Estrómboli - Impedimenta

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Estrómboli
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Estrómboli
Jon Bilbao
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Primera edición en Impedimenta: febrero de 2016
Copyright © Jon Bilbao, 2016
Autor representado por The Ella Sher Literary Agency
Copyright de la presente edición © Editorial Impedimenta, 2016
Juan Álvarez Mendizábal, 34. 28008 Madrid
http://www.impedimenta.es
Diseño de colección y coordinación editorial: Enrique Redel
Maquetación: Cristina Martínez
Corrección: Susana Rodríguez
ISBN: 978-84-16542-36-9
Depósito Legal: M-1279-2016
IBIC: FA
Impresión: Kadmos
Impreso en España
Impreso en papel 100% procedente de bosques gestionados de acuerdo con criterios
de sostenibilidad.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con autorización de sus titulares, salvo
excepción prevista por la ley. Diríjase a
(Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de
esta obra.
Para Katia y Lea
Crón ic a di s ta nci a da de
m i ú lt i mo v er a no
L
levábamos dos semanas en Reno cuando sorprendí al motorista con la nariz metida en las bragas de mi novia.
D había recibido una beca para terminar su tesis doctoral
en la Universidad de Nevada. Casi al mismo tiempo, la revista de montajes e instalaciones mecánicas donde yo escribía
quebró. Era la primera vez que me veía sin trabajo. D me
propuso acompañarla.
Tienes que verlo como un período de transición, dijo. Unos
meses en Estados Unidos te aclararán las ideas. Te ayudarán a
decidir qué quieres hacer.
Ella pasaba el día en la biblioteca del campus o entrevistándose con profesores que podían ayudarla con su tesis.
Mientras tanto, yo deambulaba por el desabrido paisaje de
casinos decadentes, casas de empeño y moteles de dudoso
aspecto que componía el centro de Reno. Algunas tardes me
acercaba al campus y pasaba unas horas hojeando libros en
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la biblioteca. Pero lo más habitual era que me quedara en el
diminuto apartamento que habíamos alquilado e hiciera de
amo de casa.
Aquella mañana tocaba colada. En cada piso del edificio
había un cuarto con dos lavadoras y otras tantas secadoras.
Cargué hasta allí con la bolsa de la ropa sucia. D ya se había
ido a la universidad.
No había nadie en la lavandería y todas las máquinas estaban disponibles. Metí la ropa en una lavadora y al ir a echar
el detergente me di cuenta de que me lo había olvidado en el
apartamento. Fui a buscarlo, dejando allí la ropa. Tardé un
minuto en volver. Me encontré entonces con el motorista. En
un rincón de la lavandería había un conducto que bajaba hasta la planta baja y desembocaba en un contenedor de basura.
El motorista debía de haber ido a tirar algo. Por el camino
había visto la ropa en la lavadora y cogido unas bragas de D.
No me vio ni me oyó entrar. Estaba junto a la lavadora, con
las bragas sobre la boca y la nariz, e inhalaba profundamente
con los ojos cerrados.
Pocos años antes el edificio había sido un hotel con mala
fama, frecuentado por drogadictos y prostitutas. Tras un cambio de propietario y un remozado de urgencia, se había convertido en un edificio de apartamentos de alquiler. Su cercanía
al campus lo hacía idóneo para los profesores e investigadores
de paso en la universidad. Pero aún sobrevivía algún inquilino
de la etapa anterior. El motorista era uno de ellos. Solía estar
a menudo en el aparcamiento que había frente al inmueble,
acompañado por otros como él, tipos barbudos con chalecos
de cuero y pañuelos en la cabeza. Sentados en sus Harley-Davidson desguarnecidas, bebían de botellas que escondían en
bolsas de papel. Cuando pasaba un coche de la policía o del
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servicio de seguridad que vigilaba los apartamentos, le dedicaban miradas socarronas y escupían al suelo.
El motorista era más bien bajo, pero robusto y de brazos
muy largos. Aparentaba unos cuarenta años, aunque probablemente fuera más joven. Llevaba el pelo largo y recogido en
una coleta. El bigote y la parte de la barba que le rodeaba la
boca estaban desteñidos y habían adoptado un tono amarillento. Aquella mañana vestía su atuendo de costumbre: pantalones tejanos (mugrientos de grasa y aceite de motor), camiseta con la leyenda asesino de madres solteras (también
sucia y agujereada por quemaduras de cigarrillo), chaleco de
cuero y botas.
Me quedé paralizado, preguntándome qué hacer. No era
una de esas situaciones que se resuelven hablando, ni el motorista parecía alguien con quien se pudiera dialogar. Por otro
lado, no había nada que dialogar. Aquel tipo estaba restregándose unas bragas de D por la cara, puede que acariciándolas
con la punta de la lengua, probando su gusto. Yo tenía que hacer algo. Pero nunca tuve predisposición a la violencia. Nunca
me había peleado con nadie. Y todo indicaba que aquel tipo
sí que lo había hecho, e incluso que pelearse formaba parte de
sus diversiones habituales. Aunque era bastante más bajo que
yo, no parecía que fuera a tener dificultades para darme una
paliza.
Pero a pesar de todo debía hacer algo.
Fui decidido hacia él.
¡Dame eso!, dije, casi gritando, aunque ni siquiera la rabia
con que hablé consiguió eliminar el tono afectado que tenía
mi inglés.
Le arranqué las bragas de la mano y él retrocedió un
paso. Me miró sorprendido y después sonrió enseñando una
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dentadura sarrosa. No se disculpó ni mostró inquietud. Me
echó un vistazo, calibrándome, y se limitó a quedarse allí
plantado, a la espera de lo que yo hiciera a continuación.
Arrojé las bragas a la lavadora y la cerré de golpe. El estampido reverberó en el reducido espacio de la lavandería. Ahora
el motorista me miraba divertido.
¿Qué pasa? ¿Son tuyas?, dijo.
Le dediqué una mirada que creí autoritaria. Él se rio y salió
de la lavandería mascullando algo que no entendí.
Me quedé allí un rato sin hacer nada. Las manos me temblaban por el subidón de adrenalina.
Pasé el resto de la mañana dando vueltas a lo que había
sucedido e intentando decidir si había actuado debidamente
o no. La rabia con que me había dirigido al motorista (¡Dame
eso!) había sido premeditada, lo que le restaba valor, si no se
lo quitaba por completo. Y estaba seguro de que él se había
dado perfecta cuenta.
Cuando D vino a comer no le conté nada. Para entonces
sus bragas ya estaban limpias y secas y plegadas en el armario junto con el resto de la ropa. Por la tarde la acompañé a
la biblioteca y pasé un par de horas leyendo. Después, con
mucho esfuerzo, convencí a D para que pusiera fin a su jornada antes de lo habitual y fuimos a pasear por la orilla del
Truckee. El río atravesaba el centro de Reno. Sus aguas eran
claras y poco profundas y discurrían sobre un fondo de roca.
Las riberas estaban arboladas y habilitadas como zonas de
recreo. Allí resultaba difícil sentir que estabas en mitad de
una ciudad. Era el mes de agosto y había mucha gente bañándose y remando en piragua. Compramos unos helados y nos
sentamos a comerlos con los pies en el río. Intenté no pensar
más en lo que había pasado.
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* * *
Dos días después nos cruzamos en el ascensor con el motorista, que me dedicó una mirada burlona y me guiñó un ojo.
Fue todo muy rápido. Él salió del ascensor, nosotros entramos y las puertas se cerraron. D me hablaba de su tesis y no
se percató de la mirada ni del guiño.
A partir de entonces, cada vez que me encontraba con el motorista, él no se privaba de dirigirme un gesto de burla, cuando
no de desprecio, dejándome claro que recordaba lo sucedido
en la lavandería. Sus pullas eran más abiertas cuando yo iba
solo; si estaba con D se reducían a pequeños gestos como el del
ascensor, de forma que yo pudiera verlos pero ella no.
Seguí sin contarle nada a D.
Pasó una semana, pero el motorista no se olvidó de mí. Su
actitud empezó a rondar el acoso. Las burlas eran cada vez
más abiertas e hirientes. Si él hubiera sorprendido a alguien
olfateando las bragas de su pareja le habría machacado la cara.
Desde su punto de vista, cualquiera que reaccionara de otro
modo era digno de desprecio.
Una mañana en que salí del edificio sin comprobar que el
campo estuviera despejado, me topé con el motorista y tres
de sus colegas. Como era habitual, bebían en el aparcamiento. Me recibieron con un coro de gritos y aullidos. Todos
estaban al tanto del asunto. Me alejé dándoles la espalda.
Doblé una esquina y sus voces se apagaron.
Unos metros más adelante, un coche se detuvo junto a mí.
Pertenecía al servicio de seguridad que patrullaba los apartamentos. El guarda que bajó de él era negro y usaba gafas sin
montura. Me saludó educadamente, tras lo que me dijo que
había visto lo sucedido. Me preguntó si deseaba que diera
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parte. Yo no sabía a qué se refería con «dar parte» pero le
dije que no era necesario, que los motoristas solo eran unos
borrachos pasando el rato. Él me miró fijamente, asintió y
dijo que lo dejaríamos correr. Pero antes de subir al coche me
recomendó tener cuidado; aquella gente podía ser peligrosa.
No hacía falta que me lo dijera.
A los pocos días de llegar a Reno, D y yo habíamos ido a
pasear en bicicleta por la orilla del Truckee. Seguimos el río
corriente abajo. Pasamos bajo varios puentes de autopista, dejamos atrás los casinos, los moteles, una ristra en apariencia
interminable de almacenes y parques de contenedores, una
planta purificadora de agua y por fin salimos de la ciudad. A
nuestro alrededor se extendió el paisaje pardusco y desértico
del norte de Nevada. Hacía mucho calor. El aire olía a salvia
y al limo de la orilla del río.
En una zona llana y despejada, junto a unas vías de tren,
se había congregado un grupo de motoristas. Entre veinte y
treinta. Gritaban y aplaudían. Estaban celebrando una competición de fuerza. Se retaban a lanzar lo más lejos posible una
scooter. Era de suponer que robada. Y también era de suponer
que antes de la competición le habían extraído el combustible.
Levantaban en vilo la pequeña moto, daban unas vueltas sobre
sí mismos para tomar impulso y, con un rugido, la lanzaban
al aire. La scooter volaba unos metros y se estrellaba contra el
suelo con un estampido y un cascabeleo de piezas aflojadas.
Para entonces ya había perdido los retrovisores, los faros y la
mayor parte del carenado.
Nos detuvimos a observar, semiocultos tras unos arbustos
resecos.
No había un campo de lanzamiento delimitado. Los participantes arrojaban la scooter en cualquier dirección, a menudo
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hacia donde estaban sus compañeros, que tenían que salir corriendo para que no les cayera encima, lo que provocaba carcajadas y más gritos.
Era como contemplar a una tribu primitiva. Todos bebían.
El suelo estaba sembrado de latas de cerveza aplastadas. Los
motoristas se palmeaban las espaldas. Se daban puñetazos
y cabezazos sin dejar de reírse. Llevaban los brazos cubiertos de tatuajes, entre los que abundaban las cruces gamadas.
También llevaban tatuados los puños, y algunos la cara. Con
ellos había tres mujeres. Dos eran viejas o tenían aspecto muy
avejentado. La más joven lucía un prominente vientre de embarazada. Gritaban y se reían de forma aún más estridente
que los hombres. Cada vez que la scooter golpeaba el suelo,
una de ellas corría a darle una patada, como si fuera un ser
vivo al que administraran castigo. Varios motoristas tenían
el rostro cubierto de úlceras.
Vámonos de aquí, dijo D.
El mismo día en que el guarda de seguridad me ofreció su
ayuda, me encontré unas bragas colgadas del pomo de la
puerta del apartamento. Estaban muy usadas. Tenían una
mancha húmeda que desprendía un inconfundible olor amoniacal. Las cogí con el extremo de un bolígrafo, fui a la lavandería y las tiré por el conducto de la basura. Por suerte, D
no estaba conmigo.
Empecé a preocuparme de verdad.
Quizá la situación me habría parecido más llevadera si hubiera tenido a alguien con quien hablar. D solo disponía de
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tiempo para su tesis. Las entrevistas que había mantenido
con varios profesores en Reno le habían descubierto nuevas
líneas de trabajo, lo que enriquecía la investigación pero también aplazaba su final. Hacía jornadas de once horas y volvía
al apartamento cargada de libros que leía por la noche. No
descansaba ni los fines de semana.
La universidad organizaba barbacoas y salidas a los alrededores para los investigadores de paso, buenas ocasiones para
relacionarse, pero D no quería saber nada al respecto. En lo
único en que pensaba era en la ecocrítica literaria y en el tratamiento de los grandes simios en la novela realista estadounidense de la segunda mitad del siglo xx. Solo una vez pude
convencerla de que hiciéramos algo con los demás. Visitamos
los petroglifos de Lagomarsino, en el condado de Storey. Me
apetecía tanto ir que ni siquiera me molestó el tono de suficiencia académica con que hablaban nuestros acompañantes. Durante el trayecto en todoterreno, D fue con un libro
abierto sobre las rodillas, sin prestar atención al paisaje ni a
los caballos salvajes que se apartaban al trote del accidentado
camino de tierra por el que circulábamos.
Mientras los demás trepábamos por las rocas donde los nativos habían grabado sus esquemáticos dibujos hacía miles de
años, D se quedó en uno de los vehículos, estudiando y echando vistazos al reloj. Según el plan, después de la visita íbamos
a disfrutar allí mismo de un pequeño picnic por cortesía de la
universidad. La idea de degustar humus y queso feta en mitad
del desierto, rodeados de liebres y serpientes de cascabel, les
parecía a todos de lo más chic. Pero en cuanto volvimos a los
todoterrenos, D se llevó aparte al guía y le preguntó si podíamos regresar ya, alegando que no se sentía bien. Él le recordó el
picnic. D insistió con terquedad, añadiendo que se encontraba
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muy mal y que se había olvidado su medicación en casa (no
tomaba ninguna medicación), hasta que el guía, visiblemente
incómodo, accedió a que nos fuéramos. Antes de que subiéramos a los todoterrenos, oí a varios de los demás criticar a D.
Ni siquiera se molestaron en bajar la voz. Después de aquello
no participamos en ninguna otra actividad de la universidad.
Si yo me atrevía a insinuar a D que ponía excesivo esfuerzo
en su tesis, respondía ofendiéndose. Me recordaba que habíamos ido a Estados Unidos por su investigación, y solo por eso.
Todo lo demás era secundario o ni siquiera importaba. Hablaba de la tesis como de algo ajeno, contra lo que tenía que
enfrentarse empujada por un imperativo superior. Reaccionaba a mis propuestas de tomarse un par de días de descanso,
alquilar un coche y salir de Reno como si fuera una enferma
de cáncer a la que yo criticara por el tiempo invertido en la
quimioterapia.
En la planta baja de nuestro edificio había un pequeño gimnasio al que yo iba por las tardes. A menudo coincidía allí con un
crupier de El Dorado. Teníamos más o menos la misma edad
y charlábamos entre serie y serie de ejercicios. Era de origen albanés. Fue lo más parecido a una amistad que tuve en Reno. El
crupier tenía mujer y un niño con los que vivía en las afueras,
pero una amiga suya había alquilado un apartamento en el edificio y pasaba con ella un par de noches a la semana. Además,
el casino estaba cerca, lo que le permitía visitarla casi todos los
días. Teniendo en cuenta la frecuencia con que nos encontrábamos, pasaba más tiempo con su amiga que con la familia.
El gimnasio tenía una puerta acristalada que miraba al recibidor del edificio; los que se ejercitaban dentro quedaban a
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la vista de cualquiera que entrara o saliera. Una tarde en que
el crupier albanés y yo estábamos en el gimnasio, el motorista pasó por delante de la puerta. Al verme se detuvo y sonrió.
Sacó la lengua y la movió arriba y abajo, muy rápido, al mismo tiempo que hacía oscilar las caderas adelante y atrás. Lo
ignoré. Siguió con su meneo un poco más, hasta que soltó
una carcajada y salió a la calle. El albanés vio lo sucedido.
¿Lo conoces?, me preguntó.
Vive en el edificio, ¿no?, dije pretendiendo simular indiferencia.
Él asintió, pensativo, y retomó sus abdominales.
Minutos después el motorista pasó otra vez ante la puerta.
Cargaba con un pack de latas de Red Bull y una bolsa donde
tintineaban dos botellas de vodka. Repitió el numerito de
antes, pero esta vez me señaló previamente para que quedara
claro que se dirigía a mí. También lo ignoré. Cuando se cansó, se alejó hacia los ascensores.
Traté de evitar la mirada del albanés, que de nuevo lo había visto todo.
¿Tienes algún problema con ese?
Le dije que no lo tenía, al menos que yo supiera.
Él guardó silencio un momento. Después me dijo que, si yo
quería, podía conseguirme una pistola. Lo hizo con la misma
naturalidad con que otras veces me había ofrecido invitaciones
para alguna discoteca o entradas para ver a los Reno Aces.
Respondí que no. Que por supuesto que no.
Él se encogió de hombros y volvió a lo suyo.
Como consecuencia de aquella breve conversación empecé
a ir al gimnasio por las mañanas, cuando no estaba allí el
albanés, y mis posibilidades de hablar con alguien se vieron
todavía más limitadas.
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