, autores que
con frecuencia están presentes en sus producciones1.
Por su prolífica obra transitan, en distintas instancias y con diversas intensidades, los temas que se inscriben en la agenda cultural del siglo XX y
que se han proyectado en los inicios del XXI en la literatura del continente
latinoamericano. El exilio, las dictaduras, los grupos generacionales y la
tradición conforman el entramado de sus novelas, cuentos y ensayos. Sin
embargo, el modo de abordarlos se desliza por caminos que marcan un claro
abandono de los géneros y un deliberado propósito por impulsar un nuevo
modo de leer y de hablar del continente, de sus hombres, de su tradición,
de la literatura. Para transitar esos caminos, la operación narrativa empleada
por Bolaño se inscribe en un intento por cancelar modelos y abandonar los
padres literarios. En ese trayecto no descuida, por cierto, el tratamiento de
su posición crítica en lo que respecta a cuestiones teóricas vinculadas con
la literatura, la crítica y la teoría literaria. No desatiende, tampoco, aspectos
estrechamente relacionados con la política y la historia.
Sin presentarse como un especialista, revisa convenciones genéricas y
atiende a la emergencia de series textuales cuya clasificación escapa a las
conocidas. Recurre, también, a la mención de autores y libros de ficción y
de no ficción difícilmente localizables, circunstancia que configura un lector
que debe incursionar en bibliotecas para reconocer muchos de los nombres
o episodios mencionados. Los cruces son frecuentes, los desvíos también.
Todas las ocasiones son propicias para dar a conocer sus ideas, en particular las referidas a la literatura. Su obra es, pues, una perfecta “cartografía
personal.” Desde los discursos de aceptación de premios, como el “Discurso
de Caracas”, hasta las notas periodísticas, pasando por inquietantes novelas
1  Si
bien señalo esta vinculación entre la obra de estos autores con la de Bolaño a partir de
la heterogeneidad genérica, no dejo de considerar que muchos de estos quiebres estuvieron presentes en autores vanguardistas latinoamericanos. Me interesa destacar a Bellatin
o Lemebel o Fresán, porque sus nombres y la lectura que de ellos hace Bolaño ocupa un
espacio notable en su narrativa. Creo, además, que la relación del chileno con la vanguardia
no guarda una relevancia destacable en términos de constitución de linajes.
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como Estrella distante, Los detectives salvajes o 2666, o los singulares cuentos que componen El gaucho insufrible, la obra de Bolaño dibuja el camino
recorrido por un escritor que pareciera haber tomado para sí las palabras de
Juan Gustavo Cobo Borda cuando sostiene que:
[l]o que está fijo, lo que está codificado, la letra de la ley
impresa que se decreta inmodificable, puede comenzar
a cuestionarse, a disolverse, a medida que las diversas
entonaciones de los múltiples lectores ponen en duda
ese cuerpo sólido y lo sumergen en el mar musical de las
diversas voces (Lector impenitente 14).
De eso se trata pues, de revisar la letra inmodificable, el género, la norma.
¿Cómo leer, si no es desde esta perspectiva la operación que realiza en La
literatura nazi en América? ¿Cómo pensar que el libro más “creíble”, como
es el Diccionario, se ensambla con una operación construida sobre la ficción,
sobre “la verdad de las mentiras”? ¿Cómo abordar y apropiarse de una escritura cruzada por distintas tradiciones? ¿Cuál es el camino, en definitiva,
para navegar entre tantas imágenes, historias y ámbitos perturbadores?
La propuesta creadora de Bolaño se desliza por un mar de ambigüedades:
novelas atravesadas por reportajes, cuentos que se leen como una única novela
o novelas reunidas casi por un engañoso azar o un deliberado mapa, no menos
engañoso, Diccionario de Literatura con viejos y nuevos fantasmas literarios,
ensayos que son discursos, discursos que son ensayos. Se despliega así una
propuesta en la que se resignifican temas y preocupaciones: la búsqueda de
nuevas estrategias para hablar de política, de dictaduras, de la violencia o de
la literatura, es tamizada por una voz renovadora. Yuxtaposición, entrecruzamiento, detenimiento en zonas inciertas que impulsan a trabajar con cierta
complejidad narrativa, están presentes en la obra de este escritor, quien no
vacila en expresar su proximidad con Pedro Lemebel: “Cuando todos los que
lo han ninguneado estén perdidos en el albañal o en la nada, Pedro Lemebel
será aún una estrella” (Entre paréntesis, 66), o Rodrigo Rey Rosa: “un maestro
consumado, el mejor de mi generación” (Id. 140) para plantear, de modo no
menos categórico, su alejamiento de Pablo Neruda, al que dice releer “como
quien revisa las cartas comerciales y sentimentales de su abuelo” (Id. 154).
En la línea de cruces genéricos, Entre paréntesis2 constituye un texto
heterogéneo que señala la discordancia entre lo que es la textualidad misma
y el título, y cuyo efecto inmediato es desacomodar al lector provocando la
pérdida de las certidumbres. Dicho de otro modo: el libro en su conjunto
confirma la disparidad de criterios al momento de definir las categorías discursivas mencionadas en el subtítulo. Esta disparidad encuentra su inmediato
correlato en la presentación que hace el prologuista Ignacio Echevarría, quien
ordena y clasifica los trabajos en “charlas o discursos”, “crónicas”, “columnas
periodísticas”, “crónicas de viajes y artículos de circunstancias”, “prólogos,
reseñas ocasionales y fragmento de un discurso”, para cerrar con la inclusión
de una entrevista.
2  Barcelona:
Anagrama, 2004. En lo sucesivo se cita por esta edición.
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En esta enumeración omite la nominación “ensayo”, sin embargo, pese a este
ordenamiento que desorienta al lector casi tanto como el libro en su conjunto,
varios de los textos contenidos en Entre paréntesis son ensayos planteados a
la manera de De Montaigne: no hay límites ni partes ni intención sistemática.
Tienen una alta intención apelativa y descuidan el aspecto expresivo; más
bien se posicionan en una zona que inicialmente busca provocar al lector –en
especial a la comunidad de pares– y focaliza el eje de sus preocupaciones en
aspectos marcadamente autobiográficos. Son textos que expresan el propósito
del autor por plantarse en el mundo para, con su palabra riente, provocadora,
desmedida y al mismo tiempo simple, reconocer y darle cuerpo a la sociedad,
a la historia y a la cultura con operaciones narrativas zigzagueantes.
En función de estas consideraciones, propongo leer Entre paréntesis
como un texto ensayístico en tanto discurso que postula un corrimiento de
convenciones genéricas para impulsar un proceso que haga tambalear las
certezas del lector, tanto en el campo literario como en el de la teoría literaria.
Sostengo esto porque se está frente a un discurso producido por un autor
que no “se abstiene de toda tentación” para acometer “con digresiones, con
trivialidades ocasionales y caprichos” (Bioy Casares, La otra aventura 71)
un discurso que no apela a la argumentación lógica y que, por momentos,
clausura la posibilidad de avanzar sobre ejes conceptuales profundos al
emplear un lenguaje cargado de humor, de ironía y de irreverencias. Un
discurso alejado de las reglas «del buen decir», posicionado en un espacio
incierto pero pleno de desafíos gracias a la validación del libre discurrir; un
discurso, finalmente, que abandona las líneas de la ficción para desorientar
el horizonte de expectativas del lector.
Roberto Bolaño, en Entre paréntesis, aborda tópicos centrales para la
literatura y la cultura latinoamericanas que permiten visualizar cómo funda
su tradición y teje sus relaciones generacionales, tal como puede observarse, por ejemplo, en “Literatura y exilio”, “Exilios” o “La poesía chilena y la
intemperie”. Para ello argumenta con distintas posturas instando –aunque
no de modo directo– a la revisión de aspectos vinculados con la historia de
la literatura latinoamericana. Unas veces de perfil, otras de frente, polemiza
con autoridades literarias, cuestiona la norma, revisa la tradición nacional
y encamina sus afirmaciones a la imposición de un nuevo valor. Así, en “La
poesía chilena y la intemperie” afirma que:
... [d]espués de Lihn y de Teillier la nada o el misterio
nos da la patita e incluso mueve la cola. Zurita crea una
obra magnífica, que descuella entre los de su generación
y que marca un punto de no retorno con la poética de la
generación precedente, pero su escatología, su mesianismo, son también los puntales de un mausoleo o de una
pira funeraria hacia la que se encaminaron, en los años
ochenta, casi todos los poetas chilenos (88-89).
Como en otros textos que componen Entre paréntesis, las referencias a
escritores coetáneos se tiñen de marcas subjetivas muy altas, desmontando
y desarticulando la literatura de su país. Las afirmaciones subjetivas se ligan
con la utilización de formas narrativas que, pese a privilegiar la expresión
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casi inconclusa, o al menos no cerrada de modo contundente, confirman
la presencia de un sujeto que decididamente busca tener una intervención
pública, y lo hace desde un lugar que indica su pertenencia y su relación con
quienes está considerando y hasta juzgando, aunque para ello emplee formas
alejadas del discurso crítico o académico, tiñendo la textura del ensayo con
expresiones del dominio privado. No obstante ello, dibuja líneas que hablan
de su perspectiva de análisis: hay un expreso reordenamiento de la poesía
chilena con afirmaciones que marcan clausuras y abandono de modelos. No
pueden, en definitiva, leerse de otro modo afirmaciones como: “Las imágenes que tengo de la poesía chilena se asemejan al recuerdo que guardo
de mi primer perro, el Duque, una mezcla de San Bernardo, pastor alemán,
perro lobo y quiltro […]. Para mí el Duque es la poesía chilena y tengo la
vaga sospecha de que para los chilenos la poesía chilena es un perro o las
diversas figuras del perro” (88).
Desde un discurso difuso, por momentos crítico, por momentos íntimo,
cargado de ironía, pleno de desacralizaciones, el autor se piensa como incrédulo lector de la tradición literaria chilena para, desde ese lugar, explorar
otros caminos y, al mismo tiempo, convertirse en un lector calificado:
Rodrigo Lira abre un camino y se pierde. Pero hay que releer
a Rodrigo Lira. No pretende ser Dante sino Condorito […].
El rebelde por excelencia de mi generación, sin embargo,
es Pedro Lemebel, que no escribe poesía pero cuya vida
es un ejemplo para los poetas. En Lemebel está la dulzura, una sensación de fin del mundo y el resentimiento
feroz; con él no hay medias tintas, su lectura requiere
una inmersión en profundidad. (89)
Sobrepasa de esta manera la política del género, impugnando las jerarquías literarias al reunir al gran florentino con el personaje de historieta, y
al depositar en un narrador la renovación de la poesía.
Sostenido por multiformes afirmaciones orientadas a impulsar la relectura
de la literatura nacional, el autor busca justificar sus opiniones mediante una
clara apelación al lector, a quien hace partícipe de sus reflexiones, provocando
una comunicación dialógica visible a través de marcas retóricas que permiten
dar al ensayo un tono familiar y coloquial. Sus reflexiones encuentran cabida
en temas literarios, aunque no deja de lado referencias menores, expresando
así que “cualquier aspecto es propicio, siempre y cuando las consideraciones
sobrepasen el plano de lo puramente mecánico” (Gómez-Martínez, Teoría
del ensayo 31). En tal sentido, frente a las observaciones de Bolaño acerca
de un tópico central para la literatura latinoamericana como es el exilio, se
observa que las mismas están enmarcadas en un perpetuo juego que lleva
a la disolución y hasta abandono de las preocupaciones que esta cuestión
genera para los escritores. Esto se observa, básicamente, en un manifiesto
desplazamiento del estilo y de la forma que este tipo de discursos suele
reclamar:
Y con esto tengo la impresión de que he dicho todo lo que
tenía que decir sobre literatura y exilio o sobre literatura y
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destierro, pero la carta que recibí, que era larga y prolija,
ponía especial énfasis en que debía hablar durante veinte
minutos, algo que ustedes seguramente no me agradecerán y que para mí se puede convertir en un suplicio,
sobre todo porque no estoy seguro de haber traducido
correctamente esa misiva endemoniada, y además porque
siempre he creído que los mejores discursos son los discursos breves (43).
El juego que instala el autor con esta afirmación tiende, además, a
desarticular discursos pensados para un auditorio académico. Ingresa, casi
lateralmente, en una suerte de conversación, con un gesto que apela a un
diálogo familiar al tiempo que se coloca en el lugar de quien solo aspira a
decir poco sobre un tema central. El lector, entonces, podría preguntarse qué
está leyendo, qué retóricas y qué combinaciones de matrices genéricas se
están empleando para aludir a un tema de esta naturaleza. En esto radica
el desafío que plantea la lectura de este libro: se deben sortear las convenciones genéricas para enfrentar un texto que deja filtrar residuos de teoría,
referencias autobiográficas, polémicas, ficción3.
La organización de éste y de la mayoría de los textos que integran Entre
paréntesis habla de la particularidad de este tipo de discursos: nada es tan
categórico como para que no quepa en él; nada es tan menor como para
que no merezca la atención del ensayista. De modo tal que el autor aborda
el tema con conocimiento, elaborando un discurso que busca conmover al
lector y arma un juego dialéctico en el que no está ausente su posicionamiento ideológico o, para decirlo en términos de Arenas Cruz, el ensayo
emerge como “un mecanismo productor de ideología implícita” (Hacia una
teoría… 166).
En esta línea, la referencia a Haider, por ejemplo, es muy significativa,
en especial si se atiende al locus de enunciación por cuanto, tal como lo
anuncia el autor, el ensayo es resultado de un pedido proveniente del ámbito
académico austriaco, y es en este lugar donde delimita su posición frente a
la política de Haider:
Y entre las muchas cosas que quedaron inconclusas, una
de ellas fue el regreso a Viena, el regreso a Austria, esta
Austria que para mí, huelga decirlo, no es la Austria de
Haider sino la Austria de los jóvenes que están contra
Haider y que salen a la calle y lo hacen público, la Austria
de Mario Santiago, poeta mexicano expulsado de Austria
en 1978 […] (Bolaño, Entre paréntesis 42).
3  Cabe
mencionar que varios escritores latinoamericanos hicieron del desvío de las convenciones genéricas un rasgo distintivo de sus obras. Baste recordar los trabajos de Domingo
F. Sarmiento o de José V. Lastarria. El siglo XX conoce también trabajos de autores como
Sergio Pitol, Juan Villoro o Jorge Edwards, quienes cruzan géneros, abandonan modelos y
releen la tradición desde el ensayo.
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Esta afirmación explicita cómo todo ensayo permite la reunión de formas
para discutir y reflexionar sobre los más diversos temas y posibilita la revisión
de tópicos reiterados que pueden ser diferenciados al ser tratados desde otra
perspectiva, como en este caso la idea de nacionalidad y de exilio.
El recorrido realizado es, por cierto, inquietante, puesto que las referencias
al exilio se cargan de un alto tono dramático: la expulsión de Mario Santiago,
escritor mexicano y amigo de Bolaño, y la autorización del gobierno austriaco
para que regrese en 1984, son las operaciones que permiten la ligazón de los
dos conceptos que dan título al ensayo. Santiago y su exilio, y la literatura
–resumida en la referencia al libro de G. Orwell– señalan el acto de intolerancia que conlleva el concepto motivo del ensayo. Desde esta perspectiva, el
autor elige transitar por la conjetura, pero sin dejar de desplegar estrategias
destinadas a iniciar la polémica: no hay diatriba ni injurias explícitas, pero sí
una referencia precisa a las condiciones históricas en las que se vivieron esos
acontecimientos y el modo en que una sociedad convive con los extremos.
El autor busca dar a conocer la verdad, aunque en rigor es evidente que ya
sabe o conoce con precisión el tema motivo de la reflexión, solo que ahora
se hace enunciación. O, para decirlo en términos de Nicolás Rosa: “[e]l discurso crítico tiende a reducirse a una relación metaforizada, sobreentendida,
débilmente crítica, construyendo un discurso axiomático y no dialéctico: un
discurso de la confrontación” (Historia del ensayo argentino 23).
La referencia al episodio vivido por Santiago en Viena cobra una significación
muy particular. La ironía muta en paradoja: Bolaño está leyendo “Literatura y
exilio” en la capital de Austria y el trabajo sirve para dar forma al tema que
despliega desde otro lugar. Deja a la vista las contradicciones de la sociedad
austriaca y lo hace sin reclamar protagonismo a las palabras, apelando, por
el contrario, al del referente (Arenas Cruz 360). Se puede sostener, pues,
que pese a encubrir de modo deliberado una forma rígida, formal y hasta
académica, el propósito es el de impulsar al lector (oyente) a reconocer en
esas acciones el modo en que Bolaño juzga crítica y rigurosamente la situación
aludida. Como sostiene Walter Benjamín, “[l]as opiniones son al gigantesco
aparato de la vida social lo que el aceite es a las máquinas. Nadie se coloca
frente a una turbina y la inunda de lubricante. Se echan unas cuantas gotas
en roblones y junturas ocultas que es preciso conocer.” (Dirección única 15).
En esto consiste, precisamente, la operación que realiza Bolaño, en deslizar
algunas gotas, en dejar huellas, en develar y al mismo tiempo encubrir, en
jugar con el lector y con su conocimiento de mundo.
Los ensayos buscan refundar la historia de la literatura y lo hacen a partir
de ciertos nodos centrales en lo que respecta a la propia organización discursiva: excentricidades en la elección de los nombres evocados o reconocidos,
escenarios políticos recurrentes, homenajes y rechazos. Se reconfirma lo
sostenido por A. García Berrio, citado por Claudio Maíz (“Problemas genológicos del discurso ensayístico: origen y configuración de un género”),
cuando señala, como principal característica del género, el entrecruzamiento
de temas, sobre todo por las modalidades de realización expresiva. Estas
últimas son las que, de acuerdo con el teórico español, generan transformaciones por “hibridación, contaminación o sustitución” (82). Responden a estas
particularidades y despliegan cierto tono menor, jocoso e irreverente, con lo
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que el ensayista desliza su discurso a un lugar que le permite desmontar la
idea de estar frente a un texto que provea información certera y totalizante.
Más bien, el autor apunta a lo fragmentario, al recorte, tal vez a lo nimio,
y hasta por momentos, grotesco o irrisorio, haciendo de lo insignificante el
eje de sus inquietudes, aunque sin abandonar el propósito argumentativo,
mostrando un eclecticismo destinado a marcar las contradicciones tal como
puede observarse en el siguiente recorte de “Literatura y exilio”:
Si Mario Santiago hubiese sido un fanático de los festivales
musicales de Salzburgo, sin duda se habría marchado de
Austria con lágrimas en los ojos. Pero Mario nunca fue a
Salzburgo. Se montó en un tren y no bajó hasta París, y tras
vivir unos meses en París tomó un tren rumbo a México,
y cuando llegó la fecha fatídica o festiva –depende– de
1984, Mario siguió viviendo en México y escribiendo en
México poemas que nadie quería publicar y que posiblemente están entre los mejores de la poesía mexicana de
finales del siglo XX (42).
Bolaño, una vez más, traspasa los cánones aceptados y establecidos por
el ámbito académico para marcar, paradójicamente, criterios académicos. Por
otra parte, y pese a visualizarse la premisa de provisionalidad propia de este
tipo de discursos, recurre a afirmaciones –significativamente contenidas en
interrogaciones– que suspenden esa condición y le otorgan un efecto de certeza muy alto: “¿Se puede tener nostalgia por la tierra en donde uno estuvo
a punto de morir? ¿Se puede tener nostalgia de la pobreza, de la intolerancia,
de la prepotencia, de la injusticia?” (43), se pregunta Bolaño en la ciudad que
expulsó al mexicano y ahora se dispone a escuchar a otro latinoamericano
hablando, precisamente, de la relación entre exilio y literatura. Al mismo
tiempo, en “Exilio”, reafirma su idea particular del tema al sostener que: “En
ocasiones el exilio se reduce a que los chilenos me digan que hablo como un
español, los mexicanos me digan que hablo como un chileno y los españoles
me digan que hablo como un argentino: una cuestión de acento” (53).
El desplazamiento hacia este tópico tan enraizado en la historia del continente perturba (¿o procura hacerlo?) al lector especializado: “Por lo que
pude entender de la carta creo que tenía que hablar del exilio. Pero es muy
posible que esté absolutamente equivocado, lo cual, bien mirado, sería a la
postre una ventaja, pues no creo en el exilio, sobre todo no creo en el exilio
cuando esta palabra va junto a la palabra literatura.” (40). No reivindica la
“añoranza” ni la “nostalgia”, apelando a un claro propósito por desmantelar
el mito por la tristeza o la añoranza por la tierra natal (43), aspecto que le
permite desplazarse de su filiación chilena para construir una nueva: “Para el
escritor de verdad su única patria es su biblioteca, una biblioteca que puede
estar en estanterías o dentro de su memoria” (43).
Literatura y exilio son conceptos percibidos como antagónicos y hasta
absurdamente unidos, afirmación que lleva al lector a preguntarse cuál es la
idea de literatura puesta en juego y qué se entiende por exilio. En “Exilios”
abundan las referencias tendientes a desmantelar el concepto, y para ello
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el autor recurre a contundentes aseveraciones con el propósito de que “bajo
la mirada del ensayo, toda formación espiritual tiene que convertirse en un
campo de fuerzas” al tiempo que se aleja “espantado ante la violencia del
dogma” (Adorno, “El ensayo como forma” 20). Estos juegos verbales dejan a
la vista el modo en que se violentan no solo las convenciones de la escritura
sino también las lectoras.
Con firmeza sostiene que insistir en la “nostalgia, en el regreso al país
natal” siempre le “ha sonado a mentira. Para el escritor de verdad su única
patria es su biblioteca, una biblioteca que puede estar en estanterías o dentro
de la memoria” (Bolaño, Entre paréntesis 43). El ensayista entonces interpreta el concepto de exilio desde una perspectiva absolutamente personal,
confirmando su concepción de la literatura como “reflexión y planificación
política” (Boullosa, “Carmen Boullosa entrevista a Roberto Bolaño” 108). Y
va un poco más lejos: modifica mapas, destruye fronteras geográficas en
función de un nuevo alineamiento territorial. De modo casi simétrico procura
refundar la historia de la literatura. ¿Qué es si no la elección de dos poetas
«exiliados», de dos extranjeros para hablar de la mejor literatura chilena?
En esta línea, uno de los ensayos más relevantes para poder considerar este tema es “Discurso de Caracas”, que fuera pronunciado en el acto
de aceptación del Premio Rómulo Gallegos (31-39). El discurso incluye un
“proemio o prólogo o palabras iniciales”, lo que, en alguna medida, desvía
las particularidades de un texto cuyo eje es el agradecimiento a quienes
reconocen el valor de su obra. Agrega, además, una dedicatoria a Domingo
Miliani, “figura canónica de intelectual latinoamericano”, referencia que
oblicuamente remite a uno de los tópicos mencionados con frecuencia en
Entre paréntesis: sus filiaciones y sus afiliaciones. Para desplegar el primer
concepto apela a la idea de “generación turbulenta”, para el segundo recurre
a dos nombres “malditos”: Rimbaud y Lautréamont.
El cuerpo del discurso está focalizado en una suerte de recorrido por la
historia de la literatura, pero a partir de una operación singular. Funda su
propuesta de suspensión en la ironía y un cierto matiz lúdico, que hacen del
discurso una zona de análisis productiva en lo que respecta a la compleja
relación que entabla con los nombres de la literatura y con los territorios
nacionales. Es precisamente su peculiar idea de patria la que le permite
redefinir el concepto de literatura nacional: “Y a veces la patria de un escritor no es la gente que quiere sino su memoria […]. Muchas pueden ser las
patrias, se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte es
el de la calidad de la escritura” (36).
El desborde expresivo –curiosamente dicho con formas simples y, al
mismo tiempo, terminantes– conduce a la postulación de nuevas relaciones
en las que la afiliación circula por singulares senderos: “Y esto me viene
a la cabeza porque en gran medida todo lo que he escrito es una carta de
amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década
del cincuenta” (37).
El ensayista expresa sus opiniones categóricamente unas veces, otras las
desliza, pero siempre está presente su voluntad de dirigirse y hasta afectar
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al lector (y a él mismo como tal), aun cuando sus afirmaciones alteren la
efectividad de su intervención pública (Giordano, Modos del ensayo 19).
Reactualiza el acto de leer y para ello se representa a sí mismo en el discurso
tomando datos autobiográficos provenientes de escenas de lectura, aunque sin
desdeñar algunos de menor cuantía que se expresan en un mismo nivel que
las referencias a sus vínculos con otros escritores y con otras lecturas. Esta
operación se repite en otros discursos en los que está presente su relación
con aquellos que elige como compañeros de ruta quienes, a la manera de La
Boètie, comparten sus preocupaciones estéticas y su idea de literatura:
Hace unos días, con Juan Villoro, nos pusimos a recordar a
los autores que habían sido importantes en nuestra juventud y que hoy han caído en una suerte de olvido, aquellos
autores que gozaron en su momento de muchos lectores
y que hoy sufren la ingratitud de esos mismos lectores y
que para colmo de males no han conseguido interesar a
los lectores de una nueva generación (181).
¿Quiénes son esos autores que asoman en el recuerdo de escenas juveniles
de lectura? ¿Qué nombres reviven al calor de la evocación y ante la certeza
del olvido de los lectores del presente? Son los “autores que se alejan”, los
que “no han conseguido interesar a los lectores de una nueva generación”
o que, por el contrario, han sido leídos equivocadamente. De este modo, se
piensa a sí mismo como lector privilegiado con capacidad suficiente como
para considerar “provincianos” a quienes quedan sometidos a las leyes del
mercado, reactivando, a partir de estas observaciones, su perspectiva negativa de la consideración del concepto literatura nacional. Por ello afirma el
valor de la lengua común como punto de cohesión y sostiene que el “placer
estético” no depende de “unos referentes nacionales”4. No hay pretensión de
neutralidad y sus comentarios están orientados a postularse como un testigo
de hechos, temas y personajes que hablan por sí mismos.
En esta trayectoria, en la que se entremezcla la nostalgia con la crítica,
recala en otro tema central para la literatura latinoamericana como es el de
la identidad, complejo entramado de aspectos sociales, culturales y políticos.
Para hacerlo, las estrategias están depositadas –una vez más– en la ironía
y hasta en una descalificación encubierta de esta cuestión: “a mí lo mismo
me da que digan que soy chileno, aunque algunos colegas chilenos prefieran verme como mexicano, o que digan que soy mexicano, aunque algunos
colegas mexicanos prefieran considerarme español” (36).
Las alusiones no son menores, en particular si se tiene en cuenta el fuerte
peso que tiene la nacionalidad en el imaginario colectivo chileno. Se hace
visible la torsión que hay en el tratamiento de este tópico, evidenciando
que no se comparte la idea de frontera para definir la identidad. El autor se
construye como una voz mediadora, como un sujeto que con mirada atenta
recorre el mundo y se percibe como testigo de un lugar en el que las certezas
tambalean. Apela, pues, al desdibujamiento de algunos modelos y de límites
geográficos. Este propósito se direcciona a realizar la misma operación que
4  Cfr.
página 181 y siguientes.
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hace con las fronteras literarias: construir o pensar una nueva “historia de
la literatura”, abandonar los padres literarios y tejer, de ese modo, nuevas
filiaciones y nuevas afiliaciones5.
Se puede pensar que, contra lo sostenido por De Montaigne en cuanto a
la ausencia de un destinatario cierto, en el caso de los ensayos de Bolaño,
el destinatario es la Academia, a la que está discutiendo y no solo lo hace
con lo que dice sino con mecanismos retóricos que también demuestran su
propósito desacralizador. De allí que el uso de la ironía como procedimiento
relevante sea lo que le permite desplazar el foco de atención. En palabras
de Alberto Giordano, “dice en serio, dice en broma y entre la distancia que
se abre entre uno y otro decir, los opuestos, como opuestos, en tanto se
oponen, se comunican” (Modos del ensayo 46).
A diferencia de otros ensayos que también revisan el canon y la literatura,
en gran parte de los que componen Entre paréntesis, el autor no apela de
modo categórico a otras voces para avalar sus opiniones; por el contrario, le da
un lugar destacado y central a la suya y abandona deliberadamente cualquier
atisbo de intención didáctica que en ensayos canónicos está presente con
frecuencia. ¿Qué es, si no el abandono de este propósito cuando despliega
intempestivamente esta afirmación: “como ustedes también saben, y si no lo
saben, no importa”? (45) De modo tal que configura su propuesta no a partir
de una confrontación –al menos de modo frontal– con otras voces, sino que
deposita todo el peso en una única gran voz: la suya. Y su voz refuta, arma
conjeturas, desdeña algunos conceptos preformados. En ese nuevo mapeo
surgen las figuras que Bolaño levanta y elige para evocar:
Los versos de Huidobro son muy buenos y a mí me gustan
mucho, son versos aéreos, como buena parte de la poesía
de Huidobro, pero la versión/diversión de Parra me gusta
más, es como un artefacto explosivo puesto allí para que
los chilenos abramos los ojos y nos dejemos de tonterías,
es un poema que indaga en la cuarta dimensión, tal como
pretendía Huidobro, pero en una cuarta dimensión de la
conciencia ciudadana, y aunque a primera vista parece
un chiste, y además es un chiste, al segundo vistazo se
nos revela como una declaración de los derechos humanos (45).
El autor reivindica este tipo de discursos como método de conocimiento
asentado en la experiencia personal, circunstancia que le otorga esa discontinuidad narrativa esencial postulada por Adorno. La experiencia deriva
por una ruta inquietante. Juega con equívocos y cuando se apropia de otras
5  Quizás
uno de los ensayos más relevantes en este sentido lo constituya “Literatura +
enfermedad = enfermedad”, en el que las rupturas están relacionadas con el campo de la
filosofía y la escritura es concebida como un acto de libertad absoluta, en especial frente a
la enfermedad. Del mismo modo que los ensayos motivo de este trabajo, éste desarticula
las formalidades discursivas, transforma el decir y, al mismo tiempo, rearticula temas,
esta vez en torno a la enfermedad. Cfr. El gaucho insufrible. Barcelona: Anagrama, 2003.
135-158.
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voces es para resignificarlas, parodiarlas y, a veces, instar a la puesta en
duda de lo que afirmaban, pero no hay una adhesión absoluta a la palabra
ajena. El préstamo cumple más bien la función de confirmar la anulación
buscada de los modelos.
En otras ocasiones cita a Parra, pero este a su vez cita a Huidobro, y
Bolaño recupera la cita para redefinir la literatura, generando esa transfusión
perpetua de la que habla G. Genette. El poema de Parra dice: “Los cuatro
grandes poetas de Chile/ son tres:/ Alonso de Ercilla y Rubén Darío”; el poema
de Huidobro: “Los cuatro puntos cardinales/son tres/el Sur y el Norte”. Es
este poema el que le permite burlar la historia de la literatura, pero sobre
todo burlar una institución social como es la literatura nacional, puesto que
los poetas considerados como tales por Parra, en la voz del ensayista Bolaño,
son dos extranjeros, son viajeros que llegaron a tierras chilenas, de los que
“no podemos apropiarnos de ellos, sólo leerlos, que ya es bastante” (46).
Además, el poema de Parra advierte “lo nefasto del nacionalismo” y “[esto]
cae por su propio peso” (Ibíd.). A partir de esta afirmación, lo que se genera
es el debilitamiento del concepto “literatura nacional” y lo discutible de esta
idea. El remate es por cierto contundente:
Los mejores poetas chilenos fueron un español y un nicaragüense que pasaron por esas tierras australes […]
ambos sin ninguna intención de quedarse, ambos sin
ninguna intención de convertirse en los más grandes
poetas chilenos […]. Y con esto creo que queda claro lo
que pienso sobre literatura y exilio o sobre literatura y
destierro (46, énfasis mío).
El autor incorpora, mediante el verbo «creo», sus valores, su apreciación,
explicitando su perspectiva personal, para dejar a la vista la subjetividad que
envuelve sus afirmaciones. Esta marca lingüística de su subjetividad establece
una relación próxima con el interlocutor u oyente, dejando a la vista el pensamiento del autor para que el lector reconozca la valoración del tópico eje
del ensayo. Esta digresión se reitera en otras referencias, como por ejemplo
lecturas o experiencias que le permiten expresar su conocimiento profundo
de los temas tratados o evocados. Sus lecturas marcan ese momento en que
la escena evocada “funciona como estrategia autorreflexiva, que recalca la
naturaleza textual del ejercicio autobiográfico recordándonos que detrás de
todo hay siempre un libro” (Molloy, Acto de presencia 32).
El recuerdo de las lecturas abre camino a la reflexión acerca de los temas
que lo ocupan, reflexión que no descuida el tono mordaz. De modo tal que
la mención del poema de Parra, que “le viene como anillo al dedo” sirve para
reafirmar su descreimiento con respecto a escritores y literatura nacionales:
“El poema empieza hablando de los cuatro poetas chilenos, una discusión
eminentemente chilena que la demás gente, es decir el 99,99 por ciento
de críticos literarios del planeta Tierra, ignoran con educación y un poco
de hastío” (Bolaño, Entre paréntesis 44). Réda Bensmaïa considera que el
ensayo es una “táctica sin estrategia”, y si bien en este caso, a través de la
provocación se procura incidir en el lector, el discurso se desliza apoyándose
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en “tácticas” literarias, en estrategias que apelan al impacto más que a la
modificación de la realidad (The Barthes effect… 54).
Se observa, por otra parte, una nueva asimilación retórica del trabajo
académico, lo que se expresa a través de aserciones como las expresadas al
inicio del discurso: “yo no sé inglés”, “no entendí lo que decía la invitación”
o la referencia a lo sucedido a su amigo y escritor Santiago, tomándose él
mismo “como objeto de reflexión” y colocándose en el centro del escenario.
Para ello apela a la anécdota, operación que evoca a De Montaigne, en cuanto
a la “celebración de la amistad”, en tanto valor seguro. Recurre al diálogo, a la
reflexión, a la polémica expandiendo mínimos acontecimientos de su vida íntima
e incorporando al lector en ese resquicio privado del recuerdo amistoso.
En “Derivas de la pesada” también recurre a la historia de la literatura,
a sus propias lecturas y a la interpretación de estas con el fin de desplegar
sus ideas con respecto a la literatura. Con juegos verbales en los que no está
ausente la ironía, mapea la literatura desde un posicionamiento indicativo
de que este será un discurso de la escritura de una lectura. Los nombres
elegidos marcan su intención de incursionar, en este caso, por el panteón
de la literatura argentina: José Hernández, Jorge Luis Borges, Roberto Arlt,
Julio Cortázar, entre otros, ingresan mediante un peculiar modo de analizar
el campo literario argentino:
Es curioso que fueran unos escritores burgueses los que
elevaran el Martín Fierro de Hernández, al centro del canon
de la literatura argentina. Este punto, por supuesto, es
materia discutible, pero lo cierto es que el gaucho Fierro,
paradigma del desposeído, del valiente (pero también del
matón), se alza en el centro de un canon, el canon de la
literatura argentina, cada vez más enloquecido (23).
Expresa así su peculiar análisis de la tradición literaria argentina, hinca el
diente con fruición al sostener que “el Martín Fierro no es una maravilla” y
desplegar sus perturbadoras ideas con respecto a la literatura argentina. Éstas
se direccionan a señalar adhesiones y rechazos que se deslizan no solo por
cuestiones literarias sino también políticas, aunque por el tono que emplea
para adjetivar los nombres de escritores, el lector advierte la operación de
revisión, de crítica y de desplazamiento. En tal sentido, la clasificación de
Ricardo Güiraldes como “enfermo” y “rico”, o Leopoldo Marechal “que luego
se hace peronista”, “el pedante” Eduardo Mallea, hasta llegar al momento
en que muerto Borges “se acaba de golpe todo”, conforma un paródico diccionario literario en el que ningún dato es tan preciso ni tan falso6.
6  En
La literatura nazi en América despliega, apropiándose de los códigos del diccionario
de autoridades, referencias a difusos personajes literarios, autores, «cabezas» o «raros»
en los que se pueden reconocer –en algunos casos– nombres de escritores. La operación
privilegiada es, como la denomina Celina Manzoni, la acumulación paródica de biografías
(Roberto Bolaño: la escritura como tauromaquia 21). En el texto que me ocupa, las referencias biográficas se diseminan casi como centelleos, pero lo suficientemente iluminadores
como para reconocer su intento por disolver la tradición. Cfr. La literatura nazi en América.
Barcelona: Seix Barral, 1996.
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¿Es posible leer sin considerar la disolución de límites entre lo que puede
ser reconocido como “verdadero” y lo inventado, las referencias a Osvaldo
Soriano, ese “buen novelista menor”, ese escritor “divertido”, a quien para
entenderlo hace falta “tener el cerebro lleno de materia fecal para pensar
que a partir de allí se pueda fundar una rama literaria”? (25). Comienzan
a tejerse complejas relaciones a partir de un proyecto creador que deja de
lado la tradición para postular una suerte de disolución de la tradición, más
allá de que, en algunas referencias, puedan leerse sus deudas. Borges sobrevuela en varios sentidos; es el convocado con frecuencia; por momentos
exaltado, por momentos devaluado. Las historias de las lecturas se convierten
en escrituras.
La ruptura de la retórica es visible, y el modo de pensar las autoridades
es oblicuo, pero no por ello carente de desafíos que por momentos resultan
irritantes. Los temas se plantean de modo directo y hasta provocativamente, puesto que lo violentado es la convención lectora, es el inventario de
la literatura argentina sin importar qué lugar ocupan esos nombres en el
parnaso criollo armado y desarmado por el autor a lo largo de este discurso.
De Montaigne afirma que “el mundo no es más que un balanceo perenne
[donde] todas las cosas se menean sin cesar” (Ensayos 281), palabras que
parecen sobrevolar por la obra de Bolaño.
Los nombres, sus obras y el modo en que han sido leídos por la crítica
le permiten inscribir su propia lectura, pero también pensarse como crítico,
como voz autorizada. Pedro Juan Gutiérrez, Sergio González Rodríguez,
Rodrigo Lira, Juan Villoro, Roberto Brodsky, entre otros, renacen a partir
de su lectura, de la puesta en valor de un lector que reivindica la condición
de escritores audaces, distintos y alejados de los grandes nombres. Estas
menciones, entre otras, son las que le permiten buscar “una figura que nos
sirva de símbolo o de puente entre el siglo XX y el siglo XXI” (94).
El ensayo provoca e irrita desde su propia desarticulación y hasta desorganización. La utilización de formas infrecuentes en este tipo de discursos
abre la brecha necesaria para desplegar su ironía y descreimiento de ideas
fuertemente imbricadas en el imaginario colectivo7. Por ello apela a juicios
demoledores que expresan la fascinación que estos ejercen sobre el autor.
En otros ensayos que integran Entre paréntesis, condensa polémicas, aunque
su autor se autofigure al margen de estas cuestiones. Las referencias, por
ejemplo, a Isabel Allende –“Puesto a escoger entre la sartén y el fuego,
escojo a Isabel Allende” (102)– o a Antonio Skármeta, a quien llama funcionario nato, marcan esta elección unida a una crítica que, mediada por las
asociaciones disímiles potencia la descalificación. Es desde este lugar donde
el autor enfrenta al lector con la coexistencia de posiciones contradictorias,
con la exhibición de una crítica desmitificadora capaz de revelar la crisis de
un modelo.
7  Al
respecto, resultan relevantes las palabras de Arenas Cruz en cuanto a la significación del éthos y el páthos. El primero, que resulta atinente para esta propuesta, otorga
credibilidad a lo dicho a partir de la consideración de quien lo dice, en especial cuando un
ensayo está “destinado a ser leído y o a ser pronunciado ante un auditorio al que hubiera
que emocionar” (380).
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Como sostiene Gregorio Kaminsky, el ensayo tiene una “capacidad discursiva, comunicacional, pero se trata de algo que, al constituirse, excede su
forma comunicativa misma, produciendo una nueva articulación de ideas y
escritura” (“El alma y las formas del ensayo… 75). De allí que la recurrencia
a temas ya instalados en la comunidad de lectores sea objeto de atención del
ensayista. Bolaño no funda un género pero sí lo deshace (Benjamín Dirección
única). Solo así las múltiples referencias a la literatura, a la historia literaria
y a la historia política pueden ser interpretadas en profundidad. En definitiva, el lector repara en aquellos hechos que si bien él conoce, a partir de la
voz del autor toman otra significación, camino que nace de la seducción que
ejercen “los espíritus que se han destruido por haber querido dar un sentido
a sus vidas” (Cioran, La tentación de existir 20).
En consecuencia, estos aspectos pueden ser explicados y entendidos en
relación con la consideración del ensayo como un discurso «situado», es
decir que el concepto de «verdad» manejado por el autor está asociado con
una existencia particular y con una experiencia conocida en el puro transcurrir. Quien se expresa en el discurso es dueño de una historia que le sirve
de soporte para llevar adelante su obra, pero, al mismo tiempo, exhibe su
experiencia y la transforma en escritura. Como sostiene E. Said, “la forma
es la realidad del ensayo, y la forma confiere al ensayista una voz con la que
plantear preguntas de la vida, aun cuando esa forma deba servirse siempre
del arte –un libro, un cuadro, una pieza musical– en lo que parece ser el
tema puramente ocasional de sus investigaciones.” (El mundo, el texto y el
crítico 76). Por estos caminos avanza la ensayística de Bolaño.
Para decirlo en términos adornianos, el ensayista interpreta conceptos
preformados culturalmente a partir de su experiencia individual y atendiendo
a su experiencia social; construye un espacio maleable en el que desplaza
su tradición de lector y su propósito de inscribir su “palabra suficiente”. A
la manera de Michel de Montaigne, se muestra tal cual es, sin artificio, con
sencillez, aunque en esa operación esté implícito su propósito de «pintarse» a sí mismo, de ser él “el asunto de su libro”. Aunque, en definitiva, esa
simpleza sea tan contradictoria como la red de diálogos que configura el
género ensayístico.
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