Adrián Correnti Quinto Domingo de Cuaresma Ciclo B “Ten piedad de mí, Dios, conforme a tu misericordia” 24 y 25-03-2012 Jesús, Hohenau, Capitán Miranda. Salmo 51:4-5, 10-13, 17 A. Hoy día hablar del pecado ya resulta en mucha gente hablar de una cosa extraña. Sin embargo, en nuestra cultura de la imagen y del placer, de la compra y la venta de bienes que llevan a diversos vicios, de una cultura machista, entre otras cosas, el pecado está más presente que nunca. El rey David, gran hombre de Dios, no estuvo exento de caer en graves vicios: Asesinato y adulterio. Por eso, arrepentido, dice: 4 Contra ti, contra ti solo he pecado; he hecho lo malo delante de tus ojos, para que seas reconocido justo en tu palabra y tenido por puro en tu juicio. “Cuando se hace una confesión a Dios, es necesaria hacerla de corazón, no sólo de palabra, como lo hacen los comediantes en el escenario. Tal confesión es, por lo tanto, la contrición, en la que sintiendo la ira de Dios, confesamos que Dios tiene toda la razón para estar airado, y no puede ser aplacado por nuestras obras, pero que [sin embargo] buscamos misericordia a causa de la promesa de Dios. De tal índole es la confesión siguiente: Contra ti, contra ti solo he pecado… para que seas reconocido justo en tu palabra y tenido por puro en tu juicio. Esto es: Confieso que soy pecador, que merezco eterna ira, y que no puedo oponer a tu ira mis obras justas o mis méritos. Por eso declaro que tú eres justo cuando nos condenas y castigas. Declaro que tú vences cuando los hipócritas te juzgan diciendo que eres injusto, tú que los castigas, o que condenas a los hombres a pesar de los méritos que han hecho. Es más: No podemos oponer nuestros méritos a tu juicio, pero seremos justificados si tú nos justificas, si tú nos consideras justos por tu misericordia”.1 B. A continuación, el rey David, reconociendo el origen del pecado, expresa: 5 En maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre. El “pecado original es una corrupción tan profunda y perniciosa de la naturaleza humana que ninguna razón la puede comprender, sino que tiene que ser creída basándose en la revelación de las Escrituras, como consta en el Salmo 51:5, en el capítulo 5 de la Epístola a los Romanos, en el capítulo 33 de Éxodo y el capítulo 3 de Génesis. Por eso, no es mas que un error y ceguedad lo que los teólogos escolásticos han enseñado en contra de este artículo: 1º A saber, que… el hombre, por naturaleza, tiene una razón recta y una buena voluntad, como lo enseñan los filósofos. 2º… que el hombre posee una voluntad libre para hacer el bien y para abstenerse del mal… 3º… que el hombre, por sus fuerzas naturales, puede cumplir y observar los mandamientos de Dios… Esas y otras afirmaciones semejantes han sido la consecuencia de la incomprensión y de la ignorancia, tanto respecto del pecado como de Cristo nuestro Salvador. Son verdaderas doctrinas paganas que no podemos admitir. En efecto, si esa doctrina [pagana] debe ser considerada [como] correcta, entonces ha muerto en vano Cristo, porque no hay en el hombre ni daño ni pecado por los cuales él habría tenido que morir”.2 1 2 Libro de Concordia, pp. 185-186. Libro de Concordia, pp. 312-313. 1 Por tal motivo, los cristianos “deben considerar y reconocer como pecado real, aun más, como el pecado mayor, que es la raíz y fuente de todo los demás pecados actuales, [a] la horrible y temible enfermedad hereditaria mediante la cual toda la naturaleza humana se ha corrompido (Ro. 7:18). El Dr. Lutero lo llama pecado de naturaleza… dando a entender así que, aunque una persona no piense, diga, ni haga algo malo…, su naturaleza y persona son no obstante pecaminosas, esto es, completa y totalmente infestadas y corrompidas ante Dios… como por una lepra espiritual; y por causa de esta corrupción y la caída del primer hombre, la naturaleza o persona es acusada y condenada por la ley de Dios, de modo que somos por naturaleza hijos de ira (Ef. 2:3), muerte y condenación, a menos que seamos librados de esta condición por los méritos de Cristo.”3 “Dios no es el creador, autor o causa del pecado, sino que por la instigación del diablo mediante un hombre, el pecado (que es una obra del diablo) entró en el mundo (Ro. 5:12; 1 Jn. 3:8). Y aun en la actualidad…, Dios no crea ni hace el pecado en nosotros, sino que en la naturaleza que Dios sigue creando y haciendo en los hombres, el pecado original se propaga de una semilla pecaminosa mediante la concepción y nacimiento carnales por parte de los padres.”4 En maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre y mi padre. “Este mal hereditario… es la completa carencia o privación de la justicia [con la que fuimos creados]… en el Paraíso, o de la imagen divina, según la cual el hombre fue creado originalmente en la verdad, santidad y justicia.”5 Por esa razón, en lo que atañe a asuntos divinos y espirituales, el corazón, sentimiento y pensamiento del hombre se oponen a Dios. “En otros asuntos, como en lo que atañe a cosas naturales y externas, el hombre aún posee, aunque en forma muy débil, cierto grado de entendimiento, poder y capacidad.”6 “Este mal hereditario es tan grande y horrible, que sólo por causa de Cristo puede ser cubierto y perdonado delante de Dios en aquellos que han sido bautizados y que han creído… La naturaleza humana [solamente] puede ser sanada… por medio [del lavamiento solamente] de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo [Tito 3:47], obra que sólo tiene su comienzo en esta vida, pero que será perfecta [(es decir, que se completará)] con la [resurrección para] vida eterna. C. Más adelante, a pesar de su maldad, David clama a Dios por misericordia: 10 ¡Crea en mí, Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí! ¿Por qué David pide esto, y de esta manera? “La razón y el libre albedrío pueden, hasta cierto punto, llevar una vida externamente decente; pero nacer de nuevo y obtener internamente otro corazón, otra mente y otra disposición es obra que sólo el Espíritu Santo puede realizar [Juan 3:3-5]. Él abre el entendimiento y el corazón del hombre para que este pueda comprender la Escritura y prestar atención a su palabra como está escrito: ‘Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendieran las Escrituras’ (Lc. 24:45)… Él quita el corazón de piedra y da un corazón de carne, para que andemos en su mandamientos (Ez. 11:19; Dt. 30:6; Sal. 51.10)”7, como está escrito: 10 ¡Crea en mí, Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí! “Dios no obliga al hombre a la conversión…, no obstante, Dios el Señor atrae al hombre… de tal manera que el entendimiento entenebrecido se cambia en uno 3 Libro de Concordia, p. 548. Libro de Concordia, pp. 548-549. Libro de Concordia, pp. 549. 6 Libro de Concordia, p. 550. 7 Libro de Concordia, p. 567. 4 5 2 iluminado, y la voluntad perversa en una obediente. Y esto es lo que la Escritura llama ‘crear un corazón limpio’ (Sal. 51:10)”.8 “Este impulso del Espíritu Santo no es coerción, sino que el hombre que ha sido convertido hace lo bueno espontáneamente… Y sin embargo, la lucha entre la carne y el Espíritu sigue aún en el regenerado”9, “no sólo porque uno es débil y otro fuerte en el espíritu, sino también porque cada cristiano se siente gozoso en el espíritu en ciertos momentos y temeroso y alarmado en otros; en ciertos momentos siente un amor ardiente hacia Dios, al igual que una fe fuerte y una esperanza firme, y en otros momentos se siente frío y débil.”10 Así también, “si los que han sido bautizados obran en contra de su conciencia y permiten que el pecado los domine y así entristecen al Espíritu Santo que mora en ellos y lo pierden, no deben osar bautizarse de nuevo.”11 Antes bien, al igual que David, quien pecó matando a Urías para quedarse con su esposa Betsabé, deben arrepentirse, confesar su pecado y confiar en la Buena Noticia de Dios, como dice el Salmo: 11… no quites de mí tu santo espíritu. 12 Devuélveme el gozo de tu salvación... 13 Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos y los pecadores se convertirán a ti. D. “El caso es que a menudo las personas no acuden a Jesús… pues a pesar de todo pretenden ofrecer a Dios algún mérito propio. Y consecuentemente, aun cuando digan hipócritamente que acuden a Jesús, no se allegan a él como pobres y míseros pecadores. Pero distinto es aquel a quien Dios ha hecho la merced de quebrantarlo y aniquilarlo, de modo que no encuentra ningún consuelo en sí mismo y se siente desconsolado, por lo cual mira a su alrededor e inquiere: ‘¿Dónde he de hallar consuelo?’ Este tiene la verdadera contrición… [Si este es tu caso, te digo:] ‘No sólo puedes, sino que debes allegarte a Jesús. Ve a él, no pienses en que es demasiado prematuro’”.12 Porque este gran pecador, el rey David, les dice a los demás pecadores, tú y yo: 17 Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios. “Sólo la muerte de Cristo es verdaderamente sacrificio propiciatorio… Los demás [es decir los nuestros] son sacrificios de acción de gracias, llamados [también] sacrificios de alabanza: La predicación del evangelio, la fe, la invocación, la acción de gracias, la confesión, las aflicciones de los santos, en fin, todas las obras buenas de los santos… Y de este tipo son los sacrificios [nuestros, la iglesia] del Nuevo Testamento, como lo enseña Pedro (1 P. 2:5): ‘Sacerdocio santo, para que ofrezcan sacrificios espirituales’… porque ‘espiritual’ se refiere a los impulsos del Espíritu Santo en nosotros. Y lo mismo enseña Pablo, Romanos 12:1: ‘Presenten sus cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es el culto racional de ustedes’… En suma, el culto del Nuevo Testamento es espiritual, es decir, es justicia de la fe en el corazón, y los frutos de la fe.”13 “El verdadero culto a Dios, la verdadera honra, consiste en esto: Si le invocamos de corazón.”14 “Tal cosa agrada a Dios sobremanera, porque no podemos dar mayor honor a Dios que al postrarnos a sus pies y confesar: ‘Tú, Señor, eres justo, mas yo soy un pobre pecador. Ten misericordia de mí a causa de Jesucristo’”.15 8 Libro de Concordia, p. 574 Libro de Concordia, p. 575. Libro de Concordia, p. 576. 11 Libro de Concordia, p. 576. 12 Compendio de Ley y Evangelio, p. 67. 13 Libro de Concordia, pp. 253, 254-255. 14 Libro de Concordia, p. 256. 15 Compendio de Ley y Evangelio, p. 67. 9 10 3