jueves, 6 de octubre de 2016

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Comentario al evangelio del jueves, 6 de octubre de 2016
Dice un antiguo refrán que a los que piden mucho “se les hace la boca un fraile”, en clara alusión a
los frailes que, hace siglos, iban por pueblos y ciudades pidiendo limosna porque de eso era de lo que
vivían. Hoy Jesús nos plantea en el Evangelio que tenemos que pedir con confianza a Dios seguros de
que nos va a conceder lo que necesitamos. Pero sorprende un poco la conclusión porque Jesús termina
diciendo que “¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”
La verdad es que, cuando nos ponemos a pedir en la oración por nuestras necesidades nos vienen a
la cabeza demasiadas cosas. Pensamos en la familia, en los conflictos, en las enemistades, en aquel que
nos parece que está yendo por malos caminos, en el otro que está enfermo, en que nos hace falta algo
más de dinero para llegar a fin de mes, en los rencores que a veces llenan nuestro corazón, en la
violencia que nos rodea... Y así podíamos seguir llenando líneas y líneas. Porque son muchas nuestras
necesidades. Porque a veces nos sentimos muy desamparados. Porque la vida tiene mucho de conflicto,
de lucha, de esfuerzo y demasiadas veces nos sentimos cansados y agotados, necesitados de ayuda. No
vemos muchas salidas para nuestros problemas. Y sólo se nos ocurre acudir al que lo puede todo. Es
como si fuéramos al taller de la esquina donde lo reparan todo desde bicicletas hasta cocinas pasando
por relojes. Y terminamos buscando a Dios como si fuese un “arregla-todo”, el último recurso al que
podemos acudir cuando ya nada nos funciona.
Pero Dios es algo más que el “último recurso”. Dios es nuestro creador. Nos ha creado con la
capacidad suficiente para enfrentar nuestros problemas. Nos ha hecho libres y responsables. O mejor,
nos invita a que crezcamos y maduremos y nos hagamos libres y responsables. Por eso lo que nos
ofrece no es una llave maestra que lo soluciona todo de forma mágica. No nos da la solución inmediata
sino su Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es el espíritu del mismo Jesús. No nos quita los problemas. No nos soluciona los
entuertos. Pero nos ayuda a posicionarnos ante ellos como lo haría el mismo Jesús. Y de esta manera,
Jesús no está diciendo que lo que tenemos que pedir es su espíritu, que su espíritu es el verdadero don
que nos ayudará a vivir de otra manera. Porque Dios no está para resolver los conflictos ni para hacer
que aprobemos el examen de mañana aunque no hayamos estudiado, como hacíamos cuando eramos
jóvenes. Tampoco a Jesús su intimidad con Dios le salvó de pasar por dificultados y conflictos que le
terminaron llevando a la cruz. Pero le dio fuerza y gracia para enfrentarlos y para cumplir su misión.
Por eso, pidamos a Jesús que nos dé su Espíritu, que nos ilumine y fortalezca para seguir
construyendo el reino por y para nuestros hermanos y hermanas.
Fernando Torres cmf
Publicado en Ciudad Redonda
www.ciudadredonda.org
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