En el libro de los Hechos se relata de un creyente

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En el libro de los Hechos se relata de un creyente llamado Felipe.
Este hermano aparece como elegido por la congregación para administrar equitativamente
cuestiones materiales, por lo cual deducimos que era considerado justo, templado, y de fiar,
con buen testimonio y un “pequeño detalle”, era reconocido como lleno del Espíritu Santo
de Dios. Luego en el capítulo 21 se lo menciona como hospedador de Pablo por lo cual
entendemos que era sabido por los creyentes que en su casa se podía parar naturalmente.
También el relato de Lucas nos cuenta que tenía cuatro hijas que profetizaban y se lo
adjetiva como “Felipe el evangelista”.
Con estas pequeñas menciones vemos que este hermano era un creyente más que
interesante. Sin embargo, no se habla mucho de él ni en la palabra ni en la consideración de
los mensajes o tratados. “No fue un siervo con buena prensa”.
No hay ningún libro en la Biblia que lleve su nombre, y no son muchas las personas que
han elegido su nombre para ponérselo a sus hijos como se elige el de Pablo, Pedro, José,
Juan, Daniel o David. ¿Será que no nos parece un personaje muy importante?
MÁS YO DIGO QUE SI HUBIESE MUCHOS FELIPES HOY EN DÍA,
CAMBIARÍA LA HISTORIA DEL CRISTIANISMO VERDADERO.
Nos gusta actuar en el consenso de una congregación, nos gusta que nos respalde una
organización, nos gusta la aprobación de nuestros padres, nos gusta actuar con público, orar
frente a la congregación, cantar frente a ellos, orar públicamente y lógicamente predicar
desde un estrado con las inflexiones y técnicas de la homilética religiosa que provoquen la
aprobación y el beneplácito de la concurrencia. Cuanto más grande sea la concurrencia,
más grande se supone la efectividad y aprobación del predicador.
Personalmente creo que ha pasado la época del “predicador estrella”.
Lógicamente que para llegar a esos puestos destacados hace falta la aprobación y
recomendación de los líderes y demás responsables de las organizaciones. Por lo tanto,
quien no tiene las características buscadas se siente sólo un espectador, a lo sumo un
feligrés dentro de una comunidad cristiana.
Pero he aquí el caso y la importancia de Felipe. Sin la autorización de nadie, sin la
recomendación de ninguna autoridad eclesiástica terrestre, es comisionado por el Señor a ir
al desierto ¡para hablarle a una sola persona!
Esta persona recibió la Palabra y creyó en Jesús y ¡hasta fue bautizado por Felipe!
Ahora yo me pregunto y propongo: ¿Qué pasaría si cada creyente se sintiera un Felipe y
saldría a hablar de Jesús por lo menos a una persona?
Para esto no hace falta pedir permiso a nadie, no se requiere autorización ni recomendación,
no es imprescindible grandes dotes de oratoria ni gran preparación académica. Ciertamente
no tengo dudas que sería la mayor avanzada misionera evangelìstica. Más efectiva e
importante que todas las organizaciones misioneras y evangelísticas juntas y más que todas
las reuniones multitudinarias. Un ejército de ciento de miles de Felipes hablando de Jesús,
una Pléyade de anunciadores del evangelio.
Recordemos que el llevar frutos no es una cuestión optativa, el pámpano que no da
fruto es cortado y echado fuera, por lo cual no hay creyente exento del trabajo de
evangelizar y proclamar el camino de la salvación. No existe en la verdadera iglesia el
feligrés pasivo. En un cuerpo no hay lugar para células inútiles e infructuosas a no ser
cuando aparece una enfermedad. Pero el cuerpo de Cristo no puede estar enfermo porque la
perfección de la cabeza debe impregnar la salud de todo el cuerpo.
La tradición dice que aquel etíope fue el instrumento por medio de quien el Señor introdujo
el cristianismo en África. Así mismo se podrían convertir quienes lleven las buenas nuevas
de salvación dentro de grupos etnias o zonas a los cuales nosotros no tenemos acceso o no
somos los voceros ideales.
El Dr. Percy Hamilton, misionero en Bolivia, contaba de un nativo parco y callado que
habiendo aceptado a Jesús fue bautizado y participó de la reunión de la cena del Señor. Al
terminar la celebración esquivó las felicitaciones tradicionales y se alejó argumentando que
no quería perder la visión que tenía de su Señor. Como pasaran varios días que no salía de
su habitación y no respondía al llamado, la casera buscó a quien abriera la puerta para ver
que sucedía. El cuerpo del recientemente bautizado estaba de rodillas pero su alma había
ascendido al cielo en perfecta adoración.
Contaba el amoroso misionero que poco a poco comenzaron a aparecer en la misión
montones de nativos que habían recibido el mensaje del Señor por medio de aquel nativo
aparentemente callado. Después de mucho tiempo de no poder penetrar en la gente de esa
cultura, de curar mulas antes que personas, el Señor había abierto una puerta grande por
medio de aquel siervo anónimo que él se llevó a su presencia, pero antes pudo llegar con
efectividad a sus connacionales.
Pero también nos debiéramos preguntar; ¿por qué no nos atrae tanto el trabajo personal?
¿Por qué preferimos el trabajo exhibido delante de otros? ¿Será que puede más la vanidad
de la aprobación humana al dejarse utilizar por el Espíritu de Dios?
Yo invito a considerar el estilo de Felipe y a imitarlo y seguramente se vivirán experiencias
fascinantes y muy reconfortantes que satisfacerán el alma mucho más que los halagos del
trabajo exhibido. El trabajo silencioso para el Señor da enormes satisfacciones y la
sensación real de estar sirviendo al Señor sin ningún tipo de restricción humana. No hay
creyente que no pueda enrolarse en este servicio. Trabaje para el Señor al estilo “Felipe el
evangelista” y los resultados serán seguramente sorprendentes.
Tomado de la revista “Momento de Decisión”, www.mdedecision.com.ar
Usado con permiso
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