4 de enero

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Va a publicarse en París un libro raro y suntuoso. El autor es M.
Quantain, y el libro una serie de artículos sobre los objetos que usan
las mujeres en su vestido y adorno personal. El primer tomo se
llamará El abanico, e irá acompañado de 65 láminas impresas en
tinta de varios colores. Rodeará cada página una graciosa viñeta. No
se imprimirán de esta obra más que 320 ejemplares, de los cuales
habrá algunos impresos en papel de Holanda, y encuadernados en
raso blanco.
Fue de los románticos andar con largos cabellos y revueltas
capas. Y ahora hay una nueva secta literaria, la de los estéticos cuyos
adeptos disponen sus trajes y aderezan sus rostros de modo de
parecer la estampa de la delgadez, y la efigie carnal de un ánima
desesperada y abatida. Adoran los estéticos aquel pallor latino: tintes
verdes y lívidos, matices lúgubres, cortes de ropa que den al cuerpo
enfermiza y fantástica apariencia: he ahí su moda. Dos alambres
sujetando en la cima una colilla de pato, y coronado el conjunto por
un hongo pardusco: he ahí a un estético, o esteta, que de los dos
modos se llaman. La epidemia ha cundido de la literatura, donde
manda en jefe el poeta nuevo Oscar Wilde, a los trajes de hombres y
mujeres, y de Londres, donde nació, a los Estados Unidos del Norte y
a la misma Francia. Es de rigor tener aire de suicida frustrado, o de
Safo abandonada. Los puros estetas han de tener el aire de míseros
prometeos, sujetos a una invisible roca, y devorados por un buitre
interior. Jules Clarétie, que escribe siempre cosas deliciosas, y
abomina todo lo que no brota del alma, ha alzado en Francia bandera
de combate contra la nueva secta.
Un día se vio que no llegaban los mensajes telegráficos de Soukel-Arba a Medjez-el-Bab. No llovía; no estaba alterada la atmósfera;
no habían sido rotos los alambres: ¿qué era, pues? Era que una
grandísima serpiente se había enroscado en lo alto de un poste a los
alambres, e impedía la conducción de la electricidad.
Su fervorosa palabra, su recto juicio, su amor a los desvalidos, y
sus servicios eminentes a las doctrinas de su tiempo, han hecho del
anciano orador inglés John Bright una personalidad universalmente
renombrada. A propósito de la celebración del día en que cumplió
setenta años, un periódico extranjero recuerda de este modo su
carrera: “Nunca fue famoso el veterano librecambista por quedarse
atrás en sus combates con sus adversarios políticos, mas no fue
nunca su costumbre luchar con ellos a epítetos rudos.” “Cuando
defiendas mala causa, injuria a tu adversario”, es máxima que no
podía aplicarse a John Bright, que durante cincuenta años ha argüido
y razonado con el “partido estúpido”, hasta que su paciencia se ha
agotado, y rehusa discutir más, sino que se contenta con llamar a sus
adversarios “Mentirosos”. No trató bien el librecambista en sus
discursos el día de la celebración de su nacimiento, a los jefes del
partido de “Fair Trade” o “Buen Comercio”, como se llama ahora el
partido proteccionista. Cuando John Bright comenzó a luchar por el
librecambio al lado de Cobden, no se les ahorraban por cierto los
epítetos injuriosos. John Bright excita capitalmente la ira de los
conservadores ingleses, no solo por la viabilidad de su liberalismo,
sino porque no pueden usar contra él del argumento que contra todos
los liberales usan siempre: el de que llegando a la mayor edad,
cuando madura el juicio, se truecan los liberales en conservadores. Es
verdad que en ejemplo de su teoría pueden citar a Lord Macaulay,
que escribió tan buena historia de Inglaterra y estudios sobre grandes
hombres; y a Sidney Smith, y a Mr. Grote. Pero John Bright sostiene
hoy con tanto brío y más temible argumentación que en los primeros
años de su vida pública todas sus opiniones: que el comercio debe
ser libre, que deben removerse todas las trabas que impiden la
expansión de los conocimientos humanos, que la administración de la
India debe ser justa, que debe gobernarse a Irlanda con las mismas
leyes y con el mismo espíritu con que se gobierna a Inglaterra, que
debe abandonarse en los asuntos extranjeros la política de sospecha
de intenciones, y obrar según digan los hechos. Aún piensa así el
veterano librecambista.
No andan bien los dineros de Rusia. Del balance de 1880 resulta
que el gobierno ha gastado cincuenta y medio millones de rublos más
que el monto total de los ingresos. Los gastos de vigilancia y tropas
absorben todos los dineros del Estado.
Estudiando las creencias de los habitantes de las islas Sandwich y
de Nueva Zelandia, respecto al origen del universo y la genealogía de
sus deidades, el profesor Bastian ha hallado inequívocas señales de
que estos pueblos deben haber compartido en algún grado en un
período muy remoto la superior cultura de los naturales de Asia.
La Opinión Nacional. Caracas, 4 de enero de 1882
[Mf. en CEM]
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