el padre eterno

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EL PADRE ETERNO
or muchos años –y aún creo que hasta hoy mismo en lo más
profundo de mi corazón– he conservado un secreto rencor contra
cierto hermoso ejemplar de la Historia Sagrada, ilustrada en
colores, que mi madrina me trajo de Pernambuco en un viaje que hiciera a
Recife, a orillas del Beberibe adonde van a bañarse las mujeres que quieren
ser fecundas. Este libro fue el encanto de muchos meses de mi infancia, y me
dio el cielo con sus vírgenes de azules mantos y sus mártires de llagas
carmesíes; la tierra con el pueblo de Dios y sus batallas, y el Supremo Hacedor
resplandeciente de oro, con su barba paternal y el blando trono de nubes
arreboladas. Estaba escrita en portugués, con las mayúsculas envueltas de
arabescos y flores de cuatro pétalos y tenía los cantos dorados, los márgenes
primorosos y en la tapa grandes letras góticas. Yo recién empezaba a deletrear
y no comprendía el idioma escrito, pero sentía la belleza de aquel ejemplar
antiguo. Mi madre solía explicarme pacientemente el significado de las láminas
cuya contemplación me extasiaba. Dormía con él debajo de la almohada para
tener a mano su universo, todas las mañanas, al abrir los ojos aún cargados de
angélico sueño. Él despertó en mí el sentido de la relación de las cosas, la
avidez de lo divino y la intuición de lo heroico. Más que todos los cuentos de
hadas, el Antiguo Testamento fue para mí la presencia de lo sobrenatural en mi
pequeña vida de siete años. Abraham y Moisés, Elías y Jonás cumplieron
conmigo el deber de todos los héroes para con los niños: me dieron lo
tremendo y lo maravilloso. La fantasía de Perrault, la riqueza deslumbrante de
Las mil y una noches, la gracia de la Fábula con el prodigio de sus animales
filósofos, no pudieron ofrecerme más, nunca. Cuando arribé al mundo de los
cuentos que podía leer yo sola, venía de vuelta del mayor de los prodigios: la
creación del universo con la realidad y el milagro de la comunicación de lo
eterno con lo perecedero; Dios dialogando con el hombre; los elementos
terribles y las fuerzas arrolladoras complotándose a favor o en contra de los
intereses de los hombres. Nada me ha dado después la impresión fantástica de
aquella Arca de Noé en vivos colores primarios, de la que descendían en tropel
confuso las bestias más extrañas, en promiscuidad fraternal con las que yo
conocía y amaba; nada me ha parecido luego más terrible que aquel enorme
ojo de Dios persiguiendo a un Caín de cabellos erizados, por un páramo donde
se erguían a su paso culebras irritadas y purpúreos fuegos fatuos. Nada
después me ha dejado una sensación tan grandiosa de belleza, como aquel
Moisés majestuoso, apretando contra el pecho las Tablas de la Ley, en
coloquio con el Señor oculto por una nube sobre la montaña coronada por
rayos y bajo un cielo poblado de rostros de ángeles. El miedo, el asombro, el
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deslumbramiento, el terror, la admiración, la piedad, casi todas las emociones
humanas, nacieron para mí ingenuamente, en las páginas de aquel libro. Pero
de él me vino también la primera sensación de ridículo que me hirió el alma tan
profundamente, que todavía hoy, que la evoco sonriendo, me hace llenar de
lástima por la niña que bebió en ella su primera amargura.
Fue un domingo de verano, en la anochecida. Yo volvía con mi niñera
negra, de oír en la plaza del pueblo la retreta ejecutada por la banda de música
que dirigía el padre de mi amiguita Floriana de Sylva. En el trayecto –calles
antiguas bordeadas de viejas casas y muros de ladrillos musgosos– Feliciana
iba mascullando sus eternas avemarías y yo saltarineaba adelante, niña-pájaro
como todas las niñas. La moña de cinta azul de mi corona de trenzas me
colgaba deshecha hasta la mejilla, tapándome un ojo. En el vestido de
muselina, un desgarrón alegre me prometía un buen regaño de mamá. Así,
adelantándome a Feli, llegué a mi casa y entré en el zaguán profundo. A la
derecha, en la sala de recibo, la luz de la lámpara alumbraba cordialmente las
cosas dejando caer en la acera, a través de la ventana abierta, su dulce gasa
amarilla. Había visitas. Isa y mi madre, sentadas en los sillones de enea,
escuchaban subrayando su atención con pequeños comentarios, a un señor de
luenga barba que estaba en el sofá, las dos manos apoyadas en el bastón de
grueso puño de oro. A sus pies, el gordinflón de Isa, rodeado de juguetes que
yo no conocía, gorjeaba de contento golpeando torpemente un gran tambor con
aros de latón dorado. Curiosamente me detuve a observar desde los vidrios de
la puerta, recubiertos por cortinillas que bordara pacientemente mi hermana.
Sentía que conocía a aquel señor, su largo cabello blanco, su rostro de buen
padre y aquella barbaza de espuma y leche que le caía sobre el pecho. Todo
en él me era familiar, hasta el ademán protector con que de vez en cuando
tendía su diestra sobre la enrulada cabeza del niño sentado a sus pies.
Sigilosamente fui acercándome por detrás del sillón de mi madre. Luchaba
entre la bruma del esfuerzo por reconocer y la incapacidad de recordar. Yo
conocía a aquel señor… Después, fue un relámpago. La ubicación, en la
memoria, de aquel rostro y aquel ademán, me tomó de pronto en el más
pasmoso de los asombros. Y como un relámpago también, la decisión, mezcla
de deslumbramiento, de cándida codicia y de ingenuo sentido práctico, que me
hizo irrumpir como un torbellino en el círculo iluminado y caer de rodillas ante la
extraordinaria visita de mi madre para suplicarle, llena de agitación y
temblorosa:
–Señor Dios querido: para mí una muñeca negra bien motuda, como la
de Juanita Portos. Y una pulsera de oro como la de Cristina María y un…
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La lista quizás hubiese sido muy larga, pues la pobre aprovechadora,
asida de la ocasión, satisfacer todas sus secretas ambiciones puras. Pero me
detuvo una carcajada unánime. Vi al señor echarse hacia atrás, con sus
barbazas temblándole por la risa, a tiempo que mi madre me tomaba en
brazos, diciendo con voz que sofocaba la hilaridad incontenible:
–Nena, querida, ¿qué te pasa? ¿Quién crees tú que es este señor?
Vacilé un momento. Estaba aturdida. Isa, a pesar de su palidez y su traje
negro, se olvidaba de suspirar como lo hacía constantemente, apretando contra
la boca, para ahogar su escandaloso regocijo, el pañuelo de orla de luto. Cerca
de mis ojos aterrados, el rostro de mamá me pareció rojo, grotesco y odioso.
Sentí, al revés de los otros, un furioso deseo de llorar a gritos. Ese dramático
orgullo de los niños que los mayores no se cuidan de comprender, hiriéndolo
con una inconsciencia torpe, a veces de consecuencias crueles, me contenía el
llanto como un dique heroico. Sentí que temblaban mis labios, que en el pecho
me crecía una ola que iba a ahogarme. Mamá me volvió a interrogar en medio
de un acceso de risa tan fuerte, que se le saltaban las lágrimas:
– ¿Quién piensas tú que es este señor, Susana? Dilo.
Escondiendo en la suave curva de su hombro la cara ardiente, intenté
explicarme:
–Mamá…El Padre Eterno…El libro de mi madrina…
Recrudecieron las carcajadas. Yo no pude soportarlas y desasiéndome
violentamente de mi madre, ciega de vergüenza y de cólera, atravesé corriendo
la casa ya casi a oscuras, llegué a mi cuarto hipando sollozos contenidos, tomé
de debajo de la almohada el libro que con su lámina inicial me había metido en
aquella tremenda confusión, y rabiosamente me puse a destrozarlo sin piedad.
Mamá vino a buscarme, procurando consolarme, todavía sacudida por su risa
que inútilmente quería disimular. Le fue imposible. Una mezcla de pudor herido,
de amor propio desgarrado, de angustia infinita, me transformaba en una
fierecilla. En la espesa penumbra de la habitación, las hojas del libro precioso
revoloteaban torpemente, arrancadas con furia e iban a posarse a mi alrededor
en desordenado círculo. Mil veces peor que la humillación de un hombre, es la
de un niño. Pero los hombres no se cuidan de ello. Yo me dormí esa noche
deseando morirme, soñando con la oquedad negra del aljibe y con los gitanos
que raptan chicos para llevárselos tan lejos que no pueden volver jamás. Al
suegro de mi hermana le quedó para siempre en la familia el remoquete de “El
Padre Eterno”. Yo no me olvidé nunca de aquella nochecita en que creí tocar el
cielo, y en la que de pronto me sentí precipitada al infierno del ridículo más
abrumador, choque terrible para mi pura y entera confianza infantil.
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Juana de Ibarbourou (1892 – 1979)
Extraído de: “Chico Carlo” (1944)
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