GUÍA PARA NO PERDERSE EN LA MARAÑA DE LA CIENCIA

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GUÍA PARA NO PERDERSE EN LA MARAÑA
DE LA CIENCIA COGNITIVA. RELACIONES INTERTEÓRICAS
Y ESTRATEGIAS REDUCTIVAS
Jesús Ezquerro Martínez1
[email protected]
RESUMEN
En este trabajo se analiza el problema de la reducción en el contexto de la actual ciencia
cognitiva y, también, otros conceptos asociados como los de leyes especiales, relaciones
interteóricas, análisis funcional, interdisciplinariedad, etc. Se pone de relieve el carácter
paradigmático que para la filosofía de la ciencia ha de tener la ciencia cognitiva a la hora de
elaborar un enfoque adecuado de los mismos. En este sentido, la concepción estructuralista
de la ciencia encontraría algunas de sus más serias limitaciones.
«Guide for not Being Lost in the Mess of Cognitive Science: Intertheoretic Relations and
Reductive Strategies». In this paper, it is analyzed the problem of reduction in the context
of the present cognitive science, and other associated problems as those posed by special
laws, interteoretic relations, functional analysis, interdisciplinariety, etc. It is emphasized
the paradigmatical character that cognitive science has to have for the philosophy of science
in order to achieve an adequated approach about those topics. In that sense, the structuralist
conception of science would face some of its more serious limits.
There’s an old Yiddish joke that my husband tells better than I do and that goes like this: this guy
walks up to his rabbi and says «Rabi, I have a question.Why should there be a gimmel in ‘eretz’?»
The rabbi looks puzzled: «But there is no gimmel in ‘eretz’». «Well, then», continues the man,
«Why shouldn’t there be a gimmel in ‘eretz’?», «Well, why should there be a gimmel in ‘eretz’?».
«Rabbi, that’s what I asked you!».
L. ANTONY (1995) «Law and Order in Psychology»,
Philosophical Perspectives, 9: 429-45, p. 429.
1. INTRODUCCIÓN:
EL PROBLEMA DE LA REDUCCIÓN Y SU IMPORTANCIA
Puede parecer ocioso, pero nunca está de más recordar que una parte muy
importante de los avances conceptuales que se han obtenido en filosofía de la ciencia respecto al problema de la reducción, han sido originados en el campo de la
filosofía de la mente. Es un deber reconocer a L. Sklar (1967) el haber recordado
REVISTA LAGUNA, 12; febrero 2003, pp. 27-51
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ABSTRACT
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este hecho obvio a un determinado tipo de lectores, los que se consideran a sí mismos como conformando el núcleo de la comunidad de filósofos de la ciencia2.
Después de muchos años durante los cuales los desarrollos en la teoría de la reducción, y las correspondientes negaciones de su posibilidad, únicamente se han venido mirando en el espejo de la física, o en el de la física más la química, este problema se revitaliza enormemente con los intentos de capturar un hito histórico en el
campo de la biología: la [forma peculiar de] reducción de la genética clásica a la
genética molecular llevada a cabo por James Watson y Francis Crick en 19533.
Entre medio, es decir, en el tiempo que va desde las propuestas de reducción de la Concepción Heredada, hasta el resurgimiento del interés por la reducción promovido por el desarrollo de las ciencias especiales —en otras palabras, durante el reinado del denominado «giro historicista» en filosofía de la ciencia—, lo
que tenemos es una concepción según la cual la reducción no es posible. Claramente, la reducción deja de tener sentido en un marco ontológica y epistemológicamente
relativista. Simplemente, sucede que unas teorías alternan con otras sin que exista la
posibilidad de establecer vínculos fiables de continuación en la empresa científica.
Sin embargo, es mucho lo que entra en juego con la reducción. Como es
bien conocido, en la Concepción Heredada se pensaba en la reducción como algo
inevitablemente vinculado a la explicación y al desarrollo de la ciencia, cosa que
tiene consecuencias directas en cuanto a la teorización y a la racionalidad en las
diversas teorías científicas y, en consecuencia, en cuanto a su justificación epistémica.
En adición, el programa reduccionista de la Concepción Heredada era producto de
su concepción de la ciencia unificada4. La cuestión es, entonces, cómo compatibilizar el acuerdo respecto a la inadecuación de los viejos enfoques de la reducción con
la constatación de que la propia reducción (considerada en un sentido genérico) y
los demás elementos regulativos señalados han desempeñado, y desempeñan actualmente, un papel fundamental en la dinámica de la ciencia. Basta prestar un
poco de atención para percatarse de que estos problemas se encuentran en la base de
buena parte de las controversias científicas a las que nos toca asistir5.
1
Este trabajo forma parte del proyecto de investigación UPV/EHU 109.109-HB 078/99.
L. Sklar reclama la originalidad de la interpretación de las leyes puente o definiciones
coordinadoras en el esquema reductivo de Nagel como enunciados de identidad para los teóricos del
problema mente-cuerpo. Concretamente para los partidarios de la teoría de la identidad, como U.
Place o J.C. Smart. Sin embargo, otros filósofos de la mente han encontrado argumentos para negar
la necesidad de las leyes puente para la reducción. Por ejemplo, D. Lewis o J. Kim. Incluso filósofos
más centrados en los problemas de la filosofía general de la ciencia abordaron el problema de la
reducción desde esta perspectiva, por ejemplo P. FEYERABEND, «Mental Events and the Brain», The
Journal of Philosophy 60, 1963: 160-166.
3
Ver WATSON & CRICK (1953 y 1953a). Y como intento de extraer las lecciones filosóficas para la teoría de la reducción, en el marco de su teoría de la explicación como unificación, ver P.
Kitcher (1984).
4
Ver OPPENHEIM, P. & PUTNAM, H. (1958).
5
Naturalmente, siempre nos quedaría el recurso de pensar que las proclamas reduccionistas
no pasan de ser artificios retóricos que se emplean como armas arrojadizas en contra de los enfoques
2
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En términos generales, se podría afirmar que, a lo largo de toda esta etapa, el
problema de la reducción, o más bien, una versión de este problema desde su perspectiva ontológica, sólo permanece vivo en el ámbito de la filosofía de la mente6. No
obstante, desde la segunda mitad del decenio de los setenta en adelante, el impacto
de las ciencias especiales, particularmente el de la biología y, muy especialmente, el
de la ciencia cognitiva, revoluciona el campo de una manera aparentemente inédita
en la historia de la ciencia. Este impacto tiene un vínculo común —el uso generalizado de análisis funcionales en ambos campos— y una novedad que entra en escena
de la mano de la ciencia cognitiva: la interdisciplinariedad.
1.1. EL RETO DE LOS ANÁLISIS FUNCIONALES
Lastly, there is a kind of ‘reduction’ which we have nor even touched. This is the
‘reduction’ which proceeds by ‘identifying’ one class of referents with a class of
‘abstract objetcs’ associated with (instance in) but not identical to some particular
physical objects. The ‘reduction’ of the logical states of a machine to its physical
states, or of some ‘mental’ properties to ‘patterns of functional organization of the
physical body’ are of this kind. Such ‘reductions’, however they are to be analysed,
are hardly the ‘identificatory reductions’ of the sort familiar from physical science.
(L. Sklar, 1967, p. 124).
competidores. Esto es quizá lo que diría un sociologista. Sin embargo, debería estar claro a estas
alturas que los problemas no se resuelven por el simple expediente de no preocuparse de ellos, o de
mirar hacia otro lado, ni tampoco tratando de convencernos de que no son problemas en absoluto.
La persistencia del problema de la reducción debería bastar para convencer al sociologista relativista
de que aquí hay algo más profundo que lo que puede revelar la simple lupa de la sociología.
6
Su preocupación principal era, o bien evitar el dualismo cartesiano respecto a los estados
mentales, o bien hacer inteligible la presencia de estados mentales, particularmente los estados de
consciencia y sus propiedades cualitativas asociadas, en un único mundo de causas. A pesar de todo,
lo que realmente resulta relevante destacar, en estos momentos, como está sucediendo ahora mismo,
es que los argumentos en favor o en contra de la identidad psico-física implicaban consecuencias
generales que excedían el ámbito estricto de la filosofía de la mente para adentrarse en una concepción general de la reducción en ciencia, y éste era un rasgo pretendido explícitamente por sus autores. Ver, por ejemplo, el caso de D. LEWIS (1966; 1970 y 1972).
7
Más adelante se hará referencia a estos tipos de reducción.
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La admisión de propiedades funcionales conlleva, a primera vista, la correspondiente admisión de un nivel en cierto modo autónomo con respecto a las propiedades físicas intrínsecas de sus realizadores, en la medida en que, según se admite, las propiedades funcionales son múltiplemente realizables, cosa que, naturalmente,
plantea de forma inmediata problemas de reducción. Del hecho de que esta novedad era causa de perplejidad entre los teóricos de la reducción pueden dar buena
cuenta las siguientes palabras de L. Sklar (1967), quien, después de revisar los modelos de reducción existentes en su momento, que clasifica en cuatro tipos básicos7,
termina su escrito diciendo:
Desde la perspectiva actual hay razones para pensar que Sklar estaba equivocado, en el sentido de que es muy posible que esas reducciones sean «identificatorias», aunque quizá haya que entender la identificación en algún sentido especial.
De todas formas, el problema de las propiedades funcionales ha sido considerado
por muchos como un problema común a la teorización biológica y psicológica (o
cognitiva en general)8. El hecho de que se ha dado una mutua interacción de marcos conceptuales, con fuertes repercusiones metodológicas y epistemológicas, en las
filosofías de ambas disciplinas, queda ilustrado por el siguiente párrafo de P. Kitcher:
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The point I have been making is related to an observation of Hilary Putnam’s.
Discussing a similar example, Putnam writes: «The same explanation will go in
any world (whatever the microstructure) in which those higher level structural features
are present»: he goes on to claim that «explanation is superior not just subjectively
but methodologically ... if it brings out relevant laws (Putnam «Philosophy and
out Mental Life)...
It is tempting to think that the independence of the «higher level structural features»
in Putnam’s example and in my own can be easily established: one need only note
that there are worlds in which the same feature is present without any molecular
realization» (Kitcher ,1984, fn. Nº 20, p. 350, las cursivas de las dos últimas líneas
son mías).
Está claro que lo que Sklar estaba planteando como un reto para la teoría
general de la reducción originado en la filosofía de la mente, Kitcher lo traslada
exactamente en los mismos términos al caso de la reducción en biología. La repercusión inmediata es que, si hay ciencias que se mueven a estos niveles altos de
descripción, y que ignoran las propiedades de base que realizan las propiedades
funcionales, entonces las perspectivas de unificación quedan bloqueadas. Y no hay
forma de hacer inteligible la unificación sin algún tipo de reducción, evitando, al
mismo tiempo, las tensiones generadas por esta combinación9.
1.2. EL RETO DE LAS LEYES
La siguiente novedad, que plantea un verdadero reto al mismo proyecto
reductivo en ciencias especiales como la psicología, tiene que ver con el chiste de L.
Antony que encabeza este escrito. Es bien conocido que los diferentes enfoques
tradicionales de la reducción interteórica requerían contar con las correspondientes
8
Un caso ilustrativo de esta confluencia de intereses es W. Wimsatt, filósofo de la biología
que se adentra en la filosofía de la psicología utilizando exactamente el mismo marco conceptual,
respecto al problema de las propiedades funcionales, que en biología. Puede verse, por ejemplo, W.
WIMSATT (1976; 1979; 1984 y 1993).
9
Irónicamente, el propio Kitcher no se libra de estas tensiones. Ver J. EZQUERRO y A.
VICENTE (1998) para un análisis de las mismas en su teoría de la explicación como unificación.
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teorías —la reducida y la reductora— en formato axiomatizado, puesto que la reducción se consideraba precisamente como la deducción de las leyes de la teoría
reducida a partir de la teoría reductora. Otras versiones más débiles, por ejemplo,
las basadas en la concepción semántica, no imponían este requisito tan fuerte10,
pero, no obstante, daban por descontado el más básico de que las teorías candidatas
a reducir y a ser reducidas deben tener leyes propias.
Sin embargo, resulta hasta cierto punto chistoso —si no fuera porque se
trata en realidad de un problema bien serio— que en filosofía de la mente se ande
discutiendo actualmente si —o no— hay leyes en psicología. Por seguir los términos
en que L. Antony establece el problema, lo que hace que este asunto se haya convertido en semejante «patata caliente» es lo siguiente: hay ciertos hechos innegables
acerca de la vida mental y de la conducta humana que parecen implicar, sin lugar a
dudas, la existencia de leyes que gobiernan los fenómenos psicológicos. Pero, al mismo tiempo, hay razones de mucho peso para dudar de la existencia de dichas leyes:
En términos más concretos, quienes tienden a admitir leyes en psicología,
acostumbran a hacerlo basados en la obviedad de que buena parte de los fenómenos
psicológicos no son caóticos ni completamente imprevisibles, más bien al contrario,
hay buenas razones para pensar que existen regularidades en la conducta humana.
Para afirmar tal cosa, se aduce, no hay más que echar una mirada a la práctica real de
la psicología, e incluso a la vida cotidiana, dado que nuestro propio deambular por
la vida, en interacción con los demás, depende crucialmente de suponer la existencia de este tipo de regularidades, que están en la base de nuestra comprensión de las
acciones (incluidas las acciones lingüísticas) de las demás personas, y de la previsibilidad de su conducta futura, que nos proporcionan las hipótesis que hacemos sobre
sus relaciones con el entorno y sus estados mentales. En cambio, quienes ponen en
cuestión la existencia de leyes en psicología, suelen hincar el diente en el talón de
Aquiles de la psicología: la posibilidad de existencia de leyes psicofísicas.
Se podría decir que los primeros no tienen presentes, en el primer plano
de sus consideraciones, los problemas ontológicos y metodológicos generales. Sin
embargo, son estos problemas los que priman en la agenda de los segundos: la
existencia de leyes propias (sin excepciones) en las ciencias especiales requeriría el
anclaje o la conexión nómica de los predicados (clases) de las teorías psicológicas
con los predicados (clases) de las teorías acerca de sus bases físicas, lo que a su vez
abriría la puerta a su reducción. Es decir, requeriría leyes puente (leyes psicofísicas).
10
Ése es precisamente el motivo principal por el que se pasó de concebir las teorías científicas como sistemas axiomáticos a concebirlas como conjuntos de modelos que comparten estructura.
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No ONE wishes to be caught having to deny the obvious facts, and in this case,
one must either impugn the inference from truisms to laws («why should there be
laws in psychology») or refute the arguments against them («well, why shouldn’t
there be laws in psychology») (L. Antony, 1995, p. 428).
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Pero no existen perspectivas claras de que puedan existir leyes de este tipo, al
menos en la acepción usual de ley que se maneja en ciencia. ¿Por qué? Porque
según unos los predicados mentales y los físicos no están hechos los unos para los
otros (la tesis del anomalismo de lo mental de Davidson)11; según otros, la múltiple
instanciación de las propiedades, estados y procesos psicológicos sólo nos permitiría correlacionar las propiedades psicológicas con disyunciones heterogéneas de sus
correlatos neuronales. Y se añade: una ley disyuntiva no es una ley (J. Fodor, 1974)12.
Por estas razones las leyes de la psicología son unas leyes ceteris paribus (con excepciones), pero mucho más ceteris que paribus, hasta el punto de que se cuestiona su
carácter nómico13.
Sin embargo, todas estas disquisiciones filosóficas, que se presentan como
problemas inevitables, y con frecuencia insuperables, desde la perspectiva filosófico-conceptual, chocan de forma brutal con la realidad fáctica de varias de las disciplinas nucleares de la ciencia cognitiva: para buena parte de la comunidad cognitiva,
el estudio científico del cerebro es un componente esencial de estas ciencias. El
resultado es una división de la comunidad cognitiva en dos subcomunidades: la
más clásica14, que concibe el estudio de lo cognitivo como algo autónomo con
respecto a su implementación en cualquier substrato físico, de modo que esta autonomía se refleja en el hecho de que se usa un vocabulario específico, independiente
de las propiedades físicas; y otra comunidad, que adopta la neurofisiología como
disciplina central de su programa de investigación y lo extiende y conecta con otros
niveles de análisis. La primera de estas comunidades suele adoptar como herramienta de trabajo la inteligencia artificial, y concentra su atención en la explicación
de la conducta racional en función de las representaciones mentales; la segunda, en
cambio, no se preocupa apenas de este tipo de fenómenos y se dedica más bien a
establecer correlaciones genéricas entre la vida mental, en el sentido en que ésta se
11
Ver DAVIDSON (1963; 1970; 1973 y 1974).
J. KIM (1993) pone en cuestión esta afirmación de Fodor. Lo que está en cuestión aquí
son las propias nociones de «clase natural» y de «ley», pero no vamos a entrar ahora a analizar este
punto puesto que excede el ámbito de este trabajo.
13
Conviene advertir al lector avisado que actualmente muchos autores piensan que la tesis
del monismo anómalo de Davidson es inconsistente (por ejemplo, J. KIM, 1998), y que tampoco
existe un argumento conclusivo que vincule la instanciación múltiple, o el hecho de que las bases
realizadoras sean heterogéneas, con el carácter ceteris paribus de las leyes psicológicas. La razón es
que, de ser así, las llamadas leyes psicológicas no pasarían de ser generalizaciones accidentales, y
Fodor desea preservar su carácter nómico, aunque sea «con excepciones». Fodor ha llegado a reconocer este punto, pero continúa manteniendo su posición argumentando ahora que el carácter ceteris
paribus de las leyes psicológicas se debe a que sus bases realizadoras también lo tienen. Ver al respecto
R.G. MILLIKAN (1999).
14
Las notas características del clasicismo aparecen de forma muy clara en Z. PYLYSHYN
(1980; 1984 y 1989), y en uno de los pocos análisis de la ciencia cognitiva hechos abiertamente desde
una perspectiva de la filosofía general de la ciencia como el de Barbara VON ECKARDT (1993), que
adopta el marco conceptual del Laudan de Progress and Its Problems para caracterizar el objeto de la
ciencia cognitiva en cuanto a que los problemas que se plantea están concentrados en lo que ella
denomina ANTCOG: adult, normal, typical cognition.
12
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15
Una experiencia muy interesante para el filósofo de la ciencia preocupado por estos
temas es asistir a congresos específicos de una y otra comunidad. La conclusión que más inmediatamente se extrae es que hay una verdadera inconmensurabilidad entre una y otra. A pesar de que,
aparentemente, se ocupan de lo mismo, apenas tienen nada que decirse. Sin embargo, en los últimos
tiempos se está apreciando cada vez con más fuerza la aparición de una comunidad intermedia,
propiciada principalmente, todo hay que decirlo, por los filósofos de la ciencia cognitiva, donde
concurren practicantes de las dos subcomunidades.
16
J. FODOR (2000) se reafirma contundentemente en los límites del enfoque computacional. El resultado de su análisis es que no resulta posible una ciencia de lo racional.
17
Naturalmente, con ello no quiero decir que no se usen simulaciones computacionales
por doquier, en cualquier disciplina científica, para dar cuenta de cualquier fenómeno. Pero hay una
diferencia esencial entre tratar de simular una actividad cognitiva, por ejemplo, ciertas formas de
razonamiento, o la comprensión lectora, etc., y tratar de simular un modelo de átomo o un tornado.
En el primer caso, pero no en el segundo, la estructura y propiedades del modelo computacional
mismo son proyectadas sobre el sistema natural responsable de la actividad, de modo que tienen carga
ontológica. En otras palabras, suele suponerse que la conducta abierta del sistema cuya conducta se
trata de explicar está causada porque el sistema ejecuta las computaciones detalladas en el modelo,
pero ningún físico supone que la conducta de los átomos o de los tornados se deba a que éstos
ejecuten internamente las computaciones del modelo que las trata de representar.
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describe en el ámbito de la psicología popular y en los ámbitos de otras teorías como
la lingüística y la patología clínica, y sus correlatos y déficits al nivel neuronal,
adoptando una metodología básicamente experimental15.
La existencia de las dos subcomunidades anteriores, por otra parte, es terriblemente compleja, lo que hace que a su vez se subdividan ellas mismas. Esta complejidad es debida tanto a factores que afectan a concepciones de base, como a los
derivados del carácter fuertemente interdisciplinar de la ciencia cognitiva. En cuanto a los factores de base, la principal distinción que podemos encontrar es la que
mantiene que mediante las disciplinas auxiliares de la lógica y la inteligencia artificial resulta posible caracterizar el conjunto completo de la actividad psicológica,
frente a los que piensan que sólo sirven para dar cuenta de una parte de ella, precisamente la que corresponde a la actividad no estrictamente racional y consciente. J.
Fodor (1983; 1987), con su teoría modular de la mente, que establece una drástica
distinción entre los diferentes módulos responsables de las diversas actividades
cognitivas (percepción, lenguaje, ...) y el módulo central, responsable de la conducta racional, es el exponente más explícito de esta última posición. Así, mientras
Fodor está de acuerdo con la tesis básica del computacionalismo y favorece el análisis computacional de los módulos, mantiene, al mismo tiempo, que los límites de
lo que el enfoque computacional pueda dar de sí coinciden con los límites del
módulo central16.
Vamos, de este modo, contorneando la complejidad del problema. Por una
parte, esta forma de investigar los fenómenos cognitivos da lugar a un tipo peculiar
de teorías que son poco habituales en otros campos científicos: se trabaja mediante
el diseño de modelos computacionales tratando de simular actividades cognitivas17.
Si los modelos funcionan, se les considera teorías explicativas de la actividad correspondiente. Este proceso es susceptible a su vez de agregaciones que pueden dar
lugar a modelos generales o teorías unificadas18. Ahora bien, si lo que afirma Fodor
fuera correcto, entonces no podría haber teorías unificadas sino sólo modelos parciales, o modelos computacionales de los módulos periféricos.
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1.3. LOS PROBLEMAS DE LOS NIVELES Y DE LA DESCOMPOSICIÓN FUNCIONAL
La adopción de la concepción computacional de la mente tiene consecuencias directas para el problema de la reducción. Los sistemas computacionales
suelen ser descritos a tres niveles diferentes: computacional, algorítmico y de implementación19. Y sucede que esta división a tres niveles se ha trasladado por muchos, tal cual, al ámbito de los sistemas naturales inteligentes, por ejemplo, a los
humanos. ¿Cuál es el estatuto de los niveles? ¿Son meras descripciones de un mismo sistema, o es cada uno autónomo con respecto a su predecesor? ¿En que medida puede hablarse de que cada nivel más básico reduce a otro menos básico? Todas
estas preguntas han recibido respuestas controvertidas, y no hay acuerdo unánime
acerca de cómo conceptualizar los niveles. La razón principal es que el nivel-1 es
múltiplemente realizable en el nivel-2, y éste lo es en el nivel-3, debido precisamente a la caracterización funcional que se hace de cada nivel. En la medida en
que se mantenga que la realizabilidad múltiple es un impedimento insuperable
para la reducibilidad, tenemos el problema establecido. Si se piensa que no lo es,
entonces queda abierta la puerta para intentar una reducción macro-micro, que a
su vez puede conllevar eliminación ontológica de los niveles superiores, o algún
otro tipo de conexión vertical que garantice el anclaje de los niveles superiores en
los inferiores.
Alternativamente (y en cierto modo complementariamente, puesto que no
excluye al anterior), la propia división del sistema en módulos da lugar a otro tipo
de reducción por descomposición funcional, similar a la explicación que se podría
hacer de la conducta global de un automóvil descomponiéndolo pieza por pieza. Es
lo que Lycan ha denominado «funcionalismo homuncular» y W. Bechtel «explicación mecanística»20. Con esta última estrategia se pretende clarificar el problema de
18
Debe tenerse en cuenta que una teoría o arquitectura general no es el resultado de la
mera yuxtaposición de modelos computacionales parciales, se comienza por ellos, pero si no son
subsumidos e integrados en modelos más básicos, resulta imposible dar cuenta de la interacción
esencial de las diversas actividades cognitivas. Para la noción de arquitectura mental ver J. EZQUERRO
(1995) y F. MARTÍNEZ y J. EZQUERRO (1996).
19
El locus clásico de esta división de niveles es D. MARR (1977 y 1982). Con posterioridad
han surgido otras muchas propuestas centradas fundamentalmente en la diferencia de la relación
entre niveles en los modelos clásicos y los conexionistas. Puede verse Caroll LYNN FOSTER (1990)
para un análisis más detallado.
20
Ver W. LYCAN (1991) y W. BECHTEL (1988; 1994) y W. BECHTEL and R.C. RICHARDSON
(1993). D. DENNETT (1975) puso en circulación la expresión «funcionalismo homuncular», pero la
utiliza en un sentido diferente al de los anteriores.
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la explicación de las propiedades globales de los sistemas complejos que otros solucionan en falso, es decir, acudiendo a la oscura noción de emergencia21.
El otro rasgo que se ha mencionado, y que se encuentra íntimamente relacionado con el que se acaba de comentar, se refiere al carácter fuertemente interdisciplinario de las teorías cognitivas. Aunque a menudo se emplea dicho calificativo
con respecto a la ciencia cognitiva, lo cierto es que ésta se debate entre lo que
podríamos denominar la multidisciplinariedad y la genuina interdisciplinariedad22.
La primera implica solamente una relación (más o menos laxa) entre disciplinas que
persiguen sus propios objetivos teóricos, y es la que viene expresada habitualmente
en el célebre hexágono de Gardner (1985)23. La interdisciplinariedad genuina sugiere, por contra, que la relación se extiende hasta las teorías mismas, que atraviesan
varias disciplinas en su labor explicativa. Este programa requiere el desarrollo de
«ciencias puente», pero sucede que las teorías así obtenidas no van a ser «limpias», al
operar en diferentes niveles de análisis y descripción24. En cualquier caso, basta una
simple mirada al campo para observar que, disciplinas tales como la neuropsicología o la neurolingüística, están compuestas de teorías sucias en el sentido anterior: la
neuropsicología estudia las relaciones entre el cerebro y el comportamiento, y la
neurolingüística trata de establecer los vínculos entre el lenguaje y la función cerebral, así como entre el lenguaje y las capacidades cognitivas. Lo que abunda en esta
clase de teorías son, por ejemplo, correlaciones del tipo de la que pueda haber entre
los déficits en el procesamiento sintáctico y determinadas disfunciones cerebrales,
como las que tienen los afásicos de Broca. Es decir, se correlaciona conducta abierta, en este caso lingüística, con estados psicológicos y con estructuras y lesiones
cerebrales.
Este tipo de correlaciones son, por decirlo de alguna manera, de tipo «vertical», ya que se ponen en relación elementos que se encuentran a distinto nivel.
21
Admitir la emergencia equivale a dejar en el más completo misterio el problema de
la explicación de las propiedades molares de los sistemas complejos. La razón es que la noción de
emergencia es antirreductiva per se, ya que establece un doble corte —epistemológico y ontológico— entre las propiedades emergentes y las propiedades de base. Pero eso es precisamente lo que
tratamos de comprender, por lo que los defensores del emergentismo cometen claramente una petición de principio.
22
Véase, por ejemplo, V. HARDCASTLE (1996) y W. BECHTEL (1988; 1994) y W. BECHTEL
and R.C. RICHARDSON (1993). Otros autores han señalado un contraste similar al distinguir entre
ciencia cognitiva y ciencias cognitivas, como es el caso de A. RIVIÈRE, 1991.
23
Gardner incluye en la nómina de la ciencia cognitiva las siguientes disciplinas: filosofía,
psicología, inteligencia artificial, lingüística, antropología y neurociencia.
24
Un problema patente, que puede dar trabajo a la filosofía de la ciencia, es el de cómo
distinguir las teorías «sucias» pero sólidas de las teorías simplemente confusas.
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1.4. EL RETO DE LA INTERDISCIPLINARIEDAD
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Pero también abundan los casos de relaciones «horizontales» que generan teorías
que se encuentran a caballo entre, por ejemplo, la psicología, la lingüística y la
antropología. Es lo que L. Darden y N. Maull (1977) denominan «teorías intercampo», y que A. Abrahamsen (1987) caracteriza en términos de «límites de contacto» y
«límites de ruptura». En el último caso sucede que una disciplina es reconceptualizada
en términos de otra, por ejemplo, el intento de N. Chomsky de psicologizar la
lingüística, mientras que en el primer caso se establecen conexiones que pueden
resultar útiles para varias disciplinas, por ejemplo, las teorías de la categorización en
la línea de E. Rosch (1978), Medin y Shaffer (1978) o Lakoff (1987) están encajadas entre medio de las tres disciplinas mencionadas anteriormente. Si bien en el
caso de los límites de la ruptura parece natural hablar de algún tipo de reducción,
en el de los límites de contacto el asunto no está tan claro. Sin embargo, los resultados de las teorías de este último tipo se toman como base para la elaboración de
teorías acerca de la arquitectura mental, con lo que, indirectamente, entran en relaciones de reducción, ya que se trata, en estos casos, de explicar fenómenos obtenidos a un nivel de descripción, por ejemplo, el de la psicología popular que utiliza la
antropología, en términos de teorías acerca de la estructura interna de procesamiento mental, con hipótesis fuertes acerca de, por ejemplo, cómo son almacenados los conceptos en la memoria25.
En definitiva, como se habrá podido comprobar, el desarrollo de las ciencias
especiales, y especialmente el de la ciencia cognitiva, presenta a la filosofía de la ciencia un panorama de relaciones interteóricas mucho más complejo que el que había
venido sirviendo históricamente de telón de fondo para el análisis de estas relaciones.
Los elementos más destacables que encontramos en la nueva situación son: (a) la
escasa (y dudosa) presencia de leyes; (b) la abundante presencia de propiedades funcionales; (c) el problema de la instanciación múltiple; (d) el problema específico de
relacionar los niveles en el sentido de Marr; (e) el problema de que, en algunos casos,
las reducciones conllevan eliminación ontológica, pero en otros no; (f ) el problema
de que, en algunos casos, parece viable dar cuenta de las relaciones en términos micromacro, pero en otros no; (g) el problema de relacionar las teorías intercampo tanto en
el sentido horizontal como en el vertical; (h) el problema de si son o no posibles
arquitecturas cognitivas unitarias integrando los factores relevantes.
Todos estos problemas parecen pesar abrumadoramente sobre las concepciones de las relaciones interteóricas y de la reducción que habitualmente se manejan en filosofía de la ciencia. Debe notarse que aquí están en juego problemas ontológicos, metodológicos, epistemológicos y semánticos de forma íntimamente
25
A este respecto, tiene su importancia advertir que E. ROSCH (1978) se opuso abiertamente a que sus resultados acerca de la prototipicidad obtenidos a partir del análisis de la categorización
de los conceptos de color, fueran extrapolados como hipótesis acerca de las estructuras de procesamiento y modos de almacenamiento en la memoria. Sin embargo, es bien conocido que muchos en
psicología las consideraron en este sentido. De hecho, la propia modelización conexionista de la
mente asume de partida dicho supuesto.
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36
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2. CONCEPCIONES DE LA REDUCCIÓN
Hay un clásico escrito, K.F. Schaffner (1967), al que se remiten como punto
de partida un buen número de los autores que tratan el tema de la reducción. Schaffner
clasificaba cuatro estilos de reducción interteórica que calificaba de «paradigmas»:
(1) El paradigma Nagel-Woodger-Quine (NWQ)26: se trata de un modelo de reducción directa: los términos básicos (y las entidades) de una teoría son
igualados (equated ) a los términos básicos (y las entidades) de otra teoría, y
los axiomas y leyes de la teoría reducida son derivables a partir de los de la
teoría reductora. Como puede que haya términos en la teoría reducida que
no aparecen en la reductora, es necesario añadir enunciados adicionales a la
teoría reductora asociando esos términos de la teoría reducida a combina-
26
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Ver E. NAGEL (1949 y 1961), W.V. QUINE (1964) y J.H. WOODGER (1952).
37
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GUÍA PARA NO PERDERSE EN LA MARAÑA DE LA CIENCIA 37
conectada. Si lo contemplamos desde las perspectivas epistemológica y metodológica,
al problema de la reducción subyace el desideratum de si existe una disciplina privilegiada desde la que abordar los fenómenos cognitivos; desde la perspectiva ontológica
se platea el problema del tipo de entidades (y propiedades) que estamos dispuestos
a admitir como existentes: si sólo entidades físicas en un mundo cerrado causalmente,
o también entidades y/o propiedades no físicas. Esta perspectiva no tiene por qué ir
vinculada, en principio y en todos los casos, con las opciones que se tomen respecto
al problema metodológico. Por ejemplo, es bien conocido que una de las opciones
mayoritarias en filosofía de la psicología (el funcionalismo), trata de conciliar el
monismo ontológico con el dualismo metodológico. Sin embargo, no es menos
cierto que esta combinación ha sido fuente de conflictos y tensiones desde el mismo
comienzo de su formulación. Finalmente, el problema semántico, o el problema de
la intencionalidad, dentro del cual podríamos incluir el problema de la racionalidad, se encuentra en la base de los anteriores. La razón es aparente: las propiedades
intencionales y el carácter normativo de la racionalidad se consideran obstáculos
insalvables para la reducción. Lo habitual, durante mucho tiempo, ha sido abordar
el problema de la reducción unas veces desde la perspectiva semántica, y otras desde
la ontológica, derivando consecuencias metodológicas. Sólo recientemente se ha
tratado el problema desde la perspectiva metodológica, es decir, partiendo de la
situación real de las relaciones interteóricas en las ciencias cognitivas que se practican. Vamos a exponer brevemente cómo se ven las cosas desde esta perspectiva
teniendo en cuenta, como telón de fondo, la compleja lista de problemas que hemos venido enumerando a lo largo de esta primera parte. Por razones de espacio,
sin embargo, nos vamos a centrar en una propuesta reductiva reciente, la que hace
Bickle (1998).
JESÚS EZQUERRO MARTÍNEZ 38
ciones de términos pertenecientes al vocabulario de la teoría reductora. (Un
caso de reducción de este tipo es la de la termodinámica clásica a la mecánica estadística que utiliza Nagel en sus ejemplos27).
(2) El paradigma Kemeny-Oppenheim (KO)28: se trata de un modelo de reducción
indirecta: más que obtener por derivación una teoría T 2 a partir de una
teoría T 1, lo que requiere es la obtención de predicciones observables idénticas a partir de ambas, aunque también se requiere que se puedan predecir
un mayor número de fenómenos a partir de la teoría reductora T 1, como
condición para garantizar, en la medida de lo posible, la relación asimétrica
entre las teorías reducida y reductora. (Un caso de reducción de este tipo
podría ser la de la teoría de la oxidación de Lavoisier, que predice todos los
fenómenos observables de la teoría del flogisto).
(3) El paradigma Popper-Kuhn-Feyerabend (PKF)29: este modelo está más orientado a la clarificación de las relaciones dinámicas de la ciencia, es decir, de las
relaciones entre teorías antecesoras y sucesoras. Esta propuesta podría ser
interpretada, más que como un modelo de reducción, como un argumento
en contra de la posibilidad de reducción. Pero Schaffner piensa que puede
darse de este argumento una versión positiva: no se requiere que T 2 sea
derivable a partir de T 1, pero se admite que T 1 debe ser capaz de explicar los
éxitos de T 2, por qué T 2 venía funcionando. Incluso se admitiría cierta
derivabilidad mediante la adjunción de algunas premisas adicionales y una
exigencia de resultados experimentales sólo aproximada (por ejemplo, los
casos de Galileo-Newton).
(4) El paradigma de Suppes30: se obtiene una reducción ssi se consigue demostrar
que, para todo modelo M2 de la teoría reducida T 2, puede hallarse un modelo M1 de la teoría reductora T1, tal que es posible construir un modelo
M1* (que puede ser idéntico a M1) de modo que M1* es isomorfo a M2.
El problema aquí, como señala Schaffner, es que Suppes no ofrece ninguna
definición general de isomorfismo, porque cree que es algo muy difícil de hacer.
Pero si se adopta alguna definición difícil de rechazar, como la de Church (1956)31,
entonces se puede demostrar el siguiente teorema:
·
27
En realidad, Nagel no exige el establecimiento de identidades o equivalencias por definición entre los términos de las teorías reducida y reductora. Como su interés básico era garantizar la
deducibilidad de la teoría reducida a partir de la reductora, no se decanta tajantemente al respecto,
permitiendo que, en algunos casos, la relación podría ser simplemente un condicional. Sin embargo,
éste no es un punto trivial. Muchos autores han defendido que la relación tiene que ser de equivalencia, como se hará mención más adelante (ver J. KIM, 1996, pp. 214 ss.).
28
Ver Kemeny, J.C. & Oppenheim (1956).
29
Las obras de referencia son las clásicas y bien conocidas de estos autores.
30
Ver P. SUPPES (1957).
31
La definición que ofrece Church es la siguiente: «Two models of a system postulates are said
to be isomorphic if there is a one-to-one correspondence between the two domains of individuals used in
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Teorema: si es posible construir una reducción NWQ para T 1 y T 2, entonces es
también posible construir una reducción tipo Suppes.
La demostración, nos dice Schaffner, es fácil de hacer: una reducción tipo
Suppes se consigue ssi es posible establecer que para todo modelo de T 2 se puede
construir un modelo isomorfo en T 1. Las funciones de reducción en el modelo
NWQ garantizan:
o bien una correspondencia uno-a-uno entre los individuos de la ontología de la teoría con los de la teoría reductora, o bien una correspondencia
uno-a-uno de agregados de la ontología de la teoría con individuos o agregados de la ontología de la teoría reductora.
II . también sirve para preservar valores idénticos de los predicados
correlacionados de las sentencias abiertas cuando los huecos de predicado
son rellenados con individuos o agregados correlacionados.
Pero satisfacer (i) y (ii) equivale a especificar que si T 2 tiene un modelo M2,
entonces T 1 debe tener un modelo M1 que es isomorfo a M2, puesto que (i) garantiza la equi-cardinalidad, y (ii) la identidad de los valores de los predicados.
Es decir, parece que la noción de reducción de Suppes podría ser considerada como una versión débil del modelo NWQ. De hecho es tan débil que es difícil
poder considerarla como una reducción. Schaffner concluye diciendo que el modelo de Suppes es tan débil que permite que teorías diferentes posean la misma estructura formal (por ejemplo, la termodinámica y la hidrodinámica), y sin embargo no
tenga ningún sentido tratar de reducirlas. En este sentido se podría decir que el
isomorfismo es una condición necesaria, pero no es suficiente para la reducción. Por
el lado positivo podríamos decir que el modelo de Suppes clarifica la metodología de
la reducción, pero no la lógica de la reducción.
2.1. LA CONCEPCIÓN ESTRUCTURALISTA DE LA REDUCCIÓN EN CIENCIA COGNITIVA
Una buena pregunta es si la demostración de Schaffner tiene efectos sobre
otras versiones de la reducción dentro de la concepción semántica. Su interés radica
en el hecho de que los escasos, y muy recientes, intentos de abordar el problema de
the two models such that the values given in the two models to any particular free variable occurring in
the representing forms of the postulates always correspond to each other according to this one-to-one
correspondence. I. e. if in the first model the value is given to the individual variable a, and in the second
model the value a’ is given to a, then a must correspond to a’ in the one-to-one correspondence between
the two domains of individuals; and if in the first model the value F is given to an n-ary functional
variable f, while in the second model the value F‘ is given to f, the the propositions functions F and F‘
must be so related that, whenever the individuals a1’, a2’, ..., an’ of the second domain, the value F (a1, a2,
...,an) is the same as the value F‘ (a1’, a2’, ..., an’)» CHURCH (1956), pp. 329-30.
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39
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GUÍA PARA NO PERDERSE EN LA MARAÑA DE LA CIENCIA 39
I.
JESÚS EZQUERRO MARTÍNEZ 40
la reducción en ciencia cognitiva desde la perspectiva general de la filosofía de la
ciencia adoptan esta concepción. Val Hardcastle (1991; 1994 y 1996) y J. Bickle
(1993 y 1998) lo hacen así. Mientras que Hardcastle no deja claro si el hecho de
presentar el problema en los términos de la concepción semántica resulta esencial a
su argumentación, ni tampoco cuál de las diferentes versiones le parece más acertada32, J. Bickle se decanta claramente por la concepción estructuralista de la reducción. Y la razón es, a todas luces, que mientras Hardcastle se apunta a la corriente
generalizada que suele acompañar las concepciones semánticas, consistente en aceptar
la primacía de la epistemología sobre la ontología33, Bickle está convencido de que
realmente hay problema mente-cuerpo.
Bickle parte del supuesto de que el fisicalismo antirreductivo contemporáneo es un programa inestable que oscila entre el reduccionismo y el dualismo de
propiedades, como han mostrado los argumentos de Kim sobre la causación descendente34. Prima facie, pues, el fisicalista anti-reductivo no lo puede tener «both
ways», es decir, difícilmente puede conciliar la posición fisicalista con el no-reduccionismo. Sucede que el reduccionismo clásico, una versión del que aquí hemos
denominado (NWQ), concibe la relación de reducción como una deducción de la
teoría reducida (TR) a partir de la teoría reductora (TB)35, y dado que TR viene
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32
Está claro que, si atendemos a la clasificación de los enfoques semánticos en función de
las herramientas matemáticas utilizadas —teoría de conjuntos o espacios de estado—, Hardcastle
usa la primera de ellas, pero por los ejemplos que aporta no queda claro si utiliza la versión de Suppes
o la estructuralista: «Let me emphasize, though, that I adopt the semantic view in this text not
because I think it is inherently superior to the more traditional models (though I do) —indeed,
every thing that I claim can be translated into any view of theory you might have with greater or
lesser ease— but, instead, because it highlights certain features ot theories that are important for the
discussions above» (HARDCASTLE, 1996, p. 175). En el fondo, sospecho que Hardcastle no se interesa
por el problema de la reducción. Da por garantizado el monismo ontológico, pero al mismo tiempo
piensa que no merece la pena perder el tiempo en aclararlo (ver nota al pie núm. 43). En su lugar,
Hardcastle está más interesada en utilizar la concepción semántica para caracterizar la situación de
teorización en ciencia cognitiva donde se elaboran teorías de tipo interdisciplinario, en el sentido de
las teorías inter-campo que utiliza W. Bechtel. Ya hemos visto que sería estúpido cerrar los ojos ante
estas evidencias acerca de la práctica real de la ciencia cognitiva. El problema en este caso es que por
decirlo en castellano castizo, «lo cortés no quita lo valiente». Es decir, contrariamente a lo que piensa
Val Hardcastle, la práctica masiva de teorización sucia en ciencia cognitiva, en lugar de dejar sin
efecto el interés por la reducción, le añade un mordiente sumamente interesante.
33
Aunque creo que es muy discutible la acepción de «epistemología» que se utiliza, por
ejemplo, en los ambientes estructuralistas, que apenas prestan atención a los problemas normativos
de la justificación epistémica y, en general, hacen dejación de los problemas ontológicos. Al final no
se sabe muy bien en qué queda el principio PSOE de Moulines con una concepción tan sumamente
descafeinada de la epistemología. Hay, no obstante, algunas excepciones, pero éstas no se mueven en
el marco estructuralista sino en otras versiones diferentes de la concepción semántica. Es el caso de
Suppe y Giere, que se preocupan del problema del realismo.
34
Ver J. KIM (1993; 1997 y 1998) y A. VICENTE (1998) para un análisis pormenorizado de
este problema.
35
Bickle utiliza estas expresiones «TR» y «TB». En lo que sigue me ajustaré a esta forma de
referir a las teorías reducida y reductora respectivamente.
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36
Para algunos, estas coextensiones deberían ser definicionales, aunque para otros sería
suficiente con que fueran accidentales. De hecho, algunos autores como R. BOYD (1991; 1999) o
R.G. MILLIKAN (1999) mantienen que deben ser accidentales en el caso de las clases históricas, aunque no por ello dejen de ser nómicas, al menos en el sentido de que proporcionan fundamento para
la inducción.
37
Esta solución se ha propuesto con frecuencia para el caso de las relaciones entre las
mecánicas cuántica y relativista.
38
SCHAFFNER (1967, p. 144) estipula que todos los términos de (TR*) deben aparecer en
TB, de modo que sea posible establecer una correspondencia uno-a-uno representando identidades
sintéticas entre todos los individuos (o grupos) de TR y TR*. Estas identidades son las que permiten
simplificar la ontología del dominio. Por otra parte, TR* debe permitir resultados experimentales
más precisos que TR, y en este sentido la corrige.
39
R.P. ENDICOTT (1998, pp. 60-62) piensa, por el contrario, que este punto no se sustenta.
Para empezar, en los casos en donde es preciso proceder a una eliminación ontológica simplemente
no cabe hablar de reducción, sino de reemplazamiento. Y éste es un resultado que dimana tanto del
análisis clásico WNQ, como de las versiones modificadas de Schaffner y Hooker. Pero es que, además, el modelo de Schaffner (y el de Kim) que deducen una versión corregida, fragmentada y/o
específica de dominio de la teoría reducida TR a partir de TB, también resultan inmunes al argumento del modus tollens, ya que la deducción se hace siempre con la ayuda de supuestos auxiliares y
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GUÍA PARA NO PERDERSE EN LA MARAÑA DE LA CIENCIA 41
expresada en un vocabulario diferente al de TB, se hacen necesarios principios puente que conecten términos de TR con términos de TB. Y tales principios deben
expresar coextensiones nómicas entre los términos relacionados36.
Aquí tenemos ya presentado el problema. Si estamos de acuerdo en que en
la teorización cognitiva se aplican cualquiera de los dos principios antirreductivos
que hemos mencionado anteriormente —el anomalismo de lo mental y la realizabilidad múltiple— entonces se sigue inmediatamente que el enfoque reductivo clásico no puede funcionar, porque, como hemos visto, ambas posiciones asumen la
imposibilidad de leyes psicofísicas. Una posible salida podría ser la búsqueda de
alguna forma más débil de relación entre las teorías que se mueven a los niveles de
lo físico y lo mental respectivamente. En esta dirección orienta su propuesta J.
Bickle (1998) hasta decantarse por el estructuralismo.
Entre las razones que Bickle ofrece en favor de utilizar el estructuralismo
como esquema de reducción para tratar el problema mente-cuerpo, no es la menor
el análisis preliminar que hace de la crítica de Hooker (1981) a la reducción clásica.
Según Hooker, la reducción clásica tiene un problema de base: si la teoría reducida
resulta ser falsa (como suele ser lo habitual) entonces, por modus tollens, la teoría
que la reduce también debe ser falsa. Y no sirve ni la recurrida solución de complementar el complejo reductor con condiciones y supuestos límite37, ni tampoco,
según Bickle, la solución a la Schaffner: en lugar de derivar la teoría reducida original (TR), derivar una versión corregida de ella (TR*) construida a partir de un
complejo reductor que utiliza la teoría reductora en conjunción con ciertas condiciones38. Lo que posibilita esta maniobra es salvar el escollo de la falsedad de la
teoría reductora mediante la alternativa corregida, corrección que depende directamente de la teoría reductora. Sin embargo, esta solución, nos dice Bickle, no puede
servir en los casos en que la reducción conlleva eliminación ontológica39.
JESÚS EZQUERRO MARTÍNEZ 42
Si las anteriores soluciones no son aceptables, entonces parece que nos vemos abocados a aceptar el tipo de reducción de Popper-Kuhn-Feyerabend, es decir,
a aceptar que no hay en realidad reducciones sino solamente abandonos de unas
teorías en favor de otras. Pero Bickle cree que ello no es necesario si se atiende a la
propuesta de Hooker: en lugar de tratar la reducción como la deducción de una
estructura especificada en el vocabulario de la teoría reducida (aunque sea modificada como propone Schaffner), se puede defender que lo que se deduce es una
estructura especificada en el vocabulario de la teoría reductora para la que se han
utilizado determinadas condiciones constrictoras (CR)40.
De ese modo lo que se obtendría es un subconjunto propio (un conjunto
de teoremas) de TB que, de acuerdo a una relación de analogía (AR), resultaría ser
relevantemente isomorfo a TR. Pero en este caso, hay que tener en cuenta que los
pares relacionados por AR no son sinónimos, ni coextensivos, ni identidades sintéticas en un sentido habitual. Es decir, la relación de analogía (AR) quedaría muy
distante de la definición de isomorfismo de Church que hemos dado anteriormente, pero Bickle no ofrece pista alguna para caracterizarla. Es más, parece que no le
interesa. Y no le interesa porque lo que quiere defender es que, con el enfoque
estructuralista de la reducción, «hay sitio para todos». Si CR no contiene condiciones restrictivas salvajemente contrafácticas y además la mayor parte de las leyes de
TR encuentran análogos sintácticos en la versión corregida TR*, entonces podemos
sostener que existen identidades entre los referentes de los términos contenidos en
los pares interteóricos. Esto es: si tenemos reducciones que no implican correcciones vastas de TR, entonces tendremos identidades ontológicas. En caso contrario
podemos tener eliminaciones. Aunque de hecho existe todo un espectro que va
desde la reducción perfecta hasta la más abrupta, y que obtiene reflejo en el plano
ontológico, dibujándose en éste una línea continua que comienza con la identidad
(retención de todos los «posits») y termina en la eliminación.
El problema mente-cuerpo es primariamente, según Bickle, el de cómo se
relacionan dos teorías (psicología popular y neurología) acerca del comportamiento
humano. Las consecuencias ontológicas dependen de esta primera cuestión. En este
punto debería quizás defenderse que la psicología popular es una teoría, pero Bickle
no lo hace. Nos dice que tal vez sea algo más que una teoría, pero desde luego, es al
otras condiciones y, por consiguiente, su valor de verdad es siempre diferente al de la teoría original
a reducir. Por estas razones, no se ven las ventajas de la reducción new wave con respecto a estos otros
modelos.
40
En realidad, como acabamos de ver en las notas 38 y 39, parece que Bickle no interpreta
correctamente a Schaffner. Por eso no es de extrañar que varios autores tomen la propuesta de Schaffner,
que trata de ofrecer un marco donde tienen cabida las intuiciones más relevantes de los cuatro paradigmas de reducción que reconstruye, exactamente en el mismo sentido en el que Bickle interpreta a
Hooker. Por ejemplo, W. BECHTEL (1988) y Jay ROSENBERG (1994). Por otra parte, la objeción principal de Bickle a Schaffner, de que su esquema reductivo no puede funcionar en los casos de eliminación ontológica, no puede tener mucha fuerza si tenemos en cuenta que, para Schaffner, el paradigma que mejor acomoda la práctica real de la ciencia es el de PKF, que hace bandera de este aspecto.
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41
Ver las secciones 3 y 4 del capítulo segundo de su (1998).
Puede verse la concepción estructuralista de la reducción en el clásico Balzer, W.;
MOULINES, C.U. & SNEED, J.D. (1987), o una versión más sencilla en DÍEZ, J. y MOULINES (1997).
42
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GUÍA PARA NO PERDERSE EN LA MARAÑA DE LA CIENCIA 43
menos una teoría. En general, a lo largo del libro uno no sabe bien a qué atenerse,
si la candidata a reducción a la neurofisiología es la psicología popular, o bien se
trata de teorías específicas de la psicología cognitiva científica. Si atendemos a sus
motivaciones de base, y a su insistencia en que el problema mente-cuerpo hay que
tratarlo como un problema de relación interteórica prestando atención a la práctica
real de la ciencia, deberíamos concluir que se trata de lo segundo; pero en cambio,
otras veces lo plantea simplemente en términos de psicología popular y neurofisiología. Ello se debe quizá a que, basado en el argumento de que así «hay sitio para
todos», pretende dar cabida a las soluciones dadas en la filosofía de la mente al
problema de la intencionalidad.
Consecuente con esta forma de ver las cosas, Bickle nos dice que la reformulación interteórica del problema mente-cuerpo tiene la ventaja de que cada solución tradicional al problema mente-cuerpo ocupa su sitio correspondiente en el
catálogo de predicciones acerca del «destino reductivo» de la psicología popular41.
No obstante, si tenemos en cuenta que la relación de analogía (AR), dada su debilidad e indefinición, no posibilita la transitividad de la reducción, podría entonces
resultar plausible la reducción de la psicología popular, o de fragmentos de ella, a
ciertas teorías de la psicología científica, y plausible también la reducción de esa
psicología a neurofisiología (siempre según su modelo). Y todo ello a su vez sin
resultar plausible la reducción de la psicología popular a la neurofisiología. Ello
supondría una consecuencia especialmente grave de su enfoque.
Bickle encaja las propuestas de Hooker en el modelo estructuralista de reducción interteórica. Para hacerlo no hay más que incluir la versión corregida TR*
en el conjunto de modelos potenciales de TB [TR* P Mp(TB)] y todo lo demás
transcurre según la versión estándar de la reducción del estructuralismo. Pero el
primer problema que se plantea, en relación a lo apuntado en el párrafo anterior, es
el siguiente. Es bien conocido que el estructuralismo estima que las condiciones de
la reducción clásica —conectabilidad y derivabilidad— eran demasiado rígidas, y
precisamente por ello las sustituye por algo más débil42. La conectabilidad es sustituida por una relación más laxa como la correspondencia global entre los modelos
(Mp) de TR y TB y las aplicaciones (I) respectivas. Y la derivabilidad, a su vez, es
sustituida por la idea de que siempre que hay una aplicación que cumpla las leyes de
TB (sea extensible a un M de TB), y además cumpla ciertas condiciones específicas,
es decir, que sea extensible a un M de una especialización de TB (TB1), entonces en
TR el correlato de esa aplicación cumplirá las leyes de la teoría reducida TR, es
decir, será extensible a un modelo actual M de TR. Así, denominando ‘e’ a la relación que cualquier relación entre Mps genera a nivel empírico, definen la relación r:
si r es una relación entre modelos potenciales (Mp), re es el resultado de recortar los
constituyentes T-teóricos de los Mps de los pares de r, es decir re = r[r].
JESÚS EZQUERRO MARTÍNEZ 44
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Ahora bien, como la relación de reducción estructuralista es precisamente
una relación interteórica r43 que cumple determinados requisitos, tenemos el siguiente problema. Si bien una de las motivaciones básicas del enfoque estructuralista
de la reducción era subsanar el problema de que la reducción clásica requería, como
condición previa, contar con teorías axiomatizadas, el estructuralismo debe requerir al menos tener definido el predicado conjuntista de las candidatas TR y TB44.
Si esto es así, entonces, yo al menos, no alcanzo a ver cómo diablos se
podría definir el predicado conjuntista de la psicología popular, y suponiendo, lo
que es mucho suponer, que se consiguiese, Bickle nos tendría que decir cómo se las
apañaría para recortar los constituyentes T-teóricos de los modelos potenciales de
una teoría semejante. Claramente, esto es absurdo. Todo ello nos inclina a pensar
que lo que pretende hacer Bickle solamente tiene aplicación, si es que la tiene, al
intento de reducir teorías científico-cognitivas descritas al nivel psicológico con
otras descritas a nivel neurofisiológico. Es decir, debería olvidarse de la psicología
popular.
Si la objeción anterior tiene sentido, entonces toda la pólvora que Bickle
quema después tratando de mostrar que los argumentos de Davidson sólo hacen
mella en el reduccionismo clásico, pero no en el suyo, puesto que no requiere leyes
puente, dejan de tener sentido también. En cambio, los argumentos que ofrece en
relación al problema de la instanciación múltiple tienen más sentido. Pero aquí nos
encontramos con el hecho obvio de que podría mantenerlos igualmente sin recurrir
al enfoque estructuralista. Bickle se remite al análisis de Kim en el sentido de que la
realizabilidad múltiple nos conduce a reducciones específicas o locales de los estados funcionales con sus realizadores en cada caso, del mismo modo que la temperatura se reduce a energía cinética de las moléculas en el caso de los gases, pero se
43
Los requisitos más habituales, tal y como vienen definidos, por ejemplo, en J. DÍEZ y
C.U. MOULINES (1997, p. 377) son:
– (1) r P Mp(T) × Mp(T*)
– (2) I(T) P Dom re y re [I (T)] P I(T*)
– (3) G y, y* (<y,y*> B re $ y* B I(T*) Æ (aT*’ (T*’ s T* $ y* B r [M(T*’)]) Æ y B r [M(T)])).
Bickle dice que se pueden rebajar o incrementar las condiciones con objeto de cubrir el mayor
espectro posible de casos que van desde la eliminación total, la parcial o la coexistencia de teorías.
Pero incluso adoptando las condiciones más restrictivas para la relación de reducción, el sustituto
estructuralista a la clásica noción de derivabilidad no alcanza a decir otra cosa que siempre que una
aplicación cumpla las leyes de la teoría reductora, habrá otra aplicación de la teoría reducida que
cumpla las leyes de dicha teoría. Si ahora tenemos en cuenta que la relación r es el resultado de
recortar los constituyentes T-teóricos de ambas teorías, eso no es sino otra forma de decir, en mi
opinión, que las mismas observaciones satisfacen las leyes respectivas de ambas teorías. Lo cual no es
mucho decir desde el punto de vista de la reducción, ya que el verdadero problema comienza a partir
de ese punto.
44
J. KIM (1996) mantiene que postulando leyes puente en forma de bicondicional, no es
necesario esperar a tener teorías de la psicología y la neurología completas. Es suficiente con analizar
las perspectivas de hallar bicondicionales entre las teorías que tenemos a mano ahora. Es más, afirma
que las leyes bicondicionales posibilitan tratar el problema mente-cuerpo con independencia de
cualquier modelo de reducción. (Ver J. KIM, 1996, pp. 216 ss.).
44
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45
En principio, no hay razones para afirmar que la coevolución es incompatible con la
reducción. Podría darse un caso de reducción al final de la evolución de dos teorías, pero Bickle no
aporta ejemplos satisfactorios. En este sentido, su propuesta no dejaría de ser también una versión
débil de la versión positiva (reductiva) que ofrece Schaffner del modelo PKF.
46
M.K.D. SCHOUTEN and H.L DE JONG (1999) han defendido una solución similar, la de
la coevolución, a partir del supuesto de la imposibilidad de reducción de las propiedades funcionales.
Para estos autores, las teorías que se mueven a nivel funcional y las que tratan de los mecanismos
realizadores de las funciones, se constriñen y guían mutuamente. Esta perspectiva da como resultado, a la hora de hablar de teorización en ciencia cognitiva, un juego de inter-relación mutua topdown y bottom-up.
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reduce (identifica) de otras formas en el caso de los sólidos o del plasma. Pero todo
eso lo había hecho ya Kim y Bickle no aporta nada nuevo.
En resumen, Bickle defiende un reduccionismo revisionista, ni absolutamente conservativo, ni totalmente eliminativista. Pero decir esto sin precisar criterios de conservación y eliminación, dejando el asunto al propio devenir de las teorías
psicológicas y neurológicas en juego, no es decir mucho. Es tanto como constatar,
simplemente, que la psicología y la neurofisiología evolucionarán y se influirán mutuamente convergiendo en algunos puntos. Pero esto nadie lo pone en duda. Es más,
¿en qué sentido el revisionismo como resultado de una coevolución teórica es una
reducción? Lo que tenemos al final de un proceso de coevolución teórica es más bien
otra cosa. No las viejas teorías, teorías candidatas a la reducción y teorías reductoras,
sino una nueva teoría. Esto inclinaría la balanza más hacia el lado del modelo PKF,
donde no hay propiamente reducción sino desbancamientos de unas teorías por otras,
con lo que nuevamente se certificaría el diagnóstico de Schaffner acerca de la debilidad del enfoque semántico como modelo de reducción45. En este sentido, se comprenden las cautelas de Hardcastle y de Bechtel acerca de la reducción, y el resultado
final de Bickle se parece mucho a lo que estos autores proponen46.
Finalmente, sin argumentos filosóficos de mayor peso, también parece que
la reducción de Bickle podría ser compatible con algunas formas de dualismo. Este
problema es una consecuencia aparentemente inevitable del enfoque estructuralista,
que dimana de las características básicas de lo que aquí hemos denominado «paradigma de Suppes», del que constituye una variante. Se trata, además, de un problema achacable a todos los enfoques pragmáticos que sólo tienen en cuenta las relaciones interteóricas sin querer entrar a discutir cuestiones ontológicas y
epistemológicas (normativas) de principio. Antes hemos observado que el hecho de
que exista un isomorfismo entre dos estructuras formales no es suficiente, per se,
para fundamentar generalizaciones empíricas de una a otra, es decir, no legitima la
reducción, en la medida en que puede incluir pares de teorías para las que ni siquiera tiene sentido planteársela. Pues bien, este problema incluso se amplifica cuando
lo que tenemos entre manos son teorías descritas a nivel de estructura funcional.
Supongamos que tenemos una teoría psicológica que contiene únicamente predicados mentalistas cuya estructura formal es isomorfa a una teoría que contiene únicamente predicados neuronales, y también a otra teoría computacional. ¿Debemos
pensar que estamos ante un caso de reducción de la psicología a la neurología y no
ante un caso de reducción de la psicología a una teoría acerca del funcionamiento
de ciertos circuitos electrónicos? Recordemos que el único apoyo que Bickle recaba
para la reducción es la existencia de análogos sintácticos, y en este caso se cumple.
Pero esta solución, a falta de otros criterios adicionales, además de poner en igualdad de condiciones pares de teorías que no tiene sentido reducir, sería perfectamente compatible con propuestas dualistas clásicas como, por ejemplo, la armonía
preestablecida.
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3. CONCLUSIONES
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Llegados a este punto, conviene recordar las motivaciones básicas de la reducción teórica. Desde el punto de vista epistemológico, la reducción viene motivada por una decisión normativa acerca del nivel privilegiado de análisis a adoptar
en un campo determinado, en nuestro caso, la cognición. En la reducción de espíritu NWQ, la deducción de las leyes de la teoría reducida a partir de las de la
reductora supone, al mismo tiempo, una simplificación explicativa que privilegia el
nivel de la teoría reductora. Desde el punto de vista metafísico, el resultado de una
reducción exitosa es una ganancia en simplicidad ontológica: disminuye la cantidad de hechos independientes que tenemos que suponer acerca del mundo. Hemos
visto, sin embargo, que el paradigma dominante en ciencia cognitiva (el funcionalismo, con su fisicalismo no reductivo) privilegia un nivel —el del análisis funcional— sobre los inferiores, desde el punto de vista epistemológico, al tiempo que
privilegia otro, el de las entidades físicas, desde el punto de vista ontológico.
Dicha diferencia, como bien señalaba Bickle en sus motivaciones iniciales,
es una fuente de inestabilidad permanente. La razón es que resulta difícil congeniar
esta doble posición sin tener que admitir, al mismo tiempo, un dualismo de propiedades. La pregunta entonces es: ¿sirve de alguna ayuda el enfoque estructuralista
que propone para paliar esta inestabilidad? La respuesta, a tenor de lo que ofrece
este enfoque, es negativa. ¿Por qué? Porque no ofrece una respuesta a los problemas
epistemológicos y ontológicos que constituyen la motivación inicial para la reducción. Por el lado positivo, tiene interés el énfasis puesto en la perspectiva interteórica,
pues permite avanzar en la clarificación de la práctica real de la ciencia cognitiva.
Sin embargo, es evidente que este enfoque no es suficiente para responder a las
propias preguntas importantes acerca de esa misma práctica: ¿Por qué reducir? ¿Por
qué hay prácticas científicas que orientan la investigación de modo que se privilegia
el nivel neurofisiológico como base explicativa? ¿Por qué hay otras prácticas que
privilegian el nivel psicológico y, además, argumentan que el nivel neurofisiológico
es irrelevante? Un enfoque que pretenda dar cabida a prácticas incompatibles como
éstas no podrá pasar de constatar tal hecho, pero es dudoso que permita avanzar.
Para hacerlo habría que entrar en consideraciones, por mencionar algunas importantes, acerca de en qué medida el argumento de la instanciación múltiple demuestra la imposibilidad de reducir, o qué relación tiene con el carácter blando, o ceteris
paribus, de las leyes en psicología (si es que tiene alguno), o en los vínculos vertica-
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les que puede haber entre el nivel físico y el representacional47. Tampoco queda
claro en este enfoque qué lugar ocuparían las teorías intermedias o sucias y la pléyade de teorías que tienen límites de contacto pero no guardan una relación vertical
entre ellas. En la sección primera hemos distinguido entre la multidisciplinariedad y
la interdisciplinariedad genuina. La relación de analogía en la que se basa el paradigma reductivo del estructuralismo, al quedar tan indefinida, no permite capturar
esta distinción que parece obvia intuitivamente. Por lo demás, quizá sea mucho
pedir que este enfoque ofrezca respuesta a los denominados «problemas duros» de
la reducción cognitiva: el externismo y el problema de la experiencia subjetiva asociado a los rasgos cualitativos de los estados de consciencia.
47
Autores mencionados como Ruth G. MILLIKAN (1999) y R. BOYD (1991; 1999) tratan
los dos primeros problemas. Por otra parte, R. VAN GULICK (1992) intenta justificar el materialismo
no reductivo dentro del análisis de las relaciones interteóricas a partir de la teoría informacional.
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