Sara La Princesa que Rió - Iglesia Adventista AGAPE

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Sara ... La Princesa que Rió
Sara es una de las mujeres más destacadas de la Biblia y, a pesar de que
generalmente no es reconocida como tal, constituye uno de los personajes más
notables de la historia humana. Esposa de Abraham y madre de la nación hebrea,
por cuya simiente hubo de ser bendecidas todas las naciones de la tierra, ocupa
un lugar honroso en la lista de los progenitores del Mesías.
Comenzó su vida en Ur, ciudad próspera de Baja Babilonia, a orillas del río
Eufrates, que posteriormente se conocía como Ur de los Caldeos. Las recientes
investigaciones arqueológicas practicadas en este lugar revelan que en este
tiempo sus habitantes habían alcanzado ya un elevado nivel de cultura: que eran
politeístas y que practicaban sacrificios humanos; que la caligrafía, inventada con
mucha anterioridad a Abraham, estaba bien difundida, y que la ciudad ostentaba
magníficos templos, lujosos palacios y obras de ingeniería que incluían un sistema
municipal de desagüe.
1. Su fe y valor.
En este lugar, Abraham recibió su llamamiento divino: el de abandonar la
comodidad de la vida urbana en busca de una tierra que Dios le había de mostrar
(Génesis 12 : 1-3). Para hacer este gran sacrificio, poco se imaginaban los
esposos, y mucho menos sus contemporáneos, que el futuro progreso moral y
religioso del mundo dependería, humanamente hablando, de este acto de
obediencia.
Para una mujer mundana, habría sido un castigo insoportable dejar su tierra, su
parentela y sus amigos, para dirigirse a un país completamente desconocido.
Sara, sin embargo, no presentó objeción alguna, antes bien, corvó en esta
ocasión, acompañó a su esposo a dondequiera que Dios lo guiara. Con gran
valentía, sacrificó su propia conveniencia, rompió los vínculos familiares, se
despidió de su patria y se embarcó en la gran aventura hacia la tierra de
Promisión, de la cual, en su vida, no iba a ser dueña ni siquiera de un metro
cuadrado.
Tras de penoso viaje llegaron a Canaán donde, en medio de los humeantes
altares paganos y los crueles ritos de sus dioses falsos, la familia patriarcal dió un
ejemplo de la sencillez y pureza de la verdadera adoración. En este ambiente, la
fe de ambos fue confirmada por nuevas pro-mesas divinas, siendo fortalecida,
como en Siquem y Betel, por su identificación pública con el culto de Jehová. En
esto, dieron un valioso ejemplo no solamente a su posteridad según la carne, sino
a todo Israel de Dios, según el espíritu.
2. Su engaño y humillación.
Su arribo a Canaán no puso fin a sus dificultades, pues, no pasó mucho tiempo en
que se produjo una gran hambruna, la cual motivó el traslado de Abraham y Sara
a Egipto en busca de pan. Hubiera sido mejor buscar la voluntad divina en ésta,
como en todas las circunstancias de la vida pero tal cosa no se realizó. La sequía,
como las demás pruebas que tenemos que soportar, no limita ni anula las
promesas divinas, ni justifica nuestro aparta-miento del lugar donde Dios nos ha
colocado y quiere que permanezcamos. Sin buscar la dirección divina, y guiados
solamente por la prudencia humana, se alejaron los dos del lugar adonde Dios les
había llevado, para quedarse por una temporada en Egipto. Se salvaron de una
dificultad para encontrarse de repente con otra peor. Tuvieron, que comprender
que el raciocinio humano, cuando no concuerda con la revelación divina, conduce
indefectiblemente a la confusión.
La presencia en Egipto de una mujer tan hermosa como Sara produjo una
reacción inmediata en los círculos sociales, de manera que, dentro de brevísimo
tiempo, los comentarios al respecto habían alcanzado a oídos del Mismo rey,
quien pensó inmediatamente agregarla a su harén. Abraham había previsto esta
posibilidad y, temeroso de que la extraordinaria belleza de su esposa hiciera
peligrar su vida, se puso de acuerdo con ella para ocultar su relación conyugal
haciéndose pasar por hermanos, puesto que en verdad eran hermanos por uno de
sus progenitores. La relación que se profesaban era cierta aunque su intención
para darlo a conocer fue de ocultar la verdad. Esta artimaña, humanamente
hablando, bien hubiera eliminado la esposa de Abraham del alto destino que para
ella había proyectado Dios, pues, creyendo el testimonio de Sara, el Faraón la
hizo pasar a su palacio con el fin de iniciar los preparativos para las nupcias
reales. En esta crisis, Dios, en su gran misericordia, se interpuso. Terribles plagas
cayeron sobre los egipcios y en todo les iba mal. Notando la coincidencia de estos
desastres con el tiempo de la llegada a su palacio de Sara, el rey comprendió la
causa del mal. Llamó a Abraham, le reprendió severa-mente por su engaño, le
devolvió su mujer, Sara, y ordenó su inmediata expulsión del país. Humillados
ante los egipcios y avergonzados hondamente por haber traído deshonra sobre el
nombre de Dios, se retiraron confusos. Su estadía en Egipto había sido
desdichada de principio a fin. Allí, no erigieron ningún altar ni dieron evidencia
alguna de su comunión con el Altísimo. La conveniencia del momento les había
separado de la Fuente de la Vida.
¡Cuán fácil es caer en este error! ¡Qué Dios nos ayude a aprender la lección de
que es mejor hacer lo justo delante del Señor y dejar las consecuencias con El
que ha prometido: "No te dejaré ni te desampararé" (Josué 1 : 5).
Compungidos de corazón, los esposos volvieron sobre sus pasos hasta Betel,
donde erigieron un altar, renovando de esta manera su comunión con el Eterno,
siendo confortados y fortalecidos por su gracia.
Nos sorprende que Sara, a insinuación de su esposo, re-incidiera más tarde en
este mismo error. Los años trataron con bondad a esta sierva de Dios, pues en el
devenir de los tiempos no marchitó su belleza ni disminuyó sus encantos
femeninos. En esta ocasión Abimelec, rey de Gerar, fue la víctima de la
simulación pero, avisado divinamente de la realidad del caso, expulsó de su país
a Sara y su esposo con la misma energía con que lo hizo anteriormente el
egipcio, Faraón.
Las tristes consecuencias del engaño, les enseñaron al fin y al cabo que la
mentira no tiene lugar alguno en la defensa y protección de los que aman a Dios
y son llamados conforme a sus propósitos.
3. Su presunción y sus consecuencias.
Dios había prometido a Abraham que tendrían un hijo en cuya simiente serían
bendecidos todos los pueblos de la tierra y cuyos descendientes serían como las
estrellas del cielo y las arenas del mar. Los años, no obstante, pasaban y la vejez
se acentuaba sin que hiciera su aparición el tan anhelado heredero. Dos cosas se
destacan en la mente de Sara: por un lado, la promesa explícita del Señor, por
otro, su evidente esterilidad. Había que hacer algo para salir del impase, el cual
tenía una sola solución. Daría a su esposo su sierva, Agar, por mujer en la
esperanza de que ella le diese un heredero, y esto es efectivamente lo que hizo.
Las consecuencias de este proceder fueron tan tristes como las de su disimulo en
Egipto y Gerar. Si sólo hubiera esperado el cumplimiento de la promesa a su
debido tiempo, ¡Cuánto dolor y angustia se habría ahorrado!
El hecho de que Dios no hubiera mencionado en forma explícita el nombre de
Sara en relación con su promesa a Abraham, y la costumbre de la época que
permitía la introducción en el hogar de una segunda esposa debido a la falta de
descendencia de la primera, apenas justificó su proceder de dar a Agar a su
esposo por mujer, puesto que Dios no había hecho mención alguna de ésta.
¡Cuán tristes son las consecuencias de la imprudencia! Dios perdona el pecado y
restaura el alma arrepentida, pero no le libra de la triste cosecha de su mala
siembra. Sara pagó cara su presunción. Demasiado pronto se dio cuenta de los
resultados funestos de recurrir a medios humanos para hacer efectivas las
promesas divinas. La humilde Agar, honrada como la madre del hijo de su amo,
que ella se imaginaba sería el hijo de la promesa, comenzó a darse aires de
grandeza y a menospreciar a su patrona. Sara, no pudiendo permitir esta clase
de insolencia de parte de su sierva, tuvo que recurrir a medios disciplinarios tan
severos que la esclava fugó del hogar y se refugió en el desierto.
No faltan quienes critican a Sara duramente por esta actitud, tildándola de
déspota, petulante y cruel. Pero éstos se olvidan que Sara había instigado la
promoción de Agar precisamente para subsanar las inconveniencias de su
esterilidad y que el remedio que había ideado, hizo aun más insoportable que
nunca la afrenta de no tener familia, a raíz de los constantes y repetidos
reproches de aquella a quien había favorecido tanto. Lo que merece sanción no es
la disciplina que Sara se vió obligada a emplear sino la arrogancia y desdén con
que Agar recompensó la bondad de su patrona.
La lección que la esclava no pudo aprender en la casa, la tuvo que hacer en el
desierto. Errante por el des-poblado de Beerseba, presenta un cuadro
conmovedor. Desamparada de sus amos, es amparada por el ángel quien le
ordena que vuelva al hogar de su patrona para someterse a su disciplina y
autoridad.
La nobleza de carácter de Sara se pone de manifiesto al volver a casa la ingrata
Agar; la perdonó y la recibió en paz. Poco después nació Ismael, padre de la raza
árabe y progenitor del islamismo, que por tantos siglos ha combatido y sigue
combatiendo al cristianismo, impidiendo su avance en Africa y en el Oriente.
4. Su risa y regocijo.
Transcurridos algunos años, Dios apareció a Abraham y en forma explícita le
anunció que Sara misma sería la madre del hijo de la promesa (Gén. 17: 1-10).
Es digno de notar el valor de esta promesa para Sara, y la manera en que se le
ratificó mediante el cambio de su nombre. Antes su nombre era Saraí (mi
princesa); Dios lo cambio en Sara (princesa), pues sería madre de reyes y
pueblos. Textualmente la promesa relativa a Sara reza: "A Sara tu mujer no la
llamarás más Saraí, mas Sara será su nombre, y bendecirle he y también te daré
de ella hijo: si, la bendeciré y vendrá a ser madre de naciones, reyes y pueblos
serán de ella" (Gén. 17 : 15-16).
Lo que le provocó hilaridad fue la promesa tan poco probable de realización.
Sentada en su tienda, escuchó este extraordinario anuncio. Resignada ya a no
tener familia, le pareció tan contrario al curso de la naturaleza que prorrumpió en
una explosión de risa. Le pareció demasiado maravilloso para que esto se
realizara. Sin embargo, a su debido tiempo y pese a su falta de fe, se cumplió la
pro-mesa y le nació su hijo. Después de este magno acontecimiento Sara nunca
más dudó del poder de Dios para hacer lo imposible.
El nacimiento de este hijo que trajo un gozo indecibles a la madre dió lugar a
mucha mortificación a la par que desilusión de parte de la fregona egipcia, pues
de un golpe fue rebajada en categoría su hijo y fueron frustradas sus esperanzas
de ser el heredero exclusivo del Patriarca. Nuevamente se vio viciado el ambiente
del hogar por los celos y la envidia.
Las cosas llegaron a su climax con ocasión de la fiesta del destete de Isaac en
que Agar e Ismael abiertamente se burlaron del niño heredero. Justamente
enfurecida por esta insolencia, Sara ordenó su inmediata expulsión del hogar con
las palabras que han venido a ser famosas: "Echa a esta sierva y a su hijo; que el
hijo de esta sierva no ha de heredar con mi hijo, con Isaac" (Génesis 21 : 10).
Salió Agar esta vez para no volver jamás.
Hay algo noble e inspirador en la vida de esta abnegada mujer. Desde el
comienzo de su vida matrimonial con el insigne Patriarca, tuvo que soportar
prueba tras prueba pero nunca vaciló ni registró la menor protesta. Su renuncia
de la comodidad de la vida urbana para acompañar a Abraham en sus
peregrinaciones significó una renuncia de una vez para siempre. A primera vista
parece eclipsada Sara a la sombra de su distinguido marido pero cuando leemos
con más detenimiento su historia y se acostumbra nuestra vista a la lumbre que
envuelve al "Padre de todos los creyentes", distinguimos en ese marco de luz a
dos personas unidas en los más estrechos lazos conyugales, de una misma fe,
una misma esperanza y un mismo propósito. Le respaldaba a su marido en todo
hasta el fin, de manera que, cuando llegó el triste día de su desenlace fatal, el
alma del gran Patriarca se sintió completamente destrozada.
Murió Sara sin poseer ni siquiera un palmo de terreno en el país de su adopción,
pero nunca desfalleció su fe en el cumplimiento de la Promesa. En presencia del
cuerpo inerte de su ser amado. Abraham sondeo las profundidades del dolor al
cual dió expresión vocal en sus palabras a los hijos de Heth, al negociar con ellos
la compra de un lugar de sepultura: "¡Extranjero y advenedizo soy yo entre
vosotros!". Con Sara, no se sentía aislado en esa gran soledad espiritual; sin ella,
estaba solitario de veras. Su robusta personalidad, su eficiencia, su comprensión
cuando nadie más comprendía, su disposición para compartir con él todos los
sacrificios y pruebas de una vida de fe, su energía con que mantenía la disciplina
en el hogar cuando se evidenciaba que ya no surtía efecto el apaciguamiento,
todas estas cualidades la hicieron la esposa idónea de un marido con quien
comparte un lugar ilustre en la galería de los héroes de la fe.
"Por fe también, la misma Sara recibió fuerza para concebir simiente; y dió a luz,
aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó ser fiel El que lo había prometido"
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