Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría (EG 1)

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Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría (EG 1)
“Hossana. Bendito el que viene en nombre del Señor”
0.-
Nos disponemos a orar
Ha llegado el momento de hacer un alto en nuestra agitada vida. Es el momento de la quietud,
de la pasividad, de la acogida, del silencio sonoro.
Nos disponemos, en un lugar tranquilo, centrándonos en nuestra respiración. Inspirar. Expirar.
O lo que es lo mismo acoger la vida y regalarla. Y hoy acoger la misericordia de Dios que nos
quiere llenar de alegría en la noche de nuestras tristezas, de nuestras posibles frustraciones o
desengaños.
Si te animas puedes comenzar con esta danza contemplativa de las Trinitarias de
Suesa…. “acoger la misericordia que se nos regala, dar gracias por ella, ver cómo
crece, y como la regalamos”
I. Nuestra situación.
EG 6. Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco
que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a
veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de
luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo
a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero
poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta
pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias: «Me encuentro lejos de la paz, he
olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor
del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan.
¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor» (Lm 3,17.2123.26).
¿A qué nos suenan estas reflexiones de Francisco en nuestras situaciones
personales, sociales, eclesiales?
Quizás una cierta neblina cubre nuestras vidas, ¡a Dios gracias sólo las de algunos!, una cierta
tristeza que es angustiosa y paralizante. Es curioso escuchar que esto no es nuevo entre los
cristianos. Ya “El pastor de Hermas” hace bastantes siglos detectaba una situación similar
entre sus hermanos. Te invito a leerlo con calma. Es largo pero creo que sugerente.
[41] I «Ahuyenta de ti la tristeza», me dijo, «porque es la hermana del ánimo indeciso y el
temperamento irascible.» «¿Cómo, Señor», le dije, «es hermana de éstos? Porque el
temperamento irascible me parecer ser una cosa; el ánimo vacilante, otra; la pena, otra.»
«Eres un necio», me contestó, «[y] no te das cuenta que la tristeza es peor que todos los
espíritus, y muy fatal para los siervos de Dios, y más que todos los espíritus destruye al
hombre, y apaga al Espíritu Santo, y por otro lado lo salva.» «Yo, Señor», le dije, «no tengo
entendimiento, y no comprendo estas parábolas. Porque ¿cómo puede destruir y salvar?, esto
no lo comprendo.» «Escucha», me dijo: «Los que nunca han investigado respecto a la verdad,
ni inquirido respecto a la divinidad, sino meramente creído, y se han mezclado en negocios y
riquezas y amigos paganos y muchas otras cosas de este mundo; cuantos, digo, se dedican a
estas cosas, no comprenden las parábolas de la deidad; porque han sido entenebrecidos por
sus acciones, y se han corrompido y hecho infructuosos. Como las viñas buenas, que cuando se
las abandona y descuida se vuelven infructuosas por las zarzas y hierbas de todas clases, lo
mismo los hombres que, después de haber creído, caen en estas muchas ocupaciones que
hemos mencionado antes, pierden su entendimiento y no comprenden nada en absoluto con
respecto a la justicia; porque si oyen acerca de la deidad y la verdad, su mente está absorta en
sus ocupaciones, y no perciben nada en absoluto. Pero si tienen el temor de Dios, e investigan
con respecto a la deidad y a la verdad, y dirigen su corazón hacia el Señor, perciben y
entienden todo lo que se les dice más rápidamente, porque el temor del Señor está en ellos;
porque donde reside el Señor, allí también hay gran entendimiento. Adhiérete, pues, al Señor,
y comprenderás y advertirás todas las cosas.
[41] II. »Escucha ahora, hombre sin sentido», me dijo, «en qué forma la tristeza oprime al
Espíritu Santo y le apaga, y en qué forma salva. Cuando el hombre de ánimo indeciso
emprende alguna acción, y fracasa en ella debido a su ánimo indeciso, la tristeza entra en el
hombre, y contrista al Espíritu Santo y lo apaga. Luego, cuando el temple irascible se adhiere al
hombre con respecto a algún asunto, y está muy contrariado, de nuevo la tristeza entra en el
corazón del hombre que estaba contrariado y es compungido por el ácto que ha cometido, y
se arrepiente de haber obrado mal. Esta tristeza, pues, parece traer salvación, porque se
arrepiente de haber hecho el mal. Así pues, las operaciones entristecen al Espíritu, primero, el
ánimo indeciso entristece al Espíritu, porque no consigue el asunto que quiere, y el temple
irascible también, puesto que hizo algo malo. Por consiguiente, los dos contristan al Espíritu: el
ánimo indeciso y el temple irascible. Ahuyenta de ti, pues, tu tristeza, y no aflijas al Espíritu
Santo que mora en ti, para que no suceda que interceda a Dios [contra ti] y se aparte de ti.
Porque el Espíritu de Dios, que fue dado a esta carne, no soporta la tristeza ni el ser
constreñido.
[42] III. »Por tanto, revístete de alegría y buen ánimo, que siempre tiene favor delante de Dios,
y le es aceptable, y regocíjate en ellos. Porque todo hombre animoso obra bien, y piensa bien,
y desprecia la tristeza; pero el hombre triste está siempre cometiendo pecado. En primer lugar
comete pecado, porque contrista al Espíritu Santo, que fue dado al hombre siendo un espíritu
animoso; y en segundo lugar, al contristar al Espíritu Santo, pone por obra iniquidad, ya que ni
intercede ante Dios ni le confiesa. Porque la intercesión de un hombre triste nunca tiene poder
para ascender al altar de Dios.» «¿Por qué», pregunté yo, «la intercesión del que está triste no
asciende al altar?» Me contestó: «Porque la tristeza está situada en su corazón. Por ello, la
tristeza mezclada con la intercesión no permite que la intercesión ascienda pura al altar.
Porque como el vinagre cuando se mezcla con vino en el mismo (vaso) no tiene el mismo sabor
agradable, del mismo modo la tristeza mezclada con el Espíritu Santo no produce la misma
intercesión (que produciría el Espíritu Santo solo). Por consiguiente, purifícate de tu malvada
tristeza, y vivirás para Dios; si, y todos viven para Dios, los que echan de sí la tristeza y se
revisten de buen ánimo y alegría”.
II Palabra de Dios
Lectura del libro de Isaías 49,8-15
Así dice el Señor:
- En tiempo de gracia te he respondido,
en día propicio te he auxiliado;
te he defendido y constituido alianza del pueblo,
para restaurar el país, para repartir heredades desoladas,
para decir a los cautivos: «Salid».
A los que están en tinieblas: «Venid a la luz».
Aun por los caminos pastarán,
tendrán praderas en todas las dunas; no pasarán hambre ni sed,
no les hará daño el bochorno ni el sol;
porque los conduce el compasivo
y los guía a manantiales de agua.
Convertiré mis montes en caminos, y mis senderos se nivelarán.
Miradlos venir de lejos; miradlos, del norte y del poniente,
y los otros del país de Sión.
Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas,
porque el Señor consuela a su pueblo
y se compadece de los desamparados.
Sión decía: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado».
¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura,
no conmoverse por el hijo de sus entrañas?
Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.
Oramos.
 ¿Qué “impresión global” producen estas palabras en nuestro corazón?
 Me quedo un rato gozando, acogiendo, dejándome empapar por alguna de las
palabras, que me penetre hasta el tuétano.
 ¿Qué me está queriendo decir el Señor en este momento de mi vida?
 Retoma la expresión: les (ME) (NOS) conduce el COMPASIVO -¡dios que manera de
describir a Dios!- y les (NOS) (ME) conduce hacia fuentes de agua en medio de la
sequedad de mi vida, de mi esperanza, de mi alegría….. el brotar de vida está a la
vuelta de la esquina, por no decir que está ya haciendo que brote la vida en (MI )
(NOSOTROS), Recuerda, también a Machado:
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
 Ha llegado el momento de dar gracias….. y sentir como renace la alegría, y se esfuma
la tristeza.
 El Salmo nos puede ayudar a cerrar este tiempo:
Sal 144, 8-9. 13cd-14. 17-18
R. El Señor es clemente y misericordioso.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
Si quieres puedes “completar” con la lectura de estos textos de la EG
de Francisco
4. Los libros del Antiguo Testamento habían preanunciado la alegría de la salvación, que se
volvería desbordante en los tiempos mesiánicos. El profeta Isaías se dirige al Mesías esperado
saludándolo con regocijo: «Tú multiplicaste la alegría, acrecentaste el gozo» (9,2). Y anima a
los habitantes de Sión a recibirlo entre cantos: «¡Dad gritos de gozo y de júbilo!» (12,6). A
quien ya lo ha visto en el horizonte, el profeta lo invita a convertirse en mensajero para los
demás: «Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión, clama con voz poderosa, alegre
mensajero para Jerusalén» (40,9). La creación entera participa de esta alegría de la salvación:
«¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! ¡Prorrumpid, montes, en cantos de alegría! Porque el Señor
ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido» (49,13).
Zacarías, viendo el día del Señor, invita a dar vítores al Rey que llega «pobre y montado en un
borrico»: «¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén, que viene a ti tu Rey, justo y
victorioso!» (Za 9,9).
Pero quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien nos muestra al
mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo
ese gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: «Tu Dios está en medio de ti, poderoso
salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo»
(So 3,17). Es la alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como
respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: «Hijo, en la medida de tus
posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día» (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura
paterna se intuye detrás de estas palabras!
5. El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría.
Bastan algunos ejemplos: «Alégrate» es el saludo del ángel a María (Lc 1,28). La visita de María
a Isabel hace que Juan salte de alegría en el seno de su madre (cf. Lc 1,41). En su canto María
proclama: «Mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi salvador» (Lc 1,47). Cuando Jesús
comienza su ministerio, Juan exclama: «Ésta es mi alegría, que ha llegado a su plenitud»
(Jn 3,29). Jesús mismo «se llenó de alegría en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Su mensaje es
fuente de gozo: «Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra
alegría sea plena» (Jn 15,11). Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón
rebosante. Él promete a los discípulos: «Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en
alegría» (Jn 16,20). E insiste: «Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá
quitar vuestra alegría» (Jn 16,22). Después ellos, al verlo resucitado, «se alegraron»
(Jn 20,20). El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que en la primera comunidad
«tomaban el alimento con alegría» (2,46). Por donde los discípulos pasaban, había «una gran
alegría» (8,8), y ellos, en medio de la persecución, «se llenaban de gozo» (13,52). Un eunuco,
apenas bautizado, «siguió gozoso su camino» (8,39), y el carcelero «se alegró con toda su
familia por haber creído en Dios» (16,34). ¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de
alegría?
6. Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua.
7. La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos, como si debieran
darse innumerables condiciones para que sea posible la alegría. Esto suele suceder porque «la
sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil
engendrar la alegría».[2] Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en
mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También
recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos
profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras
variadas, esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos
manifestó en Jesucristo. No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos
llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una
gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».
8. Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz
amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad. Llegamos
a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que
nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el
manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve
el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?
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