La felicidad es demasiado poco

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La felicidad es demasiado poco
Las voces de los días/1 – Cuando uno lo sabe, puede
incluso renunciar a ella, sin proclamarlo.
Luigino Bruni
Publicado en Avvenire el 28/02/2016
“Es ley del universo que no podemos
alcanzar nuestra felicidad sin realizar
la de los demás.”
Antonio Genovesi, Cartas
‘Un día te diré que he renunciado a
mi felicidad por ti…’. Las primeras
palabras de la canción del grupo
Stadio, ganadora del último festival
de Sanremo, son una buena excusa para reflexionar acerca de nuestra felicidad y la
de los demás. Nuestra civilización ha puesto en el centro de su humanismo la
búsqueda de la felicidad individual, relegando a un segundo plano otros valores y
descuidando la felicidad ajena, salvo que ésta sea un medio para aumentar la propia.
De esta suerte, nos hemos quedado sin categorías para comprender por qué algunas
personas (todavía quedan) eligen renunciar conscientemente a su propia felicidad por
la de otra persona. Hemos ideado y construido una ética, que se está convirtiendo en
la única del lugar, carente de instrumentos para comprender las decisiones y los
estilos de vida que no tienen como objetivo más importante la felicidad propia.
La historia de la felicidad es muy larga. El humanismo cristiano, muy innovador con
respecto a la cultura griega y romana, propuso desde el principio la visión de una
“felicidad limitada”, que no consideraba la búsqueda de la propia felicidad como el
fin último de la vida, sino que estaba subordinada a otros valores, como el paraíso y
la felicidad de la comunidad o de la familia. Durante siglos pensamos que la única
felicidad digna de ser alcanzada era la de los otros o la de todos. La piedra angular
sobre la que se asentaba la educación de la generación de nuestros padres consistía
en anteponer la felicidad de los hijos a la suya propia. Muchas mujeres, tantas como
las arenas del mar, renunciaron, a veces libremente, a su propia felicidad para que
sus hijos fueran felices o, al menos, más felices que ellas. El sacrificio y el ahorro de
los padres tenían como destino la felicidad de sus hijos y nietos. Un mundo sin hijos,
en el que no hay que ocuparse de su felicidad, ha dejado de entender el ahorro y lo
ha convertido en inversión y en especulación. Esta “dinámica inter-temporal de la
felicidad” unió y hermanó a muchas generaciones. Hizo que algunos emigraran y
enviaran a casa la mayor parte de su amargo salario. También muchas veces les hizo
regresar. El “tipo de interés” de felicidad propia y del momento era negativo, porque
tenían más peso la felicidad del mañana y la de los hijos.
En la era moderna, esta antigua y enraizada idea de la felicidad se sumió en una
profunda crisis. En su lugar, se fue abriendo paso la idea, típica del mundo
precristiano, de que nuestra felicidad es el bien último y absoluto, el fin a cuyo
servicio debe subordinarse cualquier otro objetivo. De este modo, en América se
proclamó “la búsqueda de la felicidad” (1776) como derecho individual inalienable,
constituyendo uno de los tres pilares de la civilización moderna, junto con la vida y
la libertad. En cambio, el mundo latino y católico, más ligado a sus raíces
medievales, siguió considerando que la felicidad individual era insuficiente para
convertirse en fundamento de la sociedad. En lugar de la búsqueda de la felicidad
individual, propuso la “felicidad pública”. La Constitución Italiana eligió como
primera palabra el trabajo, que hacía referencia a otros valores distintos de la
felicidad: esfuerzo, deber, compromiso.
La economía contemporánea, de matriz cultural anglosajona, casa perfectamente
con el ideal de la felicidad individual. Para la lógica económica, toda elección,
incluso la más generosa, tiene sentido como maximización del propio bienestar
subjetivo. Los gustos y las preferencias de las personas con respecto a la felicidad
son muy variados. Cada uno trata de maximizarla a su manera; pero lógicamente es
imposible imaginar que alguien elija algo que no aumente su propia felicidad. Incluso
el altruista puro busca en el fondo su propia felicidad y la alcanza a través de sus
comportamientos altruistas. Una madre puede hacer algo por la felicidad de una
hija, pero si lo hace libremente, su propia decisión está revelando que si no lo
hiciera se sentiría peor. Para la economía, el mundo está habitado únicamente por
personas que quiere satisfacer su propia felicidad al máximo. Aquellos que nos
parecen infelices en realidad sólo tienen una felicidad distinta a la nuestra, o no
tienen suficientes recursos para alcanzar su propia felicidad, o no están bien
informados para elegir lo que de verdad desean. Desde este punto de vista, que es el
que domina la economía y cada vez más la vida, es imposible que elijamos reducir
voluntariamente
nuestra
felicidad.
Sólo
los
estúpidos
elegirían
reducir
intencionadamente su propio bienestar.
Esta descripción de las elecciones humanas explica muchas cosas, pero es inútil o
equívoca cuando se trata de explicar las escasas pero decisivas elecciones de las que
depende casi toda la calidad moral y espiritual de nuestra vida. Cuando Abraham
decidió subir con Isaac al monte Moria ciertamente no pensaba en su propia
felicidad. Es posible que pensara en la felicidad de su hijo, pero la realidad es que
seguía una voz muy dolorosa que le llamaba. Muchos como él siguen subiendo al
monte Moria de sus vidas.
Todos los momentos, actos y elecciones de nuestra existencia no son iguales. En
muchos de ellos, en casi todos, la semántica de la lógica económica de la búsqueda
de la felicidad consigue explicar muchas cosas, casi todas. Pero hay otros actos y
otras elecciones en las que la búsqueda de la propia felicidad no explica nada, o muy
poco. Para entender lo que ocurre en esos momentos, pensemos que estamos
llamados a elegir entre varios valores o principios distintos y en contraste. En nuestra
vida hay muchas cosas buenas que no se miden en base a nuestra felicidad, y algunas
de ellas ni siquiera en base a la felicidad de los otros. Las elecciones más
importantes casi siempre son trágicas: no elegimos entre un bien y un mal, sino entre
dos o más bienes. También hay elecciones que realizamos fuera del registro del
cálculo. Y hay otros momentos en los que ni siquiera conseguimos elegir sino, a lo
sumo, pronunciar un dócil “sí”. La tierra está habitada por muchas mujeres y
hombres que en ciertos momentos decisivos no buscan su propia felicidad.
Aunque Aristóteles nos enseñara que la felicidad (eudaimonia) era el fin último, el
sumo bien, en la vida hay más de un fin último y más de un sumo bien que pueden
entrar en conflicto. Muchas cosas grandes y dignas de la vida se presentan en la
encrucijada de estos múltiples bienes, y es ahí donde se realizan las elecciones
decisivas. La felicidad, la verdad, la justicia y la fidelidad son bienes primarios,
originarios, que no pueden reconducirse a uno solo, por mucho que éste sea la
felicidad. Podemos formarnos una idea clara de cuál es la elección que nos hará más
felices, y en esa felicidad podemos incluir casi todas las cosas hermosas de nuestra
vida, incluso las más elevadas. Pero, a pesar de todo, si entran en juego otros valores
que nos llaman, podemos decidir libremente no elegir nuestra felicidad. Y a lo mejor
así, al final, descubrimos una palabra nueva: la alegría, que, a diferencia de la
felicidad, no puede buscarse sino únicamente acogerse como don.
Los que han dejado una buena huella en esta tierra, no vivieron su vida persiguiendo
su propia felicidad. Les pareció demasiado pequeña. La vieron algunas veces pero no
se detuvieron a recogerla. Prefirieron seguir caminando detrás de una voz. Al final de
la carrera, la felicidad que acumulemos no permanecerá. Si queda algo, serán cosas
mucho más verdaderas e importantes. Nosotros somos mucho más grandes que
nuestra felicidad.
Así pues, en verdad sí que es posible “renunciar a mi felicidad por ti”. Con una sola
diferencia: estas cosas no hay que decírselas nunca a los hijos. No hay que decírselas
a nadie, tal vez ni siquiera a nosotros mismos. Basta con que alguna vez lo hagamos,
al menos una.
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