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LAS MISIONES
Linda Newson
La tarea principal de las órdenes misioneras en Honduras fue la de convertir a los indígenas
paganos de la región oriental del país, frecuentemente llamada la Taguzgalpa, que
permanecían fuera del control y la administración española. Inicialmente, los misioneros
intentaron convertir a los indígenas en sus áreas nativas, pero el reducido número de
misioneros, y la dispersión de los asentamientos indígenas hacían esta labor virtualmente
imposible. Los misioneros intentaron entonces congregar a los indígenas en misiones o
reducciones. En teoría, las misiones estarían a cargo de los misioneros durante diez años,
después de los cuales pasarían a ser administradas por las autoridades seculares y los
misioneros emprenderían la conversión de los indígenas de zonas aún más remotas.
Las dos órdenes mendicantes de mayor importancia que trabajaron en Honduras fueron los
Mercedarios y los Franciscanos. Los primeros misioneros en llegar a la zona fueron los
Mercedarios, quienes establecieron un convento en Comayagua en 1552; y para 1565 también
tenían conventos en Tencoa y Gracias a Dios1. Sin embargo, no fue sino hasta en la década de
1570 que llegaron los Franciscanos y establecieron un convento en Trujillo, treinta años
después, ya habían construido otros en Comayagua, Agalteca y Tegucigalpa2. Estos conventos
fueron utilizados como bases, desde donde los misioneros partían a convertir a los indígenas del
oriente del país.
Durante el siglo XVI hubo esfuerzos esporádicos por convertir a los indígenas del oriente
del país, aparentemente iniciados y organizados por las autoridades seculares con la ayuda de
misioneros y no por los mismos misioneros. En gran medida, estos esfuerzos estaban
encaminados a castigar y civilizar a los indígenas que hostigaban las tierras y asentamientos
españoles. En 1584, el Capitán Gregorio del Puerto dirigió una expedición punitiva contra los
indígenas cerca de Trujillo 3 y, para finales del siglo, también aparece documentado que 500
“xicoaques” fueron reunidos en el valle de Olancho por 12 soldados y un sin utilizar la fuerza.
Pensaban asentarlos en el valle de Comayagua4. Igualmente, una expedición secular contra
“indios infieles" en 1616 dio por resultado el reasentamiento de 62 indígenas en el recién
fundado pueblo de El Dulcísimo Nombre de Jesús del Valle de Olomán5.
El primer gran intento de conversión de indígenas del oriente de Honduras no ocurrió sino
hasta a principios del siglo XVII, cuando fue iniciado por los Franciscanos. Después de un
reconocimiento inicial del área en 1604, Fray Esteban Verdelete regresó a España a obtener el
permiso para que ocho misioneros convirtieran los indígenas de la Taguzgalpa6. Los misioneros
llegaron en 1608, y lograron persuadir a aproximadamente 130 indígena de asentarse en el Río
de las Piedras, en el valle de Olancho. Sin embargo, por conflictos entre los indígenas, se
vieron obligados a separarlos en tres grupos -'taguacas”, “lencas, y mexicanos- y administrarlos
por separado. Además de los conflictos entre los indígenas dentro de la misión, surgieron
hostilidades entre los indígenas conversos de la misión y los no convertidos fuera de ella. Las
dificultades para mantener el control en las misiones llevaron 鸞 misioneros a solicitar ayuda
militar7. Sin embargo, los 25 soldados que llegaron, al utilizar la fuerza para llevar a los
indígenas dentro de la misión, no lograron más que gravar los conflictos ya existentes.
Finalmente, en 1612, los indígenas atacaron la misión y mataron a dos misioneros, incluyendo
a Fray Verdelete8. Los esfuerzos misioneros en la zona fueron suspendidos hasta en 1619,
cuando hicieron un nuevo esfuerzo por llegar a los indígenas de la Taguzgalpa desde la costa
norte. Dos intentos por llegar a la zona resultaron infructuosos; en el primer as0, el viento
desvió el barco a Tabasco; en el segundo, as condiciones de navegación hicieron imposible el
desembarco. Finalmente, los frailes Cristóbal Martínez de la Puerta y Juan de Vaena
desembarcaron en 1622; al año siguiente se les unió Fray Benito López. Trabajando entre los
indios Payas, quienes eran considerados más dóciles que otros grupos, lograron establecer
siete aldeas: Ase gua, Yalamaha, Borbotabahca, Zuy, Barcaguez, Murahgui у Хаragui. Sin
embargo, encontraron muy difícil mantener a. los indígenas en las misiones y, desilusionados
con su trabajo, decidieron mudarse a un sitio llamado Anavacas, donde vivían los Guabas. Un
buen número de Guabas eran supuestamente mestizos, hijos de españoles que habían
naufragado en la costa, y se pensaba que podían desempeñar un papel importante en la
conversión de los indígenas. Al llegar encontraron únicamente unos pocos Guabas y,
habiéndolos convertido, continuaron trabajando entre los “Xicaques”, bautizando a más de
5,000 de ellos entre ese lugar y Trujillo. Sin embargo, su trabajo cesó abruptamente en 162,
cuando los tres misioneros fueron muertos por un grupo vecino de Albatuynas o Taguacas9.
Los conflictos entre el clero secular y el regular sobre la administración de los indígenas
parece haber retrasado otros intentos misioneros hasta la década de 1660. Por ejemplo, en
1657 el Obispo de Honduras ordenó que Fray Baltázar de Torres, quien había logrado convertir
a 100 familias, abandonara el lugar10. Sin embargo, la necesidad de convertir a los indígenas
volvió a cobrar importancia entre las décadas de 1650 y 1660, cuando atacaron repetidamente
asentamientos de los valles de Agalta, Jamastrán y Olancho. En 1661, la Corona respondió
encargando la conquista de los indígenas al civil Bartolomé de Escoto. Aunque llevó soldados y
armas, Escoto logró asentar 300 indígenas en cuatro aldeas haciéndoles obsequios 11.
Entonces solicitó sacerdotes para la administración de los indígenas y, como no había clérigos
regulares disponibles, confiaron la tarea a los frailes Franciscanos Fernando Espino y Pedro
Ovalle. Para 1676 habían establecido seis aldeas con una población total de 600 indígenas:
Santa María, San Buenaventura, San Pedro, San Sebastián, San Felipe y San Francisco12. San
Pedro de Alcántara parece que se estableció posteriormente, al igual que Santa Cruz, cerca de
Nueva Segovia13. Otras aldeas fueron establecidas aproximadamente al mismo tiempo en los
valles de Agalta y Olancho, con los nombres de San Miguel, San Bartolomé, San Pedro de
Yara, y San Joseph14, Finalmente, fundaron la aldea de la Purísima Concepción de San Diego
en 169915. La historia de estas misiones es virtualmente imposible de trazar: algunas fueron
abandonadas al huir los indígenas a las montañas o cuando murieron por epidemias; otras
fueron fusionadas o cambiaron de sitio (figura 7).
Al mismo tiempo, los Franciscanos estaban trabajando en el área entre Trujillo y San
Pedro, al sur del valle de Yoro, conocida como Leán, Mulía y Locomapa (figura 8). En la
segunda de dos entradas, efectuadas entre 1689 y 1690, Don Rodrigo Navarro y Fray Manuel
Fernández lograron juntar 76 indígenas y asentarlos en el valle de Yoro. El número pronto se
redujo a 28, a medida que los indígenas huyeron o murieron. Se dijo que murieron de
melancolía por haber sido arrancados de sus hogares. En consecuencia, el asentamiento se
trasladó a la zona de donde ero" oriundos los indígenas y, en un año, cien de ellos habían sido
reunidos16. Al parecer, efectuaron un total de seis entradas, o establecieron dos aldeas:
Nuestra Señora de la Candelaria y 8o" Josef de Guaima, con un total de 300 indígenas, Fray
Fernández administró las aldeas durante doce años, hasta su muerte, y no fue reemplazado.
Como resultado, los indígenas se fueron a las montañas y otros murieron, por lo que para 1737
sólo quedaban treinta17.
El fracaso de los esfuerzos misioneros que se hicieron hasta principios del siglo XVIII para
lograr la conversión y civilización duradera de los indígenas del oriente de Honduras se debió
tanto a la naturaleza de los mismos grupos indígenas, como a las estrategias utilizadas por los
misioneros. La existencia semi nómada de los indígenas y el carácter disperso de sus
asentamientos hacían de su conversión una tarea extremadamente difícil, particularmente si se
considera el reducido número de misioneros involucrados. Donde era posible, los misioneros
intentaban persuadir a los indígenas de asentarse en las misiones. Con frecuencia utilizaban la
táctica de capturar un pequeño número de indígenas que luego podían actuar como
intérpretes18. También les ofrecían bagatelas como “cinturones, cuentas y cuchillos” que,
durante los primeros años de la conquista eran muy preciados. Sin embargo, a mediados del
siglo XVIII, los indígenas ya no eran convencidos tan fácilmente con tales obsequios, pues
obtenían muchos de esos bienes de los Zambos-Mosquitos e ingleses19. Los indígenas se
resistían cada vez más a unirse a las misiones, pues les disuadían los que habían huido y las
misiones eran devastadas por las enfermedades20. Por esto, la tarea de persuadir a los
indígenas de trasladarse a las misiones se volvió más difícil y, aunque algunos misioneros
como Fray Manuel Fernández intentaron convertirles por medios pacíficos, el número de
conversos ora pequeño y, en la mayoría de los casos, los misioneros se resignaron a la
necesidad de apoyo militar 21. En algunos casos las expediciones, como las efectuadas en los
alrededores de Truollo en la década de 1580 y en los valles de Agalta y Olancho en la década
de 1660, eran expresamente punitivas, por lo menos en sus fases iniciales; pero éstas fueron
organizadas por las autoridades seculares, no por los misioneros.
Si la tarea de congregar a los indígenas en las aldeas de las misiones era difícil, lo era
más aún la de mantenerlos allí. Ni bien acababan de fundar las misiones, cuando comenzaban
a perder población. La causa principal eran las fugas, las cuales ocurrían con frecuencia pues
generalmente los indígenas no estaban familiarizados con un modo sedentario de existencia y,
se decía, añoraban retornar a los bosques. Además, los indígenas congregados en una misión
con frecuencia provenían de comunidades distintas, por lo que frecuentemente hablaban
distintas lenguas y, en algunos casos, eran hostiles entre sí. Por esto, a menudo tenían pocos
intereses en común que les motivaran a permanecer en la misión 22. Los misioneros
respondieron al problema de las fugas de dos maneras: primero, utilizando soldados para
prevenirlas, y segundo, estableciendo las misiones en zonas alejadas de los lugares de origen
de los indígenas23. Esta segunda estrategia fue utilizada con frecuencia a finales del siglo XVII,
cuando forzaron a los indígenas a asentarse en el valle de Yoro 24, y cuando establecieron la
misión de La Purísima Concepción de San Diego, cerca de Silca 25. Desafortunadamente, estas
medidas no evitaron la fuga de indígenas; los que permanecieron sufrieron depresiones y
enfermedades por el cambio de ambiente. Una estrategia alternativa que se utilizó fue la de
establecer a los neófitos entre indígenas tributarios conversos; sin embargo también falló, pues
las fugas continuaron26
Después de la muerte de Fray Fernández, la actividad misionera se redujo hasta
mediados del siglo XVIII, cuando la amenaza inglesa a la seguridad de la costa del Caribe
persuadió a la Corona de dar apoyo oficial a las expediciones misioneras. Durante este siglo,
los esfuerzos misioneros se concentraron en dos regiones principales: en el área conocida
como Leán y Mulía, habitada por indígenas Jicaques y, en Olancho, incluyendo las zonas
aledañas a los ríos Agalta y Tinto, donde predominaban los Payas.
Los Recoletos, una orden Franciscana fundada recientemente con el expreso propósito de
convertir a los indígenas paganos, encabezaron los nuevos esfuerzos misioneros. En 1747, los
frailes Pedro de Alcántara y Joseph Ramiro iniciaron la conversión de los Xicaques con la
ayuda de soldados y mulatos del valle de Yoro. En 1748 establecieron la misión de San Miguel
del Carmen en el Cerro de Pijol; al año siguiente fundaron Santiago Siriano con indígenas
locales y neófitos que habían trasladado desde un sitio previo en San Cruz por temor a las
fugas. La misión de San Francisco Luquique fue fundada en 1751. Se estima que había entre
800 y 900 indígenas asentados en estas tres misiones. En el mismo año de 1751, su población
se redujo dramáticamente por una epidemia de viruela en que murieron cerca de 560
indígenas; | Santiago Siriano perdió no menos de 290 de su población de 36627.
La reducción de la población de las misiones llevó a que se sugiriera que fueran amalgamadas.
Se propuso el sitio de San Miguel, pero se consideró inapropiado por su clima cálido y seco,
que causaba carestía de agua y era muy distinto a los ambientes aledaños a Santiago Siriano y
Luquique, de donde serían trasladados los indígenas. Además, se consideró que, con el
incremento poblacional de la misión, la carestía de tierra sería tal que no se evitaría la
necesidad de que los indígenas cultivaran parcelas en los cerros, de donde les sería fácil
fugarse28. Santiago Siriano parece haber desaparecido alrededor de 1760, mientras que las
misiones de San Miguel y San Francisco Luquique tenían, respectivamente, 127 y 104
indígenas, y registraban 21 y 33 fugitivos29). A finales de la década de 1760, aún continuaba la
discusión sobre la fusión de ambas misiones, que en 1768 tenían 299 indígenas entre ambas.
Finalmente, en 1776 se decidió que se juntaran en Luquique30. Desde entonces, Luquique fue
la única misión en la zona, hasta el fin del período colonial, cuando contaba con cerca de 300
indígenas31
Mientras tanto, en 1757 los Recoletos habían empezado a congregar indígenas en el valle
de Olomán, a 25 leguas de distancia. Allí establecieron la misión de San Antonio de Padua, que
se inició con 60 indígenas y para 1760 ya contaba con 71. Sin embargo, para entonces
comienzan a registrarse las fugas y, a finales de ese año, la mayoría de los indígenas habían
escapado, quedando únicamente ocho en la misión32.
El fracaso de las misiones de Leán y Mulía, con la excepción de Luquique, para
convertirse en asentamientos viables se atribuye a varios factores. Entre ellos estaban las
enfermedades, los métodos utilizados para llevar a los indígenas a las misiones, y el contacto
que los indígenas mantenían con otros grupos, particularmente con los ladinos y ZambosMosquitos.
No hay duda de que las epidemias redujeron considerablemente el número de indígenas
en las misiones, y contribuyeron a la clausura de varias de ellas. Además, la identificación de
los misioneros con las enfermedades disuadió a muchos indígenas de asentarse en las
misiones. Al visitar un poblado indígena, los misioneros eran mantenidos a cierta distancia,
donde se les pedía que dejaran cualquier obsequio. Al mismo tiempo, los indígenas masticaban
un pasta hecha de tabaco verde y cal, con la creencia de que les protegería de cualquier
infección33
Era poco lo que los misioneros podían hacer para prevenir las enfermedades. Sin embargo
sí pueden ser culpados por la dureza de los métodos que emplearon para reunir a los
indígenas en las misiones. Igual que en el siglo XVII, los misioneros utilizaron soldados,
mulatos e indígenas conversos para llevar а indígenas paganos a las misiones. Estas fuerzas
utilizaron con frecuencia tácticas sorpresivas, capturando a los indígenas y llevándolos como
cautivos a las misiones. Aunque los misioneros no siempre estuvieron contentos con los
métodos empleados por los soldados y demás, los consideraron esenciales durante las etapas
iniciales de fundación de las misiones, tanto para el establecimiento de las misiones como para
su propia protección. Algunos misioneros pensaban que, una vez establecidas las misiones,
eso fuerzas se volverían innecesarias y ellos podrían continuar atrayendo indígenas por medio
de la persuasión. Sin embargo, reconocían que siempre sería necesaria algún tipo de guardia
en las zonas en que los indígenas eran particularmente hostiles. Los soldados también eran
necesarios para lograr el retorno de los indígenas a las misiones en las zonas de mayor
deserción34. Los principales críticos del uso de la fuerza fueron el clero secular y los oficiales
reales, sin duda motivados en parte por su actitud hostil contra el clero regular. En 1758, el
Obispo de Honduras comentó que no veía cómo los misioneros justificaban su nombre, pues
no hacían mucho más que lanzar ataques sorpresivos contra los indígenas para luego llevarlos
como prisioneros a las misiones. Tales métodos, se decía, eran infructuosos pues creaban
resentimiento entre los indígenas, con lo que alentaba a escapar a todo el que podía, dejando
sólo a niños y ancianos en las misiones35. El Gobernador hizo eco a este sentimiento,
agregando el comentario práctico de que, aún si fuera proporcionado todo un regimiento, sería
insuficiente para prevenir la fuga de los indígenas36. Debido a la oposición de las autoridades
seculares, los misioneros encontraron dificultades para obtener apoyo militar. Aunque en 1758
los Recoletos solicitaron a la Corona una escolta de 30 soldados, su petición fue rechazada y
los religiosos debieron pagar a seis de su propio pecunio. Una solicitud posterior, pidiendo 20
en vista de que los 30 habían sido rehusados, fue igualmente denegada37. La opinión a finales
del siglo XVIII era que el uso de la fuerza había fracasado, logrando poco más que crear
resentimiento entre los indígenas, lo que volvía más difíciles otras conversiones. Se decía que
los indígenas podían ser convertidos únicamente por medios pacíficos38. Vale la pena notar que
la mayoría de las críticas a los misioneros las hicieron personas que no estuvieron involucradas
directamente en el proceso de la conversión de indígenas, y que algunos tenían motivos
ulteriores para no apoyar sus esfuerzos.
Sin duda, parte de la dificultad que los misioneros encontraron para atraer a los indígenas a las
misiones durante el siglo XVIII derivó del contacto que ellos tenían con los ladinos, mulatos,
negros y Zambos-Mosquitos de las zonas aledañas. Estos eran Principalmente contactos
comerciales a través de los cuales los indígenas lograban obtener muchos de los artículos que
antes obtenían de los misioneros. Por esto, los indígenas tenían poca motivación para
asentarse en las misiones. Además, aquellos con quienes comerciaban los disuadían de
hacerlo39.
Algunas de las lecciones aprendidas del fracaso en los intentos previos por convertir a los
Jicaques, fueron incorporadas a un plan elaborado en 179840. En ese momento se estimaba
que había entre 14,000 y 15,000 indígenas en Leán y Mulía. Se aceptó que los indígenas
podían convertirse únicamente por medios pacíficos, y que el comercio era importante para
ellos. En vista de esto, se sugirió el establecimiento de tres misiones. Dos de ellas serían
ubicadas en los antiguos sitios de las misiones de Guaima y Candelaria, donde Fray Fernández
había logrado un éxito considerable en la conversión pacífica de los indígenas. La otra sería
ubicada en Cadena o Cangelica, el punto navegable más alto del río Leán, sitio que había sido
un asentamiento de importancia para el comercio con los ingleses. Para establecer estas
misiones, un misionero sería asistido por 15 familias ladinas provistas de casa, tierra,
herramientas y una pequeña subvención monetaria durante un período de dos años. Estas
familias debían ofrecer un buen ejemplo a los indígenas, además de comerciar con ellos. Se
esperaba que el éxito de las misiones atrajera indígenas de las montañas. No hay evidencia de
que el plan haya sido puesto en práctica, probablemente a causa de su costo, el cual fue
calcula do en 24,990 pesos. Sin embargo, el plan es interesante pues muestra cómo la
actividad misionera se adaptó a circunstancias cambiantes.
Los esfuerzos misioneros en Olancho se dieron a intervalos intermitentes durante el siglo
XVIII, pero hay poca evidencio precisa del tamaño y la ubicación de las misiones fundadas. El
trabajo de los Franciscanos Observantes continuaron entre o Payas durante la primera mitad
del siglo, pero en 1737 al pareo sólo permanecían dos misiones formales -San Buenaventura o
San Sebastián- con una población total de 60 indígenas41. La actividad misionera continuó en
los valles de Agalta y del Río Tinto, donde en 1750 había dos misiones -San Buenaventura y
San Francisco del Río Tinto- con poblaciones respectivas de 97 y 100 indígenas42. Sin
embargo, parece que había otros asentamientos misioneros en diferentes condiciones de
viabilidad en Santián, San Joseph, San Bartolomé y San Francisco, en el valle de Agalta43
Al parecer, hubo una interrupción del trabajo misionero poco después de este momento,
pues los documentos indican que fue reanudado en 1767 bajo los Recoletos. Parece que los
misioneros restablecieron la misión de San Buenaventura y trasladaron a los indígenas del Río
Tinto a un sitio conocido como Siguate, donde estaban menos expuestos a los ataques de los
Zambos-Mosquitos44. Aparentemente, no establecieron formalmente una misión en el Río Tinto,
sino hasta en 177645, cuando sugirieron que los que estaban en la misión de San Buenaventura
se trasladaran allí. Los indígenas de San Buenaventura eran considerados más nómadas y
difíciles de convertir que los del Río Tinto. En 1777 había 73 indígenas en San Buenaventura y
81 en el Río Tinto 46. En ese mismo año se reanudó la actividad misionera en el valle de
Olancho, cuando 225 Butucos (probablemente Payas) se asentaron voluntariamente en Telica,
cerca de Catacamas, buscando la conversión y protección de los Zambos-Mosquitos.
Posteriormente algunos de ellos huyeron a las montañas por lo que, para evitar más fugas, los
restantes fueron trasladados al valle Marianí, a cinco o seis leguas de Comayagua 47.Aún así,
los indígenas continuaron fugándose (dos veces), por lo que decidieron distribuirlos entre los
pueblos de indígenas conversos y vecinos de Comayagua. Sin embargo, el plan no surtió
efecto, pues muchos de ellos escaparon y regresaron a Marianí48. Mientras tanto, una
expedición a Olancho del Capitán Arizabalaga en 1780 dio como resultado el traslado de un
número de Payas vagos considerados como una amenaza a la seguridad, al barrio de Santa
Lucía, en las afueras de Comayagua. Aunque estaban bajo vigilancia oficial, la mayoría de ellos
(43) huyeron en 1783, dejando sólo ocho en el asentamiento. Posteriormente los recapturaron
y trasladaron al más distante pueblo de Sensenti, en la jurisdicción de Gracias a Dios, de donde
les sería más difícil escapar, y donde se esperaba que refrenarían la decadencia económica y
demográfica a. I región. En 1790 los indígenas pidieron ser regresados a Santa Lucía49.
Mientras tanto, hay falta de información sobre el estado d. las misiones en Olancho. Existe
una relación sobre asentamiento payas en el valle de Agalta, y en Petaste (cerca del Río Tinto)
y Aguaquire que data de 179050, pero es sólo hasta en 1794 que se mencionan dos nuevas
reducciones en el Río Tinto y Aguaquire51. El único otro esfuerzo misionero concertado durante
el período colonial ocurrió a inicios del siglo XIX, cuando los frailes Antonio Martínez y Antonio
Goicoechea lograron asentar cerca de 300 indígenas en San Esteban Tonjagua y Nombre de
Jesús Pacura. Se sugirió que San Buenaventura, que supuestamente sobrevivió al período
previo de actividad misionera y sólo contaba con 34 indígenas, fuera fusionado con una de
estas misiones52. La unificación parece no haber tenido lugar antes de que los misioneros
dejaran el lugar en 1807. En 1810 los indígenas fueron puestos a cargo de curas párrocos
quienes, sin embargo, no llegaron sino hasta en 181753.
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