La belleza de la Vida Consagrada CONFERhot!

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LA BELLEZA DE LA VIDA
CONSAGRADA
Alejandro Fernández Barrajón
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LA BELLEZA DE LA VIDA CONSAGRADA
Alejandro Fernández Barrajón
Dice el libro de Saint de Exupery ”El principito”, en el capítulo del planeta del farol y el
farolero: “Puede ser que este hombre sea absurdo; pero, sin embargo, es menos
absurdo que el rey, que el vanidoso, que el hombre de negocios y que el bebedor. Al
menos su trabajo tiene sentido. Cuando enciende su farol es como si hiciera nacer una
estrella o una flor. Cuando apaga su farol hace dormir a la flor o a la estrella . Su
ocupación es útil porque es linda”
Cuando los seres humanos tendemos a pensar que las cosas son lindas porque son
útiles, viene El principito y nos descuadra nuestros cálculos: no, más bien son útiles
porque son lindas.
Creo que esa expresión se puede aplicar muy bien, con mucha propiedad, a la vida
consagrada. “Es útil porque es linda”.
Los tiempos de precariedad que estamos viviendo en la vida consagrada, con
dificultades crecientes dentro y fuera de ella, nos están haciendo cambiar las sólidas
argumentaciones sobre nuestro estilo de vida. En otro tiempo la argumentación central
era nuestra propia autosuficiencia, nuestros números, nuestras obras, nuestro poder. Hoy
agarrarnos a eso es coger un clavo ardiendo y además nos aleja considerablemente del
Evangelio. No hay mal que por bien no venga si la precariedad de nuestro presente nos
hace reorientar nuestro rumbo, cuestionar nuestras fidelidades presentes – que tal vez
sean nuestra ruina -decía Joan Chittister- y apostar por un estilo de vida consagrada más
evangélico, más auténtico, y si es posible más audaz y profético.
No voy a insistir en lo que es evidente; tratar de convencernos a estas alturas de que la
vida consagrada atraviesa momentos de éxodo, de fragilidad, de cansancio sería tiempo
perdido porque todos convivimos cada día con esta realidad convertida en el seno de
nuestra comunidades en jaculatoria permanente o salmo responsorial cotidiano: “Mira,
Señor, que estamos viejos, que tenemos los huesos descoyuntados; en la vejez y en las
canas no me abandones, Dios mío”.
Por cierto, un éxodo que no es propiedad personal de la vida consagrada sino de toda la
Iglesia, pueblo de Dios.
Pero sí voy a insistir, porque creo en ello apasionadamente, que la vida consagrada está
convocada a ser útil porque es linda. La realidad eclesial y social que nos ha tocado
vivir necesita de una vida consagrada que sea referente y provocación, símbolo y
bandera de los valores más genuinos del Evangelio, como lo ha sido siempre y
especialmente en momentos críticos de nuestra historia.
Los consagrados y consagradas de hoy se están planteando como nunca la manera de
apostar por la vida y de una vida que sea más consagrada. Es la paradoja de la vida
consagrada del presente: cuando sentimos la debilidad institucional que nos amenaza,
entonces estamos dispuestos a dar un paso al frente, a formular nuevas hipótesis y a
replantear nuestras presencias. Por aquí anda metido sin duda el Espíritu de Dios.
La justificación teológica de la vida consagrada está más que afirmada y subrayada en
todos los documentos oficiales de la Iglesia sobre vida consagrada. Avanzar por ese
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camino sería más de lo mismo. Yo quisiera más bien presentaros la posibilidad
simbólica y referencial de la vida consagrada como un valor emergente que necesitamos
destacar y subrayar en tiempos de fragmentación y pensamiento débil como el que nos
ocupa y nos preocupa.
Cuando estamos inmersos en la vorágine de la gran ciudad, rodeados de semáforos y
cláxones, de aire contaminado y prisas de ejecutivos, de anuncios de neón y agendas
repletas de reuniones y citas, brota en nosotros, como una necesidad apremiante, el
deseo de buscar espacios donde aún viva la naturaleza y pueda sorprendernos una
puesta de sol sin que la enturbien los rascacielos llenos de hormigón y de orgullo. Es
necesario alguna que otra vez respirar aire puro y ensanchar nuestros pulmones con el
oxígeno incontaminado del monte.
Sólo valoramos las cosas en su verdad cuando las perdemos dice el bachiller Fernando
de Rojas en la Celestina.
La excesiva institucionalización de nuestra Iglesia actual, el pueblo de Dios, el
protagonismo exagerado de lo eclesiológico institucional cuando más necesidad
tenemos de lo cristológico y neumatológico tiene que convocarnos a regalarle a la
Iglesia un nuevo odre alternativo y con fuerte capacidad de impacto para rescatarla de la
indiferencia de la modernidad, para proponerla a los jóvenes de hoy sin que provoque
urticarias y muecas de desinterés y rechazo.
Nuestra Iglesia, el pueblo de Dios, se revistió de formas y esquemas del imperio
romano para constituirse institucionalmente durante muchos siglos pero no está
dispuesta igualmente a adoptar formas y valores de la modernidad que nos visita para
sentirse bienvenida en lugar de incómoda. Muchos jóvenes la contemplan extrañados,
más como una pariente lejana que como una madre, con la obsesión de tener siempre
encendido el semáforo rojo, dispuesta siempre al no y con un lenguaje excesivamente
moralista, desfasado e impropio de la modernidad.
En los últimos tiempos hay quien se empeña en gritar a voz en cuello que somos
víctimas de una conspiración, que nuestros valores son atacados, que muchos nos miran
mal, que pretenden recluirnos al rincón del olvido o de la sacristía. Pero eso siempre ha
sido así excepto cuando hemos ocupado puestos de privilegio y de poder, cuando nos
hemos constituidos en dueños y señores. Siempre que la Iglesia, el pueblo de Dios, ha
querido caminar sin otro equipaje que el Evangelio han surgido dificultades y
persecuciones porque “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán”
Tal vez podíamos pensar en una estrategia más evangélica y eficaz para ir
abandonando esas posiciones de victimismo y de queja para situarnos en medio de la
sociedad con una propuesta más positiva y esperanzadora (El Evangelio) y con unas
maneras más atractivas y convocantes. Si tenemos, y eso nadie parece discutirlo, un
vino nuevo generoso y de buen paladar, ¿por qué no presentarlo en un odre o tetrabric
atractivo y con buen diseño para que se haga apetecible para nuestro pueblo?
No sea que por querer ser tan serios y formales, tan ortodoxos y clásicos, portadores de
una tradición tan arraigada en el tiempo, nos veamos recluidos al silencio de los
cementerios y al pataleo de la sectas. Necesitamos líderes cristianos que nos animen y
no que nos alarmen.
Desde esta realidad quería yo proponer una reflexión valiente y audaz sobre la vida
consagrada como oferta vanguardista e ilusionante en sintonía con la modernidad
porque no hay otra realidad que nos rodee. ¿Cómo hacerlo en un tiempo en que nos
faltan fuerzas vivas y la jubilación se cuela por todas nuestras rendijas a fuerza de años
y de canas?
Cada vez que salgo por mi barrio me quedo contemplando una estampa singular que
no era nada común hace algunos años y que hoy es de lo más normal. Una señora mayor
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que camina del brazo de una joven latinoamericana. Es todo un símbolo de esta
sociedad nuestra que no ha apostado por la vida para conseguir un preciado estado del
bienestar y ahora se ve sin renuevos, sin hijos, sin futuro, y necesita del apoyo de los
jóvenes latinoamericanos. Ayer fuimos nosotros los acompañantes en sus pueblos; hoy
somos nosotros los acompañados en los nuestros. Y está bien que sea así. Las viejas
iglesias de antaño, surtidoras de abundantes vocaciones misioneras, son hoy receptoras
de jóvenes vocaciones de las jóvenes iglesias. La dinámica del compartir es una lección
sabia de humildad y de humanidad que puede hacernos mucho bien a todos.
Nuestra vieja Iglesia, pueblo de Dios, abarrotada de años y de canas, necesita también
dejarse acompañar y apoyarse en esta joven modernidad, con sus valores y sus peajes,
para no quedarse recluida en su propia verdad y encerrada en sus eternas seguridades.
Cuanto más crece la indiferencia social hacia la Iglesia, pueblo de Dios, - y está
creciendo mucho- más ha de crecer en nosotros el deseo de salir al encuentro, de hacer
discernimiento y autocrítica, de ponernos a la escucha por si algo quiere decirnos la
gente que pasa. No es bueno en estos tiempos de laicismo enrocarnos, ponernos a la
defensiva y reivindicar derechos en lugar de proponer alternativas.
Hay síntomas preocupantes en nuestra Iglesia, pueblo de Dios, de que esta necesaria
modernización y puesta al día va a tener serias resistencias dentro y fuera de nosotros.
No hay peor ciego que el que no quiere ver. La reciente encuesta de la revista 21rs,
dirigida por el profesor Luis Fernando Vilches, que han respondido casi 800 sacerdotes
diocesanos españoles, arroja resultados, no por no esperados, sorprendentes.
“Los curas más jóvenes son más espiritualistas y optan menos por el “compromiso con los más
necesitados”, ven el Vaticano II como “un concilio más”, creen que la Iglesia tiene derecho a ser
financiada por el Estado, no son partidarios del celibato opcional ni del sacerdocio de la mujer, leen pocos
libros de espiritualidad, se sitúan políticamente en el centro-derecha, van de clergyman y son los que más
solos se sienten afectivamente” (21rs)
Otro tanto sucede en las filas de la vida consagrada aunque no haya encuestas
actualizadas; basta con mirar cerca de nosotros para percibir que abundan las nostalgias
y las formas y vuelven los latines de manera sorprendente. Por suerte no son mayoría y
difícilmente lo serán si sabemos leer la vida desde el Cristo encarnado y caminante por
el valle y no sólo desde la cumbre del Tabor. Estos son los mimbres que tenemos y con
ellos tenemos que construir el cesto de la nueva vida consagrada de la que tanto
hablamos.
Hay un convencimiento bastante compartido entre nosotros, los consagrados: no
vamos a ser más de los que somos en los próximos años, no vamos a bajar nuestra
media de edad, no vamos a tener capacidad de influencia y de poder, no vamos a ser en
el seno de nuestras congregaciones autosuficientes. Y desde esta realidad parece que
todo nos convoca a la desesperanza. Pero curiosamente no es así.
Yo me encuentro todos los días con muchos consagrados que no están desalentados,
con algunos jóvenes que no piensan en tirar la toalla, con apuestas arriesgadas y
valientes cuando faltan recursos y personal. ¿Qué nos pasa? ¿Quién nos entiende?
Sucede que estas cosas de Dios, y la vida consagrada lo es, no pueden leerse desde la
mentalidad comercial, cuantitativa y materialista de la calle; no puede leerse desde la
utilidad sino desde la belleza. Y la vida consagrada, como utopía evangélica y propuesta
humana y religiosa, es de una belleza deslumbradora. No estamos pensando en una vida
consagrada que sea salvación de la humanidad o de la Iglesia. No somos ingenuos. No
estamos hablando de una vida consagrada que sea vanguardia arriesgada transformadora
y revolucionaria. Estamos hablando de la fuerza del símbolo, de la capacidad del
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impacto, de la puesta de sol tan bella que convoca a la admiración, al disfrute y a la
alabanza. Exactamente igual que hizo Jesús en su tiempo para anunciar la esperanza del
Reino. No curó a todos los leprosos, no resucitó a todos los muertos, no devolvió la vida
a todos los ciegos, no pidió agua a todas las samaritanas con las que se encontró. Su
estrategia fue la del impacto. Y logró que muchos de sus coetáneos se preguntaran por
el Reino, se emocionaran ante la posibilidad de un tiempo de gracia, y algunos, muy
pocos, pusieran su vida al servicio de la Buena Nueva no sin resistencias significativas.
Y desde esa fragilidad y fracaso aparente de la vida de Jesús, algo se puso en marcha
que ha sido capaz de inquietar a la humanidad entera hasta nuestros días. Simplemente
provocó una pregunta y un trabajo en red, convencido de la fuerza de la pequeña semilla
y de la acción constante del Espíritu en medio de su pueblo. Lo puso todo al servicio del
Reino: el templo, la ley, la religión, las estructuras e instituciones, y si no estaban al
servicio del Reino las cuestionó con dureza y valentía. “Tened cuidado con la levadura
de los fariseos y de Herodes” Eso sí; lo hizo desde una profunda coherencia y entrega
que le llevó a dar la vida.
La nueva vida consagrada que se está engendrando ya en el deseo de muchos
consagrados, en la reflexión valiente y creativa que se está haciendo desde la lectura de
la vida y la Palabra, en la preocupación creciente en nuestras congregaciones porque así
no vamos a obtener una cosecha aceptable y también -¿por qué no decirlo?- en la
precariedad y fracasos que estamos sufriendo, quiere abrirse paso en esta línea
simbólica y provocadora, referencial y poética, más relacionada con la belleza que con
la utilidad.
El Congreso de Vida Consagrada de Roma nos ha pedido que estemos dispuestos a la
creatividad, a la búsqueda de nuevos iconos, de nuevas maneras de narrar, a
contrarrestar, desde espacios marcados por la belleza de la oración, esta mentalidad
consumista que quiere hacer de la vida consagrada una vida útil y secuestrar en ella la
belleza que la acompaña. “Esta comunicación de la belleza hará nacer la alegría y la
vida en medio de la violencia y de la muerte” (Pasión por Dios… Publicaciones
claretianas, pág 360)
No creo, por tanto que nuestro propósito en los próximos años sea abarcar mucho,
multiplicarnos en mil tareas y mantener, a costa de lo que sea, nuestras estructuras. Ni
será lo mejor ni estaremos en condiciones de hacerlo. Cuando faltan los recursos hay
que estimular sobre todo la creatividad. Vale más maña que fuerza.
Los consagrados amamos nuestra opción; deseamos ser consagrados a pesar de nuestro
barro, y queremos regalar a la Iglesia, por el Reino, la originalidad y belleza de nuestro
ser, muy distinto -digan lo que digan algunos- a la opción ministerial o laical en el seno
de la Iglesia. Por ahí andamos cada día más deprisa.
Pero esta tarea de creatividad y de apuesta por lo inútil -la belleza del amanecer es
absolutamente inútil- va a exigirnos mucha audacia y valentía en los próximos años
sobre todo cuando puede crecer la tentación a nuestro alrededor de hacer leña del árbol
caído.
Y tal vez la primera piedra, el primer paso, la primera apuesta que hemos de abordar
no va a ser precisamente construir, sino deconstruir. No hablo de destruir porque eso
tiene connotaciones negativas e irrecuperables. Hablo de deconstruir. En los últimos
tiempos hemos puesto muchos andamios para apuntalar estas viejas estructuras que
amenazan ruina. Tenemos una gloriosa historia que contar (Dice VC, 110) pero no nos
vamos a pasar la vida simplemente contando historias como lo viejos. Tenemos también
un presente y un futuro abierto y nuestro que queremos construir. Eso significa estar
dispuestos a abandonar muchas fidelidades presentes y a buscar el lugar natural de la
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vida consagrada que no es el templo ni la ley, sino las fronteras y periferias de la vida.
El lugar donde nacieron a la vida nuestros carismas hasta que los hemos
institucionalizado y han perdido su frescor original.
Jon Sobrino habla de tres lugares que son campo abonado para la vida consagrada: el
desierto, la periferia y la frontera. El desierto es el ámbito donde Dios nos convoca para
el encuentro, para el silencio, para la meditación y la sorpresa de un Dios dialogante. La
periferia es el espacio a donde somos enviados porque allí se oye el clamor de los
pobres; es el encuentro con Cristo, el Dios encarnado. La frontera es el lugar de la
creatividad, de la búsqueda, de la vanguardia, de la experimentación.
Hay, pues, que desmontar y hay que trasladarse. Nuestra consagración está sometida
hoy a muchos condicionantes, normas y leyes, programaciones y gobiernos empeñados
en apuntalar, y se asfixia por falta de Espíritu y de aires nuevos. Nos puede lo externo,
lo circunstancial, los muros, lo inamovible y se nos escapa la vida que pasa por la calle.
Muchos de nuestros gobiernos se sienten incapaces de dar un paso hacia la necesaria
renovación de la vida consagrada porque están empeñados e hipotecados en mantener lo
que hay, en llenar huecos, en apuntalar las estructuras del pasado que han sido siempre
inequívocas pruebas de fidelidad carismática. Pero la realidad que nos golpea nos dice
todos los días que eso hace aguas, que no convoca a casi nadie e incluso provoca que
algunos de nuestros hermanos –de ninguna manera peores que nosotros- se marchen
decepcionados por el desierto que nos toca atravesar. Alguien ha dicho que el torpe es el
que se empeña en hacer quince veces el mismo experimento esperando que alguna vez
produzca resultados distintos.
En este contexto, aparentemente penoso, suena en nosotros, con fuerza y
connotaciones proféticas, la voz de Isaías: Mirad que hago brotar algo nuevo ¿no lo
notáis?
Los consagrados del presente somos hombres y mujeres de fe, y de fe probada. En estos
tiempos no nos mantienen aquí los privilegios, las lentejas, los honores o los sueldos.
Seguimos aquí por el impacto de Dios en nuestras vidas y nuestro deseo de hacer de
nuestra opción una respuesta a tanto amor como vamos descubriendo por estos lares.
Somos un conjunto de hombres y mujeres algo ingenuos, profundamente sensibles, con
unos valores muy firmes y una apuesta desmesurada por el Evangelio de la utopía.
Tenemos una capacidad enamoradiza muy fuerte para intuir la brisa suave de Dios y el
clamor de los pobres. No somos mejores que nadie; peores tampoco. Somos como
somos y así nos gusta ser. Hemos apostado todo a una sola carta y queremos jugarnos la
vida en ello.
Por eso no vamos a renunciar a nuestra búsqueda y a nuestro deseo de renovación,
convencidos de que la Iglesia, pueblo de Dios, y el mundo no serán igual sin nosotros;
exactamente igual que la tarde no sería igual sin sus atardeceres. Lo peor que podía
pasarnos a los consagrados de hoy es sufrir un infarto de conformismo, de resignación,
de “sea lo que Dios quiera”.
Puede y debe nacer una nueva vida consagrada. Depende únicamente de los
consagrados, de sus apuestas y de sus inversiones presentes.
Vita Consecrata nos pide que seamos signo unas treinta y cuatro veces, y
probablemente es lo más valioso que podemos ser. Nuestra apuestas sociales son muy
valiosas pero no darán solidez definitiva a nuestra consagración. El Estado se irá
haciendo cargo cada vez más de estas necesidades sociales y, además, a los pobres los
tendréis siempre con vosotros. Lo urgente, lo más valioso que podemos aportar, es la
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pregunta por el nombre de Dios, la propuesta de transcendencia, el empeño para
anunciar, en medio de una sociedad satisfecha, la necesidad de Dios y el camino de
Jesús, el Evangelio, como una propuesta humanizadora y llena de esperanza. Y hemos
de hacerlo, además, desde el Cristo encarnado, desde los ámbitos de pobreza y
marginación para que seamos creíbles y coherentes.
La pregunta que hemos de hacernos hoy, es si estamos logrando o no ser signos y
referencias para nuestro pueblo. Y por los índices de indiferencia y las escasez de
jóvenes en nuestras movidas parece que no, o al menos no suficientemente. Esta
constatación ha de ser el pistoletazo de salida para ponernos alerta, para interrogarnos.
La vida consagrada es propuesta de impacto, y si no lo es, se va diluyendo hasta perder
su sabor. ¿Cómo podemos convertirnos por nuestro estilo de vida en impacto para las
gentes, para los jóvenes, para los indiferentes y descreídos? ¿Nuestras estructuras
actuales son propuestas atractivas y provocadoras desde el Evangelio que enganchan y
provocan la pregunta sobre Dios? ¿Nuestro lenguaje, nuestros iconos y estética, nuestras
formas de narrar, nuestra apariencia, nuestra participación en el debate social, nuestras
propuestas ideológicas –que no evangélicas- nos acercan o nos alejan de nuestro
pueblo?
Si somos capaces de respondernos a estas preguntas y de actuar con coherencia nos
vamos a poner de inmediato en camino. Para deconstruir por una parte y para proponer
por otra. Esto supone necesariamente morir a muchas de nuestras seguridades y
estructuras actuales. Morir, evangélicamente hablando, es imprescindible. No hablo del
morir de la vida consagrada, que será siempre un don del Espíritu a su pueblo; hablo del
morir de nuestras estructuras empeñadas en proteger el Espíritu de Dios cuando Él se
empeña en andar desprotegido y a la intemperie. La vida consagrada no es un fin en sí
misma, es un perfume dispuesto a derramarse en los pies del Señor; o sea de los pobres.
“Todo lo que hagáis a uno de estos, mis hermanos, a mí me lo hacéis”.
Recuerdo siendo niño que me encantaba colocar todos los años el belén en mi casa.
Pero era para mí una pesadilla tener que desmontarlo cuando pasaba la Navidad. Mi
madre me insistía una y otra vez para que quitara el Belén y guardara las figuras para el
año próximo. Esa misma impresión tengo hoy de la vida consagrada. Nos cuesta
desmontar el Belén de nuestro pasado aún sabiendo que ha pasado ya el tiempo de
Navidad y ahora toca otra realidad.
Evidentemente hay una vida consagrada clásica que no va a cambiar en los próximos
años. Y es bueno que no cambie para que dé cabida a aquellos consagrados que no están
dispuestos a dar saltos mortales, por los años, por la mentalidad o por la ideología. Hay
una vida consagrada clásica que no va a dar ni un solo paso.
Pero hay otra vida consagrada clásica que se va a empeñar en ser vanguardista, pese a
quien pese; será minoritaria, por ahora, pero imparable; cometerá muchos errores en su
creatividad pero será capaz de buscar su lugar aquí y ahora. Encontrará obstáculos y
dificultades muy serios pero se asomará al futuro.
La nueva vida consagrada cambiará sus planteamientos –lo está haciendo ya- para leer
la vida y acercarse a la realidad de una manera nueva. Hay preguntas que no pueden
esquivarse si queremos hacer una lectura abierta y actual del Evangelio.
Nos vamos a cuestionar todo lo que hoy hacemos y apoyamos en la Iglesia, pueblo de
Dios, si no va encaminado a hacer creíble el Reino; nos vamos a cuestionar por la
justicia antes de abrir una casa de caridad; nos preguntaremos por la imagen que damos
de Dios a nuestro pueblo antes de abrir una comunidad en el centro o en la periferia;
Nos rebelaremos a la hora de formar una comunidad si no está en función de vivir con
hondura la experiencia de Dios de una manera fraterna y encarnada; sacudiremos el
polvo de nuestros pies allí donde nuestros carismas no sean valorados o necesarios; no
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contarán con nosotros para apuntalar y sostener estructuras de poder, de apariencia, de
autoritarismo, por muy religiosas que se tengan.
Hay una vida consagrada que se plantea una manera nueva de estar y de ser Iglesia –y
tiene todo el derecho a hacerlo- desde la invitación de los profetas a cambiar el corazón
de piedra por un corazón de carne. Un camino que hemos de recorrer desde el diálogo y
luchando contra el miedo. Lo decía muy bien, en el sínodo sobre vida consagrada, (610-94) Timothy Radcliffe OP: “La vida religiosa es siempre una invitación a seguir a
Cristo, a embarcarse en una aventura, a buscar a Cristo entre los pobres por medio del
estudio o la oración. Se trata de una aventura que requiere tanto coraje como
creatividad… Se nos invita a afrontar estos momentos mediante el diálogo. El primer
requisito para el diálogo es que no se tenga miedo, porque el miedo destruye cualquier
comunión y nos cierra a la confrontación con los demás. No debemos tener miedo de
los momentos de desacuerdo porque han formado parte de la Iglesia desde el principio y
son parte de nuestra renovación querida por el Señor”
Con frecuencia pensamos que la vida consagrada está ya inventada y tiene sus cauces y
sus formas, su estilo y sus estructuras; pero eso no es la vida consagrada sino su cáscara.
Este modo de vida, cuando es impulso vivo del Espíritu y llamada a seguir a Cristo
encarnado, nunca es estático. Es una opción de vida que pone en tensión dinámica sus
sentidos para ver la realidad actual con ojos críticos, para oír el llanto de la humanidad,
para oler el hedor de la pobreza y el hacinamiento, para tocar con sus propias manos la
carne de los desheredados, para cultivar el gusto por la justicia y la dignidad de todos. Y
esta vocación necesita ser dinámica y actualizarse todos los días en el diálogo con la
modernidad, con la calle y la pluriculturalidad del momento presente. Todo lo que
proviene del Espíritu es dinámico: "El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no
sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu. "(Juan 3, 1-8)
La vida consagrada está llamada a reinventarse cada día. Por eso tal vez hoy como
nunca se habla de renovación, refundación, recreación; cualquier término puede ser
válido si se lo encomendamos al mismo Espíritu para que no seamos nosotros sino Él
quien ponga la mano en el timón de nuestra vida. “La vida religiosa posible, por tanto,
está llamada a desplegar una vida radical que, siendo a la vez mística, política y
eclesial, ofrezca una alternativa al sistema dominante. Así seremos, también, hombres y
mujeres que despierten interrogantes más hondos” (Daniel Izuzquiza, sj, III jornadas de
acción social de CONFER).
Estamos necesitando en la vida consagrada invertir mucho en Investigación más
Desarrollo (I más D) Del mismo modo que las empresas que no invierten en
investigación y Desarrollo se van haciendo cada vez más dependientes del exterior y de
la importación y cada día menos competitivas, así la vida consagrada se va haciendo
cada día más dependiente de su pasado, de sus instituciones y obras, de sí misma.
Invertir en Investigación supone por una parte iniciar un éxodo de peregrinación y de
búsqueda apasionante de la tierra prometida, que es Dios. Necesitamos sumergirnos en
un baño bien caliente de espiritualidad que sacuda la modorra de nuestros
conformismos y nos haga vibrar con las cosas de Dios, con la búsqueda constante de su
voluntad, con un encendido amor que nos haga sentirnos de Él y para Él. El crecimiento
del laicismo en nuestros ambientes no es otra cosa que producto de nuestra tibieza
espiritual en el conjunto de la Iglesia, pueblo Dios.
Y por otra parte, invertir en Desarrollo, significa estar dispuestos a romper moldes, a
experimentar nuevas formas, a alentar iniciativas y experiencias de vida consagrada
nuevas y alternativas que interpelen y convoquen y mantengan viva la pregunta sobre
Dios y sobre los valores religiosos.
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En un futuro inmediato, por no hablar del presente, van a surgir comunidades nuevas,
en torno a una misión determinada, con un estilo distinto sin dejarse encorsetar por el
modo actual y clásico de nuestras comunidades. Comunidades muy espontáneas y
abiertas, dispuestas a compartir su vida y su fe sin condiciones normativas con todos los
que se acerquen a ellas. Sobre todo, liberadas de esas necesidades que ponen a las
personas al servicio de las estructuras y no al revés.
Los gobiernos provinciales se resistirán, al menos algunos, a estas nuevas experiencias
que van a trastocar los planes y estructuras clásicos; pero sería un error negarse a
experimentar nuevas formas. El futuro será de quien sea capaz desde la creatividad de
ofrecer nuevos odres y experimentar nuevas presencias que interroguen y convoquen.
La llamadas “nuevas formas de vida consagrada” o nuevos movimientos, que en un
principio se proponían como la primavera de la Iglesia y la salvación de la vida
consagrada parece que no ofrecen grandes novedades por ahora que entusiasmen e
impacten más allá del ámbito familiar, que era un campo bastante descuidado de la vida
consagrada clásica; El tiempo será quien sitúe a cada uno en su lugar. Lo cierto es que la
vida consagrada clásica seguirá siendo un puntal en la Iglesia y su aportación
profundamente valiosa para nuestro pueblo; mucho más si se saben encontrar esos
nuevos cauces para que el agua del Evangelio llegue realmente al pueblo.
La llamada crisis de la vida consagrada nos va a hacer mucho bien para que
despertemos a la nueva realidad que nos convoca, para que escuchemos más y mejor al
pueblo y, sobre todo, para que nos enraicemos más en Dios que es la clave de bóveda de
nuestra vida y de nuestra consagración.
En el mismo capítulo del faro y el farolero, El Principito dice: “Mientras el principito
continuaba su viaje pensaba que este personaje era el único que no le había parecido
ridículo porque se ocupaba de algo más que de sí mismo”
Y aquí está la esencia de la vida consagrada; no es un estilo de vida para sí misma; ni
para sus instituciones, ni para sus carismas, ni para la Iglesia, pueblo de Dios; es una
vida en función del Reino, exactamente igual que lo fue la vida de Jesús; y la vida
consagrada no desea otra cosa que imitar a Cristo, que hacerse una con él, que
responder a su llamada permanente y apremiante.
Y esta vida consagrada nueva que anhelamos depende sólo de nosotros los
consagrados, de ti y de mí; ¿Qué es poesía? –decía Bécquer- ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía eres tú. ¿Qué es consagración? ¿Y tú me lo preguntas? Consagración eres tú.
Háblame de tus apuestas, de tus sueños, de tus ideales y te diré cómo será la vida
consagrada del futuro que ya llega, que ya está aquí.
Los inmensos retos que la sociedad y la postmodernidad están poniendo, como una
barricada, frente a la casa de la vida consagrada no podemos eludirlos y pasarlos por
alto. Hay que afrontarlos, mirándolos cara a cara y a los ojos, y ofrecerles respuestas y
actitudes que puedan ser creíbles y útiles para nuestros contemporáneos.
Y esto significa apostar ya desde ahora por una honda experiencia de Dios, una
fraternidad cimentada en el afecto, una misión audaz y encarnada, una presencia
creciente en las periferias y fronteras, una apuesta por todo lo inter: intergeneracional,
intercultural e interreligiosa, intercongregacional, un decidido empeño por una vida
consagrada y una Iglesia, pueblo de Dios, cada vez menos patriarcal –decía Joan
Chittister: que piense no solamente con la mitad del cerebro sino con todo su cerebro.
Una vida consagrada que camine junto a los laicos y los pastores con una clara opción
de comunión, sin renunciar a su mística y a su profecía.
En definitiva, una vida consagrada que no ponga su fuerza en su número ni en su poder
sino en la capacidad simbólica y referencial de la pequeña levadura y de la luz puesta en
lo alto para que alumbre a todos los de casa.
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La tarde no sería igual sin sus amaneceres abarrotados de sugerencias y bellezas; la
tormenta no sería igual sin la presunción del arco iris y su complicidad con la luz; la
vida no sería igual sin la presencia de los altruistas y los que están dispuestos a
entregarse en las causas más nobles de la humanidad; la Iglesia, pueblo de Dios, no
sería igual si faltara el encanto, la sensibilidad y la belleza de la vida consagrada.
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