Locke. Febrero 2014

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El pensamiento de John Locke
Índice
1. Vida y obras
2. El pensamiento político
3. La tolerancia en John Locke
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1. Vida y obras.
John Locke, uno de los mayores representantes del empirismo y el
padre del liberalismo político, nació en Inglaterra en 1632. Al igual que
Hobbes, estudió en Oxford sin adherirse a la filosofía de los escolásticos que
allí imperaba. Su trabajo al servicio de Lord Hasley le permitió visitar
Francia e incluso residir por un tiempo allí, donde entró en contacto con el
círculo de Gassendi (atomismo naturalista). Entre 1675 y 1679 permaneció
en Francia y entre 1683 y 1689 residió en Holanda. Retornó a su patria con
la llegada al trono de Guillermo de Orange, en 1689. Se estableció entonces
en Essex hasta su muerte, acaecida en 1704.
Sus dos obras más importantes, Ensayo sobre el entendimiento humano
y Dos tratados sobre el gobierno civil, fueron publicadas en 1690. Su
pensamiento influyó de forma determinante en las ideas de la
Revolución Gloriosa y la Declaración de Derechos Británica de 1689. A sus
últimos años en Inglaterra corresponden Pensamiento sobre la educación
(1693) y La razonabilidad del cristianismo (1695).
Locke, al igual que Descartes y la mayoría de los filósofos modernos,
prestó una especial atención al problema del origen y fundamento del
conocimiento. Coincidía con Descartes en que el objeto de conocimiento no
son las cosas sino las ideas (“lo que constituye en nuestra mente el objeto del
entendimiento”) pero, a diferencia de aquél, sostenía que las ideas provienen
solamente de la experiencia. Rechazaba las "ideas innatas" cartesianas y
afirmaba que, antes de la experiencia, el entendimiento se encuentra vacío
como una hoja en blanco o como una tabla rasa. No hay ideas innatas ni en
el plano teorético ni en el práctico o moral.
2. El pensamiento político.
La obra política más relevante de Locke, sus Dos tratados sobre el
gobierno civil, se publicó después de la revolución inglesa de 1688.
Parece, sin embargo, que fue escrita en 1680. Esto indicaría que esta
obra no sería una mera justificación de la “Revolución gloriosa”, sino
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una llamada a la revolución.
Debe recordarse que los sistemas políticos vigentes en Europa,
durante el siglo XVII, eran absolutistas y monárquicos. En ellos el poder
del monarca era, además de irrevocable, indivisible, es decir, ostentado
exclusivamente por el rey. Esta situación cambió por primera vez en
Inglaterra con la revolución de 1688, que supuso el triunfo del
parlamento frente al rey, y la primera quiebra del absolutismo
político en Europa.
Es en este contexto de lucha contra el absolutismo en el que
debemos entender la obra política de Locke. Dos eran las teorías que lo
justificaban, y que Locke combatió:
1. La teoría del origen divino del poder, defendida por los clérigos R.
Filmer (1588-1653) en Inglaterra y J. Bossuet (1627-1704) en
Francia. Para Filmer la autoridad política tiene su origen en el poder
patriarcal dado a Adán por Dios, que los monarcas tienen por
sucesión hereditaria. Para Bossuet, toda autoridad proviene en
última instancia de Dios, que como ser todopoderoso puede dar y
quitar el poder según su voluntad. Si Dios consiente que el monarca
gobierne, éste tiene derecho a hacerlo.
2. La teoría absolutista de Thomas Hobbes (1588-1679). En la
situación de naturaleza el ser humano lleva una vida «solitaria,
pobre, malévola, salvaje y corta», consecuencia de “la guerra de todos
contra todos” por la supervivencia. Pero esta situación no interesa a
nadie. De ahí que el ser humano entregue el poder de defenderse,
que tiene en el estado de naturaleza, a un soberano (o Leviathan)
para que éste, investido de todo el poder y de toda la fuerza, ponga
orden y logre la paz. Esto interesa a todos y, por ello, todos aceptan el
acuerdo o pacto social de someterse al poder absoluto de un soberano
(sea éste un rey o un parlamento), concediéndole un poder ilimitado y
exclusivo, imprescindible para que éste pueda lograr la paz y la
seguridad de los súbditos.
Locke no estaba de acuerdo con ninguna de estas dos teorías. En la
primera parte de los Dos tratados sobre el gobierno civil rebate la teoría del
origen divino del poder afirmando que Dios no ha distinguido a nadie con
el signo de una autoridad natural, y considerando que de un análisis
riguroso de la Biblia no puede derivarse ni establecerse ninguna
sucesión hereditaria desde Adán que conduzca hasta los actuales
monarcas, como pretendía R. Filmer en su obra El Patriarca. La autoridad
política debe distinguirse de otro tipo de autoridades «naturales», como la
autoridad que tienen los padres sobre los hijos, o la autoridad espiritual
que tiene el sacerdote sobre su congregación.
Podría decirse que el pensamiento político de Locke afirma la necesidad
de respetar los derechos individuales naturales a la vida, la libertad, la
propiedad y la felicidad, unos derechos humanos innatos anteriores a
cualquier ordenamiento político y a la constitución de cualquier sociedad. Es
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de resaltar que si bien su empirismo le llevará a negar las ideas innatas en el
conocimiento, su liberalismo le lleva a afirmar que el hombre sí nace con unos
derechos humanos innatos. Cualquier Estado tendrá como misión proteger
esos derechos y las libertades individuales del ciudadano.
Según Locke, en la situación de naturaleza los hombres son
iguales y libres. La ley que rige en esta situación es la ley natural
inscrita en la naturaleza humana por Dios, que otorga a todos los seres
humanos el derecho a la vida, a la propiedad y a la libertad. Si estos
derechos son violados el ser humano tiene el derecho a resarcirse y así:
“Quien derrama la sangre de un hombre está sujeto a que otro hombre
derrame la suya”. Pero esta situación se convierte en un estado de guerra
cuando por causa de la codicia humana no se respetan los derechos
individuales naturales.
Es entonces cuando, para protegerse de los que transgreden estos
derechos, se consiente en constituir una sociedad política mediante un
contrato social cuya finalidad es la protección de los derechos
individuales. Por él, los individuos renuncian a ser los intérpretes de la
ley natural y a tomarse la justicia por su propia mano, sometiéndose a
un poder legislativo (que elaborará y promulgará las leyes) y a un poder
ejecutivo (que se encargará de aplicar la ley y castigar a sus
transgresores). Pero este poder que surge del consentimiento de los
individuos tiene como finalidad lograr la paz y la seguridad de todos, de
modo que, si no lo hace, el pueblo ostenta siempre “el derecho de
deshacerse de quienes violen esta fundamental, sagrada e inalterable ley
de autopreservación, guiados por la cual entraron en sociedad”.
De modo que, para Locke, el pueblo conserva siempre el poder de
revocar el poder otorgado, a diferencia de lo que pensaba Hobbes, y
disolver la legislatura si ésta atenta contra la vida, propiedad y libertad
de los súbditos.
El gobierno, por tanto, deberá estar constituido, para Locke, por un rey y
un Parlamento, en el cual se exprese la voluntad popular y donde se elaboren
las leyes que todos tendrán que cumplir, tanto el rey como el pueblo. Por eso
puede señalarse a Locke como el padre del parlamentarismo moderno y de las
monarquías parlamentarias que hoy existen en Europa, la primera de las
cuales fue la británica por influencia de este autor.
El tipo de Estado al que da lugar el contrato social es el Estado
liberal, en el que el poder de legislar puede entregarse a una asamblea
elegida por los ciudadanos, pero también a un monarca (elegido o
nombrado por sucesión hereditaria), o a unos pocos. Pero sea quien sea
quien ostente este poder legislativo debe ejercerlo respetando los
derechos individuales ya señalados. Si no lo hace, su poder es revocable.
Además, el poder de aplicar la ley debe ser independiente del poder de
legislar. Este poder ejecutivo deben integrarlo jueces justos e imparciales
que se sometan al imperio de la ley. Locke también concibió un tercer
tipo de poder al que denominó poder federativo, cuyo papel es la
defensa del Estado frente a otros Estados, pues en el ámbito
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internacional aún nos encontramos en una situación de naturaleza. (Se
anticipa, de alguna manera, a Montesquieu, en quien influyó).
Según Locke, el poder del gobierno emana del pueblo, y no debería ser
absoluto, sino que siempre debería respetar los derechos humanos naturales y
las leyes en que estos se expresan. Se considera a Locke un representante del
iusnaturalismo, opinión según la cual existen una serie de derechos en la
naturaleza humana, independientemente de que los códigos legales los
reconozcan o no.
3. La tolerancia en John Locke.
En una sociedad así organizada, existirá una pluralidad de ideas que sólo
será posible si existe una tolerancia mutua entre todas aquellas que respeten
los derechos naturales y las leyes. El Estado debería vigilar que sea posible
esa pluralidad dirimiendo los inevitables conflictos entre los ciudadanos
siempre con el objetivo de respetar esos derechos.
La Carta sobre la tolerancia, publicada en 1689, es una de las más
destacadas justificaciones de la libertad de conciencia que podemos encontrar
en toda la Historia de la Filosofía. Los argumentos empleados en este escrito
en favor de la libertad religiosa y de la no intervención del Estado en materia
religiosa conservan todavía hoy su validez.
Locke trata de establecer sólidamente los límites del poder civil en
materia religiosa. Divide las acciones y las opiniones de los hombres en tres
clases. En la primera incluye aquellas “que no se refieren para nada al
gobierno ni a la sociedad” y entre estas pone las opiniones puramente
especulativas y el culto divino, que comprende también los ritos y los actos de
culto. En la segunda, da cabida a las que sin ser buenas ni malas, se refieren
a la sociedad y a las relaciones entre los hombres y entre estas pone las que
conciernen al trabajo, al matrimonio, la educación de los hijos, etc. En la
tercera incluye aquellas que no sólo conciernen a la sociedad, sino que
además son buenas o malas en sí mismas, como las virtudes y los vicios
morales. En cuanto a la primera clase de opiniones y acciones, Locke
propugna una tolerancia ilimitada; con respecto a la segunda clase, defiende
una tolerancia limitada por la exigencia de no debilitar el Estado ni causar
daños a la comunidad; en cuanto a la tercera clase, excluye toda clase de
tolerancia.
En la Carta sobre la tolerancia, el concepto de tolerancia se establece
mediante un análisis comparativo del concepto de Estado y del concepto de
Iglesia. El Estado es “una sociedad de hombres constituida para conservar y
promover solamente los bienes civiles” entendiéndose por “bienes civiles” la
vida, la libertad, la integridad del cuerpo y la posesión de las cosas externas.
Este objetivo del Estado determina los límites de su soberanía, mientras que la
salvación del alma queda fuera de estos límites. En efecto, el único
instrumento de que dispone el magistrado es el sometimiento a la Ley; pero
este sometimiento es incapaz de conducir a la salvación porque nadie puede
ser salvado en contra de su voluntad. La salvación depende de la fe y la fe no
puede ser inducida en las almas por la fuerza. Por otra parte, ni los
ciudadanos ni la propia Iglesia pueden pedir la intervención del magistrado en
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El pensamiento de John Locke
materia religiosa. La Iglesia es “una sociedad libre de hombres que se reúnen
espontáneamente para honrar públicamente a Dios del modo que creen será
agradable a la divinidad, para obtener la salvación del alma”. Como sociedad
libre y voluntaria, la Iglesia no puede hacer nada que concierna a la propiedad
de los bienes civiles o terrenos, ni puede recurrir a la fuerza por ningún
motivo, ya que la fuerza está reservada al magistrado civil. Además, la fuerza,
incluso ejercida por la Iglesia, es inútil y dañosa para promover la salvación.
Ciertamente, la Iglesia tiene el derecho de expulsar de su seno a aquellos
cuyas creencias considere incompatibles con sus propios fines, pero la
excomunión no debe transformarse por ningún concepto en una disminución
de los derechos civiles del condenado en tanto que es un ciudadano. “A éste,
dice Locke, se le deben conservar inviolablemente todos los derechos que le
corresponden como hombre y como ciudadano; estas cosas no pertenecen a la
religión. Un cristiano, lo mismo que un pagano, debe ser defendido de toda
violencia y de toda injusticia.” Ni la Iglesia puede derivar ningún derecho del
Estado, ni el Estado de la Iglesia.
Locke no pretende negar o disminuir el valor de la religión, reduciéndolo
a la pura fe. A pesar de la pluralidad y disparidad de cultos religiosos y de
creencias basadas en la fe, afirma y defiende la posibilidad del carácter
racional de la religión y reconoce al Cristianismo como una religión racional,
dotada de un núcleo esencial exento de supersticiones que lo hace aceptable
por la razón y lo convierte en auxiliar de la razón en lo que respecta a la vida
moral de las personas. Este núcleo esencial del Cristianismo es el
reconocimiento de Cristo como Mesías y el reconocimiento de la verdadera
naturaleza de Dios, que constituyen los artículos de fe necesarios para el
cristiano y configuran una religión sencilla, adecuada a la comprensión de
todos, tanto si son ilustrados como si carecen de formación intelectual. En
consecuencia, la justificación del Cristianismo radica en su razonabilidad y
utilidad. Sin el Cristianismo, “la parte racional y pensante del género humano”
hubiera podido descubrir “al único Dios supremo e invisible”, pero este
descubrimiento hubiera quedado oculto para todo el resto de la humanidad.
La revelación cristiana lo ha difundido por todo el mundo. Además, ha dado
autoridad y fuerza a aquellos preceptos morales que de otra manera habrían
sido patrimonio exclusivo de los filósofos. Esto es, el Cristianismo representa
una nueva promulgación, más amplia y eficaz, de la ley moral y de las
verdades fundamentales que rigen la vida humana.
El Cristianismo no es algo ajeno a la razón, sino que necesita de la ayuda
de la razón para ser depurado de los contenidos supersticiosos y caducados.
La razón es, en cierto modo, intrínseca al propio Cristianismo, la
“razonabilidad” resulta connatural al Cristianismo y constituye un rasgo que
le ha proporcionado una función histórica tanto en el pasado como en el
presente.
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