LA VIDA CONSAGRADA ANTE LA CRISIS

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y Comunicación
LA VIDA CONSAGRADA ANTE LA CRISIS
¿Simplemente espectadores?
«Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los
hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos
sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los
discípulos de Cristo» (Vaticano II, Gaudium et Spes, nº 1).
Aunque nada vamos a añadir ya a las noticias y comentarios sobre la crisis económica en la
que estamos, tanto a nivel mundial como local, nuestra mirada se vuelve, sin embargo, hacia “los
últimos”. El número de personas hambrientas en el mundo ha pasado, en este año, de 854 millones a
923: 75 millones más. Unos 2.000 Millones de personas sobreviven con menos de 1,25 dólares al día.
A pesar de ello, las Ayudas al Desarrollo, desde los países ricos, ha descendido en un 30%. Entre
nosotros, una quinta parte de los hogares españoles vive en la pobreza, y la pobreza extrema afecta a
un tramo de población entre el 2,6 y el 4 %.Con la crisis encima, según informa Caritas, en el primer
semestre de 2008 las demandas de ayuda ha aumentado en un 40,8% respecto del 2007, lo que supone
que el número de familias que lo están pasando mal ha aumentado considerablemente. Un 15 % de
paro es lo que se espera por ahora a consecuencia de la crisis, lo que supone la angustia de tantas
familias con unas hipotecas imposibles de pagar. Y nada digamos de la población inmigrante, cuyo
paro estaba ya hace un mes en el 17%. Realmente, este Adviento y Navidad no va a ser para echar
demasiadas campanas al vuelo...
La situación de la Vida Consagrada
En este panorama, un número muy considerable de religiosas y religiosos vive totalmente
entregado a la atención al mundo de la pobreza, especialmente entre los inmigrantes. Muchas
religiosas y religiosos viven en pueblos pobres y barrios populares, pobres o marginales. Y hay
Congregaciones pequeñas que realmente viven “al día” o incluso menos que “al día”. Para todos ellos
el tema de la pobreza y de la crisis es “el pan suyo de cada día”. Las mismas Congregaciones, por otra
parte, han nacido como respuestas a situaciones de precariedad con medios bien modestos y mucha
pasión por los demás.
Sin embargo, a la mayoría de la Vida Consagrada, ¿nos afecta de verdad la crisis? El sistema
de vida y de pobreza que hemos elegido y las estructuras que lo sustentan -comunidad absoluta de
bienes- hace que nuestra Vida Consagrada sea una vida segura. Si tomamos como referencia el texto
de Hech 4,34 realmente se cumple en nosotros aquello de que “entre ellos ninguno pasaba necesidad”.
Aunque tal vez los presupuestos comunitarios no lleguen para las necesidades y situaciones que se van
presentando, en última instancia, nuestra respectiva Congregación sale al paso del problema. Al final
del ejercicio, el superávit queda en manos de los Superiores que lo mantienen como reserva, lo
revierten en las “obras apostólicas” o lo envían a otras comunidades y situaciones necesitadas, del
mismo entorno o de los países pobres. La seguridad de cara al presente y al futuro es algo que
caracteriza, a niveles económicos, nuestra vida. Ciertamente, nuestra “pobreza” debe ser un signo
alternativo frente a la idolatría del dinero (Vita Consecrata 90), pero lo que es más cierto y seguro es
que la crisis no nos afecta, como personas, del mismo modo que afecta al resto de la gente..
Las respuestas de la Vida Consagrada
«Grandes crisis, grandes oportunidades», afirma Federico Mayor Zaragoza, Presidente de la
Fundación “Cultura para la paz”. La crisis, en efecto, no nos aleja de Dios sino que, de uno u otro
modo, está habitada por Él, como denuncia y como oportunidad. Dios también “viene” en este
Adviento 2008 porque el Verbo se encarna en la carne dolorida del mundo. Es cuestión de mirada y de
respuesta. «Dadles vosotros de comer» les decía Jesús a sus discípulos (Mc 6,37). ¿Qué nos dice a
nosotras y nosotros, hoy, en nuestra vida religiosa acomodada y segura?
Quizás no es tiempo de buscar “recetas mágicas” y consuelos de conciencia. Tampoco es
tiempo sólo para solas “meas culpas” y lamentos estériles. Pero sí es tiempo para reconsiderar nuestro
modo de vida y nuestra seguridad, buscándole un sentido más hondo y real a la “pobreza religiosa”,
que no se quede en meros dos o tres “retoques” de estética evangélica. ¿Es pobreza nuestra pobreza
cuando esa misma pobreza nos impide compartir la suerte de los “desheredados de la fortuna” en estos
tiempos de crisis? ¿No tendremos una mísera hipoteca que echarnos a la boca para pasar un poco más
de frío en este invierno? ¿Tendrá que ser así nuestra desgracia, queriendo ser pobres y sin llegar a
serlo? ¿Cómo podremos compaginar la solidaridad real de una pobreza que “nos toque la carne” con
una riqueza de medios puestos a disposición de nuestras obras de evangelización, de caridad, de
educación, de espiritualidad...? ¿Qué podemos hacer para ser de veras pobres?
«Se pide a las personas consagradas, pues, un nuevo y decidido testimonio
evangélico de abnegación y de sobriedad, un estilo de vida fraterna inspirado en criterios de
sencillez y de hospitalidad, para que sean así un ejemplo también para todos los que
permanecen indiferentes ante las necesidades del prójimo. Este testimonio acompañará
naturalmente el amor preferencial por los pobres, y se manifestará de manera especial en el
compartir las condiciones de vida de los más desheredados. No son pocas las comunidades
que viven y trabajan entre los pobres y los marginados, compartiendo su condición y
participando de sus sufrimientos, problemas y peligros.
Páginas importantes de la historia de la solidaridad evangélica y de la entrega
heroica han sido escritas por personas consagradas en estos años de cambios profundos y
de grandes injusticias, de esperanzas y desilusiones, de importantes conquistas y de
amargas derrotas» (Vita Consecrata 90)..
Muchos interrogantes para una respuesta abierta…
 La pregunta radical es cómo podemos compartir la crisis con aquellos y aquellas que la
sufren en su propia carne.
 ¿Qué significa, en esta situación presente, nuestra solidaridad, nuestra “opción preferencial por
los pobres”?
 ¿Cómo interpela esta crisis al carisma concreto de nuestra Orden, Congregación o Sociedad
Apostólica?
 ¿Nos afecta a todas comunidades por igual? ¿Qué hacer con las comunidades, con las
Congregaciones pobres?
 ¿Se nos está pidiendo algún cambio comunitario, congregacional, estructural? ¿Algún cambio
a nivel personal?
 ¿Cómo nos planteamos los gastos y los “compromisos” de amigos, de familia, en estos días de
Adviento y Navidad?
 ¿Qué es para mí, para nosotros y nosotras, la pobreza que profesamos?
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