Charlie Hebdo, entre la libertad y el respeto - ReI

Anuncio
Charlie Hebdo, entre la libertad y el respeto
Bernardo García González*
En este artículo quisiera compartir algunas reflexiones en torno a los
hechos violentos acontecidos a principios de 2015 en las oficinas de
redacción del semanario francés Charlie Hebdo. Estas reflexiones girarán en torno a dos núcleos que, en este caso preciso, podrían parecer
a primera vista irreconciliables: por un lado, el relacionado con la defensa de la libertad de expresión —uno de los pilares de la democracia
y de los más preciados valores Ilustrados— y, por el otro, el que tiene
que ver con el respeto a las creencias de los otros y que representa un
reto urgente en un mundo como el nuestro que tiende cada vez más al
encuentro con el otro–diferente.
Dentro de las diferentes perspectivas desde las que se puede analizar
el caso, la que quiero privilegiar aquí es la ética. Ética es una palabra
con larguísima historia y, por lo mismo, va cargando prenociones que
no siempre se ajustan al noble ejercicio que sugiere el vocablo. De ahí
que en casi cualquier escrito que se presente con ese nombre exista la
obligación de explicitar lo que se entiende por ella. Hay innumerables
definiciones, pero quizá lo que convenga aclarar aquí es el tipo de
actividad en que consiste: se trata de una reflexión filosófica sobre las
morales, es decir, de una mirada reflexiva que se dirige a las distintas
*
Es maestro en Filosofía Social y candidato a doctor en Filosofía de la Educación. Es profesor titular
del Centro de Formación Humana del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente
(iteso), donde coordina la academia Trascendencia y sociedad.
Charlie Hebdo, entre la libertad y el respeto
199
plataformas en las que estamos parados los seres humanos y desde las
cuales percibimos el mundo, vivimos y convivimos. Dicho así, debemos entender la moral como el supuesto de cualquier praxis humana.
El carácter abierto de nuestra realidad personal —el hecho de que no
nazcamos sabiendo cómo comportarnos y cómo vivir— hace imposible
que no tengamos una moral. Incluso en los casos más extremos hay un
núcleo o plinto, según el cual la persona enfrenta el mundo. De modo
que todas nuestras acciones —y evidentemente nuestro juicios— se
hacen desde una posición moral específica. Y precisamente la ética es
el ejercicio de pensar ese subsuelo desde el cual actuamos.1
Por la dificultad propia de entrelazar las dos posturas aparentemente
antitéticas que conciernen a este artículo, resulta imposible presentar
un escrito que concluya de manera definitiva el debate de los límites
de la libertad de expresión que, por lo demás, ha estado vivo y con
gran ímpetu desde hace por lo menos tres siglos. Pero esa conclusión
no es lo que pretenderían unas líneas que se presentan como reflexión
ética. El territorio de la ética es más partidario de la pregunta que de la
respuesta definitiva. El lector, pues, habrá de tomar este escrito como
un texto que invita a considerar el ataque a Charlie Hebdo desde diferentes perspectivas, notando los matices que presenta el caso, sin
dejarse llevar por la reacción mayoritaria que, a mi parecer, ha sido
la de condenar en automático el acto terrorista y defender a ultranza la
libertad de prensa, sin importar que haya sido ejercida por un grupo que
desde los años sesenta del siglo xx ya incomodaba a ciertos sectores
con el filo de su tinta. Aclaro que advertir lo punzante de la caricatura
política no significa, de ningún modo, justificar el terrorismo, pero sí es
algo que nos lleva a pensar que estos dos núcleos sobre los que quiero
1. Por el carácter de este texto no es posible presentar un desarrollo más detenido, pero remito al
lector interesado a la obra de pensadores como José Luis Aranguren (Ética, Alianza Editorial, Madrid, 2004), Adela Cortina (Ética, Akal, Madrid, 2001) o, en general, a las éticas que se desprenden
del pensamiento de Xavier Zubiri y que distinguen “la moral como contenido” de “la moral como
estructura”.
200
Del dicho al hecho: opacidad, autoritarismo y verdades a medias
reflexionar no son simples actitudes maniqueas sobre las cuales se
puede optar —al estilo de yo soy Charlie o yo no soy Charlie— sino que
en el fondo obedecen a dos plataformas morales distintas.
1. La noticia, la solidaridad global
y el oportunismo político
El atentado contra la sede de la revista satírica Charlie Hebdo en París fue una de las noticias internacionales más destacadas con que se
iniciaba el 2015. El 7 de enero los hermanos yihadistas Said y Chérif
Kouachi atacaron las oficinas del semanario francés. Irrumpieron a
media mañana en la sala de juntas donde, cada miércoles, se reunía el
equipo de redacción y preguntaron directamente por Charb —Stéphane Charbonnier, director de la publicación—, quien ya había sido protagonista de escándalos y víctima de amenazas desde 2006 por mofarse
y caricaturizar a Mahoma. Los hermanos islamistas detonaron sus armas contra él y luego contra otros integrantes del periódico, mientras
gritaban frases como “Alá es grande” o “pagarán por haber insultado
al profeta”. El saldo fue de doce muertos, entre los que se encontraban
cuatro dibujantes: Cabu, Georges Wolinski, Tignous y Philippe Honoré.
Le perdonaron la vida a la columnista Ségolene Vinson, a quien, según
la reconstrucción del asalto que publicó el diario español El País, le
dijeron “no matamos a mujeres, pero leerás el Corán”. Sin embargo sí
abatieron a Elsa Cayat, la psicoanalista judía de origen tunecino que
cada 15 días entregaba su popular crónica Charlie Divan. También mataron al economista Bernard Maris, al corrector de textos Mustapha
Ourrad, a un escolta de Charb, a Michel Renaud —que solo se encontraba ahí acompañando a Cabu y planeando alguna colaboración para
la siguiente edición— y a dos agentes de policía, uno de los cuales,
paradójicamente, era musulmán: Ahmed Merabet.2
2. La reconstrucción puede leerse en la página de El País. La nota, “Carnicería salvaje de los Kouachi
Charlie Hebdo, entre la libertad y el respeto
201
Como era de esperarse la noticia fue de largo alcance. Corrió rápido
y conmocionó no sólo a Francia, sino a la opinión pública en general.
Charlie Hebdo, que era una publicación procurada por una esfera no
demasiado numerosa —principalmente intelectuales de izquierda que
la conocían desde que era Hara Kiri en los años sesenta3— y que había
sorteado serios problemas económicos que incluso la llevaron al cierre
durante prácticamente toda la década de los ochenta, se convirtió de
golpe en el estandarte de la libertad de expresión.
Habría que decir, sin embargo —aunque sea como paréntesis—,
que esa entusiasta respuesta solidaria mostraba también en muchos
sectores los colmillos del oportunismo político. No deja de llamar la
atención, por ejemplo, el cinismo de ciertos personajes que pocos días
después se subían al barco de la libertad de prensa y marchaban junto
con los tres millones y medio de personas que se congregaron en las calles de París —o se unían a distancia a la causa—, pero que silencian
cotidianamente expresiones menos polémicas en sus países o que
son incluso culpables de crímenes contra periodistas.4 Ese mismo oportunismo puede verse en la postura del gobierno de François
Hollande, quien aprovechándose de la tragedia convocó a la marcha
masiva y reconoció al espectral Charlie Hebdo como Citoyen d’honneur
de la Ville de París, mientras abandonaba otros valores republicanos
al militarizar sus calles y enviar aviones a la península arábiga con la
anuencia de una población desconcertada.
Y cuando uno advierte tanto lo masivo de la respuesta como el oportunismo desvergonzado es natural que broten ciertas preguntas —sin
que ellas signifiquen que no se comparta la solidaridad, que no se
en ‘Charlie Hebdo’”, del mismo 7 de enero, está disponible en: http://internacional.elpais.com/
internacional/2015/01/09/actualidad/1420834302_722612.html
3. En 1970 cambiaron su nombre al actual, al haber sido censurados por burlarse de la muerte del
expresidente francés Charles de Gaulle.
4. Véase al respecto el texto de Naief Yehya “La tragedia de Charlie Hebdo: fanatismos, espejismos, libertades”, publicado en la revista Literal [de disponible en: http://literalmagazine.com/la-tragediade-charlie-hebdo-fanatismos-espejismos-y-libertades].
202
Del dicho al hecho: opacidad, autoritarismo y verdades a medias
repudien los hechos, que no se esté en contra de cualquier acto terrorista o manifestación de violencia— que tienden a la sospecha de que
detrás de esas reacciones hay más aspectos que no suelen verse. La
pregunta, por ejemplo, de por qué ante otros hechos de mayor calado
—como las víctimas que ha cobrado Boko Haram— no se haya visto
ni remotamente el apoyo que sí produjo el ataque a la redacción de la
publicación Bête et méchant —“tonta y malvada”, como fue el slogan de
Charlie Hebdo durante años. O también el porqué en otros atentados
cuyo autor no es de origen árabe o de filiación musulmana no se desencadena una respuesta similar, como lo fue el caso de Anders Behring,
el fundamentalista cristiano noruego que perpetró una masacre en la
que 77 personas murieron en 2011 y ante la cual no se desató una ola
cristianofóbica.
Con todo, y aun sin ser el centro de este escrito, es importante por
los menos mostrar una de las notas del contexto en el que se dio el
ataque, aunque sea para enmarcar las reflexiones posteriores. Desde
hace algunas décadas hay una actitud generalizada en Europa de cierto
escrúpulo y miedo ante una especie de idea infundada: una amenaza
demográfica. En la Unión Europea hay cerca de 20’000,000 de musulmanes, lo cual representa apenas 4% de la población. Pero la percepción social extendida revela el recelo ante un futuro cercano —y visto
por ellos como distópico— en el que la mayoría de la población sea
de origen árabe. El diario británico The Guardian publicó en noviembre de 2014 los datos de una investigación en la que “según la
percepción de los encuestados” en Francia “habría un 31% de población musulmana, cuando la cifra real es del 8%.5 No es de extrañar,
en ese sentido, el escándalo que supuso la nueva novela de Michel
Houellebecq, que llegó a las librerías el mismo día del ataque a Charlie
5. Véase el lúcido artículo “El islam no es culpable”, de Luz Gómez García, profesora de Estudios Árabes e Islámicos, publicado en El País, el 8 de enero de 2015 [de disponible en: http://internacional.
elpais.com/internacional/2015/01/08/actualidad/1420751113_278955.html].
Charlie Hebdo, entre la libertad y el respeto
203
Hebdo. La sexta novela del polémico escritor está ambientada en un
futuro cercano en el que el hipotético partido Fraternidad Musulmana
gana las elecciones presidenciales de 2022. Houellebecq describe en
Sumisión una Francia convertida en régimen islámico en la que —solo
por revelar un detalle— La Sorbona es una universidad financiada por
emires, sus paredes están alhajadas con versos del Corán y su rector
tiene tres esposas —una de las cuales es adolescente—. Es tan solo un
gesto, un dato aparentemente irrelevante, pero el libro vendió 125,000
ejemplares en la primera semana y, me parece, subraya a la perfección
el miedo colectivo.6
Son varias las pistas, pues, que nos indican que detrás del sombrío
acontecimiento del 7 de enero y la inmediata respuesta global no hay
solo una solidaridad ante las víctimas y una defensa de la libertad de
expresión —muy nobles posturas, por cierto— sino también una serie
de problemas que apuntan a la dificultad de la vida en común, principalmente a la aceptación de la diferencia.
2. Los tipos de discursos
y las dos posturas morales fundamentales
Como era previsible, de manera casi simultánea a la ola informativa y
a las crónicas y reconstrucciones de los hechos, se produjo un verdadero raudal de escritos que colmaron las redes sociales, por un lado,
de los más desagradables comentarios islamofóbicos y, por el otro, de
la defensa de quienes afirmaban que la religión musulmana no tenía
nada que ver con el crimen, algo que a estas alturas de la vida —en un
mundo con migraciones crecientes en donde convivimos personas de
las más diversas culturas y creencias en un mismo barrio— debería ya
ser una verdad de Perogrullo: que no todos los musulmanes son fundamentalistas, que ciertos crímenes son más políticos que religiosos.
6. Michel Houellebecq. Sumisión, Anagrama, Barcelona, 2015.
204
Del dicho al hecho: opacidad, autoritarismo y verdades a medias
Se hizo necesario, por increíble que parezca, traer de nuevo la distinción entre palabras como musulmán, árabe, islámico y yihadista, que
suelen ser utilizadas arbitrariamente en las redes, a veces casi como
si fueran sinónimos y con una tendencia fácil y estulta a ligarlas todas
al terrorismo.
Al escribir el presente artículo han pasado más de cinco meses del
atentado y los hechos se pueden mirar con una sana distancia que no
se deja cegar tan fácilmente por la sensibilidad que provoca el hecho.
Es por ello que el foco de este texto no está en la información o en la
crónica sino en los interrogantes que se pueden desprender al detenernos reflexivamente en la noticia y al considerar las dos actitudes
fundamentales con que fue recibida.
Me parece que las opiniones esenciales oscilan entre la de los que
vilipendian resueltamente el hecho, por tratarse de un ataque no solo a
personas inocentes que hacían su trabajo sino al derecho fundamental
de la libertad de expresión, y la de aquellos que denuncian una cierta
responsabilidad por parte del journal irresponsable, por publicar contenidos ofensivos para la comunidad musulmana.
3. La libertad de expresión
—y sus difusos límites— frente al respeto
Una de las defensas más apasionadas de la libertad de expresión se
encuentra en el libro de John Stuart Mill Sobre la libertad. No se puede
seguir aquí la totalidad de su brillante disertación y la fuerza de sus
argumentos, pero remito al lector al célebre libro y trascribo uno de
los pasajes que, a mi juicio, están entre los más vibrantes de su obra:
Si toda la humanidad, menos una persona, fuera de una misma opinión, y esta persona fuera de opinión contraria, la humanidad sería
tan injusta impidiendo que hablase como ella misma lo sería si teniendo poder bastante impidiera que hablara la humanidad [...] La
Charlie Hebdo, entre la libertad y el respeto
205
peculiaridad del mal que consiste en impedir la expresión de una
opinión es que se comete un robo a la raza humana.7
La defensa que se suele hacer de la libertad de expresión —estrechamente ligada a las libertades de pensamiento, de prensa y de discusión— va con frecuencia unida a cuestionamientos que tienden a limitar su alcance. Ante la pregunta práctica de si esa libertad consiste en
poder decir lo que sea y cuando sea, casi cualquiera afirmaría que no.
De hecho cualquier país democrático tiene restricciones y limitantes
a ese respecto. Si no, no existirían figuras jurídicas como la difamación o la calumnia, pero así como en esos casos las fronteras son más
fácilmente discernibles, en otros el problema del establecimiento preciso de esos límites es sumamente complejo.
Cuando se debate cotidianamente en torno al fenómeno de la libertad —así, en general— es muy común que se recurra a tres ideas
muy sobadas: que hay una diferencia entre libertad y libertinaje; que
la libertad no es absoluta, y que la libertad de cada uno terminaría
donde empiezan las libertades de los demás. Pero notemos que detrás
de esos tres clichés descansa el mismo problema: el de las fronteras de
la libertad.
En el primero, la distinción entre libertad y libertinaje —por demás
simplona— obedece a una actitud en la que la persona instalada en la
moral dominante cree que aquello que sale de lo que ella misma considera bueno no merece ya llamarse libertad y entonces desaprueba
ciertas acciones con el mote de libertinaje. Pero caben las preguntas
de cómo se gesta esa fina línea entre ambos conceptos y quién es el encargado de trazarla. En el segundo, es evidente que la libertad no puede
ser en ningún sentido absoluta. Se dice que algo es absoluto cuando no
tiene relación con nada —el concepto está conformado por la voz latina
ab–solutus, estar suelto. Pero los seres humanos no estamos sueltos del
7. John Stuart Mill. Sobre la libertad, Alianza Editorial, Madrid, 2007, p.77.
206
Del dicho al hecho: opacidad, autoritarismo y verdades a medias
mundo sino adheridos a él. De modo que mientras hablemos de libertad
humana esa libertad tendrá que ser una libertad respecto de nuestra
relación con el mundo y con los otros. Eso abre la reflexión sobre la
dimensión política de la libertad, que se convierte en una especie de
regalo, de posibilidad o imposibilidad de ejercerla, y que claramente —
de nuevo— limita a los individuos. Por último, en el tercero, y más que
en ningún otro, surge otra vez —e inevitablemente— la pregunta de
dónde está el linde entre la libertad de los demás y la mía. Decir que los
“límites no son otros que los que tiene la libertad sin más cuando debe
convivir con otras libertades”8 no resuelve en absoluto el problema.
Al vincular esos cuestionamientos con el tema más específico de la
libertad de expresión inquieta la certeza de la imposibilidad de salir
de ese círculo, ya que, de hecho, la libertad de opinión se plantea como
problema filosófico porque, justamente, se apoya en el derecho que se
tiene para decir aquello que puede molestar, aquello que es incómodo
de escuchar, que irrita. La libertad de expresión no sería un problema
si lo que estuviera en juego fuera pronunciar aquello que forma parte
de la opinión aceptada de forma generalizada. En ese sentido, es un fenómeno que mantiene cierto parentesco con, por ejemplo, el problema
del perdón o de la confesión, precisamente porque adquieren pleno
sentido al acercarse a lo insostenible. El perdón no es un problema
cuando se trata de perdonar un detalle sino cuando se tiene que
perdonar lo imperdonable. Y confesar lo que todo mundo sabe no
es propiamente una confesión; la confesión solo adquiere tensiones
de profundidad cuando se quiere confesar lo inconfesable.
De ahí que para ahondar más en el caso específico del atentado a
Charlie Hebdo no basten las defensas generales de la libertad y los trazos de fronteras hechas con nubes. Impedir las burlas o provocaciones
8. Victoria Camps. “Opinión pública, libertad de expresión y derecho a la información” en Jesús
Conill y Vicent Gonzálvez (coords), Ética de los medios. Una apuesta por la ciudadanía audiovisual,
Gedisa, Barcelona, 2004, p.34.
Charlie Hebdo, entre la libertad y el respeto
207
sería censurar en gran medida la caricatura política y dejar la puerta
abierta a posturas reaccionarias que tratan de silenciar a la población.
Pero eso no debe entenderse, naturalmente, como un permiso a la
irresponsabilidad total que posibilite, por ejemplo, el retorno de publicaciones por el estilo de Der Stürmer, el periódico alemán antisemita
del segundo cuarto del siglo xx.
El énfasis que desde los años noventa del siglo xx se pone en los
procesos de autorregulación de la práctica periodística puede arrojar
mucha luz sobre esta delicada franja. Ciertamente no presenta una
respuesta acabada, pero sí apuntala un ejercicio que hace justicia tanto
a la libertad como al respeto:
Bajo el concepto de autorregulación de la comunicación se agrupan
toda una serie de mecanismos e instrumentos relacionados con la
actividad de los medios que comparten el objetivo de garantizar que
su actuación se ajuste a los valores y normas de esa actividad. Lo distintivo de la autorregulación es que tanto su puesta en marcha como
su funcionamiento y su efectividad dependen de la libre iniciativa
y el compromiso voluntario de los tres sujetos de la comunicación:
los propietarios y gestores de las empresas (tanto públicas como
privadas), los profesionales que realizan los medios y el público que
los recibe o protagoniza.9
4. Algunas preguntas que abren diálogo,
a manera de (no) conclusión
Hace falta pues —y es uno de los retos que apuntalo aquí como conclusión provisional— pensar con detalle cuál es precisamente la función
de la sátira —sobre todo cuando va ligada a conflictos muy sensibles.
9. Hugo Aznar. Ética y periodismo. Códigos, estatutos y otros documentos de autorregulación, Paidós,
Barcelona, 1999, pp. 41 y 42.
208
Del dicho al hecho: opacidad, autoritarismo y verdades a medias
Urge acordar si la sátira o la caricatura deben tratarse de manera distinta a los otros géneros periodísticos en los códigos deontológicos.
En mi opinión, las caricaturas pertenecen a un género diferente y por
ello exigen un análisis distinto. Estoy de acuerdo con Darío Restrepo
—uno de los máximos referentes en asuntos de ética periodística—
cuando afirma que “la ética del humor coincide con la ética de la comunicación y demanda unos valores específicos junto con los valores que
hacen de toda comunicación un acercamiento y una relación con los
demás.”10 Pero esa especificidad de los valores de la caricatura política
tienen que tomar en cuenta —y de ahí la dificultad del caso— tanto el
veneno que caracteriza al género como la susceptibilidad de los lectores de ser heridos en uno de los núcleos más hondos de su persona:
las creencias.11
¿Qué pensar de un periódico que dibuja a Mahoma desnudo, en
posiciones y situaciones grotescas? ¿Con qué propósito el semanario
hace decir a Mahoma frases sexuales burlescas? ¿Por qué escribir
en portada “el Corán es una mierda”? Pero con todo y el mal gusto
que puede caracterizar a Charlie Hebdo sería injusto, me parece,
tacharla de publicación racista o discriminatoria, ya que arremeten
sin distinción contra cualquier credo o postura política.
Pero también habría que cuestionarse si la fama de la sátira —que
hunde sus raíces en la risa de Demócrito— no está siendo rebajada por
prácticas como las del semanario francés en los últimos años. Cuando
yo pienso en el sentido hondo de la tarea periodística me parece que
sus rasgos más loables no son solo el informar y cuestionar sino el
10. El artículo completo, “Atentado contra Charlie Hebdo motiva reflexión sobre la caricatura política”,
se puede leer en el sitio web Ética Segura [de disponible en: http://eticasegura.fnpi.org/2015/01/07/
atentado-contra-charlie-hebdo-motiva-reflexion-sobre-la-caricatura-politica/]. Las cursivas son
añadidas. También se puede consultar Javier Darío Restrepo, El zumbido y el moscardón. Taller y
consultorio de ética periodística, fce, México, 2004.
11. He encontrado varios artículos de opinión que tratan de resolver de manera rápida el caso al decir
que basta con distinguir entre los dibujos que afectan a personas (y que entrarían en el delito de
difamación, por ejemplo) y aquellos que afectan a ideas. Pero eso es un reduccionismo atroz. Habría que leer el libro Ideas y creencias, de José Ortega y Gasset, para notar el papel que las creencias
tienen en la vida humana.
Charlie Hebdo, entre la libertad y el respeto
209
hecho de que esas notas estén al servicio de propiciar un mejor entendimiento del mundo y de la sociedad. ¿Pueden la risa socarrona,
la provocación y la burla contribuir a ese propósito? Yo pienso que sí,
pero manteniendo el foco que ennoblece la profesión. ¿Cuáles son los
retos que vive el periodismo satírico en un mundo caracterizado por
la diversidad de modos de vivir y de pensar? ¿Cómo podemos lograr,
desde la broma y el humor, una convivencia más sana en un mundo
plural? En unos medios cuya invitación ética tiende a autorregularse,
¿vale la pena coquetear tanto con los límites? En ese sentido, suscribo
las palabras de Didier Fassin:
Me atrevo a sugerir que más que caricaturizar, podríamos intentar
entender, y que más que imaginar la confrontación de una posición
moral y otra inmoral, pensar que se trata de dos éticas en juego. De
ese modo lo que tendríamos sería no un combate entre el bien y
el mal, entre quienes tienen razón y quienes no la tienen, sino una
confrontación entre dos aproximaciones distintas a la ética política.12
12. Véase: Didier Fassin. “Charlie Hebdo, la libre expresión y la ética” en La Jornada Semanal, No.1045,
15 de marzo de 2015 [de disponible en: http://www.jornada.unam.mx/2015/03/15/sem-didier.html].z
210
Del dicho al hecho: opacidad, autoritarismo y verdades a medias
Descargar