Irán, dividido como nunca antes entre reformistas y conservadores

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Irán,
dividido
como
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reformistas y conservadores
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Robert Fisk
Corresponsal del diario británico The Independent en Oriente
Medio - Tomado de sinpermiso.com
Teherán, 21 de junio. Ahora que el líder supremo iraní, el ayatola Alí Jamenei, se
ha colocado hombro con hombro con su nuevo presidente oficialmente electo,
Mahmud Ahmadinejad, la existencia misma de un régimen islámico podría verse
abiertamente cuestionada en una nación que está dividida como nunca antes
entre reformistas y quienes insisten en mantener la integridad de la revolución de
1979.
Si Jamenei hubiera elegido mantenerse en un justo medio y hacer pequeñas
concesiones a los incontables millones que se opusieron a Ahmadinejad en la
elección y quienes sienten que no fueron tomados en cuenta, el ayatola aún sería
una figura paterna neutral.
Mirhosein Musavi y sus seguidores se habrían negado religiosamente –en el
sentido más literal de la palabra – a criticar tanto al líder supremo como a la
república islámica durante las manifestaciones de la semana pasada.
Pero al reaccionar como todos los revolucionarios lo hacen aún décadas después
de llegar al poder, porque el espectro de una contrarrevolución los persigue hasta
la muerte, Jamenei eligió retratar a los opositores políticos de Ahmadinejad como
mercenarios potenciales, espías y agentes de los poderes extranjeros. La traición
a la república islámica, desde luego, es castigada con la muerte. Pero la alianza
política de Jamenei con este extraño y alucinado presidente pudo haber surgido
del miedo y la ira, en partes iguales.
Durante el rezo de los viernes en la Universidad de Teherán, el líder supremo
mencionó los peligros de una revolución de terciopelo. Está claro que el régimen
tiene profunda preocupación ante el derrocamiento de gobiernos en el este
europeo y el occidente asiático desde la caída de la Unión Soviética. El poder del
pueblo, mismo que le dio el triunfo a la revolución de 1979, es un arma
devastadora. Podría decirse que la única, en el arsenal de una oposición política
seria y sin armamento.
En lo que siguió al triunfo de Ahmadinejad en las urnas, sus simpatizantes
conservadores se han dado a la tarea de repartir panfletos en los cuales se
condenan las revoluciones laicas de Europa del Este y su contenido habla mucho
de los temores del liderazgo clerical iraní.
Uno de esos pasquines se titula “El sistema al intentar derrocar una república
islámica con una ‘revolución de terciopelo’”. En éste se describe la manera en que
Polonia, Checoslovaquia, Ucrania y otras naciones ganaron su libertad.
“Las ‘revoluciones de terciopelo’ o ‘coloridas’ son métodos de intercambio de
poder en tiempos de descontento social. Las revoluciones coloridas siempre han
comenzado durante una elección y los métodos que sigue son:
“1. Existe una completa desesperación en la gente cuando tiene la certeza de que
perderá la votación.
2. Se elige un color particular, con el único fin de que los medios occidentales
identifiquen (para su público o lectores) a los opositores. Musavi usó el verde
como color de campaña y sus partidarios aún utilizan este color en sus brazaletes,
mascadas y pañoletas.
3. Se anuncia que con anticipación se arregló la elección y este mensaje se repite
sin cesar, lo cual permite que los medios occidentales, sobre todo los
estadounidenses, exageren los hechos.
4. Se escriben cartas a funcionarios del gobierno para denunciar un fraude
electoral. Es interesante notar que en estos proyectos ‘coloridos’, por ejemplo en
Georgia, Ucrania y Kirguistán, los movimientos apoyados por occidente han
advertido del fraude antes de las elecciones en cartas escritas a los gobiernos
involucrados. En el Irán islámico estas cartas fueron dirigidas al líder supremo.”
Otro volante cita un estudio –evidentemente hecho por asesores de Jamenei, y
muy poco riguroso – que vaticinó que el fraude electoral se denunciaría el mismo
día de la elección, que la oposición anunciaría su victoria horas antes de que
concluyera el recuento y se difundiera su derrota.
Por ello los resultados electorales tendrán ya desde el principio un contexto de
fraude, según el documento.
“En las etapas finales del proceso, los opositores se reúnen frente a las oficinas
gubernamentales; llevan banderas coloridas en protesta por el fraude en el conteo.
Esta fase de la manifestación – continúa el panfleto – está a cargo de los medios
extranjeros, que se alían con el movimiento opositor con el fin de sacar buenas
fotografías y engañar a la opinión pública internacional.”
Todo esto demuestra que existe una singular y obsesiva preocupación entre los
discípulos del líder supremo ante la popularidad que ha cobrado la campaña
poselectoral de Musavi. La suspensión de todas las comunicaciones móviles y
satelitales –lo que en una sociedad tan desarrollada como Irán debe haber
costado millones de dólares – no impidió que se convocara a marchas que
siempre se celebraron a la misma hora y en el mismo lugar.
Lo que ahora vemos es un régimen que está mucho más preocupado de lo que
sugirió el líder supremo cuando el viernes amenazó tan descaradamente a la
oposición. Tras haber rechazado cualquier diálogo político con Musavi y sus
correligionarios –unos cuantos recuentos de votos en algunos distritos no tendrán
efecto en los resultados –, lo que tenemos es un régimen iraní encabezado por un
líder supremo que está asustado y un presidente que habla como un niño. Esta
autoridad está ahora a cargo de controlar las batallas en las calles de Irán.
Se trata de un conflicto que necesitará un milagro para resolverse. Uno de esos
milagros con los que Jamenei y Ahmadinejad creen que se podrá evitar la
violencia.
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