La mediación de Haig - Guerra en el Atlántico Sur

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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
LA MEDIACION DE HAIG
El 5 de abril, mientras las unidades de la Task Force abandonaban los puertos de
Inglaterra y Gibraltar, el canciller Costa Méndez, fijaba en la OEA la posición de su
país. El día anterior, Venezuela había anunciado su firme apoyo a la causa argentina,
sumándose de ese modo a Panamá, que lo había hecho dos días antes, cuando el
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 502.
En la misma fecha, el ministro del Interior, Gral. Alfredo Oscar Saint Jean, se reunió en
Buenos Aires con los dirigentes de los principales partidos políticos para ponerlos al
tanto de lo que estaba aconteciendo en el Atlántico Sur. Al mismo tiempo, en
Washington, Reagan exhortaba a la Argentina y al Reino Unido a resolver sus disputas
sin derramamiento de sangre, poniendo especial énfasis en el hecho de que la situación
se estaba tornando sumamente difícil para su gobierno por tratarse de dos naciones
amigas. Al mismo tiempo, el Departamento de Estado anunció públicamente el
ofrecimiento de sus “buenos oficios” para zanjar diplomáticamente la crisis,
coincidiendo con la declaración de Moscú según la cual, la designación de Francis Pym
en lugar de Lord Carrington, era otra prueba de que Londres buscaba resolver el
conflicto por medio de la fuerza.
Con Margaret Thatcher informando por cadena nacional que las islas iban a ser
recuperadas, el canciller Alberto Zambrano de Venezuela volvió a referirse al
incondicional apoyo de su país en caso que a la Argentina invocase el Tratado
Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) mientras que Austria suspendía la
entrega de tanques SK-105 Kürassier, recientemente adquiridos por Buenos Aires y
Alemania amenazaba, a través de su vocero Kurt Becker, con congelar la provisión de
submarinos y naves de superficie si la nación sudamericana no retiraba sus tropas de los
archipiélagos invadidos.
Canadá fue todavía más lejos al embargar una partida de equipos militares y reservarse
el derecho de adoptar sanciones económicas si la Argentina no se retiraba, dejando
entrever una virtual ruptura de relaciones diplomáticas. En contraposición, el
recientemente elegido consejo directivo de la Unión Industrial Argentina, manifestó su
plena solidaridad con el gobierno nacional al tiempo que las diferentes colectividades de
extranjeros, hacían permanentes demostraciones de apoyo a la causa.
El 6 de abril Costa Méndez se reunió en Washington con el secretario de Estado
Alexander Haig. Como era de esperar, la agenda incluía un solo tema: la difícil
situación que se había creado y la búsqueda de una salida pacífica, con Estados Unidos
como mediador. Sin embargo, un portavoz del Foreign Office hizo saber que Gran
Bretaña iba a rechazar toda propuesta y negociación sobre el diferendo si la Argentina
no se retiraba de los territorios ocupados.
Los laboristas, por su parte, no se quedaron quietos y no conformes con la renuncia de
Lord Carrington y su gabinete, exigieron la dimisión del John Noott y la mismísima
Margaret Thatcher, petición que la Dama de Hierro rechazó de plano respondiendo con
su acostumbrada intransigencia que ese no era el momento de renunciar ya que en
situaciones como las que se vivían, se requería firmeza y resolución.
Mientras tanto, sobrecargados aviones y buques comenzaban a llegar a la isla Ascensión
transportando tropas y pertrechos.
Las falsedades y contradicciones de la política internacional quedaron al descubierto
cuando el gobierno sandinista anunció desde Managua su respaldo a la Argentina. La
noticia sorprendió a la opinión pública internacional porque desde la caída de Somoza,
Buenos Aires había estado combatiendo con extrema dureza a ese régimen aportando
capitales, armamento y tropas.
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Con el pretexto de que pretendía hallar una solución justa y pacífica a la crisis, la
Argentina solicitó en las Naciones Unidas, el apoyo de los países no alineados al tiempo
que denunciaba la actitud agresiva y colonialista de Gran Bretaña. Como respondiendo
a esa solicitud, los medios de prensa de Europa y Norteamérica se preguntaban como
era posible que el régimen militar hablase de agresión y prepotencia cuando había sido
Argentina la que había invadido y utilizado la fuerza.
El 7 de abril fue una jornada clave. Ese día, asumió como gobernador de las islas
Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, el general Mario Benjamín Menéndez,
individuo prudente y moderado, miembro de una prominente familia de militares1 cuya
figura más destacada había sido el veterano general Benjamín Menéndez, célebre por
haber encabezado el fallido alzamiento contra Perón, el 28 de septiembre de 1951.
Ese mismo día, Reagan hizo el anuncio de que Estados Unidos iba a actuar como
mediador en tanto Gran Bretaña notificaba el establecimiento de una zona de exclusión
de 200 millas marítimas en torno a las Malvinas, a partir de las 0 horas del 12 de abril.
Ese último anuncio no hizo más que aumentar la preocupación que el mundo venía
experimentando desde el estallido de la crisis, más cuando a partir de la mencionada
hora 0, todo buque o avión argentino que se encontrase dentro de la mencionada zona
iba a ser considerado hostil y susceptible de ser atacado.
La Argentina respondió creando el TOAS (Teatro de Operaciones del Atlántico Sur),
designado como jefe al comandante del Teatro de Operaciones Navales, vicealmirante
Juan José Lombardo, quien ya tenía experiencia en cuestiones relacionadas con la zona
de conflicto.
A la toma del mando de Menéndez, asistió un sinnúmero de personalidades, entre
quienes destacaban dirigentes políticos y sindicales, economistas, empresarios,
militares, periodistas y representantes de las fuerzas vivas de todo el país.
Entre los primeros se encontraban Deolindo Felipe Bittel del Partido Justicialista, el
pseudo izquierdista Jorge Abelardo Ramos, presidente del Frente de Izquierda Popular;
Enrique Inda, del Partido Socialista Popular; Guillermo Acuña Anzorena de Línea
Popular, Emilio Giannoni del Partido Socialista Democrático, Francisco Cerro del
Demócrata Cristiano, Julio Amoedo del Partido Conservador, Ismael Amit de Fuerza
Federalista y el veterano dirigente Carlos Contín de la Unión Cívica Radical. Entre los
dirigentes sindicales se hallaban presentes Jorge Triaca, Fernando Donaires y Saúl
Ubaldini, quienes horas antes habían criticado duramente al gobierno por la represión
del 30 de marzo y representando al sector empresarial figuraban Jacques Hirsch y
Horacio Gutiérrez y sl cultural, el crítico de teatro Jorge D’Urbano.
El ex presidente Jorge Rafael Videla y el eminente cirujano cardiovascular René
Favaloro, también integraron la comitiva.
Todos, absolutamente todos, manifestaron su acuerdo con la gesta y con la iniciativa del
gobierno militar.
La ceremonia de asunción estuvo presidida por el general Ibérico Saint Jean, hermano
del ministro del Interior y fue transmitida a todo el país por la cadena nacional y medios
de prensa televisivos y radiales.
Más de un telespectador quedó sorprendido al ver rostros como los de Ramos, Inda,
Acuña Anzorena, Giannoni y el mismo Contín, sin mencionar a los referidos
sindicalistas, aplaudiendo y estrechando sus manos con Videla y los militares del
Proceso, a los que habían criticado tibiamente durante los años de dictadura e iban a
defenestrar en tiempos de democracia. Otra prueba de lo que son capaces los políticos
argentinos y la facilidad con la que cambian de discurso.
El mismo 7 de abril, la OTAN solicitó a Inglaterra que no alistase las fuerzas que tenía
comprometidas con el organismo, para su conflicto con la Argentina y que restituyese
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las que había sustraído. Por su parte, Moscú hizo saber que ofrecería su apoyo oficial a
Buenos Aires y denunció a Gran Bretaña por no respetar las decisiones de la UN,
anuncio que parecía corporizar el primer triunfo diplomático serio de Buenos Aires.
A todo esto, la Argentina seguía movilizando tropas hacia el sur.
La mitad de los efectivos de la IX Brigada de Infantería, con asiento en Comodoro
Rivadavia, se hallaban en el teatro de operaciones en tanto soldados de las diferentes
guarniciones marplatenses se encontraban en territorio patagónico realizando maniobras
y adiestramiento para pasar al archipiélago.
Sin embargo, el hecho más significativo de aquel agitado día fue la partida de Buenos
Aires del embajador británico Anthony Parsons junto a todo su personal y la inminente
llegada de su contraparte argentina.
La noticia de que Bélgica y Francia se sumaban a Gran Bretaña, Holanda y Alemania
Federal en el embargo de armas fue el colofón de una jornada plena de novedades y
agitaciones.
El primero de aquellos países, junto a Australia, llegó a una situación de cuasi ruptura
de relaciones diplomáticas, similar a la que había adoptado Canadá aunque no tan
frontal como la de Nueva Zelanda, todos ellos países extremadamente obsecuentes con
Gran Bretaña.
La agitación iba en aumento y la preocupación también, después que Alfredo Oscar
Saint Jean, ministro del Interior, anunciara que la Argentina no iba a hacer ningún tipo
de concesión bajo amenaza británica, clara alusión a que el gobierno no pensaba retirar
las tropas de los archipiélagos. A su vez, el embajador de Japón, que había concurrido
especialmente al Palacio San Martín, declaró a los medios allí reunidos que las
relaciones entre ambas naciones eran cordiales y que seguirían siéndolo.
Por entonces, la numerosa comunidad británica argentina, preparaba un telegrama
destinado a la señora Thatcher, intimándola a hallar una solución pacífica al problema.
El otro hecho que conmovió a la opinión mundial fue el anuncio de Reagan de que su
secretario de Estado, Alexander Haig, se iba a hacer cargo de la mediación entre ambos
países y que su designación había sido notificada al equipo de emergencia que presidía
el vicepresidente George Bush.
Lo primero que hizo el flamante mediador fue establecer contacto con ambas partes, con
el objeto de tantear los ánimos.
El mismo 7 de abril tuvo lugar una primera reunión entre Haig y Costa Méndez en el
despacho del primero y una vez finalizada, ya de noche, el secretario de Estado partió
hacia Londres en un avión alistado especialmente para la misión.
El 8 por la mañana, Haig estaba en la capital británica y una vez en el 10 de Downing
Street, se puso a analizar de que forma podía ayudar Estados Unidos para que fuese
aplicada la Resolución 502.
La primera ministra se mostró dura e inflexible desde el primer momento,
sorprendiendo al norteamericano por su determinación. Era evidente que la Dama de
Hierro no estaba dispuesta a ceder un palmo en aquel forcejeo y que se iba a mantener
firme en su posición.
Reproducir los diálogos, las idas y venidas de los funcionarios, las comunicaciones
telefónicas y el ajetreo que tuvo lugar entonces, haría demasiado extenso este capítulo,
por lo que aquellos interesados en el tema deberán remitirse a Malvinas. La trama
secreta de Cardoso, Van Der Kooy y Kirschbaum, que aborda la cuestión como ningún
otro trabajo.
Finalizada la entrevista, un vocero británico anunció que Estados Unidos y el Reino
Unido estaban de acuerdo en aplicar la resolución, novedad que trajo cierto alivio en el
ambiente diplomático.
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Haig abordó su avión y partió rumbo a Buenos Aires, donde llegó la noche del viernes 9
de abril (22.00), después de hacer escala en Dakkar y Recife. En esta última ciudad fue
abordado por representantes de los medios informativos, a quienes aseguró que aquella
para él, era la misión más difícil de su carrera, reiterando su apoyo a la Resolución 502.
Al descender del aparato, en Ezeiza, el secretario de Estado se refirió a la Argentina y
los EE.UU. como “socios hemisféricos” (una clara alusión a la participación de la
primera en las guerras de baja intensidad centroamericanas) y junto a su delegación, que
incluía a 14 funcionarios civiles, además de cinco agentes de los servicios secretos, se
dirigió directamente a la embajada estadounidense.
En la capital argentina, como en el resto del país, la euforia inicial comenzaba a ceder
lentamente, dando paso a cierta incertidumbre y preocupación, sentimientos que irían
aumentando con el paso del tiempo.
En la Cancillería hubo quienes llegaron a insinuar que aceptar la Resolución 502 era lo
más aconsejable ya que a través de ella, se había logrado presionar a los ingleses,
obligándolos a considerar el siempre relegado tema de Malvinas como prioritario.
Lamentablemente esas voces no iban a ser escuchadas ya que, subestimando a tan
poderoso enemigo, la Junta Militar mantendría su posición de que todo era negociable
menos la soberanía, evidenciando con ello una marcada falta de visión y un perjudicial
exceso de confianza.
El 9 de abril, los embajadores de diez países del Mercado Común Europeo se reunieron
en Washington para peticionar el retiro de las tropas argentinas de las islas.
Paralelamente, en el Palacio San Martín, Costa Méndez se reunió con los ex ministros
de Relaciones Exteriores argentinos para explicarles la situación y asegurarles que casi
todas las naciones del continente apoyaban su postura. Casi al mismo tiempo, el
ministro de Defensa, Amadeo Frugoli, dijo en Mendoza que un conflicto armado era
poco probable, confirmando, en cierta medida lo que Costa Méndez había dicho en
Washington cuando aseguró que “el peligro de guerra se alejaba”. Por el contrario, el
general Galtieri sostuvo frente a los periodistas acreditados en la Casa de Gobierno que
si Gran Bretaña hacía uso de la fuerza, Argentina iba a presentar batalla y que no se iba
a ceder un palmo en lo que a la soberanía se refería. Al menos fue más sincero, y eso
pensó Haig cuando, pocas horas después, visitó el despacho presidencial. Pero iba a
ocurrir algo que le desagradaría en extremo.
Desde muy temprano, las autoridades nacionales venían saturando los medios de
comunicación llamando a la ciudadanía a un nuevo acto en Plaza de Mayo, con el objeto
de mostrarle al delegado norteamericano el grado de apoyo que tenía el gobierno.
La gente acudió en masa, colmando el histórico predio de una punta a la otra, como no
se veía desde las multitudinarias manifestaciones peronistas y la impresionante
concentración del 23 de septiembre de 1955, después del triunfo de la Revolución
Libertadora. Al mismo tiempo se anunció por radio y televisión, que se estaban
montando equipos de intercepción para el combate en las islas y que se había
completado el despliegue de comandos ante un eventual intento de desembarco por
parte de los ingleses.
Los altos funcionarios del gobierno argentino estaban convencidos de que la vista de la
multitud, unas 100.000 personas que gritaban y saltaban mientras entonaban cánticos y
consignas, iba a impresionar a Haig.
El secretario de Estado llegó al Palacio San Martín en compañía del embajador Harry
Shlaudeman, que lo había recibido en Ezeiza y enseguida mantuvo unan áspera
entrevista con Costa Méndez en la que ambos defendieron su posición con firmeza,
Haig insistiendo una y otra vez en que Buenos Aires debía aceptar la Resolución 502 y
el canciller argentino aferrado a eso de que todo era negociable menos la soberanía.
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Llegaron a la Casa Rosada a las 11.00 en punto donde fueron recibidos por un sonriente
general Galtieri al que rodeaban funcionarios y fotógrafos, estos últimos acribillándolos
con sus flashes permanentemente.
El presidente argentino los invitó a pasar a su despacho y una vez en el interior,
comenzaron a dialogar. Afuera, la multitud rugía con fanatismo, como en las más
violentas manifestaciones de Medio Oriente, coreando consignas bélicas y quemando
banderas británicas y estadounidenses.
Durante el diálogo, Haig les dijo a sus interlocutores que Gran Bretaña se mostraba
inflexible y que no iba a ceder un palmo en lo que creía eran sus derechos y los de los
habitantes de las islas. Galtieri volvió a insistir con que todo se podía negociar menos la
soberanía y dejó en claro que esa iba a ser su postura. El funcionario norteamericano
comprendió que era inútil seguir hablando y cerca de las 13.30 abandonó la Casa
Rosada, seguido por sus lugartenientes.
En las azoteas del palacio de gobierno los esperaba un helicóptero. Lo abordaron y se
alejaron, sobrevolando Plaza de Mayo en el preciso momento en que la muchedumbre,
percatada de que en el aparato viajaba el secretario de Estado norteamericano,
prorrumpió en un ensordecedor griterío mientras saltaba y agitaba banderas.
Eso era lo que los integrantes de la Junta estaban esperando y eso fue lo que ocurrió. El
espectáculo impresionó realmente a Haig, pero le cayó mal porque le recordó las
fanáticas manifestaciones de Teherán cuando la Revolución Islámica encabezada por el
ayatollah Khomeini, derrocó al Sha.
El periodista Jesús Iglesias Rouco de “La Prensa” dijo con mucho acierto que haberle
mostrado aquella manifestación al enviado de Reagan fue un error propio de los
gobiernos fascistas, siempre proclives a los actos masivos y las grandes
concentraciones.
A poco de retirarse Haig, Galtieri salió a los balcones para hablarle al pueblo y decirle
que los británicos recibirían un duro castigo si se atrevían a atacar; que a las ofensas se
iban a responder con mayores ofensas y que se iba a luchar si se atrevían a venir, porque
la Argentina contaba con el apoyo de toda Latinoamericana y su causa era justa.
-¡Que sepa el mundo, América, que un pueblo con voluntad decidida como el pueblo
argentino, si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla!
Y después de evocar la Pascua católica que se iba a celebrar el domingo siguiente, pidió
que todo el mundo entonase el Himno Nacional.
La multitud lo vivó y vitoreó como nunca lo había hecho con un militar desde el 23 de
septiembre de 19552, e incluso se oyeron voces que aclamaban a la Junta Militar. Aquel
detalle entusiasmó y confundió al primer mandatario pues, creyendo haber conquistado
a las masas, recordó el Cabildo Abierto de 1810, la gesta de Mayo y las guerras de la
Independencia, para decir, al final, que era el representante del pueblo argentino.
Al oír esas palabras, la muchedumbre cambió su entusiasmo y comenzó a abuchear al
mandatario con silbidos de desaprobación, lo que lo obligó a cambiar la última frase por
otra en la que aseguraba ser el “encargado de tratar de interpretar los deseos del pueblo
argentino”.
Al escuchar aquello, la gente cambió la silbatina por aplausos demostrando que,
después de todo, no era tan manipulable e impulsiva como parecía.
A eso de las 16.00, Alexander Haig regresó a la Cancillería para entrevistarse una vez
más con Costa Méndez y a las 20.50 volvió a la Casa de Gobierno, acompañado esta
vez por Tomas Enders, Vernon Walters, su vocero Dewan Fischer y el embajador
Schlaudeman.
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Junto a Galtieri se encontraban el ministro del Interior, Alfredo Oscar Saint Jean, el
general Héctor Iglesias, el brigadier José Miret, el embajador Enrique Ros y altos
funcionarios de gobierno a los que, diez minutos después, se les sumaron los otros dos
integrantes de la Junta, el almirante Jorge Isaac Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo,
con quienes venía el ministro de Relaciones Exteriores, Nicanor Costa Méndez.
Antes de comenzar la reunión, Galtieri, Anaya y Lami Dozo dialogaron a solas unos
minutos.
El encuentro no arrojó ningún resultado y a su término, Costa Méndez le dijo a la prensa
que no había conclusiones al respecto pero sí algunas propuestas por parte de la
Argentina que el secretario de Estado llevaría a Londres como posible base para un
entendimiento. Por su parte, el secretario de Prensa, Rodolfo Baltiérrez, informó a los
periodistas que aunque no había soluciones aún, el diálogo seguía abierto.
En tanto eso ocurría en Buenos Aires, en la distante Londres, el Partido Laborista
solicitaba tratar la cuestión del bloqueo en torno a las islas porque era intolerable pensar
en una guerra sin analizar antes la situación. Como era de esperar, el gobierno rechazó
la petición.
A todo esto, la televisión inglesa mostraba constantemente escenas de las
impresionantes manifestaciones populares que tenían lugar en la Argentina, con gente
saltando eufórica frente a las cámaras y largas hileras de voluntarios enrolándose para
marchar al frente.
Aquel 10 de abril, los integrantes de la Multipartidaria se reunieron con Robert Service,
jefe del Área del Cono Sur del Departamentos de Estado norteamericano, para advertirle
que tanto en el país como en el resto de Latinoamérica, existía un profundo sentimiento
antinorteamericano que se iba a profundizar considerablemente en caso de que Gran
Bretaña atacase a la Argentina. Lo que dejó perplejo al funcionario estadounidense fue
el apoyo que el organismo manifestó dispensar a la Junta Militar en defensa de la
soberanía nacional.
Casi al mismo tiempo, importantes dirigentes sindicales viajaron a Europa, Estados
Unidos y América Latina para explicar ante sus pares, la posición de las centrales
obreras respecto al espinoso tema. Algo similar hizo el gobierno al entregar a los
embajadores latinoamericanos acreditados en Buenos Aires, notas clarificadoras de lo
que estaba aconteciendo, creyendo que con ello afianzaba su posición.
Para entonces, 6000 efectivos habían desembarcado en las islas y desde el continente
seguían llegando más.
Ese mismo día, el presidente del Brasil ofreció sus servicios como mediador, anuncio
que coincidió con la llegada del nuevo el embajador de Cuba, Emilio Aragonés
Navarro, después de un año de interrumpidas las relaciones diplomáticas entre ambos
países.
Ni bien pisó suelo argentino, el diplomático caribeño expresó el apoyo total del
gobierno y el pueblo cubano al derecho que asistía a la Argentina de recuperar un
territorio que le era propio y le había sido usurpado aunque no se refirió a ningún tipo
de ayuda material en caso de profundizarse la crisis.
En el viejo continente, Londres trabajaba aceleradamente para obtener apoyo y en ese
sentido, logró que la Comunidad Económica Europea bloquease las importaciones
provenientes de la Argentina, medida que Buenos Aires respondió con un enérgico
rechazo por considerar que violaba los derechos internacionales.
Esa misma noche, después de una reunión con los ministros Francis Pym y John Noott,
Margaret Thatcher anunció que su decisión de iniciar hostilidades a partir de la hora
cero del 12 de abril, seguía en pie.
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El domingo 11 de abril, el mundo cristiano celebró una nueva Pascua de Resurrección.
En su mensaje, el Santo Padre se refirió al conflicto del Atlántico Sur manifestando,
entre otras cosas, que Argentina y Gran Bretaña debían hallar el camino para una
solución pacífica y honorable y evitar a toda costa un choque sangriento que a nadie
beneficiaría y a tantos perjudicaría.
Al mismo tiempo, aprovechando tan significativa fecha del calendario litúrgico, las
autoridades argentinas dirigieron un mensaje al país y en especial, a las fuerzas
apostadas en el Teatro de Operaciones, invocando la protección de Dios y de su Santa
Madre y destacando la firmeza de unión que existía y que solo daban las causas justas.
En Gran Bretaña y en las unidades que integraban la Task Force, también se celebró la
Pascua.
En cada uno de los barcos, marinos, soldados y personal de a bordo escucharon la santa
misa que se emitía desde el HMS “Hermes” y entonaron el “Padre Eterno fuerte para
brindar salvación”. En la oportunidad, el capellán de la flota rezó por la fortaleza frente
al peligro e impartió la bendición que hizo extensible a todos y cada uno de los
componentes de la fuerza.
Ese fue el día en que Haig y su comitiva partieron de regreso a Londres.
El funcionario estadounidense arribó a Ezeiza a las 09.40 y al ser abordado por el
periodismo, manifestó secamente que no se había llegado a ningún acuerdo y que seguía
trabajando para lograrlo. Venía directamente de la iglesia del Santísimo Sacramento
donde había asistido a misa y se había encontrado con su amigo, el ex ministro de
Economía José Alfredo Martínez de Hoz, con quien se estrechó en un abrazo frente a
decena de testigos.
En el Aeropuerto lo esperaba para despedirlo el Dr. Costa Méndez quien, ante la
requisitoria del periodismo, explicó que era posible que el secretario de Estado volviese
una vez más a nuestra capital. “Todo depende de cómo le vaya en Londres”.
A poco de la partida, el gobierno argentino se comunicó con el avión para informarle a
Haig que si a las 12.00 de ese mismo día Inglaterra no levantaba el bloqueo en torno a
las islas, iba a recurrir a la OEA para invocar el TIAR (Tratado Interamericano de
Asistencia Recíproca).
Aquello puso extremadamente nervioso al emisario norteamericano ya que alteraba
todos sus planes y por esa razón, intentó disuadir a los argentinos diciéndoles que la
decisión iba a ser resistida por Washington. De nada sirvieron sus argumentos.
Manteniéndose en la misma postura, Costa Méndez citó a los embajadores de Francia,
Grecia, Italia, Irlanda, Bélgica, Alemania, Holanda y Dinamarca y les hizo saber el
profundo desagrado que habían producido las medidas adoptadas por sus respectivos
gobiernos.
Como para agregar más leña al fuego, el 11 de abril el “Pravda”3 publicó una nota
extremadamente crítica en la que acusaba a Haig de aplicar una política parcial, que
solo intentaba favorecer al gobierno británico.
Durante aquella jornada el ministro Pym anunció que submarinos nucleares del Reino
Unido se encontraban en la zona de conflicto y que toda nave argentina que fuese
detectada dentro de las 200 millas marítimas de exclusión, iba a ser hundida. “Solo se
llegará a una situación de paz si Argentina retira sus tropas de las islas”. Por su parte,
John Noott se negó a responder si la flota, que en esos momentos navegaban a la altura
de Sierra Leona, llevaban a bordo armas nucleares aunque si confirmó que el príncipe
Andrés, hijo de la reina Isabel II, formaba parte del contingente naval como piloto de
helicópteros.
Cuando Haig llegó al aeropuerto de Heathrow, tuvo el primer indicio de cual era el
clima imperante en la capital británica. No había un solo funcionario del gobierno
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esperándolo, ni vehículos oficiales, ni guardias, solo el periodismo que intentó hacerle
preguntas y lo acribilló con sus flashes. La embajada norteamericana debió improvisar
urgentemente una caravana de automóviles para trasladarlo hasta el hotel en el que se
iba a hospedar y adoptar medidas de último momento.
Al día siguiente, el secretario de Estado volvió a entrevistarse con la primera ministra, a
quien encontró acompañada por Francis Pym. La postura de ambos era tan
intransigente como la de su primer encuentro aunque en esta oportunidad, le plantearon
la posibilidad de llegar a un acuerdo siempre y cuando la Argentina retirase sus tropas
de las islas.
Tal fue el grado de tensión experimentado por Haig, que hubo un momento en el que
pensó desistir. Se lo veía cansado, incluso agotado y hasta se dijo que una antigua
afección cardíaca volvió a afectarlo en aquellos días, aunque muy levemente. Ender y
Walters fueron los que más insistieron para que no abandonase la misión y que utilizase
todos los medios a su alcance para lograr su cometido.
Después de conversar con los funcionarios británicos, Haig y su equipo elaboraron un
bosquejo de propuesta, tomando siempre en cuenta las dos posiciones y con el borrador
en la mano, se dispusieron a viajar por segunda vez a Buenos Aires, sin pasar por
Washington.
Partió el 14 de abril y mientras se hallaba en vuelo, se puso a retocar el escrito
ignorando que en esos momentos Reagan y Galtieri volvían a comunicarse.
En aquella oportunidad, el presidente argentino no esperó para levantar el tubo. Lo hizo
inmediatamente y con tono amenazador, de dijo a su par norteamericano que, de no
llegar a un arreglo conveniente, otros países podrían involucrarse en el conflicto, ello en
clara alusión a la Unión Soviética.
El avión aterrizó en Ezeiza el 15 por la noche y desde el mismo aeropuerto, Haig se
comunicó con la Cancillería para hacerle saber a su titular que solo se alcanzaría un
acuerdo si ambas partes accedían a flexibilizar sus posiciones, sin abandonar sus
principios pero demostrando el grado de racionalidad y civilización que las
circunstancias requerían.
Al reunirse con Galtieri, el secretario de Estado le entregó un mensaje personal del
presidente Reagan y sin esperar más, pasó inmediatamente a los hechos, es decir, al
borrador de la propuesta que había elaborado en Londres y retocado durante el vuelo,
tomando en cuenta la posición de ambas partes. La misma constaba de siete puntos:
1- Retiro de las tropas argentinas de los archipiélagos y detención de la flota
británica.
2- Permanencia de la bandera argentina en las islas a través de una administración
tripartita.
3- Expansión considerable de la presencia argentina en las islas durante el
interinato.
4- Garantía de que las negociaciones para una solución a largo plazo concluirían
antes de fin de año.
5- Guiar el proceso de negociación según los principios de descolonización.
6- Normalización de las comunicaciones entre el continente y las islas.
7- Levantamiento de las sanciones y garantía de la asistencia norteamericana
durante todo el proceso.
Galtieri demostró cierto interés pero le recordó a Haig las contraofertas que había
formulado en su momento la Argentina, aclarando que era le canciller el encargado de
discutir los detalles. También mostró su desagrado por la actitud de algunos
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funcionarios de la embajada estadounidense al solicitar visas para el Uruguay (lo que
parecía anticipar una ruptura de relaciones diplomáticas) e hizo hincapié en las palabras
del secretario Weinberger, que se manifestaba partidario de una alianza directa con
Gran Bretaña. Haig dijo que desconocía lo primero y aseguró que el secretario de
Defensa había hablado por su cuenta.
A la propuesta del representante de Reagan la Argentina presentó la suya, cuyos
principales puntos establecían:
1- Cese inmediato de las hostilidades.
2- A partir de las… horas del día… la República Argentina y el Reino Unido
procederían a retirar todas sus unidades navales de las islas Malvinas, Georgias
y Sándwich del Sur (en los borradores se traducían las mismas según sus
coordenadas geográficas). Dentro de un plazo de 7 días a partir de la fecha del
presente acuerdo, la República Argentina retiraría la mitad de sus fuerzas
militares de las islas al continente y el Reino Unido haría lo propio con sus
unidades navales hasta una distancia de, por lo menos 3000 millas náuticas de
las islas. Dentro de los 15 días a partir de la fecha del presente acuerdo, la
República Argentina y el Reino Unido habrían retirado la totalidad de sus
unidades a sus bases operacionales usuales.
3- El gobierno británico deberá adoptar las medidas necesarias con respecto a las
islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur para completar la
descolonización de las mismas al 31 de diciembre de 1982, de conformidad con
las resoluciones 1514 (XV), 2065 (XX), 3160 (XVIII), 31/49 y otras aplicables a
este caso, de la Asamblea General de las Naciones Unidas.
4- A partir de la fecha del presente acuerdo, ninguna fuerza militar podrá ser
introducida en las islas ni zonas circundantes, las cuales permanecerán
desmilitarizadas hasta el 31 de diciembre de 1982.
5- Los derechos y garantías que los habitantes de las islas han gozado hasta ahora
serán respetados, especialmente los que se refieren a la libertad de opinión,
religión, expresión, enseñanza y movimiento lo mismo su derecho a la
propiedad, fuentes de trabajo, costumbres, estilo de vida y lazos tradicionales
familiares, sociales y culturales con su país de origen.
6- La República Argentina estará dispuesta a pagar un precio justo por las
propiedades de personas o empresas que no deseen continuar sus actividades en
las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, así como a darles
compensación especialmente a los habitantes que deseen emigrar.
7- Durante el período de transición que termina el 31 de diciembre de 1982, la
administración de las islas será como sigue:
a)
El gobernador será designado por la República Argentina.
b)
La administración local, con la excepción de la fuerza policial, será
mantenida. Los consejos ejecutivo y legislativo también serán mantenidos, pero
serán ampliados con el fin de incluir un número igual de miembros designados
por el gobierno argentino. Dichos miembros serán seleccionados,
preferentemente, entre los argentinos residentes en las islas.
c)
El gobernador designará a los miembros de la policía, los cuales incluirán
a todos los miembros locales de dicha fuerza que estuvieron de servicio con
anterioridad al 2 de abril. La policía estará bajo la autoridad del gobernador.
d)
Los argentinos del continente y los habitantes de las islas gozarán de
iguales derechos y obligaciones.
e)
La bandera argentina continuará ondeando sobre las islas.
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8- Trata sobre los intereses de los isleños.
9- Los viajes, transportes, comunicaciones y todo comercio entre el continente
argentino y las islas, serán promovidos y facilitados. A partir de la fecha del
presente acuerdo todas las medidas económicas y financieras relacionadas con la
actual controversia, incluyendo las que se relacionan con los viajes, los
transportes, las comunicaciones y las transferencias de fondos entre los dos
países, serán anuladas. Así mismo, el Reino Unido solicitará a terceros países
que hayan adoptado medidas similares, que la anulen inmediatamente.
10- Un grupo compuesto por un número igual de representantes de la Argentina, los
EE.UU. y el Reino Unido verificará la ampliación del presente acuerdo.
11- El gobierno de los Estados Unidos de América garantizará la aplicación del
presente acuerdo.
El punto 8, que trataba sobre los intereses de los isleños, no fue incluido en el “esquema
de base” aprobado por el Comité Militar, según la investigación de los periodistas
Cardoso, Van Der Kooy y Kirschbaum, constituyendo hasta hoy uno de los mayores
enigmas de esta trama.
La marcha de las negociaciones se encaminó inevitablemente hacia el fracaso, lo que
quedó en evidencia después de aquella reunión en la que Haig había intentado
convencer a la Junta Militar de aceptar el borrador de su propuesta como única salida
viable para evitar el uso de la fuerza. No lo logró debido, principalmente, a la dura
postura del almirante Anaya.
Las imposiciones argentinas y la rigidez del gobierno británico parecían conducir a la
violencia extrema y eso fue lo que en definitiva ocurrió.
Haig cometió un grave error cuando, al utilizar la última carta que le quedaba, amenazó
a los militares argentinos con la alianza entre Estados Unidos y Gran Bretaña, algo que
empujó aún más a aquellos a rechazar su borrador.
El secretario de Estado supo que había fracasado y que no tenía nada más que hacer allí.
El 12 por la mañana asistió a misa en la iglesia del Santísimo Sacramento, jugó al tenis
en su embajada y horas después abordó su avión de regreso a Washington.
En Ezeiza lo esperaba Costa Méndez quien, tomándolo del brazo, lo acompañó hasta las
escalinatas del avión para decirle algo que lo dejaría perplejo: la Argentina iba a
solicitar una reunión en la OEA para invocar el TIAR.
Al escuchar eso, Haig se puso pálido y le pidió al canciller que no lo hiciera porque
según ciertos trascendidos, Nicaragua estaba a punto de invadir a Honduras. Se trataba
de una mentira; una última jugada para evitar la guerra.
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Referencias
1
El general Benjamín Menéndez, nacido en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1886, ingresó en el
Colegio Militar en 1901. A fines de 1904 fue destinado al Regimiento 8 de Caballería Cazadores
“General Necochea”, al que pertenecía cuando se produjo el intento de golpe de Estado radical del 4 de
febrero de 1905, su primer experiencia en el campo militar, cuando era un simple alférez. Héroe de la
conquista del desierto chaqueño, en mayo de 1912 fue asignado a la línea del Pilcomayo, donde combatió
varios alzamientos indígenas adentrándose, incluso, en territorio boliviano en persecución de malones.
Tras derrotar a los chunupíes que habían masacrado a una población cercana al caudaloso río, fue enviado
a otros destinos. El 28 de septiembre de 1951 encabezó el alzamiento que intentó derrocar a Perón y el 2
de abril de 1963 se puso al frente del bando “colorado” en lo que fue la segunda fase del conflicto
denominado “Azules y Colorados”. Su sobrino, el general de división. Luciano Benjamín Menéndez fue
comandante del III Cuerpo de Ejército, con asiento en Córdoba, célebre por integrar la línea “dura” del
Proceso de Reorganización Nacional junto a los generales Carlos Guillermo Suárez Mason, Genaro
Ramón Díaz Bessone y Santiago Omar Riveros, acérrimos partidarios de la guerra con Chile en 1978 y
acusados de graves violaciones a los derechos humanos.
Dos hijos del viejo general Menéndez, Rómulo Félix y Benjamín, también fueron militares. El primero
participó en el alzamiento que encabezó su padre en 1951, resultando herido. Alcanzó el grado de coronel
y se hizo célebre como historiador militar con obras clásicas como Las Conquistas Territoriales
Argentinas y La Revolución Populista Argentina en la que sostiene que el yrigoyenismo y el peronismo
han sido los partícipes principales de la política nacional. También fue autor de una biografía de su
progenitor titulada Un Soldado. Finalmente, Mario Benjamín Menéndez, hijo de un prominente médico
porteño de igual nombre y apellido, que se hizo célebre en la localidad santafecina de Chañar Ladeado
(lugar de nacimiento del militar), alcanzó el grado de general de brigada y fue, poco antes de la guerra,
comandante del I Cuerpo de Ejército con asiento en Buenos Aires.
2
Cuando asumió la presidencia el general Eduardo Lonardi, tras la caída de Perón.
3
Periódico de la Unión Soviética editado en Moscú. Fundado por Trotsky el 3 de octubre de 1908, fue
adoptado como órgano oficial del gobierno por Lenín el 5 de mayo de 1912. Funciona hasta el día de hoy
aunque tras la caída del régimen, en 1991, perdió su importancia y protagonismo.
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