La pandilla basurrilla Juan sólo tiene 24 años, pero está a punto de cumplir su sueño. Con un Grado en Maestro en Educación Primaria y un Máster en Pedagogía Terapéutica, Juan acaba de ser contratado en un colegio privado. Es 1 de septiembre y de camino al centro, con su carpeta y su blog recién comprados para la ocasión, piensa en cuando comenzó todo. De pronto, le viene un recuerdo a la mente. Es él de niño diciendo: – Yo de mayor quiero ser maestro. Después recuerda su adolescencia y las ganas de ayudar a los demás. Sobretodo a los niños. Le parece que son los que más lo necesitan. Son tan pequeños, saben tan poco. Por eso, al acabar bachillerato decidió estudiar magisterio. Quería hacer que los niños fueran lo más felices posible. Ya en la universidad supo que trabajaría con los que más lo precisaban, y por eso, se especializó en Pedagogía Terapéutica. Una vez en el centro empiezan las reuniones para preparar el curso escolar y Juan es informado de que en el centro existen ocho alumnos con necesidades especiales; dos con discapacidad sensorial, uno auditiva y otro visual, uno con discapacidad intelectual, síndrome de Dawn, otro con discapacidad motora de origen cerebral que requiere de silla de ruedas, otro con trastorno del espectro autista, síndrome de Asperger y conducta violenta, otro con trastorno por déficit de atención con hiperactividad, otro con trastornos emocionales postraumáticos que se traduce en una introversión severa y finalmente, un niño diagnosticado de Altas Capacidades. Juan realizará su adaptación curricular. El refuerzo se llevará a cabo de manera individual y grupal en el aula de PT . Tres horas de manera individual y dos compartidas por semana. El colegio se llena de gritos y de risas, de olor a libro nuevo. Es el primer día de clase. Juan empieza a conocer uno a uno a sus alumnos durante las sesiones individuales. El primer día que Juan reúne a todos sus alumnos para la sesión conjunta, después del recreo, van andando por el pasillo hacia el aula de PT (Pedagogía Terapéutica) cuando se cruzan con otro grupo de niños que suben colorados del descanso. De esa masa sudorosa sale una voz que exclama: La pandilla “basurilla”. Todos ríen. Todos menos sus chicos que ahora miran hacia el suelo. Juan no sabe como reaccionar y hace como si no hubiera escuchado nada. Ya desde ese primer día, Juan se da cuenta de las dificultades para poder atender a la vez a un grupo tan diverso. Le parece que esa dos horas apenas son aprovechadas por sus alumnos, que su trabajo no tiene una incidencia en el desarrollo de sus capacidades. Después de cada sesión conjunta, Juan termina preocupado. Sabe que algo no va bien en su trabajo, pero no sabe como mejorarlo. Una tarde, a la salida de uno de los ensayos del grupo de teatro amateur al que Juan pertenece desde hace años, tiene una idea. Empieza a relacionar su grupo de teatro, tan heterogéneo, amas de casa, abuelos que no pudieron ir a la escuela, adolescentes que sueñan con ser actores y él mismo, un maestro que simplemente disfruta de esos momentos. Cae en la cuenta de todo lo que el teatro le ha aportado, como le ha ayudado a desarrollarse de una manera integral. Sin duda no es el mismo que se unió hace tiempo a aquel grupo. Ahora no le cuesta hablar en público, conoce mejor su cuerpo, disfruta jugando con sus compañeros a ser otro, expresa ideas y emociones de una forma que en otro entorno sería difícil, le es más fácil imaginar como se sienten otros, pero sin duda lo que más le gusta es el grupo de amigos que conforman, tan diferentes pero tan iguales a la vez. Está decidido. Esa dos hora semanales que pasa con sus alumnos programará un taller de teatro. Al día siguiente, Juan llega al colegio lleno de ilusión. Se reúne con el jefe de estudios y le presenta su plan. El jefe de estudios se muestra algo escéptico pero cuando ambos se lo cuentan a la orientadora a esta le parece una idea extraordinaria y finalmente Juan tiene carta blanca para poner en funcionamiento su taller. Juan trabaja mucho durante toda la semana para conformar la programación del taller. Entre sus conocimientos y un par de manuales se siente listo para emprender la aventura. Cuando llega la sesión con sus alumnos Juan le cuenta emocionado su idea y consigue contagiar a sus alumnos que en un principio se mostraron algo reticentes. Desde ese día, ya no dan la sesiones en el aula de P.T, o aula “Para Tontos”, como la denominan muchos de los alumnos del centro. Ahora se llevan a cabo en el salón de actos. Empiezan con juegos dramáticos donde desarrollan muchísimas capacidades sin darse cuenta, capacidades que nunca habían desarrollado, al menos en la escuela, pero sobretodo se van conociendo por primera vez. Empiezan el segundo trimestre con una nueva propuesta de Juan. Crearan su propia obra de teatro. Ellos lo harán todo; escribirán el texto, diseñaran el vestuario y la escenografía, lo realizaran y por supuesto, lo interpretaran delante de todo el colegio. Los chicos están entusiasmados. Pronto saben de lo que tratará su obra. Quieren contarle al mundo cómo es vivir con una discapacidad, quieren decirle a los demás que ellos también tienen emociones, pensamientos y sentimientos, que sueñan, desean y tienen necesidad de tener amigos. Para las vacaciones de Semana Santa ya tienen lista la obra. Van a representarla el último día antes de las vacaciones. Cuando llega el día de la representación están muy nerviosos, pero han trabajado mucho y todo va a salir bien. El salón de actos está lleno. Todos los maestros y alumnos del centro están allí y por supuesto sus padres. Se abre el telón y todos quedan fascinados de como María interpreta lo que dicen sus compañeros a través de la lengua de signos, les parece que hace una danza maravillosa con sus manos y a más de uno le entran ganas de aprenderla. Dario se mueve con soltura por el escenario ¿Acaso ha recuperado la visión?, se preguntan sus compañeros. Noelia danza maravillosamente bien, su retraso mental no le impide en absoluto expresarse a través de su cuerpo con una libertad y una gracia que todos admiran. Nacho hace toda una exhibición con su silla de ruedas, realmente no parece limitado. Jose muestra su memoria fotográfica y todos sus conocimientos específicos narrando algunas anécdotas ocurridas durante el recreo ese mismo año, como cuando Carlota se encontró un paséridos, un gorrión, herido y todos disfrutan con sus relatos. Manuel baila break dance, entonces todo el público piensa que quizás a Manuel le cuesta quedarse en clase quieto y atender porque, en realidad, es un bailarín, que quizás, el nació para bailar. Carmen, siempre tan callada y tímida, les habla ahora a sus compañeros con voz alta y clara y todos la escuchan. Mario ha sido en último termino el creador de la obra, aunando las propuestas de todos sus compañeros, realmente parece más un artista que un empollón. Durante la obra lanzan su mensaje, cuentan sus historias, se dan a conocer a los demás y el auditorio comienza a conocerlos, a entenderlos, a admirarlos. Cuando termina la función, todo el patio de butacas aplaude con entusiasmo y le aplauden a ellos, no a la sorda, al ciego, a la retrasada, al paralitico, al raro, al que no para quieto, a la invisible, al empollón, a la pandilla “basurilla”. Les aplaude a ellos; a María, a Darío, a Noelia, a Nacho, a Jose, a Manuel, a Carmen, a Mario, a una pandilla de artistas. Después, todos vuelven a sus clases. Todos, menos Juan que permanece en el salón de actos recogiendo las sillas. Entonces, entra Paula, la mamá de Mario. Quiere agradecerle en nombre de todos los padres de sus alumnos lo que ha hecho por ellos, las ganas de ir al colegió, sus ojos brillando cuando hablaban de las clases de teatro y lo mucho que han mejorado en tantos otros aspectos. Antes de salir, Paula se gira hacia Juan y le dice lo que hace una semanas le comentó Mario: – Mamá, quiero ser maestro, como Juan. Juan sonríe y sus ojos se humedecen.