INTRODUCCIÓN - Servicio de Publicaciones de La Universidad de

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Manuel Prendes Guardiola (2002) La novela naturalista de Federico Gamboa
Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones
ISBN 84-95301-66-0
INTRODUCCIÓN
La difusión de la novela realista-naturalista desde su originario núcleo
francés no sólo tuvo una desigual intensidad en los diferentes países occidentales, sino también unas muy desiguales manifestaciones al producir dichos
países sus propias obras según los criterios de esta escuela. No es en absoluto de extrañar, ya que la concepción mimética de la escritura realista forzosamente habría de dar lugar, en ámbitos de diferentes circunstancias geográficas,
históricas, culturales o sociales, a muy diferentes productos literarios. Además,
los modelos acuñados por Balzac, Stendhal o Zola no podían, por favorable
que fuera su acogida, erradicar completamente otras escuelas poéticas imperantes ni largas tradiciones nacionales que supieron hacerse a menudo compatibles con el “nuevo arte de hacer novelas”.
En la América de habla española fueron particularmente acusadas las
peculiaridades con respecto a Europa: la estética del romanticismo perdurará
hasta mucho más allá de la primera mitad del siglo, y cuando (coincidiendo
con el gran desarrollo demográfico y urbano que, junto con una tímida industrialización, comienza en estos países en torno a 1880) se empiecen a escribir
novelas ajustadas a la idea del realismo naturalista, en la obra de varios escritores del Nuevo Continente (Manuel Gutiérrez Nájera, José Martí, Rubén Darío)
se estará gestando ya la que será primera gran aportación de las letras americanas a las de sus antiguos colonizadores: el modernismo.
También en América, pues, las escuelas confluirán en la misma época, en
un mismo autor o incluso en un mismo grupo de autores; en demostración de
una permanente vitalidad, se amalgamarán en una misma obra rasgos de
varias de ellas. Es necesario añadir que, de una nación a otra del continente,
también fueron muy distintas las circunstancias. El concepto “Hispanoamé-
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rica”1 remite a una realidad que, dentro de unos innegables factores de unidad
lingüística y cultural, incluye también grandes diferencias en todos los órdenes. En el siglo XIX, en que los antiguos virreinatos españoles se vieron divididos en dieciséis repúblicas independientes (Cuba y Panamá no lo serían
hasta el inicio del XX), esta diversidad resultaría aún más acusada. Por ceñirnos a lo meramente literario, hay que esperar hasta cerca de 1900 para que
países como Costa Rica o Paraguay vean impresa la novela de un escritor nativo, mientras que en la República Argentina, ya desde entonces la más receptiva a lo europeo de todas las hispanoamericanas, no median muchos años
entre el inicio de la divulgación de la filosofía positivista y de las obras de
Zola, y las primeras novelas naturalistas escritas por Eugenio Cambaceres.
Klaus Meyer-Minnemann (1997: 158) señala cómo esta discontinuidad temporal y geográfica fue en detrimento de la novela naturalista hispanoamericana,
frente al carácter homogéneo y de alcance continental que tuvo la poética
modernista.
Podemos situar a México en el último tercio del siglo XIX como el país
hispanoamericano inmediatamente posterior a Argentina en apertura a la
modernidad. Concluida la tiranía de Santa Anna, los partidarios de las ideas
liberales combatirán y vencerán a los sectores conservadores de la sociedad.
Comienza una época de –relativa– estabilidad en un país extenso y de numerosa población, que recibe fuertes inversiones extranjeras y se moderniza visiblemente desde el punto de vista material e intelectual.
La novela realista-naturalista mexicana, menos abundante en autores, más
tardía, más mostrenca en sus influencias y menos ajustada al paradigma europeo de “novela naturalista” que la producida en el Río de la Plata, no ha despertado en su conjunto el mismo interés que ésta para la crítica. No obstante,
la novela escrita en México a finales del ochocientos supone no sólo un documento de primera magnitud sobre la época, como se pretendía, sino una
muestra de las muy distintas soluciones dadas a las recientes innovaciones de
la ficción novelesca. Encontramos en ella obras de innegable calidad, y que en
su día alcanzaron rotundo éxito entre el público y la crítica. Por último, México
dio al conjunto de las letras hispanoamericanas uno de sus escritores naturalistas más notables: Federico Gamboa, el autor de Santa, publicada en 1903 y
que podemos considerar como uno de los primeros “best-sellers” internacio-
1. A lo largo de este trabajo emplearé el término “Hispanoamérica” (la América en que el
castellano es la lengua más extendida), o en alguna ocasión “Iberoamérica” para referirme
a la América de lenguas castellana y portuguesa, descubierta, conquistada y colonizada a
partir del siglo XV por los reinos de la Península Ibérica. Rechazo el tan extendido vocablo
de “Latinoamérica” por encerrar, a mi entender, unas equivocadas connotaciones “raciales”,
y porque desde el punto de vista lingüístico añaden al concepto de Iberoamérica, lo que no
concierne en absoluto a mi trabajo, a los habitantes francófonos de América distribuidos por
la Guayana, Haití, las Antillas menores y Canadá.
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LA NOVELA NATURALISTA DE FEDERICO GAMBOA
nales de la literatura hispanoamericana (probablemente el segundo, después
de la María de Isaacs).
Autor de gran éxito en su día como novelista y dramaturgo; polémico para
la crítica (en más de una ocasión por motivos extraliterarios), hoy aparentemente resucitado tras épocas de olvido o menosprecio, y siempre con Santa
como pieza preferida tanto por la crítica tradicional como por la más innovadora, Gamboa encarna por un lado el mayor grado de desarrollo en la estética del realismo, y, por otro, un alto nivel de exigencia formal y búsqueda de
una personal expresión literaria. Encontrando su principal apoyo en la escuela naturalista europea de la que era buen conocedor, aprovecha también la
herencia del ya vasto corpus narrativo que había ido apareciendo en el México
decimonónico después del Periquillo Sarniento; y acusa asimismo la atención
prestada a las innovaciones literarias del “fin de siglo”, esto es, el Modernismo.
¿Hasta qué punto fue Gamboa, pues, un naturalista avant-la-lettre? En el
análisis que me propongo trataré de fijar ampliamente la exactitud de esta y
otras etiquetas menos difundidas aplicadas a nuestro escritor y. por extensión,
a toda una generación de novelistas mexicanos. Siempre atendiendo a que la
sucesión temporal de las diferentes obras supone, para el novelista, la configuración a través de la práctica de una escritura propia y personal que, aun
dentro de los marcos de “género” o “escuela”, da un sello de calidad (o, en
ocasiones, de falta de ella) a la obra literaria.
La bibliografía publicada sobre la obra de Federico Gamboa es abundante en artículos y parca en monografías. Entre éstas sólo podemos mencionar
el libro de Alexander C. Hooker (1973); en cuanto a los artículos recogidos en
diversas revistas y libros, la mayoría están dedicados a Santa, o bien a la vinculación de esta novela o de otras de su autor con el naturalismo. En el capítulo sexto trato algo más por extenso la valoración de Federico Gamboa por
la crítica; baste, por el momento, con hacer notar que el número de trabajos
sobre el escritor mexicano da fe del interés que continuamente ha despertado
su obra para los estudiosos. Interés que está muy lejos de decaer en los últimos años, y que parece alejarse cada vez más de los lugares comunes y de las
interpretaciones superficiales con que muchos manuales han abordado su
figura.
Dentro de la escuela naturalista –y, por extensión, de la literatura de la
mayor parte del siglo XIX–, la novela fue el género literario preeminente. En
él se centrará mi estudio, dejando de lado otras manifestaciones literarias,
como el cuento o el drama, que dieron lugar a obras también calificadas de
naturalistas. El propio Gamboa fue un celebrado autor teatral a quien siguieron otros dramaturgos de su tiempo, pero de su vastísima producción literaria
fue también la novela la que despertaría mayor atención, además de darle más
éxito, y a este género he decidido acotar mi estudio.
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MANUEL PRENDES GUARDIOLA
La primera parte de éste servirá para perfilar los contextos en que se
desenvolverá el análisis de la obra de Gamboa: la noción de “naturalismo” y
sus variantes, el medio histórico y social mexicano, los representantes de la
escritura realista en México. La delimitación del concepto antedicho no pretende aportar novedades o exponer exhaustivamente el estado de la cuestión
en la actualidad, sino proporcionarme un –llamémosle– “canon” flexible sobre
cuyos presupuestos poder trabajar en lo sucesivo. También, cuando he podido, me he referido en esta parte a las conexiones de la novela decimonónica
con las corrientes literarias de “fin de siglo”, mucho más destacadas en la
América hispana que en otros países europeos. En el apartado 5.2, al tratar de
los escritores realistas mexicanos durante el Porfiriato y observar una serie de
analogías entre ellos, me he aproximado al método historiográfico de las generaciones literarias, sin pretender en modo alguno aplicarlo de un modo estricto (cosa que juzgo no sólo difícil, sino en buena medida ineficaz).
La segunda parte está dedicada al análisis de la novela gamboana. Mi
atención a los aspectos biográficos será la mínima indispensable, y a ser posible en función de otros más amplios como la realidad del entorno social y cultural de la época, en el que Gamboa llegó a alcanzar relevancia e incluso cierto protagonismo. Es de gran interés comprobar cómo en su obra confluyen las
diferentes maneras de escritura y sensibilidad artística que se encontraron en
Hispanoamérica en el siglo XIX: romanticismo, realismo y modernismo, materia que he estudiado, principalmente, en los dos últimos capítulos. He recurrido para ello a la localización e identificación en los textos de Gamboa de
una serie de motivos y técnicas recurrentes dentro de los citados movimientos
literarios.
Aun así, he consagrado un mayor número de capítulos al análisis directo
de los textos desde una perspectiva narratológica, puesto que, en proporción
a la cantidad de artículos y estudios publicados que ha suscitado la obra de
Federico Gamboa, muy pocos se han ocupado de la composición de sus novelas, y menos aún de cuestiones de estilo y lenguaje literario2, falta lamentable
a cuya reparación este libro intentará contribuir en la medida de sus posibilidades.
2. Son interesantes, aunque muy insuficientes, los trabajos de Menton (1963) y Hooker
(1973), y bastante más completo el capítulo que le dedica en su libro Joaquina Navarro
(1955).
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