1. Propiedad y explotación latifundistas a fines del Antiguo Régimen

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los dos colectivos -pequeños y grandes propietarios- poniendo
especial acento, como a partir de aquí se hará para cada una
de las etapas analizadas, en las relaciones de interdependencia
que los vinculan y en el papel que la distinta ubicación en el
espacio de ambos grupos sociales juega en dichas relaciones de
dependencia.
1. Propiedad y egplotación latifundistas
a fines del Antiguo Régimen
1.1. Panorámica general, de
lós «Mayores Hacendados» campiñeses
No cabe duda de que un análisis exhaustivo de la gran
propiedad campiñesa a mediados del siglo XVIII requeriría el
vaciado completo de los Libros de legos y eclesiásticos -Respuestas particulares- del Catastro de Ensenada (1). Pero, como
es sabido, dentro del cuerpo documental del Catastro de Ensenada existe un apartado de gran interés para el análisis de
la gran propiedad rústica. Se trata de los libros denominados
del Mayor Hacendado, de los que se conserva serie completa
en el Archivo General de Simancas y copia, también, en los
provinciales de Jaén y Córdoba (2).
(1) Esa labor, además de costosísima, resulta imposible para todo el ámbito campiñés ya que el incendio de la Delegación de Hacienda de Sevilla
a comienzos de siglo acabó con la totalidad de los fondos catastrales; la conservación en algunos archivos municipales de las correspondientes copias permite, al menos, el estudio de la situación de dichas localidades. Los reinos
de Cbrdoba y Jaén, por su parte, aunque con algunas lagunas importantes,
cuentan con amplios fondos del Catastro en sus respectivos archivos provinciales.
(2) Los libros del Mayor Hacendado han constituido una de las fuentes básicas del reciente trabajo publicado por M. Artola, J. Contreras y
A. M. Bernal, El lat^ndio. Psopitdad y explotación, siglos xvl^^-XX, Madrid,
Ministerio de Agricultura, 1978. Para la provincia de Salamanca han sido
198
Como, por los motivos indicados en la nota 1, resultaba
imposible contar con toda la información procedente de las «respuestas particulares» de cada una de las ciudades, villas y lugares campiñeses, pareció oportuno abordar el estudio de los
Mayores Hacendados para, en una segunda fase, proceder al
análisis exhaustivo de los aspectos territoriales y productivos
de una muestra significativa de grandes patrimonios rústicos.
A nadie se le ocultan, ciertamente, las limitaciones del Libro
del Mayor Hacendado (3), pero aún así es de justicia afirmar
que la fuente en cuestión aporta una panorámica aceptable del
vértice superior de la pirámide rural y ayuda a marcar diferencias, dentro de esa oligarquía terrateniente, entre las distintas comarcas del valle bético, especialmente entre las tierras
altocampiñesas, los grandes concejos del centro y de la baja
Campiña, y los municipios de la vega del Guadalquivir.
1.1.1. Los titulares de la propiedad: hacia una
diferenciación regional
El grupo de mayores hacendados campiñeses presenta diferencias internas importantes que afectan tanto a la pertenencia
también utilizados por A. Cabo en <^Concentración de la propiedad en el
campo salmantino^>, en La economía agraria en la Historia de España, págs. 142148. Yo los he utilizado también en un trabajo anterior a éste titulado «Pmpiedad agraria y usos de suelo en la Campiña de Jaén^>, Decenario de la Uniaersidad Autónoma de Madrid, 1981, págs. 203-227.
(3) Entre esas limitaciones cabe señalar las siguientes: los «libros.> recogen sólo la mayor hacienda de cada demarcación catastral, lo que implica
evidentemente una visión muy particularizada de la gran pmpiedad. Por
otra parte la calificación de mayor hacienda resulta no sólo del montante
de rentas agrarias, sino de todo tipo de ingresos; aunque por lo general existe alta correlación entre gran pmpiedad y gran <^fortuna», no faltan las excepciones. Se detecta, por último, cierta falta de homogeneidad en la información recogida por los «libros» para los tres reinos andaluces; los de Jaén
aportan toda clase de detalle sobre parcelario y aprovechamientos de la propiedad, mientras que los de Sevilla y Córdoba recogen sólo un apretado resumen de superficies y productos globales.
199
estamental de sus integrantes, como -lo que es más relevante
desde una perspectiva geohistórica- a la diversa envergadura
y localización de sus patrimonios y al montante de sus productós
agrarios brutos. Es razonable, por ello, tratar separadamente
a los miembros de la Alta y Baja Nobleza tituladas; a los componentes del colectivo de hidalgos y grandes labradores; a la
Iglesia y a las Ordenes Militares; y, finalmente, a los concejos
como titulares de bienes de Propios (Cuadro 11 y Figuras 16
y 17).
La nobleza, como es sabido, ocupa de forma destacada el
primer puesto entre los estamentos detentadores de grandes fortunas rústicas en la Campiña andaluza. Conviene, sin embargo, por distintos motivos, distinguir en el colectivo nobiliario
entre la alta y la baja nobleza.
• La alta nobleza, beneficiada con extenso señorío a lo largo de la banda fronteriza de los reinos de Sevilla y Córdoba durante la Baja Edad Media, aparece a finales del
Antiguo Régimen como mayor hacendada en los municipios meridionales de la Campiña de Sevilla (Utrera,
El Coronil, Los Molares, Paradas, Marchena y Osuna)
y en las tierras de la Alta Campiña del reino de Córdoba. Varios aspectos conceden a esta «élite de élites» una
personalidad indudable en el vértice de la pirámide rural:
1) En primer lugar el elevado montante de sus productos
agrarios en prácticamente todas las demarcaciones catástrales en las que contaba con la mayor hacienda.
Efectivamente, con las excepciones de los reducidos
municipios de Espeluy y Bailén en la Campiña de
Jaén, y de Santa Cruz y Puente de Don Gonzalo en
la de Córdoba, las distintas casas de la alta nobleza
andaluza superaban, en muchas ocasiones con creces, los cien mil reales en concepto de producto agrario bruto.
200
2) Esas elevadas cuantías se correspondían, obviamente, con la propiedad de inmensas extensiones de tierra, que en los términos de reducida y hasta mediana
superficie podían superar el 50% del total catastrado
y, en más de un caso, acercarse casi al 100% de la
misma. La Casa de Medinaceli, por ejemplo, contaba con la propiedad del 77% del término de Espejo,
el 88,5% del de Cañete, el 46,6% de Montilla, entre
otros; la Casa de Alba con el 73,9% de las tierras de
Morente y el 83,3% de las de El Carpio; la de Santisteban con el 98,9% del término de Espeluy; y la
de Osuna con el 89,6% de El Coronil.
Pero tampoco resulta «despreciable» en absoluto el
latifundio altonobiliario en los grandes concejos del
sur campiñés, todos, con la excepción de Utrera, bajo
jurisdicción señorial: las 17.213 fanegas en Arahal o
. las 24.901 fanegas en O ^una de la Casa de ese nombre, las 16.592 fanegas de la Casa de Arcos en Marchena o las 9.899 fanegas en Baena del Duque de
Sesa y las 5.280 fanegas de Medinaceli en Castro
del Río, por citar sólo algunos ejemplos, así lo evidencian.
No cabe duda de que al amparo del señorío las distintas casas procedieron a la apropiación de partes sustanciosas de sus jurisdicciones y a la constitución de
unos patrimonios territoriales que la legislación decimonónica no vendrá más que a confirmar.
3) Por último los grandes linajes andaluces se diferencian también de la baja nobleza en lo que a propiedad
rústica respecta, por la notable difusión territorial de
sus patrimonios. La Casa de Medinaceli, por ejemplo, aparecía como mayor hacendada en diez demarcaciones catastrales campiñesas; la de Arcos en cuatro
y la de Osuna en tres; sin duda los origenes de la constitución de estos patrimonios están también en la base
201
de la profunda implantación espacial de la alta nobleza, frente el cárácter más puntual del latifundio
bajonobiliario, circunscrito, por lo general, a los límites de un solo municipio.
• La baja nobleza, por su parte, presentaba igualmente rasgos
^ pecúliares:
1) EI montante medio de sus patrimonios, allí donde os-.
tentaba la mayor hacienda, resultaba ostensiblemente
inferior al de las casas de la alta nobleza. Baste sólo
señalar que, si bien el número de demarcaciones donde resultaba mayor hacendada era igual al de la alta
nobleza, su producto bruto, sin embargo, era casi tres
veces inferior.
2) La ubicación de las mayores haciendas en la región
habla también del origen distinto del patrimonio bajonobiliario. En el reino de Sevilla, las jurisdicciones
con mayores hacendados integrados en la baja nobleza
se sitúan en torno a la Ribera del Guadalquivir (Alcalá
de Guadaira, Alcalá del Río, La Algaba, Puebla de
Coria) o en el centro de la Campiña (Dos Hermanas, Ecija, La Campana, etc.); algo semejante ocurre en Córdoba. En Jaén, por su parte, aunque el estamento esté ampliamente representado en el vértice
de la pirámide rural, la cuantía de su patrimonio es
sólo moderada, modesta incluso en cuatro municipios
en los que su producto agrario no supera los cincuenta
mil reales de vellón.
Quiere todo ello decir que la mayor parte de estos linajes, incluso los beneficiados con señoríos en la Baja Edad Media -el de La Algaba, por ejemplo- no
desempeñaron un papel tan puntero en la defensa y
repoblación del Valle bético en los siglos bajomediavales y, consiguientemente, lograron enseñorearse y
posteriormente titularse más por su pertenencia y actividad en las esferas del poder local, que por una par202
ticipación notable en el proceso repoblador; de ahí
también que su presencia en el sur campiñés sea prácticamente nula y que su área de influencia se reduzca
casi siempre a un solo municipio, con las excepciones del Marquesado de La Algaba -mayor hacendado en La Algaba y Alcalá del Río-, el de Vélgida,
en Villagordo y Villardonpardo, y el Condado de
Torralba.
Por su parte, lo mediocre del patrimonio bajonobiliario de la Campiña de Jaén se debe, precisamente,
a que en este sector fronterizo el protagonismo repoblador correspondió a la Orden Calatrava y, consiguientemente, la acumulación de tierras por parte del
estamento nobiliario tuvo lugar en circunstancias menos favorables, bien en reducidos municipios segregados del amplio término de Jaén y«enseñoreados»
a favor de algún caballero encumbrado en la esfera
de la oligarquía local, o bien en el marco de las jurisdicciones calatravas, donde el señorío de la Orden dificultaba procesos de apropiación como los que tenían
efecto, coetáneamente, en los grandes concejos de la
banda fronteriza de Córdoba y Sevilla, a favor de sus
respectivos señores.
3) Por último, y en consonancia con productos agrarios
brutos menos elevados, las mayores haciendas de la
baja nobleza acaparan sólo una parte moderada o escasa de los términos en que se ubican: por lo general
entre el 5 y el 15%, si bien cabe señalar excepciones
como las del Marqués de Algarinejo, que contaba con
el 76% del reducido término de Valenzuela, o la de
algunos títulos en distintos municipios de Jaén (Escañuela, Villardonpardo); incluso estas excepciones,
precisamente por afectar a municipios de muy poca
extensión, no constituyeron propiedades de gran entidad.
203
• A gran distancia de los mayores hacendados nobiliarios
aparece un grupo en el que se integran hidalgosy caballesos
no titulados y grandes labradores en general. Si patrimonialmente su significado es reducido en el conjunto campiñés, numéricamente constituyen un colectivo no despreciable: casi el 20% de los Mayores Hacendados.
Algunos de los rasgos señalados para la baja nobleza son
extensibles de forma más nítida aún a este colectivo de
propietarios. De hecho los municipios encabezados por
terratenientes de este grupo se ubican preferentemente
también en la ribera del Guadalquivir (Brenes, Burguillos, Posadas, Aldea del Río, Marmolejo, etc.) o en la
C ampiña de Jaén, por los motivos ya aducidos, es decir,
lejanía de la banda fronteriza y, en el caso de la campiña jiennense, protagonismo de la Orden de Calatrava en
la repoblación y en la organización jurisdiccional.
El producto bruto y la superficie media de sus haciendas
tienden a hacerse más reducidos, inferiores en muchos
casos a los cincuenta mil reales y a varias centenas de
medidas de tierra. El carácter de oligarquía local o, cuando mucho, comarcal de estos grandes propietarios se corresponde con una residencia fijada preferentemente no
ya en las capitales de reino (Sevilla, Córdoba y Jaén),
sino en pueblos campiñeses.
• La importancia del patrimonio territorial de la Iglesia entendida en sentido amplio (cabildos; conventos y monasterios; órdenes militares; obras pías y patronatos, etc.)
no queda en absoluto reflejada en los libros del Mayor
Hacendado. Según esta fuente la Iglesia y las órdenes
militares contaban con los mayores patrimonios de tan
sólo doce demarcaciones catastrales, totalizando un producto agrario de casi dos millones de reales. Esta situación, que no deja de ser cierta desde luego, enmascara, como veremos, el notable peso de la gran propiedad
eclesiástica en prácticamente todos los municipios cam-
204
piñeses, ya de realengo, ya de señorío, aunque tan sólo
en doce de ellos llegase a aparecer como mayor hacendada.
Quiere ello decir que las afirmaciones que sobre la gran
propiedad eclesiástica puedan hacerse a partir del Libro
del Mayor Hacendado han de ser más que en ningún
caso prudentes y parciales, y obligadamente completadas por los libros de respuestas particulares de eclesiásticos. Aún así, la fuente pone de manifiesto el mantenimiento de la implantación de la Orden de San Juan en
la ribera del Guadalquivir sevillana desde la Baja Edad
Media; su propiedad territorial, sin embargo, a mediados del siglo XVIII era superficial y productivamente no
demasiado elevada, con extensiones que oscilaban entre
las 364 aranzadas de Alcola y las 1.852 de Lora.
El cabildo de Sevilla, por su parte, arrancando también
de las donaciones, compras y trueques bajomedivales,
aparece como primer hacendado en términos ribereños
comó Sevilla y Villanueva del Río, pero con patrimonios relativamente «modestos» -1.165 aranzadas en Villanueva y 533,5 en Sevilla- ál lado de los que detentaba
en municipios de campiña en los que no llegaba a figurar
como mayor hacendado, casos por ejemplo de Carmona
o Marchena (4).
Un representante excepcional entre los mayores hacendados eclesiásticos, pero expresivo del latifundio del clero de la Baja Campiña, lo constituye el cabildo catedralicio cordobés, primer propietario de su término con más
de dieciséis mil fanegas de tierra y casi un millón de reales sólo en concepto de producción agraria. A pesar de
que por su indudable interés este patrimonio será objeto
(4) Para Carmona, J. Cruz Villalón, Propiedad y uso de la tierra en !a Baja
Andalucía, Madrid, Ministerio de Agricultura, 1980, pág. 94. Para Marchena,
Archivo Histórico Municipal, Unica Contribución 1770, Libro 549 (catalogación antigua). En el primero de los casos el Cabildo contaba con 9.056 fanegas y en el segundo con 1.127 fanegas.
205
de posterior estudio, cabe señalar ahora que una propiedad de este tipo, aunque excepcional en el Libro del Mayor Hacendado, es más expresiva de los rasgos de numerosas fortunas eclesiásticas del centro y de la Baja
Campiña, que las restantes propiedades recogidas en
aquella fuente.
• A gran distancia de los colectivos anteriores aparece un
reducido grupo de concejos que a mediados del siglo XVIII
resultaban ser mayores hacendados de sus respectivos términos, ribereños tres de ellos del Guadalquivir (Coria,
Almodóvar y Pedro Abad) y dos ubicados en plena Campiña (Bujalance y Monturque).
Tampoco en este caso el Libro del Mayor Hacendado
se aproxima, siquiera, a la realidad de la propiedad concejil de las postrimerías del Antiguo Régimen; si bien
es cierto que desde la Baja Edad Media, tanto en las jurisdicciones de realengo como de señorío, el patrimonio
territorial de los Propios había experimentado recortes
apreciables, por vía de usurpación en muchos casos, todavía cuando se elabora el Catastro de Ensenada la mayor
parte de las ciudades, villas y lugares campiñeses cuentan
con propiedades rústicas de cierta importancia.
En la Campiña de Córdoba, prescindiendo de los grandes
municipios mixtos sierra-campiña, la superficie de los
Propios suponía casi e16% comarcal. En tierras sevillanas
la situación era menos equilibrada; así, frente a pueblos
que respondían a la pregunta veintitrés del Interrogatorio de Ensenada contar con muy poca o ninguna tierra
de Propios (5), otros, por el contrario, disponían de am(5) La Algaba, La Monclova o Puebla de Cazalla en la respuesta 23
del Interrogatorio general del Catastro de Ensenada manifestaban no disponer de tierra alguna; concejos como los de Alcalá del Río o el extensísimo
de Osuna declaraban cantidades exiguas, concretamente 24 fanegas el primero y<^la renta de dos cortos pedazos de tierra^> el segundo. A. G. Simancas, Dirección General de Rentas, Libros 560 y 562. Ello no impedía que
en calidad de Arbitrios éstos y otros concejos contasen con las rentas de tie-
206
plias extensiones. Carmona, por ejemplo, poseía 5.870 fanegas de tierra de sembradura en cortijos y hazas sueltas;
dos dehesas de labor de 370 fanegas y cinco dehesas arrendadas sólo a pastos que totalizaban 4.650 fanegas; Ecija
no especifica en las Respuestas Generales la extensión
de su propiedad, pero cabe pensar que fuera amplia dados los 24.400 reales de renta que aquélla aportaba. Pero
no sólo en los términos de realengo los Propios alcanzaban cierta importancia; también en los de señorío, aunque
con menos frecuencia, existía pingúe patrimonio concej il: Marchena -un caso que por su interesante forma
de explotación comentaremos más adelante- disponía,
por ejemplo, de 4.565 fanegas.
1.1.2. Aspectos territoriales de la gran propiedad:
El «mult^ndio» de la Alta Campiña; el lat^ndio
de la Baja Campiña y la Yega
La existencia de dos campiñas relativamente bien marcadas, una latifundista y otra en cierta medida minifundista, con
distinta implantación de los colectivos de terratenientes señalados, configura dos tipos de grandes propiedades por lo que
a tamaño medio y configuración parcelaria respecta. En las tierras del centro y del occidente de la Depresión predominan los
grandes patrimonios constituido^ por cortijos y parcelas de ruedo; en el borde altocampiñés se repiten con frecuencia propiedades constituidas por elevado número de parcelas, entre las
que no suele faltar algún cortijo, aunque predominando las de
pequeño y mediano tamaño. Esta situación, constatable hoy
mediante el análisis catastral, está ya plenamente consolidada
rras roturadas por Facultad Real; entre los casos que hemos estudiado, y
no recogidos en este trabajo, cabe citar los de Osuna (A.H.N., Consejos,
Legs. 52.604 y 52.605), Brenes (A.H.N., Leg.° 10.449), El Arahal (A.H.N.,
Leg.° 10.551), Dos Hermanas (A.H.N., Leg.° 10.451), La Rinconada
(A.H.N., Leg.° 10.452).
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Figura 17
214
Alta Nobleza
a mediados dél siglo XVIII y resulta de gran interés por las repercusiones que habría de tener en la organización de la tenencia de la tierra y en los distintos resultados del proceso
desamortizador.
Dado que los aspectos territoriales y productivos del latifundio «sensu stricto» serán abordados con detalle en sucesivos
epígrafes, parece conveniente señalar aquí algunos de los rasgos
espaciales más relevantes de ese otro tipo de gran propiedad
que algunos han denominado «latifundio disperso» y que adquiere especial difusión en tierras de la Campiña de Jaén y de
la Alta Campiña cordobesa.
La información recogida en los cuadros que se adjuntan
(números 13 y 14) es significativa al respecto. Constituye una
síntesis de las características parcelarias y culturales de los Mayores Hacendados jiennenses (6) y de un grupo de grandes propiedades «relativas» de tres municipios representativos de la
campiña minifundista: Arjonilla, Mengíbar y Montilla. De todo
ello cabe destacar los siguientes aspectos:
1) El tamaño no excesivo de las propiedades. Efectivamente, incluso la superficie media de las mayores haciendas
de Jaén (alrededor de 1.275 fanegas) está muy lejos de
los niveles del latifundio de las campiñas cordobesa y
sevillana; pero más significativo es aún el hecho de que
por debajo de esas mayores haciendas, lo mismo en Arjonilla, que en Montilla o Mengíbar, es difícil encontrar
propiedades de auténtica envergadura, que cuando existen, además, son siempre detentadas bien por instituciones eclesiásticas (conventos de Santa Clara y Santa
Ana en Montilla) o por propietarios forasteros (el marqués de Cadimo en Mengíbar con 22.832,5 reales).
(6) EI libro del Mayor Hacendado del Reino de Jaén es extraordinariamente rico en información, por cuanto en la práctica contiene una copía completa de la respuesta particular de cada mayor patrimonio.
215
2) La presencia aquí, como en toda la Campiña, de la Iglesia ocupando puestos destacados por debajo de los mayores hacendados. Se explican así -y tendremos ocasión de aportar otros ejemplos- nuestras reservas .en
torno a los libros del Mayor Hacendado como fuente
para el estudio de la gran propiedad eclesiástica.
3) El notable grado de parcelación de la gran propiedad
altocampiñesa. Es éste un fenómeno que afecta, prácticamente sin excepciones, a todas las grandes propiedades de la zona; entre los mayores hacendados de
Jaén, el número medio de parcelas por propiedad era
de alrededor de cuarenta y tres, con una supe^cie de
23,9 fanegas; el hecho se acentúa al tomar en consideración el resto de las grandes propiedades: en Arjonilla, por ejemplo, el número de parcelas por hacienda es
de treinta y uno, pero con una superficie media ostensiblemente menor -alrededor de cinco fanegas-; en
Montilla, si se incluyen los conventos de Santa Clara
y Santa Ana, las parcelas por propiedad pasan a ser
37,5 y la superiicie tan sólo de 3,5 fanegas.
No todos los grupos sociales, sin embargo, se ven afectados por igual por este alto grado de minifundismo. Son sobre
todo las propiedades de la Iglesia, y muy concretamente las
conventuales, las que presentan el mayor nivel de dispersión
y consiguientemente menor tamaño medio de las parcelas. Conviene retener este dato por cuanto su influencia en las formas
de tenencia y renta de la tierra, en las relaciones agrarias de
la comarca y, en último término, en el proceso desamortizador decimonónico fue sin duda muy importante.
Pero ni siquiera la gran propiedad de la alta nobleza, bien
representada por la Casa de Córdoba en su señorío de la Alta
Campiña, es ajena a cierto grado de dispersión parcelaria.
El ejemplo de Montilla es bien elocuente: los cortijos, numerosos, no son ni muy extensos (alrededor de doscientas cincuenta
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fanegas), ni contiguos; junto a ellos abundan las hazas sueltas
de reducidas dimensiones y, finalmente, las tierras de ruedo,
que aunque en las respuestas particularés de Ensenada figuran como una sola unidad territorial, eran, sin embargo, explotadas en multitud de unidades de poca superficie.
Este elevado grado de dispersión (7), para todo tipo de grandes propiedades en geriéral, responde en último término a la
estructura de la propiedad dominante en la zona. El profuso
minifundio, que más adelante se analizará, condiciona el funcionamiento del mercado de la tierra y, prácticamente, cualquier vía de las seguidas por los distintos procesos de acumulación de tierras. Recuérdese en este sentido lo que ya se expuso
en torno a las formas de constitución de diversos patrimonios
eclesiásticos: tanto la oferta de tierra, procedente casi siempre
de pequeños hacendados, como las enajenaciones y adjudicaciones por impago de censos o las dotes de profesas en el caso
de conventos femeninos se nutrían de fincas de reducidas dimensiones. Por más que los «pudientes» se esforzasen en adquirir predios próximos o contiguos, la estructura fundiaria
existente dificultaba o; incluso, imposibilitaba la ^onstitución
de grandes unidades de explotación.
Frente a las peculiaridades propias del «multifundio» altocampiñés, las grandes propiedades del centro y de la baja Campiña presentaban ya en el siglo XVIII dos de los rasgos que las
siguen identificando hoy en el paisaje agrario regional: un elevado grado de concentración parcelaria y una orientación pro-
(7) Las parcelas integrantes de cada propiedad, según el criterio seguido en el Catastro, no tenían por qué estar siempre separadas; en algunos
casos consta explícitamente que la parcela «x^> era contigua a la anterior.
En tales circunstancias lo que solía motivar el deslinde era la existencia de
cultivos distintos. Pero tampoco es ello la norma, pues hay muchos casos
en los que incluso dentro de una misma pieza de tierra coexisten diversos
aprovechamientos y calidades. En general puede afirmarse que la categoría
de parcela en el Catastro de Ensenada se aproxima bastante a las de finca
catastral o parcela censal actuales.
218
ductiva eminentemente cerealista. El tratamiento minucioso
del latifundio de los términos de Córdoba y Marchena que se
realiza a continuación obvia consideraciones generales al respecto, pues es evidente que los rasgos definidores de los grandes patrimonios de esos dos municipios se repiten con regularidad en los restantes concejos del sector occidental de la
Depresión.
CUADRO 13
PARCELARIO Y APROVECHAMIENTOS AGRARIOS DE LOS
MAYORES HACENDADOS DE LA CAMPIÑA DE JAEN A
MEDIADOS DEL SIGLO xvIII
Suptrficie
(fanegas)
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Número de
¢arcelas
Su¢erficit media de
¢arctla (fanegas)
3 10 celemines
Tierras de regadío .
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3,5
77
11
Labor de campiña .
17.797
74,0
573
33
8 10 celemines
Olivar . .. . . . . . . . . . .
1.626
6,8
182
Dehesa pasto-labor .
3.688
15,4
4
922
24.039
100,0
820
29
Total . . . . . . . . .
2 celemines
4 celemines
Furnte: A.G.S., Catastro delMarqués di Ensersada, Libro de[MayrorHacendado de Jaén,
Dirección General de Rentas, libro 328 (1752).
219
CUADRO 14
LA ORGANIZACION PARCELARIA DE LA GRAN PROPIEDAD
ALTOCAMPIÑESA. ALGUNOS EJEMPLOS (1752)
Supe fcie
Nrimtro
de parcelas
Fanegas
Celemirus
1. Grandes propietarios de Arjonilla (Jaén)
Roque Ximénez ......
Josefa Ortega ........
Pedro Trapero ........
Josefa Aguilar ... . .. ..
Pedro Díaz Pastor ....
Luis de Mendoza . .. ..
Eufemio Cárdenas
Alonso Valenzuela
Vicente Serrano ......
Vizconde de Los Villares
Convento Santa Clara, de
Andújar .............
Convento San Antonio, de
Baeza ...............
Lope Palomino, Presbítero de Granada ........
52
42
17
37
27
21
9
11
37
43
139
87
123
70
123
144
191
120
219
144
9
8
9
6
9
6
3
3
9
9
175
-
81
372
11
16
101
6
69
128
166
97
1.095
691
3.060
3
5
2
1
11
11
2. Grandes propietarios de Montilla (CÓrdoba)
- María López .........
- Ana de Luque ........
- Ana Gómez . . . . . . . . . .
- Diego de Alvarez ... ..
- Convento de Santa Clara
- Convento de Santa Ana
- Duque de Medinaceli ..
16
44
56
15
298
190
42
Futnte: Archivos Históricos Provinciales de Jaén y Cbrdoba, Libros de Hacienda dt Legos y Ecluiásticos del Catasho del Marquis dt Eruenada ( municipios
citados).
220
CUADRO 14 (continuación)
LA ORGANIZACION PARCELARIA DE LA GRAN PROPIEDAD
ALTOCAMPIÑESA. ALGUNOS EJEMPLOS (1752)
Superficú
Númtro
de parcelas
Fantgas
Celemius
182
305
1.814
1.046
. 384
4
6
8
3
6
3. Grandes propietarios de Mengíbaz (Jaén)
- Jacinto Lillo ..........
- Marqués de Cadimo ..
- Conde de Garcíez .....
- Rodrigo Muñoz ......
- Inés de Burgos .......
22
37
42
30
33
- Miguel San Martín ...
9
137
-
- Sebastián Cavanilles . . .
8
138
-
Fuenk: Archivos Históricos Provinciales de Jaén y Cbrdoba, Libms de Hacienda de Legos y Eclesiárticos dtl Catastro del Marquís dt Ensenada (municipios
citados).
1.2. El latifundio en el término de Córdoba:
propiedad y explotación
Tras esta panorámica global de algunos aspectos de la gran
propiedad regional a fines del Antiguo Régimen, corresponde
pasar al estudio minucioso del funcionamiento del latifundio
en todas sus vertientes -titularidad, renta de la tierra y organización productiva-, en un marco territorial abarcable para
la investigación. La elección del término de Córdoba -junto
con el de Marchena, que se analizará posteriormente- obedece fundamentalmente a los motivos siguientes:
- Su considerable extensión, sólo comparable a la de otros
pocos municipios campiñeses, como Carmona, Ecija u
221
Osuna. Aun prescindiendo del sector serrano situado
al norte del Guadalquivir, son más de 115.000 las fanegas de labor, ruedo y regadío que integran el sector
campiñés y ribereño del término.
- La nítida organización de los aprovechamientos agrarios dentro de su perímetro: ruedos y regadíos (875 fanegas), sembraduras de año y vez (1.000 fanegas) y cortijos (108.000 fanegas) conformaban la trilogía de usos
del suelo, polarizada en último término entre ruedos y
cortijos.
- El gran número de cortijos existentes -se ha trabajado con más de doscientos- y su absoluto predominio
al sur de la línea del Guadalquivir, sin apenas existencia de hazas y suertes intermedias.
- Su carácter de término realengo durante el Antiguo Régimen, lo que hizo posible una mayor diversidad de titulares en el grupo de terratenientes, frente al relativo
carácter oligopólico detentado por la alta nobleza en los
términos de su señorío.
- Por último, la abundancia de fuentes y su accesibilidad:
Respuestas particulares de Ensenada, Amillaramientos
del siglo XIX, Registro de la Propiedad, de la Propiedad
Expropiable, Catastro de la Riqueza Rústica, entre
otras, han permitido el estudio dinámico de los cambios de titularidad en un número abundante de cortijos, así como determinados aspectos de la tenencia y de
la organización productiva de las explotaciones.
1.2.1. Los terratenientes cordobeses y la organización
espacial de sus propiedades a mediados del siglo XVIII
El estudio detallado del latifundio cordobés a fines del
Antiguo Régimen en las vertientes de titulares de la propiedad y organización territorial de los patrimonios hace necesario
distinguir, en primer término, dos grandes colectivos de terra222
tenientes: el de laicos y el de eclesiásticos. Ello obedece no sólo
a las peculiaridades obvias que identifican a cada uno de esos
grupos en la sociedad estamental del siglo XVIII, sino también
-y fundamentalmente en el caso que nos ocupa- a la especificidad que la gran propiedad eclesiástica presenta frente al latifundio laico cordobés en general y al de la alta nobleza en
concreto.
Superficialmente existe a mediados del siglo XVIII un claro
predominio de la gran propiedad laica, que acaparaba el 62%
de las tierras latifundistas y porcentaje similar del producto agrario bruto. Esa desigual distribución de la superficie y del producto entre laicos y eclesiásticos se correspondía también con
el reparto de los cortijos, unidades básicas de explotación y de
los que provenía la parte más sustanciosa del producto y renta
agrarias para unos y otros. Los grandes propietarios laicos detentaban la propiedad total o parcial de ciento treinta cortijos
y dehesas de ribera, frente a«sólo» ochenta y tres los eclesiásticos. Pero además de esa primera y más clara diferencia de
implantación y poder rústico entre ambos colectivos, existen
otros aspectos internos que merecen tratamiento específico
(Véanse Cuadros 15 y 16 y Figuras 18 a 21).
Los mayores propietarios eclesicísticos a mediados del siglo XVIII
podían aglutinarse en torno a los cuatro grupos siguientes: la
Catedral (Mesas Capitular y Episcopal); los conventos y hospitales; las Ordenes Militares; y un reducido colectivo formado por algunas obras pías, capellanías y presbíteros a título individual. Por imperativos de espacio, puedo poner el acento
tan sólo en el extraordinario poderío del Cabildo catedralicio,
en las acusadas diferencias internas del grupo eclesiástico terrateniente -derivadas precisamente de la prepotencia de la
Catedral- y en la peculiar configuración parcelaria y-productiva de prácticamente todas las propiedades.
La Catedral de Córdoba, y más concretamente su Mesa
Capitular, constituye uno de los casos extremos de acumulación de tierras en los «reinos» de Andalucía Occidental; con
sus veintisiete cortijos, numerosas parcelas de ruedo y un pro-
223
224
ducto agrario próximo al millón de reales, procedentes sólo de
las tierras de su propiedad en la Campiña y Ribera del término de Córdoba, constituye una institución terrateniente sólo
equiparable a otra poderosa Mesa Capitular -la de Sevillay a muy contados patrimonios de la alta nobleza regional.
Prueba de esa prepotencia territorial y económica de la Mesa
es que sus tierras suponían casi la mitad de la gran propiedad
eclesiástica cordobesa y en torno a la quinta parte del latifundio del mismo término de Córdoba. Junto a la Capitular, la
Mesa Episcopal disponía de una propiedad mucho más reducida -casi 800 fanegas de campiña y vega, y un producto de
30.691 reales-, aunque destinada exclusivamente a atender
las necesidades de la Mitra.
El extraordinario peso de las «mesas» catedralicias eclipsa
prácticamente a las restantes instituciones eclesiásticas terratenientes;°las Ordenes Militares de más rancia implantación
en el Valle del Guadalquivir -las de Calatrava y Santiagocontaban respectivamente en sus encomiendas de Casas de
Córdoba con 3.094 fanegas (172.110 reales de producto), y
1.592 fanegas (80.475 reales), propiedades cinco y diez veces
más reducidas que la de la Mesa Capitular; más acentuadas
son aún las diferencias con los patrimonios rústicos de conventos
y hospitales -algunos de gran importancia, como los de los
reales claustros de La Trinidad y de San Pablo-, así como
con los de obras pías, capellanías y presbíteros de la diócesis.
A lo que habría que añadir, para evaluar en su justo término
la capacidad de control de la Catedral sobre la economía agraria campiñesa, el hecho de que tanto la administración de algunos hospitales y de sus cortijos (los de San Sebastián y San
Andrés concretamente), como de capellanías y obras pías radicadas en el templo catedralicio corrían también de la mano
del Cabildo.
Por encima de estas acusadas diferencias de fortuna entre
la Catedral y las restantes instituciones del clero -en cuya explicación no es posible entrar aquí- hay, sin embargo, un rasgo
geográfico común a muchas de las propiedades y de relevantes
225
repercusiones en el funcionamiento económico y social de la
explotación de la tierra. Me refiero a la existencia de una organización parcelaria caracterizada por la presencia en una misma propiedad de tierras de cortijo y«ruedo». Sólo la Catedral
(Mitra y Capitular) contaba en aquél coñ más de 300 fanegas
-casi la décima parte de todo el ruedo cordobés-, mientras
que el conjunto de la gran propiedad eclesiástica, con 687 fanegas y 6 celemines, controlaba más de la tercera parte de dicha demarcación inmediata a la ciudad.
Tal fenómeno constituye, obviamente, un argumento incuestionable para la descalificación de las tesis que consideran
los ruedos como áreas de predominante minifundio de propiedad, lo que no implica contradicción con el hecho de que la
explotación del ruedo presentara, por lo general, carácter muy
parcelado, bien bajo la directa gestión de las instituciones propietarias -frente al predominio casi absoluto del arrendamiento
de los cortijos- o bajo fórmulas de cesión, entre las que los
arrendamientos cortos en metálico y los arrendamientos de por
vida eran los más difundidos (8). De esta forma la distancia
a la ciudad se convertía en factor explicativo fundamental de
la variedad de los regímenes de tenencia,.del montante relativo de la renta detraída por la propiedad del suelo, del sistema
de aprovechamientos y, en definitiva, del paisaje rural como '
expresión espacial de la organización socioeconómica de la producción agraria.
La gsan p^opiedad laica presenta, por su parte, una serie de
rasgos propios que merecen tratamiento particular; tres grupos de terratenientes cabría distinguir, en primer término, en
las postrimerías del Antiguo Régimen cordobés: la nobleza titulada; un nutrido colectivo de caballeros, titulares de señoríos
en la comarca, pero carentes de título nobiliario a mediados
del siglo XVIII; y finalmente una serie de grandes propietarios
del «estado llano».
(8) Véanse, en este sentido, los comentarios que se recogen en el siguiente
epígrafe sobre la renta de la tierra.
226
Dentro de la nobleza titulada cabe distinguir, a su vez, entre los grandes títulos regionales o de implantación estatal y
aquéllos de raigambre y tradición eminentemente local o comarcal. Si bien casas como las de Medinaceli, Villena, u otras
de la baja nobleza poco implantadas en Andalucía occidental
(Marquesado de Villar, de Villafuerte, Granada de Ega, etc.),
contaban con importante propiedad en tierras de Córdoba, no
hay duda de que numérica y superficialmente la primacía correspondía a títulos locales como los de Hornachuelos, Almodóvar, Fernán Núñez, Sancho Miranda o Torres-Cabrera,
entre otros.
En muchos casos la génesis de los patrimonios y del encumbramiento. social de esta nobleza local arranca del mismo proceso repoblador. La familia Hoces, en la persona de Ramiro
de Hoces, por ejemplo, interviene ya en la conquista de Córdoba con Fernando III, del que recibe el señorío de La Albaida al pie de la Sierra. Los Ximénez de Góngora, raíz de la
Casa de Almodóvar, participan igualmente en la conquista de
la ciudad y ya en 1453 Pedro Ximénez de Góngora aparecé
como caballero 24 y señor de la Zarza y Torre del Cañaveral
(cortijos del término). Los Torres-Cabrera, linaje de rancio abolengo en tierras cordobesas, hunden sus raíces, como los anteriores, en el proceso de conquista; sería un nieto de Pedro Ponce
de Cabrera (9), don Andrés de Cabrera, quien inicia la andadura señorial del linaje tras la merced de Alfonso XI del señorío de las Torres de Arias Cabrera. Por su parte, la Casa de
Fernán Núñez, favorecida con Grandeza de España por Felipe V en 1728, nace también al calor de la primera fase repobladora en la persona de Fernán Núñez, conquistador de Córdoba, Jaén, Ecija y Carmona, alguacil mayor de Córdoba en
1285 y primer señor del lugar que le da nombre.
(9) Don Pero Ponce de Cabrera, Rico-hombre de León, Alférez Mayor
de Alfonso IX, conquistador de Córdoba y dotado con extenso repartimiento, casó con Doña Aldonza Alfonso de León, hermana de Fernando III, e
inició el devenir de prestigiosos linajes como el de Arcos o éste de TorresC abrera.
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233
Un dato común, pues, a estas familias tituladas a lo largo
de los siglos XVII y XVIII (10) es el haber contado desde la Baja
Edad Media con un puesto destacado en la oligarquía local cordobesa y, en ciertos casos, con uno o varios señoríos sobre lugares y cortijos del gran concejo cordobés; hay que señalar,
sin embargo, que un número elevado de mercedes señoriales
fueron otorgadas a precio por la monarquía Austria a lo largo
ya del siglo XVII, claros exponentes, pues, de señoríos jurisdiccionales sobre algún donadío o heredamiento detentado desde
antaño por el nuevo señor; tales mercedes sirvieron para el encumbramiento señorial de diversos linajes y para el posterior
acceso a un título de Castilla (11). No cabe pensar, pues, en
la mayor parte de los casos, que este tipo de señoríos haya tenido incidencia alguna en la configuración de la gran propiedad cordobesa.
Junto con la nobleza titulada y los caballeros detentadores
de señorío aparece un nutrido tercer grupo formado por hi(10) La de Torres-Cabrera, vizcondal desde 1631 y condal desde 1688;
la de Fernán-Núñez, condal desde 1639; los Ximénez de Góngora, marqueses
de Almodóvar desde 1667.
(11) Hemos podido documentar la compra a la Corona de distintos señoríos durante el siglo xvII, que venían a constituirse sobre cortijos, dehesas y heredamientos propiedad de aquéllos que adquirían la merced. Todo
ello en A.G.S., Mercedes y Privilegios. Entre otros, y concretándonos en
el extenso término de Córdoba, cabe señalar los siguientes: Señorío del Chanciller, a favor de don Alonso Fernández de Mesa y Argote, Veinticuatro de
Córdoba, comprado por 20.233 reales en 1644 (A.G.S., Mercedes y Privilegios, 282 [2]); señoríos de Malabrigo, La Alameda y Alguacil, adquiridos
por don Juan Díaz de Cabrera en 1614 por un quento y 200.000 maravedíes (A.G.S., Mercedes y Privilegios, 302 [13]); señoríos de Torre Albaén
y Prado Castellano, adquiridos igualmente en 1614 por don Pedro de Heredia
Aguayo por 6.400 ducados (A.G.S., Mercedes y Privilegios, 340 [15]); en
el mismo legajo constan las ventas de los señoríos de Herrera de los Sendajos, Zahurdones y Palacios a favor de don Antonio Fernández de Córdoba;
el de Ballesteros a favor de la Compañía de Jesús; el de Teba a favor de
don Antonio Fernández de Hinestrosa; los de los cortijos Rubio y La Reina
a favor, respectivamente, de don Rodrigo de Cabrera y de don Francisco
Corral. Repetimos que todos los señorfos se constituyeron sobre fincas detentadas como propiedad particular por los nuevos señores.
234
dalgos y grandes propietarios vecinos de Córdoba o de pueblos
campiñeses limítrofes (Ecija, Espejo, Montamayor, Bujalance, etc.). En bastantes casos se trata de miembros pertenecientes
a los linajes más arraigados de Córdoba, pero que no habían
llegado a contar con señorío ni, consiguientemente, con título
alguno de Castilla en 1752; son, por ejemplo, los casos de Rodrigo Hoces, Juan José Díaz de Morales Fernández de Córdoba, Martín y Fernarido Fernández de Córdoba, María José
de los Ríos Cabrera, etc.
Pero no es despreciable tampoco el peso de aquellos terratenientes que aún a mediados del siglo XVIII no habían logrado integrarse en el estado hidalgo y aparecían en el Catastro
bajo la denominación de labradores; es ilustrativo que esta circunstancia afectase fundamentalmente a los propietarios residentes en los pequeños municipios que se asoman a la Campiña
de Córdoba (Bujalance, Espejo, Fernán-Núñez), de los que
también se nutría, como veremos, el importante colectivo de
grandes arrendatarios que corría con la explotación directa o
por vía de subarriendo de buen número de cortijos y dehesas
del término de Córdoba.
Por lo que se refiere a las características territoriales de esta
gran propiedad laica, y tratando de marcar diferencias cón respecto al latifundio eclesiástico, cabe señalar los aspectos siguientes:
- La ausencia de desigualdades internas tan acentuadas
como la existente entre la Mesa Capitular y las restantes instituciones eclesiásticas terratenientes, y consiguientemente el predominio de patrimonios casi siempre constituidos por un número de cortijos oscilante entre dos
y seis, con las excepciones de las propiedades del conde
de Hornachuelos y de Fernando Fernández de Córdoba con siete cortijos, y de Gabriel de Valdivia y María
José de los Ríos con ocho.
- La frecuente proximidad de los cortijos de una misma
propiedad, lo que facilitaba su control y gestión y con235
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CUADRO 17
LOS CORTIJOS Y DEHESAS DE LA CAMPIÑA Y RIBERA DE
CORDOBA, DISTRIBUIDOS POR PROPIETARIOS (MEDIADOS
DEL SIGLO xvtit)
Propietario
Númao
de cort^os
core^os y dc^sas•
1. Propietarios legos
Duque de Medinaceli
6
Martín Fernández de
Cbrdoba
5
Alcaparro
Duernas
La Reina
Hazuelas
S ierrezuela
Haza del Alamo
Genovés
Cañuelo del Genovés
Alamillo de Valdepeñas
•
El Rubio
Gabriel de Valdivia,
Señor de la Reina
8
María José de los Ríos
Cabrera
8
Juan A. de Sosa y Fernández de Cbrdoba, Señor de Aguilazejo
6
Luis Ternero
La Reina (Guadalquivir)
Pedro Capbn
Pardillo Bajo
Z azagoza
Arenillas (3/4)
Arenillas Bajas
Dos más de nombre desconocido
Cordobilla (1/2)
Abolafia de la Torre
Abolafia del Camino
Abolafia del Pozo Calem
Abolafia de las Heras
Cárdenas el Alto
Toscar
Arenillas (1/4)
Dehesa Rabanales
Torreruelo
Pedro Pascual
Marquillos Bajos
Origuero
Aguilarejo
239
CUADRO 17 (continuación)
LOS CORTIJOS Y DEHESAS DE LA CAMPIÑA Y RIBERA DE
CORDOBA, DISTRIBUIDOS POR PROPIETARIOS (MEDIADOS
DEL SIGLO xviic)
Propictario
Númno
de cosl^os
Cort^os y dchesas
1. Propietarioslegos (co ntinuació n)
Conde de Torres-Ca- I
brera
9
Conde de Hornachuelos
7
Joaquín Fernández de
Cbrdoba y Argote,
Señor de Teba
5
Fernando Fernández
de Córdoba y Heredia
7
Andrés Bañuelos
Mesa Páez
7
240
Menado, Carnicera, Estebanía
Alta
Aguadillo, Sierrezuela, Judigúelo,
Torres Cabrera, Malabrigo,
Albacilejo
Casa Nueva
Torrecilla del Peral
Algibejo
Noria
Turruñuelos
C antarranas
H arina
Judigñelo
Andrés Pérez Alto
Andrés Pérez Bajo
Villaverde Bajo
Teba
Torreblanca
Leonis
Torrecilla
Pedrique (1 /2 )
C ansinos
Valdepeñas
Porrillas
Ochavillo
Montón de Tierra
Higuerón
Trapero
Carrasquilla Alta
Carrasquilla Baja
C añaveral
CUADRO 17 (continuación)
LOS CORTIJOS Y DEHESAS DE LA CAMPIÑA Y RIBERA DE
CORDOBA, DISTRIBUIDOS POR PROPIETARIOS (MEDIADOS
DEL SIGLO xvici)
Psopietaño
Númcro I
de con^os^
co,r^os y dc^as
1. Propietarioalegoa (continuació n)
Vizconde de Sancho Miranda
5
onde de Priego, Señor de Herrera de los Palacios y de Herréra de los Zahuidones
Marqués de Ariza
3
azqués de Almodóvaz
4
6
odrigo Hoces y Córdoba
4
uis Castilla y Guzmán, Señor
de Cadalso
3
Fernando de Lorite
2
Conde de la Oliva del Gaitán
6
Manguillas Altas
Manguillas Bajas
María Apazicio
Nacimiento
Sancho Miranda
Nora del Cojo
Herrera de los Palacios
Herrera de Zahurdones
Hazuelas Bajas
El Alamo
Chancillerejo
Ribera
Peralta
Peraltilla
Zarza
Cañaveral
Alamillo
Estebanía Baja
Fernándiañez
Malpartida
Trasbazra (1/4)
Jaro de Enmedio
Agua
Malabrigo
Jaro Alto
Magdalena
Rabanales
Pedrique
Calderuelo Alto
Cañaveral Alto
Manguillas Altas
Origuero (parte)
Lobatón (parte)
241
CUADRO 17 (continuación)
LOS CORTIJOS Y DEHESAS DE LA CAMPIÑA Y RIBERA DE
CORDOBA, DISTRIBUIDOS POR PROPIETARIOS (MEDIADOS
DEL SIGLO xvttt)
Propi^tario
Número
de cort^os
C,ort^os y dehesas
1. Propietarios legos (continuación )
Conde de Gavia
3
Juan de Mesa, Señor del Chanciller
Marquesa viuda del Villar
1
3
Fernando de Cabrera, Señor de
Montalvo
Juan J. Díaz de Morales
2
José San Llorente
3
5
Murillo
Trasbarra (1/2)
Arroyos (María de ?)
El Chanciller
Valverdejo
Luis Díaz
Alfayatas (1/2)
Montalvo
Sanchuelo
Trasbarra (1/3)
Casatejada
C arrascal
Alamillo de los Libros
Haza Morales
Haza Urbaneja
Miguel Tolín
242
Conde de Bobadilla
2
Duque de Granada
2
Conde de Fernán-Núñez
3
Conde de Lanjarón
Duque del Arco
1
3
Alfonso Guzmán Moscoso
Bartolomé Sepúlveda
1
2
Rodamonte
Villarrubia
Alamedilla
Quemadillas
Ratosa
Casatejada Alta
Casatejada Baja
La Morena
EI Alcaide
Atalayuela
Campiñuela
Rabanales (parte)
Jardón
Dehesilla (parte)
Trapero Bajo
CUADRO 17 (continuación)
LOS CORTIJOS Y DEHESAS DE LA CAMPIÑA Y RIBERA DE
CORDOBA, DISTRIBUIDOS POR PROPIETARIOS (MEDIADOS
DEL SIGLO xvin)
Propietario
Númcro
de cort^os
Cort'y'os y ddusas
1. Propietarios legos (continuación)
Diego Godoy Ponce de León,
Señor de las Quemadas
3
Marquesa de Villena
Marqués de la Vega de Armijo
Juan Cañete Baena
Diego Ortiz de Guineo
Pedro Alcalá Moreno
Rafaela Fernández de Mesa
Marquesa de Villafuerte
Lucas Castro Lora
Conde del Portillo
Conde de Fuentesaúco
1
1
1
1
1
1
1
1
1
3
Palomarejo
Barquera
Doña Sol
Veguilla
Díaz Gómez Alto
Leonicejo
Dehesilla (parte)
Dehesilla (parte)
Urraca la Baja (parte)
Marquillos (1/2)
Prádena (parte)
Moyana
Casablanca
Cabeza de Baca
Ventosilla
2. Propietarios eclesiásticos
Mitra Episcopal
Mesa Capitular
1
27
Los Libros
Torre Juan Gil Alto
Alborroz de los Abades
Coronadas
Casillas
C añuelo
Chotón
Arcas
Torremocha
Urraca del Río
Morterito Alto
Morterito Bajo
Pangía
Rinconada
M agdalena
243
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CUADRO 17 (continuación)
LOS CORTIJOS Y DEHESAS DE LA CAMPIÑA Y RIBERA DE
CORDOBA, DISTRIBUIDOS POR PROPIETARIOS (MEDIADOS
DEL SIGLO xvttt)
Profiietasio
Número
de cort^os
Cort^os y dehesas
2. Propietarios ecleaiásticos (continu ación)
Mesa Capitular (continuación)
244
27
Capilla de las Nieves en la S.I.C.
Convento de La Trinidad
1
3
Convento de Santa Claza
4
Juan I. Fuentes, Presbítero
Convento de La Encarnación
1
3
Capilla de San Juan Bautista S.I.C.
Fábrica de la S.I.C.
Obra Pía de Gaspar Velasco S.I.C.
Cuatro capellanías en la S.I.C.
1
1
1
2
José Molina, Presbítero
3
Hinojosa
Villaviciosa
Aldea D. Gil
Cisneros
Rivillas
Montefrío Alto
Montefrío Bajo
V entosilla
Camarero
Fontalba de Abades
Luis Díaz
Pay Giménez
Pardillo Bajo
Marchante (parte)
Trinidades
Trasbarra (parte)
Redondo (parte)
Jilete
Pardillo
Calderuelos
Lazarillos
Lobatón
Haza Moyana
Sancho Martín
Hazuelas Bajas
Lopeamargo (parte)
Fuensequilla (pazte)
Gamarrilla
Mirabonillos
Calatravilla
Prádena
Herrerita Alta
Herrerita Baja
CUADRO 17 (continuación)
LOS CORTIJOS Y DEHESAS DE LA CAMPIÑA Y RIBERA DE
CORDOBA, DISTRIBUIDOS POR PROPIETARIOS (MEDIADOS
DEL SIGLO xviu)
Psopietario
Número
de cort^os
Cost^os y dehesas
2. Propietarios ecleaiásticos (continuación)
Obra Pía de Beatriz Guzmán
Hospital General
1
2
Hospital de San Sebastián
3
Convento de Jesús Crucificado
4
Hospital de San Andrés
Convento de Santa Cruz
Convento de Regina Coeli
1
1
2
Convento de San Juan de Dios
Convento de la Merced
1
3
Luis Díaz (1/2)
Halconcillo (pazte)
Judío (parte)
Marhante (1/2)
Fuensequilla (1/2)
Haza Escudero
Cabrerizo Bajo
Sancho Mirandilla
C arrasquilla
Ubadillas (1/3)
Haza Ancha
Valsequillo
Nuevo
Nuevo el Bajo
Pilas
Jurada (parte)
Jardón (parte)
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Fuente: A.H.P. de Córdoba, Catastso del Masquís de la En.cenada, Libsos de Hacienda
de ltgos y etluiástieos (1752).
245
246
ducía a un mapa de la propiedad territorial en el que
las unidades de referencia, más que cortijos o dehesas,
pasaban a ser los cotos redondos integrados por varias
unidades de explotación.
Por último, la menor implantación relativa de la gran
propiedad laica en tierras de ruedo, entre otros motivos porque algunas de las vías que propiciaban la acumulación de esas tierras en manos del clero -donaciones
y dotaciones- no eran obviamente utilizables por los
no eclesiásticos. De cualquier manera sigue siendo significativo que veinticinco de las treinta y nueve propiedades recogidas en el Cuadro 15 contasen con tierras
inmediatas a la ciudad y que, en conjunto, aquéllas superasen casi la sexta parte del total del ruedo cordobés.
1.2.2. Tenencia y renta de la tierra en la Campiña
lat^ndista: el ejemplo cordobes
A1 margen de las referencias que sobre la orientación productiva de la gran propiedad cordobesa se hagan en el epígrafe
siguiente, nuestro interés se centra ahora en un tema clave para
la comprensión de la formación social de Andalucía Occidental durante todo el Antiguo Régimen -en parte, también, hasta
el segundo tercio de nuestro siglo-; los re ^tmenes de tenencia y la renta del suelo como expresión de las relaciones sociales que se generan en torno al latifundio campiñés.
Como ha escrito P. Ponsot, no cabe duda de que «el estudio sistemático de la renta requiere un gran esfuerzo, a la vez
documental y conceptual» (12). Compartiendo esa afirmación
e interesados sobre tódo por los aspectos estructurales y espaciales de la tenencia y de la renta de la tierra, nuestro estudio
(12) P. Ponsot, «Rendement des céreales et rente fonciisre dans la Campiña de Cordoue au début de xv^^ et au début de xnc^, Cuadernos de Historia, anexos de la revista Hispania n.° 7, 1977, págs. 475-489, cfr. 432.
247
se detiene fundamentalmente en el análisis de los regímenes
que a mediados del siglo XVIII articulaban las relaciones propiedad-explotación, queriendo poner el acento en las diferencias que el territorio (a escalas comarcal y local) introducía en
cuestiones tan importantes como la duración de los contratos,
el montante de la renta, las características sociales y residencia de los arrendatarios, y el tamaño de las unidades de explotación.
No se aborda, pues, en profundidad, el estudio de la dinámica de la renta (13), lo que metodológicamente no impide la
formulación de hipótesis sobre tipología y«territorialidad» de
la tenencia y renta de la tierra, partiendo del marco teórico
de que lo fundamental es la forma y la cuantía en que se distribuye el excedente más que la evaluación coyuntural de su
volumen concreto (14), especialmente en una sociedad agraria tradicional en la que a lo largo de siglos no se produce revolución agrícola alguna, obedeciendo las etapas favorables y
desfavorables, como ha señalado el propio Ponsot, a una cierta
elasticidad coyuntural en la introducción o retracción de mejoras, más que a auténticos cambios en las fuerzas productivas.
El análisis de la cuestión se ha centrado, por otra parte,
en el marco de la gran propiedad eclesiástica, tanto por la variada casuística que la tenencia de la tierra presenta dentro de
este estamento -en el extenso municipio de Córdoba, al menos-, como porque para los patrimonios señoriales se cuenta
ya con la notable aportación de A. M. Bernal (15).
Pues bien, a mediados del siglo XVIII buena parte del latifundio del clero cordobés era rentista. Casi e195% de las tierras
(13) Nos consta que el tema está siendo objeto de análisis detallado por
parte del profesor Ponsot en la elaboración de su Tesis de Estado.
(14) Aunque prescindiendo del estudio dinámico de lo que la renta ha
supuesto sobre el producto agrario durante siglos, se brindan en las páginas
que siguen distintos ejemplos de lo que aquélla significaba a mediados del
siglo xvIII en diversas comarcas y tipos de fincas campiñesas.
(15) A. M. Bernal, La lucha pos la tierra en la crisis del Antiguo Rígimen,
Madrid, Taurus, 1979.
248
computadas estaban cedidas en arrendamiento para su explotación, independientemente del tamaño de las fincas, de su localización y hasta de los cultivos (16). Ahora bien, bajo este
predominio general del arrendamiento como forma de tenencia se escondían diferencias, en unos casos de matiz y en otros
más sustanciales, que obedecían al distinto tamaño y ubicación de las parcelas, y que redundaban en el montante de la
renta pagada, en la duración de los contratos y en los características sociales de los propios arrendadores. Veamos, pues, cuáles eran esas diferencias entre cortijos y ruedos, y la funcionalidad que pudo corresponder a cada forma de arrendamiento.
A) El arrendamiento de cort^os
Los cortijos de Córdoba, con pocas excepciones (17) incluso aquéllos de propietarios laicos, se explotaban por el sistema
de arrendamiento sujeto a esterilidad y plazos cortos de cesión,
por lo general de tres años o múltiplos de tres dado el sistema
al tercio dominante, aunque no faltaron los contratos por cuatro o cinco años.
Lo cierto es que al menos desde comienzos del siglo XV hasta fines del Antiguo Régimen -cabría decir, incluso, que en
muchos aspectos hasta el siglo XX- el contenido y las cláusulas
(16) Hay, sin embargo, cierta tendencia a que el escaso olivar campiñés
y algunos predios de huerta sean explotados directamente por determinados
conventos y otras instituciones eclesiásticas.
(17) La información documental de mediados del siglo xvIII pmcede en
buena medida de los libros de eclesiásticos del C.M.E., que como se sabe
incluyen suficiente información sobre la tenencia de las tierras del clero (nombre y residencia de los arrendatarios, montante de la renta, tipo de contratos -de por vida, a corto plazo, con esterilidad-, etc.). Los aspectos cualitativos de los contratos de arrendamiento proceden del análisis de más de
treinta escrituras del Archivo Histórico de Protocolos de Córdoba, Nota 2,
escribanía de la familia Barroso, desde mediados del siglo xvI[I a comienzos
del xlx, así como de una serie casi completa y de extraordinario interés de
los arrendamientos de los cortijos Fontalba del Arroyo y Encineño, que se
extiende desde comienzos del siglo xvI hasta mediados del XvI1I.
249
de estos contratos se alteraron escasamente, tanto en lo que
se refiere a las obligaciones de los arrendatarios, como a sus
derechos en caso de esterilidad. Las series de treinta y ocho
y cuarenta y siete escrituras de los cortijos Encineño y Fontalba, respectivamente, entre 1515 y 1765 así lo evidencian (18).
Por lo general, tras señalar la renta anual de pan terciado
«bueno, nuevo, limpio y enjuto», y de dádivas en granjería
y dinero, las escrituras entran en el pormenor de las obligaciones de los contratantes; brevemente pueden reducirse a las siguientes:
El arrendatario se compromete a efectuar el pago del
grano y dádivas en fechas concretas; para Santa María
de agosto el trigo y la cebada; las dádivas en metálico,
cuando existen, por mitades en Santiago y San Miguel
(25 de julio y 29 de septiembre) y el ganado y otros productos en distintós momentos del año, casi siempre haciéndolos coincidir con fechas de relieve en el ciclo litúrgico: gallinas por Navidad, carneros y quesos por
Pascua Florida y lechones por San Andrés.
Se obliga también el tenedor a seguir el sistema al tercio,
comprometiéndose tanto a «empanar» exclusivamente
la tercera parte del cortijo, como a realizar adecuado
cultivo de los barbechos:
«,.. Y me obligo a traer y que traeré a tres hojas el dicho cortijo, sembrando tan solamente en cada uno de los
tres años de este arrendamiento la tercia parte de tierras
de él en buenos barbechos de tres rejas, alzados, binados
y terciados, al uso de buenos labradores, pena de pagar dicha renta sin baja ni descuento alguno» (19).
(18) A.H.N., Sec. Clero, Libros 2.977 (Cortijo Encineño) y 2.979 (Cortijo Fontalba del Arroyo).
(19) Escritura de azrendamiento del cortijo Fontalba del Arroyo de 1728
en el libro reseñado.
250
- El último año del arrendamiento el labrador había de
dejar las dos terceras partes del cortijo sanas y por romper, de manera que quien le sustituyese en la labranza
entrara «barbechando y gozando de las hierbas y pastos de dicho cortijo como es estilo, pena de pagar al dicho labrador el daño y perjuicio que de no hacerlo así
se le siguiese». Como es lógico también, en diciembre
del mencionado último año el arrendatario «saliente»
debía sacar del cortijo todo su ganado «mayor y menor», para pasar el exclusivo beneficio de pastos y rastrojos al nuevo contratante, autorizándosele sólo la
entrada por agosto del número necesario de cabezas para
sacar la cosecha: «... Que entonces (en agosto) sólo entraré los necesarios para sacar panes y coger la espiga
y no otros (ganado) y el labrador que me sucediese los
podrá echar fuera».
- Casi todos los contratos estudiados obligan al arrendatario a guardar las Ordenanzas de la ciudad de Córdoba sobre venta de hierbas y pastos y al cumplimiento
de la Pragmática sobre proh^bición de adehesamientos;
un contrato poco explícito como el de 1550 dice solamente: «Guardar la premática e ordenanza de los señores de Córdoba que hablan sobre dehesa e pasto
común»; el de 1728, por ejemplo, más detallado, afirma textualmente: «Y me obligo de guardar la pragmática de adehesar y pasto común y que no se vendan
yerbas a pastores serranos so pena de la dicha pragmática y ordenanzas de esta ciudad que de ellos tratan».
- Un aspecto de tanto interés en el funcionamiento de la
agricultura y de las relaciones sociales campiñesas -el
subarriendo de tierras- recibe un tratamiento pobre
por parte de los contratos. En general, la propiedad no
prohibe la cesión a terceros, lo único que impone es el
previo consentimiento por su parte y la obligación de
los terceros implicados al pago de la renta junto con el
251
gran arrendatario. No cabe duda de que esa relativa
indefinición dejaba en la práctica mano libre a los poderosos tenedores de tierra para obtener por vía de subarriendo rentas elevadas, junto a los beneficios procedentes de las labranzas por ellos gerenciadas.
Se obliga, por último, el arrendatario al pago de la renta
y para ello hipoteca «todos sus ganados mayores y menores,
aperos y labor, sembrados y barbechos que tuviese en dicho
cortijo, con prohibición y pacto absoluto de venta y enajenación hasta ser cumplido todo lo contenido en esta escritura y
la venta en contrario sea nula y de ningún valor».
De entre los derechos de los arrendatarios, y al margen del
primero y más obvio de tres sementeras y tres cosechas alzadas, hay dos que merecen cierta atención: la posible sujeción
de la renta a«esterilidacL^ y la fa^ultad de sembrar sin el pago de
renta alguna determinada superficie de rastrojera y barbecho
(Cuadro 18 y Figuras 24 a 26).
Los arrendamientos sujetos a esterilidad constituyen una
fórmula particular de contrato, que contiene rasgos de un régimen de tenencia más tradicional como la aparcería. Por esa
fórmula el arrendatario adquiere el derecho de reducir el montante de renta de pan terciado acordado en el contrato, en aquellos años en los que lá cosecha presenta «esterilidad», es decir
unos rendimientos por fanega de simiente o de tierra -varían
las referencias según contratos- inferiores a los niveles medios de productividad.
De esa forma, propietarios y labradores compartían en alguna medida los avatares y riesgos de la producción, y la renta del suelo dejaba de ser una parte fija de plusvalía para convertirse en una cuota determinada (generalmente dos de cada
nueve fanegas recogidas) del total de la producción.
De cualquier manera, y en el caso al menos de la Campiña
cordobesa, el sistema puro de esterilidad fue evolucionando hacia una fórmula más próxima a la del auténtico arrendamiento; y ello se consiguió mediante el incremento paulatino y re252
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lativamente regular de las entregas en concepto de dádivas, es
decir, de determinado montante de reales de vellón y de producción animal no sujeta a la irregularidad de las cosechas.
Veamos esta dinámica reflejada en la serie de contratos de los
cortijos Encineño y Fontalba del Arroyo del monasterio de los
Jerónimos.
En torno a 1518, por ejemplo, la renta de ambos cortijos
estaba fijada, respectivamente, en treinta y cuarenta y cuatro
cahices de pan terciado sujetos a esterilidad, y por razón de
dádivas dos cerdos y siete pares de gallinas en el primer caso,
y sólo dos puercos en el segundo. Hacia 1605-1608 la renta
de pan había ^recido sustancialmente hasta alcanzar los cincuenta y cinco y cuárenta y ocho cahices, pero más aún las dádivas, que, aunque muy lejos desde luego del valor de la renta
de pan, suponían para el cortijo Encineño seis cerdos, seis carneros, cincuénta y cinco gallinas, un ternero y cien haldas de
paja, y para el de Fontalba del Arroyo seis cerdos y setenta
gallinas.
Hacia mediados del siglo XVII contamos con las primeras
referencias de dádivas en metálico, que ya no dejarán de aparecer.en los contratos hasta que se generalice la renta fija en
dinero. Así, por ejemplo, de 1.500 reales en 1650 para el cortijo Fontalba descienden en torno a 650 reales en la segunda
mitad del siglo, para iniciar una cierta recuperación a firiales
del siglo y volver a caer en el primer tercio del siglo XVIII, alcanzando definitivamente los niveles anteriores a la crisis en
la mediación del XVIII (1.400 reales en 1765).
De esta forma las dádivas en dinero, calculadas siempre en
razón a un determinado número de reales por cada fanega del
tercio de erial, llegaron a suponer a fines del XVIII una cantidad respetable, en torno al 20% del valor en reales del pan
terciado acordado en contrato (20).
(20) Estimando los precios del trigo y la cebada por quinquenio en Córdoba, según la información obtenida de la respuesta 13. a del Interrogatorio
del C.M.E., en 15 y 8 reales respectivamente.
257
La importancia de.l derecho a esterilidad para las partes contratantes queda reflejada en el amplio tratamiento que merece
en todas las escrituras, desde las más concisas a las más detalladas. Se empieza casi siempre con la fórmula estereotipada
de que «si lo que Dios nuestro Señor no quiera, hubiere esterilidad en todos o en cualquiera de los años en los sembrados
de las fanegas de labor, se puede pedir, alegar e gozar esterilidad» (21).
Detectada la probable esterilidad por parte del labrador,
el proceso. a seguir fue prácticamente idéntico durante siglos:
el arrendatario, «antes de entrar la hoz en el mies», había de
notificar el hecho a la propiedad, quien en el plazo máximo
de tres días designaba un veedor que junto con otro por parte
del arrendatario estimaban o no la procedencia del derecho a
esterilidad; en caso de acuerdo a favor del labrador o de discordia entre los veedores, la propiedad se comprometía igualmente a enviar fiel erero dur.ante la saca de la cosecha para
evaluar su monto y retirar lo que procediese. -casi siempre
dos de cada nueve o una de cada cinco fanegas cosechadasa favor de la persona o institución propietaria.
La mayor parte de los contratos son explícitos sobre el umbral por debajo del cual la esterilidad podría ser alegada; unos,
como el de 1650, señalan rendimientos mínimos por fanega
sembrada, casi siempre de siete a una; otros, productividad
por unidad de superficie, como el de 1699, que establece el umbral de esterilidad en diez fanegas de grano por fanega de tierra «ayudando la cebada al trigo y el trigo a la cebada» (22).
(21) Escritura de arrendamiento del cortijo Alto de Coronadas, de la
Mesa Capitular de la Catedral de Córdoba en 1800. A.H.P. de Córdoba,
Nota 2, escribanía de Barroso, libro de 1800, folios 211 y ss.
(22) Si se tiene presente que a mediados del siglo xvIII la fanega de trigo
y cebada de mediana calidad se «empanaban» respectivamente con alrededor de 15 y 18 celemines, se concluirá la práctica equivalencia de rendimientos
existentes entre 7 fanegas de grano por fanega sembrada y una productividad de 10 fanegas por fanega de tierra.
258
Umbrales como éstos, que incluso en tierras de excepcional calidad como las de la Campiña cordobesa han de considerarse más bien elevados (23), motivaron que en la práctica
fueran pocos los años en los que la renta de grano pagada se
ajustase a la establecida en los contratos (24).
No estamos en condiciones de concretar la difusión d^e los
arrendamientos «a esterilidad» en el conjunto de la Campiña
andaluza. Lo que no cabe duda es que con algunas peculiaridades fue también seguido en explotaciones del clero jiennense
-las rentas a«veimiento» del convento de la Concepción, entre
otros-; y que, por contra, su difusión parece menor en el latifundio de la alta nobleza de determinadas áreas de la Campiña
cordobesa o sevillana estudiadas (25).
Sea como fuere, lo cierto es que en aquellos casos en los
que la renta a esterilidad constituyó el régimen de cesión adoptado, la cuantía de grano pagada resultó en bastantes campañas ostensiblemente inferior a la estipulada en contrato, hecho
que, sin evitar la pesada carga que siempre supuso la renta del
suelo para los arrendatarios andaluces, pudo contribuir en alguna medida a una mayor capacidad de acumulación en manos de los titulares de la explotación.
Junto con el derecho a esterilidad, no generalizable como
se ha dicho al conjunto campiñés, la práctica totalidad de los
contratos de arrendamiento incluían también el derecho del
arrendatario a cultivar y sembrar una determinada superficie
de la rastrojera -variable según la superficie del cortijo- y
del ruedo de la explotación, libre de renta alguna, con vistas
(23) Los rendimientos del trigo y de la cebada en Córdoba según el
C.M.E. para tierras de l.a, 2.a y 3.a calidad eran, respectivamente, de 12,
8 y 5 fanegas por fanega de tierra para el trigo, y de 15, 10 y 5 fanegas para
la cebada.
(24) P. Ponsot, op. cit., págs. 476-77.
(25) No se menciona, por ejemplo, en los contratos de arrendamiento
de la Casa de Medinaceli en la Alta Campiña de Córdoba a mediados del
siglo xvIII. Archivo Ducal de Medinaceli, Priego, Leg.° 104: «Relaciones
de las rentas de las mayordomías del Estado de Priego».
259
esencialmente a parte del autoabastecimiento de las familias
residentes en el cortijo y al sustento de la cabaña de labor.
La eaaluación de la renta
Vistos los aspectos cualitativos de'lós contratos de arrendamienfo de grandes fincas, resta ciertamente por plantear un
aspecto de gran interés; el conocimiento del montante de la renta, la evaluación de aquella parte del producto agrario, y más
concretamente de la plusvalía agraria, que iba a parar a manos de la propiedad del suelo; no se trata aquí de entrar en
análisis sobre dinámica de renta, aunque las series de contratos de los cortijos Encineño y Fontalba permiten algunas consideraciones al respecto, sino solamente de comentar lo que suponía el montante de aquélla en un numeroso grupo de cortijos
cordobeses de eclesiásticos a mediados del siglo XVIII. De dicha
información pueden concluirse los siguientes extremos (Véase
Cuadro 18).
1) Un primer hecho evidente es la elevada participación
que sobre el total del producto agrario corresponde a
la renta de la tierra: prácticamente la tercera parte del
valor medio de la producción de los cortijos cordobeses
a precios de trigo y cebada en el quinqueño 1745-50,
sumando grano y dádivas. Aun teniendo presente la posible y frecuente sujeción a esterilidad, la renta no dejó
de ser nunca una pesada carga para los grandes arrendatarios campiñeses.
2) Es también detectable la correlación positiva y significativa existente entre renta y calidad de la tierra, es decir, que tal y como queda recogido en el Gráfico 27, las
explotaciones que tributaban con rentas superiores a
3 fanegas de pan terciado por fanega de labor contaban
con un terrazgo de indiscutible mejor calidad que el de
aquéllas que lo hacían con rentas relativamente más bajas
(iguales o inferiores a 2 fanegas por fanega de labor).
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3) Hay por último que señalar cuantitativamente un hecho ya constatado al de ^cribir los aspectos cualitativos
de los contratos: la incidencia que el sistema de arrendamiento a esterilidad tuvo sobre el montante real de
renta pagada por los cultivadores. Somos conscientes
de que los ejemplos que se ofrecen son puntuales, tanto
espacial como cronológicamente, pero suficientes al menos como para plantear los efectos del sistema, la dificultad de calificar como arrendamiento en sentido estricto una forma de cesión de tierras como ésta, y para
defender la hipótesis de una mayor capacidad de acumulación en manos de los beneficiarios de este sistema.
Los grandes arrendatarios y su residencia
El conocimiento de los arrendatarios y de su procedencia
a través del Catastro de Ensenada es sólo posible para cortijos
y hazas de eclesiásticos. La información ha sido parcialmente
completada con la procedente de algunos protocolos de arrendamiento de los últimos años del siglo XVIII y comienzos
del XIX.
La residencia de los casi cin •uenta labradores computados
queda recogida en la Figura 28 y pone de manifiesto un fenómeno sobre el que tendremos ocasión de volver con documentación exhaustiva, para la segunda mitad del siglo XIX: se trata
de la «distribución» de la extensa Campiña cordobesa en áreas
de influencia según la residencia de los grandes arrendatarios.
Si bien Córdoba tiende a comportarse como uno de los polos indiscutibles de la oligarquía propietaria regional, su protagonismo se reduce ostensiblemente cuando se toma en consideración a la clase de los «capitalistas agrarios»; éstos, en la
mayor parte de los casos de extracción y condición labradora,
tienen «casa abierta» en los pueblos limítrofes de la Campiña,
controlando la explotación de los cortijos más próximos a sus
núcleos de residencia. La separación de propiedad y explotación, o si se quiere, de renta de la tierra y de capital adquiere
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también gráfica representación espacial en esta especie de oposición entre Córdoba, núcleo de propietarios por excelencia,
y los pueblos de la periferia campiñesa, asentamiento preferente de grandes colonos y labradores.
Sobre la personalidad de los arrendatarios, la información
catastral no permite llegar a demasiadas conclusiones; un hecho, sin embargo, parece insinuarse: la presencia ya entre los
labradores pueblerinos de una serie de individuos vinculados
a familias que habrían de dar decenios más tarde importante
juego en la desamortización eclesiástica y en el proceso general de renovación de la oligarquía propietaria cordobesa; me
refiero, por ejemplo, a Diego Serrano, de Fernán Núñez, arrendatario del cortijo Los Libros; a Juan Natera, de El Carpio;
a los hermanos Lora de Bujalance; a los Zamorano, de Villafranca, etc.
B) Los anendamientos de «ruedo»
Junto con los arrendamientos cortos de grandes cortijos que
identifican durante siglos la tenencia de la tierra en la Campiña andaluza, coexisten las formas de cesión de las tierras próximas a los pueblos y ciudades -las fincas de ruedo-, que,
como ya vimos, constituían una parte no despreciable en el
conjunto de la gran propiedad, y muy especialmente de la gran
propiedad eclesiástica. Parece oportuno poner de manifiesto
los rasgos peculiares de la tenencia de estas tierras, tanto para
contraponerlas en cierta medida a las superficies cortijeras,
como, sobre todo, para comprender la funcionalidad social de
las unidades de explotación a través de las cuales se organiza
la cesión del uso del suelo. Dichas peculiaridades pueden concretarse en las siguientes:
1) Un alto grado de minifundio de explotación, que en bastantes casos, como en el de las tierras de la Mesa Capitular, no se corresponde con un minifundio real de propiedad. Quiere ello decir que en función de la notable•
267
presión existente para la labranza de estas tierras inmediatas a la ciudad y fácilmente cultivables al estar ubicadas sobre los arenales y graveras de las terrazas bajas
del Guadalquivir, la propiedad pmcedía al troceamiento
de las fincas en unidades de explotación muy reducidas.
Obsérvese en los Cuadros 19 y 20 que la mayor parte
de los arrendatarios contaba con menos de diez fanegas
de tierra y que ello se veía acompañado, además, por
un elevado grado de dispersión parcelaria.
2) La existencia de dos formas de cesión de tierras, una
el contrato a corto plazo, sobre los que tendremos ocasión de volver (26), y otra el arrendamiento de por vida.
Ambos, sin embargo, hacían efectiva su renta en numerario y no en especie, fenómeno que tiene indudable
trascendencia para comprender el funcionamiento de la
agricultura campiñesa y, en general, el nivel de evolución de la economía regional.
C abría pensar que la materialización de la renta en dinero, especialmente la procedente de pequeñas unidades de producción como los arrendamientos dé ruedo, implica «un desarrollo ya bastante considerable del comercio y de la industria
urbanas y de la producción de mercancías» (27). Sin negar esta
posibilidad, sobre todo en las inmediaciones de un núcleo de
población importante como Córdoba, hay en el caso concreto
de la Campiña andaluza otro factor que ha de ser tenido en
cuenta en la explicación del carácter monetario de estos pequeños arrendamientos:
Es el hecho de que muchos de los arrendatarios de las parcelas de ruedo y sus familiares eran fundamentalmente jornaleros, es decir, individuos el grueso de cuyos ingresos no pro(26) Véase más adelante el estudio de la tenencia y de la renta de la tierra del <^multifundio» altocampiñés, que enriquece en buena medida lo aquí
expuesto.
(27) K. Marx, El Capital. Csítica de la Economía Política, Méjico, F.C.E.,
'trad. de Wenceslao Roces, 9.a reimp., 1974, 3 tomos, Tomo III, pág. 738.
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cedía de la explotación de unos cuantos celemines o unas pocas
fanegas de tierra, sino de la venta de su trabajo en determinados meses del año; sus jornales garantizaban, sin prejuzgar la
orientación que se diera a lo producido, el pago de la renta
de unos palmos de tierra que no alcanzaban a reproducir, en
la mayor parte de los casos, lá fuerza de trabajo familiar (28).
Ello no quita que existiese también un grupo de auténticos
campesinos, en el sentido más ortodoxo del término, cuya dedicación prácticamente absoluta estaba orientada a la explotación de las tierras arrendadas, especialmente en Córdoba donde
la abundancia de agua en el ruedo posibilitaba aprovechamientos muy exigentes en mano de obra. Pero, en cualquier caso,
ese grupo campesino no fue nunca numeroso ni representativo
en la estructura social agraria campiñesa, como vamos a demostrar a continuación con el análisis de la tenencia de la tierra
del «multifundio» altocampiñés.
3) En cuanto al montanté de la renta, las diferencias son
ostensibles entre los arrendamientos cortos y los de por
vida (29). Estos últimos, aunque en el momento de formalizarse establecen rentas elevadas, escapan al incremento impuesto por el proceso inflacionista, de ahí que
a mediados del siglo XVIII aquélla no suponga más allá
del 17% del valor del producto agrario. Por el contrario, en los arrendamientos cortos, actualizados con cierta
frecuencia, la renta alcanza cotas mucho más elevadas,
en torno a134%, valor claramente superior al de la renta
de cortijos, pues en el caso de las tierras de ruedo además no era frecuente la posibilidad de sujeción a esterilidad. En esta o^asión la proximidad al lugar de resi(28) Sobre la condición social de los pequeños arrendatarios se incluyen
más referencias concretas en el epígrafe 2.5 de este capítulo, <•Minifundio
de explotación y renta de la tierra en la gran propiedad de la Alta Campiña».
(29) Los arrendamientos de por vida podían afectar exclusivamente a
la duracibn de la vida del contratante o a la de éste y a la de su inmediato
sucesor.
271
dencia, la calidad del terrazgo y la consiguiente presión
de potenciales arrendatarios genera una renta diferencial como excedente sobre la «ganancia media» de las
tierras comarcales, del mismo modo que en el caso de
los cortijos era, fundamentalmente, la diversidad de calidades de tierra la que contribuía a explicar las diferencias de renta entre unas fincas y otras.
1.3. El latifundio de Marchena
El Archivo Municipal de Marchena no cuenta, lamentablemente, con fondos del Catastro de Ensenada; obra en él,
sin embargo, el Repartimiento de la Unica Contribución de
1770, conforme a lo prevenido «por S.M. en el Real Decreto
de 4 de julio» del mismo año. La información del «Repartimiento» tiene ventajas y limitaciones con respecto a la del Catastro de Ensenada, aunque en conjunto su riqueza geohistórica
y fiabilidad son sensiblemente inferiores.
Contiene, por ejemplo, en la declaración de cada «contribuyente» su profesión y el conjunto y procedencia de sus rentas, lo que libera del prolijo tratamiento comparado de los Libros
de Familia y de Hacienda de Ensenada cuando quiere conocerse la condición sociolaboral de cada vecino en relación con
su patrimonio. Pero por el contrario el detalle de los aspectos
territoriales de la propiedad agraria se reduce en extremo, constando tan sólo el total de la superficie por aprovechamientos,
y su correspondiente producto, sin detallar nada o cási nada
sobre denominación, parcelario o localización de las fincas.
Igualmente falta una información tan preciosa como la de
formas de tenencia, cuantía de rentas e identidad de los arrendatarios, que el Catastro de Ensenada recoge al menos para
la propiedad eclesiástica.
Así las cosas, el vaciado del «Repartimiento de la Unica
Contribución» de 1770 permite sólo un corte esquemático de
la distribución de la tierra y de los aprovechamientos, en con-
272
creto entre los grandes propietarios marcheneros -de más de
5.000 reales de «riqueza»-, que ha de servir como punto de
arranque en el seguimiento del latifundio marchenero hasta la
actualidad. No podrá entrarse, sin embargo, en consideraciones sobre la parcelación, tenencia y renta de la tierra como se
ha hecho para tierras de Córdoba.
De la información recogida en el Cuadro 21 y Gráiico 29
conviene. destacar y retener los siguientes aspectos, con vistas
a comprender la ulterior evolución del latifundio marchenero:
- En primer término, el evidente peso de la gran propiedad en el contexto municipal. Los patrimonios con más
de 5.000 reales de «riqueza» acaparaban casi el 75%
de la S.A.U., lo que suponía una situación similar a
la de Carmona en la misma época (30).
- En el marco de ese latifundismo dominante, sin embargo, la sociedad marchenera presentaba rasgos peculiares derivados de su carácter de término de señorío y,
aunque paradójicamente en principio, del notable poderío territorial de sus Propios.
Efectivamente, la Casa de Arcos, que contaba con el señorío del extenso término desde el siglo XIV, había acumulado
una ping^ e propiedad al amparo de aquél, aunque no estuvieron ausentes determinadas compras para redondeo del patrimonio (31). En 1770 las tierras ducales totalizaban más de
14.000 fanegas y casi 100 aranzadas, es decir, algo más de la
cuarta parte del municipio y alrededor de los dos quintos de
la gran propiedad. No cabé duda, pues, que del funcionamiento
de la explotación, de la renta de la tierra y, en último extremo, de la evolución del patrimonio dependía, en buena medida, la estructura social y de propiedad del término sevillano.
(30) J. Cruz Villalón, op. cit., págs. 89-90.
(31) R. Mata Olmo, «Participación de la alta nobleza andaluza en el
mercado de tierras: la Casa de Arcos (siglos xv-XVII)u.
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Pero tras la propiedad ducal, y aunque a bastante distancia, se situaban las tierras de Propios, que sumaban más de
4.500 fanegas y una «riqueza» de casi 63.000 reales; más adelante nos ocuparemos del interesante proceso de constitución
de este patrimonio, en el que las compras del Concejo fueron
la vía fundamental de acopio. En este momento interesa sólo
retener este dato, poi" cuanto las tierras concejiles marcheneras habrían de dar importante juego en repartos posteriores
entre jornaleros, y en su enajenación definitiva durante el siglo xlx.
En el grupo de latifundistas laicos, y a muy notable distancia del duque de Arcos, se integraban otros quince propietarios, unos pocos nobles titulados, de origen y residencia en la
región -marqués de Gelo y marqués de Cortes Graena-, y
otros pertenecientes a la oligarquía propietaria no titulada -en
ocasiones también labradora-, implantada igualmente en municipios próximos como Carmona, Morón o Ecija: Ignacio
Lasso de la Vega, A. Tortolero, D. Villalón, E. Guerra, etc.
Habría que incluir también en este grupo a un reducido
número de individuos con escasa o nula propiedad, pero con
abundante cabaña ganadera de labor y renta, de lo que se deriva su condición de grandes labradores arrendatarios; son los
casos, por ejemplo, de Gaspar de la Concha (28 cabezas de vacuno labor), Francisco Sarmiento (53 bueyes), José Benjumea
(59 bueyes), Pedro López Barrera (93 bueyes); algunos, como
Diego Villalón, incluido en el Cuadro 21 y con propiedad de
200 fanegas de labor y 24 aranzadas de olivar, asumían también la labranza de tierras arrendadas, como se desprende del
caso citado, que contaba con la propiedad de una cabaña de
vacuno-labor de nada menos que 98 reses, más de 797 ovejas
y carneros, 52 yeguas y caballos y 140 cerdas de vientre.
- Pese al carácter de señorío laico del término y de la extraordinaria propiedad de la Casa Ducal, la Iglesia no
estaba en absoluto ausente del altifundio local. Un total
de quince instituciones, entre conventos, colegios, hos277
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pitales y alguna fábrica parroquial acaparaban casi
12.000 fanegas de labor y ruedo, y 800 aranzadas de
olivar y viña, es decir la cuarta parte del municipio. El
señorío de los Ponce de León no había supuesto, pues,
impedimento alguno para la acumulación eclesiástica.
La orientación productiva dominante en la gran propiedad era la tierra calma, con casi e190% de la S.A.U.,
parte de ella ubicada en el ruedo marchenero, lo que
confirma, como en Córdoba, el control ejercido por la
gran propiedad sobre el minifundio de explotación de
las tierras inmediatas a la ciudad. El olivar aparece a
continuación, pero con una superficie mínima -apenas
el 3% de la tierra- que contrastará con la de etapas
posteriores, especialmente con la situación actual, fruto sin duda de lo más reducido por entonces del mercado de aceite, pero fundamentalmente del predominio
del arrendamiento en estas grandes fincas, que alejaba
a los labradores de la inversión que suponía la plantación.
2. Pequeños propietarios: jornaleros con
tierra a mediados del siglo XVIII
2.1.Notas generales sobre la distribución de la tierra
en la Alta Campiña a mediados del siglo XVIII
La existencia de grupos numerosos de pequeños y medianos propietarios controlando porcentajes elevados de tierra, tal
y como hoy ocurre en áreas de la Campiña de Jaén y en la
Alta Campiña de Córdoba (32), era a mediados del siglo XVIII
un hecho menos extendido.
(32) Véase lo expuesto en este sentido en el Capítulo II.
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