Secuelas visibles / Ardenza

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Secuelas visibles
Pseudónimo: Ardenza
Todo en esta vida tiene sus consecuencias. Y si no en esta vida, en la siguiente. Os voy a contar una
historia real. Le pasó al amigo de un amigo mío. No todos creen sus palabras. Yo no le hago oídos
sordos. ¿La interpretación? Os la dejo a vosotros.
Era un viernes por la tarde de un final de marzo fuera de lo normal. Anormal por las altas
temperaturas que se registraban aquellos días. Se comenzaba a sentir la llegada de la primavera.
Las calles se mostraban llenas de vida y se lucían los colores y perfumes típicos de la estación.
Alegría y buen humor al fin y al cabo; ganas de salir y dar paseos interminables. Sin embargo, ese
viernes en concreto, el tiempo se tomó la licencia de hacer un paréntesis en su soleada racha para
asistir a unos tristes acontecimientos: unos acechantes nubarrones grises cubrían los cielos y
amenazaban con descargar de improviso ante la mínima contrariedad. La climatología sabe sin
duda acompañar situaciones delicadas y tiene su peculiar forma de prestar apoyo.
Aunque no sea una práctica habitual, Leire y César estaban de acuerdo en no escatimar a la hora
de dar el último adiós a su fiel compañero. Habían invitado a la ceremonia a las mejores
camaradas de juego del parque de Brandy, y a sus respectivos dueños, claro está. Los perros
también parecían notar la desaparición del querido Brandy. Fue un acto corto pero muy sentido.
Unas palabras de sus dueños, un silencio sepulcral por parte de los canes en señal de respeto, y un
bonito columbario enterrado en las lindes del bosque que conformaba su habitual parque de
juegos.
Brandy fue un individuo único. Está claro que todo propietario de perros piensa que el suyo es el
más bueno y mejor compañero de todos. Pero la bondad de Brandy ponía el listón ciertamente
alto a los demás perros. Y no sólo con su disciplinada existencia, sino que con su muerte estableció
un importante punto de inflexión y dio una lección de vida que sus amos jamás olvidarían.
Si bien Leire y César se querían mucho, la vida les había puesto una gran cantidad de obstáculos a
sortear. Condicionados por una personalidad y una forma de pensar rematadamente opuestas, la
suya era una relación dura de llevar que estaba abocada a frecuentes discusiones. No obstante,
ambos se esforzaban por reforzar el nexo común que les unía, más fuerte que cualquier discusión:
el amor.
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Brandy fue el regalo que César le hizo a Leire por su primer aniversario. Un regalo de
reconciliación más bien, pues desde los inicios ya se manifestaban sus diferencias. Al principio,
siendo Brandy un cachorro, se sentía muy confundido. Había llegado a pensar que él era la causa
de que sus dueños no se quisiesen. Pero en seguida comprendió su papel conciliador en la casa.
Siempre que una disputa comenzaba, sabía romper el hielo y dar unos cuantos lametazos a
tiempo.
La mente de Brandy no podía entender cómo dos personas que se querían pudieran discutir sobre
temas, a su parecer, tan banales. Una vez por falta de atenciones, otras por exceso… Nada que no
se solucionara con unas palabras de disculpas a tiempo o una sincera conversación. En vez de eso,
la cabezonería y el orgullo humano les llevaban una y otra vez a la discusión.
La intensidad de las discusiones iba en aumento. Conforme crecía la confianza en la pareja, así
también lo hacía la magnitud de las disputas llegando incluso a la violencia. En la sociedad humana
existen organismos encargados de intervenir a tiempo en casos semejantes de encontrarse un
menor en escena. Sin embargo, no hay nada parecido tratándose de una mascota.
Suele pensarse erróneamente que los perros no son tan listos como los humanos. Se les subestima
con frecuencia. No mucha gente comprende que tener otro tipo de inteligencia no les convierte
automáticamente en estúpidos. De hecho, en cuanto de relaciones y sentimientos se trata, nos
superan con creces. Somos en realidad nosotros los estúpidos por no ser capaces de interpretar
las evidencias: la naturaleza, los instintos, los olores, los ruidos… ¿Quién es el tonto sino el que no
ve lo que tiene delante de sus propios ojos? Precisamente su tipo de inteligencia les permite
querer incondicionalmente, confiar en el amo hasta el infinito o disfrutar de las pequeñas cosas.
Esto les hace, probablemente, mucho más felices de lo que nosotros podamos ser. Y es esa
capacidad de empatizar y prestar auxilio la que nos faltaría muchas veces para intervenir en
situaciones en las que sólo los seres humanos somos capaces de darnos media vuelta y mirar a
otro lado.
De un modo u otro, Brandy era consciente del dolor y sufrimiento que se vivía de manera
cotidiana en casa. Y él sufría con ello. Su papel de apaciguador era muy agotador. No había nada
en el mundo que quisiera más que a sus propietarios. Le costaba dormir por las noches. Tenía
pesadillas a menudo. Temía no estar lo suficientemente atento como para evitar potenciales
desastres. Enfermaba con facilidad por la falta de sueño. En definitiva, no tenía un trabajo fácil. En
las noches de insomnio, los únicos momentos de relativa calma en los que podía pensar sin
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perturbaciones, se dedicaba a maquinar nuevas estrategias que alejara la atención de sus dueños
de las discusiones y encauzarlas así en otra dirección.
Como cuando dejó en medio del salón un ratón de campo. Lo sentía por aquel roedorcillo que
pasaba desafortunadamente por el lugar y en el momento menos adecuados, pero sin duda ver un
cadáver en medio de una alfombra turca surtió su efecto. Aunque su castigo le costó, la acalorada
discusión en relación a la secretaria de César pareció ya no tener tanta importancia.
A veces, los gajes del oficio le llevaban a ser magullado. Naturalmente no a propósito. Brandy lo
comprendía y no culpaba de ello a sus dueños. Cuando la ira te envuelve, no es uno mismo el que
agita una vara. Esas heridas no hacían más que animarle a evitar que su receptor fuera alguno de
los dueños y no él mismo. Le hubiera gustado sin embargo que el veterinario al que acudía
regularmente hubiera profundizado en el origen de aquellas extrañas marcas de su cuerpo que
difícilmente eran compatibles con heridas causadas por otros perros. Seguramente una pequeña
investigación doméstica habría sido de ayuda para ayudar a Brandy a frenar aquella locura que
comenzaba a transformarse en rutina.
Como es lógico, muchas veces se exasperaba y no sabía cómo proceder. Los cuantiosos castigos
inmerecidos, los gritos y los quebraderos de cabeza le tentaban a menudo para escapar de allí. Los
otros perros le aconsejaban que no se inmiscuyera en temas que no le correspondían. Que
disfrutara de la vida de perro que le había tocado e hiciera lo propio: dormir largo y tendido,
devorar comida, jugar a la pelota, dar paseos… No tenía por qué soportar aquello. Si el azar le
había puesto en aquella situación, era él el propio dueño de su vida y tenía la elección de buscarse
otro destino que le agradara más. Ciertamente, un día que los problemas parecían superar su
capacidad para resolverlos, acabó cayendo en la tentación y se escapó de casa. En realidad sólo
estuvo fuera durante unas horas. Un lapso de tiempo que ni siquiera advirtieron sus dueños. En
seguida entendió que los problemas hay que enfrentarlos y huyendo no se arreglan. A fin de
cuentas, Brandy no podía evitar preocuparse por los demás. Sentía suya la misión de ayudar,
aunque ello le llevara a menudo a problemas.
Fue una noche de mediados de marzo cuando Brandy se percató del estado de embriaguez con el
que César llegó a casa. Era fácil prever que esto le disgustaría a Leire, por lo que puso en marcha
sus cinco sentidos y se preparó para una nueva intervención. Cuando Leire le empezó a pedir
explicaciones ya de entrada en un tono muy poco amigable, Brandy con un ladrido intentó que su
voz fuera lo que más alto sonase en la conversación. Sin embargo, parece que su intento fue en
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vano, pues más que acallar gritos, lo que hizo fue alterar aún más a César. Como el joven
zarandeaba excesivamente aquel botellín, decidió actuar sin demora. Y fue en ese preciso
momento de deliberación cuando el botellín de César apuntó amenazadoramente en dirección a
Leire. Brandy pasó a la acción en un acto reflejo y asió el antebrazo de César con el objetivo de
inmovilizarlo de una vez por todas. Con la mala suerte de que con ese movimiento, el botellín
golpeó contra la mesita del café rompiéndose en añicos afilados y cortantes que fueron a parar a
sus ojos. Mucho dolor. O al menos eso debió sentir a juzgar por las gotas de sangre que no
auguraban nada bueno. Dejando de un lado el dolor, aún pudo agudizar el oído para comprobar
con alivio, que aunque no de la forma planeada, había vuelto conseguir disuadir una discusión. Y
comprobado esto, perdió el conocimiento.
Laceración corneal traumática. Brandy no volvió a ver. Fue ese el verdadero toque de atención que
abrió los ojos simultáneamente a Leire y a César. Había sido culpa suya. Por su imprudente
egoísmo, su amado perro había salido gravemente herido. El dolor de las peleas no sólo afectaba a
la persona objeto de la discusión, sino también a todo su entorno. Y cada vez que miraban a su
perro ciego se repetían esto a sí mismos. Desde ese preciso día se prometieron hacer un cambio
en su vida y comenzar a discutir menos. Brandy estaba contento de escuchar por fin estas palabras
y muy a tiempo, por fortuna, pues sin visión no se sentía en condiciones de desempeñar
plenamente su labor.
Complacido, Brandy podía escuchar cómo realmente se había producido un cambio sustancial a
raíz de la reciente desgracia. Estaba contento, pues, de haber logrado alcanzar su misión en la
vida. Comprobado esto, poco después, Brandy murió precozmente de una complicación nerviosa
que le llevó al paro cardiorrespiratorio. Una mezcla de plenitud y descanso le envolvió en el
momento de expirar, afortunadamente, acompañado de Leire y César. No habría podido imaginar
una mejor despedida.
Aprovechando la situación de paz que empezaba a inundar el hogar y, en un intento de rellenar un
hueco vacío en la casa, Leire y César celebraron la ocasión con la llegada de un bebé, al que
pusieron por nombre Brandon, en honor a su difunto perro. Una lástima que Brandy no hubiera
llegado a conocerlo, pero sin duda, no podría haberle dejado un mejor camino al recién nacido.
Todo un ejemplo a seguir. Brandy no necesitaba que se viera lo que por sus seres queridos hacía.
Tampoco necesitaba que ellos lo supieran. No buscaba su aprobación. Le bastaba con hacer todo
lo que estuviera en su zarpa para provocar su felicidad.
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Brandy había nacido con un importante cometido. Una tarea que Brandon perpetuaría: su ceguera
congénita sería una discapacidad con la que tendrían que vivir el resto de sus vidas. Un toque de
atención sobre una enseñanza bien aprendida.
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