Aurora de la salvación - Diócesis de Mar del Plata

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“Aurora de salvación para el mundo entero”
(Poscmunión)
Homilía en la fiesta de la Santísima Virgen María
Catedral de Mar del Plata
8 de septiembre de 2011
Queridas hermanas y hermanos en Cristo, miembros de diversas órdenes,
congregaciones, institutos seculares y de las variadas formas de vida consagrada:
Comienzo agradeciendo la presencia de todos ustedes, que en respuesta a mi
invitación han venido a celebrar junto al obispo este día de la vida consagrada. Ustedes
tienen un significado propio dentro de la Iglesia, como don del Espíritu Santo para
enriquecer el Cuerpo místico de Cristo. Resulta muy significativo congregarnos en el
día de la Virgen, templo purísimo consagrado a Dios y Arca de la Nueva Alianza, que
es Cristo.
Celebramos hoy una de las fiestas más antiguas en honor de la Santísima Virgen
María. Con fecha 8 de septiembre se celebraba en Jerusalén, desde el siglo V, la fiesta
de la dedicación de un templo en honor de la Natividad de María. Fecha que, a su vez,
determinó la fiesta de la Inmaculada Concepción.
La liturgia de la Iglesia no celebra tanto el “cumpleaños” de la Virgen sino un
misterio de gracia. Sabemos que habitualmente las memorias o fiestas de los santos
celebran su verdadero dies natalis, que coincide con su nacimiento a la gloria eterna, el
día de su muerte. Pero la Iglesia introduce excepciones que hacen pensar. Además del
nacimiento del Señor, celebra también desde antiguo el nacimiento de San Juan el
Bautista y el de la Virgen María. La luz del Espíritu Santo permitió a los Padres de la
Iglesia penetrar en el distinto significado de salvación oculto en el misterio de estos
nacimientos.
Jesús se presenta como luz: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 9,5) y el prólogo del
Evangelio de San Juan afirma que “Él era la luz verdadera que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre” (1,9). Zacarías, padre del Bautista, se refiere a él como “Sol que
nace de lo alto” (Lc 1,78). Él vino “para iluminar a los que viven en tinieblas y en
sombra de muerte” (1,79).
En las Escrituras, Jesús es también identificado como “alianza del pueblo” (Is 42,6),
o aquél que vino a derramar su sangre para sellar con ella la Nueva Alianza (1Cor
11,25; Lc 22,20).
La venida de nuestro Salvador fue preparada por una larga historia. Desde Abraham
hasta Cristo, Dios fue guiando la trayectoria del pueblo de Israel hacia el tiempo de la
Encarnación de su Hijo en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo. Éste
es el punto culminante en que la Antigua Alianza cede el paso a los tiempos de la
Nueva. María aparece como la estrecha colaboradora del Hijo que iba a obtener una
amplia victoria sobre el poder del Demonio que esclavizaba al género humano.
Las lecturas bíblicas del día, nos muestran el plan paciente y desconcertante de Dios
que al término de generaciones conduce hacia aquél que anunciaron los profetas. La
primera lectura nos habla de la pequeñez de Belén de Judá, transfigurada en la visión
profética por la grandeza del nacimiento del que “será la paz” (Miq 5,4). La genealogía
de Jesucristo según el Evangelio de San Mateo, nos presenta una larga historia que
recubre las generaciones desde Abraham hasta “José, el esposo de María, de la cual
nació Jesús, que es llamado Cristo” (Mt 1,16).
No todas las figuras de esta genealogía resultan ejemplares, y esto nos enseña que
Dios lleva adelante su plan triunfando sobre las resistencias y miserias de los hombres,
porque, como nos dice con certeza San Pablo, “Dios dispone todas las cosas para el bien
de los que lo aman, de aquellos que Él llamó según su designio” (Rom 8,28).
Cuando nace Cristo, llega “la plenitud del tiempo” y con él la alegría y la luz. La
monótona genealogía, donde se mezclan grandezas y mezquindades, se interrumpe
porque según leemos: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació
Jesús, que es llamado Cristo” (Mt 1,16).
A lo largo del tiempo, la Iglesia fue contemplando a María en su íntima asociación a
Cristo en la inauguración de la Nueva Alianza. Si Cristo es la luz y “el sol de justicia”,
María es la aurora que preanuncia su llegada. Si Cristo vino a habitar entre nosotros,
ella es el templo o santuario donde el Creador de todas las cosas encontrará una morada
dignísima. Si Cristo es la “alianza del pueblo”, María es el “Arca de la Alianza”.
Queridos hermanos, consagrados a Cristo y al servicio de su Iglesia, mediante los
votos y el compromiso de vivir los consejos evangélicos, en ustedes contemplo una
prolongación de la radical consagración de la Virgen al servicio de su Hijo por la
salvación de los hombres.
La misión de la Virgen y la de la Iglesia coinciden, pues consiste en traer a Cristo a
este mundo, concebido por la acción del Espíritu Santo. En esta sagrada misión actúan
ustedes con una lógica propia del estado de vida que han recibido como don.
Ella es modelo perfecto de consagración, de acogida a la gracia, templo del Espíritu.
Ella es la Madre de todos confiada por Jesús al discípulo amado (cf Jn 19,26). Es la
Madre que ustedes deben acoger como el discípulo que “la recibió en su casa” (Jn
19,27). La deben amar e imitar en la radicalidad de su entrega a la obra redentora de de
su Hijo.
No olviden nunca que en el armonioso conjunto de dones con que Cristo enriquece a
su Iglesia, todos debemos trabajar en comunión. El mismo Espíritu que distribuye la
diversidad de los carismas, es el que nos mueve a procurar la unidad en la comunión
con el carisma propio de la jerarquía eclesial. Si existe en la Iglesia una jerarquía
querida por Cristo, es para que, en definitiva, toda la Iglesia se someta a la acción
renovadora y vivificante del Espíritu Santo.
Hoy les pido a todos que manifiesten esta comunión participando habitualmente de
los actos diocesanos y de las convocatorias del obispo; también en la integración
pastoral y en la cercanía y la cordialidad con el clero de la diócesis y con el obispo.
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Yo estoy aquí para reconocer y alentar la tarea de ustedes; para ayudarlos a tomar
conciencia de la importancia del testimonio que la vida consagrada brinda ante el
mundo secularizado de hoy. Por sus votos y su estilo de vida ustedes son la antípoda de
la secularización, del relativismo moral y del subjetivismo, rasgos característicos de la
cultura contemporánea.
Al optar por el celibato o la virginidad consagrada, por la pobreza y la obediencia,
ustedes se convierten en signos proféticos de la vida que esperamos. Ustedes anuncian
el Reino de Dios y de Cristo, y abren un horizonte de esperanza ante el mundo
adormecido, donde parece haberse eclipsado el sentido de Dios. Ustedes son la prueba
de que el Espíritu Santo sigue actuando en la Iglesia.
A un profeta se lo mide por la armonía de su anuncio con la fe de la Tradición
eclesial, por la verificación en los hechos de aquello que anuncian sus palabras, y por la
subordinación humilde ante la autoridad querida por Cristo.
Sea éste un día de auténtica renovación espiritual. Y que la Virgen Santísima les
alcance de su Hijo la gracia de la perfecta y perpetua fidelidad.
Con mi bendición para todos.
+ ANTONIO MARINO
Obispo de Mar del Plata
Plenitud de los tiempos, luz y alegría. Quizá se logre entender mejor lo que
representa el nacimiento de la Virgen para la humanidad si se tiene en cuenta la
condición de un encarcelado. Los días del encarcelado son largos, interminables…
Cuenta los minutos de la última noche que transcurre en la cárcel. Después, finalmente,
las puertas se abren: ¡ha llegado la hora tan esperada de la libertad! Esos minutos
interminables, contados uno a uno, nos recuerdan las páginas evangélicas de la
genealogía de Jesús. Unos nombres se suceden a otros con monotonía: “Abrahán
engendró a lsaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá… Jesé engendró a
David, el rey. David engendró a Salomón…†(Mt 1,2.6ab). Hasta que suena,
finalmente, la hora querida por Dios: es la plenitud de los tiempos, el inicio de la luz, la
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aurora de la salvación: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació
Jesús, el llamado Cristo†(Mt 1 .16).
Significado litúrgico y comentario homilético actualizado
1. LA LITURGIA ESTABLECE UN PARALELISMO ENTRE CRISTO Y
MARÍA
La liturgia no acostumbra celebrar el nacimiento terreno de los santos (la única
excepción la constituye san Juan Bautista). Celebra, en cambio, el día de la muerte, al
que llama dies natalis, día del nacimiento para el cielo. Por el contrario, cuando se trata
de la Virgen santísima madre del Salvador, de aquella que más se asemeja a él, aparece
claramente el paralelismo perfecto existente entre Cristo y su madre. Y así como de
Cristo celebra la concepción el 25 de marzo y el nacimiento el 25 de diciembre, así de la
Virgen celebra la concepción el 8 de diciembre y su nacimiento el 8 de septiembre, y
como celebra la resurrección y la ascensión de Jesús, también celebra la Asunción y la
realeza de la Virgen. San Andrés de Creta , refiriéndose al día del nacimiento de la
Virgen, exclama: “Hoy, en efecto, ha sido construido el santuario del Creador de
todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para
hospedar en sí al supremo Hacedor†(Sermón 1: PG 97,810).
2. LAS LECTURAS DE LA MISA
Las lecturas propuestas para la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María
son: Mi/05/02-05; Rom 8 28-30; Mt 1,1-16,18-23. Expresan el trabajo de Dios, si así
puede hablarse, para construir su templo, su morada, porque, según dice santa Matilde,
Dios puso más cuidado en construir ese microcosmos que es María que en crear el
macrocosmos que es el mundo entero. En María se pone de relieve, principalmente, el
privilegio de la virginidad. La lectura de la carta a los Romanos (8,28-30) acentúa la
predestinación divina y la colaboración del hombre al plan de Dios. La primera lectura y
el evangelio acentúan en cambio la maternidad virginal a la que María está destinada
para ser “digna Madre del Salvador†.
a) María es “la virgen que concebirá†La profecía de Miqueas representa una
de las profecías mesiánicas más conocidas. El profeta ha anunciado la ruina de los
reinos del norte y del sur como castigo de sus pecados; pero en medio de las tinieblas he
aquí que brilla una luz… ¡Siempre es así! Dios entregará a los hijos de Israel al poder
de otro hasta que… El autor parece que se quiere hacer el misterioso, el enigmático,
porque sabe que va a decir una cosa ya muy sabida: que de Belén de Éfrata
“saldrá†el abanderado, el nuevo guía.
Verdaderamente, el autor piensa en Belén, patria de David, y en el Mesías,
descendiente de David como si la historia se hubiese detenido y empezase otra vez con
un nuevo David, el Mesías. Pero ya en los tiempos de Jesús (cf Mt 2,5-6) la expresión
era entendida no sólo en el sentido teológico de un recomenzar la historia, sino en
sentido geográfico verdadero y propio. Miqueas, de una manera que podría parecer
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cuando menos curiosa, presenta, más que al nuevo guía, a la mujer que lo va a dar a luz.
Del guía dice que será un dominador que pastoreará con la gracia del Señor, y que su
reino será un reino de paz universal. De la madre dice palabras más maravillosas
todavía y envueltas en un cierto halo de misterio, pero que sus contemporáneos ya
estaban en condiciones de comprender y valorar: “…hasta el tiempo en que dé a luz
la que ha de dar a luz†(5,2). Es evidente que Miqueas, y con él sus destinatarios,
pensarían en el célebre oráculo de la álmah de Is 7,14s pronunciado unos treinta años
antes. El mismo Vat II reconoce “apertis verbis†que la profecía de Miqueas
encuentra cumplimiento en María: “Ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un
Hijo, cuyo nombre será Emmanuel†(cf Is 7,14; Miq 5,2-3; Mt 1,22-23). “Ella
misma sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de Él esperan con confianza
la salvación. En fin, con Ella, excelsa hija de Sión, tras larga espera de la promesa, se
cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía, cuando el Hijo de
Dios asumió de Ella la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los
misterios de su carne†(LG 55).
b) María es la “madre del Hombre nuevo†La segunda lectura esté tomada de
Rm/08/28-30 y trata de la justificación que encuentra su culminación en la vida futura.
En esta visión se inscribe el papel de la Virgen, destinada ab aeterno a ser la madre del
Salvador, el alma colaboradora en toda la obra de la salvación. Hay que precisar que
Pablo no separa nunca a Dios creador del Dios salvador, de modo que el hombre
creatura está ligado al hombre que hay que salvar, y toda la creación, unida a su vez al
hombre, está destinada asimismo a la salvación. La creación entera está sometida a la
vanidad o caducidad en el sentido de que el hombre está llamado a dar significado y
valor a la creación, y cuando el hombre no se sirve de ella según los planes de Dios, las
creaturas, violentadas, gimen y sufren. La creación, por tanto, está sometida al destino
del hombre y, por consiguiente, está fundamentada sobre la condición, o sea sobre la
esperanza de la liberación del hombre, liberación futura. Se trata de un mundo nuevo en
gestación en el actual, y que supera a éste en plenitud.
El hombre deberá salvarse con la creación y en la creación; su quehacer de salvarse,
con la gracia de Dios, se refiere a su alma y a su cuerpo, más aún: a todas las creaturas.
El esfuerzo del hombre consiste en mejorar el mundo; por eso aquellos que aman a Dios
colaboran en ello activamente. Es un quehacer extraordinario y comprometido. Para
conseguir realizarlo, el hombre debe ser una copia de la imagen del Hijo de Dios: debe
asociarse con Cristo, transformarse en él, asumiendo sus directrices y sus
comportamientos.
Como consecuencia de esta semejanza con Cristo se seguirá una relación de
fraternidad, porque “Cristo es el primogénito entre muchos hermanos†. En este
punto Pablo pone en relación encadenada los diversos estadios de la iniciativa divina,
considerándolos, sin embargo, más allá de la actuación en el tiempo; por eso usa
siempre el aoristo: “… ha conocido…, ha predestinado…, ha llamado…, ha
justificado…, ha glorificado…†(cf vv. 29-30).
En esta visión el nacimiento de la Virgen aparece íntimamente ligado a la salvación
del hombre y de la creatura entera. María es verdaderamente la aurora de un mundo
nuevo, mejor: del mundo nuevo tal como había sido pensado por Dios desde la
eternidad. “Ella, la Mujer nueva, está junto a Cristo, el Hombre nuevo, en cuyo
misterio solamente encuentra verdadera luz el misterio del hombre†(MC 57; GS 22).
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c) “José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo†. El relato
evangélico (Mt/01/01-16/18-23) presenta una genealogía de Jesús a primera vista no
necesaria, y refiere cómo José asume la paternidad legal de Jesús. Después de haber
relatado lo referente al nombre del protagonista de su evangelio, Jesucristo, Mateo nos
ofrece una demostración de la realidad singular del mismo con una genealogía
voluntariamente artificiosa: el mismo número “14″ (7 + 7) de los tres grupos en
que subdivide la prehistoria de Cristo indica perfección y plenitud. En nuestro caso la
perfección es la providencia especial de Dios en la disposición de la historia salvífica,
que culmina en Cristo: historia presentada en sus orígenes, en sus momentos más
importantes y en su coronamiento y plenitud.
Mateo se propone un fin teológico más que estrictamente histórico. De hecho, en la
relación de nombres ofrecida por él han sido omitidos tres reyes entre Joram y Ozías;
además se podría contar a Jeconías (vv. 11-12) por dos (ya que el mismo nombre griego
puede traducir dos nombres afines: Joakín y Joiaquín). Por otra parte, Mateo acude a
una especie de juego: citando a Asa, escribe Asaf, que, como es sabido, es autor de
algunos salmos; igualmente en vez de Amón escribe Amós, que fue un célebre profeta,
el profeta-pastor, que desde el reino de Judá fue a profetizar al reino de Israel.
“¿No querrá decirnos con este pequeño juego que también los salmos y los profetas
alcanzan su plenitud en Cristo?». El nacimiento de Cristo viene representado por Mateo
como un hecho absolutamente milagroso: María concibió a Jesús sin recurso de varón,
por obra del Espíritu Santo: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual (y
no ¡de los cuales!) nació Jesús, llamado Cristo†(Mt 1,16).
Justamente aquí se inscribe el papel de la niña cuyo nacimiento hoy celebramos: ella
es la Virgen, destinada por Dios a ser la madre y la válida colaboradora del Salvador. Y
por eso, acercándose a su cuna, la iglesia pide como gracia suprema el don de la unidad
y de la paz; paz que según los hebreos, es el conjunto de todos los bienes mesiánicos
(shalom): “Concede, Señor, a tus hijos el don de tu gracia, para que, cuantos hemos
recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, consigamos
aumento de paz en la fiesta de su nacimiento†.(MEAOLO-G. _DICC-DEMARIOLOGIA. Págs. 1466-1470)
3. NACIMIENTO/CELEBRAR
Esta fiesta destaca de la forma corriente de las festividades de los santos en la
iglesia, en cuanto que ésta ordinariamente no celebra los natalicios, diferenciándose
radicalmente en esto de lo que ocurría en el mundo antiguo, en el cual se celebraban con
gran pompa los días natalicios de los poderosos -por ejemplo, de un césar o de un
augusto- como días de «evangelio» o venturosos, como días de salvación. Sin embargo,
la iglesia, en contra de ellos, sostiene que sería sencillamente precipitado el celebrar el
día del nacimiento, puesto que existe mucha ambigüedad acerca de la vida de los
hombres. A partir del nacimiento, no se sabe realmente nada sobre si esa vida será
motivo para celebrarla o no: sobre si ese hombre se sentirá un día orgulloso y alegre de
haber nacido; sobre si el mundo podrá mostrar alegría porque ha nacido ese hombre o si
hubiera deseado lo contrario. Nosotros, los alemanes, tuvimos que celebrar, durante
doce años, un nacimiento como la llegada del Fübrer o caudillo salvador, al cual, desde
entonces, el mundo maldice como uno de los tiranos más sangrientos. La iglesia, en
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cambio, celebra el día de la muerte: solamente aquél que ante la muerte, con toda la
seriedad de su juicio, puede agradecer la vida, solamente aquél cuya vida puede ser
aceptada también del otro lado de la muerte, solamente la vida de ése se celebra.
De esta regla fundamental hay en la iglesia sólo tres excepciones, o mejor, una sola
excepción a la que corresponden de una forma indisoluble otras dos que también se
celebran. La excepción es Cristo. Sobre su nacimiento no aparece ninguna ambigüedad,
sino que se escucha un cántico de alabanza: gloria a Dios en las alturas. El que, como
Dios, se hizo hombre es aquél cuyo nacimiento sólo se apoya en el puro amor, el cual
puede celebrarse ya en su nacimiento. Más aún: su nacimiento es en fin de cuentas el
motivo de que nosotros los hombres tengamos «algo para reír», de que nosotros
podamos celebrar fiesta y no necesitemos ya temer, de que la vida, como un todo, sólo
sea un juego de la muerte e, incluso en sus momentos más fuertes, solamente una
mancha sobre la alegría.
Por aquél que nació en Belén, y solamente por Él, se hizo la vida humana
prometedora y llena de sentido. A Él pertenece Juan el Bautista, cuyo nacimiento
también se celebra: él nació sólo para llevar delante la antorcha; el nacimiento de Jesús
es el motivo interno y el comienzo de su nacimiento. La otra excepción es María, la
madre, sin la cual no se podría dar el nacimiento de Jesús. Ella es la puerta, por la que él
entró en el mundo, y esto no sólo de un modo externo: ella lo concibió según el corazón,
antes de haberle concebido en el vientre, como dice muy acertadamente Agustín. El
alma de María fue el espacio a partir del cual pudo realizarse el acceso de Dios a la
humanidad. La creyente que llevó en sí la luz del corazón, trastocó, en oposición a los
grandes y poderosos de la tierra, el mundo desde sus cimientos: el cambio verdadero y
salvador del mundo sólo puede verificarse por las fuerzas del alma.
Homilía del Cardenal J. Ratzinger publicada en el libro publicado por
“Sígueme†“El Rostro de Diosâ€
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