MISTERIO Y PUEBLO DE DIOS (cf LG II)

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Mº 6 – LA IGLESIA: MISTERIO Y PUEBLO DE DIOS (cf LG II)
En este tema, ‘Misterio’ tiene el sentido de lo íntimo de la vida de esta
Congregación nacida de la volunta de Dios-Padre, y plasmada en la
humanidad de Jesucristo y de aquéllos a quienes Él llamó y lo siguieron, en
la vocación y misión de los que escucharon su Palabra, la predicaron e
imitaron sus conductas: ello se dio, de modo especia, en los Apóstoles y en
los primeros discípulos. En todos ellos, con excepción de Juan, el
evangelista, evangelista, la imitación llegó al extremo del martirio, dando
su sangre tal como el Señor la ofreció, para el perdón de los pecados. Ese
‘Misterio’ incluye también la presencia del Espíritu, obrando con frecuencia
de modo suave y escondido, forjando el corazón de Jesús en los
bautizados.
Pero esta realidad oculta, no excluye el hecho de una Iglesia visible, que
se manifiesta por la palabra y el testimonio de sus hijos: ellos son los
labios y las conductas de Jesús en nuestra Historia y en nuestro mundo.
Son el ‘Pueblo de Dios’ que peregrina hacia la plenitud del Reino
prometido. La imagen de “Pueblo” es dinámica e implica ‘movimiento’, tal
como el primer Pueblo de Dios ‘caminó’ durante largos años por la dura
prueba del desierto, para así llegar a la Tierra de las promesas, a Canaán,
Patria de la abundancia y fruto lógico de ese ‘caminar’: sólo quienes
caminan, llegan.
La Constitución conciliar Lmen Gentium, dedica su Capítulo 2º a este tema,
que complementa al de ‘Iglesia’, menos vivo y expresivo. Dicha imagen de
‘Pueblo’ expresa no tanto a los individuos sino a toda una comunidad,
donde Dios vive y redime, por la ofrenda de su Hijo, Jesús. Este Pueblo es
de Dios, Pueblo que lo escucha y lo sigue, poniendo en práctica lo
escuchado; es una comunidad que cree y espera, constituyéndose en
discípulos del amor que Cristo-Maestro enseña con sus “dichos y hechos”
pidiéndonos: -¡Aprendan de mí…”- y que carguemos con su cruz, para así
poder ser sus dignos discípulos, siguiéndolo.
El Pueblo de Dios “es un pueblo mesiánico que tiene por cabeza a Cristo,
que fue entregado por nuestros pecados y residió para nuestra salvación”
(n. 9). Y añade, en el párrafo siguiente: “La condición de este pueblo es la
dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el
Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de
amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros. Y tiene, en último lugar,
como fin, el dilatar más y más el Reino de Dios, incoado por el mismo Dios
en la tierra, hasta que al fin de los tiempos Él mismo lo consume, cuando
se manifieste Cristo (…)”.
Hay na ‘frase-clave’ en este punto 9, en el que se agolpen los datos
esenciales, exididos para que un grupo de hombres y mujeres sean pueblo
y no una masa anónima de desconocidos, agrupados al azar, ¡’por
casualidad’: “Dios forma una congregación de quienes creyendo, ven en
Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y la paz, y la
constituyó Iglesia a fin de que fuera, para todos y cada uno, el principio
visible de esta unida salutífera”. Este texto conciliar nos muestra a la fe
como el fundamento del nombre que los bautizados llevamos,
definiéndonos: Iglesia- Eso significa este término: congregación de los
creyentes, de los bautizados, regenerados por el agua y el Espíritu,
sumergidos en ese nuevo ‘mar Rojo’ que nos insertó en Cristo y en su
Pueblo nuevo.
Este Pueblo de Dios es un pueblo que camina, y el peregrino se define por
el Santuario hacia el cual peregrinan: sin santuario, no hay peregrinos ni
peregrinar.
Nosotros, como el primer Pueblo de Dios, no estamos afincados aquí, sino
que -en la esperanza- caminamos, confiados en llegar y fuertemente
atraídos por el el Reino. Ya no será necesario dar un paso más, y podremos
decir con alegría, porque el esfuerzo valió la pena: ¡Legamos… Al fin
llegamos! (fr Héctor Muñoz op)
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