Matar a Hitler era una cuestión de honor

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“Matar a Hitler era una
cuestión de honor”
Conoció a Hitler y no le impresionó “para nada”. En 1944 conspiró para matarlo. A sus 90
años, este antiguo oficial de la Wehrmacht recuerda los días de la Operación Valquiria.
Dos águilas sobrevuelan la torre blanca del castillo de Kreuzberg. Es imposible
no pensar en los altivos y audaces tiranicidas Georg y Philipp von Boeselager,
los dos hermanos oficiales de la Wehrmacht que, héroes ambos de guerra,
trataron de asesinar a Hitler y se implicaron en la conjura que condujo al
atentado frustrado del 20 de julio de 1944, el mayor intento por liquidar al líder
nazi. Georg von Boeselager, as de la caballería alemana, murió ese mismo año
en acción contra los rusos. Pero Philipp, apenas dos años menor, sobrevivió de
manera casi milagrosa no sólo a la II Guerra Mundial –durante la que se jugó
ampliamente el tipo: cinco heridas–, sino a la terrible, despiadada y ciega
venganza de Adolf Hitler. También ha resistido al tiempo: es, con sus 90 años, el
único superviviente del grupo de conjurados militares que desató la Operación
Valquiria, y cuya figura emblemática, su mano ejecutora, era el coronel Claus
von Stauffenberg, el hombre que puso la bomba en la guarida del lobo nazi y al
que va a encarnar en el cine Tom Cruise. El conde Philipp von Boeselager
(Heimerzheim, Renania, 1917) vive aquí, en Kreuzberg (Monte de la Cruz), una
pequeña población entre bosques a media hora de Bonn en coche, al pie del
castillo que es propiedad de su familia desde 1825 y en el que actualmente
reside su hijo. La casa del viejo militar no destaca externamente de las demás
del pueblo, excepto en que el orgulloso lema de la familia está inscrito en la
fachada: “Etiam si omnes Ego non” (“Aunque los demás [lo hagan o
consientan], yo no”). Ante la puerta hay un viejo Mercedes color Afrika Korps y
sobre el techo de pizarra se mueve una veleta de hierro en forma de jabalí
embistiendo. Von Boeselager, del que se publica ahora en España una biografía
centrada en la época de la conspiración (Queríamos matar a Hitler, escrita por
Florence y Jerôme Fehrenbach, editorial Ariel), recibe en un amplio y
distinguido salón. Sobre una mesa, entre las fotos de familia, la de un cardenal
saludando al papa Benedicto XVI. El viejo combatiente viste con patricia
elegancia y exhibe la obsequiosa amabilidad de quien está acostumbrado a
mandar. Los ojos que una vez se clavaron con odio sobre Hitler son de un azul
turbio, y destacan bajo unas cejas en forma de acento circunflejo en un rostro
descolgado que sugiere poderosamente un noble, longevo y venerable búho. Von
Boeselager responde a todas las preguntas con paciencia, sin humor ni
sentimentalismo.
Como ayudante de campo del mariscal Kluge desde 1942, conoció
usted personalmente a Hitler. ¿Cómo era? Le vi varias veces. No soy
objetivo al hablar de él. Normalmente era en el marco de las reuniones con
Kluge en el Estado Mayor del Grupo de Ejércitos Centro, en Rusia, en las que
solía haber fuerte controversia. Hitler quería un ataque y Kluge no, y viceversa.
Yo conocía los argumentos del mariscal, estaba a su favor.
¿Pero no le impresionó Hitler? Para nada. Era imponente el poder que le
rodeaba, eso sí; con los guardaespaldas de las SS a su alrededor, uno se sentía
pequeño. Su habilidad para la manipulación, de la que tuve muchas muestras,
demuestra que psicológicamente era muy inteligente, astuto. Pero me resultaba
profundamente antipático.
¿Diría que Hitler tenía carisma? Para mí, no. Yo no lo sentí. Pero ya era
escéptico. Hitler no había respetado el concordato con la Iglesia, y los nazis
habían asesinado a mi primo Von Ketteler en Viena: la Gestapo le ahogó en una
bañera tras el Anschluss. Además, me había enterado de que las SS hacían cosas
gravísimas. Al principio eran sospechas, pero luego, en la primavera de 1942,
encontré en uno de los mensajes que debía resumir para el mariscal una frase
que me intrigó. Era del obergruppenführer SS Erich von dem Bach-Zelewski, y
tenía que ver con una acción en la retaguardia. Mencionaba “tratamiento
especial para cinco cín¬garos”.
Tratamiento especial. Se lo dije al mariscal. Al cabo de unos días, Kluge
tuvo una entrevista con él; yo estaba presente y lo escuché todo. Le preguntó
qué significa¬ba la expresión. “¿Eso? Que los fusilamos”. “¿Tras un juicio?”,
continuó el mariscal. “¡Claro que no! ¡A todos los judíos y cíngaros que cogemos
los liquidamos!”.
No fue la única revelación que tuvo del exterminio sistemático, del
genocidio. Un amigo oficial compartió una cabina de tren con gente de la SD y
los oyó alardear, ebrios, del asesinato de 250.000 judíos. Y Von Tresckow lo
sabía por el general Oster, de la Abwehr, la inteligencia militar, que estaba en
contacto con Arthur Nebe, general de las SS y jefe de la Kripo, la policía
criminal. A través de ellos nos enteramos de los campos de exterminio; de cosas
muy concretas como los trenes hacia el este, el gas…
¿Ese conocimiento fue decisivo para que decidieran matar a Hitler?
Así es. Instigó a la resistencia. Fue un gran shock para mí. Uno no se podía
imaginar que teníamos un gobierno de criminales. Quizá algún ministro
corrupto o tonto, pero aquello…
El general Henning von Tresckow, al que usted venera y que se
suicidó con una granada tras el fracaso del complot del 20 de julio,
fue el gran orquestador del grupo de resistencia de ustedes, el alma
de la conspiración. Von Tresckow era un gran hombre, un patriota, un
soldado y un cristiano. Desde 1938 tenía claro que había que detener a Hitler. A
partir de 1942 organizó diversos complots en el seno del Grupo de Ejércitos
Centro, en Rusia, para matar a Hitler; todos fallaron por una causa u otra, hasta
el 20 de julio.
A partir de un momento, ya no era una cuestión política, sino
moral. Exacto, solamente moral, había que evitar que siguiera muriendo gente.
La guerra estaba perdida, nada iba a cambiar la exigencia de rendición
incondicional de los aliados, Alemania iba a ser irremediablemente reducida y
ocupada. Íbamos a hacer el atentado por acabar con los crímenes, por amor a la
patria y por el honor de oficiales. Era una cuestión de honor. Pensábamos que,
aunque fracasáramos, al menos demostraríamos al mundo que había alemanes
dispuestos a morir contra un régimen indigno. En el futuro, eso sería tenido en
cuenta de algún modo. Von Tresckow hablaba de la intercesión de Abraham por
Sodoma ante Yahvé: “¿Y si se hallasen allí diez justos?”. “Por los diez no la
destruiría”.
Era un sacrificio, pues. Un autosacrificio.
¿No tenía miedo? Me preocupaban las consecuencias para mi familia. No
tanto la muerte.
¿No tenía dudas? Asesinar a sangre fría al jefe del Estado, al que
como oficial le había prestado juramento de fidelidad. Millones de
compatriotas y de soldados creían en Adolf Hitler, ¿tenía yo más razón que
ellos? Sí, la tenía. Eso estaba claro. El juramento…, no representaba nada para
mí. Yo sabía que era un compromiso bilateral y que Hitler no había respetado su
parte. Pero siempre es duro matar a alguien de cerca, no en un acto de guerra,
asesinarlo. Primero se pensó en usar pistolas, durante una visita de Hitler al
frente ruso. Algunos oficiales de Estado Mayor y de caballería, entre ellos mi
hermano y yo, nos levantaríamos a una señal y dispararíamos a la vez. Había
que tirar a la cara, porque Hitler llevaba siempre un fino chaleco antibalas y la
gorra reforzada con metal. Finalmente se canceló el plan.
Hubo varios intentos fallidos y luego usted consiguió aquellos
explosivos. Sí, había tenido acceso a material tomado a los ingleses; eran
mejores, porque los detonadores eran muy silenciosos. Mi hermano me dio
orden de proporcionar a Von Stauffenberg una maleta con explosivos.
¿Usó finalmente el coronel los suyos en el atentado del 20 de julio?
Hay cierta controversia al respecto. Sí, es bastante seguro que eran los
míos.
¿Cuál era su papel en la Operación Valquiria? Debía mover mi unidad
de caballería, seis escuadrones, desde el frente hasta un punto a 200 kilómetros
atrás, donde dejaríamos los caballos, montaríamos en camiones, nos
desplazaríamos hasta un aeródromo en Polonia y volaríamos a Berlín
Tempelhof para unirnos al golpe. Nuestra misión allí era ocupar los cuarteles 1 y
2 de las SS.
Un golpe de caballería, suena romántico. ¿Romántico dice? No mucho.
Era una de las pocas unidades disponibles y que podíamos mover, porque la
caballería tenía cierta flexibilidad de movimientos para cubrir la retaguardia;
eso nos permitió ir hacia occidente sin despertar demasiadas sospechas.
Fueron 36 horas a caballo, a toda marcha.
Al fracasar el atentado y el ‘coup d’état consiguiente’… Sólo debíamos
volar si el atentado era un éxito. Al enterarnos de que Hitler seguía vivo, dimos
la vuelta y regresamos. Pero, claro, yo estaba convencido de que nuestra
cabalgada no podía haber pasado inadvertida.
Pero tuvo suerte. Nadie me denunció. Los compañeros a los que
torturó la Gestapo tampoco revelaron mi nombre.
Sin embargo, vivió usted un calvario hasta el final de la guerra.
Estaba convencido de que me detendrían y acabaría colgado. Todo el
mundo sabía que mi hermano y yo éramos amigos de Von Tresckow,
que yo había hecho esa marcha y contramarcha. Tiempo antes,
cuando solía volar en las avionetas Cigüeña sobre el frente, el
mariscal Kluge me dio una cápsula de cianuro, por si me cogían los
rusos. A par¬tir de entonces la llevé siempre en el bolsillo superior
de la guerrera. Desde el atentado del 20 de julio dejé siempre abierto
el botón del bolsillo. Cada día pensaba que sería el último.
Hasta el final de la guerra no se deshizo de la cápsula. Sí, fue el 9 de
mayo tras atravesar el Moura, al sur de Graz, cuando con mi
regimiento cubríamos la retirada de todo el cuerpo de caballería.
Detuve mi montura junto al pretil del puente y arrojé el veneno al
río. Luego hice volar el puente. Nos rendimos a los ingleses y en julio
regresé a casa, con la pistola al cinto y mis dos caballos, que me
acompañaban desde 1939.
No sé qué es más raro, que sobreviviera usted o los caballos. Uno de
los dos era Moritz, mi semiárabe. Olía a los rusos por sus cigarrillos,
muy fuertes, apestosos. No le gustaban y relinchaba así.
El conde imita extraordinariamente la voz del équido, el efecto es
asombroso. Por un momento, no encuentro qué decir.
¿Sigue montando? No, tengo mal las rodillas, de la guerra. ¿Si lo
echo en falta? Bastante suerte tengo ya de estar vivo.
Así que volvió con la pistola, con la que debía haberle pegado un
tiro a Hitler aquel día en Rusia. Bueno, finalmente se lo pegó él
mismo. ¿Conserva sus otras cosas de la guerra, su uniforme? El
uniforme…, estará por ahí.
Usted ganó la Cruz de Caballero. ¿Cómo fue? Me hirieron, pero me
quedé con mis soldados. Destruí algunos tanques y se mantuvo la
posición.
Vaya, dicho así, hasta parece fácil. ¿Siente nostalgia del ejército?
Todos esos amigos que han caído, los del 20 de julio, y los de mi
regimiento. Muchos buenos oficiales. Ayer vinieron a verme dos de
los supervivientes de mi unidad.
¿Se sintió criticado por haber participado en la conspiración?
Durante mucho tiempo no se supo. Además, después de la guerra,
toda la época nazi era tabú. Aquí en el pueblo todos nos
arremangamos para la reconstrucción. Nadie preguntaba qué había
hecho el otro. Era como si la historia hubiese acabado en 1930. Es la
generación de ahora la que pregunta, los nietos.
¿No ha tenido problemas con las asociaciones de excombatientes?
No.
¿Amenazas? Sí, y calumnias. Los neonazis. Llevo veinte años dando
conferencias sobre mi experiencia personal: cómo me hice soldado,
cómo pasé a la resistencia. Para advertir a los jóvenes. A veces
aparece gente que me ataca, provocadores.
¿Siente miedo? No forma parte de mi personalidad tener miedo.
En sus memorias habla mucho de su pasión por la caza, el urogallo
y tal. He ca¬zado toda mi vida. Me entusiasmaba cazar lobos.
Pues no consiguieron cazar al más peligroso. ¿Cómo era Von
Stauffenberg? Lo vi varias veces, pero hablamos muy poco. Estaba
prohibido contactar entre nosotros si no era estrictamente necesario
para los planes. A Von Stauffenberg le admiro por su valor. No
reunía las condiciones físicas para encargarse del atentado: sólo
tenía una mano y únicamente con tres dedos. En esas circunstancias,
armar la bomba era muy complicado. Así, vea.
El conde Von Boeselager reproduce los movimientos del tullido Von
Stauffenberg con los explosivos aquella mañana del 20 de julio de
1944 en la Wolfschanze. Resulta estremecedor verle montar la
bomba con una sola mano. Por un momento contengo el aliento
pensando que si hace un gesto equivocado vamos a volar por los
aires. ¡Con todas las porcelanas que hay en el salón! Atornilla el
detonador. Acaba. La bomba está lista.
Von Stauffenberg falló. Tuvo que actuar de forma precipitada. Usó
sólo una bomba, en vez de las dos que tenía, y como yo había
recomendado. Con las prisas no sólo no montó la segunda bomba,
sino que ni siquiera se la llevó. De haberlo hecho, de haber explotado
las dos bombas, nadie hubiera sobrevivido en la habitación de la
reunión con Hitler.
Todo el plan se aguantaba un poco por los pelos, si me permite que
se lo diga. No es que me guste citar a Goebbels, pero no iba errado
al tacharles de aficionados. Tiene razón. Von Stauffenberg tenía que
entrar la bomba, montarla, dejarla junto a Hitler, salir de allí y volar
a Berlín, porque era fundamental para activar Valquiria. Quizá fue
una locura planearlo así, pero no parecía haber otra opción.
Debía de ser un tipo impresionante Von Stauffenberg. Un oficial
excelente.
Y bien colocado, con acceso al cuartel general del Führer en
Rastenburg, la Wolfschance, gracias a su puesto de jefe de Estado
Mayor del ejército de reserva. Ésa era la clave. Muy pocos oficiales
llegaban tan cerca de Hitler. Y Von Stauffenberg tuvo el valor de
hacerlo, de intentar matarle.
La mayoría de ustedes, el grupo de conspiradores militares, eran
aristócratas. ‘Von’ por aquí, ‘von’ por allá. Parece que los nazis, con
su brutalidad y grosería, les inspiraban un disgusto especial. Había
pocos gentlemen entre ellos. Eran proletariado. ¡Si hubiera visto a
Hitler comer! Con los codos en la mesa e inclinado sobre el plato.
Philipp von Boeselager imita grotescamente a Hitler comiendo. Lo
hace con verdadero desprecio. La imagen es realmente
desagradable, aunque a uno se le ocurre que había motivos más
relevantes para descalificar al líder nazi que por sus maneras de
mesa.
¿Qué piensa de la nueva película sobre la conspiración, ‘Operación
Valquiria’? Me alegro de que por primera vez se hable de la
resistencia alemana en los países anglosajones. Hasta los años
cincuenta no lo permitieron, para que no se pensara que las
condiciones de paz deberían haberse arreglado de otra manera.
¿Qué le parece lo de Tom Cruise como Von Stauffenberg? Dicen que
es un actor excelente. Espero que se esfuerce al hacer de Von
Stauffenberg y que no haga propaganda de su secta.
¿Vio la película alemana sobre la conjura que dirigió Jo Baier en
2004, y en la que el papel de Von Stauffenberg lo hacía Sebastian
Koch? Era mediocre. Pero hay que reconocer que la situación es muy
difícil de representar.
¿Qué opina de la revisión que se ha hecho en los últimos años del
papel real de la Wehrmacht en el genocidio? Libros como ‘La
Wehrmacht’, de Wolfranm Wette [Crítica], y la exposición
inaugurada en Hamburgo en 1995 ‘Guerra de exterminio. Crímenes
de la Wehrmacht entre 1941 y 1945’, han derrumbado el mito de un
ejército limpio. La mayoría de los soldados no sabía de los crímenes.
Estaban en el frente y los asesinatos se cometían detrás. De seis
millones de soldados, sin duda algunos cometieron crímenes. Pero
en general fueron las SS y las unidades de policía.
¿Cómo veían ustedes a las Waffen-SS? Al principio eran 40.000; al
final, 950.000. Muchos jóvenes fueron a parar allí atraídos por la
propaganda, los uniformes, las armas…, sin tener ni idea de la
ideología SS. ¿Qué le puedo decir? Que los 40.000 originales eran
sin duda unos puercos.
He visto dos águilas sobrevolando el castillo. En la torre ha anidado
un halcón.
Me han hecho pensar en usted y su hermano. Éramos como
gemelos. Fue terrible para mí cuando murió, el 29 de agosto de 1944.
Era un personaje romántico. No tenía nada de romántico mi
hermano.
¿No? Era un héroe que dirigía cargas de caballería desarmado. Era
un ídolo para todo el ejército, es cierto lo de ese ataque en el que se
olvidó de coger su pistola. Y siempre iba con la gorra de oficial, pese
a la orden que obligaba a llevar el casco de acero en combate. Los
dos lo hacíamos, así nuestros soldados siempre podían
identificarnos y ver dónde estábamos. Éramos los únicos en el
ejército sin casco.
¿Conoció al mariscal Rommel? Lo vi una sola vez. A nivel político no
tenía ninguna importancia.
Pues Hitler le hizo suicidarse. Sí.
No se puede decir que hable de él con mucho cariño. No, la mayoría
de los generales fracasaron a nivel político, y yo he aprendido que un
oficial tiene unas responsabilidades que no se limitan sólo a lo
militar. Von Tresckow trató de unir a los mariscales para deponer a
Hitler y no lo consiguió.
¿No fue Von Manstein el que soltó aquello de “los mariscales de
campo prusianos no se amotinan”? “De política no entendemos”,
decían. Era algo increíble.
Lo del lema familiar, ¿se puede leer retrospectivamente a la luz de
su participación en la conjura? Siempre ha sido así, “tenéis que
pensar de forma independiente”.
¿Eso no es poco alemán? No, no lo creo. Tengo toda una serie de
familiares que han actuado de acuerdo con ello. Lo otro es más
común, por supuesto, y más fácil.
Es usted el último de los conjurados. ¿No es eso una carga? Sí, una
responsabilidad enorme. Trato continuamente de explicar lo que
hicimos y por qué a los jóvenes. Es muy cansado. Pero es mi deber.
Philipp von Boeselager ha perdido fuelle. Asegura poder seguir todo
lo que haga falta, pero hace una hora ya –llevamos dos y media– que
una asistenta ha entrado y ha dicho textualmente: “La señora llama
a comer”, y el quejido de su estómago le traiciona. Antes de
marcharme aprovecho para darle el soldadito de plomo, un húsar,
que le he traído de regalo –siempre es bueno quedar bien con los ex
oficiales de caballería de la Wehrmacht, especialmente los que
valoran las buenas maneras–. Lo coloca en la repisa de la chimenea y
entonces veo la vieja foto. “Es mi regimiento, el 15 º de Caballería de
Paderborn, desfilando en Berlín el año 1938. Georg está al mando y
yo en la primera fila”. Percibo una nota de melancolía en la voz del
viejo jinete, o quizá es hambre. Le miro ahí de pie tratando de
reflejarse en la fotografía de esa hueste, esa Reiterverband, que
cabalga hacia un destino de sangre y pólvora, y el estrépito de los
cascos de los caballos, la fanfarria de las cinchas y las armas, inunda
la habitación toda en este acerado día en Renania. Es difícil sentir
afinidad con este seco, marcial y estirado retoño de la más rancia
nobleza teutona que disfruta la violencia de la caza, parece incapaz
de soltar una lágrima y pronuncia con reverencia la palabra
Wehrmacht. Pero Philipp von Boeselager, como el resto de los brave
few del 20 de julio, tuvo los redaños de empeñar su vida y su nombre
para acabar con el mayor monstruo de la historia. Así que es
inevitable que, si bien no simpatía, despierte al menos admiración y
respeto. Igual que las lejanas águilas que, al salir, siguen clavadas en
el cielo como dos bellas y crueles insignias.
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