LA PROPUESTA DE JESUS DE NAZARETH Bracklely, D (2011

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LA PROPUESTA DE JESUS DE NAZARETH
Bracklely, D (2011) Identidad, espiritualidad ignaciana y universidad No. 139 pag.94
El Padre Dean Braclely S.J, insiste en la importancia de que los estudiantes de las universidades
jesuitas conozcan a Jesús como modelo a imitar y mentor principal para que descubran su vocación.
Reflexiona sobre la forma en que la persona encuentra su vocación. La vocación nos dice es
detectada, evocada desde modelos a imitar y mentores que sirven para evocarlas de manera
privilegiada.
Sirven como parteras de nuestro propósito de vida, de nuestra vocación. Muchas personas
descubren su identidad y su misión en la vida en relación con estos modelos a imitar. Son personas
especiales con las que resuenan afectivamente hasta identificarse con ellas. Se ven en ellas, al
menos en parte, como en un espejo. Puede ser un tío o una tía, un sacerdote, un profesor, o una
figura conocida por la lectura, en la una película. Estos modelos a imitar reflejan en nosotros quiénes
somos o podemos llegar a ser
Para los seguidores de Jesús de Nazaret, él es quien llama a la vocación más profunda de todo ser
humano amar y servir. Jesús es quien llama incluso a quienes no lo reconocen por su nombre.
Para las y los cristianos Él es también el modelo principal a imitar y mentor principal.
En este sentido el Proyecto Curricular UCA (2013) expresa “la necesidad de modelos que
entusiasmen. Toda persona para crecer espiritual, emocional, intelectual y profesionalmente debe
definir sus aspiraciones, sus metas, saber qué quiere, qué puede hacer solo y en qué requiere apoyo
de otros(as); necesita sentirse retada (zona de desarrollo potencial de Vygotsky), necesita tener un
modelo, un ejemplo de vida a seguir (Jesús, modelo de vida, Jesús “camino, verdad y vida”,
inspiración cristiana) pues se aprende más con las obras que con las palabras
En Jesucristo se mostró en vivo los fondos de la maldad humana, y, al mismo tiempo, la capacidad
de erradicarla mediante el amor y el perdón. La persona es un ser creado por Dios, es un ser social
en construcción, en constante aprendizaje, de naturaleza buena, quien aprende inicialmente del
ejemplo de la familia y de su entorno.
Los adultos, con nuestros actos, le enseñamos un concepto de Dios, de persona, de vida, de
sociedad, de naturaleza, y sobre la base de esos conceptos aprende de la vida y actúa en
coherencia; por lo general, en las enseñanzas enfatizamos más en cómo defenderse y sobrevivir, no
en cómo aprender a convivir, a interactuar con otros de manera desinteresada, a comprender y a
amar, a servir, a ayudarnos mutuamente, a actuar con justicia.
La última palabra la tiene el bien, la vida, no el mal ni la muerte. Este principio y fundamento hace
referencia a la Resurrección del Señor, a la necesidad de propiciar una visión optimista de la vida.
Supone tomar conciencia de los efectos sociales del pecado, de la necesidad y de la posibilidad que
Dios nos ofrece de redención de todas las estructuras humanas.
El amor se muestra más en las obras que en las palabras. Parafraseando al padre Duplá (2000) el
Dios viviente muestra su amor infinito por cada uno de nosotros, está presente en cada objeto, en
cada realidad humana, en cada flor, en cada pájaro, en cada rayo de sol, sosteniéndonos y
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dándonos vida. Es preciso aprender a “encontrar a Dios en todas las cosas”, y este descubrimiento
es la forma más sublime de la mística cristiana”
SENTIDO Y ALCANCE DEL PERDON CRISTIANO
Entrevista al Cardenal Jorge Bergoglio (2010) actual Papa Francisco
Rubin, S. Ambroguetti, F. (2013) El Jesuita la historia de Francisco, el Papa argentino. Ed.
Vergara. Argentina
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El Evangelio determina que hay que amar al enemigo –los biblistas aclaran que la expresión
debe interpretarse como “desearle el bien” – y perdonar setenta veces siete. ¿No son
premisas utópicas que van, en cierta forma, contra la naturaleza humana?
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Jesús, en este punto, tremendo; no cede y lo hace con ejemplos. Cuando le hicieron las mil
y una- un juicio falso, las peores torturas y los responsables se lavaron la manos- exclamo:
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Él se las arregló para buscar una
excusa y, así, poder perdonarlos. En cuanto a la frase: Si tu enemigo tiene hambre, dale de
comer, si tiene sed dale de beber” apareció en una traducción al castellano buenísima.
Hasta ahora leíamos: “Así, amontonaras ascuas abrasas de fuego sobre su cabeza” Eso de
meterle un brasero en la cabeza “no lo entendía bien”. La traducción nueva la convierte en
cambio, en “su cara ardera de vergüenza”. Esto de alguna manera está indicando una
estrategia: el que se llegue a una actitud tan humana, y que tanto nos honra, que es la de
tener vergüenza de algo malo que hemos hecho. El que no tiene vergüenza perdió la última
salvaguarda que lo puede contener en su tropelía; es un sinvergüenza. Jesús con esto no
negocia. Ojo! No dice “olvídate”
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Suele decirse “yo perdono pero no olvido”
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De las cosas que me hicieron no me puedo olvidar, pero puedo mirarlas con otros ojos,
aunque en el momento me haya sentido muy mal. Con el paso de los años nos vamos
añejando, nos vamos “amortizando” nos vamos haciendo más sabios, más pacientes. Y
cuando la herida está más o menos curadas, vamos tomando distancia. Esa es una actitud
que Dios nos pide: el perdón de corazón. El perdón significa que lo que me hiciste no me lo
cobro, que esta pasado al balance de las ganancias y de las perdidas. Quizá no me voy a
olvidar, pero no me lo voy a cobrar. O sea, no alimento el rencor.
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No se trata entonces de “borrón y cuenta nueva”
En todo caso de una cuenta nueva.
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Borrón, no. De nuevo, olvidar no se puede. En todo caso, voy aquietando mi corazón y
pidiéndole a Dios que perdone a quien ofendió. Ahora bien es muy difícil perdonar sin una
referencia a Dios, porque la capacidad de perdonar solamente se tiene cuando uno cuenta
con la experiencia de haber sido perdonado. Y, generalmente esa experiencia la tenemos
con Dios. Es cierto que, a veces, se da humanamente. Pero únicamente el que tuvo que
pedir perdón, al menos una vez, es capaz de darlo. Para mí hay tres palabras que definen a
las personas y que constituyen un compendio de actitudes – dicho sea de paso, no sé si yo
las tengo permiso, gracias y perdón.
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La persona que no sabe pedir permiso atropella, va adelante con lo suyo sin importarle los
demás, como si los otros no existieran. En cambio, el que pide permiso es más humilde,
más sociable, más integrador.
¿Qué decir del que nunca pronuncia un gracias o que en su corazón siente que no tiene
nada que agradecer a nadie?
Hay un refrán español muy elocuente que dice: el bien nacido es agradecido” Es que la
gratitud es una flor que florece en las almas nobles.
Y, finalmente, hay gente que considera que no tiene que pedir perdón por nada. Ellos
sufren el peor de los pecados: la soberbia. E insisto, solo aquel que tuvo la necesidad de
pedir perdón y experimento el perdón, puede perdonar. Por eso, a los que no dicen esas
tres palabras les falta algo en su existencia. Fueron podados antes de tiempo o mal podados
por la vida.
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¿Pero se puede perdonar a quien no se arrepintió por el daño que causo? ¿Se puede
perdonar a quien no manifestó voluntad de enmendar de cierta forma el daño que hizo?
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El perdón no es una acción unilateral, únicamente una disposición del que perdona. Tengo
que estar dispuesto a otorgar el perdón y solo se hace efectivo cuando el destinatario lo
puede recibir.
Y lo puede recibir, cuando está arrepentido y quiere reparar lo que hizo. De lo contrario, el
perdonado queda – dicho en términos futbolísticos – off-side. Una cosa es dar el perdón y
otra cosa es tener la capacidad de recibirlo.
Si yo le pego a mi madre y después le pido que perdone, sabiendo que si no me gusta lo
que hace le volvería a dar una paliza, ella quizá me otorgue el perdón, pero yo no lo recibiré,
porque tengo el corazón cerrado. En otras palabras, para recibir el perdón hay que estar
preparado.
Por eso, en la historia de los santos, en los relatos de las grandes conversiones, aparece
aquella expresión famosa de “llorar los pecados” para describir una actitud tan cristiana
como llorar por el mal hecho, lo que implica el arrepentimiento y el propósito de repararlo.
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Pero cuando las faltas son muy graves, cuando se cometen delitos terribles, ¿no se dispara,
un mecanismo de negación y, en cierta forma, de justificación, bajo el argumento de que
“no hubo más remedio “que cometerlos?
-Creo que eso pasa no solo con las cosas más graves, sino también menores. A mí me sucedió -y
esto lo hablé con mi confesor- tener instante de mucha luminosidad interior, donde caí en la cuenta
de fallas en mi vida o de pecados en los que no había reparado. Observe lo hecho con otros ojos y
sentí terror. Si a mí me dio pánico en esos instantes de mucha luz, entre una oscuridad y otra,
cuando tome conciencia de la dimensión social de lo que hice, o deje de hacer, puedo fácilmente
imaginar que haya personas que, frente a yerros tremendos, apelen a un mecanismo de negación o
a yerros tremendos, apelen a un mecanismo de negación o a argumentaciones de todo tipo para no
morirse de angustia.
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