enfermería-comunicación y cuidado del moribundo

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ENFERMERÍA-COMUNICACIÓN
Y CUIDADO DEL MORIBUNDO
J. Javier Soldevilla Agreda
Enfermería-comunicación y cuidado del moribundo
Disculpe el lector el no haber querido voluntariamente escribir
un capítulo convencional sobre Comunicación, sus principios y
maneras, que sin duda encontrarán con más talento en numerosos
manuales de variada procedencia. Se trata de una breve y personal
“receta de cocina” para una mesa especial. Que nadie vea en ella
una falta de consideración a este foro sino una surrealista y espero
didáctica forma de llegar a ustedes. Relativizar y hasta parodiar de
alguna manera lo relacionado con la muerte puede ser una buena
fórmula para no salir huyendo.
Hemos cambiado de siglo y de milenio y los mensajes sobre la
comunicación inefectiva como problema social se amplifican. La
mala marcha de su empresa, las rupturas de las parejas o entre los
Estados por una mala comunicación, incluso ha llegado hasta el
campo sanitario, acusando de la ineficacia de muchas intervenciones terapeúticas a la falta de comunicación entre los distintos miembros de ese equipo.
Junto a esa realidad el reconocido poder alcanzado por los
medios de comunicación social y la terrible oferta de actividades de
formación para mejorar sus dotes de comunicador, que lo alzarán a
la vida política o como comerciante dotado por el don del rey Midas.
Es difícil no hallar hoy el término comunicación en cualquier anuncio, conversación u oferta de trabajo.
Hace muy pocos días mientras paseaba por mi ciudad me topé en
una pared de un parque, improvisado tablón de anuncios, con una
frase sin firma que decía: “vivimos en el reino de la incomunicación
y la gente se pudre en su jaula de hormigón” que seguro, en otras circunstancias, hubiera pasado inadvertida a mis ojos, pero ese día, caló.
Había comenzado a calentarse a fuego lento mi marmita de reflexiones, cuyos ingredientes básicos había seleccionado para mí, Wilson
Astudillo. Solo sugirió los ingredientes principales, la comunicación y
la enfermería, un aderezo imprescindible, la práctica del buen cuidado y el comensal, uno de gala, el moribundo. El resto de ingredientes
que no quedan a la vista, sólo a merced del paladar, los tiempos de
hechura, la conjunción y proporciones de “especias” básicas y el
credo y “la mano” del cocinero serán mi contribución.
Anuncio que será un plato sencillo. Los dos elementos principales lo han de ser obligatoriamente. La sencillez es un atributo que se
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da en los más grandes haciéndolos aún más grandes. No por sencillos
pierden su valor, al contrario, realzan las cualidades de sus partes.
Si la comunicación es un problema en numerosos escenarios de
nuestra sociedad, doy fe de que en excesivos equipos terapeúticos la
falta de respeto, de conocimiento del otro o de humildad impiden
sumar acciones y restan resultados a pacientes de distinto índole.
Como podrán imaginar, cuando el objeto de nuestros actos es alguien
“sin futuro”, donde el prestigio está hipotecado por los principios
vigentes, las herramientas de trabajo son para los ignorantes, rudimentarias y poco técnicas, sitúan esta especialidad y a los profesionales
que la ejercen en el último peldaño de esa escala de fama y “famosos”.
Pero volvamos a la cocina, a los fogones, donde ha comenzado
sin dificultades a ligarse la Enfermería, profesión y disciplina, ciencia
y arte de cuidar, con la Comunicación, necesidad básica de todo ser
humano, pieza clave en la metodología enfermera argumentada por
las principales teóricas de esta profesión.
La Enfermera elegida para esta ocasión es una “preparada a fuego
lento”, durante bastante tiempo con el conocimiento relativo a la
muerte, adiestrada para actuar en el control de varios y simultáneos
problemas que requieren de una certera intervención, especialmente sobre los que conllevan sufrimiento, que ha tenido la fortuna de
instruirse en tanatología desde la formación básica, capaz de responder a esa pregunta que dice ¿cómo puedo ayudar a los demás a
morir?, macerada por la experiencia y una mezcla de elementos
capaces de romper muertes estandarizadas, institucionalizadas,
capaces de permitir y disfrutar trabajando con enfermos terminales
de cualquier edad y “estar cerca de ellos”.
Bien es cierto que esta enfermera de cuidados paliativos es una
raza no muy prodigada: entrenada para integrar la enfermedad y la
muerte como fenómenos naturales relacionados con la vida, que han
lidiado y vencido limitaciones y fantasmas en relación con la muerte y que sin embargo no tiene una cotización alta en el mercado de
valores profesionales, aún cuando cada vez se descubre más en
“escaparates” diversos. Pero sin duda, la última y principal de las
características que le proporciona su sello de calidad y denominación de origen es su competencia comunicativa, de interpretación y
de mediación.
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Si la enfermería es pieza clave, ingrediente base en esta particular elaboración, la Comunicación es el alimento espiritual que modela, asegura y permite a la enfermería presentar la mayor parte de sus
cualidades. La comunicación, como un todo, un todo mayor que la
suma de sus partes, toma forma como un bulbo de numerosas capas
que varía en atributos según se mezcle con un cuerpo doctrinal u
otro y sobre todo se transforma individualmente para gustar a cada
consumidor. Es una amalgama de sabores, tactos y perfumes irrepetibles que nunca es igual al de ayer o al de mañana. Si la mesa se ha
de servir para la red de ventas de una empresa multinacional puede
virar con un ligero tono agrio de competencia superponiéndose al
valor de otros ingredientes de esa cazuela, si lo es para los alevines
de un partido político, su tendencia es a engatusar al principio, sin
importar quizá un regusto final menos apetitoso, si lo fuera para cirujanos de elite, sería obligado que no ocultara la esencia del ingrediente principal, la cirugía salvapersonas. Si esta camaleónica
comunicación fuera a dar vida a una materia enfermera pensada para
enfermos en situación de terminalidad, según mi particular recetario
sus cualidades y preparación deberían ser así:
• Comunicación con capacidad de teñir este plato de colores suaves que proporcionen calma. A veces es posible que la enfermería elegida o disponible, todavía no haya alcanzado su perfecta
armonía para este banquete y su tono sea gris o negro. No se
puede presentar en esta mesa algo con ese semblante.
• La enfermera debe basar la conquista de este comensal a menudo inapetente en su capacidad para acompañar a otros manjares
elegidos o necesarios para o por el cliente, despidiendo un
aroma que la haga presente pero sin empalagar, consiguiendo
que el moribundo sepa que estás ahí en todo momento, lista por
si sienten hambre o incluso mal sabor de boca.
• La enfermera no deberá prestarse a dar vida a aquellas recetas del
ars moriendi del siglo XV que recomendaban que “se dejase solo al
moribundo en compañía de Dios para que no se desviara del cuidado de su alma”. Que tristeza la de comer solo o la de no comer.
• La comunicación, fresca, adecuadamente elegida, elaborada el
tiempo exacto, va a embriagar y transformar casi milagrosamente este particular guiso, haciendo olvidar razonamientos médicos
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o éticos tradicionales convirtiendo cada ración en una situación
única e irrepetible. Va a hacer superar inevitables cotas de compasión que impidan disfrutar de todas las propiedades que la
enfermería es capaz de aportar a este acto.
• El corazón de la comunicación está compactado por partes iguales de lenguaje, verbal y no verbal y de silencio, que sazonan
situaciones, aflorando una u otra según la ocasión. Si la palabra
acertada es azafrán, el silencio utilizado con justicia y sabiduría,
es bálsamo curativo.
• La enfermera conjugada con sensibilidad y empatía, viene en
frascos muy pequeños y pochada con las dotes de comunicación
descrita, ha de ser capaz de llegar al paladar de nuestro invitado,
trascendiendo al olor y sabor, también a través del tacto. Un
toque sedoso o firme, corto o prolongado, acompañado de silencio o de información elevan este alimento a cotas medicinales.
No obstante es difícil saber si es posible o no, qué cantidad,
cuando o dónde quiere recibirlo nuestro destinatario porque no
existen pautas únicas. Es casi una cualidad mágica del arte de
cuidar del moribundo que será necesario ensayar.
Finalmente no querría terminar ese retrato culinario sin aclarar lo
que nunca aceptará esta receta:
• Utilizar como ingredientes, discursos impresos en lenguajes muy
técnicos pero vacíos, que no dan sabor, y por el contrario lo
hacen pesado de digerir.
• Hacerla tan inamovible que el comensal no pueda elegir el punto de
sal, alguna especia exótica o estimulante y la hora de degustarla.
• Olvidar que el acto de preparar un plato, sencillo o complejo, no
es sino una ceremonia donde es necesario que participen numerosos actores.
• Que la soledad no vencida impide disfrutar incluso ante el mejor
de los manjares, mientras que la comunicación efectiva se vuelve elixir que alarga la vida.
Espero que mi paradójico mensaje no les haya empachado.
Buenas tardes y ¡ buen provecho !
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