Sexualidades, desigualdades y derechos : reflexiones en torno

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José Manuel Morán Faúndes
María Candelaria Sgró Ruata
Juan Marco Vaggione
SEXUALIDADES, DESIGUALDADES
Y DERECHOS
Reflexiones en torno a los
derechos sexuales y reproductivos
Ciencia, Derecho y Sociedad
Editorial
Seminario sobre Derechos Sexuales y Reproductivos
Cátedra de Sociología Jurídica
Facultad de Derecho y Ciencias Sociales
UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA
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Morán Faúndes, José Manuel
Sexualidades, desigualdades y derechos : reflexiones en torno a los derechos sexuales
y reproductivos / José Manuel Morán Faúndes ; María Candelaria Sgró Ruata ; Juan
Marco Vaggione. - 1a ed. - Córdoba : Ciencia, Derecho y Sociedad Editorial, 2012.
364 p. ; 22x16 cm.
ISBN 978-987-1742-24-0
1. Sexualidad. 2. Derechos Sexuales. I. Sgró Ruata, María Candelaria II. Vaggione,
Juan Marco III. Título
CDD 305.3
Primera edición, febrero de 2012
Córdoba, Argentina
La publicación de este libro ha sido posible gracias al
Programa de Apoyo y Mejoramiento a la Enseñanza de
Grado, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales,
Universidad Nacional de Córdoba.
© De los autores, 2012
ISBN N° 978-987-1742-24-0
Impreso en Argentina
Printed in Argentina
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
4
Ciencia, Derecho y Sociedad
Publicación de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la
Universidad Nacional de Córdoba
Consejo Editor
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Dra. Aída KEMELMAJER DE CARLUCCI – Universidad de Cuyo
Dr. Francisco FERNÁNDEZ SEGADO – Universidad Complutense de Madrid
Secretaría Administrativa
Cr. José María GARCÍA
5
6
ÍNDICE
PRÓLOGO .............................................................................................. 9
José Manuel Morán Faúndes
INTRODUCCIÓN ................................................................................ 13
Juan Marco Vaggione
PRIMERA PARTE
Cuerpos, género, poder
Discursos sobre la sexualidad .......................................................... 59
Carlos Figari
¿De qué hablamos cuando hablamos de género?
Una introducción conceptual ............................................................ 85
Eduardo Mattio
De los discursos y los cuerpos sexuales en el campo
criminológico y las instituciones penales..................................... 105
Laura Judith Sánchez
SEGUNDA PARTE
Regulación de la sexualidad y derechos
Sexualidad y derecho. Algunas notas sobre la regulación
de la sexualidad en la Argentina .................................................... 125
Jaqueline Vassallo
7
La incorporación de los derechos sexuales y reproductivos
en las constituciones de Argentina, Venezuela, Ecuador y
Bolivia: cuerpos ceñidos a sexualidades reproductivas ............. 157
Ma. Eugenia Monte y Leticia Gavernet
Las políticas de salud sexual y reproductiva desde un
enfoque de derechos humanos ........................................................ 191
María Angélica Peñas Defago
TERCERA PARTE
Aproximaciones a la agenda de los
derechos sexuales y reproductivos
Desnaturalizar los vínculos entre conyugalidad y
ciudadanía. El matrimonio en Argentina, su trayectoria
y los cambios recientes .................................................................... 227
Renata Hiller
Algo ha pasado .................................................................................. 251
Mauro Cabral
Aborto: ¿según quién? ...................................................................... 275
Agustina Ramón Michel
Discursos y leyes sobre prostitución/trabajo sexual ................... 337
Marisa N. Fassi
8
PRÓLOGO
José Manuel Morán Faúndes
En marzo de 2010 se impartió por primera vez el Seminario sobre
Derechos Sexuales y Reproductivos de la Facultad de Derecho y Ciencias
Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba. Dependiente de la Cátedra
de Sociología Jurídica, por primera vez un curso trataría temas como el aborto, la sexualidad, las identidades de género, los movimientos feministas y por
la diversidad sexual, la anticoncepción, entre otros, como parte de los ejes
centrales de su contenido. Desde sus inicios y hasta el día de hoy, el seminario ha sido planificado y llevado adelante por el docente Juan Marco Vaggione, secundado por un pequeño grupo de adscriptas y adscriptos hemos tenido la oportunidad de colaborar en su desarrollo. A esta labor nos hemos
abocamos María Angélica Peñas Defago, Maximiliano Nicolás Campana y yo
desde el 2010, sumándose en el siguiente año al equipo María Eugenia Monte.
El objetivo planteado en un comienzo fue modesto: mostrar a los y las
estudiantes de abogacía que el derecho, lejos de ser neutral en materia de
sexualidad y reproducción, ejerce regulaciones específicas sobre el cuerpo,
afectando diferencialmente a los y las sujetos según sus expresiones sexuales
y de género. Esto es, mostrar que el sexo, contrario a las ficciones liberales,
no es una dimensión privada y despolitizada de la vida individual, sino una
superficie íntimamente regulada por el derecho.
Sabíamos que para algunas y algunos esto podía resultar evidente,
pero también estábamos conscientes de la fuerza que tienen en el campo
jurídico los paradigmas que consideran el derecho como una entidad neutral
e imparcial, y a la justicia como una mujer –blanca y aparentemente europea– con los ojos vendados. La tarea que nos propusimos no tenía que ver
con mostrar «la verdad» –dudamos que exista– sobre el derecho y la regula9
ción de la sexualidad, sino con al menos poner en discusión otras posibilidades de pensar el derecho y el rol de los y las operadoras jurídicas, distintas a
las que se suelen enseñar en las facultades de abogacía. Era, en definitiva,
remecer y –por qué no– quizás incluso incomodar.
Nuestra sorpresa no fue menor cuando nos encontramos frente a un
público amplio de estudiantes que, contrario a todas nuestras expectativas,
se mostró receptivo a las ideas del seminario y a la posibilidad de reflexionar
sobre el derecho desde otros lugares. Estudiantes que cuestionaban las estructuras tradicionales de concebir el cuerpo, que se indignaban ante los supuestos que igualaban a la mujer con la idea de maternidad y heterosexualidad, que no quedaban indiferentes ante los binarismos sexo/género, naturaleza/cultura u hombre/mujer que abundan en los fallos de jueces y juezas…
l*s remecid*s fuimos en realidad nosotr*s.
Por supuesto, también hubo resistencias que animaron interesantes
debates. El tema de la legalización del aborto concitó más de una posición
opositora, así como la despatologización de las identidades y cuerpos trans e
intersex, o el matrimonio entre personas del mismo sexo que por entonces se
debatía en el Congreso de la Nación. Esta pluralidad de posturas permitió
abrir el diálogo entre las y los estudiantes, mostrándose una valorable diversidad de puntos de vista que no siempre se observa en estos espacios.
A lo largo del dictado del seminario nos fuimos dando cuenta de algunas cosas que nos parecía interesante trabajar con mayor intensidad en el
aula. Desde nuestra perspectiva, abundaban algunas dificultades aun para
comprender la relación entre los derechos sexuales y reproductivos con los
derechos humanos, y la importancia que concitan los instrumentos internacionales en esta relación; para deconstruir la idea del feminismo como una
versión «invertida» del machismo; o para comprender el cuerpo sexuado y la
sexualidad desde un paradigma que trascienda perspectivas biologicistas y
normalizadoras.
Intentamos implementar ciertas metodologías para trabajar en estas
áreas, como la organización de debates entre grupos de estudiantes que tuviesen visiones contrapuestas respecto de determinados tópicos, a fin de que
pudiesen reflexionar conjuntamente. Además, planificamos algunas clases
que tocaran específicamente los puntos que consideramos más urgentes de
revisar. Muchas gente participó en este proceso, no sólo Juan Marco y nosotr*s
como adscript*s, sino además colegas vinculadas y vinculados con la acade10
mia y el activismo que generosamente aceptaron nuestra invitación para exponer frente al curso los temas de su especialidad. Es así como Paola Bergallo, Mauro Cabral, Emiliano Litardo, Mariela Puga y Hugo Rabbia aportaron
sus puntos de vista sobre la interrupción del embarazo, la identidad de género y la ciudadanía sexual, nutriendo con sus profundos análisis y rigurosas
miradas este espacio académico.
Es en este contexto que se ha venido desarrollado el Seminario sobre
Derechos Sexuales y Reproductivos en los últimos dos años. Y es en este
mismo contexto que nace este libro. Sexualidades, desigualdades y derechos es producto de nuestro deseo por generar un instrumento que ayude
a introducir los múltiples temas que hacen a los derechos sexuales y reproductivos, en la formación de los abogados y las abogadas. Su intención es
que pueda servir no sólo para facilitar la enseñanza de estos derechos en la
Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba, sino en cualquier otra universidad que lo considerase tan importante
como nosotros y nosotras.
Le hemos dado prioridad a algunos temas específicos, dejando de lado
otros que nos habría encantado tocar en este libro. Su ausencia se debe no a
una desestimación de su importancia en las luchas por repensar y resistir las
formas tradicionales de comprender la sexualidad y el género, sino simplemente a una carencia nuestra al darle prioridad a los temas en donde pensamos que tenemos más experiencia y que creemos que resultan relevantes
para introducir a los y las estudiantes en el conocimiento de los derechos
sexuales y reproductivos. Estamos en deuda permanente por trabajar para
abarcar los dinámicos tópicos que hacen parte de la agenda de estos derechos en Argentina y en América Latina en general.
Sexualidades, desigualdades y derechos no habría sido posible
sin la fundamental colaboración de cada una de las autoras y autores que
generosamente aceptaron escribir artículos inéditos en un plazo que no necesariamente fue el más holgado. La mayoría de ell*s pertenecen tanto al campo de la academia como del activismo político, combinación que pensamos
como medular para el desarrollo de los tópicos que abarca este libro. Además, creemos firmemente que la diversidad de trayectorias de cada autor y
autora le otorga al libro una pluralidad de miradas, de reflexiones y de escrituras1 que siempre aportan para la comprensión de los múltiples puntos de
vista de los y las sujetos que abogan por el reconocimiento y la ampliación de
11
los derechos sexuales y reproductivos. A cada autora y autor le agradecemos
profundamente por su trabajo y dedicación. Agradecemos también a la Universidad Nacional de Córdoba, quien a través de su «Programa de Apoyo y
Mejoramiento a la Enseñanza de Grado de la UNC» nos permitió acceder a
los recursos económicos necesarios para publicar este libro; también a los y
las docentes de la Cátedra de Sociología Jurídica, y a la Facultad de Derecho
y Ciencias Sociales por el apoyo y respaldo institucional que nos han brindado todos estos años; a cada un* de l*s estudiantes de abogacía que ha pasado por el seminario, enriqueciendo nuestra experiencia mediante la puesta
en común de sus ideas y perspectivas con nosotr*s y el resto de sus compañeros y compañeras; y a las personas que sin ser docentes ni estudiantes se
han acercado mirar y participar en las clases.
Esperamos sinceramente que este libro pueda servir de apoyo para
introducir a los y las estudiantes de abogacía en los derechos sexuales y reproductivos, así como a cualquier persona que sienta curiosidad por estos
temas y desee comprender algunos de los aportes que han plasmado las
luchas de los movimientos feministas y por la diversidad sexual en términos
jurídico-normativos, pero también políticos, sociales y culturales.
Córdoba, 15 de febrero de 2012
Notas
Decidimos respetar el uso o no del lenguaje de género desarrollado por cada autor y
autora de este libro en sus respectivos ar tículos, así como sus diversas formas. Tanto la
utilización de símbolos como *, x, @, / u otros, como también el uso más «tradicional»
del lenguaje, son parte no sólo de las discusiones y luchas vigentes de r esistencia y crítica
política hacia las nor mas culturales de género, sino también de las perspectivas teóricas
y epistemológicas siempre abiertas que son abrazadas por aquellas personas que trabajamos estos temas desde distintos lugares.
1
12
INTRODUCCIÓN
Juan Marco Vaggione*
El control de la sexualidad es un rasgo común de las sociedades que,
en muchas circunstancias, genera desigualdades y exclusiones injustas. Si
bien lo sexual, en general, se piensa como aquello que corresponde a lo
íntimo, a un espacio privado donde el poder no penetra, es una de las esferas
de la vida sobre la cual se despliegan diversos discursos y técnicas de vigilancia y control. El pecado, primero, y el delito, después, por ejemplo, son regulaciones culturales que oprimen, pero también construyen, lo sexual. Estas
regulaciones otorgan valores diferenciados y establecen fronteras que demarcan, diferencian y estratifican el orden sexual1. En la cúspide de ese orden se ubican las prácticas, actitudes e identidades sexuales que se consideran legítimas, y al ir descendiendo de la pirámide ese reconocimiento va
disminuyendo hasta llegar a aquellas prohibidas, invisibilizadas o, incluso,
criminalizadas. Esta jerarquía sexual imprime, sin dudas, desigualdades en la
distribución de reconocimientos, derechos y garantías que si bien en ciertos
momentos son consideras aceptables, en otros se vuelven materia de debate,
antagonismo y redefiniciones.
El orden sexual, así como las restricciones y regulaciones que establece, cambian históricamente. Lo que en algún momento se consideraba prohibido, con el paso del tiempo puede volverse una conducta sexual legítima,
o viceversa. Tal vez un ejemplo de la complejidad de estos cambios sea las
formas en que las diferentes sociedades y culturas han considerado la relación sexual entre dos hombres 2. Distintos estudios históricos argumentan que
en ciertos momentos este vínculo sexual estaba legitimado. Por ejemplo, es
* Doctor en Derecho y Ciencias Sociales, Ph.D. en Sociología. Profesor Adjunto de Sociología,
Facultad de Derecho y Ciencias Sociales e Investigador Adjunto del CONICET.
13
compartido por diversos historiadores afirmar que en la Antigua Grecia el
vínculo sexual entre adultos y adolescentes varones estaba legitimado –con
regulaciones, por ejemplo, respecto a roles sexuales– indicando que la dicotomía heterosexualidad/homosexualidad no era parte de la cultura del momento3. Incluso dentro del Cristianismo existen estudios que afirman no sólo
que el Nuevo Testamento es bastante abierto hacia la homosexualidad, sino
que la Iglesia celebraba uniones entre varones4 . Fue entre los siglos XI y XII
cuando los teólogos comenzaron a interpretar la sexualidad como procreativa y el sexo entre varones como pecado5. De ahí el adelante el Cristianismo,
en particular la Iglesia Católica, se volvió el mayor reforzador de un orden
(hetero)sexual considerando este tipo de vínculos como pecado, y luego, bajo
la influencia del cristianismo en el derecho, como un delito. Así, las leyes antisodomía tuvieron vigencia en diversos países occidentales durante los siglos
XIX y XX considerando el vínculo sexual entre varones adultos como un
crimen con graves castigos.
Las últimas décadas del siglo XX vuelve a evidenciar fuertes cambios
en la legitimación del vínculo sexo-afectivo entre dos varones –o dos mujeres– al considerarse el mismo como parte de los derechos sexuales de las
personas. En el año 1989, Dinamarca fue el primer país en reconocer formalmente a las parejas del mismo sexo, otorgándoles los mismos derechos que a
las parejas de uniones heterosexuales. Una legalización aún mayor se dio en
la última década cuando comenzó a modificarse la institución matrimonial
permitiendo el casamiento de dos varones o dos mujeres. En el año 2001,
fueron los Países Bajos los primeros en autorizar el casamiento de personas
del mismo sexo. Esta equiparación total entre matrimonio heterosexual y
homosexual está vigente en la actualidad en al menos diez países. También el
campo religioso ha cambiado la postura restrictiva respecto a la orientación
sexual. Diferentes instituciones religiosas aceptan como fieles a las personas
gays, lesbianas y trans6 , se han creado iglesias abarcativas de la diversidad
sexual y existen distintas corrientes teológicas que consideran que no existen
diferencias éticas entre el vínculo hétero y homosexual7.
Sin embargo, esta ampliación de derechos sexuales también ha generado fuertes reacciones y resistencias en defensa de un orden sexual tradicional. Los cambios generados a fines del siglo XX, ampliando derechos a la
diversidad sexual, también han ido acompañados de fuertes reacciones conservadoras que, en defensa de un orden sexual tradicional, consideran los
14
derechos de personas gays y lesbianas como un riesgo al orden social. Jerarquías de diferentes tradiciones religiosas, líderes políticos y de la sociedad
civil se movilizan de forma activa para evitar reformas legales que otorguen
derechos a personas y vínculos no-heterosexuales. Estas reacciones han generado, en algunos casos, una re-dogmatización de posturas homofóbicas
que implican mayor discriminación y desigualdad. En Estados Unidos, por
ejemplo, una fuerte reacción ha intensificado el rechazo –legal y social– a
parejas del mismo sexo; diversos países africanos han intensificado el nivel
de criminalización de la homosexualidad –incluso llegando a la pena de muerte–. También dentro del campo religioso, la creciente presencia de sectores
fuertemente conservadores en las distintas tradiciones religiosas –llamados,
por ejemplo, fundamentalismos, neointegrismos, o patriarcalismos radicales–
tiene como uno de sus componentes un marcado rechazo a la diversidad
sexual ya que se la considera como causante de parte de los problemas morales de las sociedades contemporáneas. Estas reacciones religiosas se manifiestan de diversas formas, tales como la organización de un fuerte activismo
contrario a los derechos sexuales, la promoción de terapias de conversión o
cura de la homosexualidad e incluso violencia física contra personas gays y
lesbianas. Estos ejemplos políticos y religiosos muestran cómo el intento de
trastocar la legitimidad de un orden sexual genera fuertes reacciones que, en
defensa del status quo, pueden intensificar el control y la vigilancia.
Las formas en que se legitima el vínculo sexual entre hombres –también entre mujeres, pero con otro recorrido diferente– se presenta como un
ejemplo que ilumina tanto las variaciones históricas en la forma de regular la
sexualidad como los fuertes antagonismos que se generan al modificar la
legitimidad del orden sexual instituido. En ciertos contextos y circunstancias
se amplían los espacios legales y culturales para la libertad y diversidad sexual,
mientras que en otros, al contrario, se intensifica la defensa de un orden
sexual conservador que sólo legitima la heterosexualidad. Estas marchas y
contramarchas son parte, entre otros fenómenos, de la creciente presencia de
los derechos sexuales y reproductivos –DDSSRR– como un paradigma alternativo para regular la sexualidad en las sociedades contemporáneas. El ingreso de estos derechos a los debates políticos y legales marca un punto de
ruptura con las formas convencionales en que las sociedades regulaban la
intimidad, la sexualidad y el cuerpo. Abren un espacio legal y político para la
libertad y diversidad sexual que pone en evidencia las formas en que el siste15
ma legal –como parte de los mecanismos de vigilancia y control– margina a
amplios sectores de la población. Pero, al mismo tiempo, estos derechos inscriben un cambio social que genera sus propias reacciones y resistencias.
Lejos de ser un camino evolutivo y pacífico, el ingreso de los DDSSRR a las
agendas públicas va acompañado de una fuerte reacción por parte de sectores religiosos, políticos y civiles que defienden un orden sexual único y jerárquico.
El objetivo general de este Seminario sobre Derechos Sexuales y Reproductivos es, precisamente adentrarse a la temática de estos derechos como
la cara visible de un proceso complejo. Si bien los DDSSRR se presentan
como una demanda legal, también implican un cambio sociopolítico, una
modificación en la forma en que se distribuye el poder en las democracias
contemporáneas. Las formas en que se controla y regula la sexualidad son
emergentes de relaciones de poder que, si bien estructurales en muchos sentidos, van cambiando y se modifican. Formas de control y regulación que
segmentan a la población de manera desigual, distribuyendo de manera inequitativa recursos, reconocimientos y derechos. Los DDSSRR representan,
entre otras cosas, un paradigma alternativo sobre los vínculos entre el derecho, sexualidad y reproducción que buscan generar sociedades más justas e
igualitarias. El seminario no pretende solamente reflexionar sobre el vademécum de derechos que se articulan detrás de esta denominación sino, principalmente, entender a los DDSSRR como parte de un debate político y cultural que encuentra en el sistema legal una de las arenas de confrontación.
Modificar el sistema legal es, por supuesto, un propósito crucial para la agenda de los DDSSRR ya que permite, al menos parcialmente, desinstitucionalizar construcciones opresivas sobre la sexualidad. Pero no es sólo un sistema
legal el que busca modificarse al ingresar estos derechos a las agendas públicas, sino también una forma de construcción de la sexualidad que involucra
además discursos e influencias extra-legales. Por ello el seminario se plantea
de un modo multidisciplinario, ya que si bien tiene un eje importante sobre el
derecho, también se intercalan discursos sociológicos, filosóficos e históricos,
entre otros, que ayuden a situar el debate legal en un contexto más amplio. A
esto se agrega que los DDSSRR como problemática legal exceden el abordaje exclusivo de alguna rama del derecho en particular. A lo largo del seminario se incluyen reflexiones desde el derecho de familia, derecho penal y derecho público, entre otras. La sexualidad trasvasa fronteras disciplinarias, razón
16
por la cual un seminario específico sobre DDSSRR requiere de un abordaje
múltiple.
A continuación se presentan algunas líneas introductorias al seminario.
En primer lugar se consideran algunas cuestiones generales acerca de las
formas de reglar el orden sexual, teniendo en cuenta regulaciones respecto al
quién, el cómo y el para qué de la sexualidad. En segundo lugar, esta introducción considera los principales aspectos de la política sexual, presentando
a los movimientos feministas y por la diversidad sexual, y sus roles y aportes
en las democracias contemporáneas. Finalmente, se abordan lineamientos
generales sobre los derechos sexuales y reproductivos como un discurso que
condensa parcialmente las propuestas de estos movimientos con un fuerte
impacto en la arena internacional y nacional. El propósito general de esta
introducción es incluir algunos de los principales aspectos y debates que son
luego profundizados en las diferentes lecturas propuestas en el libro. Estas
lecturas aportan, desde diversos abordajes y con distintos acentos, a desentrañar la complejidad de la sexualidad y la reproducción en las sociedades
contemporáneas.
1. Reg(u)lando lo sexual
a. Orden sexual y poder
Las distintas reglas y regulaciones sobre la sexualidad sirven de ejemplo del complejo entramado existente entre sexualidad y poder. Lejos de
estar librado a la «naturaleza», la sexualidad ha sido, continúa siendo, un sitio
de regulación por parte de distintas instituciones y de diversos discursos. Este
entramado regulatorio, del cual el derecho es una parte, suele disponer un
orden sexual jerárquico que, como se afirmó, distribuye de manera desigual
derechos y privilegios. Ciertas prácticas, expresiones y actitudes son estimuladas o recompensadas mientras que otras, en cambio, se invisibilizan, esconden o castigan. La regulación de lo sexual, entonces, establece fronteras
que estructuran de manera desigual a la población. Además de las categorías
que específicamente regulan lo sexual –pecadores, enfermos, perversos, criminales–, las distintas formas de exclusión social se vuelven carne en la sexualidad. Por ejemplo, las desigualdades por raza, etnia, género o clase social,
17
también se materializan en reglas formales e informales que estructuran un
orden sexual jerárquico.
La estabilidad del orden sexual descansa, entre otras cuestiones, en su
legitimidad en distintos momentos y contextos. Como toda manifestación de
poder, la capacidad de control y vigilancia radica en el grado de legitimidad
que, por un lado, tienen las instituciones que sientan las principales regulaciones y, por el otro, la legitimidad que a dichas regulaciones le otorgan aquellos
que obedecen8 . La legitimidad de las instituciones religiosas, del Estado o de
los regímenes de verdad9 invisibilizan, de algún modo, las formas en que el
poder y la opresión atraviesan las regulaciones sobre la sexualidad. En ciertos momentos, el orden sexual tiene una alta legitimidad, ya que sus jerarquías y exclusiones no se discuten. Mientras en otros, probablemente el contemporáneo, la legitimidad de las instituciones y los discursos que reglan y
regulan lo sexual se debaten y cuestionan. El quiebre de la legitimidad del
orden sexual, de las instituciones y discursos que lo regulan, es parte de un
proceso de cambio social –y legal– en el que se rearticula el orden sexual. Sin
embargo, estas rearticulaciones no significan despegar a la sexualidad del
poder –misión impensable–, sino, en el mejor de los casos, reinscribir un
orden sexual menos excluyente y jerárquico.
Los discursos que reglan lo sexual en las sociedades contemporáneas
son diversos y no necesariamente coincidentes. Ni el derecho es el único
discurso, ni el Estado es la única autoridad que estructuran fronteras y regulaciones en el orden sexual. Además del poder político, como se explicita a
continuación, el poder religioso o el poder científico, por ejemplo, son influencias cruciales para comprender las formas en que se regula –se construye– la sexualidad. Por siglos las religiones fueron las principales instituciones
que regularon y construyeron a la sexualidad como dimensión socio-cultural.
Las diferentes tradiciones religiosas han generado códigos morales para regular las actividades y prácticas sexuales que todavía tienen un fuerte impacto sobre las formas contemporáneas de regular la sexualidad. Esta relevancia
se da, por un lado, porque aún siguen siendo mayoritarios los sectores de la
población que se identifican con alguna religión. Entre los distintos discursos
que construyen lo sexual en el mundo contemporáneo, la religión sigue siendo, contra todos los pronósticos, probablemente el más influyente. Por otro
lado, porque las religiones han impactado sobre la cultura de distintas formas
18
generando que muchas de las formas de identificación o prácticas sexuales
tengan una genealogía religiosa no siempre evidente. Finalmente, las principales religiones continúan siendo instituciones de fuerte influencia pública en
la mayoría de los países, lo que se plasma con especial intensidad en temáticas conectadas a la sexualidad. Es frecuente observar la presencia pública de
la jerarquía religiosa buscando influenciar debates públicos para evitar cualquier modificación legal que implique pluralizar y diversificar el orden sexual10.
La secularización como proceso histórico ha implicado, al menos teóricamente, un desplazamiento hacia instituciones y discursos seculares respecto al control de la sexualidad. Sin que las religiones hayan desaparecido
como estructuradoras del orden sexual, junto a ellas también deben considerarse una diversidad de regulaciones legales, médicas, psicológicas o éticas,
entre otras. En la modernidad, el derecho tiene un rol central en el establecimiento de regulaciones y jerarquías sobre la sexualidad. El derecho es central
en la legitimidad del orden sexual ya que, además de ser un instrumento
coactivo, tiene un impacto simbólico importante al distinguir entre prácticas y
conductas legales e ilegales o, incluso, criminales11. La legalidad es una dimensión importante de la legitimidad12, razón por la cual que el derecho
privilegie ciertas conductas e identidades sexuales, incluso determinando algunas como crimen, tiene un fuerte impacto en las sociedades contemporáneas. La incorporación de las fronteras y jerarquías sexuales en el sistema
legal no sólo persuade por la capacidad de sanciones, sino también por un
juego de reconocimientos estatales que privilegia a ciertos sectores, a ciertos
cuerpos incluso, sobre otros.
El desplazamiento hacia lo secular como arena privilegiada para el
control de la sexualidad también se manifiesta en los discursos científicos,
tales como los médicos y psicológicos. Como se analiza luego en esta introducción, la modernidad se caracteriza por la creciente presencia de discursos
diversos sobre la sexualidad que intensifican la vigilancia sobre los cuerpos.
En particular, a partir del siglo XIX se comienza a dar una creciente obsesión
por conocer la verdad respecto a la sexualidad que construye nuevas fronteras e inscribe identidades que caracterizan de manera desigual los cuerpos.
Esta producción discursiva genera una vigilancia y control sobre la sexualidad. Al discurso religioso centrado en el pecado y al discurso legal centrado
en el delito se le agregan, entre otros, el discurso médico y psiquiátrico, cen19
trados en la enfermedad y la patología. La tríada pecador-delincuente-enfermo, con distintos grados de superposición, es central para comprender las
complejas y múltiples formas de regulación y vigilancia sobre lo sexual.
b) Jerarquía sexual: ¿con quién, cómo y para qué?
La sexualidad tiene, sin dudas, un sinnúmero de componentes biológicos. El papel de los genitales en la cópula, las formas de alcanzar orgasmos o
las conexiones cerebrales que se activan dicen algo sobre la sexualidad. Pero
sólo dicen una parte, porque la sexualidad es además, o sobre todo, el resultado de dinámicas socio-políticas que se imprimen sobre –incluso a veces
construyen– esos componentes «naturales». Desde distintas miradas se afirma que la sexualidad es fundamentalmente una construcción social y política
que, aunque naturalizada, es el resultado de relaciones de poder. Sin desconocer las dimensiones biológicas presentes en la sexualidad, es posible poner
el foco del análisis en las construcciones sociales que se imprimen sobre ellas.
Desnaturalizar la sexualidad es un paso necesario para una revisión crítica de
la misma, para entender que lo sexual es también el resultado de un entramado de procesos y discursos que, conectados al poder, imprimen un orden
jerárquico y desigual.
Esta construcción de la sexualidad se caracteriza, entonces, por la existencia de diferentes fronteras que distinguen lo bueno y lo malo, lo normal y
lo patológico, lo sano y lo enfermo, o lo permitido y lo prohibido, generando
una valoración jerárquica de los actos sexuales13. Como se ejemplificó previamente, las regulaciones que establecen estas fronteras son diversas ya que
se mixturan discursos religiosos, científicos o legales, entre otros. En esta sección se presentan algunas de esas fronteras que jerarquizan de manera diferenciada al orden sexual, tomando como ejemplos las restricciones respecto
al quién, al cómo14 y al para qué. Por supuesto que no son las únicas, pero sin
dudas estas restricciones suelen estar presentes en distintos momentos y culturas.
Respecto al quién, es posible encontrar restricciones en las formas de
concebir la sexualidad que se basan, por ejemplo, en la edad, el parentesco,
la raza, la clase social o el género. Estas dimensiones pueden constituirse en
limitantes sobre quiénes pueden ser parte de una relación sexual legítima e
incluso legal. Las motivaciones de estas restricciones son diversas y antagó20
nicas, ya que si bien en algunos casos se erigen como fronteras en defensa de
los sectores más indefensos –por ejemplo el establecimiento de una edad
mínima para el consentimiento sexual–, en otros son meras construcciones
ideológicas que enmascaran distintos tipos de discriminación, como el racismo o la homofobia.
La raza ha sido, continúa siendo en algunos contextos, una dimensión
que estructura exclusiones y marginaciones en diversas cuestiones, y la sexualidad es, sin dudas, una de ellas. El racismo como sistema de dominación
también influye en las formas en que se construye la sexualidad ya que suele
inscribirse de manera directa sobre la estructuración del orden sexual al imponer restricciones sobre quiénes pueden ser parte de un vínculo sexual legítimo. De este modo, el vínculo sexual entre personas de diferentes razas suele
ser deslegitimado no sólo a nivel de normas sociales y de sanciones informales, sino también, incluso, la prohibición puede llegar a ser plasmada en el
sistema legal. Por ejemplo, los sistemas de segregación racial, formales o impresos en el derecho, como el apartheid en Sudáfrica hasta principios de los
noventa, o los Estados Unidos hasta mediados del siglo XX, establecían fuertes restricciones legales para los casamientos inter-raciales como una manifestación del fuerte racismo existente sobre las personas negras. Si bien las
murallas legales al respecto pueden haberse derrumbado en la mayoría de
los casos, las construcciones culturales aún están impresas en formas de exclusión y marginación poblacional. Así, el racismo sigue operando en algunos contextos deslegitimando los vínculos sexuales o afectivos entre personas de razas diferentes. Algo similar sucede también con la clase social y los
grupos étnicos. La otra cara de esta estructuración es, paradójicamente, la
hipersexualización de los sujetos/as subalternos/as. Mientras los vínculos sexuales con personas de razas, etnias o clases sociales consideradas subalternas
se regulan como el afuera de la sexualidad legítima –de una «buena sexualidad»–, estas mismas personas se estereotipan como objetos encubiertos de
deseo.
El género es otra de las fuertes restricciones en la estructuración del
orden sexual. Por un lado, el acto sexual se define como aquel entre un hombre y una mujer siendo la heterosexualidad un requisito indispensable. Si
bien existen excepciones, las relaciones sexuales entre personas del mismo
sexo han sido consideradas como fronteras naturales, morales y legales en la
sexualidad. Así, las sociedades suelen caracterizarse por una fuerte homofo21
bia que, entre otras cuestiones, construye al otro homosexual como enfermo,
perverso o, incluso, criminal. Esta heterosexualidad compulsiva15 es una característica en la mayoría de las sociedades contemporáneas que, como se
indicó previamente, está siendo cuestionada en la actualidad. Por otro lado,
el patriarcado también impacta sobre la diferencia de género asignando comportamientos y expectativas diferenciadas a hombres y mujeres en relación
con la sexualidad, reforzando el lugar subalterno de las mujeres. Por ejemplo,
la experiencia sexual juega de manera diferenciada por género: mientras que
para los hombres es un valor, para las mujeres, al contrario, tiene connotaciones negativas. También los roles que supone el acto sexual se estratifican por
género asumiendo en la mujer un rol pasivo y en el hombre un rol activo
basados en la penetración. El derecho también ha registrado algunas de estas
diferencias culturales, como por ejemplo en las formas en que se probaba el
delito de adulterio: mientras que a las mujeres se les exigía la comprobación
de un sólo acto sexual, a los hombres debía comprobárseles la existencia de
una relación paralela –manceba–16.
La edad es otra dimensión que suele operar como frontera respecto a
quiénes pueden ser parte legítima de un vínculo sexual. En general, las diferentes sociedades establecen restricciones legales y extra-legales sobre la edad
mínima para involucrarse en un acto sexual basado, principalmente, en la
imposibilidad de consenso por parte de niños y niñas. Si bien la madurez
sexual es un proceso en el cual no puede marcarse un momento único y
estable, el sistema legal suele establecer una edad mínima a partir de la cual
el acto sexual es legalmente permitido. Las sociedades establecen un piso
mínimo bajo el cual el acto sexual se vuelve no sólo ilegítimo, sino incluso
criminal –pedofilia, corrupción de menores o violación–. Sin embargo, el
cuerpo de la mujer joven o adolescente se articula como una fantasía sexual
en la sociedad y la cultura 17. La edad también juega de manera diferente
respecto a los hombres y las mujeres: una amplia diferencia de edad en una
relación sexual o de pareja es legitimada cuando el hombre es el mayor mientras que en el caso de las mujeres son evaluadas en forma negativa.
El parentesco entre las personas involucradas en una relación sexual
suele ser otra barrera de legitimidad. El tabú del incesto ha sido considerado
como un universal de la cultura que, marcando la exogamia y generando la
solidaridad social, ocupa un lugar central en la distinción con la naturaleza 18.
Tanto las normas religiosas como las legales han instituido algún tipo de res22
tricción sobre el vínculo de sangre entre quiénes participan de un acto sexual.
En algunos sistemas legales se plasma tanto en el derecho de familia –impedimento para contraer matrimonios– como en el derecho penal –delito–.
A las restricciones basadas en quiénes pueden ser parte de un acto
sexual, las sociedades también marcan fronteras sobre cómo debe realizarse
un acto sexual19. En primer lugar, suelen considerarse algunas partes anatómicas como parte del acto sexual mientras que otras, sin embargo, se dessexualizan o se patologizan. Por un lado, la influencia del patriarcado, por
ejemplo, se manifiesta en el control sobre la sexualidad del cuerpo de las
mujeres de formas diversas que van desde el extremo de la mutilación genital
femenina, hasta el considerar impura a la mujer durante la menstruación,
momento en el cual no debe ser tocada. Esta influencia también se observa
en las formas en que la mujer se construye como objeto sexual y se erotizan
diferentes partes del cuerpo femenino como el pelo, los tobillos o los pechos.
Por otro lado, las culturas también estructuran cuáles partes del cuerpo u
órganos pueden ser erotizados y cuáles no, delimitando una sexualidad «normal». El deseo desplazado hacia otras partes del cuerpo «no naturalizadas»
para la sexualidad suele considerarse como una desviación, englobadas primero como perversiones –en tanto patología psiquiátrica– y, con posterioridad, como parafilias –conductas sexuales en las que la fuente predominante
de placer sexual no es a través de la cópula20–. Ejemplo de las mismas son:
crurofilia –atracción sexual por las piernas–; fetichismo –atracción por objetos, ropas, o alguna parte del cuerpo en particular, por ejemplo los pies se
llama podofilia–; hirsutofilia –atracción por el vello–; lactafilia –excitación por
los pechos en periodo de amamantamiento–; pigofilia –atracción por las nalgas–.
En segundo lugar, también se regulan las formas en que el acto sexual
debe ser practicado. En las sociedades contemporáneas existen normas y
regulaciones sobre el cómo del acto sexual. Por un lado, se engloban las
prácticas sexuales que implican «lo normal» en el sexo que suele limitarse a la
penetración vaginal –en inglés se denomina de manera peyorativa como sexo
vainilla– que se recorta contra otra serie de prácticas y experimentaciones
sexuales. La práctica de swinger –intercambio de parejas–, sexo sadomasoquista o sexo grupal son ejemplos de formas de la sexualidad que suelen ser
consideradas como fuera de «lo normal». En esta dirección, la mayoría de las
culturas entienden la sexualidad como un acto entre dos personas, como una
23
intimidad que se legitima en un encuentro de pareja. La participación de más
de dos personas suele considerarse, en diversas culturas, como una dimensión no legítima de la sexualidad. Esta restricción se suele plasmar en la prohibición, tanto legal como religiosa, de la poligamia. Reconociendo la existencia de excepciones, el vínculo íntimo legítimo sólo se limita exclusivamente a dos personas.
Atravesando las regulaciones respecto al quién y al cómo, también
pueden agregarse restricciones que se conectan al para qué del acto sexual.
Otra forma de jerarquizar la sexualidad se basa en el propósito que la misma
debe perseguir. La finalidad del acto sexual suele erigirse en un marcador de
la legitimidad que acompaña al mismo. La reproducción, el amor o el placer
se destacan como las principales finalidades que se suelen legitimar, aunque
con diferentes identidades. El cristianismo, y en particular la Iglesia Católica,
ha impreso en la matriz cultural con mayor legitimidad las dos primeras finalidades a expensas del placer que aparece desdibujado. En el caso de la Iglesia Católica, por ejemplo, la ética sexual restrictiva y jerárquica que defiende
se basa en la conjunción de la procreación y el amor. Estas dos dimensiones
son determinantes para la comprensión del orden sexual y sus diversas regulaciones. En particular, el sistema cultural y legal que regula la sexualidad en
regiones donde la Iglesia Católica ha tenido una fuerte influencia, como Latinoamérica, está impregnado de una jerarquía sexual basada en estas dimensiones.
Una fuerte influencia de la tradición cristiana que permea a las construcciones culturales sobre la sexualidad es su conexión con la reproducción.
En particular, la Iglesia Católica defiende una moral sexual basada exclusivamente en el acto sexual conyugal con significado unitivo y «abierto a la vida»
–procreativo–21. En esta anudación entre sexualidad y reproducción se puede rastrear el eje más conservador de la postura oficial de la Iglesia Católica
que la ha llevado a adoptar una posición política dogmática respecto a la
sexualidad reproductiva. Si bien en los sesenta, durante el Concilio Vaticano
II, se debatió la posibilidad de aceptar el uso de las pastillas anticonceptivas –
en auge en el momento– e incluso una comisión especial aprobó su uso, la
jerarquía reforzó la postura de que el acto sexual debe ser abierto a la generación de vida22. Esta posición, que lo aleja de las prácticas de la mayoría de
sus propios fieles, se ha reforzado aún más durante los Papados de Juan
24
Pablo II y Benedicto XVI. Toda aquella práctica sexual que no tuviera la potencialidad reproductiva sigue siendo, para la Iglesia Católica, un pecado. El
uso de anticonceptivos, la masturbación, el sexo oral o anal, e incluso el
aborto quedan fuera de las sexualidades permitidas porque, precisamente,
no permiten la reproducción.
El anudamiento entre sexualidad y reproducción es una de las construcciones ideológicas que actúan como una barrera para el cambio cultural
y legal sobre la sexualidad ya que está en la base de distintas restricciones y
regulaciones. Sirvan sólo como ejemplos el control de la mujer en tanto cuerpo reproductivo, la nor malización de la pose sexual del misionero –ya que se
consideraba que tenía mas posibilidades reproductivas–, evitar políticas públicas que garanticen acceso universal a anticonceptivos, negar derechos a
parejas gays y lesbianas por ser su sexualidad no reproductiva, o la criminalización del aborto por evitar la procreación.
Además de la conexión entre sexualidad y reproducción se exige la
presencia del amor como un elemento legitimador necesario. La influencia
cristiana impregnó una dualidad entre cuerpo y alma, materia y espíritu, que
tiene consecuencias concretas en la construcción de la sexualidad. Esta dualidad se entiende como una unidad por la cual la sexualidad, por ejemplo, no
involucra solamente al cuerpo sino particularmente la parte espiritual. Por
ello, la sexualidad se conecta principalmente a la capacidad de amar del ser
humano, trascendiendo la biología: «En cuanto modalidad de relacionarse y
abrirse a los otros, la sexualidad tiene como fin intrínseco el amor, más precisamente el amor como donación y acogida, como dar y recibir. La relación
entre un hombre y una mujer es esencialmente una relación de amor...»23. El
deseo como fundante de la sexualidad no sólo queda desplazado de la postura oficial católica, sino que, por el contrario, queda fuertemente deslegitimado. Como lo sostiene el Catecismo de la Iglesia Católica: «La lujuria es un
deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión» –2351–.
Este tipo de construcción que devalúa el deseo sexual se traduce, a
veces, en versiones seculares. Si bien la concepción del amor en estas construcciones secularizadas se disocia de lo religioso, la misma se reinscribe como
un marcador de legitimidad en la sexualidad. El sexo con/por amor es, enton25
ces, otra frontera que distingue entre una sexualidad legítima y aquellas otras
que, teniendo como fuente principal el placer, son consideradas como deficientes, superficiales o incompletas. El matrimonio es, tanto en la tradición
religiosa como en las regulaciones estatales, la institución de control del deseo sexual que, basada en el amor, se erige como un dador de legitimidad. Si
bien las sociedades contemporáneas han disminuido las diferencias en derechos y aprobación entre uniones matrimoniales y no matrimoniales así como
también se ha redefinido al matrimonio ampliando su concepción, continúa
siendo una institución central para entender la jerarquía sexual.
El orden sexual suele, por momentos tener una alta legitimidad durante la cual es fuertemente resguardado por normas religiosas, científicas y legales, además de ser reforzado por las opiniones y actitudes de la población.
Son claras las fronteras entre lo que la sociedad permite, estimula y lo que
reprime y margina. Sin embargo ese orden sexual, a veces, se vuelve materia
de debate, las fronteras se politizan y buscan correrse a través de, por ejemplo, reformas legales y políticas públicas. Latinoamérica está atravesando un
momento de politización respecto a la sexualidad ya que en distintos países
se debate y critica el orden sexual imperante buscando reformas que permitan una sexualidad no reproductiva y reconozcan derechos las personas
LGBT24. Si bien cada país tiene sus propias dinámicas, a continuación se
presentan algunos aspectos generales que sirven como introducción para el
análisis de la política sexual contemporánea.
2. Política sexual contemporánea
En ciertos momentos las sociedades politizan y buscan cambiar la jerarquía sexual disputando su legitimidad. Así, diversos sectores sociales se
movilizan por impactar las construcciones culturales y las regulaciones estatales, entre otros campos, para modificar el orden sexual imperante redefiniendo jerarquías, borrando algunas e inscribiendo otras. Estos cambios son,
por supuesto, conflictivos ya que implican un replanteo en las relaciones de
poder sobre las que se construye la sexualidad. Es común referir a los sesenta, particularmente en Estados Unidos y Europa, como un momento histórico en el cual –y desde el cual– se puso en crisis un orden sexual restrictivo
sobre la sexualidad. Sin embargo es difícil, y en cierto punto artificial, trazar
26
cualquier recorrido al respecto ya que no sólo estos cambios y replanteos
varían de acuerdo a los distintos contextos nacionales, sino que incluso se
caracterizan por marchas y contramarchas.
Entre los distintos impactos en la modificación del orden sexual, el
derecho es un indicador relevante. Los sectores que se movilizan para generar cambios suelen tener la modificación del derecho como una prioridad.
Así, en distintas regiones del mundo durante las últimas décadas se vienen
observando importantes reformas legales que condensan cambios culturales
y políticos. Aunque no es posible afirmar la desarticulación de un orden sexual
que privilegia la heterosexualidad y el patriarcado, se han ido plasmando
distintos tipos de reformas legales que muestran un escenario más diverso
respecto al orden sexual. Por ejemplo, el tema del divorcio es ya parte prácticamente de todas las legislaciones del mundo, quebrando a nivel legal lo
que aún es defendido por diversas instituciones religiosas: la indivisibilidad
del matrimonio. Otro ejemplo relevante es el creciente reconocimiento de
derechos para las parejas del mismo sexo, borrando el requisito de la heterosexualidad obligatoria respecto a la construcción de la par eja. También se
han ampliado las legislaciones y políticas públicas que buscan garantizar el
acceso universal a la anticoncepción. Finalmente, distintos países han cambiado sus legislaciones sobre el aborto, no sólo dejando de considerarlo como
un crimen, sino incluso inscribiéndolo como un derecho de las mujeres.
Estos cambios, sin embargo, tienen también sus propias limitaciones.
Por un lado, no necesariamente implican una modificación radical del orden
sexual ya que casarse para tener hijos/as y convivir de manera monógama
sigue siendo un horizonte normativo de las democracias contemporáneas. El
matrimonio como espacio para la sexualidad y la reproducción sigue ocupando un lugar privilegiado en el orden sexual que se plasma, entre otras
regulaciones, en el sistema legal. En paralelo al matrimonio coexisten una
serie de formas de habitar la sexualidad y la reproducción que, en ciertos
casos, son aún marginadas legal y/o culturalmente. Pagar por sexo, estar casada e interrumpir un embarazo, ser madre o padre sin tener pareja, decidir
no tener hijos/as, disfrutar del sexo grupal o sadomasoquista, permitir que la
pareja tenga relaciones sexuales con otras personas, son, entre otros, ejemplos de que no todo pluralismo y diversidad recibe el mismo nivel de reconocimientos y de derechos. La jerarquía sexual sigue legitimando al matrimonio
como institución social para la sexualidad y la reproducción muchas veces a
27
costa de la invisibilización y marginación de otras formas diferentes de vivir y
construir la sexualidad, la intimidad o la familia.
Por otro lado, estos cambios no sólo no pueden generalizarse, ya que
hay regiones donde la legislación continúa siendo restrictiva respecto a la
sexualidad, sino que incluso los mismos han generado reacciones conservadoras que buscan endurecer aún más la situación. Allí donde se debate la
sexualidad, distintos sectores reaccionan, activándose un pánico moral que
busca defender el status quo y preservar el orden social. De acuerdo con la
teoría del dominó del peligro sexual25, el levantar ciertas restricciones o barreras se considera como un peligro y un riesgo con graves consecuencias
que llevan al caos sexual y social. Otra reacción común es considerar que
estas reformas ponen en riesgo el bienestar de los sectores más vulnerables,
de los niños y niñas, razón por la cual se resisten estos cambios por medio de
una «histeria erótica» que llama a proteger a los niños26. Por ello, es común
que en los mismos contextos donde se debate ampliar derechos en relación
con la sexualidad y la reproducción, se organicen fuertes reacciones que en
algunas circunstancias no sólo logran evitar el cambio legal, sino incluso consiguen legislaciones aún más restrictivas.
Así, la política sexual contemporánea es fuertemente antagónica, ya
que suele caracterizarse por dos polos en una oposición que tiene pocas posibilidades de encontrar un marco común o consenso. En gran medida estos
cambios legales favorables a un orden sexual más amplio y diverso fueron
posibles, como se profundiza a continuación, por el impacto social, político y
cultural de los movimientos feministas y por la diversidad sexual. Estos movimientos quebraron una hegemonía que amalgamaba a sectores religiosos y
políticos en defensa de un orden sexual basado exclusivamente en el matrimonio heterosexual con fines procreativos. Sin embargo, desde las hendijas
de la hegemonía fracturada surgieron nuevos actores y discursos que se movilizan en contra de estos movimientos con el intento de evitar cualquier cambio
legal27.
Movimientos Feministas y por la Diversidad Sexual
Los cambios sociales, políticos y legales respecto al orden sexual no
pueden ser entendidos sin considerar el papel de los movimientos feministas
y por la diversidad sexual. Así como gran parte de los derechos ciudadanos
28
son el resultado de movilizaciones sociales, también la ampliación de derechos conectados a la sexualidad y la reproducción suele ser precedida por un
activismo desde el feminismo y la diversidad sexual.
Si bien estos movimientos son actores cruciales para comprender los
cambios en cuestión, los mismos también son el producto de los principales
conflictos del momento. La emergencia de estos movimientos fue posible,
fue precedida, por importantes cambios en las identidades, prácticas y actitudes de la población hacia lo sexual. Pero, al mismo tiempo, los movimientos
sociales imprimen su propia agenda de cambio que generan nuevas dinámicas e impactos diferenciados en distintos contextos. Si bien los movimientos
feministas y por la diversidad sexual condensan distintas tendencias sociales
existentes, a la vez son productores de cambios sociales, culturales y legales28.
Uno de los aspectos más destacados que ponen en evidencia los movimientos feministas y por la diversidad sexual son las complejas formas en
que la sexualidad está imbricada por y desde las relaciones de poder. El sacar
la sexualidad del closet de lo privado, de lo no político, permite debatir sobre
las múltiples formas en que el poder reprime y construye lo sexual en las
sociedades contemporáneas. Frente a una concepción que despolitiza la sexualidad por considerarla exclusivamente como parte del ámbito de lo íntimo y
por ende fuera de las agendas democráticas, estos movimientos la volvieron
materia de debate y discusión. Los conceptos de patriarcado y heteronormatividad refieren, de maneras diferentes, a regímenes de poder en los cuales la
sexualidad es una dimensión crucial. Regímenes con una distribución desigual del poder donde la mujer o las personas no heterosexuales son sujetos
que se vuelven objeto de vigilancia, normalización o directamente persecución. La sexualidad de las mujeres queda aprisionada debido a sus potencialidades reproductivas lo que impacta en una concepción del cuerpo sobre el
que se ejerce control social y legal. La vigilancia sobre cuerpos no heterosexuales también caracteriza en gran medida a las sociedades contemporáneas y se visibiliza en registros discursivos religiosos, médicos legales, entre
otros.
Sin el rol de las personas en estos movimientos, la democratización de
lo sexual de las últimas décadas sería impensable. Los hombres y mujeres se
movilizaron por una comprensión de la política y de la democracia diferente
que posibilitó el debate sobre diversas opresiones conectadas con la sexuali29
dad como una deuda pendiente de la democracia. Sobre todo tuvieron que
romper, por un lado, con el corset liberal que consideraba a lo sexual como
parte de la esfera privada, de lo no político. Un desafío importante para estos
movimientos fue lograr incluir en los debates públicos las diversas formas en
que la distribución desigual del poder oprimía ciertos cuerpos. La política
que inauguran estos movimientos interrumpe la ilegalidad, la invisibilidad o
el secreto sobre la sexualidad y la vuelven parte central de los debates públicos. Por otro lado, estos movimientos también enfrentaron –lo siguen haciendo– la influencia de las instituciones religiosas sobre el Estado y la sociedad
política que reducía la ética sexual a la postura oficial –casi siempre dogmática– de estas instituciones. Estos movimientos no sólo inscriben una forma
política y legal alternativa, sino también una concepción ética sobre lo sexual
diferente29. El empoderamiento que buscan no sólo se garantiza por la existencia de derechos sino, principalmente, por liberar la sexualidad de la culpa,
el pecado o la represión.
Los movimientos feministas y por la diversidad sexual se manifiestan
tanto en el activismo como en la academia, siendo sus fronteras difíciles de
trazar. Si bien tienen como objetivo relevante influenciar la política sexual,
son también movimientos que generan y circulan conocimiento sobre la sexualidad. Las universidades son espacios de activismo, de deconstrucción de
categorías naturalizadas y hegemónicas sobre la sexualidad. Como movimientos no sólo buscan generar marcos regulatorios amplios y diversos sobre
la sexualidad, sino también impactar sobre las formas de producir conocimiento que haga visible el patriarcado y la heteronormatividad como formas
de poder. De algún modo, estos movimientos buscan trascender la dicotomía
activismo-academia, aunque en muchas circunstancias la artificialidad de sus
fronteras se siga erigiendo de manera reiterada. Una reforma substancial sobre la sexualidad requiere además de instrumentos conceptuales y de explicaciones sobre las formas de opresión de la sexualidad en las sociedades
contemporáneas, de «lenguajes críticos» que sirve también para la movilización en contra de la opresión sexual30. Suponer que la academia en áreas
como la sexualidad puede ser un lugar neutral o apolítico corre el riesgo de
reforzar una postura acrítica. Las universidades han sido, y siguen siendo,
espacios patriarcales y heteronormativos en los cuales o se resiste el ingreso
de la sexualidad como objeto de reflexión teórica o se da bajo paradigmas
conservadores y opresivos.
30
Es necesario, sin embargo, reconocer la existencia de múltiples diferencias al interior de estos movimientos. No sólo hay áreas de conflicto entre el
feminismo y el movimiento por la diversidad sexual, sino que incluso al interior de cada uno de estos movimientos existen posturas diversas, a veces en
oposición. Esta oposición de posturas se debe, en muchas circunstancias a
concepciones ideológicas diferentes sobre cómo entender la desigualdad y la
exclusión, y por ende cómo pensar sociedades más justas, que también se
plasman, como se plantea luego, en estrategias diferenciadas para la intervención política. No es el propósito de esta introducción detallar las diferencias al interior de estos movimientos, que en algún sentido son parte también
de su riqueza, pero sí plantear esquemáticamente que el feminismo y el movimiento por la diversidad sexual son heterogéneos. Esta heterogeneidad se
ve en la política sexual contemporánea donde si bien existen áreas de fuerte
acuerdo y agenda común, en otras la oposición al interior del movimiento
imposibilita pensar en una postura única y acordada.
Desde una mirada introductoria, el feminismo puede definirse como
un movimiento, o una red de movimientos y organizaciones, que tiene como
propósito evidenciar, criticar y combatir la estructuración de desigualdades
culturales, políticas y económicas entre hombres y mujeres. Si bien es un
movimiento heterogéneo, sus distintas manifestaciones tienen en común el
considerar la existencia de un sistema de poder, el patriarcado, como injusto
y opresivo hacia las mujeres. Los feminismos buscan, precisamente, revertir
la desigualdad que genera esta construcción social, así como develar la ideología y las causas que lo mantienen31. El feminismo es uno de los movimientos con mayor impacto en las políticas y en la academia contemporáneas ya
que logró un cambio paradigmático en las formas de pensar y de activar la
política.
Hablar de un origen del feminismo es una ficción ideológica32. Sin
embargo, suelen diferenciarse analíticamente etapas del desarrollo del movimiento que responden a momentos históricos diferenciados y sientan prioridades políticas diferenciadas. Si bien estas etapas se basan sobre todo en la
historia del feminismo en los Estados Unidos o Europa, la categorización
también suele ser aplicada a Latinoamérica. Es necesario afirmar no sólo el
carácter ficcional de estas categorizaciones, sino también que en cada país
tienen su propia lógica y diferencias33. La primera etapa –fines del siglo XIX y
principios del XX– tuvo como propósito lograr derechos políticos, en particu31
lar el sufragio que en ese momento estaba limitado a los hombres. La presencia de una segunda etapa suele considerarse como característica de los años
sesenta a ochenta, y tienen como propósito confrontar desigualdades de género tanto a nivel de la cultura como del derecho. El tema de la sexualidad
comenzó a ocupar un lugar destacado en esta segunda ola del feminismo ya
que el patriarcado también implica el control del cuerpo de las mujeres. Una
de las contribuciones del feminismo de segunda ola es la diferenciación entre
sexo y género que permite distinguir entre los aspectos biológicos, anatómicos o «naturales» –sexo– de aquellos culturales o socialmente construidos –
género–. En este sentido, el concepto de género permite decodificar los distintos significados que las sociedades le otorgan a la diferencia biológica34. El
feminismo de segunda ola permite, entre otras cuestiones, complejizar el proceso por el cual sobre las diferencias biológicas entre macho-hembra se construye la diferencia cultural entre hombre-mujer. La tercera ola, que se suele
considerar como surgida desde los noventa, implica una crítica y ruptura ya
que pone en evidencia las limitaciones del feminismo anterior. En particular,
el feminismo de tercera ola o postfeminismo, critica la forma en que el feminismo hasta ese momento se había centrado en una concepción de mujer
blanca, heterosexual y de clase media, dejando afuera, marginalizando del
análisis y de la política, las diversas formas en que esa concepción está atravesada por cuestiones como la clase social, la raza/etnia, la orientación sexual
o la identidad de género, entre otras. Pero también desde este feminismo se
proponen lecturas que complejizan y superan la diferenciación sexo/género
construida. Autoras como Butler, Haraway o Preciado, por ejemplo, realizan
lecturas críticas y superadoras de los avances realizados por el feminismo
hasta ese momento.
El movimiento por la diversidad sexual, o LGBT, engloba a una serie
de organizaciones, movimientos y posturas académicas que, aunque muchas
veces estén en tensión, tienen como objetivo común desinstitucionalizar el
sistema de poder, privilegios y derechos que ubica a los no-heterosexuales en
un lugar de opresión y marginación. Este sistema de poder, definido como
heteronormatividad, se manifiesta no sólo en la existencia de normas legales
y sociales o de prácticas y actitudes que privilegian la heterosexualidad, sino
también en la construcción de un sentido, una ideología, que coloca a ciertas
identidades y prácticas como el afuera de lo normal, lo natural o lo legítimo 35.
El evento de Stonewall en Nueva York en 1969 se suele considerar como el
32
momento fundacional del movimiento, ya que implicó una reacción de la
diversidad sexual contra las redadas policiales y la persecución del Estado.
Este evento puede considerarse como un catalizador en la politización del
movimiento en los Estados Unidos, ya que a partir del mismo comenzó una
etapa de mayor organización y presencia pública que se visibiliza en las marchas del orgullo organizadas cada año desde 1970. El movimiento LGBT en
Latinoamérica tiene sus propios recorridos y suelen considerarse como su
principal antecedente la conformación de diferentes frentes de Liberación
sexual en Argentina, Brasil y México durante los setenta.
Así como el feminismo, el movimiento por la diversidad sexual también es heterogéneo. Por un lado, las siglas LGBT dan una idea de la heterogeneidad respecto a los/as sujetos/as y demandas que conforman este movimiento. Las diferentes personas que suelen agruparse bajo este rótulo común
están cruzadas, sin embargo, por diferentes dimensiones que evidencian distintos posicionamientos, necesidades y conflictos. Al igual que el feminismo,
el movimiento por la diversidad sexual está atravesado por diferencias de
clase social, raza o etnia que estructuran a la población de manera diferenciada. El racismo y el clasismo también se reproducen al interior del movimiento por la diversidad sexual generando, en algunas circunstancias, la invisibilización o marginación de los sectores más vulnerables. A esto se le puede
agregar el género que estructura de manera desigual a hombres y mujeres
más allá de su orientación sexual. Así como el patriarcado genera desigualdades entre hombres y mujeres, también esta desigualdad puede llegar a
plasmarse al interior del movimiento por la diversidad sexual. Finalmente, las
personas trans inscriben políticamente un lugar de subalternidad no completamente asimilable al de las personas gays o lesbianas. El tipo de exclusión
contra la que se movilizan y los derechos que reclaman son diferentes. Las
personas trans, aquellas que se identifican con un sexo o género diferente al
de su nacimiento, no sólo cuestionan las concepciones dominantes de sexualidad, sino que también ponen en jaque el sistema binario de la diferencia
sexual –hombre/mujer–36.
Por otro lado, es posible diferenciar dos corrientes en tensión dentro
del movimiento por la diversidad sexual que se diferencian en las formas de
definir el sistema de dominación así como en las estrategias políticas utilizadas para superarlo37. Una de estas corrientes, basada particularmente en discursos de derechos, busca lograr una sociedad más justa a partir de la inclu33
sión de las «minorías sexuales» reclamando el principio de igualdad ciudadana. La opresión a la que son sujetas las personas y parejas LGBT requiere
estrategias políticas que pueden definirse como estrategias de asimilación
que permitan modificar los sistemas legales vigentes para abrir espacio a estos individuos como sujetos legítimos del derecho. Así, diversas temáticas
como la seguridad social, las pensiones y jubilaciones, los principios de inmigración, cuestiones sucesorias y de alimentos están siendo modificadas para
incorporar la situación de las parejas del mismo sexo.
La otra corriente tiene una propuesta política más transgresora, asociada a la teoría queer, según la cual el movimiento por la diversidad sexual
no debiera orientarse tanto a obtener derechos que permitan la inclusión de
las personas LGBT en las definiciones prevalecientes de familia, sino más
bien a hacer estallar –queering– esas definiciones38. La política queer cuestiona la idea de una sexualidad «normal» que «legitima y privilegia la heterosexualidad y las relaciones heterosexuales como fundamentales y naturales
en las sociedades»39. Esta posición implica revisar cómo la «sexualidad, el
género, la raza, y la opresión y el privilegio de clase se han amalgamado en
una visión dominante de familia»40 en las sociedades contemporáneas. Un
acercamiento que sólo se preocupa por el tema de los derechos, no desafía al
poder y sólo logra que algún sector de las minorías sexuales –aquéllos económicamente más acomodados– puedan acceder a esos privilegios, reforzando
tal vez la marginación de otros sectores. La liberación de las personas LGBT
está en la posibilidad de deconstruir las políticas de normalización que se
conectan con la esencialización de las identidades; esencialización que es un
riesgo en las posturas que privilegian acríticamente la sanción de derechos.
Esta tensión se conecta con otra que también subyace al movimiento
por la diversidad sexual y radica en las formas de considerar la vinculación
entre sexualidad y poder. Siguiendo a Foucault es posible plantear de manera esquemática la existencia de dos abordajes principales: hipótesis de la
represión y de la regulación 41. La «hipótesis de la represión» refiere a lo que
podría considerarse como la cara más visible del poder sobre la sexualidad y,
por ende, el paradigma dominante por largo tiempo y que caracteriza, particularmente, a las políticas basadas en la identidad. Si bien agrupa lecturas
desde diversas disciplinas, esta hipótesis tiene en común priorizar las formas
en que el poder reprime y limita las relaciones sociales y en particular el
orden sexual. En este sentido, el placer, el deseo o el instinto sexual se presen34
tan como una fuerza innata –incluso universal– que la cultura o la sociedad
limitan en sus potencialidades. Este tipo de mirada de la sexualidad en términos de una dimensión sistemáticamente reprimida, silenciada, o sublimada
por el orden social o la cultura también caracteriza un gran número de abordajes de las ciencias sociales hacia la sexualidad42.
La otra forma de articular sexualidad y poder propuesta por Foucault
implica no sólo una crítica a la «hipótesis de la represión», sino también un
cambio paradigmático en las formas de considerar al poder. Para el autor, la
sexualidad no debe ser considerada como un instinto reprimido, sino como
la construcción de una categoría social con orígenes culturales e históricos
específicos más que biológicos. La construcción de un régimen de verdad es,
desde este abordaje, la forma en que sexualidad, poder y saber se articulan.
Este régimen tiene su génesis en la confesión cristiana como instancia que
busca desentrañar la verdad sobre la sexualidad, búsqueda que luego se replica en los discursos seculares tanto científicos, médicos como legales de la
modernidad. No es la represión sino, al contrario, el crecimiento de diversos
discursos que regulan, clasifican y jerarquizan la sexualidad, que la producen, lo que se vuelve una estrategia de poder generalizada que disciplina a
ciertos individuos debido a sus prácticas sexuales43. Este tipo de conceptualización del poder marca profundamente la teoría y la política queer.
Sexualidad y derecho
Como se planteó previamente, los movimientos feministas y por la
diversidad sexual tienen diversas coincidencias, pero también se caracterizan
por ser heterogéneos ya que coexisten distintas tradiciones teóricas y programas políticos bajo el mismo rótulo. Respecto a los vínculos entre sexualidad y
derecho los movimientos coinciden en un acercamiento crítico al mismo ya
que el derecho tiene una larga historia institucionalizando el patriarcado y la
heteronormatividad como sistemas de poder. El derecho ha sido, continúa
siendo, una influencia central en la construcción de un orden sexual opresivo
y excluyente. La pretensión de igualdad del sistema legal invisibiliza, legitima
y naturaliza la existencia de sectores marginados o excluidos debido a sus
identidades, prácticas o actitudes hacia lo sexual. El derecho no es un sistema
de igualdad, sino una construcción social, atravesada por el poder, que categoriza cuerpos y estratifica –incluso genera– identidades. Por ello, no es ex35
traño que la crítica al sistema legal como garante del status quo esté presente
en los distintos sectores que componen estos movimientos.
En la jerarquización del orden sexual el derecho tiene, entre otros, un
papel simbólico importante ya que impone como universal concepciones éticas que responden a una cosmovisión particular. Si bien la secularización,
como proceso de la modernidad, implicó una separación entre el derecho y
lo religioso, en cuestiones vinculadas con la sexualidad el proceso ha sido
más complejo y contradictorio. El derecho secular receptó los principales lineamientos de las tradiciones religiosas, despojándolas muchas veces de su
marca de origen, e invisibilizando entonces su construcción particular. El derecho penal puede considerarse, al menos en algunas cuestiones, como estableciendo una continuidad entre el pecado, en tanto institución de control
religiosa, y el delito, institución de control estatal. Este tipo de derecho es el
que de manera más directa recepta códigos morales, de carácter religioso en
general, y los vuelve derecho positivo al criminalizar ciertas conductas. Son
diversos los ejemplos en los cuales el derecho penal se erige como marcador
de fronteras vinculadas a la ética sexual. Respecto al género, por ejemplo, el
derecho penal refuerza/reforzaba una construcción de la mujer como fiel y
honesta44. El tema del adulterio, como se mencionó previamente, exigía para
las mujeres un sólo acto sexual fuera del matrimonio, mientras que en el caso
de los hombres había que probar la presencia de una relación con cierta
continuidad, criminalizando de manera diferente la conducta sexual extramarital. También la honestidad de la mujer se presenta(ba) como un bien
protegido por la mayoría de los códigos penales Latinoamericanos. Era/es
frecuente en los casos de violación de una mujer que el aparato de vigilancia
estatal se vuelque sobre las prácticas y conductas sexuales de la mujer como
requisito previo para la existencia del delito. La cosificación sexual de la mujer también se manifiesta/manifestaba en la inexistencia del delito de violación dentro del matrimonio ya que el acceso carnal era un derecho del marido. También respecto a la (homo)sexualidad el derecho penal ha sido utilizado para marcar fronteras morales reforzando la heteronormatividad. El caso
más obvio, por supuesto, es la vigencia de las leyes anti-sodomía durante el
siglo XX criminalizando la homosexualidad. Pero incluso una vez despenalizada la sodomía, distintos sistemas legales exigían una edad mayor para el
consentimiento de relaciones sexuales con personas del mismo sexo. Mientras la edad de consentimiento de una relación heterosexual se ubicaba, por
36
ejemplo, en los 14 o 16 años, los mismos sistemas exigían para una relación
homosexual al menos un par de años más. Otro ejemplo es la alta criminalización de la que son objeto las travestis, sobretodo por aplicación de códigos
de faltas.
Además de estas fronteras legales entre lo prohibido y lo permitido, el
derecho también estructura la sexualidad a partir de distribuir de manera
desigual derechos y reconocimiento. En particular, el derecho de familia es
un sistema de jerarquización relevante respecto a la sexualidad ya que en
general busca defender al matrimonio como institución patriarcal y heteronormativa. Aunque las diferencias se han ido reduciendo, el afuera del matrimonio –lo extramatrimonial– ha sido regulado de manera desigual, denegando derechos en protección de un orden sexual matrimonial. La situación de
vulnerabilidad y denegación de derechos solían recaer sobre las mujeres solas con hijos/as que eran, en general, las que quedaban al margen del matrimonio como institución social. También la heterosexualidad es/era una característica esencial del matrimonio y de los vínculos familiares. Además del
requisito de la complementariedad de los sexos para el casamiento, la identidad sexual ha sido considerada como un impedimiento para guardas y tutelas de hijos/as biológicos/as o para la adopción –incluso en aquellos sistemas
legales que permiten la adopción por parte de personas solteras–45.
Los distintos grupos y sectores que componen los movimientos feministas y por la diversidad sexual acuerdan que el derecho es parte del problema, sin embargo el tema se vuelve controversial cuando la pregunta es si el
derecho, el cambio legal, puede ser parte de la solución. El debate sobre el
rol del cambio legal como parte del cambio social atraviesa a diferentes movimientos sociales; los feminismos y movimientos por la diversidad sexual no
son la excepción. La heterogeneidad que caracteriza a estos movimientos
también se vuelve visible en las distintas formas en que consideran tanto el
papel del derecho como estructurador del orden sexual así como la conexión
entre cambio legal y cambio social. Al interior de cada uno de estos movimientos se han generado un número importante de escuelas, lineamientos
teóricos y políticos sobre la forma de pensar y de modificar el der echo, posturas no siempre compatibles entre sí. L as distintas olas, etapas y sectores de
los movimientos feministas y por la diversidad sexual no sólo definen de
maneras diferentes el patriarcado y la heterormatividad, sino también consideran al derecho desde perspectivas diversas, incluso a veces antagónicas46.
37
Con el propósito de introducir parcialmente este debate, es posible identificar
dos polos que caracterizan los posicionamientos críticos hacia el papel del
derecho. El presentar dos polos sólo es posible asumiendo un fuerte reduccionismo, pero permite plantear una tensión importante que caracteriza a
estos movimientos en la búsqueda del cambio legal como estrategia para
liberar la sexualidad47.
Dentro del feminismo uno de estos polos críticos hacia el derecho ha
sido definido como «reformismo legal»48. La opresión a la que son sujetas las
mujeres, entre otras cuestiones por una construcción patriarcal de la sexualidad, requiere de estrategias que permitan modificar los sistemas legales vigentes abriendo el espacio a las mismas como sujetas legítimas de derechos.
Se reafirma al derecho como objetivo, neutral y racional49 aunque por ser un
derecho construido históricamente por hombres excluyó, discriminó o desconoció a las mujeres. Es necesario, entonces, modificar los sistemas legales
para profundizar la igualdad, autonomía y/o libertad50. El rol de los movimientos feministas implica identificar y revertir la herencia patriarcal en las
instituciones, particularmente en el derecho, para ampliar los márgenes de
autonomía personal y garantizar la universalidad. Uno de los principales objetivos es influenciar al Estado y a la sociedad política para lograr reformas
legales que protejan los sectores marginados o desprotegidos51. Por supuesto
que los argumentos y estrategias son diversas, ya que implican no sólo erradicar del derecho normas que discriminen a las mujeres o lograr una igualdad substancial para las mismas, sino también criticar, por ejemplo, la construcción de lo sexual y de la esfera privada en general como espacios al
margen del poder52.
Esta postura reformista, un abordaje mayoritario dentro de los movimientos feministas, ha logrado importantes cambios legales en relación con
el estatus de las mujeres en las sociedades contemporáneas. Vía reformas
legales o interpretaciones judiciales, se ha impactado sobre el derecho como
construcción patriarcal logrando desinstitucionalizar algunas de sus manifestaciones. Tal vez uno de los primeros ejemplos haya sido el acceso a los
derechos políticos para las mujeres –el sufragio– y más recientemente las
leyes de cuota que incrementaron el porcentaje de mujeres en los parlamentos. También se han sancionado diversas legislaciones protegiendo contra la
discriminación laboral o económica, desde el derecho básico a la administración de sus propios bienes hasta el derecho a igual salario por igual trabajo53.
38
En el terreno de la sexualidad de las mujeres se han producido importantes
modificaciones que pueden ejemplificarse con dos tipos de reformas. Un tipo
de reformas destinadas a excluir del derecho distintas regulaciones que estructuraban de manera desigual a hombres y mujeres. Como lo mencionamos previamente, el derecho penal presenta/ba distintos ejemplos de la forma en que se discrimina a la mujer en defensa de valores como la honestidad
y la fidelidad que han sido paulatinamente modificados. Así, de delitos contra la honestidad se ha pasado a considerar como delitos contra la integridad
física, y cuestiones como violación entre esposos, por ejemplo, han llegado a
criminalizarse. Otro tipo de reformas, más resistidas, pretenden lograr que el
derecho garantice la autonomía sexual y reproductiva de las mujeres. Si bien
este es un camino más complejo, los movimientos feministas han impactado
en garantizar acceso universal a los anticonceptivos o en lograr reformas legales que consideren al aborto como un derecho y no como un crimen.
Una postura similar también caracteriza parte de las críticas del movimiento por la diversidad sexual hacia el derecho, sobre todo aquellas que
pueden englobarse bajo el rótulo de las políticas de la identidad. El movimiento por la diversidad sexual, particularmente el centrado en la situación
de gays y lesbianas, otorga un lugar destacado a las reformas legales para
desinstitucionalizar la homofobia del derecho. La estrategia privilegiada es
inscribir políticamente a las minorías sexuales como sujetos de derecho –con
énfasis en gays y lesbianas–, denunciando al mismo tiempo la discriminación
de los sistemas legales vigentes. La función política del movimiento por la
diversidad sexual consiste en presionar al Estado y a la sociedad política para
lograr reformas legales que protejan a los grupos que son excluidos por su
sexualidad. Así, se proponen proyectos de ley y reformas legales, y se emprende un trabajo de lobby con los integrantes de los poderes Legislativo y
Judicial para que modifiquen las regulaciones existentes. En este abordaje, la
identidad juega un papel central ya que un paso importante para la obtención de derechos es, por un lado, politizar la opresión a la que son sometidas
ciertas personas por su identidad –por su orientación sexual– y, por el otro,
revertir los estereotipos negativos sobre todo aquellos institucionalizados en
el derecho. La experiencia de opresión o la existencia de daños son dimensiones importantes en una estrategia que busca remediar la desigualdad existente en los arreglos sociales y legales54.
39
Este acercamiento al derecho por parte del movimiento por la diversidad sexual también ha resultado en cambios en el derecho por parte de los
poderes legislativos y judiciales al reconocer la situación de opresión y exclusión de ciertas personas debido a su orientación sexual. En un primer momento, los reclamos del movimiento giraron en torno a reformas legales que
protegieran a los sectores minoritarios frente a la violencia y a la discriminación por homofobia. Diferentes reformas legales y decisiones judiciales son
parte de estos cambios. Las mismas van desde tipificar al asesinato de una
persona debido a su identidad sexual como crimen de odio, hasta la protección laboral en caso de despidos injustos por discriminación. Con posterioridad, el movimiento comenzó a reclamar por derechos en diferentes ámbitos.
No sólo buscar protección de la discriminación y la violencia, sino el reconocimiento de derechos que igualen el estatus legal entre las personas heterosexuales y el resto. Se produce, entonces, un cambio en las demandas de la
no-discriminación a lograr el reconocimiento social y legal para revertir el
lugar de subordinación55. Entre los distintos cambios legales logrados en este
viraje puede mencionarse el reconocimiento de derechos a parejas del mismo sexo, por medio de una figura especial como la unión civil o autorizando
el matrimonio de los mismos, hasta el derecho explícito a personas y parejas
no heterosexuales a la adopción.
Existe otro polo dentro de los movimientos feministas y por la diversidad sexual que proponen una lectura diferente sobre el derecho, un tipo de
crítica que se autodenomina como radical, transgresora o transformadora.
Sin necesariamente desconocer las reformas y movilizaciones en torno al
derecho previamente planteadas, dentro de estos movimientos existen posturas críticas hacia el discurso de derechos y de cambio legal previamente
referidos. Entre las críticas feministas que se realizan desde este polo se tiende, en general, a considerar que el discurso de derechos no logra el cambio
necesario para equilibrar la distribución desigual del poder existente en las
sociedades contemporáneas. Se consideran que las reformas legales pueden
ser parte de una política asimilacionista o reformista que, si bien inscribe
nuevos derechos, no logra desintitucionalizar al patriarcado como sistema de
poder. Una de estas lecturas críticas propone que el derecho es en sí masculino y opresivo ya que los ideales y valores que inscribe, como la racionalidad, la objetividad o la neutralidad, son patriarcales, aunque se los presente
con pretensiones de universalidad56. La objetividad como valor del derecho,
40
por ejemplo, implica un proceso de objetivación –sexual– de las mujeres que
el Estado perpetúa57. Desde otra lectura crítica al reformismo se advierte que
estos cambios legales no son transformadores ya que dejan intacta la estructura sociopolítica que genera la opresión58. Por ejemplo, la postura reformista
hacia el derecho, si bien logra equilibrar la situación de las mujeres en distintas circunstancias, no cuestiona –o incluso podría pensarse refuerza– el género como un binario y la jerarquización entre lo masculino y femenino. Desde
esta mirada se afirma que son necesarios remedios transformadores que problematicen y reestructuren los factores que producen las desigualdades, combinando «justicia redistributiva» en relación a las clases sociales, y deconstrucción respecto a la construcción dicotómica y jerarquizada del género59.
También el movimiento por la diversidad sexual presenta un polo opuesto al reformismo legal. Como se afirmó previamente, la teoría queer propone
una lectura crítica de las políticas de la identidad que por décadas caracterizaron al movimiento por la diversidad sexual. Estas políticas, si bien lograron
diversos avances tanto en el derecho como en combatir la homofobia, no
logran desarmar la heteronormatividad como estructura de dominación, sino
que incluso en algunos casos la potencian. La política queer llama a una
política más radical, de transgresión. En vez de pedir la incorporación a una
matriz heterosexual de derechos, habría que cambiar la matriz en sí misma,
evidenciando la manera en que la heterosexualidad se construye como privilegiada. El derecho es un importante productor de subjetividades e identidades, por lo tanto muchos de los «avances» en relación a la diversidad sexual
vienen con el costo de institucionalizar construcciones de sexualidad fuertemente esencializadas que corren el riesgo de reforzar la heteronormatividad
como sistema de dominación. O sea, la ambigüedad central del derecho reside en que mientras puede ser un instrumento eficaz contra la discriminación
y a favor del reconocimiento de las minorías sexuales –o al menos de algunas
de ellas–, puede también limitar las capacidades de un cambio más estructural60. Lo que debe lograrse es romper con la naturalización/normalización de
ciertas identidades sexuales y de género y, para ello, es imprescindible deconstruir las formas en que la sexualidad se ha ido institucionalizando. La
estrategia política respecto al derecho desde esta postura es diferente. En vez
de pedir la incorporación de las personas LGBT a las distintas instituciones
que regulan la familia, como lo es el matrimonio, se debe deconstruir estas
instituciones. En particular, se debe denunciar cómo las mismas fortalecen la
41
heteronormatividad y sostienen la «heterosexualidad obligatoria». La estrategia «asimilacionista» fortalece el sistema estructural de dominación a través
de la «normalización del sujeto homosexual». Mientras esta normalización
permite el acceso a derechos previamente negados, inscribe al mismo tiempo
un ideal de respetabilidad que diferencia entre «buenos» homosexuales y
aquellos «malos» y no respetables, los que deben ser excluidos de los discursos de ciudadanía61. El derecho es uno de los constructores y sostenedores de
la heteronormatividad como sistema de dominación ya que el discurso legal
es un sitio importante desde donde se regula la sexualidad y se sostiene la
división sexual entre homo y hétero62.
La tensión reformista/radical, asimilación/transgresión, afirmativa/transformadora, inevitablemente atraviesa a los movimientos sociales al pensar el
derecho como estrategia para el cambio. Sin dudas el discurso sobre derechos tiene una fuerte presencia en los movimientos sociales, lo que se ve
reflejado en los importantes cambios legales que se han dado en diversos
países en relación al estatus de las mujeres y de la diversidad sexual. También
es real que estos avances legales no implican, necesariamente, un cambio
social y que, en no pocas oportunidades, reinscriben nuevas fronteras y refuerzan exclusiones en el orden sexual. Este dilema, que en diversos sentidos
es irresoluble, empuja a recordar que la «lucha» por nuevos derechos necesita ser constantemente rescatada como una lucha política en la cual la reasignación de derechos debiera ser sólo estratégica y no implica, por sí misma,
democratización. Como se afirma desde la teoría jurídica crítica feminista, «el
razonamiento jurídico y las batallas judiciales no son tajantemente distinguibles del razonamiento moral y político y de las batallas morales y políticas» 63.
También desde la política queer se advierte, por ejemplo, que «Las estrategias del movimiento LGBT no deben asegurar los privilegios para algunos
mientras que al mismo tiempo se excluyen opciones para otros. Nuestras
estrategias deben expandir los términos actuales del debate, no reforzarlos» 64.
3. Derechos Sexuales y Reproductivos
A los movimientos feministas y por la diversidad sexual se los puede
caracterizar como respondiendo a una lógica política dual 65. Por un lado,
buscan influir al Estado para generar cambios en los sistemas legales. En esta
42
política de influencia los DDSSRR son un instrumento importante ya que
codifican bajo un rótulo común una serie de principios legales con el propósito de profundizar la autonomía de las personas en decisiones conectadas a
la sexualidad y la reproducción. Por otro lado, los movimientos también tienen como propósito impactar y generar cambios en la cultura y en las formas
de construcción de lo sexual. No sólo modificar normas legales, sino también
normas sociales y éticas que restringen y estratifican de manera desigual a las
sociedades. Los DDSSRR son entonces más que un conjunto de derechos
formales, ya que implican un programa ético-político que busca desnaturalizar y desjerarquizar el orden sexual imperante. Esta dualidad de los DDSSRR, derechos formales, pero también un programa ético-político, es parte de
la riqueza de los mismos, pero también de los principales desafíos y tensiones
que los caracterizan.
Si en la sección anterior –»Política sexual contemporánea»– se profundizó de distintas maneras la política sexual de los movimientos feministas y
por la diversidad sexual, en esta última parte de la introducción se presentan
esquemáticamente los principales elementos que confluyen bajo el rótulo de
los DDSSRR. En primer lugar, es necesario distinguir la coexistencia de dos
tipos diferenciados de demandas y derechos: los sexuales, por un lado, y los
reproductivos por el otro. Si bien en general se colapsan bajo una misma
fórmula, por sus similitudes, es necesario distinguirlos porque apuntan a cambios legales y políticos diferentes. En segundo lugar, se presenta el impacto
del discurso de los DDSSRR sobre el derecho internacional de los derechos
humanos. Desde mediados de los noventa, los movimientos feministas y por
la diversidad sexual lograron impactar la arena internacional al incorporar
nuevas demandas y colaborar con un cambio paradigmático en las políticas
internacionales sobre población. Finalmente, se introduce brevemente la situación por la que atraviesa Latinoamérica en la actualidad. Luego de décadas de activismo, finalmente los DDSSRR son parte de la agenda regional y
han impactado de distintas formas en la región, generando, en algunos países, importantes cambios legales.
Como recién se afirmara, aunque los DDSSRR se presenten como parte de un mismo rótulo, es importante distinguir dos tipos de demandas que,
aunque a veces pueden colapsarse, en otras circunstancias están en tensión.
Las distintas definiciones de los derechos reproductivos afirman que tienen
como propósito garantizar y defender la autonomía de las personas en la
43
autodeterminación de la vida reproductiva, para poder decidir libremente
sobre la paternidad y maternidad. Estos derechos apuntan a que la ciudadanía pueda materializar, de la mejor manera posible, la decisión crucial de
tener o no hijos/as y de cuándo tenerlos/as. Este conjunto de derechos se
conecta con la sexualidad ya que el acto sexual sigue siendo la forma principal de reproducción. Por ello, los derechos reproductivos requieren garantizar un acceso universal y seguro a técnicas para evitar embarazos antes, durante y después del acto sexual. Acceso a educación sexual para conocer las
diversas maneras y técnicas de evitar embarazos, a medidas anticonceptivas
que permitan materializar la decisión y, finalmente, a la interrupción voluntaria del embarazo. Estas tres prácticas en relación a la procreación existen en
la sociedad al margen del sistema legal imperante. Lo que estos derechos
buscan garantizar es que el acceso a estas prácticas no sea desigual debido,
por ejemplo, a la carencia de recursos económicos. Así, aunque estas prácticas existen, sin el marco regulatorio que implican los derechos reproductivos
amplios sectores de la población tienden a quedar excluidos de las mismas o
a llevarlas adelante en situación de precariedad e insalubridad –como los
abortos no legales–. No son las prácticas lo que estos derechos necesariamente cambian, sino la posibilidad de garantizar la autonomía de las personas a implementar y llevar adelante sus decisiones.
Pero los derechos reproductivos también requieren que el Estado garantice y proteja la decisión de tener hijos/as. Aunque suele ser una dimensión menos politizada de los derechos reproductivos, también es necesario
garantizar la decisión en positivo respecto a la paternidad y maternidad, lo
que implica diversos aspectos. Entre ellos, promover la salud materno-infantil, garantizar derechos de licencia a la maternidad y facilitar acceso a técnicas de reproducción asistida para sectores de escasos recursos. O sea, los
derechos reproductivos no sólo involucran el separar la sexualidad de la reproducción, sino también el garantizar a aquellas personas y parejas que
quieran tener hijos/as los medios y la protección necesarias para que sea
posible. Esta otra faceta de los derechos reproductivos también es necesaria
para que los sectores de la población de menores recursos tengan la posibilidad de implementar su decisión autónoma. El marco regulatorio de los derechos reproductivos permite, entre otras cuestiones, la implementación de
políticas públicas para que sectores excluidos por motivos económicos puedan acceder a instrumentar sus propias decisiones. Estos derechos buscan
44
reducir las desigualdades que se producen en relación a la reproducción debido a la estratificación social que, mientras posibilita el acceso a aquellos
sectores con los recursos económicos necesarios, excluye o margina al resto.
Los derechos sexuales, por su parte, apuntan a garantizar una sexualidad plena, lo que implica diversas facetas, algunas de las cuales se mencionan a continuación. En primer lugar, combatir de diversas maneras la falta de
autonomía de los/as sujetos/as respecto a la sexualidad. Esto implica evitar
todo tipo de violencia e imposición sexual tales como violación o matrimonios forzados. También apuntan a una protección de la integridad corporal
evitando prácticas de esterilización forzadas y de mutilación genital. La autonomía también se conecta con reconocer el placer como un componente
central de la sexualidad, lo que requiere, entre otras cuestiones, la vigencia
de los derechos –no– reproductivos que permitan desanudar la sexualidad y
la reproducción66. En segundo lugar, se requiere garantizar el acceso a la
salud e información, en particular con temáticas conectadas a enfermedades
de transmisión sexual. La salud sexual es, sin dudas, una dimensión crucial
de los derechos que debe entenderse –al igual que la salud reproductiva– de
manera amplia como un «estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades»67. Finalmente, estos derechos requieren que el acceso a una sexualidad autónoma, plena
y saludable debe darse sin ningún tipo de discriminación por orientación
sexual ni por identidad de género. La sexualidad, intimidad y afectividad de
las personas gays, lesbianas y trans deben ser garantizadas como parte de la
población general por medio de reconocer la diversidad de arreglos afectivos
y, para las personas trans, evitar las prácticas quirúrgicas forzadas y no voluntarias sobre los cuerpos68.
Habiendo distinguido ambos derechos, su impacto a nivel internacional ha sido prácticamente simultáneo, ya que desde mediados de los noventa, tanto los derechos reproductivos como los sexuales comenzaron a tener
un creciente reconocimiento en la arena internacional como parte del discurso de los derechos humanos. Más allá de las numerosas limitaciones que la
incorporación de estos derechos tienen, este reconocimiento muestra el impacto de los movimientos feministas y por la diversidad sexual en las agendas internacionales luego de décadas de activismo. Durante los años cincuenta y sesenta el control de la fecundidad a nivel de las conferencias de
Naciones Unidas estaba conectado al temor por el crecimiento poblacional,
45
en tanto explosión demográfica, paradigma que comenzó a cambiar debido,
entre otras cuestiones, a la influencia del feminismo y del movimiento de
mujeres69. Así, el foco se fue moviendo del control de la población a la autonomía de hombres y mujeres para decidir sobre la procreación. Un antecedente importante fue la Conferencia Internacional DDHH de la ONU de Teherán del año 1968, cuando por primera vez en un documento internacional
se protegió, al menos parcialmente, a los derechos reproductivos: «Los padres tienen el derecho humano básico a determinar libre y responsablemente
el número y el espaciamiento de sus hijos»70.
Fueron las principales Conferencias de Naciones Unidas de mediados
de los noventa el momento relevante para la institucionalización de los derechos reproductivos a nivel internacional. En especial, la Conferencia del Cairo genera el primer documento internacional que define la salud reproductiva afirmando que:
7.2. La salud r eproductiva es un estado general de bienestar físico, mental
y social, y no de mera ausencia de enfermedades o dolencias, en todos los
aspectos relacionados con el sistema reproductivo y sus funciones y procesos. En consecuencia, la salud reproductiva entraña la capacidad de
disfrutar de una vida sexual satisfactoria y sin riesgos y de procrear, y la
liber tad para decidir hacerlo o no hacerlo, cuándo y con qué frecuencia.
Esta última condición lleva implícito el derecho del hombre y la mujer a
obtener infor mación y de planificación de la familia de su elección, así
como a otros métodos para la regulación de la fecundidad que no estén
legalmente prohibidos, y acceso a métodos seguros, eficaces, asequibles y
aceptables, el derecho a recibir servicios adecuados de atención de la salud que per mitan los embarazos y los partos sin riesgos y den a las parejas
las máximas posibilidades de tener hijos sanos.
Al año siguiente la Cuarta Conferencia Mundial sobre las Mujeres de
Beijing, si bien apoyó la definición de El Cairo, propuso un contexto más
amplio en relación a los derechos reproductivos como derechos humanos.
La Declaración y Plataforma para la Acción de Beijing afirma que
Los derechos humanos de la mujer incluyen su derecho a tener control
sobre las cuestiones relativas a su sexualidad, incluida su salud sexual y
reproductiva, y decidir libremente respecto de esas cuestiones, sin verse
sujeta a la coerción, la discriminación y la violencia. Las relaciones iguali46
tarias entre la mujer y el hombre respecto de las relaciones sexuales y la
reproducción, incluido el pleno respeto de la integridad de la persona,
exigen el r espeto y el consentimiento recíprocos y la voluntad de asumir
conjuntamente la responsabilidad de las consecuencias del comportamiento
sexual.
Podría decirse que la presencia de los derechos sexuales como parte
de los derechos humanos es más acotada en el tiempo ya que hasta principios de los noventa la sexualidad estuvo ausente del discurso de los derechos
humanos71. O, mejor dicho, la sexualidad era sólo referida implícitamente
como parte del matrimonio heterosexual y sus fines reproductivos, reforzando así un paradigma restrictivo72. La Conferencia de Viena de 1993 es un
momento de enunciación de lo sexual importante ya que durante la misma
se llama a los Estados a eliminar «la violencia basada en el género y todas las
formas de acoso sexual y explotación», incluyendo el tráfico de mujeres, «la
violación sistemática, la esclavitud sexual y el embarazo forzado» –párrafos
18 y 38–. Si bien se hace referencia a la sexualidad, aparece de manera
negativa para evitar la violencia y esclavitud sexual, como se puede observar
en las referencias73. Fue durante las dos conferencias antes mencionadas que
comenzó a conformarse un discurso favorable a los derechos sexuales con
una connotación positiva. En la conferencia de El Cairo –1994– muchos delegados de gobierno –particularmente los de países islámicos o católicos en
los que los fundamentalistas tienen gran influencia política– no ocultaron su
oposición total a permitir que la mala palabra «sexo» apareciera en alguna
parte del Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo –CIPD–; la palabra permaneció entre corchetes, que significa no aprobación, hasta prácticamente la última hora. Sin embargo, en la
versión final del documento las referencias al «sexo» y la «sexualidad» aparecen numerosas veces y, por primera vez en un instrumento legal internacional. El Programa de la CIPD explícitamente incluye la «salud sexual» en la
gama de derechos que los programas de población y desarrollo deben proteger. El capítulo 7 del documento adopta la definición de la Organización
Mundial de la Salud sobre la «salud sexual» como una parte integral de la
salud reproductiva, requiriendo que las personas tengan «la capacidad de
disfrutar de una vida sexual satisfactoria y sin riesgos», así como la libertad
para procrear y decidir «hacerlo o no hacerlo, cuándo y con qué frecuencia».
47
Define el propósito de la salud sexual como «el desarrollo de la vida y de las
relaciones personales, y no meramente el asesoramiento y la atención en
materia de reproducción y de enfermedades de transmisión sexual» –párrafo
7.1–. El capítulo 5 del Programa de la CIPD compromete a los gobiernos
firmantes a que sus leyes y políticas tomen en consideración los «diversos
tipos de familias» existentes en la mayoría de las sociedades –párrafos 5.1 y
5.2–. Como era esperable, el uso de plural generó fuertes controversias ya
que puede entenderse como la apertura a familias no-heterosexuales, entre
otras.
La Plataforma de Acción producida por la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer en Beijing, en 1995, fue más allá de formular un concepto de
derechos sexuales en tanto principio de derechos humanos internacionales.
Sin pretender agotar la complejidad de los desarrollos producidos respecto a
la integración de la sexualidad en el derecho internacional es importante
mencionar a «Los principios de Yogyakarta sobre la Aplicación del Derecho
Internacional de Derechos Humanos a las Cuestiones de Orientación Sexual
e Identidad de Género» como un hito cuyos efectos están comenzando a
observarse. Este documento, redactado por un grupo de expertos en la ciudad indonesa de Yogyakarta en el año 2006, contiene una serie de principios
legales relevantes para la aplicación del derecho internacional de los derechos humanos para cuestiones de orientación sexual e identidad de género.
Los Principios de Yogyakarta –como son habitualmente referidos– son el resultado de un estudio de los principales tratados de derechos humanos existentes, así como de sus interpretaciones, y de cómo los mismos se deben
aplicar a las cuestiones de orientación sexual e identidad de género. En este
sentido, son relevantes porque identifican las normas legales «vinculantes que
todos los Estados deben cumplir»74. Son 29 los principios incluidos con sus
recomendaciones, entre los que pueden mencionarse como ejemplo: los derechos a la igualdad y a la no discriminación; el derecho al reconocimiento
de la personalidad jurídica; el derecho al disfrute del más alto nivel posible de
salud; la protección contra abusos médicos; el derecho a formar una familia;
entre otros.
Esta creciente legitimidad de los DDSSRR en el ámbito internacional
ha generado una fuerte reacción contraria a las agendas de los movimientos
feministas y por la diversidad sexual. Como consecuencia de los avances
producidos en las conferencias de El Cairo y Beijing se generó un frente de
48
resistencia que comenzó a monitorear los principales documentos y resoluciones para evitar que las agendas feministas y por la diversidad sexual sigan
influyendo el sistema internacional de derechos humanos. En Naciones Unidas, por ejemplo, a mediados de los noventa se plasmó una alianza –a veces
referida como la «Alianza non santa»– entre la derecha religiosa de los Estados Unidos, el Vaticano y algunos países islamicos, con el principal propósito
de defender un modelo de familia y sexualidad que se construye de manera
antagónica a los DDSSRR75. A esta alianza se agregan diversas organizaciones que se han conformado últimamente con el propósito de resistir el avance de los DDSSRR a nivel internacional76. Sirva como ejemplo, el Catholic
Family and Human Rights Institute, creado en el año 1997, con la misión de
«preservar el derecho internacional por medio de desacreditar las políticas
radicales en las Naciones Unidas y otras instituciones internacionales»77.
De forma similar a lo que sucede en diversos países, la sexualidad es
una dimensión política importante en las distintas Conferencias Internacionales y, frente a los avances logrados, un frente pro-vida y pro-familia ha ido
acrecentando su presencia, generando nuevas alianzas e implementando diversas estrategias en defensa de un orden sexual tradicional.
Finalmente, es importante mencionar que también Latinoamérica como
región está atravesando un momento bisagra en relación al status de los
DDSSRR. Como se mencionó previamente, los movimientos feministas y por
la diversidad sexual llevan ya décadas de activismo en la región y, durante
los últimos años, comenzaron a impactar sobre el sistema legal. Por décadas
tuvieron que enfrentar el poder hegemónico de la Iglesia Católica para sentar
los límites de lo que se podía o no debatir públicamente. Impedir que ciertos
temas entren a las agendas públicas es una forma de ejercer el poder78 a
través de la cual se evita cualquier discusión pública o politización que pueda, eventualmente, generar un cambio en el status quo. Sin embargo, durante los últimos años los movimientos feministas y por la diversidad sexual
lograron no sólo incluir los DDSSRR en las agendas públicas, sino incluso
impactar los sistemas legales ampliando los márgenes para la libertad y diversidad sexual. Este impacto se ha dado de diversas formas. Por un lado, se
han producido importantes reformas legales en algunos países de la región.
Sirvan de ejemplo la legalización del aborto en el Distrito Federal de México
o la autorización al matrimonio para las parejas del mismo sexo en Argentina.
49
Por otro lado, la jurisprudencia también ha ampliado la vigencia de los
DDSSRR. Una de las estrategias de los movimientos feministas y por la diversidad sexual es el uso del litigio como estrategia para lograr modificaciones
en el derecho79. El caso más emblemático son las sentencias de la Corte
Constitucional colombiana que han modificado la legislación del país despenalizando el aborto y reconociendo derechos a las parejas del mismo sexo.
El camino de profundización de los DDSSRR, de democratización de
la sexualidad, recién comienza a recorrerse en la región. Si bien los movimientos feministas y por la diversidad sexual han sido exitosos en instalar la
demanda por los DDSSRR, quedan pendientes importantes cambios en los
sistemas legales vigentes en la mayoría de los países. Un doble desafío, con
diversos riesgos, recorre esta tarea pendiente. Por un lado, de manera similar
a lo sucedido en el ámbito internacional, la Iglesia Católica y sectores aliados
han reaccionado de manera enérgica. En la mayoría de los países de la región es posible observar el accionar político de alianzas religioso-seculares
lideradas por la jerarquía católica que tienen como objetivo principal evitar o
revertir la vigencia de los DDSSRR. Son dos las temáticas que más reacciones adversas generan.
En primer lugar, dentro de los derechos reproductivos, el aborto ha
generado un fuerte antagonismo político. Los sectores sociales y políticos
que se oponen a los derechos reproductivos suelen considerar la despenalización/legalización del aborto como manifestación de una «cultura de la
muerte» que subvierte los principales valores y órdenes sociales imperantes80. Dentro de los derechos sexuales, el reconocimiento de derechos a las
personas gays y lesbianas también genera fuertes reacciones, en particular el
reconocer derechos de familia. Es frecuente observar en la región argumentos diversos en contra de este reconocimiento, que van desde el riesgo de
extinción que implica para la especie humana hasta los supuestos daños para
niños y niñas en hogares «homosexuales»81.
El otro desafío, al contrario, es «interno» a los movimientos feministas
y por la diversidad sexual. Como se expresó previamente, un riesgo de una
política sexual fuertemente basada en un discurso de derechos es caer en
estrategias asimilacionistas que descuiden los aspectos más radicales y liberadores de los movimientos. Sin desconocer la importancia del impacto en el
derecho, es también necesario considerar las consecuencias que este tipo de
estrategias puede traer en la inscripción de nuevas fronteras culturales. El
50
ejemplo más visible de este riesgo es la rapidez con que la demanda de derechos para parejas del mismo sexo se presenta bajo la defensa de la monogamia, la estabilidad y el amor, lo que, como contracara, construye un otro
promiscuo como el afuera del orden sexual legítimo. Otro riesgo es el formalismo que suele acompañar las demandas en términos legales. Se genera una
especie de fetichismo por el derecho que olvida que el cambio legal no necesariamente genera cambio social. Al contrario, una región como la latinoamericana tiene sobrados ejemplos de marcos legales vigentes que poco o
nada se reflejan en las prácticas concretas. Sirven como ejemplo la existencia, en algunos países de la región, de programas de salud sexual y reproductiva de excelente diseño normativo que no logran impacto en las políticas
públicas por trabas económicas, culturales o políticas. La respuesta a estos
desafíos también es doble. Por un lado, la necesidad de pensamiento crítico
sobre la traducción de la agenda política al discurso legal, ya que el derecho
también construye y naturaliza la sexualidad. Si bien el paradigma de los
DDSSRR implica un orden sexual menos jerárquico que el imperante, también privilegia identidades y genera exclusiones. Por otro lado, reforzar que el
momento de reforma legal es, ante todo, un momento en la politización de la
sexualidad en el cual se debaten, particularmente, concepciones de justicia y
de ética sexual que exceden el cambio en el derecho formal.
Notas
1 Para un análisis sobre jerarquía y «orden sexual» ver R UBIN, Gayle (1989) «Reflexionando sobre el
sexo. Notas para una teoría radical de la sexualidad» en VANCE , Carole (comp.) Placer y peligro.
Explorando la sexualidad femenina. Madrid, Revolución.
2
Como par te de este ejemplo se considera el vínculo sexual entre dos varones, ya que el vínculo
sexual entre dos mujeres tiene diferentes recorridos históricos.
3 H ALPERIN, David M. (1990) One Hundred Years of Homosexuality: and other essays on Greek love .
Nueva York, Routledge.
4 BOSWELL , John (1980) Christianity, Social Tolerance, and Homosexuality. Chicago, University of
Chicago Press.
5
Ver, BOSWELL, John (1980) Christianity, Social Tolerance, and Homosexuality. Chicago, University
of Chicago Press. Capítulos 8 y 9.
6
V AGGIONE, Juan Marco (2008) Diversidad Sexual y Religión. Córdoba, Ferreyra Editor / Centro de
Estudios Avanzado-Conicet.
7
Uso estas categorías –homosexual y heterosexual– porque son, en general, las más utilizadas en
estos debates.
8 Los debates sobre legitimidad exceden, obviamente, esta introducción, pero existen distintos abordajes teóricos. Weber, por ejemplo, ubica la legitimidad racional en las reglas burocráticas estatales
51
de las sociedades contemporáneas mientras Foucault, probablemente más cerca de Marx, la conecta a la circulación de r egímenes de verdad. Se puede consultar, O’N EILL, John (1986) «The Disciplinar y Society: From Weber to Foucault», The British Journal of Sociology, Vol. 37, Num. 1. Londres,
London School of Economics. Pp. 42-60.
9
Más adelante en la introducción se plantea el concepto de régimen de verdad sobre la sexualidad
basado en FOUCAULT , Michel (1986) La Historia de la Sexualidad. Vol. I: La voluntad de saber. Buenos Aires, Siglo XXI.
10 VAGGIONE, Juan Marco (2010) (comp.) El Activismo Religioso Conservador en Latinoamérica.
Córdoba, Editorial Ferreyra / Centro de Estudios Avanzado-Conicet.
11
En especial el Der echo Penal ha sido utilizado como un fuerte reforzador del orden sexual por
medio de criminalizar conductas que también son deslegitimadas por las religiones.
12
Puede profundizarse este tema a par tir de la teoría sobre la legitimidad de Max Weber, en especial
la dominación racional-legal.
13
R UBIN, Gayle (1989) «Reflexionando sobre el sexo. Notas para una teoría radical de la sexualidad»
en VANCE, Carole (comp.) Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina. Madrid, Revolución.
14 Esta diferenciación entre con quién y cómo, la propone P LUMMER, Ken (2003) «La cuadratura de la
ciudadanía íntima: algunas propuestas preliminares» en OSBORNE, Raquel y G UASCH , Oscar (comps.)
Sociología de la sexualidad.Madrid, CIS.
15
L a heterosexualidad obligatoria o «compulsory heterosexuality» es el presupuesto que la heterosexualidad es universal y mandatoria, y que los hombres se encuentran naturalmente atraídos por
las mujeres y viceversa. Adrienne Rich introdujo este concepto, par ticularmente en un ensayo de
1980. Ver RICH, Adrienne (1994) «Compulsor y heterosexuality and Lesbian Existence» en Blood,
Bread, and Poetry. Nueva York, Norton Paperback.
16
Así regulaba el Código Penal argentino al adulterio hasta la reforma por Ley 25.087 –B.O. 14/5/
99–.
17 Sir va como ejemplo el término «Lolita», utilizado para referir a mujeres adolescentes que constituyen una fantasía sexual. Se origina en la novela de 1955, Lolita, de Vladimir Nabokov que ha sido
llevada al cine en dos oportunidades.
18
Claude L evi-Strauss ha realizado un influyente análisis sobre el incesto como tabú.
19
PLUMMER, Ken (2003) «La cuadratura de la ciudadanía íntima: algunas propuestas pr eliminares» en
OSBORNE, Raquel y GUASCH, Oscar (comps.) Sociología de la sexualidad. Madrid, CIS.
20
Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders –DSM–. American Psychiatric Association
21 Estos aspectos están contemplados en Humanae Vitae de Pablo VI –1968–. También estos significados son recogidos en los documentos de la Conferencia Episcopal Argentina –CEA– donde se
afirma que « La sexualidad, pues, posee un doble sentido: une a los esposos en un amor creciente y
los hace fecundos en ese amor» –«La Buena noticia de la Vida Humana y el Valor de la Sexualidad»,
11 de agosto de 2000–.
22 FOX , Thomas C. (1995) Sexuality and Catholicism. Nueva York, G. Braziller.
23
PONTIFICIO CONSEJO P ARA LA FAMILIA (1985) «Sexualidad Humana. Verdad y significado Orientaciones educativas en familia».
24 L esbianas, gays, bisexuales y trans.
25
R UBIN, Gayle (1989) «Reflexionando sobre el sexo. Notas para una teoría radical de la sexualidad»
en VANCE, Carole (comp.) Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina. Madrid, Revolución.
26
El tér mino es de Rubin (1989).
27
VAGGIONE, Juan Marco (2010) (comp.) El Activismo Religioso Conservador en Latinoamérica.
Córdoba, Ferreyra Editor / Centro de Estudios Avanzado-Conicet.
28
Diversos autores sobre movimientos sociales plantean cuestiones similares. Ver: ESCOBAR, Arturo;
ALVAREZ, Sonia E. y DAGNINO, Evelina (2001) Política cultural y cultura política. Una nueva mirada
sobre los movimientos sociales latinoamericanos. Bogotá, Taurus-ICANH.
29
SEIDMAN, Steven (1997) Difference tr oubles. Queering social theory and sexual politics. Cambridge, Cambridge University Press.
30
R UBIN, Gayle (1989) «Reflexionando sobre el sexo. Notas para una teoría radical de la sexualidad»
52
en VANCE , Carole (comp.) Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina. Madrid, Revolución.
31
Debido al propósito de esta introducción, sólo se presentan algunos aspectos generales de los
movimientos feministas y por la diversidad sexual. Para una ampliación se puede consultar, entre
otros: G ORDON, Linda (2010) «La lucha por la liber tad reproductiva: Tres etapas del feminismo» en
BERGALLO, Paola (comp.) Justicia, Género y Reproducción. Buenos Aires, Editorial Libraria; F EMENÍAS, María Luisa (2009) «Género y Feminismo en América Latina», Debate Feminista , Num. 40. D.F.
Pp. 42-74.
32 FEMENÍAS, María Luisa (2009) «Género y Feminismo en América Latina», Debate Feminista, Num.
40. D.F. Pp. 42-74
33
VARGAS, Virginia (2008) Feminismos en América latina. Su aporte a la política y a la democracia.
Lima, Fondo editorial de la Facultad de Ciencias Sociales, UNMSM. Para movimiento por la diversidad sexual: M ECCIA, Ernesto (2006) La cuestión gay: un enfoque sociológico. Buenos Aires, Gran
Aldea; PECHENY, Mario (2001) « De la ‘no-discriminación’al ‘reconocimiento social’: un análisis de la
evolución de las demandas políticas de las minorías sexuales en América Latina». Ponencia presentada al XXIII Meeting of the Latin American Studies Association (Washington DC).
34 Gran parte de las reflexiones feministas de segunda ola abordan esta diferencia entre sexo y
género.
35 Son diversos los debates sobre este concepto. Un trabajo pionero es WARNER, Michael (1991)
«Introduction: Fear of a Queer Planet», Social Text, Num 29. Nueva York, Duke University Press. Pp.
3–17.
36 Para profundizar se puede consultar M AFFÍA, Diana (2003) Sexualidades migrantes. Género y
transgénero. Buenos Aires, Feminaria; F ERNÁNDEZ, Josefina (2004) Cuerpos desobedientes. Travestismo e identidad de género. Buenos Aires, Edhasa.
37
Para mayor desarrollo de estas cor rientes y sus estrategias, ver VAGGIONE , Juan Marco (2008) «Las
familias más allá de la heteronormatividad» en M OTTA, Cristina y S ÁEZ , Macarena (comps.) La Mirada
de los Jueces: género y sexualidad en la jurisprudencia latinoamericana. Bogotá, Siglo del Hombre
Editores.
38 Para una explicación introductoria de la Teoría Queer ver: F ONSECA HERNÁNDEZ, Carlos y QUINTERO
SOTO , María Luisa (2009) «La Teoría Queer: la de-construcción de las sexualidades periféricas»,
Sociológica, Año 24, Num. 69. Azcapotzalco, Universidad Autónoma Metropolitana. Pp. 43-60. [En
línea] <www.revistasociologica.com.mx/pdf/6903.pdf> [Consulta: 22 de febrero de 2012].
39
COHEN, Cathy J.(2005) « Punks, Bulldaggers, and Welfare Queen: The Radical Potential of Queer
Politics?» en J OHNSON, E. Patrick y HENDERSON, Mae G. (edits.) Black Queer Studie. Durham, Duke
University Press. p. 24.
40
LEHR, Valerie (1999) Queer Family Values. Debunking the Myth of the Nuclear Family. Philadelphia, Temple University Press. p. 10.
41
Esta diferenciación la propone FOUCAULT , Michel (1986) en la Historia de la Sexualidad. Vol. I: La
voluntad de saber. Buenos Aires, Siglo XXI.
42
Autores diversos han sido considerados como parte de este tipo de abordaje entr e los que pueden
mencionarse a Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, para quien la sociedad nace, precisamente,
de la represión de los instintos sexuales; o desde un abordaje antropológico, Claude Levi-Strauss
marcando que el tabú del incesto es el paso de la naturaleza a la cultura o William Reich, perteneciente a la Escuela Crítica de Frankfurt que considera al sexo como una fuerza benigna reprimida
por el capitalismo. Precisamente la función del pensamiento crítico es liberar esa fuerza reprimida y
el sexo como instrumento de cambio social revolucionario. Ver W EEKS, Jeffrey (1998) Sexualidad.
México, Paidós.
43
El análisis de Foucault excede los objetivos de esta introducción. Hay diversos trabajos que introducen a su pensamiento, entre ellos se puede consultar la traducción al español de HALPERIN , David
(2007) San Foucault. Para una hagiografía gay. Buenos Aires, El cuenco de plata.
44
Se coloca presente y pasado porque varios de los ejemplos utilizados ya fueron reformados. Por
ejemplo, en el caso de los delitos contra la honestidad, se denominan en el Código Penal argentino
como delitos contra la identidad sexual.
53
45 V AGGIONE, Juan Marco (2008) « Las familias más allá de la heteronormatividad» en M OTTA , Cristina
y SÁEZ , Macarena (comps.) La Mirada de los Jueces: género y sexualidad en la jurisprudencia latinoamericana. Bogotá, Siglo del Hombre Editores.
46 Dixon menciona seis escuelas de pensamiento o teorías: liberal, cultural, de la dominación, positiva-sexual –sex-positive–, interseccional, y postestrucutralista o postmodernista en DIXON , Rosalind
(2008) «Feminist Disagreement (Comparatively) Recast» Harvard Journal of Law and Gender, Vol.
31. Cambridge, Har vard Law School. Pp. 277-318. Olsen menciona tres principales críticas feministas al derecho en OLSEN , Frances (1990) «El Sexo del Derecho» en KAIRYS, Davis (ed.) The Politics of
Law. New York, Pantheon.
47
Aclaramos que la tipificación es meramente con fines e xpositivos ya que la complejidad de posturas, teorías y escuelas excede, obviamente, la dicotomía que se incluye en esta introducción.
48
O LSEN, Frances (1990) «El Se xo del Derecho» en KAIRYS , Davis (ed.)The Politics of Law. New York,
Pantheon.
49 O LSEN, Frances (1990) «El Se xo del Derecho» en KAIRYS , Davis (ed.)The Politics of Law. New York,
Pantheon.
50 Los diferentes paradigmas dentro de esta crítica intensifican de manera diferente cada uno de
estos conceptos.
51
En la teoría de los movimientos sociales se refiere a este objetivo como «política de la influencia».
Ver COHEN , Jean L. y ARATO, Andrew (1995) Civil Society and Political Theory. Cambridge, MIT
Press.
52 Ver OLSEN, Frances (1990) «El Sexo del Derecho» en KAIRYS, Davis (ed.)The Politics of Law. New
York, Pantheon. Para un análisis de estas críticas y su aplicación a la r ealidad Argentina ver: PUGA,
Mariela (2008) «De celdas y tumbas. Introducción a los derechos de las mujeres» en A LVAREZ Magdalena I. y R OSSETTI, Andrés (comps.) Derechos de las mujeres y de las minorías sexuales. Un análisis
desde el método de casos. Córdoba, Editorial Advocatus.
53 Reformas legales y decisiones judiciales que desmantelan sexismo en diversos niveles: formal,
sustancial –acciones afir mativas, cupos en Congreso–, en contra de asimilación en modelos masculinos, abandono de la esfera doméstica per mitieron que muchas mujeres accedan a derechos subjetivos históricamente vedados –votar, disponer bien, salario, puestos públicos– ver OLSEN (1990) y
PUGA (2008).
54 Fraser denomina a estos remedios como afirmativos –en vez de transformativos– ya que no cuestionan los factor es subyancentes a la desiguadad. Ver FRASER, Nancy (1997) Justice Interruptus:
Critical Reflections on the «Postsocialist» Condition. Nueva York y Londres, Routledge. Pp. 11-40.
55Para un análisis de este viraje ver P ECHENY, Mario (2001) «De la ‘no-discriminación’al ‘reconocimiento social’: un análisis de la evolución de las demandas políticas de las minorías sexuales en
América Latina». Ponencia presentada al XXIII Meeting of the Latin American Studies Association
(Washington DC).
56
Ver OLSEN (1990) y PUGA (2008) para una explicación de este tipo de crítica. MacKinnon es una de
las más influyentes representantes de esta mirada. Ver: MACKINNON , Catherin (1987) Feminism Unmodified: Discourses on Life and Law. Boston, Harvard University Press.
57M ACKINNON, Catherin (1987) Feminism Unmodified: Discourses on Life and Law. Boston, Harvard
University Press.
58
FRASER, Nancy (1997) Justice Inter ruptus: Critical Reflections on the «Postsocialist» Condition.
Nueva York y Londres, Routledge. P. 23.
59
FRASER, Nancy (1997) Justice Inter ruptus: Critical Reflections on the «Postsocialist» Condition.
Nueva York y Londres, Routledge.
60
GOTELL, Lise (2002) «Queering L aw: Not by Vriend», Canadian Journal of Law and Society, Vol.
17, Num. 1. Toronto, University of Toronto Press. Pp. 89-113.
61 Ver STYCHIN , Carl F. (1995) Law’s Desire: Sexuality and the Limits of Justice. Nueva York, Routledge.
62 STYCHIN , Carl F. (1995) Law’s Desire: Sexuality and the Limits of Justice. Nueva York, Routledge.
63
O LSEN (1990) Página 14 en traducción de Mariela Santoro y Christian Courtis, disponible en
agendadelasmujeres.com.ar/pdf/olsen.pdf
54
Esta declaración es el resultado de una reunión entre LGBTQ para discutir críticamente las políticas de la familia existentes en los EE.UU. El documento final, al que han adherido diversos activistas
y académicos, se denomina «Beyond Same-Sex Marriage. A new strategic vision for all our families
& relationships». Disponible en www.beyondmarriage.org [Consulta: 9 de febr ero de 2012].
65
COHEN, Jean L. y A RATO, Andrew (1995) Civil Society and Political Theory. Cambridge, MIT Press.
66 El concepto de «derechos no-reproductivos» es propuesto por B ROWN, Josefina (2008) «El aborto
como bisagra entre los derechos reproductivos y los sexuales» en PECHENY, Mario, FIGARI, Carlos y
JONES , Daniel (2008) Todo sexo es político: estudios sobre sexualidades en Argentina. Buenos Air es,
Del Zorzal.
67
Preámbulo de la Constitución de la Organización Mundial de la Salud, que fue adoptada por la
Conferencia Sanitaria Inter nacional, celebrada en Nueva York del 19 de junio al 22 de julio de
1946, firmada el 22 de julio de 1946 por los representantes de 61 Estados –Official Records of the
World Health Organization, Nº 2, p. 100– y entró en vigor el 7 de abril de 1948.
68
Más adelante se mencionan algunos principios y acuerdos en esta dirección.
69
Para profundizar la tensión entre políticas demográficas y decisiones individuales respecto a la
natalidad, así como el contexto en el que surgieron las primeras experiencias de planificación familiar en América Latina en los años sesenta, ver FELITTI, K arina (2009) «Derechos reproductivos y
políticas demográficas en América Latina», Íconos. Revista de Ciencias Sociales , Num. 35. Quito,
Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Pp. 55-66.
70
Proclamación de Derechos Humanos de Teherán –1968–.
71 PETCHESKY, Rosalind (2000) «Sexual Rights: Inventing a Concept, Mapping and International Practice» en PARKER , Richard; BARBOSA, Regina Maria y A GGLETON, Peter (edits.) Framing the Sexual Subject: The Politics of Gender, Sexuality and Power. Berkeley, University of Califor nia Press.
72
COOK , Rebeca (1995) «Human Rights and Reproductive Self- Determination», American University
Law Review, Num. 44. Washington, Washington College of Law. Pp. 975-1016
73 PETCHESKY, Rosalind (2000) «Sexual Rights: Inventing a Concept, Mapping and International Practice» en PARKER , Richard; BARBOSA, Regina Maria y A GGLETON, Peter (edits.) Framing the Sexual Subject: The Politics of Gender, Sexuality and Power. Berkeley, University of Califor nia Press.
74
Se puede consultar: http://www.oas.org/dil/esp/orientacion_se xual_Principios_de_
Yogyakarta_2006.pdf - 11/23/2010
75 BUSS, Doris y HERMAN, Didi (2003) Globalizing Family Values. The Christian Right in International
Politics. Minneapolis, University of Minnesota Press.
76 Para un análisis de este tipo de organizaciones ver B ROWN, Steven P. (2000) Trumping Religion: the
New Christian Right, the Free Speech Clause, and the Courts. Tuscaloosa, University of Alabama
Press.
77 Ver: http://www.c-fam.org/
78
Lukes, en su trabajo ya clásico, propone la capacidad de excluir ciertas temáticas de la agenda
pública como una de las dimensiones del poder. Ver L UKES, Steve (1974) Power: A Radical View.
London, Macmillan
79
VAGGIONE , Juan Marco (2008) «Las familias más allá de la heteronor matividad» en M OTTA , Cristina
y S ÁEZ, Macarena (comps.) La Mirada de los Jueces: género y sexualidad en la jurisprudencia latinoamericana. Bogotá, Siglo del Hombre Editores.
80 VAGGIONE, Juan Marco (2010) «Evangelium Vitae Today. How Conservative forces are using the
1995 Papal Encyclical to Reshape Public Policy in Latin America», Conscience , Vol. 31, Num. 3.
Washington, Catholics for Choice. Pp. 23-30.
81 VAGGIONE, Juan Marco (2010) «Evangelium Vitae Today. How Conservative forces are using the
1995 Papal Encyclical to Reshape Public Policy in Latin America», Conscience , Vol. 31, Num. 3.
Washington, Catholics for Choice. Pp. 23-30.
64
55
56
PRIMERA PARTE
Cuerpos, género, poder
57
58
DISCURSOS SOBRE LA SEXUALIDAD
Carlos Figari*
¿Desde dónde hablar de sexualidad?
Lo que hoy llamamos sexualidad puede concebirse de diferentes maneras de acuerdo a las formaciones discursivas que establecen su significado,
alcance y prácticas asociadas. Analíticamente distinguiré cuatro paradigmas
desde donde entenderla1 .
El primero se relaciona con los sistemas corporales y morales que configuran las diversas religiones o sistemas ascéticos. En líneas generales, éstos
establecen divisiones jerárquicas entre los cuerpos –generalmente varón-mujer,
sobre todo en las llamadas religiones del libro: el judaísmo, cristianismo y el
islam– y regulaciones muy específicas sobre las relaciones reproductivas y
administración de los placeres. Las jerarquías, prácticas y sentidos se organizan y justifican según un deber ser pautado en códigos religiosos o la iluminación de un maestro. Lo que caracteriza estos sistemas es el ordenamiento
metafísico de los cuerpos, es decir, sus diferencias corporales, sentimientos,
deseos y placeres asociados deben ser de una forma determinada pues responden a una necesidad sobrenatural u orden cósmico que excede la mera
individualidad. Así aparecen comportamientos buenos o malos, condenados
y permitidos para los fieles o seguidores y sus correspondientes formas de
enseñanza, transmisión, reforzamiento, redención, perdón 2.
El segundo paradigma, dominante desde aproximadamente fines del
siglo XVIII, es el científico. Es en el marco de la racionalidad científica que
* Doctor en Sociología. Investigador Adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y
Técnicas –CONICET– en el Grupo de Estudios sobre Sexualidades del Instituto de Investigaciones
Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. Profesor Visitante en el
Mark S. Bonham Centre for Sexual Diversity Studies, University of Toronto.
59
cierta área de la vida humana comenzará a llamarse sexualidad. Una definición hegemónica sobre lo que deberían ser los cuerpos sexuados y los comportamientos y deseos asociados se mantuvo vigente durante todo el siglo
XIX y gran parte del siglo XX. Hacia mediados del siglo XX sus bases fueron
cuestionadas desde varios frentes, fuera y dentro de la misma ciencia, pero a
la vez sus nociones se diseminaron, muchas veces como una relectura de los
discursos religiosos acerca de la sexualidad. Aquí distinguiré a grandes rasgos
entre la posición naturalista de la ciencia y las variantes constructivistas y
deconstructivistas.
El tercero es aquel que agrupa las más diversas experiencias colectivas, identidades sociales o trayectorias individuales que establecen marcos
de gestión de lo corporal y lo erótico como sistemas autónomos y morales
particulares. En general, podemos agruparlos como fenómenos de la modernidad tardía o la alta modernidad, donde los sujetos, por lo general, en disputa o en acuerdos con los sistemas metafísicos y científicos, establecen sus
propios valores y regulaciones sexuales3.
El cuarto corresponde a todas aquellas culturas –ni occidentales ni orientales– en las que la noción de sexualidad –tal como es entendida en los tres
modelos anteriores– y sus implicaciones corporales y eróticas no tienen sentido alguno. Descripciones de estos sistemas pueden leerse –o entreverse según los prejuicios de la disciplina antropológica– desde los clásicos trabajos
etnográficos de Malinowski (1971) sobre la sexualidad de los indígenas de las
Trobiand en Nueva Guinea, Margaret Mead (2006) y sus estudios sobre la
sexualidad en Samoa, hasta los más recientes de Gilbert Herdt (1981) sobre
las prácticas sexuales de la cultura Sambia en Melanesia.
Por supuesto que esta caracterización no supone una periodización. Si
bien con distintos momentos de aparición todos coexisten con menor o mayor fuerza de acuerdo a los contextos culturales y posiciones de los sujetos.
Me centraré, sin embargo, en el análisis del modelo científico por ser
quien hegemonizó el discurso de la sexualidad y en torno al cual giran tanto
el metafísico como el autónomo; el metafísico, porque hoy habla de sexualidad reapropiándose de los discursos científicos dominantes; y el de los modelos alternativos, porque éstos se establecen desde o en oposición tanto al
discurso científico como al religioso.
60
Ciencia y sexualidad
El texto científico, sea explicativo o comprensivo, trabaja siempre para
crear una representación modelizante, una metáfora que le permita entender
lo real de alguna manera específica y siempre interesada. Al pretender erigir
cierta forma de ver las cosas como verdadera, lo que Clifford Geertz denomina la «actitud olímpica» de la «verdad de Dios» (Geertz, 1994: 48) la ciencia
habla y escribe lo real, interviene reificando las cosas4 . Lo que define a la
ciencia clásica o naturalista –utilizando la denominación de Klimovsky (1994)–
es su pretensión de verdad a partir de la posición objetiva.
La sexualidad como esfera de la vida humana, que naturaliza y esencializa cuerpos e identidades, nace bajo esta mirada de la ciencia, como desarrollaré in extenso en este artículo. Aún hoy la sexología, en gran parte, es
tributaria de esta manera de pensarla y abordarla.
Pero dentro de la misma ciencia –y en estrecha relación con el paradigma que llamé «alternativo»– surgen maneras de interpretar la realidad desde
posiciones críticas. Las posiciones construccionistas y deconstructivistas intentan mostrar que ninguna realidad puede ser analizada fuera de su marco
contextual e interpretativo. «No es la anatomía en sí misma la que hace posible una experiencia histórica, sino las concepciones del momento que interpretan a la carne y a través de las cuales se vive y siente a los cuerpos. Pensar
que los cuerpos existían fuera de sus constituciones ideológicas carece de
sentido» (Halperin y Acha, 2000: 15).
El construccionismo considera a la sexualidad como obra de la cultura, destacando así el relativismo que asumiría la particular configuración de
los comportamientos reconocidos como sexuales en cada contexto tempoespacial en la historia de la humanidad (Weeks, 1996). No obstante, algunas
variantes del construccionismo consideran a la sexualidad en sí misma, o
sea, como problema o configuración temática específica de cada cultura, como
algo atemporal que se daría en toda y cualquier sociedad, independientemente de las formas que adopte, hecho que a mi juicio le impide abandonar
el esencialismo que se propone desmitificar.
Dentro de esta línea podemos ubicar también al construccionismo que
sostiene el binarismo sexo-género, en correlación a naturaleza y cultura. En
tales discursos, hay un núcleo duro e irreductible respecto a la existencia de
los cuerpos sexuados, es decir, varones y mujeres, como una premisa, o más
61
comúnmente como algo natural. Establecido lo sexual como lo «natural», lo
cultural serían las formas de vivir esa diferencia sexual en cada momento
histórico. Esto fue lo que las feministas denominaron «género», siguiendo la
lógica precursora y emancipadora de Simone de Beavouir acerca de que la
naturaleza no es destino. Claro que si bien no es destino y por lo tanto las
manifestaciones sociales de cada sexo no sólo varían, sino que explícitamente pueden ser cambiadas, aún vemos que persiste la naturaleza inamovible
que separa a un hombre de una mujer.
Estas posturas fueron puestas en duda por un segundo enfoque teórico que sostiene que la sexualidad es un dispositivo de poder (Foucault, 1977;
Halperin, 1989) que regula de forma específica ciertos comportamientos sólo
en la modernidad occidental y a partir de cierto período histórico. Es decir,
no podemos hablar de sexualidad ni de identidades sexuales antes del siglo
XIX, que es cuando ésta se configura como eje temático y construcción específica de determinado esquema corporal, sobre todo desde el punto de vista
del conocimiento científico sobre los cuerpos.
Lo importante que se deriva de esta última mirada es que no reconoce
ninguna objetividad de los cuerpos, sino que éstos dependen de la formación
discursivo-ideológica en que se inscriben. No existe ningún atributo previo a
su constitución, sino que éstos se materializan en sus prácticas, en cada situación o posición de sujeto (Butler, 2001; 2002; Kosofsky Sedgwick, 1998;
Laclau y Mouffe, 2006).
El sexo antes de la sexualidad
Si partimos entonces de considerar que la sexualidad implica un conjunto de relaciones sociales que son específicas histórica y culturalmente y
que tienen como matriz la dupla diferenciación: hombre/mujer, heterosexual/
no heterosexual, debemos explicitar por qué esto es un fenómeno propio de
la modernidad y de occidente.
Nada más ejemplificativo para entenderlo que la historización de los
cuerpos sexuados. Si sometemos la sexualidad tal como la entendemos hoy
a una genealogía, es decir, al método que intenta disipar las raíces de cualquier identidad –no buscar su origen, pues esto sería encontrar lo que ya está
dado (Foucault, 1988)–, encontramos que desde los albores de la civilización
62
occidental hasta el siglo XVIII, inclusive, primó una noción corporal que no
distinguía exactamente entre dos seres sexuados.
Quizá el exponente más representativo de esta visión sea Thomas Laqueur (1994) que a través de un minucioso estudio de fuentes históricas nos
cuenta cómo durante aproximadamente dieciocho siglos se mantuvo vigente
la concepción de un cuerpo y sexo únicos, que no distinguía fisiológicamente
entre varón y mujer. Lógicamente que existían especificidades que establecían una diferencia jerárquica, pero se basaban en el puesto que cada uno,
varón y mujer, ocupaban en el orden de la Creación. Es decir su diferencia
obedecía a una distinción de grado en el contexto de un orden cósmico y
social; en vez de estar divididos por su anatomía reproductiva, estaban vinculados por una anatomía común: un sexo/una carne.
Galeno5, en el siglo II de nuestra era, sostenía que la naturaleza del
cuerpo humano era única. Lo que diferenciaba corporalmente a un hombre
de una mujer era su mayor perfección. El varón era el cuerpo perfecto mientras la mujer un cuerpo en vías de serlo. La lógica de la anatomía humana
respondía a la economía de los humores o flujos. Toda la vida orgánica suponía un equilibrio entre sustancias circulantes. El equilibrio de los flujos se
basaba en la combustión que permitía su modificación y eliminación. El hombre, que tiene una naturaleza más caliente, tiene, por ende, un mecanismo
más eficiente de regulación; la mujer, al ser de naturaleza más fría, no. Por
eso la mujer menstrua, porque no puede lograr una correcta combustión de
sus humores y el cuerpo debe desecharlos por otras vías.
Por la misma razón, el cuerpo caliente determinaba que los órganos
sexuales fuesen externos y, en el caso de las mujeres, que permanecieran en
su interior. Claro que, en su razonamiento, los órganos sexuales eran iguales,
sólo que desarrollados dentro o fuera del cuerpo. Utilizaba para explicarlo la
metáfora del topo. El topo, aunque tiene ojos, no puede ver. Están, pero no
se abren. La misma es la situación de la mujer, su naturaleza imperfecta. Esto
es representado así en los manuales de anatomía previos al siglo XVIII, en los
cuales la anatomía femenina responde a la misma que la masculina, pero
ubicada dentro del cuerpo. El uterum en la mujer es representado como el
escroto en el varón. Constituía un órgano asexuado de retención y era usado
como depósito de desecho de flujos excedentes como también para el desarrollo del embrión. La vagina aparecía como un pene interior, y los labios
como un prepucio gigante (Laqueur, 1994: 22). El clítoris, denominado así
63
por primera vez por Realdo Colombo, en 1559, era aún definido como una
especie de miembro masculino (Matthews-Grieco, 2005: 186-187).
En el paradigma de un cuerpo-un sexo, varones y mujeres tenían testículos –orchies–, con la diferencia que en los hombres se localizaban en el
escroto y en la mujeres no. La palabra vagina y ovarios no aparecerá en el
discurso médico sino hasta el siglo XVIII. Ambos además producían la semilla que conjuntamente posibilitaría la concepción. De allí la necesidad de que
la mujer alcanzara el orgasmo para que, a través de la eyaculación mutua, se
completara el acto de engendrar (Laqueur, 1994).
Mujeres como almas retardadas. Anticoncepción y aborto
Resulta interesante cómo la discusión sobre cuándo aparece la vida en
las mujeres nos reconduce indirectamente al tema del aborto6. Para Aristóteles los varones aportan el sperma –causa formal– y con ello el alma. Las
mujeres son sólo carne y aportan la catamenia –causa material–. Esto es
recogido por la doctrina de Santo Tomás, quien agrega a la cuestión de la
aparición de la vida la infusión divina del alma. Para el aquinatense el alma
sólo podría habitar una materia ya formada. Esto sucedía cuando el feto
tenía 40 días para el varón, y 90 para la mujer –siguiendo nuevamente las
ideas de Hipócrates y Aristóteles–. Santo Tomás, inclusive comenta que San
Agustín agrega otros seis días más para completar el cuerpo del varón –46
días–. Para los teólogos y moralistas de la época, si bien el aborto era pecado, éste era moralmente menos grave si se realizaba antes de esas fechas, y
menos aún existía la idea de asimilarlo con el homicidio (Galeotti, 2004)7 .
Las mujeres no podían negarse al débito conyugal del marido y eran el
objeto usado para tener descendencia. De allí su casi imposibilidad de evitar
los embarazos a menos que el marido consintiese en alguna técnica anticonceptiva –la más usual el coitus interruptus– o apelar al aborto. El embarazo
era algo peligroso en la época –una de cada diez mujeres moría por complicaciones en el parto o fiebres puerperales (Matthews-Grieco, 2005: 190)–.
Esto se multiplicaba exponencialmente entre las más humildes o las esclavas,
víctimas usuales de las violaciones y en condiciones mucho más precarias
aún para sostener un embarazo.
64
Esto motivaba que, aunque condenado por la Iglesia, el aborto fuese
una práctica anticonceptiva bastante usual8 –la otra medida era el infanticidio o el abandono de los recién nacidos–.
Desde épocas antiguas el feto era considerado popularmente un apéndice de la mujer (ya dijimos que el útero era sólo como un segundo estómago, un órgano de retención del feto) e inclusive parte de las vísceras de la
misma. En general también se consideraba que hasta que el feto no se moviese no había vida.
En todos los casos la aparición de las nociones de anticoncepción,
planificación familiar y el aborto como cuestiones de orden público también
se plantearán en el paradigma de la sexualidad de la modernidad en occidente9.
Cuando la homosexualidad no existía
Un lugar común es decir que los griegos aceptaban la homosexualidad, sea para condenar su permisividad, sea para mostrar cuán civilizados
eran. En una línea diferente, las investigaciones de David Halperin (1989)
intentan demostrar cuáles eran las regulaciones de lo erótico en la época y
porqué nada tenían que ver con la homosexualidad, tal como la conocemos
en la actualidad. En principio, el ciudadano ateniense podía mantener relaciones sexuales como agente «activo» con su mujer y otras mujeres, con sus
esclavos y esclavas, y con los prepúberes –efebos– que, cuando adquieren la
calidad de ciudadanos, ya no pueden ser objeto sexual –en tanto pasivo–, y
su deber entonces es cambiar de rol hacia la actividad. Lo que no le está
permitido de manera alguna, es tener relaciones sexuales en calidad de pasivo, con ningún tipo de sujeto. Es el ciudadano griego «hombre» quien posee
la prerrogativa de la «actividad» y, por ende, de servirse de los cuerpos que él
define como «pasivos» y que en virtud de tal condición le están sometidos
(Halperin, 1989).
Lo que no existía en la Atenas clásica era una distinción de placer
sexual, y menos aún, de diferenciación en términos de sexualidades periféricas. El placer sexual podía asimilarse al placer que provocaba, por ejemplo,
la comida o la bebida. Y así como alguien podía sentir mayor gusto o disgusto por una u otra comida, también podía sentir mayor gusto o disgusto eróti65
co por hombres o mujeres. Halperin (2000: 36) da un excelente ejemplo. Es
como si hoy las personas a las cuales les gusta comer pechuga de pollo las
denomináramos «pechóvoros». El término no tiene sentido porque no identificamos a una persona necesariamente por sus gustos culinarios. Asimismo,
la palabra homosexualidad no tendría ningún sentido en la Grecia clásica. La
regulación pasaba por otro lado, por la actividad como atributo social y de
ciudadanía –que por cierto era sexual–, con un significado amplio de diferenciación de los sexos, pero también y principalmente de las diferentes castas
de la población.
Las relaciones entre personas del mismo sexo comenzaron a ser condenadas desde la época del imperio romano y, durante la Edad Media, tanto
la Iglesia Católica como sus derivaciones protestantes hicieron lo propio. No
obstante, eran consideradas un pecado y un delito que podía y debía ser
subsanado. Dependiendo de las épocas y lugares, las penas podían ir de
simples amonestaciones a la hoguera. La Inquisición hizo de ello una verdadera casuística al determinar diferentes grados de sodomía y sus correspondientes penalidades. En general, sólo era condenado a muerte aquel que era
reincidente o que cometía sodomía perfecta –copula con derramamiento de
semen intra vas–10.
El homosexual, en cambio, es una categoría que se construirá en el
marco del discurso de la sexualidad, ya en el siglo XIX, bajo la dirección
especialmente del saber médico como ciencia. No sólo los médicos escribirán la etiología y la terapéutica, sino que definirán sus cuerpos. La homosexualidad resulta así mucho más que una perturbación psíquica o endocrina,
es un tipo especial de persona con una mente y un cuerpo particular. Ya no es
el sodomita que comete un delito, sino que se construye una categoría «étnica» para intentar abarcar el homoerotismo.
La ciencia y la configuración sexuada de los cuerpos. El papel de la
mujer burguesa
Hacia fines del siglo XVIII y durante el XIX se configura el paradigma
de dos cuerpos separados por dos sexos, a partir de la intervención del discurso científico.
66
El viejo modelo, en el que hombres y mujeres se ordenaban según su
grado de perfección metafísica, su calor vital a lo largo de un eje de carácter masculino, dio paso a finales del siglo XVIII a un nuevo modelo de
dimorfismo radical, de divergencia biológica. Una anatomía y una fisiología de lo inconmensurable sustituyó a una metafísica de la jerarquía en la
representación de la mujer en relación con el hombre (L aqueur, 1994:
24).
El cuerpo, la mente, la sexualidad humana, son interpretadas ahora
por el discurso médico, demográfico, económico y jurídico. La ciencia y la
técnica no sólo se proponen el manejo del mundo para un indefinido progreso humano y la eliminación de la penuria, sino también corregir las carencias
morales del hombre: un hombre nuevo, representado por la idea del trabajo
y el autocontrol del ethos burgués. La ciencia entendida como tecne, como
instrumento dominador de las fuerzas de la naturaleza encausadas a la producción, era uno de los pilares del capitalismo en su fase de desenvolvimiento industrial. Esto además suponía la optimización del trabajador libre según
un orden moral y corporal que se extendería a todas las áreas de su vida,
inclusive su sexualidad.
El sexo y el deseo encuentran su locus natural en el matrimonio con
fines procreativos. Cada sexo tendrá una función fisiológica y cultural en dicha tarea. El padre proveedor del sustento y la mujer-madre encargada de la
generación y crianza de los hijos, que sostenía la falsa dicotomía burguesa de
la división de esferas entre lo público y lo privado.
Habíamos señalado que en el paradigma de un cuerpo-un sexo la jerarquía inferior de la mujer devenía de su posición en un orden metafísico.
En un mundo en creciente secularización, donde las metáforas religiosas perdían vigencia –por lo menos en cuanto factor explicativo–, en tanto las científicas iban en ascenso, esta idea competirá con la anatomía femenina que
determinará su subordinación.
El contrato social que fundaba el cuerpo político era a su vez un contrato androcéntrico tributario de la idea de una racionalidad disminuida de la
mujer, inhabilitada por ende de la cosa pública y gran parte de la privada
también, por lo cual no hay que desdeñar el carácter público y político de lo
supuestamente considerado como privado.
Las mujeres deben su diferencia a los órganos de generación y a todos
los trastornos hormonales que esto supone, lo que da por resultado una me67
nor racionalidad. Por la primera razón tendrán una función social determinada que las alejaba de la función pública: la maternidad, la regulación familiar
y el cuidado de los hijos y la reproducción de la especie (Nari, 2000; 2004).
Por la segunda, serán inhábiles para el desempeñó funciones no sólo públicas, sino del ámbito privado11. No tendrán prácticamente derechos patrimoniales, ni profesionales o formativos. En definitiva, no tendrán una emancipación psicológica como promesa de la modernidad –base de la privacidad
como una interioridad libre y satisfecha, según Habermas (1984)–12.
El Código Civil de 1869 establecía la incapacidad de hecho relativa de
la mujer casada y la representación necesaria del marido en todo acto que
tuviera lugar fuera del hogar, en la llamada esfera pública/privada. No podían contratar ni disponer de sus bienes aunque fueran producto de su exclusivo trabajo sin poder otorgado por el marido. Si la mujer ejercía una profesión o debía realizar compras en sus actividades cotidianas, aun las del hogar, se presumía que existía la autorización del marido en la medida que el
mismo no manifestara su oposición (Giordano, 2003).
El deseo masculino y las otras mujeres
Centrada en la función social materna, la sexualidad femenina burguesa apuntará sólo a la reproducción, y el placer se verá absolutamente subordinado a lo primero. No obstante, como el único ámbito autorizado para
ejercer la sexualidad seguiría siendo el matrimonio, la mujer tenía la obligación del débito conyugal como forma de controlar que el deseo no se escapara de los límites del mismo. Esto era lo que se esperaba, no mujeres pasionales, sino con una sexualidad controlada. Al cambiar la configuración corporal
a partir del estudio de la ovulación, se dejó de considerar que la mujer contribuía con semilla a la concepción. De allí que ya no necesitaba llegar al orgasmo para concebir, como en el modelo anterior de cuerpo y sexo únicos,
vigente durante tantos siglos. Las madres burguesas, además, tenían a su
cargo la responsabilidad de generar hijos sanos, fuerte y racialmente aptos
para preservar el futuro nacional.
Pero dado que el placer es algo a lo que los hombre no renunciarán, y
el débito conyugal –que debía además ser «decoroso» 13– no era garantía de
satisfacción de los mismos, habrá una segunda categoría de mujeres, para68
dojalmente denominadas públicas, que serán las destinadas a generar placer
como sistema paralelo al familiar y matrimonial. El mundo de las mujeres
quedará así dividido entre madres y prostitutas.
El mundo de las otras, las no blancas, las pobres y las que debían
trabajar ipso facto, las colocaba en un estadio de servidumbre sexual, fuese o
no prostitución –entendida ésta como mercantilización de la sexualidad–. La
asimilación entre prostitución y mujer trabajadora era común en la época
(Guy, 1994). En occidente siempre los empleadores varones tuvieron derechos sobre el uso de los cuerpos de su servidumbre y con mayor razón aún
de sus esclavas. La violación, en tanto, era un recurso que extravasaba las
clases. Lo podían utilizar los patrones, pero también los varones de sectores
populares sobre jóvenes de su misma clase. En todos los casos, hasta finales
del siglo XVIII, la violación era algo que afectaba al honor de los varones,
sobre todo si las mujeres perdían su virginidad. La honra de las mujeres,
como sostiene Sara Matthews-Grieco, estaba sometida al control de su padre
si la mujer era virgen, a su esposo de ser casada, y a Jesucristo si era monja.
De ello se deducía que el daño era patrimonial, y quien debía ser reparado
era el varón a cargo. En el derecho penal francés, recién en el Código Penal
de 1791, bajo los influjos de las ideas de igualdad revolucionaria, se catalogó
el delito de violación como un crimen contra la persona en lugar de un crimen contra la propiedad (Matthews-Grieco, 2005: 197).
La prostitución en occidente también osciló siempre entre la institucionalización y la prohibición. Muchos factores pueden ser mencionados como
causa de su asunción por parte de los Estados modernos: el control de la
juventud, el fantasma de la sodomía a falta de mujeres, lo que sumado podía
derivar en la cólera divina y atraer desgracias a los pueblos. Sin embargo, en
el marco del contrato sexual burgués, la línea demarcatoria del placer es clara. Es un ámbito donde los varones podrán experimentar las prácticas sexuales que se les ocurriese. Las prostitutas, como los homosexuales, adquieren
también un perfil y una caracterología específica: son mujeres predispuestas
a erotizar todo su ser, lógicamente, en aras de la satisfacción del deseo del
Otro masculino. De allí que las primeras apreciaciones sobre la homosexualidad y el sexo anal en los tratados médicos decimonónicos aparezcan relacionados a las prácticas prostibularias14.
69
La ley de hierro de la identidad sexual
En el siglo XIX tenemos perfectamente definido una representación de
dos naturalezas y dos cuerpos. Esto implica varias cuestiones respecto a la
reificación sexual. Un cuerpo normal será aquel que nace con sexo de varón
o de mujer. Un género normal aquel que responda a los que culturalmente se
espera deben hacer los hombres y las mujeres en cada sociedad, y un deseo
normal será aquel que coincida con su par opuesto, es decir, varones deben
desear mujeres y viceversa. La anormalidad comprenderá un amplio abanico de posibilidades que no encajen en este supuesto.
a) Las variaciones respecto a los sexos estándar
Una consecuencia importante de la diferenciación anatómica en el
modelo de la sexualidad moderna es que se determinan no sólo dos sexos
posibles, sino un diseño determinado de genitalidad. Todo lo que huya de
ciertos parámetros estadísticos de lo que debe ser un órgano genital masculino o femenino será considerado una patología.
Esto conduce a que aquellas personas que al nacer no cumplen con
alguno de estos criterios deben ser intervenidas quirúrgica y farmacológicamente para ser «normalizadas». En cuanto a las variaciones respecto al estándar de la sexualidad vigente, Cabral y Benzur (2005) sostienen que
involucran mosaicos cromosómicos (XXY, XX0), configuraciones y localizaciones par ticulares de las gónadas – (la coexistencia de tejido testicular
y ovárico, testículos no descendidos) como de los genitales (por ejemplo,
cuando el tamaño del pene es ‘demasiado’ pequeño y cuando el clítoris es
‘demasiado’ grande de acuerdo a ese mismo standard del que antes hablaba, cuando el final de la uretra está desplazado de la punta del pene a
uno de sus costados o a la base del mismo, o cuando la vagina está ausente…). Por lo tanto, cuando hablamos de intersexualidad no nos referimos
a un cuerpo en par ticular, sino a un conjunto muy amplio de corporalidades posibles, cuya variación respecto de la masculinidad y la femineidad
corporalmente ‘típicas’ viene dada por un modo cultural, biomédicamente específico , de mirar y medir los cuerpos humanos (Cabral y Benzur,
2005: 283).
70
Así, estas variaciones conducen a las intervenciones médicas obligatorias y restitutorias en cuanto posibilidad de existencia legal y patrón de humanidad, ya que no hay cuerpo humano que no sea sexualizado en consonancia con el patrón binario de sexualidad normal. El propio término «intersexo»
pone de relieve el dualismo binario de la cultura heterosexista al constituir un
diagnóstico de ambigüedad que altera la norma sexual dualista (Stolke,
2004)15.
Contemporáneamente, estas intervenciones médicas comenzaron a ser
calificadas lisa y llanamente como mutilación genital infantil intersex –con
mayor precisión, formas occidentales de mutilación genital– por parte de
movimientos de personas intersex (Cabral y Leimgruber, 2003: 70; Cabral,
2009: 9). Consecuentemente, en el marco de la ampliación de los derechos
sexuales, debería prohibirse «que los niños, niñas y adolescentes intersexuales sean intervenidos quirúrgicamente por su intersexualidad por la sola decisión del médico, tutores o padres, sin hacerse observar el interés superior del
niño, niñas y adolescente en toda su plenitud y el consentimiento de ellos/as»
(Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género, 2010).
b) Identidad y expresión de género
La otra «desviación» de lo sexualmente estándar refiere al género. Deber haber una correlación entre el sexo asignado al nacer y su comportamiento genérico, sea como hombres o como mujeres. El DSM –Diagnostic
and Statistical Manual of Mental Disorders– aún mantiene como trastorno
mental la riqueza de experiencias que acoge la palabra transexual. Transgénero o Trans, en términos generales, son aquellas personas cuyas identidad y
o expresión de género no posee necesariamente una correspondencia con la
identidad sexual asignada al nacer.
Lo que caracteriza a la transgeneridad es el sentido de la contingencia: en
la transgeneridad no existen ni dos sexos ‘naturales’ entre los cuales transicionar ni una relación necesaria, ‘obligatoria’, entre anatomía, identidad
de género, expresión de género y sexualidad, etcétera. Si bien el tér mino
transgénero devino rápidamente una campana semántica para todas aquellas identidades que implican movimientos en el género, su propia especificidad semántica ha hecho preferible su progresivo reemplazo por el término trans como concepto inclusor (Cabral y Leimgruber, 2003: 72).
71
Las personas travestis son aquellas a las cuales les fue asignada una
identificación sexual masculina al nacer, pero que construyen como identidad de género diferentes expresiones de femineidad. Si bien puede implicar
modificaciones corporales a partir de prótesis, hormonas, siliconas, no necesariamente buscan una correspondencia corporal femenina, especialmente
genital.
Nosotras pensábamos que nuestra única opción, si no queríamos ser varones, era ser mujer es. Es decir, si para ser varones había que ser masculinos, al no quer er adoptar las características masculinas como propias
pensamos que nuestra única opción era la única otra existente: ser mujer
femenina. Hoy tratamos de no pensar en sentido dicotómico o binario.
Pensamos que es posible convivir con el sexo que tenemos y construir un
género propio, distinto, nuestro (Berkins, 2003: 67).
Las travestis han sido siempre uno de los sectores de la población más
violentada social y estatalmente. Los aparatos de represión han sido voraces,
incluso en su lógica de exterminio –persecución sistemática, abuso policial,
asesinatos–, pero los aparatos ideológicos no han sido menos violentos, con
formas más sutiles de exclusión –rechazo familiar, emigración, expulsión del
sistema educativo, falta de acceso a derechos básicos–16.
Las personas transexuales, en tanto, construyen su identidad de género –sentimientos, actitudes, comportamientos, vestimenta, entre otros aspectos– diferente a la que le fue asignada en su nacimiento. En algunas oportunidades logran o desean tratamientos hormonales y/o quirúrgicos, incluyendo intervenciones de reconstrucción genital. En este sentido, las y los transexuales han debido pagar un alto precio para realizar sus cirugías de readecuación. Han debido probar que padecen una patología médica y psicológicamente certificada de disforia de género. Sólo en estos casos han podido
modificar su cuerpo.
La patologización vigente en el DSM será rediscutida en el año 2012.
En Argentina, el Congreso de la Nación está tratando un proyecto de ley que
surgió de un dictamen unificado de diversos proyectos presentados por grupos de militancia trans y LGBT17.
En el mismo se garantiza el derecho al reconocimiento de la identidad
de género de toda persona18.
72
La identidad de género, en consonancia con ello, habilita la rectificación registral del sexo, el nombre de pila e imagen si no coincidiese con su
identidad de género autopercibida. Este derecho debe implementarse sin que
medien necesariamente cirugías genitales ni exigencias de otro tratamiento
psicológico o médico. Se prevé que a partir de los 18 años podrá «acceder a
intervenciones quirúrgicas totales y parciales y/o tratamientos integrales hormonales para adecuar su cuerpo, incluida su genitalidad, a su identidad de
género autopercibida» (Proyecto de Ley de Identidad de Género, 2011). No
es necesario que medie autorización judicial o administrativa de ningún tipo
sino simplemente el consentimiento informado de quien lo solicita
c) La ley del deseo: la orientación sexual
Parafraseando la famosa película de Pedro Almodóvar, el deseo también es sometido a la ley de la normalización sexual. Acá hay que distinguir –
como también y justamente lo hacen los tratados médico legales– entre aquellas «desviaciones del instinto o deseo sexual» de aquello que va más allá del
objeto de la dupla varón-mujer.
El patrón de normalidad del deseo supone la correlación con el sexo,
tal como lo enunciamos antes –deseo igual varón-mujer, y viceversa–. A ello
se le llamará heterosexualidad, por oposición a la homosexualidad, es decir,
cuando la situación se invierte. De allí que la primera denominación médica,
anterior a homosexualidad, haya sido de invertidos o invertidas.
A partir del siglo XIX, la medicina hará clasificaciones exhaustivas y
detalladas de los más variados tipos de homosexuales y lesbianas, su etiología, génesis y terapéutica. Tales cuerpos serán expuestos entonces a la investigación y observación médica y a una morbosa imaginación.
La intervención del psicoanálisis será controversial. Freud (1976) pasó
de clasificarla como perversión 19 –no en sentido peyorativo, sino como desviación de la sexualidad madura: todo niño es un perverso polimorfo en
proceso de articular su sexualidad– a una variación de la sexualidad. Así lo
asevera en una carta de 1935 a una madre norteamericana que lo consulta
sobre su hijo: «la homosexualidad… no es nada de lo que haya que avergonzarse. No es un vicio, ni un signo de degeneración, y no puede clasificarse
como una enfermedad. Más bien la consideramos una variación de la función sexual originada en una detención del desarrollo sexual» (Freud, 1951).
73
Claro que si bien la saca del campo de las enfermedades, no suelta mano de
la normalidad hétero-coital como desarrollo pleno.
No obstante, la endocrinología y la psiquiatría más dura ensayará entonces tratamientos de todo tipo para «curar» esta «desviación»: desde terapias aversivas, con electroshock o shock insulínico, a tratamientos hormonales e incluso ensayos de trasplantes de testículos u ovarios.
Los campos de concentración nazis serán un jugoso laboratorio para
los endocrinólogos que experimentaban con homosexuales y que luego seguirían haciéndolo en sus países de exilio. En un contexto reaccionario y
quizás en su periodo más oscuro y cruel, cuando Walter Freeman y otros
recorrían los Estados Unidos lobotomizando20 miles de personas, y en pleno
auge del macarthismo, la Asociación Psiquiátrica Americana –APA– publicó
el primer DSM donde incluyó la homosexualidad como trastorno mental.
Esa inclusión duró apenas veinte años, ya que en 1973 –en la segunda edición del DSM– la dirigencia de esa asociación profesional aprobó en forma
unánime retirar la de la lista de trastornos que componían la sección «Desviaciones sexuales»21.
d) El resto de las perversiones disfrazadas hoy de parafilias
El patrón heterosexual no sólo establece que se debe desear a un cuerpo del sexo opuesto, sino también qué se puede desear de cada cuerpo. Es
decir, el instinto sexual normal no sólo debe ser heterosexual, sino que debe
respetar la relación coital pene-vagina, sin duda basada en la supremacía
moral e instintual de la reproducción humana. Así, todo comportamiento
que huya de este canon será considerado nuevamente una desviación del
objeto sexual normal o perversión. Este establecimiento de una sexualidad
central y las sexualidades periféricas –que se definen por su diferencia con la
primera– conforman un universo cambiante, donde algunas prácticas, de
acuerdo a los lugares y épocas, pueden ser o no más o menos estigmatizadas
e incluso llegar a generar identidades (Foucault, 1977). O sea, la denominada zoofilia o necrofilia, entre muchas otras sexualidades periféricas, no generan una identidad específica, sino que indican una patología y eventualmente un delito, de acuerdo al régimen en que se inscriban. Sí, en cambio, generaron identidades la homosexualidad o el lesbianismo.
74
A fines del siglo XIX los médicos elaboraron listas interminables de
este tipo de «perversiones», adecuadas inclusive a cada contexto cultural específico. Así, por ejemplo, en el marco del Brasil esclavista, la medicina hablaba de «cromo-inversión» como la preferencia acentuada de personas de
color diferente y de «etno-inversión» como atracción por personas de razas
diferentes (Figari, 2006).
En la actualidad varias de estas prácticas que eran denominadas perversiones pasaron a ser denominadas parafilias. Gran parte de la sexología
clínica contemporánea, aun cuando deje de considerar ciertos comportamientos patológicos –como la homosexualidad–, no es tan clara respecto a
las experiencias trans, y mantiene casi intactas gran parte de las perversiones
aggiornadas hoy bajo el nombre de parafilias. El problema de la sexología
contemporánea es la centralización de lo sexual en lo estrictamente genital y
el resto de placeres sólo asociados a estímulos secundarios, juegos previos o
inclusive a las «parafilias». O sea, no si determinados comportamientos se
desvían de la relación «usual» genital –normal–, sino si para tener una relación «normal» debe recurrirse necesaria o exclusivamente sólo a esos comportamientos u objetos «accesorios» –el fetichismo, por ejemplo–. No se tolera la sustitución sexual del objeto humano o que se lo reduzca a alguna parte
del mismo. Una nueva disciplina de los cuerpos sin duda22.
Conclusiones
A medida que la ciencia va consolidándose en occidente como un
saber con poder explicativo, en abierta competencia o enfrentamiento con la
religión, pasará a ser la encargada de legalizar, jerarquizar y sobre todo legitimar determinada forma de organizar y conocer los cuerpos. La sexualidad
comprenderá uno de tales dominios.
El concepto de sexualidad implica un conjunto de relaciones sociales
que son específicas histórica y culturalmente y que tienen como matriz la
dupla diferenciación: heterosexual/homosexual - hombre/mujer. El contrato
social, además de androcéntrico, presupone la subordinación de las mujeres23 y es heterosexual24.
Prefiero hablar de formación discursiva de la sexualidad porque por
primera vez en la historia no sólo se emplea la palabra, sino porque la misma
75
implica tres novedades que la caracterizan: la sexualidad como un dominio
separado dentro del campo de la naturaleza humana, la demarcación y el
aislamiento conceptual de ese dominio de otras áreas de la vida personal y
social, y la identidad sexual basada en los distintos tipos de sexualidades
conformadas en la modernidad (Halperin, 2000). La sexualidad, entonces,
no es anterior a sus condiciones de producción históricas en occidente y en
un determinado momento histórico.
El paradigma religioso se nutrirá de todas las consideraciones, clasificaciones y reificaciones de la ciencia médica para hablar de la sexualidad
como pecado. El criterio de normalidad o anormalidad y de enfermedad
será incorporado al lenguaje de las más diversas religiones. Dejarán, por ejemplo, de hablar del sodomita para referirse a homosexual, y no sólo como
pecado grave, sino también como patología. Esto es posible de ver no sólo
en las encíclicas y documentos eclesiales de la Iglesia Católica, sino en las
argumentaciones frente a la discusión de leyes como la sanción de matrimonio igualitario o de legalización del aborto. Respecto a este último, los avances tecnológicos con la posibilidad de la visualización de los fetos a partir de
la masificación de la ecografía fetal (Carrera, 2008), ha sido uno de los principales factores que coadyuvaron a consolidar la concepción de la vida desde el comienzo de la fecundación. Este discurso pro vida fue forjando la idea
de una subjetividad del feto como persona independiente de la mujer, fenómeno que Meredith Michaels denomina la desaparición simbólica de las
mujeres (Michaels, 1999).
A lo largo del siglo XX y particularmente en la segunda mitad del mismo gran parte de los supuestos de la formación discursiva de la sexualidad
serán impugnados. Especialmente lo referente al papel de la mujer y los grupos raciales y de identidades sexuales. Esto, sin duda, gracias a la articulación en movimientos sociales de grupos, denominados minorías, que comenzaron a disputar la interpretación legítima sobre sí mismos, el reconocimiento como sujetos, la no discriminación y menosprecio cultural y el acceso
a derechos.
Incluso dentro de los sistemas religiosos, estos discursos han provocado nuevas rediscusiones teológicas y tensiones hacia el interior de las mismas, como asimismo posturas de abierto apoyo a las demandas de derechos
sexuales e identitarios de minorías sexuales25.
76
El paradigma que denominé «autónomo» supuso la aparición de identidades sexuales o de género específicas que demandaban por su derecho a
ser de una manera particular. Sin duda es un fenómeno del siglo XX, casi
concomitante a las reificaciones humanas de la ciencia plasmadas la mayor
parte de las veces por el derecho. Parte de la sociología ha relacionado los
movimientos sociales de demandas identitarias como una respuesta al desanclaje que los sujetos sufren de las estructuras tradicionales que les daban
sentido a su vida. En la sociedad postradicional de la alta modernidad, la
reflexividad se expresa en la vida de cada individuo que tiene a su cargo
organizar sus propias narrativas biográficas (Giddens, 1993). La crisis de las
ficciones de seguridad de la sociedad industrial produciría una vivencia básica de incertidumbre y desintegración de las certezas de sí –individualización–. A partir de allí, los sujetos reconstruirían sus biografías reflexivamente,
organizándose en diversos campos de la sociedad como formas subpolíticas
(Beck, 1997). Una de sus consecuencias más interesantes es que estas formas producen una desmonopolización del conocimiento experto. Es decir,
una discusión sobre la inefabilidad del saber científico y médico, en nuestro
caso. El conocimiento experto «está abierto a la reapropiación por parte de
cualquiera que tenga el tiempo y los recursos necesarios para formarse; y la
prevalencia de la reflexividad institucional supone que existe un continuo
filtrado de las teorías, conceptos y descubrimientos expertos a la población
profana» (Giddens, 1997: 117). El «anormal», el «desviado», se convierten
en los revolucionarios de su propia causa, y coexisten con los discursos médicos y religiosos en un existencialismo cotidiano donde se rediscuten permanentemente las políticas de la vida y de la muerte –democratización de Dios–
(Beck, 1977: 66-67).
En este contexto se amplían las luchas, se suman diversas identidades
y también expresiones de género que buscan su reconocimiento cultural y
estatal. En esta tarea que, a mi juicio, no es meramente individual, sino colectiva –a partir de la vivencia de experiencias o constitución de identidades
colectivas– se construyen trayectorias y ambivalencias biográficas26 que nutren su sentido de las formaciones discursivas de los paradigmas religioso y
científico, como asimismo de las permanentes reelaboraciones alternativas y
críticas a todo relato sobre la sexualidad.
77
Notas
Me referiré a paradigma, como el conjunto de conocimientos y creencias que conforman un particular marco interpretativo desde donde situarse para concebir la sexualidad. Paradigma es el marco
interpretativo general que establece las creencias y prácticas sobre lo que es y debe ser la sexualidad,
pero a su vez agrupa una serie de manifestaciones que pueden ser inmensamente variables. Aquí
tomo prestado de la teoría de los paradigmas científicos de Thomas Khun (1971) su «inconmensurabilidad», esto es, que ninguno puede considerarse una superación del otro.
2
Para una ejemplificación de la regulación de lo erótico en distintas religiones o sistemas ascéticos
ver Figari (2007).
3
Esto no significa que antes no hayan existido. De hecho siempre hubo experiencias colectivas que
desafiaban ora las regulaciones religiosas ora las prescripciones científicas. Lo que sucede es que en
contextos de interpelación absoluta –cuando el sistema social no deja márgenes de desviación de lo
normal u oficialmente aceptado como verdad– no hay posibilidad de que éstas encuentren lugar en
el espacio público, funcionando siempre con un carácter clandestino (Figari, 2009).
4
La actividad científica, sostiene Julia Kristeva, ha sido, es y será necesaria a toda sociedad, puesto
que la explicación –la «abstracción» para Lenin una «fantasía»– es el gramma fundamental e indispensable a lo social –al intercambio–. «En el intercambio real, escribe Marx, la abstracción debe ser
a su vez reificada, simbolizada, realizada por medio de determinado signo» (Kristeva, 2004: 266267).
5
Galeno –Aelius o Claudio Galenus, 129 d.C-199/217 d.C– fue un médico, anatomista y filósofo
nacido en Pérgamo. Desar rolló gran parte de su trabajo en Roma. Su obra es considerada como la
investigación médica más relevante de la antigüedad, manteniendo su influencia durante varios
siglos. Parte de ella fue publicada y discutida en De humani corporis fabrica de Andrea Vesalio en
1543, uno de los más notables anatomistas renacentistas.
6
Las cr eencias apuntaban a que una mujer era concebida porque el semen de ambos era débil,
porque se había impuesto la semilla masculina –naturalmente más fuerte–, o porque la concepción
y desarrollo del feto se producía en la zona izquierda de la matriz. En todos los casos, la mujer era el
subproducto de una inseminación que se consideraba debilitada (Matthews-Grieco, 2005; Laqueur,
1994) Para Santo Tomás «una hembra es deficiente y originada sin intención. Pues el poder activo
del semen siempre busca el crear a un individuo como él mismo, masculino. Así que si se produce
una hembra, esto debe ser porque el semen es débil o porque el material [proporcionado por la
progenitora] no es apropiado, o por la acción de algún agente exter no como los vientos del sur que
tor nan la atmósfera húmeda». Ver Summa Theologiae, 1, qu.92, art.1,r., cit Tommaso d’Aquino
sulla creazione della donna , s/d.
7
El aborto no se consideraba homicidio, tal como lo considera la Iglesia Católica contemporánea,
hasta fines del siglo XVII. Entre otros factores, Giulia Galeotti señala que el cambio obedeció tanto a
los nuevos conocimientos sobre el desarrollo del feto como a la evolución de la obstetricia, por una
par te, y a la instauración del dogma de las Inmaculada Concepción de Virgen, que coadyuvó para
imponer la teoría de la animación inmediata del feto, o sea, en el momento mismo de la concepción
(Galeotti, 2004).
8
Para Angus McLaren anticoncepción y abor to funcionaron como términos equivalentes hasta fines
del siglo XIX (McLaren, 1991).
9
Ver Gordon (2002).
10 Es decir, una copula con penetración anal y eyaculación dentro. Ver al respecto Mott (1988);
Figari (2009: 39-63).
11
Ver Barrancos (2002).
12 « Los tres momentos – del libre arbitrio, de la comunión de afecto y de la formación – se conjugan
en un concepto de humanidad que se pretende sea inherente a todos los hombres, definiéndolos
cier tamente en cuanto seres humanos: la emancipación que aún resuena cuando se habla de lo
puramente o simplemente ‘humano’, una interioridad a desenvolverse según leyes propias y libre de
1
78
las finalidades exter nas de cualquier especie» (Habermas, 1984: 63).
13
Dentro del ámbito matrimonial, desde antaño existía además un sinfín de regulaciones religiosas y
costumbres sobre las únicas posturas per mitidas para poder tener relaciones sexuales, los días en
que estaba interdicta: abstinencias, fiestas de guardar –no menos de 120 a 140 días al año, según
Sara Matthews-Grieco (1995: 184)–, los períodos de lactancia, menstruales y durante el embarazo.
14 Ver Figari (2009: 97-110).
15
Al respecto, ver Anne Fausto—Sterling (2006) y Cabral (2009).
16 Ver Berkins y Fernández (2005) y Berkins (2007).
17
Los más importantes fueron el Proyecto Ley de Identidad de Género Integral elaborado por el
Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género y los proyectos de Leyes de Identidad de Género
y Atención Sanitaria para las Personas Trans, elaborados por la Federación Argentina LGBT. Al
momento de terminar de escribir este artículo, el proyecto unificado había logrado media sanción
por una inmensa mayoría en la Cámara de Diputados.
18
El concepto de identidad de género del ar tículo 2º es el mismo consignado en los Principios y
Recomendaciones de Yogyakarta, Principios sobre la aplicación de la legislación internacional de
derechos: «La identidad de género se refiere a la vivencia interna e individual del género tal como
cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al
momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo (que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra
índole, siempre que la misma sea libremente escogida) y otras expresiones de género, incluyendo la
vestimenta, el modo de hablar y los modales» (Principios de Yogyakarta, 2007: 6).
19
Para Freud (1976), la inversión no implicaba degeneración ya que tales personas no poseen otra
desviación grave respecto a las regulaciones sociales, además de poseer según sus observaciones un
alto desarrollo intelectual y una cultura ética elevada a través de la historia.
20
L a lobotomía es un proceso basado en la destrucción de los lóbulos frontales del cerebro para
«tratar» trastornos mentales. Freeman usaba directamente un picahielo con el que martillaba el cráneo para realizar el procedimiento.
21 «Argumentar, como frecuentemente se hace para descalificar la decisión de la APA, que el retiro
de la homosexualidad como trastorno mental obedeció a las presiones políticas de la militancia gaylésbica, que se imponía así a la objetividad científica, es verdaderamente deshonesto. Obviamente
ese avance fue producto de la disputa política e ideológica, que es el lugar donde se plantea toda
lucha emancipatoria. Los propios objetos de la ciencia no son ajenos a esas disputas. De la misma
manera se lograron torcer los designios de la objetividad científica que, a través de impecables
métodos estadísticos de mediciones craneanas, concluía la superioridad de la raza blanca y una
escala degradada de las otras razas hasta llegar a la negra, la más baja y susceptible de ser sometida
a procesos civilizatorios. Con la misma tenacidad tuvieron que imponerse las mujeres desde los
mítines políticos hasta las luchas silenciosas en los consultorios y en los hogares para dejar de ser
consideradas seres inferiores a los hombres» (Figari, 2010: 35).
22
Por otra par te, se ha absolutizado la relación deseo-placer con un esquema energético de concentración, tensión y resolución confinando el placer a la instancia resolutoria. Lo que los doctores
William H. Masters y Virginia E. Johnson (1966) denominaron la «respuesta sexual humana». Haber
convertido en un canon de la se xualidad esta forma –sin ofrecer alternativa alguna– ha favorecido la
terapia, sobre todo farmacológica, que garantiza –a la vez que obliga– a los varones a tener una
erección que garantice la consecución del acto sexual, sin contar con los problemas derivados de la
insatisfacción o frigidez de las mujeres que no sienten placer en tal esquema.
23 Ver Pateman (1995).
24
Ver Wittig (1992).
25 Ver Vaggione (2007).
26
«El yo ha dejado de ser el yo inequívoco, fragmentándose en discursos contradictorios del yo»
(Giddens, 1991: 83).
79
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Documentos consultados
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83
84
¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO
HABLAMOS DE GÉNERO?
UNA INTRODUCCIÓN CONCEPTUAL
Eduardo Mattio*
En los últimos años, cada vez es más notoria la relevancia social y
política que ha adquirido en nuestro país el término «género» 1. En los medios
de comunicación, por ejemplo, frente a los habituales asesinatos de mujeres
perpetrados por sus maridos, amantes o novios, se ha dejado de hablar de
«crímenes pasionales» para hablar de «violencia de género». Algo parecido
ocurre con la violencia doméstica; pese a que estamos lejos de erradicar
semejante flagelo social, se ha vuelto habitual entender tales situaciones desde una «perspectiva de género» que desnaturaliza tales formas de violencia
contra las mujeres. Por otra parte, el ámbito jurídico no ha sido ajeno a tales
modificaciones culturales. Piénsese, por ejemplo, cuán significativos resultaron los argumentos de género para impulsar a nivel provincial una ampliación de la licencia materna postparto a 180 días. Otro tanto se puede decir de
los debates en torno a la ley de identidad de género en el seno del Congreso
Nacional: es inminente el reconocimiento legal de la identidad sexo-genérica
autopercibida de las personas trans –transexuales, trangéneros, travestis–,
con independencia de la que se les haya atribuido al momento de nacer. En
relación a ello, por ejemplo, en octubre de 2011 el Honorable Consejo Superior de la Universidad Nacional de Córdoba dictó una ordenanza que no sólo
* Doctor en Filosofía –Universidad Nacional de Córdoba–. Docente e Investigador en la Facultad de
Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba y en la Facultad de Filosofía y
Humanidades de la Universidad Católica de Córdoba. Coordinador del Área de Filosofía del Centro
de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades «María Saleme de Burnichon» –CIFFyH–.
85
condena toda forma de discriminación por razones de identidad o expresión
de género, sino que contempla algunas reformas administrativas, informáticas e institucionales orientadas a garantizar la inclusión efectiva de las personas trans en el ámbito universitario. Estos y otros ejemplos permiten estimar
la diversidad de situaciones en que el término «género» favorece la comprensión y la eventual resolución de ciertas prácticas sociales de discriminación.
Frente a este panorama en el que la noción de género ha servido, con
mayor o menor suerte, para suscitar escenarios menos discriminatorios respecto de las mujeres y de las llamadas «minorías sexo-genéricas», la opinión
de la jerarquía de la Iglesia Católica no ha sido favorable a la circulación del
término. De hecho, en muchos documentos e intervenciones públicas las
autoridades eclesiásticas han condenado unánimemente lo que han dado en
llamar «ideología de género». En el parágrafo 40 del «Documento de Aparecida», por poner un caso, el Episcopado Latinoamericano señala:
Entr e los presupuestos que debilitan y menoscaban la vida familiar encontramos la ideología de género, según la cual cada uno puede escoger su
orientación se xual, sin tomar en cuenta las diferencias dadas por la naturaleza humana. Esto ha provocado modificaciones legales que hieren gravemente la dignidad del matrimonio, el respeto al derecho a la vida y la
identidad de la familia (2008: 56).
Como puede verse, para tales sectores religiosos más conservadores la
adopción del término acarrea consecuencias penosas respecto de la integridad de la familia heterosexual, monogámica y reproductiva. Es más, es responsable de todas aquellas reformas jurídicas que en nuestra región han permitido equiparar los derechos de las parejas gays y lesbianas a los de las
heterosexuales o que brindan algún reconocimiento legal a las familias homoparentales, reformas que en conjunto lesionan gravemente las buenas
costumbres y los valores religiosos tradicionales. Más aún, quienes condenan
el uso del término «género», también encuentran en su significado una justificación para la despenalización o legalización del aborto. De allí, la necesidad que expresan tales sectores sociales de evitar su divulgación.
Es bueno aclarar que no será esta última interpretación, la de los sectores religiosos más conservadores, la que defenderé a lo largo de este capítulo.
En lo que sigue, por el contrario, mostraré el modo en que la noción de
género ha proporcionado en las últimas décadas una herramienta emancipa86
toria tanto a las luchas de los movimientos de mujeres como a los colectivos
LGTB –lesbianas, gays, trans y bisexuales–. Teniendo en mente ese objetivo,
en la primera sección de este capítulo consideraré la interpretación tradicional que ha hecho el feminismo de dicha noción a partir de su distinción del
término «sexo», y explicitaré algunos beneficios y perjuicios teórico-políticos
que supuso tal diferenciación. En la segunda parte, me detendré en otra significación que el feminismo materialista y el transfeminismo han intentado
recuperar respecto de la noción de género, i.e., daré cuenta de sus orígenes
biomédicos y de las consecuencias que tal apropiación ha suscitado en las
luchas del feminismo y de la diversidad sexual de las últimas décadas. Finalmente, a modo de conclusión, propondré muy brevemente una solución a la
difícil tarea de reconciliar ambas tradiciones del término género.
1. La distinción sexo-género en la tradición feminista: sus ventajas
y limitaciones
En 1949, Simone de Beauvoir publicaba «El segundo sexo», un libro
que sería verdaderamente inspirador para la teoría y la praxis feminista de la
segunda mitad del siglo pasado. Uno de sus pasajes más memorables señala:
No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o
económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra
humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino. Únicamente la mediación de otro puede constituir a un individuo como un
Otro (Beauvoir, 2007: 207).
Más allá de lo que Beauvoir haya querido significar con esa afirmación
–particularmente, con la distinción entre la hembra biológicamente natural y
la mujer culturalmente constituida a partir de aquella–, lo cierto es que muchas autoras feministas encontraron allí una distinción que se volvería fundamental para el «feminismo de la segunda ola»2 : la distinción entre sexo y
género (Haraway, 1995: 221; Butler, 2001: 142-143). Como señala Judith
Butler, ese conocido pasaje permitió suponer al feminismo (1) que el sexo es
un atributo biológico, dado, necesario, inmutablemente fáctico –ser macho,
ser hembra–; (2) que ser humano equivale a ser sexuado; (3) que el «género»,
87
en cambio, es «la construcción cultural variable del sexo» –ser varón, ser
mujer–; y por consiguiente, (4) que la categoría «mujeres», entonces, «es un
logro cultural variable, un conjunto de significados que se adoptan o utilizan
dentro de un campo cultural». Con lo cual, es claro que «nadie nace con un
género: el género siempre es adquirido» (Butler, 2001: 142-143). En otras
palabras, la distinción tradicional que el feminismo defendió entre sexo y
género supone concebir que los cuerpos nacen sexuados, es decir, vienen a
este mundo como machos o hembras y que sólo por un proceso de socialización, históricamente variable, son constituidos respectivamente como varones y mujeres. En palabras de Gayle Rubin, «el sistema de sexo/género es el
conjunto de disposiciones por el cual una sociedad transforma la sexualidad
biológica en productos de la actividad humana y satisface esas necesidades
humanas transformadas» (1998: 17). Si cabe decirlo en estos términos, la
naturaleza biológica es la responsable de nuestro hardware sexual y los procesos culturales son los que elaboran por diversos medios nuestro software
genérico.
Dicho esto, cabe agregar que la distinción sexo-género no tuvo un carácter meramente descriptivo, sino más bien una pretensión crítica y desestabilizadora respecto de los modos de organización social de las relaciones
entre los sexos. En palabras de Donna Haraway,
[g]énero es un concepto desarrollado para contestar la naturalización de
la diferencia sexual en múltiples terrenos de lucha. L a teoría y la práctica
feministas en torno al género tratan de explicar y de cambiar los sistemas
históricos de diferencia sexual, en los que «los hombres» y «las mujeres»
están constituidos y situados socialmente en r elaciones de jerarquía y antagonismo (1995: 221).
Como ha señalado Joan Scott, en las décadas del setenta y del ochenta, esta herramienta permitió que
las feministas se preguntaran cómo y en qué condiciones se han definido
los diferentes roles y funciones para cada sexo; cómo los auténticos significados de las categorías «hombre» y «mujer» variaron según las épocas y
el lugar; cómo se cr earon e impusieron las normas reguladoras de la conducta sexual; cómo las cuestiones de poder y de los der echos se imbricaron con las cuestiones de la masculinidad y de la feminidad; cómo afectaron las estructuras simbólicas a las vidas y las prácticas de la gente común;
88
cómo se forjaron las identidades sexuales desde el interior y contra las
prescripciones sociales (2008: 14).
Es efecto, el estudio de los sistemas de género como sistemas binarios
que oponen la hembra al macho, lo masculino a lo femenino, no sobre la
base de la igualdad, sino más bien en términos jerárquicos y asimétricos
(Conway, Bourque y Scott, 1998: 177), contribuyó a desacralizar los roles
sociales culturalmente asignados a varones y mujeres. Si el género es una
interpretación cultural y variable, no hay un modo unívoco de entender la
feminidad o la masculinidad. El «ser mujer» –y por extensión, el «ser varón»–
no puede ser entendido como una identidad «natural» o «incondicionada»,
sino más bien como roles sociales culturalmente asignados, que por su carácter contingente son susceptibles de ser resignificados.
No obstante, pese a que la noción de género permitió deconstruir el
«determinismo cultural» que canonizaba ciertos modos hegemónicos de entender el binomio varón-mujer, las feministas de la segunda ola no fueron
igualmente enfáticas a la hora de derruir el «determinismo biológico» que se
resguarda en el binomio macho-hembra, con lo cual «las formulaciones de
una identidad esencial como mujer o como hombre permanecieron analíticamente intocadas y siguieron siendo políticamente peligrosas» (Haraway,
1995: 227). En otras palabras, muchas feministas continuaron idealizando
ciertas expresiones de género como verdaderas y originales –concretamente,
las de las mujeres blancas, heterosexuales, de clase media–, dando lugar así
a nuevas formas de jerarquía y exclusión dentro de las filas del feminismo. Tal
como ha mostrado Butler, ciertas concepciones y prácticas feministas han
permanecido sujetas a una perspectiva heterocentrada en la que
(1) el binarismo de género –varón/mujer– tiene como correlato indiscutible la diferencia sexual biológica –macho/hembra–;
(2) hay una relación causal o expresiva entre sexo/género/deseo –si se nace
macho, entonces se es varón, por consiguiente, se desea a mujeres; o
bien, si se nace hembra, entonces se es mujer, por consiguiente, se
desea a varones–;
(3) se presupone una coherencia o unidad interna entre sexo/género/deseo que requiere de una heterosexualidad estable y de oposición (Butler, 2001: 55).
89
Frente a esto, a inicios de los noventa, Butler sugería que la teoría
feminista no debía «prescribir una forma de vida con género» sino más bien
«abrir el campo de las posibilidades para el género sin dictar qué tipos de
posibilidades debían ser realizadas» (2001: 10). Es decir, no debía canonizar
las formas tradicionales de concebir la masculinidad o la feminidad sino más
bien evidenciar la inestabilidad intrínseca de tales expresiones. En otras palabras, en un texto fundacional y revolucionario como «El género en disputa» –
1990–, Butler se proponía desestabilizar «el orden obligatorio de sexo/género/deseo», es decir, la pretendida naturalidad del vínculo causal o expresivo
entre tales términos (Butler, 2001). Un régimen de regularidad semejante,
lejos de estar inscripto en la naturaleza humana, es para Butler el producto
contingente de lo que denominaba matriz heterosexual, esto es, «la rejilla de
inteligibilidad cultural a través de la cual se naturalizan cuerpos, géneros y
deseos». Es decir,
un modelo discursivo/epistémico hegemónico de inteligibilidad de género, que supone que para que los cuerpos sean coherentes y tengan sentido debe haber un sexo estable expresado mediante un género estable
(masculino expresa macho, femenino expresa hembra) que se define históricamente y por oposición mediante la práctica obligatoria de la heterosexualidad (Butler, 2001: 38; la traducción es nuestra).
Es decir, tal matriz de inteligibilidad funciona como un marco u horizonte en el que los cuerpos son leídos y significados, y a partir del cual se
regulan los modos disponibles y viables de vivir y actuar «como mujeres» o
«como varones». De tal modo, aquellos cuerpos, géneros o deseos que transgredan de alguna forma los modelos regulativos que tal matriz impone, están
expuestos a las más diversas formas de sanción social –burlas, persecuciones, descrédito moral, falta de reconocimiento jurídico, social o cultural, e
incluso, la muerte–.
Habida cuenta de tales propósitos, el aspecto más interesante de su
propuesta es la redescripción que ofrece de la noción feminista de género, es
decir, su concepción performativa del género. Contra la presuposición de sentido común que concibe cualquier actuación de género como expresión de
una determinada identidad de género mayormente estable –i.e., actuamos
como mujeres porque tenemos una identidad femenina–, Butler toma en
cuenta la sugerencia nietzscheana de que «no hay ningún ‘ser’ detrás del
90
hacer». Para esta autora, entonces, el género no es un atributo sustantivo que
precede a nuestras actuaciones –performances– masculinas o femeninas;
el género siempre es un hacer, aunque no un hacer por parte de un sujeto
que se pueda considerar preexistente a la acción. […] no hay una identidad de género detrás de las expresiones de género; esa identidad se constituye performativamente por las mismas «expresiones» que, según se dice,
son resultado de ésta (Butler, 2001: 58).
En otras palabras, Butler entiende que, como en cualquier otro drama
social ritual, toda actuación –performance– de género no es más que el efecto de la repetición de un conjunto de significados establecidos socialmente:
El género no debe interpretarse como una identidad estable o un lugar
donde se asiente la capacidad de acción y de donde resulten diversos
actos, sino, más bien, como una identidad débilmente constituida en el
tiempo, instituida en un espacio exterior mediante una repetición estilizada de actos (Butler, 2001: 171-172).
Ahora bien, es importante aclarar que con esta redescripción crítica del
concepto de género, la autora norteamericana se desmarca de dos malentendidos que su perspectiva podría suscitar. Por una parte, Butler evita concebir
al género de manera «voluntarista» –es decir, nadie elige el género que ha de
actuar frente a los demás como si se tratase de la indumentaria con la que
nos vestimos cada día–. En revisiones posteriores de su teoría, Butler subraya
el abordaje discursivo que implica su propuesta: «la performatividad», aclara, «debe entenderse, no como un ‘acto’ singular y deliberado, sino, antes
bien, como la práctica reiterativa y referencial mediante la cual el discurso
produce los efectos que nombra» (Butler, 2002: 18). Es decir, desde que venimos al mundo somos colocados en un horizonte discursivo heterocentrado
en el que somos reconocidos o como varones o como mujeres. Piénsese, por
ejemplo, lo que desencadena la afirmación de un ecógrafo o una osbtetra
cuando anuncia: «¡Es una nena!». Según Butler, la emisión de dicho enunciado no supone el reconocimiento de una identidad preestablecida, sino que
produce performativamente la identidad que nombra, en tanto coloca a esa
porción de carne humana bajo las regulaciones sociales que las categorías de
género presuponen.
91
En segundo lugar, su concepción performativa de género evita también todo compromiso «constructivista». Es decir, su manera de entender el
proceso de generización no presupone una superficie de inscripción –el cuerpo– que estaría sexuada de antemano. En «Cuerpos que importan» –1993–,
Butler va más lejos todavía y explicita que la «sexuación» del cuerpo también
es un efecto performativo: «las normas reguladores del ‘sexo’ obran de una
manera performativa para constituir la materialidad de los cuerpos y, más
específicamente, para materializar el sexo del cuerpo, para materializar la
diferencia sexual en aras de consolidar el imperativo heterosexual» (2002:
18). Eso no quiere decir que el discurso origine, cause o componga de manera exhaustiva el cuerpo sexuado; en todo caso, lo que Butler señala es que no
hay un cuerpo puro que descanse por debajo de las categorías sexuales,
génericas o raciales con las que es marcado desde su nacimiento, sino que
dicho cuerpo nos es dado, se nos hace perceptible a la luz de categorías
socialmente compartidas que no sólo tienen un carácter descriptivo, sino que
además tienen una fuerza normativa ineludible (2002: 31) 3. Es decir, tales
regulaciones no sólo habilitan la emergencia del «yo» como sujeto reconocible –por ejemplo, macho, blanco, heterosexual–; la matriz discursiva de inteligibilidad al tiempo que «orquesta, delimita y sustenta aquello que se califica
como ‘lo humano’» (Butler, 2002: 26), produce simultáneamente una esfera
densamente poblada de sujetos ilegibles o inviables a la que se priva todo
reconocimiento (Butler, 2002: 19-26). De allí, entonces, la necesidad de reconocer la contingencia que supone dicho horizonte de inteligibilidad, y con
ello, la siempre abierta posibilidad de subvertirlo.
2. El género en el paradigma biomédico
Frente a la distinción tradicional entre sexo y género divulgada por el
feminismo de los setenta y de los ochenta, otras perspectivas posfeministas4
han puesto en evidencia los orígenes biomédicos del concepto de género con
el objeto de devolver al término otras potencialidades emancipatorias, ignoradas por la versión feminista clásica. Como Donna Haraway señala:
La política feminista de la «segunda ola» en torno al «determinismo biológico» frente al «construccionismo social» y la biopolítica de las diferencias
92
de sexo/género tienen lugar dentro de campos discursivos preestructurados por el paradigma de la identidad de género cristalizado en los cincuenta y sesenta. El paradigma de la identidad de género era una versión
funcionalista y una versión esencializante de la frase de Simone de Beauvoir ‘una no nace mujer’ (1995: 225).
Es decir, la distinción tradicional entre sexo y género no es una invención original de la agenda feminista de los sesenta, sino que en realidad supone una operación redescriptiva del feminismo sobre lo que Haraway ha
denominado «paradigma de la identidad de género», i.e., un horizonte transdisciplinario en el que han confluido diversos componentes y tecnologías:
una lectura instintualista de Freud; el énfasis en la somática sexual y en la
psicopatología por parte de los sexólogos del siglo XIX (Kraft-Ebing, Havelock Ellis) y de sus seguidores; el continuo desarrollo de la endocrinología bioquímica y fisiológica a partir de los años veinte; la psicobiología de
las diferencias de sexo surgida de la psicología comparativa; las hipótesis
múltiples sobre el dimorfismo sexual hormonal, cromosómico y neural
convergentes en los años cincuenta; y las primeras cirugías de cambio de
sexo alrededor de 1960 (Haraway, 1995: 224-225).
Este panorama tan heterogéneo, posterior a la Segunda Guerra Mundial, es el que Beatriz Preciado ha intentado referir con el nombre de «episteme posmoneysta», en alusión al Dr. John Money –polémico sexólogo norteamericano, cuyas intervenciones teóricas acerca de la sexualidad habrían de
reemplazar a las de la sexología decimonónica o a las del psicoanálisis freudiano–.
En el primer volumen de la «Historia de la sexualidad» –1976–, Michel
Foucault daba cuenta del tránsito de una «sociedad soberana» a una «sociedad disciplinaria» mostrando el desplazamiento desde una forma de poder
que decide y ritualiza la muerte, a una nueva forma de poder que desde el
siglo XVII administra la vida –del cuerpo individual y del cuerpo social– en
términos técnicos de población, salud pública e interés nacional. Esta nueva
forma de biopoder, como la llama Foucault, tiene un particular interés por
normalizar un aspecto de la vida en que confluyen el disciplinamiento de los
cuerpos y la regulación de las poblaciones: la sexualidad5. De cara a tales
afirmaciones, Preciado (2009) entiende que la descripción del momento biopolítico presente propuesta por Foucault ha ignorado sistemáticamente las
93
tecnologías del cuerpo –biotecnológicas, quirúrgicas, endocrinológicas, etc.–
y de representación –fotográficas, cinematográficas, televisivas, etc.– que han
proliferado durante la segunda mitad del siglo pasado. Tales transformaciones exigen, según Preciado, la consideración de una nueva forma de episteme6 , ni soberana ni disciplinaria, capaz de dar cuenta del impacto de las
nuevas tecnologías del cuerpo. Este modelo posmoneysta de gestión de los
cuerpos «se caracteriza no sólo por la transformación del sexo en objeto de
gestión política de la vida, sino sobre todo por el hecho de que esa gestión se
opera a través de las nuevas dinámicas del tecnocapitalismo avanzado» (Preciado, 2009: 21). Dicha episteme supuso la invención de la noción de «género», y con ello, la disolución de la rígida noción de «sexo» del discurso médico
decimonónico. Utilizado por primera vez por John Money a inicio de los años
cincuenta, el término «género» permitió hablar de «la posibilidad de modificar hormonal y quirúrgicamente el sexo de los niños intersexuales nacidos
con órganos genitales que la medicina considera indeterminados» (Preciado,
2009: 21-22). En ese contexto, el término «género» no sólo abre «la posibilidad de usar la tecnología para modificar el cuerpo según un ideal regulador
preexistente de lo que un cuerpo humano (femenino o masculino) debe ser»
(Preciado, 2009: 22), sino que contiene en sí un efecto disruptivo inesperado:
permite una inédita auto-gestión biotecnológica del cuerpo que no sólo pone
en evidencia el carácter construido del sexo, sino que se erige como una
insospechada forma de resistencia, como una reapropiación de las tecnologías del género capaz de producir nuevas formas de subjetivación (Preciado,
2009: 23-24). Es decir, esta primera versión del término «género» no sólo ha
sido un mecanismo a través del cual la medicina intervino sobre ciertos cuerpos considerados anómalos, justificando la adecuación quirúrgica de las personas transexuales y de los niñ*s intersex según los cánones de heteronormalidad vigente, sino que ha dado lugar, sobre todo entre las personas trans, a
nuevas formas de agenciamiento corporal –en concreto, el recurso a tecnologías quirúrgicas y hormonales de transformación de sí–, inéditas antes de la
episteme posmoneysta.
En otras palabras, como sugiere Patricia Soley-Beltrán (2009), la utilización feminista de la distinción sexo-género supuso un desplazamiento en el
uso de la noción de «género». Lo que era una noción «psicológica» proveniente del discurso biomédico de los años cincuenta, habría de convertirse
desde los sesenta en una noción «sociológica». El psicopatólogo norteameri94
cano Robert Stoller, por ejemplo, entendía que la «identidad nuclear de género» era «la propia imagen de uno mismo como perteneciendo a un sexo
específico». En consecuencia, en los «casos» de «transexualidad verdadera»
se suponía que el «género» era una convicción interior de que el sexo asignado al nacer era incorrecto. La existencia de semejante convicción, monitoreada por la ciencia médica, justificaba entonces la devolución de los cuerpos
transexuales a la normalidad del binomio macho-hembra, mediante una cirugía de reasignación sexual. Como puede verse, tal operación supone otra
concepción completamente diferente del binomio sexo-género. Mientras que
en el discurso feminista de la segunda ola, el género se concibe como una
forma variable y contingente de relación social entre los sexos, y el sexo como
una configuración biológica mayormente estable y cierta que no determina
las definiciones colectivas de feminidad y masculinidad; en el discurso biomédico de los años cincuenta el género es entendido como una convicción
subjetiva, psicológica, fija e inmodificable, independiente de la configuración
del cuerpo sexuado. Este último, en cambio, es percibido como un objeto
maleable en virtud de los avances tecnológicos producidos a lo largo del
siglo XX (Soley-Beltrán, 2009: 32-33). Tal concepción, reitero, que sirvió para
intervenir sobre ciertos cuerpos considerados anormales a fin de sujetarlos a
las demandas del contrato heteronormativo, es también, como lo atestiguan
los «Principios de Yogyakarta», un recurso emancipatorio que posibilita la
autotransformación del propio cuerpo en virtud de la identidad de género
autopercibida7 .
Un ejemplo cabal de esta reapropiación subversiva de los orígenes
biomédicos de la noción de género puede encontrarse en la obra de Beatriz
Preciado. El relato que ofrece en su «Manifiesto contra-sexual» –2002– se
asienta sobre una doble estrategia redescriptiva. Por una parte, (1) atribuye al
género no sólo un carácter performativo, sino primordialmente prostético.
Por otra parte, (2) entiende que el sexo –y no sólo el género– es una «tecnología biopolítica» que asegura la hegemonía heterosocial.
La tecnología heteronormativa –jurídica, médica o doméstica– por la
que los seres humanos son reducidos con mayor o menor violencia a «cuerpos-varones» o «cuerpos-mujeres», es para Preciado una «máquina de producción ontológica» que adquiere su eficacia de la invocación performativa
por la que los sujetos devienen cuerpos sexuados. Como ha subrayado Butler, emisiones tales como «es una nena» no sólo tienen un carácter constata95
tivo, sino que, en tanto citaciones ritualizadas de la ley heterosexual, «son
trozos de lenguaje cargados históricamente del poder de investir un cuerpo,
como masculino o como femenino, así como de sancionar los cuerpos que
amenazan la coherencia del sistema sexo/género hasta el punto de someterlos a procesos quirúrgicos de ‘cosmética sexual’» (Preciado, 2002: 24).
Pese a las virtudes del planteo butleriano, Preciado entiende que el
género no sólo es performativo, es decir, no sólo sería «un efecto de las prácticas culturales lingüístico-discursivas» (2002: 25), sino que supone ineludibles «formas de incorporación». A juicio de Preciado, Butler parece haber
olvidado la materialidad que involucra todo proceso de generización, i.e., la
inscripción corporal que conlleva toda «performance de género». Como han
objetado sus críticos transexuales o transgéneros, la in-corporación de una
identidad de género no es tan sólo una «performance teatral» sino que involucra «tecnologías de trans-incorporación» que quedan fuera de la escena, y
que no sólo acontecen en los cuerpos transgéneros y transexuales, sino que
operan en los cuerpos considerados «normales» (Preciado, 2002: 75; Cabral,
2007: 94-95). De tal suerte, señala Preciado, el género «es ante todo ‘prostético’, es decir, no se da sino en la materialidad de los cuerpos. Es puramente
construido y al mismo tiempo enteramente orgánico». Como señalará en
«Biopolítica de género»,
[e]l análisis performativo de la identidad cier ra un ciclo de reducción de la
identidad a un efecto del discurso que ignora las tecnologías de incorporación específicas que funcionan en las diferentes inscripciones per formativas de la identidad. El concepto de performance de género, y más aún el
de identidad per formativa, no permite tomar en cuenta los procesos biotecnológicos que hacen que determinadas per formances «pasen» por naturales y otras, en cambio, no. El género no es sólo un efecto performativo; es sobre todo un proceso de incorporación prostético (Preciado, 2009:
31).
Lo interesante de esta reformulación es que no sólo da cuenta del carácter construido del género, sino que –contra todo resabio esencialista– instala la posibilidad de intervenir en dicha construcción (Preciado, 2002: 76).
Es decir, no sólo pone de manifiesto la violencia física y discursiva que entraña todo proceso de generización, sino que, en virtud de esa violencia, vuelve
evidente la posibilidad de resistirla (Larramendy, 2005: 240). Si el género
96
que se nos atribuye es una imposición performativa y prostética, cabe la
posibilidad de modificarlo, de subvertirlo, de reemplazarlo, de intervenir sobre él:
El hecho de que haya tecnologías precisas de producción de cuerpos «normales» o de normalización de los géneros no conlleva un determinismo ni
una imposibilidad de acción política. Al contrario. Dado que la multitud
queer lleva en sí misma, como fracaso o r esiduo, la historia de las tecnologías de normalización de los cuerpos, tiene también la posibilidad de intervenir en los dispositivos biotecnológicos de producción de subjetividad
sexual (Preciado, 2005: 161).
En fin, desarticulado el prejuicio metafísico que nos concibe portadores de una naturaleza humana inalterable, se hace posible pensarnos como
cyborgs, esto es, como «animales tecnológicos» que a lo largo de su historia
natural han in-corporado la tecnología –no sólo para prolongar su cuerpo,
sino para modificarlo– en vista de los desafíos que les impone el entorno.
En el marco de este relato antiesencialista, Preciado asocia a la concepción prostética del género una concepción tecnológica del sexo que radicaliza la subversión de toda identificación sexo-genérica. En la línea del correctivo que Teresa de Lauretis había ofrecido de la concepción foucaultiana
de la tecnología de la sexualidad8 , Preciado piensa que el sexo, y no sólo el
género, «es una tecnología de dominación heterosocial que reduce el cuerpo
a zonas erógenas en función de una distribución asimétrica del poder entre
los sexos (femenino/masculino), haciendo coincidir ciertos afectos con determinados órganos, ciertas sensaciones con determinadas reacciones anatómicas» (2002: 22). De esta forma, la tecnología sexual es para Preciado una
especie de «mesa de operaciones» abstracta que, dividiendo y fragmentando
el cuerpo de modo muy preciso, «recorta órganos y genera zonas de alta
intensidad sensitiva y motriz (visual, táctil, olfativa…) que después identifica
como centros naturales y anatómicos de la diferencia sexual» (2002: 22, 102103). En la medida que el deseo, la excitación sexual o el orgasmo son el
resultado de una economía tecnológica que identifica los órganos reproductivos como órganos sexuales, no sólo se sacrifica en dicho altar quirúrgico la
sexualización de la totalidad del cuerpo, sino que se autoriza la explotación
material de un sexo sobre el otro. Se canoniza una heteropartición de los
cuerpos que no sólo reduce la superficie erótica de los cuerpos a los órganos
97
sexuales reproductivos, sino que privilegia al pene como «único centro mecánico de producción del impulso sexual» (Preciado, 2002: 22).
De este modo, la maquinaria contra-sexual de Preciado se coloca más
allá del debate entre esencialistas y constructivistas. Es decir, ignora la habitual identificación del género como la «construcción social de la diferencia
sexual en diferentes contextos históricos y culturales», correlativa del prejuicio según el cual el sexo y la diferencia sexual serían dependientes de funciones biológicas inalterables (2002: 126, 76). Superando lo que podríamos
llamar el «Mito –biológico– de lo Dado», esto es, el presupuesto metafísico
común a esencialistas y constructivistas según el cual el cuerpo entraña una
estructura mayormente estable, como el código genético, los órganos sexuales, las funciones reproductivas –fundamento último de la identidad de los
sujetos sexuados, el «último resto de la naturaleza»–, Preciado no sólo deconstruye la cartografía «hetero» –straight– del cuerpo sexuado, una arquitectura precisa que regula «el contexto en el que los órganos adquieren su
significación (relaciones sexuales) y se utilizan con propiedad, de acuerdo a
su naturaleza (relaciones heterosexuales)» (2002: 26-27); sino que vuelve
borrosos los límites entre la naturalidad de los cuerpos y la artificialidad de
las tecnologías (Preciado, 2002: 127). Señalando los modos específicos en
que la tecnología se «hace cuerpo» –por ejemplo, a través de los tratamientos
hormonales, las dietas, el fitness, los trasplantes de órganos, las siliconas, la
ortodoncia, los implantes capilares, etc.–, es decir, evidenciando «esta relación promiscua entre la tecnología y los cuerpos», se emplaza un nuevo orden corporal –posthumano– en el que ni la biología, ni la cultura se imponen
como destino.
Conclusiones
Como hemos visto hasta aquí, el término «género» no ha revestido una
unívoca significación en la historia reciente del feminismo. Más aún, diversas
autoras han puesto de manifiesto la pérdida de «su filo crítico» (Scott, 2008:
15), su reducción a la noción de diferencia sexual (De Lauretis, 2000: 33) o
su completa irrelevancia teórica (Butler, 2011: 68). Pese a eso, lo cierto es
que la noción de género sigue alentando las luchas del movimiento de mujeres o del colectivo LGTB, no sin generar ciertas ambigüedades y conflictos.
Como señala Leticia Sabsay:
98
quizá la productividad del concepto se sustente, justamente, no en una
cerrada coherencia monolítica, sino al contrario, en su rica y contradictoria multiplicidad. Podría pensarse que si es que el concepto aún funciona,
es gracias al hecho de que los feminismos siguen discutiendo qué es el
género y cuál es su productividad como herramienta de análisis. De hecho, a la luz de las transformaciones de los últimos treinta años, que todavía pueda funcionar como instrumento analítico seguramente se debe en
parte a que se ha dado como un concepto inestable (2011: 42).
Ya en su versión feminista clásica –el «sistema sexo-género»–, ya en la
apropiación transfeminista del paradigma biomédico, el «género» sigue deportando beneficios emancipatorios que no habría que menospreciar. En la
definición del feminismo de la segunda ola, señalé, mientras que el género es
la interpretación cultural –variable y contingente– de la diferencia sexual –
mayormente estable–; en el marco del paradigma de la identidad de género,
en cambio, el género es una convicción subjetiva –fija y estable– que justifica
las modificaciones tecnológicas del cuerpo sexuado –mayormente maleable–. En el primer caso, hemos visto, el feminismo encontró una manera de
desestabilizar la aparente inmutabilidad de roles sociales opresivos que garantizan la relación jerárquica y asimétrica entre hombres y mujeres. En el
segundo caso, el transfeminismo halló una herramienta para adaptar los aparentes límites del propio cuerpo a la identidad de género autopercibida.
Es seguro que ambas versiones del género presuponen compromisos
teóricos disímiles y en conflicto; es posible que una y otra perspectiva habiliten agendas políticas no fáciles de reconciliar. Sin embargo, bajo una mirada
pragmática y estratégica, es posible pensar que uno y otro vocabulario, útiles
para diversos propósitos sociales, aún sigan siendo beneficiosos a la hora de
modificar por medio de estrategias siempre nuevas un imaginario patriarcal,
androcéntrico y heteronormativo difícil de desmoronar. Pensemos, por ejemplo, en el ideario maternalista que sigue gobernando la vida de muchas mujeres en nuestro medio: mientras se siga creyendo que su finalidad natural es
la de ser madres, no habrá posibilidad de que puedan atribuirse a sí mismas
otras metas sociales –llevar una vida profesional plena, aspirar a los mismos
cargos y salarios que los varones, etc.– o de que se conciban como propietarias de su propio cuerpo –ser libres de abortar cuando lo crean necesario,
dedicarse al trabajo sexual sin coacciones y en condiciones salubres, etc–. En
ese sentido, la noción tradicional de género bien puede seguir siendo útil
99
para derruir ciertas concepciones universalistas acerca de lo que la feminidad
y la masculinidad deben significar. Por otra parte, es claro que la apropiación
subversiva de la noción biomédica de género cumple otros propósitos emancipatorios no menos deseables. En la medida que proporciona a cada sujeto
la autonomía para gestionar la transformación del propio cuerpo de acuerdo
a la identidad de género autopercibida, no sólo hace posible que cada persona pueda tramitar libremente los modos de vivir su corporalidad y/o su subjetividad más allá del binomio macho-hembra, sino que confiere a toda persona el derecho a percibir del Estado el reconocimiento legal –en el más
amplio sentido de la palabra– de la identidad de género adoptada, aun cuando ésta no coincida con el género asignado al nacer o con el nombre y sexo
registrados en su documentación, sin que medien pericias patologizantes. No
otra cosa persigue una ley de identidad de género integral. ¿Podemos, entonces, en vista de tales beneficios, darnos el lujo de abandonar una herramienta –imperfecta e inestable– que aún sigue deparando provecho emancipatorio?
Como puede suponerse, son muchas las demandas y las necesidades
que justifican la lucha de las mujeres y de las minorías sexo-genéricas. Para
satisfacerlas plenamente, tal vez no baste con aprender a utilizar el término
«género» en los modos convencionales, o con dotarlo de nuevos y más beneficiosos significados. Nadie puede pensar que la emancipación dependa de
usar las palabras apropiadas. Pese a eso, tal vez así se inicie la segura edificación de un escenario social más genuino, inclusivo y democrático.
Notas
Pese a la diversidad de significados que connota esta palabra en español, aquí la usar emos en el
estricto sentido que le han dado el feminismo y los estudios de género. En inglés es posible distinguir
–no así en español– entre «genus» –los géneros lógicos y biológicos–, « genre» –los géneros literarios,
artísticos, cinematográficos, etc.– y « gender» –los roles sociales de masculinidad y feminidad–. A lo
largo de este capítulo, trataremos de examinar y problematizar las connotaciones que ha ido adquiriendo en las últimas décadas esta última significación.
2
Con «feminismo de la segunda ola» se alude a aquel momento de la militancia feminista que se
desarrolló entre los años sesentas y setentas del siglo pasado. Si en la primera ola del feminismo el
objetivo fundamental de la actividad emancipatoria de los movimientos de mujeres consistía en la
superación de cier tos obstáculos legales a la igualdad –piénsese por ejemplo en la lucha de las
sufragistas–, las feministas de la segunda ola ampliaron los límites de su agenda, extendiendo sus
demandas a cuestiones tales como la sexualidad, la institución familiar, el mundo laboral y, sobre
todo, a los llamados «derechos reproductivos».
1
100
3 En una entr evista reciente, interrogada acerca de la distinción sexo-género, Butler señalaba: «No
estoy segura de que la distinción entre sexo y género siga siendo importante. Algunos antropólogos
en los años ochenta y noventa afirmaban que el sexo era un hecho biológico, y el género, la interpretación social o cultural de ese hecho biológico. Ahora, sin embargo, los historiadores de la ciencia
han demostrado que las categorías de sexo han cambiado con el tiempo, que ahora usamos criterios
diferentes para deter minar el sexo… No se puede decir que el género sea una forma cultural y el
sexo simplemente un asunto biológico, porque la biología misma tiene una historia social y no
siempre ha considerado el sexo de la misma manera». Y agregaba: «¿Existe un buen modo de
categorizar los cuerpos? ¿Qué nos dicen las categorías? Creo que las categorías nos dicen más sobre
la necesidad de categorizar los cuerpos que sobre los cuerpos mismos. A mí me resultó interesante la
distinción entre sexo y género porque permite, como decía Beauvoir, diferenciar entre anatomía y
función social, de modo que se podría tener una anatomía cualquiera pero la forma social no estaría
determinada por la anatomía» (2011: 68-70).
4
Desde los años noventa del siglo pasado, el feminismo de la tercera ola –o también, posfeminismo–
supuso una crítica radical de las concepciones, prácticas y agendas del feminismo de la segunda ola,
en particular, del modelo único de mujer que presuponía dicha forma de activismo. Esta forma
radicalizada y heterogénea de concebir el feminismo no sólo supuso una crítica antiesencialista de
ciertas definiciones universalistas de la feminidad –en concreto, la de las mujeres blancas, universitarias, burguesas, heterosexuales–, sino que involucró una revisión profunda del posicionamiento
feminista respecto de cuestiones tales como el trabajo sexual, la pornografía, las mujeres trans, etc.
En ese marco posfeminista no sólo encontramos los feminismos materialistas y naturalistas y los
transfeminismos a los que haremos alusión en la presente sección, sino también el feminismo postestructuralista de Butler resumido en el apartado anterior.
5
Foucault había entendido al sexo como una tecnología dependiente de ciertos dispositivos de
poder-saber desplegados por la burguesía desde fines del siglo XVIII con el propósito de asegurar su
hegemonía como clase. Dichos mecanismos se ponen en práctica a través de la pedagogía, la medicina y la demografía, suponen la intervención de entidades estatales creadas con ese fin y tienen
como objeto fundamental la regulación de la institución familiar. El recurso a tales dispositivos, a
saber, la histerización del cuerpo femenino, la pedagogización de la sexualidad infantil, la socialización de las conductas procreadoras y la psiquiatrización del placer per verso, hace suponer a Foucault
al menos dos cosas: (1) que las prescripciones y prohibiciones que tales mecanismos generan en
relación a la se xualidad lejos de inhibirla, reprimirla u ocultarla, la producen –del mismo modo que
la industria produce bienes de consumo y, así, crea deter minadas relaciones sociales–; y (2) que la
sexualidad deja de ser una cuestión laica, íntima, reservada a lo privado, para conver tirse en una
cuestión de Estado, sujeta a sus regulaciones (De Laur etis, 2000: 46-47; Foucault, 1995).
6 En el vocabulario de Foucault, se ha llamado episteme –o también «campo epistemológico»– a la
estructura subyacente que circunscribe el campo del conocimiento, es decir, el horizonte que delimita los modos en que los objetos son percibidos, agrupados y definidos. En sentido estricto, no es una
creación humana, sujeta a la voluntad de los sujetos cognoscentes; es más bien el lugar en el cual el
hombre es situado y en el que conoce y actúa de acuerdo a las regulaciones estructurales que dicha
episteme impone.
7
En los «Principios de Yogyakarta» se enuncia: «La identidad de género se refiere a la vivencia
interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal
del cuerpo (que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de
medios médicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que la misma sea libremente escogida) y otras
expresiones de género, incluyendo la vestimenta, el modo de hablar y los modales» (2006: 6).
8 El problema con la perspectiva defendida por Foucault, observa de Lauretis, es que «no concibe la
sexualidad como radicada en el género, con una for ma masculina y otra femenina, sino que la
considera única e igual para todos, y por tanto masculina». Es decir, la sexualidad entendida como
construcción y representación sigue siendo en Foucault una concepción patriarcal, androcéntrica en
la que la sexualidad femenina, en el mejor de los casos, es «una mera proyección de la masculina, su
101
opuesto complementario, su extrapolación» (De Lauretis, 2000: 48) con lo cual se desconoce el
modo diversificado en que la tecnología-género constituye los sujetos/cuerpos masculinos y femeninos.
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103
104
DE LOS DISCURSOS Y LOS CUERPOS
SEXUALES EN EL CAMPO CRIMINOLÓGICO
Y LAS INSTITUCIONES PENALES 1
Laura Judith Sánchez*
Hay tres ideas fuertes que intentaremos recorrer en este artículo. La
primera, tiene que ver con pensar el campo criminológico «sexualizado».
Consecuentemente, trataremos de mostrar cómo la criminología, como espacio de «construcción de saber», tiene un género y sexo desde donde se ha
edificado principalmente, en el sentido que se ha desarrollado desde voces y
cuerpos que se expresan desde una postura en particular, con una adscripción de género limitada a algunos bio-cuerpos. Los bio-cuerpos son los cuerpos cuyas realidades biológicas comparten características similares. Mientras
que los tecno-cuerpos son los construidos a partir de tecnologías de poder,
que hacen a nuestras sexualidades y sus diversas formas de manifestarse
(Preciado, 2011; Foucault, 2008).
La segunda, pretende identificar los propósitos del control social y el
castigo en algunos cuerpos sexuados. A esta idea la llamaremos selectividad
sexual del sistema penal. La noción de selectividad proviene de sociólogos,
como Becker (2010) y Lemert (1961), que desde la etnometodología y el
interaccionismo simbólico, intentaron dar cuenta de cómo el sistema y las
personas que lo instituyen eligen las conductas que van a crear como «desviadas». Esta expresión que tiene su génesis en la década del sesenta adquiere mayor fuerza con las complejidades sociales que posteriormente serán
* Abogada por la Universidad Nacional de Córdoba. Doctoranda en Derecho y Ciencias Sociales en
la Universidad Nacional de Córdoba. Maestranda en Criminología en la Universidad Nacional del
Litoral. Becaria CONICET-MinCyT Córdoba por el CIJS –Centro de Investigaciones Jurídicas y
Sociales de la UNC–. Adscripta a la cátedra de Derecho Constitucional de la Facultad de Derecho y
Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba.
105
analizadas por criminólogas/os críticas/os revisionistas como Pavarini (1983),
cuyos aportes han permitido avanzar en el análisis de tal categorización. Calificar de sexual a un tipo de selectividad penal nos parece que sintetiza uno
de los aspectos centrales de por qué algunos cuerpos sexuados son atrapados por el sistema penal, cuya implicancia alcanza a las prácticas policiales,
judiciales y penitenciarias en general.
La tercera, intenta explorar la idea de los «cuerpos atrapados» por el
sistema penal, partiendo de la noción del cuerpo como texto que se escribe e
inscribe en un contexto biográfico y relacional donde se desarrolla el sujeto y
en donde pone en juego su sexualidad. Aquí la intención es reflexionar sobre
la llegada de las instituciones penales en la vida de los cuerpos y sus sexualidades, así como también la configuración diferencial de ideas que importan
tratar a los diversos cuerpos conforme sus expresiones de sexualidades.
El pasaje por estas tres ideas matrices en este texto intenta dar cuenta
de la complejidad que reúne asumir la participación del discurso feminista en
el campo criminológico. Presenciar el encuentro de estos dos debates «disciplinares»2 , con diversas construcciones discursivas, conlleva amplificar la escucha y ampliar la mirada en ambos discursos, de modo tal que los aportes
que se han dado desde estos dos espacios permitan acercarnos a las realidades de los sujetos implicados en estos temas.
El género de la criminología y la sexualidad en el campo criminológico
Hay cierta tradición en el campo criminológico cuyas voces protagonistas están sostenidas por un discurso dominante que habla en «masculino»,
se para en «masculino» y establece «verdades» en «masculino»3 . Es decir, que
desde este punto de vista, la historia de las ideas criminológicas –claro está,
como ha ocurrido en otros campos– se construye desde voces dominantes
que dejan por fuera otras formas corporales y discursivas. Aquí uno podría
preguntarse también si es que estos otros «cuerpos-sujetos parlantes» 4 no se
han hecho parte de esta exclusión de participar en los debates criminológicos. Seguramente ha sido así, ya que las construcciones imaginarias, simbólicas y reales no se hacen de un solo lado, sino que participan aquellos otros,
aunque sea desde el silencio. Sin embargo, de las ausencias o los silencios no
106
se sigue que se deba hablar en nombre de otros/as para establecer instituciones, cuyos dispositivos penales tienen en mira la regulación de esos «otros/
as», mucho menos, si lo que está en juego es el control y el castigo a esas
otras formas corporales y discursivas que se reúnen en sexualidades diversas.
Por otra parte, la participación o no de las diversas realidades biográficas de
los distintos cuerpos y sexualidades5, en gran medida, está intermediada por
las propias relaciones de poder que se construyen y reconstruyen cada vez
(Foucault, 2000; 2005). En este sentido, las ideas expuestas hasta aquí no
son excluyentes entre sí: ni ese complejo de fuerzas interconectadas que llamamos poder, ni esa incorporación a los debates a través del lenguaje que
llamamos discursos son ideas separadas; más bien hacen parte de lo mismo.
Acordamos con Judith Butler (2011: 21-22) cuando enuncia «El poder no es
estable ni estático, sino que se rehace en las diversas coyunturas de la vida
cotidiana; él constituye nuestro tenue sentido de sentido común y se arraiga
de manera subrepticia como las epistemes prevalecientes de una cultura».
La idea aquí no es esencializar lo «masculino» y lo «femenino», ni tampoco ingresar en el debate y deconstrucción de estas categorías, aunque ese
ejercicio sin duda nos ayudaría a comprender más acabadamente las ideas
que intentaremos esbozar. Más bien, intentamos decir que más allá de que
«lo masculino» sea una posición del sujeto al igual que «lo femenino» y que
muchas veces no hay correspondencia con los cuerpos que culturalmente
asociamos como «hombres» o «mujeres», estas dos categorías se discuten en
tanto existen otras manifestaciones discursivas y corporales, como los trans,
bisexuales, lesbianas, gays o travestis. Lo que importa aquí es identificar esas
formas discursivas dominantes que históricamente han ocupado posiciones
de poder privilegiadas, que por su rasgo de imposición han devenido en
normas culturalmente predominantes, cuya característica es su configuración
a través de la exclusión de otras identidades6. De allí nuestra simplificación al
enunciar lo «masculino» y lo «femenino», no por tener la pretensión de reducir estas categorías que de por sí se presentan como complejas. Entiéndase
bien entonces, usamos aquí la expresión «masculino» para representar ese
complejo de fuerzas de imposición cuyos cuerpos y discursos están identificados con una posición dominante en tanto dispone de poder decir, hacer y
gobernar las formas jurídicas sometidas al arbitrio de mandatos culturales.
De esto último se sigue, que no sólo se trata de sujetos que disponen de la
ejecución de discursos, sino también de «complejos culturales»7.
107
En esta primera parte, la intención ha sido explicitar cómo se conectan
algunas nociones de sexualidades con el campo de la criminología. De esta
manera decimos que, aunque no muchas veces se piensa a este campo como
sexualizado, en rigor está trazado y construido desde los discursos de género
y de sexo que se dan en nuestra cultura. En resumidas cuentas, si a estos
discursos se les ha criticado tener como matriz un «contrato social heterocentrado, cuyas performatividades normativas han sido inscriptas en los cuerpos
como verdades biológicas» (Preciado, 2011: 13) lo propio se puede decir de
la criminología en tanto ha sido –y a nuestro modo de ver continúa siéndolo,
aunque en menor alcance por la influencia del feminismo en esta área del
pensamiento–, mediada por estas mismas concepciones.
Un primer punto entonces para poder reescribir algunas discusiones
de las diversidades sexuales en discursos donde se discute la cuestión del
crimen, el castigo y el control social, es poder dar cuenta que estos espacios,
aunque no esté dicho explícitamente, contienen en su interior concepciones
de la sexualidad bajo ese modelo heteronormativo y patriarcal8.
Si hay algo que las discusiones contemporáneas acerca de la sexualidad nos brindan, es la posibilidad de entender al castigo o la cuestión del
control social fuera de cualquier bio-figura representativa en las categorías de
«hombres» o «mujeres». Es decir, aunque la gran mayoría de las cárceles
estén pobladas de «hombres», ese hecho no da cuenta en nada que la sanción penal recaiga en el sexo «masculino», si admitimos que esta figura no es
un universal por tomar la forma de un cuerpo varón. Como tampoco da
cuenta de las múltiples sanciones que las diversas sexualidades sufren en su
carácter de sub-alternidades; por caso, los pabellones de travestis en la cárcel, la persecución penal del trabajo sexual o prostitución de mujeres, hombres, travestis, trans, gays y lesbianas, entre otros tantos casos que el sistema
penal sanciona diferencialmente en función de las inscripciones sexuales que
se asumen públicamente.
Que la criminología no haya podido dar cuenta de cómo se expresa el
castigo en las diversidades sexuales, sin caer en los universales «hombre» /
«mujer», es un reflejo de los cuerpos-sujetos que toman la palabra en este
campo. En la medida, en que las diversas formas corpóreas-discursivas participen de discusiones en las que son partes, este terreno de acción experimentará sus propias mutabilidades. Cruzar los campos de estudio con sus
distintas historias y trayectorias permite comprender mejor, y no por ello aca108
badamente, algunas políticas de control y represión que tienen por objeto los
cuerpos, que siempre son sexuados en sus diversas formas.
La selectividad sexual del sistema penal
Es ya conocida la idea de que el sistema penal es selectivo, en el sentido de que elige a quienes perseguir y castigar penalmente. Es decir, que no
sólo se castiga a quien transgrede una norma legal, sino que de un grupo de
infractores/as se escoge a algunos/as en particular y no a todos/as . «La aplicación de la ley es selectiva, y lo es diferencialmente entre distintos tipos de
personas, en diferentes momentos y situaciones» (Becker, 2010: 152). Es una
de las características que ha persistido en el tiempo y que hace a todo sistema
penal, que opera en dos sentidos: por una parte, en la definición de la conducta a punir dispuesta por el poder legislativo, y por otra parte, en la persecución confinada al poder policial, cuya tarea radica en la selección de las
personas que están a su alcance (Daroqui, 2002). Esto es lo que Pavarini
(1983) ha llamado proceso de criminalización, y ha dicho que este proceso
no puede agotarse en la fase inicial, que técnicamente llama criminalización
primaria, o sea, en la previsión normativa, sino que a ésta le sigue «un proceso bastante complejo e indudablemente más marcado por valoraciones políticas discriminatorias que hace así que en concreto solo ciertos sujetos sufran
a distinto nivel los efectos de la criminalización» (Pavarini, 1983: 147). Esta
segunda fase es señalada como proceso de criminalización secundaria y contempla los órganos de control –jueces, policías, etc.– en la acción de la selección de qué ilegalismos deben ser penalmente perseguidos y qué sujetos deben ser criminalizados.
Dicho esto, el propósito aquí es poder pensar qué relación tiene esta
selectividad con la sexualidad y el género como procesos que inevitablemente ligan al sujeto con su cuerpo. En pocas palabras, lo que nos interesa pensar
es si hay alguna especificidad en la selectividad penal que se vincule con la
sexualidad. En cierta manera, parece obvio que consideramos que existe tal
vínculo. Sin embargo, lo que no aparece tan claro es de qué tipo de vínculo
se trata y qué implica esta relación. Trataremos de avanzar en esta dirección.
Si partimos de que el sistema penal y sus discrecionalidades en la aplicación de las normas está alcanzado por los discursos que giran en torno al
109
género y el sexo específicamente, pero también al uso que se hace de los
cuerpos genéricamente, entonces se nos presenta con más evidencia la ligazón entre la práctica penal y los discursos de la sexualidad, en lo que aquí
hemos dado en llamar «la selectividad sexual del sistema penal». Se trata de
una práctica penal alcanzada por discursos del deber ser en torno a la sexualidad y el género.
Veamos algún ejemplo que dé cuenta de los supuestos arriba planteados. El caso más corriente es la persecución de la prostitución en figuras
contravencionales. Sabemos que la prostitución o el trabajo sexual9 no es un
delito, sin embargo es objeto de persecución del sistema penal. Aunque la
aplicación del texto jurídico no sea el Código Penal, sino el Código de Faltas,
consideramos que este último es parte del sistema penal por implicar las
mismas agencias de seguridad –policía y poder judicial, en principio–.
Si tenemos en cuenta el análisis de selectividad que hemos realizado
podríamos pensar que un primer momento sería la creación de la figura contravencional como falta. En este caso la prostitución en sí misma no es considerada una falta para el Código contravencional de la provincia de Córdoba10, sino que es llevada a esta categoría la «prostitución escandalosa» (Etchichury y Juliano, 2009). Aquí ya vemos una primera selección: como la prostitución no puede ser considerada delito ya que contrariaría otras disposiciones jurídicas como la Constitución Nacional11, el/la legislador/a provincial le
ha asignado un calificativo para atrapar a esta conducta, sin embargo, sigue
presentándose contradictoria del ordenamiento jurídico y, no obstante, tiene
vida práctica. Esto, en parte, se explica porque responde a la sanción de
normas no jurídicas –aunque sean contrarias a la ley escrita–, normas que
podríamos llamar de carácter moral, hecho que también nos ayuda a explicar la criminalización primaria a la que se refiere Pavarini. Respecto de este
último aspecto nos gustaría distinguir dos cuestiones. La primera atiende al
fundamento moral antes que jurídico de la sanción de esta norma. La segunda y quizá la más interesante es poder analizar cómo tras esta figura llamada
«prostitución escandalosa» ya hay una implicancia selectiva: si de lo que se
trata es de sancionar y penalizar la «prostitución molesta», lo que queda por
fuera es toda aquella prostitución que no sea escandalosa, es decir, que no
sea públicamente tildada como tal. Hay aquí una doble moral, la prostitución
como conducta permitida jurídicamente y la sanción/castigo de ésta en resguardo de la «moralidad pública». Nótese que el acento está puesto en el
110
escándalo, que parece hacer referencia más al espacio público. Lo que escandaliza es lo que se nos muestra públicamente y, por consiguiente, surge aquí
la primera noción de selectividad: hay que sancionar a quien nos muestre en
el escenario público el ejercicio de una profesión que ofende a algunas personas, aunque otras tantas gusten de ese encuentro. Por lo que se elige, de la
totalidad de personas que ejercen el trabajo sexual, sólo a las que se muestran en las calles, en barrios, en la ciudad, relegando este ejercicio a la clandestinidad y su «puesta en escena» al espacio privado, aunque muchas veces
este último implique mayores afectaciones 12. No importa la regulación del
ejercicio de tal profesión, sino su prohibición pública. Vemos entonces, cómo
a pesar de permitírsenos el uso de nuestro cuerpo conforme decidamos, se
nos prohíbe cuando se trata de una transacción económica del sexo; tenemos derecho a gozar de nuestra sexualidad, pero no si públicamente mostramos que pagamos por ello.
De lo expuesto también se sigue la criminalización secundaria de esta
norma, que estará a cargo de la policía y que implicará también elegir a quién
sancionar. No sabemos, ciertamente, cuáles son los múltiples factores que
pueden incidir para elegir a quién castigar, pero podemos suponer que las
nociones que tengan los/las agentes policiales sobre la sexualidad van a impactar sin duda en este terreno. Un interrogante que nos queda pendiente es
poder comprender un poco más sobre los alcances que tiene la institución
policial en los sujetos encargados de aplicar la norma, por un lado, y el alcance y la densidad que los/las agentes policiales le dan a dicha norma, por otro.
Aun así, sabemos que esta norma tiene una aplicación práctica que muestra,
por lo menos, que algunas de las nociones que presentábamos en la primera
parte de este análisis entran en juego, por caso: la asociación de roles culturalmente establecidos según las formas sexuales que corporicemos –»varón»,
«mujer»–, la moralización de la sexualidad, la heteronormatividad, entre otros.
Aunque la prostitución sea uno de los casos más notables hoy13, la
relación entre sexualidad y sistema penal no se agota en ésta. Si pensamos
que todo cuerpo está signado por símbolos provenientes de los distintos discursos acerca del género y del sexo, entonces inevitablemente las relaciones
que se produzcan en este campo estarán implicando a estos discursos. Es por
ello, que todo cuerpo alcanzado y tocado por el sistema penal tendrá un trato
conforme la asignación del sexo y el género que se le dé. El punto aquí es
111
poder pensar específicamente estas significaciones y lo que esto implica en la
práctica, ya que un cuerpo alcanzado por el sistema penal es un cuerpo que
pierde «parcialmente» su libertad, es un cuerpo en estado de sujeción especial por parte del Estado y de los actores –policías, guardias cárceles, jueces–
que actúan en representación de éste. Dicho esto, podemos avanzar en pensar que todas las detenciones, consciente o inconscientemente, implicarán
algunas nociones de sexualidad y de género, y éstas se desplazarán a las
prácticas de las personas con el poder de ejercer el derecho penal.
Así como en la primera parte hemos planteado que existe un discurso
dominante en la criminología, esta situación no es más que un reflejo de lo
cultural y por lo tanto alcanza a distintos escenarios de la vida social. Estos
discursos dominantes que algunos movimientos en lucha y académicas/os
han llamado sistema patriarcal y heteronormativo (Femenías, 2009), tiene
un fuerte impacto en todas las relaciones sociales, y lo que en nuestras sociedades preocupa principalmente es la intolerancia que esto conlleva. No sólo
se trata de un discurso dominante, discriminatorio y de imposición, sino que
afecta la vida misma de las personas, es decir, hay una traslación de los
enunciados a los actos de imposición. Estos actos adquieren mayor potencia
cuando se trata de la fuerza punitiva estatal, cuyo límite no se encuentra sino
en los propios sujetos que encarnan el poder efectivo, en sentido amplio14. Y
nótese que no se trata de cualquier poder, sino del poder punitivo, con fuerza
de castigar.
Hay entonces, entre los sujetos que entran al terreno del sistema penal,
un lazo que está intermediado por las representaciones de los cuerpos y sus
sexualidades. En este sentido, hay otros tantos ejemplos menos explícitos
que la prostitución, pero no por ello menos relevantes. ¿Qué pasa cuando
una persona detenida es un travesti o un trans? ¿Importa la condición sexual
de una persona al momento de la detención? ¿Es lo mismo un cuerpo varón
que un cuerpo mujer en el sistema penal? Son muchos más los interrogantes
que se nos plantean al pensar las diversidades sexuales en el campo del derecho penal. También podemos formular preguntas en términos sociales: ¿qué
nos pasa a nosotros frente a estas situaciones? ¿Qué interpela de cada uno de
los sujetos no implicados directamente en el sistema penal, es decir, que se
ubican por fuera de este terreno? Ciertamente, este «por fuera» localizado en
la pregunta, nos implica dentro; pues el sistema penal hace parte de las instituciones que admitimos socialmente, aunque muchas veces el «trabajo su112
cio» esté delegado al verdugo uniformado que invisibilizamos, pero necesitamos verlo.
Volviendo entonces a las primeras ideas de este apartado, ¿de qué está
hecho el vínculo o la relación entre sistema penal y sexualidad, género y
cuerpos? No parece una pregunta fácil de responder, pero podemos valernos
de algunas pistas. Pareciera ser una relación compleja que involucra a ciertos
sujetos e instituciones que configuran una trama social que vincula a sus
actores y a los discursos que sobre ellos se expiden, con el sistema penal, y
que a su vez, se nos presenta como marginal.
Lo primero que debemos decir es que todo el sistema penal es asumido marginalmente en el sentido que despierta el interés y la preocupación de
pocos15. Sin embargo, curiosamente, a todos nos interesa su existencia. Hoy
resulta muy difícil pensar en la eliminación o inexistencia del sistema penal,
es decir, sin cárceles, policías y comisarías. Hoy, más que en otros momentos
democráticos, hay una mayor aceptación y hasta un pedido de «Estado Penal» (Wacquant, 2004). Hablar de un Estado Penal implica un desplazamiento de las políticas públicas sociales a las políticas criminales represivas, que
en términos prácticos se traduce en un aumento de control.
La idea de «control social primario» ha entrado en crisis, pues están en
quiebra las instituciones y los/las agentes sociales que tienen a su cargo la
gestión de aquel. Al mismo tiempo, ha adquirido mayor fuerza la aplicación
del «control social secundario». En este punto, seguimos los criterios establecidos por Larrandart (2001) para diferenciar ambos tipos de control social.
Éste es entendido como aquellas formas organizadas en que la sociedad responde a comportamientos y personas que define como desviados/as, problemáticos/as, preocupantes, amenazantes, peligrosos/as, molestos/as e indeseables de una u otra manera.
Los procesos de control social intervienen en dos niveles: el educativopersuasivo (representado por instituciones como la familia, la escuela, la
iglesia, etc.), en el cual se produce la ‘interiorización’ de las normas y de
los valores dominantes, y el control secundario o represivo, que actúa cuando surgen compor tamientos no conformes con las normas aprendidas (L arrandart, 2001: 88).
Una hipótesis simplista sería que el control social secundario se impone con mayor fuerza porque las instituciones del control social primario están
113
en crisis. Sin embargo, se trata de algo que parece tener mayor complejidad.
En principio porque sería tautológico pensar lo uno como causa de lo otro, es
decir, presenta ciertos vicios el razonamiento que reduce la causa del control
penal a la crisis de las instituciones de la familia, la escuela, etc. Esto no
significa que no tengan ningún impacto las crisis de estas instituciones y sus
discursos, sino que esto no alcanza para explicar lo que está ocurriendo en el
ámbito represivo de nuestra sociedad. Incluso se podría pensar que gran parte de las crisis de estas instituciones tienen que ver con el endurecimiento del
sistema penal y el consiguiente crecimiento del Estado Penal, ya que éste
implica por excelencia la ruptura de lazos sociales y de solidaridad.
Decimos que el sistema penal supone la ruptura de los lazos sociales
porque los efectos que tienen sus instituciones –institutos correccionales, cárceles, detenciones– llevan consigo un estigma (Goffman, 2008), un apartamiento de las redes sociales a las que pertenecen los sujetos, de sus vínculos
afectivos y los hábitos cotidianos. Hay una transformación del sujeto asistida, en gran medida, por parte de las instituciones penales.
Pensar en la ruptura de los lazos sociales, que nuestro entorno cultural
sufrió principalmente a partir del neoliberalismo –no sólo en lo que respecta
al modelo económico, sino en su aspecto político, y con ello el impacto en la
cultura y la sociedad–, permite agregar un elemento más a esta crisis de las
instituciones de control primario a la que más arriba hicimos mención. Esto
también en parte pareciera contribuir a la formación de una sociedad más
desarticulada, des-localizada y en gran medida intolerante frente a la diferencia. Estos rasgos son los que integran al sistema penal, convirtiendo la relación entre lo social y lo penal en una simbiosis maltrecha.
El sistema penal y represivo es un asunto central que convoca hoy a
los/las actores/as interesados/as en el gobierno de la cosa pública, y cuya
gobernabilidad está dada por convertirlo en la política pública por excelencia. Mientras, resultan marginales quienes son atrapados por la «justicia penal», pues están en los márgenes sociales, son aquellos que Wacquant (2001)
llamaba «parias urbanos». Este concepto puede ser entendido más allá de los
enclaves de pobreza a los que se refiere dicho autor, en el sentido de pensar
las condiciones de pobreza junto a la afectación de aquellos cuerpos sexuados que resultan el objeto de las políticas públicas de control, prevención y
«profilaxis» social.
114
En este escenario es donde los cuerpos registran su aparición pública y
son interceptados por los discursos que definen qué formas éstos deben tomar para presentarse en sociedad y de qué manera deben manifestar su sexualidad, cuyos imperativos continúan asociados a los discursos normativos conservadores que prescriben un orden social basado en la heterosexualidad y la
reproducción biológica (Vaggione, 2009; Guasch y Osborne, 2003) y que
dejan por fuera diversas expresiones, cuya condena social muchas veces alcanza a la condena penal.
La apropiación de los cuerpos en el sistema penal y su impacto en
lo sexual
Traemos aquí la idea de cuerpo «como superficie donde se inscribe lo
social y como lugar de la experiencia vivida» que Sylviè Frigon (2001: 20)
toma como concepto axial de los planteos de Préjean: «lo que está en juego
del poder en las instituciones, es directa o indirectamente la apropiación del
cuerpo» (en Frigon, 2001: 11)16. Lo que nos interesa destacar por ahora es la
idea de «apropiación del cuerpo», pues es lo que atraviesa a las instituciones
del sistema penal.
Asimismo, este elenco de sentidos que comporta la definición de cuerpo que presentamos en el párrafo anterior, puede ser ampliado con algunas
notas que Preciado hace al conceptualizarlo como «un texto socialmente construido, un archivo orgánico de la historia de la humanidad como historia de
la producción-reproducción sexual, en la que ciertos códigos se naturalizan,
otros quedan elípticos y otros son sistemáticamente eliminados o tachados»
(2011: 18).
El pasaje de un «cuerpo sujetado civilmente» –en el sentido que está
regulado por ciertas reglas de «civilidad» que se vinculan con el derecho civil–
al «cuerpo penalizado», no es una traslación que se produce sin ninguna
marcación. Ese pasaje importa una pérdida de derechos, libertades, pero
muchas veces de la propia materia prima de la que está hecho el cuerpo. Es
por ello, que nos parece importante indagar en lo que sucede dentro de ese
sistema oculto a la vista del público y que en su interior impacta en las formas
relacionales de los sujetos alcanzados por éste.
115
¿Quién regula las requisas en los cuerpos? ¿Qué pasa por los cuerpos
cuando se realizan requisas vaginales o rectales? Es interesante pensar no
sólo en la construcción y reinscripción de los cuerpos sujetados al derecho
penal, sino de los cuerpos que sujetan. ¿Cuál es aquí la reinscripción del
sujeto que actúa, de quien realiza dichas operaciones y mecanismos de controles penales?
Vemos entonces que la sexualidad participa de muchos otros procesos
que integran al sistema penal, no sólo de las figuras jurídicas que explícitamente se pronuncian acerca de la sexualidad, que regulan la moralidad de
los cuerpos, sino de todas las prácticas que se ejecutan al interior de los
dispositivos penales, que son jurídicos, pero también políticos y culturales.
La apropiación de los cuerpos reinscriben las subjetividades y marca,
de alguna manera, «identidades deterioradas». Esta idea es la que Goffman
(2008) usa para definir un estigma, como aquel rasgo que acompaña al sujeto y que afecta a sus relaciones sociales.
¿Qué es lo que queda atrapado del sujeto en ese cuerpo cuando participa el sistema penal? ¿Qué significa que el sistema penal atrape a un cuerpo? ¿Qué queda del cuerpo del sujeto y qué del sujeto que acompaña ese
cuerpo?
La sexualidad aquí participa de un limbo, de un borde que está atado
al cuerpo, pero conformada por esa subjetividad andante que constituye al
sujeto. Esta cartografía viviente, estos cuerpos sexuados y signados por sus
múltiples partes discursivas se ven ahora alcanzados por el sistema penal,
que reconfigurará el mapa geográfico del sujeto y re-significará las partes de
ese cuerpo. Ha de esperarse que ese panorama no sea el más satisfactorio
para los sujetos, pues del sistema penal no se espera nada bueno, sino sufrimiento, castigo, expiación. Después de todo, los sistemas penales nunca
terminaron de secularizarse; en su interior se responde a la idea de pérdida
del pecado, de ese mal que es necesario extirpar para purificar las almas
(Foucault, 2005), recomponer el bien produciendo un mal, es decir, un castigo, un acto de venganza. Veamos la idea que Durkheim nos indicara en su
famosa obra «La división del trabajo social»17:
Es indudable que en el fondo de la noción de e xpiación existe la idea de
una satisfacción concebida a algún poder, real o ideal, superior a nosotros. Cuando reclamamos la represión del crimen no somos nosotros los
116
que nos queremos personalmente vengar, sino algo ya consagrado que
más o menos confusamente sentimos fuera y por encima de nosotros.
Esta cosa la concebimos de diferentes maneras, según los tiempos y medios; a veces es una simple idea, como la moral, el deber; con frecuencia
nos la representamos bajo la forma de uno o de varios seres concretos: los
antepasados, la divinidad. He aquí por qué el derecho penal, no sólo es
esencialmente religioso en su origen, sino que siempre guarda una cierta
señal todavía de religiosidad (Durkheim, 1993: 127-128).
Podemos reconocer un objeto simbólico del sistema penal instituido
por la descripción dada arriba, pero hay también un objeto material que se
vale de los cuerpos de las personas alcanzados por los dispositivos penales. Y
esto es lo que traza en gran medida las discusiones del género y la sexualidad
en los sujetos, porque es precisamente de esto en parte de lo que están hechas las múltiples identidades.
La relación del sujeto con su cuerpo, los discursos culturales y sociales
que sobre él se expongan, las prescripciones morales en relación al «deber
ser» de cómo públicamente debemos presentarnos como cuerpos sexuados,
y los dispositivos penales, acompañados de un discurso jurídico cuya investidura está dada por el poder al que representa con fuerza de ley, son un
complejo de relaciones que regulan algunas vidas en función de los propósitos políticos convenidos. Dichas convenciones –jurídicas o sociales, pero siempre políticas– resultan de difícil comprensión, en especial en lo que se refiere
a las partes que participan de dichos «acuerdos» normativos.
Algunas reflexiones finales
Asumiendo que la discusión aquí ha intentado rondar en tres aspectos
y que, lejos de estar cerrada, se nos presenta para desafiar la continuidad del
pensamiento sobre estos problemas, plantearemos a modo de cierre algunas
preguntas que quedan sin contestar, o apenas hemos podido contestarlas de
manera incompleta.
Atendiendo al primer aspecto que hemos presentado, en relación a las
posiciones de género y de sexualidad que se presentan en la producción de
sentidos en el campo criminológico: ¿qué hay para revisar en la criminología,
en general, y en la «nueva criminología», en especial, en relación a los discur117
sos sobre la sexualidad y el género?; ¿son aspectos re-fundantes en la construcción de un saber criminológico asumir al cuerpo y su sexualidad y las
prescripciones que se hacen de sus géneros?; ¿o da lo mismo seguir tratándolos como asuntos marginales? Ciertamente, creemos que el cuerpo ha sido
un tema central de la criminología, como ocurre en gran parte de los discursos que pretenden comprender y analizar a los sujetos y las instituciones que
inciden sobre éstos, pero el asunto aquí es tomar el cuerpo también sujeto a
deseos, cuerpos sexuados, que son atravesados por diversos discursos que
constituyen sujetos con reinscripciones demarcatorias de posiciones subjetivas diversas.
Un segundo aspecto al que hemos referido es la relación entre selectividad penal y sexualidad, donde surgen como interrogantes centrales: ¿cómo
está conformado el vínculo entre los dispositivos penales, los dispositivos
sexuales y los cuerpos sujetos a las tecnologías del poder?; ¿qué sentidos y
significados tienen las diversas sexualidades en el ámbito penal?
El tercer aspecto, que atiende a la «apropiación del cuerpo» por parte
de las instituciones que intervienen en el sistema penal, nos motiva a preguntarnos qué queda del cuerpo del sujeto y qué del sujeto en ese cuerpo cuando es alcanzado por el sistema penal. Y una pregunta anterior: ¿siempre que
actúa el sistema penal alcanza parte de la sexualidad de los «cuerpos atrapados»?
Finalmente nos gustaría aclarar que, aunque no focalizamos en la distinción entre la idea de que la sexualidad sea objeto de persecución penal y
aquella otra noción de que el sistema penal entrampa discursos y prácticas
que regulen la sexualidad, no implica que desconozcamos que se tratan de
dos aspectos distintos. Aquí la intensión ha sido arrimar una noción de cuerpos hablantes y de sus sexualidades al campo de lo penal, bordeando el
discurso criminológico.
Estos temas importan un compromiso con las realidades subjetivas y
políticas de los cuerpos vivientes que participan de las relaciones de poder,
cuya trama está intermediada por múltiples intereses –económicos, políticos,
religiosos, jurídicos y culturales– que la atraviesan para excederla. Tratar estos temas implica asumir una expedición de la que no sabemos un destino
cierto, desconocemos cómo se puede reescribir y qué se reescribirá de la
historia de cada sujeto, de su cartografía vivida; pero que sin duda alguna,
dicho sujeto será una pieza de lo social de lo que hará parte.
118
Notas
Hay al menos dos aclaraciones que nos gustaría hacer de modo tal que sir van de advertencia al
lector o lectora. La primera de ellas quizá parezca una obviedad, pero muestra una postura epistemológica al respecto y es que este texto debe enmarcarse en un proceso r eflexivo; no acabado en sí
mismo, sino que está siendo y, por tanto, responde a una construcción del presente-pasado, es decir,
a un esfuerzo de pensar problemas del presente que se manifiestan en el transcur rir del tiempo, pero
que no se reconocen sino en un pasado inmediato o mediato, en tanto los temas que nos ocupan
aquí están siendo en la medida que ya han ocurrido. Por ejemplo, reconocemos que hay conflicto de
posiciones políticas en torno a los discursos de la sexualidad en la medida que los actores y prácticas
se hayan manifestado aunque más no sea en un pasado inmediato. En ese sentido, decimos que es
importante aclarar esto porque este punto de partida ya marca una postura no sólo del proceso de
construcción de lo que suponemos saber, sino de todos aquellos discursos y prácticas que gir en en
torno a la sexualidad y el sistema de represión estatal o el castigo/sanción en general. La segunda
aclaración es la de situar a este texto en un ejer cicio de interpretación singular, en proceso de construcción, como ya se ha dicho antes, pero también como un discurso particular, que no pr etende
universalizar ni tampoco saberse acabado, sino más bien dir emos que es una mirada sobre un fenómeno social, político y cultural que se viene construyendo históricamente y que puede abordarse
desde diversos enfoques. La postura que aquí pr esentamos es una reflexión más de ese conjunto.
Por supuesto que la generalización es un recurso al que debemos acudir para plantear estos temas,
pero ello no importa decir que se puede e xplicar todo con una sola mirada, ya que la complejidad
que reúnen los temas como la criminología y la sexualidad exceden el objetivo de este trabajo aun
cuando estos dos grandes discursos en general sean el objeto del mismo.
2
Usamos la expresión «debates disciplinares», no por creer al conocimiento o al saber como construcciones separadas en disciplinas, sino más bien como referencia didáctica que nos indica distintas
trayectorias en sus discusiones y teorizaciones, pero no por ello aisladas la una de la otra.
3
Aquí nos referimos a que desde el comienzo de la criminología la producción teórica y discursiva
ha sido llevada a cabo principalmente por «hombres varones» –con un fuerte imperio de la heterosexualidad como norma–. Y en ese sentido, la construcción del «Otro» –sea mujer, gay, lesbiana,
trans o travesti, entre otras formas de expr esión e identidades– ha sido elaborada desde el discurso
de un sujeto construido desde esos cuerpos varones. Lo interesante aquí es que este es un rasgo que
se sostiene con independencia de la «Escuela Criminológica» de que se hable. Desde la escuela
clásica del derecho penal, pasando por el positivismo y llegando a nuestros días con la criminología
crítica, en todos los casos, ha habido una posición «masculina» dominante.
4 L a idea de «cuerpos-sujetos parlantes» es tomada del libro Manifiesto contrasexual de Beatriz
Preciado (2011). En este texto, la autora utiliza este concepto para sustituir el contrato social que
denomina Naturaleza por el que propone de «contrato contrasexual». En esta oportunidad, lo que
nos interesa exponer no es tanto la discusión de a qué tipo de contrato vamos a suscribir, sino la
noción de los cuerpos que hablan, que expresan sus propios deseos. Es en ese sentido que tomamos
la expr esión «cuerpos-sujetos parlantes», ya que refiere a un sujeto cuyo cuerpo habla para comunicar sus deseos, sus expresiones sexuales, sus identidades, en fin, la for ma en la que manifiesta el
gobierno de sus propios placeres. Es este el sentido y alcance que le damos a tal expresión.
5 L a sexualidad es entendida como intersección entre el cuerpo y la subjetividad de quien está ligado
a éste.
6 Lo «normal» –en tanto norma– se configura y constituye por oposición a otras identidades sexuales; no hay aquí una definición intrínseca de la norma, es decir, de «la mujer» o «el varón » como
categorías universales –que de por sí son de sospechosa existencia–, sino que más bien estas nociones están dadas por su oposición a lo que no es y por lo tanto a lo «anormal» –por fuera de la
norma–.
7 La idea de «complejos culturales» aquí refiere a las distintas relaciones y sus for mas, que se dan en
la cultura y que representan un conjunto de símbolos configurados a través de las intersubjetividades que son llevadas a categorías más amplias y de mayor alcance como las representaciones socia1
119
les. Así, cuando decimos «mujer», independientemente de lo difícil que resulta su definición, nos
remite a una idea más o menos compartida culturalmente que da cuenta de algunos puntos comunes de los que par timos. La idea aquí es poder r epensar también estas nociones que damos por
sentadas.
8 La heteronormatividad se refiere a un modelo de norma –social, política y jurídica– que impone la
heterosexualidad como patrón convencional de «normalidad». Así, todas las otras expresiones con
distintas identidades sexuales que se ubican por fuera de este modelo cuya prescripción normativa
es la heterosexualidad, serán tratadas como «anormales». En tanto, la noción de «modelo patriarcal»
remite al poder de gobierno del «hombre» y en ese sentido implica el privilegio de crear las normas
y distribuir los derechos. Partiendo del principio de la «igualdad entre los hombres» se ha creado el
sujeto de derecho desde múltiples exclusiones, así, solo será considerado tal el hombre, varón,
adulto, blanco, heterosexual, propietario.
9 Hablamos de trabajo sexual en reconocimiento a la presentación pública que algunas personas
hacen de sí mismas, en observación a sus luchas y también de sus voces, en el sentido que son
actores sociales protagonistas que se e xpresan y hablan de sí. Ejemplo de esto es el Sindicato de
Mujeres Meretrices de la Argentina: AMMAR.
10
El ar tículo 45 del Código de Faltas de la Provincia de Córdoba –Ley 8.431– establece como figura
contravencional a la «Prostitución molesta o escandalosa. Medidas profilácticas o curativas». El texto
legal dispone: «Serán sancionados con ar resto de hasta veinte (20) días, quienes ejer ciendo la prostitución se ofrecieren o incitaren públicamente molestando a las personas o provocando escándalo.
Queda comprendido en este caso el ofrecimiento llevado a cabo desde el interior de un inmueble
pero a la vista del público o de los vecinos. En todos los casos será obligatorio el examen venéreo y
de detección de todas las enfermedades de transmisión sexual y, en su caso, el tratamiento curativo».
11 Ejemplo de esto es el ar tículo 19 de la Constitución Nacional, que ha prescripto el principio de
reserva. «Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y la moralidad pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de
los magistrados. Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni
privado de lo que ella no prohíbe». Aunque esta nor ma puede ser discutible por la ambigüedad de
las palabras que utiliza –que pueden ser objeto de múltiples interpretaciones–, aquí adoptamos la
postura que entiende que los tres enunciados como condición del principio de reserva deben ser
entendidos acumulativamente, de lo contrario daría grandes márgenes de discr ecionalidad para
quien dispone del poder de aplicar la norma. Tanto la noción de «orden público» como la de «moralidad pública» tienen muchísimas interpretaciones posibles. Por ello, hay que sumarle el perjuicio a
terceros, que para la ley no puede ser subjetivo, pues hay tantas subjetividades como sujetos existen,
por lo que el perjuicio debe ser material. Pero dejemos este debate para otro momento, por ahora
nos interesa ver cómo se producen al interior del discurso jurídico contradicciones imbricadas, que
per miten márgenes interpretativos para un lado u otro, y que se resuelve por la disputa de poder y
de los intereses que entran en juego en este terreno.
12
Obsér vese que la figura del proxeneta está penalizada y, sin embargo, es un caso poco usual la
aplicación de dicha normativa. Este tipo de conductas, al igual que la trata, están sancionadas por el
Código Penal Argentino en sus artículos 125, 125 bis, 126, 127, 127 bis, 127 ter, 128, entre otras
disposiciones y leyes especiales. Hay que tener en cuenta que estas figuras son distintas a la de la
prostitución de mayores de edad que eligen y deciden sobre su propio cuerpo. Paradójicamente, la
persecución penal se realiza con mayor intensidad en estos últimos casos antes que en los primeros.
13
Esto en par te se debe a la organización y la visibilidad pública que asumen organizaciones como
AMMAR, donde se han podido sindicar personas que ejercen dicha actividad.
14 Aquí no hacemos referencia sólo a los policías, sino a todos los responsables directos e indirectos,
es decir, también implica a los actores políticos que dirigen las agencias de seguridad. Pensemos en
que tanto la policía como el sistema penitenciario están a cargo del Poder Ejecutivo, sea provincial o
nacional.
15
Esto quizá se deba a que resulta poco atractivo ocuparse de los y las «culpables», aun cuando
120
dicha culpabilidad sólo sea presunta y no confirmada. De todas maneras, siempre la idea de justicia
penal lleva consigo el rechazo social. Si a la trasgresión le corresponde el castigo, al sistema penal el
rechazo social. Casi se podría pensar que es un tema que pr eferimos delegar y en lo posible desvincularnos; pues si de lo que se trata es de gobernar lo que socialmente definimos como «males», se
prefiere que otros sean los que se relacionen con esos «males», mas no quien se pretende «bueno».
16 Aquí, la única discrepancia que podríamos tener con la autora es que para ella la apropiación se
produce por sometimiento, y nos par ece que hay algo más que sometimiento en cómo se dan las
relaciones de poder. Afirma la autora que «Esta apropiación se concreta mediante prácticas de
sometimiento, ‘una tecnología política del cuerpo’» (Frigon, 2001: 11). Y más adelante, citando a
Foucault indica «una tecnología política del cuerpo en la cual se apunta a la docilidad, la obediencia,
el sometimiento, pero también a la producción» (2001: 16). No obstante, conviene aclarar que, en
este texto, se ocupa de los cuerpos en el encierro y en especial en la cárcel. Asimismo, realiza una
parte de su análisis distinguiendo los cuerpos encar celados en cinco rúbricas teóricas, a saber: el
«cuerpo marcado», el «cuerpo enfermo», el «cuerpo alienado», el «cuerpo víctima» y el «cuerpo
resistencia», lo que podría interpretarse como algo más allá del sometimiento, sin embargo no es
algo que se encuentre explicado por la autora. Más bien se da por supuesta la relación de sometimiento, que no negamos que exista, sino que creemos que se trata de vínculos y prácticas que no
son puramente comprendidas por el sometimiento. Muchas veces el control en la sexualidad en
contextos de encier ro como la cárcel, por ejemplo, habilitan formas subalter nas: a pesar del fuer te
control de la sexualidad en espacios de encierro se generan historias de amor y relaciones sexuales
que subvierten la imposición de regular totalmente los cuerpos.
17
No tenemos aquí ninguna pretensión de analizar dicha obra, sólo la traemos a colación para
apuntar la idea que indicáramos como una característica que sobrevive en nuestros sistemas penales.
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122
SEGUNDA PARTE
Regulación de la sexualidad
y derechos
123
124
SEXUALIDAD Y DERECHO
ALGUNAS NOTAS SOBRE LA REGULACIÓN
DE LA SEXUALIDAD EN LA ARGENTINA
Jaqueline Vassallo*
I. A manera de presentación
En este trabajo, intentaremos describir brevemente los distintos modos
en que el derecho ha intervenido como una herramienta o dispositivo de
regulación de la sexualidad en la historia argentina. Se trata de un breve
repaso desde la colonia hasta nuestros días.
Como sostiene Peña González (1999), el derecho es una práctica social, una construcción social en la que se infiltran el poder, el erotismo y la
diferencia; y se encuentra muy lejos del conjunto de reglas ordenadas e inmutables que se empeñan en enseñar en las aulas de las Facultades de Derecho de América Latina.
El estudio de la sexualidad desde una perspectiva histórico jurídica no
ha concitado el interés de la historiografía jurídica argentina, a diferencia de
lo sucedido en España, con los trabajos de Tomás y Valiente y Bartolomé
Clavero, que reflexionaron sobre la homosexualidad y la relación entre delito
y pecado en el marco de un curso de verano dictado en la Universidad Autónoma de Madrid y cuyos resultados fueron publicados por Alianza en 1990
(Tomás y Valiente et al, 1990). Cabe agregar que en los últimos tiempos,
fueron editados en Argentina algunos estudios sobre la historia de la sexuali* Doctora en Derecho y Cs. Sociales, Universidad Nacional de Córdoba –UNC–. Investigadora
adjunta del CONICET. Profesora titular por concurso de la Facultad de Filosofía y Humanidades.
Directora alter na del Doctorado en Estudios de Género, Centro de Estudios A vanzados UNC. Directora de la Colección de Ciencias Sociales, Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba.
125
dad a nivel de difusión que se han transformado en éxitos editoriales (Bazán,
2004; Andahazi, 2008; 2009; 2010).
Ahora bien, para el abordaje de nuestro estudio, intentaremos situar el
discurso jurídico en su debido contexto histórico, articulándolo con otros discursos sociales. Para ello, trabajaremos con fuentes jurídicas y no jurídicas: el
discurso religioso, letras de tango, de rock, poesía y cine, a través de los que
se interpelaba al derecho vigente o a instituciones que éste sustentaba y avalaba.
II. El sexo como fuerza perturbadora de la sociedad colonial
A partir del siglo XVI, las autoridades españolas impusieron las reglas
restrictivas de la práctica sexual vigentes en Europa, siguiendo los cánones
de la iglesia católica. Recordemos que la tradición católica consideraba al
sexo una fuente de «perversiones y vicios». Escindía a las personas en dos
dimensiones antagónicas: espíritu y cuerpo. El primero conducía a la «salvación», el segundo era la vía del «pecado». Por lo tanto, el contacto sexual sólo
era aceptado en el seno del matrimonio y con fines reproductivos. En este
sentido, como señalan Bravo y Landaburu (2000), la castidad y la indisolubilidad del matrimonio fueron los fundadores del ordenamiento social; y en
torno a ellos se delimitaron comportamientos nítidamente diferenciados en
función de los sexos.
Pensar la sexualidad en este contexto implica tener muy presente la
idea de que la sexualidad debía acompañar a la «economía de la creación» y
el «orden natural» escolástico, que sólo reconocía como válidas las uniones
entre varones y mujeres, instalando un binarismo que va a sobrevolar el derecho durante siglos. Sin olvidar, finalmente, la relación directa establecida
entre la sexualidad de las mujeres y el honor familiar.
Estos principios se reforzaron en medio de la conquista, cuando tuvo
lugar el Concilio de Trento, a fines del siglo XVI, cuyos cánones se transformaron en derecho real, por disposición de Felipe II.
El Concilio reconfirmó al matrimonio como «sacramento», la ilegalización del concubinato entre laicos y el voto de castidad para monjas y curas.
Incluso, después del Concilio, la iglesia siguió insistiendo con vehemencia
126
aún mayor, que el sexo era una fuerza perturbadora de la sociedad (Brundage, 2000).
Pero más allá de la dureza de las prescripciones, los varones que protagonizaron la conquista no se atuvieron demasiado a estas reglas y, por el
contrario, experimentaron una libertad sexual –sobre todo en el trato con
mujeres indígenas– que no tuvo parangón en la Europa de entonces.
En este nuevo contexto, la monarquía y sus representantes impusieron
castigos a todos aquellos que no vivían la sexualidad de la forma prescrita, y
otras formas de vivir en pareja o la sexualidad pasaron a ser delitos-pecados,
castigados tanto por la justicia del rey como por la iglesia, en los confesionarios, en los tribunales eclesiásticos y los inquisitoriales.
De esta manera, instalaron una casuística sostenida por la escolástica
en la que se presentan una serie de pecados, y muchos de ellos, delitos. A
continuación, se presentan de manera gradual, del más simple al más grave.
En primer lugar estaba ubicada la fornicación simple. Era la relación
sexual «recta», mantenida por un varón y una mujer, pero que no estaban
casados. Se trataba de un pecado apenas grave. La fornicación realizada
mediando precio, con prostitutas, ya agravaba la situación.
El estupro era la relación entre varón y una «doncella» –púber o impúber–. La gravedad del pecado radica en la supuesta falta de libertad espontánea de una de las partes. A continuación, el adulterio y el incesto. Sacrilegio
era la relación mantenida con una monja, un sacerdote o entre ellos. Finalmente, los más graves de todos: los «pecados contra natura», llamados así
porque estas relaciones no podían de ningún modo llevar a la procreación y
alteraban la «economía» de la «creación»: la sodomía, la bestialidad –mantener relaciones con un animal– y las molicies –masturbación– (Tomás y Valiente et al, 1990).
Incluso, la práctica sexual, aunque heterosexual y dentro del matrimonio que tenía como objetivo la mera satisfacción, era considerada «pecado
de lujuria».
La iglesia impuso el llamado «débito conyugal», es decir, la obligación
que tenían ambos cónyuges de mantener relaciones sexuales cuando uno de
ellos lo requería. Su negativa, producía pecado mortal. Entre las causas para
negarlo, el derecho enumeraba algunas tales como causar «grave daño de la
prole», el consumarlo en «lugar sagrado», entre otros. La negación del mismo, por parte de las mujeres, solía ser causa de maltratos propiciados por el
127
marido, según podemos constatar en numerosos expedientes tramitados ante
la justicia eclesiástica local durante el período colonial y la primera mitad del
siglo XIX (Ghirardi, 2004).
Nada escapó de la regulación de la iglesia. A las prescripciones dictadas por el Papa y concilios y sínodos, se sumó la casuística desarrollada en
los manuales de confesores y los libros de «edificación cristiana» que intentaban reforzar el control tanto de sus propios hombres, como el de un escaso
público que podía acceder a libros de este tipo 1.
Entre ellos podemos citar la obra Disputatiunum de Sancto Matrimonii
Sacramento publicada a principios del siglo XVII por el jesuita Tomás Sánchez, en la que se dedica por entero a reflexionar sobre la sexualidad en el
matrimonio, y que en su momento alcanzó gran difusión y fama.
Analizó con todo detalle el problema de las posiciones coitales empleadas por las parejas casadas. La «posición del misionero» fue definida
como la «natural», y por lo tanto, el resto eran consideradas no sólo antinaturales, «pecaminosas», sino que invertían «el orden en la naturaleza y hasta
dificultaban la concepción». Por todo lo dicho, no es casual que a la mayoría
las tachara de «graves pecados veniales».
Sin embargo, en esta casuística, había algunas posiciones más peligrosas que otras para el «alma» de los involucrados, puesto que si la mujer se
colocaba sobre el marido, el pecado era mortal, ya que se invertía considerablemente el «orden natural». Después de todo, como apunta Brundage (2000:
555) «por culpa de esta perversión había enviado Dios el diluvio bíblico».
En contraste con lo regulado y reafirmado por la iglesia católica en el
contexto de reformas, los protestantes adoptaron otras ideas en relación a la
cuestión sexual: rechazaron la idea de que el matrimonio fuera un sacramento, repudiaron la práctica obligatoria del celibato y afirmaron que el clérigo
debía ser libre para casarse.
Para ellos, el amor erótico y las relaciones sexuales –siempre dentro
del matrimonio, claro está– eran vistas como fuente de goce y energía, ya
que le daban una fuerza positiva a la vida conyugal; era una «bendición»
otorgada por dios y no una «falla de la naturaleza humana, originada por el
«pecado» (Brundage, 2000). No es casual que la Inquisición española y americana haya perseguido y quemado a los protestantes que vivían en sus dominios (Ayllón, 1997).
128
Pero volviendo a los párrafos de Sánchez, el texto también nos remite
a pensar que estas prescripciones y mandamientos relativos a la moral sexual
pueden ser leídas desde una perspectiva de género.
Tanto la normativa de la iglesia como la real, no regularon ni castigaron del mismo modo a varones y a mujeres, y se estructuraron de acuerdo a
las representaciones de género vigentes por entonces, en donde el discurso
jurídico se articuló con otros discursos sociales.
Para ellos, las mujeres encarnaban indignidad, debilidad física –que
repercutía en la intelectual–, lascivia y maldad. Esta idea fue construida de
manera casuista y sistemática por teólogos y moralistas que se apoyaban en
los textos bíblicos y la filosofía griega (Le Goff y Truong, 2005). Estos discursos, retomados y recreados por literatos, médicos, filósofos y juristas, terminaron complementándose, justificándose y sosteniéndose unos con otros.
La consecuencia inmediata de la definición de la «naturaleza femenina» fue la imposición del control de sus cuerpos –a los que consideraban
proclives a transgredir las normas relativas a la sexualidad impuesta–, la imposibilidad de actuar en el ámbito público, la reclusión en el hogar o en los
conventos, la inhabilidad para obligarse jurídicamente, administrar sus propios bienes o gozar de la patria potestad de los hijos que ellas parían. Padres,
esposos, hermanos y sacerdotes tenían la obligación de tutelarlas, guiarlas y
hasta castigarlas en el ejercicio de los roles autorizados por la cultura patriarcal, como madres, esposas, hijas o monjas (Vassallo, 2006b).
Estas últimas, en el contexto de la sociedad colonial, sólo podían ser
de clausura. Las paredes del convento debían ayudar a salvaguardar su virginidad –o la castidad, según el caso– y evitar «los peligros, las tentaciones y
los escándalos».
Desde el siglo XVII, Córdoba contaba con dos conventos de monjas
de clausura. Sin embargo, no todas las que elegían esta forma de vida tenían
vocación religiosa. Hasta allí llegaban viudas que se sentían desamparadas,
jóvenes que huían de un matrimonio concertado, huérfanas e incluso criadas
y esclavas que estaban al servicio de las monjas y novicias ricas.
Tras rejas y velos se comunicaban con los visitantes. Sus días y noches
estaban ocupadas con numerosas prácticas y devociones: lecturas ejemplares, examen «de conciencia», rezo del rosario, asistencia a celebraciones litúrgicas, procesiones por los claustros y algunas manualidades.
129
La clausura obligatoria no siempre fue respetada, ya que recibían visitas por fuera de la reja. Braccio (2000) sostiene que a mediados del siglo
XVIII, una de las novicias del convento de las Teresas quedó embaraza de un
esclavo, que entraba y salía de allí con la excusa de colaborar en la fabricación de ollas.
Quienes no desarrollaban sus vidas dentro de un convento de clausura, debían hacerlo en el marco de una familia, que sólo podía constituirse a
través de un matrimonio religioso –siguiendo las reglas del derecho canónico,
y que se disolvía con la muerte de uno de los cónyuges–. La sexualidad debía
tener lugar dentro del matrimonio y con el exclusivo objetivo de la procreación.
Como señala Tomás y Valiente (1969), estamos hablando de una sociedad que hacía equilibrios inestables por compatibilizar las rígidas y severas
exigencias de honestidad de las mujeres de la familia –esposas, hijas, hermanas solteras– de quien dependía el honor familiar, con la tendencia varonil a
gozar de las mujeres ajenas.
Así lo vemos en las graves consecuencias jurídicas prescritas para las
mujeres sospechadas de cometer adulterio, quienes eran pasibles de ser sentenciadas a la pena de azotes y ser recluidas en un monasterio de por vida,
porque no sólo atentaba contra el honor del marido, sino que también podían concebir un hijo de un tercero que disputara la herencia y el apellido con
los hijos «legítimos»: «porque el adulterio que ficiese ella, puede venir al marido muy gran daño, éa si se empeñase de aquel con quien fizo el adulterio,
vernie el fijo extraño heredero en uno con los sus fijos»2.
El adulterio del varón, en cambio, «non nasce daño nin deshonra», y
en el remoto caso de que alguno hubiera llegado al estrado mediando querella de su esposa, sólo habría pagado una multa por el asunto. Como podrá
observarse, el adulterio fue considerado un «delito femenino»3 .
En el marco de las sociedades tradicionales y estamentales, también
debemos añadir que no todas las mujeres eran consideradas portadoras del
«honor familiar». En este sentido, no bastaba que una mujer fuera «honesta»,
siendo «casta» o virgen –incluso, aunque no lo fuera, pero su «pública fama»
la avalaba (Perrot, 2006)–. La pertenencia a uno u otro grupo social, también dividía las aguas de la honestidad y la deshonestidad y las sospechas de
«liviandad sexual».
130
Por ejemplo, diremos que sobre esclavas y mulatas libres recaía la presunción de que tenían una «naturaleza obscena» (Goldberg, 2000).
Recordemos que en la sociedad colonial de entonces, existía una hipersexualidad atribuida a la mujer negra, que muchas veces era institucionalizada en el ámbito de la justicia. Sin embargo, la mitificación de la «negra
lujuriosa» contrastaba, muchas veces, con las tareas que desempeñaba generalmente en el ámbito doméstico, como el cuidado de los niños (Goldberg,
2000).
Como contracara de lo expuesto, tampoco todos los varones eran portadores de honor, incluso sobre determinados grupos de gente joven –de
más de 18 años– perteneciente a las castas libres, recayó la presunción de
«vagancia» –por entonces institucionalizada como delito–, cuya construcción
implicaba que además de no trabajar ni tener propiedad con qué mantenerse, podían ser posibles raptores de mujeres, estar amancebados o huir a los
montes con mujeres robadas (Vassallo, 2006b).
Y esto no era una cuestión menor, ya que en caso de que se vieran
involucrados en algún delito relacionado con la esfera sexual –que a todo
esto siempre se los consideraba pecados–, las acusaciones, las sospechas y
hasta los castigos variaban de acuerdo a estas circunstancias.
Incluso, la construcción misma de las figuras delictivas revelan que algunas sólo estaban destinadas a penalizar a las mujeres y otras a los varones,
ya por sus elecciones de pareja, sus experiencias sexuales heterodoxas y hasta la disposición de sus propios cuerpos.
Como sostienen Fries y Matus (1999), en el marco de familia patriarcal
existente por entonces, en el que las mujeres cumplían con un rol específico
desde su diferencia sexual, se construyeron conductas delictuales, tomando
como base esta diferencia y la significación que a ella se le ha dado en las
sociedades patriarcales.
Entre las figuras previstas como destinatarias directas a las mujeres,
podemos citar la brujería, el adulterio, la suposición y exposición de parto, el
aborto, el infanticidio y la prostitución.
La bruja, cuyo estereotipo fue construido por la iglesia, debía ser castigada porque se trataba de una mujer que vivía sola, fuera de la ciudad y no
estaba sometida a ningún control masculino –familiar, estatal o eclesial–. Sobre
ella recaía la presunción de que mantenía una sexualidad «desenfrenada» y
que además, con sus «saberes» –que eran desconocidos por los portadores
131
de la cultura oficial de entonces– podía impedir la procreación o facilitar los
abortos. Todo ello fundado en el supuesto «pacto» celebrado con el «demonio» (Salman, 1994). La Inquisición americana llevó a la hoguera un gran
número de ellas.
Asimismo, se previó castigar con destierro a una isla lejana a la mujer
que simulaba un embarazo y el nacimiento de un hijo. Cayeron sobre este
manto de sospecha las mujeres que enviudaban sin tener hijos. Se suponía
que perseguían el objetivo de quedarse con toda la herencia del muerto,
instalando un supuesto heredero legítimo, en desmedro de la familia consanguínea de aquél4.
El aborto, iba contra del mandato de la procreación, por eso, quien
tomaba hierbas, se daba golpes de puño en el vientre o se arrojaba de los
árboles estando embarazada, podía ser castigada con la pena de muerte5.
Igual pena incurría quien mataba a su hijo recién nacido o provocaba su
deceso, abandonándolo en un lugar inseguro6.
Las prostitutas fueron calificadas por la legislación alfonsina como
«malas mujeres» y por lo tanto, no se les reconoció «honra» susceptible de ser
defendida ante sus tribunales. Sin embargo, no adoptó una política de persecución, sino de tolerancia, siguiendo de cerca a Agustín de Hipona (Vasallo,
2000)7. Paralelamente, se implementaron medidas activas para protegerlas
del aprisionamiento involuntario, castigando a los «alcahuetes», y prohibió el
vivir de las ganancias de las prostitutas, bajo pena de destierro8.
Asimismo, se adhirió a la postura de los canonistas de la época, al
obligarlas a distinguirse del resto de las mujeres por su modo de vestir (Menjot, 1994).
Años más tarde, durante el reinado de Felipe II, se vieron obligadas a
ejercer la prostitución en burdeles, que debían funcionar mediando autorización real. Incluso, debían diferenciar estos lugares del resto de las casas, colgando un ramo por encima de la puerta (Díaz Plaja, 1994; Puig y Tuset,
1986).
Como podemos observar, la dureza de estas medidas responden a que
nacieron en el marco de la Contrareforma de la iglesia católica, un ambiente
particularmente hostil hacia la prostitución; pues los reformadores «denunciaron la perversión tanto de la ramera como de su cliente, mientras fustigaban la participación de los municipios que regenteaban los prostíbulos públicos» (Perry, 1993).
132
Y para el caso, los varones: sólo ellos podían raptar, «forzar», seducir o
practicar la sodomía y la «solicitación».
La fuerza hecha a mujeres era entendida como la «ofensa que se hace
a una muger violentándola ó abusando deshonestamente de ella contra su
voluntad». Si la mujer era virgen, casta o religiosa, pena de muerte y pérdida
de todos los bienes, a favor de la agraviada9 .
Por su parte, la figura del seductor constituía la contra cara de la idea
de que las mujeres eran seductoras y lascivas por naturaleza, según el discurso de los moralistas. El seductor era un varón «que abusa de la inexperiencia
ó debilidad de una mujer y le arranca favores que sólo son lícitos en el matrimonio». El castigo previsto dependía del «estado de honradez» de la mujer
involucrada y de la calidad social del seductor.
El castigo podía oscilar entre una pena de azotes, pena pecuniaria,
destierro y hasta pena de muerte. Tan lejos llegó el control sobre el cuerpo de
las mujeres, cuyo único destinatario debía ser el marido, que hasta se previó
que quien la besara sin su consentimiento podía ser castigado con «pena
arbitraria», y acusado de haber practicado un «beso forzado» (Escriche, 1847:
835).
En cuanto a la sodomía –pecado que iba en contra de la economía de
la creación, de allí el penoso castigo impuesto de la «pena de fuego», es decir,
el ser quemado vivo–, era un delito. Según Tomás y Valiente (2001), los
teólogos entendían al varón, portador de semen, como colaborador de dios
en la creación de nuevos seres humanos.
Pero la figura no sólo implicaba a dos varones manteniendo relaciones
sexuales. También era pasible de ser castigado un varón por «sodomizar» a
una mujer, al mantener con ella relaciones «contra natura». Las mujeres, en
cambio, no podían ser acusadas de esta imputación, aún cuando mantuvieran relaciones entre ellas. Eran seres pasivos, no creativos, simples «vasos»
donde se depositaba el semen (Tomás y Valiente, 2001).
Finalmente, debemos mencionar a los sacerdotes solicitantes que quedaron sometidos a la jurisdicción inquisitorial. Es sabido que a partir de Trento10, la confesión se convirtió en el instrumento a través del cual el sacerdote
tomaba conocimiento y controlaba el comportamiento, pensamientos y deseos de el o la penitente. Entre estas revelaciones, que debían ser exactas y
minuciosas, estaba fundamentalmente incluida la sexualidad de las personas. Sin embargo, quien debía vigilar, muchas veces no lo hacía, incluso
133
abusó de esta posición para poder seducir o acceder a tener relaciones sexuales
con las o los penitentes.
Recordemos que los sacerdotes debían cumplir con el celibato obligatorio, que había sido reconfirmado por dicho concilio. Incluso, como dice
Sarrión Mora (1994), fueron puestos en una posición compleja, ya que por
un lado se les requería que interrogaran puntualmente sobre el sexo –considerado por la iglesia como «fuerza perturbadora de la sociedad»–, pero por el
otro, debían permanecer ajenos de dicha experiencia. Y la única forma a la
que podían acceder a información relativa al deseo y al placer fue a través de
manuales, instrucciones y libros de espiritualidad (Caro Baroja, 1985; Haliczer, 1998).
Sin lugar a dudas, la confesión individual ofreció un espacio y una
relación de mayor acercamiento e intimidad entre sacerdote y penitente, y
generó situaciones para las que nadie estaba preparado: el sacerdote debía
mantener una cercanía íntima con la mujer –a quien suponía la «encarnación
del pecado»– e interrogarla sobre su sexualidad; pero paradójicamente, debía alejarse de ella para mantener el celibato.
Por su parte, la mujer debía desnudar su intimidad frente a un hombre,
cuando la mayoría de las veces ni siquiera lo hacía con su marido. Todo ello
en el contexto del confesionario o capillas, generalmente ubicados en lugares
oscuros o apartados de la iglesia.
En consecuencia, compartimos los dichos de Sarrión Mora (1994: 116),
cuando afirma que «no es de extrañar que la solicitación viniera después de
que ella confesase el haber pecado por el sexto mandamiento», ya que por su
intermedio el confesor tomaba conocimiento de la sexualidad real de la penitente y de su disposición ante la misma.
A todo lo dicho, también debemos agregar que los sacerdotes podían
acosar a sus penitentes varones. El largo proceso de regulación pontificia,
que a lo largo de los siglos fue ampliando los términos de su tipificación, se
cerró en 1741 con el dictado de la bula Scramentum penitentiae.
En ella, Benedicto XIV agregó a la persecución «las tentativas de extraviar en el confesionario a las penitentes mediante gestos, señales, tactos, palabras y escritos indecentes que fuesen para ser leídos allí o después»; estigmatizó a los seductores como «ministros de Satanás y no de Cristo»; y amenazó con la excomunión a los solicitantes que absolvían a sus penitentes
después de haber tenido con ellas un acercamiento sexual (Lea, 1983: 489).
134
Finalmente, consideró como «solicitación» el hecho que lo sacerdotes instaran a los penitentes a ser «terceros o terceras de otras personas o tuvieran con
ellos o con ellas pláticas y conversaciones de amores ilícitas y deshonestas en
el acto de la Confesión Sacramental o próximamente a ella antes o después
o con ocasión y pretexto de Confesión» (Ayllón, 1997).
Sin embargo, coincidimos con Lea (1983) que con la tipificación de
esta figura, sólo se buscó dignificar el «sacramento de la penitencia» y la
figura de quien era el encargado de administrarla, y no hacer justicia sobre
las víctimas, consideradas simplemente como un «instrumento» del delito.
Ahora bien, más allá de lo señalado, estas reglas que controlaban el
cuerpo y la sexualidad fueron desafiadas y trasgredidas constantemente, y
esto lo sabemos por la gran cantidad de procesos judiciales iniciados tanto
por la justicia real, como por la inquisitorial local, cuyos expedientes y sumarias hoy encontramos en el Archivo Histórico de la provincia y el Archivo del
Arzobispado de Córdoba (Vassallo, 2006a; 2010).
III. Cuerpos y sexualidad entre el viejo y el nuevo orden. La revolución y las guerras de independencia
Con la llegada de la Revolución de Mayo, y debido a la presión permanente que el cambio de orden imprimió a la vieja sociedad colonial, se produjo una incesante movilización de sectores muy amplios, así como una creciente politización de todos los ámbitos de la vida común.
En este sentido, lo público literalmente fue «tragando» a lo privado. Y,
como sostiene Myers (1999), la intimidad quedó socavada, ya que dentro de
la movilización y la politización también estuvieron las mujeres.
Cabe agregar que también continuaron vigentes las reglas coloniales
del honor familiar, que siguieron atadas al comportamiento sexual de las
mujeres de la familia. En igual sentido, toda la casuística penal vigente en
tiempos coloniales –ahora aplicada por la justicia del nuevo orden y los tribunales eclesiásticos– continuó siendo utilizada en la práctica judicial.
Asimismo, el matrimonio seguía siendo el único espacio reservado para
mantener relaciones sexuales, con el objetivo de la procreación. Objetivo
ahora resignificado por la obligación omnipresente que recayó sobre las mujeres de «dar sus hijos» a los ejércitos libertadores (Carranza, 1910).
135
Las formas de relacionarse entre varones y mujeres fueron cambiando
poco a poco, incluso las formas del cortejo. Lo que no significó que toda la
sociedad estuviera conforme con ellas, aún cuando pertenecieran al grupo
revolucionario, razón por la cual no dudaron en calificarlas como «relajación
de costumbres» (Batolla, 2000).
Una de las formas de relación más criticada fue la destrucción de los
estrados –tarimas– existentes en las salas de recibo de la elite colonial, para
ser cambiados por sillas. Con lo cual, hombres y mujeres podían comunicarse y mezclarse fácilmente, ya que aquél sólo podía ser ocupado por mujeres
e impedía el contacto con los varones, aún cuando estuvieran en la misma
habitación (Sarmiento, 1992).
Pero más allá de lo afirmado, sin lugar a dudas la movilización de gran
cantidad de hombres que se produjo con motivo de la conformación de los
ejércitos, la existencia de mujeres solas, la presencia masiva de varones cuando los ejércitos se asentaban en determinados lugares por razones militares,
la obligada convivencia entre hombres prácticamente solos, y la muerte que
rondaba por doquier, debe haber repercutido en la vida sexual de unos y
otros.
No es casual que en este nuevo contexto, muchas mujeres decidieron
acompañar a los ejércitos –algunas porque tenían algún familiar en ellos–
como cargadoras de fusiles, enfermeras improvisadas o, simplemente, combatiendo. Como generalmente se trató de mujeres que pertenecían a los grupos inferiores, sobre ellas sobrevoló la presunción de «liviandad» y hasta de
prostitución.
Este nuevo escenario, también influyó en el sostenimiento y la conformación de las parejas. Sólo a manera de ejemplo, citaremos el censo de 1813
realizado en Córdoba, que nos muestra un altísimo porcentaje de viudas; y
como contracara, una sobremortalidad masculina (Colantonio y Ferreyra,
2008).
Las decisiones sobre la elección de las mismas también cambiaron.
Las mujeres de la élite comienzan a elegir a los militares. Es lo que Vivero
Marín (2010) ha dado en llamar, el matrimonio con «héroes patrios».
A tal punto el matrimonio y la familia «legítima» fue una cuestión de
Estado para los revolucionarios, que legislaron para desalentar uniones entre
españoles europeos y mujeres criollas. Va como ejemplo la medida tomada
por el director supremo Juan Martín de Pueyrredón, que prohibió por decre136
to que los españoles peninsulares se casaran con mujeres americanas sin
licencia del gobierno. El objetivo: que las ideas en contra de la revolución no
influyeran sobre esposas e hijos, que le debían obediencia al pater familia:
Ordeno y mando a todos los gobernadores de provincia, prelados diocesanos y castrenses no concedan por su par te licencia alguna para contraer
matrimonio a las jóvenes americanas con españoles europeos, que no
obtengan carta de ciudadanía, sin el allanamiento que deberán solicitar a
la autoridad suprema, y que será concedido por la secretaría de Estado en
el Depar tamento de Gobierno al prudente arbitrio que se formare de las
ventajas e inconvenientes que puedan producir dichos matrimonios según los casos (L evaggi, 1979: 127).
Sin lugar a dudas, la guerra constituía un permiso de excepción que
provocaba fracturas en el orden social y en el régimen de la sexualidad, a
partir de las cuales las personas podían tomar ciertas ventajas. Como sostiene Córdova Plaza (2010), este momento de «anormalidad» no sólo relajaba
la vigilancia social sobre las actividades propias de varones y mujeres, sino
que también permitía alterar el equilibrio de poder entre los géneros.
Este nuevo contexto socio-político permitió a las mujeres acceder al
mundo de la política y la guerra, reservada a los varones. Uno de los modos
de participación fue la «seducción del enemigo».
El cuerpo, el sexo y la seducción, fueron considerados «armas de combate».
La «seducción del enemigo» consistía en mantener relaciones sexuales
con los militares enemigos para que abandonaran la lucha. Sin lugar a dudas, este rol aparece como contracara de la construcción de la «naturaleza
femenina» vigente en una sociedad patriarcal, que las consideraba seres dominados por sus cuerpos, propensas a cometer delitos relacionados con la
esfera sexual, y la incontinencia verbal; y que en este especial contexto, fueron promovidas por los varones que comandaban la dirigencia política «patriota».
Se trataba de mujeres de los estratos superiores y medios de la sociedad. A manera de ejemplo, citaremos a Juana Moro de López, jujeña, casada
con Gerónimo López, quien puso de relieve su audacia en vísperas de la
batalla de Salta –1813–, cuando acordó con otras mujeres, conquistar a los
oficiales realistas para debilitar el ejército enemigo. Juana se adjudicó la tarea
137
de seducir al marqués de Yavi, jefe de la caballería, y de acuerdo con lo
convenido, el marqués y varios de sus compañeros accedieron a abandonar
las filas realistas el día de la batalla, y se comprometieron a regresar al Perú y
trabajar por la causa de la revolución (Córdova Plaza, 2010).
Sin lugar a dudas, pensamos que el rol de la seducción –que en países
como México, ha sido trabajado abiertamente– es uno de los aspectos más
silenciados por la historiografía argentina, que cuando habló de mujeres, fue
propensa a exaltar los aspectos maternales, así como el rol de esposas «abnegadas» y «sacrificadas» (Carranza, 1910).
Asimismo, debemos destacar la violencia ejercida contra las mujeres
en razón de su género. La misma implicó el abuso sobre sus cuerpos, como
actos de afirmación del poder de los militares sobre las mujeres en un contexto patriarcal, al considerarlas «botín de guerra», «objetos» de intercambios,
raptos y violaciones.
IV. Sexo y nación. De la construcción del Estado nacional hasta la
experiencia peronista
En 1862 se puso en marcha el proyecto de construcción del Estado
nacional, en el marco de profundos cambios sociales. Los grupos gobernantes del período privilegiaron la imposición de un orden estable para alentar
las transformaciones económicas y sociales proyectadas; y paralelamente, se
fortaleció el poder estatal y el orden institucional, en un proceso de alimentación recíproca.
En este marco, el derecho iba a jugar un rol trascendental. El derecho,
como sinónimo de «ley», pasó a considerarse como un instrumento fundamental de legitimación del Estado Nación, y de cuya importancia no escapaban las instituciones que la producían, la enseñaban y la aplicaban.
Por lo tanto, los códigos devinieron en instrumentos necesarios en los
proyectos de construcción del Estado, contribuyeron a asentar el modelo
capitalista y las nociones de lo público y lo privado en el marco de una nueva
relación entre Estado y sociedad11. En este sentido, se constituyeron en unificadores y organizadores de distintos aspectos de la vida civil, entre ellos, la
sexualidad de las personas (Cicerchia, 2001).
138
De esta manera, el imaginario liberal definió el ordenamiento de la
sociedad como «una esfera por cuyo centro pasa una línea que la divide en
dos mitades: una era la sociedad pública, y la otra, la privada». La primera,
para los varones, la segunda para las mujeres, todos heterosexuales, claro
está (Bravo y Landaburu, 2000: 216).
Cabe agregar que los autores de la legislación de la mayoría de los
países de América Latina, tenían la fuerte influencia de las doctrinas historicistas en relación a la ley, es decir, que las nuevas disposiciones «no debían
anticipar a los usos y costumbres gestados con una fuerte influencia de la
iglesia católica» (Cicerchia, 2001: 17).
Por lo tanto, no es casual que encontremos fuertes persistencias coloniales en la normativa de los nuevos códigos, en el marco de una nueva
lógica jurídica en que la costumbre y el «arbitrio judicial» ya no tenían vigencia y las reglas se interpretaban siguiendo la escuela de la exégesis. Así lo
evidenciamos tanto en el Código Civil como en los Códigos Penales de 1887
y 1922.
Dalmacio Vélez Sársfield, delineó en el Código civil –que entró en vigencia hacia 1871– roles y espacios en los que iban a jugar varones y mujeres. Basado en un derecho mayormente «no secularizado», reprodujo normas y valores que constituyeron el tejido del discurso hegemónico de la domesticidad con respecto a las mujeres, y el de la hegemonía del espacio público por parte de los varones, al mismo tiempo que los convirtió en «dueños» de la familia y de los bienes de sus integrantes.
Este discurso jurídico, teñido de influencias teológicas, había sido aprendido por el codificador en las aulas de la Universidad de Córdoba conducida
por el clero secular.
En este sentido, la familia se consideró, como otrora, fundamento del
«orden social». Sólo en su seno podían formarse «buenos ciudadanos». De
allí que Vélez Sársfield reguló específicamente el matrimonio y la familia, por
considerarla de orden público (Arnaud-Duc, 2000).
Ahora bien, el «modelo» de familia que entendió como viable, no fue
otro que el vigente hasta entonces: una familia que debía constituirse a partir
de la existencia de un matrimonio monogámico –siguiendo las solemnidades
del derecho canónico y/o de otras religiones oficialmente reconocidas–, cuya
cabeza principal era el marido, investido de amplios poderes tanto para dirigir a la mujer y los hijos, como para administrar la sociedad conyugal, dentro
139
de una distribución de roles conforme a la tradición. El matrimonio sólo podía disolverse por el fallecimiento de uno de los cónyuges, pues al tomar
como fuente las normas del Concilio de Trento y no legislar un matrimonio
civil, desplazó toda posibilidad de que las parejas pudieran divorciarse12.
Así lo expresó el mismo codificador en las notas a los artículos 159 y
167. La primera de ellas decía:
El matrimonio es la más impor tante de todas las transacciones humanas.
Es la base de toda la constitución de la sociedad civilizada [ ...] El matrimonio confiere el estado de legitimidad de los hijos que nazcan, y los derechos, deber es, relaciones y privilegios que de ese estado se originan; da
nacimiento a las r elaciones de consanguinidad y afinidad; en una palabra,
domina todo el sistema de la sociedad civil 13.
En tanto que la segunda:
Las personas católicas, como las de los pueblos de la República Argentina
no podrían contraer el matrimonio civil. Para ellas sería un perpetuo concubinato, condenado por su religión y por las costumbres del país . La ley
que autorizara tales matrimonios en el estado actual de nuestra sociedad,
desconocería la misión de las leyes que es sostener y acr ecentar el poder
de las costumbr es y no enervarlas y corromperlas14.
Recordemos que por entonces el concubinato –amancebamiento para
el orden colonial– todavía estaba penalizado por las viejas reglas castellanas
y la práctica judicial, habida cuenta de que aún no había código penal, ya
que el primero entró en vigencia en 1887.
Sólo reconoció como posibles integrantes de este «modelo» de familia
a los hijos naturales, es decir, los «nacidos fuera del matrimonio, de padres
que al tiempo de la concepción de aquéllos pudieron casarse» –artículo 311–
; que de tratarse de los hijos de la pareja, quedaban legitimados por el casamiento de sus padres –artículo 324–. De esta manera, excluyó toda posibilidad de indagación de paternidad y/o maternidad a los hijos que agrupó en
las categorías de «adulterinos», «incestuosos» y «sacrílegos» –artículo 341–. Y
esto no es casual, ya que siguió la línea argumental trazada por la vieja legislación castellana –Partidas, Leyes de Toro y Nueva Recopilación– y el derecho canónico. El adulterio, el incesto y el sacrilegio eran considerados delitos
y pecados.
140
En el marco de este nuevo modelo familiar, las mujeres, una vez más,
eran destinatarias del «discurso de la domesticidad», en el que el matrimonio,
la maternidad y la conservación de la «virtud» constituían el máximo horizonte de realización15.
Como sostiene Bragoni (1999), el espacio femenino hacia fines del
XIX fue el de la reproducción biológica. Contraer matrimonio era casi una
obligación y una valoración personal y familiar. Matrimonio y fertilidad se
convertían en un aspecto medular de los mandatos que pesaban sobre las
mujeres de la familia. La honorabilidad femenina, si bien pasaba por la capacidad de dar hijos a la familia, de su reputación sexual siguió dependiendo el
honor familiar.
En este punto, continuaron cargando con la obligación de guardar fidelidad. Y no hace falta remitirnos a la ley penal para firmarlo. La «presunción legal» quedó establecida al suponer la legítima paternidad del marido de
los hijos habidos en el matrimonio –artículo 245–: «La ley presume que los
hijos concebidos por la madre, durante el matrimonio, tiene por padre al
marido». Y al mismo tiempo, sólo se otorgó poder legal al marido para solicitar las «medidas policiales necesarias», y hasta el derecho de «negarle alimentos» en caso que ella se negara a vivir junto a él –artículo 187–.
Finalmente, diremos que de la lectura del articulado y sus notas, hallamos la firme presencia de la idea de que el honor de la familia se sostenía por
la «honra» y «virtud» femenina.
Claramente lo vemos en la nota al artículo 326, cuando prohibió la
indagación de la maternidad a un hijo o hija natural, en caso de que la supuesta madre, al momento de la interposición de la demanda, se hallara
casada con otro hombre:
Se ha reconocido la necesidad de per mitir la indagación de la maternidad. Supóngase que una joven ha concebido un hijo fuera de matrimonio; que oculta el parto para cubrir su honor y pone al hijo fuera de su
casa. Cor riendo el tiempo y esta mujer se casa, es madre de familia, reputada honrada por el marido y por sus hijos. ¿Se permitirá este juicio escandaloso e inmoral que va a quitar el honor de una mujer casada y trae el
desorden dentro de la familia? Sí contestan los autores del Código Francés
[...] porque la madre es cier ta, el hecho puede probarse, no así la paternidad. [...] ¿y el escándalo y la moralidad del juicio?. Luego no es por la
moral que se prohíbe la indagación de la pater nidad, sino por la difícil
prueba de los hechos16.
141
Como podemos evidenciar, el sistema de representaciones patriarcal
recreaba una nueva hegemonía masculina funcional al proceso de modernización. En este sentido, se estimuló el desarrollo de un discurso de género
que definía la identidad femenina en una rigurosa disciplina moral, desequilibrios sexuales e incapacidad. En tanto que los varones aparecían representados por una virilidad amasada con proezas físicas y hasta con la violencia,
siempre heterosexuales, claro esta (Cicerchia, 2001).
Como afirma Cicerchia (2001), fue en ese entonces cuando se produjo
el incremento de la represión judicial y social sobre la sexualidad. La «policía
de la sexualidad» interpelaba a dos actores: los adolescentes y las mujeres.
Los adolescentes, cuya pubertad era considerada como una crisis de
identidad potencialmente peligrosa, y las mujeres porque se encontraban atrapadas entre la sociabilidad mariana difundida por la iglesia y la presión normativa del Estado, fuertemente patriarcal, que sólo las incluía subordinadas
(Cicerchia, 2001).
En 1875, en la ciudad de Buenos Aires se promulgó una ordenanza
que convertía a la prostitución en una actividad legal, como ya lo había hecho Rosario; y a partir de entonces, la mayoría de las ciudades argentinas
siguió estos pasos.
Recordemos que las prostitutas eran vistas como cuestionadoras de la
institución familiar, a lo que se les sumaba la amenaza sobre al salud del
«cuerpo nacional», al ser consideradas las propagadoras del mal venéreo
(Grammático, 2000).
Los defensores de la reglamentación, en su mayoría destacados higienistas, fundaban su posición en la amenaza de las enfermedades venéreas y
en el fin de los escándalos callejeros que producían las prostitutas en las
calles. Pensaban que al implementar un control sobre sus cuerpos, lograrían
limitar la propagación de la enfermedad, protegían la salud de los varones y
por elevación, la de sus esposas.
Por ese entonces, la prostitución legal resultó para el Estado una de las
herramientas fundamentales para consolidar y proteger la nación en ciernes.
Cubierta con un halo de legalidad, la prostitución reforzaba y legitimaba el
doble patrón de moralidad sexual vigente. Por un lado, aseguraba a los varones el acceso a determinados cuerpos femeninos para «descargar» las apetencias sexuales que «naturalmente» brotaban de los suyos, y que no podían
142
ser satisfechos dentro del marco del matrimonio. Sin olvidar que los solteros
prácticamente contaban con esta opción (Grammático, 2000).
Para ejemplificar el contexto que estamos trabajando, citaremos la orden del 10 de abril de 1889 que disponía que la policía estaba obligada a
reprimir palabras, gestos y ademanes «obscenos» que se practicaran en la vía
pública, bajo pena pecuniaria. Esta disposición, que prácticamente cayó en
desuso, fue nuevamente puesta en práctica por el comisario Falcón, en la
ciudad de Buenos Aires, en vísperas de los festejos de año nuevo –1906–.
La odiosa disposición, destinada a los sectores populares, entre ellos
los inmigrantes, fue criticada y resistida abiertamente en ese entonces. Como
prueba de ello, citamos un párrafo del tango «¡Cuidado con los cincuenta!»,
cuyo título aludía expresamente al monto de la pena pecuniaria17.
Una ordenanza sobre la Moral
decretó la dirección policial
y por la que el hombre se debe abstener
decir palabras dulces a una mujer.
Cuando una hermosa veamos venir
ni un piropo le podemos decir
y no habrá más que mirarla y callar
si apreciamos la liber tad.
¡Caray!... ¡No se
por qué prohibir al hombre
que le diga un piropo a una mujer!
¡Chitón!... ¡No hablar,
porque al que se propase
cincuenta le harán pagar!
Pero la hipocresía de esta sociedad burguesa con doble estándar moral
comenzó a ser denunciada públicamente a fines del siglo XIX por las primeras anarquistas del país a través de su periódico «La Voz de la Mujer». Ellas
rechazaban el matrimonio por considerarlo «un contrato de prostitución» y
ensalzaban la libre expresión del cuerpo femenino, el derecho al placer, la
masturbación, el amor libre y medidas de anticoncepción18.
El siglo XX comenzó en Argentina con las «prometedoras luces» de la
modernización. Sin embargo, el país enriquecido gracias al auge de la producción agrícola-ganadera estaba lejos de la perfección republicana. El «régi143
men conservador» otorgaba privilegios para los allegados al poder, mientras
mantenía en la marginalidad a las nuevas fuerzas sociales. La masiva llegada
de inmigrantes –fundamentalmente europeos–, alteró la fisonomía del país y
determinó la existencia de importantes cambios sociales que se produjeron a
lo largo del siglo (Barrancos, 2007).
En el marco de la celebración del Centenario, las primeras feministas
argentinas organizaron el «Primer Congreso Femenino Internacional», para
demostrar que las mujeres continuaban siendo inferiores en el país «moderno» que se intentaba mostrar al mundo19. Entre sus reclamos y reivindicaciones, que quedaron registrados en Actas, encontramos interpelaciones al derecho ligadas a la sexualidad de las personas: el derecho a que los hijos nacidos fuera de una relación matrimonial legalizada pudieran demandar el reconocimiento de la paternidad, el divorcio, la despenalización diferenciada del
adulterio y la prostitución 20.
La prostitución continuó funcionando como una gran metáfora que
reglaba las conductas femeninas aceptables y las consecuencias «nefastas»
que acarreaba salirse de ellas.
Sólo a manera de ejemplo citaremos el tango «Milonguita», de Samuel
Linnig, escrito y estrenado en 1920:
Cuando sales por la madrugada,
Milonguita, de aquel cabar et,
toda tu alma temblando de frío
dices: ¡Ay, si pudiera querer!...
Y entre el vino y el último tango
p’al cotor ro te saca un bacán...
¡Ay, qué sola, Estercita, te sientes!
Si llorás...¡dicen que es el champán!
Ahora bien, la prostitución reglamentada llegó a su fin en 1934, y a
nivel nacional fue derogada en 1936, cuando se aprobó la ley 12.331 de
Profilaxis de las enfermedades venéreas. Al desaparecer los burdeles, las
nuevas «peligrosas» comenzaron a ser las mujeres obreras, también sospechadas de «liviandad sexual».
Por lo tanto, el foco de las venéreas se deslizó del cuerpo de las prostitutas al de las obreras. Asimismo, cabe agregar que a partir de la sanción de
esta ley, todas las prostitutas, quedaron en el plano de «clandestinas»; en este
144
sentido, la ley logró visibilizar lo que en realidad con su sanción se quería
combatir: la prostitución y el trabajo sexual (Grammático, 2000).
Llegado el año 1940, el Primer Congreso de Población puso de manifiesto el descenso de la natalidad en el país, y esto fue visto por la clase
gobernante como un grave problema. Lo cierto es que la Argentina había
logrado completar la transición de un régimen de fecundidad natural, a uno
de fecundidad dirigida.
Sin lugar a dudas, se había producido un incremento de las prácticas
anticonceptivas conscientes, entre las que estaban el coitus interruptus y el
condón –de mayor uso en los sectores medios–. Prácticas que convivían con
otras criminalizadas por el código penal como el aborto, el abandono de
niños y el infanticidio.
Los discursos políticos y médicos identificaron a los inmigrantes como
los principales responsables, a lo que sumaron la decadencia de la institución
matrimonial, los cambios en los hábitos familiares, el trabajo de las mujeres
fuera del hogar, el aumento de los abortos y el temor de las mujeres a los
dolores de parto.
En este sentido, se pusieron en marcha numerosas políticas públicas
para revertir el problema: el otorgamiento de préstamos a las parejas que
querían casarse, la imposición de impuestos a los solteros/as y las parejas que
no tenían hijos, y el premio a las mujeres que parían muchos (Felitti, 2000).
Durante la presidencia de Farrell, se puso en vigencia el decreto 10.638
que introdujo modificaciones a la ley de profilaxis. El mismo, volvía a implementar las «casas de tolerancia», siempre que fueran autorizadas por la Dirección Nacional de Salud Pública. Asimismo, determinaba que si una mujer
ejercía la prostitución en su casa «sin afectar el pudor público», no era delito.
Grammático (2000) sostiene que entre de los objetivos de este decreto, también estaba la contención del nuevo «pánico moral»: la homosexualidad masculina. Según los funcionarios, los médicos y la policía, al cerrar los
burdeles, los varones se veían obstaculizados en acceder a las prostitutas y
por lo tanto, habían optado por tener experiencias homosexuales.
Por entonces, la homosexualidad ya no era delito, pero sí un «pecado»,
y para el discurso de la medicina, una «patología».
Todo ello conllevaba a poner en peligro la «organización familiar» que
necesitaba de pater familias heterosexuales que debían procrear hijos junto a
sus esposas, preferentemente confinadas en el hogar.
145
Mientras tanto, las mujeres de los sectores medios iban liberando poco
a poco sus cuerpos, usando pantalones y adoptando el traje de baño de «dos
piezas», mientras eran mal vistas por las de la clase alta (Bianchi, 1999).
La política natalista aludida concordó con la implementada por el peronismo. Según Susana Bianchi (1999), la concepción peronista de familia
parecía coincidir con la de la iglesia católica. Sin embrago, el gobierno no
estaba dispuesto a dejar a la familia en el territorio eclesiástico e introdujo
una serie de cambios legislativos que revolucionaron la sociedad de entonces
y ocasionó un enfrentamiento con la iglesia: la sanción de la ley de divorcio
vincular y la legalización de los segundos casamientos realizados en el exterior21. Asimismo, se sustituyeron las odiosas clasificaciones de los hijos, que
se arrastraba en el código civil, por las de hijos matrimoniales y extramatrimoniales.
V. La sexualidad entre los golpes de Estado y las reformas políticas.
De los años sesenta hasta nuestros días
Durante al presidencia de Frondizi, el comisario Luis Margaride, que
estaba a cargo de la Sección Moralidad, se dedicó a la persecución de los
homosexuales porteños: allanaba hoteles alojamiento interrogando a sus
casuales frecuentadores y hasta llegó a detener a parejas heterosexuales por
besarse en la vía pública (Barrancos, 2007).
Recordando estas tristes épocas, en 1963 Daniel Tinayre filmó la comedia «La cigarra no es un bicho», que narraba las peripecias vividas por un
grupo de parejas en el hotel alojamiento «La cigarra» durante una noche.
Todo comenzó cuando se enteraron de que un marinero que había llegado
con una prostituta, estaba enfermo de peste bubónica y el lugar debió ser
puesto en cuarentena.
La década del sesenta, representa un particular momento social, cultural y político en la Argentina. El perfil industrial se modernizó de la mano de
la radicación de empresas multinacionales, aumentó el empleo industrial, se
desarrolló el sector de servicios –y con él la clase media asalariada–. Como
correlato de lo expuesto, la matrícula universitaria aumentó, y se produjo el
ingreso masivo de mujeres a la universidad.
146
Paralelamente, habida cuenta de la internacionalización de las pautas
culturales, cambiaron los hábitos de consumo, la organización del tiempo
libre, la decoración de la casa, incluso la forma de vestir. La aparición del
jean produjo un notable cambio cultural e introdujo el «unisex», ya que se
trataba de una prenda que servía para el trabajo y el descanso, que podía ser
usada por varones y mujeres, jóvenes y mayores, pobres o ricos.
De esta manera, los ideales modelitos estéticos se vieron trastocados.
Las mujeres se cortaron el pelo y liberaron sus cuerpos usando minifalda. Por
su parte, los varones dejaron crecer sus cabellos. Muchos probaron nuevas
drogas y bailaban rock.
A fines de la década, el «Mayo francés» devino en el emblema de las
nuevas generaciones. Por ese entonces, las pautas de consumo modificaron
las estrategias publicitarias que comenzaron a recurrir de manera frecuente al
erotismo femenino para promocionar sus productos.
Y si bien la Argentina había alcanzado un temprano control de su tasa
de fecundidad, a mediados de los años sesenta la irrupción de la píldora
anticonceptiva que se administraba de manera oral produjo uno de los cambios más significativos de la vida sexual de las mujeres. Fue mayormente
adoptada por los sectores medios de la población, ofrecía a las mujeres una
mayor autonomía sobre sus cuerpos y eliminó todas las secuelas que conllevaba por entonces la práctica del aborto –además de la responsabilidad penal– (Felitti, 2000).
Pero por sobre todo, la píldora separó la función reproductora del placer sexual. Las mujeres, entonces, devenidas en sujetos sexuales concientes y
activos, comenzaban poco a poco a dejar atrás la representación de «la caída», para comenzar a gozar de su sexualidad.
Pero la iglesia no tardó en reaccionar. Pablo VI emitió la encíclica Humanae Vitae el 25 de julio de 1968, en la que prohibía el uso de todo método
anticonceptivo, aceptando únicamente el «método del ritmo» y ratificando,
una vez más, la abstinencia22.
Cabe agregar que entre las numerosas organizaciones políticas que
poblaron el escenario de la década del setenta –ERP, PRT, FAR, FAL23, Montoneros, entre otras–, existió el Frente de Liberación Homosexual –FLH–,
cuyo mentor era el poeta Néstor Perlongher. Su consigna era: «Revolución
sexual y socialización del culo». Para entender la dimensión de la existencia
de este Frente, debemos recordar que en estos momentos, dentro de las or147
ganizaciones armadas, la homosexualidad era condenada de la misma forma que lo hacían las fuerzas armadas.
Sin lugar a dudas, este Frente era una respuesta a la derecha reaccionaria, pero también a la izquierda. Y más allá de las críticas que recogieron
de unos y otros, el FLH acompañó en importantes actos del peronismo, durante la asunción de Cámpora (Andahazi, 2010).
Cabe agregar que en 1973 la Asociación Americana de Psiquiatría decidió eliminar la homosexualidad del «Manual de Diagnóstico de los Trastornos Mentales», y urgió a rechazar toda legislación discriminatoria contra gays
y lesbianas.
Sin embargo, la Triple A –Alianza Anticomunista Argentina– se empeñó en perseguirlos, así como la dictadura militar que se inició el 24 de marzo
de 1976.
A partir de entonces se instauraron campos de concentración en todo
el país donde se torturaron y asesinaron miles de personas. En este punto, no
deja de llamar la atención el carácter «sexual» de los tormentos. Los testimonios recurrentes vertidos por las víctimas sobrevivientes del terrorismo de
Estado ante la CONADEP24, dan cuenta de que fueron desnudadas, manoseadas, violadas, torturadas en los genitales, siempre acompañado de un
lenguaje obsceno y humillante 25.
La violación sexual constituyó un acto de afirmación del poder masculino de los militares sobre las mujeres. Y violar a un hombre constituía la
afirmación del poder masculino sobre varones «feminizados» y, por ende,
violables y degradados (Álvarez, 2000).
Sin lugar a dudas se trató de prácticas «institucionalizadas» por la dictadura, reglas no escritas que circularon entre los militares, mientras la Constitución nacional se había transformado en párrafos aislados que leíamos en
el «Manual de Instrucción Cívica» de Roberto Kechichian (1980).
Con el retorno de la democracia, y en el marco del «destape», se recuperó la vida nocturna, se produjo la liberación sexual, retornó la pornografía
a los kioscos, afloró la cultura gay que había tenido que permanecer oculta
durante la dictadura. Pero el Sida llegó como una suerte de amenaza para
esos cambios y volvió a poner al preservativo en primer lugar, como garante
del «no contagio», mientras la iglesia siguió condenando su uso.
Y si bien el retorno de la democracia en los años ochenta terminó por
desmontar el modelo de sumisión a la autoridad marital y el matrimonio
148
indisoluble con la ley de divorcio y la patria potestad compartida dictadas
durante el gobierno de Alfonsín, seguía vigente la figura del «adulterio»: la
mujer lo configuraba teniendo una sola relación sexual con quien no era su
marido, mientras que éste, para incurrir en el delito, debía mantener una
relación estable con una «manceba»26.
Si hacemos un repaso por el cine o el rock del momento, encontramos
que el matrimonio y el orden familiar basado en la heterosexualidad obligatoria, aparecían fuertemente cuestionados.
La película «Adiós Roberto», de Enrique Dawi, que fue estrenada en
1985, daba cuenta de una relación afectiva surgida entre dos varones, luego
de que uno de ellos –Carlos Calvo– se separara de su esposa y comenzara a
compartir el departamento con un amigo de su primo, homosexual declarado –Víctor Laplace–.
Asimismo, las películas de la directora de cine María Luisa Benberg
–feminista y lesbiana–, ponían el acento en la crítica a lo estatuido en distintas épocas históricas del país: la familia patriarcal, la familia burguesa, la
iniciación sexual de los jóvenes y hasta los baremos del matrimonio heterosexual27.
Por su parte, diferentes bandas de rock, hacían lo propio. El único
grupo de mujeres que tocaba por los ochenta, «Viudas e hijas De Roque
Enroll», criticaba abiertamente el ideal modélico de la familia de entonces en
su tema «La Familia Argentina»: una mujer «resignada» que cumple el rol
tradicional de madre y ama de casa, la falta de comunicación entre los miembros de la familia, el marido proveedor e indiferente:
Pero igual hay algo primordial que es defender y amar
nuestra familia argentina.
Preservar la fe y la moral,
rezar y promover parejas bien constituidas.
El grupo Sweater, en su álbum «20 caras bonitas» –1985– que contenía el tema «Vía México», planteaba el problema que tenían muchos argentinos ante la falta de una ley de divorcio, que finalmente llegó durante el gobierno de Alfonsín.
Y Sandra Mianovich, se convertía en el icono de la cultura lesbiana,
con su canción «Soy lo que soy».
149
Los años noventa nos trajeron profundas transformaciones del Estado,
de la mano de políticas neoliberales implementadas por el gobierno de Menem. También se produjeron cambios significativos a nivel jurídico, en un
contexto complejo para los derechos humanos. El Código Penal fue reformado y, por lo tanto, el adulterio fue derogado, como también la figura del
infanticidio, cuya tipificación se fundaba en el resguardo de la «honra» de la
mujer involucrada.
Asimismo, los delitos que hasta ese momento estaban ordenados bajo
el título «delitos contra la honestidad» –violación, abuso deshonesto, etc.–,
pasaron a ser clasificados como «delitos contra la integridad sexual». Asimismo, se incluyó un nuevo tipo penal: la trata de personas.
El nuevo siglo nos encuentra en plenas transformaciones sociales. Sólo
a manera de ejemplo, citaremos la ley 25.673, que implementó el Programa
Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable (Levín, 2010). Asimismo, se avanzó en la penalización del acoso sexual en los ámbitos de trabajo.
Los abusos sexuales perpetrados por los sacerdotes de la iglesia católica salieron a la luz pública y debieron rendir cuentas ante la justicia estatal,
mientras la jerarquía continuó oponiéndose a las reformas jurídicas para
ampliar los derechos de gays, lesbianas y transexuales.
Más allá de las presiones ejercitadas, en julio de 2010 se sancionó a
nivel nacional la ley de matrimonio igualitario, que permite el casamiento de
personas del mismo sexo.
Mientras tanto, avanza en el Congreso el proyecto de ley de identidad
de género, pero lamentablemente se han cancelado las discusiones en torno
a la despenalización/legalización del aborto. Se trata de un viejo reclamo de
las feministas argentinas de más de cuatro décadas.
Pensamos que la vigencia de su penalización constituye un resabio del
compendio de «delitos» que fueron esbozados –bajo la decidida influencia de
la iglesia católica y en tiempos en que era religión oficial– con el objetivo de
sostener y controlar un ideal modélico de mujer, de familia y de sociedad que
data de varios siglos, y que ya no se corresponde con los tiempos que vivimos, ni con la existencia de un Estado «laico».
Cabe destacar que recientemente la vacuna contra el Virus del Papiloma Humano –HPV– fue incorporada al calendario oficial de vacunación de
la Argentina, y por lo tanto, comenzó a ser obligatoria y gratuita para las
nenas de 11 años28. La resolución del Ministerio de Salud señala dos de los
150
más de 150 genotipos diferentes de HPV, son los que mayor incidencia tienen en el cáncer de cuello uterino y que más del 80% de las mujeres argentinas habrán tenido algún tipo de infección por HPV antes de cumplir los 50
años.
El HPV y sus consecuencias sobre los cuerpos de las mujeres, también
concitó el interés de la literatura contemporánea. Va de ejemplo un fragmento del poema de la cordobesa Carla Slek (2009), titulado «maldito HPV te
maldigo»:
doce años después de aquel viaje
los resultados de una biopsia me infor man
que en algún costado de mi anatomía
tengo un mosaico
que desborda
del virus del papiloma humano
integro una estadística de mujeres
sexualmente activa
que lo traspor tan
en la góndola de su profundo super market
ya sé que nos cuidamos
que nada tuvo que ver el amor con tu llegada
asumo el costo
un tratamiento
que la mutual no contempla
Notas
Nos estamos refiriendo a las pocas personas que tenían acceso a la lectura y/o escritura, y a los
pocos que podían comprar estos libros, que eran carísimos.
2 Ver Partida VII 7, 1. Códigos Antiguos de España.
3
Ver Partida VII 7, 1. Códigos Antiguos de España.
4
Ver Partida VII.5, 6. Códigos Antiguos de España.
5 Ver Partida VII8, 8. Códigos Antiguos de España.
6
Ver Partida VII 20-4. Códigos Antiguos de España.
7 Ver Partida I, 20, 12; VII, 9, 18. Códigos Antiguos de España.
8
Ver Partida VII, 22, 1. Códigos Antiguos de España.
9
El forzamiento implicaba la violación y el estupro.
10 El Concilio de Trento –1545-1563– trabajó en relación a una serie de problemas dogmáticos que
habían surgido en el marco de las críticas e interpelaciones que los protestantes for mulaban a la
Iglesia católica. Reafirmó la doctrina tradicional. En este marco, se promulgaron decretos doctrinales
y decretos sobre la reforma de la atención pastoral y la disciplina de la iglesia. Entre ellos, lo relativo
1
151
al matrimonio y la sexualidad de las personas, tanto de laicos como de sacerdotes y monjas. La
monarquía española reconoció la normativa expedida por el concilio como ley real.
11 A lo largo del siglo XIX, y como consecuencia de la Revolución de Mayo, se había instaurado la
igualdad jurídica ante la ley de todos los grupos sociales: en primer lugar resultaron beneficiarios los
indígenas –1813–, y luego los esclavos –1853– con la abolición de la esclavitud. Sin embargo, esta
igualdad no alcanzó a las relaciones entre hombres y mujeres, pues la sociedad continuó siendo de
tipo patriarcal.
12 En el año 1888 se instauró el matrimonio civil, aunque no se per mitió el divorcio vincular.
13
El destacado es nuestro.
14
El destacado es nuestro.
15 El discurso de la domesticidad configuraba un prototipo de mujer modelo : «el ángel del hogar –la
per fecta casada– la mujer de su casa», basado en el ideario de lo doméstico y el culto a la maternidad como máximo horizonte de realización, sin posibilidad de crear un proyecto social o cultural
autónomo (Nash, 1993).
16
El destacado es nuestro.
17 L etra de Ángel Gregorio Villoldo.
18
L as anarquistas no querían ser confundidas con las feministas porque para ellas representaban
valores burgueses ya que luchaban por obtener «der echos que formaban parte del orden que querían aniquilar». Entr e sus principales representantes, encontramos a Juana Rouco Buela (Belucci,
1994).
19 El núcleo de las primeras feministas argentinas había surgido de los sector es medios en franca
expansión que gozaban de mayor educación, de las posiciones seculares, la implantación del socialismo, la militancia de anarquistas y librepensadoras, en un país con una alta tasa de inmigrantes
europeos instalados desde fines del siglo XIX.
20
Ver AA.VV. (2007) Primer Congreso Femenino, Buenos Aires 1910, Historia Actas y trabajos.
Córdoba, Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba.
21
Esta ley fue derogada por el gobier no militar que depuso a Perón en 1955.
22 Ver http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_ 25071968_humanae-vitae_sp.html Consulta el 29/11/11.
23
ERP: Ejér cito Revolucionario del Pueblo; PRT: Partido Revolucionario de los Trabajador es; FAR:
Fuerzas Armadas Revolucionarias; FAL: Fuerzas Argentinas de Liberación.
24
CONADEP: Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, creada por el presidente Raúl
Alfonsín el 15 de diciembre de 1983.
25
Ver Nunca Más. Informe de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas. Buenos
Aires, Eudeba, 1987.
26 Llegado el año 1985, con la ley 23.264 se les habilitó para ejercer junto al padre la patria potestad
conjunta y se eliminan las distinciones entre hijos matrimoniales y extramatrimoniales, para llamarlos hijos en general. Y, finalmente, dos años más tarde, se sancionó la ley 23.515 de divorcio vincular.
27
Señora de nadie –1982–, Camila –1984–, Miss Mar y –1986–, Yo la peor de todas –1990–, De eso
no se habla –1993–.
28
L a edad en la que supone el Ministerio que todavía no han tenido relaciones sexuales, ya que el
HPV se transmite por esa vía.
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156
LA INCORPORACIÓN DE LOS DERECHOS
SEXUALES Y REPRODUCTIVOS EN LAS
CONSTITUCIONES DE ARGENTINA,
VENEZUELA, ECUADOR Y BOLIVIA
CUERPOS CEÑIDOS A SEXUALIDADES REPRODUCTIVAS
Ma. Eugenia Monte* y Leticia Gavernet**
...en el siglo XIX, la sexualidad es perseguida hasta en el más ínfimo detalle de las existencias; es acorralada en las conductas, perseguida en los sueños; se la sospecha en las menores locuras, se la
persigue hasta los primeros años de la infancia; pasa a ser la cifra
de la individualidad, a la vez lo que permite analizarla y torna
posible amaestrarla. Pero también se convierte en tema de operaciones políticas, de intervenciones económicas (mediante incitaciones o frenos a la procreación), de campañas ideológicas de
moralización o de responsabilización...
(Foucault, Historia de la Sexualidad)
El presente trabajo tiene por objeto el análisis del reconocimiento de
los derechos sexuales y reproductivos –DDSSRR– en la reforma de la Constitución Nacional Argentina de 1994 y en comparación con las últimas refor-
* Abogada. Diplomada en Desarrollo Humano con enfoque de Género y Derechos Humanos –
INECIP y FDCS, Universidad Nacional de Córdoba–. Maestranda en Sociología –CEA, UNC–. Integrante del Seminario de Derechos Sexuales y Reproductivos de la Facultad de Derecho y Ciencias
Sociales –UNC–. Adscripta de las Cátedras de Sociología Jurídica –FDCS, UNC– y Metodología I de
la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Inter nacionales de la Universidad Católica de Córdoba.
** Abogada. Magíster en Sociología Jurídica –Instituto Internacional de Sociología Jurídica,
Oñati–. Maestranda en Sociología –CEA y FDCS-UNC–. Doctoranda en Derecho y Ciencias Sociales –Universidad Nacional de Córdoba–. Becaria de CONICET. Profesora en la Cátedra de Sociología Jurídica –FDCS, UNC–.
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mas constitucionales latinoamericanas post 2000; particularmente Venezuela
–1999 y la reforma trunca de 2007–, Ecuador –2008– y Bolivia –2009–. El
recorte analítico responde a dar cuenta del reconocimiento de los DDSSRR
en nuestro país junto a la potencialidad comparativa con las últimas reformas
latinoamericanas que incorporaron modificaciones más sustanciales en la
materia. En este sentido, entendemos que, de acuerdo con los estudios especializados, estos procesos difieren al menos en tres cuestiones significativas.
En primer lugar, los contextos político-institucionales en los que se producen las reformas. En Argentina, entendemos que el proceso de reforma
constitucional del año 1994 respondería a la necesidad de recomposición
democrática, de reforzamiento y legitimación institucional, mientras que, en
Venezuela, Ecuador y Bolivia se vincularían a la conflictividad social y a las
demandas reivindicativas de las organizaciones sociales y políticas, ligadas a
un intento de consolidación de proceso político latinoamericanista en la región (Prada Alcoreza, 2008).
En segundo lugar, difieren en las modalidades de implementación de
la misma. La Constitución Argentina resulta representativa de los procesos
reformadores latinoamericanos de la década del noventa (Negretto, 2009),
celebrados por convención constituyente y, salvo excepciones, escasa ingerencia de organizaciones sociales, mientras que las r eformas de Venezuela,
Ecuador y Bolivia supusieron procesos de mayor participación ciudadana
mediante asamblea constituyente y referéndum.
En tercer lugar, se advierten diferencias relevantes en torno a las temáticas abordadas y el alcance de su reconocimiento. Por un lado, en la reforma
argentina se destacan las vinculadas al sistema institucional: mandato y reelección presidencial, jefe de gabinete, régimen parlamentario, reformas de
la administración de justicia, consejo de la magistratura, consulta popular y
plebiscito, acción de amparo y habeas corpus, régimen electoral y de partidos políticos, etc. (López, 2007; Gargarella, 1997).
En este contexto, se vuelve particularmente significativa la incorporación de los tratados internacionales, ya que constituyen una herramienta específica en materia de derechos humanos que, pese al acuerdo de la reforma
de no modificar la parte dogmática de la Constitución referida a las declaraciones, derechos y garantías, de cierta manera logran un alcance general que
amplía y profundiza el reconocimiento de los derechos, mas allá de su ubicación circunstancial (Rossetti, 2007).
158
Por su parte, consideramos que el contexto de las reformas constitucionales en Venezuela, Ecuador y Bolivia implicarían procesos refundacionales institucionales y que, además, abordaron significativamente distintas temáticas sociales y políticas en su especificidad. En general, plurinacionalidad
y pluriculturalidad, recursos naturales y medio ambiente, comunidades indígenas y afrodescendientes, equidad de género y sexualidades diversas, órganos de control ciudadano, etc. (Gamboa Rocabado, 2009; Rolland, 2008;
Arias, 2008; Ayala Corao, 2008) y, en particular, los DDSSRR.
Igualmente, las Constituciones de Venezuela 1999, Ecuador 2008 y
Bolivia 2009, integran el grupo de reformas constitucionales que conforman
el llamado «nuevo constitucionalismo en América Latina». En este sentido,
entiende Muñoz (2008: 1) que
las coincidencias entre estos países se dan no sólo por las reformas constitucionales, sino por sus gobiernos declarados de izquierda, así como por
la creciente polarización social, por los discursos oficiales post neoliberales y la aparente construcción de un nuevo modelo de sociedad (socialismo del siglo XXI).
En este contexto y en relación a los DDSSRR, las luchas de los movimientos feministas y por la diversidad sexual han logrado instalar con mayor
intensidad el debate público sobre los DDSSRR (Lind y Pazmiño, 2009). La
delimitación de lo comprendido por estas nociones ha sido motivo de vastas
discusiones al interior de los movimientos feministas y por la diversidad, así
como en las distintas esferas institucionales políticas.
Particularmente, entendemos que una noción amplia o abarcativa de
los mismos y ligada a los derechos humanos, supone caracterizarlos como
aquellos que comprenden a los derechos vinculados con la «reproducción» –
relativos a la seguridad durante el embarazo, por ejemplo–, vinculados a la
«no reproducción» –anticoncepción y aborto– (Brown, 2008) y los referidos
al «libre ejercicio de la sexualidad» (Brown, 2008; Klugman, 2007) –como
formas de relaciones y conductas sexuales– (Richardson, 2000), todos los
cuales implican una concepción subyacente sobre sexualidad.
En este sentido, entendemos que tanto el sexo, el género y la sexualidad no configuran destinos biológicos ni ontologías ahistóricas, sino «el conjunto de efectos producidos en los cuerpos, los comportamientos y las rela159
ciones sociales –en palabras de Foucault– por el despliegue de una tecnología política compleja»1 (De Lauretis, 1989: 8).
Esta conceptualización se aparta de aquellas nociones según las cuales
los DDSSRR constituirían una temática sólo relativa a la salud reproductiva,
que no cuestiona la construcción política de las sexualidades en torno a la
función reproductiva heteronormativa 2 y la familia tradicional. El enfoque de
los DDSSRR como derechos humanos trasciende esto último, ya que abre el
eje del debate y hace hincapié sobre la autonomía y libertad de disposición
sobre los cuerpos y sexualidades.
Por su parte, el conjunto de DDSSRR, así como los distintos aportes
teóricos y políticos de los movimientos feministas y por la diversidad constituyen el núcleo básico de lo que se conoce como «ciudadanía sexual» (Klugman, 2007; Maffía, 2001; Richardson, 2000; Lister, 1998; Walby, 1994). De
acuerdo con Cabral y Viturro3 (2006: 262), la ciudadanía sexual
enuncia, facilita, defiende y promueve el acceso efectivo de los ciudadanos para el ejer cicio de los derechos sexuales y reproductivos y de una
subjetividad política que no ha sido disminuida por las desigualdades basada en las características asociadas con el se xo, el género y la capacidad
reproductiva.
Pensar la sexualidad, la reproducción, la no reproducción y los derechos vinculados a ellas desde la categoría de ciudadanía sexual nos per mite
hablar de ciudadanas/os y de lo político ampliando la esfera, las dimensiones
y las categorías en juego, convirtiendo al derecho en un lugar de inclusión y
haciendo posible su exigibilidad ante la justicia, que se conforma como garante del acceso a estos derechos. En este sentido, entendemos que la ley es
el lugar donde adquieren visibilidad y reconocimiento las demandas de los
movimientos feministas y por la diversidad, y se consagran como asuntos de
orden público y político (Brown, 2008).
En el ámbito internacional, la noción de los DDSSRR como derechos
humanos ha quedado plasmada en diversos ordenamientos jurídicos, entre
los que se destacan el Programa de Acción adoptado en la Conferencia Internacional del Cairo –1994– y la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer celebrada en Beijing –1995–4 , que reafirma la línea de acción tomada en el Cairo, en las que se reconoce el derecho de todas las personas a gozar de salud
sexual y reproductiva y se comienza a consolidar esta concepción de los
160
DDSSRR como derechos humanos básicos (Miller, 2010; Brown, 2008; Correa y Jolly, 2007; Petchesky, 2003).
Asimismo, Beijing supuso un punto de quiebre, separando los DDSSRR de las políticas poblacionales –tanto pro como anti natalistas– en las que
la fecundidad y el cuerpo de las mujeres habían sido utilizados como factor
de control del desarrollo económico (Brown, 2008; Ciriza, 2007; De Barbieri, 2000). Complementariamente, los principios de Yogyakarta5 orientan la
aplicación de la legislación internacional de derechos humanos en materia
de orientación sexual e identidad de género, reforzando la concepción de
autonomía y libre disposición del propio cuerpo.
En este sentido, interesa indagar especialmente las particularidades de
la incorporación de los DDSSRR6 en las reformas constitucionales de Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia, ya sea en el marco de tratados internacionales con jerarquía constitucional, como en la propia letra de las constituciones, junto a las similitudes, divergencias, potencialidades y límites que se
presentan en torno a las mismas.
La incorporación de los DDSSRR en la Constitución Nacional argentina
En nuestro país, el debate sobre DDSSRR ha estado ligado al dictado
de legislación y al diseño e implementación de políticas públicas en la materia de manera incipiente desde la década del ochenta7 , cuando fueron incorporados a las agendas políticas nacionales y provinciales (Petracci, 2007;
Petracci y Pecheny, 2007), diferenciándose de las políticas de corte pro-natalista implementadas hasta entonces (Gogna, 2005).
En este proceso, se vuelve especialmente significativa la incorporación
de tratados de derechos humanos8 al bloque de constitucionalidad en la reforma de 1994. Vale recordar el intento del entonces presidente Carlos Menem de incorporar en la Constitución Nacional la cláusula que garantizaba el
derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, lo que hubiera
supuesto un enorme obstáculo para el reconocimiento de ciertos derechos
no reproductivos en el futuro, particularmente el aborto. Frente a esto, el
Movimiento de Mujeres Autoconvocadas por el Derecho a Elegir en Libertad
161
–MADEL– 9, planteó la necesidad de debatir el derecho de las personas a
decidir sobre su reproducción (Petracci y Pecheny, 2007).
Los DDSSRR consagrados en la Constitución argentina en la reforma
de 199410 se vinculan a la incorporación de los tratados internacionales de
derechos humanos, destacándose la Convención sobre los Derechos del Niño
–artículos 19, 34 y 24 inc. d y f–, y particularmente, la Convención sobre la
Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer –artículos
11, 12 y 14 inc. b–, junto a algunas menciones en la Declaración Americana
de los Derechos y Deberes del Hombre –artículo 8–, la Declaración Universal
de Derechos Humanos –artículo 25 inc. 2–, la Convención Americana sobre
Derechos Humanos –artículos 17 y 4 inc. 5–, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales –artículo 10 inc. 2– y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y su Protocolo Facultativo –artículo
23 y 6 inc. 5–11.
En un análisis integrador, en estos tratados internacionales los Estados
partes reconocen y se comprometen a adoptar las medidas tendientes a asegurar como DDSSRR:
1) Derechos relativos a la protección y asistencia sanitaria y laboral de
la mujer en lo relacionado con la reproducción: Comprenden el derecho a la
protección de la salud y a la seguridad en las condiciones de trabajo, incluso
la salvaguardia de la función de reproducción; impedir la discriminación contra la mujer por razones de maternidad y asegurar la efectividad de su derecho a trabajar; prohibir, bajo pena de sanciones, el despido por motivo de
embarazo o licencia de maternidad y la discriminación en los despidos sobre
la base del estado civil; implantar la licencia de maternidad con sueldo pago
o con prestaciones sociales comparables sin pérdida del empleo previo, la
antigüedad o beneficios sociales; prestar protección especial a la mujer durante el embarazo en los tipos de trabajos que se haya probado puedan resultar perjudiciales para ella. Asimismo, se prohíbe la aplicación de la pena de
muerte a mujeres en estado de gravidez.
Igualmente, los Estados partes se comprometen a adoptar medidas en
función de eliminar la discriminación contra la mujer en la esfera de la atención médica y a fin de asegurar el acceso a servicios de atención médica,
inclusive los que se refieren a la planificación de la familia, y garantizar a la
mujer servicios apropiados en relación con el embarazo, el parto y el período
162
posterior al parto, proporcionando servicios gratuitos cuando fuere necesario, y asegurar una nutrición adecuada durante el embarazo y la lactancia. En
particular, la atención sanitaria prenatal y postnatal apropiada a las madres, y
el desarrollar la atención sanitaria preventiva. De la misma manera, se protege a la mujer en zonas rurales a fin de asegurar el acceso a servicios adecuados de atención médica, inclusive información, asesoramiento y servicios en
materia de planificación de la familia.
2) Derechos relativos a la planificación familiar para los/as progenitores/as: Los Estados partes adoptarán todas las medidas adecuadas para los
mismos derechos y responsabilidades durante el matrimonio y con ocasión
de su disolución, como progenitores/as, cualquiera que sea su estado civil, en
materias relacionadas con sus hijos/as. Esto es, a decidir libre y responsablemente el número de sus hijos/as y el intervalo entre los nacimientos y a tener
acceso la información, la educación y los medios que les permitan ejercer
estos derechos; la orientación a los/as progenitores/as y la educación y servicios en materia de planificación de la familia; y alentar el suministro de los
servicios sociales de apoyo necesarios para permitir que los/as progenitores/
as combinen las obligaciones para con la familia con las responsabilidades
del trabajo y la participación en la vida pública, especialmente mediante el
fomento de la creación y desarrollo de una red de servicios destinados al
cuidado de los/as niños/as.
3) Derechos relativos al reconocimiento y libre ejercicio de la sexualidad: Respecto a los derechos sexuales, sólo refieren a la prohibición de abuso
y explotación sexual de los/as niños/as, impedir la incitación o la coacción
para que un/a niño/a se dedique a cualquier actividad sexual ilegal y la explotación del/la niño/a en espectáculos o materiales pornográficos; y la prohibición del tráfico o trata de personas.
En este sentido, entendemos que la concepción de DDSSRR que subyace en el reconocimiento constitucional en Argentina enfatiza particularmente los derechos «reproductivos»: la asistencia sanitaria y laboral pre y
post natal de las madres –prohibición de despido, discriminación, trabajo
perjudicial y previsión de licencia, la no aplicación de la pena de muerte a
mujeres en estado de gravidez–, y el énfasis en la protección de la familia
–la asistencia a los/as progenitores/as o «los padres» en la planificación fami163
liar–, advirtiéndose que las/os sujetas/os protegidas/os son en primer lugar la
mujer embarazada o mujer-madre y la figura de la familia.
Al mismo tiempo, se advierte que los derechos no reproductivos se
reconocen de manera limitada, sólo en relación a la planificación familiar –
cuántos/as hijos/as tener– con ausencia de lo relativo a la anticoncepción, es
decir que la no reproducción sólo se contempla en tanto refiera a la disposición de la sexualidad y la reproducción en el marco familiar. Todo esto en
concordancia con otros artículos que refuerzan la noción de familia tradicional como núcleo/pilar social constitutivo, junto a la consagración de los derechos al matrimonio para los hombres y mujeres y no para las «personas» en
general12.
Respecto a los derechos sexuales, sólo refieren a la prohibición de abuso y explotación sexual –en cuanto a niños/as– y tráfico o trata de personas,
lo que implica una temática en particular que se vincula a proteger el libre
ejercicio de la sexualidad –cabiendo la distinción entre trata y trabajo sexual,
ausente de regulación y protección–.
Si bien este reconocimiento de algunos DDSSRR es loable, cabe advertir el reconocimiento limitado y ceñido de los derechos no reproductivos y
la ausencia de protección explicita de los derechos sexuales en su extensión –
derechos de identidad de género y orientación sexual–, cuestión que retomaremos en las reflexiones comparativas.
La incorporación de los DDSSRR en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela 1999 –y las propuestas truncas del
intento de reforma de 2007–
Venezuela constituye un proceso particular de reforma constitucional
refundacional, devenida en paradigmática para el contexto latinoamericano
cercano a la década del dos mil. Sin embargo, en la reforma de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999 existen divergencias
respecto a los contextos y posteriores procesos de Ecuador –2008– y Bolivia
–2009–, particularmente en lo que refiere a un mayor énfasis en el reforzamiento estatal en el caso venezolano, acorde al fortalecimiento institucionalpresidencial de Hugo Chávez y en el marco de la doctrina del llamado «socialismo del siglo XXI».
164
Los DDSSRR reconocidos por la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999 están reconocidos en los artículos 21, 56, 75, 76,
77, 78, 81 inc. 5 y 86, y refieren a:
1) Derechos relativos a la protección y asistencia de la mujer en lo relacionado con la reproducción: Establece que el Estado garantice asistencia y
protección integral a la maternidad, en general a partir del momento de la
concepción, durante el embarazo, el parto y el puerperio, y asegure servicios
de planificación familiar integral basados en valores éticos y científicos.
2) Derechos relativos a la planificación familiar para los/as progenitores/as: Establece que el Estado protegerá a las familias como asociación natural de la sociedad y como el espacio fundamental para el desarrollo integral
de las personas; que las relaciones familiares se basen en la igualdad de derechos y deberes, la solidaridad, el esfuerzo común, la comprensión mutua y el
respeto recíproco entre sus integrantes; y que el Estado garantice protección
a la madre, al padre o a quienes ejerzan la jefatura de la familia.
Por su parte, establece que la maternidad y la paternidad sean protegidas integralmente, sea cual fuere el estado civil de la madre o del padre; que
las parejas tienen derecho a decidir libre y responsablemente el número de
hijos e hijas que deseen concebir y a disponer de la información y de los
medios que les aseguren el ejercicio de este derecho; que el padre y la madre
tienen el deber compartido e irrenunciable de criar, formar, educar, mantener
y asistir a sus hijos e hijas, y éstos tienen el deber de asistirlos cuando aquél o
aquella no puedan hacerlo por sí mismos.
Particularmente, en relación a la identidad, establece que toda persona tiene derecho a un nombre propio, al apellido del padre y al de la madre,
y a conocer la identidad de los mismos. El Estado garantizará el derecho a
investigar la maternidad y la paternidad; que toda persona tiene derecho a
ser inscritas gratuitamente en el registro civil después de su nacimiento y a
obtener documentos públicos que comprueben su identidad biológica, de
conformidad con la ley; y que estos no contendrán mención alguna que califique la filiación.
Finalmente, establece que toda persona tiene derecho a la seguridad
social como servicio público de carácter no lucrativo, que garantice la salud y
asegure protección en contingencias de maternidad y paternidad.
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3) Derechos relativos al reconocimiento y libre ejercicio de la sexualidad: Refiere al establecimiento de la no discriminación por razones de sexo,
protegiendo especialmente a aquellas personas que se encuentren en circunstancia de debilidad manifiesta y sancionando los abusos o maltratos que
contra ellas se cometan.
En un análisis integrador, entendemos que la concepción de DDSSRR
que subyace en el reconocimiento constitucional en Venezuela enfatiza particularmente los derechos reproductivos: la asistencia de la maternidad, con la
noción problemática para los derechos no reproductivos de su consideración
«desde la concepción». Sin embargo, a diferencia de Argentina, consagra
mayormente derechos de planificación familiar de manera paritaria, donde
se reconoce tanto a la maternidad como a la paternidad –madres y padres
como sujetos de derechos y obligaciones–, al mismo tiempo que incorpora
un lenguaje no sexista a toda su redacción.
Cabe reiterar, sin embargo, la misma advertencia que en el caso argentino: el reconocimiento de los derechos no reproductivos queda encorsetado
en una sexualidad concebida en torno a la planificación familiar y a la figura
de la familia tradicional –mamá y papá– como núcleo/pilar social constitutivo, en concordancia con la consagración del matrimonio como unión de
«hombre y mujer» –artículo 77–. En el mismo sentido, establece el problemático reconocimiento de la identidad en términos biológicos –artículo 56–, a lo
que se agrega la omisión del reconocimiento de la identidad de género y las
orientaciones sexuales, perpetuándolas como «naturales», binarias e inevitables.
Respecto a los «derechos sexuales», sólo refieren a la prohibición de
discriminación por razones de sexo, y a sancionar el abuso –artículo 21–. A
diferencia de la Constitución argentina, la consagración es genérica –remitiendo en algunos casos, como niños/as y jóvenes, a los tratados ratificados–
con una contundente ausencia de la protección de la identidad y orientación
sexual y contra la violencia sexual –resultando significativa la ausencia de la
nociones de sexualidad, pues sólo existen en sus 350 artículos dos menciones a «sexo» en relación a la no discriminación mencionada–.
En este sentido, el posterior intento de reforma del año 2007 obedecía
a la propuesta de «profundizar el modelo socialista» modificando 69 artículos
de la Constitución de 1999, en un contexto de alta conflictividad social y
graves cuestionamientos entre partidarios y opositores al gobierno.
166
Particularmente, interesa destacar por su potencia contrastante e ilustrativa que, para esta reforma trunca, grupos feministas y de la diversidad
sexual conformaron el Grupo ESE que presentó ante el Instituto Nacional de
la Mujer, el Coordinador de la Comisión para la reforma constitucional, el
Defensor del Pueblo y los foros para la reforma, una propuesta de sus reivindicaciones postergadas. Esta propuesta en materia de DDSSRR ,de acuerdo
con Espina (2009), refería a la seguridad social para todas y todos los asegurados sin distingo del sexo del compañero o compañera que se declare como
cónyuge –tanto para el seguro social obligatorio como para los seguros privados–; la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo en todos
los casos, excepto cuando se hace sin el consentimiento de la mujer o sin
seguridades médicas, proponiendo el cambio en la redacción del artículo 76
por «la mujer tiene derecho a decidir la interrupción voluntaria del embarazo
antes del tercer mes de gestación y a recibir por ello asistencia médica de
calidad y gratuita por parte del Estado»; y la eliminación de todas las medidas discriminatorias contra las/os trabajadoras/es sexuales en todo el país.
Al mismo tiempo, establecía el reconocimiento del derecho a la identidad legal y a la modificación integral de los documentos según la identidad
de género a las personas transexuales e intersexuales –incluido el cambio de
nombre propio–, proponiendo la modificación del artículo 21 de la Constitución, numeral 1, de manera que explícitamente se garantice la no discriminación de las personas por cualquier motivo, asumiendo la redacción:
1. No se permitirán discriminaciones fundadas en el origen étnico, sexo,
credo, edad, discapacidad, condición social y económica, condiciones de
salud, embarazo, lengua, opiniones, preferencias sexuales, identidad de
género, expresión de género, estado civil o cualquier otra, que tengan por
objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o
ejercicio de los derechos y libertades de toda persona.
Asimismo, se propuso la modificación del artículo 56 de la Constitución de la siguiente manera: «Las personas que tengan una identidad de
género distinta al sexo legal que les fue atribuido al nacer tienen derecho al
reconocimiento legal de su identidad físico-psico-social en condiciones de
privacidad».
Finalmente, incorporaba el reconocimiento del Estado tanto a los matrimonios heterosexuales como a cualquier tipo de unión estable, incluida la
167
de personas del mismo sexo, proponiendo la modificación del artículo 77 de
la Constitución de la siguiente manera:
Se protege el matrimonio entre dos personas, fundado en el libre consentimiento y en la igualdad absoluta de los derechos y deberes de los cónyuges. L as uniones estables entre dos personas que cumplan los requisitos
establecidos en la Ley producirán los mismos efectos que el matrimonio.
En este sentido, se propuso también la modificación del artículo 75
como: «Se reconoce el derecho a la comaternidad o copaternidad de los
hijos e hijas adoptadas o concebidas por uno o una de los o las integrantes de
una pareja del mismo sexo».
De estas propuestas en materia de DDSSRR, sólo se aprobó para su
tratamiento en la constituyente lo relativo a la no discriminación por orientación sexual (Espina, 2009), aunque finalmente todas las reformas propuestas
por la Asamblea Constituyente de Venezuela en 2007 fueron desistidas por el
referéndum popular que votó en un 50,65% –Bloque A– y un 51,01% –
Bloque B– por el No a la reforma constitucional.
La incorporación de los DDSSRR en la Constitución de la República del Ecuador de 2008
La reforma constitucional de 2008 en Ecuador es una de las más extensas del mundo y la más larga de las cartas magnas que se han adoptado
en el territorio ecuatoriano, en la cual se destaca la consagración de la participación ciudadana directa, las nuevas instituciones en el marco de derechos
sociales y colectivos, el reconocimiento de las comunidades indígenas y su
marcado carácter ambientalista (Rolland, 2008).
Es necesario destacar que un año antes de la reunión de la Asamblea
Constituyente, se organizó la Pre Constituyente de Mujeres del Ecuador debido a que varias organizaciones de mujeres plantearon la necesidad de tener
una posición definida frente a la Asamblea Constituyente del 2008. En el preencuentro se fijaron una serie de «reivindicaciones irrenunciables» que no
serían objeto de negociación y que pasarían a ser las «prioridades» de las
mujeres en la nueva Constitución, y que luego integraron un «Pacto de los
168
Derechos de las Mujeres» que firmaron los asambleístas (Palacios Jaramillo,
2008).
Esas prioridades incluían: Estado laico, derecho a la igualdad real, a la
decisión sobre el cuerpo, la vida sexual y reproducción, justicia de género,
erradicación del sexismo, machismo, androcentrismo y prácticas discriminatorias, conciliación de la labor productiva con la reproductiva, entre otras
(Palacios Jaramillo, 2008). En el mismo sentido, las organizaciones de la diversidad sexual reclamaron la incorporación del derecho a la libertad de orientación sexual (Muñoz, 2008).
En la primera versión del documento del Pacto de los Derechos de las
Mujeres que se debatió en la Asamblea Constituyente de 2008, quedaron
afuera algunas reivindicaciones centrales como la incorporación del concepto «soberanía del cuerpo», cuya inclusión había sido reclamada además por
otros grupos, especialmente de jóvenes. Estos/as jóvenes entendían que
el cuerpo es el primer territorio de autodeter minación […] y la soberanía
como la capacidad de autogobierno y autoorganización de un Estado y su
pueblo. A la soberanía de los cuerpos la vemos como la capacidad de
autodeterminación y derecho a decidir sobre el proyecto de vida, los afectos y formas de interrelación, teniendo como fundamento la autoestima y
la dignidad humana (fragmento de un documento de una organización
de jóvenes citado por Palacios Jaramillo, 2008).
Finalmente, el reconocimiento de los DDSSRR en la Constitución ecuatoriana vigente en los artículos 3, 9, 10, 11, 14, 19, 29, 32, 35, 42, 43, 51, 67,
68, 332, 347, 363 incs. 4 y 6, y 366 inc.6, comprende:
1) Derechos relativos a la protección y asistencia de la mujer en lo relacionado con la reproducción y de las personas trabajadoras: Garantizar la
salud integral y la vida de las mujeres, en especial durante el embarazo, parto
y postparto; que las mujeres embarazadas reciban atención prioritaria y especializada en los ámbitos público y privado; que las mujeres embarazadas y
madres con hijas/os menores reciban asistencia humanitaria preferente y especializada e igual tratamiento en el caso de que estuvieran privadas de la
libertad.
Particularmente, en relación a las mujeres embarazadas y en período
de lactancia, establece que el Estado garantice los derechos a no ser discrimi169
nadas por su embarazo en los ámbitos educativo, social y laboral; la gratuidad de los servicios de salud materna; la protección prioritaria y cuidado de
su salud integral y de su vida durante el embarazo, parto y posparto; y el
disponer de las facilidades necesarias para su recuperación después del embarazo y durante el periodo de lactancia.
Asimismo, dispone que el Estado garantice el respeto de los derechos
reproductivos de las personas trabajadoras, lo que incluye la eliminación de
riesgos laborales que afecten la salud reproductiva, el acceso y estabilidad en
el empleo sin limitaciones por embarazo o número de hijas e hijos, derechos
de maternidad, lactancia, y el derecho a licencia por paternidad, mientras
que se prohíbe el despido de la mujer trabajadora asociado a su condición de
gestación y maternidad, así como la discriminación vinculada con los roles
reproductivos.
2) Derechos relativos al reconocimiento y libre ejercicio de la sexualidad: Establece la prohibición de discriminación en razón del sexo, la identidad de género y la orientación sexual; prohíbe la emisión de publicidad que
induzca al sexismo; establece la prevención, sanción y eliminación de la violencia, la esclavitud y la explotación sexual, como parte del derecho a la
integridad personal; el derecho a tomar decisiones libres, informadas, voluntarias y responsables sobre su sexualidad, su vida y orientación sexual, promoviendo el Estado el acceso a los medios necesarios para que estas decisiones se den en condiciones seguras.
Al mismo tiempo, prohíbe la utilización sin consentimiento del titular
de datos referentes a su salud y vida sexual; reconoce y respeta las diferencias
de género, la orientación e identidad sexual; establece que es deber y responsabilidad de ecuatorianos y ecuatorianas respetar y reconocer las diferencias
de género, y la orientación e identidad sexual; que el Estado se compromete
a asegurar la educación en sexualidad desde el enfoque de los derechos, el
erradicar todas las formas de violencia en el sistema educativo y el velar por
la integridad sexual de los/as estudiantes/as; garantiza que las víctimas de
violencia sexual reciban atención prioritaria y especializada en los ámbitos
público y privado; establece la adopción, por parte del Estado, de medidas
de prevención y erradicación de la trata de personas, y de protección y reinserción social de las víctimas de la trata.
170
3) Derechos relativos a la familia y los/as progenitores/as: Reconoce a
la familia en sus diversos tipos, estableciendo que el Estado la protegerá como
núcleo fundamental de la sociedad y garantizará condiciones que favorezcan
integralmente la consecución de sus fines. Entiende que éstas se constituirán
por vínculos jurídicos o de hecho y se basarán en la igualdad de derechos y
oportunidades de sus integrantes, promoviendo la maternidad y paternidad
responsables donde la madre y el padre están obligados al cuidado, crianza,
educación, alimentación, desarrollo integral y protección de los derechos de
sus hijas e hijos, y en particular cuando se encuentren separados de ellos por
cualquier motivo.
4) Derechos sexuales y reproductivos como cuestión de salud: Reconoce y garantiza el acceso permanente, oportuno y sin exclusión a programas,
acciones y servicios de promoción y atención integral de salud, salud sexual
y salud reproductiva, y aclara que la prestación de los servicios de salud se
hará con enfoque de género; el derecho a tomar decisiones libres, responsables e informadas sobre su salud y vida reproductiva y a decidir cuándo y
cuántas hijas e hijos tener; el asegurar acciones y servicios de salud sexual y
de salud reproductiva, y el garantizar la salud integral y la vida de las mujeres, en especial durante el embarazo, parto y postparto.
En un análisis integrador, en los DDSSRR reconocidos por la Constitución ecuatoriana del 2008 observamos que el reconocimiento de los «derechos reproductivos» se vincula, por un lado, y de manera específica, a la
protección de la salud y la vida de las mujeres, especialmente durante el
período del embarazo, parto y post-parto. Igualmente, a garantizar a las mujeres en ese período el derecho a no ser discriminadas en los ámbitos educacional, social y laboral, y a garantizarles la gratuidad de los servicios de salud.
De manera más general –y a diferencia de las Constituciones de Argentina y Venezuela– el Estado ecuatoriano garantizara el respeto de los derechos y la salud reproductiva de las personas trabajadoras. En este sentido,
entendemos que la Constitución ecuatoriana avanza en relación a las otras
constituciones al reconocer y garantizar derechos reproductivos no sólo a la
mujer-madre, sino, de manera más amplia, a las personas en general y en
relación al trabajo. Esto supone reconocer como sujeto reproductivo a la
mujer y, además, a aquellas/os que cumplan algún «rol reproductivo».
171
En relación a los «derechos sexuales» reconoce, respeta y prohíbe la
discriminación de la identidad de género y la orientación sexual. Por su parte, asegura la educación en sexualidad con un enfoque desde los derechos y
la erradicación de toda forma de violencia sexual del sistema educativo, reconociendo el derecho a informarse y decidir libremente en cuestiones relativas a la sexualidad y la orientación sexual. Al mismo tiempo, dispone que el
Estado promueva los medios necesarios para que esas decisiones se den en
condiciones seguras. Igualmente, garantiza la prevención, sanción y eliminación de toda forma de violencia, esclavitud y explotación sexual y trata de
personas, garantizando la reinserción de las víctimas de trata.
Es decir que, en general, hay un amplio y expreso reconocimiento y
respeto de las orientaciones e identidades sexuales, así como los derechos a
la educación, información y decisiones libres y voluntarias en lo referido a la
sexualidad, condenando enfáticamente las discriminaciones basadas en la
orientación sexual y toda forma de violencia/explotación sexual.
Es necesario destacar que, a diferencia de las Constituciones de Argentina y Venezuela, se reconocen amplia y expresamente los DDSSRR, vinculados al goce pleno de la salud, junto al uso de un lenguaje no sexista ni androcéntrico. Sin embargo, este reconocimiento presenta algunas limitaciones,
como el matrimonio concebido como la unión entre hombre y mujer –artículo 67–, y el problemático reconocimiento de la adopción que corresponderá
sólo a parejas de distinto sexo –artículo 68–. Igualmente, en relación a los
derechos no reproductivos, existe una limitación al igual que en el caso de
Argentina y Venezuela, puesto que se reducen al derecho a planificar la cantidad de hijos/as a tener, junto a que la planificación se da ligada a la noción
de familia tradicional y con ausencia del reconocimiento y garantía expresos
de los derechos de anticoncepción.
La incorporación de los DDSSRR en la Constitución Política de
Bolivia de 2009
En el caso de Bolivia, el proceso de luchas sociales desde la década del
dos mil muestra un alto nivel de crisis institucional y conflictividad social en el
país: guerra del agua, resistencia al impuestazo, guerra del gas, marcha por la
toma del Parlamento, manifestaciones, huelgas, bloqueos y ocupaciones pro172
tagonizadas por campesinos/as, indígenas, regantes y fabriles, sectores antiglobalización, juntas de vecinos/as, jóvenes, maestros/as, sindicatos mineros y
las luchas feministas y por la diversidad (Gutiérrez Aguilar, 2008; Vargas y
Córdova, 2003).
Estas prácticas y reivindicaciones significativas fueron los componentes centrales y aglutinantes de la experiencia de la Asamblea Constituyente,
cuyos 225 miembros fueron elegidos en 2006 en un conflictivo proceso que,
luego de dos postergaciones, culminaría con la consagración de las reformas
constitucionales en el referéndum el 25 de enero de 2009.
Significativamente, en Bolivia las luchas por DDSSRR de esta década
refieren principalmente a organizaciones sociales diversas y en tensión como,
por un lado, la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Originarias
de Bolivia Bartolina Sisa –ligadas al Movimiento Al Socialismo, conocidas
como Las Bartolinas– y demás sindicatos femeninos; por otro, las asociaciones de mujeres periurbanas, como las juntas vecinales y los comités de amas
de casa, asumiendo una identidad campesina y de origen étnico en detrimento de reivindicaciones de género; paralelamente, las ONGs en defensa
de los derechos de la mujer –Coordinadora de la Mujer, Centro de Información y Desarrollo de la Mujer y Centro de Promoción de la Mujer Gregoria
Apaza–; y, finalmente, los grupos de feministas anarquistas y radicales entre
las que se destaca la asociación Mujeres Creando, quienes en simultáneo a la
Asamblea Constituyente redactaron su Constitución Política Feminista del
Estado (Rodríguez Gomes, 2010).
Por su parte, las organizaciones feministas y por la diversidad sexual13
presentaron una propuesta para su inclusión en la redacción de la Nueva
Constitución Política del Estado Boliviano –Foro de Encuentros Territoriales
en Bolivia de la Asamblea Constituyente– en las que se proponían como
DDSSRR para su incorporación en la reforma, principalmente, que el Estado
garantice una educación respetuosa de la diversidad de personas, libre de
estigmatizaciones y prejuicios, y asimismo, el derecho a tener identidad propia y gozar de autonomía y autodeterminación en todas las esferas de la
vida: emocional, sexual, familiar, educativa, reproductiva, laboral, económica, política o cualquier otra.
Entre los DDSSRR específicamente consagrados en la Constitución
Política de Bolivia de 2009 se destacan los artículos 14, 15, 45, 48, y el que
173
consagra específicamente la temática: el artículo 66. En un análisis integral,
los DDSSRR reconocidos abarcan:
1) Derechos relativos a la protección y asistencia laboral y sanitaria de
la mujer en lo relacionado con la reproducción: Particularmente, el derecho
de las mujeres a la maternidad segura, con una visión y práctica intercultural
y el goce de especial asistencia y protección del Estado durante el embarazo,
parto y en los periodos prenatal y posnatal; establece que las mujeres no
podrán ser discriminadas o despedidas por situación de embarazo o número
de hijas o hijos, y se garantiza la inamovilidad laboral de las mujeres en
estado de embarazo; igualmente, se prohíbe y sanciona toda forma de discriminación fundada en razón del embarazo.
2) Derechos relativos a la planificación familiar: Se garantiza la inamovilidad laboral de los/as progenitores/as, hasta que la hija o el hijo cumpla un
año de edad.
3) Derechos relativos al reconocimiento y libre ejercicio de la sexualidad: Establece la prohibición y sanción de toda forma de discriminación fundada en razón de la orientación sexual e identidad de género; dispone el
reconocimiento del derecho de todas las personas, en particular de las mujeres, a no sufrir violencia sexual, tanto en la familia como en la sociedad;
igualmente prevé que el Estado adopte las medidas necesarias para prevenir,
eliminar y sancionar la violencia de género así como toda acción u omisión
que tenga por objeto degradar la condición humana, causar muerte, dolor y
sufrimiento sexual, tanto en el ámbito público como privado, y la prohibición
de la trata y tráfico de personas.
4) Reconocimiento de derechos sexuales y reproductivos específicamente: Reconocimiento de DDSSRR a hombres y mujeres en su artículo 66.
En un análisis integrador, entendemos que la concepción de DDSSRR
que subyace en el reconocimiento constitucional en Bolivia enfatiza, por un
lado, los derechos reproductivos pre y post natal, ligados principalmente a la
mujer y la protección laboral y sanitaria durante el embarazo. En este sentido, es posible advertir –como en los casos de Argentina, Venezuela y Ecuador– una limitación contundente de los derechos no reproductivos –sólo asociados a planificación familiar en el marco de la familia tradicional, vinculada
a establecer el matrimonio sólo entre hombre y mujer (artículo 63) y con
174
ausencia del derecho a la anticoncepción– que también integran la ciudadanía sexual.
Por su parte, en el análisis del articulado, los derechos sexuales también se vinculan a la prohibición del tráfico o trata de personas y de la violencia sexual en protección del libre ejercicio de la sexualidad tanto en el ámbito
público como privado, y particularmente se establece la igualdad –prohibición de discriminación– en razón de la orientación sexual e identidad de
género –al igual que en el caso de Ecuador, y a diferencia de Argentina y
Venezuela–.
En particular, se destaca como loable en estos artículos: el lenguaje no
sexista, el reconocimiento y prohibición de discriminación en virtud de las
identidades de género y las orientaciones sexuales, y la consagración específica de los DDSSRR en el artículo 66, que incluso incorpora a los hombres
como sujetos de los DDSSRR sin enfatizar ni vincularlos estrictamente con la
noción de familia tradicional.
Por último, si bien por razones de extensión no nos adentraremos en
un análisis particular, se vuelve necesario mencionar un aspecto relevante
vinculado al reconocimiento de los DDSSRR: la laicidad o religiosidad del
Estado. En este sentido, las Constituciones latinoamericanas desde el siglo
XIX se inspiraban en el modelo dominante del conservadurismo, disputando
sus concepciones con el liberalismo en cuestiones religiosas, y por ello se
caracterizaron en su historia por una significativa ambigüedad en la materia –
a diferencia de su predecesora, la Constitución de Estados Unidos, que establece la tolerancia religiosa–, reconociendo a un mismo tiempo la libertad de
cultos y el sostenimiento o la religión oficial católica por parte del Estado, lo
que constituye un proyecto especifico de «moralidad» (Gargarella y Courtis,
2009) que estrictamente afecta las nociones de familia, matrimonio, reproducción, no reproducción y sexualidad.
A partir de las últimas reformas constitucionales en los países estudiados, resulta necesario advertir que existió una tendencia a reforzar el carácter
neutralmente religioso del Estado: en cuanto a la reforma de la Constitución
argentina de 1994, se reformó el requisito presidencial y vicepresidencial de
pertenecer a la religión católica –artículo 89–; sin embargo, se sostiene el
culto católico apostólico y romano –artículo 2–; mientras que en las últimas
constituciones latinoamericanas de Venezuela 1999, Ecuador 2008 y Bolivia
2009, la religión católica perdió su carácter oficial, se estableció la libertad de
175
religión y credo, el respeto por formas de religiosidad indígena y la independencia del Estado de la religión como Estados laicos.
Estas modificaciones, junto a el derecho a la vida sin establecer que
aplica desde la fecundación o concepción –Bolivia–, el reconocimiento de la
orientación sexual y la identidad de género –Ecuador y Bolivia–, y de la
unión de hecho sin referir expresamente a hombre y mujer –Ecuador–, constituyeron una apertura que hace posible interpretaciones flexibles, lo que generó una altísima conflictividad de los sectores religiosos.
Resulta significativo que en los procesos de reforma de Venezuela, Ecuador y Bolivia se produjo una movilización institucional y mediática radicalizada por parte de la Iglesia Católica y organizaciones afines, constituyéndose
en una de las mayores y más visibles oposiciones a los procesos de reforma y
a los gobiernos, entendiendo que se estaba permitiendo la legalización del
aborto y los matrimonios entre parejas del mismo sexo, y oponiéndose a la
pérdida de injerencia de sus creencias, hasta que finalmente las reformas
quedaron vigentes por voluntad popular debido a sus aprobaciones por referéndum.
Reflexiones abiertas
De acuerdo a lo trabajado en el presente artículo, entendemos que los
DDSSRR y la ciudadanía sexual configuran derechos humanos fundamentales y comprenden tanto a los derechos reproductivos –los vinculados a la
protección y asistencia en la reproducción, primordialmente en torno del
embarazo y la planificación familiar–, como a los derechos no reproductivos
–la educación sexual, la anticoncepción, la interrupción voluntaria del embarazo y la sexualidad no ceñida a la reproducción ni a la noción de familia
tradicional heteronormada–.
Por su parte, los derechos sexuales configuran diferentes formas de
prácticas en las relaciones personales –derecho a participar en la actividad
sexual, entendida como práctica del placer y no como mera reproducción– y
a las expresiones genéricas y sexuales –a reconocer y hacer visible la identidad y expresión de género y de las elecciones sexuales diversas y plurales–.
Ello incluye además los derechos a la autodeterminación y reproducción sexual, relacionados con el cuerpo y la integridad, el derecho al control
176
y la seguridad-protección en torno a las relaciones sexuales. Dentro de estos
derechos sexuales, se establecen los derechos de decir «no» vinculados con
las demandas dentro del matrimonio en contra de los deseos propios, los
reclamos contra el acoso o abuso y la violencia sexual (Richardson, 2000).
Como potencialidades y límites del reconocimiento de los DDSSRR en
las reformas constitucionales de Argentina 1994, Venezuela 1999, Ecuador
2008 y Bolivia 2009, entendemos que se presenta como loable el paulatino
reconocimiento y protección de los DDSSRR, lo que implica haber podido
ingresar en el orden del derecho demandas y necesidades relegadas e invisibilizadas por largo tiempo, esto es:
derechos bisagra entre lo público y lo privado que ponen en evidencia el
carácter sexuado de los sujetos y las sujetas, al tiempo que tensan la noción clásica de ciudadanía cuya igualdad se edificaba sobre la base de
una neutralidad y universalidad de un modelo de sujeto que lejos de cualquier abstracción, aparece marcado como varón, adulto y heterosexual
(Brown, 2008: 15).
Asimismo, todas las constituciones contienen o remiten a una prohibición contra la violencia, el abuso sexual y/o la trata –de niños/as, mujeres y/
o personas–, lo que implica, en cierta forma, una protección al libre ejercicio
de la sexualidad y la disposición del propio cuerpo.
Cabe destacar que, comparativamente, las últimas reformas constitucionales latinoamericanas de Venezuela –1999–, Ecuador –2008– y Bolivia –
2009– se diferencian de la Constitución de Argentina de 1994 en cuanto a su
lenguaje no sexista y/o androcéntrico, el reconocimiento abarcativo de los
derechos reproductivos –con las limitaciones que advertiremos más adelante– y la incorporación específica de los DDSSRR en su articulado o letra de la
propia Constitución. En particular, se destacan el reconocimiento específico
de las orientaciones sexuales y la identidad de género –Ecuador y Bolivia– y
los artículos puntuales de reconocimiento de los DDSSRR para mujeres y
hombres –Bolivia– y de salud sexual y salud reproductiva –Ecuador–.
Sin embargo, en todas las Constituciones analizadas estos reconocimientos están primordialmente enfocados hacia los derechos reproductivos
relativos a la protección y asistencia sanitaria y laboral de la mujer durante el
embarazo, parto y posparto, consagrando como sujeta de los derechos a la
177
mujer-madre, con una extensión más abarcativa en el caso de Ecuador que
reconoce los derechos reproductivos a las personas trabajadoras en general.
Ello implica una limitación importante, ya que un reconocimiento profundo de los DDSSRR en toda su extensión supone la deconstrucción de la
vinculación tradicional mujer/madre/esposa –y hombre/padre/esposo, puesto que los derechos reproductivos suelen recaer sobre los cuerpos de las
mujeres– que introduce en la institucionalidad y el discurso público otra figura de mujer poniendo en circulación la idea de la no maternidad, al mismo
tiempo que el reconocimiento del ejercicio de sexualidades no heteronormativas (Brown, 2008).
Por otro lado, los derechos no reproductivos se limitan a los derechos
relativos a la planificación familiar para los/as progenitores/as –dentro la familia tradicional heteronormada (mamá y papá) y a cuántos hijos/as tener y
cuándo– lo que implica: 1) el reforzamiento y «reproducción» de una concepción particular de familia tradicional heteronormada como «núcleo-célula»
social; y 2) la ausencia de otros derechos no reproductivos fuera de la planificación familiar –anticoncepción–.
En todos estos casos subyace una construcción de la sexualidad estrechamente ceñida a un modelo familiar tradicional, monogámico y heteronormado y, al mismo tiempo, encorsetada a la función reproductiva y no a la
práctica del placer. En el mismo sentido, se observa la ausencia de reconocimiento y protección sustancial de los derechos sexuales en toda su extensión
–mas allá del reconocimiento de la identidad de género y orientación sexual
en el caso de Bolivia y Ecuador–, puesto que hubiese implicado una consagración específica de las medidas de reinscripción registral y asistencia laboral y sanitaria, y figuras de familia como el matrimonio y la adopción de
personas del mismo sexo y transexuales, tal como proponían las organizaciones sociales y políticas.
En este sentido, el derecho
es uno de los constructores y sostenedores de la heteronormatividad: el
discurso legal es un sitio impor tante desde el cual se regula la sexualidad
y se sostiene la división entr e lo homo y hetero […] El derecho es un
impor tante productor de subjetividades e identidades, y por lo tanto muchos de los ‘avances’ r elacionados con la diversidad sexual vienen con el
costo de institucionalizar aún más construcciones de sexualidad fuer te178
mente esencializadas, es decir, se corre el riesgo de reforzar la heteronormatividad como sistema de dominación (Vaggione, 2008: 20-21).
Esta advertencia adquiere relevancia pues, en la distinción entre derechos reproductivos, no reproductivos y sexuales –a pesar de su posible yuxtaposición–, se vuelve posible escindir sexualidad y reproducción como no
necesariamente vinculadas. Esto implica una disrupción de la noción tradicional de familia –heteronormativa– que la mayoría de los regímenes sociales occidentales continúan concibiendo y protegiendo como la única posible,
y que no refleja la sociedad diversa y plural en la que vivimos.
Entendemos que los debates en torno a los DDSSRR han traído a la
escena pública el cuestionamiento en torno a las potencialidades –de reconocimiento y legitimación– y las limitaciones –el riesgo de la concepción de
asistencia sanitaria y la distinción público/privado– de la consagración institucional-jurídica, donde aún la ciudadanía sexual –incluyendo los derechos
reproductivos fuera del modelo único de familia, los no reproductivos y los
sexuales en toda su extensión– aun no pueden combatir las nociones tradicionales de sexualidad-reproducción-familia subyacentes en los regímenes
jurídico-políticos modernos, lo que supone mantener el consenso tradicional
sobre DDSSRR de no discutir ni consagrar la autonomía y libre disposición
del cuerpo y la sexualidad.
179
180
Mujer -Madre
P rogenitores en el
marco del modelo
de familia tradicional
Derechos relativos a
la protección y asistencia sanitaria y laboral de la mujer en
lo relacionado con la
reproducción
Derechos relativos a
la planificación familiar para los progenitores
• Derecho a la protección de la salud y a la seguridad en las condiciones de trabajo,
incluso la salvaguardia de la función de reproducción;
• impedir la discriminación contra la mujer por razones de maternidad y asegurar la
efectividad de su derecho a trabajar;
• prohibir, bajo pena de sanciones, el despido por motivo de embarazo o licencia de
mater nidad y la discriminación en los despidos sobre la base de estado civil;
• implantar la licencia de maternidad con sueldo pago o con pr estaciones sociales comparables sin pérdida del empleo previo, la antigüedad o beneficios sociales;
• prestar protección especial a la mujer durante el embarazo en los tipos de trabajos que
se haya probado puedan resultar perjudiciales para ella;
• se prohíbe la aplicación de la pena de muerte a mujeres en estado de gravidez;
• eliminar la discriminación contra la mujer en la esfera de la atención médica y a fin de
asegurar el acceso a ser vicios de atención médica, inclusive los que se refieren a la planificación de la familia y garantizar a la mujer ser vicios apropiados en relación con el
embarazo, el par to y el período posterior al parto, proporcionando servicios gratuitos
cuando fuer e necesario y asegurar una nutrición adecuada durante el embarazo y la
lactancia;
• garantiza la atención sanitaria prenatal y postnatal apropiada a las madres y el desar rollar la atención sanitaria preventiva;
• protege a la mujer en zonas rurales a fin de asegurar el acceso a servicios adecuados de
atención médica e infor mación, asesoramiento y servicios en materia de planificación
de la familia.
• Los mismos derechos y responsabilidades durante el matrimonio y con ocasión de su
disolución, como progenitores, cualquiera que sea su estado civil, en materias relacionadas con sus hijos;
• a decidir libre y responsablemente el número de sus hijos y el intervalo entre los nacimientos y a tener acceso la infor mación, la educación y los medios que les permitan
ejer cer estos derechos;
• la orientación a los padres y la educación y ser vicios en materia de planificación de la
familia;
• alentar el suministro de los servicios sociales de apoyo necesarios para per mitir que los
padres combinen las obligaciones para con la familia con las responsabilidades del trabajo y la par ticipación en la vida pública, especialmente mediante el fomento de la
creación y desarrollo de una r ed de servicios destinados al cuidado de los niños.
De la Nación Argentina de 1994
SUJETO/A
TITULAR DE
DERECHO
TIPO DE
DERECHO
DERECHOS RECONOCIDOS
CONSTITUCIÓN
Derechos Sexuales y Reproductivos en Constituciones de Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia - Cuadro Comparativo
181
Mujer -Madre
P rogenitores en el
marco del modelo
de familia tradicional
Derechos relativos a
la protección y asistencia de la mujer en
lo relacionado con la
reproducción
Derechos relativos a
la planificación familiar
• Garantiza asistencia y protección integral a la maternidad, en general a partir del momento de la concepción, durante el embarazo , el parto y el puerperio y asegure servicios
de planificación familiar integral basados en valor es éticos y científicos.
• Protege a las familias como asociación natural de la sociedad y como el espacio fundamental para el desar rollo integral de las personas;
• Promueve que las relaciones familiares se basen en la igualdad de der echos y deberes,
la solidaridad, el esfuerzo común, la compr ensión mutua y el respeto recíproco entre sus
integrantes;
• protege a la madre, al padre o a quienes ejerzan la jefatura de la familia;
• maternidad y la pater nidad son protegidas integralmente, sea cual fuere el estado civil
de la madre o del padre;
• las parejas tienen derecho a decidir libre y responsablemente el número de hijos e hijas
que deseen concebir y a disponer de la infor mación y de los medios que les aseguren el
ejer cicio de este derecho;
• el padre y la madre tienen el deber compar tido e irrenunciable de criar, formar, educar,
mantener y asistir a sus hijos e hijas, y éstos tienen el deber de asistirlos cuando aquél o
aquella no puedan hacerlo por sí mismos;
• derecho a un nombre propio, al apellido del padre y al de la madre, y a conocer la
identidad de los mismos. El Estado garantizará el derecho a investigar la maternidad y la
paternidad;
• toda persona tiene derecho a ser inscritas gratuitamente en el registro civil después de
su nacimiento y a obtener documentos públicos que comprueben su identidad biológica, de confor midad con la ley. Éstos no contendrán mención alguna que califique la
filiación;
• derecho a la seguridad social como servicio público de carácter no lucrativo, que garantice la salud y asegure protección en contingencias de maternidad y paternidad.
Niños/as y Personas
De la R e p ú b l i c a
Bolivariana de Venezuela de 1999
Derechos relativos al
reconocimiento y libre ejercicio de la
sexualidad
• Prohibición de abuso y explotación sexual de los/as niños/as, impedir la incitación o la
coacción para que un/a niño/a se dedique a cualquier actividad sexual ilegal y la explotación del/la niño/a en espectáculos o materiales por nográficos;
• prohibición del tráfico o trata de personas.
SUJETO/A
TITULAR DE
DERECHO
De la Nación Argentina de 1994
TIPO DE
DERECHO
DERECHOS RECONOCIDOS
CONSTITUCIÓN
182
De la República de
Ecuador de 2008
CONSTITUCIÓN
SUJETO/A
TITULAR DE
DERECHO
Personas
Mujer-Madr e y personas trabajadoras
P rogenitores en el
marco del modelo
de familia tradicional
TIPO DE
DERECHO
Derechos relativos al
reconocimiento y libre ejercicio de la
sexualidad
Derechos relativos a
la protección y asistencia a las mujeres
y personas trabajadoras en relación a
la reproducción
Derechos relativos a
la familia y los progenitores
DERECHOS RECONOCIDOS
• No discriminación por razones de sexo, protegiendo «especialmente a aquellas personas que por alguna de las condiciones antes especificadas, se encuentren en circunstancia de debilidad manifiesta y sancionará los abusos o maltratos que contra ellas se cometan.
• Garantizar la salud integral y la vida de las mujeres, en especial durante el embarazo,
par to y postparto;
• las mujeres embarazadas reciben atención prioritaria y especializada en los ámbitos
público y privado ;
• las mujeres embarazadas y madres con hijas/os menores recibirán asistencia humanitaria preferente y especializada. Igual tratamiento en el caso de que estuvieran privadas de
la libertad;
• particularmente en relación a las mujeres embarazadas y en período de lactancia,
garantizará los derechos a no ser discriminadas por su embarazo en los ámbitos educativo, social y laboral;
• Garantiza la gratuidad de los servicios de salud materna;
• Garantiza la protección prioritaria y cuidado de su salud integral y de su vida durante
el embarazo, parto y pospar to;
• Garantiza el disponer de las facilidades necesarias para su recuperación después del
embarazo y durante el periodo de lactancia;
• respeto de los derechos reproductivos de las personas trabajadoras, lo que incluye la
eliminación de riesgos laborales que afecten la salud reproductiva, el acceso y estabilidad en el empleo sin limitaciones por embarazo o número de hijas e hijos, der echos de
mater nidad, lactancia, y el derecho a licencia por pater nidad;
• prohíbe el despido de la mujer trabajadora asociado a su condición de gestación y
mater nidad, así como la discriminación vinculada con los roles reproductivos.
• Se reconoce la familia en sus diversos tipos;
• el Estado la protegerá como núcleo fundamental de la sociedad y garantizará condiciones que favorezcan integralmente la consecución de sus fines. Estas se constituirán por
vínculos jurídicos o de hecho y se basarán en la igualdad de derechos y opor tunidades
de sus integrantes;
• se promoverá la maternidad y pater nidad responsables; la madre y el padr e estarán
obligados al cuidado, crianza, educación, alimentación, desar rollo integral y protección
de los derechos de sus hijas e hijos, en par ticular cuando se encuentren separados de
ellos por cualquier motivo.
183
CONSTITUCIÓN
TIPO DE
DERECHO
Derechos sexuales y
reproductivos como
cuestión de salud
Derechos relativos al
reconocimiento y libre ejercicio de la
sexualidad
DERECHOS RECONOCIDOS
• Reconoce y garantiza el acceso permanente, opor tuno y sin exclusión a programas,
acciones y ser vicios de promoción y atención integral de salud, salud sexual y salud
reproductiva y aclara que la prestación de los servicios de salud se hará con enfoque de
género;
• derecho a tomar decisiones libres, responsables e infor madas sobre su salud y vida
reproductiva y a decidir cuándo y cuántas hijas e hijos tener;
• asegura acciones y servicios de salud sexual y de salud reproductiva, y garantizar la
salud integral y la vida de las mujer es, en especial durante el embarazo, parto y postparto.
• Prohibición de discriminación en razón del se xo, la identidad de género y la orientación se xual;
• se prohíbe la emisión de publicidad que induzca al sexismo;
• prevención, sanción y eliminación de la violencia, la esclavitud y la explotación sexual,
como par te del derecho a la integridad personal;
• el derecho a tomar decisiones libres, informadas, voluntarias y responsables sobre su
se xualidad, y su vida y orientación sexual, promoviendo el Estado el acceso a los medios
necesarios para que estas decisiones se den en condiciones seguras;
• prohibición de utilizar sin consentimiento del titular datos referentes a su salud y vida
se xual;
• reconoce y respeta las diferencias de género, la orientación e identidad sexual y es
deber y responsabilidad de ecuatorianos y ecuatorianas de respetar r econocer las diferencias de género, y la orientación e identidad sexual;
• Derecho a asegurar la educación en sexualidad desde el enfoque de los derechos,
er radicar todas las formas de violencia en el sistema educativo y velar por la integridad
se xual de los/as estudiantes/as;
• las víctimas de violencia sexual reciben atención prioritaria y especializada en los ámbitos público y privado;
• medidas de prevención y erradicación de la trata de personas, y de protección y reinserción social de las víctimas de la trata.
Personas en su
identidad de
género, orientación sexual,
liber tad sexual y
victimas de
violencia sexual.
Personas
SUJETO/A
TITULAR DE
DERECHO
184
Mujer -Madre
Progenitores
Personas en su
identidad de géner o, orientación
s exual y libertad
sexual.
Derechos relativos a
la protección y asistencia laboral y sanitaria de la mujer en
lo relacionado con la
reproducción
Derechos relativos a
la planificación familiar
Derechos relativos al
libre ejercicio de la
sexualidad
Reconocimiento de
derechos sexuales y
reproductivos específicamente
• Derecho de las mujeres a la maternidad segura, con una visión y práctica intercultural
y el goce de especial asistencia y protección del Estado durante el embarazo, parto y en
los periodos pr enatal y posnatal;
• establece que las mujeres no podrán ser discriminadas o despedidas por situación de
embarazo o número de hijas o hijos y se garantiza la inamovilidad laboral de las mujeres
en estado de embarazo;
• prohíbe y sanciona toda forma de discriminación fundada en razón del embarazo.
• Garantiza la inamovilidad laboral de los progenitores, hasta que la hija o el hijo cumplan un año de edad.
• Prohibición y sanción de toda forma de discriminación fundada en razón de la orientación se xual, identidad de género, el reconocimiento del derecho de todas las personas,
en particular de las mujeres, a no sufrir violencia sexual, tanto en la familia como en la
sociedad;
• dispone que el Estado adopte las medidas necesarias para prevenir, eliminar y sancionar la violencia de género así como toda acción u omisión que tenga por objeto degradar la condición humana, causar muerte, dolor y sufrimiento sexual, tanto en el ámbito
público como privado; la prohibición de la trata y tráfico de personas.
• Reconocimiento de derechos sexuales y r eproductivos a hombres y mujeres.
Del Estado Plurinacional de Bolivia de
2009
Hombr es y Mujeres
SUJETO/A
TITULAR DE
DERECHO
TIPO DE
DERECHO
DERECHOS RECONOCIDOS
CONSTITUCIÓN
Notas
Es necesario advertir que De Laur etis establece que «…pensar al género como el producto y el
proceso de un conjunto de tecnologías sociales, de aparatos tecno-sociales o bio-médicos, es, ya,
haber ido más allá de Foucault porque su comprensión crítica de la tecnología del se xo no tuvo en
cuenta la instanciación diferencial de los sujetos masculinos y femeninos, y al ignorar las conflictivas
investiduras de varones y mujeres en los discursos y las prácticas de la sexualidad, la teoría de
Foucault, de hecho, e xcluye, si bien no impide, la consideración del género» (1989: 8-9).
2
L a heteronormatividad supone que existen «naturalmente» dos sexos, que se corresponden con
dos géneros y una única propensión al deseo. Esto implica for mas de ser y de vivir bajo una cosmovisión especifica: la anatomía biológica, la heterosexualidad como norma, la preponderancia de la
reproducción, la construcción del prototipo de la familia nuclear tradicional, invisibilizando, negando, excluyendo, discriminando, persiguiendo, controlando y reprimiendo a todo lo que se plantee
como diferente. En este sentido, entendemos que la sexualidad normada, la heterosexual, no se
corresponde con un destino «natural y dir ecto» del sexo o el género, sino que implica un uso específico, social, económico y político, de la categoría de la sexualidad r educiéndola a los propósitos de la
sexualidad reproductiva y la concepción tradicional de familia que enmascara regímenes de dominación (Vaggione, 2008).
3
L a traducción pertenece a las autoras.
4 La base jurídica de ambos instrumentos es la Declaración Universal de los Der echos Humanos de
1948 (De Barbieri, 2000).
5
www.yogyakartaprinciples.org
6 En el presente trabajo entendemos que los DDSSRR se encuentran vinculados estrechamente con
otros derechos consagrados constitucionalmente –por ejemplo la libertad, la igualdad, la equidad de
género, el acceso a la educación y a la información, etc. Sin embargo, por razones de extensión,
analizaremos los derechos sexuales, reproductivos y no reproductivos, específicamente.
7
En 1986 se dictó el decreto 2274 por el cual se derogó la normativa de 1974 –dictada durante la
presidencia de Isabel Perón y que disponía una serie de medidas de corte pro-natalista– y r econoció
el derecho de las parejas a decidir cuestiones vinculadas a la reproducción y la planificación familiar.
En el mismo año, se presentaron dos proyectos de ley en el Congreso referidos a salud reproductiva
y control de la natalidad (Petracci y Pecheny, 2007).
8
Particular mente trascendente fue la incorporación de la Convención de Eliminación de Todas las
Formas de Discriminación Contra la Mujer –CEDAW– que r econoce la equidad de género y que ya
había sido ratificada en 1985.
9 Confor mado por 108 organizaciones de mujeres.
10
Respecto al articulado del texto constitucional existe sólo una referencia a los DDSSRR en sentido
estricto: el ar tículo 75 inciso 23 establece: «…Dictar un régimen de seguridad social especial e integral en protección del niño en situación de desamparo, desde el embarazo hasta la finalización del
periodo de enseñanza elemental, y de la madre durante el embarazo y el tiempo de lactancia». L a
escasa referencia a los DDSSRR en el te xto constitucional –que al mismo tiempo es retomada y
profundizada en los tratados internacionales– hace que nos aboquemos a un análisis en profundidad de estos últimos.
11 Respecto a la Convención sobre la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio; la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial y la Convención contra la Tor tura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, no hay referencias
expresas a la temática.
12
En este sentido, si bien los tratados internacionales con jerarquía constitucional no establecen
explícitamente que el matrimonio sea la unión jurídica sólo entre hombre y mujer, su ambigüedad
permitió las interpretaciones de la Iglesia Católica y organizaciones afines que planteaban la inconstitucionalidad de la llamada «Ley de Matrimonio Igualitario» –L ey 26.618/2010– en Argentina.
13
Comité de diversidades Sexuales Cochabamba, Plataforma por las diversidades –Cochabamba–,
1
185
Colectivo GLBT Sucre, Unión de Travestis de Cochabamba –UTC–, Asociación de Travestis de la
Paz –ATLP–, Grupo Vida –Cbba.–, Amigos sin fronteras –ASIF La Paz–, ASIF Oruro, ASIF Potosí,
Imágenes –Oruro–, ASIF Sucre, Mesa de Trabajo Nacional de las Poblaciones Clave –La Paz, Cochabamba, Santa Cruz, Tarija–, A mi manera –Yacuiba–, Adesproc –La Paz–, Alianza GLBT Santa
Cruz, REDCRUZ, Grupo Juplas –Santa Cruz–, Cofradía Amigos por Siempre Virgen de Urupiña,
GLBT del Sur –Tarija–, Familia Barzac –Tarija–, Grupo diversidades sexuales de Tarija, Amanecer –
Sucre–, Colectivo Trans Las Divas –La Paz–, Familia Prandi –Cochabamba–, Gays, Lesbianas, Travestis, Transexuales, Transformistas, Transgénero independientes, Heterosexuales independientes.
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189
190
LAS POLÍTICAS DE SALUD SEXUAL Y
REPRODUCTIVA DESDE UN ENFOQUE
DE DERECHOS HUMANOS
María Angélica Peñas Defago*
El desarrollo de las nor mas de derechos humanos relacionadas
con la sexualidad y la salud sexual en [América L atina y el Caribe]
ha sido una de las consecuencias de las transformaciones en la
concepción de las leyes en la región en las últimas dos décadas.
Cuando las legislaturas, funcionarios/as del Poder Ejecutivo, y los/
as jueces/zas empiezan a tomar en serio los derechos humanos y,
sobre todo, la dignidad, la igualdad y la autonomía, en los derechos sociales, económicos y culturales, un conjunto de injusticias
que no se consideraban en las agendas públicas empiezan a aparecer. Temas como los derechos de la mujer, los derechos de gays,
lesbianas y transexuales, derechos sexuales y reproductivos y la
violencia doméstica, entre otros, empiezan a ser expresados en
términos de normas de derechos humanos que imponen obligaciones a las autoridades públicas1
(Restr epo-Saldarriaga, 2010: 6)
I. Introducción
El fuerte contraste al interior de las poblaciones que habitan América
Latina y El Caribe, evidencia diferencias marcadas por el género, la clase, la
etnia y la raza, entre otras, realidad que hace necesaria la aplicación de abordajes que permitan encauzar las políticas públicas hacia la consecución de un
* Abogada por la Universidad Nacional de Córdoba –UNC–. Doctoranda en Derecho y Ciencias
Sociales por la UNC. Becaria doctoral SECyT por el Centro de Investigaciones Jurídicas y Sociales
–CIJS, UNC–.
191
efectivo acceso a los derechos, favoreciendo transversalmente una mayor
inclusión social. El armado de las agendas políticas tendientes al logro de la
estabilidad económica, con una fuerte influencia de los delineamientos de las
agencias internacionales de crédito –basadas centralmente en un modelo de
Estado neoliberal, de achicamiento del aparato estatal, y apertura a los mercados internacionales–, ha evidenciado una profundización de la pobreza en
la región, acentuando la desigual distribución de la riqueza (Pautassi, 2008;
Ribotta, 2010). En épocas recientes, se viene proponiendo en la agenda de
los Estados y de diversos organismos de cooperación multilateral, una iniciativa que pretende superar esta lógica planteando abordar la diagramación y
planificación de políticas públicas desde un enfoque que ayude a comprender, para superar, las condiciones estructurales existentes en las sociedades
que obturan el reconocimiento pleno de los derechos humanos –DDHH– de
toda la población. A este abordaje se lo conoce como enfoque de derechos
humanos.
Los principios de universalidad, igualdad y no discriminación, constituyentes todos del enfoque de DDHH, imponen el desafío, en el campo de
las políticas públicas y agendas de desarrollo, de implementar acciones preferenciales hacia las personas y grupos excluidos de la sociedad. El fortalecimiento de las capacidades de los individuos para ejercer sus derechos, y la de
los Estados para garantizarlo y cumplir con sus obligaciones en este plano,
resulta medular para el logro de los objetivos del desarrollo (Balbín, 2008). El
enfoque de DDHH supone el armado e implementación de políticas públicas
en las que no sólo se tienda a reducir la incidencia de la desigualdad en el
acceso efectivo a los derechos, sino que además propongan medidas para
superar estas barreras de manera permanente (Abramovich y Pautassi, 2006).
Estas lecturas, llevadas al campo de la salud sexual y reproductiva,
denotan en la región la existencia de obstáculos en el acceso igualitario y
efectivo a los servicios de salud (Rodríguez Wong, 2011). Esto se pone en
evidencia, entre otras circunstancias, en las dificultades halladas para reducir
la fecundidad adolescente en la región, a pesar de las múltiples políticas que
se han orientado a lograr esto. Aún hoy, la región latinoamericana registra
una tasa específica de fecundidad de mujeres de entre 15 a 19 años ostensiblemente mayor a la media global, y únicamente superada por los índices de
África (CEPAL/UNICEF, 2007). Además, recientemente se ha puesto en evidencia el impacto negativo que tiene una gama de regulaciones penales en el
192
reconocimiento y ejercicio del derecho a la salud sexual y reproductiva para
determinados sectores de las sociedades (Anand Grover, 2011). Tomando
en consideración estos análisis, en los últimos años se ha sostenido que los
abordajes de las políticas públicas en el campo de la salud sexual y reproductiva realizados a través de un enfoque de DDHH, deben considerar las capacidades humanas involucradas, intentando fortalecer en su propio diseño y
ejecución los principios de igualdad y de participación activa de la población
que se pretende atender, así como evidenciar y superar diversos tipos de
discriminaciones que convergen en los ámbitos socioculturales donde se asientan las políticas. Desde este entendimiento, los instrumentos internacionales
de DDHH del sistema de Naciones Unidas –ONU– y del sistema regional de
la Organización de Estados Americanos –OEA–, configuran una base imprescindible para la región, en miras de la protección de los derechos sexuales y
reproductivos –DDSSRR–2 en general y de la salud sexual y reproductiva en
particular.
El derecho a la salud sexual y reproductiva alude al derecho a acceder
a servicios de salud de calidad, a la información amplia y oportuna sobre una
gama completa de servicios, incluida la planificación familiar, la decisión libre sobre la procreación sin coacción de ningún tipo, el ejercicio de una sexualidad placentera, entre otros. En este sentido, este derecho no son sólo es
leído en clave de derechos individuales, sino que su ejercicio requiere del
reconocimiento de derechos sociales, económicos y culturales. La articulación entre los derechos individuales y la consideración de las condiciones
sociales, culturales y económicas de las personas sitúa el debate de la salud
sexual y reproductiva en el ámbito del desarrollo humano. La lectura de las
experiencias acumuladas en el campo en las últimas décadas en la región,
hacen notar la necesidad de un cambio en el acercamiento a este derecho,
tendiente a generar nuevas instancias de (re)formulación de las agendas políticas en el sector.
El objetivo del presente trabajo es abordar el derecho a la salud sexual
y reproductiva desde un enfoque de derechos humanos, considerando la
centralidad y riqueza que este enfoque otorga a los armados, ejecución y
monitoreo de políticas públicas en el sector. A estos fines, primeramente se
presentan los marcos interpretativos que orientan la planificación de políticas
públicas desde un enfoque de DDHH, para luego pasar al análisis del abordaje específico de las políticas públicas en el área de la salud sexual y repro193
ductiva. En un segundo momento, se realiza una breve reconstrucción histórica de la consagración legal, en el plano internacional de los DDHH, del
derecho a la salud sexual y reproductiva, para pasar luego a presentar los
marcos normativos vinculados a la construcción de diversos ejes insertados
en esta noción. Específicamente, se abordará el sistema de la Organización
de las Naciones Unidas –ONU–3. En el cierre de esta propuesta, se intenta
recuperar la centralidad política, y sobre todo jurídica, que este enfoque plantea en las agendas de salud sexual y reproductiva de la región.
II. Las políticas públicas desde un enfoque de derechos humanos
En este apartado se presentan, en primer lugar, los principales planteos
conceptuales relativos al enfoque de DDHH en las políticas públicas, para
pasar luego a proponer una (re)lectura de las implicancias legales y fácticas
que implica la incorporación de esta orientación en la agenda de la salud
sexual y reproductiva en América Latina y El Caribe. Según Alice Miller (2010),
existe un estrecho vínculo entre los abordajes teóricos y los marcos legales
que rigen la órbita de los DDSSRR. Así, la reflexión teórica acerca de cómo
abordar la salud sexual y reproductiva desde los DDHH resulta central a la
hora de plantear modificaciones o nuevos marcos legales en torno a esta
temática.
El derecho internacional de los DDHH se constituye como un marco
de sentido e interpretación clave desde donde poder determinar un sistema
coherente de principios y reglas para la formulación e implementación de
políticas públicas (Hunt, Osmani y Novak, 2004)4 . De conformidad con este
planteo, uno de los objetivos actuales subyacentes a todos los programas de
las Naciones Unidas es promover la realización de los DDHH tal como se
describen en la Declaración Universal de Derechos Humanos, entre otros
instrumentos internacionales5 .
El enfoque de DDHH propone para la elaboración, planificación y
evaluación de políticas públicas, una serie de principios6 establecidos en los
tratados y convenciones internacionales y regionales de DDHH, los cuales
deberían informar y orientar todo este proceso. Este abordaje, supone reconocer a los/as sujetos/as no como meros/as beneficiarios/as de políticas de
asistencia que emanan del Estado, sino como sujetos/as autónomos/as cuyo
194
estatus de titulares de derechos obliga a los Estados a escuchar y atender sus
demandas (Abramovich y Pautassi, 2006). De este modo, se busca superar
una lógica asistencialista en las políticas públicas. Como indica Abramovich
(2006: 36):
las acciones que se emprendan en este campo no son consideradas solo
como el cumplimiento de mandatos morales o políticos, sino como la vía
escogida para hacer efectivas las obligaciones jurídicas, imperativas y exigibles, impuestas por los tratados de derechos humanos.
En otro sentido, superar la lógica del asistencialismo implica también
una crítica a las aproximaciones que privilegian políticas poblacionales cuyo
foco de atención son los números y no los individuos. El abordaje meramente poblacional queda así relegado bajo una mirada que permite abordar a las
personas considerando las múltiples subjetividades subyacentes en ellas. Se
pone especial énfasis en superar también las miradas que homogenizan a las
poblaciones, desconociendo las diferencias culturales, sociales, de género,
raza, etnia y económicas que privan a ciertos sectores del acceso a sus derechos fundamentales (Abramovich, 2006).
Siguiendo esta corriente de pensamiento, y plasmándola en las agendas de erradicación de la pobreza, surgen una serie de postulados en torno a
afirmar cómo y por qué las condiciones de pobreza que limitan el acceso y
ejercicio de determinados derechos, no se remiten únicamente a factores de
carácter económico, sino que también hacen parte de factores culturales,
sociales, legales y políticos (Abramovich, 2006). En este sentido destacamos
la siguiente afirmación de Hunt, Nowak y Osmani (2004: 8-9):
la pobreza tiene una connotación económica ir reductible, que no entraña
forzosamente la primacía de los factores económicos como causantes de
la pobreza. Por ejemplo, cuando la discriminación se basa en el género, la
procedencia étnica o cualquier otra justificación que niegue a una persona el acceso a los recursos de atención sanitaria, la mala salud resultante
representa obviamente un caso de capacidad insuficiente que debe considerarse como pobreza porque la falta de acceso a recursos ha desempeñado en este caso una función en el bajo nivel de bienestar de la persona.
Mas la primacía causal en esta situación reside en las prácticas socioculturales así como en los marcos político-jurídicos que permiten la discriminación contra personas o grupos particulares; la falta de disposición de re195
cursos desempeña simplemente una función de mediación. Sin embargo,
como se ha alegado anterior mente, la existencia de esta función de mediación es fundamental para distinguir la pobreza de un bajo nivel de
bienestar en general.
Así, los debates sobre la incorporación de este enfoque a través de las
políticas públicas, en más de una oportunidad, reavivan las discusiones sobre cómo implementar este abordaje en contextos de escasez de recursos de
parte de los Estados. Desde Naciones Unidas, se articula el razonamiento de
que ante un contexto de escasez, algunos de los DDHH pueden verse realizados a través de un proceso evolutivo, siempre tendiendo a generar un equilibrio entre los objetivos alternativos implementados, a la luz de las prioridades sociales y las limitaciones de los recursos para la formulación de las políticas. El enfoque de DDHH en estos casos impone ciertas condiciones en el
acto de jerarquización de prioridades, en aras de proteger a los sectores menos favorecidos contra ciertas políticas que pueden resultar perjudiciales para
éstos. En particular, se advierte que no es posible el intercambio de prioridades políticas que conduzcan a la regresión de un DDHH desde su nivel actual
de realización. Otro de los requisitos que impone este enfoque es que los
Estados deben propender a la consecución de ciertos niveles mínimos de
realización de los derechos (OHCHR, 2006a; 2006b).
III. La salud sexual y reproductiva desde un enfoque de Derechos
Humanos. Cómo pasar de la teoría a la práctica
Desde hace ya algunas décadas, los temas imbricados en el campo de
la sexualidad y la reproducción se han convertido en ejes centrales de disputas políticas, así como en arenas claves de lectura para el cambio social en la
región. La propuesta teórica que recoge el presente apartado implica (re)pensar
a las políticas públicas vinculadas con la agenda de la salud sexual y reproductiva desde el enfoque de DDHH, lo que supone, entre otras cosas, un
nuevo modo de concebir estas políticas poniendo en el centro de la escena a
los/as sujetos/as directamente involucrados/as, así como considerar activamente a franjas poblacionales históricamente postergadas.
196
Como se verá en mayor profundidad en la siguiente sección, el derecho a la salud sexual y reproductiva y los DDSSRR fueron definidos en 1994
en el Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre Población y
Desarrollo –CIPD– y posteriormente legitimados por la comunidad internacional y por un gran número de legislaciones nacionales. Estas conferencias,
a través de sus disposiciones y planes de acción, ostentaron un rol fundamental de visibilización y legitimación de los DDSSRR, en vías de su posterior instauración en las agendas políticas y de cooperación, sentando en
muchos casos, puntos de vista disidentes a los tradicionales en materia de
sexualidad y reproducción (Nathanson, Sember y Parker, 2008). Estos derechos responden a una nueva forma de abordar la sexualidad y la reproducción en un marco de respeto por la autonomía de las personas, encarando,
entre otros, los desafíos que plantean el acceso a los servicios de salud sexual
y reproductiva en función de su determinación como un derecho humano
fundamental (Rojas, 2003). La gama de derechos que comprenden a los
DDSSRR podrían entenderse, siguiendo a Güezmes (2004: 34) como «un
territorio conceptual que se define en términos de poder y recursos: poder
para tomar decisiones informadas en relación con la sexualidad y la reproducción y recursos para llevar adelante estas decisiones de manera segura y
efectiva». En este sentido, los DDSSRR permiten emprender las demandas
de salud sexual y reproductiva desde un enfoque de DDHH que posiciona a
los/as sujetos/as como titulares de los mismos, obligando a los Estados a
cumplir sus acuerdos en esta materia (Rojas, 2003). La importancia que le
otorga el Programa de Acción de la CIPD a los derechos consagrados en la
Declaración Universal de los Derechos Humanos como principios rectores de
los DDSSRR y de la salud sexual y reproductiva, instituyen el alcance de
éstos en el plano de los derechos políticos, civiles, económicos, sociales y
culturales (Güezmes, 2004).
Ahora bien, la traducción de los principios de DDHH en líneas de acción que hagan efectiva la introducción de la sexualidad y la reproducción en
el campo de protección de estos derechos, supone un desafío por comprender las implicancias que este abordaje imprime en las etapas de diagramación, implementación y monitoreo de políticas públicas. De este modo, la
aproximación a las políticas públicas vinculadas a la salud sexual y reproductiva desde un enfoque de DDHH, pone el acento en las siguientes consideraciones (Güezmes, 2004):
197
• La obligación de los Estados de respetar y hacer respetar la autonomía
personal sobre la sexualidad.
• Los Estados deben propender a la construcción de entornos democráticos, plurales y habilitantes para el ejercicio de las libertades y el disfrute de los derechos, a la participación ciudadana inclusiva, plural e
intercultural, en el diseño e implementación de políticas públicas dirigidas a hacer frente a inequidades de diversa índole. Esto implica fomentar la participación de la población en la toma de decisiones en los
planos nacionales, regionales y comunitarios; en la promoción de la
salud; la prestación de servicios médicos preventivos y curativos; y en
la organización del sector de la salud. Esta labor incluye además la
posibilidad de ejercer:
-
Control social: comprendido como el derecho y la capacidad de la
sociedad civil para intervenir en la gestión pública orientando las
acciones y los gastos estatales y públicos, y no estatales, como es el
caso de la salud, en dirección a los intereses de la colectividad.
Estos mecanismos son, al mismo tiempo, resultado de procesos de
democratización y requisito para la consolidación de la democracia
del sector salud.
-
Rendición de cuentas: entendida como la responsabilidad de los
Estados por su desempeño y por el resultado de sus decisiones u
omisiones, el derecho de exigibilidad de la ciudadanía a acceder a
información pública de buena calidad y a reivindicar sus derechos
en caso de que sean vulnerados.
En definitiva, el enfoque de DDHH llevado al área de la salud sexual y
reproductiva, implica reconocerla como un DDHH fundamental, lo cual, entre otros aspectos, supone promover y facilitar las vías de acceso efectivo a
servicios de salud de calidad, donde se reconozca a los/as usuarios/as como
sujetos/as autónomos/as y titulares de derechos (OHCHR-UNFPA, 2001).
Tomando como pautas básicas de sanción y aplicación a estos parámetros, habidos en la órbita del derecho internacional de los DDHH, se evidencia en la región una serie de desafíos y propuestas pendientes en torno a
lograr la concreción de un abordaje de DDHH en las políticas y programas
de salud sexual y reproductiva.
198
Entre los principales desafíos identificados en la región se evidencia
que si bien hay conceptos vinculados a la salud reproductiva y a los DDHH
que están muy avanzados, otros, como la noción de autonomía, aún están
en estadios iniciales, o se encuentran obturados por diferentes condicionantes de índole cultural, moral y/o religiosa7 . La revisión del género, la clase, la
etnia, la raza y la edad como factores estructurales del acceso diferenciado a
los servicios de salud sexual y reproductiva, trae como correlato indispensable reconocer que son necesarias diferentes acciones para poder pasar de la
igualdad a la equidad. En este sentido, resulta de medular importancia considerar y valorar las múltiples identidades de los/as sujetos/as destinatarios/as
de las políticas de salud sexual y reproductiva, vinculándolas con la forma en
que se accede al cuidado y a los servicios de salud (Cook y Dickens, 2000).
En estricta relación con los ámbitos culturales de inserción de las políticas
públicas, la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas –OHCHR–
(2006b) determina que si bien los DDHH están reconocidos universalmente,
con independencia de las diferencias culturales, su aplicación práctica sí exige sensibilidad respecto de la cultura. De Barbieri (2000: 55), en este mismo
sentido, ilustra la realidad del contexto latinoamericano del siguiente modo:
En nuestra región existe acuerdo entre sus analistas sobre el carácter profundamente desigual de las sociedades nacionales, las cuales están estructuradas sobre la base de tres ejes fundamentales de diferenciación
social: clases y estratos, distancias de género y las etnico-raciales. En otras
palabras, las posiciones y las trayectorias de los seres humanos en relación al trabajo, la ocupación, la propiedad y la educación determinan el
acceso a bienes y servicios; estilos de vida y de consumo, capacidad de
poder y de dominio se despliegan en una amplia gama que va desde la
opulencia de unos pocos a la miseria de las grandes mayorías. Estas distancias se refuerzan, neutralizan o potencian cuando se toman en consideración -además- las diferencias corporales (sexo y etapas de la vida)
socialmente construidas; y la coexistencia e interacción de grupos sociales
integrados por seres humanos de culturas y rasgos corporales no blancos.
De este modo, abordar las implicancias de las relaciones entre cultura
y salud sexual y reproductiva en la región, podría constituir una ventana
analítica desde la cual los/as operadores/as políticos/as pudieran tender a un
consenso acerca de cómo un enfoque de DDHH incrementa una mayor acep199
tación social de diversos intereses y prácticas en el campo de la sexualidad y
reproducción (UNFPA, 2008).
Otro de los ejes en los que se debe de hacer foco en la región a la hora
de abordar la inserción del enfoque en estudio, es el relacionado a los roles
de los poderes judiciales en los sistemas democráticos de gobierno y sus
posicionamientos en relación al derecho a la salud sexual y reproductiva. En
esta línea se encuentran una serie de resoluciones judiciales que plantean un
importante distanciamiento de los marcos de DDHH en los que se inserta el
derecho a la salud sexual y reproductiva (Villanueva Flores, 2006; Facio, 2008;
Motta y Saez, 2008). Del estudio de la jurisprudencia regional, pareciera evidenciarse la existencia de cierta tendencia en la jurisprudencias nacionales en
la que los/as jueces/zas interpretan las leyes relacionadas con la salud sexual
y reproductiva a través de filtros morales y religiosos que perpetúan discriminaciones contra determinados sectores de las sociedades, entre las/os que se
destacan las mujeres, los/as niños/as y personas de la diversidad sexual (Center for Reproductive Rights, 2003)8.
Ahora bien, no obstante lo anterior, existen también lecturas que dan
cuenta de que pese a las experiencias narradas anteriormente, es posible
rescatar cómo el uso del derecho constitucional de los DDHH ha resuelto de
modo favorable casos en los que se han discutido demandas que involucraban distintos ejes del derecho a la salud sexual y reproductiva. En este sentido, se destacan los fallos emitidos por las Cortes Constitucionales de Colombia –2006– y México9 –2008–, donde, a través de la implementación de normativa internacional de DDHH, se logró determinar el derecho, con distintos
matices, al acceso de parte de las mujeres a la interrupción voluntaria del
embarazo (Restrepo Saldarriaga, 2010).
Otro de los puntos que merece especial consideración en miras de
lograr la efectivización del enfoque de DDHH en las políticas de salud sexual
y reproductiva a nivel regional, es el referido a la situación específica de los/
as jóvenes y adolescentes. En América Latina y El Caribe, la población comprendida entre los 10 y 24 años de edad representa un 30 por ciento del total
de la población regional, y los/as adolescentes de entre 11 y 19 años, un 20
por ciento (Peláez Mendoza, 2008). El mayor porcentaje de personas bajo la
línea de la pobreza en la región tienen menos de 30 años de edad (Morlachetti, 2007). En líneas paralelas, se denota que la temática del embarazo
adolescente y la mortalidad materna se consigna a la vez como causa y efec200
to de desigualdades en el acceso a servicios de salud sexual y reproductiva
en base a condicionantes de carácter socioeconómico, étnico y de género,
que afecta a esta franja de la población10 (Pantelides, 2004). Estas características, sumadas al hecho de que a menudo las necesidades y derechos de los/
as adolescentes no están presentes en las políticas públicas ni en las agendas
del sector salud, hace imperioso el abordaje, en clave de DDHH, de las necesidades y expectativas de este sector de parte de los Estados. La complejidad
de este escenario lleva a la necesidad de generar políticas desde abordajes
multisectoriales, atendiendo a sus características y demandas específicas.
Dentro de los desafíos centrales, se destaca la necesidad de cambiar el enfoque de las políticas de salud sexual y reproductiva destinadas a jóvenes y
adolescentes desde un enfoque de «riesgo» –donde prácticamente el rol de
los/as adolescentes es de carácter pasivo, al ser sólo considerados/as como
sujetos/as a estrategias básicamente de prevención y/o problemas a resolver–
a un enfoque de DDHH, con activa participación de la población directamente involucrada (Pantelides, 2004).
Para concluir, los beneficios que el enfoque de DDHH podría brindar a
las instancias gubernamentales de salud, responde a su capacidad de evidenciar injusticias tradicionalmente desatendidas e incorporarlas a las agendas
públicas, permitiendo mejorar las herramientas de diagnóstico de los Estados respecto de la situación de la salud sexual y reproductiva en sus contextos locales (Restrepo-Saldarriaga, 2010).
IV. Principales directrices del sistema de Naciones Unidas para un
abordaje de DDHH en las políticas públicas sobre la Salud Sexual
y Reproductiva11
El entendimiento de un enfoque de DDHH, llevado a la agenda de la
salud sexual y reproductiva, considera como fuentes fundamentales para la
planificación, ejecución y monitoreo de políticas públicas a los acuerdos y
compromisos internacionales y regionales de DDHH ratificados por los Estados. Los antecedentes y fuentes normativas del derecho a la salud sexual y
reproductiva en el ámbito del derecho internacional de los DDHH son de
variada índole. De este modo, en la presente sección se verá cómo en las
últimas décadas el derecho a la salud sexual y reproductiva ha ido avanzado
201
conceptual y normativamente en el ámbito internacional de los DDHH a
través de su inserción en diferentes instrumentos de carácter vinculante y no
vinculante para los Estados signatarios12.
La salud como un concepto integral, entendida como el completo estado de bienestar físico, psíquico y social, y no solamente la ausencia de
enfermedades o afecciones, fue consagrada en el año 1946 en el Preámbulo
de la Constitución de la Organización Mundial de la Salud –OMS–. Esta carta
de constitución, determinó además que «El disfrute del más alto nivel posible
de salud es uno de los derechos fundamentales de cualquier ser humano sin
distinción de raza, religión, creencia política, ideológica y condición social o
económica», premisa que ha sido recogida por el derecho internacional de
los DDHH a través de múltiples instrumentos legales.
Desde este entendimiento, el derecho a la salud ha sido refrendado por
una serie de tratados internacionales de DDHH13, y posteriormente abordado de manera específica en diferentes Observaciones Generales14 y Especiales de parte de los Comités encargados de velar por el cumplimiento de los
tratados internacionales de DDHH.
Por su parte, la noción de salud sexual y reproductiva fue explícitamente formulada en el ámbito internacional de los DDHH en 1994, en la
Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo –CIPD– realizada en
El Cairo15. En el Capitulo VII «Derechos Reproductivos y Salud Reproductiva» del Plan de Acción de esta Conferencia, se suscribió la noción de salud
sexual y reproductiva y el concepto de derechos reproductivos:
La salud reproductiva es un estado general de completo bienestar físico,
mental y social, y no de mera ausencia de enfermedades o dolencias, en
todos los aspectos relacionados con el sistema reproductivo y sus funciones y procesos. En consecuencia, la salud reproductiva entraña la capacidad de disfrutar de una vida sexual satisfactoria y sin riesgos y de procrear, y la libertad para decidir hacerlo o no hacerlo , cuando y con que
frecuencia […] Incluye también, la salud sexual cuyo objetivo es el desar rollo de la vida y de las relaciones personales y no meramente el asesoramiento en materia de reproducción y enfer medades de transmisión sexual.
[…]los derechos reproductivos abarcan cier tos derechos humanos que ya
están reconocidos en las leyes nacionales, en los documentos inter nacionales sobr e derechos humanos y en otros documentos pertinentes de las
Naciones Unidas aprobados por consenso. Esos derechos se basan en el
reconocimiento del derecho básico de todas las parejas e individuos a
202
decir libre y r esponsablemente el número de hijos, el espaciamiento de los
nacimientos y el intervalo entre estos y a disponer de la información y de
los medios para ello y el derecho a alcanzar el nivel mas elevado de salud
sexual y reproductiva. También incluye su derecho a adoptar decisiones
relativas a la reproducción sin sufrir discriminación, coacciones ni violencia, de conformidad con lo establecido en los documentos de derechos
humanos. […] se debe prestar plena atención, a la promoción de relaciones de respeto mutuo e igualdad entre hombres y mujer es, y particularmente a las necesidades de los adolescentes en materia de enseñanza y
de ser vicios con objeto de que puedan asumir su sexualidad de modo
positivo y responsable (CIPD, Capítulo VII, Párr. 2-3).
Un año más tarde, en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer –
Beijing, 1995– se estableció que la salud y los derechos sexuales y reproductivos son DDHH fundamentales (Petracci y Pecheny, 2007). Vale destacar
aquí, que el trabajo de los movimientos feministas, de mujeres, de la diversidad sexual y de derechos humanos fue central en estos espacios, en miras de
sentar en los espacios internacionales de DDHH la agenda de los DDSSRR
(Petracci y Pecheny, 2007).
La definición de salud reproductiva del Programa de Acción de la CIPD
plantea, al igual que la OMS y su definición de salud, una noción amplia de
salud sexual y reproductiva, que no se ciñe sólo a aspectos de índole biológicos, configurándose así dentro de la definición ideas afines con la promoción
y reconocimiento de derechos vinculados, como son los relativos a la vida, la
libertad, la no violencia y discriminación, al derecho a la educación e información, etc. Desde esta fecha, los órganos encargados de velar por el cumplimiento de los tratados internacionales de DDHH, han ido incorporando la
noción de DDSSRR y salud sexual y reproductiva a través de sus Observaciones Finales y Especiales, así como por intermedio de las formulaciones de
los/as relatores/as especiales.
Otro hito central en la configuración de la noción de salud sexual y
reproductiva, data del año 2006, cuando este derecho es incorporado por
primera vez de manera expresa en el texto de un tratado internacional de
DDHH. Se trata de la Convención de los Derechos de las Personas con Discapacidad:
Art. 25 Salud: Los Estados Partes reconocen que las personas con discapacidad tienen derecho a gozar del más alto nivel posible de salud sin
203
discriminación por motivos de discapacidad […] En par ticular, los Estados Partes: a) Proporcionarán a las personas con discapacidad programas
y atención de la salud gratuitos o a precios asequibles de la misma variedad y calidad que a las demás personas, incluso en el ámbito de la salud
sexual y reproductiva, y programas de salud pública dirigidos a la población.
En épocas recientes, desde fines del año 2010, el Comité de Derechos
Económicos Sociales y Culturales –en adelante Comité DESC–, viene trabajando en conjunto con organizaciones de la sociedad civil, en la elaboración
de una Observación General sobre el derecho a la salud sexual y reproductiva en particular 16. Así, los elementos y alcances de las obligaciones que entraña el derecho a la salud sexual y reproductiva de parte de los Estados y la
comunidad internacional, se han ido desarrollando y modificando progresivamente en los últimos veinte años.
V. Vinculación del derecho a la salud sexual y reproductiva con
otros derechos fundamentales
Como vimos anteriormente, el reconocimiento y ejercicio del derecho
a la salud sexual y reproductiva, se vincula estrechamente con el goce y reconocimiento de otros DDHH17. A los fines del desarrollo didáctico de este
trabajo, se presenta a continuación la vinculación de estos derechos con el
derecho a la salud sexual y reproductiva18.
a) Derecho a la vida
Este derecho es consagrado explicita o implícitamente por todos los
tratados internacionales y regionales de DDHH. No obstante, su interpretación ha ido mutando y en la actualidad el derecho a la vida se entiende que
entraña, entre otras, la obligación estatal de crear y garantizar las condiciones
necesarias para que los seres humanos no mueran por causas evitables (Facio, 2008). Desde aquí, el derecho a la vida está fuertemente vinculado con
el derecho a la salud sexual y reproductiva. Así, el derecho a la vida se entiende como el derecho a no morir por causas relacionadas con el parto, el embarazo, por violencia de género19, el derecho a un nivel de vida adecuado20,
204
y el derecho al goce de una vida sexual plena21. De este modo, se ha pasado
de interpretaciones más restrictivas, como la prohibición de la privación arbitraria de la vida, a interpretaciones más amplias que (re)significan el alcance
de este derecho a través de su intersección fundamental con otros. En estas
líneas encontramos las expresiones del Comité de los Derechos del Niño –en
adelante Comité DN– en su Observación General N° 3 –2003– sobre VIH/
SIDA y derechos del niño:
La obligación del Estado de hacer efectivo el derecho a la vida, la supervivencia y el desar rollo también pone de manifiesto la necesidad de que
se preste una atención especial a las cuestiones relacionadas con la sexualidad, así como a los tipos de comportamiento y estilos de vida de los
niños, aún cuando no sean confor mes con lo que la sociedad considera
aceptable según las normas culturales imperantes en un determinado grupo de edad (Pár r. 11).
b) Derecho a la libertad, seguridad e integridad personal
Estos derechos encuentran sustento legal en la Declaración Universal
de Derechos Humanos en su artículo 3 –derecho a la vida, la libertad y la
seguridad de la persona–, y en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos, artículo 9 –derecho a la libertad y a la seguridad personal–. En su
vinculación con el derecho a la salud sexual y reproductiva, estos derechos
hacen parte del derecho a no ser sometido/a a tratos crueles, inhumanos y
degradantes, por razones de género y/o orientación sexual22.
En el informe del año 1999 de la Relatora Especial sobre la Violencia
contra las Mujeres, consta que muchas formas de violencias contra las mujeres dan lugar a violaciones a sus derechos reproductivos, por cuanto suelen
poner en peligro su capacidad y/o opciones reproductivas y/o sexuales. En
esa oportunidad, la relatora dejó sentado además que las violaciones de los
derechos reproductivos constituyen por sí mismas violencia contra la mujer:
La OMS estima que solamente las hemorragias excesivas o las infecciones
causadas por los abortos en condiciones de poca seguridad causan la
muer te de 75.000 mujeres al año. Los abortos forzosos, la anticoncepción
forzosa, el embarazo mediante coacción y los abortos en condiciones poco
seguras constituyen violaciones de la integridad física de la mujer y la
seguridad de la persona. Por ejemplo, en los casos en que los funcionarios
205
del gobier no utilizan la fuerza física y/o detienen a las mujeres para obligarlas a someterse a esos procedimientos, las prácticas pueden equivaler
a la tortura o a tratos crueles, inhumanos o degradantes (Pár r. 45).
Más recientemente, Anand Grover (2011), Relator Especial del Consejo de DDHH sobre el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel
posible de salud física y mental, ha abordado las implicancias que tiene para
el derecho a la salud e integridad física el uso de la potestad punitiva de los
Estados:
El uso flagrante de la coacción física por el Estado u otros actores no
estatales, como en los casos de esterilización, abor to, anticoncepción o
embarazo forzados, se ha condenado desde hace tiempo como una for ma
injustificable de coerción sancionada por el Estado y una violación del
derecho a la salud. De igual modo, cuando se utiliza el derecho penal
como instrumento para regular la conducta de una persona y sus decisiones en el contexto del derecho a la salud se xual y reproductiva, la voluntad del Estado se impone por la fuerza, anulando la del individuo (Pár r.
12). Los Estados imponen también otras restricciones jurídicas, como disposiciones civiles y administrativas, para restringir o prohibir la disponibilidad de bienes, servicios e información relacionados con la salud sexual y
reproductiva o el acceso a ellas (Párr. 13). La aplicación de algunas leyes
penales y otras restricciones jurídicas podría impedir el acceso a determinados bienes de salud sexual y reproductiva, como los métodos anticonceptivos, prohibir directamente un ser vicio determinado, como el aborto,
o prohibir el suministro de infor mación sexual y reproductiva mediante
programas educativos escolares o por otros medios […] (Párr. 14). L as
leyes penales y las restricciones de la salud sexual y reproductiva de otra
índole podrían afectar negativamente al derecho a la salud en múltiples
aspectos, incluso atentando contra la dignidad humana (Pár r. 15).
c) Derecho a la privacidad
El derecho a la privacidad se encuentra protegido en diferentes tratados internacionales de DDHH, tales como el artículo 12 de la Declaración
Universal, y el artículo 16 de la Convención de los Derechos del Niño. Dentro
de los ítems que hacen a la intersección de este derecho con el derecho a la
salud sexual y reproductiva, se destacan los temas imbricados en el secreto
médico profesional, las solicitudes de consentimiento informado y/o las soli206
citudes de autorización de terceros/as para intervenciones sobre el propio
cuerpo.
Entre las menciones en el ámbito internacional de los DDHH en este
sector, se encuentra el informe del Relator Especial Paul Hunt (2004), quien
da cuenta del derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible
de salud física y mental, y de las implicancias directas que tiene el derecho a
la privacidad con el derecho a la salud sexual y reproductiva:
en el contexto de la salud sexual y reproductiva puede suceder que se
incumpla el deber médico de confidencialidad. A veces estos incumplimientos, si van acompañados de la estigmatización, dan lugar a pérdidas
inmotivadas de empleo, expulsión de familias y comunidades, agresiones
físicas y otros abusos. Además, la no confidencialidad puede disuadir a
las personas de buscar asesoramiento y tratamiento, con el consiguiente
perjuicio para su salud y su bienestar. Así pues, los Estados están obligados a tomar medidas eficaces para garantizar la confidencialidad y la privacidad de los servicios médicos (Pár r. 40).
Paul Hunt, en este mismo informe, aborda además la trascendencia
del derecho a la privacidad en lo relacionado a salud sexual y reproductiva
de adolescentes –Párr. 37–, así como al referirse a los instrumentos de análisis que sean capaces de facilitar una comprensión más profunda de los derechos económicos, sociales y culturales, en donde se imbrica el derecho a la
salud –Párr. 41–.
Por su parte, el Comité DDHH (2000) desarrolla el impacto que el
derecho a la privacidad ostenta en el acceso de parte de las mujeres a los
servicios de salud sexual y reproductiva en su Observación General N° 28,
referida al derecho a la igualdad entre hombres y mujeres:
otro ámbito en que puede ocur rir que los Estados no respeten la vida
privada de la mujer guarda relación con sus funciones reproductivas, como
ocur re, por ejemplo, cuando se exige que el marido dé su autorización
para tomar una decisión respecto de la esterilización, cuando se imponen
requisitos generales para la esterilización de la mujer, como tener cierto
número de hijos o cier ta edad, o cuando los Estados imponen a los médicos y a otros funcionarios de salud la obligación de notificar los casos de
mujeres que se someten a abor tos. En esos casos, pueden estar en juego
también otros derechos amparados en el pacto, como los previstos en los
207
ar tículos 6 y 7. También puede ocurrir que los particulares interfieran en
la vida íntima de la mujer, como el caso de los empleadores que piden
una prueba de embarazo antes de contratar a una mujer (Pár r. 20).
d) Derecho a la igualdad y a la no discriminación
El derecho a la no discriminación está reconocido en casi todos los
tratados internacionales de DDHH, por ejemplo, en el artículo 2 de la Declaración Universal de DDHH, en los artículos 2 y 3 del Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos, en los artículos 2 y 3 del Pacto Internacional de
los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, entre otros (Facio, 2008).
La vinculación entre el derecho a la igualdad y la salud sexual y reproductiva,
tiene diversos ejes de análisis23, entre los que se destaca la equiparación de la
regulación de los roles de las mujeres en las relaciones familiares, el derecho
a decidir a formar una familia, el derecho al acceso a servicios de salud sexual
y reproductiva oportuna y de calidad en condiciones de igualdad con independencia del género, raza, etnia, orientación y/o identidad sexual, entre otros.
En este punto, se destaca lo explicitado en la Observación General N°
21 sobre «La igualdad en el matrimonio y en las relaciones familiares» del
Comité CEDAW (1994):
Las obligaciones de la mujer de tener hijos y criarlos afectan a su derecho
a la educación, al empleo y a otras actividades referentes a su desarrollo
personal, además de imponerle una carga de trabajo injusta. El número y
espaciamiento de los hijos r epercuten de forma análoga en su vida y también afectan su salud física y mental, así como la de sus hijos. Por estas
razones, la mujer tiene derecho a decidir el número y el espaciamiento de
los hijos que tiene (Pár r. 21). En algunos informes se revelan prácticas
coercitivas que tienen graves consecuencias para la mujer, como el embarazo, el abor to o la esterilización forzados. L a decisión de tener hijos, si
bien de preferencia debe adoptarse en consulta con el cónyuge o el compañero , no debe, sin embargo, estar limitada por el cónyuge, el padre, el
compañero o el gobier no. A fin de adoptar una decisión con conocimiento de causa respecto de medidas anticonceptivas seguras y fiables, las
mujer es deben tener información acerca de las medidas anticonceptivas y
su uso, así como garantías de recibir educación sexual y servicios de planificación de la familia, según dispone el inciso h) del ar tículo 10 de la Convención (Párr. 22). […] Todos estos derechos deberían garantizarse sin
tener en cuenta el estado civil de la mujer (Párr. 29).
208
Años más tarde, el Comité CEDAW (1999) aborda la interpretación y
extensión del derecho a la igualdad y no discriminación en materia de acceso
a la salud sexual y reproductiva en su recomendación general N° 24 sobre la
mujer y la salud, en donde expresa que la obligación de respetar los derechos
exige que los Estados partes se abstengan de poner trabas a las medidas
adoptadas por las mujeres para conseguir sus objetivos en materia de salud.
Para esto, los Estados han de informar sobre el modo en que los/as encargados/as de prestar servicios de atención de la salud en los sectores públicos y
privados cumplen con su obligación de respetar el derecho de la mujer de
acceder a la atención médica. El Comité determina que los Estados partes no
deben restringir el acceso de la mujer a los servicios de atención médica ni a
los dispensarios que los prestan, por el hecho de carecer de autorización de
su esposo, su compañero, sus padres o las autoridades de salud, por no estar
casada o por su condición de mujer24.
Por otro lado, en la Observación General N° 14 (2000) el Comité DESC
determinó:
el Pacto prohíbe toda discriminación en lo referente al acceso a la atención de la salud y los factores deter minantes básicos de la salud, así como
a los medios y derechos para conseguirlo, por motivos de raza, color, sexo,
idioma, religión, opinión política o de otra índole, origen nacional o posición social, situación económica, lugar de nacimiento, impedimentos físicos o mentales, estado de salud (incluidos el VIH/SIDA), orientación sexual
y situación política, social o de otra índole que tengan por objeto o por
resultado la invalidación o el menoscabo de la igualdad de goce o el ejercicio del derecho a la salud (Párr. 18).
Más recientemente, en la Observación General N° 20 (2009), sobre
«La no discriminación y los derechos económicos, sociales y culturales», realiza menciones relativas a la orientación sexual y/o identidad de género de las
personas, determinando que éstas no pueden en ningún caso constituirse en
factores que nieguen y/o restrinjan el ejercicio pleno de los derechos económicos sociales y culturales25.
Paul Hunt, Relator Especial sobre el derecho a la salud, retoma la discriminación por razones de orientación sexual y/o identidad de género en su
informe del año 2004:
209
Como se ha señalado anteriormente, las normas jurídicas inter nacionales
relativas a los derechos humanos excluyen por completo la discriminación
por razones de orientación sexual. L a prohibición legal de las relaciones
entre personas de un mismo sexo vigente en muchos países, junto con la
frecuente falta de apoyo o protección de las minorías sexuales contra la
violencia y la discriminación, obstaculiza el disfrute de la salud sexual y
reproductiva de muchas personas de identidades o conductas lesbianas,
inver tidas, bisexuales o transe xuales. Además, el Relator Especial recuerda que la Comisión de Der echos Humanos, en el caso Toonen c. Australia, obser vó que: «la penalización de las prácticas homosexuales iría en
contra de la ejecución de programas de educación eficaces en materia de
prevención de la infección por el VIH y del SIDA (Pár r. 38).
También se ha expresado en similar sentido el Comité de los Derechos
del Niño26 (2003) en su Observación General N° 4, respecto al reconocimiento del derecho a la no discriminación por razones de orientación sexual de
los/as niños/as:
Los Estados Partes tienen la obligación de garantizar a todos los seres
humanos de menos de 18 años el disfrute de todos los derechos enunciados en la Convención, sin distinción alguna (Ar t. 2), […] Deben añadirse
también la orientación sexual y el estado salud del niño (con inclusión del
VIH/SIDA y la salud mental) (Párr. 6).
En el tema de los DDHH de las personas lesbianas, gays, bisexuales,
transgénero e intersexuales –LGBTI–, es vital mencionar a los Principios de
Yogyakarta sobre la aplicación de la legislación internacional de DDHH en
relación con la orientación sexual y la identidad de género. Este documento,
si bien no se encuentra hasta la fecha integrado formalmente al sistema de
ONU, está adquiriendo progresivamente mayor protagonismo en el ámbito
internacional de los DDHH27, y constituye una apuesta normativa novedosa
en la agenda de los DDSSRR y de la salud sexual y reproductiva, ya que
supera una lógica de carácter meramente negativa de los derechos –no discriminación–, sentando bases de carácter positivo de reconocimiento y respeto de los DDHH de las personas LGTBI. Estos principios hacen las veces
de guías sobre cómo aplicar la legislación internacional de DDHH a cuestiones vinculadas con la orientación sexual e identidad de género de las personas28, fueron concebidos en el mismo lenguaje que utilizan los tratados inter210
nacionales de DDHH, ratifican estándares legales internacionales vinculantes
para los Estados29, su fuente legal –en la mayor parte– son los tratados internacionales de DDHH, y no crean ni adicionan nuevas clasificaciones o categorías de DDHH, sino que adecuan la mayor parte de los derechos civiles y
políticos, y algunos derechos económicos, sociales y culturales, a la realidad
de las personas LGBTI (Pulecio Pulgarín, 2011). Como se adelantaba, el
progresivo carácter de fuente doctrinal que están adquiriendo estos principios a través de su utilización de parte de diversos órdenes jurisdiccionales30
y Comités expertos –como se vio en el caso de la Observación General N° 20
del Comité DESC–, está haciendo que devengan paulatinamente en una fuente
del derecho internacional de los DDHH, en el sentido del artículo 38 del
Estatuto de la Corte Internacional de Justicia (Pulecio Pulgarín, 2011).
e) Derecho a la educación sexual y acceso a la información
El derecho a la educación se encuentra contemplado en los artículos
19 y 28 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, en el artículo
26 de la Declaración Universal y en los artículos 13 y 14 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. El reconocimiento del
derecho a la educación, contempla a su vez al derecho a la educación sexual.
Así, este derecho incluye el derecho de toda persona de acceder a la educación sexual y reproductiva sin discriminación, el derecho a obtener información adecuada y oportuna sobre su estado de salud, el derecho a conocer
acerca de los beneficios, riesgos y efectividad de los métodos de regulación
de la fecundidad y sobre las implicaciones de un embarazo para cada caso
particular, y sobre la buena salud sexual y reproductiva en general (Restrepo
Saldarriaga, 2010).
Sobre el tema, particular atención merece el reporte elaborado por el
Relator Especial sobre el derecho a la educación, Vernor Muñoz (2010), quien
analiza el impacto negativo de una serie de construcciones culturales y religiosas que obturan el reconocimiento y acceso a la salud sexual y reproductiva. En este contexto, Muñoz considera que la educación tiene un rol vital en
el cambio y/o transformación de estos condicionantes culturales31:
La sexualidad es una actividad inherente a los seres humanos, que abarca
múltiples dimensiones personales y sociales. Sin embargo, esta actividad
211
suele per manecer oculta o exclusivamente ligada a la reproducción, por
difer entes motivos, tanto culturales, como religiosos o ideológicos, que en
su mayoría están r elacionados con la persistencia del patriarcalismo (Párr.
5). El Estado moder no, en tanto construcción democrática, debe velar
para que la totalidad de sus ciudadanos y ciudadanas accedan a una
educación de calidad, sin permitir que las diversas instituciones religiosas
establezcan patrones de educación o de conducta que se pretenden aplicar no sólo a sus fieles, sino a la totalidad de la ciudadanía, profesen o no
esa r eligión. Consecuentemente, el Relator Especial ha tomado nota, con
especial pr eocupación, de diversos episodios en los que en nombre de
concepciones religiosas se ha dificultado la educación sexual. El Relator
se per mite reiterar que una educación integral es garantía de un ambiente
democrático y plural (Pár r. 6). […] el patriar calismo es un sistema de ordenación social que impone la supremacía de los hombres sobre las mujeres, aunque también deter mina estrictos roles a los hombres e incluso divide a los géneros en contra de sí mismos. Además de la desigualdad de
género, el patriarcalismo impide la movilidad social y estratifica las jerarquías sociales (Pár r. 7). Por tanto, el patriarcalismo es un sistema que causa y perpetúa violaciones graves y sistemáticas de los der echos humanos,
como son la violencia y la discriminación contra las mujeres (Párr. 8).
Este Relator expresa además la vinculación de este derecho y el principio del interés superior del/a niño/a32, así como también hace expresa mención a los debates sociales en torno a la obturación del acceso a la educación
sexual en los colegios de parte de niños/as y adolescentes basada en motivos
religiosos:
Otra de las pr eocupaciones planteadas en torno a la educación se xual
consiste en el respeto de los valores culturales y religiosos de la comunidad. […] Es un desafío para los sistemas educativos y las comunidades, el
lograr un trabajo mancomunado donde se puedan expresar las inquietudes de los difer entes grupos, sin imponer valores de moral privada, como
obligatorios para toda la población en el ámbito público, ya que esto atenta contra la libre elección de la for ma de vida de las personas. El Relator
Especial ha conocido muchos casos en que los programas científicos de
educación sexual, que han sido previamente diseñados y aprobados, no
llegan nunca a aplicarse debido a la indebida influencia eclesial, lo cual
resulta pr eocupante (Párr. 74).
212
f) Derecho a modificar costumbres discriminatorias en razón
del género, edad y/o la identidad sexual de las personas
Este derecho se encuentra, en gran parte, vinculado a las nociones
vistas en el punto precedente. Su consagración legal se encuentra en el artículo 2 inc. f y g; en el artículo 5 inc. a de la CEDAW, y en artículo 24 inc. 3 de
la Convención de los Derechos del Niño. Este derecho, en diálogo con el
derecho a la salud sexual y reproductiva, supone el derecho a modificar pautas culturales que perjudican la salud sexual y reproductiva de mujeres, niñas
y personas LGTBI, así como el derecho a incorporar visiones multiculturales
a los abordajes de salud sexual y reproductiva33.
En relación con este eje, el Comité CEDAW (1992), en su Observación
General N° 19, aborda cómo la influencia de las «tradiciones», en tanto mandatos sostenidos por una determinada cultura, pueden obturar el reconocimiento y ejercicio de los DDHH de las mujeres, en base a concepciones
estereotipadas de los roles sociales, políticos y culturales que éstas desempeñan en las sociedades34. Posteriormente, en su Observación General N° 24
(2000), «La mujer y la salud», aborda el eje de los condicionantes de índole
cultural que inciden en el acceso a servicios de salud:
El Comité recomienda que los Estados incorporen la perspectiva de género en sus políticas, planificación, programas e investigaciones en materia
de salud a fin de promover mejor la salud de la mujer y el hombre. Un
enfoque basado en la perspectiva de género reconoce que los factores
biológicos y socioculturales ejercen una influencia impor tante en la salud
del hombre y la mujer. La desagregación, según el sexo, de los datos socioeconómicos y los datos relativos a la salud es indispensable para determinar y subsanar las desigualdades en lo referente a la salud (Párr. 20).
[…] El ejercicio del derecho de la mujer a la salud requiere que se supriman todas las barreras que se oponen al acceso de la mujer a los servicios
de salud, educación e información, en particular en la esfera de la salud
sexual y reproductiva. También es importante adoptar medidas preventivas, promocionales y cor rectivas para proteger a la mujer contra las prácticas y nor mas culturales tradicionales perniciosas que le deniegan sus
derechos genésicos (Párr. 21).
El Comité de los Derecho del Niño (2011) en su Observación General
N° 13, «Derecho del niño a no ser objeto de ninguna forma de violencia»,
213
identifica entre los grupos que pueden verse expuestos/as potencialmente a
actos de violencia, a las/os niños/as lesbianas, gays, transgénero o transexuales, los/as que considera pueden estar expuestos/as a sufrir prácticas tradicionales nocivas en virtud de su preferencia sexual y/o identidad de género (Párr.
72.g).
Por su parte, el ya citado relator del derecho a la salud, Paul Hunt
(2004), se refiere a la incidencia de las tradiciones en el acceso a los servicios
de salud sexual y reproductiva de parte de jóvenes y adolescentes: «Algunas
opiniones tradicionales en materia de sexualidad obstaculizan a la prestación
de servicios de salud sexual y reproductiva, como el suministro de información fiable, y tienen un efecto especialmente nocivo para los adolescentes»
(Párr.14).
VI. Reflexiones Finales
Del análisis de las construcciones esgrimidas por los órganos internacionales de DDHH en torno a la salud sexual y reproductiva, y de los diagnósticos existentes sobre la materia en la región, surge como prioritario, para
cualquier tipo de abordaje desde las políticas públicas, dimensionar el fuerte
contraste entre las poblaciones que la habitan, así como las distancias entre
los acuerdos formales sancionados y su real concreción.
Las diferencias dadas por el género, la etnia, el acceso a recursos socioeconómicos, el género, la identidad sexual, la raza, entre otros, justifica
imperiosamente la aplicación de abordajes, como el propuesto en esta oportunidad, que permitan encauzar las políticas públicas hacia la consecución de
un efectivo acceso al derecho a la salud sexual y reproductiva, tendiente a su
vez a lograr una mayor inclusión social.
La ratificación de parte de los Estados de los tratados internacionales y
regionales de DDHH, y en el caso de varios países de la región, la incorporación de éstos a los textos constitucionales35, no son dables de quedar en
meras declaraciones de buenas intenciones. Los derechos económicos, sociales y culturales constituyen derechos judiciables de parte de los particulares, y los Estados no pueden argüir su no cumplimiento bajo las excusas de
que los mismos devienen en meras declaraciones de índole política, y/o en la
214
tradicional y criticada distinción entre derechos de carácter operativos y programáticos (Abramovich y Courtis, 2002).
Los Estados, conforme al derecho internacional de DDHH, tienen la
obligación de respetar y garantizar el derecho a la salud sexual y reproductiva, en tanto DDHH fundamental, prestando debida diligencia en la protección de ésta en relación con actos u omisiones de entes estatales como de
particulares, so pena de incurrir en responsabilidad internacional (Garcia
Muñoz, 2004).
Desde aquí, es necesario que los compromisos estatales –que involucran a los órganos ejecutivos, legislativos y judiciales– estén dirigidos no sólo
a la consagración formal de los distintos aspectos que hacen a la salud sexual
y reproductiva en sus legislaciones internas, sino que además deben tender a
propiciar marcos reales de respeto y garantía de estos derechos, tendiendo a
romper estigmas sociales, culturales y económicos que operan sobre su efectiva consagración y goce para toda la población.
Notas
Traducción realizada por la autora
La Declaración Universal de Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la Convención
sobre los Der echos del Niño, y la Convención Americana de Derechos Humanos, hacen parte central del abordaje de derechos en el plano internacional. De manera particular, la Convención sobre
la Eliminación de Todas las For mas de Discriminación contra la Mujer y la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Er radicar la Violencia contra la Mujer –Convención de Belem do
Pará–, han sido esenciales en los ar mados de agendas de políticas públicas en materia de salud
sexual y reproductiva en la región. No obstante ello, las construcciones que estos organismos de
DDHH realizan en torno a la sexualidad y procreación se encuentran en permanente evolución y, a
su vez, sujetas a críticas de parte de los movimientos feministas, de mujeres y de la diversidad sexual,
en pos de apostar por la incorporación de miradas plurales y no homogenizantes, en relación a la
diversidad de prácticas en que las personas conciben su sexualidad y facultades reproductivas.
3
Por razones metodológicas y de extensión, en la presente ocasión sólo se abordará de modo genérico lo relativo a las construcciones referidas a la salud sexual y reproductiva desde el sistema de
ONU, sin perjuicio de la trascendencia que tienen en la materia los abordajes realizados desde el
sistema regional de DDHH –OEA–.Vale aclarar, además, que dado el enfoque genérico propuesto
aquí, la atención estará puesta en las Observaciones Generales de los Comités de DDHH y en los
relatores espaciales temáticos. Esto, nuevamente, sin perjuicio de la riqueza que ostentan las Observaciones Finales de estos Comités, dada la contextualidad geográfica e histórica que ostentan este
tipo de documentos. Para más información sobre el tema, ver referencia nota al pie N° 14.
4
Entr e las agencias e instituciones internacionales que han incorporado el enfoque de derechos
humanos en sus planes de trabajo, se destacan: el Departamento de Desarrollo Internacional del
Gobierno del Reino Unido –DFID–, el Organismo Sueco de Cooperación para el Desarrollo Inter nacional –OSDI–, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia –UNICEF–, la Organización de las
1
2
215
Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura –UNESCO–, el Fondo de Desarrollo de
las Naciones Unidas para la Mujer –UNIFEM– y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones
Unidas para los Derechos Humanos.
5
En esta línea, Naciones Unidas en el año 2003 aprobó una declaración titulada «Enfoque basado
en los derechos humanos en la cooperación para el desarrollo: hacia un entendimiento común».
6 Estos son: universalidad e inalienabilidad, indivisibilidad, participación e inclusión, igualdad y no
discriminación, transparencia y rendición de cuentas.
7 Una serie de trabajos realizados en la región, rescatan en su análisis la influencia que sectores
religiosos, como la Iglesia Católica, continúan teniendo en la configuración de las agendas públicas
en el área de la salud sexual y reproductiva (Ortiz Segar ra, 2008; Ehrenreich, 2008, Vaggione,
2009).
8
Un claro ejemplo de esta situación se ve reflejado en las numerosas instancias de judicialización de
la anticoncepción hormonal de emergencia en distintos países de la r egión (Bergallo, 2010).
9
En el caso particular de México, el proceso de reforma legal que permitió la interrupción voluntaria
del embarazo durante las 12 primeras semanas de gestación se produjo sólo en relación al Distrito
Federal, par ticularidad dada por la configuración de Estado confederado que tiene este país.
10
El embarazo en etapas tempranas, asociado muchas veces con una situación de desprotección
socio jurídica de las mujeres, fomenta en muchos casos la deserción escolar tanto de ella como del
varón, condicionando a los/as adolescentes a insertarse luego en el mercado laboral a través de la
consecución de empleos sujetos a condiciones de trabajo pr ecarias, lo que funcionaría como un
mecanismo de reproducción de la pobreza (Di Cesare, 2006).
11
L a autora agradece especialmente los apor tes realizados por la abogada Edurne Cárdenas en esta
sección.
12
Se entiende por instrumentos vinculantes a los tratados internacionales de DDHH firmados y
ratificados por los gobier nos. Éstos imponen a los Estados partes signatarios obligaciones en el
marco del derecho inter nacional. Los instrumentos no vinculantes son principalmente las conferen cias de ONU u otros organismos internacionales, así como acuerdos o declaraciones adoptadas por
consensos intergubernamentales. Vale aclarar en este último punto, que si bien estos documentos
no son vinculantes en estricto sentido jurídico, si constituyen fuentes consuetudinarias de derecho
internacional. De esta manera, forman parte del marco jurídico internacional y establecen principios
y estándares que los Estados deben proteger y promover. Ejemplos de estos instrumentos lo constituyen el Programa de Acción de Viena sobre Derechos Humanos, las Platafor mas de Acción de la
Conferencia Inter nacional de Población y Desarrollo del Cairo; entre otros. Ver: http://www.unfpa.org/
derechos/preguntas.htm
13
L a Declaración Universal de Derechos Humanos –1948– consagra el derecho a la salud en su
Artículo 25; de igual modo lo hace el Ar tículo 11 de la Declaración Americana de los Derechos y
Deberes del Hombre –1948–; el Pacto Internacional de Der echos Económicos, Sociales y Culturales
–1966–, en el que se establece por primera vez el derecho a la salud en un tratado con carácter
vinculante; la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la
Mujer, CEDAW –1979– lo hace en sus Artículos 12 y 24; la Convención sobre los Derechos del Niño
–1989– reconoce el derecho humano a la salud en sus Ar tículos 24, 25 y 39. También reconocen
este derecho, la Convención Internacional sobr e la Eliminación de todas las formas de Discriminación Racial y el Protocolo Adicional a la Convención Americana sobre Der echos Humanos en materia de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, adoptado en 1988 y puesto en vigencia en
1999, así como el Artículo 25 de la Convención sobre los Derechos de las personas con Discapacidad –2006–.
14
Cada tratado de DDHH establece un Comité con competencia para hacer seguimiento al cumplimiento de las obligaciones de par te de los Estados. La puesta en práctica de esta tarea se concretiza
a través de la emisión, de par te de los Comités, de documentos de diverso tipo: Observaciones y/o
Comentarios Generales –aquellas que contribuyen a la interpretación para aclarar el contenido y
alcance de las obligaciones establecidas en los tratados–; Observaciones Finales –aquellas que recogen las conclusiones que proceden del examen que los Comités realizan periódicamente a cada
Estado que los ha ratificado– y Dictámenes sobre comunicaciones individuales –se refieren al resul-
216
tado del análisis de los Comités sobre el fondo de las comunicaciones individuales sometidas a su
jurisdicción–. Existen además en el sistema de ONU procedimientos especiales. Se trata de mecanismos de protección establecidos por la Comisión de Derechos Humanos –hoy Consejo de Derechos
Humanos–, tendientes a examinar y formular recomendaciones sobre situaciones de derechos humanos en un determinado país o sobre asuntos temáticos específicos. En este mar co se encuentran
los relatores especiales de ONU.
15
Antecedentes centrales de esta definición se encuentran en la Conferencia sobre Derechos Humanos de Teherán –1968–, la Conferencia Mundial sobre Población Bucarest –1974–, la Conferencia
Mundial del Año Internacional de la Mujer en México –1975–, la Conferencia sobre la Mujer-Estrategias de Nairobi –1985– y la Conferencia Mundial de Derechos Humanos en Viena –1993–.
16 Se puede acceder a los informes presentados en la mesa de trabajo del Comité, a través del
siguiente
link:
http://www2.ohchr.org/english/bodies/cescr/
discussion15112010WrittenContr.htm#exper ts
17
Se recomienda en este punto la lectura del trabajo de Armas (2007) en donde el autor reflexiona
sobre las relaciones entr e los derechos sexuales, otros DDHH, y su vínculo con la agenda de er radicación de la pobreza.
18
Para este abordaje, en líneas generales, se sigue la propuesta de análisis de Alda Facio (2008).
19 En la Observación General N° 6, el Comité de los Derechos Humanos –1982– deter mina que la
vida no puede concebirse desde una noción restrictiva: «el Comité ha obser vado que el derecho a la
vida ha sido con mucha frecuencia interpretado en forma excesivamente restrictiva. La expresión «el
derecho a la vida es inherente a la persona humana» no puede entenderse de manera restrictiva y la
protección de este derecho exige que los Estados adopten medidas positivas. A este respecto, el
Comité considera que sería oportuno que los Estados Partes tomaran todas las medidas posibles
para disminuir la mortalidad infantil y aumentar la esperanza de vida, en especial adoptando medidas para eliminar la malnutrición y las epidemias» (Párr.5). Por su parte, el Comité CEDAW –1994–
, en su Observación General N° 19, vuelve sobre el tema de la conceptualización de la vida en un
sentido amplio. ONU Doc. HRI\GEN\1\Rev.1 at 84
20 Comité DESC (2009). Observación General N° 20. Parr. 3. E/C.12/GC/20.
21
Informe del Relator Especial, Vernor Muñoz (2010), sobr e el derecho a la educación. A/65/162
22
El derecho a la salud sexual y r eproductiva, y su vinculación con el derecho a la liber tad y seguridad personal, también fue abordado por el Comité DESC (2000) en su Observación General N° 14:
«El derecho a la salud no debe entenderse como un derecho a estar sano. El derecho a la salud
entraña libertades y derechos. Entre las libertades figura el derecho a controlar su salud y su cuerpo,
con inclusión de la libertad sexual y genésica, y el derecho a no padecer injerencias, como el derecho a no ser sometido a torturas ni a tratamientos y experimentos médicos no consensuales. En
cambio, entre los derechos figura el relativo a un sistema de protección de la salud que brinde a las
personas oportunidades iguales para disfrutar del más alto nivel posible de salud» (Párr. 8).
23 Vale aquí aclarar, que es la autora del presente artículo quien ha decidido vincular en esta sección
al derecho a la igualdad y no discriminación, con los derechos relacionados a los roles de las personas dentro del matrimonio y la familia, sin desconocer que otras/os autoras/es desarrollan este último como un derecho de índole especifica, al vincularlo con el derecho a la salud sexual y reproductiva. Véase, por ejemplo, Facio (2008).
24 Comité CEDAW, Observación General N° 24 del año 1999: «El acceso de la mujer a una adecuada atención médica tropieza también con otros obstáculos, como las leyes que penalizan ciertas
intervenciones médicas que afectan exclusivamente a la mujer y castigan a las mujeres que se someten a dichas intervenciones» (Párr. 14). Asimismo, en su observación General N° 15 (1990) el Comité CEDAW estableció la necesidad de evitar la discriminación contra la mujer en las estrategias
nacionales de acción preventiva y lucha contra el síndrome de inmunodeficiencia adquirida –SIDA–
y recomienda a los Estados que en los programas de lucha contra el SIDA presten especial atención
a los derechos y necesidades de las mujeres y niños/as, por su posición subordinada en algunas
sociedades, lo que las/os convierte en población especialmente vulnerable al contagio del VIH/
SIDA.
217
«En ‘cualquier otra condición social’, tal y como se r ecoge en el artículo 2.2 del Pacto, se incluye
la orientación sexual. Los Estados partes deben cerciorarse de que las preferencias sexuales de una
persona no constituyan un obstáculo para hacer realidad los derechos que reconoce el Pacto, por
ejemplo, a los efectos de acceder a la pensión de viudedad. L a identidad de género también se
reconoce como motivo prohibido de discriminación. Por ejemplo, los transgénero, los transexuales o
los intersexo son víctimas frecuentes de graves violaciones de los derechos humanos, como el acoso
en las escuelas o en el lugar de trabajo» (Pár r. 37).
26 Este Comité sostuvo razonamientos en la misma línea, en su Obser vación General N° 3 (2003)
sobre VIH/SIDA y derechos de los niños: «Preocupa especialmente la discriminación basada en el
sexo unida a los tabúes o las actitudes negativas o críticas respecto de la actividad sexual de las
muchachas, lo que a menudo limita su acceso a medidas preventivas y otros servicios. También es
preocupante la discriminación basada en las preferencias sexuales» (Párr. 8).
27 Estos principios fueron desar rollados y adoptados por unanimidad por un distinguido grupo de
expertos/as en DDHH de distintas regiones y diversa formación, en noviembre de 2006 en Indonesia, en la ciudad de Yogiakarta. Fueron presentados oficialmente en marzo de 2007, coincidiendo
con la sesiones del Consejo de DDHH de la ONU en Ginebra, y r elanzados en noviembre de 2007
en la sede de la ONU en Nueva York bajo el patrocinio de las delegaciones de Argentina, Brasil y
Uruguay.
28
Hacen r eferencia, entre otros, a cómo se aplican los DDHH de la comunidad LGBTI en temas de
ejecuciones extralegales, violencia y tor tura, acceso a la justicia, privacidad, no discriminación, los
derechos de liber tad de expresión y reunión, empleo, salud, educación, cuestiones de migración y
refugiados, participación pública y una variedad de otros derechos.
29 Se puede consultar el texto oficial de los Principios de Yogyakarta en el sitio web de la Secretaría
de Asuntos Jurídicos de la Organización de Estados Americanos –OEA–: http://www.oas.org/dil/esp/
orientacion_sexual_Principios_de_Yogyakarta_2006.pdf
30 Ver, en este sentido, Corte Suprema de la Nación Mexicana. Acción de Inconstitucionalidad 2/
2010.
31 En líneas paralelas el relator deter mina: «La educación es la herramienta primaria y fundamental
para combatir el patriarcalismo y para generar ese cambio cultural tan necesario para la igualdad
entre las personas. Cuando no se organiza de manera adecuada, el sistema educativo conduce al
resultado inverso, perpetuando la injusticia y la discriminación» (Párr. 8). «Uno de los principales
medios de los que se valen el sistema patriarcal y sus agentes para perpetuar su vigencia, consiste en
negar a las personas sus posibilidades de recibir una educación en derechos humanos con perspectiva de género y de diversidad» (Párr. 9).
32
«Si bien los padr es y madres son libres de elegir el tipo de educación que tendrán sus hijos e hijas,
debido al imperio del principio del interés superior del niño, esta potestad nunca puede ir en contra
de los der echos de los niños, niñas y adolescentes. Esto implica la necesidad de generar espacios
para que todas las formas y opiniones puedan encontrar causa dentro del proceso educativo. Particularmente en el caso de la educación sexual, las personas tienen derecho a acceder a infor mación
científica y de calidad, libre de prejuicios y acorde con su edad, para favorecer un desar rollo pleno
y prevenir posibles abusos físicos y psicológicos» (Párr. 73).
33
Sobr e este tema se recomienda ver: Family Care Internacional, Bolivia & Fundación Interar ts
(2007)
«Derechos culturales en la salud sexual y r eproductiva. Con énfasis especial en Bolivia «. [En línea]
< http://www.interarts.net/descargas/interar ts144.pdf> [Consulta: 11 de agosto de 2011].
34 «Las actitudes tradicionales, según las cuales se considera a la mujer como subordinada o se le
atribuyen funciones estereotipadas perpetúan la difusión de prácticas que entrañan violencia o coacción, como la violencia y los malos tratos en la familia, los matrimonios forzosos, el asesinato por
presentar dotes insuficientes, los ataques con ácido y la circuncisión femenina. […] El efecto de
dicha violencia sobre su integridad física y mental es privarla del goce efectivo, el ejer cicio y aun el
conocimiento de sus derechos humanos y libertades fundamentales. Si bien en esta obser vación se
hace hincapié en la violencia real o las amenazas de violencia, sus consecuencias básicas contribu25
218
yen a mantener a la mujer subordinada, a su escasa participación en política y a su nivel inferior de
educación y capacitación y de oportunidades de empleo» (Párr. 11).
35 Constitución Argentina –artículo 75, inc. 22–; Guatemala –artículo 46–; Honduras –artículo 18–;
Brasil –artículo 5, inc. 77.2–; Bolivia –ar tículo 13–.
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adquirida (SIDA). Recomendación General Nº 15. 9° período de sesiones, 1990.
Comité CEDAW. La violencia contra la mujer. Recomendación General Nº 19. 1° período de sesiones, 1992, U.N. Doc. HRI\GEN\1\Rev.1 at 84.
Comité CEDAW. La igualdad en el matrimonio y en las relaciones familiares. Recomendación General Nº 21.13º período de sesiones, 1994.
Comité CEDAW. L a mujer y la salud. Recomendación General Nº 24. 20° período de
sesiones, 1999.
Comité de Derechos Humanos. Igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Observación general Nº 28.29/03/2000-CCPR/C/21/Rev.1/Add.10Comité de Derechos Humanos. Derecho a la vida. Obser vación General N°. 6. 16º período de sesiones, 1982-HRI/GEN/1/Rev.7-.
222
Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. El derecho al disfrute del más
alto nivel posible de Salud. Obser vación general Nº 14. 22° periodo de Sesiones,
2000.
Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. La no discriminación y los derechos económicos, sociales y culturales. Observación General Nº 20. 2/07/2009. –
E/C.12/GC/20–.
Comité de los Derechos del Niño. El VIH/SIDA y los derechos del niño. Observación
General Nº 3. 17/03/2003. –CRC/GC/2003/3–.
Comité de los Derechos Del Niño. La salud y el desar rollo de los adolescentes en el
contexto de la Convención sobre los Derechos del Niño. Observación General Nº
4. 21/07/2003. –CRC/GC/2003/4–.
Comité de los Derechos Del Niño. Derecho del niño a no ser objeto de ninguna forma de
violencia. Observación General Nº 13. 18/04/2011. –CRC/C/GC/13–.
223
224
TERCERA PARTE
Aproximaciones a la agenda de los
derechos sexuales y reproductivos
225
226
DESNATURALIZAR LOS VÍNCULOS ENTRE
CONYUGALIDAD Y CIUDADANÍA
EL MATRIMONIO EN ARGENTINA, SU
TRAYECTORIA Y LOS CAMBIOS RECIENTES 1
Renata Hiller*
El reino de la sexualidad posee también su propia política interna,
sus propias desigualdades y sus formas de opresión específicas. Al
igual que ocurre con otros aspectos de la conducta humana, las
formas institucionales concretas de la sexualidad en cualquier momento y lugar son productos de la actividad humana. Están, por
tanto, imbuidas de política. […] En este sentido, el sexo es siempre
político, pero hay períodos históricos en los que la sexualidad es
más intensamente contestada y más abiertamente politizada. En
tales períodos, el domino de la vida erótica es, de hecho, renegociado.
(Rubin, 1989: 114)
Interrogarse sobre qué asuntos forman parte de «la política» y pueden
ser discutidos públicamente invita a calzarse anteojos de largo alcance para
ver cómo, en distintas épocas y según las circunstancias, ciertos temas son
disputados en el espacio público y en otros, arrumbados al cuadro de las
naturalezas muertas. Viajando en el tiempo podríamos ver la racialización
como un fenómeno que justificó, a la vez que naturalizaba, sistemas esclavistas y de subordinación (Harrison, 1995; Segato, 2006; Arias y Restrepo, 2010).
La pobreza, entendida como un problema demográfico desde la perspectiva
* Politóloga, Magíster en Investigación en Ciencias Sociales y Doctora en Ciencias Sociales por la
Universidad de Buenos Aires –UBA–. Se doctoró con la Tesis «Conyugalidad y ciudadanía: disputas
en torno a la regulación estatal dela conyugalidad gay lésbica en la Argentina contemporánea».
Pertenece al Grupo de Estudios sobre Sexualidades –GES– del Instituto Gino Germani de la UBA e
investiga las vinculaciones entre ciudadanía y sexualidad. Actualmente reside e investiga en Comodoro Rivadavia –Chubut–.
227
malthuseriana, convocó ciertas respuestas pretendidamente técnicas, intentó
racionalizar la desigualdad social e invalidar la existencia de sectores antagónicos en las sociedades, así como la posibilidad de proyectos alternativos.
Más cerca en el tiempo, las recetas neoliberales volverían a plantear nociones
como «equilibrio natural de los mercados» para referir a aquellos asuntos a
los que es mejor no meterles mucha mano, si no se quiere alterar cierta armonía natural (y por lo tanto, pre-política) del sistema social. En contraste, podemos volver la mirada hacia Estados Unidos para ver los reclamos de los
movimientos negros, en pos de sus derechos civiles. O revisar las luchas por
el acceso al voto femenino en distintos países a lo largo de las primeras décadas del siglo XX; o las discusiones que volvieron a poner en el tapete el rol de
los Estados en la economía. Así, qué es un asunto «político» posible de ser
disputado y modificado, y qué no, es una frontera móvil que se desplaza en el
tiempo y según las sociedades.
La familia y los asuntos domésticos han sido histórica y paradigmáticamente calificados como cuestiones no-políticas, incluso como el reverso de
lo político. La clásica distinción entre el oikos y la polis, en el mundo griego,
permitía distinguir entre el mundo jerárquico y autoritario de la familia, por
oposición a la igualdad y la libertad del terreno de los ciudadanos (Arendt,
2004). Los lazos familiares –pese al enorme cúmulo de evidencia contraria
abonado por la antropología– suelen pensarse en el sentido común y en gran
parte de la producción académica como vínculos naturales, derivados del
parentesco biológico y ahistóricos, esto es: como si siempre hubiesen sido de
la misma manera. De este modo, la positivación de los lazos familiares en el
Derecho de Familia a menudo es considerada como una mera formalización
e institucionalización en los Códigos de aquello que existiría –de todas y la
misma manera– fuera del derecho y las regulaciones estatales. Dicho brevemente, la familia es considerada una «institución natural» que el Derecho no
haría más que positivizar.
Los recientes debates en Argentina y las discusiones contemporáneas
en otras partes del mundo en torno al reconocimiento legal de «familias alternativas» y especialmente acerca de la posibilidad de que las parejas de gays y
lesbianas puedan acceder a la institución del matrimonio cuestionan aquel
carácter natural de la institución familiar e invitan a repensar los vínculos
entre lo doméstico, los lazos familiares, la intimidad, y la política y las instituciones formales.
228
Desde la década del noventa, en distintas partes del mundo se multiplican las demandas de reconocimiento legal de las parejas homosexuales
por parte de los movimientos LGBT –Lésbico, Gay, Bisexual y Trans–. Ante
ello, los Estados vienen ensayando distintas respuestas: en unos casos, han
creado nuevas figuras legales –como pactos de convivencia o uniones de
hecho– que brindan algunos de los derechos contemplados en el matrimonio; en otros casos, la institución matrimonial se amplió para contemplar a
las parejas gays y lésbicas. En esta sintonía, a mediados del 2010 Argentina
se convirtió en el décimo país que reconoce estatus matrimonial a estas parejas, al reformarse la Ley de Matrimonio. ¿Qué significa esta transformación,
poniéndola en la perspectiva de los vínculos entre sexualidad y ciudadanía?
La exclusión del matrimonio por parte de parejas no heterosexuales
nos habla de un escenario en el cual la condición sexual de las personas
funciona como un vector de acceso a la ciudadanía. Ser o no ser heterosexual, constituir o no una pareja pública y estable, condicionan la disponibilidad de varios derechos –como pensiones, herencia, obra social–. Al debatirse el reconocimiento estatal de las parejas no heterosexuales, otros interrogantes sobre la institución matrimonial vuelven a colocarse de relieve: ¿cuál
es el rol estatal respecto de los vínculos de pareja? ¿Qué puede ser objeto de
tutela estatal, y por qué?
Podemos pensar que tras la discusión en torno al reconocimiento estatal de las parejas no heterosexuales subyace un debate mayor acerca de la
institución matrimonial. En estos debates las coordenadas habituales de análisis político parecieran resultar insuficientes: lo público y lo privado confluyen en una institución que, pese a su aparente carácter íntimo, se encuentra
fuertemente regulada por el Estado. En este texto nos interesará indagar sobre dichas regulaciones estatales y para ello, veremos en una primera sección
cómo los derechos de las personas se amalgaman a los derechos de las parejas, instalando un nuevo sujeto jurídico político, el cuerpo conyugal. Dicho
sujeto conyugal formula un modo específico de vinculación entre los contrayentes e intermedia en la relación entre los individuos y el Estado. De ese
modo, a contrapelo de los presupuestos liberales, el sujeto conyugal cuestiona el individualismo y universalismo que atraviesan la mayoría de las reflexiones en torno a la ciudadanía y propone, en la práctica, un régimen
inequitativo de tratamiento de las personas.
229
En una segunda sección reconstruimos la trayectoria de la demanda
de reconocimiento de las parejas gay-lésbicas en Argentina, que concluye
con la sanción del llamado «Matrimonio Igualitario». Concluiremos que la
reforma de la Ley de Matrimonio no sólo amplió una serie de derechos para
sujetos que antes estaban excluidos; también y muy especialmente, lo consideraremos como un proceso de desnaturalización de aquellos asuntos que
generalmente están dados por sentado: qué es una familia, quiénes pueden
constituirla, qué beneficios requiere ese tipo de sociedad, y qué responsabilidades se derivan. Lo más interesante del asunto consistirá, desde nuestra
perspectiva, en que el debate en torno a la reforma de la Ley de Matrimonio
mostró la variabilidad de las fronteras de lo político. Con ello, se abrieron
varias cabezas a nuevas ideas sobre lo que puede politizarse, esto es: volver
a discutirse públicamente.
Podemos pensar que nunca una norma es completamente democrática, en tanto siempre genera formas y sujetos que quedan excluidos. Incluso
podemos interrogar –como en cierta medida se hará en las páginas que siguen– en torno a la centralidad del matrimonio en la asignación de beneficios necesarios para el bienestar social. Este razonamiento nos llevaría a priorizar aquello que la nueva Ley de Matrimonio en Argentina deja por fuera. Y
sin duda encontraríamos que hay muchos/as que no se incluyen en ella. Sin
embargo, proponemos pensar que dicha Ley constituye un avance cualitativo en la materia. Otra vez, no exclusivamente por la ampliación de derechos
o sujetos reconocidos, sino porque aquel debate permitió interrogar(nos) sobre
lo que pensamos que no puede ser de otra manera, «porque siempre fue así»
o porque son «cuestiones privadas» donde el Estado tiene poco que hacer.
Discutir el Matrimonio abre la puerta a otro montón de preguntas sobre cuestiones que tendemos a considerar «normales», «naturales», inamovibles e indiscutibles. No es asunto de este texto enumerarlas taxativamente –y con
ello, volver a anquilosarlas–, sino que invitamos al lector/a a que, tras acompañar el texto, considere con nosotros otras posibles cuestiones a las que,
como dijera Stuart Mill, estamos tan acostumbrados que constituyen –más
que una segunda– nuestra primera naturaleza (1993: 45).
230
Matrimonio, Estado y Ciudadanía
El matrimonio es una institución compleja en la que se articulan expectativas variadas y significados múltiples. Reconociéndole una amplia trayectoria histórica (Coontz, 2006), importa concentrarnos sobre la conyugalidad
contemporánea, colocada en el contexto de la familia moderna (Shorter, 1975;
Henslin, 1980; Duarte, 1995; Fonseca, 1995; Cicerchia, 1998; Peixoto, de
Singly y Cicchelli, 2000; Cicerchia y Bestard, 2006) e indagar sobre su regulación estatal en Argentina. La revisión del tratamiento estatal del matrimonio, a través de la legislación al respecto, procura comprender este instituto
de vasto alcance jurídico: en los ámbitos de filiación, adopción, sucesiones,
contratos, políticas fiscales, aspectos migratorios, de salud y trabajo, entre
otros (Fernández Valle, 2010). Para ello, se recurre al Código Civil que es
donde en nuestro país se establece el matrimonio y la mayoría de sus alcances. Tomaremos la figura del matrimonio ya que si bien el Estado argentino
reconoce otros arreglos conyugales como el concubinato, las parejas de hecho y las uniones civiles –en algunas jurisdicciones–, todas estas figuras adoptan como referencia el matrimonio, siendo institutos claramente «menores» –
en términos de derechos y obligaciones, y de jerarquía– respecto de la institución matrimonial. No existe en nuestro país una figura como la del Pacto
Civil de Solidaridad francés, que reconozca vínculos no conyugales o erótico-afectivos2 .
La perspectiva que orienta el trabajo no es jurídica, sino política, por lo
que hablaremos de la conyugalidad como un dispositivo político de regulación de la sexualidad. Interesa privilegiar esta dimensión política para evidenciar la intervención de lo político en la construcción de subjetividades. A la
vez para cerrar, hacia el final de este texto, recuperando cómo la conyugalidad participa de las disputas en torno a lo político, específicamente en lo
referido a la demanda de inclusión de las parejas gays y lésbicas en el matrimonio. Nos ocuparemos entonces de las normas establecidas, y de los discursos que pretenden inscribirse políticamente para sostenerlas o subvertirlas.
En la regulación de la conyugalidad el Estado establece qué vínculos
basados en determinadas relaciones erótico-afectivas son «válidos» y por lo
tanto, merecedores de reconocimiento, y cuáles en cambio «fallan» o no son
«felices» –en el sentido de Austin, de no constituir actos performativos bien
231
llevados a cabo–. Así como las sociedades reconocen con mayor legitimidad
a algunas formas de sexualidad y a otras con menor o ninguna legitimidad
(Rubin, 1989), el Estado otorga validez a ciertos arreglos conyugales, y así
contribuye a definir qué se entiende por pareja e interpela la condición sexuada
de los sujetos. Para nuestro análisis, reconocer los vínculos entre Estado y
conyugalidad permite considerar los modos diversos que adopta la ciudadanía, los presupuestos en que se funda y las exclusiones que conlleva.
Lejos de lo que podría considerarse a primera vista, los vínculos familiares y específicamente el Matrimonio son regulados de maneras múltiples
por el Estado. Las leyes –y entre ellas, las referidas al Derecho de Familia–
que emanan y son respaldadas por él constituyen la textura subyacente del
orden social existente en un territorio dado (O´Donnell, 1993: 5). Las leyes
regulan las relaciones sociales, prescribiendo modos de proceder, expectativas sociales e identidades. A su vez, el Estado también regula las relaciones
sociales a través de otras acciones, que englobaremos bajo el rótulo de «políticas públicas». Ellas refieren a las diferentes tomas de posición estatal sobre
un asunto en un momento determinado (Oszlak y O’Donnell, 1982). Pueden
implicar aquellas leyes, pero también programas, creación de agencias estatales, reorientación de las preexistentes, resoluciones puntuales, etcétera. La
regulación implicada en cada política pública define la distribución de bienes
–materiales o simbólicos– y quiénes serán sus destinatarios. De esta forma,
contribuyen a definir los límites y contenidos de la ciudadanía (Jelin, 1996).
En Argentina la institución matrimonial se encuentra regulada en el
Código Civil dentro de los considerados «derechos personales en las relaciones de familia» y posteriormente, en el Libro II, Sección III referida a los
Contratos, bajo el rotulo de «la sociedad conyugal». Pese a su amplio tratamiento estatal, no es posible encontrar una definición de la palabra «matrimonio» en todo el Código Civil, ni en el resto de la legislación. Sólo al referirse al régimen para los extranjeros, la Constitución Nacional alude al Matrimonio como derecho al establecer que «Los extranjeros gozan en el territorio
de la Nación de todos los derechos civiles del ciudadano» y al enumerarlos,
referir a «testar y casarse conforme a las leyes» –Constitución Nacional, Artículo 20–. Su inclusión en estos términos se comprende al revisar el derrotero
de esta institución en el escenario de conformación del Estado Argentino,
atravesado por la monopolización de funciones y recursos en el Estado y en
un contexto de incentivo a las políticas inmigratorias.
232
En nuestro territorio, los casamientos inicialmente eran regulados por
el Derecho Canónico y celebrados y registrados por la Iglesia Católica, lo que
excluía a no creyentes y practicantes de otros cultos. Tal como recupera Recalde de los debates previos a la sanción de la Ley de Matrimonio Civil, la
ausencia de este estatuto impedía «el buen gobierno» de la población, favoreciendo el concubinato y la filiación ilegítima (Recalde, 1986). Las primeras
modificaciones avanzarán en la progresiva reducción del poder de la Iglesia
Católica, al establecerse mediante la Ley de Matrimonio Civil –1888– la potestad del registro estatal para celebrar los matrimonios. Otro tanto sucedía
contemporáneamente con el registro de nacimientos y muertes, y con la educación. De ahí que más que como un proceso de «laicización», la secularización del matrimonio en Argentina puede comprenderse mejor como la creciente monopolización del Estado, no sólo de la violencia física legítima, sino
también de capitales económico y simbólico (Bourdieu, 1996). Al codificarse
el estatuto, el control de la sexualidad y las asimetrías entre varones y mujeres
que el matrimonio religioso establecía no fueron cuestionados; sino que la
secularización significó apenas su transferencia del poder religioso al poder
civil (Torrado, 2003): la mujer era dependiente de su marido para fijar domicilio, administrar los bienes comunes e incluso la herencia de la propia familia. El lema bíblico por el cual una vez unidos en matrimonio, Adán y Eva
conforman «una misma carne» se mantuvo en la ley positiva. Las sucesivas
demandas por el derecho al divorcio3 –recién sancionado en 1987– resultan
indicativos de cómo este contrato civil, celebrado entre dos personas autónomas y con voluntad, es sin embargo una institución no tan fácilmente revocable. Asimismo, el matrimonio fue la institución que, una vez establecida la
capacidad civil de las mujeres en 1926, mantuvo la «minoría de edad» de las
casadas al consagrar la capacidad civil total de las mujeres mayores... siempre que no tuvieran marido4. En tales casos, se mantenía la autoridad del
varón, por lo que aquella «misma carne» continuó unida y dirigida por una
sola cabeza: la del esposo.
Se sucederán distintos cambios hasta arribar hacia 1985 a un escenario de creciente equidad de los roles maritales con los debates en torno al
divorcio, la equiparación de derechos entre hijos nacidos dentro y fuera del
matrimonio y cambios en el régimen de patria potestad, igualando los roles
materno y paterno. Este escenario de «democratización de las familias» también puede ser visto como aquel que continúa y profundiza el monopolio
233
estatal en la regulación de los vínculos conyugales y de familia. Y es también
en este sentido que pueden ser comprendidos los debates en torno a la ampliación del matrimonio a las parejas gays y lésbicas.
A su vez, el matrimonio examina particularidades y transformaciones
conforme se atiende su rol en la distribución de seguridad y bienestar en la
sociedad. Cómo las sociedades se proveen de cierta protección ante la enfermedad o la vejez y cómo garantizan su reproducción, en términos de crianza
y educación, resultan elementos importantes para pensar el lugar del matrimonio y su vinculación con el Estado y la ciudadanía.
En cuanto a la distribución de responsabilidades sociales entre el Estado, el mercado y la familia, nuestro país ha seguido las pautas del «familismo
latinoamericano» (Sunkel, 2006), guiado por la preeminencia de la familia en
tanto espacio de resolución de varias necesidades sociales, y como vector de
acceso a derechos. El modelo de familia conyugal con un padre trabajador y
una madre a cargo del cuidado de menores y ancianos hizo del «pleno empleo» de la sociedad salarial, un fenómeno eminentemente masculino. Los
derechos derivados de la condición laboral eran percibidos mayoritariamente por los varones y las mujeres accedían a ellos como beneficiarias pasivas e
indirectas –en tanto establecían un vínculo legal con el trabajador asalariado– (Pautassi, 1995). El matrimonio mediaba entonces en la condición ciudadana de las mujeres, las «integraba» de un modo específico, al que podemos llamar con Pautassi como «paternalista»: protegidas por el vínculo matrimonial, si estaban «a cargo de un hombre» o si enviudaban. De lo contrario,
«para las demás mujeres (solteras con o sin hijos, unidas) en tanto no hubiesen ingresado al mercado de trabajo, la tendencia predominante consistió en
la falta de prestaciones» (Pautassi, 1995: 228).
A partir de los años ochenta y noventa, en Argentina y en gran parte
del subcontinente, el familismo latinoamericano tomó nuevas formas de la
mano de un mercado de trabajo ampliado, feminizado y fragmentado por la
precarización laboral. Las reformas neoliberales que llevaron al desmantelamiento de las políticas universalistas del Estado de Bienestar hicieron que la
estructuración familiar se convierta en criterio rector de nuevas políticas de
asistencia focalizadas (Sunkel, 2006; Moreno, 2007). De esa manera, el matrimonio continuó teniendo preeminencia en la garantía de bienes, pero de
nuevos modos: asegurando los derechos sociales derivados del trabajo, allí
donde alguno de los cónyuges acceda al trabajo formal; o atestiguando la
234
existencia de lazos familiares, cuando las prestaciones fueran dirigidas a núcleos familiares pobres.
Por lo tanto el matrimonio, más que un derecho en sí mismo, constituye histórica y actualmente un vector de acceso a otros bienes sociales5. Se
erige como una vía de integración o participación en la sociedad, en lo que
ésta produce y en lo que gasta para reproducirse. Los regímenes de bienestar
son modalidades de integración social en el plano nacional (Esping-Andersen, 1993: 523) o, en términos de Barbeito y Lo Vuolo, «sistemas de sociedad» (1998: 25). En este sentido, el lugar que ocupa el matrimonio en la
distribución de seguridad social indica que la nuestra es una sociedad no
demasiado apta para solteros.
Vemos entonces que el matrimonio interviene en la condición de ciudadanía, por cuanto hay algunos bienes a los que sólo se accede en términos
de derechos mediados por un vínculo matrimonial; sea porque son derechos
percibidos por el otro de los miembros de la pareja, sea porque son prerrogativas de quienes están casados. Pero el matrimonio es también una institución que determina derechos y obligaciones entre los cónyuges e instala un
sujeto jurídico político novedoso, en los márgenes del individualismo del pensamiento liberal, al que denominaremos «sujeto conyugal»6.
El matrimonio regula las relaciones interpersonales al establecer ciertas obligaciones entre los cónyuges: los mismos, de acuerdo a la ley, se deben
mutua fidelidad, asistencia y alimentos –artículo 198, Código Civil7–. Deben
también, en principio, convivir en una misma casa (art. 199). El Código Civil
es extenso y preciso al definir este tipo de sociedad conyugal que, a diferencia de otras como las comerciales, establece un vínculo exclusivo: solo se
puede estar unido matrimonialmente con una persona a la vez. El matrimonio instala un sujeto extraño, celoso y particular: el sujeto conyugal.
A partir de la constitución del matrimonio, una larga serie de atribuciones y derechos individuales son afectados. La propiedad, derecho personal
por antonomasia, se integra en la sociedad conyugal. Los bienes «aportados»
a la sociedad conyugal pueden ser especificados antes de la celebración del
matrimonio. De allí en más, aquellos derechos individuales se funden en un
derecho –compartido– sobre los bienes comunes. Esta ausencia de propiedad privada al interior del matrimonio explica que, por ejemplo, «el contrato
de venta no puede tener lugar entre los cónyuges» –artículo 1358–. También
hace que se compartan las deudas contraídas con terceros –artículo 1275–.
235
Para los casados, no existe la propiedad individual, sino los bienes gananciales. Si uno de los esposos apuesta y pierde el auto en el casino, el otro no
puede demandarlo, aun si el coche estuviera a su nombre –artículo 1275–.
Pero si uno de los cónyuges gana la lotería, al otro le corresponde la mitad de
la fortuna –artículo 1272–. La suerte también es ganancial.
La autonomía, otra sustancia básica del individualismo, también se ve
afectada por el matrimonio. Fuera de los parientes –sanguíneos–, son los
esposos los que pueden pedir la declaración de demencia –artículo 144– o la
inhabilitación judicial –artículo 152 bis– y son a su vez quienes ejercen la
representación del otro cónyuge en caso de verse incapacitado uno de ellos
para hacerlo –artículo 476–. El Código Civil, mediante pases mágicos, convierte las acciones de uno de los esposos en las del otro y así el uno responde
por el otro, «como si el acto hubiese sido hecho por él» –artículo 1282–. La
fundición de dos personas en un sólo sujeto jurídico hace que los integrantes
del aquel cuerpo conyugal no puedan denunciar ni declarar contra el otro –
artículos 178 y 242 del Código Procesal Penal–, tanto como nadie está obligado a declarar contra sí mismo –artículo 18 de la Constitución Nacional–.
El matrimonio regula entonces las relaciones entre las personas, y entre ellas y el Estado. Rompe de ese modo la cuadrícula público privado que
sirve para pensar el orden de las relaciones humanas. Cuestiona también la
noción universal de ciudadanía, al indicar derechos específicos para quienes
acceden a este vínculo. Finalmente, el sujeto conyugal señala que la individualidad, considerada principio básico de la ciudadanía, se ve afectada por
el establecimiento de un sujeto jurídico político dual o bicéfalo, constituido
por los cónyuges unidos en matrimonio. «La propiedad de la propia persona», en términos de Locke, se ve afectada por una orientación anti individualista sostenida en el matrimonio.
A partir de lo anterior es factible imaginar las tensiones que históricamente acarrea el matrimonio en relación a la noción moderna de ciudadanía. Tanto en el plano teórico como en la práctica política se han plasmado
estas tensiones, generando disputas y transformaciones. Fueron fundamentalmente las feministas quienes, desde la pluma y la acción, cuestionaron el
matrimonio como institución política.
Carole Pateman es una de las que ha indicado el «contrato sexual»
subyacente al contrato social que instaura la condición de ciudadanía moderna (1995). De acuerdo al argumento, las mujeres han sido excluidas del
236
contrato social, pero incorporadas a la sociedad civil como subordinadas al
marido a través del contrato matrimonial. Mientras que algunas feministas
buscarán liberalizar la condición de la mujer en el matrimonio, mejorando las
condiciones del contrato, Pateman es incrédula respecto de la posibilidad de
las mujeres de posicionarse como «individuos» contratantes, ya que considera esta identidad como un término patriarcal (Pateman, 1995). El matrimonio es un contrato sexualmente adscriptivo, por lo que no es un contrato
entre iguales. «La libertad de contrato exige que no se tomen en cuenta los
atributos sustantivos tales como el sexo. Si el matrimonio ha de ser realmente
contractual, la diferencia sexual debe tornarse irrelevante en el contrato matrimonial: esposo y esposa no deberían estar determinados sexualmente. Es
más, desde el punto de vista del contrato, ‘varón’ y ‘mujer’ deberían desaparecer» (1995: 232, las cursivas son mías).
No conocemos si Pateman estaría pensando en el reconocimiento de
las parejas gays o lésbicas al reclamar la indistinción sexual como requisito
para celebrar un contrato matrimonial que efectivamente pueda llevar ese
nombre; pero sí sabemos al matrimonio como una institución que históricamente dio tratamiento diferenciado a hombres y mujeres. Tradicionalmente,
el matrimonio sirvió para garantizar la autoridad del varón tanto ante los
hijos como ante la esposa, estableciendo reglas rígidas de subordinación de
unas a otros. En Argentina, como en la mayoría de los países, las esposas
debían adoptar el apellido del marido y dependían de éste para desarrollar
actividades comerciales o civiles. Vimos que en nuestro país esta situación
recién fue revertida en 1968, al equipararse la condición de las mujeres casadas y las solteras. También sabemos que otras inequidades pesaban sobre las
mujeres en el contrato matrimonial, por ejemplo, valorando más rigurosamente el adulterio de la mujer que el del marido (Torrado, 2003: 131)8.
Al revisar la regulación estatal del matrimonio se hace evidente que
éste, más que modular la relación entre varones y mujeres, ha producido
históricamente dicho vínculo, estableciendo expectativas y prescripciones para
los «esposos» y «esposas» integrantes del sujeto conyugal. Los cuerpos son
los objetos sobre los cuales se inscriben presunciones acerca cómo un hombre y una mujer son a partir del vínculo que establecen entre sí.
De este modo, el matrimonio puede considerarse una de las instituciones centrales de la heteronormatividad. Bajo este rótulo se comprende un
dispositivo social conformado por prácticas y discursos que establecen a la
237
heterosexualidad como categoría universal, natural y estable. De estos cuerpos «naturalmente heterosexuales» se desprende que existen dos sexos identificados con dos modelos de género, femenino y masculino, mutuamente
excluyentes y complementarios (Halperin, 1993; Richardson, 1996; Butler,
1999). El matrimonio es una de las instituciones que fija estas nociones al
reconocer estatalmente el vínculo sexuado entre varón y mujer9.
La heteronormatividad hace tanto a la jerarquización de las prácticas e
identidades sexuales, como la construcción genérica en tanto varones y mujeres. Por ello, aunque el género y la orientación sexual pueden distinguirse
analíticamente y tienden a diferenciarse en el sentido común, aquí pretendemos indicar su implicancia mutua: la matriz genérica responde a un imaginario heterosexual (Ingraham, 1994). Dividir la humanidad en hombres y mujeres de acuerdo a su rol en la reproducción biológica de la especie, hace que
un varón sea aquel que puede penetrar y engendrar con una mujer, y –sobre
todo– viceversa: es mujer aquella que engendra gracias a haber sido penetrada por un varón. De allí que desde el feminismo lésbico francés Monique
Wittig (1986) formula: «las lesbianas no somos mujeres». Si el término mujer
se define a partir de la regla heterosexual y es uno de los polos –poco importa
aquí si el oprimido u opresor– dentro de esta relación, dirá que definir el
lesbianismo como relaciones entre mujeres es mantenerse dentro de la matriz
heterosexual. «Mujer» y «hombre» comienzan a ser, desde esta perspectiva,
conceptos políticos y de oposición, siendo posible establecer una analogía
respecto de lo que son las clases sociales en el capitalismo (Curiel y Falquet,
2005). El matrimonio, como organización institucionalizada de la relación
heterosexual (Brook, 2002), participa de la heteronormatividad en varios
sentidos: interpela la condición sexuada de los sujetos, instaura la heterosexualidad como norma y establece modalidades del vínculo entre los géneros de maneras general e históricamente asimétricas. En términos de Garbagnoli (2011) «el matrimonio es un verdadero ‘acte d’institution’ el cual,
inscribiendo una diferencia social arbitraria como natural y legítima, pone en
orden (jerarquiza) sexos y sexualidades».
Focalizar nuestra mirada en el rol del Estado, las leyes y las políticas
públicas desarticula el mito de que el matrimonio y las relaciones conyugales
pertenecen al ámbito privado y que están, por lo tanto, más allá de la política
(Brook, 2002: 56). Ello permite pensar el matrimonio como una institución
central en la regulación estatal de la conyugalidad y con ello, de la sexuali238
dad. Ahora bien, si el matrimonio es una relación de gobierno (Brook, 2002:
56-57), será posible de ser disputada y transformada. Algo de ello reconocemos en los debates en torno a la ampliación del instituto matrimonial a las
parejas gays y lésbicas.
Disputas en torno al «Matrimonio Igualitario»
En Argentina los primeros reclamos en torno al reconocimiento de los
vínculos conyugales gay o lésbicos pueden encontrarse en la década del noventa, con las primeras demandas judiciales de integrantes de estas parejas
ante diferentes situaciones de desprotección y discriminación: al enviudar
perdían muchas veces el hogar –si la propiedad estaba a nombre del fallecido–, no tenían derechos sucesorios ni la pensión jubilatoria de sus parejas.
Tampoco podían tomar decisiones sobre el tratamiento médico de sus compañeros, ya que entonces eran los familiares –sanguíneos– los habilitados
legalmente para hacerlo, muchas veces interviniendo sobre la vida de aquellos con los que tal vez ni se hablaban desde hacía años.
En este sentido, Pecheny sostiene que los primeros esbozos sobre derechos positivos de las minorías sexuales comienzan a delinearse hacia aquella
década, en parte como respuesta a las consecuencias de la epidemia del
VIH/Sida, que entonces golpeó fuertemente a la comunidad gay (Pecheny
2000: 208). La epidemia aceleró el debate sobre el estatus jurídico y sobre la
protección social de las parejas no casadas y de las parejas homosexuales.
Entonces Carlos Jáuregui –fundador de la Comunidad Homosexual Argentina y de Gays por los Derechos Civiles, dos de las principales organizaciones
de gays de los primeros años de la recuperación democrática– afirmaba ante
la prensa: «Años atrás, la represión policial era nuestra principal preocupación. A partir de la epidemia del sida, nuestro mayor problema es la herencia» –entrevista en Diario Página/12, 14/2/1994 citado en Bellucci (2010:
88)–. Como indica la antropóloga Miriam Grossi para Brasil,
la fuerte demanda por el reconocimiento de estas uniones [homosexuales], a través de leyes de unión civil, sería una de las consecuencias de los
innumerables casos dramáticos de personas que perdieron, por culpa del
VIH/sida, además del compañero, casa y capitales, debido a la inexisten -
239
cia de amparo legal para la unión de dos individuos del mismo sexo (Grossi,
2004: 265).
Será recién a fines del 2002 cuando una primera ley de alcance local –
en la Ciudad de Buenos Aires– brinde cierta cobertura y reconocimiento a las
parejas gay-lésbicas en América latina. La Ley de Unión Civil de la Ciudad
de Buenos Aires sentó un primer antecedente significativo al reconocer derechos a las parejas de hecho conformadas por personas de distinto o mismo
sexo. A partir de entonces, en lo que refiere a la jurisdicción de la capital,
quienes suscribieran a la Unión Civil podrían incorporar a la pareja a la obra
social, recibir una pensión, solicitar vacaciones en el mismo período, pedir
créditos bancarios conjuntos y obtener el mismo trato que los esposos en
caso de enfermedad del concubino/a. Sin embargo, este primer paso en la
equiparación de derechos adolecía de limitaciones: no contemplaba derechos fundamentales como herencia o adopción conjunta y su extensión jurisdiccional era muy acotada. El alcance limitado de la propuesta no podía
poner en discusión la equiparación jurídica de las parejas homo y heterosexuales. Ello correspondía al ámbito de los asuntos regulados por el Código
Civil y el derecho al nivel nacional, y por lo tanto excedía las capacidades de
la Legislatura local. A lo sumo, la misma podía crear nuevas figuras con ciertas prerrogativas, pero la regulación del sujeto conyugal continuaba en manos del Estado nacional.
A partir de entonces se ensayaron diversas estrategias en pos del reconocimiento legal de las parejas gay lésbicas en Argentina: se impulsaron iniciativas análogas en otras localidades10, hubo presentaciones judiciales y distintos proyectos de ley presentados tanto en la Cámara de Diputados como
en la de Senadores. También se reclamó ante diversos organismos estatales.
Por ejemplo, en agosto de 2008 un decreto del Poder Ejecutivo obligó a la
Administración Nacional de Seguridad Social –ANSES– a contemplar en las
pensiones por viudez a las parejas gay-lésbicas. Con ello se resolverían varios
casos presentados ante la justicia y se seguía la orientación del proyecto de
ley que proponía la reforma del régimen de obras sociales y de jubilaciones y
pensiones, para incluir a los convivientes –sean del mismo o distinto sexo–,
votado en esos mismos días en la Cámara de Diputados –Expte. 0079-D2008–. En cada uno de estos progresos es posible reconocer también derechos anteriormente vulnerados. Así, por ejemplo, en 2005 en la provincia de
240
Córdoba dos presos fueron inicialmente castigados por mantener relaciones
sexuales. El caso derivó en el reclamo –y posterior fallo favorable– por el
derecho a las «visitas íntimas», contempladas para las parejas heterosexuales
–Autos: X y otro. Juzg. Ejec. Penal Córdoba. 17-11-2005; Diario Página/12,
29/11/2005–. El reconocimiento de cierto estatus «conyugal» a la unión de
estos dos hombres privados de libertad hacía que sus actos sexuales no fueran punibles, mientras sí lo hubieran sido de permanecer separados, no como
integrantes de un «sujeto conyugal».
Mientras tanto, también en el ámbito latinoamericano hubo avances
en la materia: en 2004 en el Estado de Río Grande do Sul –Brasil–; en el
2006 en Ciudad de México11 y poco después en Coahuila, al norte del mismo
país. A fines de 2007 se sancionó la primera Ley de alcance nacional, en
Uruguay, con las «Uniones Concubinarias». En septiembre de 2008 los ecuatorianos refrendaron una reforma constitucional contemplando derechos para
las parejas gay-lésbicas. En enero de 2009 la Corte colombiana amplió la
gama de derechos para estas parejas, a las que ya reconocía desde el 2007.
Además, debe tenerse en cuenta la reforma de la ley de Matrimonio sucedida
en España en 2005. Ello fortaleció los diálogos entre activistas de uno y otro
lado del océano e hizo que muchos creyeran que, si había sido posible en tal
país de tradición autoritaria y con fuerte peso de la Iglesia Católica, también
sería factible en estas latitudes.
Para colocar «en agenda» el reconocimiento legal de las parejas gay
lésbicas, los movimientos y militantes desplegaron diversas actividades: a la
presentación de proyectos de ley –algunos pretendiendo modificar el estatuto matrimonial, otro incorporando una nueva figura de Uniones Civiles a
nivel nacional–, se sumó la presentación de amparos judiciales por parte de
parejas que solicitaban matrimonio ante el Registro Civil y recibían una denegatoria; y también hubo demandas por el reconocimiento de matrimonios
gay-lésbicos celebrados en otros países. A todas estas iniciativas el movimiento LGBT procuró otorgarle amplia difusión. Para ello, los medios de
comunicación fueron de central importancia ya que dieron cobertura a la
mayoría de estos eventos, instalando la temática en la opinión pública. Asimismo, la demanda de reconocimiento legal de las parejas gay-lésbicas formó parte de las consignas de las Marchas del Orgullo LGBT celebradas anualmente y fue un tema consultado por las organizaciones del campo a candidatos y candidatas en diversas campañas. La articulación de algunas organiza241
ciones del campo LGBT –aquellas nucleadas en la Federación Argentina de
Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans, FALGBT– con el Instituto Nacional contra
la Xenofobia, la Discriminación y el Racismo –INADI– colocó la cuestión en
el ámbito de las agencias estatales, pasando a formar parte de la propuesta
programática de esa institución (Instituto Nacional contra la Xenofobia, la
Discriminación y el Racismo, 2005: 326).
Finalmente, transitando la primavera del 2009, dos de aquellas estrategias tuvieron un avance cualitativo: en primer lugar, el 29 de octubre comenzaron a discutirse en comisiones de la Cámara de Diputados dos de los
proyectos de ley presentados. Ambos proponían la reforma del Código Civil
para incluir en el Matrimonio a las parejas gay-lésbicas. En segundo lugar, el
12 de noviembre se dio a conocer el primer fallo judicial que autorizó el
matrimonio entre dos varones. La estrategia de hacer presentaciones ante el
Registro Civil solicitando el matrimonio de parejas gay-lésbicas comenzaba a
dar frutos: una jueza del fuero Contencioso Administrativo de la Ciudad de
Buenos Aires había considerado que, tal como reclamaban los solicitantes,
los artículos del Código Civil que hacían referencia al matrimonio «entre hombre y mujer» resultaban discriminatorios y por lo tanto, contrarios a la Constitución Nacional.
De allí en más y hasta julio del año siguiente –2010–, el debate se
extendió por distintas instancias estatales –el Poder Judicial, el Legislativo e
incluso el Ejecutivo– y diversos ámbitos sociales –medios de comunicación,
espacios públicos informales, espacios callejeros–. Los vínculos generalmente opacos entre ciudadanía, derechos y conyugalidad salieron a la luz del día
y a la primera plana de los diarios. La puesta en debate del tratamiento estatal de los vínculos de pareja homosexuales implicará fenómenos novedosos
en términos de visibilidad (Hiller, 2010).
Parafraseando a Fraser (1997) el aspecto emancipatorio de lo públi12
co se manifiesta en aquellas oportunidades políticas que habilitan, aunque
sea transitoriamente, a hablar y discutir sobre lo que en general resulta silenciado. Así muchos sintieron que era el momento para hablar de su homosexualidad, o de la de sus padres, o de la de sus hijos… La posible inclusión de
parejas gay-lésbicas en el matrimonio generó un debate público en torno a
varias cuestiones concatenadas como el carácter laico de la institución matrimonial o la deseabilidad o no de que parejas homosexuales puedan adoptar
242
niños y niñas, entre varios otros. Sin embargo un eje logró «definir» el asunto:
los significados de la igualdad.
Los estudios sobre políticas públicas insisten en que la manera en que
sea definida una cuestión puede determinar que logre visibilizarse y obtener
consenso general acerca de la necesidad de intervenir públicamente sobre
una situación caracterizada como problemática (Cobb y Elder, 1984; Aguilar
Villanueva, 1993). Cómo un asunto sea «definido» condiciona los interlocutores pertinentes en un debate, la gama de respuestas estatales posibles y el
marco general del debate para los actores participantes del mismo. En esta
línea, pero desde el estudio de los movimientos sociales, Koopmans y Statham refieren a una «estructura discursiva de oportunidades» que «determina
qué ideas son consideradas ‘sensibles’, qué construcciones de la realidad son
vistas como ‘realistas’ y qué reclamos se toman como ‘legítimos’ en el marco
de una política en cada momento específico» (Koopmans y Statham, 1999:
228). En este caso, la dinámica entre discursos propulsores y discursos reactivos hizo del debate una discusión en torno los significados de la igualdad.
El principio de igualdad fue el eje central sobre el cual los propulsores
articularon la demanda de matrimonio. «Los mismos derechos con los mismos nombres» era el lema que hacía énfasis, más que en el instituto reclamado, en la necesidad de deslegitimar prácticas discriminatorias hasta entonces
sostenidas por el Estado. Esta definición del asunto «enmarcó»13 la demanda
inscribiéndola históricamente y haciéndola inteligible a través de la asociación con otras análogas como el voto femenino o la equiparación sancionada en la década de 1980 entre los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio.
Paradójicamente, esta definición del asunto en términos de igualdad
se verá reforzada a partir de las estrategias del discurso opositor. Sobre este
eje girará el debate, no por exclusiva voluntad de sus propulsores, sino especialmente por la dinámica impuesta por los detractores de la iniciativa, y en
particular por el argumento central de la oposición al matrimonio gay-lésbico: la llamada «discriminación justa». Desde esta perspectiva, las uniones
homosexuales serían diferentes en cuanto a su composición y fines respecto
de las heterosexuales y por lo tanto, no debiera otorgárseles el mismo estatus
jurídico. Para mostrar la voluntad de otorgar derechos a las parejas homosexuales, estos sectores contrarios al matrimonio propusieron entonces lo
que combatían hace unos pocos años: otras figuras jurídicas –como la Unión
243
Civil– que permitieran acoger a las parejas homosexuales, brindando cierta
cobertura legal, pero preservando algunas potestades –sobre todo la adopción– y el rótulo de «matrimonio» para las parejas heterosexuales, garantes
de mantener la coherencia entre sexo, género y orientación sexual propia del
sistema heteronormativo.
Es en este escenario, por tanto, que se planteó el debate sobre la posible inclusión de las parejas gay-lésbicas en el matrimonio: no era una discusión en torno a la institución matrimonial y su lugar en la asignación del
bienestar. Si bien durante el debate algunos diputados plantearon por qué los
beneficios derivados del matrimonio no podían ser extensivos a otro tipo de
«uniones familiares», como la de dos hermanos o amigas, este tipo de argumentos no fueron retomados. Tampoco se tomaron en cuenta otras críticas a
la institución matrimonial, tal como estaba –y continúa– establecida. Por ejemplo, en lo que hace al requisito de fidelidad mencionado en el apartado anterior. Por sobre todo, ya no se trataba de obtener o no los derechos –que,
excepto la adopción, parecían aceptarse de manera más o menos consensuada o tolerada–, sino de los significados de la igualdad y las políticas particulares para concretarla. La igualdad que se pondrá en debate a partir del
reclamo de matrimonio es una igualdad política, antes que «contrastiva». Las
discusiones sobre matrimonio civil operaron de ese modo como un escenario
de disputa en torno a cómo conciliar el reconocimiento de una sociedad
diversa y plural junto con la igualdad de derechos y el acceso equitativo a la
ciudadanía. Entonces la demanda comenzaría a ser nombrada y reconocida
bajo un nuevo rótulo: «matrimonio igualitario».
A modo de cierre
La demanda de reconocimiento legal de parejas gays y lésbicas puso
en cuestión la naturalidad de la institución matrimonial y su carácter privado,
al señalar la imbricación entre matrimonio y ciudadanía: el matrimonio en
tanto vector de derechos plantea una asimetría en el acceso igualitario a la
ciudadana en su titularidad –hay derechos que en realidad son privilegios
para quienes acceden a la institución matrimonial– y en las condiciones para
su ejercicio –formal e informalmente, en tanto existe estigma y discriminación a quienes «no forman» una familia–. Inscribiéndose en el lenguaje de los
244
derechos humanos, la igualdad y la no-discriminación, quienes impulsaron
la demanda de ampliación de la institución matrimonial mostraron cómo,
lejos de implicar a una minoría, discutir aquello significaba poner en cuestión
qué distinciones serían consideradas legítimas en un Estado democrático. La
politización de un asunto generalmente desestimado de la arena política –
como son los temas vinculados a la sexualidad– planteó nuevos interrogantes respecto de quiénes serían llamados a debatir, bajo qué reglas y cuáles
serían los espacios autorizados para dirimir la cuestión. El debate se amplió a
diversos espacios públicos institucionales y sociales.
Entonces, la nueva Ley 26.618 contribuyó a democratizar las familias
en varios sentidos: generó condiciones más equitativas para el acceso al
matrimonio –al suprimir la restricción de heterosexualidad– y reafirmó la igualdad entre los miembros de la pareja –al no prescribir roles específicos para
varones y mujeres–. Desde nuestra perspectiva, la nueva ley contribuyó a
aquel proceso democratizador por cuanto mostró que las normas –incluso
aquellas que parecen imponerse «con la evidencia de la naturaleza de las
cosas»– pueden volverse pensables, discutibles, negociables, expuestas a interrogación y deliberación (Fassin, 2006).
Notas
Una versión ampliada de este trabajo será publicada por Biblos en una compilación de Daniel
Jones, Carlos Figari y Sara Barrón López –en prensa–.
2 El «PACS» –Pacto Civil de Solidaridad– fue sancionado en Francia en noviembr e de 1999 luego de
extensos debates. Esta figura permite a dos personas –mantengan o no una relación erótico-afectiva– registrar su vínculo en la municipalidad, comprometiéndose a darse mutua asistencia y apoyo.
Pueden gozar de esta figura cualquier pareja que presente domicilio conjunto –aunque la convivencia no es un requisito– y sólo están excluidos quienes sean parientes directos y también quienes
están unidos en matrimonio, por lo que ampara tanto a parejas hétero y homosexuales como a dos
amigas o amigos que decidan contraer el compromiso. Las parejas contempladas bajo el PACS
pueden acceder a derechos vinculados con la vivienda, la seguridad social, der echos de propiedad
y beneficios impositivos. No equipara los derechos del matrimonio ni establece procedimientos específicos en caso de disolución del vínculo (Calvo, 2010).
3 La primera propuesta para incluir la posibilidad del divorcio vincular se presentó en 1888, cuando
se estableció el Matrimonio Civil. Eso lleva a Recalde a afirmar que «en nuestro país, matrimonio
civil y divorcio fueron engendrados juntos» (1986: 7). Aquella primera propuesta fue rechazada y
reiterados proyectos pasaron por las cámaras a lo largo de casi cien años. Tres veces obtuvieron
despacho de comisión en Diputados –en 1902, 1922 y 1932– y una vez en la Cámara de Senadores
–1929–, aunque sólo fue debatido en el recinto en dos opor tunidades: en 1902 –en que fue rechazado por dos votos– y luego en 1932, pero prescribió sin haber sido debatido por los senadores. En
1954 el divorcio se convir tió en ley, pero fue rápidamente derogado con la Revolución Liber tadora
en 1955.
1
245
La ley 11.357 amplió las facultades de las mujeres de manera general. En el caso de las casadas, la
ley establecía que podían trabajar, formar par te de asociaciones civiles o comerciales sin autorización marital, aunque se presumía que la administración de los bienes de la mujer continuaba bajo
mandato del marido, así como éste conser vaba la patria potestad sobre los hijos comunes –ver Ley
11.357, Ar tículo 3 y Petracci y Pecheny (2007: 52)–.
5 La articulación entr e matrimonio, ciudadanía e integración social resulta patente en aquellos casos,
como el argentino, en el que una de las modalidades de naturalización y obtención de ciudadanía es
establecer matrimonio con un/a nativo/a –Leyes 346 y 23.059–.
6
Tomo la noción de «sujeto conyugal» de la estimulante lectura de Heather Brook (2000; 2002).
7
De aquí en adelante, todos los artículos corresponden al Código Civil, a menos que se especifique.
8 Indican Petracci y Pecheny: «La infidelidad podía ser castigada con un período de un mes a un año
de prisión, aplicándose un estatus diferente según sexo. Existía legalmente infidelidad, para el marido, cuando tenía una manceba al interior o fuera de la casa conyugal. Para la esposa, una sola
traición conyugal era suficiente para condenarla. Es decir, para atentar contra el honor de un hombre bastaba un solo acto de infidelidad de la mujer, mientras que el honor de ésta se veía lesionado
cuando el marido mantenía una relación de cierta entidad y tiempo de duración» (Petracci y Pecheny, 2007: 59).
9 Sería objeto de otro tipo de trabajo interrogar cuánto de aquella condición heteronormada del
matrimonio se modifica en los países que consagran las uniones homosexuales. Al respecto, pueden
referirse las visiones «optimistas» que aspiran a desestabilizar el matrimonio gracias a la inclusión de
gays y lesbianas –por ejemplo, Eribon (2010)– así como aquellas que por el contrario, consideran la
incorporación de gays y lesbianas al matrimonio como una «normalización» y pérdida del carácter
subversivo de la disidencia sexual –ver por ejemplo Bell y Binnie (2000) o Richadson (2000)–.
10
Luego de ese primer antecedente en la Ciudad de Buenos Aires, inmediatamente continuado por
la provincia de Río Negro, otras localidades la siguieron en la provincia de Córdoba –Villa Carlos
Paz y Río Cuarto– y hubo pr esentaciones de proyectos similares en otras provincias. L a Cámara de
Diputados de la provincia de Santa Fe, por ejemplo, votó dos veces –en 2008 y 2009– a favor de la
existencia de una Ley de Unión Civil en la provincia, pero el proyecto nunca fue tratado por su
Cámara Alta.
11
Cuando se discutía en Argentina la posible r eforma del Código Civil, en diciembre de 2009 la
Ciudad de México sancionó una nueva L ey de Matrimonio, ampliando la institución a las parejas
gay y lésbicas.
12 Fraser (1997: 159) refiere al caso del juez Clarence Thomas –en torno al abuso sexual–, en Estados Unidos, y señala cómo ello per mitió que por primera vez muchas mujeres contaran sus propias
experiencias al respecto.
13 El término frame/marco es tomado de Goffman por Snow y Benford para referir al «esquema de
interpretación que permite localizar, percibir, identificar y etiquetar determinados acontecimientos
dentro del espacio vital y en el mundo en general» (Snow y Benford, 2000: 614). Así, el concepto de
framing , en el marco de los estudios sobre movimientos sociales, pretende contribuir a la compren sión de la emergencia de la acción colectiva, indicando los símbolos culturales y valores políticos
que dan sentido y constituyen marcos interpretativos de nuevas demandas, iniciativas o disputas
(Tarrow, 1997).
4
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250
ALGO HA PASADO 1
Mauro Cabral*
1.
Aún no promediaba enero cuando la información que llegaba de Suecia producía indignación en todo el mundo. Un acuerdo entre los principales
partidos políticos de ese país había decidido mantener la esterilización como
uno de los requisitos necesarios para acceder al cambio de nombre y género,
a pesar de que el 94% de l*s legislador*s suec*s se habían pronunciado a
favor de una reforma legislativa que pusiera fin a esa violación por vía legal
de los derechos humanos2 .
La noticia produjo indignación pero, desgraciadamente, nada de sorpresa. De acuerdo al informe publicado por el Consejo de Europa, veintinueve países europeos exigen, entre otros, el mismo requisito3. Incluso aquellos
que, como Alemania y Austria, cuentan con sendos dictámenes de sus Cortes
Constitucionales declarando la inconstitucionalidad de la esterilización como
exigencia legal, no cuentan aún con instrumentos legislativos apropiados para
responder efectivamente a las demandas de «cambio de sexo»4. La esterilización se encuentra tan extendida como requisito para el reconocimiento legal
de la identidad de género, que la cuestión fue incluida de manera explícita en
el Informe de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para
los Derechos Humanos, publicado a finales del 2001. En su parágrafo 72, el
informe titulado «Leyes y prácticas discriminatorias y actos de violencia cometidos contra personas por su orientación sexual y su identidad de
* Co-Director de GATE –Global Action for Trans* Equality–. En el año 2006 participó en la redacción de los Principios de Yogyakarta y en el año 2009 editó el libro «Interdicciones. Escrituras de la
Intersexualidad en Castellano» (disponible en www.mulabi.org/Interdicciones2.pdf).
251
género» identifica, entre aquellos donde prevalecen aquellas leyes, prácticas
y violencias, a “los paiìses que reconocen la modificacioìn del geìnero [los
cuales] suelen exigir, taìcita o expresamente, el requisito de que los solicitantes se sometan a cirugiìa de esterilizacioìn”5 .
Las malas noticias llegadas de Suecia fueron confrontadas, una y otra
vez, con aquellas otras buenas noticias, que habían dando la vuelta trans* al
mundo apenas un mes y medio antes. En la Argentina, la Cámara de Diputados de la Nación había dado media sanción, a finales de noviembre del 2011,
a una ley de identidad de género que garantizaba el acceso al reconocimiento de la identidad de género en un marco de pleno cumplimiento de los
derechos humanos –lo que es decir, sin poner como precio al reconocimiento
requisitos violatorios de esos derechos–6. En nuestro país, el requisito de esterilidad comenzaba, al parecer, a convertirse en historia.
A pesar del contraste evidente entre ambas noticias, su coexistencia
temporal habla a las claras, sin embargo, de la necesidad de situar a las cuestiones de identidad de género –aún hoy, y sí, aún en la Argentina– en el
contexto de la larga duración de este instante de peligro. ¿Estamos, por fin, a
salvo? Las victorias obtenidas hasta este momento no permiten olvidar que
ley de identidad de género todavía debe ser ratificada por el Senado. Y, más
aún, que las economías jurídico-normativas de la identidad de género en la
Argentina vienen trazando, desde los últimos años, una línea de frente cargada con tantas posibilidades como desafíos. El propósito de este trabajo es,
sencillamente, invitar a una exploración de esa línea –o, al menos, de algunos de sus anudamientos más intensos–. Como un primer paso, es necesario
introducir algunas de las nociones que orientan esta propuesta de exploración por esos nudos que constituyen nuestro presente compartido.
2.
A lo largo de este artículo adoptaré la definición de identidad de género propuesta por los «Principios de Yogyakarta»7. De acuerdo a los Principios,
la identidad de género se refiere a la vivencia interna e individual del
género, tal como cada persona la siente profundamente, la cual podría
cor responder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, in252
cluyendo la vivencia personal del cuerpo (que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que la misma sea libremente
escogida) y otras expresiones de género, incluyendo la vestimenta, el modo
de hablar y los modales.
La decisión de recurrir a esta definición obedece a razones de distinto
orden. Se trata de una definición que viene siendo utilizada de manera progresiva en los sistemas internacional y regional de derechos humanos –lo que
es decir, una definición que está contribuyendo a constituir, performativamente, las cuestiones de identidad de género y su abordaje en el contexto de
esos sistemas–. La misma definición ha sido incluida, además, en el proyecto
de ley de identidad de género aprobado en la Cámara de Diputados el año
pasado –a partir de su puesta en circulación previa a través de los proyectos
de ley de identidad de género que obtuvieran estado parlamentario, y de su
creciente invocación tanto jurisprudencial como doctrinaria–. Para el Derecho argentino, entonces, se trata de una definición que configura tanto discusiones pasadas y presentes en torno a la cuestión como la apertura hacia el
futuro próximo de esas y otras discusiones. Finalmente, y por distintas razones, se trata sin dudas de una definición problemática –por su pretendido
alcance universal, por su combinación jerarquizada de elementos identitarios, corporales y expresivos, y por su dependencia constitutiva de una antropología determinada–. Es precisamente esa problematicidad –sobre la que
volveré al final de este artículo– la que identifica uno de sus atractivos más
potentes: se trata de una definición que trabaja, que pone en tensión, de
manera continua, las propias condiciones de posibilidad de su articulación.
Si bien la noción de identidad de género así definida se aplica, o podría aplicarse exitosamente, a cualquier individuo, lo cierto es que desde su
propia definición se introduce una especificidad –no solo nocional, sino también histórica y política–. Ciertas posibilidades que desgrana la definición –
una identidad que podría no corresponder al sexo asignado al nacer, una
vivencia del cuerpo que podría involucrar su modificación, vestimentas o
modales cuyo derecho a la expresión podría requerir una protección específica– hablan a las claras de un recorte conceptual que debe ser reconocido,
además, como un recorte empírico. Esta definición de identidad de género,
que en teoría habla de tod*s y cada un*, encuentra su aplicación demográfi253
ca precisa cuando se articula como cuestión de derechos humanos. Indudablemente, este recorte demográfico se relaciona de manera intrínseca con las
condiciones contemporáneas de recepción, reformulación y reapropiación
de la identidad de género como término político –y, crecientemente, como
término jurídico–.
A lo largo de la útima década, asociada de modo habitual con la noción de orientación sexual, la identidad de género ha devenido la etiqueta
internacional, regional y nacional que codifica, de manera paradigmática, las
experiencias de grupos diferenciados de personas –personas a quienes, en el
contexto de estas páginas llamaré, de acuerdo a las convenciones de nuestros movimientos políticos, personas trans* y personas intersex–.
Al hablar de personas trans*, haré referencia aquí a todas aquellas
personas que nos identificamos en un género distinto al que se nos asignó al
nacer, cualquiera sea ese género, su expresión, su corporalidad, si ha sido
reconocido legalmente o no, etc. En la Argentina, el término trans* es habitualmente desplegado en la forma de una triple enumeración, que da cuenta
de colectivos diferenciados a nivel experiencial, pero sobre todo político –los
colectivos travestis, transexuales y transgénero–. Este despliegue no agota,
por supuesto, el universo de posibilidades que constituyen el universo trans*,
y la escritura del término acompañado por un asterisco procura dar cuenta
de la incompletud, la apertura y la especificidad cultural del término. Cada
vez que, en el contexto de este artículo, haga referencia a las personas intersex, estaré nombrando a todas aquellas personas cuyo cuerpo sexuado varía
respecto de los promedios corporales femeninos o masculinos –y quienes
somos de manera habitual sometidas a prácticas no consentidas ni clínicamente necesarias de modificación corporal en la infancia (Cabral, 2009;
Holmes, 2006; Machado, 2009).
En la Argentina contemporánea, muchas personas trans* e intersex
enfrentamos formas cotidiana de la violencia que son consideradas, de manera creciente, violaciones a los derechos humanos basadas en la identidad
de género. Estas violencias incluyen, por ejemplo, la expulsión temprana de
la vida familiar y comunitaria, la exclusión de los sistemas públicos y privados de educación y salud, el acceso dificultado o impedido al trabajo y la
vivienda, el hostigamiento y la persecución social e institucional. La asociación frecuente entre el espectro de femineidades trans* y el trabajo sexual
produce detenciones arbitrarias, encarcelamiento, tortura y muerte, así como
254
números escalofriantes en relación con el vih/sida (Berkins y Fernández, 2005;
Berkins, 2007). Muchos hombres trans* e intersex enfrentamos expresiones
específicas de la violencia sexual de género –desde el hostigamiento familiar
y escolar ante las expresiones de género asociadas normativamente a la masculinidad, a las represalias sexuales y la invisibilización permanente en el
derecho a anticonceptivos, contracepción de emergencia y aborto–.
Tal y como ocurre en muchos otros países del mundo, las personas
trans* e intersex nos enfrentamos además, y de manera constante, a otro tipo
de violaciones a los derechos humanos basadas en la identidad y en la expresión de género: aquellas vinculadas, de manera intrínseca, con el acceso al
reconocimiento legal de la identidad que afirmamos –lo que es decir, con el
acceso al cambio registral del sexo y el nombre que nos fueron asignados al
nacer, y las condiciones que hacen posible o imposible ese acceso– (Bento,
2005; 2006; Butler, 2004; Cabral y Viturro, 2006; Juang, 2006; Litardo, 2011;
Sharpe, 2002; Spade 2006; Ventura, 2011). Ese vínculo jurídico-normativo
entre identidad de género y reconocimiento, será entonces el nudo principal
de este trabajo. A la manera de los «Principios de Yogyakarta», ese vínculo
será abordado de manera integral, lo que es decir, considerando no solamente las cuestiones identitarias, sino también aquellas expresivas y corporales
puestas en juego en las economías jurídico-normativas hegemónicas del reconocimiento.
3.
La Argentina no cuenta, hasta hoy, con una ley de identidad de género. Sin embargo, otros instrumentos normativos han tenido y tienen una incidencia fundamental tanto para el acceso al reconocimiento legal de la identidad de género como para el acceso a modificaciones corporales afirmativas
–y, en general, para el definición y cumplimiento de los derechos humanos,
los derechos sexuales y los derechos reproductivos de las personas trans* en
Argentina–. Estos instrumentos incluyen el Código Penal argentino, la ley
17.132 que regula el ejercicio de la medicina, y la 18.268, llamada Ley del
Nombre.
En el caso del Código Penal, su capítulo II, dedicado a las Lesiones,
establece que:
255
• Se impondrá reclusión o prisión de uno a seis años, si la lesión produjere una debilitación permanente de la salud, de un sentido, de un
órgano, de un miembro o una dificultad permanente de la palabra o si
hubiere puesto en peligro la vida del ofendido, le hubiere inutilizado
para el trabajo por más de un mes o le hubiere causado una deformación permanente del rostro –Artículo 90–.
• Se impondrá reclusión o prisión de tres a diez años, si la lesión produjere una enfermedad mental o corporal, cierta o probablemente incurable, la inutilidad permanente para el trabajo, la pérdida de un sentido, de un órgano, de un miembro, del uso de un órgano o miembro, de
la palabra o de la capacidad de engendrar o concebir –Artículo 91–.
En el caso de la Ley 17.132, su artículo 19, inciso 4º, obliga a l*s
profesionales de la salud a «no llevar a cabo intervenciones quirúrgicas que
modifiquen el sexo del enfermo, salvo que sean efectuadas con posterioridad
a una autorización judicial».
La Ley del Nombre, en tanto, establece que:
• El nombre de pila se adquiere por la inscripción en el acta de nacimiento. Su elección corresponde a los padres; y a falta, impedimento o
ausencia de uno de ellos, corresponde al otro o a las personas a quienes los progenitores hubiesen dado su autorización para tal fin –Artículo 2–.
• El derecho de elegir el nombre de pila se ejercerá libremente, con la
salvedad de que no podrán inscribirse […] Los nombres que sean extravagantes, ridículos, contrarios a nuestras costumbres, que expresen
o signifiquen tendencias políticas o ideológicas, o que susciten equívocos respecto del sexo de la persona a quien se impone –Artículo 3–.
• La modificación, cambio o adición de nombre o apellido, tramitará
por el proceso sumarísimo, con intervención del Ministerio Público. El
pedido se publicará en un diario oficial una vez por mes, en el lapso de
dos meses. Podrá formularse oposición dentro de los quince días hábiles computados desde la última publicación. Deberá requerirse información sobre medidas precautorias existentes en nombre del interesado. La sentencia es oponible a terceros y se comunicará al Registro del
Estado Civil –Artículo 17–.
256
Un conjunto de fallos judiciales, ordenanzas y resoluciones, así como
textos doctrinarios, estableció a lo largo de las últimas décadas formas crecientemente institucionalizadas de interpretación y aplicación de dichos instrumentos –formas que sólo recientemente han sido cuestionadas y, al menos parcialmente, transformadas–. Las siguientes páginas ofrecerán un relato
sucinto de este proceso histórico.
4.
Desde el advenimiento de la democracia y aún hasta nuestros días, la
comprensión jurídica de lo que hoy se denominan cuestiones de identidad de
género ha estado y está determinada por la recepción, apropiación y reelaboración de saberes psicomédicos en el marco del Derecho –en particular,
los saberes de la psiquiatría y del psicoanálisis, así como los de la endocrinonología, la cirugía y, más recientemente, los de la biología molecular y la
genética–. A la luz de esa comprensión, las cuestiones de identidad de género
fueron emplazadas, tradicionalmente y con firmeza, en el terreno de lo patológico. Y de acuerdo a las clasificaciones aún vigentes, ese emplazamiento
patologizante ha sido el de los llamados trastornos mentales, con un progresivo –y discutido– derrame hacia su identificación con posibles trastornos
orgánicos8.
Una de las consecuencias inmediatas de esta articulación psicomédico-jurídica –y ciertamente bioética– de las cuestiones de identidad de género
ha sido, y es, la constitución performativa de las personas trans* y de las
personas intersex como sujetos, por definición, heterónomos –en tanto que
definidos, desde el principio, por un vínculo fundacional con el orden del
diagnóstico, es decir, como «transtornados» (Fernández, 2010; Singer, 2006;
Suess, 2010)–. La comprensión jurídica de las cuestiones de identidad de
género, tanto patologizada como patologizante, ha jugado y juega un rol
principal en la administración, netamente tutelar, de los derechos de las personas trans* y de las personas intersex en Argentina. Esta tutela incesante ha
restringido y restringe, muy severamente, tanto el acceso al reconocimiento
legal de la identidad de género, como el acceso a modificaciones corporales
solicitadas –aunque, paradójicamente, la misma práctica tutelar ha determinado, y continua determinando, la licitud de aquellas intervenciones destina257
das a «normalizar» la apariencia corporal y la inscripción registral cuando no
se trata de personas adultas capaces de consentir informadamente y por sí
mismas dichas modificaciones, sino de niñ*s intersex incapaces de brindar su
consentimiento informado en primera persona9 (Cabral, 2009; Cabral y Viturro, 2006; Litardo, 2011).
Sin lugar a dudas, la situación legal de las personas trans* y de las
personas intersex en la Argentina no depende solamente de la patologización
–ontológica, epistemológica, pero también empírica– de su existencia, tal y
como es codificada en términos jurídico-normativos. Después de todo, la
patología como matriz de inteligibilidad de cuerpos, géneros y sexualidades
coexiste cotidianamente con otras matrices –tales como el escándalo moral,
cuando no la criminalización lisa y llana. Es preciso recordar, además, que las
cuestiones de identidad de género abordadas en este artículo se localizan en
un entramado particularmente intenso y conflictivo: aquel en el que se plantean, disputan y negocian los derechos sexuales y los derechos reproductivos
en nuestro país. El llamado «cambio de sexo» tensiona la propiedad del Estado sobre el cuerpo sexuado, y sexual y reproductivo versus el derecho individual a tomar decisiones sexuales y reproductivas sobre el cuerpo afirmado
como propio y las condiciones sanitarias en las que ese derecho puede realizarse efectivamente, así como el destino cotidiano de la diversidad corporal,
genérica y sexual (Sabsay, 2011; Pecheny, Figari y Jones, 2008).
Durante los últimos 30 años, y con escasas excepciones muy recientes,
quienes demandamos el derecho a acceder al reconocimiento legal de nuestra identidad de género –a través del cambio registral– y el derecho a acceder
a modificaciones corporales asociadas con nuestra identidad de género, nos
encontramos frente a la necesidad de dar cuenta del cumplimiento de un
conjunto de requisitos legales –requisitos avalados, incluso, por quienes defendían y aún defienden el acceso a esos derechos desde el marco de los
llamados «derechos personalísimos»–10.
A lo largo de nuestra historia contemporánea, estos requisitos han anudado y anudan, de manera alarmante, el derecho al reconocimiento legal de
la identidad de género con la obligación de modificar el cuerpo sexuado a
través de procedimientos quirúrgicos, tratamientos hormonales y dispositivos prostéticos capaces de asegurar, a cada tribunal interviniente, el cumplimiento de tres verdades encarnadas: una apariencia corporal lo más semejante posible al género «de llegada», definido legalmente en sus términos más
258
estereotipados y normativos; esterilidad, e irreversibilidad11. La vigilancia judicial en cuanto al cumplimiento estricto de estos requisitos ha incluido, e
incluye, el ejercicio de prácticas institucionalizadas tales como la comprobación pericial exhaustiva de la identidad de género, a través de entrevistas,
pruebas y observaciones psicológicas y psiquiátricas –traducidas, a su vez, en
un diagnóstico diferencial («disforia de género», «transexualismo verdadero»,
etc.)–; la verificación clínica del cuerpo sexuado, extendiendo el rango de lo
verificable desde la configuración de los cromosomas, hasta el funcionamiento
de las gónadas y la exploración de los genitales; la evaluación, tanto biográfica como expresiva, de la verosimilitud de la identidad de género auto-percibida por la persona demandante. A través de esta modalidad de reconocimiento, las personas trans* en la Argentina hemos sido –y, de manera abrumadora, aún lo somos– constituidas como sujetos de una ciudadanía sexual
y reproductiva claramente menguada (Cabral y Viturro, 2006; Ventura, 2011;
Correa, Petchesky y Parker, 2008).
El derecho a acceder a modificaciones corporales asociadas con la
identidad de género auto-percibida y con la propia necesidad o el propio
deseo de corporizarla, mientras tanto, se ha visto y se ve restringido no sólo
por la renuencia judicial a otorgar la autorización requerida para efectuarlas
legalmente en Argentina, sino también por la falta de profesionales capacitad*s
para llevarlas a cabo –consecuencia directa de las décadas en las que estas
intervenciones medico-quirúrgicas han estado prohibidas–. En la práctica, el
acceso restringido o negado a modificaciones corporales solicitadas ha tenido, y tiene, consecuencias nefastas para la situación sanitaria de muchas personas trans* e intersex en nuestro país. Por un lado, ha producido y produce
una constante migración clínica hacia países donde el acceso a estas modificacioens corporales es legal –paradigmáticamente, a Chile–. Esta migración
ha estado y está claramente determinada por condiciones materiales de posibilidad, y entraña sus propias dificultades a nivel de derechos sanitarios.
Por otro lado, ha producido y produce un recurso igualmente constante al
mercado negro de cirugías y hormonas en Argentina, así como el acceso a
otros medios de modificación corporales –tal como la aplicación de siliconas–. Estos procedimientos de modificación corporal, los únicos disponibles
para un número elevado de personas trans* e intersex, han contribuido decisivamente a configurar el acceso a tratamientos de reducción de daño como
una urgencia sanitaria de primer orden en nuestro país –y son, es necesario
259
decirlo una vez más, el corolario lógico de las restricciones legales que condicionan, limitan o anulan el acceso a modificaciones corporales relacionadas
con la identidad de género en la Argentina–.
5.
El 30 de noviembre del 2011, la Cámara de Diputados dio media sanción a la primera ley de identidad de género con la que ha de contar nuestro
país. La votación arrojó un resultado final de 167 votos a favor contra solo
17 votos en contra y 7 abstenciones. El texto de ley, que aun debe ser aprobado por el Senado de la Nación, recoge los aportes de los cuatro proyectos
legislativos sobre identidad de género que alcanzaron estado parlamentario
ese mismo año. Había pasado menos de un mes desde que el 8 de noviembre anterior las Comisiones de Legislación General y de Justicia de Diputados consensuaran un dictamen que aunaba aquellos cuatro proyectos originales12. El dictamen aprobado aquel día recogió las preocupaciones claves
del activismo trans* en Argentina: el acceso pleno, despatologizado y desjudicializado, al reconocimiento de la identidad de género autopercibida, sin
requisitos incompatibles con los derechos humanos, articulado con el derecho, igualmente pleno, de acceso al derecho a la salud –incluyendo, claro
está, la salud transicional–13.
Las disposiciones incluidas en ley aprobada por la Cámara Baja difieren de manera radical con el marco jurídico-normativo descripto en la sección anterior de este trabajo. Esta diferencia es particularmente evidente si se
considera, por ejemplo, el artículo 4° de la ley aprobada con media sanción,
el cual determina los requisitos para acceder al reconocimiento legal de la
identidad de género autopercibida, a saber:
Toda persona que solicite la rectificación registral del sexo, el cambio de
nombre de pila e imagen, en vir tud de la presente ley, deberá observar los
siguientes requisitos:
1. Acr editar la edad mínima de dieciocho (18) años de edad, con excepción de lo establecido en el ar tículo 5° de la presente ley.
2. Presentar ante el Registro Nacional de las Personas o sus oficinas seccionales correspondientes, una solicitud manifestando encontrarse amparada por la presente ley requiriendo la rectificación registral de la partida
260
de nacimiento y el nuevo documento nacional de identidad cor respondiente, conservándose el número original.
3. Expresar el nuevo nombre de pila elegido con el que solicita inscribirse.
En ningún caso será requisito acreditar intervención quirúrgica por reasignación genital total o parcial, ni acr editar terapias hormonales u otro tratamiento psicológico o médico.
El artículo 5°, referido a las «personas menores de edad», modifica de
manera fundamental los límites etarios al reconocimiento de la identidad de
género. Su texto establece que:
Con relación a las personas menores de dieciocho (18) años de edad la
solicitud del trámite a que refiere el ar tículo 4º deberá ser efectuada a
través de sus representantes legales y con expresa conformidad del menor, teniendo en cuenta los principios de capacidad progresiva e interés
superior del niño/a de acuerdo a lo estipulado en la Convención sobre los
Derechos del Niño y en la ley 26.061, de protección integral de los derechos de niñas, niños y adolescentes14. Asimismo, la persona menor de
edad deberá contar con la asistencia del abogado del niño prevista en el
artículo 27 de la ley 26.061. Cuando por cualquier causa se niegue o sea
imposible obtener el consentimiento de alguno/a de los/as representantes
legales del menor de edad, se podrá recurrir a la vía sumarísima para que
los/as jueces/zas correspondientes resuelvan, teniendo en cuenta los principios de capacidad progresiva e interés superior del niño/a de acuerdo a
lo estipulado en la Convención sobre los Derechos del Niño y en la ley
26.061 de protección integral de los derechos de niñas, niños y adolescentes.
El artículo 6° de la misma ley declara la des-judicialización del «cambio
de sexo» en la Argentina, indicando en relación su tramitación que
el/la oficial público procederá, sin necesidad de ningún trámite judicial o
administrativo, a notificar de oficio la rectificación de sexo y cambio de
nombre de pila al Registro Civil de la jurisdicción donde fue asentada el
acta de nacimiento para que proceda a emitir una nueva partida de nacimiento ajustándola a dichos cambios, y a expedirle un nuevo documento
nacional de identidad que refleje la rectificación registral del sexo y el
nuevo nombre de pila. Se prohíbe cualquier referencia a la presente ley en
la partida de nacimiento rectificada y en el documento nacional de identidad expedido en vir tud de la misma.
261
El artículo 11, mientras tanto, decidado al «derecho al libre desarrollo
personal», introduce modificaciones decisivas en la situación legal y sanitaria
de las personas trans* e intersex en Argentina –incluyendo de manera explícita el derecho de niñ*s y adolescentes al reconocimiento integral de su identida de género–. Este artículo no sólo despatologiza las experiencias trans* e
intersex de la identidad y de su encarnadura, poniendo el eje normativo en la
autonomía decisional de las personas; también asegura el derecho al acceso
a biotecnologías de modificación corporal:
Todas las personas mayores de dieciocho (18) años de edad podrán, conforme al ar tículo 1° de la presente ley y a fin de garantizar el goce de su
salud integral, acceder a inter venciones quirúrgicas totales y parciales y/o
tratamientos integrales hor monales para adecuar su cuerpo, incluida su
genitalidad, a su identidad de género autoper cibida, sin necesidad de requerir autorización judicial o administrativa.15
Para el acceso a los tratamientos integrales hor monales, no será necesario
acreditar la voluntad en la inter vención quirúrgica de reasignación genital
total o parcial. En ambos casos se requerirá, únicamente, el consentimiento infor mado de la persona. En el caso de las personas menores de edad
regirán los principios y r equisitos establecidos en el artículo 5° para la
obtención del consentimiento informado. Sin perjuicio de ello, para el
caso de la obtención del mismo respecto de la intervención quirúrgica
total o parcial se deberá contar, además, con la conformidad de la autoridad judicial competente de cada jurisdicción, quien deberá velar por los
principios de capacidad progresiva e interés superior del niño o niña de
acuerdo a lo estipulado por la Convención sobre los Derechos del Niño y
en la ley 26.061 de protección integral de los derechos de las niñas, niños
y adolescentes. L a autoridad judicial deberá expedirse en un plazo no
mayor de sesenta (60) días contados a par tir de la solicitud de conformidad. Los efector es del sistema público de salud, ya sean estatales, privados o del subsistema de obras sociales, deberán garantizar en for ma permanente los der echos que esta ley reconoce. Todas las prestaciones de
salud contempladas en el pr esente artículo quedan incluidas en el Plan
Médico Obligatorio, o el que lo reemplace, confor me lo reglamente la autoridad de aplicación.
Este repaso sumarísimo por los que considero algunos de los artículos
fundamentales de la ley de identidad de género argentina plantea, indudablemente, interrogantes tanto históricos como jurídico-normativos. Basicamente: ¿cómo pudieron materializarse tanto este proyecto de ley como su
262
aprobación mayoritaria en un contexto dominado por la férrea tutela estatal
sobre reconocimiento integral de la identidad de género? ¿Cómo se volvió
no sólo inteligible, sino, y sobre todo, normativamente imperioso, el respeto
por los derechos sexuales y reproductivos asociados intrínsecamente a ese
reconocimiento? ¿De qué manera se instalaron tanto la despatologización
como la desjudicialización de la identidad de género en el núcleo axiológico
de la ley? ¿Cómo devinieron niñ*s y adolescentes sujetos de estos derechos?
En la sección siguiente, nuestra exploración se detendrá en la consideración
de ciertos antecedentes que podrían contener principios de respuestas.
6.
Desde los últimos años de la década pasada y, sobre todo, a lo largo de
los que lleva esta década, se han sucedido en la Argentina algunos acontecimientos tanto socio-políticos como jurídico-normativos cuya introducción es
necesaria para ubicar la ley de identidad de género aprobada en Diputados
en el contexto de un proceso histórico más amplio –el mismo que la hizo
posible a pesar de su evidente contradicción con los saberes institucionalizados tradicionalmente hegemónicos sobre identidad de género–. El listado de
estos acontecimientos incluye, entre otros:
• En el año 2005 una joven de Traslasierra –representada por sus
progenitor*s– se presentó ante la justicia demandando el reconocimiento
legal de su identidad de género a través del acceso al cambio registral
que la inscribiera en el género femenino, así como también el acceso a
modificaciones corporales asociadas a su identidad de género femenina. Si bien el planteo del caso –desde la propia demanda, y durante
todo su desarrollo– caracterizó el pedido desde un punto de vista extremadamente patológico, y aún considerando el tiempo excesivamente
largo que insumieron las alternativas judiciales del mismo, un aspecto
fundamental de la identidad de género como cuestión de derecho se
instaló de manera profunda en las discusiones por venir: el modo en el
que el acceso, doble o por separado, al reconocimiento legal y a las
biotecnologías de modificación corporal debe considerarse atendiendo también a la diversidad etaria –y, en particular, a los derechos de
niñ*s y adolescentes–16.
263
• Hacia finales del año 2006, y tras un largo trámite judicial, la Corte
Suprema argentina falló en favor de ALITT, la Asociación de Lucha
por la Identidad Travesti y Transexual –cuya personería jurídica había
sido negada, de manera recurrente, en tanto se estimaba contraria al
bien común–. Un ingrediente principal de este logro lo constituye la
afirmación de uno de los objetivos fundacionales de ALITT más discutidos en el despliegue de ese encadenamiento de negativas: el derecho
a luchar por el reconocimiento social y legal del travestismo como una
identidad en sí misma (AA.VV., 2008).
• Desde mediados de la década del 2000, y hasta nuestros días, se ha
sucedido la aprobación de distintas resoluciones y ordenanzas destinadas a asegurar el reconocimiento de la identidad de género autopercibida en el contexto de los sistemas públicos de salud y educación, así
como en el contexto de distintas intancias administrativas. Estas medidas son implementadas en la actualidad en diferentes provincias, municipios, ciudades y organismos de administración pública17. En noviembre del año 2011, la Universidad Nacional de Córdoba se transformó en la primera casa de altos estudios del país en aprobar una
ordenanza integral sobre identidad de género18.
• A lo largo de los últimos años se viene registrando un número aún
limitado, pero en aumento, de fallos judiciales que dan cuenta de movimientos críticos al interior de la comprensión jurídica de las cuestiones de identidad de género. En el año 2009, un fallo del juez marplatense Pedro Hooft era anunciado publicamente como la –largamente
esperada– primera sentencia que en la Argentina otorgaba el der echo
al reconocimiento legal de la identidad de género «sin cirugías». El fallo
en cuestión no introducía ninguna variación sustancial a nivel de sus
fundamentos teórico-epistemológicos o de su reelaboración jurisprudencial o doctrinaria. Tampoco ofrecía variación alguna en lo relativo
a las comprobaciones periciales correspondientes, incluyendo aquella
del requisito de esterilidad, todavía presente. Y en cuanto a sus argumentos, el fallo de Hooft se limitaba a reproducir las consabidas consideraciones victimizantes en torno a la diversidad corporal y de género
y a su destino social en nuestro país –tal es así que la famosa autorización para el «cambio de sexo sin cirugía» se desprendía, argumentativamente, de las consecuencias negativas de cirugías anteriores (Ca264
bral, 2009)–. No obstante, el impacto mediático y político del fallo
contribuyó decisivamente a introducir una cuña radical en el sentido
común jurídico-normativo: después de todo, al parecer, era entonces
posible acceder al reconocimiento legal de la identidad de género sin
la obligatoriedad de cumplir con procedimientos quirúrgicos de modificación genital como requisito. Durante los dos años que siguieron al
fallo de Hooft se produjeron otras sentencias judiciales –esta vez, sí,
reconociendo de manera integral el reconocimiento de la identidad de
género–. El fallo judicial favorable obtenido por Florencia de la V y sus
repercusiones mediáticas instalaron decisivamente este cambio fundamental en la lógica del reconocimiento de la identidad de género en la
Argentina. Al mismo tiempo, y por primera vez, un hombre trans* obtuvo una sentencia similar –es decir, capaz de garantizar, al mismo
tiempo, el reconocimiento de la identidad de género, las modificaciones corporales solicitadas, y el acceso a ambos derechos a través de
disposiciones compatibles con sus derechos sexuales y reproductivos–19.
• En junio del 2011, y a través de un dictámen del Fiscal de Estado,
Jorge Barraguirre, el gobierno de Santa Fe reconocía el derecho de
una mujer trans* a acceder al reconocimiento de su identidad de género. Esta medida, inédita en la Argentina, ponía decididamente en cuestión la judialización, hasta entonces obligatoria, de las demandas de
acceso al reconocimiento20.
• Desde la segunda mitad de la década del 2000, se produjeron y pusieron en circulación y discusión distintos proyectos de ley de identidad
de género –los cuales recogían, de manera desigual, las reivindicaciones históricas del movimiento trans* en Argentina–. Cuatro de esos
proyectos alcanzaron estado legislativo en el 2011, sentando las bases
sobre las que se redactó el proyecto sancionado en la Cámara de Diputados. Dos de los proyectos –aquel redactado por la diputada socialista Silvia Ausburger y el presentado por la diputada radical Silvia
Giudici– mantenían instancias de control sobre el acceso al reconocimiento de la identidad de género, y limitaban ese reconocimiento al
mero cambio registral. El proyecto presentado por la diputada del Frente
para la Victoria, Juliana Di Tullio, y elaborado por la FALGBT –Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans–, estaba cen265
trado exclusivamente en el reconocimiento de la identidad de género,
aunque complementaba con un proyecto de asistencia sanitaria 21. La
diputada Silvia Conti, también del Frente para la Victoria, encabezó la
presentación del proyecto elaborado por el Frente Nacional por la Identidad de Género –el cual sostenía la concepción integral de la identidad de género que prevaleció, finalmente en Diputados–22.
Conclusiones
Podría argumentarse, y con razón: los acontecimientos presentados en
la sección anterior constituyen, en mayor o menor medida, antecedentes
válidos del proyecto de ley aprobado por la Cámara de Diputados y permiten atisbar un horizonte en expansión para las cuestiones de identidad de
género en la Argentina, y para aquell*s que las encarnamos. Sin embargo,
esos mismos antecedentes, su tener lugar en este proceso histórico y, en fin,
el proceso histórico mismo, plantean a su vez otros interrogantes. Algo ha
pasado –algo está pasando– en y por las economías jurídico-normativas del
«cambio de sexo» en Argentina, pero… ¿cómo dar cuenta de ese paso? A mi
entender, ese dar cuenta precisa de al menos tres de las exploraciones siguientes, independientes, pero relacionadas.
La primera de esas exploraciones debería apuntar, me parece, a la
historia reciente del Derecho en nuestro país y, en particular, al compromiso
teórico, ético y político asumido al interior de ese campo y en articulación
constante con otros –en particular, el de los movimientos sociales, incluidos
aquellos centrados en cuestiones de corporalidad, género y sexualidad–. Ese
compromiso, aunque minoritario, ha conseguido no obstante promover aquellas transformaciones críticas que hicieron y hacen posible una realidad jurídico-normativa diferenciada para las personas trans* en Argentina –en un
contexto político democrático marcado por fuertes tensiones sexuales y reproductivas.
La segunda de las exploraciones que requiere la operación del dar
cuenta debe apuntar al trabajo continuo del activismo trans* y de sus aliad*s
estratégic*s en nuestro país. Ese trabajo ha incluido e incluye, por supuesto,
la producción de muchas de las iniciativas comentadas en las páginas anteriores –su producción concreta, sí, pero también la elaboración del entrama266
do conceptual que hizo y hace posible, en primer lugar, imaginar respuestas
efectivas para preguntas que nunca antes habían sido formuladas, lo que es
decir: abrir el espacio para la pregunta por los derechos humanos de las
personas trans* en Argentina–. A pesar de que los distintos acontecimientos
reseñados en este trabajo apuntan exclusivamente a las cuestiones de identidad de género –y, en particular, a su reconocimiento por parte del Estado– lo
cierto es que el activismo travesti, transexual y transgénero en nuestro país ha
planteado, y plantea, preguntas y respuestas que exceden en el marco estrecho de ese reconocimiento –por ejemplo, y decisivamente, la pregunta por la
reparación histórica frente a las violaciones a los derechos humanos basadas
en la identidad y la expresión de género–.
La relación histórica, política y jurídico-normativa entre la ley de matrimonio igualitario en Argentina –aprobada a mediados del año 2010– y la
progresiva apertura de instancias judiciales, administrativas y legislativas para
el tratamiento favorable de cuestiones de identidad de género también merece su propio abordaje. Esta relación, frecuentemente planteada en términos
de condición de posibilidad –de manera paradigmática, la ley de matrimonio
igualitario como condición de posibilidad de la ley de identidad de género–
tiende a desconocer otras condiciones de posibilidad –por ejemplo, el rol de
la visibilidad trans* en la construcción política (y jurídico-normativa) de las
llamadas «minorías sexuales» en Argentina, y la hegemonía simbólica y material del modelo español en nuestro país, el cual supedita de manera constante las cuestiones de identidad de género a las de orientación sexual–. Un
aspecto imprescindible de este abordaje lo constituye el relegamiento histórico tanto de las cuestiones de identidad de género como del activismo trans*
y de sus activistas –asociad*s, de manera inmediata, más con la lógica testimonial que con la agencia política–.
La tercera de esas exploraciones implica un trabajo de relectura. Claramente, algunos de los acontecimientos mencionados en la sección anterior
introducen claros aspectos rupturales con el marco jurídico-normativo tradicional; sin embargo, la mayor parte de esos movimientos no constituyen, en
sí mismos, rupturas ni radicales ni definitivas. No se trata solamente, como
podría pensarse, de la sola recurrencia de los derechos personalísimos –los
cuales están dejando paso progresivamente a los derechos humanos, pero
continúan funcionando como referencia axiológica obligada cada vez que las
cuestiones de identidad de género aparecen en escena–. El binario de la
267
diferencia sexual también persiste –hasta el proyecto de ley de identidad de
género reconoce solamente dos identidades susceptibles de ser legalmente
reconocidas, hombre o mujer–, y el acceso a modificaciones corporales se
vincula todavía, de manera normativa, a la expresión corporal de una identidad de género dada –en lugar de remitirla, por ejemplo, a la autonomía decisional–. La propia noción de identidad de género apunta a la persistencia
indiscutible de una antropología centrada en la existencia, también indiscutible, de una verdad individual, a la vez auténtica y transparente para quien la
encarna. La inscripción de las cuestiones de identidad de género en este
régimen particular de reconocimiento proyecta, desde nuestro pasado, este
presente, y hasta el futuro próximo, interrogantes en torno a la diversidad
corporal, identitaria y expresiva.
Sin lugar a dudas, otra de esas continuidades persistentes es la que
atañe a la situación de las personas intersex en Argentina –la cual permanece, tristemente, inmodificada–. A pesar de la centralidad que las cuestiones
de identidad de género ocupan actualmente en nuestro país, la práctica sociomédica de intervenir a niñ*s intersex con el fin de «normalizar» la apariencia de sus genitales continúa teniendo lugar. En las economías de esa otra
deuda –aquella que nuestro sistema jurídico-normativo aún mantiene abierta
con la diversidad de los cuerpos sexuados– nada ha pasado aún, aunque
está en nuestro trabajo colectivo hacer que pase.
Notas
La redacción de este trabajo no hubiera sido posible sin la ayuda de Paula Viturro, Emiliano
Litardo, Iñaki Regueiro De Gicomi y Juan P. Duggan, y hubiera sido sencillamente imposible sin la
generosidad de John Fisher.
2
TGEU –la red de activistas trans* de Europa– circuló un comunicado de prensa, el cual esta disponible en: http://www.tgeu.org/Sweden_stop_violating_human_rights_of_trans_persons. También
puede consultarse la campaña organizada por All Out en http://allout.org/stop_forced_sterilization
(Consulta: 27 de enero de 2012). Para un detalle pormenorizado acerca de los requisitos legales
exigidos a fines de acceder al reconocimiento de la identidad de género en distintos países del
mundo, así como de información general acerca de la situación legal de las personas trans* en todo
el mundo, recomiendo el sitio del proyecto Transrespect Versus Transphobia: http://www.transrespecttransphobia.org (Consulta: 28 de enero de 2012).
3
Estos países son: Bélgica, Bosnia Herzegovina, Bulgaria, Croacia, Chipre, Dinamarca, Eslovaquia,
Estonia, Finlandia, Francia, Georgia, Grecia, Holanda, Irlanda, Italia, Latvia, Malta, Moldovia, Montenegro, Noruega, Polonia, la Republica Checa, Rumania, San Marino, Serbia, Suecia, Suiza, Turquía y Ucrania (Commissioner for Human Rights, 2001).
4 En este artículo utilizo la expresión «cambio de sexo» de modo retórico, citando en una sola expr e1
268
sión el conjunto de supuestos saberes que le dan sentido común, dóxico.
5
Disponible en: http://www2.ohchr.org/english/bodies/hrcouncil/docs/19session/
A.HRC.19.41_Spanish.pdf (Consulta: 27 de enero de 2012).
6 El proyecto de ley de identidad de género aprobado en la Cámara de Diputados está disponible
en: http://frentenacionaleydeidentidad.blogspot.com/2011/12/texto-completo-de-la-media-sancionde.html (Consulta: 30 de enero de 2012).
7
Los «Principios de Yogyakarta sobre la aplicación de la legislación internacional de derechos humanos en relación a la orientación sexual y la identidad de género» están disponibles en:
www.yogyakartaprinciples.org (Consulta: 30 de enero de 2012).
8
Tal es el caso, por ejemplo, de la «Clasificación Inter nacional de Enfermedades», producida por la
Organización Mundial de la Salud. De acuerdo a la décima edición de la Clasificación, conocida
como CIE-10, todas aquellas personas que nos identificamos en un género distinto al que se nos
asignara al nacer sufrimos de un «trastorno de la identidad de género». La CIE-10 está disponible
para su consulta on line en: http://apps.who.int/classifications/icd10/browse/2010/en (Consulta: 30
de enero de 2012). Del mismo modo nos clasifica la cuarta edición revisada del «Manual de Diagnóstico y Estadística de los Trastornos Mentales», producido por la Academia Estadounidense de
Psiquiatría –APA–, y conocido como DSM-IV-R por sus siglas en inglés. En el caso de las personas
intersex, desde el año 2006 está en vigencia la clasificación que describe nuestros cuerpos como
padecientes de distintos »trastornos del desarrollo sexual».El intento de explicar fenómenos psíquicos –como una identidad de género distinta al sexo asignado al nacer– a través de argumentos
fundados en la determinación bioanatómica de esos fenómenos, es de larga data. A mediados de la
década de 1950, esos argumentos eran netamente endocrinológicos; en la actualidad, los argumentos neurológicos y genéticos llevan la delantera. Un ejemplo paradigmático de la recepción de estos
argumentos en el Derecho argentino lo constituye la producción de Santos Cifuentes, cuyos recor ridos argumentales, firmemente situados en los der echos personalísimos, se ven a menudo complementados con hipótesis de corte biologicista –en particular, en contra de posiciones psicoanalíticas
como las sostenidas, por ejemplo, por Mauricio Mizrahi–. Vease, por ejemplo, Cifuentes (2008).
9
Sin lugar a dudas, la patologización de las personas trans* y de sus e xperiencias ha jugado un rol
paradójico en el contexto de las economías jurídico-normativas del cambio de sexo en la Argentina.
Por un lado, esa patologización ha constituido el núcleo argumental de posiciones favorables tanto
al reconocimiento legal de la identidad de género como al acceso a modificaciones corporales relacionadas con esa identidad –en tanto definidos como el tratamiento adecuado para esa patología en
la que consistiría el «transexualismo»–. Por otro lado, la misma patologización ha sido frecuentemente invocada de manera opuesta, es decir, como un argumento en contra del acceso a ese reconocimiento y a tales modificaciones. Desde esta segunda posición, tanto la demanda de reconocimiento
como la de modificación corporal constituyen síntomas de la propia patología, y ceder ante dichos
síntomas representa una complicidad inaceptable de los sistemas médico y legal con la locura. Este
último argumento, menos frecuente que la primera posición, se funda en la r ecepción argentina de
una versión particularmente transfóbica del psicoanálisis francés asociado a los nombres de Francoise Chiland y Henry Frignet –y puede ser rastreada, de manera paradigmática, en la producción
doctrinaria de Mauricio Mizrahi y de Marina Camps Merlo (2007)–. Respecto de su articulación
jurisprudencial, véase, por ejemplo, Página 12 (2011, 22 de abril).
10
L as «Bases para una legislación sobre adecuación sexual en casos de transexualidad», fir madas en
Lima durante las I Jornadas Inter nacionales de Derecho Civil, el 26 de setiembre de 1991, indican,
por ejemplo, que «la adecuación de sexo debe ser el resultado de un procedimiento reser vado, en el
cual los jueces tendrán que evaluar, especialmente, los peritajes de exper tos en la materia, así como
entrevistarse con el recurrente para apreciar, personalmente, la dimensión del conflicto existencial
vivido por el transexual». El documento fue suscripto por Eduardo Zanonni, Carlos Fernández Sessarego, Santos Cifuentes y Gustavo Bossert (Citado en Cifuentes, 2008: 311). Véase también, por
ejemplo, Bidar t Campos (2001) y Fernández Sessarego (1992).
11 Se habla de género «de llegada» para hacer referencia a la identidad auto-percibida, opuesta al
género «de partida», es decir, a aquel que refiere al sexo asignado al nacer.
12
Véase, por ejemplo, Página 12 (2011, 26 de agosto).
269
Se denomina salud transicional a aquella relacionada con procedimientos de afirmación de género, tales como hormonas, cirugías, etc.
14 Si bien se reconoce la confor midad expresa de los niñ*s como requisito indispensable para acceder a la rectificación registral del sexo –y, de acuerdo a los ar tículos siguientes, para el acceso a
cualquier modificación corporal relacionada con la identidad de género–, lo cierto es que el anudamiento entre ese reconocimiento y la protección efectiva de la autonomía decisional y la integridad
corporal de niñ*s intersex todavía está por realizarse. Consideraciones tales como la «capacidad
progr esiva » y «el interés superior del niño/a» han funcionado históricamente, y aún funcionan,
como resguardos legales efectivos toda vez que se interviene, con fines «normalizantes», sobr e el
cuerpo y el registro legal de niñ*s intersex. Véase, por ejemplo, el análisis de Morgan Holmes sobre
el abordaje de esta cuestión en la Cor te Constitucional de Colombia, en Holmes (2006), así como el
análisis antropológico de Paula Machado (2009).
15 Indudablemente, el vocabulario de la «adecuación» reintroduce supuestos normativos en torno a
la relación entre identidad de género, expresión de género y corporalidad. Estos supuestos exceden
la relación propuesta por la definición de identidad de género de los Principios de Yogyakarta,
poniendo en circulación legislativa una alineación «adecuada» entre los tr es términos mencionados.
Si bien el proyecto de ley aprobado permite argumentar en favor de una «adecuación» definida en
términos estrictamente personales, las resonancias normativas implicadas por esa noción siguen, a
mi juicio, latiendo en la for mulación de este artículo.
16
Vease, por ejemplo, Famá (2006).
17 Tales como las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, los municipios de La Matanza, L anús,
Morón, las ciudades de Rosario, Mar del Plata, Buenos Aires, la Legislatura de la Ciudad Autónoma
de Buenos Aires, etc.
18
Disponible en: http://digesto.unc.edu.ar/consejo-superior/honorable-consejo-superior/ordenanza/
9_2011 (Consulta: 30 de enero de 2012). Veanse, al respecto, los textos de Juan Manuel Burgos
(Página 12, 2011, 4 de noviembre), Liliana Pereyra (Revista Al Filo, 2011, diciembre) y Francisco
Marguch (Revista Al Filo, 2011, diciembre). La resolución aprobada tuvo como antecedente inmediato la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Las universidades del
Litoral y del Comahue también han aprobado recientemente ordenanzas similares, aunque de menor alcance que las de la UNC.
19 Véase, por ejemplo »Mi nombr e, mi cuerpo» (Página 12, 2011b, 14 de enero) y «Las claves del
fallo» (Página 12, 2011a, 14 de enero).
20 Véase la nota publicada en el propio Por tal de Noticias del Gobierno de Santa Fe, en: http://
g o b i e r n o. s a n t a f e . g o v. a r / p r e n s a / m i t e m p l a t e . p h p ? i d n o t i c i a = 1 3 6 6 8 6 & m o s t r a r m e n u
=si&include=noticias_prensa/2011/140611s8.htm&ptitulo=Noticia%20del%
20jueves%2016%20de% 20jun%20de% 202011%20(140611s8.htm)&fechanoticia=
& v o l v e r u r l = & p D e s c D i a M a x = Vier n e s & i n t v a l D i a M a x = 3 0 & p D e s c M e s M a x =
dic&A%F1oMax=2011&DiaMax=30&MesMax=12&pdia=16&pmes= 06&panio=2011 (Consulta: 30 de enero de 2012).
21
Ambos proyectos están disponibles en: http://www.lgbt.org.ar (Consulta: 30 de enero de 2012).
22 Para una comparación exhaustiva entre los distintos proyectos puede consultarse: http://
fr entenacionaleydeidentidad.blogspot.com/2011/03/cuadros-comparativos-sobre-proyectosde.htmlhttp://frentenacionaleydeidentidad.blogspot.com/2011/03/cuadros-comparativos-sobre-pro13
yectos-de.html (Consulta: 30 de enero de 2012).
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273
274
ABORTO:
¿SEGÚN QUIÉN?
Agustina Ramón Michel*
Introducción
El derecho regula al aborto, es decir, no es una práctica abiertamente
libre para las mujeres1. Al mismo tiempo, en tanto práctica que ocurre sobre
un cuerpo de una persona que decide en espacios «íntimos», las mujeres han
acudido a un aborto incluso cuando ha estado limitado económicamente,
condicionado médicamente y restringido legalmente.
Las posiciones a favor de la liberalización o de la penalización del aborto
esgrimen argumentos diversos que involucran, por un lado, la identificación
de la vida prenatal de una persona y el derecho a la vida, y por el otro la
ineficiencia de la criminalización, la autonomía y privacidad de las mujeres,
la igualdad y no discriminación, la vida y salud, articulados todos en términos de derechos. No obstante, la justificación de esta injerencia por parte del
derecho es más escurridiza y compleja de lo que podría parecer a primera
vista, y es susceptible de ser abordado en varias dimensiones. Entre las dimensiones que me gustaría destacar, está el debate moral de esta práctica; el
rol que debería desempeñar el Estado y las respuestas que debería ofrecer
bajo la forma de políticas institucionales; y cómo todo esto tiene relación con
la posición y los roles de las mujeres en nuestras comunidades políticas.
Si bien la condición «regulada» del aborto se remonta a siglos, o en
todo caso a décadas atrás (Galeotti, 2004), las formas que adquiere esta
* Abogada. Investigadora asistente del Centro de Estudios de Estado y Sociedad –CEDES–. Becaria
del CONICET. Profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad de Palermo y asistente docente del Departamento de Der echo de la Universidad de San Andrés. Candidata doctoral por la Universidad de Palermo.
275
regulación está sujeta a cambios de distinto orden y por medio de distintas
dinámicas de producción legal. No obstante, los regímenes jurídicos del aborto
en el mundo han seguido las tradiciones marcadas por el modelo de penalización absoluta, el modelo de «indicaciones», el modelo de «plazos» y el
«mixto», estos últimos tres con variaciones según la decisión de despenalizar
o legalizar.
El aborto es un tema sobre el que en algún momento hemos escuchado hablar, sobre el que hemos discutido una que otra vez, sobre el que la
filosofía moral ha construido dilemas, y sobre el que parecen existir posiciones fervorosas y «antagónicas». Este carácter contencioso del aborto convive
simultáneamente con cierto pudor y elusión en el ámbito público. Esta paradoja ha sido uno de los obstáculos mayores para lograr un debate más claro,
directo y profundo en las instituciones democráticas. Esta dificultad se refleja
en América Latina, en la que unos pocos países se han dispuesto a rever su
legislación sobre aborto, la mayoría sancionada hace un siglo atrás o durante
gobiernos militares.
Las luchas en torno al aborto son parte de las trayectorias de vindicación por parte de las mujeres y su resistencia. La extensión de derechos se
quedó estancada en lo que refiere a la sexualidad y a la reproducción. En
este sentido, el traspaso de regímenes restrictivos del aborto a otros más liberalizadores es una pieza vital para la ciudadanía de las mujeres.
En este artículo me interesa introducir un panorama del debate del
aborto que muestre algunas de las maneras en las que el derecho se involucra y que tenga la capacidad para abrir nuevas ventanas de discusión y reflexión sobre el tema. Con este fin, apunto a las implicancias que tiene legislar
sobre el aborto y los modos en que esto se ha realizado, no sólo señalando
los modelos de regulación, sino también algunas dinámicas político jurídicas
que se ponen de manifiesto en el camino al cambio legal de éstos, así como
los modos en que se construyen los argumentos, y los vínculos entre el razonamiento moral y jurídico. El texto se ordena de la siguiente manera. En la
primera sección me detengo en algunos rasgos del debate contencioso del
aborto, con énfasis en los procesos legales y el rol de los movimientos de
mujeres –I–. Luego, propongo algunas ideas para pensar la significancia que
tiene normar y regular al aborto, e introduzco tanto los modelos utilizados
para su regulación, como el mapa legal en el mundo, especialmente en América Latina –II–. En la tercera sección, presento algunos argumentos que gi276
ran en torno a la permisibilidad del aborto –III–, y concluyo con algunas
reflexiones finales.
I. El aborto como terreno contencioso
El aborto genera disputas, pero también resistencias y silencios. El derecho y la moral son sistemas y razonamientos que cumplen múltiples roles
en este encuentro, mientras que la política aparece como el ámbito de la
lucha materializada.
El aborto ocupa un lugar ambiguo en la moral social. Por un lado, ha
tendido a cierto secretismo, un estado llamativo dada la cantidad de abortos
que se practican diariamente y al hecho que probablemente la mayoría conozca a alguien que haya interrumpido un embarazo, o alguna de nosotras lo
haya tomado como una opción. Por el otro, cuando se desafía el silencio e
ingresa al ámbito público, lo persigue cierta incomodidad, y despierta discusiones encendidas en las que un todo o nada parece ponerse en juego. El
aborto, asimismo, ha sido un tema recurrente en la reflexión ética, como
parte de un «dilema» clásico que involucra temas complejos y recónditos:
vida, muerte, maternidad, intimidad, responsabilidad, consentimiento, familia, vulnerabilidad, autonomía, religión, moral social y personal.
El derecho, por su parte, se implica por medio de la decisión de penalizar o no, cuándo y cómo, definiendo desde cuándo hay persona jurídica,
regulando la práctica del aborto en los servicios de salud, ofreciendo o no
cobertura médica, poniendo a disposición o no los medicamentos adecuados para interrumpir los embarazos. También participa prestando argumentos en las discusiones, así como enmarcando los procedimientos legislativos
y judiciales. Pero el derecho, además, cumple roles menos explícitos, aquellos señalados por las teorías jurídicas críticas, incluidas las feministas, que
refieren a la reproducción y sexualidad de las mujeres, y el reconocimiento
de su capacidad moral2.
Al mismo tiempo, el aborto genera confrontaciones políticas que, en
ocasiones, se trasladan a espacios institucionales, como el poder legislativo,
abriendo paso a posiciones antagónicas y discusiones fervorosas, a la par de
una fuerte renuencia política. El aborto es un terreno contencioso en gran
parte de los países del mundo, ya sea que cuenten con legislaciones permisi277
vas o prohibicionistas. En Estados Unidos el aborto es uno de los «temas más
escrutados, politizados y regulados de los procedimientos médicos» (Centro
de Derechos Reproductivos, 2003), llegando a situaciones límites como el
asesinato de proveedores médicos o actos de violencia similares (Borgmann,
2009). Tal vez una de las mayores diferencias entre las comunidades políticas
no sea el tono de la discusión, sino el papel que desempeña el aborto en el
debate público de la política. Así, en países como España (e.g. El País, 2012,
27 de enero) e Inglaterra (e.g. The Telegraph, 2010, 8 de abril), el aborto
sirve como un sensor bastante preciso para ubicar a los personajes públicos
en el espectro político: la centro-izquierda o el centro defiende legislaciones
flexibles sobre el aborto, y la centro-derecha y derecha apoya propuestas
prohibicionistas3 . En otros países, esto no es tan claro y el aborto no parece
ser una herramienta relevante para definir posiciones ideológicas más amplias. En el caso de América Latina, partidos políticos y gobiernos de inclinación popular, progresistas o de centro izquierda han sido menos decididos a
adoptar una postura favorable a la liberalización de las normas penales sobre
el aborto, e incluso en casos más contundentes como el de Nicaragua4 y
Uruguay5, han tomado el camino contrario6.
Se declara incansablemente que el terreno del aborto está polarizado
entre los «pro-vida» y los «pro-decisión». Los primeros defienden una postura
prohibicionista del aborto, los segundos, una permisiva. Esta ilustración le
cabe a países disímiles, como Alemania, Polonia, Brasil o la Argentina. No
obstante, hay que recordar que son muchas las personas que no tienen una
posición tomada, que no han encontrado la oportunidad, la información, el
espacio para reflexionar. Por otro lado, este retrato del debate polarizado
tiende a oscurecer el hecho que, jurídicamente, hay varias opciones disponibles para regular el aborto. En todo caso, los alcances de esta polarización
difieren según la comunidad y el momentum político. Así, en episodios de
reflujo político como la discusión por la reforma legal del régimen jurídico del
aborto, la tensión marca el terreno de modo adversarial con pocos protagonistas, todos con aparentes credenciales de pertenencia a alguno de los «dos
bandos».
A esta altura de la historia parece inútil e inexpugnable preguntarse por
las causas originales de este tono aguerrido y antagónico que rodea al aborto, pero en un intento de reflexión, aunque más no sea breve, damos cuenta
de la fuerte moralización que traen consigo muchas retóricas del aborto y la
278
influencia que tiene esto en la efervescencia discursiva y práctica. Precisamente, las energías conservadoras religiosas se concentran y encuentran un
sentido de comunión en la oposición al aborto que reprime las diferencias,
convirtiéndose en un bastión de resistencia al laicisimo, que habilita a las
instituciones religiosas, especialmente a la jerarquía de la Iglesia Católica, a
renovar su rol de voceros de la moral social y de actores políticos relevantes
en la arena institucional. Como explican Vaggione, Peñas Defago y Franco
(2006):
El abor to se ha repolitizado como la nueva frontera [junto al matrimonio
no heterosexual] a defender por parte de los sector es conservadores que
condensan en la posibilidad de su despenalización el ger men y la consecuencia de todos los males contemporáneos. Frente al avance de los movimientos feministas y por la diversidad sexual, la derecha religiosa ha
desarrollado nuevas estrategias para oponerse a los derechos sexuales y
reproductivos considerando al aborto como el límite moral y social en la
defensa de una concepción única de familia.
Lo propio pasa al interior de los movimientos de las mujeres. El aborto
y el reclamo de la eliminación de ataduras legales, constituyen una exigencia
de las mujeres en tanto mujeres. El aborto ha sido un estandarte en la lucha
y politización de las necesidades, intereses y derechos de las mujeres e ideas
feministas; ha servido, más allá de específicos momentos y diferencias entre
las organizaciones para dar forma a esa membresía feminista7 . En este sentido, el aborto es ese espacio gris en el que, si bien las diferencias y desacuerdos no se suprimen, convive un movimiento amplio de mujeres y se sintetizan gran parte de las preocupaciones y reclamos de los grupos de mujeres y
feministas referidos al rol del Estado, la religión, las nociones de familia, la
autonomía reproductiva, la libertad sexual y la ciudadanía.
La intensidad adversarial también se observa en la configuración de
los argumentos. Según Motta (1999), la polarización tiende a languidecer los
argumentos y la reflexión en los ámbitos institucionales, no sólo en lo que
respecta al aborto, sino también sobre el rol que le cabe al Estado en las
estructuras y dinámicas de la moral en una sociedad. Es en las posiciones
prohibicionistas en las que el binarismo parece haberse plantado más fuerte:
el embrión/feto es una persona humana, en consecuencia, el aborto no puede estar permitido, sino penalizado. Este razonamiento silogístico acompaña
279
cualquier demanda en contra de la despenalización del aborto, si bien ha
encontrado desarrollos más sofisticados. Por el lado de quienes promueven
una mayor liberalización de las leyes, se maneja un menú de argumentos que
tiene como eje «es una decisión de la mujer». De ahí los slogans pro-vida y
pro-decisión. Ciertamente, en algunos momentos, en algunos países, en algunas situaciones, los discursos parecen estar estancados. Borgmann (2009)
opina que en Estados Unidos
conser vadores y liberales han contribuido, cada uno y de distintas maneras, al estancamiento. Los conservadores han basado su oposición al aborto
en una cr eencia rígida en torno a que la vida comienza en la concepción.
Sin embargo, no han abierto esta creencia a la reflexión y revisión […] Los
liberales han asumido que las creencias de los conservadores no pueden
ser cuestionadas por lo que han fallado en exponer la superficialidad de
las demandas conser vadoras sobre la «vida» (Borgmann, 2009: 607).
No obstante, cuando agudizamos la mirada, se registra cómo el campo
argumental está en movimiento y cómo ciertos argumentos han sufrido descrédito social, por ejemplo, aquellos que condenan a las mujeres que se practicaban aborto –al menos ya no figuran en el catálogo de razonamientos
públicos en gran parte de los países occidentales democráticos–. Incluso, como
parte de esta misma renovación discursiva, desde comienzos de los ochenta,
asistimos a la creación de un nuevo argumento basado en «la protección de
la mujer» por parte de los grupos conservadores estadounidenses, y retomado tanto por actores europeos como latinoamericanos (Siegel, 2010a)8. Sostienen, bajo un aura paternalista, que el aborto tiene un impacto desfavorable en la salud mental –»síndrome post aborto»–, incluso física –»cáncer de
mama»–, y «daña» a las mujeres, por tanto, el rechazo al acceso libre y seguro
a esta práctica sería una medida protectoria hacia ellas (Siegel, 2006; 2010a)9.
Se trata de un giro retórico que, según se ha rastreado, se inició en Estados
Unidos en los grupos «pro-vida», y ha sido reforzado en sentencias como
Gonzales vs. Carhart de la Corte Suprema de ese país (Siegel, 2008; 2010a).
Mientras tanto, los grupos que adhieren a posiciones permisivas del aborto,
ha tendido a apropiarse de ciertos insumos de la epidemiología y la salud
pública, poniendo cifras al impacto negativo de la penalización 10. Otras ideas
han pasado a bambalinas por razones estratégicas, tal es el caso de la noción
sobre el derecho al cuerpo11 en algunos países y procesos de reforma legal12.
280
Otro rasgo que marca «lo contencioso» del aborto es el desafío constante a su estatus jurídico. Las interpelaciones políticas, como sabemos, adquieren frecuentemente la forma de reclamos legales. Las movilizaciones y
vindicaciones tienen distintos ritmos y formas en cada comunidad política.
En aquellos países en donde se ha logrado resistir los embates destinados a
restringir legalmente el acceso al aborto o se han sancionado regímenes más
permisivos, han actuado coaliciones de grupos de mujeres, sindicatos, organizaciones de profesionales de la salud, académicos, políticos, periodistas,
funcionarios públicos, entre otros (Berer, 2004)13. En países como Colombia,
Estados Unidos o Irlanda, los grupos están más organizados, profesionalizados, y cuentan con los recursos –incluido legales– suficientes para hacer incidencia y entablar desafíos efectivos a la situación legal del aborto, mientras
que en otros, como Chile, tanto de un lado para el otro, el escenario cuenta
con menos actores fuertes y activos14. También las conquistas legales son
más o menos endebles según el diseño institucional del país, el foro –judicial,
legislativo, ejecutivo– en el que se obtuvo el triunfo, la organización de los
actores en este terreno, entre otros factores. De esta forma, aquellos países
que obtuvieron cierta liberalización de las normas del aborto por medio de
los tribunales superiores, están sometidos a una lógica distinta de aquellos en
los que el cambio legal vino de la mano de la legislatura. Asimismo, cuando
el tratamiento del aborto cuenta no sólo con una ley base, sino que está
incorporada a las políticas de salud sexual y reproductiva, las posibilidades
de un giro restrictivo disminuyen.
Algunos episodios ilustran este carácter contencioso y movedizo del
terreno del aborto. En España, luego de más de dos décadas de lucha por la
flexibilización del régimen legal del aborto, se sancionó la Ley Orgánica 2/
2010 de «Salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del
embarazo» en marzo de 2010. Pero la pugna política no acabó ahí. Con el
cambio de gestión y el reingreso del partido popular –PP–, desde fines de
2011 y comienzos de 2012 el derecho al aborto ha estado amenazado. Actualmente circula un proyecto legislativo de reforma que propone la vuelta al
modelo de indicaciones de 1985 (El País, 2012, 27 de enero). En México, 13
de los 31 estados han enmendado sus constituciones para fijar el comienzo
de la vida en el momento de la concepción, luego de que en 2006 el Distrito
Federal despenalizará el aborto en las 12 primeras semanas de embarazo15.
Mientras tanto, en varios lugares de América Latina, colectivos de mujeres,
281
organizaciones de derechos humanos y otros actores de la sociedad civil combaten la intransigencia de las instituciones formales a abrir el debate parlamentario, y las barreras para incorporar la consejería pre aborto, la atención
de las complicaciones post aborto y los abortos permitidos a las políticas de
salud sexual y reproductiva (Ramón Michel, 2011a). También son constantes
las noticias sobre las contiendas entre grupos «pro-vida» y «pro-decisión» en
distintos estados de Estados Unidos, y la amenaza de un cambio jurisprudencial por parte de la Corte Suprema que haga caer la sentencia Roe vs. Wade
de 1973. Si bien a partir de esa decisión judicial sustentada por el derecho
constitucional a la privacidad, el aborto fue liberalizado en las primeras semanas del embarazo, la lucha en ese país ha continuado en dos niveles. En el
ámbito federal, con proyectos y leyes para limitar el uso de fondos públicos
para la cobertura sanitaria de los abortos (Henshaw et al, 2009). En el ámbito local, distintos estados han aprovechado sus competencias y han echado
mano a regulaciones, tanto legislativas como administrativas, para asegurar
o restringir el acceso al aborto (Guttmacher Institute, 2012). Esto se ha realizado de modos directos e indirectos; respecto a los primeros, esto es, medidas destinadas a regular el aborto, se han impuesto requisitos administrativos
–ultrasonidos obligatorias, consentimiento de la pareja, exigencias de infraestructura a los centros de salud para acceder al aborto en los mismos (Guttmacher Institute, 2012), o, del otro lado, se han adoptado medidas –»bubble
zones»– para evitar el ingreso de personas hostiles a las zonas cercanas a las
clínicas de aborto, para garantizar la protección de las mujeres y los profesionales16. Como ejemplo de medidas indirectas con gravitación en el aborto,
están las leyes que, en otros contextos jurídicos –e.g. accidentes de tránsito,
lesiones– declaran al feto como persona reconociendo la categoría legal de
daños fetales (McDonagh, 2007).
El escenario estadounidense ilustra de modo bastante claro la dinámica contenciosa de producción legal, en el que los distintos foros institucionales –judicial, ejecutivo, legislativo, agencias administrativas–, niveles de normativización y regulación –constituciones, leyes, normas administrativas, sentencias– y herramientas –veto, consulta popular, etc.– son utilizadas. Si bien
los procesos de reforma legal se generan afuera de las paredes de un parlamento o de un Ejecutivo, una vez que ingresan a los foros institucionales
formales la disputa cambia de tono y el escenario se tensa. En general, la
decisión de colocar el reclamo en un foro institucional determinado depende,
282
además de otros factores, del régimen legal del aborto vigente y del grado de
implementación del mismo. De esta manera, hay acciones colectivas dirigidas a reclamar soluciones para la situación de inaccesibilidad a los abortos
que ya son legales, mientras que otra línea de acción se concentra en modificar el régimen jurídico del aborto existente17. La primera dimensión refiere a
las actividades y discusiones en torno a la implementación de las normas
permisivas sobre el aborto, que en general se llevan a cabo en las agencias
sanitarias, las legislaturas locales y en algunos casos en instancias internacionales, dando uso al sistema de derechos humanos. Mientras que la segunda
dimensión gira en torno al reclamo/resistencia por un cambio legal liberalizador del aborto, siendo las legislaturas nacionales el ámbito privilegiado, aunque también las cortes supremas juegan un rol relevante, dependiendo del
diseño institucional y el modelo de control de constitucionalidad.
La experiencia indica que hay momentos políticos más permeables
para instalar los reclamos. En este sentido, las reformas constitucionales y los
códigos penales, así como la sanción o modificación de las normas sobre
salud sexual y reproductiva, son oportunidades políticas que suelen atraer
estrategias defensivas u ofensivas, según el grupo que se trate y el régimen
legal vigente sobre el aborto en ese país. Por ejemplo, en Venezuela, durante
el proceso de reforma del código penal, las organizaciones integrantes del
movimiento amplio de mujeres, el Instituto Nacional de la Mujer, diputadas y
diputados, entre otros actores, intensificaron su demanda con el objetivo de
incorporar nuevas causales de despenalización, capturando la oportunidad
política que se abría en este contexto (Ramón Michel, 2011a). También, en la
región de América Latina, Panamá, Perú y Argentina tienen experiencias similares.
No obstante este ritmo inquieto de la lucha del aborto, los espacios
institucionales tienen una actitud de resistencia y elusiva. No sólo el partido
gobernante, sus funcionarios y legisladores, sino también los partidos políticos de la oposición, al menos los tradicionales y más grandes. Esto explica en
parte por qué los reclamos para liberalizar el aborto han tomado más de
treinta años de campañas en gran parte de los países que cuentan en su
haber con conquistas de este tipo (Berer, 2004). Históricamente, se insiste en
que el aborto es «pianta votos», genera costos políticos (Pecheny, 2011)18. La
política institucional es por definición conservadora, esto es, se inclina por el
statu quo19; de este modo, la disposición retórica de que el aborto puede
283
generar cambios en las preferencias de los votantes, en un sentido u otro,
aparece como un motivo suficiente para que representantes y actores políticos se mantengan en silencio o no empujen el debate en los foros estatales.
Adicionalmente, como sugieren Pecheny y Dehesa (2009), la lógica centrípeta de los partidos políticos contribuye a este alejamiento de aquellos temas
calientes, moderando su discurso y evitando no alejar una parte decisiva del
electorado.
La demanda del aborto está sectorializada, refiere a mujeres. Y esto es
así no sólo porque las afecta, en tanto la capacidad de quedar embarazadas
les pertenece –por ahora, de modo exclusivo–, sino también porque ha sido
una lucha de mujeres, y a su vez porque los «varones» públicos han tendido
a tomar distancia de la disputa. Esta «feminización» podría ayudar a comprender la resistencia institucional a abrir el debate y la precariedad de las
conquistas. En tanto «tema de mujeres», parecería cargar con el estigma de la
política baja y con una «disponibilidad» como material de negociaciones, tal
como quedó ilustrado en el reciente proceso de reforma del sistema de salud
de Estados Unidos (Annas, 2009) o el giro legal en Nicaragua. Esta negociabilidad que tiene el aborto, incluso en aquellos escenarios con partidos políticos dominantes llamados progresistas, populistas, socialistas, de centro izquierda, no hace sino reproducir lo que históricamente ha pasado con aquellos reclamos que atienden cuestiones sobre las mujeres, con lo «femenino»20.
Esta feminización es compartida por el resto de los asuntos «sexuales y reproductivos», como lo testifican las aun vigentes dificultades para mejorar la
atención de los partos, estabilizar el suministro de anticoncepción de emergencia, incorporar nuevos medicamentos, asegurar la ligadura tubaria y evitar las esterilizaciones forzadas. A la par de esto, cabe notar que el aborto
suele estar en una situación de orfandad en el marco de las políticas públicas.
Su incorporación a los planes y programas de salud sexual y reproductiva es
difícil e inestable. Esto continúa siendo así en gran parte del mundo, lo que
favorece la disposición a ser materia negociable, al estar desenganchado de
otros asuntos de políticas sociales que pueden haber logrado mayor arraigo
institucional o aceptabilidad política social. Esto pone de manifiesto, asimismo, cómo la hiperpolitización del aborto no se traduce en políticas institucionales, sino que, con frecuencia, debilita las posibilidades de éstas, entre otras
razones, porque los profesionales de la salud –actores claves– sospechan de
esta «politización» y tienden a adoptar comportamientos defensivos y conser284
vadores, temen del estigma que puede generar o incluso de eventuales consecuencias en los vaivenes políticos que tenga el tema (Marie Stopes International e Ipas, 2009).
El aborto también actúa como trasfondo de otras discusiones: la fertilización asistida, la anticoncepción de emergencia, la salud sexual y reproductiva, e incluso algunas menos evidentes como la ratificación del Protocolo de la CEDAW21 o las leyes de violencia de género. En muchos países de
América Latina la anticoncepción de emergencia ha sido la antesala para
disputar el sentido del comienzo de la vida y la autonomía reproductiva (Villanueva, 2008). Incluso decisiones institucionales «beneficiosas» para las
mujeres, a veces pueden incorporar afirmaciones o normas que impacten en
la discusión legislativa o judicial del aborto. Así ha sucedido recientemente en
Brasil, en una nueva decisión en el marco de las políticas de maternidad,
cuando en diciembre de 2011 se incluyó la figura del nasciturus con derechos
(Correa, 2012)22. De este modo, el aborto participa inyectando una particular ansiedad política, y un tono «moralizante» y religioso a otros temas de la
agenda «de las mujeres».
Las formas de lo contencioso mutan influenciadas por lo que sucede
en otros campos, ajenos estrictamente a la política y al derecho. Tal es el caso
de la ciencia. Como lo han apuntado varias autoras (Petchesky, 1987; Pitch,
2003; Dickens y Cook, 2003), el uso de la ecografía tuvo un impacto simbólico en la disputa del aborto que ha sido aprovechado por grupos conservadores para moldear su argumento acerca de la personalidad del feto. La ciencia, de esta manera, viene a colaborar en la personificación del feto23. Los
que se oponen al aborto han utilizado la «visualización» de la vida prenatal
para interpelar las emociones más primarias de las personas, al tiempo que
construir la idea de que esa vida en gestación es independiente, invisibilizando a la mujer que la carga, sostiene y alimenta. Simultáneamente, esto ha
promovido estrategias legales en torno al reconocimiento jurídico de la personalidad al feto cuando sufre daños en el contexto de lesiones a una mujer
embarazada24.
Por otro lado, la ciencia ha habilitado el aborto con medicamentos.
Hoy, y desde hace ya varios años, drogas como el misoprostol y la mifepristone son usadas por las mujeres para realizarse un aborto seguro en los primeros meses de embarazo, sin necesidad de la mano médica. Esto está pasando, y no todas las leyes han sido adaptadas para receptar este cambio en
285
las prácticas. Como veremos más adelante, los modelos de despenalización
del aborto preservan la figura del médico como participante clave, pues en el
plafón de esas leyes subsiste la idea del aborto quirúrgico. Esto, además,
insinúa nuevos escenarios de disputa, tales como las agencias sanitarias que
tienen a cargo la aprobación de los medicamentos. Adicionalmente, las nuevas tecnologías reproductivas y los avances en el conocimiento médico han
permitido nuevas intervenciones sobre el cuerpo de las mujeres, por ejemplo,
las cirugías fetales. Por supuesto, esto trae a esa mujer embarazada en concreto una oportunidad de tener un bebé sano. Pero, desde otro punto de
vista, este tipo de intervenciones ha colaborado en la desestabilización de la
noción de viabilidad como límite para el aborto legal –estándar adoptado en
varios países– y como criterio para distinguir entre abortos moralmente correctos y legalmente permitidos25.
La vindicación por el aborto seguro y libre pone a las mujeres como las
protagonistas. El aborto apunta a gran parte de aquello que ha supuesto
límites, pero también libertades a las mujeres: cuerpo, reproducción, sexualidad, Estado, religión, familia. Es por esto que ha sido una pieza clave de los
movimientos de mujeres y feministas de las últimas décadas. Así como el
sufragismo y las olas feministas occidentales que le siguieron a mediados del
siglo XIX consideraron el derecho al voto indispensable para cualquier transformación (Valcárcel, 1997: 92), la llamada tercera ola feminista de los años
sesenta puso el acento en el aborto libre y seguro.
La construcción política del reclamo por el aborto se ha enlazado fuertemente con el derecho. De hecho, gran parte de la política de las mujeres en
materia de aborto ha girado en torno a batallas legales. El reclamo por el
cambio legislativo sobre aborto rememora aquella etapa en que el acento
estaba puesto en la sanción y reforma de leyes como medio para afirmar la
igualdad e incluirse como ciudadanas. Por supuesto, la entrada del derecho
al escenario –tal como veremos más adelante– no es indolora. Por otro lado,
las mujeres abortan, siempre han abortado, haya respaldo legal o prohibición. El acto de abortar en aquellos contextos jurídicamente restrictivos es
una forma de resistencia y de ejercicio de libertad. No obstante, sostener que
las mujeres abortan, más allá de lo que declare la ley, no debe trasladarnos a
una idea pre-política. La democracia, en tanto horizonte de lo posible (Valcárcel, 1997: 77), interpela a la vez que permite cuestionar públicamente
aquello que se dice o no se dice, y que tiene impacto simbólico y material
286
sobre el poder, las necesidades y subjetividades. Justamente, abortar o no
abortar es político en la medida en que habla no sólo de lo que las mujeres
«quieren», sino de aquello que «pueden», pues «la libertad no sólo requiere
un Yo-quiero sino un Yo-puedo que se instala en el espacio público» (Zerilli,
2008: 40 citando a Hannah Arendt). Y esto requiere, entre los primeros movimientos, traducir esas experiencias personales e íntimas en un hecho político.
De modo similar, durante la Ilustración se trabajó para que la división
del sexo, que reinaba en los ámbitos privados, se explicitara en el plano político como paso previo para cuestionarlo y modificarlo (Valcárcel, 1997: 57).
Posteriormente, el feminismo de los sesenta –y en algunos países de América
Latina también en los setenta–, con el lema «lo personal es político»26, viene
a ampliar los márgenes de lo político, sumando a los reclamos por el derecho
al voto, el derecho a la educación, el derecho al propio patrimonio, el derecho a igual remuneración por igual trabajo, todas demandas referidas al cuerpo y al ejercicio más profundo de la subjetividad (Valcárcel, 1997: 77).
Fue así como, en la acción colectiva, las feministas han resignificado la
interrupción voluntaria del embarazo como un derecho de las mujeres (Lamas, 2007). También han cuestionado la simbolización de la procreación
como un hecho natural o divino, «definiendo la maternidad no como destino,
sino como un trabajo de amor que, para ejercerse a plenitud, debe ser producto de una decisión voluntaria» (Lamas, 2007: 4). Toda esta interpelación
a las ideas sociales del cuerpo de las mujeres, sus usos reproductivos, la sexualidad femenina, la maternidad por parte de las propuestas y demandas de los
movimientos de mujeres y feministas, colaboran aun hoy a marcar «lo contencioso» en el asunto del aborto.
II. El derecho y el aborto
¿Qué significa legislar sobre el aborto?
Hablar de reforma legal del aborto, de legislaciones permisivas o prohibicionistas, de políticas públicas, es adherir a una especie de principio: que
el aborto esté normado y regulado por el derecho.
287
Legislar sobre el aborto es, en muchos sentidos, acabar con la libertad.
La regulación del aborto supone ingresar a un ámbito que, si hacemos el
esfuerzo, sentiríamos y pensaríamos como profundamente personal, al menos lo suficiente para evitar que el Estado determine su posibilidad más primaria, esto es, si continuar o no un embarazo. Cuándo decidimos tener sexo,
con quién, cómo, cuándo tener hijos, cuántos, no está regulado por ninguna
ley formal en gran parte del mundo. Y la mayoría de nosotras acordaríamos
que eso está bien, es lo correcto, lo normal, lo natural. Claro que para poder
ejercer esta libertad requerimos de condiciones habilitantes, como puede ser
la información y disponibilidad de métodos anticonceptivos. Y aquí es donde
podría moderarse la primera afirmación. Quizás, en ciertas circunstancias, el
derecho contribuye a ejercer la libertad y decidir, por ejemplo, si continuamos o no con un embarazo, al aprobar un medicamento o regular la cobertura de salud.
Cuando el derecho legisla sobre el aborto, está hablando, a través de
su discurso regulador, del cuerpo de las mujeres. La territorialización del cuerpo
de las mujeres es un hecho recurrente; violación, violencia física, abuso sexual,
penalización del aborto. Y el derecho ha participado en esto, tanto de modos
opresivos como protectorios. En este sentido, el cuerpo ha sido identificado
por muchas feministas como el espacio material y discursivo sobre el que el
derecho ha avanzado. El derecho, como lo plantea Pitch, «habla sólo de un
cuerpo, el femenino» (2003: 19), agregando que
El cuerpo masculino aparece solamente en tanto débil, enfermo o amenazado. El cuerpo masculino adulto y sano no está normado; porque él es la
nor ma, el estándar de referencia. Por ello es invisible, privado, propiedad
de quien lo habita, zona sobr e la cual el derecho no tiene acceso, ante
cuyos confines, la ley se detiene» (2003: 19).
Una diferencia entre mujeres y varones, hembras y machos, es la capacidad de procrear. Esta capacidad es un poder. Simultáneamente, este «poder» puede adquirir la forma de un peligro que acecha a las mujeres de distintas maneras. Pero antes está la sexualidad, pues no hay procreación sin sexualidad. La sexualidad de las mujeres ha sido narrada, en los distintos tiempos,
sociedades y culturas, como amenazante, inexistente, virginal o como objeto
del deseo masculino. No en pocas oportunidades se vislumbra que los juicios
sobre el aborto resultan en juicios morales sobre la conducta sexual de una
288
mujer y no sobre el estatus moral del feto. Esto se pone de manifiesto en las
encuestas de opinión pública. Por ejemplo, una encuesta realizada en Uruguay en 2001 evidencia que ante tres situaciones específicas, un alto porcentaje de respondentes son favorables al aborto: en caso de riesgo de vida de la
mujer, ante malformaciones graves fetales y cuando el embarazo es producto
de una violación; mientras que en dos situaciones la población es categórica
en el rechazo a la interrupción voluntaria del embarazo: por ser soltera la
mujer o porque la pareja se encuentra desavenida o acaba de separarse27.
Este patrón de respuestas se repite en varias de las encuestas de opinión
pública disponibles en América Latina28.
Que las mujeres poseen su sexualidad supone resistir a tratar el cuerpo
y la sexualidad de las mujeres como una mercancía. El aborto es, de este
modo, también una cuestión de sexualidad, y la criminalización del aborto
una forma de vigilar «el uso reproductivo» de las mujeres, por un lado, y
castigar su sexualidad, por otro. En consecuencia, cualquiera sea la regulación que se adopte sobre el aborto, el derecho en tanto discurso normativo
de la sociedad está arrojando y contribuyendo a construir una mirada sobre
la capacidad de las mujeres a tener sexo, a procrear, a tomar decisiones, a
responsabilizarse. Este es uno de los motivos por los cuales en los movimientos de mujeres alrededor del mundo se ha debatido el uso del derecho para
avanzar en el acceso a abortos seguros29. No obstante, en la actualidad prevalecen las opciones que aceptan y negocian la permanencia del aborto en el
código penal, mientras se pone a discusión y se reclama una mayor permisividad.
Desde el derecho, la cuestión del aborto se centra en la justificación
jurídica de quién debería tomar la decisión de la continuación o interrupción
del embarazo. Independientemente de las razones, una regulación prohibicionista está declarando que el Estado es quien decide: prohibido abortar.
Mientras que una legislación permisiva puede ofrecer distintas respuestas: la
mujer; la mujer y el médico; «depende en qué casos»; «según el tiempo de
gestación». Pero la delegación ya está hecha. El derecho, a través de sus
instituciones y actores cambiantes, pero estables, tiene la palabra. Claro que
de acuerdo al régimen que se establezca, el poder volverá menos o más, pero
siempre formateado, a las mujeres. Así, según el modelo de regulación que se
adopte, habrá un sistema de autorizaciones –en la trayectoria para acceder a
un aborto institucional– con distintos grados de deferencia a la voluntad de
289
las mujeres. En Suecia, por ejemplo, la potestad de la mujer está asentada
sobre una consecuente limitación del poder médico, mientras que en otros
países, como la Argentina, la obtención de un aborto legal está sometido al
escrutinio médico, quién certifica el «peligro para la salud», o en México un
funcionario judicial registra el delito de violación que habilita al aborto por
esa causal. También, la famosa sentencia Roe vs. Wade, por ejemplo, es descripta como una justificación centrada en el médico –doctor-focused–, y no
en la mujer –woman-focused– (Borgmann, 2009) 30.
Otro problema que trae consigo legislar sobre el aborto es que sus
normas tienden a ser sub-inclusivas o sobre-inclusivas. Como sostiene Borgmann (2009), una vez que el derecho marca la línea, asigna distintas respuestas a embarazos no queridos, dejando afuera casos de aborto que muchas de
nosotras consideraríamos moralmente permisibles –por ejemplo, una adolescente en un instituto de menores con un embarazo de 18 semanas– y avala
abortos que algunas reprocharíamos –por ejemplo, una mujer que decide
abortar porque teme engordar–.
La licitud del aborto está fijada por algún criterio. Como describiré en
una próxima sección, en general contamos con el criterio de los «casos/indicaciones» –por ejemplo, el peligro para la salud de la mujer embarazada, o el
feto con anencefalia– o de «plazos», esto es, el tiempo del embarazo. Cada
uno de estos criterios es el eje de los distintos modelos de regulación del
aborto. Todos comparten, al menos potencialmente, muchos de los riesgos o
dimensiones descriptas arriba, pero también tienen problemas específicos.
Así, se opina que el modelo de causales genera inseguridad jurídica y que
tiende a medicalizar aun más el acceso al aborto de las mujeres (Laurenzo
Copello, 2011). Mientras que el modelo de plazos es criticado por dejar afuera aquellas mujeres en situación de mayor vulnerabilidad (Pitch, 2003). En
relación a esto, uno de los inconvenientes que se observa en la regulación del
aborto es justamente su desfasaje respecto a los cambios en la práctica del
aborto. Como mencioné, en la actualidad muchas mujeres acceden a abortos utilizando medicamentos, sin necesidad de la participación activa de un
médico. Una amplia proporción de las leyes sobre el aborto fueron redactadas en un momento en que el aborto quirúrgico era la regla para acceder a
una interrupción del embarazo sin riesgos. Y en la actualidad los proyectos
legislativos insisten en un formato que reproduce ese antiguo escenario. La
mayoría de los países cuentan con estas normas de tipo «médicos solamente»
290
que se traducen en que el aborto sea un delito a menos que se realice por un
médico autorizado (Centro de Derechos Reproductivos, 2003)31 32.
Para argumentar, regular y reclamar distintos aspectos sobre el aborto
se utilizan los distintos dominios del derecho: el derecho penal, el derecho
administrativo, el derecho constitucional, el derecho a la seguridad social, los
derechos humanos (Cook, 2010). Así, el mayor dilema está puesto en el
derecho penal: criminalizar o no la práctica del aborto, a quién, cuándo, qué
excepciones. A esto se suman nuevos usos del derecho penal, como los proyectos de tipificar las lesiones fetales (Cook, 2010). El derecho constitucional
acompaña este debate, especialmente en lo que al comienzo de la vida y el
derecho a la vida se refiere. En este sentido, y de acuerdo al modelo de
modificación del texto constitucional de cada país, la apertura de los procesos de reforma constitucional ofrece una oportunidad para incorporar esta
disputa. Así ocurrió en la Argentina durante la convención constituyente de
199433. En países con regímenes más liberales, un foco de discusión especialmente fuerte es la cobertura de salud, lo que traslada parte de la disputa al
ámbito del derecho de la seguridad social y el derecho administrativo34.
Los derechos humanos, por su parte, se han instalado como el nuevo
encuadre argumental para empujar la discusión sobre el aborto en muchos
de los países del mundo. Tanto quienes defienden la penalización del aborto
como quienes la desafían, hacen uso de este registro discursivo. Esto resulta
evidente en América Latina35. En los últimos años, los derechos humanos
han sido moldeados para que intereses y situaciones que afectan concretamente a las mujeres como grupo sean tenidos en cuenta. Lentamente, los
organismos de derechos humanos internacionales y regionales han venido
reconociendo que el aborto seguro es un problema de salud pública y forma
parte de los derechos de las mujeres. Han llamado a los gobiernos a garantizar el acceso de las mujeres a servicios de salud materna y la abolición de las
prácticas sociales que afectan negativamente la salud de las mujeres (Zampas
y Guer, 2011). Además, han reconocido el derecho al aborto en ciertas circunstancias, refiriendo a una serie de derechos humanos, como el derecho a
la vida, a la salud, a la integridad física, a la igualdad, a la libertad religiosa, al
acceso a la información y progreso científico, la privacidad, a estar libre de
torturas y penas crueles, inhumanas y degradantes (Zampas y Guer, 2011).
Si bien la justificación a favor de la legalidad del aborto, así como el
encuadre argumental utilizado en los procesos de reforma legal, no definen
291
en sí mismos el acceso que en la práctica tendrán las mujeres, pueden ser
utilizados en los posteriores procesos de cambio legal tanto para resistir como
para promover estrategias de ampliación del acceso al derecho al aborto36.
Las opciones regulativas del aborto37
En el derecho comparado hay tres grandes opciones para el tratamiento del aborto voluntario. La penalización absoluta, la despenalización y la
legalización. La primera criminaliza la práctica sin admitir excepciones, al
menos en su régimen principal –posturas prohibicionistas– 38. La despenalización, por su parte, supone extraer el aborto voluntario del derecho penal en
todo. Puede despenalizarse, por ejemplo, a la mujer en cualquier caso, a los
abortos realizados en un plazo del embarazo, en ciertos casos, o puede tomarse la decisión de eliminar al aborto del código penal, manteniendo aquel
que se realiza sin el consentimiento de la mujer embarazada. La despenalización, a su vez, puede acompañarse de normas reguladoras del acceso del
aborto. Finalmente, la legalización habilita el aborto en ciertas circunstancias
y/o exigiendo ciertos requisitos, definiéndolo en ese ámbito como un derecho y, por lo tanto, haciendo exigible una serie de condiciones habilitantes –
no obstaculización, medicamentos e instituciones proveedoras, condiciones
que a su vez están previstas en las normas–. La legalización puede convivir
con la despenalización parcial del aborto, esto es, se despenaliza y legaliza el
aborto por causa de violación o en las primeras semanas del embarazo, pero
se mantiene el delito de aborto para el resto de las situaciones.
La mayoría de los países contemplan el aborto en la legislación penal
–salvo excepciones como Benin 39 y Canadá40–. La diferencia radica en las
circunstancias, los sujetos activos y el alcance de la tipificación. En relación a
los modelos de regulación está, por un lado, el esquema que contiene supuestos específicos en los que el aborto está permitido –modelo de indicaciones/causales– y, por el otro, aquel que establece un plazo durante el cual la
mujer embarazada puede solicitar la interrupción del embarazo sin necesidad de alegar o hallarse en una situación determinada –modelo de plazos–.
Esta última alternativa en general deviene mixta al incorporar, para los períodos más avanzados del embarazo, causales de despenalización específicas41.
Según la técnica legislativa, en algunos regímenes –penales– se reco-
292
noce directamente el conflicto entre la mujer y la vida intrauterina, y se ponderan los intereses en juego, mientras que en otras se utiliza el criterio de
inexigibilidad de conductas, sin aplicar, al menos directamente, el criterio de
la ponderación. Asimismo, tanto en el modelo de indicaciones como en el de
plazos, conviven elementos de despenalización y legalización. El primer modelo se aparta de la penalización en ciertas situaciones, las que no son necesariamente tratadas como habilitadoras de derecho, pero sí sometidas a una
reglamentación que fija las condiciones de acceso. La definición de los abortos permitidos como derechos de las mujeres, así como generadores de obligaciones del Estado y los servicios de salud, está vinculada al sistema de
salud, a la tradición jurídica y al marco de servicios/derechos sociales de
cada país42.
Los regímenes legales sobre el aborto son variados, pero en términos
generales, además de los criterios recién descriptos, un criterio clasificador es
el grado de poder y participación otorgada a los médicos, a terceras personas
vinculadas a las mujeres, a las instancias hospitalarias o judiciales, sumado al
tratamiento dado a las adolescentes. Casi todos los ordenamientos jurídicos
legitiman el rol de las profesionales de la salud, especialmente de los médicos. Esto, como comenté, ha traído una serie de inconvenientes y discusiones. En ocasiones ese sistema de autorizaciones y requisitos –el aval de un
comité interdisciplinario, el consentimiento de la pareja, el tiempo de espera
obligatorio, entre otros– que la mujer debe atravesar en un servicio de salud
para practicarse un aborto, adquiere la forma de barreras de acceso que
producen mutaciones fácticas del modelo de aborto previsto en la norma
base (Ramón Michel, 2011b).
El mapa del mundo y la situación legal de América Latina
Entre 1995 y 2007, 17 países43 han liberalizado sus regímenes legales,
mientras que sólo unos pocos los han restringido44. Es así que actualmente el
aborto está permitido –en el derecho, en los libros– en 70 países, lo que
representa el 60% de la población mundial (Marie Stopes International e
Ipas, 2009). Respecto a esto, también cabe señalar que el mapa mundial
muestra que en los países desarrollados predomina el modelo de plazos o
mixto, mientras que en los países en desarrollo o no desarrollados aun se
conserva la tendencia a modelos menos flexibles.
293
A continuación me detengo de modo breve en el panorama jurídico
del aborto en América Latina.
Marco Jurídico sobre aborto legal en América Latina 45
PAÍS 46
ESQUEMA LEGAL
CAUSALES/PLAZOS
DE LA
DESPENALIZACIÓN 47
REQUISITOS48
PENALIZACIÓN DE
LA MUJER POR
ABORTO ILEGAL49
ARGENTINA
CAUSALES
Cod. Penal (art. 86) –
1921
· vida
· salud50
· violación51
· atentado al pudor de
mujer con discapacidad
· si no puede ser evitado
por otros medios
· un médico
1-4 añosCod. Penal
(ar t. 88)
BAHAMAS
CAUSALES52
Cod. Penal (art. 334) –
1924
· vida
· salud física53
· buena fe
Hasta 10 añosCod.
Penal (ar t. 315)
BOLIVIA
CAUSALES
Cod. Penal (art. 266) 1972
· vida
· salud física
· salud psíquica
· violación
· estupro
· incesto
· rapto no seguido de
matrimonio
· un médico
· autorización judicial
· denuncia por violación
· iniciación de la acción
penal 54
· si no puede ser evitado
por otros medios
1-3 añosCod. Penal
(ar t. 263)
BRASIL
CAUSALES
Cod. Penal (art. 128) –
1940
· vida
· violación
· estupro
· si no puede ser evitado
por otros medios
1-3 años
Cod. Penal
CHILE
PENALIZACIÓN
ABSOLUTA
Cod. Penal55 -187456
COLOMBIA
CAUSALES
sentencia C-355 Cor te
Constitucional – 2006
–
–
· vida
· un médico
· salud
· denuncia
· grave malfor mación
fetal incompatible con la
vida
· violación o acto sexual
no consentido
· incesto
· inseminación artificial
o transferencia de
óvulos no consentidas
Presidio menor en su
grado
máximo 57atenuantes58:
honor(art. 344)
1-3 años
atenuantes: violación o
acto sexual no
consentido,
inseminación artificial
o transferencia de
óvulo fecundado no
consentidas
eximición de pena:
cuando se realice el
aborto en
extraordinarias
condiciones anor males
de motivación, el
funcionario judicial
podrá prescindir de la
pena
Cod. Penal (art. 122 y
124) – 1980
COSTA RIC A
294
CAUSALES59
Cod. Penal (art. 121) 1970
· vida
· salud
· un médico (u obstétrica
excepcionalmente)
· si no puede ser evitado
por otros medios
1-3 años
atenuantes: aborto
antes de los 6 meses60;
honor
Cod. Penal (art. 119)
PAÍS
ESQUEMA LEGAL CAUSALES/PLAZOS
DE LA
DESPENALIZACIÓN
REQUISITOS
PENALIZACIÓN DE
LA MUJER POR
ABORTO ILEGAL
CUBA
PLAZOS
Ley sanitaria - 1965
· 10 primeras semanas
de embarazo
· un médico
· realizado en un
centro sanitario oficial
· después de las 12
semanas se requiere
autorización de las
autoridades sanitarias
· permiso parental para
menores de 16 años
ECUADOR
CAUSALES
· vida
· salud
· violación
· estupro de mujer con
discapacidad mental
· si no puede ser evitado
por otros medios
· un médico
–
–
· 10 primeras semanas·
salud
· malformaciones fetales
· grave (salud)
· malformación incurable
· 2 médicos
· período de espera
6 meses-2 años
ysanción económica
· vida
· dos médicos
· si no puede ser evitado
por otros medios
1-3 añosa
tenuantes: alteración
psíquica
Cod. Penal (art. 134)
Cod. Penal (art. 447) –
1971
EL SALVADOR
GUAYANA
FRANCESA 63
PENALIZACIÓN
ABSOLUTA
Cod. Penal - 199762
PLAZOS Y
CAUSALES
Ley 75-17 francesa 1979
GUATEMALA
CAUSALES
Cod. Penal (art. 137) 1973
GUYANA
PLAZOS Y
CAUSALES
Medical termination of
pregnancy act(art.
6)1995
———61
1-5añosa
tenuantes: honor
Cod. Penal (art. 444)
· entre 8 hasta las 12 · gravedad del daño a la
semanas
salud
· vida
· institución sanitaria
· salud física
habilitada
· salud psíquica
· un médico
2-8años
Cod. Penal (art. 133)
ley 75-17 francesa 1979
———64
HAITÍ
PENALIZACIÓN
ABSOLUTA65
Cod. Penal - 1826
–
–
Sin especificación
Cod. Penal (art. 262)
HONDURAS
PENALIZACIÓN
ABSOLUTA66
–
–
1-6 añosCod. Penal
(art. 128) – 1997
JAMAICA
CAUSALES
Jurisprudencia67- 1938
MÉXICO (Estados
mexicanos, salvo D.F.)
CAUSALES69
Cod. Penales
MÉXICO (D.F.)
PLAZOS
Cod. Penal (art. 148) 2007
NICARAGUA
PENALIZACIÓN
ABSOLUTA73
Cod. Penal - 200774
PARAGUAY
70
CAUSALES
Cod. Penal (art. 109
inc. 4) - 200875
· vida
· salud
· física
· sin especificación
Prisión perpetua
Ley de crímenes contra
las personas68 (art. 72)
Las penas oscilan entre
6 meses y 3 años
aprox.
· violación71
· vida
· aborto imprudencial72
· violación
· inseminación artificial
· salud
· feto con malformaciones
· grave
·un médico con dictamen de otro médico
–
–
3-6 meses o 100-300
días de trabajo a favor
de la comunidad
Cod. Penal (art. 145)
1-2 años
Cod. Penal (art. 143)
· vida76
· según conocimientos
médicos
· un médico
Hasta 2 años
Cod. Penal (art. 109
inc. 3)
295
PAÍS
PANAMÁ
ESQUEMA LEGAL
CAUSALES/PLAZOS
DE LA
DESPENALIZACIÓN
CAUSALES
Cod. Penal (art. 142) 2007
·
·
·
·
PERÚ
CAUSALES
Cod. Penal (art.119) 1924
PUERTO RICO
PLAZOS Y
CAUSALES78
Sentencia Roe vs.
Wade - (1973)
vida de la mujer
vida del feto
salud física77
violación
REQUISITOS
PENALIZACIÓN DE
LA MUJER POR
ABORTO ILEGAL
· grave
· comité interdisciplinario
· instrucción sumarial
(violación)
· dentro de los dos
primeros meses (violación)
1-3 años
· vida
· salud
· único medio
· daño grave y permanente
Hasta 2 años y trabajo
comunitario
Cod. Penal (art.114) –
1991
· primer trimestre del
embarazo79
· vida
· salud física
· salud mental
· hasta la viabilidad del
feto
· un médico (causales)
6 meses-3 años
Cod. Penal (art. 139)
Cod. Penal (art. 112) –
2004
REPÚBLICA
DOMINICANA
PENALIZACIÓN
ABSOLUTA80
Cod. Penal - 1948
–
–
Prisión (duración sin
deter minar)
Cod. Penal (art. 317)
SURINAM
PENALIZACIÓN
ABSOLUTA81
–
–
Hasta 3 años
URUGUAY
CAUSALES
Cod. Penal (art. 328) 1938
VENEZUELA
CAUSALES
Cod. Penal (art. 433) 191582
· salud
· violación
· razones económicas
· peligro grave (salud)
3-9 meses
· dentro de los 3 primeros meses (salvo peligro Atenuantes: el honor
para la salud)
· un médico
Cod. Penal (art. 325)
· la eximición de la pena
es una facultad del juez
· vida
· decisión del médico
6 meses-2 años
Cod. Penal (art. 430)
A partir de los datos reseñados en la tabla surgen una serie de consideraciones83. Una amplia porción de la región presenta un grado de permisividad moderado en el texto legal, bajo el esquema de causales. República
Dominicana, Haití, Honduras, Surinam, Chile, El Salvador, y Nicaragua prohíben el aborto, sin excepciones, mientras que Cuba, Guyana, Guayana Francesa, Puerto Rico y el Distrito Federal –D.F.– de México adoptan el modelo
de plazos-mixto. Es decir, de los 27 países84 considerados, el 26% aún mantiene la opción más restrictiva, el 19% el modelo más permisivo, mientras
que la amplia mayoría, 55%, acogen el de indicaciones.
De acuerdo a las fechas consignadas, América Latina es una región
con una legislación de aborto de más de medio siglo de existencia, que responde a la ola de codificación de fines del siglo XX y principios del XXI. En
especial, son los códigos sancionados entrado el siglo XX –o reformas– los
296
que incluyeron supuestos de permisión85. Respecto a la casuista habilitadora,
Guatemala, Paraguay y Venezuela presentan, dentro del grupo de países con
modelos de indicaciones, los grados de permisividad más bajos, admitiendo
única y explícitamente86 el peligro para la vida como causal despenalizadora.
Tan solo Uruguay prevé las razones económicas. En la mayoría no se especifica el alcance de la causal «salud»87. Esto se debe, en parte, a que fueron
sancionadas cuando aún no estaba incorporada la salud en términos integrales. Tan sólo Panamá y Bahamas, dentro de este grupo, limitan la causal a
salud física, mientras que Colombia y Guayana –con reformas recientes–
definen la salud en sus aspectos físicos, psíquicos y sociales. Cuando se prevén atenuantes específicas para el tipo penal, son por motivo de honor, manteniendo de esta forma una justificación sexista.
Hay una serie de datos comunes a las legislaciones que siguen el esquema de causales. La figura del médico aparece como ineludible, salvo
excepciones en la que se reconoce la opción de abortos con medicamentos.
En promedio, se establece una pena para las mujeres que abortan, de 9 meses a 3 años y 6 meses, diferenciándose de este modo de los delitos para la
vida considerados más importantes, como el homicidio. Uruguay posee la
pena para la mujer más baja, mientras que Bahamas y El Salvador las más
altas. La mayoría incorpora la figura penal del aborto en el título de delitos
contra la vida88.
No todos los países con el modelo de plazos despenalizan el aborto en
cualquier circunstancia, como es el caso de, por ejemplo, Guayana Francesa,
Puerto Rico y el D.F. de México89. Sí lo hacen, en cambio, Cuba y Guyana.
Los Estados que adoptaron el modelo de plazos tienen un estatus político
concreto, como Puerto Rico, Guyana y Guayana Francesa 90, o poseen una
política económica social fuerte, estructurada bajo un régimen y trayectoria
comunista/socialista, como en Cuba. Sólo el D.F. de México, con su nuevo
régimen de plazos, responde a acciones y reclamos directos de la sociedad
civil. Cabe recordar la experiencia uruguaya en la que se arribó a una ley de
plazos frustrada por el veto del poder ejecutivo. Es decir, en el derecho comparado latinoamericano, las normas más permisivas no se deben, a excepción del D.F. de México –que a su vez forma parte del único país confederado
de América Latina–, a la conquista de organizaciones de la sociedad civil,
sino a formas de gobierno y estatus político que determinan que estos países
adopten legislaciones más liberales.
297
Otro dato que surge de la tabla es que, si bien ha existido producción
legal y reformas, gran parte se han dado a nivel reglamentario, y no como
modificación directa del régimen principal del aborto. Las reformas directas
se dieron en el D.F. de México y Colombia. El primero no es un país, sino una
circunscripción, y el segundo obtuvo la reforma a través de la Corte constitucional. Del otro lado, El Salvador, Honduras y Nicaragua clausuraron el régimen de despenalización91.
Por otra parte, se han dictado sentencias que han marcado líneas jurisprudenciales, pero carentes de sistematicidad y consistencia, o no han sido
dictadas por los tribunales superiores92 93. Asimismo, cabe anotar que la mayoría de las reformas constitucionales del último tiempo resultan a favor de
una liberalización del tratamiento legal del aborto, al haberse incluido los
tratados de derechos humanos, cláusulas de igualdad entre varones y mujeres, el derecho a la salud integral, entre otras previsiones. No obstante, los
procesos de reforma constitucional son también un momento de reflujo político en el que han surgido acciones tendientes a introducir artículos sobre la
protección jurídica debida a la vida intrauterina (Ramón Michel, 2011a).
III. La justificación de la despenalización del aborto
En algún punto, la argumentación jurídica sobre el aborto nos enfrenta
a la justificación de las normas y de cuánto de la reflexión moral, de las
consecuencias que generan las normas y de los acuerdos sociales y políticos
forman su trama (Ortiz Millán, 2009).
Hay argumentos que son parte del repertorio estable, mientras que
otros son construcciones que, tomando razonamientos morales y sustentos
jurídicos, se adaptan al entorno, en un intento no sólo estratégico sino, creo
yo, orientado a demostrar que las intuiciones morales y los acuerdos políticos
y morales que una comunidad política comparte o se ha comprometido a
defender, avalan ya sea la liberalización del aborto o su penalización. Así
también, hay discursos más cercanos a la acción que se acomodan a determinadas audiencias, marcos jurídicos u oportunidades políticas. Por otro lado,
si bien casi la totalidad de los argumentos que circulan en la actualidad tienen
apoyo en los ordenamientos jurídicos domésticos, los actores nacionales tienen posibilidades disímiles de utilizar estos argumentos. Esto es así pues el
298
espacio argumental está influenciado por variados factores, como la morfología de las constituciones, la modalidad de recepción de los tratados de
derechos humanos en los ordenamientos jurídicos, o la existencia de otras
disposiciones legales vinculadas a la reproducción y a la sexualidad, algunas
de ellas sinérgicas, tales como el reconocimiento expreso de los derechos
sexuales y reproductivos, y otras obstaculizadoras, como el establecimiento
del derecho a la vida intrauterina94 y las impugnaciones a la anticoncepción
hormonal de emergencia 95, la cultura legal, la fuerza de ciertos discursos jurídicos, la permeabilidad de las agencias estatales a los reclamos de la sociedad, o las variaciones en el uso del lenguaje de los derechos por parte de
grupos vinculados con el aborto, entre otros96 (Ramón Michel, 2011a). Dentro de este marco, un elemento común en América Latina es la adopción de
los instrumentos de derechos humanos en el ordenamiento doméstico97. Esto
no sólo ha abierto nuevos registros discursivos y demandas políticas, sociales
y legales, sino que ha habilitado las instancias internacionales de reclamo y
promovido el trabajo conjunto de organizaciones de mujeres a nivel regional
y con organizaciones de derechos humanos 98.
El debate público sobre el aborto incluye al menos dos cuestiones 99: la
moralidad del aborto y el tipo de respuestas institucionales –sea a través de la
sanción de normas, políticas públicas, etc.– que debe dársele 100. Esta segunda dimensión incluye su tratamiento legal. Otra separación de los argumentos sobre el aborto es entre aquellos sostenidos por las posiciones prohibicionistas y los defendidos por quienes adhieren a la permisibilidad legal del
aborto. Las primeras colapsan la distinción entre la moralidad del aborto y la
política institucional, señalando que el aborto es inmoral y por tanto debe
estar prohibido, proponiendo en general el uso de la herramienta penal. Parten de una noción de la vida intrauterina equiparada a una persona, instando
a que esto sea reconocido legalmente, quedando el aborto tabulado como, al
menos, un proto-homicidio. Es decir, esta posición asimila la consideración
(in)moral del aborto con la justificación de su criminalización como reacción
estatal.
Del lado de las posturas permisivas, no hay una única posición respecto al valor moral de la vida y su reconocimiento legal. Así, están quienes
separan la pregunta en torno a la moralidad del aborto y el régimen legal,
abogando por la liberalización de las normas sobre aborto, pero dispuestos a
aceptar que la vida prenatal tenga un estatus moral relevante y que, even299
tualmente, se le reconozca alguna entidad legal. Están también aquellos que
rechazan que la «vida desde la concepción» tenga un valor moral determinado y que el derecho deba certificar legalmente este «hecho moral». Los primeros de este grupo tienden a considerar que la pregunta moral sobre el
aborto –concretamente en torno a la vida en gestación– es indeterminada en
el ámbito público, ya sea porque que no se puede o no se debe tratar de
arribar a una respuesta. En general, sostienen que la moralidad del aborto y
el estatus del embrión/feto es una cuestión moral personal. Esta es la actitud
adoptada por muchos liberales, y la de la Corte Suprema de Estados Unidos
desde 1973. Blackmun, juez de ese tribunal, en su voto en el caso Roe vs.
Wade ilustra esta postura cuando expresa que «En el corazón de la libertad
está el derecho a definir el propio concepto de lo que significa la existencia, el
sentido, del universo y el misterio de la vida humana. Las creencias acerca de
estos asuntos no podrían definir los atributos de la personalidad cuando estos se forman bajo la compulsión del Estado» (Borgmann, 2009: 569)101.
También, en defensa de esta línea, se arguye que el derecho nunca podrá
capturar de modo suficiente y adecuado las concepciones de vida y maternidad, y por tanto, tampoco podrá definir legalmente cuándo un aborto concreto es moralmente correcto (Borgmann, 2009).
Hay quienes no están conformes con esta forma de abordar el tema,
pese a acordar con la justificación de la liberalización del aborto. Se critica
que la posición que elude la discusión sobre el estatus moral de la vida embrionaria termina por fallar en su defensa al derecho al aborto, pues en incapaz de señalar el hecho que las mujeres suelen tomar la decisión de interrumpir un embarazo por buenas razones morales. Sobre esto, Borgmann (2009)
considera que al dejarse de lado el asunto moral del aborto y la personalidad
embrionaria/fetal, se pierde la oportunidad de remarcar el papel vital que la
autonomía junto con la dignidad de la mujer deben desempeñar en el debate, alimentando la percepción del aborto como una opción moralmente cuestionable. Quienes entonces avanzan en la discusión, examinando el valor
moral de la vida en gestación tienden a recurrir a la idea de gradualidad, y a
cómo el derecho puede reflejar esto a través de la permisibilidad legal del
aborto en las primeras semanas de embarazo para luego restringirlo a medida que el feto adquiere mayor importancia moral en el ejercicio de la ponderación de los intereses y derechos en juego. Finalmente, está el grupo a favor
de la liberalización de las normas sobre aborto que afirma que el derecho de
300
las mujeres al aborto no depende del estatus moral y legal que se le asigne a
la vida intrauterina. El artículo de Judith Jarvis Thomson (1971), «In Defense
of Abortion», es precursor de esta postura. La autora apoya su razonamiento
en las cargas del embarazo y en lo que se conoce como el argumento de la
defensa propia, que luego repasaré brevemente.
En cualquier caso, quienes defienden la flexibilización de la legislación
sobre aborto, coinciden en analizar que de la existencia de la vida prenatal no
se deduce automáticamente la obligación moral ni jurídica de continuar un
embarazo en contra de la voluntad de la mujer102 .
En lo que sigue de esta sección, presento argumentos a favor de la
permisibilidad legal del aborto. Estos pueden tener un sustento claro en un
derecho o más, mientras que otros son construcciones más complejas que si
bien tienen respaldo legal, su armazón es un entramado de razonamientos
jurídicos, morales y políticos más denso103.
Las personas que promueven la prohibición legal del aborto basan su
posición en la equivalencia entre la vida intrauterina y un bebé o un niño, en
su versión más fuerte104, mientras que otras arguyen que la vida humana
tiene un valor intrínseco absoluto105. Consecuentemente, el aborto sería inmoral. Lo que distinguiría, en este razonamiento, la vida en gestación de un
bebé nacido sería su ubicación física y una cuestión temporal. En el plano
jurídico, defensores de esta postura reclaman que esa vida intrauterina merece reconocimiento como persona, y que el aborto viola el derecho a la vida
del que es portador el embrión/feto, por lo que debería estar prohibido. Es
decir, se desplaza cualquier posibilidad de conflicto con otros derechos o
intereses.
El hecho de que un embrión/feto sea vida –biológica– humana no responde de modo definitivo la pregunta sobre la permisibilidad/prohibición
legal del aborto106. Incluso, se podría argumentar que el intento de mostrar
una foto estática de la vida intrauterina, marcando su estado de «persona»
desde la concepción, no responde siquiera a lo más básico que se conoce
sobre el proceso de la gestación. Sólo a modo de ejemplo, se sabe que a
partir de la fecundación el cigoto en tanto célula puede convertirse en otras
formas celulares o pasar al estado de embrión. Esas «otras formas celulares»
incluyen una mola hidatidiforme o a un coriocarcinoma, enfermedades malignas frecuentemente mortales para la mujer (Coco, ArribeÌre y Nicholson,
2005). No sólo el proceso de la gestación es complejo, ya que según el mo301
mento se puede estar frente a una célula básica, a un tumor, o a un feto, sino
que también la idea de que la vida intrauterina es equivalente a una persona,
o que no hay diferencias a lo largo de su desarrollo, es contraintuitivo. Farrell
nos presenta un ejemplo bastante claro:
Abandonemos por un instante el caso del abor to y supongamos que una
mujer pierde un embarazo de un mes107. Se trata de un suceso triste, sin
duda, pero que no alcanza a la categoría de dramático. Si ella pierde un
embarazo de seis meses y medio, el dolor es más grande, pero el drama
todavía está ausente (estoy imaginando, desde luego, que la mujer puede
quedar nuevamente embarazada sin problemas). Si pierde un hijo de un
año estamos ya en pr esencia de un drama, lo que muestra que, en sus
comienzos, la vida humana incrementa su valor con el paso del tiempo»
(2011: 388).
Quisiera sumar otro ejercicio de reflexión. Harris (2008) presenta el
caso de un hospital que se está incendiando, y para el rescate se deben asignar prioridades. El hospital atiende a pacientes de todas las edades, incluyendo mujeres embarazadas, pero hay también otras formas de vida. Hay médicas, enfermeros y parteras. El hospital además tiene un laboratorio de reproducción asistida, por lo que hay embriones, espermatozoides y óvulos en
abundancia, congelados. Además, como se trata de un hospital universitario
dedicado a la investigación, hay un laboratorio con animales, plantas de
marihuana, bacterias y virus de todo tipo y, por supuesto, muchos otros seres
vivos. ¿Qué debemos hacer? El rescate tiene que ser por orden, con prioridades. Harris asume que acordaríamos en rescatar a los pacientes antes que a
los virus y bacterias. Pero es necesario realizar más distinciones. Y para hacer
esto, incluso para pensar en ello, hay que tener alguna visión, intuición, sobre
el valor de la vida. Regresemos al incendio. ¿Las mujeres embarazadas en las
salas de maternidad cuentan por dos? ¿Si están embarazadas con sextillizos,
cuentan por siete? ¿Tenemos que rescatar a ésta última primero o darles a
todas las mujeres embarazadas la misma prioridad? Se podría agregar: ¿cuenta
más que una mujer con un embarazo quíntuple, que seis bebés recién nacidos? Siguiendo con el ejercicio de Harris, podríamos preguntarnos qué sucede con los embriones congelados. ¿Tienen prioridad sobre los ancianos internados, sobre los monos y perros, sobre las personas con enfermedades terminales?
302
Si esa vida en gestación es moralmente significativa, incluso antes de
su nacimiento, pero no tiene el mismo valor que una persona, la respuesta es
mucho menos cierta, y por ende ya no hay un razonamiento moralmente
blindado, una razón inderrotable para negar el derecho al aborto a una mujer
(Dworkin, 1994). Un hecho biológico no es suficiente para definir una valoración moral, ni tampoco el otorgamiento de derechos, su alcance, condiciones y límites. Se puede rechazar la idea de que el embrión o el feto es una
persona e igualmente estar dispuestos a valorar esa vida, así como podemos
aceptar que la vida humana tiene un valor en sí mismo, pero no traducir esto
en una prohibición del aborto108. Y nada de esto significa, necesariamente,
asumir una separación entre la pregunta moral en torno al valor de la vida
intrauterina y la pregunta sobre los medios –legales– para su protección.
Si un embrión o un feto es una persona, el aborto es un asesinato y
debe estar prohibido, o al menos, sólo estar sometido a las mismas excusas
absolutorias que otro homicidio. Pero en ese caso, tal como sucede en la
legítima defensa, no podríamos reclamar la participación de un médico (Dworkin, 1994). Declarar que la vida prenatal tiene un valor absoluto supone no
sólo igualar blastocitos, embriones y fetos con las personas, sino también
aceptar una serie de consecuencias morales. Dado que el asesinato está prohibido, si los embriones fueran reconocidos como personas deberíamos estar
dispuestas a cambiar nuestras leyes penales, que en el mundo mantienen
una distinción entre el aborto y el homicidio. Incluso, deberíamos estar dispuestos a investigar penalmente por el «delito de homicidio» a todas las mujeres y varones que recurren a la fertilización in vitro, por ejemplo, dadas las
posibilidades de manipulación y descarte de embriones. Tampoco podríamos justificar un aborto en caso de violación. Como sabemos, hay quienes
consideran que es moralmente correcto y que el Estado debería respaldar
legalmente el aborto en caso de violación, aunque rechazan otros tipos de
abortos. Esto puede significar, básicamente, dos posiciones: o no valoramos
a la vida intrauterina de modo absoluto –o independiente de su estadio, esto
es, tres semanas de gestación, tres meses, o seis meses– y estamos dispuestas
a valorar y ponderar lo que está en juego también para la mujer que sufrió
una violación, o –una versión menos cómoda de aceptar– quienes se oponen
al aborto no basan su rechazo tanto en la valoración del embrión/feto, sino
ideas, prejuicios y opiniones menos defendibles, vinculadas a la sexualidad y
la capacidad de decisión de las mujeres109 .
303
En este punto sería importante relevar y definir si
el intento en la protección de la vida en potencia sólo se hace valer en
contra de las mujeres que resisten los roles sexuales y de maternidad impuestos por la costumbr e, o si la comunidad actúa consistentemente para
proteger la vida en potencia en otros contextos, y está preparada para
apoyar a esas mujer es a quienes presionará para dar a luz (Siegel, 2010b:
53).
En definitiva, se puede tener la intuición o la convicción que debería
evitarse la destrucción de la vida en gestación. Pero eso inaugura una serie de
preguntas: ¿eso significa que consideramos cualquier aborto moralmente incorrecto? Luego, ¿cómo estamos dispuestos a proteger esa vida? –Medios–
¿Por medio de la penalización de las mujeres? ¿A costo de qué se está protegiendo esa vida? –Costos y otros derechos e intereses en juego–. La pregunta
segunda refiere al tipo, los medios y el alcance de la protección que se le debe
otorgar institucionalmente al valor de la vida prenatal. Ese valor puede traducirse jurídicamente en un principio, un derecho, un interés, un bien jurídico,
de acuerdo a los sistemas legales vigentes110. En el caso argentino, como
apunta Bergallo (2010a), la Constitución no tiene referencias explícitas a un
valor, interés o derecho a la vida, sino que se lo considera un derecho implícito del artículo 33, mientras que las referencias a «la persona» en el texto
constitucional asume en todos los casos una persona nacida111.
Por su parte, el artículo 4.1 de la Convención Americana de Derechos
Humanos –incorporada a nuestro plexo constitucional y al resto de América
Latina– establece que «Toda persona tiene derecho a que se respete su vida.
Este derecho estará protegido por la ley y, en general, a partir del momento
de la concepción…». Se ha argumentado que esta disposición sería el sustento legal para darle al embrión/feto un estatus constitucional equivalente al de
una persona que goza del derecho a la vida, y por lo tanto penalizar el aborto. Sobre esto, la Comisión Interamericana tuvo la oportunidad de expedirse,
quien conjuntamente con la Corte Interamericana, son los organismos encargados de vigilar e interpretar el contenido de la Convención112. En el caso
Baby Boy vs. Estados Unidos 113, la Comisión declaró que la expresión «en
general» del artículo 4.1 fue incluida justamente para que los países no tuvieran que modificar su legislación sobre el aborto (Faerman, 2008; Filippini,
2011)114. Cabe apuntar también que en marzo de 2011, durante la audiencia
304
sobre los Derechos Reproductivos de las Mujeres en Latinoamérica y el Caribe, la Comisión realizó un pronunciamiento en el que recomendó que los
Estados eliminen la sanción penal de la interrupción del embarazo para garantizar el derecho a la salud de las mujeres, enmarcándolo como una cuestión de derechos humanos. A esto se suman las recomendaciones y casos
trabajados por este mismo organismo, en los que informa su preocupación
por la criminalización del aborto y su impacto en las mujeres115.
Respecto a la Convención de los Derechos del Niño, el artículo 1 prevé
que «Para los efectos de la presente Convención, se entiende por niño todo
ser humano menor de dieciocho años de edad, salvo que, en virtud de la ley
que le sea aplicable, haya alcanzado antes la mayoría de edad». Es decir, este
instrumento de derechos humanos nada dice sobre el comienzo de la vida y
su reconocimiento legal. La discusión se instala en la Argentina debido a que
el Ejecutivo en el acto de ratificación del tratado realizó una «declaración
interpretativa» indicando que «Con relación al art. 1 de la Convención sobre
los Derechos del Niño, la República Argentina declara que el mismo debe
interpretarse en el sentido que se entiende por niño todo ser humano desde
el momento de su concepción y hasta los 18 años de edad»116. Lo primero
que hay que señalar es que en materia de derecho internacional, la declaración interpretativa no tiene el mismo carácter que una reserva. Esta última
tiene como objetivo excluir una norma u otorgarle un efecto distinto del texto
convencional que regirá en ese país, es decir, supone un cambio en la aplicación interna de ese tratado (Bazán, 2000), mientras que la declaración es un
acto unilateral con menos consecuencias jurídicas, destinado a marcar la interpretación de una o más disposiciones del tratado internacional, que no
modifica ni excluye la aplicación de las cláusulas del tratado (Bazán, 2000).
En segundo lugar, y según la distinción señalada, la declaración interpretativa debe ser armonizada con el resto de la legislación nacional e internacional
vigente en un Estado. Asimismo, de acuerdo al principio general de la interpretación de buena fe de la Convención de Viena sobre los Tratados, las
declaraciones y reservas deben ser interpretadas en forma restrictiva, entendiendo que éstas no pueden servir como fundamento para decretar la inconstitucionalidad de normas jurídicas que resulten válidas de acuerdo con
una interpretación sistemática del derecho vigente 117. Las declaraciones y
reservas no hacen parte del cuerpo del tratado. Consecuentemente, en los
casos de antinomia entre el instrumento internacional y una norma interna, si
305
la declaración no aclara el sentido de una norma sino que, por el contrario,
es inconsistente con el resto del ordenamiento jurídico, la reserva o declaración se debe dejar de lado (Ariza y Ramón Michel, 2010). A esto hay que
agregar que, tal como se mencionó respecto de la Convención Interamericana, en la Argentina los tratados de derechos humanos con estatus constitucional deben interpretarse conforme a sus órganos de aplicación. De este
modo, cabe traer a colación una de las tantas recomendaciones que ha realizado el Comité que vigila la Convención de los Derechos del Niño, en este
caso dirigida a la Argentina en 2010. Una de las preocupaciones del Comité
es «el alto porcentaje de muertes maternas, especialmente de las adolescentes, relacionadas con los abortos y en los largos procedimientos de interrupción legal del embarazo cuando es resultado de una violación», instando a
los médicos a que apliquen las normas sobre abortos permitidos «sin intervención de los tribunales» y con la simple solicitud de las niñas y mujeres que
fueron víctimas del delito118.
Tal como mostré, el derecho a la vida «desde la concepción» no está
reconocido en el sistema internacional de derechos humanos (Zampas y Guer,
2011) ni en el derecho argentino (Filippini, 2011). Igualmente, como apunté,
tampoco hay una respuesta moral única en torno al valor de la vida en gestación. En consecuencia, la legitimidad del Estado para defender una concepción moral particular y hacerlo mediante la coacción penal, también es cuestionable dada la separación entre Estado y religión, y el derecho a la libertad
religiosa, bases de los Estados democráticos modernos.
Cuando se compara el número de abortos realizados con el número
de denuncias, juicios y condenas por aborto, resulta evidente que la herramienta penal es ineficaz para desalentar a las mujeres en su decisión de interrumpir un embarazo. Esto apunta a la cuestión de los medios utilizados para
proteger legalmente la vida intrauterina. En los países con leyes restrictivas
no sólo no hay disminución en las tasas de abortos, sino que se ha registrado
un aumento (Sedgh et al, 2012). Como sostuvo Winikoff, de la organización
Gynuity, «Los datos continúan confirmando lo que hemos sabido durante
décadas, que las mujeres que quieren terminar un embarazo no deseado
buscarán un aborto a cualquier costo, incluso si es ilegal o involucra un riesgo
a su propia vida» (BBC, 2012, 19 de enero). La ineficacia también se manifiesta en los agentes estatales, que de modo informal declinan investigar y
perseguir penalmente a las mujeres y otros «cómplices». Ambas dimensiones
306
de los comportamientos, el de las destinatarias primarias de la norma penal –
las mujeres– y el de los encargados de sancionar el incumplimiento de la
norma –los funcionarios públicos–, reflejan la ineficacia de la penalización 119.
Lo anterior señala que la penalización, como regla, afecta las bases
democráticas del Estado. El poder punitivo es de última ratio, y tiene que
estar asentado sobre justificaciones fuertes, en cumplimiento del principio de
intervención mínima de la política criminal, que indica que la criminalización
sólo debe emplearse cuando es estrictamente necesario para garantizar un
bien jurídico. Incluso en casos en que el aborto puede considerarse moralmente incorrecto, Nino nos recuerda que para la aplicación del dispositivo
penal deben concurrir sus condiciones de legitimidad, esto es, que sea «un
medio necesario y efectivo para evitar males sociales mayores y que la persona sujeta a ella haya consentido asumir la respectiva responsabilidad penal a
través de la realización de un acto voluntario con conocimiento de que tal
responsabilidad es una consecuencia normativa necesaria» (2011: 509).
Esto desemboca en la pregunta sobre qué otras medidas se han intentado, por ejemplo en América Latina, para reducir el número de abortos, y
cuál es la justificación que cabría encontrarle a la penalización en un contexto
de desigualdad –de género y económica– y de afectaciones a la salud y a la
vida de las mujeres. Aquí es donde, probada la baja eficacia de la penalización, debe aparecer con mayor fuerza la pregunta en torno a cuáles son las
respuestas posibles por parte del Estado, y si la penalización debe ser reemplazada por políticas públicas más persuasivas, eficaces y respetuosas de los
derechos de las mujeres.
También hay que tener en cuenta que la aplicación del castigo penal
del aborto no sólo, al igual que otros delitos, es selectiva –las mujeres con
menos recursos son quienes tienen mayor probabilidad de recurrir a abortos
inseguros e ingresar al circuito judicial, por ejemplo, por medio de denuncia
en el hospital–, sino que está sometido a una imposibilidad fáctica de ser
imparcial –dadas las estimaciones del número de abortos que se practican en
la Argentina por año, deberían ser investigadas penalmente, al menos, un
millón de personas anualmente–.
Dada la escasa eficacia del sistema penal para brindar soluciones, sólo
cabe imaginar que la justificación recaiga en algo parecido a un valor simbólico de la penalización del aborto –como repudio a esta práctica y protección
también simbólica de la vida intrauterina–. Sabemos que no es aceptable, en
307
una democracia, que el aparato punitivo estatal sea utilizado como canal
emisor de mensajes morales, menos aun cuando se trata de mensajes basados en concepciones éticas/religiosas privadas, con un impacto directo en la
vida de las personas.
Ciertamente, las leyes penales sobre el aborto son las únicas del Estado de derecho que tienen como consecuencia directa la muerte de mujeres
que se indican como sujetos activos del delito, y que al mismo tiempo son
altamente ineficaces para proteger el bien jurídico de la vida en gestación que
justifica, al menos formalmente, el delito. Justamente, las consecuencias de
la penalización emplazan al derecho a la vida y salud de las mujeres como
razones fuertes para insistir en la descriminalización.
Uno de cada cinco embarazos termina en aborto en el mundo, pero en
los países con legislaciones más restrictivas la mayoría de esos procedimientos son inseguros (Sedgh et al, 2012). En un estudio realizado en 160 países,
con distintos niveles de desarrollo, se encontró que a mayor apoyo legal
hacia el aborto, menor incidencia del aborto inseguro en las tasas de mortalidad materna (Berer, 2004). A esto se suma que el aborto legal realizado en
condiciones seguras es 14 veces menos riesgoso que el embarazo llevado a
término (Raymond y Grimes, 2012). Una investigación reciente, publicada
en la prestigiosa revista «Lancet» señala que la reducción de la tasa mundial
de aborto se ha estancado respecto a décadas anteriores, mientras que la
proporción de abortos inseguros ha aumentado (Sedgh et al, 2012). En relación a esto, el estudio sugiere que las leyes restrictivas no están asociadas con
tasas de aborto más bajas, y que las tasas de aborto son menores en las
subregiones con normas más permisivas (Sedgh et al, 2012).
Las últimas estimaciones realizadas por la Organización Mundial de la
Salud –OMS– indican que en el mundo se practican aproximadamente 42
millones de abortos inducidos por año (2011). De éstos, 20 millones son
seguros y 22 millones inseguros120, de los cuales cerca de 68 mil terminan en
la muerte de las mujeres. Esto significa que el 13% de las muertes maternas
en el mundo corresponden a abortos inseguros. De los 22 millones de abortos inseguros, el 98% se realiza en países en desarrollo (Organización Mundial de la Salud, 2011). En América Latina y el Caribe, la tasa anual estimada
de aborto inseguro en 2008 fue de 31 abortos por cada 1.000 mujeres, mientras que la tasa de procedimientos seguros fue menos de 2 por 1.000. Durante este mismo año, en la región más de 1.100 mujeres murieron a causa de
308
complicaciones derivadas de abortos inseguros121, lo que representa el 12%
de la mortalidad materna (Organización Mundial de la Salud, 2011)122. Además, alrededor de un millón de mujeres de la región son hospitalizadas anualmente para ser tratadas por complicaciones derivadas de abortos inseguros
(Guttmacher Institute, 2012b). Por otro lado, la Argentina, Jamaica y Trinidad y Tobago son los tres países de la región que tienen al aborto como la
primera causa de mortalidad materna, donde las complicaciones relacionadas con el aborto superan el 30% del total de muertes maternas (Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva, 2010123).
Estas tasas de mortalidad y morbilidad materna también tienen un
impacto en la salud pública. Poniendo el foco en los costos, sabemos que el
aborto inseguro genera costos –innecesarios– a la sociedad y a los sistemas
de salud (Vlassoff et al, 2010). Primero, los costos derivados de la atención
de las complicaciones médicas derivadas del aborto inseguro constituyen
una carga financiera pesada para los sistemas de salud pública en los países
en desarrollo (Vlassoff et al, 2010). Así, por ejemplo, en la Argentina entre el
20% y 40% de las camas de los servicios de ginecología y obstetricia están
ocupadas por mujeres que ingresaron al hospital por abortos inseguros (Ramos et al, 2004). Segundo, las complicaciones post aborto son una de las
principales causas de morbilidad materna (Vlassoff et al, 2010). Es así que las
mujeres que se realizan abortos en condiciones de riesgo
se enfrentan a tres resultados posibles: super vivencia sin consecuencias a
largo plazo, supervivencia con consecuencias a largo plazo o la muerte.
Cada resultado genera costos indirectos en la forma de pérdida de productividad, que correrán por cuenta de las familias afectadas y, en tér minos más generales, de la sociedad. En las economías con grandes grupos
de trabajadores desempleados, estos costos podrían compensarse más
fácilmente a nivel social […] no obstante, no se puede compensar las
pérdidas de productividad a largo plazo en el nivel personal o de la familia
de la misma manera que a nivel social. Además, todas las estrategias para
sobrellevar este tipo de problemas imponen costos de uno u otro tipo. Por
último, los niños en los hogares que experimentan discapacidad mater na
a largo plazo o sufren la pérdida de la madre, también pueden sufrir en lo
que respecta a su salud futura y obtención de educación, lo cual presenta
otras implicaciones económicas para la familia y la sociedad (Vlassoff et
al, 2010: 2-3).
309
Por otro lado, el derecho a la salud se ve involucrado, pues cualquier
embarazo tiene efectos sobre la salud (Hendricks, 2009). El proceso de gestación conlleva una serie de cambios que van desde la carga física en sí misma hasta vómitos, dolor de espalda, insomnio, un riesgo del 100% de contracciones uterinas, el crecimiento de un nuevo órgano –la placenta–, cambios en el sistema cardíaco –por ejemplo, cambios en la presión arterial–,
alteración del funcionamiento endocrinológico, entre otros (McDonagh,
2007)124. A esto se pueden sumar complicaciones «anormales» o embarazos
con más riesgos, y un hecho muy conocido por los obstetras: «en los partos
todo va bien hasta que…», es decir, nunca un embarazo y un parto son a
priori sin riesgos. No obstante, las millones de mujeres que consienten su
embarazo y desean llevarlo a término asumen estas cargas y riesgos sobre su
vida y salud; pero de idéntica manera, la imposición de estos riesgos, mediante la amenaza penal por ejemplo, afecta el derecho a la salud en todas
sus dimensiones125. En este sentido, parecería que la renuencia a tener en
cuenta las cargas y riesgos físicos del embarazo en la discusión sobre el aborto es parte de la naturalización del embarazo y la maternidad (Hendricks,
2009).
Las mujeres tienen hijos en condiciones materiales e incluso subjetivas
«poco favorables». Todas conocemos casos que incluso podrían ser calificados de «heroicos». Consecuentemente, cuando las mujeres decidan interrumpir
su embarazo, también deben tener buenos motivos, razones subjetivas fuertes, o al menos, hay una presunción fuerte a su favor. Sobre este punto, el
aborto, así como los reclamos en torno a mejorar el acceso a los métodos
anticonceptivos, a la obtención de información, a las capacidades para experimentar y decidir libremente, hablan de la maternidad elegida voluntariamente, como decisión ética126. «La maternidad es plenamente humana cuando es el resultado de una decisión ética y no de una imposición genética. El
reconocimiento de la humanidad de las mujeres significa atribuirles a ellas el
control sobre su capacidad biológica de generar un nuevo ser» (Rosado-Nunes, 2003: 84).
La penalización del aborto y las restricciones múltiples al acceso al
aborto seguro se traducen en un modelo de «maternidad forzada»127. La
maternidad no sólo es una posibilidad inscripta en los cuerpos de las mujeres
–genética y biológica al menos–, sino también una institución, una serie de
obligaciones y una experiencia enorme que atraviesa a las mujeres128. Siegel,
310
ante la pregunta de por qué defiende el derecho al aborto, respondió: «porque defiendo a las mujeres, y las defiendo en su calidad de madres. El trabajo
que implica la maternidad es inmenso; ocupa toda la vida de una mujer y la
transforma. De la manera en que está organizada nuestra sociedad, esto no
es reconocido, valorado o apoyado. Por ende, las mujeres necesitan tener
control sobre la decisión de convertirse en madres» (Carbajal, 2009: 83)129.
Las experiencias femeninas sobre la maternidad son diversas, pero, sin
dudas, atravesar un embarazo querido es una vivencia de dignidad130. Según
Siegel (2010a), la penalización del aborto afecta la dignidad de las mujeres,
entre otras razones, porque las mujeres tienen derecho a tener sexo sin tener
hijos y tienen, por otro lado, derecho a decidir cuándo tener o no tener hijos.
En consecuencia, la comunidad que pretenda controlar las decisiones de las
mujeres sobre el sexo y la maternidad les niega formas de libertad y respeto
a las que tienen derecho, y las está instrumentalizando imponiéndoles un rol
–estereotipado y tradicional–. En este sentido, probablemente acostumbrados a la idea de que las mujeres son y deben ser madres, nos resulta difícil ver
el daño que causan los embarazos no deseados a la dignidad de las mujeres131 .
Vinculado a esto está el derecho a la autonomía 132. La autonomía refiere a libertades individuales. Una de las tantas implicancias que tiene el reconocimiento del derecho a la autonomía es que los asuntos que atañen solamente a la persona están libres de interferencias externas, de las concepciones del bien y el mal de otras personas, la sociedad o el Estado133 . El aborto
sería una práctica y una decisión de este tipo134.
La interpretación del aborto como una cuestión de autonomía individual no sólo recepta la noción de privacidad, sino que es un reconocimiento
–y una confianza, aunque más no sea abstracta– de la capacidad de la persona moral para ponderar, reflexionar y tomar las mejores decisiones sobre ella
misma y su entorno vital. Por el contrario, la penalización del aborto o una
regulación restrictiva del mismo es una expropiación a las mujeres de una
decisión que involucra profundamente sus vidas. Y quien expropia es, mediante la norma jurídica o el uso de las posibilidades fácticas, el Estado, sus
funcionarios o los integrantes de la sociedad –por ejemplo, un médico o una
directora de hospital–. Creo que acordaríamos que ninguna de estas personas tiene un juicio moral superior al de las mujeres (Carbajal, 2009 citando a
Siegel). La única o al menos la que está mejor ubicada para tomar en consi311
deración los factores moralmente relevantes, es la mujer (Gimeno y Barrientos, 2009: 114). Más aun cuando será ella quien deberá, mínimamente, cargar con ese embarazo y, eventualmente, criarlo y asumir las obligaciones
derivadas de la maternidad, en un esquema de distribución de responsabilidades desigual135 .
La amenaza de castigo penal destinada a una mujer que toma la decisión de practicarse un aborto supone ignorar que se trata de un ejercicio de
subjetividad moral, de auto-construcción como sujeto que elige. La autonomía no se traduce en una reivindicación de un individualismo abstracto, sino
de una expresión de responsabilidad, «lo que yo mujer, decido hacer en esta
esfera no me concierne solamente a mí, ni tiene consecuencias solamente
para mí y mis próximos. Justamente por eso, se debe reconocer la plenitud
de esa responsabilidad, que yo en cualquier caso asumo y que, por otra
parte, contribuye a producirla y reforzarla» (Pitch, 2003: 98). La criminalización del aborto y la obstrucción a los abortos permitidos es una manera
efectiva de sustraer de las mujeres esa agencia y, por lo tanto, la responsabilidad.
El derecho a la autonomía, en el campo del aborto, es hablar del derecho a la autodeterminación reproductiva. La autonomía para la mujer implica, esencialmente, «la capacidad para elegir en orden a lo que precisamente
la diferencia del varón, es decir la potencialidad procreativa» (Pitch, 2003:
282)136.
Los sucesos y decisiones sobre la reproducción y procreación son determinantes en la vida de las personas. Y es así que la autonomía de las
personas para decidir cómo, cuándo y con quién reproducirse ha sido reconocida concretamente a través de los derechos reproductivos, y junto con
éstos, aunque con aun mayores resistencias, los derechos sexuales137. La relación entre ambos es evidente. Justamente, la contracepción fue un cambio
que habilitó a las mujeres a que su deseo erótico y sexual no venga condicionado por la posibilidad de la gestación. La autonomía reproductiva consagrada en estos derechos tiene impacto tanto en varones como en mujeres, y
refiere a la noción del cuerpo. Y dado que la existencia de los seres humanos
es corporal, el derecho a tomar decisiones sobre el propio cuerpo es definitivo (Lamas, 2007). El aborto interpela justamente ahí la regulación del cuerpo de las mujeres, y por tanto el derecho a la autonomía. Siguiendo estas
ideas, Rosado-Nunes expresa que
312
la idea de derecho a la propiedad del propio cuerpo o de respeto a la
integridad corporal, principio básico del feminismo, no es una simple derivación de la noción occidental de propiedad privada. Al contrario, refleja la experiencia de las mujeres, que necesitan controlar las condiciones
de la actividad reproductiva con el fin de poder conducirla (2003: 84).
Es decir, la autonomía abarca la capacidad y la posibilidad de las mujeres de controlar su cuerpo, su sexualidad, su reproducción, lo que encuentra reconocimiento jurídicamente en la libertad reproductiva y el derecho a la
integridad física y psíquica. El Comité de Derechos Humanos de Naciones
Unidas, en el caso K.L. de Perú138, marcó no sólo la importancia del derecho
a la integridad física y psíquica, sino que dictaminó que la negación a brindar
acceso al aborto legal viola los derechos humanos básicos de las mujeres139,
especificando que el caso de K.L. constituyó una violación al derecho a no
ser sometido a tratos crueles, inhumanos o degradantes.
La cuestión del derecho a la integridad física y psíquica está fuertemente vinculada al consentimiento para continuar un embarazo. Sobre esto,
McDonagh (1996) sugiere cómo un viaje a un hermoso país se convierte en
un secuestro, una intervención quirúrgica en un asalto, cuando se afecta nuestra
integridad física sin nuestro consentimiento. Es interesante, sobre este punto,
la distinción que propone la autora entre la obligación –o no– de entrar en
una relación, y la diferencia con quedarse –o no– en una relación que uno
acordó. En este caso, el embarazo y la relación con el embrión/feto. Según
McDonagh, muy probablemente parte del debate que genera el aborto parte
de la confusión entre estas dos situaciones morales (National Organization
for Women, 1997). Claro que en ocasiones se afirma que la libertad y el
consentimiento de tener sexo –heterosexual– por parte de una mujer, se traduce en la «asunción de la responsabilidad de las consecuencias», lo que
para algunos significa continuar –indefectiblemente– con un embarazo si éste
llegare a ocurrir. Es decir, las relaciones sexuales voluntarias traerían, para las
mujeres, una obligación potencial indeclinable: la maternidad genética y biológica. Creo que este escenario moral es equivocado. Una mujer que acuerda
tener sexo con un varón, idealmente puede estar informada de los riesgos
inherentes, pero esto no significa consentir a llevar a término un embarazo si
éste llegara a suceder. Plantearlo de esta manera supone una confusión entre
la asunción de los riesgos y la responsabilidad de qué hacer si el riesgo ocurre
(McDonagh, 1996; National Organization for Women, 1997). Asumir el ries313
go del embarazo no es lo mismo que consentir a gestar un nuevo ser. McDonagh (2007) ofrece ejemplos para ilustrar esta diferencia. Fumar significa asumir
el riesgo de contraer cáncer de pulmón, pero eso nada dice sobre qué hacer
si la enfermedad aparece: recurrir a tratamientos agresivos, medicación experimental o sólo cuidados paliativos. De forma similar, cuando las personas
tienen sexo consentido y, posteriormente, contraen VIH, no consideramos
que hayan accedido a contraer el virus. Por el contrario, son libres para erradicar el VIH de sus cuerpos.
Regresando a la distinción entre consentir a entrar a una relación, y las
responsabilidades que se derivan de una relación ya establecida, el aborto
sería una decisión de no entrar en una relación, concretamente con la relación del embarazo y el feto. Es decir, no existen las obligaciones morales y
responsabilidades que se derivan de una relación que se acordó, como por
ejemplo, haber dado a luz un bebé. Las mujeres definen y dan sentido al
hecho de un embarazo. Como comenta McDonagh (National Organization
for Women, 1997), algunas mujeres embarazadas se sienten desde el principio en una relación especial y profundamente personal, y se miran y piensan
a sí mismas como una madre en relación con una entidad que es «su hijo»,
cualquiera que sea el grado de desarrollo de ese blastocito, embrión, feto…
pero también independientemente de cualquier estatus «metafísico» que quiera
adjudicársele desde afuera. Para otras mujeres, el sentido de la relación va
creciendo con el tiempo, como la mayoría de las relaciones personales, poco
a poco: el embarazo comienza como una mera relación biológica y acaba en
una de las relaciones personales más significativas de la vida. Y hay mujeres
que conciben eso solamente como una realidad biológica, y pueden decidir
continuar con ese embarazo –como puede ser el caso del alquiler de vientre–
o no, es decir, pueden tomar la decisión de interrumpir esa situación. El sentido asignado al embarazo por cada mujer debe ser parte estructural de cualquier reflexión moral, y debería integrar la discusión sobre las respuestas legales/políticas sobre el aborto, en la medida en que nos brinda una información más allá del hecho biológico del embarazo.
El derecho, en tanto sistema normativo, impone pautas morales de
conducta, que pueden ser acompañadas de amenazas de sanción. Sin embargo, las democracias constitucionales están diseñadas de tal forma que
aspiran a la libertad y la igualdad en un marco de pluralismo. Para esto, el
derecho debe ser cuidadoso en la intensidad de sus exigencias, de modo de
314
no fijar un patrón moral de conducta ni exigir a nadie ser una heroína, un
mártir o un santo. El famoso argumento del «buen samaritano» en el debate
del aborto va en esta línea. Se explica que exigir a una mujer llevar a término
un embarazo es demandarle un sacrificio, un comportamiento heroico, que
va más allá de lo fijado para un ciudadano comprometido a aceptar ciertos
deberes derivados de la convivencia social140. Bajo esta idea, Judith Thomson (1971) desarrolló un encuadre argumental que actúa, como lo comenté
al comienzo de esta sección, con independencia del estatus moral, e incluso
legal, dado a la vida intrauterina. Sostiene que una mujer con un embarazo
no consentido equivale a la escena de una persona que se despierta y que se
encuentra con que se le ha conectado un violinista. El violinista tampoco
consintió estar conectado, pero la cuestión es que necesita mantenerse así un
tiempo extendido para sobrevivir, es decir, usar el cuerpo de la persona para
mantenerse vivo. A través de este ejercicio Thomson (1971) pretende también mostrar los problemas del razonamiento de quienes promueven posiciones prohibicionistas del aborto, que parecerían establecer que frente al derecho a la integridad física –por ejemplo–, prevalece, sin lugar a discusión, el
derecho a la vida.
McDonagh (1996; 2007) tomó la pista dada por Thomson. Las mujeres tienen derecho a escoger el aborto como el único medio disponible para
detener el daño de un embarazo no consentido, derivado de las transformaciones a sus cuerpos y libertades como resultado de un embrión/feto. Es así
que el aborto estaría amparado bajo el derecho a la legítima defensa. Sin
consentimiento, un embarazo es una intrusión del feto 141 en el cuerpo de la
mujer, y un daño a su libertad, pues legalmente lo que define al daño no son
los cambios producidos –en este caso en el cuerpo de la mujer–, sino el
consentimiento a esas transformaciones (McDonagh, 2007)142. Es decir, tal
como se marcó arriba, el consentimiento es una pieza clave. McDonagh (2007)
explica cómo una escena sexual puede ser una relación sexual o una violación, dependiendo si hay consentimiento; de la misma forma, la gestación
puede ser una experiencia gloriosa o una dañina.
La igualdad, y especialmente la igualdad en razón del sexo, es una
cuestión meridiana en varios sentidos. Ante todo, el embarazo les ocurre a las
mujeres en sus cuerpos, en sus subjetividades, en sus vidas. Este hecho tiene
una relevancia moral, política y jurídica. En la medida en que sólo las mujeres pueden abortar, la penalización del aborto se convierte en una disposi315
ción dirigida a sus cuerpos y decisiones, a lo que se añaden las consecuencias
que tiene la ilegalidad en sus vidas y salud. En igual sentido, dado que sólo
las mujeres pueden quedar embarazadas, la autonomía reproductiva es clave
para ganar igualdad sexual.
La penalización del aborto está castigando a las mujeres, y no a los
varones, por mantener relaciones sexuales (Cook, 2010). Pitch sugiere que
«lo que el aborto pone en evidencia es más bien la contradicción, que ninguna ley puede salvar, entre la sexualidad femenina y la sexualidad masculina»
(Pitch, 2003: 76). Esto es así, pues el uso sexual del cuerpo tiene consecuencias reproductivas diferenciadas en los cuerpos de las mujeres y los hombres
(Lamas, 2007) 143.
La legislación que penaliza el aborto, además de ser una discriminación legal por razones de sexo, es la única norma penal en nuestro sistema
jurídico que se entromete en el cuerpo de un grupo identificable de personas,
las mujeres, y les impone de modo forzado llevar a cabo un comportamiento
que tiene profundas y permanentes consecuencias en sus vidas.
Reva Siegel argumenta que la regulación estatal sobre el embarazo
tiene un eje sexual y, por tanto, estas normas no pueden basarse en estereotipos sobre los sexos o perpetuar la ciudadanía de segunda clase para las
mujeres (1992; 2007; 2010b). El razonamiento propuesto por Siegel (2007)
pone el acento en los efectos de subordinación que tienen los regímenes
penalizadores del aborto. Las disposiciones constitucionales sobre anti discriminación e igualdad, y los criterios jurisprudenciales sobre categorías sospechosas en varios derechos nacionales –como el argentino– y en el sistema
internacional de derechos humanos, prohíben el uso del derecho para afianzar los roles familiares tradicionales, no sólo porque este uso de la ley restringe las oportunidades individuales, sino también porque refuerza la desigualdad de grupo, en este caso, de las mujeres (Siegel, 2007). Consecuentemente, las restricciones al aborto son un intento por obligar a las mujeres a asumir
roles estereotipados, en este caso, la maternidad (Siegel, 2010b)144.
Otra cuestión que genera perplejidad es que las mujeres no sólo tienen
a su cargo la función reproductiva, sino que continúan cumpliendo de modo
desigualitario, respecto a los varones, las tareas de cuidado de los niños, las
que además son llevadas a cabo con escasa o nula contención social institucionalizada. Sin embargo, y de modo paradójico, el Estado, por medio de la
penalización del aborto, promueve embarazos forzosos y eventualmente na316
cimientos de niñas no queridas. Lo anterior se hace aún más denso cuando
se advierte la intensidad simbólica y social que tiene la gestación y la maternidad, y la evidente contradicción de intentar que una mujer asuma este
estado y rol bajo amenaza –penal–.
Por otro lado, la igualdad se ve quebrada en la medida en que son las
mujeres de menores recursos económicos y las adolescentes las más expuestas a los efectos de la ilegalidad. El hecho de que la amenaza penal genere
serias afectaciones a la salud, e incluso la muerte de mujeres en situación de
pobreza, convierte al régimen penal del aborto en uno de tipo selectivo y, por
lo tanto, absolutamente discriminatorio, en razón de sexo y condiciones económicas, profundizando la injusticia reproductiva (Bergallo, 2010b) y la falta
de justicia social.
Reflexiones finales
Como mencioné al inicio de este trabajo, he presentado un panorama
de algunas dimensiones involucradas en el debate del aborto, pasando por
las características de los procesos políticos legales de lucha, las implicancias y
dinámicas del derecho en el aborto, el significado de este reclamo para el
feminismo y los grupos de mujeres, hasta llegar a los argumentos a favor de
la permisibilidad del aborto y la justificación principal de quienes defienden
su ilegalidad.
El aborto pone una pregunta normativa y política que el derecho por
momentos parece demasiado torpe para responder (Borgmann, 2009). Pero
el derecho está instalado en el terreno del aborto, y de ahí la necesidad de
ajustar los abordajes, cuestionar los medios utilizados y profundizar la reflexión sobre las implicancias que tiene legislar sobre este asunto.
El estatus moral de la vida en gestación ha sido uno de los ejes sobre
los que se han construido los argumentos en contra y a favor de la liberalización del aborto. Como he tratado de apuntar, declarar la existencia de una
vida en gestación es un hecho empírico que no salda la discusión, sino que se
coloca como un elemento, esencial pero no único, del debate. Si jurídicamente se rechaza la pretensión de que el embrión/feto sea una persona eso
no significa que carezca de valor moral, sino que la decisión se complejiza
pues están involucrados la vida, el cuerpo, la salud, la dignidad y la libertad
317
de las mujeres. Sabemos que las legislaciones restrictivas no reducen el número de abortos, y por tanto fracasan en proteger el bien jurídico que les
otorga formalmente la justificación. Pero aunque las tasas totales del aborto
varían poco en las diversas regiones del mundo, las tasas de
abort o inseguro varían drásticamente según la situación legal. Es decir, la
penalización y otras restricciones legales no evitan los abortos, pero producen consecuencias negativas en las mujeres, tal como lo reflejan las tasas de
mortalidad y morbilidad materna. Cuando legisladoras, jueces, ministros de
salud, deciden sobre el aborto, están decidiendo sobre las mujeres, sobre
algo que tiene la capacidad para afectarlas profundamente. Y de ahí la importancia de la pregunta sobre ¿quién está legitimado para tomar esa decisión? ¿Por qué? ¿De qué manera? ¿Con qué límites?
El aborto, además de ser un asunto político y jurídico, es una decisión
moral, una de las tantas que las mujeres deben tomar a lo largo de sus vidas.
Quizás como otras decisiones morales importantes que las personas deben
enfrentar: aceptar o no la decisión de mi viejo padre de no continuar con un
tratamiento médico; defender o no un modelo de seguridad social; perdonar
o no un acto violento; denunciar o no a un familiar que cometió un delito;
aplicar o no a una beca que no necesito tanto; donar o no mi riñón a un
amigo. En tanto protagonistas de estas situaciones, sabemos que no siempre
es fácil, que es complejo, que hay sensaciones encontradas, pero esperamos
estar tomando la mejor decisión. En tanto observadoras de estas situaciones,
podemos vernos inclinadas a considerar que se debería haber hecho un esfuerzo adicional, que no se tomó en cuenta ciertos aspectos relevantes, que
incluso no se tomó la opción correcta, pero difícilmente estaríamos dispuestas a exigir que nos trasladen el poder de decisión a nosotras. Esto es así,
entre otras razones, porque la responsabilidad le cabe a quien deberá cargar
con las consecuencias de ese acto, esa decisión. En relación a lo anterior:
¿puede el Estado apropiarse de la capacidad reproductiva de la mujer?
El debate sobre el aborto, como he intentado mostrarlo, necesariamente nos traslada a la pregunta sobre quién tiene la legitimidad para tomar
la decisión sobre la continuación o interrupción de un embarazo. Como sugerí, al regular sobre el aborto, el derecho está al menos condicionando la
decisión de la mujer sobre qué hacer con un embarazo. En no pocas veces se
intenta, a través de la vía legal, desplazar esta capacidad de decisión a otras
personas e instancias. Y esto produce, entre otras tantas consecuencias, que
318
las mujeres no sean reconocidas como agentes morales, que no confiemos
en ellas, pero también que no puedan ser consideradas responsables si se les
limita la autonomía para elegir. Es decir, la decisión política y jurídica sobre el
aborto supone elegir entre la vía de la responsabilidad moral o la de la coacción externa, mediante la aplicación de la norma penal. Incluso si se acepta
la inviolabilidad de la vida –en este caso intrauterina–, ésta no puede imponerse penalmente, máxime teniendo en cuenta el impacto que tiene el embarazo no querido, no deseado, percibido e interpretado como «imposible» por
la mujer.
El embarazo es una posibilidad vital exclusiva de las mujeres, ocurre
en sus cuerpos. Además, las tareas de cuidado de niños reposan, aun hoy,
especialmente en nosotras. Pese a todo esto, las mujeres desean embarazos,
quieren la gestación, deciden ser madres. Mientras tanto, el derecho –penal–
parece estar obstinado en enfocarse en las mujeres que no quieren ser madres, pero ha eludido colaborar con las mujeres que son o quieren serlo (Carbajal, 2009 citando a Siegel).
Como comenté, estamos acostumbrados a la idea que las mujeres se
supone «son las madres», que las mujeres están dispuestas al auto-sacrificio.
Esto dificulta comprender y visualizar el daño que puede provocar un embarazo no deseado. En este sentido, es importante introducir en el debate sobre
la decisión institucional de cómo normativizar y regular el aborto, todos los
aspectos que hacen a la vida de las mujeres y que tienen un sustento jurídico,
tales como el derecho a la autonomía, a la integridad física y psíquica, a la
salud, a la igualdad y no discriminación, y los principios de libertad y dignidad.
Como mostré, el mapa legal del mundo muestra una tendencia a liberalizar las legislaciones sobre aborto. No obstante, América Latina aun mantiene normas restrictivas. Cabe plantearse, entonces, si aun estamos dispuestos a amenazar penalmente a las mujeres que deciden abortar, si estamos
dispuestos a defender un modelo de maternidad forzada. Asimismo, deberíamos indagar sobre cuáles son los motivos, razones, ideas que sustentan la
decisión colectiva de criminalizar a las mujeres, o acaso si aun existe esa
decisión o se trata de una impermeabilidad de los ámbitos político-institucionales para amputar o ahogar el debate. Incluso aceptando que el problema
moral del aborto sea indisoluble, hay modos de arribar a decisiones políticas
bajo el formato de medidas legales y de políticas públicas que, si bien man319
tendrán latentes los puntos de vista morales en pugna, pueden ofrecer una
solución aceptable, democrática y respetuosa de la integridad de las mujeres
y otros valores morales en juego.
El aborto, aun más que el resto de las demandas y políticas sobre salud
sexual y reproductiva, está politizado, es un terreno contencioso en el que
circulan intereses competitivos como los religiosos, los corporativos, los de
las mujeres, con vaivenes de gestión y negociaciones. Parte de los esfuerzos
de los actores sociales han estado dirigidos a lograr cambios legales. Esto es
así, entre otras razones, porque el estatus legal del aborto afecta las posibilidades y formas en que las mujeres acceden a esta práctica, porque el derecho aparece como una herramienta disponible por la comunidad política
para incidir en el ámbito público, porque el discurso jurídico tiene fuerza para
adscribir visiones de mundo.
La penalización del aborto no vendría a hacer sino parte de una «larga
tradición de imponer cargas a las mujeres» en sus relaciones sexuales y maternales (Siegel, 2010b: 48). La vindicación feminista por la legalización del
aborto es parte de esta trayectoria de lucha para cuestionar esto y construir
una ciudadanía plena, para que las mujeres se transformen de «sujetos heridos» a «sujetos de libertad» (Zerilli, 2008: 48, citando a Wendy Brown). Quizás «las mejoras han sido principalmente el resultado del proceso de lucha en
sí, y no tanto de reformas específicas. Nuestros principales logros han ocurrido en las aspiraciones de las mujeres, su autoestima y su conciencia política
(Gordon, 2010: 37).
Notas
En este documento, abor to refiere al aborto voluntario, es decir, al practicado por decisión/con el
consentimiento de la mujer. Por tanto, se descar ta el aborto espontáneo o el abor to forzado, entre
otras figuras.
2
El feminismo –los feminismos–, más allá de sus multiplicidades, tiene como vocación desafiar las
ideas tradicionales, mover los márgenes de los esquemas materiales y simbólicos que se le han
impuesto a las mujeres y a las r elaciones entre los sexos. En este sentido, y como veremos más
adelante, el feminismo jurídico ha remarcado cómo los intentos para negar el abor to se enlazan con
la sexualidad de las mujeres y su papel como reproductoras. Ha r ecordado que la sexualidad permite a las mujeres adquirir una individualidad que pone en paréntesis los roles con los que se la va a
identificar a lo largo de su vida –madre, hermana, hija, esposa, tía, abuela–, y denunció que el
aborto se encuentra bajo el dominio simbólico de la mujer reproductora madre, y de la vida en
gestación.
3 Esto también se conoce como un litmus test, es decir, un tema de la agenda pública decisivo para
1
320
ubicar las posiciones de los actores en el espectro político (Ramón Michel, 2011b).
4
En 2007, el partido gobernante, Frente Sandinista de Liberación Nacional, promovió y obtuvo la
derogación de la disposición del Código Penal que preveía el abor to terapéutico.
5
En noviembre de 2008 se sancionó la Ley de Salud Sexual y Reproductiva que incluía la despenalización y regulación de la interrupción voluntaria del embarazo en las primeras semanas de gestación, impulsada por el partido Frente Amplio. No obstante, la vigencia de la ley se frustró por el veto
aplicado por el entonces presidente Tabaré Vázquez, también del Frente Amplio, y que se reconocía
a sí mismo como socialista.
6
Sobre el caso argentino en este punto, es inter esante la reflexión de Pecheny (2011).
7
Ha habido en la historia del movimiento de mujeres, actoras que, reivindicando para sí la identidad
de feministas, rechazan el derecho al aborto (e.g. Siegel, 1993; Pitch, 2003).
8
Ver, por ejemplo en la Argentina http://lasanalocura.blogspot.com/2011/03/jovenes-comprometidos-con-la-accion.html
9
Como expresa Siegel (2010), este argumento es absolutamente convencional en tér minos de género: se asume que rechazar la maternidad es contrario a la naturaleza de la mujer, afirma que ninguna
mujer podría voluntariamente rechazar la maternidad, y argumenta que las mujeres sufrirán daños
si lo hacen.
10 Sobre esto, se puede ver la experiencia mexicana en Lamas (2009).
11
Se trata de una idea fundante y un mensaje que aún acompaña las demandas a favor de la
flexibilización de la legislación por parte de los movimientos de mujeres. También se puede ver en el
caso mexicano, en Lamas (2009).
12
En los momentos en que los procesos de cambio legal están más cercanos, es cuando se pone a
prueba el rendimiento de algunas ideas y se entra en una certificación, descar te o renovación de
argumentos.
13
Para evitar el uso constante de «las y los» utilizaré el uso del femenino o del masculino en forma
indistinta. En ambos casos la intención es hacer una alusión a mujeres y varones.
14
Dado que en Chile el aborto está penalizado sin excepción, para los grupos que defienden la
prohibición del aborto resulta más fácil, pues es suficiente con adaptar estrategias defensivas y de
blindaje a la apertura de la discusión
15
Ver página web del Grupo de Informacion en Reproduccion Elegida –GIRE–. Disponible en http:/
/www.gire.org.mx/contenido.php?informacion=70
16
Ver página web del Guttmacher Institute: http://www.guttmacher.org/statecenter/spibs/index.html
17 Sobre estas dos dimensiones de acción en la Argentina, ver Ramos et al (2009) y Bergallo (2010a).
18
«El problema es que estas creencias tienen efectos políticos concretos, aun cuando en el país [la
Argentina] se haya comprobado –popperianamente– que a dirigentes con posturas definidas ‘proaborto’ les ha ido igual o mejor que a aquellos que disfrazan sus posturas o las cambian según la
ocasión» (Pecheny, 2011: 109).
19 Debo al Diputado Claudio Lozano esta reflexión.
20
Nicaragua es, en este sentido, uno de los casos más paradigmáticos de los últimos años. En 2007,
el partido gober nante, Frente Sandinista de Liberación Nacional, promovió y obtuvo la derogación
de la disposición del Código Penal que preveía el abor to terapéutico.
21
CEDAW: Convención sobre la Eliminación de Todas las For mas de Discriminación Contra la
Mujer.
22
La medida provisional –MP 557– creó un sistema de registro de embarazadas (Galli, 2012).
23
Para la gran mayoría de los médicos, el control del embarazo es una tarea que involucra a dos
pacientes, la madre y el niño por nacer (Dickens y Cook, 2003).
24
Este es el caso de Estados Unidos. Hacia 2006, cerca de 36 estados contaban con algún tipo de
norma sobre homicidio de fetos (McDonagh, 2007). También en la r egión de América Latina, por
ejemplo en Ecuador en el marco de la reforma del Código Penal, se estaba discutiendo la inclusión
del delito de lesiones al feto.
25 Independientemente de los cuestionamientos a este estándar, también se debe marcar que el
momento en que un feto es lo suficientemente maduro para sobrevivir fuera del útero es una conje-
321
tura, medido en porcentajes, probabilidades, y determinado por una serie de factores, por ejemplo
si la mujer está en un hospital de baja o alta complejidad, con los profesionales y recursos adecuados.
26
«Lo personal es político» es un concepto político que puede generar problemas. Podríamos imaginar desaparecer, pero su aparición tuvo que ver con que para «las mujeres su vida personal es tal y
se desarrolla en tales condiciones, que tienen que hacer de ella política, tienen que darse cuenta de
que las trabas que tienen son políticas» (Valcárcel, 1997: 94).
27 Encuestadora Factum –2001–, Disponible en http://www.chasque.net/frontpage/comision/dossieraborto/cap7_5.htm
28
Ver, entre otras, Encuesta Nacional CERC, diciembr e 2008 –Chile–, disponible el informe de
prensa en http://www.emol.com/noticias/documentos/pdfs/cerc_dic2008.pdf; Encuesta «El Abor to
en la Opinión Pública», Consulta Mitofsky, enero 2010 –Costa Rica–, disponible el Informe Ejecutivo en http://webcache.googleusercontent.com/sear ch?q=cache:NQlhot9NFl0J:72.52.156.225/
Estudio.aspx%3FEstudio%3Daborto+encuesta+aborto+Costa+Rica&cd=7&hl=es&ct=clnk&gl=ar;
sobre la Argentina se puede ver Petracci (2011) y el estudio del Centro de Estudios e Investigaciones
Laborales –CEIL-Piette– dirigido por Juan Esquivel y Juan Marco Vaggione (Página 12, 2012, 14 de
enero).
29 Ver Pitch (2003) sobre la experiencia italiana; Jaramillo y Alfonso (2008) sobre la experiencia
colombiana.
30
Es así que en aquellos regímenes en los que la ratificación de la decisión de la mujer debe ser
hecha por el médico, la decisión primaria de la primera queda en un estadio de proto-decisión, algo
recurrente en el ejercicio del poder por parte de las mujeres (Valcárcel, 1997).
31 También estas normas «médicos solamente» generan otro tipo de barreras. Así, algunos proveedores de salud no médicos, como parteras/os o enfermeras/os podrían tener mayor participación en las
consejerías pre abor to.
32 Tomemos como ejemplo el artículo 86 del Código Penal argentino, que permite el aborto en caso
de violación: «El aborto practicado por un médico diplomado con el consentimiento de la mujer
encinta, no es punible…». De este modo, podría suceder que incluso en un contexto de despenalización, una mujer sea procesada penalmente por haberse practicado un aborto en ese «caso», pero en
su casa.
33 Ver sobre esto Durand y Gutiér rez (1999) y Filippini (2011).
34
El caso colombiano y el estadounidense son ilustrativos en este sentido (Annas, 2009).
35 Ver, por ejemplo, Lamas (2009); Jaramillo y Alfonso (2008).
36
Sobr e este punto, hay quienes consideran que uno de los problemas jurídicos del derecho al
aborto en Estados Unidos, por ejemplo, es que está sostenido por el derecho constitucional a la
privacidad, lo que obstruye los reclamos sobre la cobertura de los procedimientos en los servicios de
salud (Jaggar, 1997).
37 Esta sección y la próxima son reproducciones par ciales de una versión anterior. Ver Ramón Michel
(2011).
38
Pues en ocasiones se aplican principios generales penales, como la necesidad, para interrumpir el
embarazo frente a riegos graves para la vida de la mujer embarazada.
39
El aborto está regulado por la L ey 2003-04, de Salud Sexual y Reproductiva –artículo 17–.
40 Canadá liberalizó sus nor mas penales de aborto por primera vez en 1969, y luego la Cor te Suprema completó esta tar ea en 1988.
41
En el primer modelo, una mujer podrá r equerir un aborto si está en peligro su vida, su salud, si hay
graves malformaciones del feto, en caso de violación o incluso por razones socio-económicas, de
acuerdo a cada régimen legal, mientras que en el segundo, durante, por ejemplo, las doce primeras
semanas del embarazo, la mujer tendrá habilitada la opción de practicarse un aborto ya sea en su
ámbito privado, por medio de medicamentos, o solicitándolo en los centros de salud habilitados.
Finalmente, como indiqué arriba, puede suceder que este modelo incorporé un diseño de indicaciones para los abor tos tardíos.
42
L a diferencia entre el caso colombiano y el argentino ilustran este último comentario . Colombia,
322
luego de la sentencia de la Corte Constitucional que incorporó el aborto legal, entró en una discusión en torno a la cobertura de estos abor tos como prestaciones obligatorias de los agentes de salud.
Es decir, la despenalización parcial del abor to no fue suficiente, en términos de fuerza legal, para
dejar resuelta la cuestión de la atención sanitaria. En la Argentina, en cambio, pese al alto grado de
inaccesibilidad de los abortos per mitidos –artículo 86 del Código Penal–, su provisión en los servicios de salud no está limitada por discusiones de este tipo, ni tampoco las regulaciones se han
detenido en este punto. Estas diferencias puedan comprenderse, parcialmente, a partir de lo mencionado arriba, esto es, la tradición jurídica y la morfología e historia del sistema de salud, entre
otros elementos.
43
Entre ellos Nepal, Portugal, Camboya, Suiza y Sudáfrica.
44 El Salvador, Polonia, Japón y Nicaragua.
45
Elaboración propia, en base al «Digest of Health Legislation, Abor tion Policies. A Global Review»
de la Organización Mundial de la Salud –disponible en http://www.un.org/esa/population/publications/abortion/profiles.htm–, el «Annual Review of Population Law» –elaborado por United Nations
Fund for Population Activities, International Advisor y Committeeon Population and Law, United
Nations Population Fund y Harvard L aw School, disponible en http://www.guttmacher.org/pubs/
journals/3411008.html–, la revisión bibliográfica llevada a cabo por AgneÌs Guillaume del Centre
Population & Deìveloppement –CEPED, disponible en: http://www.ceped.org/cdrom/
avortement_ameriquelatine_2007/es/chapitre1/page3.html– y una búsqueda por país en los sitios
webs oficiales de los países y organizaciones de la sociedad civil que trabajan el tema, para validar y
actualizar los datos obtenidos de las primeras fuentes mencionadas.
46
No se han listado los países que confor man las Antillas menores ni las Antillas Holandesas –
disuelta como entidad en octubre de 2010–.
47
Se clasifica a los países teniendo en cuenta los regímenes legales principales y específicos. Es decir,
no se consideran las regulaciones complementarias, como tampoco, por ejemplo, los principios y
leyes generales penales sobre necesidad que habiliten a un aborto en caso de peligro para la vida.
48
Establecidos expresamente en la norma principal.
49 Salvo cuando se especifique, la pena anotada es la prisión privativa de la libertad.
50
Adopté una modalidad formal, en la que me limito a precisar la dimensión de la salud cuando así
esté establecido en la norma. De lo contrario, y pese a que en la práctica en muchos casos la causal
salud se limita a la salud física, mantendré el término sin especificaciones.
51
Existe una discusión sobre el alcance de la causal. Hay quienes sostienen que sólo está permitido
el aborto cuando la mujer tiene una discapacidad mental, mientras que la otra posición defiende el
permiso para cualquier mujer. Para mayor detalle, véase Ramos et al (2009).
52
Por la forma en que está redactada, la disposición se refiere al efecto indirecto.
53 Art. 334: «Any act which is done, in good faith and without negligence, for the purposes of medical
or surgical treatment of a pregnant woman is justifiable».
54 Para los casos de delitos contra la integridad sexual.
55
Es llamativo que el aborto aparece en el título VII: Crímenes y Simples Delitos contra el Orden de
las Familias y contra la Moralidad Pública, y no en los delitos contra la vida, a diferencia de la
mayoría de los códigos de la región.
56
Entre 1931 y 1973 estuvo vigente un modelo de per misos que preveía en el código sanitario como
no punible el aborto llamado terapéutico, esto es, el aborto en caso de peligro para la vida o salud de
la mujer embarazada. Luego de la inclusión del artículo 19.1en la Constitución de 1980 –»la ley
protege la vida del que está por nacer»–, se modificó el código sanitario, prohibiendo todo tipo de
aborto.
57
Esta pena está dentro de la primera escala de gravedad.
58 Sólo se indicarán cuando estén previstas atenuantes específicas en la figura penal –aborto–.
59
Además, el artículo 193 establece el perdón judicial: «extingue la pena, el perdón que en sentencia
podrán otorgar los jueces al condenado, previo informe que rinda el Instituto de Criminología sobre
su personalidad, en los siguientes casos: 4) A quien haya causado un aborto para salvar el honor
propio o lo haya producido con ese fin a una ascendiente o descendiente por consanguinidad o
323
her mana; 5) A la mujer que hubiere causado su propio abor to si el embarazo ha sido consecuencia
de una violación.»
60 Esa pena será de seis meses a dos años, si el feto no había alcanzado seis meses de vida intrauterina.
61
No se pr evén castigos penales para las mujeres, sólo se establecen penas para los abortos practicados sin el consentimiento de la mujer y otras conductas de terceros, como su r ealización por lucro,
fuera de las instituciones guber namentales o por personas sin habilitación médica. Código Penal,
artículos 267 a 271 –sancionado en 1979–.
62
Con anterioridad a esta reforma penal, estaban previstas causales de no punibilidad.
63
Se aplica la legislación francesa.
64 Sin información.
65
Confor me el principio de necesidad, se per mite el aborto para salvar la vida de la mujer embarazada.
66
El Código Penal de 1997 derogó las causales de no punibilidad. No obstante, el Código de Ética
Médica admite el aborto en caso de peligro para la vida de la mujer gestante, exigiendo la certificación del médico o de un comité de médicos y el consentimiento de la pareja o pariente más cercano.
67
La per tenencia de Jamaica al Commonwealth determina que el caso Rex v. Bourne sea aplicable
en el país.
68
The Offences Against the Person Act.
69
Para mayor detalle, ver: http://www.gire.org.mx/contenido.php?informacion=70
70 Se apuntan las causales más generalizadas entr e los Estados.
71
Es la única causal común a todos los Estados de México.
72 Abor to resultado de conducta culposa de la mujer embarazada.
73
En 2007, la Asamblea Nacional de Nicaragua derogó la disposición r eferida al aborto terapéutico.
74
En 2007, se aprueba la Ley 603, que reformó el Código Penal y derogó el ar tículo 165, que
preveía el abor to terapéutico como causal de despenalización.
75
El Código Penal de 1937 ya preveía la misma excepción a la punibilidad.
76 Por la forma en que está r edactada la disposición se refiere al efecto indirecto: «No obra antijurídicamente el que produjera indirectamente la muer te de un feto, si esto, según los conocimientos y las
experiencias del arte médico, fuera necesario para proteger de un peligro serio la vida de la madr e».
77 El lenguaje utilizado por el ar tículo es vago y no resulta claro si también se admite por peligro para
la salud.
78 Puerto Rico es un Estado Libre Asociado de los Estados Unidos. Dado esto, la Constitución de
éste último es la vigente en Puerto Rico. De este modo, la sentencia Roe vs. Wade de la Corte
Suprema es aplicable, y así lo ha dispuesto el propio Tribunal Superior de Puerto Rico en People v.
Duarte Mendoza –109 D.P.R. 596, 607 - 1980–. Pero al mismo tiempo, Puer to Rico tiene vigente un
Código Penal que prohíbe el aborto, salvo ante el peligro para la vida o la salud. L a ley penal
entonces está en conflicto con la Constitución de Puerto Rico.
79
El fallo People v. NajulBaez –111 D.PR. 417 - 1981– sostuvo el derecho de una mujer al abor to
durante el primer trimestre de embarazo, e interpretó que la excepción establecida en el Código
Penal r eferida a la salud debía entenderse como bienestar físico, mental, y socioeconómico.
80
Confor me al principio de necesidad, se permite el aborto para salvar la vida de la mujer embarazada.
81
Confor me al principio de necesidad, se permite el aborto para salvar la vida de la mujer embarazada.
82 Ratificado por posteriores reformas penales. La última data de 2005.
83
Esto datos son limitados, pues son el resultado de las normas marco del tratamiento del aborto a
nivel nacional, y no de un análisis que construya el contexto jurídico de interpretación y aplicación
de las normas.
84
El caso mexicano es contabilizado como dos.
85 Que el aborto esté inser to en normas penales conlleva limitaciones materiales y efectos simbólicos
difíciles de ignorar. Por ejemplo, este modelo está enlazado en la estructura y prácticas del sistema
324
jurídico penal, de modo que los permisos surgen como excepciones a una regla general de criminalización.
86 En la tabla consigné solamente los esquemas específicos de abor to, no incluyendo aquellos sistemas jurídicos nacionales que admitían el aborto por peligro para la vida por aplicación del principio
de necesidad.
87 Esto ha generado r etos a nivel de interpretación que fueron tomados por grupos de la sociedad
civil, en especial de mujeres, como una manera de avanzar en la liberalización de la legislación.
88 Una excepción que llama la atención es la norma chilena, que lo considera un crimen contra el
orden de las familias y el orden público.
89
El D.F. de México mantuvo una penalización de la mujer muy baja.
90 Todos bajo una relación de dependencia política-jurídica de países que cuentan con legislaciones
liberales en el tema de aborto.
91 En 1997 Honduras, y en 1998 El Salvador, eliminaron todas las causales de despenalización del
aborto, retrocediendo sustancialmente respecto a los códigos penales 30 años más antiguos.
92
Lo que permitiría, de acuerdo al modelo de control de constitucionalidad, una reforma de la ley –
tribunales constitucionales– o al menos obtener la suficiente fuerza legal para suponer modificaciones sustantivas a la interpretación de los textos legales.
93 La excepción es Colombia, en donde la Cor te Constitucional abrió paso al régimen de indicaciones.
94
Por ejemplo, en El Salvador los embriones están protegidos por el Código Penal –artículos 133 a
141–.
95
Ver Villanueva Flor es (2008).
96 Así, El Salvador se encuentra frente a un desafío de magnitud diferenciada, luego de la incorporación del derecho a la vida desde la concepción en la Constitución, algo similar a lo que ocurre en
algunos estados de México.
97 Con diferencias en la jerarquía otorgada a los mismos.
98
El trabajo a nivel regional se ha dado bajos distintas modalidades e intensidades –presentaciones
de amicus en causas judiciales abiertas en tribunales locales, generación de documentos, y hasta
articulaciones para incidir en el ámbito del sistema americano de derechos humanos–. El establecimiento regional del 28 de septiembre como el Día de la Despenalización del Aborto es una expresión de este terreno conjunto en construcción.
99
No en pocas ocasiones esta distinción se diluye o se las asimila de modo automático.
100 Ver Salles (2006) para una distinción analítica con más dimensiones.
101
La traducción me pertenece.
102
Quiero destacar otro aspecto del tratamiento que se le da al aborto. Concretamente, si el aborto
es un dilema moral como otros, o tiene una excepcionalidad que justifica su abordaje sin referencias
a otras situaciones de la vida de las personas y de una comunidad. Me parece interesante la reflexión
que en este sentido trae Robin West (1993), citado por Little (1999), quien cree que el abor to nos
pone en una situación, en términos de la filosofía política, del derecho y la moral, extraña. La autora
explica que para gran parte de las tradiciones de teoría política y jurídica occidental, lo que una
persona es está físicamente demarcado de otra. De este modo, el aborto sería una situación marcada
por un particularidad profunda, una especie de entrelazamiento físico. Esto significa que para el feto,
la mujer gestante, y su relación, no caben categorías prefabricadas, y de este modo, expresa West, la
pregunta sobre el aborto está fuera de la zona de confor t de la teoría. Esta reflexión podríamos
fácilmente extenderla al campo jurídico. Creo que, independientemente de cuál sea la posición que
adoptemos sobre este punto, que la gestación ocurra en el cuerpo de alguien es un hecho medular
e irreductible, y por tanto con una connotación moral que nuestra reflexión –jurídica, moral, política– sobre el tema no debería eludir (Little, 1999).
103
En lo que sigue, si bien presento algunos materiales jurídicos que respaldan los argumentos, por
ejemplo, sentencias o normas, no es mi intención hacer esto de modo completo ni sistemático.
104 Este razonamiento puede basarse en una idea de potencialidad o del material genético. También
hay versiones religiosas. Ver Nino (2011).
325
Ver sobre este punto Dworkin (1994).
Para un desarrollo analítico claro sobre esto, ver Nino (2011).
107 Puede suceder que una mujer tenga un aborto espontáneo, por ejemplo, a las tres semanas, y no
se entere o lo confunda con la menstruación.
108
Sobre el valor intrínseco de la vida humana, ver Dworkin (1994), Nino (2011) y Borgmann
(2009). Dworkin apoya la idea de que la vida intrauterina tiene un valor en sí mismo, pero rechaza
que esto se traduzca en una inmoralidad del aborto en todos los casos, y menos aun que el Estado
regule de modo prohibitivo a éste.
109
Sobre una interesante lectura de la «aceptación» del aborto en caso de violación, ver Hendricks
(2009: 336)
110 Sobre las doctrinas legales acerca de este punto, ver Undurraga (2010).
111
Filippini (2011) estudia la discusión del tema durante el proceso de reforma constitucional de
1994. Ahí, muestra cómo la postura mayoritaria y la que quedó reflejada en el te xto constitucional
rechazan cualquier interpretación que pretenda sostener que la Constitución otorga un derecho a la
vida al feto o que prohíba el abor to.
112 Hay que recordar que la jerarquía constitucional de los tratados de der echos humanos en la
Argentina es «en las condiciones de su vigencia», esto es, según el ar tículo 75 inc. 22, «tal como la
Convención citada efectivamente rige en el ámbito inter nacional y considerando particularmente su
efectiva aplicación jurisprudencial por los tribunales internacionales competentes para su interpretación y aplicación» (Filippini, 2011: 413).
113 CIDH, Resolución No 23/81, 6 de marzo de 1981.
114
La delegación argentina, en oportunidad de la redacción inicial del ar tículo –antes de que se
incorporara el tér mino «en general»–, se quejó que la disposición sobre la protección de la vida
desde la concepción entraba en contradicción con el ar tículo 86 del Código penal (Faerman, 2008;
Filippini, 2011).
115 Ejemplos: la Carta enviada por este organismo al gobierno de Nicaragua, cuando en 2006 se
eliminó el abor to por peligro para la salud, y el caso mexicano «Paulina Ramírez» sobre la falta de
acceso a un aborto en caso de violación (Bergallo, 2010a).
116
ADL A 1990-D.
117
El derecho argentino otorga la personalidad jurídica desde el nacimiento al igual que los instrumentos inter nacionales de derechos humanos incorporados a la Constitución. De esta forma, una
interpretación armónica del Código Civil, la Declaración Americana de los Derechos del Hombre, la
Convención para la Eliminación de toda Forma de Discriminación contra la Mujer, entre otras,
marcan esta línea (Ariza y Ramón Michel, 2010).
118
Comité de los Derechos del Niño, Obser vaciones Finales sobre Argentina –CRC/C/ARG/CO/34–, del 21 de junio de 2010.
119
Por supuesto que la profunda ineficacia que demuestran las leyes penales del abor to no significa
obviar el efecto que tiene la penalización de esta práctica sobre las mujeres. «La ilegalidad atraviesa
las experiencias sobre el aborto» (Fernández y Tajer, 2003: 35) de las mujeres, o al menos de muchas mujeres y las personas que constituyen su entorno vital. Esto tiene un impacto no sólo en las
decisiones que pueden adoptar, sino en la manera en que perciben y procesan ese momento. Si bien
entonces no es unívoco el papel que desempeña la criminalización del abor to en las conductas,
percepciones y decisiones de las mujer es, tampoco puede sostenerse que no haya impacto o que no
tenga un papel en el proceso de decisión.
120
L a Organización Mundial de la Salud (2003) define como aborto inseguro a la terminación de un
embarazo realizada por personal no capacitado y/o en un ambiente que no cumple con las condiciones médicas mínimas. Si bien en un contexto de abor to legal pueden darse abortos inseguros, las
investigaciones disponibles muestran la relación entr e mayor tasa de complicaciones por aborto
inseguro y la ilegalidad del abor to. Ver Berer (2004).
121
Las complicaciones más comunes del aborto inseguro son el abor to incompleto, la pérdida excesiva de sangre y la infección. Las complicaciones menos comunes, pero muy serias, incluyen el
shock séptico, la per foración de órganos internos y la inflamación del peritoneo (Guttmacher Institu105
106
326
te, 2012b).
122
En ese mismo trabajo se sugiere que se practican más de 4.230.000 abortos inseguros anuales en
la región.
123
En base a datos de la Organización Panamericana de la Salud (2007).
124
Ver en detalle McDonagh (2007: 1208-1214)
125 Además, un embarazo no querido o no deseado puede afectar la salud psíquica (González Vélez,
2008).
126 La expresión «mater nidad voluntaria» fue forjada por los distintos feminismos del mundo que
promovieron las campañas y luchas por el control de la natalidad. El reclamo por la maternidad
voluntaria no sólo ha incluido el aborto voluntario, sino también educación sexual, el acceso a
métodos anticonceptivos y la prohibición de la esterilización u otras prácticas no consentidas por las
mujeres.
127 Al menos una maternidad biológica forzada.
128
En este documento, he eludido hacer distinciones, necesarias, entre las distintas maternidades y
paternidades posibles: genética, biológica, amorosa, etc.
129 Unido a esto, reaparece la reflexión de la legitimidad de la penalización en el mar co más amplio
de protección de la maternidad, esto es, cuánto el Estado y la sociedad han decidido aportar, en
términos de políticas públicas y prácticas sociales, para garantizar que las mujeres sean madres en
un contexto de dignidad y justicia.
130
La dignidad fue tomada por el der echo como un principio jurídico, elevado a fundamental, y
pauta inspiradora para el sistema de derechos humanos. No obstante, toda la estructura de los
derechos humanos se armó sin tener en cuenta las necesidades y situaciones de las mujeres.
131 Patricia Ireland comenta, siguiendo esta línea, que toda la batalla del aborto y las expectativas
sobre la maternidad le recuerda a los cambios en la conceptualización de la violación marital que se
inició bajo el auspicio feminista en la década de 1970 en Estados Unidos. Hasta ese momento, los
estados no habían hecho gran cosa acerca de la violación marital, pues habitaba la idea de que el
sexo entre marido y mujer eran normales y era necesario para mantener el equilibrio social, y que
por tanto, toda mujer normal, todas las mujeres reales, daban el consentimiento a mantener las
relaciones sexuales con su par eja (National Organization for Women, 1997).
132
En este trabajo no haré distinciones entre el derecho a la autonomía, privacidad e intimidad.
133 Justamente, el derecho a la privacidad fue la base constitucional sobre la cual la Corte Suprema
de Estados Unidos, en el caso Roe vs. Wade , decidió a favor del derecho al abor to durante el primer
trimestre del embarazo.
134
Se podría refutar que hay un «otro» encarnado en el embrión/feto. Ver la discusión sobre este
punto arriba.
135 Sobre esto, Ferrajoli declara «cualquier decisión heterónoma, justificada por intereses extraños a
los de la mujer, equivale a una lesión del segundo imperativo kantiano según el cual ninguna persona puede ser tratada como un medio o un instrumento –aunque sea de procreación– para fines no
propios […] porque a diferencia de cualquier otra prohibición legal, la prohibición del aborto equivale a una obligación –la de convertirse en madre, sopor tar un embarazo, parir, criar un hijo– en
contraste con todos los principios liberales del derecho penal» (citado por Carbonell, 2006: 55).
136
«Las impugnaciones a las restricciones indebidas sobre los procedimientos de abor to no tienen
por objeto reivindicar una noción generalizada de la intimidad, sino que se centran en la autonomía
de la mujer a determinar el curso de su vida, y por lo tanto a disfrutar del mismo estatus de ciudadanía». Voto en disidencia de la Jueza Ginsburg en el cado Gonzales v. Carhar t, 550 U.S. 124, 172 –
2007–. La traducción me pertenece.
137
No me detendré sobre los derechos reproductivos y sexuales, ver el artículo de Peñas Defago, en
este mismo libro.
138
K.L. era una adolescente forzada a llevar a término el embarazo de un feto anencefálico. K.N.L.
V Perú ante el Comité de Derechos Humanos, Comunicación 1153/2003, CCPR/C/85/D/1153/2003,
24 de octubre de 2005.
139
K.L. fue el primer caso en el que un organismo internacional de derechos humanos hace respon-
327
sable a un Estado por no garantizar el acceso a servicios de abor to legal.
140 Podemos vernos inclinados a sentir admiración por Mandela, que en nombre de sus convicciones
y de un proyecto de Estado y sociedad, pasó décadas preso, pero difícilmente nos pondríamos en
esa situación, menos aún proponerlo como un «deber implícito» de ciudadanía. Así como podemos
poner nos verdaderamente románticos cuando Leonardo DiCaprio cede su salvavidas a Kate Winslet en la película «Titanic», pero sabemos que nos costaría cuestionar moralmente a alguien que se
haya decidido a vivir y no ceder el único salvavidas disponible, menos aún podríamos imponerle
una condena legal por eso. Incluso se puede considerar moralmente correcto que un padre sea
obligado a donar un riñón a su hijo, pero es mucho más discutible que encontremos bases jurídicas
para aplicarle una pena de cárcel, por ejemplo. De hecho, probablemente ningún sistema jurídico
constitucional democrático obligue a nadie donar ninguna parte de su cuerpo, ni quiera sangre, a
nadie (National Organization for Women, 1997).
141
McDonagh (2007) explica que si bien el feto no tiene voluntad de dañar, tampoco lo tienen las
personas con discapacidad mental seria, pero no por eso el Estado avala la violencia de esa persona
sobre otra, ni deja de proteger a esta última frente al daño en la integridad física que el otro le
provocará, aunque de modo inconsciente, pues legalmente no es necesaria la intención de hacer
daño para que se reconozca el daño.
142
Ver arriba el punto en tor no a que el consentimiento en las relaciones sexuales no equivale, en
caso de quedar embarazada, a consentir gestar.
143
Justamente, el Comité de Naciones Unidas para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, en su Recomendación General No. 24 sobre mujer y salud, declaró que la
penalización de una práctica médica que sólo necesitan las mujeres vulnera el derecho a la igualdad
y a la no discriminación.
144 La Corte Suprema de Estados Unidos en Planned Parenthood of Se. Pa. vs. Casey , en 1992,
estableció «el sufrimiento de una mujer embarazada es demasiado personal como para que el Estado insista, sin más, imponer su propia visión del rol de la mujer, aun cuando esta visión haya sido
dominante en el curso de nuestra historia y cultura. El destino de la mujer debe moldearse, en gran
medida, sobre su propia compr ensión de los imperativos espirituales y de su lugar en la sociedad»
(Siegel, 2010b: 48).
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335
336
DISCURSOS Y LEYES SOBRE
PROSTITUCIÓN/TRABAJO SEXUAL
Marisa N. Fassi*
Cuando se enseña un tema en las aulas de derecho de Argentina y la
región, se suele enfatizar en lo que dice la norma y lo que dice la doctrina y/
o la jurisprudencia al respecto. Sin embargo, si entendemos al derecho estatal
como un producto legislativo, podemos también rastrear los discursos que
sostienen o justifican dichas regulaciones y los discursos que quedaron invisibilizados o fueron desplazados del proceso de producción e interpretación de
normas. Asimismo, podemos movernos para adelante e intentar ver cuáles
son las prácticas concretas que se desarrollan en torno a estas regulaciones.
El presente texto busca ampliar el abordaje del derecho para incluir
estos discursos y prácticas en el análisis de la temática del trabajo sexual/
prostitución. Se trata, de alguna manera, de «abrir el juego» del derecho. La
propuesta es plantear diferentes discursos que actualmente circulan sobre el
tema, para luego ahondar en la reglamentación y en algunas prácticas asociadas a la misma. Podría decirse que es una invitación a valorar estos discursos y prácticas con una actitud reflexiva, a cuestionarlos y a sumar interrogantes más que a incorporar respuestas dadas.
La primera sección –»Los discursos y su importancia»– desarrolla los
argumentos centrales en relación al trabajo sexual/prostitución de: 1) el feminismo radical, 2) las críticas al feminismo radical, 3) el análisis descolonialista, 4) las voces de mujeres trabajadoras sexuales adultas y organizadas. No
se hará, sin embargo, un ahondamiento exhaustivo de estos discursos, por lo
* Abogada por la Universidad Nacional de Córdoba; Magíster en Sociología Jurídica por la Universidad del País Vasco y el Instituto Inter nacional de Sociología Jurídica Oñati, España; doctoranda en
Derecho y Sociedad por la Universidad de Milán, Italia.
337
que se recomienda profundizar en la amplia gama de argumentos de cada
una de estas posturas.
La segunda sección –«El mundo de las leyes»– pretende dar cuenta de
la regulación normativa del trabajo sexual/prostitución, mostrando diferentes
modelos de regulación en el mundo, haciendo énfasis en la reglamentación
local, y señalando también los distintos modelos de control que surgieron a
partir de prácticas distintas bajo la misma regulación normativa.
Las reflexiones finales en este texto no pretenden «concluir» con la
discusión sobre trabajo sexual/prostitución, sino más bien enfatizar la relevancia que tiene «abrir el juego» en las aulas de derecho y en la formación de
estudiantes en general.
Los discursos y su importancia
¿Trabajo sexual o prostitución? ¿Acaso da lo mismo llamar a la misma
actividad de una u otra manera? Las palabras cargan consigo estereotipos,
ideas asociadas, posicionamientos políticos y formas de entender el mundo
social que nos rodea. «Nombrar» de una u otra forma implica, entre otras
cosas, asumir y reproducir los posicionamientos asociados a la palabra elegida. Diversos grupos sociales que sufrían y sufren el efecto de estos posicionamientos han luchado por lograr un cambio en la manera en que se los denominaba o denomina.
Ahora bien, para que quede explícito el posicionamiento político e ideológico en relación al trabajo sexual/prostitución no basta sólo con nombrar la
actividad de una u otra forma. Existen diversas formas de ver el intercambio
de dinero por placer sexual. El tema ha sido abordado desde diversas disciplinas o áreas de conocimiento1. Me centraré aquí en los discursos feministas
sobre el trabajo sexual/prostitución. La primera idea que queda descartada
es que existe algo así como EL feminismo. Algunos temas de la agenda de
género han sido bastante comunes en las vertientes feministas, como por
ejemplo la igualdad para el ejercicio de derechos políticos, igual remuneración por igual tarea, etc. Sin embargo, el posicionamiento en relación al trabajo sexual/prostitución ha marcado una división tajante entre los muchos
discursos feministas.
338
Se han delineado desde la misma academia algunas clasificaciones de
estos discursos. El recorte y la generalización que suponen estas clasificaciones seguramente dejan fuera matices que existen en una u otra, pero sirven
para enmarcar las distintas vertientes de pensamiento.
Bernstein (1999) clasifica las teorías feministas sobre prostitución/trabajo sexual en: 1) críticas del feminismo radical a la prostitución, con autoras
como MacKinnon, Pateman, Overall, para quienes la sexualidad es la base
de todas las formas de desigualdad de género, y la objetivación sexual es la
clave de la sujeción de las mujeres; 2) defensas de la prostitución por parte de
feministas pro-sexo, con autoras como Chancer y McClintock, para quienes
las trabajadoras sexuales tienen una sensación de control en el intercambio al
recibir un pago, lo que las convierte en estrategas subversivas; 3) enfoques
desde el feminismo contextualizando a varios aspectos de la industria del
trabajo sexual, con autoras como Shrage, Zatz, Chancer, para quienes el significado y sentido de la prostitución es empírico y por tanto debe ser entendido de acuerdo a su especificidad cultural e histórica.
Por su parte Razack (1998) considera que las tendencias pueden dividirse entre libertarias y socialistas. Esto es, entre quienes piensan, por un
lado, que la prostitución es causada por nuestro deseo de sexo abundante y
diverso y, por el otro, quienes sostienen que la prostitución personifica la
dominación masculina y es causada por la combinación de capitalismo y
patriarcado. Esta misma autora, sin embargo, hace énfasis en la división entre quienes ven a la actividad como un trabajo –y una expresión de la agencia
de las mujeres– y quienes la ven como violencia –patriarcal, racial, etc.
Las clasificaciones en sí también implican un posicionamiento, ya que
para clasificar se privilegia un eje que establecerá los términos de la clasificación. Por lo pronto, hemos visto que existen diferentes formas de «nombrar»
la actividad, diferentes ideas asociadas a la misma palabra elegida para nombrarla, y diferentes tipos de feminismos que asocian y nombran la actividad
de manera diversa.
Ahora bien, ¿son todos los discursos igualmente influyentes en la sociedad y las políticas públicas? No. En la sociedad, o mejor dicho entre los
diversos grupos sociales que convivimos, circulan varios discursos sobre un
mismo tema. Sin embargo, algunos discursos son más influyentes, aceptados
o hegemónicos que otros. En Argentina, el feminismo radical ha demostrado
ser altamente influyente en las políticas públicas y espacios de poder y deci339
sión2 . Es por esto que tomaré como punto de partida este discurso, presentando también sus críticas más relevantes, y sumando dos discursos que suelen ser invisibilizados: el discurso descolonialista, y las voces de trabajadoras
sexuales.
En síntesis, postularé las líneas de argumentación de cuatro discursos:
1) feminismo radical –principalmente las autoras MacKinnon y Leidholdt–,
2) las críticas al feminismo radical –sin sugerir que necesariamente se opongan en todos los puntos, ni que las autoras y autores que critican sean iguales
entre sí–, 3) des-colonialismo –considero que esta postura tiene una increíble
potencialidad para pensar las relaciones sociales de nuestro contexto–, 4)
voces de trabajadoras sexuales –como portadoras de reivindicaciones, autopercepciones, conocimiento y experiencia–.
Feminismo Radical
El feminismo radical –MacKinnon, Leidholdt, Kate Millet, Kathleen
Barry, Carole Pateman, y Andrea Dworkin, entre otras– sostiene, sobre una
cadena de argumentos básicos, que 1) no existe opción en la prostitución, 2)
la idea de contrato invisibiliza la dominación, 3) la prostitución constituye
tratamiento cruel, inhumano y degradante, 4) es un problema que afecta a
todas las mujeres, por tanto un problema de género.
Entonces, ¿qué diríamos si partimos desde esta perspectiva?
En relación a la voluntad para ejercer la actividad diríamos: nadie elige
la prostitución. Aseguraríamos que no es una actividad libre en ninguna de
sus formas desde que la coerción se presenta desde el incesto, el secuestro, el
ser forzadas, el drogarse, la propensión a los asaltos, al juzgamiento por la ley
penal (MacKinnon, 2005: 158). Sostendríamos que no hay opción porque la
mayoría de las prostitutas fueron abusadas de niñas, porque no tienen otra
oportunidad laboral, porque el dueño del burdel se queda con sus pasaportes, que «no hay opción presente cuando una mujer está tan traumatiza por
tener a un extraño tras extraño usando su cuerpo como una escupidera de
semen que ella acepta la prostitución como su destino» (Leidholdt, 1993:
138).
La voluntad queda entonces eliminada a priori, más allá de lo que
pueda sostener la persona que está ejerciendo la actividad, se considera que
340
esa voz está viciada y por tanto carece de valor para establecer un acuerdo
de voluntades. La idea de que hay un contrato –no escrito– entre la persona
que ofrece placer sexual y la persona que dará dinero a cambio, queda rechazada. Esta idea de contrato, desde esta perspectiva, invisibiliza la dominación, coloca a la persona «como si» quisiera ejercer la prostitución, iguala
voluntades que no son iguales, desconoce que –más allá del momento en
que se acepta el intercambio– existe una historia de violencias que llevan a
esa persona –mujer– a aceptarlo. La voluntad es, por lo tanto, el eje desde el
cual se entiende la actividad. La prostitución es considerada una «violación
serial».
En relación a la pobreza diríamos: es coerción; y por tanto también
elimina la idea de opción. «El sexo basado en la pobreza, antes y durante la
prostitución, la refuerza» (MacKinnon, 2005: 158). Leidholdt, por su parte,
sostiene que «las mujeres prostituidas en países en vías de desarrollo están
similarmente motivadas por la desesperación económica. Aún más, la presión comúnmente viene de pueblos y familias que valoran poco a sus hijas y
se han vuelto dependientes financieramente del dinero que les mandan a sus
casas desde los prostíbulos de la ciudad» (1993: 137). La autora sostiene
asimismo que las mujeres trabajando en los prostíbulos de E.E.U.U son inmigrantes ilegales traficadas de países en vías de desarrollo: «más y más, esa es
la cara de la prostitución en el Primer Mundo» (Leidholdt, 1993: 135).
En relación al trabajo diríamos: la prostitución no es trabajo. «Así como
la prostitución no se trata de una opción, tampoco se trata de un trabajo. O si
lo es, lo es en los mismos términos que la esclavitud o la servidumbre por
deudas son un trabajo –trabajo que viola la dignidad humana y todo otro
derecho humano–» (Leidholdt, 1993: 138). En el mismo sentido de asimilar
la prostitución a la esclavitud, MacKinnon señala que el hecho que «la esclavitud implique mucho esfuerzo no la convierte en un trabajo. Es el refuerzo
de las relaciones de desigualdad en las relaciones entre las personas, como
socialmente organizadas, lo que está en cuestión» (2005: 160).
Diríamos desde esta perspectiva que el tema de la prostitución no afecta sólo a las mujeres que la ejercen, sino que es un ataque a todas las mujeres
por reforzar las relaciones de dominación de los hombres sobre las mujeres.
Se trata de un problema de género, entendido como un problema de las
mujeres, en el que se prostituye una, pero los efectos recaen en todas.
341
Los postulados hasta aquí descriptos son compartidos, de una u otra
manera, por la mayoría de las feministas que inscriben a esta perspectiva, y
son la base de intervenciones políticas e influencias académicas a nivel global3.
Estos postulados han sido fuertemente criticados en la academia, en
particular estadounidense y europea, desde fines de los años noventa, y más
aún en la última década. Asimismo, los efectos de las políticas diseñadas a la
luz de esta perspectiva, han sido confrontados por diversas organizaciones
de trabajadoras sexuales y otros movimientos organizados.
Críticas al feminismo radical
Las críticas al feminismo radical se sustentan desde los más variados
argumentos. Estas críticas vienen desde diversas perspectivas que no necesariamente comparten los mismos postulados sobre el trabajo sexual, revalorizan la actividad como una opción y por tanto como un trabajo, y cuestionan
duramente el discurso victimizante de las personas que lo ejercen.
Entonces, ¿qué diríamos desde esta perspectiva?
En relación a la actividad como opción, diríamos que someter a las
personas que ejercen el trabajo sexual a la posición de subordinadas las inscribe en una identidad con la cual ellas mismas no quieren identificarse, y eso
es violencia. Desde su experiencia como trabajadora sexual, Koureskas señala que no conoció nunca a una trabajadora que se sienta subordinada, inferior o explotada a través de su sexualidad (1995: 104). En este sentido, la
falsa conciencia se convierte en un argumento fácil para deslegitimar opiniones, sentires, y experiencias diversas.
Desde esta perspectiva, se considera que el argumento que señala a la
pobreza como una forma de coerción es aún más violento, ya que no deja
espacio posible para reconocer y validar las elecciones de mujeres que se
confrontan a oportunidades económicas limitadas (Kapur citada por Scoular,
2004: 351). A la vulnerabilidad socio-económica se le suma así la vulnerabilidad en la participación democrática de sus intereses en el debate público
En relación a considerar la actividad como trabajo, las críticas al feminismo radical sostienen que no considerarlo una opción laboral legal y legítima elimina la posibilidad de que las personas que ejercen el trabajo sexual
342
tengan mayor control y poder para trabajar en una atmósfera donde puedan
definir el sentido de su trabajo y las condiciones del mismo, todo lo cual
permitiría un cambio en el status actual de las percepciones, bienestar y reputación de estas mujeres (Koureskas, 1995: 107). Para Zatz, la pregunta no
debería ser por qué el trabajo sexual es tolerado, sino por qué es tolerado
sólo como una actividad marginal y degradada sin legitimidad oficial (1997:
290). Esta misma autora señala que no es el trabajo sexual de por sí lo que
promueve valores opresivos del patriarcado capitalista sino más bien la producción cultural y legal de la prostitución –marginada y degradada– lo que
asegura las características opresivas (Zatz, 1997: 290). Es decir, no es el hecho de que una mujer intercambie dinero por placer sexual lo que las oprime,
sino que las oprime el hecho de que culturalmente sean marginadas y degradas. En este sentido, Zatz sostiene que
cuando los sentidos dominantes son en sí parte de sistemas opresivos de
significados y prácticas, sería un grave error sostenerlos como dados y
luego evaluar las prácticas a través de los mismos. Al hacerlo, la crítica
puede inadver tidamente pasar por alto momentos en los que se realizan
esfuerzos por resistir, transformar, o transgredir esas normas y prácticas
que proveen las bases de dichos esfuerzos, enfocándose en cambio en los
peligros de la transgresión en vez de crear espacios donde sea menos
peligrosa (Zatz, 1997: 289).
Según MacKinnon, el hecho de que el intercambio de sexo por dinero
se denominaba antiguamente white slavery –esclavitud blanca o trata de blancas– no es casual, sino que refuerza el argumento de que se trata de esclavitud (2005: 157). Las críticas al feminismo radical tampoco consideran que
haya sido casual la asociación de la actividad a la esclavitud, y menos aún el
calificativo de «blanca». Doezema (2001) demuestra que los elementos narrativos del término «trata de blancas» son, y han sido siempre, la inocencia,
la puridad juvenil y sexual, la impotencia, la degradación y la muerte. El uso
de la palabra «esclavitud» por parte de activistas feministas y no feministas ha
sido extremadamente poderoso. Como lugar de «daño irrefutable», este discurso sirvió para demostrar la necesidad de la participación de mujeres en
este tema, primero desde la filantropía pública, y luego directamente en la
política (Burton citada por Doezema, 2001: 23).
343
Como corolario de las demás críticas al feminismo radical, cuestionan
fuertemente la manera en que este discurso victimiza a todas las prostitutas/
trabajadoras sexuales. Desde que toda forma de prostitución es coaccionada, toda mujer que la ejerce es una víctima, y por tanto necesita ser rescatada.
Alexander (1997) señala que la ideología detrás las construcciones legales que se basan en la prostitución como violación definen a todas las
prostitutas como pasivas, indefensas, víctimas degradadas, y consideran que
cualquier prostituta que reclama lo contrario tiene falsa conciencia (1997:
83). Esta autora remarca que las feministas que pregonan por abolir el trabajo sexual respetan la representación de sí mismas que tienen otras mujeres
oprimidas –como lesbianas o mujeres afro-americanas–, pero de ninguna
manera respetan la auto-percepción de las mujeres prostitutas (1997: 83).
Por su parte, Zatz considera que el feminismo radical hace causa común con la ideología de derecha al incluir a la prostitución como «desviación» o «perversidad» sexual4. En este sentido, Pendleton señala que en el
nombre de la «igualdad» se quiere recuperar a estas «mujeres perdidas»: para
ser una mujer socialmente aceptable y tener un lugar en el debate, la prostituta tiene que dejar de aceptar dinero por sexo, la joven madre tiene que
tomar la píldora anticonceptiva y conseguir trabajo, etc. (1997: 73). Siguiendo con esta crítica, Alexander sostiene que el estigma de «la puta» y las leyes
contra la prostitución nos quitan el derecho a decir que sí, «nos niegan el
derecho a demostrar interés en el sexo, iniciar sexo, o acordar tener sexo si
establecemos términos económicos por ello» (1997: 85).
Vista a la luz de estas críticas, la promoción de la criminalización de los
clientes como parte de la lucha por rescatar a estas «pobres mujeres perdidas» genera aún más violencia y clandestinidad. El objetivo último de esta
pretendida criminalización de los clientes es la eliminación del trabajo sexual
como un todo. Se critica esta política porque desconoce que la ley y su aplicación le son irrelevantes para entender y/o afectar la prostitución, sosteniendo que los sistemas legales simplemente reflejan las estructuras subyacentes
de desigualdad sexual. Los efectos de estas políticas generan más desigualdad porque la criminalización del cliente es usada por la policía para perseguir a cualquier hombre o mujer en las calles quienes parezcan sospechosos
o sospechosas, y ésta es una práctica desproporcionada que afecta directamente a grupos que ya están de por sí marginados (Zatz, 1997: 302).
344
El eje elegido para definir la problemática en un feminismo y otro son
diferentes. «El feminismo anti-prostitución define a la prostitución en sí misma como una violación a los derechos humanos –de las mujeres–. Los movimientos por los derechos de las trabajadoras sexuales definen a la represión
estatal de las prostitutas como una violación de los derechos humanos»
(Alexander, 1997:84).
Análisis des-colonialista
Si bien la gran mayoría de los territorios que se encontraban colonizados recuperaron su soberanía nacional durante los siglos XIX y XX, esto no
significa que la colonización haya desaparecido. Para quienes realizan estudios des-colonialistas, las formas de colonización exceden a la dependencia
administrativa legalmente establecida entre un Estado y otro territorio. Existe
también lo que se ha dado en llamar «colonización discursiva», que es el
modo de apropiación y codificación de realidades a través de categorías analíticas que llevan implícita la superioridad de un grupo –por lo general una
cultura– sobre otro. Por ejemplo, si digo «es civilizado comer con cubiertos»,
estoy usando una categoría analítica «lo civilizado» que tiene una connotación positiva de superioridad, implicando que quienes no coman con cubiertos son parte de «lo incivilizado». Estas categorías analíticas tienden a funcionar como binomios –por ejemplo, civilizado/incivilizado, moderno/tradicional, etc.– donde una parte del binomio será la que tiene connotación positiva, algo así como «lo deseable». Pero esa connotación positiva no surge de la
noche a la mañana ni por decisión de una persona aislada, sino que se va
incorporando paulatinamente en la vida cotidiana, en el lenguaje, en las leyes, en la forma de entender la realidad que nos rodea, etc.
En un artículo llamado «Bajo ojos occidentales: academia feminista y
discurso colonial», la autora Chandra Talpade Mohanty (1997) analiza la producción en textos feministas occidentales contemporáneos sobre la «mujer
del tercer mundo». Al hablar de textos occidentales se refiere a la producción
de conocimiento que parte desde una forma de entender las relaciones sociales que es hegemónica en Europa continental y Estados Unidos, primordialmente5.
345
Mohanty nos habla de la «colonización discursiva» utilizada en ciertos
discursos feministas en Estados Unidos y Europa occidental, definida como
el modo de apropiación y codificación de la academia y el conocimiento
sobre mujeres del tercer mundo a través de ciertas categorías analíticas.
Esta autora cuestiona así tres presupuestos analíticos: 1) la noción de
género como universalmente aplicable que considera a las mujeres como un
grupo coherente, constituido por idénticos intereses y deseos –todas las mujeres queremos lo mismo y buscamos lo mismo–; 2) la manera a-crítica con la
que se releva la «prueba» de la validez de esta universalidad –cuando se
investigan cuestiones de género se parte de esa universalidad en lugar de
cuestionarla, entonces los resultados tienden a confirmarla–; 3) la presuposición política que emana del contraste entre ese grupo de mujeres homogéneas y oprimidas del «tercer mundo», y la auto-representación –implícita– de
las mujeres occidentales como educadas, modernas, como teniendo control
sobre su propio cuerpo y sexualidad, y con libertad de tomar sus propias
decisiones6 . En este sentido, señala que los discursos feministas occidentales
que escriben y estudian sobre las «mujeres del tercer mundo», tienden a definirlas con un estatus de objeto, y enfatiza que esta objetivación –aún cuando
motivada por las mejores intenciones– necesita ser nombrada y desafiada
(1997: 79-84).
Esta MUJER, considerada como un conjunto monolítico, es calificada
de víctima por su condición de «pobre» o «tercer mundista». Ninguno de
estos postulados tiene una base empírica concreta, y es fruto de una doble
sobre-simplificación: por un lado, de lo que es «la mujer», y por otro, de lo
que es el imaginario occidental sobre el «tercer mundo». Debe existir siempre
un «tercer mundo» para que la idea del «primer mundo» tenga sentido, y
debe existir una identificación como «mujer» para ser considerada representante de las mismas. Estos presupuestos analíticos del norte global encuentran en el tema de la prostitución/trabajo sexual un anclaje clave para el intervencionismo que apela a «rescatar» a una alteridad sufrida. En este tema en
particular se suma una tercera sobre-simplificación: el igualar todo intercambio de dinero por placer sexual, sea el realizado por medio de la explotación,
de la prostitución infantil, del tráfico de personas, esté la mujer atada a una
cama o sea una persona adulta que independientemente se para cada día en
una esquina o trabaja con clientes vip en su departamento de Buenos Aires
346
sin compartir su dinero con nadie –todas son prostitutas, todas son tercermundistas–.
Doezema sostiene que «la construcción de la ‘prostituta del tercer mundo’ es parte de un impulso más amplio de las feministas occidentales por
construir a la alteridad dañada como la principal justificación de sus propios
impulsos intervencionistas» (Doezema, 2001: 17). En este sentido, Scoular
sostiene que, no contentas con representar sólo a sus «pobres hermanas» en
su propio país, las mujeres Victorianas también extendieron su alcance a las
colonias (2004: 350). Burton demuestra la manera en que las «esclavizadas»
prostitutas de la India sirvieron para demostrar la necesidad de que las mujeres británicas participaran en las políticas del imperio para purificarlo y detener el sufrimiento causado por los hombres (citada por Doezema, 2001: 24).
Asimismo, Scoular señala que «la importancia de la cultura para estructurar
los significados de la prostitución esta ausente no sólo en las campañas de las
feministas Victorianas, sino también en el discurso internacional que sigue
privilegiando las categorías, temas y experiencias occidentales» (2004: 351).
Scoular sostiene que la confianza del feminismo radical en el discurso
modernista que construye a la prostituta como una alteridad –como esa otredad diferente– reproduce los dualismos modernos occidentales en términos
de «víctima/persona» junto con los binomios «buena/mala» - «puta/santa»
(2004: 348).
La pregunta no es entonces cuál de estos discursos es «mejor», ni cual
es portador de «verdad», todas cuestiones que resultan por demás sospechosas. La pregunta sería, más bien, qué efectos tiene validar uno u otro en
nuestros contextos del sur global.
Las voces de mujeres trabajadoras sexuales adultas y organizadas
El hecho que la prostitución se considere el eje de la emancipación de
LA MUJER oscurece la posibilidad de una confrontación política donde las
voces de las trabajadoras sexuales sean referentes válidos desde donde construir una teoría y práctica en torno a la prostitución/trabajo sexual.
Lejos de oscurecer la situación de opresión de las trabajadoras sexuales, el propósito es aquí resaltar la necesidad de «rescatar» sus voces como
personas pensantes y decisoras, y dejar de «rescatar» débiles víctimas silen347
ciosas, en particular porque su silencio es fruto de la violencia que implica
invisibilizar sus voces. No pretendo, sin embargo, hablar «por» las trabajadoras sexuales, sino solamente exponer algunas de sus prácticas concretas y
posturas relevadas en una investigación cualitativa7 más amplia sobre la relación que las trabajadoras sexuales adultas y organizadas en la Asociación de
Mujeres Meretrices –AMMAR– en Córdoba8 tienen con el derecho. Estas prácticas de resistencia y la postura de estas mujeres las alejan del discurso que
pretende enmarcarlas como las «pobres víctimas».
Las trabajadoras sexuales organizadas reivindican su actividad como
un trabajo y como una elección. Resaltan que al trabajo sexual lo ejercen
personas de distintas clases sociales y también la clientela proviene de distintas clases.
tenemos conocimiento de compañeras que son psicólogas, son abogadas,
y sin embargo ejercen el trabajo se xual en las zonas de grandes vip. Pero
atacamos a la compañera más débil, que es aquella que no estudió, que
no conoce sus derechos. Siempre atacamos a las más vulnerables. La que
viene realmente de un sector vulnerable (Ana, 24/06/2010).
Frente a esto, su reclamo es por obtener esas herramientas que les
permitan paliar condiciones socio-económicas adversas. AMMAR tiene tres
áreas principales: educación, salud, y gremial. El área de educación comenzó
en 2003, está abierta a toda la comunidad, e incluye un taller de alfabetización, una escuela primaria oficial –apoyada por el Ministerio de Educación
de la Provincia–, jardines de infantes, sala cuna, cursos de teatro, biblioteca
popular, como a