Aportación doctrinal de la encíclaca «mater et magistra

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J. VILLAIN, S.J.
Aportación doctrinal de la encíclaca «mater et
magistra»
El P. Villain nos puede ofrecer un autorizado comentario doctrinal de la reciente
encíclica. Es un experimentado exegeta de la enseñanza social de la Iglesia. Ha sido
director de «Action Populai re» 9 Superior de los jesuitas de la Misión obrera.
últimamente ocupó por mucho tiempo la cátedra de Doctrina social de la Iglesia en el
Instituto de estudios sociales de las Facultades Católicas de París. Ha resumido sus
enseñanzas en los tres tomos de su obra «La Enseñanza social de la Iglesia».
L’encyclique Mater et Magistra: son apport doctrinal Rev. de l’Action Populaire, 151
(1961) 897-915
La doctrina social de la Iglesia es una doctrina viva, en perpetuo desarrollo. Se enraíza,
es cierto, en los principios inmutables del derecho natural, confirmado e iluminado pon
la Revelación; pero se ha de proyectar sobre una realidad en constante transformación.
Doctrinas y estructuras económico-sociales evolucionan sin cesar; los principios
permanentes, al iluminarlas y pronunciarse acerca de ellas, han de concretarse
necesariamente en juicios, orientaciones y directrices nuevas, que van enriqueciendo
progresivamente la doctrina social de la Iglesia. Basta una ligera comparación de las tres
grandes encíclicas sociales -Rerum Novarum, 1891; Quadragesimo Anno, 1931; Mater
et Magistra, 1961- para cerciorarse de esto.
Desde este punto de vista queremos examinar la encíclica. Más que ofrecer un análisis
detallado de ella, pretendemos destacar su contenido doctrinal y mostrar el desarrollo
que supone respecto a las enseñanzas de los predecesores de Juan XXIII. Para ello nos
limitaremos a las dos primeras partes del documento; la tercera y cuarta, de carácter
práctico, piden un estudio particular de tipo muy diverso.
MM difiere mucho de sus grandes antecesoras. Juan XXIII se encuentra con una
doctrina ya elaborada en sus principios esenciales; a él le toca hacer memoria de ellos y
profundizarlos cuando precise, para proyectarlos con todo rigor a las realidades
económico-socia les de hoy. En esta labor ha puesto el Papa la impronta de su espíritu.
Se ha evitado toda polémica, se han omitido complejos desarrollos doctrinales que
hubiesen desorientado a la masa de lectores. Nos encontramos con una exposición
sencilla, empapada de un profundo sentido del hombre y de. un sincero celo apostólico.
Se ha dicho que MM es una encíclica pastoral, y es verdad; pero ello no debe inducirnos
a depreciar el documento en su parte doctrinal.
MM Y LAS ENSEÑANZAS PRECEDENTES
No debemos buscar en esta encíclica una exposición completa y detallada de la
enseñanza social de los Papas. Su finalidades otra. Lo muestra claramente el hecho de
no citar en sus dos primeras partes más que las dos grandes encíclicas sociales, RN y
QA, y algunos radiomensajes de Pío XII. M quiere poner de relieve la osamenta
fundamental de nuestra doctrina y su progresivo desarrollo durante los últimos setenta
años; para ello se limita a lo esencial y olvida muchas intervenciones pontificias.
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Los puntos deliberadamente omitidos
Dos omisiones importantes pueden señalarse en MM: 1.º la carencia de juicios sobre
doctrinas económico-sociales de actualidad; 2.º la ausencia de nuevas enseñanzas sobre
la organización profesional o corporativismo.
Llama la atención el casi absoluto silencio respecto al comunismo: sólo le dedica una
línea cuando ofrece el resumen doctrinal de QA. Lo mismo puede decirse del
liberalismo. En cuanto al socialismo, Juan XXIII se limita a explicitar la condenación de
Pío XI sobre el socialismo moderado; pero ni una palabra del "socialismo democrático",
en sus diversas formas inglesa, francesa o alemana. Ningún juicio sobre el neoliberalismo, cuya influencia es bien notoria en los dirigentes de la economía francesa y
alemana.
Se evidencia un afán de evitar toda polémica y aun sombra de ella. El Papa prefiere
exponer positivamente la doctrina de la Iglesia, pensando suministrar con ella medios
suficientes para juzgar las ideologías y estructuras de hoy. Tal vez la verdadera
grandeza de MM resida en esta confianza serena del Soberano Pontífice respecto a la
doctrina que proclama.
La segunda omisión es más característica. Pío XI en QA daba como fórmula para
restaurar el orden social reconstruir los cuerpos profesionales, y veía esta organización
profesional dentro de un esquema corporativo. Pío XII se mostró en varias ocasiones
perfectamente de acuerdo con este punto de vista de su predecesor.
Pero la MM, al resumir en su primera parte el pensamiento de QA sobre el particular,
silencia la idea de corporación. De la doctrina posterior nada se .dice. Y en la segunda
parte de la encíclica, consagrada a desarrollar las enseñanzas de los Papas anteriores, se
omite absolutamente este punto. ¿Es que Juan XXIII difiere en esto de Pío XI y Pío
XII? No se puede dudar que Juan XXIII preconiza una organización de la economía y
las profesiones; toda la encíclica lo evidencia. Ve la necesidad de una economía
ordenada, tanto en el plano nacional como internacional; muchas de las directrices que
da, resultarían ridículas en el marco de la anarquía liberal. Pero no parece que desee que
esta organización sea precisamente de tipo corporativo.
El hecho en sí, por otra parte, no reviste excesiva importancia. No hay que confundir los
medios con el fin. Pío XI juzgaba que en su tiempo el mejor medio para lograr una
economía ordenada en función del bien común era la organización corporativa de las
profesiones. Juan XXIII piensa que este estadio ha sido superado, y que en adelante esta
economía humana debe organizarse sobre otras bases.
Las doctrinas matizadas por MM
Tomamos sólo algunos ejemplos característicos en que MM remoza las enseñanzas
anteriores, matizándolas y profundizándolas según las necesidades del mundo actual.
CONCEPCIÓN DEL MUNDO ECONÓMICO. - Los Papas anteriores se habían
levantado contra la concepción naturalista de la escuela liberal, que niega toda relación
entre moral y economía. La economía debe estar al servicio del hombre y éste se halla
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necesariamente inserto en el orden moral. Conforme a la afirmación de Pío XI, es a la
justicia y caridad sociales a los que hay que pedir regulen severa e íntegramente las
potencias económicas.
MM ofrece una versión concreta de esta exigencia fundamental. El verdadero fin de la
economía nacional está constituido por tres elementos complementarios, los dos
primeros en orden al tercero: debe lograr su justa distribución; debe asegurar una
abundancia suficiente de bienes; debe en fin garantizar el desarrollo personal de los
miembros de la comunidad, y ésta es su meta suprema. Juan XXIII no duda en calificar
de injusto a un sistema económico en el que, a pesar de alcanzarse elevados niveles
productivos y ser distribuí dos estos con justicia y equidad, se den tales estructuras que
entorpezcan la responsabilidad de los ciudadanos, y pongan obstáculos a su iniciativa,
comprometiendo, en una palabra, su dignidad humana. Tal sistema, sea cual fuere el
signo bajo el que se realice, debe llamarse rotundamente injusto. Toda la economía ha
de estar, pues, al servicio del hombre y de todo hombre. Este humanismo es el hilo
conductor de toda la encíclica.
REMUNERACIÓN DEL TRABAJO. - Concorde con RN y QA, MM afirma que el
régimen de salariado no es intrínsecamente injusto. Sin embargo, Juan XXIII parece
subrayar con mayor énfasis la oportunidad de hacer evolucionar el contrato de trabajo
hacia un contrato de sociedad. Basta comparar las fórmulas empleadas en QA y en MM
al dar esta doctrina, para captar la mayor decisión y energía de la segunda.
En cuanto a los tres criterios señalados por Pío XI para determinar el justo salario
(necesidades familiares; posibilidades de la empresa; exigencias del bien común
nacional), Juan XXIII los explicita algo más. Afirma que se debe tener en cuenta la
aportación efectiva de los trabajadores, lo cual legitima la jerarquía de salarios.
Pero, si el Papá juzga aceptable tal jerarquía, no deja de tener como injustificables las
grandes diferencias de remuneración entre colaboradores en un mismo trabajo común.
Descubrimos aquí una de las líneas fundamentales de la encíclica. Juan XXIII se
muestra impresionado, profundamente entristecido por las enormes desigualdades que
reinan entre los hombres: sea entre los colaboradores de una misma empresa, entre los
diferentes sectores de la economía, entre los habitantes de regiones más o meno s ricas
de un mismo país, o, en fin, entre ciudadanos de naciones diversamente desarrolladas.
La sugerencia de medios para remontar estas graves desigualdades le dará materia para
toda la tercera parte de la encíclica.
Con todo, respecto del salario, parece que MM no ha ido tan lejos cómo Pío XII. Hoy
día, a medida que se vulgariza la noción de renta nacional, el salario aparece cada vez
más como la parte de esta renta que corresponde al trabajador. Pío XII lo notaba
claramente en su carta a la Semana Social de Dijon (1952). Juan XXIII no hace más que
una leve alusión a esta idea.
LOS SINDICATOS. - MM no habla, sino incidentalmente, de los sindicatos. En la
primera parte recuerda la clara doctrina de León XIII qué reconoce el derecho natural
de crear asociaciones para obreros solos o para obreros y patronos, siendo potestad
libre de los interesados darles la estructura; que crean más conveniente.
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Hoy se han dejado ya de lado las venerables confusiones de dar al sindicalismo cristiano
un carácter estrechamente confesional, concediéndole competencia incluso en la
formación religiosa de sus miembros. Juan XXIII silencia, cómo es evidente, estos
aspectos superados.
En la segunda parte, cuando exige la presencia de representantes auténticos de los
trabajadores en los diversos niveles de la vida económica, el Papa dirige a los hombres
y mujeres comprometidos en los sindicatos de inspiración cristiana; una breve pero
cálida aprobación.
También a los cristianos que de hecho tienen que militar en otras asociaciones
profesionales, inspiradas en los principios naturales de la convivencia y que respeten la
libertad de las conciencias, dedica el Pontífice su simpatía, indicando implícitamente
las condiciones en que es aceptable tal colaboración. No hay duda que se excluye aquí
toda adhesión activa a sindicatos de inspiración verdaderamente marxista.
LA INTERVENCIÓN DE LOS PODERES PÚBLICOS EN MATERIA
ECONÓMICA. - Vieja controversia que dividió a los católicos en tiempo de León XIII.
Hoy se ha llegado a un acuerdo, al menos en los puntos esenciales. Juan XXIII asume la
doctrina anterior de la necesaria intervención, por una parte, afirmada ya por León XIII,
y la función subsidiaria del papel del Estado, desarrollada especialmente por QA. MM
profundiza estas enseñanzas en dos puntos. En primer lugar, supuesto que la evolución
de la economía lleva al Estado a cada vez más frecuentes y variadas intervenciones,
avisa el Papa que esta acción pública no debe tener por meta la reducción paulatina de la
esfera de libertad e iniciativa personal de los particulares. Al contrario, es misión del
Estado facilitar y proteger esta iniciativa indispensable a toda sociedad humana.
El segundo punto es la necesidad de evitar a la vez dos errores igualmente peligrosos: el
individualismo anárquico y el estatismo Una economía bien ordenada pide la
aportación tanto de los particulares como de los poderes públicos, aportación
simultánea, concordemente realizada y proporcionada a las exigencias del bien común
en medio de las situaciones variables y de las alternativas humanas.
He aquí una visión profunda de MM. Es pueril oponer en el plano económico a Estado e
individuo, como si lo que se reserva uno haya sido necesariamente arrebatado al otro. Se
trata más bien de un reparto racional de la tarea común, de modo que Estado e individuo
puedan, cada uno en su terreno y apoyándose mutuamente, colaborar al bien común de
la sociedad.
NUEVAS APORTACIONES DOCTRINALES
Nos limitaremos a tres puntos de especial importancia: la socialización, la promoción
obrera, la propiedad.
La socialización
Socialización se ha confundido demasiado con socialismo. Nada de extraña que algunos
se hayan sorprendido al leer las páginas dedicadas a este tema en MM. En ellas se da un
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juicio perfectamente claro. El Papa no ha disimulado que la preparación de este pasaje
de MM ha sido facilitado por los trabajos de la Semana Social francesa, 1960, sobre el
tema Socialización y persona humana. Nos hallamos ante un sugerente ejemplo del
modo de desarrollarse a través del tiempo la doctrina social de la Iglesia.
La Semana Social de Grenoble definió la socialización como un movimiento
económico, social, político y cultural, iniciado con la revolución industrial y agrícola y
el progreso de los medios de transporte y comunicación, y por el cual el hombre tiende a
convertirse en eje de relaciones sociales cada vez más numerosas e intensas. Un
movimiento así, nota Juan XXIII, entraña la creación de vastas instituciones y es a la
vez causa y efecto de, una creciente intervención de los poderes públicos en los terrenos
más variados.
El Papa no desvirtúa los peligros de un tal movimiento; peligros sobre todo para la
legitima autonomía de la persona. El hombre corre el riesgo de ser transformado en
autómata. Pero ve también con claridad las numerosas ventajas de la socialización.
Hecho el balance de peligros y ventajas, Juan XXIII piensa, que es posible lograr las
ventajas de la socialización, evitando, o al menos frenando, sus efectos negativos. La
socialización es resultado de una actividad libre del hombre, no simple fruto de fuerzas
fatales de la naturaleza. En la medida, pues, en que los dirigentes de la política y la
economía estén animados por una sana concepción del bien común, la socialización se
convertirá en un instrumento para fomentar en los particulares la afirmación y el
desarrollo de las cualidades propias de la persona. Es más, Juan XXIII ve en una tal
socialización el marco adecuado para una reconstrucción - de la convivencia conforme a
las exigencias de la justicia social preconizadas en QA.
La promoción obrera
MM no trata en toda su amplitud este problema. Sólo se tocan los aspectos de esta
promoción relacionados con la vida profesional.
Base indispensable de la promoción obrera, que por otra parte abarca a todo el hombre,
es la exigencia de unas condiciones de vida dignas de, nuestro estado de civilización y
proporcionadas a las posibilidades de la economía. El Papa recuerda que el desarrollo
económico debe ir acompañado y proporcionado con el progreso social, de suerte que
todas las categorías de ciudadanos participen de los aumentos productivos.
Pío XI, en un pasaje bastante complejo de QA, había insinuado que además de su
salario, el trabajador tenía derecho a una parte de los beneficios de la empresa. Juan
XXIII se muestra más categórico: afirma que esta participación de los trabajadores en
los beneficios de sus empresas es una exigencia de la justicia. Hay aquí un verdadero
progreso de la doctrina.
Uno de los medios más deseables para responder a esta exigencia consiste, según MM,
en hacer participar a los trabajadores de la propiedad de la empresas. Moviéndose en la
misma línea, reconoce claramente el Papa a los trabajadores un derecho sobre parte de
los frutos de la autofinanciación.
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Pero eso no es más que la base material de la promoción obrera. MM se detiene sobre
todo en su aspecto humano, partiendo de la empresa.
Juan XXIII recuerda que una concepción humana de la empresa debe salvaguardar la
autoridad y la eficacia necesaria de la unidad de dirección. Pero juzga legítima la
aspiración de los obreros a participar activamente en la vida de la empresa.
¿En qué grado y cómo se ha de realizar esta aspiración? Depende de las circunstancias.
La reforma de las estructuras exige en todo caso un cambio de psicología en
empresarios y trabajadores. Los obreros han de abandonar el espíritu de lucha de clases
marxista, tan opuesto, como la competencia sin freno liberal, a una concepción cristiana
de la vida. Los patronos han de renunciar a toda especie de paternalismo: no pueden
reducir a sus colaboradores de cada día a la condición de simples silenciosos
ejecutores. Toda la enseñanza de Juan XXIII sobre la empresa se concreta en una breve
fórmula: tanto en el sector público como en el privado se debe tender a que la empresa
llegue a ser una comunidad de personas en las relaciones, en las funciones y en la
posición de todos los sujetos de ella.
Comunidad; esta palabra subraya la diferencia de punto de vista entre Juan XXIII y Pío
XII, cuando tratan de la empresa: en ella Juan XXIII no quiere ver más que a un grupo
de hombres, quienes, por medio del trabajo que les une, deben tender hacia su Redentor.
En esta realización de la promoción obrera, es necesario desbordar. el nivel de la
empresa. Aquí, no hay que tener miedo en decirlo, Juan XXIII no queda muy lejos de
ciertas reivindicaciones del socialismo democrático, aunque el espíritu sea otro. Es
necesario, o al menos muy conveniente, que los trabajadores puedan hacerse oír más
allá de la empresa, en todos los niveles y en todos los organismos que dirigen la
producción. Hoy día la vida económica depende de grandes instituciones de
competencia mundial, nacional o regional, en las cuales es necesario que los
trabajadores estén auténticamente representados como lo están los capitalistas.
En resumen, MM, aun subrayando la necesidad permanente de autoridades
responsables, orienta la economía hacia un proceso de democratización. Proceso que en.
realidad ya se ha iniciado, y que sólo evitará los peligros que pueden amenazarle, si los
dirigentes de la política y la economía permanecen fieles a las concepciones de Juan
XXIII sobre la empresa y la socialización.
La propiedad
Algunos se admirarán al oír afirmar que Juan XXIII nos proporciona nuevas enseñanzas
respecto a la propiedad. Parece quedó ya fijada la doctrina por QA y los radiomensajes
de Navidad de 1942 y 1.º septiembre 1944. Pero es al presentarnos esta doctrina clásica,
cuándo el Papa halla ocasión de abrirnos nuevos horizontes.
MM sitúa por primera vez la propiedad privada, tanto de los bienes de uso como de
producción, en el mareo de la sociedad moderna. Hasta hoy la Iglesia consideraba la
propiedad privada, fruto generalmente del ahorro, como el único medio para que un
hombre diera seguridad a su existencia. Así pensaba Pío XI en 1931. Pero ya en 1937,
en la encíclica Divini Redemptoris, Pío XI pedía que se instituyera para los asalariados
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un sistema de seguros públicos o privados que les protegiera en la vejez, la enfermedad
o el paro. Una brecha quedaba abierta en el monopolio atribuido a la propiedad como
garantía de seguridad. Esta brecha la va a ensanchar Juan XXIII.
No se puede negar que hoy la gran mayoría de los hombres, al enfrentarse con las
contingencias de la vida, prefieren apoyarse más que en las rentas de un patrimonio, en
la seguridad social o en los diversos tipos de seguros y retiros. Y en una más amplia
visión constata el Papa que en nuestros días se aspira más a adquirir capacidades
profesionales que a convertirse en propietario de bienes. Un inteligente padre de
familia estimará que deja mejor herencia a sus hijos si les ha proporcionado un título
profesional o un oficio considerado, que si les lega después de su muerte algunas
acciones o un fajo de billetes. Como nota el Pontífice, se confía más en los recursos que
se obtienen del trabajo o los derechos fundados en el trabajo, que en las rentas cuya
fuente es el capital o los derechos fundados sobre el capital.
Sin embargo, constatada esta evolución, Juan XXIII juzga indispensable reafirmar
solemnemente el principio del derecho natural de la propiedad privada, incluso de los
bienes de producción. Pero ha notado también que la tal evolución ha de considerarse
como un paso hacia adelante en la civilización humana. Y la razón se halla en el
carácter preeminente del trabajo como expresión inmediata de la persona, frente al
capital, que es un bien de orden instrumental por su naturaleza.
Así nos creemos autorizados a pensar que, sin jamás perder de vista el importante papel
de la propiedad privada en el plano personal y social, la sociedad debe tender a centrarse
más y más sobre el trabajo: es a él al que hay que pedir directa o indirectamente, no sólo
el desarrollo del hombre sino también los bienes necesarios para su existencia y la
seguridad para su vida. Parece que, junto a la vene rable institución de la propiedad
privada, hay que situar otra que podríamos llamar, a falta de lenguaje consagrado, la
propiedad de la profesión, cuyo papel sería análogo al de la propiedad de los bienes.
Estructuración, en el fondo, más humana, que apoyaría la existencia de la persona y la
sociedad sobre la capacidad profesional, el oficio, el trabajo.
Pisamos un terreno incierto y nuevo. Sin duda seria de desear que teólogos y moralistas,
puestos en contacto con las realidades actuales, profundizaran estas ideas y precisasen el
puesto que debe tener el trabajo, la propiedad de la profesión, en nuestra sociedad, para
diseñar así el esbozo fundamental de una especie de laboralismo cristiano, más en
consonancia con las aspiraciones de nuestro tiempo.
Conclusión
No se deja resumir en unas frases un contenido como el de MM sobre problemas tan
complejos y graves. El modo como la encíclica ha sido recibida en todo el mundo lo
evidencia. Al leer los diversos comentarios de la prensa mundial uno se llega a
preguntar si realmente no es distinto el texto que ha tenido en sus manos cada
periodista.
Lo que ciertamente nos impresiona en este documento es su sentido humano y su
lealtad. Humano, porque todos los problemas se miran a través del prisma de la persona
humana y su dignidad. Leal, porque, sin espíritu de sistema y con absoluta caridad, el
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Papa no teme dar francamente su opinión, sean quienes fueren los hombres, los niveles
sociales, los países a quienes puedan afectar sus juicios y orientaciones.
Humana, leal y también prudente. Juan XXIII, como lo hicieron sus predecesores, no va
más allá de lo estrictamente seguro.
RN y QA fueron en su tiempo punto de partida de numerosos estudios y reflexiones,
llamados a preparar las posteriores intervenciones de los Papas; ahora MM deja también
el camino abierto a nuevos trabajos de clérigos y laicos competentes. Así se inicia esta
íntima colaboración entre Iglesia enseñada e Iglesia docente, que asegura a la vez a
nuestra doctrina rectitud y actualidad.
Tradujo y condensó: JOSÉ M. BORRI
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