Notas: Juan Arturo Brennan 1 JOHANNES BRAHMS (1833-1897) Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 77 Allegro non troppo Adagio Allegro giocoso, ma non troppo vivace Quienes se toman la molestia de escribir textos sobre los conciertos para violín suelen caer, casi sin excepción, en la tentación de hacer una trilogía; es bien sabida la histórica fascinación del hombre con el número tres, y con toda clase de tríos, tercias y trinidades surgidas de él. En este caso, la trilogía sagrada comprende los conciertos para violín de Beethoven, Mendelssohn y Chaikovski. Sin embargo, no faltan aquellos que, con razón, insisten en incluir el Concierto para violín de Brahms en ese primerísimo nivel de las obras maestras del género; adiós trilogía. Como ha ocurrido y sigue ocurriendo en numerosos casos de la historia de la música, este concierto nació, creció y tomó forma definitiva gracias a la presencia de un intérprete virtuoso cercano al compositor. En este caso, el virtuoso en cuestión fue Joseph Joachim (1831-1907), el violinista más notable y reconocido de su tiempo. Nacido en Bratislava y muerto en Berlín, Joachim provenía de una familia de origen judío. Estudió en el Conservatorio de Leipzig, que por entonces tenía como director a Félix Mendelssohn (1809-1847). A la edad de 13 años Joachim hizo su primera visita a Inglaterra y desde entonces fue el violinista favorito del público británico. Al cumplir los 19 años se convirtió en violín concertino en Weimar bajo la conducción de Franz Liszt (1811-1886); gracias a su contacto con el gran pianista y compositor húngaro, Joachim se convirtió en un ardiente partidario de la Música del futuro que promovían Liszt y Richard Wagner (1813-1883). Más tarde, sin embargo, Joachim recuperó sus raíces y se reencontró con la escuela de pensamiento musical representada por Mendelssohn, Robert Schumann (1810-1856) y Brahms. Además, fue maestro de violín en Berlín, donde en 1869 fundó el muy famoso Cuarteto Joachim. La fama imperecedera de Joseph Joachim como violinista virtuoso ha hecho que la posteridad olvide sus composiciones, entre las que se encuentran tres conciertos para violín y cinco oberturas. Joseph Joachim tuvo como esposa a la notable contralto Amelia Weiss. Así pues, este buen violinista no se apartó de su amigo Brahms mientras el compositor creaba su Concierto para violín, asesorándolo principalmente en los pasajes técnicamente complicados. La correspondencia entre Brahms y Joachim en esa época demuestra, por una parte, cierta humildad del compositor y por la otra, una confianza total en el alcance de sus poderes creativos. El Concierto para violín fue escrito por Brahms durante 1878 en su retiro en el pequeño pueblo de Pörtschach, a orillas del lago Wörth, donde también compuso su Segunda sinfonía, que data de la misma época que el concierto. Estas dos obras guardan algunos interesantes puntos de contacto que van más allá de la simple coincidencia de tonalidad, re mayor. En parte debido a la maestría de Brahms y en parte a la calidad de Joachim como intérprete, el concierto resultó un reto musical de primera magnitud, sobre todo debido a las limitaciones técnicas de los violinistas de aquella época. A este respecto, y con una explicable carencia de perspectiva histórica, el pianista y director de orquesta Hans von Bülow comentó en una ocasión que mientras Max Bruch componía conciertos para el violín, Brahms componía conciertos contra el violín. Como en tantas otras ocasiones, el paso del tiempo le dio la razón al creador y no al crítico. El mismo Brahms reconoció alguna vez que, en términos generales, el modelo de esta obra había sido el Concierto para violín de Beethoven, aunque también aceptó, con modestia: “Seguirle la huella a Beethoven trasciende mis fuerzas.” A este respecto no hay que olvidar que muchos admiradores de Brahms calificaron a su primera sinfonía como la Décima de Beethoven. Si la figura de Beethoven ronda benignamente a esta partitura de Brahms, hay quienes afirman que otra fuente importante de inspiración pudo ser uno de los conciertos para violín de Giovanni Battista Viotti (1755-1824). Originalmente, Brahms había concebido el concierto en cuatro movimientos pero finalmente le dio su forma actual descartando el scherzo y revisando radicalmente el adagio. Como es lógico suponer, en estas revisiones y adecuaciones está muy presente la mirada benévola y la mano experta de Joseph Joachim. El Concierto para violín de Brahms fue estrenado el día de año nuevo de 1879 en Leipzig, con la famosa Orquesta de la Gewandhaus. El solista fue Joachim, y al frente de la orquesta estuvo el propio Brahms quien, según cuentan algunas crónicas de la época, dirigió su estreno vestido en unas fachas deplorables. En el programa de esa noche memorable figuraron también obras de Lachner, Mozart, Bach, Chopin y la Séptima sinfonía de Beethoven. Entre las críticas más peculiares que se han hecho a este sólido concierto destaca una, a cargo del compositor ruso Piotr Ilyich Chaikovski (1840-1893), quien escribió lo siguiente en una carta a su benefactora, Nadezhda von Meck: “Un admirable pedestal para una estatua, pero no hay estatua. Sólo hay un segundo pedestal sobre el primero.” Vaya esta cita como recordatorio de que Chaikovski detestaba visceralmente a Brahms y a su música, pero también como memoria de que algunos de los mejores pedestales sonoros de la historia de la música (con todo y sus respectivas estatuas) se deben precisamente a Johannes Brahms. 2 JOHANNES BRAHMS (1833-1897) Sinfonía no. 1 en do menor, op. 68 Un poco sostenuto-Allegro Andante sostenuto Un poco allegretto e grazioso Adagio-Piu andante-Allegro non troppo ma con brio La prensa escrita es, sin duda, una de las mejores fuentes documentales para apreciar cabalmente los vaivenes del gusto musical a través del tiempo. Hagamos, pues, una rápida revisión a algunos periódicos viejos que contienen críticas musicales. En el Evening Transcript de Boston del 4 de enero de 1878 se encuentra esto: “Parece que en la Primera sinfonía de Brahms hay una gran cantidad de cosas superfluas y de constantes reiteraciones.” Al consultar el Daily Advertiser de la misma ciudad y de la misma fecha, aparece este texto: “Johannes Brahms es un moderno entre los modernos, y su sinfonía en do menor es una admirable expresión de estos tiempos angustiosos e introvertidos.” Dos días después de publicadas las notas citadas, el Courier, también de Boston, publicó una crítica en la que se decía: “En su mayor parte, la sinfonía en do menor de Brahms suena mórbida, tensa y antinatural. Casi toda ella es muy fea.” Todos estos y muchos otros ataques que recibió Johannes Brahms por su Primera sinfonía pueden atribuirse por una parte a la tradicional intolerancia de los críticos musicales y, por la otra, al hecho de que la creación de esta obra fue un proceso lento, doloroso, contradictorio y lleno de dudas por parte del compositor. Es bien conocida la reticencia que Brahms mostró para abordar la composición de su Primera sinfonía. Quienes afirman que esto se debía en parte a la pesada sombra de Ludwig van Beethoven (1770-1827), tienen algo de razón. En alguna ocasión, Brahms escribió una carta al director de orquesta Hermann Levi, en la que le decía: “No sabe usted lo que es vivir bajo la sombra de ese gigante.” Brahms decía esto no por presunción, sino porque estaba consciente de la grandeza de Beethoven, y estaba consciente también de que el público alemán y la crítica esperaban que él fuera el continuador de la gran obra sinfónica del compositor de Bonn. Brahms inició la composición de su Primera sinfonía, con grandes dudas y recelos, allá por el año de 1855, y habrían de pasar más de 20 años para que la terminara. Tan sólo en el primer movimiento tardó siete años, y después de abandonar la obra durante mucho tiempo, volvió a ocuparse de ella hasta 1874. Esta enorme pausa se debió, entre otras cosas, a que Brahms quiso reafirmar sus conocimientos orquestales y sinfónicos, cosa que logró por varios caminos. Su trabajo con la orquesta de la corte de Detmold entre 1857 y 1859 le dio la seguridad suficiente para dar a conocer al público sus dos serenatas para orquesta. Sin embargo, cuando creyó que su cita con la sinfonía se acercaba, el fracaso de su Primer concierto para piano (Leipzig, 1859) le hizo dar marcha atrás. En 1872, dos años después de haberlo rechazado originalmente, Brahms aceptó el puesto de director del coro y la orquesta de la Sociedad de Amigos de la Música de Viena, y su contacto cercano con una orquesta sinfónica lo puso de nuevo en el camino de terminar su primera y muy esperada sinfonía. Como sólidos ensayos preliminares a esta obra suya, Brahms compuso el Réquiem alemán y la Rapsodia para contralto en 1869, y las Variaciones sobre un tema de Haydn en 1873. Dos años más tarde en 1875, renunció a la dirección de la orquesta y el coro y se dedicó de lleno a terminar su Primera sinfonía. Hay quienes dicen que el solemne y oscuro primer movimiento le fue inspirado a Brahms por la muerte de su querido amigo, el compositor Robert Schumann (1810-1856). El caso es que en 1862, Clara, la viuda de Schumann y también cercana amiga de Brahms, daba noticia al violinista Joseph Joachim de haber recibido el manuscrito del primer movimiento de la Primera sinfonía de Brahms, y se expresaba en buenos términos de su originalidad y atrevimiento. Brahms terminó la sinfonía en Rügen en septiembre de 1876 y el estreno tuvo lugar el 4 de noviembre de ese mismo año en la ciudad de Karlsruhe. De inmediato, la sombra del gigante volvió a caer sobre Brahms: el pianista y director de orquesta Hans von Bülow afirmó categóricamente que la Primera sinfonía de Brahms era como la Décima de Beethoven, cosa que a Brahms no le hizo ninguna gracia. De hecho, algunos críticos llegaron a decir que el Allegro del cuarto movimiento era muy similar en su diseño formal al finale de la Novena sinfonía de Beethoven, cosa que es muy discutible. Lo que Brahms logró muy exitosamente en su Primera sinfonía fue aportar un lenguaje sinfónico claro, sobrio, compacto, lejano de las ideas orquestales de Franz Liszt (1811-1886), Héctor Berlioz (1803-1869) y Richard Wagner (1813-1883), y más cercano a la concentración e intensidad de su propia música de cámara. Hoy en día persisten ciertas discrepancias sobre la fecha en la que Brahms terminó en realidad la Primera sinfonía. Hay quienes dicen que el manuscrito estaba prácticamente terminado en 1862, mientras que otros coinciden en la versión de que el compositor dio los últimos toques a la partitura hasta 1876. El caso es que después del estreno en Karlsruhe, que fue dirigido por Otto Dessoff, el mismo Brahms dirigió su Primera sinfonía en Mannheim, Viena, Leipzig y Breslau. La obra fue recibida con respeto y admiración, pero no tuvo éxito real hasta que se aplacó la pugna entre los partidarios de Wagner y los de Brahms. Es evidente que después del difícil parto de su Primera sinfonía Brahms le perdió el miedo a la forma sinfónica, porque sus otras tres sinfonías fueron estrenadas con intervalos de tiempo relativamente cortos: 1877, 1883 y 1885. Por fortuna para Brahms, la gigantesca sombra de Beethoven ya no pesaba sobre sus espaldas.