vallejos y la muerte enamorada

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VALLEJOS Y LA MUERTE ENAMORADA
Todos sabían en el pueblo que la Muerte andaba buscando a Manuel
Vallejos. El primero en enterarse fue Elpidio Fuentes, el cartero, porque la
Muerte, toda vestida de negro, arrugada
y vieja, le recibía la
correspondencia en ausencia del hombre. Lo sabían los chicos de la
escuela que jugaban al fútbol en el patio durante el recreo, porque la
misma Muerte, con la apariencia de un pibe esmirriado y mugriento, les
devolvía la pelota cuando caía en el jardín de la casa de Vallejos.
Lo sabían también todos y cada uno de los hombres oscuros y
metódicos que agotaban las horas en el café del Gallego, porque cuando
Manuel entraba al boliche y ocupaba siempre la misma mesa, ella se
quedaba parada a su lado, y muda, inmóvil, lo contemplaba con ojos
ansiosos y tristes.
A Vallejos sin embargo, parecía no importarle la proximidad de la
Muerte.
Algunos que conocían parte de su historia, decían que Vallejos había
matado mucho, y de todas las formas posibles en que un hombre puede
matar, que no mataba por diversión sino por oficio, y que durante la
última dictadura militar había llegado al punto de hartarse de su trabajo, y
que, indiferente a la muerte propia y ajena, se había exiliado en aquel
pequeño pueblo con el único propósito de transcurrir.
Una tarde, mientras tomaba unos amargos, se dio al fin por aludido de
la presencia de ella, y sin mirarla le soltó con voz ronca: “¿Qué tanto me
andás buscando vos?”, “Yo te quiero Manuel”, le respondió la Muerte.
Vallejos la miró entonces, y tuvo pena de él y de ella, de ese destino
solitario y voraz que solo busca vida en el otro para concluirla. “Vos sos
como yo – le dijo – no te querés ni a vos misma”. La dejó sola y se fue a
dormir la siesta, a sabiendas de que se quedaría allí, sentada esperándolo.
Fueron pasando los meses y nadie fallecía en el pueblo, porque decían
que la Muerte prendada de Vallejos y en su pertinaz y desnaturaliza amor,
se había olvidado de los viejos y los enfermos, incluso de los
desahuciados.
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Fue muy popular en aquellos tiempos el caso de Ricardo Morales, que
en un accidente automovilístico se había incrustado el volante en el
pecho y tenía las piernas quebradas, y que privado de un rápido deceso,
permanecía en eterna agonía, sin dolor y sin consuelo.
La conducta fría y solitaria de Vallejos estaba causando estragos en la
Muerte, que a veces se le presentaba como un pibe hambriento pidiendo
pan, y otras como mujer, rubia o morena.
En el café del Gallego corrían las apuestas, que Vallejos se moría
mañana o pasado, que lo atropellaba un camión o lo partía un rayo.
Ricardo Morales, el del volante incrustado en el pecho, escuchaba con
nostalgia aquellas discusiones mientras tomaba un vermú que nunca le
apagaba la sed.
Fue durante esos días, mientras se doblaban las apuestas, que a
Vallejos se lo vio feliz por primera vez desde que llegara al pueblo, y ya la
Muerte no se paraba junto a su mesa. Seguía sin embargo recibiendo la
correspondencia cuando Manuel no estaba en casa, y le devolvía la pelota
a los pibes del colegio cuando caía en el jardín, y los chicos la saludaban
y le agradecían, porque la Muerte había tomado definitivamente la forma
de una mujer sencilla que podía ser la mamá de cualquiera de ellos.
A Vallejos lo encontraron colgado tiempo después, con una sonrisa
dibujada en el rostro. Como nadie había apostado por el suicidio, el
dinero fue devuelto a cada uno de los apostadores. Solo una anciana que
tenía fama de curandera, acertó con la verdad de su fatal decisión:
“Vallejos se enamoró”, dijo, y no agregó nada más.
A nadie sorprendió en el boliche del Gallego que Manuel Vallejos y la
Muerte ocuparan la misma después del suicidio, tomados de la mano, y
que Ricardo Morales, en eterna agonía, los contemplara desde lejos,
impaciente y resignado a la vez.
A nadie sorprendió, porque todos sabían ya a estas alturas, que Manuel
y la Muerte estaban profundamente enamorados, y que Ricardo Morales
esperaba que terminaran su luna de miel, para morirse tranquilo.
MARIO JAVIER LÓPEZ BAROVERO
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