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IGNACIO GARCÍA-VALIÑO
LAS
DOS MUERTES
DE
SÓCRATES
2
ARGUMENTO
La violación de Neóbula —la hetaira más deseada de La
Milesia, el prostíbulo más lujoso de la Atenas, y una de las
mujeres más influyentes de su época— por el rico y poderoso
Anito, desencadena terribles acontecimientos en los que se
verán envueltos Sócrates, Platón, Alcibiades y otros muchos
personajes de la Atenas del siglo V a.C.
Cuando Anito aparece asesinado, el encargado de resolver el
crimen será Pródico de Ceos, un sofista que se servirá de sus
conocimientos filosóficos para desentrañar el misterio que
rodea la muerte.
Novela histórica y policiaca, Las dos muertes de Sócrates nos
acerca a la vida cotidiana de la ciudad y la época en la que aún
hoy bebemos para forjar nuestra cultura.
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Para Nieves
Mi agradecimiento especial a José Solana Dueso,
que me ayudó con su original visión histórica.
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«En la vida de un hombre, su época es un momento;
su juicio, el débil resplandor de una vela de sebo.»
MARCO AURELIO
«Cálida y rubia, nubil y triste,
tú, podadora de los prados calientes,
oyendo quedas, con tus pasos más lánguidos,
la flauta antigua del dios durando
en el aire que crece a viento leve
y sé que piensas en la diosa clara.»
ALBERTO CAEIRO
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CRONOGRAMA
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469 a. C. Nacimiento de Sócrates.
465 a. C. Nacimiento de Aspasia de Mileto y de Pródico.
449 a. C. Llegada a Atenas de Aspasia.
445 a. C. Pericles contrae matrimonio con Aspasia.
429 a. C. Muerte de Pericles.
417 a. C. Neóbula ingresa en La Milesia.
410 a. C. Neóbula parte con Alcibíades.
407 a. C. Regreso de Neóbula a Atenas.
406 a. C. Desastre naval de las Arguinusas y juicio de los almirantes.
399 a. C. Muerte de Sócrates.
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Las fechas que se refieren a hechos históricos son, en algún caso, aproximativas.
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PRIMERA PARTE
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CAPÍTULO I
La lección más dura de su vida la aprendió Neóbula a los doce años, cuando nada
sabía aún del sexo. Era una esbelta púber, rozada por las miradas lúbricas de los
hombres, recién sacada de su casa para no regresar. La peste había puesto a su madre
a pudrir la tierra, y dos años atrás su padre había perecido en los fosos de las
canteras de Siracusa, adonde fue deportado por los espartanos como prisionero
durante la gran guerra. Sus dos tíos corrieron parecida suerte, uno en la batalla de
Anfípolis, y el otro en paradero desconocido. No quedaba quien la cuidara, salvo una
tía lejana, demasiado mayor para hacerse cargo de ella, así que fue vendida a Aspasia
para ser convertida en hetaira de lujo.
Neóbula había oído hablar de la dueña del burdel, Aspasia de Mileto, viuda de
Pericles, de quien se contaban tantas cosas y tan contradictorias: sus influencias en
determinados círculos masculinos, su cultura, cierta leyenda entreverada de turbios
ardides, y sobre todo el negocio que bajo la mera apariencia de una casa de placer
encubría una escuela de mujeres.
Tenía cuarenta y ocho años Aspasia cuando acompañó a Neóbula al templo de
Afrodita. Allí la púber depositó una corona de flores a los pies de la diosa, y a
continuación se despojó de su túnica. Aspasia la examinó: su cuerpo aún no estaba
del todo formado, pero prometía ser la muchacha más bella que habría pisado su
local. Sus ojos tenían el duro brillo de un zafiro. Cuando acabara de desarrollarse, ese
cuerpo sería perturbador, y para entonces Aspasia esperaba haberle enseñado todo
cuanto era importante para conducirse entre los hombres y el sexo. Le advirtió que la
vida de hetaira era una vida dura, y que sólo sobreviviría con astucia, y con un
temple firme como el hierro. Ahora debía obedecer y ser respetuosa. Ella le enseñaría
a pensar, a embellecerse, a agudizar su sensibilidad con la danza, la poesía, música, y
también la iniciaría en los misterios de la escritura. Allí, en La Milesia, siempre
tendría techo, comida y protección, y sólo se le pediría a cambio su trabajo. Neóbula
se limitó a asentir. Aspasia continuó:
—Ahora vas a tener tu primer cliente. Ha pagado mucho, porque eres virgen. He
de avisarte que tu primera experiencia será dolorosa. Pero ten siempre presente esto:
todo lo que duele en el sexo es bueno.
Neóbula no tenía miedo. Creía haber dejado atrás lo peor con la pérdida de sus
progenitores, y ahora había encontrado una nueva familia, que la cuidaría y le
enseñaría a ser mujer. Era una frágil muchacha, erguida en sus enaguas
transparentes, con la mirada perdida, los oscuros pezones y el vello negro contra el
blanco lino, ante la atenta mirada de su primer cliente.
En la alcoba de La Milesia se desnudó fríamente y sin gracia, como un ritual
carente de significado. No pudo evitar que el pudor inicial le erizara la piel. Tenía él
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unos treinta años, buena presencia, barba bien cuidada, una elegante túnica de lino y
botas recias. Por sus manos finas supo ella que era muy rico. Neóbula lo desnudó
mirándole fijamente a los ojos, sin mostrar una excesiva complacencia, sin querer
reparar demasiado en el miembro pugnaz. Sonrió tímidamente, un instante, antes
que el otro le borrara la zalamería con un ceño huraño.
Una vez desnudos los dos, la puso a gatas sobre el diván y él se situó detrás. La
muchacha tuvo noción de que debía curvar la espalda y alzar las nalgas. Frente a ella
había un espejo de cobre pulido, donde se veía a sí misma, desleída, y tras ella la
figura del hombre, la mano que subía por el surco del espinazo, como una lengua
seca, hacia la cerviz. Después sintió que la untaba con grasa tibia, todo alrededor de
su vagina, demorándose en todos los pliegues, y luego, bruscamente, un dolor que
no era en su sexo, sino entre las nalgas, se fue abriendo paso hacia dentro, rasgándola
con un ardor insoportable que le licuó las pupilas. Sintió que las rodillas no la
sostenían, y el hombre la agarraba por la juntura de los muslos con las nalgas, la
apretaba, la sostenía en vilo, izándola, mientras seguía hincándole más adentro,
ejerciendo sobre todo su cuerpo tanta presión que se vio aplastada la mejilla contra el
cobre del espejo, y allí él empujó, empujó, empujó. La desgarraba como un odre de
cuero, y el diván crujía como si fuera el lamento de sus propios huesos. Entonces,
cuando le hubo metido el sexo completo, comenzó a revolverlo allí, enjaretándola
convulsivamente, rítmicamente, a golpes de pelvis, empujando, empujando sin dejar
de sostenerla con las uñas clavadas en la piel, y el peso, y el aplastamiento de la
carne. Sus brazos se habían plegado, incapaces de sostener la parte superior de su
cuerpo, abrasada, humillada. Se abandonó por completo a la agresión durante un
tiempo que le pareció una agonía eterna.
Finalmente, el hombre sacó el pene de entre sus nalgas, dejando escapar un
gruñido de satisfacción, y le soltó los muslos. Quedó encogida de dolor, pero
enseguida el otro volvió a levantarla tirándole de los hombros hasta hacerla girar
hacia él. La agarró del pelo, puso ante sus ojos su pene aún erguido y cubierto de
sangre y mierda, y le gritó que abriera la boca, ¡abre la boca! Ella cerró los ojos y
sintió, duro, dentro de su boca, el sexo caliente y el sabor a sangre y hez, y poco
después el del tibio semen bombeando.
«Todo lo que duele en el sexo es bueno.»
El hombre se estaba sacudiendo el resto del pringue, exprimiéndose con una mano
el glande enrojecido, todavía tumescente:
—Ahora sí que eres una verdadera puta.
Fue peor que una violación, porque no le quedaba siquiera el consuelo moral de
haber sido forzada contra su voluntad, y se quedó llorando contra el muro
desconchado mientras el otro salía satisfecho y la cubría una luz de ignominia.
En los días que siguieron pensó cómo sobrevivir, a pesar de todo. Se sentía
demasiado desdichada y vulnerable y no tenía amigas ni familia en quienes buscar
amparo. Pronto, sin embargo, encontró un asidero en su orgullo, un orgullo ardiente
como un rescoldo, de una fuerza antes desconocida.
Si bien es cierto que la virginidad nunca se pierde de una sola vez, sino por
acumulación de sucesivas decepciones, Neóbula decidió desterrar todo vestigio de
inocencia, cortarlo como una mala cepa, junto con su infancia. Se consagró con
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empeño y saña a este objetivo: nunca más ser engañada, humillada, vencida.
Tenía su cuerpo para vengarse de los hombres, en años venideros, su cuerpo para
sostenerla y hacerla deseable, un cuerpo de animal erótico. La Milesia sería en
adelante su guarida nocturna, su escuela en el arte de seducir, aguantar el momento
preciso y herir, herir. Anular cualquier deseo que no saliera de la piel, cualquier
sentimiento que la hiciera débil, dependiente. Nunca dejar que un solo hombre la
atrajera: aprender a manejarlos desde sus partes bajas, hacerlos dependientes del
placer que ella les proporcionara. Abrasarlos. Humillarlos. Plegarse a ellos como una
serpiente. Un animal de inteligencia lúbrica.
También a resultas de esta experiencia aprendió tres cosas que no olvidaría nunca.
Que la vida es dominación, y ella no quería ser la dominada, era la primera. La
segunda, que sus nalgas eran lo más codiciado de su cuerpo. La otra era una máxima:
«Nunca vayas a hacer de vientre poco antes de ponerte a trabajar».
Aquel hombre que destrozó su inocencia se llamaba Anito, hijo de Antemión.
Dieciocho años después exhalaría su último suspiro en ese mismo burdel. Lo
hallarían de madrugada, poco antes del amanecer, tendido panza arriba y con un
puñal hundido hasta la empuñadura en su corazón.
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CAPÍTULO II
Cuando Neóbula ingresó como aprendiz de hetaira, La Milesia llevaba
veintinueve años funcionando y estaba en su declive. Había tenido su edad dorada,
como la ciudad, su lírica y su misterio, y por ella habían pasado hombres
distinguidos de Atenas y de ciudades lejanas, atraídos por la fama de sus mujeres
que, según decían, no se parecían a las de ningún otro lugar.
En aquellos años de bonanza que siguieron a su fundación por Aspasia, el
navegante extranjero que llegaba a Atenas podía aliviarse de las privaciones de la
travesía marina recalando en una casa de citas nada más poner los pies en el puerto
del Pireo; por el precio de un óbolo se le daba la bienvenida y por otro más podía
yacer con alguna de las prostitutas esclavas. Algunos atenienses bromeaban diciendo
que si Ulises hubiera tenido que desembarcar en Atenas durante su travesía y pasar
la noche en un prostíbulo del puerto no se habría librado tan fácilmente de las garras
de estas mujeres como lo hiciera de Circe, Nausícaa y demás hechiceras, porque estas
prostitutas eran portadoras de toda la variedad de enfermedades venéreas que uno
podía contraer desde Cartago hasta el Quersoneso.
Si el viajero era de gustos algo más refinados y tenía en estima su salud burlaría a
las mujeres que le salían al paso desde los muelles y escolleras de la bahía y seguiría
adelante, atravesando la avenida de los Muros Largos hasta las puertas de la ciudad,
y una vez allí, en el barrio de Cerámicos, podría encontrar locales donde se servía
buen vino de Quíos y mujeres dispuestas a hacer olvidar por una noche las amargas
dispensas de la mar. Allí, por quince óbolos encontraría una amante limpia,
perfumada, y más ejercitada en las artes eróticas que aquellas toscas portuarias. Pero
si era un visitante culto y distinguido, y estaba bien informado, se dirigía sin demora
a comprobar si eran ciertas las maravillas que se contaban de La Milesia, la casa de
mala fama con mejor reputación de toda la Hélade.
Ubicada en la falda de la colina de las Ninfas y próxima al Areópago, había sido
fundada por Aspasia de Mileto a sus diecinueve años. Sólo había otra escuela
conocida de la mujer, creada por Safo en Lesbos un siglo antes, y aún abierta. Por ella
había pasado Aspasia durante su pubertad para aprender poesía, música y las artes
del placer. Allí concibió su sueño de llegar a la ciudad de la sabiduría y fundar una
casa donde las mujeres pudieran convertirse en personas autosuficientes, sin vivir
bajo la férula de sus maridos.
Con dieciséis años había llegado a Atenas Aspasia acompañada de su hermana,
dos sobrinos y su cuñado, un ateniense que regresaba de cumplir una condena de
una década de ostracismo. Aspasia reunía los rasgos orientales más propios de la
belleza jonia: tez morena, rostro ojival, ojos tibios como carbones, además de una
educación refinada. Al mismo tiempo, las mujeres jonias también tenían fama de
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adúlteras, avariciosas y ladinas. Todo esto contribuyó a que no le fuera nada fácil al
principio abrirse camino. Cuando la oían hablar con propiedad y buen criterio los
hombres reforzaban su impresión de encontrarse ante una mujer distinta, inquietante
y a buen seguro poco de fiar.
No buscaba entonces marido ni amante. Había disfrutado tanto y tan precozmente
del sexo que ya en su temprana juventud no encerraba misterios para ella. Y en
cuanto al amor..., de momento no entraba en sus planes. Deseaba ante todo
completar la formación que había empezado su padre, antes de morir, y que le había
permitido aprender muy pronto los secretos de la lectura, la escritura y la euritmia.
Conocía todas las figuras de la danza, desde la de cortejo a la religiosa. Ejercer de
hetaira no convenía mucho a su reputación, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Sólo
como hetaira tenía acceso al mundo masculino del arte y la intelectualidad.
Durante tres años se ganó holgadamente la vida como acompañante de simposios,
animando los ágapes masculinos en los andrones y banquetes nupciales, haciéndose
acompañar de otras modelos o bailarinas de menor fuste, que junto a ella realzaban
sus cualidades. El simple hecho de ser mujer por naturaleza y condición le hacía ser
tratada como una persona cuya existencia vicaria estaba supeditada a las necesidades
del hombre; en su caso, puesto que no aspiraba a ser casada ni formar una familia,
era un instrumento del placer masculino. Aspasia de Mileto creía que la de hetaira
era una profesión muy digna, además de lucrativa, pero sufría cuando la trataban
como una ciudadana de segunda categoría, sin derechos, porque en ningún sentido
se consideraba inferior a los demás. Se sabía con suficientes luces para departir con
los hombres como una igual, pero ¿cómo demostrarlo si ni siquiera le daban una
oportunidad?
Cuando les hablaba con palabras que no acostumbraban a oír salir de boca de una
mujer, se reían y lo tomaban como una exquisitez erótica, como un refinamiento
exótico en una hetaira de buena rama, venida de la escuela jonia. Por eso, durante sus
primeros años en Atenas, la joven de Mileto dependió de los hombres mucho más de
lo que hubiera querido, dado que le era imprescindible recibir su consideración y
respeto; su propia estimación pasaba por granjearse la confianza de quienes para ella
eran importantes, y de integrarse en la vida de los varones de una manera eficaz.
Ella, que por pundonor odiaba la sumisión, se sometía sin saberlo en ese aspecto, y
precisamente era su ansia por distinguirse como una mujer especial lo que la hacía,
en cierto modo, blanco de los caprichos de los hombres.
Pronto encontró protector. Aristócrata sexagenario y viudo, Conno era aficionado
al vino y las mujeres, prestamista y poseedor de numerosas propiedades. Gustaba de
atraer a su mansión a personajes ilustres y sabios tanto atenienses como foráneos, y
departir con ellos en su andrón, aunque sólo fuera para granjearse fama de hombre
importante y excéntrico de gustos. Aspasia de Mileto no jugaba en aquellas
reuniones el papel de ornamento o portadora de la crátera; era un elemento bien
integrado, la original aportación de Conno que quería compensar sus escasas luces:
tener a su cargo una mujer hermosa que, cuando se le concedía la venia, era capaz de
hablar y de opinar con buen entendimiento sobre lo que allí se disertaba, sin resultar
inconveniente. De este modo el anfitrión demostraba a sus cultos invitados que él
también era hombre de avanzadas ideas, y que estaba en posesión de una rareza
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traída de Jonia a la que confería un trato especial. Si la breve intervención de Aspasia
resultaba del agrado de los invitados, éstos felicitaban a Conno. Eso le dolía en su
amor propio, pero encontraba consuelo en estar allí escuchando lo que decían los
hombres cosmopolitas sobre el saber de otros pueblos y culturas del Peloponeso.
En cierta ocasión, Conno invitó a un conocido sofista con fama de ser el hombre
más sabio de la Hélade: Protágoras de Abdera. Llegó acompañado de su pupilo,
Pródico de Ceos, un joven bien agraciado de la misma edad que Aspasia. Ella se fijó
en él enseguida, y cuando sus miradas se cruzaron, ambos se azoraron. Después del
banquete, en el que abundaron las ostras y anchoas, se comenzó a departir sobre
política, en concreto de la gestión de Pericles, a la sazón líder del ala demócrata. Uno
de los comensales era Anito. También participaba un joven que acababa de estrenar
con mucho éxito una comedia en el teatro: Aristófanes.
Pródico de Ceos recordaba bien aquel simposio sobre la democracia, en el que los
participantes se exaltaron más de la cuenta, y casi todos se despacharon a gusto con
Pericles, excepto su maestro, quien ponderó el espíritu pluralista de éste y el talento
con el que había hecho madurar un régimen que, como nunca se había visto antes,
era representativo de la voluntad popular. Pues tal era un sueño humanista: el fin de
los amos y los súbditos.
Aristófanes ahogó un eructo en el puño y replicó:
—Amigos míos, algunos de vosotros venís de fuera, y admiráis la democracia
ateniense como algo exótico y refinado —se volvió a Protágoras—. Nos veis siempre
metiendo las habas y las barbas en las urnas para opinar sobre esto y aquello, y decís,
mirad qué Estado más avanzado, cada ciudadano opina y participa en las decisiones,
no vive bajo el yugo de un tirano. Quizá penséis por eso que todos estamos
instruidos en política y artes de gobierno, pero en realidad no tenemos ni la menor
idea de lo que votamos. Nos reunimos tantas veces para votar que no nos queda
tiempo para averiguar qué votamos. Es de risa pretender que el pueblo decida tantas
cosas, cuando lo que le preocupa es si la yegua está preñada, o si las gallinas del
vecino ponen más huevos que las suyas.
—Eso es muy cierto —celebró Conno.
—No entiendo —dijo Anito— por qué dicen que Pericles es tan inteligente. Un
hombre listo nunca confiaría las decisiones importantes al pueblo. De hecho, no hay
nada más peligroso que consultar a los demás.
—Pero es el precio de la representatividad —objetó Protágoras—. Sobre la
participación colectiva se funda la concordia ciudadana y la igualdad. En caso
contrario, el pueblo sentiría que se gobierna sin contar con él.
—El pueblo es ignorante y primitivo —dijo el anfitrión— y casi nunca sabe lo que
le conviene.
—Entonces —dijo Protágoras—, habrá que encontrar el equilibrio de la
representatividad: ¿cuánto puede y debe participar el pueblo en las decisiones de sus
soberanos? Una excesiva participación del pueblo tal vez sea tan nocivo como el
desprecio de la opinión de los ciudadanos por parte de los dirigentes.
Este razonamiento no gustó a la mayoría, inclinada a favor de la tesis de Conno:
había que depurar ese gobierno de advenedizos, y cederle el puesto de gobierno a
hombres que supieran manejar el timonel con pulso férreo. Pero ¿quiénes habían de
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ser esos hombres que asumieran el liderazgo? La mayoría se inclinaba por los
hombres ricos e influyentes de la ciudad, los aristócratas. Protágoras objetó que no
creía en otra aristocracia que la del talento.
Por su parte, Conno desarrolló su tesis de que un buen gobernante debía elevar las
ambiciones del pueblo, porque el pueblo es rastrero y se mueve por intereses
mezquinos. En esto estaba de acuerdo la mayoría.
—Eso es exactamente lo que está haciendo Pericles —dijo Protágoras—. La ciudad
ha cambiado. La he visto cambiar en los últimos años, pero nunca ha florecido como
ahora. ¿Es que no tenéis ojos?
—Tiene más monumentos —admitió Aristófanes—. Han hecho un templo muy
bello a la entrada de la Acrópolis. Carísimo, por cierto. Pero hay que reconocer que le
ha sacado a Atenea unas tetas preciosas. Cada vez que paso por ahí admiro el buen
arte de Fidias.
—Tú estrenas comedias gracias a la democracia —dijo Protágoras—. Y si estamos
aquí juzgando a Pericles es por la democracia. Porque la democracia conlleva
igualdad y libertad.
—Libertad, igualdad, bah —Conno hizo un aspaviento—. Sólo son palabras. Para
empezar, ¿por qué las ponéis siempre juntas? Son dos cosas excluyentes. Si uno es
libre, entonces no aspira a ser igual que los demás. Aspira a ser superior.
—Bueno, ahí está el difícil equilibrio —sonrió Protágoras—. Soy libre de expresar
mis opiniones aquí, pero no por ello me voy a arrogar el derecho de imponerlas.
Pródico de Ceos no decía nada, y sólo escuchaba la conversación de hito en hito.
Estaba demasiado perturbado por la belleza de Aspasia, situada detrás, en segundo
plano, para servir el vino antes de que se agotara en las copas. Pródico estaba seguro
de que seguía el debate y comprendía cada palabra que se pronunciaba.
—Querido Protágoras —decía Conno—, tú que tanto has viajado, ¿consideras lo
mismo un esclavo que un meteco, un meteco que un hombre libre?
—Iguales por naturaleza, diferentes por condición social, de acuerdo con las
normas imperantes. Pero las normas cambian. Y un día el esclavo se alza contra su
señor. Es el derecho natural.
Esta última observación calentó el ambiente. Anito puso a Protágoras como
ejemplo del peligro que representaba el ideal democrático: abrir las compuertas del
caos. Por contra, él defendía una oligarquía organizada y autoritaria. Siempre era
preferible a una tiranía, porque así se neutralizaba la ambición de un solo hombre.
Pródico ejemplificó esta idea advirtiendo de qué ocurría cuando se arrojaba un
hueso tierno a cuatro perros hambrientos.
—La única diferencia entre una tiranía y una democracia —dijo Aristófanes— es
que en la primera somos dirigidos, y en la segunda burlados. Dirigidos o burlados,
ésa es nuestra libertad de elección.
—Entonces, ¿tú por qué régimen político te inclinas? —se interesó Anito.
—Por ninguno. Es un asunto que no me interesa. Nunca hablo de política. Por lo
menos entre gente decente.
Todos se echaron a reír. Aristófanes prosiguió, muy animado:
—Imaginemos que convenimos en abolir todo este gran enredo de la política, así
que decidimos formar un clan, aquí mismo, en esta estupenda casa, queremos formar
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una pequeña sociedad justa, igualitaria y sobre todo sin política; disolvemos toda
jerarquía, ¿de acuerdo?, nadie manda, nadie obedece, todos mandamos a la vez, nos
responsabilizamos mutuamente. ¿Sabéis qué pasaría? —miró a los presentes—. Yo os
lo diré: en menos de lo que dura un pan ya estaríamos otra vez organizados y
votando quién limpia la casa, quién da de comer a los caballos, quién se hace cargo
de las compras, quién manda y quién obedece.
—Me gusta la propuesta —dijo Conno—. Pero querría saber qué tipo de
decisiones habríamos de tomar en esta pequeña sociedad.
—Si funciona bien —dijo Aristófanes—, podríamos votar la posibilidad de
meternos en una complicada guerra.
—Bien, yo votaría que sí —dijo Anito.
—Podríamos votar —continuó Aristófanes— si podemos admitir nuevos
miembros en nuestra sociedad, o sólo más caballos para las cuadras. Unos querrían
más hombres, y otros más caballos. ¿Solución? Centauros.
En este ambiente festivo, Aspasia no pudo evitar meter baza:
—Y las mujeres, ¿tendrían alguna representación en esa pequeña sociedad o sólo
servirían para daros hijitos?
Las risas cesaron de repente. La inesperada intervención les hizo volverse hacia
ella al mismo tiempo, como si acabara de romper una valiosísima crátera. Se creó un
incómodo silencio.
—Oh, disculpadla —se adelantó Conno, forzando la sonrisa—. Es demasiado
bisoña, pero fijaos qué bella.
—¿Qué has querido decir? —se interesó Protágoras.
—Que la democracia debería contar con nosotras —repuso ella.
—Eso también tendríamos que someterlo a votación —dijo Aristófanes, para
romper el hielo.
Pero nadie se interesaba ya por las bromas del comediógrafo. Los dos sofistas
tenían la mirada puesta en ella como si acabaran de escuchar una música milagrosa.
—¿Y puedes darme una buena razón para hacer eso? —inquirió Conno, molesto.
Aspasia miró directamente a Pródico y respondió con mucha seguridad:
—Bueno, somos la mitad de la población. Y es un error creer que hay suficientes
varones capacitados.
Los sofistas quedaron gratamente impresionados por este comentario.
—Es la idea más original que he oído en mucho tiempo —sonrió Pródico.
—Y más cierta aún viniendo precisamente de una mujer —dijo Protágoras.
Conno no supo qué decir. Se sentía halagado, en cierto modo, por lo que le tocaba
a él, pero también creía que Aspasia se había excedido, y su comentario era ofensivo.
Preguntó su parecer a Aristófanes y éste admitió que esa mujer extraordinaria le
acababa de infundir la idea para una futura comedia. Y tal comentario, que no era
ninguna broma, fue saludado con las carcajadas de Conno y Anito.
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CAPÍTULO III
Fue la primera vez que Aspasia se sintió justamente tratada desde que llegara a
Atenas, dos años atrás.
Al día siguiente del banquete en el salón de Conno, recibió la inesperada visita de
Pródico. Le traía como regalo un manuscrito de Protágoras. Para ella era un honor
excesivo y, desde luego, inmerecido. Pródico demostraba un inusitado interés por
ella, no sólo por su belleza: le cautivaba la idea de hallar una inteligencia sofista
encarnada en una mujer. Las repercusiones de este hallazgo eran evidentes en la
extensión del concepto de igualdad. Lo que demostraba el autodidactismo de
Aspasia era, ante todo, la falsedad de la primacía del varón y el conocimiento
terriblemente incompleto de la naturaleza humana y sus posibilidades. De ahora en
adelante —habría bromeado Protágoras— tendremos que buscar también alumnas, si
no queremos perpetuar este error.
Se quedaron solos un breve rato, pero el tiempo suficiente como para que
prendiera en los dos una pequeña llama que nunca se apagaría.
Al explicarle cómo un hombre devenía sofista, Pródico le reveló la táctica de su
maestro para admitir a un discípulo: probar si tenía sentido lógico. Así, Protágoras le
entregaba un pequeño pliego en el que había escrito:
LA AFIRMACIÓN QUE HAY EN EL OTRO LADO ES FALSA
Y en la cara opuesta del pliego se leía:
LA AFIRMACIÓN QUE HAY EN EL OTRO LADO ES VERDADERA
Bastaba observar la reacción del otro al leer esto.
Pródico le hizo la misma prueba a Aspasia y ella, tras leer el anverso y el reverso,
se echó a reír y dijo:
—¡Es totalmente absurdo e imposible!
Pródico repuso, admirado, que ya la consideraba un sofista. La primera mujer
sofista. Pues esa prueba demostraba si el aspirante captaba el contrasentido y, sobre
todo, si se deleitaba con las relaciones lógicas extrañas y las paradojas.
Aspasia se sintió profundamente halagada y un poco abrumada también ante
semejante cumplido. Para desviar un poco el tema de su persona, le preguntó si
había escrito, como Protágoras, algún libro. Pródico le contestó que, cuando lo
tuviera, ella sería su primera lectora. «Entonces ahora tienes una nueva razón para
escribirlo, porque lo estaré esperando ávidamente», le dijo ella. Con estas palabras se
despidieron, porque Pródico y Protágoras abandonaban Atenas ese mismo día para
reunirse en Leontinos con otro sofista.
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La visita de Pródico y Protágoras avivó su anhelo por cultivarse para estar a la
altura de aquellos hombres. De noche, junto a la lámpara de aceite, leía en secreto a
los principales sabios de la biblioteca de Conno, muchas de cuyas obras eran regalo
de sus autores, como Anaxágoras o Sófocles, a quienes admiraba hasta la reverencia.
Su espíritu era como una esponja que todo lo absorbía y se complacía en disfrutar de
los más mínimos detalles. Cuanto más aprendía, mayor era su avidez de
conocimiento.
También en un banquete organizado por Conno fue como Aspasia conoció a
Fidias. Era un hombre metido en sí, absorto en su propio trabajo, y no demasiado
sociable. Ella sentía por su talento una admiración reverencial. Aunque físicamente le
parecía feo y mal proporcionado, ser tocada por esas manos que esculpían a los
dioses, superándolos, le hacía soñar despierta. Al descubrir a Aspasia, Fidias estuvo
al principio mucho más interesado en su aspecto físico que en sus palabras y sus
maneras. La invitó a su casa-taller, al pie de la colina del Areópago, y allí la desnudó
para convertirla en modelo de una escultura que representaba a Afrodita. Ella no
paraba de hablar mientras posaba. Aquel lugar sumido en un desorden insólito y
fecundo, lleno de obras a medio hacer, formas divinas que asomaban de bloques de
mármol, bocetos en arcilla, le provocaba una excitación incontenible. Aspasia le
hablaba de todo lo que aquellas esculturas le sugerían, del arte excelso que
emborrachaba su espíritu, pero Fidias no compartía el entusiasmo de su amiga y, de
hecho, no sentía el más mínimo interés ni apego por sus obras ya terminadas. Las
consideraba un boceto de algo que estaba aún por hacer, y se deshacía de ellas tan
pronto como podía, preocupado ya en madurar otros proyectos futuros de más
envergadura. Había despedido a la mayor parte de sus aprendices, incluso a aquellos
que demostraron un verdadero talento. Se veía incapaz de pulirlos, de explicarles la
diferencia entre lo que ellos hacían y lo que deberían hacer. A la postre perdía mucho
más tiempo corrigiendo sus errores que haciéndose él cargo de todos los pedidos.
Aspasia y Fidias sólo llegaron a intimar físicamente. Ella sentía que la trataba sólo
como a una mujer hermosa, que le procuraba placer en la cama, y posando para él.
Fidias escuchaba todo lo que ella decía con el máximo interés, siempre y cuando no
guardara relación con sus obras, pero nunca entraba en un diálogo, por lo que
Aspasia imaginó que la consideraba demasiado ignorante para discutir en serio sobre
cualquier tema. Esto la atribulaba, pero aceptaba humildemente su superioridad y se
iba con él a la cama cuando se lo pedía. A fin de cuentas, era un privilegio acostarse
con semejante genio, aunque fuera tan feo y hosco. A veces se sentía como si hablara
con un dios mudo, capaz de hacer salir de sus manos la belleza más pura, pero
incapaz de mantener una conversación normal. Un día no pudo evitar rebelarse.
«¿Acaso no te has dado cuenta de que soy algo más que una hetaira?», le dijo. Fidias
se quedó muy extrañado al oír esto, y le confesó que la consideraba muy superior a él
en inteligencia y facilidad de palabra, tanto que le hacía sentirse avergonzado, e
incapaz de expresarse sin torpeza.
—Entonces ¿por qué me buscas para echarte sobre mí siempre que puedes? —
inquirió.
—¿Qué otra cosa puedo hacer? —repuso él, muy serio.
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Aspasia de Mileto carecía de linaje y del derecho de ciudadanía. Era mujer, soltera
de dieciocho años, forastera y además jonia. No tenía familia que la apoyara. Con
estas credenciales tenía escasas posibilidades de prosperar e incluso de alcanzar una
cierta respetabilidad como ciudadana. Sin embargo contaba con dos ventajas a su
favor: iba acumulando dinero rápidamente y era portadora del secreto que mejor
cautivaba la sensibilidad ateniense: el sentido de la belleza.
Durante los dos años en que permaneció bajo el auspicio de su mentor, ganó lo
suficiente para independizarse y fundar su propio negocio, que le dispensaría de
ejercer como hetaira, algo necesario si quería ir ganando mayor reconocimiento
social. Su idea de crear una escuela de hetairas de lujo a las que al mismo tiempo se
las formase en otras disciplinas impropias de la mujer, como leer y escribir, era tan
contraria a las costumbres y tradiciones de la polis que ya desde sus tanteos iniciales
tropezó con importantes obstáculos para obtener la licencia de apertura del local.
Escribió una carta a Protágoras y al cabo de una semana se presentó en persona,
acompañado de Pródico, para interceder por su causa. Los sofistas convocaron a los
hombres más influyentes de la ciudad, entre los que se encontraban Fidias y Pericles.
Este evento atrajo también a los sofistas Gorgias, Hipias y Pródico, y todos juntos
ejercieron su influencia sobre el Consejo, y fueron muy persuasivos para disipar
recelos y hacer ver que el proyecto de Aspasia convenía a los intereses de Atenas y a
las arcas del Estado, pues atraería a los mercaderes extranjeros más ricos. Con tal
respaldo la idea pudo seguir adelante y Aspasia fundó una casa que superaba sus
mejores fantasías. Estaba radiante de alegría e infinitamente agradecida a sus amigos,
a quienes por nada del mundo quería defraudar. Procuró dar a su local un aire
exquisito, limpio y distinguido, propicio al recreo de los sentidos y también a la
música, la poesía, la conversación y la buena compañía, donde las hetairas no fuesen
esclavas, sino verdaderas compañeras, amigas y dulces amantes, hábiles en la música
y en la danza, consejeras en las penas, un consuelo para quienes lo anduviesen
buscando, o, sencillamente, una noche de placer loco. Enseñó a sus pupilas todo lo
que sabía de historia, astrología, filosofía y geometría de su compatriota Tales.
Pronto fue tal la fama del local que Aspasia tuvo que ampliar su cortejo de
mujeres para satisfacer la creciente clientela. Muchas venían de Mileto, en cuyas
escuelas ya habían recibido su primera formación intelectual. La estancia de La
Milesia más celebrada era su salón de la lírica, una conjunción insólita de poesía,
música, danza y sexo. Pronto empezó a circular una leyenda:
Atenas puede vanagloriarse de su Acrópolis,
y la ciudad baja, de La Milesia.
Pulir el estilo de las cortesanas de su local fue tarea de muchos años. En realidad,
tenía en mente algo de mucho mayor alcance que fundar un lupanar exótico o
exquisito: quería hacer la guerra al gineceo, a la esclavitud de la mujer llamada libre,
quería llevar un mensaje de rebeldía a la penumbra de las casas, a los rincones
mudos donde las mujeres trajinaban anónimamente, a esas personas que sostenían
los hogares, las familias, y se hallaban recluidas, ignoradas por los hombres, y
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también pretendía demostrar que una mujer bien instruida puede competir con los
hombres en aquellas arenas del intelecto donde ellas fueron siempre repudiadas y
excluidas, tratadas como inferiores por naturaleza y condición, y romper el yugo que
las sometía a la economía masculina. Estaba empeñada en dejar bien claro que ellas
podían ser más inteligentes, más cultas, mejores conversadoras, y formarse una
opinión más cabal sobre los asuntos de la ciudad y del gobierno. Su ideal era hacer
no sólo una escuela de hetairas, sino una escuela de mujeres, donde pudieran recibir
clases las casadas y las solteras, y poner así la primera semilla de rebelión desde ese
sistema de transmisión de cultura que habían creado los sofistas. Tal era su proyecto.
Y La Milesia tenía que empezar por ser el primer lugar donde las mujeres podían
dominar a los hombres, desde sus bajas pasiones e instintos atávicos, y enterarse de
sus secretos, y conocer las claves del poder.
Además de las artes de Afrodita les enseñaba buenos modales, discreción, retórica,
poesía, música, canto y danza, y los secretos de cosmética y maquillaje. La única
labor doméstica que practicaban era la confección de preservativos con tripas de res.
Aspasia sólo escogía mujeres libres en edad temprana y no estropeadas por el trabajo
o la enfermedad. No les pedía dinero al admitirlas, ni para sufragar la educación que
recibían, sino la promesa de que en el futuro le restituirían íntegramente las
ganancias de su primer trimestre en activo. Era una inteligente inversión, y pronto
tuvieron el privilegio de mantener un negocio lucrativo sin mediación de un solo
varón.
Por aquella época, gracias a su amistad con Fidias, conoció a Pericles, el primer
mandatario del gobierno. El escultor estaba metido en el proyecto más ambicioso de
su vida: erigir en la Acrópolis un templo consagrado a Atenea que fuera al mismo
tiempo un símbolo de la ciudad de la sabiduría. Era el Partenón un sueño que
acariciaba Pericles, la obra con la que culminaría su gran proyecto de reforma de
Atenas, aunque todavía no fuese más que una idea germinal, sin forma. Se la confió a
Fidias, el único hombre capaz de hacerla realidad (aunque le costase carísima). Con
más entusiasmo que ciencia, Pericles logró interesar al poco efusivo Fidias; día a día
fue transmitiéndole su visión grandiosa del templo, hasta que el escultor la hizo
enteramente suya.
Aspasia pasaba muchas noches en casa de Fidias y los veía discutir durante horas,
enfebrecidos, los proyectos y planos que éste le iba presentando. Para ella era un
placer escucharlos. Pericles no entendía los tecnicismos de Fidias, pero a fuerza de
hacerse explicar con palabras llanas iba logrando interpretar los dibujos, y a través de
él Aspasia también se figuraba en su imaginación cómo sería ese templo maravilloso.
Pericles estaba tan enfrascado en el trabajo que apenas reparó al principio en la
presencia de Aspasia. Fue el primer día que subieron a la Acrópolis a hacer las
localizaciones y trazar las primeras líneas imaginarias sobre la tierra cuando Pericles
se fijó en la compañía femenina, de quien sólo sabía que era amante de su amigo.
—¿Qué clase de mujer es? —le preguntó confidencialmente.
—Explicarte a Aspasia me sería aún más difícil de lo que me ha sido explicarte los
planos de mi Partenón. De hecho, no la comprendo en absoluto.
Lo que aconteció no fue un acto premeditado, ni siquiera albergó ella en su fuero
interno tal aspiración en forma de fantasía. Precisamente Aspasia vivía un periodo de
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su vida en el que, ya integrada y con un trabajo que la ocupaba, vivía más a
remolque de los acontecimientos, no intentaba entender lo que le ocurría, ni controlar
su porvenir. Se dejaba llevar. Las cosas iban sucediendo de un día para otro como si
la amable fortuna hubiera decidido prodigarle sorpresas sin término, nuevos amigos,
días de grata compañía, de modo que estaba radiante, se dejaba llevar. Había
conquistado el mayor grado de libertad y autonomía al que podía aspirar. Y así, casi
sin darse cuenta, sintió que Pericles la amaba. Y ella le correspondía en su corazón.
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CAPÍTULO IV
El sofista Pródico de Ceos se aplicó durante un año a la redacción de su primer
libro, que abordaba el pensamiento del maestro Protágoras de Abdera. Contaba
veinte años y recientemente había dejado de ser su discípulo, al alcanzar una
suficiente autonomía del intelecto, pero su huella en él era todavía tan honda que no
encontraba mejor expresión de gratitud que empezar escribiendo sobre él. Habiendo
aprendido todo lo que un discípulo puede aprender del mejor maestro, lo que
restaba para asemejarse a él trascendía cualquier magisterio: era cuanto atañe a la
calidad interior de un hombre reconciliado con la vida, como Protágoras, una serena
aceptación más allá de la razón y el conocimiento, aspecto que Pródico nunca
heredaría de él, por más que se esforzara, por más años que permaneciera a su lado.
Protágoras le solía decir que tenía cierto instinto trágico sin consumar, que venía a
ser, a su modo de entender, una cualidad para percibir el lado doloroso de la
naturaleza humana, y al mismo tiempo una incapacidad de actuar por compasión.
Quizá el distanciamiento escéptico ante el mundo, ante cualquier tentativa de
alcanzar una certeza capaz de guiar el comportamiento de los hombres por el camino
adecuado, aspecto en el que convenía con Protágoras, no le procuraba a Pródico la
serena indiferencia del sofista de Abdera, sino una rebeldía frustrada, una mal
digerida resignación.
Durante el tiempo en que se encerró en su casa isleña, estudiando y preparando
sus pliegos, no dejó de pensar en la extraordinaria mujer que había conocido en
Atenas, y a la que había prometido llevar el manuscrito una vez que lo diese por
terminado. Era la llama que brillaba en la oscuridad de su mente cuando le vencía el
desaliento, o la lucha con las palabras le parecía superior a sus posibilidades. Estaba
convencido de que una sola mujer en el mundo como ella bastaba para justificar tal
esfuerzo. Y no quería defraudarla, aunque a veces temía que ni ella misma se
acordara de la promesa. Entonces tal vez no volviera a componer un nuevo libro.
Paradójicamente, una vez que lo hubo acabado comenzó a cuestionarse si sería
una buena idea someterlo a la consideración de Aspasia. Él mismo no había quedado
por completo satisfecho con el resultado, o en todo caso, no estaba seguro de si éste
se ajustaba a su propósito inicial, a lo que esperaba conseguir. Sobre todo, le
preocupaba defraudar a su amiga. Constantemente lo corregía y lo revisaba, y cuanto
más lo analizaba, más debilidades percibía. Por otra parte, habían transcurrido
muchos años desde aquella promesa que le hiciera a Aspasia. Todo esto meditaba
cuando le llegó la noticia de que aquella joven que en un tiempo animaba los
banquetes en casa de Conno se había convertido en la esposa del hombre más
importante de la ciudad. Quedó sumido en un hondo desconcierto. No podía
entender por qué esta noticia le había afectado tanto, qué inconscientes deseos
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acababa de truncar. De golpe, abandonó su propósito de dar a conocer el libro, y aun
de escribir algún otro.
Se reprochaba a sí mismo no haber querido darse cuenta de sus sentimientos y no
haber actuado en consonancia, en vez de encerrarse en su isla de Ceos a componer
un libro.
La decisión de Pericles de contraer matrimonio en segundas nupcias con una
mujer de tan ambigua fama conmocionó a todos los estamentos de la ciudad. A esto
se unía el hecho no menos significativo de que Aspasia no era una esposa común.
Respetada y querida por su marido, gozaba de una libertad y una autonomía
impensables en ninguna otra esposa. Invitaba a su casa a gente culta y distinguida,
alternaba con quien quería, se paseaba por la ciudad con sus esclavas, haciendo gala
de independencia y libertad. Asistía a reuniones estrictamente masculinas y
practicaba actividades impropias de las féminas. No sólo Pericles parecía considerar
a la esposa como su igual, sino que ella se comportaba realmente como si lo fuera. En
público o en privado, se despedían con un beso. Las opiniones sobre estas y otras
particularidades conyugales avivaban la polémica.
En cualquier caso, la libertad y consideración de que gozaba Aspasia por parte del
autocrátor era vista como una muestra de debilidad, impropia de un dirigente de
Estado, y una ofensa a las buenas costumbres. El sector más conservador y partidario
de la oligarquía encontró su gran oportunidad para desprestigiar la democracia
haciendo una campaña contra Pericles, basándose en su relación con la milesia, a
quien llamaban «la prostituta jonia». Ella era, desde la sombra, la que manejaba a
Pericles y, por extensión, a Atenas, involucrándola en campañas bélicas contra el
enemigo lacedemonio.
Se presentaba a Aspasia como una mujer ladina y ambiciosa, cuya voracidad en el
sexo era equiparable a la que demostraba en todas sus demás facetas. Por si esto no
bastara, aquel matrimonio probaba el desenfreno sexual de Pericles, su voluntad
enferma y esclava de los goces de la prostitución. Esta visión fue calando poco a poco
en la sociedad ateniense y los poetas cómicos se aprovecharon de ella para lanzar sus
invectivas sarcásticas y hacerse célebres con chistes en los que el estadista era
expuesto como un pelele, tironeado desde el miembro erecto por una mano femenina
de uñas largas y pulidas. Le concedían, eso sí, el mérito de un miembro bien erguido:
A la híspida cochina la desposó Pericles,
y sabe más artes que la perversa Circe,
su miembro de mando ella le empuña
y le hace un nudo jonio con pericia suma.
El objetivo era claro: sentar a Pericles en el banquillo de los acusados para
arruinarlo políticamente. No iba a ser fácil sin tener pruebas directas, y en vista del
apoyo popular de que aún gozaba y de su talla como orador. En cambio, para llevar a
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juicio a una mujer bastaba la mera murmuración. Y si a Aspasia no le era permitido
defenderse, ¿quién arriesgaría el discurso de la defensa? Era evidente que su marido.
Acusaban a Aspasia, en concreto, de impiedad y de corromper a su marido y de
procurar mujeres libres —esposas de otros atenienses— a Pericles. Aquel juicio
orquestado desde los círculos más reaccionarios levantó ampollas políticas y una
barahúnda de opiniones desde los diferentes sectores ideológicos, y por ello arrojó su
primera sombra de infamia en un régimen que el autocrátor había dignificado con su
mandato.
Sus enemigos no se equivocaron en el pronóstico. Arriesgando el puesto, Pericles
subió a los tribunales. Los acusadores eran los poetas cómicos Hermipo y
Estempsícoro, dos de los más beneficiados con el asunto. Pericles no estaba dispuesto
a servir de comparsa en la función: en lugar de rebajarse defendiendo la
honorabilidad de su mujer, hizo ostensible que aquel juicio se dirigía contra la
democracia misma, como una estrategia de minar la confianza del pueblo en su
autocrátor, y ya que no habían conseguido encontrar argumentos de peso, basados
en su gestión y su gobierno, lo hacían ahora con argumentos de chismosa, de ramera
de baja estofa, poniéndose a sí mismos en ridículo. Recitó en público los más
obscenos versos de sus acusadores, quienes se arrogaban ahora la función de jueces
del buen gusto y censores del desenfreno sexual. El efecto fue demoledor: Pericles se
había aprendido de memoria poemas enteros y su selección fue impecable. Un amigo
le había proporcionado algunos de los manuscritos que, de tan sicalípticos, ni
siquiera habían visto la luz. En su declamación no omitió un artificio, una grosería.
Habiendo provocado ya la ira y el sentido patriótico de los atenienses, remataba su
discurso con el lenguaje más persuasivo de todos: la risa. Hermipo y Estempsícoro
nunca soñaron con despertar tantos cientos de carcajadas unánimes. Habían llegado
al cénit de la celebridad. Aspasia quedó absuelta y Pericles cautivó hasta al más duro
de entrañas.
23
CAPÍTULO V
Corrían los años sombríos de la gran guerra. La peste azotó la ciudad. La peste
traía las ratas, o las ratas traían la peste. Venían en riadas, de pueblo en pueblo,
entraban en los almacenes de grano, huían de las granjas incendiadas, trepaban por
los muros de la ciudad, se dispersaban por las calles, en la fetidez de la basura,
procreaban en la oscuridad de los rincones, en los sótanos y bodegas, bajo los lechos
de los enfermos, en los cuartos donde olía a pústulas y a sudor, corrían por las vigas,
infectándolo todo. Los hombres marchaban al frente a combatir con los lacedemonios
y volvían para ser enterrados en las afueras, allende las murallas. Hubo incendios,
saqueos. El comercio marítimo quedó prácticamente asfixiado, y todas las desgracias
confluyeron en Atenas como ríos turbulentos.
Cansada de una guerra interminable, Atenas se veía cada vez más acosada por los
espartanos y por los propios enemigos internos. Había que encontrar a un culpable.
El hombre a quien su pueblo tanto había amado y venerado, Pericles, murió sin
gloria ni honores bajo la mordedura de la peste, en un parco funeral al que años atrás
hubieran asistido centenares de personas: amigos, familiares de la estirpe
Alcmeónida, compañeros del ala demócrata, magistrados, todos los que habían
estado a su lado, trabajando en sus proyectos y habían conocido su calidad personal.
Habrían comparecido también, como acto oficial, el colegio de estrategos y de
arcontes y una representación de la Bulé. Sin embargo, Atenas había perdido la
memoria. Y el signo de la desgracia cayó como una densa bruma en el sentir de la
colectividad. Cundía el rumor de que, con su ambición y arrogancia, Pericles había
provocado las iras de Zeus, señor de todas las pestes, tormentas y calamidades.
Pocos recordaban ya al hombre que cimentara un Estado sobre la razón; al genial
orador, al político libérrimo que soñó con una gran ciudad habitada por hombres que
regían su propio destino sin el arbitrio de los dioses.
Aspasia quedó sumida en una profunda desolación.
El nombramiento de embajador de Ceos fue lo que más ayudó a Pródico a superar
su profundo desencanto sentimental. Su trabajo como diplomático comenzó
precisamente en un momento en que el Egeo era un hervidero de conflictos entre dos
frentes en guerra. Aquella pequeña isla del archipiélago de las Cicladas, apenas un
puerto de tránsito, por su pertenencia a la Liga de Delos y su alianza con Atenas
había estado en las últimas décadas metida de lleno en el escenario de la contienda
naval. Además, por estar justo en medio del mar era un enclave estratégico en la
lucha por el control de las rutas comerciales. Y allí, prácticamente insignificante,
resistía como una rocosa Caribdis, que emergía del mar para recibir la embestida del
24
oleaje y los vientos enfurecidos.
Como embajador, Pródico descubrió que la política era el mejor antídoto contra la
nostalgia. Sus decepciones sentimentales se le borraban del recuerdo cuando cumplía
sus misiones diplomáticas, ocupado en resolver las infinitas querellas de fronteras
que había dejado el nuevo equilibrio de poderes. Entonces lo que más le preocupaba
era saber hablar como Protágoras le había enseñado, utilizando el arte de la
persuasión, ganando la voluntad de los hombres de quienes dependían los pueblos,
para mantener las relaciones de alianza y negociar acuerdos de soberanía. Añoraba
volver a Atenas, pero las noticias de la peste le mantenían alejado de tal propósito.
Un día llegó a su tranquila isla de las Cicladas la noticia del fallecimiento de
Pericles, y Pródico volvió a obsesionarse con Aspasia. Habría sido un golpe muy
duro para ella —adivinó— por todo cuanto perdía con esa muerte: su amor y el gran
proyecto al que consagraba su talento. Así pues, decidió que era el momento
indicado para hacerle una visita de cortesía para transmitirle sus condolencias y su
apoyo, y darle un obsequio, según una vieja promesa que contrajo cuando se
conocieron.
Diseñada por el arquitecto milesio Hipódamo, a petición de Pericles, la villa de
Aspasia era una de las más bellas y reconocidas de la ciudad. Se hallaba al oeste de la
vía Panatenaica, cerca del ágora. Estaba orientada al mediodía, y se accedía a ella
cruzando un jardín con un pozo y varios barracones para los esclavos, junto a las
caballerizas. Por fuera tenía el aspecto de tres casas unidas entre sí, construidas sobre
sillares de mampostería con los tejados a varias alturas. En el interior uno era
acogido por la quietud del mármol. En los tragaluces había láminas de mármol pario,
tan traslúcido que disolvía la luz en un tamiz rosado. Los salones estaban dominados
por teselas decorativas y columnas jónicas, y había amplias salas para banquetes a
ambos extremos de la casa.
Aspasia de Mileto le brindó al sofista un recibimiento tan cálido y especial que
logró avivar en él sus antiguas esperanzas. No sólo no se había olvidado de la
promesa, sino que todavía esperaba cada día verla cumplida. El la encontró tan
hermosa como la recordaba, con la pátina de serenidad que da la madurez y el haber
superado la peor crisis de su vida. Había requerido mucha fortaleza para no
desfallecer y ahora era cuando más sentía la ausencia de los amigos. Por eso, la visita
de Pródico era como un rayo primaveral en medio de la bruma.
Pródico de Ceos había planeado quedarse un día, y al final permaneció todo el
invierno de aquel año en su acogedora villa. Su amor por Aspasia le abrasaba. Quizá
porque sentía debilidad por las personas que dedican su vida, con tesón y coraje, a
proyectos irrealizables.
La peste acechaba afuera, lanzando sus dardos invisibles. La casa era desinfectada
diariamente con baldes de agua hirviendo, conforme a las prescripciones del médico
de Aspasia; se habían quemado cortinas y tejidos, se había sacrificado a los caballos,
limpiado las cuadras, y los esclavos que salían a hacer las compras lo hacían con
vendajes en la boca y al volver permanecían varios días en observación, en una
dependencia reservada para ello. Había miedo en las calles, la gente procuraba salir
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lo menos posible, y aun así la epidemia seguía diezmando la población gota a gota.
Muchos se sentían más seguros combatiendo en el mar, y se unían a las tropas que
morían luchando contra los lacedemonios. Se hacían ofrendas a los dioses para
sofocar su ira, y al final del invierno, la peste parecía haber pasado de largo una vez
más, aunque nadie sabía cuándo estaría de regreso.
Aspasia quiso mantener con su huésped de honor una relación diferente a la que
había tenido con los demás hombres. Ambos tenían treinta y seis años: el tiempo de
las premuras había pasado. Ella deseaba que toda su intimidad se estableciera en un
plano espiritual, y el placer de la conversación no quedara oscurecido por el placer
de los cuerpos. Se sentía atraída por él, pero sabía que ese deseo acabaría
banalizándose en la costumbre, como tantos otros, si le daba el mismo trato que a los
demás. Ignoraba qué opinaba Pródico al respecto, y nunca se atrevió a preguntárselo.
El tampoco dio ningún paso decidido en favor de un acercamiento corporal, jamás la
molestaba cuando sabía que se encontraba desnudándose, o gozando de un baño,
nunca llamó siquiera a su habitación cuando yacía en la cama, pero por sus miradas
se advertía su deseo. Por otro lado, Aspasia se encontraba todavía consternada por la
muerte de Pericles, y se sentía herida por la ingratitud y veleidad de un pueblo que
había pasado de venerar a Pericles a despreciarlo y nombrarlo emisario de la
desgracia.
Leyó con avidez el libro de Pródico, que trataba del pensamiento de Protágoras en
materia del relativismo: la imposibilidad de discernir cualquier certeza más allá de la
apariencia: el lenguaje conforma la realidad como el agua la tinaja.
A ella le agradó mucho la obra, y le hizo numerosas observaciones. A resultas de
las largas conversaciones que mantuvieron juntos, y de una nueva inmersión en el
trabajo a lo largo de todo el invierno, Pródico consiguió darle un nuevo estilo
reflexivo y «relativista», en el que ninguna suposición de Protágoras se daba siquiera
por cierta o falsa de manera cabal, y de este modo logró unificar forma y contenido.
Casi todas las tardes se celebraba en el salón de la villa una tertulia después del
banquete. Aspasia se preciaba de atraer a sus divanes a los mejores conversadores de
Atenas (a los que no les doliera en prendas ser los invitados de una dama) y así
Pródico pudo conocer y departir con algunos habituales como Aristófanes,
Eurípides, Demóstenes, Sócrates y otros que se iban dejando caer algunas tardes,
como el sofista Gorgias. Las buenas sesiones eran un espectáculo excitante, la plática
cobraba vuelo y se debatía a veces con verdadera ferocidad. Aristófanes y Eurípides
siempre divergían y chocaban; el primero con su hablar de trazo grueso, paródico, y
el segundo con su estilo pulido y algo afectado; Demóstenes era el brío de la palabra
pronunciada con torpeza de tartamudo; Gorgias se reía sin parar y sabía detectar una
incongruencia con más rapidez que el vuelo de una mosca; Aspasia coordinaba el
debate, a veces condescendía con Eurípides, y Sócrates lanzaba preguntas capciosas y
desconcertantes.
Para Pródico, Sócrates era un hombre extraño, uno de los más extraños con los que
se había tropezado. Nunca estuvo seguro el sofista de si lo que mantenía con él eran
diálogos, monólogos o interrogatorios. En cualquier caso le despertaba una gran
curiosidad, porque no era fácil averiguar por dónde se movía. Solía mirar a los otros
con expresión apacible, de agrado. Nunca hacía bromas sobre nada, ni prestaba
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atención a las que le hacían otros, como Aristófanes. Era como si se creyera carente
del más mínimo ápice de frivolidad. Preguntaba mucho, demasiado, se interesaba
muchísimo por las opiniones. Esto último era quizás lo más llamativo. Siempre
estaba deseoso de conocer las opiniones ajenas, pero en el fondo le importaban una
higa.
Al principio, Pródico se había sentido muy atraído por el método que empleaba el
filósofo, a base de preguntas, en pos de una cierta pureza conceptual, pues aquello de
definir los términos y pulir razones iba mucho con su carácter, su amor a la exactitud
lingüística y la claridad. Sin embargo, pronto comenzó a sentirse decepcionado al
determinar que sus indagaciones no se regían por una cierta lógica o un mínimo
rigor, sino por analogías aparentes. Utilizaba con excesiva frecuencia ejemplos
tramposos (en el sentido de inexactos) y al final uno se daba cuenta de que no había
indagación alguna, ya que había previsto de antemano la senda del laberinto y la
bifurcación en la que el otro quedaría definitivamente extraviado. Entonces se ofrecía
al interlocutor como guía.
El sofista había anhelado entablar amistad con él, dada su proximidad al círculo
de Aspasia y la excelente reputación de la que gozaba, pese a sus poco refinados
modales. Su presencia en un banquete era acogida como un gran honor. Se le tenía
por un hombre sabio y con un punto enigmático muy del gusto de todos,
especialmente de la anfitriona. Aunque jamás se pronunciaba sobre nada, nadie
dudaba de que tuviera una opinión valiosa y certera sobre cualquier asunto que se
tratara. Se le brindaba ese respeto reverencial que inspira quien se expresa desde
claves metafóricas y difusas, cuyo significado nunca se alcanza a discernir. No perdía
ocasión de enredar a Pródico en sus diálogos y demostraba un interés insistente en
conocer en qué consistía el ideal del sofista. Pródico intentó explicarle, de todas las
formas posibles, que se basaba en la transmisión del saber, pero el filósofo no
entendía que se pudiera llamar saber a la técnica oratoria, la política, el arte de
escribir o la cultura y la historia de los pueblos. Las consideraba destrezas prácticas,
oficios de mediana categoría y muy lejos del saber fundamental. Y como tampoco
comprendía que cobrara por impartirlos, ironizaba diciendo que tal vez para
escuchar un discurso interesante de Pródico tendría que pagarle su exposición de
quinientas dracmas. A fuerza de repetir este comentario, lo convirtió en un chiste que
siempre se celebraba con risas. En una de éstas, Pródico replicó:
—Ni cobrando mil dracmas conseguiría enseñarte algo de provecho.
Ahí contraatacaba el filósofo con una hábil celada: según él, ¿qué enseñanzas son
provechosas para el hombre? Si Pródico defendía el valor de la oratoria, Sócrates la
equiparaba con la demagogia y el arte de engañar en los tribunales; si aquél defendía
el conocimiento de la legalidad, Sócrates oponía legalidad a justicia; si se arrimaba a
la escritura, Sócrates le echaba cuatro paletadas de la peor literatura de moda, como
cierta poesía bufa muy del gusto del vulgo; si sacaba a relucir la economía, el filósofo
la empañaba con la codicia y el afán de lucro. Al final parecía demostrar que ninguno
de aquellos bienes era válido en sí mismo y para todas las personas. Pródico estaba
agotado.
—Tú no dialogas, Sócrates, tú compites. Cálmate; eres el mejor.
—Vosotros los sofistas sólo sabéis hablar por el lado de la boca que os conviene.
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Fue entonces cuando Pródico se percató de un hecho aparentemente banal: la
fealdad del filósofo. Que era feo de cara se notaba con un simple vistazo, pero ahora
veía más allá, veía que su fealdad lo emparentaba con una cabra.
En el salón de la villa de Aspasia estaban prohibidas las discusiones de tono
bronco. Sócrates y Pródico se odiaban cordialmente.
Pródico comprendía con tristeza que en la barca de Sócrates no había espacio para
él. Era la barca de la certidumbre. Náufrago zarandeado por las olas, el sofista
ansiaba alcanzarla, y el otro le tendía la mano. Entonces Pródico veía que esa barca
de salvación era, en realidad, arrastrada por la corriente inexorable hacia la orilla
oscura, de donde nada regresa.
28
CAPÍTULO VI
Neóbula, la hetaira más joven de La Milesia, aprendía demasiado rápido.
Compensaba su inexperiencia con un temperamento fogoso e impulsivo. Su
apariencia física era la de una pudorosa nubil, pero en la piel contra piel emergían
sus uñas largas y afiladas, dientes más que labios, tenazones más que abrazos,
pellizcos donde se esperaban caricias, y en vez de gemidos, roncos gritos. Aspasia
procuraba atemperar tales excesos hasta que descubrió que la clientela se deleitaba
con esas maneras de cachorro de leona, la forma en que se entregaba al sexo para
manifestar su hostilidad contra los hombres y contra el mundo. No fingía.
El sexo y sus resacas habían ofuscado sus sentidos a tal punto que empezaba a ver
todas las relaciones humanas como manifestaciones que encubrían o mostraban las
pulsiones atávicas de los hombres, y ella misma llegó a creer que sólo a través del
sexo lograría liberarse de las mordazas y debilidades de su mente: las imaginaciones
y ensueños de la niña que había sido, sus aspiraciones de amar y ser amada por un
hombre admirable, y de hacer de su vida algo bello y grato a la casta Atenea. Tiempo
atrás había pensado que la virginidad de la diosa era un modelo de virtud, y ahora
estaba convencida de que la utilizaba porque obtenía más goce negando con perfidia
el disfrute a quienes la deseaban enloquecidamente que entregándose a los brazos de
cualquiera de sus amantes; la sensualidad sería un goce efímero, incomparablemente
inferior al poder que le confería ser un objeto imposible de deseo, incorruptible y, por
eso mismo, inalcanzable.
Ella no podía seguir el ejemplo de Atenea, porque había sido manchada con el
semen de hombres vulgares y rudos, en especial en su primera y traumática
experiencia en la prostitución, pero aún tenía la astucia que le permitiría hacerlos
sufrir mediante otras penurias y privaciones, y quien gozara de ella ya no podría
prescindir de su sexo; quedaría atado a él y a expensas de su dulce veneno.
El descubrimiento del sexo sin límites fue lo que desvió a Neóbula por la senda de
las tinieblas, en pos de experiencias que satisficieran ciertas ansias a las que no podía
dar curso ni siquiera como prostituta, buscando el extrañamiento ante su propio
cuerpo, el otro lado de su conciencia, el delirio. Empezó acudiendo como hetaira a las
orgías que se celebraban en el Pireo, para las que se contaba con una orquesta de
músicos que empezaba animando las sesiones con liras, cítaras y oboes. Acudían a
ellas las más excelsas cortesanas de la casa de Aspasia, que bailaban desnudas para
los hombres ricos, y luego se entregaban a todo tipo de goces. Tanto beb ían que,
cuando los oídos ya no podían escuchar, la fanfarria de músicos se retiraba a sus
casas tocando alegremente por la avenida de los Muros Largos como faunos
excitados por la luna. Allí conoció Neóbula a un hombre que la inició en las
ceremonias de la noche, como sacerdotisa consagrada a los misterios de Eleusis.
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Ingresó muy pronto en los ritos iniciáticos y no tardó en conocer el trance de la
locura divina en el Santuario, un claro en el enebral, circundado por antorchas, cuyas
arenas estaban regadas con sangre. Las danzas excitaban los sentidos hasta que las
estrellas de la bóveda le perforaban los ojos. Pasaban de la angustia al arrobamiento.
En trance viajaban al Hades, donde trababan contacto con los muertos.
Después de Eleusis, el siguiente peldaño al caos fue la iniciación en los ritos de
Dionisos. Las orgías caníbales, el paroxismo de la sangre y el esperma fueron la
estación final de un descenso ininterrumpido, al que se consagró durante varios años
en la búsqueda del límite de la realidad. Vio cómo el espíritu demente iba
dominando a sus amigos hasta estragar su voluntad. Se enajenaban, erraban en una
perenne noche de lobos. La mayoría de las ménades no lograban sobrevivir mucho
tiempo, acababan vagando por ahí, incapaces de recuperar la vida anterior. Eso fue lo
que la indujo a volver al mundo de la aparente civilización. Así, Neóbula regresó a
Atenas tras haber degustado el néctar prohibido, el delirio y el instante previo a la
desesperación. Pero sentía que la vida aún tenía mucho que ofrecerle, y por aquel
camino había llegado al filo del precipicio.
Un día, en una visita al taller de Fidias, quedó deslumbrada con el rostro que se
reflejaba en una escultura. Al principio pensó que representaba a Apolo, por la
altivez y perfección de sus rasgos, la figura tan proporcionada, la luz en su rostro
finísimo. Lo contempló un rato, extasiada, y poco a poco fue advirtiendo cierta
jactancia demasiado humana en la curva de sus labios, un brillo ladino en la
expresión, poco afín a la ecuanimidad atribuida a las imágenes de los dioses. Aquella
obra de arte no se había forjado desde la imaginación, sino copiando un modelo
ciertamente visible, mortal. El discípulo de Fidias le confirmó sus sospechas al
explicarle que la escultura retrataba a un hombre. Diez años atrás lo había arrancado
del mármol el maestro Fidias, y el joven modelo había posado para él, desnudo, en
ese mismo taller.
—¿Es posible que fuera tan hermoso? —preguntó—. ¿No lo embelleció Fidias?
—Quienes lo conocieron afirman que es un retrato exacto —repuso el escultor.
—¿Y quién era ese hombre?
—Es Alcibíades, el Alcmeónida, sobrino de Pericles.
—¿Vive aún?
—Claro. Está combatiendo valientemente contra los espartanos.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—Está con nuestras tropas, en la flota fondeada en Samos.
Neóbula permaneció al lado de Alcibíades durante las campañas militares que
siguieron en años posteriores. Al mando de la flota, el Alcmeónida combatió
encarnizadamente a los espartanos sin darles un solo día de tregua. Cada nave que
incendiaba le reconfortaba en su odio contra Esparta. Los persiguió por tierra y por
mar hasta los confines del imperio.
Tenía el corazón escindido entre ella y el furor de la batalla. Allá veía Neóbula
partir los negros veleros, saliendo de los estrechos hacia el enemigo. Una parte de
ella misma quería viajar con ellos, junto a su hombre.
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Ya no había otra música para Alcibíades que el crujido de los remos abriendo el
mar, para ir al encuentro del enemigo; lo enardecía el son de los metales batiéndose,
el entrechocar de escudos en un ritmo de martillo de fragua, el silbido de las flechas
describiendo un largo óvalo en el cielo; el viento que ahuecaba las velas era el que
inflamaba su pecho en la hora de la victoria, no había vino para él como el néctar
puro que manaba de la crátera del pecho del rival al encontrar su corazón con la
empuñadura, el clamor de las huestes saltando de las naves era el tam-tam de la
vida, podía escuchar cómo retumbaba la tierra bajo los cascos de los caballos al
atravesar la pradera, y sentir en la cara el aire agraz que recorría los incendios. No
había dibujo más perfecto que la alineación de la flota en posición de ataque, ni
escultura como la que recreaba la fina sombra del arquero. Su mano estaba hecha
para la espada humeante, para la sangre; sus pies para trotar sobre los grumos de la
tierra, o picar las espuelas del caballo. Neóbula lo amaba locamente porque había
nacido libre su voz en la garganta, para los anchos espacios, de sal y viento. Estaba
vivo como nadie que hubiera conocido nunca. Infatigable, empujaba la vida como si
cada río que vadearan, cada prado que cruzaran y cada jornada que le descontase el
hado lo librase en batalla para que no pasara de balde; porque retenía el día hasta el
último espasmo de luz, y toda su fe en sí mismo irradiaba hacia fuera con un fulgor
que penetraba en quien estaba a su lado, insuflándole ardor. Juntos recorrieron de
parte a parte el Egeo, bajo el sol destilado y las tormentas, aquí y allá, y dejaron por
doquier un rastro de destrucción.
Para Alcibíades, ella era la misteriosa Esfinge, humana sólo en su mitad superior,
donde anidaba el conocimiento y la razón, pero aún demasiado impenetrables,
mientras que del busto para abajo era puramente animal salvaje, depredadora de
afiladas garras, cazadora silenciosa y mortal. La relación con ella era un cuerpo a
cuerpo constante.
Vivió junto a él tres años duros en campos de batalla donde quedaban centenares
de cadáveres amigos y enemigos, pasto de perros y aves de rapiña, en el saqueo de
ciudades liderando la marcha de los vibrantes caballos. Neóbula aprendió que de
todo cuanto bullía y se agitaba y se aferraba a la vida y era humano luego no
quedaba nada, lo barría la brisa que silba entre las espigas, y los que quedaban allí
recogían los despojos y retornaban a sus casas; los hombres enterraban a los
hombres, los lloraban, y siempre la sed de venganza regresaba puntual para trabar
combate en otra parte, pues estaba en la naturaleza del hombre que había de ser así.
Neóbula cerraba las heridas de combate de su amante con sus besos y la savia
rezumante de los pinos, y cubría de abrazos su breve sueño, en cualquier parte
donde podían caer sus huesos. La desigualdad es inherente a nuestra naturaleza, le
decía Alcibíades, es la ley que impera en el universo. ¿Quién ha visto el mar en
perfecta calma? ¿Quién conoce un animal a salvo de los depredadores o del hambre?
La lucha por sobrevivir agudiza el ingenio y los sentidos y nos empuja hacia el
progreso, el fuerte derroca al débil y así ha sido siempre, entre los mortales y también
entre los olímpicos. La democracia es un fraude y no tardará en caer. Nadie
ambiciona ser esclavo e inclinar la cerviz, pero está en nuestra naturaleza que habrá
amos y esclavos, incluso si algún día desaparece la esclavitud. Nunca una sociedad
podrá regirse por la igualdad, mientras sea una sociedad de hombres, nacidos
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distintos entre sí en cuanto a ambición y dones naturales, como tampoco es posible la
paz en la prosperidad, ni en el imperio, y naves bien armadas en el fondeadero no
deben faltar en ninguna ciudad que merezca conservarse. Nacimos en el movimiento
perpetuo, como el fuego, y en llamas nos consumimos, y el ardor fluye y colea en las
entrañas y vivir es una constante lucha por ganarle la partida al hado. Los años
pasan y acometemos las adversidades, y ay del que se arredre o se confíe a la fortuna.
Yo he armado bien mis naves y engrasado la correa de mi escudo para protegerme el
pecho, y he pulido mis lanzas de fresno y claveteado de bronce mi espada, y a nadie,
ni a mi propia madre, me confié para que velara mi sueño agitado por el siniestro
afán de quienes quieren mi muerte. Así he sobrevivido a la conjura y la conspiración
y he acabado siempre solo, huyendo de una tierra que me traicionó para buscar
refugio en otra, siempre huyendo, como una estrella errante. Nadie es mi dueño y
señor.
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CAPÍTULO VII
Neóbula permaneció aún junto a Alcibíades, muy lejos de su patria, hasta los
veintidós años. La gran guerra se encontraba en su tramo final, y Atenas hacía
desesperados esfuerzos por recuperar parte de su imperio marítimo, depauperado en
los últimos quince años. Pero su declive era imparable: sus principales fuentes de
riqueza —como las minas de Deceleia— habían caído en manos enemigas, al igual
que las islas mejor situadas estratégicamente; la mayor parte de su flota había
desaparecido y miles de hombres eran muertos en combate. La situación se tornaba
desesperada. Desde que fuera nombrado estratega, Alcibíades había recuperado algo
de terreno y protagonizado algunas de las batallas más exitosas que avivaron la
ilusión de que aún no estaba todo perdido. Pero cometió un error fatal: su desmedida
ambición y su egolatría le granjearon tantos odios que optó por convertirse en un
traidor antes que doblegarse al mando de otro general. Querían su cabeza. Atenas ya
nunca confiaría en él.
Así empezó el último periodo de su vida. Rehusó volver a su patria vilipendiado y
humillado. No le quedaba otro remedio que marcharse de nuevo, lejos, donde no se
molestaran en buscarlo. Partió en una nave con sus remeros esclavos y la única
compañía de Neóbula hasta la zona limítrofe de Tracia, el Quersoneso, donde tenía
una pequeña fortaleza.
Obligado a mantenerse apartado de la guerra, su carácter se volvió arisco, incluso
con Neóbula. No soportaba a nadie, ni siquiera a sí mismo. Apenas hablaba. Su único
interés consistía en seguir de lejos el curso de la guerra.
Tenía cuarenta y seis años y ya había vivido demasiado. Sus días venideros se le
antojaban miserables. Expulsó a Neóbula de su lado, le dijo que ya no la amaba, que
regresara a Atenas. Neóbula comprendió que ella ya nunca podría hacerle dichoso.
Se resignó a dejarle para siempre.
Durante el largo viaje de regreso a Atenas, en compañía de varios esclavos
empleados como remeros y escolta, Neóbula reflexionó sobre lo que hasta entonces
había sido su vida. De una manera casi inexplicable, su infancia había quedado
prácticamente sepultada en el fondo de su memoria. Subsistía un murmullo de voces
familiares en una casa en la falda de la colina, un huerto soleado donde cantaban los
pájaros desde muy temprano, para arrancarla del sueño, el olor de la piel de cabra
que cubría su lecho, la lejana voz del aguador, el tintineo de la fragua, un escorpión
negro saliendo de su guarida en la arena pedregosa, un campo de espigas casi tan
altas como ella, donde rasgaban las cigarras el mediodía; la luz espesa de los
establos, los rayos que entraban por la puerta iluminando el polvo flotante, la risa de
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los grajos cuando su tía murió de una coz en el pecho, y los días en que su casa tuvo
que ser purificada tras fallecer su madre. Finalmente, la corona de flores que había
dejado caer a los pies de Afrodita, antes de despojarse de su túnica, como prenda de
su pubertad, y exponer su desnudez a la mirada experta de Aspasia.
Era la muerte la que había ido dejando caer gruesas y pesadas piedras en el pozo
de su infancia hasta cegarlo. Ahora quedaba sólo ese lecho pedregoso,
desmemoriado, incapaz por sí solo de recordarle quién era la muchacha que dormía
dentro de sí misma, en el caso de que aún viviera, y qué le debía. Sentía que su
propia vida era algo demasiado remoto.
Volvía a Atenas pensando en el hombre que dejaba atrás, en otro recodo del
camino, a solas con su desgracia, para siempre. No quería verlo apagarse en su
propia negrura, extinguirse aquella luz divina que tanto había ardido en él. Para
Neóbula quedaría en su recuerdo como aquel que había tensado el arco de la vida
hasta el máximo, el hombre que había gozado con ella cada instante en plenitud,
apurando cada copa, la de la venganza, la ambición, el poder y la pasión. El tampoco
deseó que lo conocieran de otra manera, y prefirió replegarse en la soledad del
destierro.
Encontró Neóbula una Atenas tan cambiada que sintió una extraña desazón
traspasada de melancolía. Había permanecido fuera tres años, pero la guerra había
cambiado la fisonomía de la ciudad como si hubieran transcurrido muchos más.
Todo, a partir del puerto en adelante, estaba siendo reconstruido. Su casa había sido
incendiada y destruida durante la guerra. No tenía hogar, ni familia, ni amigos.
Confiaba en que Aspasia viviera y, si así era, a buen seguro la recibiría en La Milesia.
Un esclavo le abrió la puerta, la reconoció de inmediato y la invitó a pasar adentro.
Neóbula aspiró un suave aroma a sándalo en el vestíbulo, se dejó descalzar por el
esclavo y esperó a que la dueña acudiera a recibirla. Antes de verla, oyó su voz
pronunciando alegremente su nombre. Sintió que había desaparecido toda huella de
rencor cuando la vio aparecer, alzando las manos, radiante e inquieta, con una túnica
de seda color lavanda hasta los tobillos y el cabello recogido con cintas. Se abrazaron
y se besaron efusivamente.
Aspasia imaginaba su situación, y se aprestó a ofrecerle alojamiento en su casa
hasta que pudiera adquirir una propia. Neóbula notó que, al dar Aspasia por hecho
que pronto ganaría suficiente dinero como para tener su propia vivienda, excluía de
antemano la posibilidad de dedicarse a otra actividad que no fuera la prostitución, o
le hacía entender de manera tácita que cualquier proyecto que no fuera trabajar para
La Milesia era sencillamente inconcebible en una mujer como ella. A Neóbula,
empero, no le desagradó esta manera de ofrecerle trabajo y estaba dispuesta a
aceptarlo de buen grado. Aquella forma de vida le ofrecía incontables ventajas, y ya
no era capaz de vivir sin el trato asiduo con hombres. Ansiaba el momento de
tenerlos de nuevo atenazados entre sus muslos.
—Tendrás muchísimas cosas que contarme —le dijo Aspasia alegremente.
—Tú también tendrás que ponerme al día de los últimos acontecimientos.
—¿A partir de cuándo?
—Desde que me marché de Atenas.
—Bueno, no hay gran cosa que contar. Un montón de guerras perdidas, aunque
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dicen que es la misma, más pobreza, y nosotras seguimos aquí, haciendo la vida más
agradable a nuestros hombrecillos.
—Y La Milesia, ¿sigue como siempre?
—Es lo único que nunca cambia. La única novedad es que han entrado dos nuevas
chicas, muy jóvenes, que aguantan bien hasta la madrugada: una se llama Timareta y
otra Eutila. Estarán encantadas de conocerte. Como ves, he vuelto a hacerme cargo
de la dirección del local, en vista de que nadie me ofrece un trabajo más interesante.
Intenté abrir clandestinamente una pequeña escuela para enseñar a las mujeres a leer
y escribir, pero sólo acudía la viuda Perictione; las demás no se atrevían ni a
asomarse. Además, ya sabes que las mujeres casadas nunca nos vieron con buenos
ojos, pues cada noche les quitamos a sus maridos. En cuanto a Perictione, aprendió a
leer tan bien que acabábamos pasando la mañana charlando. Así que cerré aquello y
ahora sólo doy clases a las nuevas pupilas de La Milesia.
No se molestó Aspasia en preguntarle por los años que había pasado con
Alcibíades, viviendo el final de la guerra, porque sabía que jamás contaba nada
personal. Conocía bien los límites con ella. Y podía imaginarse vagamente la clase de
vida que podía haber llevado con un tipo como Alcibíades. Se la veía más robusta,
fibrosa, endurecida y curtida por la intemperie, más mujer y más deseable todavía.
No ignoraba que, aun a sus veintidós años, Neóbula arrastraría más clientela que
cualquiera de sus más jóvenes hetairas. Su boca se abría como un manantial húmedo
cuando reía; era, en definitiva, todo lo que Aspasia había perdido, muslos en flor que
se abrían como plantas carnívoras, una piel fina que destilaba olor a hembra y a sexo,
una melena negra y voluble, el cuerpo relampagueante de una musa y una
inteligencia penetrante.
Neóbula solía salir a pasear poco antes del anochecer, aprovechando la luz
menguante, después de haber dormido durante todo el día y teniendo por delante
unas cuantas horas libres antes de volver a la faena. Iba con el rostro cubierto por un
velo para evitarse la molestia de ser reconocida y acompañada de un corpulento
esclavo fenicio que había trabajado en una cantera. Le gustaba aquel rato de
tranquilidad en que la gente se recogía. En cierta ocasión, paseando por la parte
meridional de la ciudad, por el barrio más lujoso, el Skambónidai, se detuvo a
escuchar una violenta discusión entre padre e hijo que tenía lugar en el patio de una
casa. El intercambio de gritos revelaba un odio embrutecido, enquistado, que le hizo
estremecerse. Escuchó el sonido de objetos que se rompían, el llanto de una mujer
que sería la madre, golpes en los muebles, nuevos gritos y amenazas rabiosas.
Finalmente, el hijo salió de casa profiriendo un rugido sordo. Pasó delante de
Neóbula, sin verla, y se alejó calle arriba cabizbajo y apretando los puños. Hubo unos
instantes de quietud, en los que sólo se oía el llanto de la mujer. Al cabo, el padre
salió a llamarlo, ahora con un tono que quería ser más amistoso y conciliador, pero
que resultaba falso, forzado. Y cuando él ya no podía oírlo, siguió voceando su
nombre, ahora con pena y arrepentimiento por lo sucedido. A la luz de la luna
Neóbula reconoció perfectamente el rostro de ese hombre. Era Anito, el que diez
años atrás la violara en La Milesia, destrozando su pubertad y marcándola para
siempre.
Neóbula y su esclavo siguieron los pasos del joven hijo de Anito a lo largo de las
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calles, en dirección a los barrios más modestos y populares, donde aún había locales
abiertos y un poco de ambiente. No sabía por qué le seguía, qué podía conseguir de
él; obedecía simplemente a una corazonada. Le había estremecido el ardor de su
furia, su carácter rebelde, individualista, ese deseo que se traslucía en sus gritos de
matar a su padre, de huir de él y refugiarse en la soledad. Llegó finalmente hasta un
barracón donde servían vino especiado y donde, a juzgar por la familiaridad del
trato, debía de ser cliente asiduo. Neóbula prefirió no entrar, sabía que a pesar de su
esclavo comenzarían a molestarla los hombres, muchos de los cuales eran sus
clientes, y ordenó a su esclavo que se dirigiese al joven y le dijera que quería hablar
con él en otra parte. Tras escuchar el mensaje, él se volvió hacia la puerta y observó la
silueta oscura de la mujer con el rostro cubierto. Apuró el vino, se levantó, pagó y
salió.
Neóbula se levantó el velo ante él. Ambos se escrutaron en silencio, frente a frente,
durante un breve espacio de tiempo, midiéndose, leyendo en los ojos del otro los
signos de la fiebre. Le calculó unos diecisiete años, una rebeldía bisoña y fogosa,
cierto valor y nula experiencia con mujeres. Al fin, le hizo señas para que la
acompañara a un lugar tranquilo. Comenzaron a caminar juntos; el esclavo se
mantenía detrás, a una distancia prudencial, para no molestar.
—¿Eres una hetaira?
Ella asintió.
—Lo sospechaba —dijo con cierta solemnidad pueril—. Demasiado osada,
demasiado hermosa.
—¿Te desagrada?
—En absoluto. Nunca estuve en un burdel, pero no descarto hacerlo cuando me
apetezca. ¿Estás buscando clientes?
Hablaba como si fuera ya un hombre, con un prurito de soberbia.
—Así es —mintió—. Eres joven y bien parecido, ¿cómo te llamas?
—Antemión, nieto de Antemión.
—¿Por qué aludes a tu abuelo, y no a tu padre?
—No reconozco a quien dice ser mi padre —se dio cuenta de que su queja
resultaba un poco brusca y extemporánea, y añadió rápidamente—: ¿Cobras mucho?
—Depende del cliente y de sus deseos —ella procuró mostrarse alegre y
desenfadada para inspirarle confianza—. A los feos les cobro más.
—¿En serio? No me parece justo.
—¿Ah, no? —se le escapó una risa que azoró un poco al joven—. A otros, en
cambio, les devolvería el dinero después de la sesión, para que puedan pagarme otra
más.
Antemión la miraba con interés creciente, imaginando quizá aquello tan codiciado
que se movía bajo su ropa. Neóbula se divertía sólo pensando en la de cosas que
podría enseñarle al joven en una sola noche.
—Debes de tener muchos clientes.
—No me puedo quejar. Trabajo no me falta.
—Entonces ¿por qué vas a buscarlos a la calle?
Neóbula sonrió; acababa de pillarla en una contradicción. Tendría que estar más
despierta.
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—En realidad estaba paseando. Es mi rato libre. Cuando pasaba junto a tu casa te
oí discutir con tu padre y pensé que te vendría bien un desahogo. Me apeteció
llevarte un poco de alegría.
—¿Y por qué crees que ibas a alegrarme?
—Soy una mujer de vida alegre, no lo olvides.
—¡No lo he olvidado! —rió él.
Llegaron a un pequeño promontorio recorrido por huertas escalonadas, desde
donde se oteaba una extensión de viviendas iluminadas por la luna, las llamas de las
antorchas y el humo de algunas casas. La brisa olía a eléboro blanco. Se sentaron uno
junto al otro con la espalda apoyada en el muro bajo de una linde a degustar el
comienzo de la noche. La luna, cuando nacía a ras del horizonte, surcada por las
ramas de un árbol cercano, parecía hinchada y enorme. Neóbula sentía estremecerse
el cuerpo del joven.
—He pasado un tiempo fuera de Atenas —dijo ella—. He perdido las amistades
que hice aquí.
—¿Dónde has estado?
—En muchos lugares. Viajaba junto a un hombre, un mercader. Murió.
—A mí también me gustaría salir de Atenas y conocer otras ciudades, otras
culturas. Dudo que la nuestra sea la única buena.
—¿No saliste para combatir?
—Sí, estuve en Egospótamos, y en otros lugares parecidos, pero no fue
precisamente un viaje de placer.
—Tienes dinero para viajar cuanto quieras.
—Es mi padre quien tiene dinero, no yo. Si lo tuviera, hace tiempo que me habr ía
ido a algún lugar que estuviera lo suficientemente lejos de él.
—¿A qué se dedica?
—Tiene un negocio de curtidos. Lo heredó de su padre, aunque la verdad es que él
lo ha triplicado. Pieles, reses, tintes, todo lo que te puedas imaginar que tenga pelo y
huela a animal. Quiere que trabaje para él, para que ocupe su lugar cuando él sea
viejo y tenga que retirarse, y así mantener el negocio familiar.
—Es normal. No veo nada malo en ello.
—Cierto. Y no es una mala vida. A mí no me pondría a cortar pieles, sino a
comerciar con tratantes de ganado. Conocería a mucha gente, sería muy respetado, y
rico.
—Sin embargo, a ti no te entusiasma la idea —dijo, adoptando cierto aire
maternal.
—El problema es que no podría dejarlo nunca. No podría hacer otros planes,
cuando tuviera suficiente dinero me vería privado de la libertad de elegir mi propio
camino, de viajar, qué sé yo, estaría atado al negocio por el resto de mi vida, para
algún día traspasarlo a mi hijo, como mi padre hizo conmigo —suspiró con aire
apesadumbrado. Ahora su tono de voz era mucho más sincero y convincente que al
principio—. Pero yo no tengo ese instinto comercial de mi padre, no se me da bien lo
suyo, el curtido de pieles me deja indiferente, y sobre todo, me aterra la perspectiva
de estar a sus órdenes.
—La mayoría de la gente no tiene ese problema, porque tampoco tiene elección.
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Antemión pareció no escucharla. Había adoptado un aire vagamente solemne y
dramático.
—Si supiera qué hacer con mi vida... —suspiró—. No sé qué elección debería
tomar para seguir el camino correcto.
—Creo que sé quién podría ayudarte —dijo Neóbula—. ¿Conoces a Sócrates?
—Claro. Cualquiera que haga deporte en la arena de la palestra lo conoce. Es un
atleta irreductible. A sus sesenta años se atreve a luchar con el más joven de nosotros.
Pero no le he tratado mucho.
—Creo que es la persona que necesitas.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Su especialidad es discernir qué clase de vida es la mejor para cada uno.
—Se dicen muchas cosas de él, a menudo contradictorias.
—También de nosotras, ¿y eso es malo?
Antemión asintió, mirando fijamente a la hetaira, esta vez dejando traslucir el
deseo.
—Nunca he conocido a una mujer como tú —esbozó una repentina sonrisa, un
poco violenta y azorada.
A Neóbula le hizo gracia este quiebro.
—¿Es un piropo?
Antemión la rodeó con los brazos, sin atreverse aún a besarla. Ella le facilitó el
resto. Siempre que se topaba con un jovencito inexperto de fina perilla sentía un
agradable cosquilleo de satisfacción, como si estuviera pervirtiéndolo. Un mochuelo
dejaba oír su canto a lo lejos, desde los oscuros encinares.
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CAPÍTULO VIII
El barrio de Cerámicos hervía a primera hora de la tarde. A través de las avenidas
arboladas los mercaderes coreaban sus productos y precios con una voz monótona,
sin inflexiones. La luz reverberaba en las tablas donde se exponían los pescados, en
las tinajas húmedas de aceite y sacaba un fondo púrpura al bronce de los bazares.
Olía a fermentación, fruta podrida, humanidad sudorosa y orines de perro. Allí se
arremolinaba un gentío sin prisas, merodeador, procaz, capaz de pasarse horas
discutiendo el precio de cualquier quincalla.
Vestido con un tribón tosco y de tela basta, a modo de túnica corta, Sócrates
escuchaba con gran interés al muchacho que caminaba a su lado, el cual le iba
relatando el camino que había seguido hasta ahora su vida, sus enfrentamientos con
su padre y las dudas que le asediaban, la primera de las cuales era si su padre ten ía
derecho legítimo a exigirle que entrara en el negocio familiar. El filósofo se complacía
en la belleza y la inteligencia del joven, y le interrumpió sólo para decirle:
—Querido Antemión, estás enfrascado en tus palabras y casi no nos estamos
dando cuenta de cuanto ocurre a nuestro alrededor, como si paseáramos por un
desierto deshabitado. Sin embargo, fíjate, todo esto está lleno de vida y de bullicio, de
gentes con afanes y problemas. Observa, escucha lo que pasa y aprenderás cosas
nuevas e importantes.
Se detuvieron en medio de la plaza a afinar los sentidos. Un aguador pasó delante
de ellos sosteniendo su cuba sobre la cabeza mediante una albardilla, se abrieron
paso entre campesinos atezados, las granjeras con sus cestas de mimbre sopesaban,
olfateaban, tocaban, no toque eso, señora, todo es de buena calidad, fresco como lo
ve, tres dracmas, una, tres, dos, en el aire estático se aspiraba aquella pestilencia
orgánica y dulzona, los pescados se alineaban sobre las tablas rezumantes, todo se
cocía bajo la sombra picoteada de los cañizos: perdices, arenques, tortas y panes, se
hacía trueque sacando una gallina cebada de un festón, mirando la dentadura de un
burro, metiendo el dedo en un kylix de aceite de oliva; el polvo de las calles que
levantaban tantas botas y sandalias se había ido sedimentando a lo largo del día en
los expositores a la intemperie, barracas de palo, toldos combados, pequeños refugios
de sombra.
Un predicador órfico, vestido con andrajos y subido a una caja de fruta, vociferaba
para los diez o doce humildes campesinos que se habían detenido a escuchar un
mensaje de salvación mediante la purificación y la dieta vegetariana. Unos chavales
se divirtieron arrojándole piedras y consiguieron echarlo de la plaza. La escena
despertó carcajadas, y quienes se lo cruzaban le hacían la burla poniéndose un palmo
de narices.
—¡Licteo! —le gritaban—. ¿Por qué vas siempre rodeado de moscas?
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El orfista se volvió a ellos alzando el puño y clamó, ronco:
—¡Las moscas barruntan la carne muerta!
Sócrates y Antemión siguieron adelante, hacia zonas más despejadas donde seguir
conversando.
—¿Has observado algo que te llamara la atención? —inquirió el filósofo.
—Es como la arena de una palestra donde la gente se pelea por cuatro higos secos.
—¿Crees que todos estos hombres se cuestionaron en profundidad qué camino
debían seguir sus vidas?
—No lo creo —repuso Antemión—. Se preocupan por cómo ganar para
mantenerse cada día y en ello emplean tantas energías y alborotan de esa manera.
—¿Es también tu preocupación?
—Si así fuera, bastaría con cumplir los deseos y los planes de mi padre, y gozaría
de los bienes que nos pertenecen.
—Entonces, de algún modo, te diferencias de toda esta gente que no dudaría en
ejercer una actividad lucrativa como la de tu padre, teniendo todas las facilidades. ¿O
crees que no eres diferente?
—Yo al menos sí me siento diferente a ellos. El hijo del herrero aprende las artes
de la fragua porque ve trabajar a su padre; el hijo del pastor acompaña a su padre al
monte con el ganado, y mientras éstos aprenden de los oficios de sus padres no se
preguntan si lo que aprenden es lo que más desean, lo que les hará felices,
simplemente saben que les será útil, y en esto puede que no se equivoquen. A mí no
me basta con desempeñar un oficio de utilidad. Ambiciono algo más, aunque no sé
qué es.
—Ésa es una cuestión importante, sin duda —asintió el filósofo—. Pero antes creo
que nos conviene despejar otra más sencilla. ¿Por qué sucede que, excepcionalmente,
un joven dude en seguir la senda de su padre cuando ésta promete ser muy
próspera?
—Puede que este joven haya perdido el juicio.
—El juicio es la capacidad de decidir. ¿Y no se trata precisamente de la capacidad
de decidir la que está ejerciendo este joven al plantearse estas dudas?
—Rectifico, entonces. Está utilizando el juicio.
—Bien has dicho, hábil Antemión. El juicio es una facultad que nos distingue
sobre las criaturas más vulgares. Pero hay que saber emplearlo bien, para no caer en
la trampa de nuestros propios engaños y pretextos, si queremos obrar con rectitud.
—Puede que la rectitud en este caso consista en ser el hijo que mi padre ha
querido que fuera.
—Veamos. La piedad filial y la obediencia son virtudes importantes. Debemos
preguntarnos entonces si es propio de un buen hijo hacer siempre lo que su padre le
diga. ¿Tú qué crees?
—Yo creo que sí, Sócrates.
—Imagina que tu padre es matarife y a ti te dan mareos y vómitos cada vez que
entras en el matadero, como les pasa a algunas personas. ¿Sería justo que tu padre te
obligara a limpiar y descuartizar reses con él?
—Me parece que no, Sócrates. En tal caso, mi padre haría mal en exigírmelo.
—¿Y qué me dices si un padre obliga a su hijo a casarse con una mujer que él
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aborrece?
—Diría lo mismo, que comete injusticia.
—Y si hay más de un caso en el que esta regla se da, y me parece a mí que hay
muchos, ¿podemos llegar a alguna conclusión más general?
Antemión no dudó al dar su respuesta:
—Que los padres no siempre deben decidir por sus hijos. Y hasta me parece que
nunca deberían hacerlo, aunque en la mayoría de los casos se siga esta tradición.
—Bien, querido Antemión. Convengo contigo en que la virtud de la piedad y la
obediencia filial bien entendidas no consisten sólo en que el hijo haga todo lo que de
él quiere el padre. Despejada esta duda, quizá puedas retomar libremente tu elección.
—Admirable Sócrates, tu razonamiento es correcto —repuso el joven cada vez más
contento por lo bien que iban las cosas.
—Tu inquietud e incertidumbre sobre tu futuro son muy comprensibles, pero
quizás tengas que perfilarlas un poco más. Por ejemplo, ¿qué es lo que te resulta
indeseable del negocio de curtidos, el trabajo en sí mismo o la perspectiva de trabajar
con tu padre?
Antemión se quedó un rato pensativo. Nunca se había detenido antes a considerar
ambas cuestiones por separado. Anduvieron un rato en silencio, calle arriba,
huyendo del bullicio que quedaba a sus espaldas, por callejas estrechas. Sócrates le
propuso que se imaginara trabajando en un negocio de curtidos semejante al de su
padre, pero que no pertenecía a éste. ¿Qué le parecería? Él seguía sintiendo rechazo,
pero mucho menor. Así que concluyó que la presencia de su padre, el hecho de
tenerlo como jefe en este caso, era un factor determinante, y así se lo expuso a
Sócrates, con toda sinceridad. Reconoció que lo que le molestaba de su padre era su
estilo autoritario, que presumía que un hijo no sabe lo que quiere hasta que su padre
se lo dice.
—Bien, hasta aquí ha quedado claro —dijo Sócrates—. Ahora olvidémonos
durante un momento de tu padre y centrémonos en lo que tú deseas hacer.
—He pensado mucho en ello —confesó— y no sé lo que quiero, ni sé el modo de
averiguarlo.
—Quizá podamos empezar por rastrear lo que no deseas y por qué no lo deseas.
Tal vez así encontremos una pista para averiguar lo que deseas. Hablemos ahora del
comercio del cuero. ¿Qué te sugiere?
—Mojar pieles en artesas llenas de jugo de pino hasta que se te arrugan las manos,
oler siempre a res, raspar pelos de animal hasta despellejarte la propia piel de tus
manos, llenarte de tintes nauseabundos, tener que ir a las ferias de ganado para oler
y tocar pellejos; cortar, rebanar, tundir, macerar, todo eso un año y otro año, sin
cesar.
—Alguna ventaja tendrá, ¿no es cierto?
—Puede que sea un trabajo que te permite relacionarte con mucha gente.
—Relacionarte con mucha gente —remedó Sócrates, pensativo—. Hay muchas
formas de relacionarse y de conocer a los demás. Por ejemplo, ¿crees que la forma en
que nos estamos relacionando tú y yo en este momento, mientras paseamos, se
parece mucho a la manera en que se relacionan dos tratantes interesados en la
compra o venta de una mercancía? A ver si puedes aclararme este punto.
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—He acompañado muchas veces a mi padre cuando se relaciona con tratantes de
ganado y curtidores, y siempre es con un mismo fin: comerciar.
—Es normal que sea así, puesto que la razón de que se junten es que ambos
pertenecen al ramo del cuero. Ahora bien, ¿podrías decirme en qué consiste
comerciar?
—En sacar provecho de una compra o una venta.
—¿Quieres decir que es una relación que busca el provecho propio para obtener
cierta cantidad de dinero en este intercambio?
—Mi padre me dijo una vez que el arte de la negociación consiste en ser más listo
que el otro —se quedó unos instantes pensativo—. ¿Sabes? Es un hombre que no
tiene amigos, en el fondo, aunque siempre está rodeado de gente. Creo que lo único
que les interesa de él es su dinero.
—De todo esto que dices me parece claro que disfrutas relacionándote con los
demás, pero no de la forma en que lo hace tu padre. ¿Es así o no lo he entendido
bien?
—Es exactamente así, Sócrates. Me gustaría un trabajo que me permitiera un trato
más cercano y sincero con las personas.
—¿Con cualquier tipo de personas? Piensa, por ejemplo, en un pastor muy rudo
que no ha oído en su vida hablar de Esquilo, o de Sófocles —sonrió.
—Si no ha oído hablar de Esquilo ni de Sófocles, creo que podrá contarme algo
interesante de las cabras —bromeó Antemión.
—Seguramente que sí —admitió el filósofo con suavidad—, aunque no de teatro.
Tal vez, sin embargo, haya algo deseable para ti en ese trabajo que te propone tu
padre.
—No lo creo. Y ahora veo claro que no debería trabajar con mi padre.
—Bien, pero no nos precipitemos en sacar conclusiones. Aún no hemos rastreado
todos tus deseos, y cuáles de ellos son los más honestos. ¿O acaso estás en
condiciones de admitir con total seguridad que no quieres trabajar en el oficio de tu
padre?
—No, no lo estoy —repuso él con aire preocupado—. Porque si me digo a mí
mismo que he tomado la resolución de no trabajar con mi padre, tampoco me quedo
tranquilo y contento.
—Eso me parece a mí también. Creo que es importante que descubramos la razón
—asintió.
—No es porque me sienta culpable de defraudar a mi padre, de eso estoy seguro
—dijo el joven—. Mi padre no tiene derecho a exigírmelo, como ya hemos convenido.
Y tampoco me siento en deuda con él.
—Entonces ¿qué es lo que te preocupa?
—Ahora sí que me siento perdido —musitó Antemión.
—No tanto. Acabas de descubrir que en el fondo, y a pesar de que tus deseos son
contrarios a los de tu padre, no estás convencido de querer prescindir del negocio
familiar. Me parece que si encontramos la causa que te hace sentirte así, daremos con
una clave importante para tomar la decisión.
—Supongo que tengo miedo, pero no sé de qué.
Y tras decir esto quedó bastante descorazonado. Sócrates le puso una mano
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alentadora en el hombro y le sonrió apaciguadamente.
—Querido Antemión, eres joven, pero valiente. Sé por experiencia que uno
cuando tiene miedo sabe qué es lo que le asusta, aunque no se atreve a reconocerlo.
Me parece, amigo mío, que tú tienes esa respuesta dentro de ti, pero encontrarla te
exige un cierto esfuerzo de honestidad.
—Ayúdame, entonces.
—Puede que veas alguna ventaja en lo que hace tu padre, después de todo. Quizá
puedas despejarme esta duda.
—Lo hemos analizado ya, y no veo ninguna.
Sócrates le lanzó una mirada indagatoria, de reojo.
—¿Te gusta la casa en la que vives?
Antemión tardó unos instantes en responder.
—Es una casa muy cómoda —reconoció.
—Háblame, pues, de tu casa. Creo que nos puede aclarar algo.
—Es grande, fresca y tranquila. Tenemos una caballeriza con buenos caballos. Me
encanta cabalgar por el encinar. También hay un patio muy grande donde puedo
practicar el tiro con arco. Varios días a la semana comemos carne de caza, que a mí
me gusta mucho, regada con un buen vino. Puedo practicar los deportes que me
gustan, y recibir masajes. Tenemos nuestro propio pozo de agua, y así no hay que ir a
acarrearla desde lejos. Estas y otras características hacen que me guste mi casa, a
pesar de la presencia de mi padre.
—Sabes que muy poca gente puede vivir en Atenas con esas comodidades que me
has descrito.
—Es cierto.
—¿Qué te parecería verte privado de tales comodidades? ¿Te importaría?
—Reconozco que sí —al joven se le abrieron los ojos y se azoró de la vergüenza.
—Pero ¿es que hay algo malo en llevar una vida modesta y sin tantos placeres?
Antemión sospechó que en la pregunta había trampa. Pero no estaba seguro de lo
que el otro quería oír. Buscó una respuesta en sí mismo.
—Supongo que no, Sócrates. Tampoco veo nada malo en vivir bien.
—La cuestión de fondo, y a la que nos acercamos con esta charla, es saber qu é es
vivir bien, como dices, y qué no es vivir bien, ¿no te parece?
—Me parece que así es, Sócrates.
—Ahora me dices que para ti vivir bien consiste en no renunciar a los placeres y
comodidades de la propiedad que pertenece a tu familia, pero quizá eso entre en
contradicción con tu deseo de vivir bien escogiendo libremente el trabajo que te
gusta, y para el que te sientes inclinado por naturaleza.
Antemión se quedó esta vez sin respuesta. Sócrates le dejó meditar un rato sobre
la cuestión. En el último tramo de la calle ya no hablaron, ensordecidos por el
rebuzno desesperado de un asno en el interior de una cuadra. Poco después, el joven
reconoció ver mucho más claro cuál era su problema.
—Bien —dijo Sócrates parándose en un cruce de calles—, hemos llegado a una
encrucijada difícil, pero necesaria. Dejémoslo aquí, de momento, para que madures
este dilema, y, si quieres, más adelante seguiremos hablando.
Antemión tuvo el presentimiento de que Sócrates lo había calado desde el
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principio, desde su primera pregunta le había conducido, de manera premeditada, a
su gran contradicción interior. Estaba admirado de la sabiduría, la exquisita
prudencia y discreción del filósofo en su manera de ayudarle, sin darle ninguna
respuesta, ninguna otra pista que las preguntas hábilmente escogidas para obligarlo
a deliberar y ahondar en la cuestión. Se sentía avergonzado porque había querido
presumir ante él de honesto y libre, al querer zafarse de las ataduras familiares, y
terminaba dándose de narices contra un muro. Se acababa de dar cuenta de que él, en
el fondo, era como la gente vulgar, como todos esos que alborotaban en el mercado
público: le preocupaba la subsistencia. Una buena lección que le bajaba los humos.
Ante la serenidad de Sócrates, su profunda mirada, se sentía desnudo y
desenmascarado, lleno de debilidades.
A partir de entonces, no dejó de cultivar su amistad con él, de pasear por el ágora
embebidos en una conversación que casi siempre empezaba por la misma pregunta,
lanzada por Sócrates, a la que él no daba la respuesta satisfactoria: «¿Tú crees que es
buena esta vida?». Antemión nunca se había planteado qué otras formas había de
vivir en el mundo, más allá de la elección de un trabajo con el que ganarse la vida. A
través de sus diálogos comprendía que la verdadera elección iba más allá de seguir o
no los pasos de su padre. Un laberinto de nuevos y complejos interrogantes se iba
abriendo ante él. Se sentía impotente y muy desorientado, pero le consolaba saber
que ahora él no le dejaría tirado y sumido en la incertidumbre. Sócrates sabría cómo
guiarle. Confiaba ciegamente en él, como un niño confía en su padre omnisciente. Y
ansiaba ser su discípulo.
A menudo, Neóbula les observaba a distancia, sin perderlos de vista. Estaba
perfectamente al corriente de sus progresos.
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CAPÍTULO IX
Timareta tenía los ojos almendrados y una piel de almizcle embellecida con ajorcas
de oro; Eutila bailaba con la gracilidad de una cervatilla, y su vientre liso se
estremecía con las suaves caricias. Clais, tañedora de oboe, tenía una palidez rosácea
de mármol, como si nunca la hubiese mirado el divino sol. Pero la favorita de
Aristófanes era Neóbula, por su carácter impío y perverso, y porque tenía la osadía
de alquilarse por la friolera de trescientas dracmas, una suma que la hacía más
codiciada e inaccesible. Le gustaba aquel placer malévolo de esquilmar a sus
adoradores, como una diosa que se complace en los grandes y cruentos sacrificios
que se derraman a sus pies. Aristófanes sabía que Neóbula era también el nombre de
una musa que había inspirado al poeta Arquíloco de Paros, por eso, al recostarse
junto a ella, solía recitarle esos versos:
Ojalá pudiera tocar la mano de Neóbula
y caer, presto a la acción, sobre el odre
y aplicar el vientre al vientre y mis muslos a sus muslos.
Lo primero que hacía un cliente que llegaba a La Milesia era pasar a la lavatriva,
donde las chicas lo desnudaban y le pasaban a conciencia —y no siempre con la
delicadeza deseable— el esparto caliente con ceniza. Los clientes solían salir de este
local mucho más limpios que al entrar, y la norma de higiene se llevaba con tal
escrupulosidad que se había hecho popular el comentario de que cuando un
ateniense iba siempre limpio y aseado es que de la cintura para abajo andaba bien
despachado. Allí se bebía tanto como lo permitiese la dueña, y a una orden de ésta no
se escanciaba al cliente más vino, para evitar conductas inconvenientes y, sobre todo,
grescas. Tampoco se aceptaban clientes que llegaran ebrios. En la entrada, una señora
de gruesos brazos probaba el baremo etílico haciéndole exhalar al cliente su aliento, y
si demostraba estar bebido lo mandaba de vuelta a su casa, o a los prostíbulos del
barrio de Cerámicos. Esto podía hacerse por la simple razón de que el local nunca
andaba escaso de clientela, y con ello ganaban importantes ventajas, desde la
conservación del refinado mobiliario hasta mantener un ambiente de placentera
coexistencia, esencial para que las mujeres pudieran confiar en el comportamiento de
sus clientes sin sentirse forzadas. Era una casa muy civilizada. Si, habiéndosele
negado la entrada, el cliente persistía en aporrear la puerta, una hetaira del primer
piso le arrojaba amablemente desde la ventana un bacín de orina o de heces.
Las hetairas de Aspasia eran mujeres orgullosas, a tal punto que aseguraban
hacerlo tanto por dinero como por afán de placer. Su dignidad residía en demostrar
que llevaban las riendas de su destino, y, habida cuenta de que ganarse un salario
sacrificadamente significaba cierto demérito para un espíritu aristocrático, prestaban
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a su profesión el aval indiscutible de la viciosa Afrodita. Habían descubierto que
nada era más afín a la naturaleza de un hombre ateniense que creer a las mujeres
poseídas de una irrefrenable lujuria. De lo contrario, si esta creencia no fuese tan
inveterada, habrían sospechado con más facilidad cuándo una hetaira fingía. Aspasia
había enseñado a sus pupilas que los hombres no distinguían los orgasmos fingidos
de los ciertos, ni tan siquiera cuando el fingimiento era malo, porque contravenía a la
vanidad masculina y su ilusión de poderío erótico. El otro secreto del éxito consistía
en hacer creer a cada cliente que él era especial e irreemplazable, y que la hetaira
obtenía un goce muy particular con su forma de hacerle el amor. Aparentemente, era
fácil reparar en que esto no podía ser sino una gran patraña, siendo tantos los
clientes, y tantos los que pasaban por la misma hetaira en una misma noche, pero de
nuevo se imponía lo que cada vanidad satisfecha quería creer. Por tanto, los asiduos
de La Milesia eran felices creyendo que sus hetairas los estaban esperando cada
noche abiertas de piernas, y ellas gozaban de lo lindo comprobando la eterna
puerilidad de sus hombrecitos y lo fácil que resultaba tenerlos bien engañados y
contentos.
En el salón principal se jugaba al cótabo erótico como preludio de goces más
privados. Un hombre reía jugando con una hetaira, a la que hacía rodar el disco sobre
su vientre desnudo. En un rincón se danzaba y se tocaba la cítara y el oboe bajo la
llama trémula de las lámparas. Aristófanes yacía con Neóbula, ambos recostados en
un ancho diván. Cuando estaba un poco borracho, Aristófanes se ponía retórico:
—Eres tan bella, Neóbula, que te puedes permitir el lujo de vender tu belleza por
dinero, y aun así parece que no se te agota. Cuanto más pago por ella más me
convenzo de que me arruinarás antes de verte aflorar una arruga en el rostro.
—Mejor preferiría que escribieras algo hermoso sobre mí.
—Tú sabes, querida, que yo no sé escribir cosas hermosas, como Eurípides, sólo
farsas banales y soeces para hacer reír al vulgo.
—Pues tengo un amigo que es discípulo de Fidias y va a poner mis formas a una
estatua de Afrodita.
—¿Para despertar la envidia de la diosa?
—Para despertar la lascivia de Aristófanes.
—No sé cómo no ha bajado Zeus a gozarte asumiendo la forma de algún cliente de
esta casa, por ejemplo, yo mismo.
—Si me hubiera gozado Zeus, creo que me habría dado cuenta —rió—. Al menos
habría sido una experiencia diferente.
—¿Lo dices por el tamaño?
—Ya lo creo. Mi mayor sueño es ser violada por Zeus olímpico.
—Si tan grande la tiene, quizá Zeus tome mi apariencia, ya que soy el que más se
le parece.
Neóbula volvió a sonreír maliciosamente.
—Ahora que te miro bien, creo que no pareces Zeus haciéndose pasar por
Aristófanes. Más bien diría que eres Pan, feo y libertino, y siempre dispuesto a salir
en persecución de alguna linda pastora.
—Y yo estoy convencido de que no eres Neóbula, sino Afrodita.
—Cuántas atenciones me prestas, Aristófanes.
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—Mis dineros me cuestan.
—Pues pon atención a tus gastos, que todo lo que te paga mi dueña por tus
comedias de encargo lo dilapidas conmigo.
—Bien gastado está. Otros se pulen su fortuna en ruines afanes o en alimentar
cerdos.
—¿Es que no piensas en tu futuro? Cualquier día el dueño de la casa en la que
vives te echará por no pagarle la renta.
—Ésta es mi casa. ¿Qué me importa el mañana?
Neóbula se separó un poco de Aristófanes, lo suficiente como para poder mirarle
mejor a la cara.
—Me encanta sentir remordimientos por estar arruinándote.
—Me haces muy feliz teniéndolos. Y ahora dejemos de hablar de cosas serias y
hablemos de asuntos banales, como el matrimonio. ¿Quieres casarte conmigo?
—¡Dioses! ¿Tan mal me quieres que ya deseas mi esclavitud y apropiarte de mis
riquezas?
—No me entiendas mal, Neóbula. Las únicas riquezas que quiero de ti son tus
gracias. Tus tetas saben mejor que la ambrosía, y tu culo es más tierno que la carne de
pichón.
—¿Qué mala simiente se te ha metido en la cabezota, Aristófanes? ¿A qué viene
esta petición trasnochada? ¿No te habrás enamorado de mí?
—Te echo en falta durante el día, Neóbula. Ya no hay para mí día, sólo noche —
buscó en su archivo algún artificio poético y añadió—: Abomino de la luz de Helios,
y mi alma tiembla por ver llegada la hora en que Selene descubre su faz para...
—Déjalo —le interrumpió ella—. Lo tuyo no es la lírica. Lo que a ti te ocurre es
que estás todo el día calentorro esperando que abran esta casa.
—Pero ¿es que no sientes nada por mí, Neóbula? ¿Tan ajena eres a mis encantos?
—Ya sabes, Aristófanes, que eres el cliente por el que siento un afecto más
verdadero. Me gusta esclavizarte más que a ningún otro.
Él absorbió estas palabras como un bálsamo anímico. Pero aún no había oído el
final de la frase:
—Aunque, como comprenderás, no lo voy a dejar todo por ti. Ahora soy una
mujer libre. No tengo intención de casarme para convertirme en una ciudadana de
segunda y pasarme el resto de la vida encerrada en el gineceo, pariendo
Aristofanitos.
—Ah, eres injusta conmigo al decir eso. Yo nunca sería un vulgar marido.
Además, ten en cuenta que el destino nos ha unido, y tengo pruebas.
—¿Qué pruebas?
—¿Acaso no nos encontramos aquí todas las noches?
Neóbula sonrió y le tiró un poco de las grandes orejas peludas.
—Algo hay de verdad en ello, sin embargo no me parece razón suficiente para
casarnos. Si me quisieras de verdad no intentarías esclavizarme convirtiéndome en
tu esposa.
—Ya se nos ocurriría algo original para ser ambos igual de libres. Con mi talento y
tu belleza haríamos algo grande.
—«Mi talento y tu belleza» —repitió Neóbula con sarcasmo—. Tú pones —engoló
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la voz— el genio, oh, la inteligencia. Y yo la belleza, el único elogio al que puede
aspirar una simple mujer. Tú pondrías, además de tu genio, tu gran fealdad. Me
refiero a esa nariz gorda como un tubérculo —se tapó la boca para no reír— y a tus
orejotas. Pero nada comparado a tu prodigiosa panza, que se bambolea rítmicamente
cuando me montas.
Aristófanes sonrió y alzó la copa hasta rozar el cabello de la mujer.
—Me es más dulce el veneno de tu boca que el de esta copa —apuró un trago y
añadió—: Cásate conmigo y hazme maravillosamente infeliz.
—Los hombres no sabéis tratar a las mujeres. Tenéis una idea equivocada de
nosotras.
Aristófanes rió sacudiendo todo su corpachón para reclamar la atención de su
vecino de diván, Cinesias, que estaba disfrutando de un estupendo masaje oriental
por manos de Clais.
—¿Has oído, Cinesias? ¡Dice mi querida Neóbula que tenemos una idea
equivocada de ellas!
Su amigo se unió a la carcajada festiva. Neóbula sintió deseos de abofetear a
Aristófanes, pero sabía que no surtiría el efecto deseado.
—Sin ánimo de ofender a nadie —dijo Cinesias tratando de reprimir la risa—,
mientras tenga dinero para mantener a mi familia, mi mujer permanecerá en el
gineceo. No me fío de ella: es voluble, cualquiera la engañaría. No quiero verme
expuesto al ridículo, como muchos hombres que todos conocemos —lanzó un guiño
a Aristófanes, que volvió a retorcerse de risa.
—Permite que te haga una pregunta, Cinesias —continuó Timareta—. ¿De qué
hablas con tu mujer cuando estás en casa?
—De cosas estúpidas, ¿qué otra cosa había de hacer?
—Está visto que no se puede dialogar con vosotros —dijo Neóbula—. No tenéis
entendimiento.
—La mujer siempre ha sido igual —dijo Cinesias, con el apoyo de su amigo—:
Voluble, traicionera y libertina. Fijaos en nuestros antepasados. ¿Qué grandes
personajes femeninos tenemos? Deyanira, que mató a su esposo Heracles por una
cuestión de celos; la hechicera Medea, que traicionó a su hermano y a su propio
padre para ayudar a Jasón...
—¡Y mató a sus hijos! —rió Aristófanes.
—Helena, la esposa del rey Menelao —prosiguió el otro—, que se fugó con su
amante y provocó la guerra de Troya; su hermano Agamenón fue asesinado por su
mujer Clitemnestra, que también se había buscado un amante, y, sin salir de esta
prolífica familia, su hija Electra instigó a Orestes para matar a su madre. Circe quiso
envenenar a Odiseo, y al fracasar se lo llevó a la cama. Y Calipso lo retuvo durante
siete años, nada menos.
—¡No te olvides de las simpáticas sirenas y las Harpías!
—Y otras muchas tarascas sin glosar.
—¿Y Penélope, esposa de Odiseo? —dijo Timareta—. ¿Acaso no le fue fiel en Ítaca
mientras él iba repartiendo su semillita por ahí?
—¿Has oído? —el comediógrafo se volvió a su amigo hipando de risa, con los ojos
bañados en lágrimas—. ¡Pregunta... por... Penélope!
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—¡Ah, la de los ciento... veintinueve pretendientes! —se doblaba Cinesias con la
mandíbula a punto de saltarle por los aires.
—¿Qué ocurre con los ciento veintinueve pretendientes? —sonrió Neóbula.
Aristófanes, ahogándose:
—Díselo tú, Cinesias... ¡Por Zeus! ¡Dile cómo se lo montaba con sus ciento
veintinueve pretendientes!
Neóbula disimuló su disgusto y se unió a las risas, mientras acariciaba el sexo de
Aristófanes de la manera en que a él le gustaba. Tan pronto como sintió de nuevo su
sexo erguido, el comediógrafo se olvidó de Penélope para centrar toda su atención en
Neóbula. Ella le dijo al oído:
—Hoy voy a hacerte algo que te gustará mucho.
Aristófanes arqueó las cejas y puso los ojos saltones. A continuación se dejó llevar
de la mano de la hetaira a un reservado de la primera planta que nunca había
visitado antes.
—¡Cuídate de esa devorahombres! —reía Cinesias.
—¡Los dioses me conducen a una muerte grata! —se despidió, sonriendo.
Era una dependencia sin muebles, con el suelo tapizado por una alfombra de lana
y cubierto de cojines. De la pared nacían cuatro cadenas con grilletes, dos cortas para
las manos y dos largas para los pies. Aristófanes sabía que aquélla era la sala por la
que tanto pagaban los más ricos, vedada a clientes menos solventes, y a la que su
parco pecunio nunca le había permitido acceder. Ahora, gracias a la generosidad de
Neóbula, podría disfrutar al fin de la experiencia más codiciada de La Milesia, un
secreto para iniciados. Ella había adoptado una actitud grave, ritual, que le excitaba
aún más. Se dejó desnudar y poner los grilletes en las muñecas y los tobillos.
—Esto se pone interesante —dijo él.
Estaba a gatas en el suelo, las cadenas apenas le permitían moverse, eran
demasiado cortas y ya estaban tensas con su posición actual. Detrás de sus nalgas,
ella le acariciaba los flancos y el vientre. Aristófanes sentía los pechos contra su
espalda, y aquella mano que le bajaba como una serpiente hacia el sexo y le erizaba la
piel. Ya no tenía ganas de hablar ni de bromear. La mujer agarró suavemente sus
testículos y los apretó un poco. Aristófanes respiró hondo, estremecido.
—Eres mi esclavo sexual.
—Soy tu esclavo, ama.
Sintió un alivio cuando la mano los soltó y apretó el nacimiento del pene,
produciéndole un reflujo de placer que le hizo gemir. Pero, justo cuando más
anhelaba que siguiera así, cambió de posición la mano y comenzó a deslizaría entre
sus nalgas, recorriéndole toda la entrepierna como si fuera la textura más deleitosa
imaginable. Se sentía chapalear en un lodazal caliente. Justo entonces ella se separó
de él.
—¿Qué ocurre?
—Necesito grasa de caballo. Espérame un momento.
—¿Grasa de caballo? —se asustó.
Neóbula le dejó allí solo, a cuatro patas, padeciendo. Aristófanes se miró las
manos y los pies encadenados y prefirió no pensar en eso. Pronto entró alguien, pero
no era Neóbula. Su risa era de hombre, y la reconoció con un estremecimiento, antes
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de girar el pescuezo lo suficiente como para verlo: era Anito, uno de sus más feroces
acreedores. Anito se sentó sobre su espalda y le tiró del pelo por la nuca, alzándole el
mentón.
—Me alegro de encontrarte aquí, tan receptivo —dijo Anito con voz engolada por
el sarcasmo—, porque llevas un tiempo evitándome.
—Pues precisamente te estaba esperando, ¿no me ves?
—Perfecto. ¿Me vas a devolver las tres mil cien dracmas que me debes?
—¿Tanto? Pensaba que eran sólo tres mil.
—Eso era el año pasado. Han pasado muchas lunas nuevas.
—Sí, no te preocupes. Esta misma semana te pago.
—Espero que esta vez sea verdad, por tu bien.
—Sí, sí, te lo aseguro. Lo tengo todo preparado.
Anito le soltó el pelo, pero no descabalgó de su espalda. Durante unos instantes,
hubo un silencio. Aristófanes se preguntaba qué nuevo suplicio vendría ahora.
Pronto lo supo: la orina caliente le recorrió el espinazo y se escurrió por su cuello y
su cabeza.
De nuevo sonaba la risa estentórea de su verdugo.
En eso, se abrió la puerta. Aristófanes no pudo girar la cara, por miedo a que la
orina le entrara en los ojos, pero notó la densidad del silencio: Anito se puso en pie y
sin pronunciar palabra salió de la habitación. El comediógrafo quedó impresionado
de la autoridad que Neóbula ejercía sobre él.
Ella le limpió la orina con una jofaina y le preguntó si estaba bien.
—Preferiría que me soltaras, pues ya no estoy para juegos, querida.
—De eso nada, Aristófanes. Lo que yo empiezo lo acabo.
Mientras tanto, con la otra mano Neóbula untaba un consolador con grasa de
caballo. Y habiéndolo lubricado bien, se lo introdujo con ímpetu por el ano.
Aristófanes gritó y se revolvió, pero las cadenas le impidieron maniobrar, y Neóbula
fue rápida, empujó con todo su cuerpo el objeto largo y grueso hacia dentro del ano
mientras le hacía tenaza en los muslos con sus muslos, como en una lucha.
Aristófanes sintió un dolor lancinante y profirió un ronco berrido, intentó patalear, se
revolvió y durante un rato sólo se escuchó el entrechocar del hierro de las cadenas.
Pronto desistió y se quedó inmóvil, llorando, con el pene aún empinado y el
consolador hundido hasta la empuñadura.
—¡Déjalo ya! ¡No puedo más! —gimoteó.
Ella se inclinó para susurrarle al oído:
—Todo lo que duele en el sexo es bueno.
Y a continuación, comenzó a accionarle el consolador de dentro a fuera, imitando
los movimientos pélvicos de un hombre, mientras con la otra mano le estrujaba el
pene. Un fino reguero de sangre iba asomando entre la grasa reluciente y
deslizándose por el surco de las nalgas. Los gemidos de ambos se acompasaron; en
ella eran de placer. Al fin, antes de alcanzar el orgasmo, Neóbula extrajo el
consolador y se lo puso ante la boca.
—Chúpalo o te mato.
Antes de que pudiera reaccionar, aquel objeto se introdujo hasta su paladar y un
espasmo sacudió su vientre varias veces, en un acceso de náusea, aunque no pudo
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vomitar. Sintió que las fuerzas le habían abandonado. Ella le volteó empujando con
las piernas, le hizo tenderse boca arriba y se montó en él, deslizándose hacia atrás
hasta cubrir su sexo, y comenzó a agitarse cada vez más deprisa, deprisa, hasta
maullar como una gata en celo.
Pálido y descompuesto, Aristófanes se encontró con Cinesias al salir del local, y
procuró andar con un poco más de decoro para que no notase el suplicio que sentía
hervir en sus nalgas.
—¿Qué tal? —le dio un espaldarazo su amigo.
—Fantástico. En mi vida he disfrutado tanto —sonrió con una mueca espectral—.
Hace todo lo que tú quieres.
—¡Y también lo que no quieres!
Aristófanes creyó adivinar en su respuesta un retintín de ironía. Se preguntó si
sabría lo que le había hecho. Pero le dolía demasiado el culo como para intentar
averiguarlo.
En el frío de la intemperie, los amigos acabaron de recomponerse las ropas
húmedas de sudor propio y ajeno. Hombro con hombro, bamboleándose un poco —
Cinesias porque estaba muy bebido, y Aristófanes porque sentía las asentaderas
como una ampolla viva—, comenzaron a bajar por la calle empinada hundiendo sus
sandalias en el barro. La luna estaba poco lucida, pero conocían de sobra el camino.
Siempre recto en la oscuridad, hasta que chocaran con una pared.
—Me voy a casa, Cinesias —dijo el comediógrafo—. Me encuentro mal. Estoy
arruinado.
—¿Cómo es posible?
—¿No podrías prestarme quinientas dracmas, amigo mío?
—¡Quinientas dracmas! —dio un brinco, escandalizado.
—Está bien, dejémoslo en cuatrocientas noventa y cinco.
—¿Así andas, que vas dando el sablazo a tus amigos?
—Tengo algunos problemas. Pero pronto recuperaré el dinero, en cuanto entregue
una comedia muy divertida, y te lo devolveré todo, te lo juro por Zeus.
Cinesias suspiró y sacó unas monedas de plata de su faltriquera. En total sumaban
cien dracmas.
—Mejor harías en ir de putas conmigo, en vez de ir de pleitos.
Aristófanes le besó la mano.
—Eres el mejor amigo que tengo.
Cinesias cabeceó con desaprobación y cada uno siguió su camino.
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CAPÍTULO X
La anhelante multitud que esperaba en el puerto del Pireo el regreso de las naves
estaba compuesta en su mayor parte por mujeres, ancianos, niños y esclavos no aptos
para la guerra. Se agrupaban en corrillos, por familias, y no cesaban de murmurar y
lamentarse de lo ocurrido para ir descargando la tensión. Después de las
tempestades de los últimos días, el mar estaba en calma y apenas rompía en los
batientes. La tarde estiraba sobre el cielo un ancho tul malva que se desflecaba en la
línea del horizonte donde ya se perfilaban las naves. Todos los ojos estaban clavados
en ellas, las contaban una y otra vez con angustia y nunca estaban todas. Venían
muchas menos de las que habían partido.
Entraron al fin ciento veinte trirremes de guerra en la dársena. Portaban antorchas
y velones negros en señal de duelo, por las veinticinco que se habían hundido en la
batalla. Silenciosamente fueron acercándose y atracando. El gentío comenzó a
prorrumpir en gritos de desesperación y llantos. Desolados, los soldados
desembarcaron arrastrando sus armas y pertrechos, olvidando mantener el decoro de
un guerrero. Mujeres gemebundas se abrían paso entre los supervivientes y
clamaban los nombres de sus maridos e hijos, buscándolos entre el tumulto,
desesperadamente.
Al fin, Aspasia sintió desfallecer cuando vio aparecer a su hijo Pericles entre los
almirantes. Corrió a abrazarlo, y los ojos se le licuaron. Pericles estaba abatido y
apenas respondió a las efusiones de su madre.
A la mañana siguiente, los ocho almirantes responsables del desastre naval
acaecido en las Arguinusas comparecieron ante la Asamblea para rendir cuentas de
sus actos. Se les veía aún extenuados por las jornadas sucesivas de navegación sin
víveres y moralmente abatidos. El jefe del ala del partido conservador, que había
participado en la batalla como trierarca, negó cualquier responsabilidad y culpó a los
almirantes, a quienes había dado órdenes de recoger a los náufragos, habiéndolos
provisto de naves bien equipadas para la misión. Les acusó de no haber cumplido
con su deber, arredrados ante la tempestad, y de haber negado el auxilio a sus
compañeros por querer antes salvar sus vidas.
Los incriminados, pese al estado en que se encontraban, se defendieron con ardor
ante la Asamblea. Los espartanos los tenían bloqueados cerca de Lesbos y habían
librado un duro combate que se inclinaba en su favor, cuando sobrevino la terrible
tempestad. Algunas naves encallaron contra las rocas de la costa y otras fueron
volteadas por el potente oleaje. El viento embestía los mástiles y las proas. Los
espartanos emprendieron la retirada, y ellos intentaron también poner parte de la
flota a cubierto, dejando otra parte para la misión de rescatar a los náufragos. Esta
misión correspondía a los almirantes, quienes trataron de dirigirse hacia donde se
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habían encallado y hundido los barcos, pero no había modo de gobernar las naves.
Los azotaba un torbellino de vientos anudados y las tinieblas se habían elevado de
las profundidades del Tártaro. Todo era oscuridad y caos. No se oían los unos a los
otros ni gritando con todas sus fuerzas. Los timones eran ingobernables. Se
agarraban a donde podían mientras el agua saltaba sobre ellos, mil fuerzas unidas
pugnaban por arrancarlos de cualquier asidero y lanzarlos al furor del oleaje. La
única forma de salir vivos era navegar en la dirección del viento por la línea de costa
y buscar un rincón más resguardado. Podrían haber sido muchos más los
desaparecidos si no hubieran actuado de esa manera. Así se expresó el portavoz de
los ocho almirantes.
Uno de los acusadores, miembro del ala conservadora, tomó la palabra. Calificó el
proceder de los almirantes de cobarde e indigno, y se refirió al delito de Estado que
suponía semejante traición a la confianza del pueblo en la omisión de sus
responsabilidades al mando de la flota. Habían recibido órdenes expresas de salvar a
la tripulación más expuesta, a los náufragos de las olas. Y en lugar de eso, optaron
por poner a salvo sus vidas y dejarlos morir.
La sesión de la Asamblea quedó interrumpida por el clamor de la multitud, que
exigía el sacrificio de los incriminados. Se montó un piquete de guardia para alejar a
la masa soliviantada, y se hizo un receso para deliberar.
Aspasia, ante el tinte dramático que estaba tomando la situación, se apresuró a
buscar ayuda. Acudió en primer lugar al embajador Pródico, por la amistad íntima
que les unía. Él escuchó sus súplicas, sinceramente conmovido por su desgracia, y le
prometió que intercedería ante el Consejo y haría lo que estuviera en su mano. Sin
embargo, veía que su capacidad de influencia en aquel juicio era nula. Cualquier
acción que emprendiera a favor de Pericles era contraria a sus funciones, constituiría
una irregularidad y sería percibida como una injerencia en los asuntos internos de
Atenas. No sólo no conseguiría nada a favor de Pericles, sino que su propio cargo de
embajador se vería amenazado.
—¡No me importa! —clamó Aspasia, furiosa—. ¡Evita que ejecuten a mi hijo!
Y comenzó a golpearle en el pecho, sin apenas fuerzas, para descargar en él toda
su rabia y frustración, hasta que sus rodillas flaquearon. Pródico la sostuvo contra sí,
la mantuvo unos segundos sintiendo las uñas de la mujer aferradas a su piel,
notando en cada jadeo extenuado cómo fluía en ella la desesperación al final de la
furia. Al cabo, cuando reunió fuerzas, se zafó de él, sollozando, y se apoyó en la
pared, mirando fijamente al suelo. Así quedaron unos segundos los dos,
sobrecogidos e impotentes. Pródico murmuró que, a pesar de todo, hablaría con el
Consejo.
Ni siquiera logró entrar en el Buleuterion donde estaban reunidos los
representantes del Consejo para deliberar sobre el procedimiento a seguir. La
guardia que formaba un piquete a la entrada del templo lo retuvo. Dentro se oían
enconadas discusiones. Pródico consideró fríamente lo que se disponía a hacer,
sentía que iba a dar un paso en falso y, por lo demás, inútil. Allí su presencia no sería
bien recibida. Los ánimos estaban muy encrespados, y sólo conseguiría empeorar las
cosas. Se sentó en las escalinatas de mármol a esperar y pensar, que era su forma
habitual de inacción. Vio venir a Aspasia con los ojos arrasados; sin dirigirle siquiera
53
una mirada, entró. Era la única mujer de Atenas a la que le estaba permitido poner
sus pies en este tribunal. Poco después salió acompañada de Sócrates, a la sazón uno
de los miembros del Consejo.
Aspasia y el filósofo tuvieron poco tiempo para hablar. El juicio a los almirantes se
reanudó muy pronto, en medio de una barahúnda popular. Ocurrió entonces un
hecho inesperado. Se presentó un testigo que declaró bajo juramento haber
sobrevivido al naufragio en un barril de harina. Al ser interrogado declaró que había
estado junto a las víctimas, y que no hubo un verdadero intento de rescatarlos. Y él
vio con sus propios ojos cómo se iban ahogando sus amigos en medio de la
tempestad, hasta que finalmente las olas le llevaron hasta una nave donde pudo ser
recogido. Algo en la manera en que narró su testimonio hizo sospechar a Aspasia
que era un impostor, que había sido sobornado para declarar contra los almirantes.
Pródico tuvo la misma impresión. Pero este testimonio fue determinante. El pueblo
exigía justicia. Los acusados, encadenados en presencia del Consejo, hubieron de
escuchar el clamor popular que exigía la condena. Puesto que se les acusaba de un
delito contra Atenas, la pena sería la muerte.
Sócrates fue el único que tuvo valor para salir en defensa de los acusados en
medio del fragor. Denunció el procedimiento anómalo de ese juicio sumario, en el
que los almirantes, tratados como reos, ni siquiera podían defenderse
individualmente, sino que eran expuestos como escarnio ante las iras colectivas, y
juzgados a degüello.
Su acusación de ilegalidad fue ensordecida por la indignación popular. Sócrates
quedó solo ante un Consejo sin capacidad de maniobra. Los ocho almirantes
escucharon idéntica acusación e idéntico veredicto. Al anochecer fueron despeñados
por la fosa del Báratro.
Pródico nunca olvidaría el reproche de Aspasia, frío, irrevocable:
—El silencio puede ser una civilizada atrocidad.
Al día siguiente de la ejecución de los almirantes, Pródico se embarcó en su
pequeña nave de la embajada y puso rumbo a Ceos, en las Cicladas. Ella ya no le
quería ver cerca.
Hubo una despedida parca y fría, en la que las palabras que hubieran necesitado
no acudieron a sus labios. Él estaba desgarrado y sin esperanza. Era consciente de
que pasarían años antes de que pudiera volver a Atenas, si es que lo hacía ya alguna
vez.
Ella le había desterrado de su corazón. Pericles, el hijo, y Pródico, el sofista, fueron
arrojados al mismo tiempo por una fosa. El hijo de Aspasia dejó allí su vida. El
sofista, su corazón.
Pero Aspasia enseguida se arrepintió de lo que había hecho.
54
CAPÍTULO XI
Durante el año siguiente, el sofista porfió por retomar las riendas de su vida sin las
asechanzas de los malos recuerdos. La tristeza era una mala compañera. Se consagró
a su trabajo como embajador, a las órdenes de Anaxandro, el gobernador de Ceos.
Obsequió a Protágoras con una copia del libro que versaba sobre su pensamiento. El
regalo proporcionó al maestro uno de los momentos más felices de su vida. Eso le
animó a seguir escribiendo. En su casa de Iulis, que le viera nacer, compuso otros dos
libros más, uno titulado Sobre la naturaleza del hombre y el otro Las estaciones. En ellos
ejercitó su estilo de escritura más que su pensamiento. De cuando en cuando departía
con su amigo Gorgias. Este prefería los largos y ampulosos discursos a las frases
ligeramente sentenciosas y concisas de Pródico. Sus diferencias afinaron la
inclinación del sofista de Ceos por el rigor de los términos, lo cual le llevó a gestar
una obra más larga y madura donde se reflejaba su preocupación por el lenguaje. Se
tituló Ensayo de sinonimia y se entretuvo en ella durante un lustro, ya que le permitía
introducir constantemente reflexiones nuevas sobre el uso indebido del lenguaje, tan
fácil de detectar, incluso en buenos oradores, como Demócrito y Antístenes. Su
maestro pudo conocer algunos primeros manuscritos, esbozos más que textos
acabados, y le animó a acometer por vez primera un verdadero análisis lógico del
lenguaje en el que se llegara a precisar el valor de las palabras que tuvieran un
significado semejante, pero no idéntico. Y es que ambos estaban convencidos de que
en la riqueza de la lengua griega residía el filón de saberes aún inexplorados, pero
también en sus límites se encontraban los límites del conocimiento.
Para desgracia de Pródico, Protágoras de Abdera nunca pudo ver concluido este
libro: murió en un naufragio cuando se disponía a enviárselo.
Pródico se sentía un sofista más en su identidad y talante personal que en su
ejercicio habitual. Y el fracaso con la mujer que tanto amaba le había cambiado el
carácter. Era una cierta misantropía poco afín con el espíritu de un educador: le
faltaba paciencia y verdadero amor por sus alumnos, y a menudo no se molestaba en
bajar al nivel básico que éstos requerían. Prefería entretenerse con oyentes de cierto
nivel cultural, para impartir sus lecciones retribuidas sólo en los niveles más
avanzados, lo cual —y bien lo sabía él— iba en contra del espíritu de la sofística.
Tuvo la fortuna de contar entre sus discípulos a hombres de verdadero talento, como
Tucídides y Eurípides. Y habiendo tenido alumnos así, en adelante ya no quiso
conformarse con otros de menor alcance, así que no tardó en abandonar la
enseñanza.
Por otra parte, el arte de mezclarse en las intrigas políticas le proporcionaba un
placer más íntimo, diríase que perverso, y en adelante dedicó la mayor parte de sus
bien racionados esfuerzos a las misiones que le encomendaba el gobernador de la
55
isla.
Por dentro, cuando tenía tiempo de sondearse, se sentía como si algo
definitivamente íntimo e imprescindible se hubiera quedado allí, sepultado, al otro
lado del mar.
Por eso, una vez hubo pasado un año de aquello, Pródico decidió probar suerte.
Cierto defensor de la Sabiduría Absoluta había hecho gala de su desprecio a la
sofística diciendo que una vez que un sofista te convence de una tesis, a continuación
pasa a convencerte de la contraria. Bien, era toda una máxima de la que sentirse
orgulloso. ¿Por qué se encontraba ahora hundido? ¿Por qué había caído en
desgracia? Al negarse a defender a su hijo ante la comisión de notables, la había
persuadido de que no merecía su estima. Ahora se sentía en la necesidad de
convencerla de que, precisamente por haberse abstenido de intervenir, merecía más
que nunca su amor. Pues si con buenos argumentos se puede hacer creer a un
hombre cuerdo que una tortuga corre más rápido que una liebre, ¿acaso no se puede
conseguir que una madre perdone a quien no impidió morir a su hijo?
El sofista de Ceos se empleó a fondo en este propósito, y trazó su principal línea
argumental: de la muerte de Pericles, hijo de Aspasia, no tenía culpa ni él ni la
Asamblea que lo juzgó y condenó, sino la guerra en la que absurdamente se había
implicado Atenas, sacrificándolo todo.
Un mes después de su partida de Atenas empuñó el cáñamo para escribir a
Aspasia, y lo hizo con estas razones:
«Querida Aspasia.
Lamento profundamente la muerte de tu hijo y en cierto modo me
siento responsable. Y aún más lamento que se haya dañado tanto nuestra
amistad.
Traté de explicarte en Atenas por qué me abstuve, pero no estabas en
ánimo de escucharme. Quizá puedas hacerlo ahora.
Represento, como sabes, a una pequeña isla en el racimo de las
Cicladas, estamos en una posición de debilidad, y nuestra diplomacia
siempre se basó en una alianza neutral: Atenas insistía en que no había
neutralidad posible: o estábamos con ellos, o con los enemigos. Entonces,
nosotros dijimos: está bien, seamos aliados, pero aliados neutrales. La
prudencia nos aconsejaba no oponernos a ninguna de las partes. Y
firmamos esa amistad con Atenas que nos eximía de tomar parte en esa
guerra. Pero nuestra posición ha sido siempre en extremo delicada.
Tu petición de auxilio me creó un conflicto de intereses. Mi interés
individual era ayudarte e influir en quienes tomaron parte en el proceso,
pero el interés colectivo me exigía mantenerme al margen. Y tú me pedías
que metiera la mano en la jaula del león. Créeme que mi decisión fue muy
dolorosa y lamenté haberla tomado.
Sólo confío en obtener tu perdón y recuperar tu afecto, que tan caro me
es.
Tuyo siempre:
Pródico.»
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La respuesta llegó al cabo de un mes.
«A Pródico, embajador de Ceos, sofista:
De poco te servirá conceder razones, Pródico. Tu juego de invertir los
términos no da resultado conmigo. Demasiado frío, intelectual.
Sin embargo, aprecio lo honesto de tu intención y la valentía de
escribirme, después de todo.
Yo tampoco te he olvidado.
Aspasia.»
En Sócrates encontró pronto Antemión a su verdadero padre. Por otra parte no
ignoraba que era un hombre pobre, vivía sin nada, vestido con un quitón viejo y
sucio, y tenía por casa un chamizo incómodo en un barrio humilde, rodeado de
basura y de ganado, y sin esclavos.
Estaba al corriente de las burlas y comentarios que sobre él circulaban por ahí,
sobre todo desde que había sido satirizado por Aristófanes en Las nubes, una de sus
más populares farsas.
Las cosas no se presentaban fáciles para el hijo de Anito. El quería una solución
conciliadora con sus intereses, que no comprometiera tanto su actual forma de vida,
en la cual la práctica de deportes y el cultivo del cuerpo tenían una parte importante.
No obstante, el sacrificio que representaba una renuncia a todo lo que había sido
suyo desde su nacimiento le parecía excesivo. Sencillamente no se sentía preparado
para el cambio radical que le exigía una ruptura consecuente con su padre. Por otra
parte, Anito se lo dijo claramente: o se ponía a trabajar con él o no lo mantendría en
su casa. Y no estaba dispuesto a sufragarle otra ocupación que no fuera la de atender
el negocio familiar, aunque entrase como aprendiz, y asumir las responsabilidades
que recaían sobre él. La única forma de mantener sus privilegios era aceptando las
condiciones que Anito le imponía, y acerca de las cuales no le concedía la menor
ambigüedad o vacilación. Si persistía en su empeño de seguir su propio camino,
tendría que hacerlo sin ninguna ayuda de su padre.
Sócrates tampoco quiso infundirle falsas esperanzas. No le dijo lo que necesitaba
oír: consuelos, pretextos ni soluciones fáciles. Se limitó a hacer que Antemión fuera
consciente de todas sus ataduras familiares, y reconociera que realmente no podía
vivir sin estar apegado a los placeres y las riquezas, y que por tanto en eso no se
diferenciaba tanto de su padre. Antemión comprendió hasta qué punto era débil y
dependiente, y se sentía humillado tanto por su padre como por Sócrates, aunque
admitiera que el filósofo estaba en lo cierto. Sócrates no se ponía a favor ni del uno ni
del otro, no incurría en la trampa de defenderlo, simplemente le ayudaba a encarar la
dura realidad, que él se obstinaba en eludir una y otra vez. No tenía escapatoria.
Debía decidir.
Sin embargo, le daba miedo tomar una decisión irrevocable, sin posibilidad de
volver atrás. Entonces optó por una nueva estrategia: discutió con su padre para
convencerle de que no tenía derecho a exigirle llevar la misma vida que él, y empleó
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la dialéctica socrática. Fue un grave error. Aquella forma de hablar que adoptó su
hijo le era familiar: le recordaba a cierto sujeto apodado «el tábano de Atenas» sin
otra fama ni ocupación que la de juzgar la vida de quienes, como él, se ganaban la
vida honradamente con su trabajo.
No tardó en confirmar sus sospechas: algunos amigos le revelaron que en los
últimos tiempos lo habían visto a menudo hablando con el filósofo. Anito fue a verle
personalmente y le amenazó con tomar muy duras medidas contra él si volvía a
hablar con su hijo. Sócrates quedó muy sorprendido por esta repentina visita. Y no
por ello dejó de verse con Antemión, sin importarle que más tarde pudiera
presentarse de nuevo el padre iracundo, como de hecho ocurrió durante los meses
sucesivos. Anito nunca llegó a agredirlo físicamente porque resultaba demasiado feo
pegar a un viejo, tampoco pudo destrozarle sus bienes personales, ya que era pobre.
Aun así, Anito tenía una idea, y le juró que acabaría con él.
«¿Eso es lo que quieres ser, un inútil y un ocioso como Sócrates? —le gritaba a su
hijo—. ¿Así quieres acabar tú, como un vulgar mendigo? ¡Eres la deshonra de la
familia».
Incapaz de superar la disyuntiva en la que estaba enfangado, y más alejado que
nunca de su padre, Antemión decidió buscar un refugio fuera de casa, en algo que al
menos le mantuviera apartado de su familia durante buena parte del día. Observaba
a la gente trabajar, pero no encontraba nada que le interesase verdaderamente, pues
cuanto veía eran oficios manuales, toscos, al alcance de cualquier patán. Vagaba por
ahí todo el día, cavilando, entraba en las tabernas y bebía sin control, y volvía tarde a
su casa lo bastante ebrio como para que no le afectara ya la represalia de su padre, o
incluso éste desistiera ya de recordarle el error que estaba cometiendo. Viéndolo en
ese lamentable estado, Anito lo obligó a ponerse a trabajar en su curtiembre, mas no
consiguió doblegar su voluntad; seguía escapándose siempre que podía para irse a
merodear por ahí con sus amigos, por las tabernas.
Se había convencido a sí mismo de que era demasiado inteligente como para
dedicarse a algo tan vulgar como curtir pellejos o ser un comerciante. Hizo algunas
tímidas tentativas con las artes de las musas, pero éstas parecían huir despavoridas
tan pronto como eran convocadas por él.
También se apoyó mucho en su mejor amigo, Arístocles, más conocido por su
apodo: Platón. Vivía en el mismo barrio que él y era miembro de una de las más
notables familias aristocráticas, descendiente del rey ático Codro. Su madre,
Perictione, venía de la rama de Dropides, familiar de Solón, y era amiga íntima de la
madre de Antemión. Había enviudado de su primer marido, Aristión, un demócrata
muy influyente. La pérdida de su padre marcó a Platón desde su más temprana
infancia y era quizá ese sentimiento de orfandad lo que despertó la amistad de
Antemión.
Platón y Antemión eran amigos desde los diez años. Entonces, salían a jugar
juntos por el ágora, entre los tratantes correteaban, peleaban en la arena de la
palestra, practicaban deportes y cultivaban la poesía. Platón le ganaba en la lucha y el
lanzamiento de disco. Era un muchacho robusto, orgulloso, y se sentía unido a un
alto destino. Cuando ganó sus primeras condecoraciones contaba quince años y tenía
tan anchas espaldas que los amigos le pusieron el apodo que llevaría en adelante.
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Poco después, Platón abandonó los deportes y se inició en la poesía. Critias, su tío, le
instruyó en la elegía y el hexámetro, disciplinas en las que él demostró un gran
talento.
Para entonces Antemión acababa de conocer a Sócrates y se encontraba tan
maravillado por su descubrimiento que no pudo evitar contárselo todo a Platón y
contagiarle su febril admiración por él. Fue el momento oportuno, porque Platón
comenzaba a ser superior a su maestro Critias, y buscaba un modelo que le
satisficiera plenamente. Lo encontró en Sócrates. Tenía dieciocho años cuando Platón
se allegó al círculo del filósofo y se convirtió en su discípulo predilecto. Antemión,
por su parte, iba sufriendo el rechazo de aquél al tiempo que veía cómo su amigo
prosperaba y crecía en sabiduría. Se sintió desplazado y comenzó a ver a Platón
como un rival. La suma de envidias y rencores propició una pelea entre los dos de la
que Antemión salió con un brazo roto y la determinación de alejarse de él para
siempre.
Antemión se entregó compulsivamente a la bebida. Sin amigos, abandonado por
Sócrates y por su propio padre, se sentía hundido. De vez en cuando aún llamaba a
la puerta del maestro, suplicante, pero sólo conseguía deteriorar aún más su
dignidad. En adelante se dedicó a vagar por ahí, entre borrachera y borrachera,
cuando su padre no conseguía apresarlo y meterlo en casa, no tanto por él como por
su propia reputación: había decidido seguir manteniéndolo para que no acabase
como un mendigo o un maleante. Poco después tuvo que ir a combatir en la gran
guerra. Tampoco fue un soldado ejemplar.
Anito, por su parte, continuó medrando. Había sabido rodearse de eficaces
gestores y asociarse con personas influyentes. Sus aspiraciones iban más allá de ser
un hábil comerciante; se preparó para la oratoria y la política y se relacionaba con los
sectores ideológicos que mantenían viva la llama de la democracia. Ambicionaba ser
elegido estratega. Cuando se produjo la derrota en la gran guerra y la tiranía se
instauró en Atenas con el Régimen de los Treinta, cinco mil demócratas
emprendieron el camino del exilio, pero Antemión no quiso seguir a su padre. Un
año después, los demócratas exiliados habían formado ya un ejército a las órdenes de
Trasíbulo. Anito encabezaba el frente por la reconquista de Atenas y combatió
valerosamente. Aquellos sucesos marcaron el inicio de su ascenso imparable a los
círculos de mayor influencia, en el periodo de restauración de la democracia. Era
sabido que respetó la vida de los prisioneros, y promovió la amnistía para los
sublevados, con el mérito añadido de que él fue uno de los que había sufrido
mayores pérdidas en sus propiedades, con las usurpaciones del Consejo de los
Treinta.
Nunca olvidó el ultraje de Sócrates y estaba dispuesto a ir hasta el final en su
deseo de hundirlo. Tiempo atrás había iniciado una campaña difamatoria, con otros
compañeros que también se habían sentido agraviados o humillados por el filósofo.
Anito comenzó a investigar seriamente la vida de Sócrates desde que tuvo noticia de
que no había huido con los demócratas durante el gobierno de los Treinta Tiranos.
Eso era un claro indicio de condescendencia con los tiranos. La prueba era que éstos
respetaron su vida. Se enteró de que años atrás había sido maestro del que sería el
principal cabecilla del régimen y el más sanguinario de todos ellos: Critias. Y cuando
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consideró que había reunido suficientes pruebas para acusarlo de deslealtad y
traición, y de corromper a la juventud con enseñanzas nocivas, lo citó en los
tribunales. Sintió que había llegado su gran oportunidad para satisfacer su ansia de
venganza y restaurar su honor. Creía poder vencerlo, demostrar su culpabilidad y
condenarlo a muerte. Por eso se preparó a conciencia el juicio. Era su gran
oportunidad.
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CAPÍTULO XII
En las últimas semanas no se hablaba de otra cosa. La noticia había corrido de
boca en boca por toda la ciudad, provocando reacciones de toda laya: regocijo, alivio,
pasmo, indignación o tristeza, pero nunca indiferencia. Sin duda, a la persona a la
que más afectó fue a Aspasia.
Angustiada, la dama fue a visitar a Sócrates. Recordaba cómo éste había hecho
todo lo posible por salvar una vez a su hijo y se sentía profundamente en deuda con
él. Sabía que la vida de su amigo estaba en peligro, aunque él no pareciese o no
quisiera entenderlo.
Lo encontró recostado al sol del patio, mientras, dentro del chamizo, su mujer
Jantipa intentaba calmar los berridos del bebé. El viejo estaba muy tranquilo, como si
nada de aquello fuera con él, ni los berridos de su hijo, ni la crispación de su mujer,
ni la amenaza del juicio. Aspasia le preguntó si había preparado su defensa.
—Mi defensa es mi vida —contestó.
En vano intentó ella hacerle ver que ese alegato sería insuficiente ante el tribunal.
Sócrates no se inquietó lo más mínimo, no tenía nada que ocultar y estaba seguro de
que las injurias y calumnias caerían por su propio peso. Aspasia lo veía desde una
perspectiva más realista, conocía a Anito y sabía lo que se proponía.
—No quiero engañarte, Sócrates. Tienes enemigos poderosos. ¿Conoces los cargos
que te imputan?
—¿Cómo voy a saberlo?
La dama se sentó junto a él. Meditó antes lo que iba a decirle. Quería encontrar las
palabras exactas, porque sabía que iba a ser extremadamente difícil convencerle. Ya
iba preparada para todo eso.
—Escucha, Sócrates. Sé que tu serenidad es la prueba de tu virtud, tus amigos lo
sabemos, y confío en que así lo puedas transmitir al jurado. Pero sé cómo son estos
juicios, recuerda que yo sufrí uno en carne propia. Recuerda lo que ocurrió con
Protágoras o Eurípides. Es una trampa mortal. Van a ir por ti. Y tienen argumentos
que te pueden hacer mucho daño, no importa que sean falsos. A veces basta
introducir en el jurado una ligera sospecha, Sócrates, y si las acusaciones son muy
graves, e implican un riesgo para la estabilidad de la polis, aunque no haya pruebas
fiables, no lo dudarán. Tú sabes cómo están las cosas ahora, la gente tiene miedo,
desconfía de todo y no quiere que vuelvan a ocurrir desgracias como las que hemos
sufrido recientemente. He podido saber algo del argumento de la acusación,
Sócrates, y es de calado político. Están decididos a hundirte. Conocen tus puntos más
débiles, van a insistir en tu relación con Alcibíades y con Critias. Basta que suenen
estos dos nombres en un tribunal para que se produzca un temblor de tierra. Ese
Anito se lo ha preparado bien, y tiene apoyos. Es un hombre poderoso, tú lo sabes.
61
Vas a tener que emplearte a fondo en tu defensa. Estoy muy preocupada.
—Son sólo calumnias, querida Aspasia. ¿A quién pretenden impresionar?
—¡Sócrates! —Aspasia no pudo reprimir un sollozo—. ¡Debes preparar tu defensa!
Él la miró en silencio, compadeciéndose de ella y sin saber qué hacer. Aspasia
recuperó el dominio de sí misma, y sacó un rollo de papiro que guardaba en una
bolsa de lienzo bajo su ropa. Se lo extendió. A primera vista, Sócrates ya adivinó que
se trataba de un discurso judicial de defensa.
—Léelo atentamente. Es de Lisias, el logógrafo.
—No tenías que haberte molestado, Aspasia.
—Léelo de una vez, te lo suplico.
Sócrates hizo lo que Aspasia le pedía. La primera parte era una formularia
exposición de patriotismo y fidelidad a Atenas, y tras negar con cierta rotundidad los
cargos esgrimidos contra él, pasaba a rematarlo con un final que se precipitaba hacia
lo sentimental:
Así pues, atenienses, es falso que yo haya incitado a los jóvenes contra nuestras sagradas
tradiciones religiosas y democráticas. Es tiempo, en cambio, de recuperar la fe en nosotros
mismos y de encomendarnos a los dioses que velan por la paz y la concordia, recuperando el
espíritu de Pericles y reconstruyendo la ciudad para devolverle su antiguo esplendor. Amo a
Atenas, como todos sabéis, pues jamás me alejé de la ciudad sino cuando fui llamado a la
guerra para defenderla. Jamás cometí impiedad, y en mis diálogos con mis jóvenes amigos no
osé poner en duda los principios de la polis, sino más bien conducirlos por el camino de la
virtud y la moderación, para servir con rectitud a nuestra divina ciudad, por eso pido vuestra
comprensión y clemencia. Habéis escuchado mis palabras, admirable jurado. Nunca he tenido
propósitos que ocultar, tampoco ahora. Pero no sólo hablo por mí. Mi mujer y mis hijos sufren
esta afrenta aún más que yo, que soy anciano y mi vida se dispone a llegar a su término.
Pensad que aún tengo que ocuparme de una familia y sobre todo del más pequeño de mis
hijos. Reflexionad sobre todo esto, y juzgad si merezco este proceso y tantas injurias dolorosas
para mí pues no hay calumnia más dañina para el honor que poner en duda mi fidelidad a la
ciudad de Atenea, resplandeciente de sabiduría y terrible en su ira con quienes la traicionan.
Atenas, la ciudad más bella que haya contemplado jamás un hombre.
Sócrates levantó la vista y tropezó con la mirada inquisitiva de su amiga. Toda su
rígida postura parecía expresar su ferviente deseo de que Sócrates aceptara recitarlo
en su discurso de defensa.
—¿Qué te parece?
—Es hábil, elocuente y conmovedor. Te lo agradezco sinceramente, pero sé
defenderme solo, Aspasia.
Ella se daba cuenta de que le había desagradado por completo, y al calificarlo de
elocuente se refería a artificioso, y, al decir conmovedor, a tramposo y adulador. Lo
había temido desde el principio.
Se sentó junto a él y lo encaró firmemente, cosa en cierto modo innecesaria, pues
Sócrates no acostumbraba a rehuir las miradas.
—Escúchame bien, Sócrates, y no seas obstinado. No basta con que tú estés seguro
de tu inocencia. Has de convencer al jurado de que lo eres. Y al jurado no va a
62
conmoverlo el que tú alegues tu vida como ejemplo de virtud y fidelidad a Atenas.
Tendrás que mostrárselo ahora, como si nunca lo hubieras hecho antes, como si
tuvieras que empezar de nuevo, desde el principio. No pienses que conocen lo que
has hecho, piensa más bien que esos hombres que van a escucharte y a decidir sobre
tu inocencia o culpabilidad albergan extraños recelos contra ti, cuya naturaleza ni
siquiera sospechas. Tendrás que poner de manifiesto que eres inocente en cada
palabra que pronuncies, en cada aliento que exhales. Tus argumentos deben ser
mejores que los de la acusación, más sólidos y convincentes, y, al mismo tiempo,
refutar sus razones. Y eso, Sócrates, significa que has de servirte de una buena
oratoria.
—Una buena oratoria no es la que procura engañar a los jueces sirviéndose de
artificios, como haría Pródico.
—¿Artificios? —suspiró Aspasia, desconcertada. Se levantó, anduvo un poco,
meditando lo que acababa de oír. Hizo un nuevo esfuerzo por atemperar sus nervios.
¡Cómo podía ser tan terco! Volvió a él reuniendo toda la dulzura en su mirada—.
Sócrates. Por favor, tú no entiendes de estas cosas, escucha mis razones y no
desestimes lo que te ofrezco sin antes meditarlo bien. Recuerda que está en juego tu
vida, pero piensa también que tienes un hijo. No te estoy pidiendo que hagas de tu
defensa un burdo manejo, te pido sencillamente que prepares tu defensa, porque
temo que emplees un método que en el tribunal te servirá de poco. Sabemos que
Lisias tiene un gran talento para persuadir y conmover, pero gracias a eso ha librado
de la muerte a muchos de sus defendidos. Y eso es exactamente lo que necesitamos.
—Si un buen discurso puede convencer a un jurado de que un criminal es
inocente, o a un hombre justo de que es culpable, lo mismo se debe aplicar a los
discursos que defienden la inocencia del inocente o la culpabilidad del culpable:
todos son engañosos por cuanto que son condenados o redimidos por las artimañas
de la retórica.
—De nada te valdrá ser tan purista, Sócrates. Los juicios están llenos de
impurezas. Esa autenticidad que tú pretendes es una quimera, un imposible. ¡Sé
realista, te lo ruego!
—Toda mi vida he defendido lo que te estoy diciendo, Aspasia. No puedes
pedirme ahora que, por miedo, adopte una actitud contraria a mis principios.
—Comprendo lo que quieres decir. Conozco de sobra tu rechazo a la retórica, y
hemos hablado mucho de este asunto con sofistas como Pródico o Protágoras, en los
salones de mi casa. Pero ahora estamos en una situación de vida o muerte. Y debo
recordarte que la retórica es, te guste o no, la base de cualquier sistema legal. De
momento, no existe otra forma de defender o acusar más efectiva. Jamás
dispondremos de pruebas materiales suficientes para que no sean necesarias las
palabras. La verdad siempre se nos escurrirá de las manos como un pez. Nos
acercaremos a ella con nuestros torpes razonamientos, intentaremos hincarle el arpón
de la razón y descubriremos que el pez no estaba donde vimos su reflejo.
—Puede que tengas razón, Aspasia, pero ya sabes que la sabiduría práctica nunca
ha sido mi mejor virtud.
Finalmente comprendió que Sócrates había desistido de seguir explicando su
postura, porque no estaba dispuesto a abandonarla, y ya sólo quería mostrarse
63
amable con ella. Aspasia sintió una oleada de rabia e impotencia; le quería
demasiado como para permitir que cayera en la trampa que le habían tendido. Él
había intentado defender a su hijo en aquel juicio infame y ahora ella se veía en la
obligación de corresponderá en la deuda. Habría hecho lo que fuera por evitar el
desenlace que se avecinaba de forma inexorable. Pero la misma solidez de la filosofía
de su amigo se basaba en su intransigencia. Jamás le haría cambiar de parecer. La
batalla estaba perdida.
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SEGUNDA PARTE
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CAPÍTULO XIII
Desde lo alto del promontorio de Ceos se divisaban las falúas fondeadas en la
orilla, entre pequeñas rocas rojizas, y los pescadores preparando sus aparejos. La
calima disolvía el azul del mar en un gris metálico. La villa del gobernador de la isla
era una buena atalaya para otear el horizonte, daba vista a la ciudad de Ioulis, a sus
pies, y estaba bien resguardada del céfiro por una colina lampiña donde aguantaban
incólumes los olivos. Se llegaba a ella por un tortuoso camino que ascendía desde los
alrededores del acantilado. A media hora de caminata se levantaba la mole de piedra
con forma de león gigantesco, en recuerdo de una antigua leyenda, según la cual las
ninfas habían vivido felices en Ceos hasta que apareció el león, tras lo cual huyeron a
la costa de Eubea. Sin musas que inspirasen grandes obras, la isla se mantenía
tranquilamente de las minas de plata, cobre y obsidiana. Alrededor de la cima del
monte, la hierba estaba seca y raleada por las cabras que pastaban en la ladera, pero
aún se encontraban pequeños grupos de adelfas y alguna que otra amapola como
extraviada entre los zarcillos y abrojos.
Pródico ascendía el repecho renqueando y secándose el sudor de la frente con un
paño. La luz se quemaba en los pinos. A ratos sus pasos se hacían tan cortos y
cansinos que parecía no avanzar. A sus sesenta y seis años odiaba hacer esfuerzos,
aunque su médico le dijera que cada paso que daba alargaba un instante la vida. El
sol estaba a punto de alcanzar el mediodía y ya hacía hervir el aire. Asomaban
algunas nubes, pero no parecían de momento dispuestas a dejar caer una sombra,
hasta quizás algo más tarde. A medida que se acercaba al borde del acantilado,
ascendía el rumor ronco y cadencioso del mar y el aire era salobre y con olor a algas.
Habían transcurrido siete años desde que el sofista supo que el silencio puede ser
una civilizada atrocidad. Todos los días lo recordaba.
Ahora pensaba solamente en el gobernador de Ceos y ensayó una sonrisa al pasar
bajo la arcada del patio. Se detuvo unos instantes en la penumbra fresca de la
entrada, apoyando la espalda contra el muro de piedra, y recabó fuerzas antes de
salir al exterior donde el sol de nuevo le dio de lleno en los ojos. El jardín de
madreselva estaba dormido al bochorno del mediodía. La esclava Alcipe baldeaba el
agua desde el pozo para refrescar el aire de las estancias interiores. La saludó con el
gesto afable y algo mecánico de la costumbre. Ella se azoró un poco y humilló los
ojos. Pródico recordaba vivamente aquel tiempo en que acarició sus axilas y sus
nalgas, cuando era un alegre y brioso muchacho, y ella una tímida cabrera que
llevaba en la piel el aroma de los olivos. Ambos se habían visto crecer y envejecer
como testigos mudos que se daban cita en ese patio de piedra y madreselva que
recorría un sol sin prisa. Ahora estaba como él, arrugada por la edad y la intemperie.
Cruzó el patio y comenzó a subir los peldaños penumbrosos que daban al salón de
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recepciones, precedido por uno de los guardianes que le esperaba. Sabía que el
gobernador le haría reconsiderar una vez más su decisión, que emplearía para ello
sus mejores trucos de persuasión y ofertas aún más generosas que aquellas con las
que consiguió retenerle en el cargo de embajador durante un lustro más. Imaginó —
para ponerse en guardia ante esta eventualidad— que abría un cofre ante sus ojos, se
preparó para un nuevo deslumbramiento de joyas y riquezas, botines de guerra, o
incluso aquellos fastuosos regalos de otras islas y pueblos que le habían hecho llegar
sus vecinos poderosos, precisamente haciendo uso de su embajada y mediación. Se
preparó para el discurso de siempre, el vacío irreemplazable que dejaba, ante la falta
de candidatos dignos de confianza para cubrir su puesto, la delicada situación
política que atravesaba Ceos, la emergencia de las misiones que le tenía
encomendadas y un sinfín de cosas más.
Aquel pedazo de tierra volcánica había sobrevivido casi incólume a terremotos y
varias décadas de guerra, manteniéndose en los márgenes de una astuta diplomacia
de pactos y negociaciones; por ella habían pasado poblaciones deportadas, ejércitos,
piratas, bárbaros, pero ahora que llegaba al fin la paz —la paz que sigue a un tifón—
Pródico estaba demasiado cansado de resistir a la historia y quería dedicar el tiempo
que le quedaba a la filosofía. Esta vez su renuncia al cargo de embajador sería
inapelable.
Agachando un poco la frente bajo el dintel y golpeando las losas con el cáñamo de
las sandalias, entró en el vestíbulo, se hizo anunciar en la sala de audiencias y fue
conducido desde la entrada por dos esclavos nubios de torso aceitado. El gobernador
estaba enrollando unos pliegos tras una mesa flanqueada por enormes vasijas. Al
verle entrar despidió a los esclavos con un gesto displicente y le ofreció asiento
despejando un diván de cojines. También el gobernador estaba canoso, y, a pesar de
que era quince años más joven que Pródico, el tiempo le había tratado mucho peor.
Ahora un plumón blanco y sedoso flotaba sobre su calva angulosa. Vestía de lino y
sin muchos adornos.
—Me han dicho que querías verme —dijo Pródico, amablemente.
—Un emisario con aspecto de eunuco ha traído esto desde Atenas —alzó un
grueso pliego enrollado y lo miró como si fuera un objeto extraño—. Pensé que era
un libro, pero resulta que es una carta. Una carta bien larga. Menuda decepción
cuando vi que no iba dirigida a mí, sino a un tal embajador de Ceos.
Anaxandro, el gobernador, preparaba unas copas de plata para el vino. Por la
rejilla de la ventana llegaba el chirrido adormecedor de las cigarras.
—¿Una carta? —el sofista alzó una ceja.
—Escrita con una hermosa letra.
Pródico tomó la copa que el otro le ofrecía y bebió un trago. Tenía la garganta seca
por la caminata.
—Debe de ser alguien que te tiene en gran consideración —compuso una sonrisa
infantil.
Pródico no dio muestras de mucho interés. Anaxandro hizo amago de poner en su
mano el grueso rollo, pero rectificó el ademán. Prefirió demorar la sorpresa.
—¿De modo que, amigo Pródico, esperabas un mensaje importante?
—Yo no espero nada importante —cabeceó.
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—¿No sabes de qué se trata? ¿Ya pretendes ocultarme los mensajes del exterior?
—¿Quién ha hablado de ocultar? Aún no sé qué te traes entre manos, querido
Anaxandro.
—¿Estáis tramando alguna conjura a mis espaldas? —bromeó, extendiéndole el
pergamino.
Seguramente —pensó el sofista— el gobernador necesitaba alguna intriga política
que desentumeciera sus miembros y diera alguna ocupación a su mente, porque iban
pasando los meses y no se acostumbraba a la nueva estabilidad.
El sofista lo abrió y quedó muy sorprendido al ver el remitente. El nombre que allí
figuraba le removió algo por dentro; primero fue un íntimo sobresalto, y luego un
delicioso cosquilleo de dicha. No esperaba que fuera precisamente de la única
persona del mundo de quien de verdad anhelaba recibir una carta. Sus ojos delataron
su ansiedad. Ahora Anaxandro estaba aún más intrigado. Apenas podía disimular su
curiosidad.
—¿Alguien influyente?
Pródico sonrió dándole la espalda. Era su turno para hacerle rabiar un poco.
—Alguien influyente —remedó.
—¿Motivos políticos?
—Es posible.
—¿Cómo que... es posible? ¿Vas a decirme de quién se trata o no? —refunfuñó.
—No lo creo.
—¿Y se puede saber por qué?
—Tú conoces a esta persona.
—¿Ah, sí? Podría haberme escrito a mí. ¿De dónde es?
—Ateniense.
—¿Me vas a poner a hacer adivinanzas?
—En política ha sido tan célebre como el mismísimo Pericles.
El gobernador se quedó quieto y parpadeando unos instantes, un tic que tenía
cuando algo lo desconcertaba.
—Ningún político ha sido tan célebre como Pericles, al menos que siga vivo.
El sofista sonrió por el recuerdo y dijo:
—Pericles nunca hubiera sido el que fue sin la influencia de esta persona.
—¿En serio? —sonrió también, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. ¿Alguien
cercano a Pericles? Vaya, vaya..., ¿quién podrá ser?
El embajador hizo chasquear los huesos de las muñecas para distraerse mientras
rondaba a Anaxandro, intrigándolo con sus acertijos.
—De hecho, le escribía los discursos a Pericles.
—¿Hablas en serio? ¿Un político tan importante como Pericles y que le escribía sus
discursos? ¿Y yo lo conozco? ¿Qué estoy haciendo en esta isla, por Zeus?
—¿Y bien? —dijo Pródico—. ¿Te rindes?
—Dímelo ya, antes de que me lleven al Hades.
—Es una mujer.
El gobernador se quedó perplejo. Al cabo sonrió y se llevó una mano a la calva:
—¡Aspasia de Mileto! ¡Qué estúpido soy! ¿Cómo no se me ocurrió antes?
Pródico se acercó a él y le dio un golpecito en la cabeza, como si llamara a una
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puerta con sigilo.
—Te diré por qué, querido amigo. No te paraste a considerar que podía no ser un
hombre.
—Cierto. ¿Cómo iba a imaginar semejante extravagancia?
—La mitad de la humanidad es mujer, necio.
Anaxandro se echó a reír como si fuera un ingenioso chiste y se sirvió una nueva
copa de vino pensando sombríamente en su mujer, que estaría hilando en el telar.
El embajador acarició los pergaminos y los acercó a su rostro como si pudiera oler
en esa letra la mano que la escribió. Anaxandro adivinó sus pensamientos:
—No pensarás marcharte a Atenas, dejando tus obligaciones.
Pródico se volvió a él y le dirigió sus ojos somnolientos.
—No sé aún si me voy a ir a alguna parte, pero siento decirte, Anaxandro, que mis
obligaciones contigo han terminado.
—¿Qué dices? —se alarmó.
—Definitivamente, renuncio —sintió un regocijo interior, una especie de infantil
liberación, y tomando un manojo de uvas de un festón se las llevó a la boca, y desafió
la indignación de su amigo mostrándole un buche lleno.
—No te dejaré. Te di el cargo vitalicio.
Pródico asentía, entretenido en escuchar su réplica, una disertación sobre sus
deberes y responsabilidades, el sentido de la fidelidad, la misión personal que se nos
ha encomendado a cada uno. Pocos lo hacían tan bien como él. Siguió comiendo uvas
un rato más, y al final, cuando el otro paró, le dijo que la política le aburría, que
siempre le había aburrido, y que sólo se quedaría por diversión, no por obligación.
—¿No te diviertes aquí, conmigo? —le espetó Anaxandro con desesperanza.
—¿Qué porvenir me espera si permanezco aquí, como fiel embajador? Pasarme los
días hablando contigo de los tiempos pasados, de nuestras buenas acciones, para
reconfortarnos e irnos anquilosando poco a poco hasta que seamos un par de viejos
chochos y dignos de lástima. No, gracias, no quiero pudrirme aquí, en esta isla donde
nunca pasa nada desde que reventó el último volcán.
El gobernador se puso en pie y adoptó un profundo gesto de contrariedad y
disgusto que le afeó aún más la vieja cara. Ahora no le cabía duda de que hablaba
totalmente en serio.
—¿No te has parado a pensar cómo resuelvo sin tu ayuda todos los problemas que
nos aquejan? ¿A quién voy a poner en tu lugar?
—A todos nos llega la hora, Anaxandro. Tú también podrías retirarte.
—¿Y qué hago? ¿Meterme en casa con mi mujer, para que me huela todos los días
el aliento, a ver si bebo? ¿Y quién se encarga de llevar el gobierno de la isla?
Pródico hizo un gesto vago, de desidia.
—La isla está muy tranquila en medio del mar y bajo el sol. No nos necesita.
El otro dejó caer los brazos, desalentado.
—¿Y a qué piensas dedicarte ahora, Pródico? ¿A escribir otro libro de esos que
nadie entiende?
—Algo tendré que hacer. Una cosa es ser viejo y otra muy distinta es ser un viejo.
La estancia quedó repentinamente oscurecida, al ocultarse el sol. Tras ellos, el
patio se anegaba de sombra. Anaxandro avanzaba hacia él buscando en su registro
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algún atributo de autoridad convincente. Le clavó en el pecho su dedo admonitorio.
—Te conozco demasiado bien, amigo mío. Eres de esa estirpe de rapaces
migratorias que nunca aguantan demasiado tiempo en el nido. Pero ya no eres joven,
y volverás antes de que vuelvan las lluvias. ¿Qué vas a hacer entonces? ¿Vas a
quedarte en casa esperando la muerte?
Anaxandro era astuto. Sabía que sólo mencionarle la muerte lograba infundirle
cierta confusión. Pródico esquivó esta treta.
—La esperaremos con serenidad —dijo levantando una mano como saludo de
despedida mientras le daba la espalda y se dirigía a la salida.
Quizá —pensó— el primer paso para asimilar esta idea —la muerte—, que a las
raíces mismas de su ser repugnaba, era expresarla, empezar a hacerla sonar por ahí,
por los vecindarios, para que ella misma, por algún extraño efecto, acabara
convenciéndole de la verdad inevitable que contenía. Sería un vecino más de la isla,
daría paseos por los acantilados hasta que le empezaran a doler los huesos, entonces
se encerraría en casa y en pocos meses olvidaría a velocidad pasmosa todas las
palabras que había escrito, todas las ideas que había concebido, todas las misiones
que había realizado. Así se imaginaba el último tramo de su tiempo, una prueba
detestable y angustiosa.
—Traidor ingrato —le oyó arrastrarse tras él—. Volverás a suplicarme por tu
puesto.
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CAPÍTULO XIV
De Aspasia en Atenas a Pródico en Ceos: salud y alegría.
Siete años sin noticias tuyas, Pródico. No te guardo rencor por ello, pero me duele.
Tampoco olvido que te escribí cuando aún no había transcurrido un año desde que
abandonaras mi casa y regresaras a tu isla, y mi mensajero me confirmó que la
recibiste en mano. Entiendo que no me hayas querido honrar con una de tus visitas,
pero, conociéndote, no concibo cómo has podido permanecer tanto tiempo lejos de
Atenas. Espero que no sea yo la razón, si se me permite la vanidad. En cualquier
caso, confío en que te encuentres en buen estado de salud. Yo permanezco bajo los
cuidados de Heródico, excelente médico que me recomendó nuestro común amigo
Gorgias, principalmente porque es su hermano, pero también porque sabe tratar a las
mujeres, virtud, por cierto, que escasea entre los hombres, incluso en esta ciudad que
tanto ama el refinamiento y la belleza. Heródico me ha prescrito reposo absoluto,
medida exagerada para una simple destemplanza y un leve quebranto de huesos.
Esas molestias que una va acumulando a lo largo de la vida y parecen ponerse de
acuerdo para hablar todas juntas en la senectud, con ese confuso parloteo que tanto
fatiga, pero no quiero contrariar a Heródico y verme expuesta a su ira, así que no
salgo mucho de casa y para aprovechar el tiempo he decidido cumplir con mi viejo
propósito de escribirte, en respuesta a tu elocuente silencio, y ponerte al día de los
últimos acontecimientos importantes, que no nos han dado precisamente motivo
para alegrías.
Como sabes, han sido años duros. La prueba de lo mal que nos ha sentado la gran
guerra es que, después de los años que han pasado desde que la perdimos, aún
seguimos lamentándonos. Ya no importan los cientos de barcos hundidos, las minas
robadas, las murallas destartaladas, las arcas saqueadas, las rutas comerciales
perdidas, o las granjas quemadas; lo peor es la desmoralización del pueblo, la falta
de fe en la democracia y el miedo que anida dentro de nosotros. Antes creíamos que
el enemigo siempre estaba fuera de nuestras murallas, que eran los persas, los
lacedemonios, los bárbaros de toda procedencia. Nos sentíamos seguros entre
nosotros llamándonos atenienses, como una gran comunidad unida por la
democracia y la cultura. No podíamos imaginarnos que lo peor se fuera a fraguar
entre los nuestros, cuando, perdida la guerra y sumidos en el desamparo, aún iban a
levantarse los tiranos, los traidores, para hacer de Atenas una nueva Esparta,
derrocando la única riqueza que aún nos quedaba: la fortaleza de la polis. Entonces
empezó un nuevo periodo de ejecuciones, purgas, el exilio y, finalmente,
recuperamos esta democracia maltrecha, sacudida y tambaleante, pero este pueblo ya
nunca podrá albergar la fe que tenía en el proyecto de Pericles. Ya nadie se acuerda
de él. Como convalecientes hemos vuelto a la democracia. Nos queda una ciudad
71
más pobre, más dolida, con más desigualdades. Hemos perdido la guerra y ahora
tenemos que ganar la paz.
Conoces, Pródico, los peligros que amenazan este Estado, sin un líder capaz de
asumir un proyecto político coherente y emprender un nuevo rumbo. Esta
democracia es una secuela de la tiranía, es reactiva a todo lo que aún está demasiado
reciente en nuestra memoria. Se ha constituido en un estado de vigilancia contra
posibles insurrectos. Se orientan los esfuerzos a defendernos de hipotéticos
enemigos, en vez de fundar algo nuevo. Estamos desencantados. No tenemos fe en el
gobierno. Las mismas bases de la polis se cuestionan. La crispación de los
ciudadanos resucita el miedo a las revueltas.
Alcibíades fue enterrado hace unos meses, se dio por fin sepultura al único
hombre que podía aún avivar la colérica ambición de los sectores oligárquicos y
aristócratas, de todos los enemigos de la igualdad, de los nobles resentidos por sus
pérdidas, que esperaban el regreso del antiguo general para acabar con la
democracia. Él era el único hombre capaz de hacer creer al pueblo todavía en un
destino glorioso para Atenas. Su muerte ha traído a los atenienses una sana
resignación: ya no hay más líderes semidivinos, se acabaron los sueños de grandeza.
Pero nadie está tranquilo aún. Persiste un régimen de delatores (delatores de
sombras), sicofantas, calumniadores, impostores, sospechosos de conspirar,
sospechosos de sospechar, y, sobre todo, individuos que medran a costa de poner y
ganar pleitos.
La última víctima de este gran ultraje ha sido Sócrates. Espero no haber sido la
primera persona en darte la mala noticia. El viejo sabio ha sido condenado a beber la
cicuta en el juicio más extraordinario e inicuo de cuantos hemos tenido que padecer.
Peor que el que se instruyó contra Sófocles. Peor que el de Fidias, que el de
Eurípides. Peor que el de Protágoras. Estamos todos conmocionados y apenas
acertamos a explicárnoslo. Como sabrás, se ha decretado una amnistía que prohíbe
juzgar por motivos políticos a ningún ciudadano. Necesitábamos esa garantía de paz
y estabilidad. Era menester pasar página en este capítulo tan negro de nuestra
historia. Atenas debe superar sus errores pasados y recuperar la dignidad.
Paradójicamente se ha violado la amnistía para condenar a un hombre que lleva toda
su vida dedicándose públicamente a la búsqueda del conocimiento. Pero más insólita
y desconcertante aún ha sido la manera en que se ha conducido el juicio. Me refiero a
la defensa que Sócrates ha hecho de sí mismo.
Este controvertido proceso representa mejor que ningún otro la zanja de discordia
que se ha abierto entre los atenienses. Es posible que este gravísimo error pese por
mucho tiempo en nuestra conciencia y la de las generaciones venideras. Me
encuentro con el ánimo conturbado y no estoy en disposición de purificar esta
ciudad con motivo de la partida de la nave sagrada a Delos, en ofrenda a Apolo.
Sócrates permanece aún en prisión, esperando el jugo de cicuta, que llegará cuando
regresen de Delos. El problema que Atenas ha tratado de resolver ejecutando a
Sócrates va a convertirse en la cabeza de una Hidra que al cortarla se reproducirá y
multiplicará de forma incontenible. La responsabilidad del veredicto ha ido mucho
más lejos que el juicio de un solo hombre. Atenas ha sentado en el banquillo a su
democracia.
72
Me atrevo a decir (y me interesa tu opinión, Pródico) que la animosidad personal
contra Sócrates emana del sentimiento más arraigado de los atenienses: el orgullo.
Sócrates siembra la duda, luego la confusión, y por último la vergüenza de
reconocerse débil y deshonesto, demasiado apegado a los placeres, los afanes
estériles o necios. Todo esto resulta muy irritante para muchos. Como orador,
Sócrates viola la regla de oro de la persuasión: no hacer sentirse indigno al que
escucha.
Al margen del ultraje que ha constituido el proceso contra Sócrates, me tiene
perpleja la actitud que éste ha adoptado desde su inicio mismo, negándose a
defenderse cabalmente. En un principio rehusó utilizar un eficaz discurso de defensa
que había preparado para él Lisias, por encargo mío, alegando que prefería
defenderse solo, ya que se sentía amparado por la razón y seguro de sí mismo.
Durante el curso del juicio utilizó un estilo de defensa arrogante y punitivo que no
gustó al público, ya que, pese a dar cierto espectáculo, no avalaba en absoluto su
inocencia ni sus buenas intenciones. Pero lo más sorprendente iba a venir después,
cuando el tribunal votó un veredicto de culpabilidad. Se le brindó la oportunidad de
escoger su pena, trocando la de muerte por otra menor, como un exilio permanente,
y él dijo que consideraba lo más justo, como «condena», ser alojado y mantenido por
el Estado en el Pritaneo, morada de los vencedores olímpicos, hasta el fin de sus días.
Esta respuesta de Sócrates constituye un enigma para mí. Hay quien sostiene que
fue un sarcasmo lleno de desprecio, para escarnecer a los jueces, pero me extraña
bastante, conociéndole. Descartando, pues, que se trate de una broma, queda pensar
que lo dijo en serio, entonces la pregunta es: ¿con qué propósito? ¿Acaso lo dijo con
franqueza, aun sabiendo que sería considerado el colmo de la arrogancia y podía
costarle la vida? Si es así, realmente fue un acto suicida. Tal vez prefiriera la muerte
al exilio, puesto que no se imaginaba viviendo fuera de Atenas, o porque, viéndose
demasiado viejo, despreciara lo que le quedase por vivir, y optase por escupir al
verdugo en lugar de pedir clemencia. Me gustaría saber qué opinas tú.
Por último, debo añadir un nuevo hecho que viene a corroborar los anteriores: he
sabido que sus amigos tramaron un plan para liberarlo de la prisión donde se halla
confinado. Debido a las fiestas delias, Sócrates se ha visto obligado a esperar en
prisión durante veinticinco días el momento de beber la cicuta. Así que sus amigos
han tenido tiempo de prepararlo todo. Sobornaron a varios carceleros. Sin embargo,
él se negó a colaborar en el plan de aquéllos, alegando que si se convertía en un
fugitivo de la ley quedaría demostrado que eran ciertos los cargos imputados contra
él: ser un hombre contrario a las leyes de Atenas. Por tanto, una por una ha ido
despreciando todas sus oportunidades de salir vivo del trance. Sus más allegados, los
que van a visitarle diariamente, me dicen que se encuentra muy sereno,
componiendo estrofas musicales para pasar los ratos en los que está solo, y
aceptando plenamente su destino. Dentro de tres días morirá.
Morirá sin honores, al margen de los que le den sus amigos, que serán muy
humildes, y será enterrado en una tumba cualquiera. He pensado encargar, para su
lápida, un epitafio que reivindique su dignidad y su sabiduría, pero no acierto a dar
con la frase. Quizá tú podrías ayudarme.
No quiero concluir esta misiva sin referirte otro hecho dramático que puede tener
73
que ver con la inminente muerte de Sócrates. Hace tres días fue encontrado Anito
apuñalado, precisamente en una alcoba de La Milesia, poco antes del amanecer. Has
de saber que Anito, además del principal acusador de Sócrates e instructor del juicio,
era un hombre muy influyente en la ciudad, muy bien relacionado en los círculos
importantes y un claro candidato para ser elegido estratego, cargo para el que había
acumulado numerosos méritos, sobre todo durante las contiendas civiles para acabar
con el Régimen de los Treinta, y en la restauración de la democracia.
Como te puedes imaginar, este misterioso crimen ha despertado las iras del
gobierno y el temor a que lo que se haya destapado sea —¡otra vez!— el germen de
una conspiración política urdida desde las facciones oligárquicas. Todas las hetairas
y yo misma hemos sido llamadas a declarar ante la audiencia del Areópago, y tenido
que soportar todo tipo de acusaciones e injurias. Han puesto mi honor en entredicho.
Los ancianos areopagitas nunca vieron con buenos ojos mi local, y han encontrado
ahora una buena excusa para cerrarlo. Lo harán si no les entrego al culpable, ya que
las investigaciones no han dado ningún resultado. Me han concedido un plazo hasta
la primera luna de pianepsion para que les dé su nombre. Ingenuamente suponen
que no corre un ratón por La Milesia sin que yo lo sepa. Supongo que pasándome el
problema confían en zafarse de la responsabilidad y eludir el ridículo por sus
pesquisas y diligencias inútiles. Cuántos ultrajes.
Si cierran La Milesia, tal vez ya no haya otra oportunidad para nosotras. Hemos de
salvar el esfuerzo de tantos años.
Dejo en este punto la carta en la que he entretenido mis días de convalecencia. Mi
salud ya está mejor. Lo que más me aflige es ver que mi salón permanece vacío y
triste sin la presencia de los buenos amigos. Atenas ha perdido a sus hombres graves.
Y yo quedo aquí para recordarlos. Ven pronto.
Tu amiga que siempre piensa en ti.
Aspasia.
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CAPÍTULO XV
Situada en una pequeña colina al oeste de la Acrópolis, la audiencia criminal del
Areópago era un pequeño Consejo compuesto por once ancianos aristócratas que se
encargaban fundamentalmente de juzgar casos de homicidio culposo. Con
anterioridad a Pericles había funcionado como órgano ejecutivo de gobierno, sin
embargo fue despojado de sus atribuciones políticas por los primeros líderes de la
democracia, y en especial por Pericles, en provecho del Consejo de los Quinientos y
la Asamblea Popular. Ahora eran generalmente reos de muerte, homicidas, quienes
subían encadenados por el serpenteante camino de abrojos que llevaba a la cima,
conducidos por guardianes, para esperar su último juicio.
Tras el hallazgo del cadáver de Anito volvieron a escucharse rumores de una
conspiración política desde los sectores reaccionarios y resentidos. En el Colegio de
Estrategos, al que Anito pertenecía, el impacto del crimen aún irresuelto fue
considerable. Por todo ello, habían llegado fuertes presiones al tribunal de
areopagitas; de un lado la de los influyentes amigos de la víctima, que exigían
justicia; de otro, el temor de que no hubiera sido un acto aislado, sino parte de un
plan para descabezar a los representantes de la democracia.
El Areópago inició sin demora las diligencias de indagatoria judicial, pero las
pesquisas se perdieron en una serie interminable de interrogatorios —puesto que los
sospechosos eran demasiados, todos ellos clientes del burdel y ninguno más
sospechoso que otro— que no llevaron sino a protestas airadas de los interrogados
por la extorsión y deshonra a la que se les había sometido, haciendo que parecieran
culpables por el mero hecho de irse de putas. Tal malestar avivó las críticas sobre la
eficacia de este tribunal de arcontes a los que muchos juzgaban demasiado ancianos
para discurrir bien. Más maliciosamente, se oían comentarios incisivos sobre las
cortesanas de La Milesia, capaces de confundir a los ancianos magistrados con sus
malas artes, y otros que presentaban el negocio de Aspasia como la sede donde
ciertos grupos rebeldes mantenían reuniones secretas. Tales rumores sólo
consiguieron acrecentar la clientela, siempre simpatizante con cualquier conjura
protagonizada por esas aviesas e intrigantes felinas, y dispuesta a sufrir en sus
propias carnes aquel furor conspiratorio. Ya se comenzaba a hablar del cierre de La
Milesia, y, lo mismo que se levantaron los detractores, proliferaron más que nunca
los defensores, capaces de armar mucho más alboroto que los otros. Aquello
prometía convertirse en el escenario de una batalla campal donde, por debajo de
discursos más o menos patrióticos, más o menos demócratas, lo único que se
defendía era el derecho al disfrute. Y así quedó reflejado en una pintada en el muro
exterior de La Milesia, atribuida a Aristófanes (sin confirmar):
LOS ONCE VIEJOS DE PENE SECO
PRETENDEN PRIVARNOS DEL PLACER
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Pródico no ignoraba lo que tal cierre representaría. Las hetairas de lujo no
constituían ni por asomo un grupo que pudiera representar a la condición femenina
de Atenas; sus funciones estaban aún demasiado circunscritas al placer y recreo de
los hombres, y su influencia en la sociedad masculina se restringía a los cauces
informales, a las relaciones privadas, con lo que La Milesia no dejaba de gozar de una
realidad meramente nocturna, cuyos efectos se disipaban de la noche a la mañana.
Con todo, era un primer germen de algo que estaba aún por nacer, una tímida pero
innegable demostración de que existía un mundo inteligente más allá del varón libre.
Durante la gran guerra, cuando gran parte de los hombres se encontraba fuera de
la ciudad, las hetairas habían intentado trabar relación con las mujeres libres para
concienciarlas de la necesidad de un cambio, pero con el fin de la guerra y el regreso
de sus maridos volvieron a la reclusión del hogar y les fue imposible escapar de la
vigilancia sin verse expuestas a severos castigos.
En sus desvelos para resolver el problema, Aspasia se había acordado de Pródico
y decidido que era el investigador perfecto para resolver ese caso. Y no se
equivocaba: era viejo, astuto, analítico, había sido desdeñado por la mujer que amara,
y estaba lleno de resentimiento interior. Era observador, era cobarde, y no sabía vivir
sin practicar el arte de la averiguación. Era un amante de los acertijos, ocioso y, como
todos los amantes de la lógica, solitario. Como sofista, conocía los pretextos en los
que un hombre puede ocultarse bajo el disfraz de las palabras. Como embajador,
estaba familiarizado con los entresijos políticos de Atenas. Y ahora era un viejo
melancólico, necesitado de una buena misión para dar sentido y contenido a sus
últimos días.
En su juventud había seguido la senda de los sabios creyendo que algún día
encontraría, si no la felicidad, al menos el mutismo de corazón: la aceptación plena
de la incertidumbre, ver la vida a la inalcanzable distancia en que se encuentra. Su
mayor propósito, nunca conseguido, había sido aceptar que un día había de morir.
Pero ni ahora que ya había llegado a la senectud se sentía preparado. Toda la fortuna
amasada en su vida no era suficiente para pagar un óbolo al barquero sombrío.
Tiempo atrás había empezado a sospechar que nunca conseguiría estar preparado
para su muerte. Ahora esperaba encontrar esa fortaleza en Atenas.
Nada más leer la carta de Aspasia, tomó rumbo a Atenas con un reducido séquito
de esclavos que trabajaban de remeros. Se sentía de nuevo vivo, expectante.
Navegaban a lo largo de una costa montañosa, doblando el cabo de Sounion, un
lugar que en verano parecía un oasis de paz, pero en otoño e invierno era un paso
casi intransitable debido a las corrientes que confluían de uno y otro lado del cabo, y
muchos barcos habían sido arrastrados en ese punto por las olas procelosas hasta las
escolleras que se encontraban a los pies del templo de Poseidón que allí se erigía. En
verano los vientos eran dominantes del norte y facilitaban el paso por aquella zona, y
el único riesgo importante lo constituían los piratas, pero la de Pródico era una
embarcación pequeña con el estandarte de la embajada, no transportaba riquezas,
como probaba el hecho de no ir acompañado de otras naves de escolta. También
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tenía previsto visitar la tumba del filósofo, de quien muchos decían, incluyendo a
Aspasia, que había muerto con valor. Un valor del que él carecía. Le parecía
abominable la idea de vivir en una corriente que le arrastraba a un mar lejano, junto
al hado. Sobre su miedo a morir había hablado mucho con Protágoras, y éste
finalmente le había dicho: «No encontrarás otra paz que la de ser consciente de tu
destino. Entonces verás que la muerte es tu hermana, podrás besarla y alisar sus
cabellos y tomarla de la mano para partir, porque ella pactó contigo desde el instante
en que naciste». A Pródico le agradó la metáfora, mas no le sirvió de nada.
Oficialmente había sido embajador de Ceos en Atenas, pero en su corazón siempre
se había sentido embajador de Atenas en Ceos. Su embajada estaba en casa de
Aspasia, en sus salones, de los que mucho tiempo atrás, tras el infausto juicio a los
almirantes y su ejecución por el precipicio del Báratro, se había exiliado. Allí había
disfrutado de las audiencias que verdaderamente le interesaban: las conversaciones
con sus amigos Eurípides, Fidias, Filolao de Cretona, el matemático Teodoro,
Heródoto de Halicarnaso, Gorgias... Cuando estaba lejos de Atenas se sentía
expatriado, porque cualquier otra ciudad que no fuera ésta le iba arrinconando a los
dominios de su imaginación y acababa creando la Atenas de su fantasía,
idealizándola, convirtiéndola en un simple recuerdo de Aspasia. Y en su exilio
interior jamás encontraba otra cosa que sus propios cachivaches viejos, envueltos en
el polvo de la nostalgia. Allá donde fuera, siempre acababa acordándose de la tierra
de Palas, la tierra de Aspasia.
A través de la calima brillaban racimos de gaviotas sobrevolando los pesqueros
que faenaban cerca de los varaderos de la costa. Su chillido era semejante a un
griterío jubiloso de niños. Lo que de lejos, al relumbre del sol, excitaba la imaginación
de la belleza, de cerca no eran más que ratas nauseabundas.
El sol vespertino estaba medio oculto tras las nubes y cuando asomaba su faz todo
el color del mar cambiaba como por milagro, tiñéndolo de plata. Su vida, pensó, era
extraña, le había llevado siempre de un lado para otro, sin descanso, cuando él, en el
fondo, tenía un espíritu sedentario y cansino. La vida de Aspasia y la suya habían
tomado rumbos dispares, se habían encontrado en diferentes encrucijadas, y se
habían vuelto a separar. Ahora era la vejez, esa madre desgraciada, la que les traía de
nuevo a la orilla.
La carta de Aspasia le había dejado una sana inquietud, porque de un plumazo le
disipó la neblina de indolencia que le envolvía, le dieron ganas de moverse y meterse
en nuevos problemas y ocupaciones con los que distraerse de sí mismo, de esa
tediosa ocupación de contemplar el fluir raquítico de su existencia senil. Sin duda, la
muerte de Sócrates era el fin de una época y el comienzo de otra. Había que estar allí,
en Atenas, y ser testigo de este cambio trascendental. Y sobre todo estaba ansioso por
encontrarse de nuevo con ella; la simple inminencia de este hecho le producía un
repeluzno de ansiedad en la boca del estómago.
La carta era una prueba de que conservaba íntegra su lucidez, pero la mujer que
vería ahora no sería la misma con la que estuvo la última vez. Era demasiado tiempo
el que había pasado desde el último encuentro, demasiados acontecimientos entre
medias. También Protágoras había muerto, ahogado en el mar durante una
tempestad, o al menos eso se contaba. Otro zarpazo de la fatalidad. El gran maestro
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dejó huérfanos a sus seguidores, pero más unidos entre sí. Los sofistas Hipias y
Gorgias le mantenían vagamente informado sobre Aspasia. Gorgias le refirió en una
carta que la había encontrado desencantada de la vida, de la política, de todo lo que
había quedado sepultado. Tras perder a su hijo, y luego a su segundo marido, fue
desapareciendo de la escena y recluyéndose en una intimidad sombría de penumbras
y velones, en una callada y resentida renuncia a cuantos proyectos había ido sacando
adelante. Había roto sus viejos vínculos con la clase política, de la que desconfiaba
profundamente. Gorgias insinuaba que se estaba aficionando demasiado a la hierba
de Circe, que preparaba ella misma prensando la corteza de la raíz de mandrágora. A
veces la mezclaba con vino y adormidera y pasaba los días sumida en una turbia
somnolencia.
Pero no era esto lo que le causaba desasosiego, ni siquiera la certeza de que
Aspasia no sería nunca la mujer que aún anidaba en su imaginación, sino el miedo a
encontrarse ambos juntos de nuevo. Y también, mezclado con todo esto, la aprensión
de estar albergando expectativas de recuperar el tiempo perdido, cuando la vida le
había enseñado de manera inexorable que esas expectativas nunca se veían
cumplidas.
Todo esto reflexionaba apoyado en la proa, donde las olas bailaban contra la
quilla. Bóreas les era favorable hinchando las velas y ayudando a los remeros
esclavos. Era relajante observar la cadencia rítmica con la que las paletas de los remos
se adelantaban buscando la piel profundamente azul del mar, para hundirse apenas
en él, trazar el breve camino de una caricia y levantarse de nuevo dejando una herida
de espuma que se cerraba en un instante. Su sombra se reflejaba en la superficie
ondulada, pero no la reconocía como suya. Podía ser la de cualquier hombre
inclinado en la cubierta. También él mismo podía ser cualquier sombra reflejada en el
mar.
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CAPÍTULO XVI
Recordaba bien la última vez que había arribado al puerto de Atenas: una inmensa
flota de trirremes de altivas proas se alineaba a todo lo largo de la bahía. La escuadra
naval, orgullo del Ática, bastión del imperio. Una vez en tierra firme era difícil no
quedar impactado por el fastuoso mercado del Emporio, donde se comerciaba lo más
granado de los productos de cada región: alfombras de Babilonia, piedras preciosas
de Persia y Escitia, lino de Amorgos, gemas indias, perfumes de Corinto, especias
orientales de cáñamo, nardo, canela, brea, mirra, de las regiones hiperbóreas en
cestas de junco, seda de Cos, ánforas de vino, finos tejidos, marfiles entallados,
ámbar, lapislázuli, adornos de plata, exquisitas telas perfumadas con orlas de
púrpura... Se hablaban decenas de lenguas, pero todo se compraba con la moneda de
la lechuza de Atenea y aquel espectáculo le había parecido a Pródico la viva imagen
del imperio que Atenas acaudillaba. Ahora, la guerra perdida había dejado un
panorama de escombros. En el puerto halló pescadores trabajando en sus redes, una
exigua flota de naves de guerra, y en los muelles sólo se descargaban sacos de grano.
Las gaviotas se repartían un festín de pobres: pescados podridos, frutas pisadas,
granos de avena, la triste ofrenda que dejaba la marejada al golpear contra los
muelles y espolones. El centro del comercio marítimo se había desplazado a Delos.
Pródico dijo a sus esclavos que se quedaran esperándole en el barco. Prefería hacer
el resto del camino solo, recordando al viejo filósofo de cara de cabra. Llevaba una
túnica negra, y un sombrero de fieltro de ala ancha. Las largas murallas que
arrancaban en el Pireo estaban siendo reconstruidas a lo largo de un buen recorrido,
sobre andamios de madera y bambú. Vio desfilar recuas de carros tirados por bueyes
cargando pescado y sacos de grano. Era hecatombeon, el mes de la siega. Los
baluartes de la ciudad habían sido desmantelados, y los jardines convertidos en
cementerios sucesivos. No quedaba piedra sobre piedra. ¿Cómo había podido acabar
así la mayor civilización conocida? Arrastrando un poco las sandalias, caminaba
despacio, sin perder detalle de cuanto veía. Muchas tumbas ni siquiera tenían lápida
ni estela; un montículo de tierra señalaba el lugar. El cementerio de Cerámicos había
sido ampliado en los campos anexos derribando los cercados de madera, y la
extensión de urnas de barro se extendía por doquier. Multitud de granjas quemadas
habían sido abandonadas y sustituidas por chozas con un techo de piel por tejado,
sostenido con palos, otras estaban en plena reconstrucción y había una gran
actividad en los carrascales aledaños de la ciudad: gente carreteando piedras y adobe
de barro, apuntalando vigas, cimentando las casitas como buenamente podían.
Esta visión le dejó el ánimo encogido cuando entró en la ciudad por la puerta del
Dipilón. A los pies de la Acrópolis cruzó los baldíos donde habían quedado
diseminadas las piedras del fuerte de los tiranos. Se paseó por el mercado y el barrio
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de los alfareros, que no había perdido el bullicio y el fragor. A un aguador que iba
con el pellejo de cabra en bandolera le preguntó dónde estaba la tumba de Sócrates.
Le respondió que lo ignoraba.
Algo más adelante preguntó lo mismo a un joven que tiraba de un borrico cargado
con dos hatillos de leña. Tampoco le supo decir nada. Preguntó a un viejo que
parecía mimetizado con el sitial de piedra gris de su patio, y sólo obtuvo una mirada
de desconfianza que le hizo sentirse un extranjero. Insistió aquí y allá, a un curtidor
con el quitón manchado de tinte, a un herrero... Nadie lo sabía. Le contestaban con
un vago gesto de ignorancia, y la mayoría se le quedaba mirando con cierta
antipática fijeza, como preguntándose quién era ese extranjero que les venía con
semejante cuestión. El sofista no salía de su asombro. ¿Cómo era posible que ni un
solo ateniense quisiera decirle dónde habían enterrado al hombre más conocido de la
ciudad? ¿Es que se habían puesto de acuerdo para guardar silencio?
La noticia de su muerte había cruzado el mar, y al parecer nadie se había dignado
asistir a su entierro. Con estos pensamientos llegó hasta el lupanar La Milesia, en el
centro de Atenas.
Junto a la puerta vio el cartel grabado sobre una losa de mármol. Siempre que
llegaba allí se detenía a leerlo de nuevo, alzando apenas los párpados soñolientos,
con un leve cosquilleo de orgullo, por aquella pieza suya que había resistido los años
sin sonrojo:
SÉ BIENVENIDO, ÉSTA ES TU CASA
PERO TU CASA NO ES ESTA CASA:
HAY CIERTAS NORMAS QUE DEBERÁS ACATAR.
ESTÁ PROHIBIDO ENTRAR BORRACHO
Y TAMBIÉN SALIR SOBRIO.
PROHIBIDO ARMAR GRESCA.
PROHIBIDAS LAS RELACIONES ENTRE CLIENTES.
PROHIBIDO FALTAR A LAS MUJERES.
PROHIBIDO IRSE SIN PAGAR.
CUMPLE ESTAS NORMAS Y TE HAREMOS FELIZ.
El portón cedió a su mano. La penumbra del interior le arrojó el olor a humanidad
encerrada mezclado con el de los perfumes afrodisíacos, todo eso saturado y flotando
sobre la pesadez del sudor acre y el sebo quemado. Avanzó Pródico sobre el
pavimento de mosaico, entre los divanes volteados; ya desde el vestíbulo anduvo
sorteando las copas rodadas en la alfombra, las cráteras de vino, túnicas arrugadas y
pisoteadas, velas de sebo a punto de extinguirse junto a los cojines, cótabos
desperdigados... Las telas se descolgaban de los divanes dispuestos a lo largo de las
paredes y sólo se oía el ronquido de varios hombres durmiendo en alguna parte
todavía imprecisable, en la indolencia de la semioscuridad. Había un hombre gordo
tirado cuan largo era en la antesala, bloqueando la puerta. Estaba casi desnudo. Para
abrirla se vio obligado a desplazarlo un poco, tirándole de los pies. El hombre se
despertó, se levantó tambaleándose sin prestarle atención y fue a trompicones a
recoger su quitón, que estaba hecho un ovillo bajo un diván. Mientras se lo ponía
saltaba de un pie a otro por las ganas de orinar. La sala de banquetes también
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mostraba ese paisaje después de la batalla. En el escenario la flauta y la cítara
presidían una cámara de durmientes ahítos. En el suelo, decorado con mosaicos de
teselas blancas y negras, se estremecían los supervivientes sobre los cojines, y algún
otro despatarrado sobre un sillar.
El sofista estuvo un rato reconociendo irónicamente los insignificantes cambios
que había experimentado el local en los últimos años, y ya se disponía a irse cuando
oyó que entraba alguien. En el umbral se cruzó con ella. Era una mujer de treinta
años, de una belleza dura como el zafiro, acompañada por un fornido esclavo de tez
cetrina. Se adivinaba que era una hetaira de Aspasia por las joyas preciosas, una
cadena de oro con una esmeralda en su fino y pálido cuello, ajorcas en los tobillos y
pendientes de rubí en los lóbulos de las orejas descubiertas por un peinado coronado
en la nuca. Era Neóbula. Al pasar ante él le dijo:
—Bienvenido a Atenas, sofista.
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CAPÍTULO XVII
El cuerpo de Sócrates había sido enterrado por la noche para no mancillar con la
muerte los rayos de Helios. Desde la casa mortuoria lo transportaron en un carro
tirado por bueyes. Al frente del cortejo iba Jantipa, llorando y hablando sola, y detrás
sus amigos. Ningún tañedor de oboe se avino a prestar sus servicios, por temor a ser
mal visto. El cortejo salió de las murallas de la ciudad portando antorchas en una
noche cerrada a cal y canto. Estaban allí, además de su mujer y sus hijos, Aspasia,
Gorgias, Apolodoro, Esquines y Antístenes. Otros amigos del difunto, como
Fedondas, Euclides y el joven Platón, habían huido a Megara cuando fracasó el
intento de liberarle y se dio la orden de capturarlos. El régimen oligarca de Megara
ofrecía de buen grado un asilo político a todos los atenienses desertores de la
democracia.
La ceremonia fúnebre había sido triste y parca. Sin plañideras, ni oboes, ni ánimo
apenas para hacer las libaciones en su honor, los amigos dieron un último adiós al
maestro, secundados por los llantos de Jantipa, que no había cesado de llorar durante
los dos días que había durado el velatorio fúnebre. Los discursos fueron breves.
Antístenes dijo, con la voz ahogada: «Vivió para la verdad y murió para la verdad».
Esquines también pronunció pocas palabras: «Aquí yace el más clarividente de los
griegos». Apolodoro se pasó toda la ceremonia llorando desconsoladamente y al fin
murmuró, entre pucheros: «Vivió mejor que nadie; murió con sencillez y con gloria.
Su muerte da a su vida su auténtico significado».
Tras esta sentida ceremonia, los desconsolados amigos se fueron retirando, hasta
que se quedó sola la viuda, ante la tumba, y ahí la encontró Pródico cuando llegó.
Antes de verla, escuchó de lejos un llanto rumoroso y adormecido, un hilillo cantarín
que subía y bajaba de lo hondo de su pecho con su respiración, como ese llanto
ensimismado de los niños exhaustos de tanto llorar, que ya han desistido de que
alguien los escuche.
El sofista quedó traspasado por este dolor solitario, el de una mujer grande y
rolliza, de unos cuarenta años a vista pronta, que en verdad era fea de ver. Pero toda
su conmiseración se evaporó ante una sensación más directa e impactante: el olor
ácido, animal, que despedían sus axilas.
Ella alzó hacia él unos ojos saltones, húmedos y rojos.
—Descansa ya, buena mujer —dijo Pródico—, y vete a casa, que has de purificarla.
Ella no respondió. Estaban allí solos, sin mirarse, como dos perfectos desconocidos
a quienes sólo une el cadáver bajo el que están sentados, ante un campo abierto
donde apenas corría la brisa (para desesperación de Pródico), moteado por el rojo de
algunas amapolas, los pedazos de vasijas rotas y la sombra de las acacias. A lo lejos
desafinaba un gallo.
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Él se acomodó en el sitial con el sombrero apoyado en las rodillas.
—Los hombres nacen y mueren solos —murmuró.
Jantipa interrumpió el sollozo y lo miró con expresión ceñuda, arrugando la cara
llena de lágrimas.
—¿No serás un político? —pronunció la palabra «político» como si fuera el peor
calificativo imaginable.
—¿Qué te hace pensar eso, buena mujer?
—Tu forma de hablar tan sentenciosa.
—¿Sentenciosa? —Pródico encontró irresistible el comentario.
—Sí, sentenciosa y grandilocuente, como la de los políticos.
El embajador supuso que le tocaba decidir su respuesta, pero aún no tenía
demasiado claro si él era un político —al menos un político grandilocuente—, y en
caso afirmativo, justificarse ante ella por su demérito.
—Habría que colgarlos por los ojos, como las aceiteras.
—¿A quiénes? —se admiró Pródico.
—A los políticos.
El sofista le preguntó si se refería a alguno en particular. Ella pareció no oír.
—Esto le pasa por tonto —hipó un par de veces y se sorbió los mocos
ruidosamente—. ¡Si es que no tenía conocimiento! Yo le decía «cállate la boca, que te
estás buscando problemas, deja de enredar con esos disparates con los que ni tú
mismo te entiendes, que no te van a traer más que palos».
—¿Qué disparates?
—Tanto hablar y hablar y perfeccionarse en esos sutiles conocimientos y al final no
supo ni defenderse. Nunca aprendió a decir nada que tuviera alguna utilidad, o que
no fuera hablar en figurado. Allá se las hayan los tontos —exhaló un profundo
suspiro, antes de continuar su rumia—. ¡Ay, Sócrates! ¡Por qué tenías esa maldita
manía, con lo bueno que eras! ¿Por qué andar por ahí aguijoneando a todo hijo de
vecino y haciendo preguntas impertinentes que sólo te ganaban malquerencias?
¿Qué te importaba a ti si los demás vivían bien o mal, si la buena vida era la que tú
llevabas, de pura holganza y siempre invitado a los banquetes de los ricos?
El sofista sonrió. Removía distraídamente la tierra con su cayado y esperaba el
paso de una hilera de la oruga procesionaria que se avecinaba hacia ellos, lentísima,
moviendo sus diminutos y peludos lomos.
—¡Ideas y desvaríos! Tanto ir por ahí, por los gimnasios y palestras, mirando a los
jovencitos para luego llevárselos y aturullarles la cabeza con peroratas. Y mientras
tanto, los que no tenemos nada, vamos a lo nuestro, que siempre es azacanear y
trajinar de mala manera para encontrar qué llevarse a la boca. La vida no me ha
traído ningún consuelo, ninguno, siempre sola, cargando con los hijos y con la casa,
con un marido que nunca me comprendió y al que he tenido que cuidar, para que
ahora me lo quiten de esa manera.
Al fin, se levantó tambaleándose. Retrajo la barbilla, bufó, hociqueó el aire matinal
y reunió fuerzas para marcharse. Sacudiendo su corpachón, echó a andar y se
despidió de él con un tosco ademán. Pródico sintió piedad y alivio, y a la postre no
supo si acababa de oír un discurso formidable o una formidable majadería, si Jantipa
era una sabia mujer o una grandísima ignorante, o quizá ambas cosas a la vez.
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Con estos pensamientos quedó mirando cómo se alejaba la mujerona con su paso
bamboleante. La procesionaria seguía su lento avance cerca de la tumba. Sin moverse
apenas, con la punta del cayado separó a la oruga líder, la que guiaba a todas las
demás. Al romper la urdimbre, la segunda quedó desorientada y comenzó a girar,
con lo que las que iban tras ella perdieron también la referencia y muy pronto la
hilera entera se disgregó en una confusión en la que se mezclaban unas con otras. Así
Pródico no tuvo más que alzar la sandalia y espachurrarlas a gusto.
84
CAPÍTULO XVIII
De su belleza de antaño la gran dama conservaba fieles la exquisitez y la
intensidad de la mirada. Los demás tonos se habían ido diluyendo en la paleta de su
piel. Se reconocieron y se estrecharon en un emotivo abrazo. La mano de Pródico se
deslizó a través de la túnica de lino y sintió como un quejido la disposición ósea de la
espalda, la levedad crujiente de una hoja seca y delicada. O acaso era su propio
corazón el que crujía.
Poco después, las ruedas del carro remontaban lentamente el repecho de greda y
piedra bajo la breve sombra de los negrales, y se detenían al llegar a las escalinatas
que franqueaban la puerta de los Propileos, a la entrada de la Acrópolis. Allí dieron
instrucciones a los esclavos de que les esperasen al pie del muro que lindaba con el
pequeño templo de Atenea Niké. Comenzaron a subir despacio las escaleras, ella con
una mano apoyada en el bastón y la otra en el brazo de Pródico. La dama llevaba los
cabellos blancos sujetos en un paño de seda, estaba alegre y complaciente, atenta a
cada detalle. Las primeras palabras fueron dulces saludos, la expresión de la alegría
del reencuentro. Tenían tanto que contarse que no sabían ni por dónde empezar.
Pero no había prisa.
El sofista se dejó guiar por sus sentidos. Era ella y no era ella, la misma. Su pelo
era ahora color hueso, sin sus característicos rizos, pero al aproximarse en el primer
abrazo había reconocido de inmediato su olor, y con él, de golpe, sus viejas heridas
ardieron todas al mismo tiempo como un voraz despertar, antes de esconderse otra
vez bajo las duras cicatrices.
Sus ojos, en cambio, le traían otras noticias. Reconocían a aquella fruta
inalcanzable que el sol doraba en la rama más alta. Atrás habían quedado, empero,
los veranos fértiles, los campos de espigas onduladas, cualquier estío presente no era
más que una anticipación del invierno. Le hacía sentir piedad por ella, pero mucho
más por sí mismo.
Entre las virtudes de Pródico no se contaba la de ser andariego; muy al contrario,
tenía por costumbre no caminar si había medio de evitarlo. Así era ya siendo joven,
y, ahora que le dolían los huesos, con más razón. Unas nubes compasivas habían
parapetado el sol y la temperatura había bajado un poco. La brisa traía una
emanación de resina y espliego. Hicieron un repaso superficial a los años de
ausencia, nombraron algunas noticias que influyeron más en el devenir de ambos. A
Aspasia le llamó la atención que Pródico no se hubiese procurado una esposa. El
prefirió pasar esta cuestión por alto, refiriéndose evasivamente a la cantidad de
mujeres bonitas de las que la vida te permite disfrutar cuando no estás atado a un
compromiso. Aspasia también pasó por alto la simpleza de la respuesta y cambió de
tema.
85
—¿Crees que hay algo bueno en la vejez? —dijo Aspasia.
—Que aún no te has muerto, supongo —sonrió.
—Y nuestra memoria es más larga.
—Nuestros recuerdos no le importan a nadie.
—Pericles y yo veníamos a menudo por aquí —dijo ella—. Era nuestro lugar
preferido para pasear. Él confiaba en que andando el tiempo otras parejas nos
imitarían y dejarían de considerar que un matrimonio decente no iba a pasear a la
Acrópolis.
—Entonces encontraron una razón más poderosa para no hacerlo —dijo Pródico
—: Que a la Acrópolis subía un matrimonio indecente.
Sonrieron. Aspasia le apretaba cariñosamente el brazo. Paseaban despacio, con
indolencia estival.
—¿Cómo has encontrado la ciudad?
—La verdad es que no da para muchas alegrías.
—Estamos empezando de nuevo. Atenas también ha perdido la juventud. Se ha
vuelto irascible y desconfiada. Ha cerrado filas, ha condenado a Sócrates y lo ha
enterrado lejos y sin honra.
El sofista se bajó el ala del sombrero de fieltro porque los rayos oblicuos del sol
comenzaban a molestarle en los ojos. El viento seco del atardecer soplaba ladeado.
Pródico cubrió con su mano la de Aspasia como si diera cobijo a un gorrión mojado.
Deseó estar con ella en un barco solitario, anclado en medio del mar, tendidos sobre
la cubierta, bajo un sol que los rejuveneciera. Tenía ese barco, tenía el mar, y el sol
seguiría allá arriba.
—Llevo años aburriéndome en Ceos. ¿No tendrás alguna tarea que
encomendarme? Creo que en tu carta mencionabas algo.
—Tengo un par de tareas difíciles.
Le alegró constatarlo. Ella continuó:
—Deseo encargar una lápida con una inscripción para honrar la memoria de
Sócrates. Y el caso es que después de mucho pensar no se me ocurre nada apropiado.
Creo que estoy perdiendo lucidez. En fin, he pensado en ti.
—Me temo que tal vez no sea la persona más adecuada. Además, hace muchos
años que le perdí la pista. No estoy al corriente de sus últimas fechorías.
—Ya lo he pensado y por eso te quiero poner en contacto con nuestro mejor
historiador: Jenofonte. Era un buen amigo de Sócrates. Ahora está ocupado en
continuar la narración de la gran guerra a partir del punto en que la abandonó
Tucídides antes de dejarnos. Una difícil responsabilidad.
—He oído hablar de él. ¿Por qué no le encomiendas grabar el epitafio? Con él te
aseguras de que será elogioso sin ambigüedades.
Se dio cuenta de que su tono había sido algo rencoroso, involuntariamente. Ella lo
dejó pasar de momento.
—Cierto, y por eso prefiero arriesgarme contigo.
—No te acabo de entender.
—Una vez, cuando escribías aquel libro sobre Protágoras, que aún conservo con
cariño en mi biblioteca, me dijiste que el texto final nunca es tan valioso como el
proceso de pensarlo y darle forma.
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Pródico asintió. Ahora comprendía su intención.
—Y qué mejor homenaje —continuó ella— que el epitafio de un sofista, siendo tan
conocidas vuestras «diferencias».
A pesar de estas amables razones, Pródico declinó la petición. Y no era por
ahorrarse el esfuerzo, sino porque no se sentía capaz de ser elogioso con él. De hecho,
la mejor inscripción funeraria que se le había ocurrido era —se lo confesó— ésta:
AQUÍ YACE EL CUERPO DE SÓCRATES:
ASÍ ENCONTRÓ LA VERDAD
Aspasia meditó un instante y replicó que esa sentencia no reflejaba el pensamiento
del filósofo, sino el del sofista.
—Te aprovechas de que ya no puede responderte —gruñó ella.
—Lo creo muy capaz de volver del Hades para hacerlo.
A ella no le hizo gracia la ocurrencia. Pródico admitió que tenía razón. ¿Para qué
liar más las cosas?
—Sin embargo, la frase no es mala. Quizá me la reserve para mi sepultura. «Aquí
yace el cuerpo de Pródico. Por fin encontró la verdad.» —Siempre te has referido a él
con resentimiento. Incluso ahora.
Pródico sentía que estaban entrando a fondo en materia. Aspasia comenzaba a
cortar la carne con el vigor de un matarife. Había demasiadas cuentas pendientes y
cuanto antes empezaran a saldarse, mejor.
—Que la vejez te conserve la memoria —suspiró él.
—No hablemos de aquello.
—No, mejor no hablar —dijo Pródico.
—Desde luego. Ni mencionarlo siquiera.
—Te propongo un reto: no pienses ahora mismo en un gran elefante azul en un
charco de lodo.
—De acuerdo —ella cerró los ojos—. ¡No estoy pensando en un gran elefante azul
en un charco de lodo!
—Falso: lo estabas pensando.
Ella rió con un murmullo.
—Está bien, ya que estamos hablando de esto hace rato, ¿por qué no seguir? Era
mi hijo y eso no se olvida. Tal vez fui demasiado dura contigo, lo reconozco.
—Lo fuiste, cierto.
—Pero tú cometiste un error. Me decepcionaste.
—No creo en ese error que desencadena todos los demás errores —objetó él,
pacientemente—, ese error que conduce tu vida por el sendero equivocado.
Ella permaneció unos instantes quieta, mirando la lejanía.
—Además —dijo Pródico, volviéndose a ella—, yo no era hombre para ti, Aspasia.
No te hubiera hecho feliz.
—Pero tú me querías. Nunca te atreviste a dar ese paso.
—¿Cómo estás tan segura de que te quería?
Ella sintió una punzada de melancolía. Se le atoró la garganta y no pudo
responder. Pródico era consciente de que había empezado y ya no había forma de
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parar. Mejor así.
Aspasia se tapó la cara con las manos y acto seguido se alejó de él.
El sol se iba hundiendo tras el horizonte, dejando en el aire una luminiscencia
malva. Aspasia de Mileto fue a sentarse frente al Partenón, que obraba como un
bálsamo en su ánimo. Durante los primeros momentos, se dedicó a observar su
orgullo herido, como si pudiera extraerlo de sí misma, y encontró que se había
conservado intacto a través de los años. Era aquel ardiente pundonor juvenil.
Siempre que se situaba ante los frisos parteoéos recordaba melancólicamente a
Fidias y los días en que Pericles y ella se conocieron. Pericles dijo: «¿Te das cuenta,
Fidias, de que este templo va a igualar en perfección y belleza a la divina Atenea?».
«Amigo mío —repuso Fidias—, olvidas que no creo en los dioses». «Tampoco yo, y
qué importa. Para Atenas será la más majestuosa prueba de la divinidad. Y para
nosotros, la prueba de que el hombre construye su propia historia sin la vigilancia de
los dioses.» Fidias, el eterno solitario. Allí estaba su autorretrato en el friso: viejo,
calvo y melancólico. Desde la piedra les lanzaba su mirada burlona. Ella sintió un
súbito miedo a que todo eso desapareciera. Buscó con el rabillo del ojo a Pródico, y
no lo encontró cerca. Sentía un cosquilleo en el vientre, un regocijo de pensar que él
había vuelto, al fin, y los resquemores del pasado no tardarían en disiparse. Ansiaba
estar a su lado, y tenía la certidumbre de que a él le ocurría lo mismo.
Mientras la dama admiraba el templo, él oteaba la ciudad, allá abajo. En contraste
con la Acrópolis, el resto de Atenas se presentaba ante sus ojos como una
configuración caótica de casas y chamizos, una masa de prismas del color del barro,
que se mimetizaban con sus calles, y por donde pululaba una multitud ajetreada.
Aquel dédalo de callejas se había ido extendiendo sin planificación alguna, según las
necesidades de construcción, exceptuando la calle principal, la vía Panatenaica, que
atravesaba la ciudad en diagonal desde la puerta del Dipilón hasta la Acrópolis,
dejando a un lado los altares y buleuteriones y a otro los talleres y tiendas. Más allá
de la ciudad se divisaban labrantíos, campos de cebada ya segados, encinas grisáceas
y las hileras de olivos patriarcales, cuyo verde viraba casi al plata.
El sofista de Ceos volvió con Aspasia, le cogió la mano, pero ella la retiró, más
como gesto de desaire que de verdadero rechazo.
—Está bien, seré bueno. Me esforzaré en pensar una inscripción adecuada.
—He cambiado de opinión. Mejor se lo encomendaré a otro.
—Sólo trataba de ser honesto contigo.
—Pues me has convencido —sonrió con un atisbo de tristeza.
Ahora se dejó tomar el brazo. Pasearon un poco, de vuelta ya hacia donde les
esperaban sus esclavos con el carruaje. Las cosas no habían empezado bien, y Pródico
lo lamentaba sinceramente, pero se consolaba pensando que de cualquier otra
manera no hubiera sido creíble. Bueno, ya estaban juntos otra vez. Subieron al carro
y se dejaron llevar. Aspasia se ahuecó el pelo, le miró un momento y le dedicó un
gesto no demasiado huraño, algo así como esa mueca con la que se pone fin a una
discusión. Todavía le quedaba otra tarea para él, y Pródico lo sabía. Un homicidio
que resolver, el de Anito, el hombre que venció a Sócrates en el tribunal, el que trajo a
sus labios el vapor de la cicuta. Pródico estaba ansioso por empezar con el caso.
Necesitaba un verdadero acertijo con el que ocupar sus pensamientos para alejarlos
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de la torturante idea de la mortalidad.
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CAPÍTULO XIX
Desayunó junto a Aspasia a la mañana siguiente en una estancia llena de mullidos
divanes, y tan silenciosa como el fondo de una cueva. El sofista amaba el silencio y la
tranquilidad al levantarse. Su manera ideal de entrar en el día era con indolente
lentitud, en una suave transición que, cuando estaba solo, duraba a veces una
mañana entera. Sus costumbres de ocioso reflexivo, decía, le habían permitido vivir
más años. Aspasia, en cambio, había sido siempre inquieta y activa. Dos caracteres
distintos. ¿Habrían podido convivir juntos? Nunca lo sabría.
Ella vestía una cómoda cimbérica negra y se había pintado un poco la cara para
disimular las ojeras. Pródico se mostró amable y conciliador. Le embargaba un buen
humor insólito en él, que apenas podía disimular. Alabó sinceramente su sentido del
color en las cintas que llevaba prendidas al vestido, así como en el mobiliario de la
casa. Alabó todo cuanto encontró digno de alabanza a su alrededor, aunque en sus
pensamientos ella era su único objeto.
Los esclavos les llevaron leche, queso, higos, dátiles, uvas y tortas de sésamo y
después se retiraron como hormiguillas, sigilosamente. Ambos tenían el ánimo más
apaciguado y Pródico deseaba un acercamiento a ella, ahora que ya habían
desahogado cada uno sus pequeñas cuentas pendientes con el otro y cumplido esa
venganza cotidiana tras la cual es posible la reconciliación.
El sofista de Ceos quería atacar cuanto antes el asunto del asesinato de Anito.
Necesitaba saber más detalles.
—Me han dado un plazo —dijo Aspasia—. Hasta la primera luna de pianepsion.
Si para entonces no les doy el nombre del culpable, cerrarán La Milesia.
Pródico apuró su cuenco de leche y consideró despacio el asunto. Cerrar La
Milesia no le parecía una tarea fácil. Habría muchas protestas. Aspasia repuso que se
trataba de una decisión política, y, cuando las cosas vienen de arriba, el pueblo calla.
—En el fondo es un pretexto cualquiera para taparnos la boca a las que aún
podemos hablar —agregó—. Se ve que incomodamos.
El asintió, conforme. Ahora era importante conocer las circunstancias que
rodearon el crimen, en qué momento y lugar se produjo, qué personas se
encontraban allí, quiénes habían testificado, qué habían alegado, cuándo y dónde fue
la última vez que se vio vivo a Anito, cuánto tiempo pasó desde entonces hasta que
lo encontraron cadáver y en qué estado lo hallaron.
—Fue horrible —comenzó Aspasia—. Ocurrió hace veinte días. Al amanecer, un
guardián de la ciudad se presentó en mi casa con la noticia de que debía
acompañarle a La Milesia. Filipo, el vigilante de la entrada, había dado la voz de
alarma al encontrar el cadáver de Anito en una de las alcobas, y cuando yo llegué allí
aún no lo habían movido. Estaba tendido boca arriba, en una cama, con un puñal
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hundido en el pecho hasta la empuñadura. La hoja le había atravesado el corazón.
Tenía las manos aún aferradas al mango, como si le lo hubiera clavado él mismo.
—¿Y no pudo tratarse de un suicidio?
—Anito era zurdo, y gracias a eso hemos podido saber que fue asesinado. La
mano que estaba en contacto directo con la empuñadura era la derecha; la izquierda
descansaba sobre ella. Pero siendo zurdo, lo lógico es que la mano que empuñase el
arma fuera la izquierda. La conclusión es que el asesino quiso aparentar que murió
por propia mano, pero no supo elegir cuál era la conveniente.
—Y también que ignoraba que Anito fuera zurdo.
—Además, suicidarse así en un lugar de diversión y placer, donde uno está
siempre acompañado... Resulta bastante contradictorio.
—Bien, podemos descartar la hipótesis del suicidio. Hemos avanzado ya sobre el
primer error del asesino. Y el que ha cometido un error suele haber cometido más.
—Si es así, no los hemos encontrado.
Repasaron la escena del crimen. Anito solía ser de los últimos en salir del local,
cuando ya iban a cerrar. La noche de su muerte le vieron apurando las últimas copas
de vino, muy beodo, en el salón vacío. Era el último tramo de la madrugada, faltaba
poco para que amaneciera, la mayoría de los clientes ya habían sido despachados,
quedaban los últimos relapsos. Casi todas las hetairas se habían retirado a sus casas a
descansar, pues habían cumplido su jornada. A esa hora en que Anito fue visto aún
con vida quedaban cuatro clientes más: Aristófanes, Diodoro, Cinesias y Antemión,
hijo de Anito, además de ella y las tres hetairas: Neóbula, Timareta y Clais, sin
olvidar a la escanciadora Eutila y el vigilante de la entrada, Filipo.
—¿No pudo haber entrado en La Milesia alguna otra persona sin que nadie se
diera cuenta?
—La Milesia es un lugar cerrado —repuso su amiga—. Como sabes, sólo tiene una
entrada, precisamente para evitar que algún cliente entre sin pagar. Carece de
ventanas o chimenea. Por eso partimos del conocimiento de quienes estaban allí
dentro cuando tuvo lugar el crimen.
—Conforme, siempre y cuando se haya vigilado a todos los que salieron después.
—Nuestro Filipo registra a todo el que entra, y no se separa de la puerta. La última
vez que vimos a Anito antes de encontrarlo muerto, éste se metía en una pieza con
Neóbula. Para entonces, sólo quedaban allí Aristófanes, Diodoro, Cinesias y el hijo de
Anito. Mi salida se produjo entre la de Cinesias y la de Aristófanes. Filipo recuerda
cuándo salieron estos tres primeros, y al ir a recoger las cosas para cerrar sabía que
aún quedaban Anito y su hijo, éste probablemente durmiendo la borrachera en algún
diván, como solía ser costumbre. Ya le había tenido que despertar en otras muchas
ocasiones.
—¿No pudo ocurrir que otro cliente hubiera entrado más temprano y
permaneciera oculto en alguna parte?
—Confío en la buena memoria de Filipo. Ha pasado muchos años trabajando para
nosotras como vigilante de la entrada, porque no se le escapa un detalle. Lleva la
cuenta de todos los que entran; les cobra, los descalza y comprueba que no están
bebidos. Son las normas y él las cumple escrupulosamente. No dudó al asegurarme
que allí no quedaba nadie más que los cuatro que te he dicho, además de la víctima.
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Aunque estuviera escondido, lo habría visto entrar; por tanto sabría que aún estaba
allí.
—Esconderse en La Milesia es fácil. Hay muchos rincones poco visibles. En tal
caso, el asesino habría salido al amanecer, después de que Filipo fuera a avisar a los
Once.
—Filipo recordaba el nombre de todos los clientes que vinieron aquella noche. Y
por si no bastara su testimonio, hemos tomado declaración a todos y cada uno de
ellos acerca de a quiénes vieron entrar y salir en La Milesia. El cómputo final es que
todos los clientes que estuvieron, excepto los cuatro últimos, también cuentan con
algún testigo que los vio salir. De los que quedaban cuando se produjo el crimen,
hemos descartado a Cinesias. Eutila, Filipo y yo misma vimos salir a Cinesias con
Timareta. Tiene una buena coartada. De los otros tres no fui testigo: me marché poco
después.
—Ya veo. ¿Y qué me dices de las hetairas?
—Las conozco desde hace mucho tiempo. A las chicas desde su pubertad, y a
Filipo desde hace veinte años. Serían incapaces de hacer algo así. Neóbula, en
cambio, es una mujer enigmática. No somos amigas, pero nos entendemos bien en el
oficio, y hasta ahora me ha sido imprescindible en la casa. Tiene un extra ño poder
sobre los hombres. Ella es el puntal de La Milesia, y lo sabe.
—Supongo que ha sido interrogada.
—Varias veces, pero no hemos encontrado un solo indicio de sospecha cabal. Nos
basamos en que, en el momento en que Anito pudo ser apuñalado, ella nunca estuvo
sola. Hemos reconstruido paso a paso estos instantes. Tras yacer con Anito se fue a la
lavatriva, donde se reunió con Clais. Para entonces, Anito estaba vivo, porque bebió
el vino que le llevó Eutila. Y fue también Eutila quien la vio salir de la lavatriva y
dirigirse directamente a la salida, donde también pudo verla Filipo. Neóbula se fue a
su casa, pues era muy tarde, y Anito se quedó bebiendo solo en la misma alcoba
donde había gozado con Neóbula.
—Vayamos entonces a los cuatro principales sospechosos.
—Respecto a Aristófanes, Diodoro y Antemión, el hijo de Anito, ninguno de ellos
es hombre de temperamento violento. Aristófanes le debía a Anito una formidable
cantidad de dinero, más de tres mil dracmas por un viejo préstamo, y últimamente
Anito le estaba presionando mucho. En cuanto a Antemión sabemos que estaba
profundamente enfrentado a su padre, desde hace años, y ni siquiera se hablaban.
Antemión es un bebedor consumado y apenas es capaz de mantener relaciones con
hetairas. Su cuerpo es un odre que pide sin cesar vino, hasta que ya no puede más.
Entonces cae dormido. Para Anito este hijo era la deshonra de la familia; lo
repudiaba.
—Ya tenemos a un claro sospechoso.
—Eso pensamos todos. Pero parece ser que a aquellas alturas de la noche
Antemión estaba tan ebrio que no se podía ni levantar, así que es difícil pensar que
cometiera un crimen tan preciso.
—Bien. ¿Qué puedes decirme de ese tal Diodoro?
—Diodoro es un sacamuelas. Tiene su consulta cerca de la plaza pública, y no le
falta trabajo. Es un hombre extremadamente inteligente y culto. Timareta lo conoce
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bien. Al parecer, fue alumno de nuestro querido Protágoras. Pero al final no quiso
seguir sus pasos. Le ha quedado el gusto por la conversación refinada. Las mujeres le
pierden. A mí me quiso desnudar para arrancarme una muela, con el pretexto de que
una infección en la boca puede provocar desórdenes en la piel, y me reí en su cara.
Con ese mismo cuento ya ha desnudado a la mayoría de las mujeres bonitas de
Atenas, pero no porque las engañe, sino porque ellas se dejan con mucho gusto. Es
un hombre guapo, soltero, y sabe halagar la vanidad de una mujer mucho mejor que
cualquier marido. Además, ya sabes cómo nos pierden los médicos —sonrió con
malicia—. El caso es que se le quitaron las ganas de seguir desnudando mujeres
casadas el día en que alguien le vino a sacar las muelas a él. No tenemos constancia
de que le uniera ningún vínculo con Anito, y tampoco podemos desmentirlo. Es
cliente habitual de La Milesia, y no es de los que sale a última hora. Puede decirse
que ese día hizo una excepción.
También se ha declarado inocente, como Aristófanes y, por supuesto, su amigo
Cinesias.
—Por lo que veo el asesino tuvo que quedarse a esperar hasta muy tarde para
encontrar a Anito solo e indefenso, ya que la muerte no se debió, como parece, a una
pelea, en cuyo caso se habría oído. Todo apunta a que se ejecutó de manera silenciosa
y premeditada. El asesino conocería las costumbres de Anito en el burdel.
Probablemente le habría visto antes dormido por efecto del vino.
—Supongo que el homicida, quienquiera que sea, decidió que ése era el lugar
donde le sería más fácil matarlo. Yacía tendido en la cama, boca arriba. Hasta una
mujer con poca pericia puede hundir un cuchillo afilado en el pecho de un hombre
dormido. Lo difícil es actuar con sigilo, sin testigos, en un lugar como La Milesia.
Pero mucho más difícil hubiera sido asesinarlo en su propia morada, entrando de
noche. Tiene una estupenda villa con una puerta de entrada sólida, que no se puede
echar abajo sin armar un escándalo. Eso habría despertado a Anito y a su hijo, que a
sus veinte años es ya un joven robusto y bien capaz de defender a su familia. Fuera
era difícil encontrarlo solo. Le gustaba rodearse de gente influyente.
—En definitiva —dijo Pródico—, no era un hombre fácil de matar.
—No, ciertamente. Tal vez el único lugar posible era mi local.
—No deja de ser una elección demasiado arriesgada, habida cuenta de que es casi
imposible actuar allí sin testigos que pueden afirmar, por lo menos, haberte visto.
—Debía de tener una razón muy importante para matarlo, asumiendo ese riesgo
—dijo ella.
—Pudo ser por venganza. Tengo entendido que... —que sus amigos eran un hatajo
de fanáticos, pensó.
—¿Qué?
—Que Sócrates tenía amigos capaces de jugársela por él.
—No creo que haya sido uno de sus amigos. Es sólo una intuición.
—Posiblemente el asesino tenga alguna relación con Sócrates. Por ahí lo
cogeremos, por la amistad del filósofo con alguno de los cinco sospechosos, tal vez
nos encontremos algo inesperado en el camino.
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Después del desayuno, Pródico escribió en un pliego el enigma objeto de sus
pesquisas: la pregunta que había que responder. Deslizó con cuidado el cáñamo
mojado en tinta sobre la superficie rugosa del papiro:
ENIGMA PRINCIPAL:
¿Quién mató a Anito?
CUATRO HIPÓTESIS:
Aristófanes. Diodoro. Antemión. Neóbula.
Hasta aquí le parecía claro que el método a seguir era rastrear cada una de las
hipótesis, o, dicho de otro modo, interrogar uno tras otro a los cuatro sospechosos,
hasta desenmascarar al criminal. Cómo haría para interrogarlos adecuadamente y
descubrir la verdad oculta en un falso testimonio era ya una cuestión posterior y
secundaria. Reflexionando sobre el objetivo especificado, y si estaba ya todo
contenido en él, decidió que quedaba incompleto. No le bastaba saber quién lo hizo.
Quería averiguar también el porqué. De modo que añadió:
PRIMER ENIGMA SECUNDARIO:
¿Por qué mataron a Anito?
CINCO HIPÓTESIS:
Vengar a Sócrates.
Móvil político (erosionar la democracia).
La ira de una hetaira (pasional).
Odio filial.
Económico: saldar una deuda.
Releyó lo escrito y lo encontró de su agrado. Se preguntó si esto era cuanto
deseaba saber o aún había algo más. Por fin, empuñó de nuevo el cáñamo y añadió:
SEGUNDO ENIGMA SECUNDARIO:
¿Fue justo el juicio de Sócrates?
DOS HIPÓTESIS:
Culpable Anito (acusación falsa, condena injusta).
Culpable Sócrates (acusación verdadera, condena injusta).
Decidió empezar por el segundo enigma secundario, pues la respuesta le ayudaría
a desvelar el móvil del crimen (primer enigma secundario), y con el cual confiaba en
ponerle un rostro al asesino.
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CAPÍTULO XX
El alba comenzaba a asomar por la cima de las montañas del Himeto. Los ciudadanos de
Atenas se dieron cita en la plaza pública para formar el grupo de hombres que decidiría sobre
la inocencia o culpabilidad de uno solo. El sorteo se efectuó con toda la rapidez posible y
discurrió sin incidentes. No hubo protestas. Cuando los primeros rayos de sol llegaron a la
plaza ya estaban elegidos los mil quinientos miembros del tribunal.
—¿Protestas? ¿Qué relevancia? —inquirió Pródico.
Jenofonte asintió y dijo:
—Que te caiga en suerte ser miembro de un tribunal no es del agrado de todos,
como tú sabes, por eso fue raro que no hubiera ninguna protesta ni renuncia, como
suele ser habitual. Muchos debieron sentir que era un lujo convertirse en el juez que
juzgara a Sócrates. En definitiva, habría sido imposible formar un tribunal popular
imparcial.
—La antipatía personal hacia el acusado pesaba demasiado en esa balanza.
—Dices bien: antipatía —repuso el historiador—. No la equiparemos al odio o la
sed de venganza. Era una vida lo que se decidía, no lo olvidemos.
La multitud fue ocupando las gradas, entre confusos murmullos, y tardó en hacerse
silencio para que el heraldo realizara el rito de purificación y la plegaria, que satisfizo al
arconte rey, de pie en la grada de honor. Una nueva oleada de murmullos saludó la entrada de
los tres acusadores, Anito, Meleto y Licón, y subieron aún de tono cuando compareció
Sócrates, flanqueado por dos guardianes, sereno y casi altivo, barba blanca bien recortada, su
habitual tribón viejo, limpio y bien compuesto. Tomó asiento en el banco de los imputados
tras retirar la estera de lana mullida.
—Este detalle hizo sonreír a más de uno —recordó Jenofonte—. Era típico de él
desdeñar las pequeñas comodidades, para no perder la tensión.
—En resumidas cuentas, teníamos al Sócrates auténtico —sonrió Pródico.
—Al más auténtico de todos.
El arconte rey abrió el proceso declarando que se habían reunido allí para juzgar a
Sócrates, hijo de Sofronisco, acusado de impiedad y otros delitos contra la ciudad. Pedía al
público que conservara la calma y reinara el silencio en las gradas. Al menor incidente, los
agitadores serían desalojados del tribunal. Sobre el jurado recaía el peso de la decisión que
habrían de tomar con el máximo de objetividad e imparcialidad, y les conminaba a juzgar con
sentido del juicio. Asimismo, recordó el juramento de votar de acuerdo a las leyes allí donde
existieran leyes, y, donde no existieran, votar de la manera más justa que pudieran.
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El arconte concedió el turno de palabra a la acusación. Anito subió a la tribuna de oradores
y recorrió con mirada grave las gradas del jurado. Se expresó con voz templada, firme. Hizo
un exordio para centrar la cuestión y clarificar los cargos que se esgrimían contra el acusado.
Calificó a Sócrates como un pensador y un orador hábil. No se le conocía otra ocupación que
la de departir con los más jóvenes acerca de la virtud. Unos veían en él a un sabio, otros a un
simple charlatán, pero eso no venía al caso del juicio, sino si, efectivamente, el acusado no
impartía enseñanzas que pudieran corromper a sus pupilos con ideas y valores contrarios a
los principios del Estado.
Anito y Meleto explicaron al jurado cómo habían llegado al convencimiento de que el
acusado era un impostor. Según ellos, bajo la apariencia de charla errática desarrollaba un
perverso método de persuasión. Llevaba a sus interlocutores a donde quería. Los confundía
primero, los atrapaba, los seducía, los instruía en su doctrina, los fanatizaba y corrompía.
Así concluyó el primer discurso de Anito, desde la tribuna de la acusación. Era llegado el
momento de la réplica. Sócrates se acercó parsimoniosamente al estrado. No parecía afectado
por las graves acusaciones que acababan de verterse contra él. Su tono de voz reflejaba
impasibilidad, aunque no indiferencia.
—No sé, atenienses, si me conocéis y amáis la verdad, cómo habéis soportado las palabras
de mi acusador, pues en ellas no me reconozco, no sé de quién hablan en realidad, aunque he
oído pronunciar mi nombre en varias ocasiones. Me siento extraño en este lugar. Nunca he
sido llamado ante los jueces, no entiendo los delitos de los que se me acusa ni reconozco
ninguna honestidad ni en el contenido ni en la forma de la disertación de Anito, hábil político.
Supongo que ahora se espera de mí un discurso en mi defensa que invalide lo anterior. Es lo
adecuado en estos casos, según parece. Se me acusa de ser una serpiente y me veo en la
extraña circunstancia de tener que demostrar con palabras que no tengo escamas ni repto por
la tierra, ni destilo veneno por mi boca. Nunca he tenido que hacer un discurso tan extraño
sobre una materia tan ajena a mí, así que no sé qué decir. Además, yo no sé hacer discursos
adornados para los tribunales, sólo sé dialogar, y en este punto no se equivoca Anito. Me
gusta hablar con la gente, con cualquiera que se me acerque. Hablo con palabras llanas, como
las que empleo en el ágora. No tengo nada que ocultar. Me dejo ver en cualquier parte, en el
gimnasio, en las calles, en la plaza pública, donde está la gente. Sabéis de lo que hablo.
Muchos de los que estáis aquí habéis conversado conmigo. ¿Os habéis sentido amenazados o
corrompidos por mí? ¿Os he transmitido desprecio a nuestros valores o instituciones?—dejó
correr un silencio y prosiguió—. Sé que he sido objeto de calumnias, pero creo que es un
riesgo al que se expone cualquiera que hable libremente en esta ciudad; es imposible evitar que
algún necio distorsione tus palabras o te ridiculice. Así obra Anito, hablando con falsedad.
Pues, al contrario de quienes enseñan corrompiendo y lucrándose con ello, no busco enseñar
nada, sino sólo indagar sobre cuestiones de la virtud y de la sabiduría, de cómo podemos ser
mejores, más libres y dichosos. Desde aquí desafío al bueno y patriota de Anito a que
demuestre que he corrompido a un solo joven y pido al venerable arconte que me permita
mantener un diálogo con él, en vez de hacer largos discursos.
El arconte rey hizo que se acercaran los tres acusadores para recabar su opinión. Tras unas
breves deliberaciones aceptaron esta variación en el procedimiento. Sócrates agradeció la
deferencia cediendo a Anito el turno de palabra.
—Te has expresado muy bien, Sócrates —dijo Anito—, y te felicito por tu discurso. Una
vez más queda de manifiesto que presumes de ignorante y lo sabes hacer con mucho
96
conocimiento. Podríamos llamarla sabia presunción, o «presunción socrática». Pues lo que
acabas de desarrollar ha sido un magistral discurso acerca de tu incapacidad de hacer
discursos. Nos encanta tu elocuente humildad. Nos convence y emociona —dirigió una
mirada triunfante al público, al despertar una oleada de risas sofocadas—. Pero nuestro
Sócrates no es el humilde ignorante que finge ser. El camina entre la multitud portando la
antorcha de la verdad, ¡lo malo es que va dejando las barbas chamuscadas a su paso!
Hubo otra oleada de risas mezcladas con murmullos. El arconte rey pidió silencio.
Impasible a las burlas, Sócrates tomó la palabra y se declaró aburrido por las maneras de
Anito en sus vanos esfuerzos por convencer al público de su talento como actor de comedia.
Pero esa comedia ya la había estrenado Aristófanes, y con mejores resultados. Y añadió: «Tus
argumentos, Anito, están a la altura de tus méritos personales. Hace tiempo que te apartaste
de la rectitud, y mucho tendrías que rebajarme a los ojos del jurado para hacerme quedar por
debajo de ti».
Anito replicó que no haría falta probar allí su arrogancia, ya que el mismo acusado parecía
dispuesto a ahorrarles ese trabajo. Era la arrogancia de quien se cree tan sabio como para
decidir quién nos debía gobernar.
Sócrates replicó de esta manera:
—Me asombra, Anito, que me atribuyas tales preocupaciones políticas. Precisamente tú,
que, no conforme con haberte hecho rico con el comercio de pieles, ahora aspiras a ser elegido
estratego y te codeas con los hombres importantes. Pues desde que tienes uso de razón no has
hecho otra cosa que medrar a cualquier precio, primero en los negocios y ahora en la política.
Estás muy bien relacionado, perteneces al círculo de estrategos y no desperdicias la ocasión
para añadirte algún mérito, aun a costa de servir a la mentira. Te conocemos bien, Anito:
careces de credibilidad ante este jurado. Tus argumentos son deplorables. Me presentas aquí
como alguien que corrompe la política de la polis, cuando sólo soy un modesto ciudadano que
cumple con sus deberes. ¿Quién me ha visto presentarme a un solo cargo o procurarme
influencias ventajosas? Mi vida es suficiente ejemplo de que permanezco al margen de todo
eso. Y confío en que, ante la falta de argumentos, se dé esta cuestión por zanjada antes de que
se agote la paciencia de este tribunal.
—De ninguna manera —replicó Anito, dirigiéndose al jurado y dando la espalda al
acusado—. Hay mucho que decir todavía. Admitimos que Sócrates nunca aspiró directamente
al poder. Por una serie de razones importantes, entre las que se encuentra la poca simpatía de
la que goza entre nosotros, ha preferido mantenerse en la sombra. Y desde la sombra ha
actuado, en un empeño de formar al sucesor adecuado, el hombre que, previamente
adoctrinado por él, tome las riendas del gobierno por la fuerza. Para ser exactos, me estoy
refiriendo al magisterio que en años pasados ejerció sobre algunos jóvenes ilustrados y de
buena familia, como fueron el tirano Critias y el más despiadado y mezquino de los hombres
que conoció esta ciudad: Alcibíades —ahora se dirigió a Sócrates y endureció el tono de su voz
en un clamor rugiente—: Ambos fueron alumnos tuyos, Sócrates, ¡y te exijo que te
pronuncies al respecto!
—Muchas horas pasé conversando con ellos, es cierto, y aprendieron a pensar con
inteligencia, pero no con rectitud ni prudencia. En realidad, nunca salieron de la ignorancia.
¿Soy culpable de ello? Si no he entendido mal, afirmas que algunos jóvenes que luego se
convirtieron en traidores aprendieron de mí a comportarse de esa manera, basándote en la
idea de que se aprende lo que se enseña.
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—Entonces ¿no es cierto que aprendemos lo que nos enseñan? —terció Licón.
—Interesante cuestión, Licón. ¿Realmente crees que la enseñanza produce aprendizaje?
Esta pregunta desencadenó una oleada de murmullos de sorna.
—¿Y qué va a producir? ¿Habas? —se mofó Meleto.
La réplica avivó los murmullos. Sócrates esperó a que volviera el silencio para responder.
—Has puesto un ejemplo muy bueno, Meleto. La enseñanza puede ser comparada a la
siembra. Pero ¿es cierto eso que dices de que la siembra produce habas, igual que, por ejemplo,
las gallinas producen huevos? Dime sólo esto, Meleto.
—¡Por Zeus! ¿Adónde me quieres llevar? —hizo un gesto de impaciencia—. ¿Te crees que
no sé que las gallinas producen huevos? ¿Me tomas por tonto?
Las gradas empezaron a alborotarse y el arconte tuvo que pedir silencio.
—Estaremos de acuerdo entonces en que las gallinas producen huevos —continuó Sócrates
en tono tranquilo, confianzudo—, pero no tanto en que la siembra produce habas y otras
hortalizas, como acabas de afirmar. Uno puede sembrar y no obtener nada. Porque lo que hace
que brote una planta no es el hombre, sino la semilla fértil, la buena tierra, el sol y la lluvia, y
de modo idéntico podemos afirmar que el que enseña o dice enseñar no produce aprendizaje,
esto es, no hace aprender al otro, sino que es uno mismo el que aprende, cuando es capaz de
pensar por sí mismo. El aprendizaje es algo que se da en el interior de uno mismo, como el
recuerdo de las cosas. El que enseña se limita a ayudar a dar a luz ese aprendizaje.
Anito estaba empezando a irritarse y se conformó con echarse las manos a la cabeza para
hacer patente su burla, pero lo cierto es que las explicaciones del acusado agradaban al jurado,
porque mostraban su rostro más conocido, el de un artista de gran talento para enredar las
cosas y darles un significado original y extravagante. Y también porque habían conseguido
sacar de quicio a Anito. El filósofo concluyó:
—Niego haber enseñado a nadie, porque estoy persuadido de que el conocimiento no se
transmite, sino que está dentro de cada uno de nosotros. Y quien afirme que aprendió de mí
algo nuevo miente.
Los acusadores se dieron cuenta de que Sócrates los había llevado a su terreno y gozaba de
cierta ventaja. Meleto hizo hincapié en la estrategia del acusado de desviarlos del tema y
enredarlos en banalidades. Nunca respondía a sus preguntas. Rehuía los hechos. Pero eran los
hechos los que importaban. Anito tomó el relevo: «Todos sabemos que tú enseñaste política a
los tiranos y a los enemigos de Atenas. Sabemos que no compartes los principios de la
democracia».
Sócrates inquirió a qué principios se refería. Anito puso de relieve que el acusado había
criticado muchas veces el sistema de jurado popular, alegando que no todo el mundo está
autorizado a discernir lo que es justo y lo que no lo es. Y del mismo modo se había referido a la
democracia como el ruido que produce un cortejo de músicos que nunca ha aprendido a
utilizar sus instrumentos. Sócrates ni lo afirmó ni lo negó.
—Te hemos oído decir también que tú eres el único ateniense que conoce bien el arte de la
política —dijo Anito.
Sócrates llevaba un rato con expresión ausente, como si no se molestara siquiera en
escuchar lo que contra él se decía. Cuando tomó de nuevo la palabra se dirigió directamente al
jurado y su voz era más severa:
—Esta ciudad se ha empeñado en ahogar la razón cuando se expresa libremente. Ya se
lamentan juicios como el de Fidias o Eurípides, y también el que condujo a la ejecución de los
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almirantes tras el desastre de las Arguinusas. Se me acusa de actuar contra la legalidad de
nuestro Estado, por eso quiero recordar aquí que yo fui el único miembro del Consejo que
criticó la ilegalidad en el procedimiento sumarial y corrupto con el que se juzgó a los
almirantes. Más tarde Atenas se arrepintió de lo que había hecho, pero entonces nadie quiso
escucharme. Se me acusa ahora del mismo modo, sin pruebas ni verdad.
—Tenemos algo más que un simple testimonio —replicó Anito—, algo más que la prueba
de que tú instruiste personalmente a Critias. Tenemos un hecho que puede confirmar muchos
de los que asisten a este juicio. Durante la sangrienta tiranía de los Treinta permaneciste en
Atenas mientras los demócratas eran perseguidos y degollados, y no había otro modo de
salvarse que huir de la ciudad. ¿Por qué te quedaste en Atenas? Evidentemente, eras amigo de
Critias, el líder de los tiranos.
A esto Sócrates replicó:
—Cierto que permanecí en Atenas. Y hay mucha gente aquí que fue testigo de cómo
Critias, durante su corta estancia en el poder, me prohibió conversar con mis amigos.
También él pensaba que mi influencia sobre los jóvenes era peligrosa y promovía la sedición.
Y ahora resulta que en nombre de la democracia se me acusa de adoctrinar a tiranos. ¿Por qué
será que todos creen que hago lo contrario de lo que hago? Miradme bien. ¿Hay algo en mi
aspecto que induzca al miedo, a atribuirme complicadas conjuras políticas, primero en contra
de la tiranía, y ahora a favor de la tiranía?
El filósofo se dirigió a toda la Asamblea echando a andar con paso sosegado y mirando cada
rostro. Su resistencia física no parecía mermada por la tensión del proceso y el tiempo que
llevaba debatiendo.
—Tu aspecto no nos impresiona —se alzó Anito—. Ni tus palabras tampoco. Tu presencia
en Atenas durante el Régimen de los Treinta no ha quedado explicada en absoluto. Dejemos a
un lado el hecho de que Critias te prohibiera adoctrinar, cosa que parece probada. Lo que nos
resulta extraño de por sí es el simple hecho de que tú permanecieras aquí cuando se
produjeron las matanzas —miró a todo el jurado—, es triste para todos nosotros recordarlo,
sobre todo cuando tenemos el recuerdo tan fresco. ¡Mil quinientos fueron los atenienses
ejecutados!¡Y cinco mil los que nos exiliamos para ponernos a salvo de la furia de los tiranos!
¿Por qué no huíste tú entre los cinco mil, si tan demócrata te consideras?
—No me gusta huir. Y no temía a Critias y a los suyos.
—Ahora lo has dicho bien claro, Sócrates. Tus razones tenías para no temer a tu amigo
Crinas, ¿verdad? No tengo nada más que añadir.
Anito regresó a su asiento y durante un breve tiempo no hubo otra cosa que murmullos,
bisbíseos, caras que se movían de un lado a otro, haciendo gestos con el de al lado. La
situación estaba cambiando para el acusado. Al fin se decidió a hablar.
—No me intimidáis, Anito, Meleto, Licón. Os veo revolotear a mi alrededor como aves
carroñeras esperando el momento de caer sobre mí. Pero vuestras acusaciones no son más que
meras calumnias. Mi vida ha dado suficiente ejemplo de mi virtud. Sobre la virtud y la
justicia he investigado con mis amigos, nunca he cesado de indagar, y moriré haciéndolo.
Hablo de la virtud del hombre común, del artesano, del artista, y también de la virtud del
gobernante que rige los destinos de la ciudad. Hablo de la justicia del pescador, del
comerciante y de la grandeza de la ciudad, que son sus leyes y su funcionamiento. Estas son
mis conversaciones que vosotros llamáis políticas. No hay nada de lo que deba defenderme,
pero puesto que parecéis empeñados en acusarme, os prevengo de cometer una nueva
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injusticia, pues no es ejecutando a hombres inocentes como se contribuye a la. concordia. Si
quienes me acusan con falaces argumentos pueden convertir ante un jurado la inocencia en
culpabilidad, nos espera un futuro incierto. Pues no habrá bondad que no pueda ser
presentada como perfidia, y vicio por virtud, y verdad por mentira. Me tratáis como reo ante
el tribunal de la muerte, deseosos de verme caer en desgracia, pero lo que mueve este juicio es
el afán de venganza de Anito, su despecho por haber influido sobre su hijo. Pues todo esto
encubre otra acusación que no se atreve a presentar: la de corromper a su hijo por no seguir la
senda que él le marcó. A eso se refiere cuando me culpa de corromper y adoctrinar a la
juventud. Sabed bien esto: no hay nada limpio en este juicio. Si me dais muerte no me
dañaréis a mí, sino a vosotros mismos. Porque es mucho peor cometer la injusticia que
padecerla.
Ahí estaba Sócrates, erguido en sus sandalias, incrédulo ante la clepsidra que acababa de
vaciarse. Sus últimas palabras habían anunciado que una sentencia contra él sería una
condena a todos los atenienses. Daba la impresión de que ya conociera cuál iba a ser el
veredicto final, o que no le importase lo más mínimo.
Anito se dirigió al jurado y alzó la vista al arconte:
—¿He oído bien? ¡Ahora resulta que él no es el acusado, sino el acusador! ¡Nos quiere
defender del delito de condenarle! En mi vida he escuchado una demagogia más ruin. Se hace
adalid de la virtud, ejemplo de todos los atenienses, en su insondable humildad, pero sus
palabras están llenas de veneno y soberbia. Ni siquiera en su defensa ha podido evitar
atacarnos, ridiculizarnos, hacernos quedar como ignorantes a su lado. Su comportamiento
ante este tribunal ha sido una muestra de su osadía y su falsedad. En ningún momento ha
refutado las acusaciones de haber instruido a los tiranos y ejercido un magisterio contrario a
nuestro Estado, se ha limitado a inducirnos a la confusión con un discurso vacío y tramposo.
Ruego al jurado que en virtud de los hechos decida si este hombre es inocente o culpable.
El tribunal y el público se habían vuelto a alborotar. El arconte rey hubo de imponer
silencio. Sócrates tampoco tenía nada más que decir, y así lo hizo saber al jurado. Por tanto, se
dio paso a la votación.
Los acusadores lograron reunir más de la mitad y un quinto de los votos contra Sócrates:
doscientos ochenta votos negros contra doscientos veinte votos blancos. Con sólo treinta más
a su favor habría logrado la absolución.
El juicio aún había de durar hasta la noche. Quedaba por imponer la pena. La clepsidra
había sido volteada una y otra vez hasta la exasperación. El propio Sócrates daba ya muestras
de fatiga hundido en su escabel. Se habían escuchado los argumentos de una y otra parte.
Quien no había prestado oídos a las razones del acusado no iba a prestarlas ya, dijera lo que
dijese. Los acusadores —y en especial Anito— le habían sometido a un auténtico
hostigamiento moral en la última parte del proceso. Como respuesta, él había dejado de
defenderse, repetía que su vida había sido suficiente ejemplo de virtud y solicitaba no sólo la
absolución, sino... una pensión vitalicia. Como pena, propuso ser alojado y mantenido en el
Pritaneo a expensas del Estado, como los héroes olímpicos. Demostraba así que no se iba a
rebajar a solicitar ni la más disimulada forma de clemencia. Fue interpretado como una
muestra de arrogancia y desprecio.
—Hay que reconocer que el gesto es impresionante —admitió Pródico—, no sé si
como muestra de valor o de locura, pero desde luego digno de un maestro.
100
—Nos ha dado mucho que pensar, porque si hubiera propuesto otra pena se le
habría respetado la vida. Parece claro que a lo largo del juicio su actitud cambió y en
el último momento prefirió no salvarse a sí mismo. Se sacrificó. La razón de por qué
lo hizo es el gran enigma.
Los jueces, por tanto, trazaron con saña una raya larga en el encerado: no admitían la pena
propuesta por el acusado. Se decretó para él la pena de muerte. Todo estaba decidido. Tan sólo
le quedaba el derecho a sus últimas palabras. Un silencio sobrecogido reinaba ahora en las
gradas. Todas las miradas estaban puestas en él. Se había vuelto a sentar a causa de la fatiga.
Y habló sin levantarse.
—Veo que queréis restaurar la democracia sobre la represión y la condena —dijo—
llevando a todos los que opinen de modo diferente a una muerte pactada. Estáis dominados
por la inseguridad y el miedo, y os figuráis que aquel que no coma en la misma mesa que
vosotros es vuestro enemigo. Erróneamente creéis que con mi muerte vais a solucionar los
problemas de Atenas, que son vuestros propios problemas internos. Si miraseis más por la
justicia me habríais interrogado con más honestidad y menos resentimiento, y no habríais
tenido tanto miedo a escuchar la verdad. Pero habéis venido dispuestos a escuchar de mi boca
lamentos y súplicas, y quizá os he defraudado en este sentido, al no humillarme ante vosotros,
pidiendo perdón por delitos que no cometí.
»Mi edad es avanzada y no me importa morir, pero me duele ser ultrajado por este tribunal
y por la ciudad que amo y a la que tanto he dado. En estos tiempos se me impugna como un
traidor, pero... quién sabe lo que sentenciará el futuro.
—Tu testimonio del juicio es muy interesante —aprobó Pródico—, y habla muy
bien de tus cualidades como historiador. Sin embargo, hay algo que no entiendo de
todo esto y me gustaría que me lo aclarases. ¿Crees realmente que hacia el final del
juicio rehusó defenderse?
—Así me parece. Debió de comprender que las mentiras habían terminado
imponiéndose sobre los hechos, sobre su vida. Defenderse de ellas le resultaba
indigno. Se le había declarado culpable. ¿Por qué solicitar una pena más clemente?
Eso equivaldría a aceptar algún grado de culpabilidad.
—En mi opinión —dijo el sofista—, el primer deber de un hombre inteligente es
salvaguardar su vida, antes que su dignidad o cualquier otro valor.
El historiador fingió no sentirse ofendido. Se retrepó en el asiento y replicó
suavemente:
—Pero él optó por ser coherente hasta su momento final.
—¿A qué te refieres con coherente?
—A aceptar y cumplir la pena, aunque fuese injusta.
—He oído que sus amigos le prepararon una fuga.
—Cierto, pero él rehusó escapar.
—¡Qué necedad!
Jenofonte le dirigió una mirada severa y profundamente disgustada.
—Quizá no puedas entender nunca su concepto de la integridad.
—Lo entiendo, y no lo comparto. Tampoco creo que esa actitud de aceptación total
de la condena fuese coherente consigo mismo. Él pensaba que las leyes nunca están
101
por encima de los individuos. Su ideal del sabio era el del hombre que busca la
verdad en su interior. En eso se fundaba su moral superior. Si él se creía inocente,
¿por qué acatar entonces la moral del vulgo?
—El respeto a la justicia de Atenas fue lo que le mantuvo en su decisión de beber
la cicuta sin oponerse.
—Di mejor el respeto de las leyes, que no de la justicia —corrigió—. Sócrates
distinguía muy bien entre legalidad y justicia.
Jenofonte apenas podía disimular su impaciencia. Movía con insistencia una
pierna. Dijo:
—Entonces, según tu punto de vista, ¿por qué se resistió a huir?
—Quizá Sócrates confiaba en que Atenas se arrepentiría de su crimen, y que
bebiendo él la cicuta la beberían simbólicamente todos los atenienses. Tal vez quiso
ser un Antígona, un defensor de la justicia hasta la muerte, un héroe que había
llevado su destino trágico a un final solemne. Suicidarte parece significar que, al fin y
al cabo, vas en serio.
—Él estaba en contra del suicidio.
—Lo suicidaron, si prefieres decirlo así. Pero él pudo haberlo evitado. Tal vez su
fracaso personal fue lo que le hizo preferir cicuta.
Estas palabras lograron enfurecer al historiador. Le dirigió una mirada fría,
despiadada:
—Con razón hablaba de la necedad de los sofistas.
—Tal vez sí y tal vez no, como diría Protágoras —sonrió.
—Bien, entonces tú y yo ya no tenemos nada más que hablar —dijo Jenofonte
enrollando su manuscrito antes de abandonar airadamente el salón.
102
CAPÍTULO XXI
Otra razón para quedarse junto a Aspasia era su casa, quién podía dudarlo.
Amplia, luminosa, siempre limpia, te recibía con sus alfombras mullidas, sus
rincones frescos rodeados de mármol pentélico. Tenía una de las mejores bibliotecas
que Pródico había visto. Los rollos, envueltos en paños de lino para resguardarlos del
polvo y la humedad, se conservaban en muy buen estado. Todos ellos habían sido
leídos por ella. El patio era uno de los lugares más agradables para pasar las horas de
calor, a la sombra bonancible de la parra que se extendía desde el pórtico, donde
subía el grato olor a uva fermentada procedente de la bodega y, a primera hora de la
mañana, también el aroma del horno de pan. La servidumbre estaba impecablemente
adiestrada en modales y en el cumplimiento eficiente de sus servicios; sin resultar en
exceso serviles, sabían recortar bien la barba, los escanciadores mezclaban bien el
vino, eran capaces de permanecer en una estancia sin hacer notar su presencia y
retirarse inadvertidamente. En general, Pródico era atendido por tantos esclavos
diferentes que a una llamada suya casi nunca acudía el mismo. Este hecho
cosquilleaba su curiosidad. Si a petición suya acababan de traerle algo a su cuarto, se
veía tentado de llamar de nuevo sólo por comprobar si ahora se presentaba otro
fornido nubio o acaso una hermosa esclava extranjera ganada en algún botín de
guerra. Pululaban por la mansión de Aspasia como hormiguitas silenciosas, y sólo
hacían ruido en la cocina, que estaba al otro lado del patio, y por tanto apenas se oía
en las estancias principales. Sus ayudantes y remeros que le habían acompañado en
el viaje desde Ceos se alojaban en la casa anexa, con el resto de la servidumbre, junto
a la caballeriza, y al parecer estaban encantados con el trato.
Poco a poco empezó a hacer el recuento de esclavos de la mansión y elaboró
mentalmente una lista interesante. Había dos cardadores, dos doncellas peinaban y
vestían a Aspasia, tres jóvenes coperos, un portero, el que le dispensaba la tinta, el
cálamo y el papiro para escribir, el que custodiaba la biblioteca, cuatro palafreneros
que se encargaban de la caballeriza, tres escanciadoras, dos tañedores de laúd, la que
perfumaba el atrio con lavanda y mejorana, tres cocineras, cuatro que pasaban el
aguamanil y las jofainas a los invitados, la que cuidaba las plantas del peristilo, dos
tejedoras de lino, tres guardianes de la casa, dos que le iban a hacer la compra, otros
dos para la limpieza de la casa, una encargada de cuidar y preparar la vajilla de
plata, un emisario que le llevaba recados por la ciudad y que solía acompañarla
cuando salía... En total, treinta y nueve, la mayoría escitas, que eran los más caros en
las subastas, aunque también los había beocios, tracios, frigios, carios, armenios e
itálicos, y todos ellos hablaban perfectamente el griego. Los guardianes de la casa
habían servido antes en la custodia de la ciudad, y habían sido tomados como
prisioneros de guerra. En ninguno veía muestras de indolencia o descortesía; eran
103
siempre respetuosos, formales y discretos. Aspasia los trataba con una delicadeza
desacostumbrada y en su casa gozaban de ciertos derechos, tenían su espacio propio
para su intimidad y su vida social. No recibían ningún castigo, ni hacían por
merecerlos. Tampoco había fugas o insubordinaciones. Se sentían contentos de servir
a una señora tan distinguida que incluso se complacía a veces en conversar un poco
con ellos. Le eran fieles porque llevaban muchos años a su servicio, y Aspasia se
preocupaba tanto por ellos que si uno se ponía enfermo tenía la atención de su
propio médico.
Todo esto —y sobre todo la paz y el silencio y la independencia que le concedía su
anfitriona— hacía que Pródico no pudiera sentirse más cómodo. El lecho de su
aposento destinado a huéspedes era de plumón de aves forrado con lana. Había agua
fresca en las tinajas de barro cocido y en el aguamanil de cerámica del lavatorio, y
vino con especias y tortas de sésamo a su disposición. Se respiraba silencio y
amplitud, era como un apacible refugio del mundo, y su presencia como huésped de
honor era no sólo bien acogida, sino también deseada.
Estaban desayunando juntos en el patio principal. Aspasia puso su mano sobre la
de Pródico.
—Ayer Jenofonte se fue bastante enfadado.
—Sí —admitió él—, lo siento. Le irritó que pusiera en duda la virtud de Sócrates.
—Y tú disfrutaste de lo lindo haciéndole rabiar, ¿no es cierto?
—Bueno, ya sabes cómo soy.
—Incorregible.
Aspasia le lanzó una mirada maternal, de cariñosa reconvención. Disimulaba la
palidez de su semblante con mucho maquillaje. Llevaba el cabello recogido en un
vistoso moño y una fíbula de oro con la enseña de la lechuza de Atenas sujetaba su
túnica color marfil.
—Es un gran historiador —dijo ella—. Ha aprendido mucho de Tucídides.
—Lo sé y lo respeto de veras. Su testimonio del juicio me pareció muy interesante,
aunque hubiera preferido estar presente cuando ocurrieron los hechos, para poder
juzgar por mí mismo. Me parece apasionante en la forma en que se desarrolló. Un
proceso extraordinariamente atípico.
—Yo más bien diría que ante todo fue trágico.
—Claro, por todo lo que él significaba para vosotros, pero visto de una forma más
impersonal, objetiva, si puede decirse tal cosa, ¿qué tenemos? Tenemos un
inquietante acertijo: considérese un juicio con tres acusadores y un acusado. Los
acusadores afirman que el acusado miente, y el acusado acusa a los acusadores de ser
impostores. ¿Quién dice la verdad? ¿Quién es el culpable?
—Bueno —repuso ella—, sabemos lo que se votó, pero eso no demuestra que la
solución fuera correcta. El jurado no tenía toda la información.
—Es posible que el acusado creyera decir la verdad pero mintiera, porque sus
afirmaciones no fuesen ciertas, y tal vez las afirmaciones del acusador eran correctas,
pero no verdaderas, sino inspiradas por un afán de medrar políticamente o de
venganza personal.
104
—Esto último es casi seguro, conociendo a Anito.
—Tal vez ambos mentían o encubrían algo, mostraban sólo la parte interesada de
los hechos y omitían otra —observó Pródico.
—En mi opinión sólo hubo un gran manipulador. Presentó un testimonio falso,
con alevosía.
—Podría ser. Pero lo que está claro es que el acusado no pudo demostrar eso
mismo, la culpabilidad de su acusador.
La charla quedó interrumpida por la visita de Heródico, el médico que comparecía
todas las mañanas para comprobar su estado de salud. Ella se levantó con una
disculpa y sonrió, como quitándole importancia.
—No te preocupes —le dijo a Pródico—, son visitas rutinarias.
Pero Aspasia estaba mucho más enferma de lo que Pródico había imaginado al
principio. De creer en lo que decía ella, se trataba sólo de achaques propios de la
edad, nada que comprometiera seriamente su salud. La anciana bromeaba con
Pródico sobre las prescripciones de su médico, decía que la había sometido a una
dieta estricta, a base de vino de cebada y leche fermentada de yegua. Y para
demostrar su vigor nunca estaba quieta, iba constantemente de un lado para otro, o
salía de paseo con sus esclavos y amigas hetairas cuando Pródico no podía
acompañarla. La enfermedad de Aspasia era un secreto mal guardado, que pronto
sería sencillamente insostenible. El sofista lo sabía tan bien como Heródico. A veces,
las infusiones de hierbas y lenitivos para el dolor aromaban toda la casa, y había
mañanas en que la dama se levantaba con el sufrimiento grabado en el rictus del
semblante, y entonces se mostraba esquiva y huidiza, hasta que con sus cosméticos
hubiera disimulado los estragos de la mala noche.
Entre tanto, Pródico trabajaba en el caso sin prisas. Se impuso la tarea de
confirmar por sí mismo la descripción de los hechos que le había dado Aspasia.
Quería esbozar con cierta precisión el último instante en que Anito estuvo vivo o, si
fuera posible, hasta el momento en que alguien se le acercó sigilosamente, apretando
un cuchillo, mientras él yacía ebrio en una yacija del burdel. Quizá entonces, si
llegaba a saber lo que latía en el fondo de los ojos de Anito, podría columbrar el
dibujo que se formó en sus pupilas, lo que vieron antes de que se cerrasen para
siempre.
En el patio pasó una tarde entera interrogando a Filipo, el portero de La Milesia.
Tenía un cuerpo atezado y musculoso que denotaba un largo entrenamiento en el
deporte de la lucha. No le faltaban ocasiones de emplear su destreza cuando se
producía algún altercado indeseable entre dos o más clientes; en unos instantes
reducía a los alborotadores y los arrojaba fuera del local. Era un espectáculo que
hacía las delicias de los habituales de La Milesia. Por eso, una de las bromas privadas
del local consistía en gritar «¡Cuidado, que viene Filipo!», cuando alguien armaba
más escándalo de la cuenta. E incluso ante la socarrona expectación que despertaba
la descomunal intervención de Filipo, a menudo se simulaban peleas para que el
grandullón atravesara los cortinajes y se arrojara sobre unos cuantos, y en ese
momento rompían todos a reír. Lejos de enfadarse, Filipo se unía a la broma. Era un
105
alma simple, pero no tan tonto como para no advertir cuándo la rencilla era fingida.
Eso sí, se quedaba mirando a los farsantes con el ceño fruncido, como avisándoles de
que si seguían haciendo el payaso se levantaría de veras y los echaría del local.
Entonces los que se divertían presenciando la escena se conformaban con reírse al
decir: «¡Cuidado, que viene Filipo!».
Era una especie de gigantón bondadoso, incapaz de emplear su fuerza con algún
fin egoísta o destructivo. Las hetairas se mostraban mimosas con él, le decían que era
su macho preferido, y Filipo se sentía feliz así. Pródico observó que tenía una tablilla
de cera y un punzón donde iba anotando con total escrupulosidad los nombres de los
clientes que entraban. Aspasia le había enseñado a escribir. Su testimonio fue muy
importante para despejar cualquier duda acerca de quiénes pudieron estar presentes
en La Milesia en el momento en que se produjo el asesinato. También, en los días
siguientes, pidió testimonio a Timareta, Clais y Eutila, que eran quienes estaban
fuera de sospecha.
Las preguntas se centraron en averiguar todos los movimientos de las hetairas y
los clientes en ese último periodo de la madrugada. De este modo, el sofista
recompuso al detalle dónde se encontraba cada una y con quién. La última hetaira
con la que yació Anito fue Neóbula, en una alcoba del fondo de la casa, a la que
Pródico denominó «alcoba del crimen». Al terminar con él, Neóbula salió y fue
directamente al lavatorio de mujeres. Esto lo pudo confirmar Eutila, la escanciadora,
porque Neóbula se topó con ella nada más salir y le dijo que le llevara vino a Anito.
Sin embargo, Aspasia no lo vio. Eutila fue por una tinaja que estaba junto al
lavatorio, y pudo ver entrar a Neóbula en esta sala. Hasta el momento, todos los
pasos de Neóbula estaban controlados. El lavatorio sólo tenía una puerta para entrar
y salir, de modo que no daba acceso a la alcoba del crimen. La escanciadora sirvió a
un Anito ebrio y soñoliento y acto seguido se retiró. Justo entonces, Clais acababa de
terminar con Diodoro, el sacamuelas, y fue al lavatorio, donde se encontró con
Neóbula. Las dos conversaron un poco y Neóbula fue la primera en salir al concluir
su aseo. Eutila la vio recoger sus cosas y dirigirse directamente a la salida, donde
cambió algunas palabras con Filipo antes de abandonar La Milesia.
En resumidas cuentas, desde que Neóbula dejó a Anito en la alcoba del crimen —
vivo, como pudo constatar la escanciadora— no volvió a acercarse a éste ni tuvo la
menor oportunidad de hacerlo sin que la vieran. ¿Eso la dejaba fuera de sospecha?
Esa pregunta llevaba a Pródico a formularse otras dos cuestiones: ¿no podría
Eutila encubrir a Neóbula, siendo las dos hetairas? ¿Le convenía a Aspasia que sus
chicas estuvieran bajo sospecha? Sobre la primera habría que indagar en la relación
que mantenían las dos hetairas, a través de alguien que no trabajara en La Milesia, tal
vez un cliente asiduo.
Conjeturas aparte, en el momento en que se produjo el asesinato quedaban dentro
cuatro hombres: Diodoro, Aristófanes, Cinesias y Antemión, hijo de Anito, quien
dormía profundamente la borrachera en el salón principal. De todos ellos, Cinesias
era el único que tenía coartada: Eutila vio salir de una alcoba a éste con Timareta y
ambos se marcharon juntos. Timareta le acompañó un trecho, hasta donde sus
caminos se separaban.
En cambio, ni Diodoro ni Aristófanes tenían coartada. Había un punto ciego en el
106
que ambos estuvieron solos y sin testigos, y pudieron acceder a la alcoba del crimen.
Diodoro testificó alegando que salió de la alcoba y fue al lavatorio de hombres (pero
tampoco tenía testigos). Algo parecido aconteció con Aristófanes, y durante los
interrogatorios alegó que estaba demasiado borracho como para recordar dónde se
encontraba a cada instante, y que ya era suficiente mérito el haber conseguido
orientarse por ese laberinto sin ayuda de nadie y encontrar la salida.
Diodoro se marchó poco después que Aristófanes. Filipo le abrió la puerta. Lo
notó tranquilo y afable, como siempre. Entonces fue a despertar a Antemión, ya que
iba a cerrar; le pareció que salía de un profundo sueño, como ya venía siendo
habitual. Pero lo cierto es que no podía descartarse que Antemión fingiera dormir, e
incluso hubiese fingido estar tan borracho como cualquier otra noche. Antemión, por
tanto, gruñó un poco, se levantó tambaleándose y salió a la calle. Por fin, Filipo fue a
despertar a Anito y lo encontró muerto. Entonces fue corriendo a dar el aviso.
Amanecía.
Esta reconstrucción de los hechos le permitió a Pródico hacerse una composición
de lugar y esbozar un plan para su investigación. De modo que tomó la lista que
había escrito para clarificar los enigmas principales y secundarios y tachó a Neóbula
y Cinesias del apartado «hipótesis» del enigma principal. Quedó así:
TRES HIPÓTESIS:
Aristófanes. Diodoro. Antemión.
Por otra parte, existía una relación clara entre la muerte de Anito y la de Sócrates.
Ambos eran los extremos de una misma madeja política. Anito representaba la línea
ortodoxa; Sócrates la disidente. Éste era contrario a las tesis de un gobierno popular,
defendido por Anito; no creía en el sistema asambleísta de toma de decisiones, ni en
la diletancia política del pueblo, ni en los tribunales populares o en los comicios
públicos. Propugnaba una clase política especializada, contra la injerencia del vulgo,
formada en la filosofía y en el conocimiento de la esencia de las leyes. Su
pensamiento imprimía una ruptura de fondo con la polis.
Puesto que Anito había sido el principal acusador de Sócrates, Pródico intuía que
era cuestión de buscar el móvil criminal en una razón de índole política —
desestabilizar el régimen democrático— o bien sentimental —vengar a Sócrates—. En
resumidas cuentas, el perfil del asesino se iba configurando con bastante claridad:
alguien de ideas políticas muy afines a las del filósofo. Por el retrato ideológico de la
víctima podría llegar al retrato del asesino, pues todo lo que representa un hombre es
cuanto el asesino odia y desea extinguir, más que un mero cuerpo humano nacido de
mujer a quien han puesto un nombre como cualquier otro.
En cierto sentido, Anito encarnaba la restauración de la democracia construida
sobre el cadáver de hombres como Sócrates. Nadie había podido aportar una sola
evidencia de enemistad personal entre Anito y Aristófanes o Diodoro; acaso tal
enemistad personal no existía, pero sí una suerte de enemistad genérica, ideológica,
para querer impedir que Anito fuera elegido estratego de Atenas, o para dañar al
Colegio de Estrategos. Por otro lado, la presencia de un móvil sí que se hacía
evidente en el caso de Antemión, y no era en absoluto descartable que fingiera estar
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profundamente dormido después de cometer parricidio, utilizando su adicción al
alcohol como camuflaje.
De lo que no estaba nada seguro Pródico era del posicionamiento de Aristófanes y
Diodoro con respecto a la democracia que representaba Anito. Por tanto, decidió
empezar por ahí rastreando a estos dos sospechosos en su forma de pensar, y en sus
opiniones políticas, por si hallaba alguna proximidad a las tesis de Sócrates.
Particularmente, con Aristófanes no había que restar importancia a la cuantía de sus
deudas y a la gravedad de su situación pecuniaria.
Era menester actuar con disimulo y naturalidad, sin que pareciera que estaba
sondeándoles como sospechosos para no ponerles sobre aviso, sin forzar las cosas,
como si vinieran casualmente a colación. Hacerse pasar por un amigo de Sócrates
también era una buena forma de evitar sospechas y facilitar la confidencialidad. Su
condición de extranjero le favorecía: nadie imaginaría que investigaba para el
gobierno. Aristófanes era el primero a quien deseaba investigar, y confiaba en poder
descartarlo, porque lo conocía y lo apreciaba sinceramente.
108
CAPÍTULO XXII
Ningún poderoso había logrado callarle la boca. Como una plaga de langostas
había azotado la ciudad, lanzando primero sus diatribas contra la democracia, la
guerra, y, finalmente, contra la tiranía. Pero ahí estaba, invicto, el atrabiliario
comediógrafo, todo un superviviente de las purgas políticas a sus cincuenta años, un
jayán de aspecto bárbaro, más temido que venerado. Sus insolentes burlas hacían las
delicias del pueblo y quizá era cierto que el hecho de estar vivo demostraba que aún
había democracia, aunque él pensaba más bien que los demócratas le habían
perdonado hipócritamente la vida para hacer creer al pueblo que existía la libertad
de expresión.
Lo peor que podía ocurrirle a un ateniense era ser convertido en uno de sus
personajes de comedia. Pero también era lo mejor que podía ocurrirle a uno, visto
desde otro ángulo, pues eso constituía la prueba inequívoca de su celebridad y su
perpetuación para la historia. El comediógrafo tenía esa potestad divina de conceder
y repartir gloria eterna entre los aspirantes a disfrutar de un lugar en el nutrido
Olimpo de los idiotas.
Pródico siempre había creído que Aristófanes y Sócrates eran amigos, por eso no
acababa de entender por qué el comediógrafo se había ensañado con él de aquella
forma en su obra Las nubes, estrenada años atrás. Las gradas del teatro se habían visto
sacudidas por una carcajada unánime cuando entró en escena un actor, que era el
propio Aristófanes, inequívocamente caracterizado como el filósofo por arte del
maquillaje: su fea nariz, las barbas desaliñadas y el aire de lunático. Apareció
flotando en lo alto del escenario, metido en una enorme cesta colgada de una cuerda
por una polea. Más tarde contarían muchos que fue la única vez que vieron reír a
Sócrates (que se encontraba entre el público). También Pródico tuvo su parte cuando
un personaje declaró: «A ningún otro de los filósofos celestes estaríamos dispuestos a
obedecer, a excepción de Pródico».
A pesar de todo, Aristófanes nunca había ocultado su aprecio por el filósofo.
La finca del comediógrafo —que no era suya, sino alquilada— estaba ubicada en
la colina de la Pnix, rodeada de un encinar. Era una casa señorial, una de las más
distinguidas de Atenas. La puerta había sido arrancada. En su lugar, habían puesto
una especie de tabla mal claveteada. Pródico no quiso llamar con los nudillos por
miedo a que se viniera abajo.
—¡Aristófanes! —gritó.
El comediógrafo se encontraba en su mesa ante un pliego de escritura lleno de
tachaduras, manchas de grasa y babas de sus propias cabezadas y alguna que otra
mosca aplastada. Llevaba horas, días, semanas enfangado en la más absoluta
desesperación. Le dijo a su esclavo Janto que se asomara a mirar quién era el
109
visitante. El esclavo Janto corrió a la puerta, echó una ojeada y le dijo a su amo que
nunca le había visto antes, pero que parecía inofensivo. Aristófanes, por si acaso,
tomó su garrote y se acercó con cautela a la entrada.
Tras la tabla que hacía las veces de puerta, Pródico se topó ante un tipo con la
pelambrera blanca erizada y un garrote enorme apoyado en el hombro. Tenía los ojos
enrojecidos bajo unas cejas hirsutas. Su expresión leonina no era todo lo amistosa que
el sofista había esperado encontrar.
—¡Pródico de Ceos, el insigne sofista! —la cara de Aristófanes cambió
completamente. Se dieron un fuerte abrazo. El sofista percibió el pestazo a vino de su
aliento—. ¿Qué te trae por aquí? ¿Vienes en visita oficial? ¡Hacía años que no te veía!
¿Qué te ha pasado en el pelo? ¿Te lo has teñido de blanco, como yo?
Rieron a la vez. La risa de Aristófanes era reventona y un poco exhibicionista, pero
contagiosa. Le dio un espaldarazo tan vigoroso al viejo que éste sintió cómo su
esqueleto crujía y amenazaba con romperse en pedazos.
—Me han dicho que has escrito un libro estupendo que no sé cómo se titula ni
nadie sabe de qué trata —añadió Aristófanes—. Yo no lo he leído, pero me parece
soberbio que escribas para que la gente no entienda. No como yo, que gasto tanto
esfuerzo en hacerme entender que hasta los idiotas opinan de mis obras.
—Espero no haber interrumpido tu trabajo —dijo amablemente.
El esclavo descalzó a Pródico en la entrada. Sus ojillos eran ingenuos como los de
un cachorro, y algo en su rostro enternecía. El aire estaba fresco y apacible allí, a
pesar del caos reinante. Atravesaron un breve pasillo de techos estucados con
pinturas hasta el patio interior, al que convergían varias habitaciones vacías de
muebles a causa de sucesivos embargos.
—¿Interrumpir mi trabajo? ¡Estaba en mitad de una frase cuando has llamado!
Pero no importa; hace dos meses que la empecé y no sé cómo acabarla. Aún estoy
esperando a que las musas me susurren al oído algo que no sean obscenidades.
Infinidad de pliegos y manuscritos yacían tirados por el suelo. Aristófanes se
había acostumbrado a pasar por encima de ellos sin pisarlos, como si cruzara a saltos
un río limoso. De hecho, el olor a encierro, la viscosidad del ambiente, la dejadez de
todos los objetos de la casa, las velas de sebo que habían chorreado por el suelo y las
paredes, las telarañas de las esquinas..., toda esa suma de circunstancias que hacían
tan opresivo el ambiente causó un notable impacto en el sofista; de alguna manera
sabía interpretar aquellos signos, le eran familiares. Era el lugar donde un hombre se
halla empantanado.
—El dueño de la casa me quiere desalojar de aquí —le confesó—. También es el
propietario de la armería. Llevo varios meses sin poder pagarle el alquiler y está
decidido a echarme a la fuerza, porque ha visto que por las buenas maneras no va a
convencerme. Pensé que eras uno de sus felones, menos mal que no te he golpeado.
Yo nunca fui partidario de golpear a los sofistas, ¿sabes? Te diré una cosa, el muy
canalla viene por la noche, a sabotearme. Se ha llevado la puerta, ha cerrado la boca
del pozo para dejarme sin agua, y viene a quitarme las tejas del tejado. ¡Este imbécil
con tal de echarme está dispuesto a demoler su propia casa!
—Siento que estés así. De todas formas, hay casas de alquiler mucho más baratas.
—Sí, sí, ya sé. Pero yo tengo que hacerme respetar por mi público. ¡Tengo un
110
nombre!
Y se echó a reír de su propia parodia.
—Es triste —dijo Pródico— que un célebre autor de comedias acabe arruinado.
—Me han hundido con multas y delaciones por no pagar mis impuestos, y ahora
me acusan de haber matado a un hombre en La Milesia, yo, que no necesito de
ningún cuchillo para hundir a mi peor enemigo. Todo es por culpa de este gobierno
obsceno y corrupto que llaman democracia y no es otra cosa que una anarquía
colectiva donde campan a sus anchas delatores, sicofantes, cobardes y ladrones.
Pródico tenía otra versión, la de Aspasia: lo que había llevado a Aristófanes a la
ruina era su costumbre, mantenida a lo largo de muchos años, de pasar las noches en
La Milesia.
—Acabo de llegar a Atenas, después de una larga ausencia. Y sólo me han
informado de que han ejecutado a Sócrates —mintió.
—Ha sido un juicio infame. Créeme. Sócrates era uno de los pocos hombres de
valía que nos quedaban. Ya no hay más que ineptos y demagogos.
El sofista recorría con la mirada el estudio de Aristófanes: rollos de pergamino
formando un revoltillo, cálamos de escritura destrozados contra la superficie de la
mesa en accesos de rabia, velas y escudillas con restos de comida seca. Sonrió al
observar un lutróforo donde se representaba el Olimpo convertido en una casa de
putas regentada por el amo Zeus con su sádico rayo.
—¿Y eso? —lo señaló el sofista.
—Es bueno tener a los dioses por modelos —dijo Aristófanes.
—¿Para saber lo que hay que hacer o lo que no hay que hacer?
—En esa pregunta se resume toda la cuestión moral —sonrió.
También había una figura de Talía, la musa protectora de la comedia, abierta de
piernas. A la mesa de trabajo se unía un diván donde Aristófanes escribía cuando se
cansaba de estar sentado, y una mesa baja con un mortero de madera para diluir la
tinta solidificada junto a una tabla con varias plumas de caña tallada. La luz llegaba
del patio interior y por una escalerilla se subía a la planta de arriba, donde se suponía
que estaban sus esclavas (en realidad, sólo había un esclavo en toda la casa). Pródico
paró sus ojos en un papiro, pero no consiguió desentrañar su letra entre los borrones.
—¿Alguna nueva sátira política?
—¡Bah! Un encargo.
—¿Escribes por encargo? —se admiró el sofista.
—Me la han pedido las locas de Aspasia. Me han dado una idea para un
argumento: las mujeres toman el poder y expulsan a los hombres del gobierno. ¿Has
oído idea más descabellada?
—No te creas. Conozco un lugar donde se da esa ginecocracia.
—¿Ah, sí? —Aristófanes se rascó la barba con cierta aprensión—. Debe de ser un
lugar horrible.
—Pues tú lo visitas todas las noches.
El otro lo festejó con una risotada estentórea. Pródico dijo:
—Para mí la igualdad entre los sexos sólo llegará cuando seamos los hombres
quienes limpiemos el culo a nuestros ancianos padres.
—¡Zeus! ¡Espero que ese día no llegue nunca!
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El sofista echó un rápido vistazo a algunos pliegos, pero todo estaba emborronado
e ininteligible. Los volvió a enrollar y le tironeó cariñosamente de las barbas.
—¿No te da vergüenza escribir por encargo, grandísimo zoquete?
Aristófanes le arrebató el rollo y lo rasgó sin mirarlo siquiera, como para
demostrarle lo poco que le importaba. Refunfuñó:
—Corren tiempos duros, pero no podrán conmigo. Tengo más aguante que
Filípides. ¿Una copa? —alzó de nuevo la copa de vino. Pródico la declinó con un
gesto—. Mira que la abstención de vino es mala para la salud. Y éste es vino de
Quíos, sin aromas ni tonterías.
Pródico chasqueó la lengua luego de probarlo.
—¡Eh! ¡Este vino no está rebajado!
—¡Rebajar el vino! Otra costumbre abominable. Cómo vamos a rebajar nuestra
tristeza, querido Pródico, si rebajamos el vino.
Pródico agradeció poder salir al patio interior, donde sus pulmones podían
respirar aliviados de aquel espesor. Había allí varias sillas y tomó asiento en una de
ellas tan decididamente que Aristófanes se dio cuenta de cómo se sentía. Al
momento se presentó Janto con una bandeja que contenía higos, aceitunas y cebollas
avinagradas. Antes de servirles, se arrodilló en el suelo y les lavó las manos con una
jofaina de barro.
—Y ahora cuéntame, Pródico, qué proyecto te traes entre manos.
—Estoy escribiendo sobre Sócrates. Pero no se lo digas a nadie.
—Puedes confiar en mí. Todo el mundo sabe que soy la discreción en persona.
Se echaron a reír.
—¿Es cierto que erais amigos? —inquirió el sofista.
—¿Y cómo lo dudas?
—Me parece que le hiciste una buena perrería en una de tus obras.
—No fue más que una broma —dijo Aristófanes—. Los amigos están para
aprovecharse de ellos. Pero te diré que en el fondo lo admiraba. Hasta que no lo han
matado no se han quedado tranquilos. En fin —lanzó un eructo displicente—. En el
Hades habrá espacio para todos. A la salud de Hades.
Levantaron la copa y bebieron, aunque a Pródico no le hizo ni la menor gracia que
le mentara el Hades. Estaba observando con cierta fascinación una de las orejas
peludas de Aristófanes, que le regalaba su perfil, y pensó que el Hades podría ser
algo así, una oquedad serosa y peluda a través de la cual llegasen los sonidos
incomprensibles del exterior.
Aristófanes llevó pronto la charla hacia sus intereses, que también eran los de
Pródico. Le recomendó visitar La Milesia, y hacerlo pronto, porque corría el rumor
de que la iban a cerrar.
—¿Y cómo sabes que no he ido todavía?
—Te habría visto —dijo Aristófanes—, aunque sólo hubieses entrado una sola
noche en cinco años.
—Veo que estoy ante la persona más adecuada para que me recomiende la mejor
hetaira.
Complacido con la pregunta, el comediógrafo le descubrió sus rojas y brillantes
encías, como las de un caballo rebosante de salud.
112
—¡Ésa es Neóbula! No es ya tan joven como las otras, pero te aseguro que nunca
habrás probado nada semejante.
—Ahora que lo dices, creo que he oído hablar de ella. Me parece que fue su amiga,
la que escancia el vino, ¿cómo se llama?
—¿Eutila? Si es ella no creo que te haya dado buenas referencias.
—En efecto, no fueron muy buenas.
—No se llevan bien. Bueno, en realidad, Neóbula no se lleva bien con ninguna de
ellas. Le tienen envidia. Gana mucho más que las demás porque sabe hacerlo mucho
mejor.
—¿Con ninguna se lleva bien? ¿Tampoco con Clais?
—Sólo la quiere Aspasia, por los beneficios que le reporta. Pero creo que tampoco
se tienen demasiado cariño la una a la otra. Es una casa interesante, La Milesia;
material fantástico para una comedia, ¿te las imaginas tirándose de los pelos unas a
otras, todas en pelotas? ¿Y qué me dices del momento en que los clientes vuelven a
casa y les están esperando sus esposas hechas una furia? Sería un gran éxito. Pero
ahora hago encargos para Aspasia, así que no debo contrariarla.
La conversación quedó cortada en ese punto, porque justo entonces se oyeron los
pasos de su esclavo Janto corriendo por toda la casa. Irrumpió en la habitación
visiblemente alterado:
—¡Ya vienen, señor! —gritó.
—¿Quiénes vienen?
—¡El dueño, mi señor! ¡El dueño y varios hombres armados con palos! ¡No
parecen traer buenas intenciones!
—¡Les recibiré como se merecen! —bramó Aristófanes. Y tomando su garrote
corrió hacia la salida. El esclavo salió tras él, al trote y haciendo aspavientos:
—¡Señor, no haga eso! ¡Tenga cuidado!
Pródico tardó unos instantes en reaccionar. Consiguió alcanzar a su amigo antes
de que saliera afuera, y le conminó a ser prudente. ¿No le convendría antes negociar?
—¿Negociar? —se alarmó él.
En ese momento, el rostro de un hombre asomó por el hueco desvencijado de la
puerta. Apenas pudo abrir la boca para hablar. Aristófanes cogió el garrote y empujó
la cara con la punta, sin llegar a golpearlo, pero bastó ese simple movimiento para
hacer brotar sangre de la nariz. Eso le enfureció, y retrocedió para mostrar a los otros
que había que entrar por la fuerza.
—¡Al enemigo ni agua! —golpeó contra la plancha de madera de la puerta caída,
para que lo oyeran los otros.
El sofista comprendió que lo más prudente era largarse enseguida de allí, antes de
que la gresca le salpicase. Pero antes de salvar su propio pescuezo debía salvar los
escritos de Aristófanes, en previsión de que el dueño de la casa no le diera siquiera la
opción de llevarse sus pertenencias, y las quemara como represalia. Comenzó a
recoger tan deprisa como pudo todos los pliegos y rollos de papiro desperdigados
por doquier y a meterlos en un saco de arpillera que previamente vació de ropa.
Estaban bajo los muebles, mezclados con todo tipo de objetos, arrugados o hechos un
bolo, y sin decidir cuáles podían valer y cuáles no, los iba salvando uno por uno,
avanzando a gatas, resoplando, agotado, maldiciendo. Afuera se oían los gritos de
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Aristófanes y del dueño. Primero fue un intercambio de insultos; el comediógrafo se
había apostado ante la entrada y parecía dispuesto a defender su territorio con uñas
y dientes y sin arredrarse ante las furiosas amenazas. Se oyeron varios golpes contra
el panel que hacía las veces de puerta, y que acabó descalabrándose con estrépito, y a
continuación un alarido bárbaro de su amigo y el grito agudísimo y casi simultáneo
de Janto. Pródico tenía ya el saco lleno. Avanzó por el pasillo durante un instante en
que afuera se produjo un silencio muy poco tranquilizador. Ganó al fin el hueco
donde había estado la puerta en el momento en que se reanudaron los golpes, lo cual
le hizo retroceder, dado que la pelea se estaba librando allí mismo, en la salida.
Aristófanes entró rodando hacia atrás; el golpe de su corpachón contra una de las
jambas hizo caer parte del revoque del dintel. Alarmado, Pródico tuvo una reacción
instintiva de apartarse.
Aristófanes se levantó lleno de vigor, la cara sangrando espantosamente y una
mirada furiosa, demente. Recogió su garrote y se lanzó de nuevo a la carga. Se había
levantado una tolvanera de polvo tras la cual apenas se adivinaban los bultos de los
hombres. Uno fue derribado por la acometida, y el otro se arrojó sobre él y ambos
rodaron por el albero. El esclavo daba saltos de inquietud y gemía, se acercaba al
lugar donde se estaba produciendo el forcejeo, sin atreverse a intervenir. Se oyeron
varios golpes secos y Pródico no supo quién había caído hasta que se lo aclaró el
grito de Janto. Dos de los hombres levantaron el cuerpo que aún se retorcía entre
gruñidos inarticulados y espasmos. El propietario de la casa les ordenó que lo ataran
y lo echasen a la parte trasera del carro. El aire se fue aclarando y el sofista pudo ver
cómo enrollaban las sogas de esparto en torno a su amigo maltrecho, antes de
arrojarlo a la caja del carro como si fuera un saco de grano. Cayó con un sonido
breve, pesado, y a continuación dejó de moverse, no se sabía si por haber claudicado
o perdido el sentido. El dueño se quedó mirando a Pródico con una fijeza estúpida,
preguntándose quién era él, si también ofrecería resistencia. Pródico alzó una mano,
conciliador, y comenzó a retroceder. Los matones se subieron al pescante y
espolearon a los burros. Allí se llevaban a Aristófanes. El esclavo corveteaba tras ellos
como un perro fiel, lanzando gañidos y muestras de pesar.
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CAPÍTULO XXIII
Un gran cartel claveteado en el portón de la consulta informaba:
PRECIO POR EXTRAER UNA MUELA:
SIN DOLOR: 20 DRACMAS
CON DOLOR: 200 DRACMAS
Pródico sonrió la broma y empujó la puerta.
Pupilo de Protágoras, al igual que Pródico, y a la sazón sacamuelas, Diodoro
estaba ocupado extrayendo algo realmente muy profundo en la boca de un viejo que
permanecía hundido en el incómodo sillón de mimbre, la cabeza reclinada hacia
atrás y los ojos saltones moviéndose de un lado a otro como si escudriñaran el bardal
del techo. El viejo dio un alarido de dolor y el sacamuelas interrumpió la operación y
le espetó, molesto:
—¿Te quejas? En ese caso tendré que cobrártela a doscientas dracmas.
El paciente negó con la cabeza al tiempo que farfullaba algo que apenas pudo
entenderse como «no me duele».
—Pues si no te duele, deja de protestar.
Volvió a abrirle la boca y a tirar de la muela, mientras el otro se revolvía en
espasmos, pero sin que un solo sonido brotara de su garganta.
Allí estaba también el hijo del viejo que sufría en silencio. Por la elegante clámide
púrpura y las botas de cuero repujado Pródico vio que era un aristócrata. Mantenía
con el sacamuelas una conversación sobre política que se había resuelto en un agrio
monólogo del noble.
—¿Conspiración contra la democracia? —le decía al sacamuelas—. ¡Será el Estado
demócrata el que está conspirando contra nosotros! Nos están confiscando nuestro
dinero y nuestras propiedades para llenar las arcas vacías tras la guerra. Se creen que
somos una mina de donde pueden llevarse todo lo que les apetezca. ¿Quiénes te
crees que hemos pagado esta guerra? La ley ya no nos protege. No podemos confiar
en la democracia cuando nos explotan de esta manera.
—La guerra la hemos pagado todos, querido Jantipo —repuso Diodoro sin dejar
de trabajar—, sobre todo los que estuvimos combatiendo.
—Yo también fui a combatir y mira para qué nos sirvió. Lo hemos perdido todo. Y
ahora nos quieren esquilmar a los que aún tenemos alguna propiedad, a base de
impuestos que luego destinan a ayudar a esos haraganes que se dicen pobres, porque
se niegan a trabajar. Salario público lo llaman, ya ves tú, un sueldo por no hacer
nada. Pero, ah, la igualdad. Repartir entre los que menos tienen, el pillaje del Estado.
Dime cómo van a levantar esta ciudad. ¿Se burlan de nosotros o es que se creen que
el dinero nos llueve del cielo? ¡Eso es lo que quieren con la igualdad! Hacernos a
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todos igual de pobres y miserables. ¡Y si protestas te amenazan con llevarte a juicio!
—A mí también me quitan mi dinero, que me gano honradamente con el sudor de
las frentes ajenas, y no protesto. ¡Ajá!
Diodoro observó con embeleso la muela sanguinolenta que acababa de extirpar
con la punta de sus tenazas, la última que quedaba en las encías del viejo, que se
limitó a proferir un gemido hondo y perruno. Recibió unas palmaditas de su
verdugo en el hombro.
—Te has portado bien —dijo Diodoro—. Te la cobraré sin dolor.
El aristócrata se levantó a mirar también la muela. Diodoro la limpió en un plato
de agua.
—Fíjate. Estaba bien picada, la maldita. Ésta es de las que hacen rabiar.
Quedó el otro muy convencido con esta prueba de que el trabajo merecía una
remuneración, y le pagó las veinte dracmas. Mientras tanto, el viejo se desangraba la
boca en una bacina. Mientras desinfectaba la encía del viejo con unas gotas de un
vino muy fermentado, el sacamuelas le dio una advertencia:
—Tenéis los dientes rotos por vuestra estúpida costumbre de guardar monedas en
la boca. Cada vez que os metéis una de esas sucias monedas, me procuráis trabajo y
yo os las acabo cobrando.
El otro asintió, tomó a su padre del brazo y a pasitos breves lo sacó de la consulta.
Diodoro aprovechó para lavarse las manos junto a una mesa donde tenía material
para hacer empastes y poner puentes dentales. Se puso a hablarle a Pródico como si
hablase con cualquier otro:
—Si la gente fuera más limpia y no se metiera el dinero en la boca no habría tantos
problemas. Pero somos así; nos encanta admirar la belleza de los cuerpos en los
juegos, pero luego andamos por las calles llenos de pulgas y zarrapastrosos. Hemos
llevado nuestro ideal de belleza a la ciudad alta, a los templos sagrados, pero aquí,
donde vivimos y trabajamos, las casas y las calles están mugrientas, las tablas del
mercado huelen mal, hay excrementos por todas partes y pasamos por las mismas
calles que los cerdos. Así que no me extraña que cojamos tantas pestes y
enfermedades —acabó de lavarse las manos y prestó atención a Pródico—. Siéntate
aquí. Nunca te vi antes. ¿Eres extranjero?
El sofista se hundió con pesarosa resignación en el sillón de mimbre.
—Vengo de Ceos, en las Cicladas.
—¡De Ceos! ¿Tan lejos ha llegado mi mala fama?
—Me ha recomendado Aristófanes.
—¡Ah, es eso! Bien, veamos qué podemos hacer por ti —le abrió bruscamente la
boca y echó una ojeada—. ¡Vaya! Aquí hay material para un trabajito.
—¿Qué quieres decir? —se estremeció.
El otro le metió la mano en la boca y removió una muela que a menudo le dolía, lo
cual le hacía masticar con el otro carrillo, aunque nunca había querido darle mayor
importancia.
—Está negra. Hay que eliminarla. ¿Te duele? —le presionó con fuerza la muela
hacia dentro y Pródico se retrepó bruscamente en la silla—. Claro que duele.
Además, veo que tienes la garganta irritada y granulosa. Toma, bébete esto.
Le ofreció un brebaje extraño, color terroso, que el sofista olió con suspicacia. Olía
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a tóxico. Para asegurarse de que no quería envenenarle, le preguntó si había hecho el
juramento hipocrático de no envenenar, a lo que el otro se echó a reír y le dijo:
—Es zumo de mostaza, bueno para purgar las flemas y la inflamación de
amígdalas. No hay que tragárselo. Haz gárgaras y escúpelo aquí.
De mal grado el sofista se lo echó al buche y lo removió de un lado a otro de la
boca, hinchando los carrillos, antes de escupirlo en una bacina que aún contenía
restos de la sangre de su predecesor.
—De todas formas —dijo Pródico—, voy a esperar unos días antes de sacármela.
—¿Por qué? Ya que estás aquí te resuelvo el problema en un momento.
—Es que he venido sólo a hacerme mirar las muelas. Ahora necesito unos días
para mentalizarme de que me has de arrancar una. Necesito estar preparado para el
trance, ¿comprendes?
Diodoro se quedó mirándole con extrañeza mientras se rascaba la nuca.
—Eres un paciente muy extraño. ¿Cómo te llamas?
—Pródico.
—¿Pródico, el sofista?
—El mismo.
Diodoro retrocedió un paso y lo miró de arriba abajo:
—¡Dioses! ¡Esto sí que es una sorpresa! —sonrió admirado—. He oído hablar
mucho de ti. Yo fui muy amigo de Protágoras. Amigo y discípulo. El gran
Protágoras. Aquel al que Eurípides llamó «el ruiseñor de las musas» —y recitó,
tijereteando con los alicates—: Habéis matado, Dánaos, al muy sabio, al ruiseñor de las
musas.
—Al ruiseñor de las musas —asintió el otro—. Es hermoso.
Diodoro se complació en evocar sus buenos recuerdos.
—Sí, señor, Protágoras, qué gran sabio. Yo soñaba con ser como él, y expresarme
con palabras que hechizaran como la música de Orfeo. Fue el gran maestro sofista,
sin duda. Quien le ha oído hablar no lo ha olvidado nunca. También yo caí bajo su
influjo. Le pedí que me enseñara leyes, aunque no tenía manera de pagarle sus
honorarios. «No importa —me dijo—, me pagarás cuando ganes tu primer caso». Le
prometí que así lo haría. Y me enseñó todo lo que se podía aprender sobre leyes y
sobre la retórica y el arte de la persuasión.
—¿Por qué no te dedicaste a la sofística? Has desaprovechado sus enseñanzas.
—Es posible. Pero mi tío murió y me dejó esta consulta, y pronto empecé a
manejar estas herramientas y me olvidé de las leyes.
—Protágoras quedaría muy decepcionado.
—Es cierto, pues dedicó mucho tiempo a desasnarme. Pero creo que vio de alguna
forma recompensados sus esfuerzos el día en que pude batirle en un juicio que nos
enfrentaba a los dos. Yo fui quien convenció al juez de mi inocencia.
—Admirable. ¿Y cómo es que te viste metido en un juicio con Protágoras como
rival?
—Es sencillo: me demandó por no pagarle los honorarios que según él le debía.
Viendo que había optado por trabajar de sacamuelas, se pasó por aquí y me dijo: «Me
debes dinero, amigo mío». Yo le repliqué que no le debía nada, porque el acuerdo fue
pagarle cuando ganara mi primer caso, lo cual no había ocurrido todavía. Me
117
respondió que iba a denunciarme y que habría de pagarle tanto si yo ganaba el pleito
como si lo perdía. Yo le pregunté que cómo podía ser eso así. Y me respondió lo
siguiente: «Si pierdes el juicio, habrás de pagarme por mandato judicial, y si lo ganas
habrás de pagarme porque tal fue tu promesa».
Ambos se echaron a reír por la paradoja.
—No tenías escapatoria —dijo Pródico.
—Antes escucha mi réplica. Cuando Protágoras me dijo que recuperaría el dinero
tanto si ganaba como si perdía el juicio, yo le contesté: «Nada de eso, maestro. No te
pagaré si lo gano, por mandato judicial, y si pierdo tampoco habré de pagarte, ya que
todavía no habré ganado mi primer caso».
—¡Fantástico! —se admiró Pródico—. Tu razonamiento también es correcto.
Tenemos un interesante dilema lógico. Dos afirmaciones ciertas y al mismo tiempo
mutuamente excluyentes.
—¿Cómo lo resolverías? —le retó Diodoro.
—Considerémoslo desde el punto de vista del juez. Si se atenía a los términos de
tu promesa, no tenías que pagarle a Protágoras, y por tanto debía fallar a tu favor.
Pero si fallaba a tu favor, es decir, con justicia, inmediatamente cometía una
injusticia, ya que entonces habrías ganado tu primer caso y no le pagarías. Pero en
rigor debía darte la razón a ti.
Diodoro le escuchaba atentamente y dejando escapar el murmullo de su risa
mientras preparaba el instrumental con un tabaleo metálico. Pródico volvió la cabeza
y vio que estaba pasando el bisturí bajo una llama para desinfectarlo.
—Cierto —dijo el sacamuelas—. Lo gané yo, y por tanto no le pagué a Protágoras.
Así que durante un tiempo me quedé muy satisfecho pensando que le había vencido
con mis argumentos. Pero poco me duró el contento, porque, en cuanto volví a
repasar el dilema, me di cuenta de que estaba en deuda con Protágoras, y que quizá
el juez se había equivocado y debió darle la razón a él. Fui a preguntarle a Protágoras
qué opinaba del enrevesado asunto. El no me guardaba ningún rencor, y me explicó
que todo es cierto y falso al mismo tiempo, dependiendo del punto de vista. Muchas
personas pueden formular juicios diferentes sobre lo que es verdadero, y todas estar
en lo cierto, dado que cualquier afirmación se sostiene sobre bases arbitrarias. Yo
quería demostrarle a Protágoras que una cosa no puede ser cierta y falsa al mismo
tiempo, y que uno de los dos estaba equivocado. «¿Cómo lo harás?», me preguntó él.
«Demándame de nuevo —le pedí—, por no haberte pagado ahora que he ganado mi
primer pleito». Protágoras observó que tras el primer pleito la situación había
cambiado y me dijo: «Ahora me has de pagar tanto si ganas el juicio como si lo
pierdes: si lo ganas, porque aunque el juez te dé la razón, se cumplirían los términos
de tu promesa, y si lo pierdes, también, porque ya ganaste un juicio —el anterior— y
además porque te lo exige el juez». Y me llevó a juicio, y esta vez lo ganó Protágoras.
Así quedó resuelto el dilema. Le pagué cuanto le debía y le demostré que hay cosas
ciertas y cosas falsas, aunque él se mantuvo en que eran ciertas o falsas para mí. Qué
te parece.
—¡Dioses! —sonrió entusiasmado—. Con semejante experiencia, no me explico
cómo renunciaste a ser sofista y te dedicaste a arrancar muelas.
Mientras hablaba, Pródico calculaba las zancadas que le separaban de la salida, en
118
caso de que el otro viniera a atacarle con el bisturí y las tenazas.
Diodoro advirtió que era de esa clase de pacientes a quienes la única manera de
arrancarles una muela es cogerles desprevenidos. Por eso siguió hablando con
naturalidad.
—Vosotros os hacéis llamar demócratas y decís que creéis en la igualdad, pero
sólo los que tienen dinero pueden pagar vuestras clases y aprender leyes, política,
oratoria y todo lo que se necesita para llegar al poder. Debajo de una democracia se
esconde una plutocracia.
—Estoy de acuerdo —concedió Pródico—, somos bastante elitistas. Sócrates
también nos criticaba por cobrar nuestras clases.
—Cierto. Sócrates nunca cobraba a sus alumnos —Diodoro esbozó una sonrisa
preñada de astucia—. Pero hacía algo mucho peor: escogerlos. Los que elegía él para
preparar eran siempre potros de buena crianza.
Pródico no dijo nada; se limitó a mirar fijamente los pequeños y astutos ojos de
Diodoro, mientras proseguía:
—Él era, por decirlo de alguna manera, el preparador de los futuros aurigas de
Atenas. Y su escenario era el de la arena política. He ahí su misión. Por eso fue
juzgado y condenado.
—Me temo que has de explicarme todo esto mejor y con más detenimiento.
Diodoro le metió el instrumental entre sus encías. La sensación del metal frío le
hizo olvidar a Sócrates para concentrarse en su propia supervivencia.
Al principio no sintió dolor, sólo la saliva que se le iba acumulando en la boca.
Algo duro comenzó a ejercer una presión por dentro de su encía, pero tan pronto
como empezó a moverle la muela le subieron calambres, cada vez más incisivos,
hasta que, cuando la raíz de la muela cedió y la carne profunda se abrió al ir
saliendo, un dolor lancinante le atravesó el cerebro, le nubló los ojos, le ofuscó
cualquier pensamiento. La saliva que llenaba su boca hasta caerle por la comisura de
los labios se mezcló con el gusto salado de la sangre. Instintivamente alzó las manos
e intentó frenar aquello, pero el otro seguía tirando, desencajándole la mandíbula, y
no paró hasta sacarle el molar entre un borboteo de sangre que le manchó la ropa.
Emitió un gemido inarticulado, gutural. Los ojos se le licuaron. Escupió un buche
de sangre en la cubeta y miró, temblando, la muela que el otro sostenía entre los
dientes de sus alicates, muy satisfecho de su hazaña, como si fuera una pepita de oro.
Le cortó la hemorragia haciéndole morder un paño. A continuación le pasó un
brebaje para desinfectar, a base de vinagre con limón y miel. Pródico tenía la
impresión de que le habían sacado dos o tres muelas a la vez. Estaba mareado,
aturdido, se le habían esfumado las fuerzas del cuerpo, apenas era capaz de moverse
y reaccionar. Creía no poder levantarse del sillón en todo el día.
Diodoro le puso un emplasto de poleo con menta para mitigar la inflamación.
—Te dolerá un día más, pero la herida cerrará. Dentro de un rato ya estarás mejor.
Es sólo el susto.
Estaba bien escarmentado de haber ido a esa consulta. «En esta condenada ciudad
se hace filosofía en cualquier trance y circunstancia», pensó.
—Ahora te diré mi opinión sobre el juicio de Sócrates, aprovechando que no
puedes darme una réplica. Al viejo se le llevó a los tribunales acusado de corromper
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la democracia y hacer peligrar el Estado. Tal fue la acusación de Anito. Yo conocí
bien a Sócrates, y puedo decirte que no sólo era contrario a la democracia, como
algunos ciudadanos de ciertos sectores, sino que hizo cuanto pudo para erosionarla y
demolerla. Es cierto que él nunca intervino directamente en política, ni aspiró a
ningún puesto de poder, pero inculcó sus nocivas ideas a jóvenes que por pertenecer
a familias nobles tenían muchas oportunidades de convertirse en futuros
mandatarios. A eso me refería cuando te dije que él sólo escogía potros de buena
crianza, razas puras. Así fue como lo hizo con Alcibíades y con Critias, productos
típicos de la aristocracia ateniense, los cuales harían tanto daño a esta ciudad. Las
enseñanzas de Sócrates versaban sobre virtud, es cierto, pero su arena era la política.
Un filoespartano de pies a cabeza: su ideal era crear una república gobernada por un
tipo como él, sobre un régimen de disciplina militar mezclado con una extraña forma
de colectividad. Pudo haberse quedado en las ideas, pero él pasó a la acción. Por eso,
para mí era un traidor. El error, creo yo, fue la magnitud de la pena. Si me preguntas
qué condena merecía Sócrates, te diré que el exilio. Pero él al parecer prefirió la
muerte.
»No le tenía aprecio —concluyó Diodoro—, pero tampoco me alegré de que
acabara así. Atenas ha perdido algo con él. Peor que la muerte de un hombre es la
muerte de las ideas.
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CAPÍTULO XXIV
Varios días tardó Aristófanes en recuperarse de la paliza que le propinó el
arrendador de la casa. Se encontró tirado en el olivar de Sunio, un promontorio al
sureste de Atenas, con la cara hinchada como un higo calentado por el sol. Lo
primero que vio fue el ridículo gorro de perro de su esclavo Janto, después la calva
que lo rodeaba, más allá el cielo azul de siempre, y por último lamentó no haber
descendido al pestilente Hades.
Su fiel esclavo trataba de despabilarlo trayéndole trasnochadas palabras de
consuelo. Afortunadamente no le habían roto nada, aunque sí maltrecho un poco de
cada rincón de su cuerpo, y pudo volver por su propio pie —cojeando penosamente
y apoyándose en el hombro de su esclavo— a casa de su amigo. Cinesias quedó
impresionado al verlo en ese estado y le ofreció enseguida alojamiento, mientras
encontraba una solución a sus problemas. En ella se alojó también Janto, que no
estaba dispuesto a separarse de él. Un médico asclepíada le dio a beber una infusión
de eléboro, le desinfectó las heridas, le bajó la hinchazón con friegas y le encomendó
reposo durante una semana. Lo primero que hizo Aristófanes al recuperarse fue
presentar una denuncia ante el Areópago por agresiones físicas con resultado de
heridas. Los viejos jueces se burlaron de él:
—¿Cómo te atreves a venir aquí a pleitear, sinvergüenza, cuando tantas veces te
has burlado de que los atenienses se pasan la vida de pleito en pleito, y cuando de
nosotros dijiste en una comedia que tenemos menos entendederas que una coneja?
—No dije coneja. Dije corneja —corrigió.
Por todo lo cual, le atizaron a Aristófanes una multa de quinientas dracmas por
impago de alquiler, y otra de seiscientas por perder el pleito con el propietario.
Estaba completamente arruinado. Sólo le quedaba su esclavo. Le dijo que ya podía
irse y buscarse otro amo que lo mantuviera, que él le otorgaba la condición de
esclavo libre; libre al menos de elegir amo. Pero Janto le replicó que si era libre de
elegir a qué señor pertenecer, entonces se quedaba con él, y que si le ordenaba
dejarle, no le obedecería.
—Entonces tendré que darte unos cuantos latigazos, por desobediente.
Janto se recogió la túnica para recibir el castigo. Mostró unas nalgas enclenques
que no estimulaban demasiado su apetito vengativo.
—¿Y de dónde saco yo un látigo, que además cuesta veinte dracmas en el
mercado? —protestó Aristófanes—. No tengo dinero ni para castigarte. Anda,
cúbrete tus partes y date a ti mismo unas tortitas que no me cuesten dinero.
Janto se sacudió el polvo de la barba y todo estuvo conforme: se quedó junto al
comediógrafo.
Comenzó pidiendo a sus amigos, pero no consiguió mucho más que lo justo para
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pagar la multa y el arriendo provisional en un chiscón con ventana en el barrio de
Cerámicos exterior, donde proliferaban toda suerte de tugurios nocturnos y
prostíbulos baratos que no tenía la menor intención de visitar. Su calle apestaba de
los charcos de aguas residuales, y en los descampados había montículos de tumbas
entre las ortigas y lampazos. Todo aquello le resultaba de lo más deprimente.
Pródico supo por Aspasia que el comediógrafo fue de nuevo socorrido por sus
amigos acaudalados. Ellos no ignoraban que les quería sobre todo para darles el
sablazo de vez en cuando, pero su aprecio por él no reparaba en estos detalles
insignificantes.
Sin embargo, él necesitaba mucho más dinero que estas dádivas caritativas.
Necesitaba alquilar una nueva villa que diera lustre a su reputación y se vio en la
necesidad de acudir a algún prestamista al que aún no hubiera requerido sus
servicios. Lo malo es que en sus comedias satíricas también la había tomado con los
prestamistas, y los había llamado, entre otras cosas, «ricos indolentes con anillos de
ónice». Allá donde fuera tenían cuentas pendientes con él.
Para colmo de males, entre los prestamistas y usureros de la ciudad se había
corrido la voz de su insolvencia y de la manera en que había sido expulsado de la
casa de la colina de la Pnix, así que le esperaban con los brazos abiertos y los
cuchillos afilados. Le ofrecían vino y comida, reían juntos evocando los mejores
golpes de sus comedias, y a continuación se ponían a su entera disposición para lo
que necesitara. En realidad, Aristófanes se daba cuenta de que tenían muchas ganas
de oír un problema, un grave problema que los aliviara de los suyos propios, y les
hiciera sentir ese poder que da el dinero a quien lo tiene para repartir mercedes y
desafueros. Sabía que estos hombres cada día escuchaban problemas pecuniarios y
de toda laya, pero quizá no habían saboreado aún un fracaso tan goloso como el de
ver al célebre autor llamando desesperadamente a su puerta. Él odiaba pedir
prestado, sobre todo cuando se trataba de un préstamo con devolución, y, aunque
sabía que no se lo iban a dar precisamente en calidad de favor, le resultaba
humillante. De modo que hacía un gran circunloquio ritual y se entretenía un buen
rato hablándoles de la comedia que tenía casi terminada y lista para estrenarse, un
éxito inminente que le reportaría grandes beneficios. Todo eran felicitaciones y
parabienes durante un rato, hasta que Aristófanes se daba cuenta de que entre tanto
requilorio aún no había pedido un solo óbolo y el prestamista comenzaba a
impacientarse. Para mantener una posición dominante, pedía más vino y más
tiempo. Se extendía en los pormenores de la casa que tenía previsto comprarse.
Había visto algunas muy buenas en el barrio de los Escambónidas, residencia de
aristócratas. Eran viviendas bien construidas, de sólidos muros, con pórtico,
peristilos, salones grandes, espacios habitables y luminosos, techos altos, patios
interiores, y disponían de baño, cocina, bodega y obrador, además de dependencias
para esclavos. Los alrededores eran buenos y tranquilos, y él necesitaba mucha
tranquilidad para escribir. En el barrio había una fuente que surtía de agua a todas
las casas, así como conducciones para evitar la acumulación de vertidos residuales.
En fin, eran viviendas caras, pero dignas de un hombre como él. Tras este exordio
dejaba que el prestamista le diera la razón y alabase su buen gusto. Aristófanes aún
se demoraba un rato más en la descripción de una mansión que le gustaba
122
especialmente, orientada al sur, con el sol matinal en el andrón. Había decidido ya
qué colores tendrían los tapices que la decorarían por dentro. Se esmeraba por
demostrarles que además de comediógrafo era un gran decorador. Mientras relataba
todo esto, el prestamista que tenía delante iba haciendo cálculos en sus mientes. Al
fin, Aristófanes expresaba una cantidad, evidentemente exorbitante, y se quedaba en
silencio, esperando la respuesta, como quien espera el trueno que sigue al rayo de
Zeus. El prestamista se limitaba a sonreír entre dientes y asentía, claro, claro que será
posible. Conseguía así que Aristófanes se hiciese ilusiones y viera su objetivo más al
alcance de la mano, para a continuación herirlo de muerte informándole de los
intereses que tendría que pagar en cada luna nueva. En este punto Aristófanes
intentaba negociar, al principio cordialmente, para rebajar los intereses hasta un nivel
aceptable, pero el otro se limitaba a mantener su oferta sin inmutarse: una moneda
por cada nueve prestadas. Si Aristófanes porfiaba —y descargaba sobre el
prestamista la responsabilidad del futuro de la comedia ática—, se le sugería hiriente
y amablemente que buscase una vivienda más barata y accesible a su situación. ¿Qué
vivienda?, se exasperaba Aristófanes. El otro se refería a una de las casuchas de
adobe de la calle de los Trípodes o de las barriadas del Cerámico, Cólito o Melité,
cerca del hervidero del ágora, junto a los talleres y mercados que llenaban el aire de
una emulsión de pescado, curtiembre, humanidad, moscardones y aguas de desagüe.
Aristófanes respondía que por nada del mundo iba a meterse en uno de aquellos
tugurios malolientes y volvía a exigir un préstamo en condiciones. La sangre se le iba
subiendo a la cabeza hasta que la cólera le arrancaba de la lengua sapos y culebras.
¿Es que lo había tomado por idiota? ¿Iba a creerse que se dejaría engañar por tamaño
usurero, sanguijuela, mal nacido, culopuesto? Y se iba de allí entre estos y otros
denuestos, jurándoles venganza en el escenario.
De modo que volvió a La Milesia con el rabo entre las piernas para solicitar un
adelanto de su comedia de encargo. Tuvo que soportar una reprimenda maternal de
Aspasia por haberse pulido todo el primer adelanto sin haberles entregado aún ni el
primer acto. Ella no ignoraba que Aristófanes era un completo irresponsable, pero
gracias a él se habían lanzado algunos mensajes al patriarcado ateniense, acerca de la
ultrajante esclavitud de la mujer, que habían sido bien acogidos en ciertos sectores, y
—lo más importante— escandalizado en otros. Aspasia tenía ciertas esperanzas en la
próxima comedia sobre una Asamblea de mujeres que toman las riendas del poder,
dejando a los hombres en ridículo, y él le juró que estaba muy avanzada.
Por desgracia, Aspasia había recibido el día anterior la arqueta con los escritos de
Aristófanes que le había llevado Pródico, buscando un lugar donde ponerlos a salvo
de la rapiña, en tanto que el comediógrafo buscaba una habitación barata donde
alojarse hasta que encontrara algo mejor. Aspasia había pasado la tarde entera
intentando descifrar aquellos borradores, hasta llegar a la conclusión de que lo único
que había escrito de aquella comedia eran... ¡notas! ¡Simples anotaciones! ¿Y para ello
había empleado tres meses?
Consciente de la tormenta que le venía encima, Aristófanes había escrito, in
extremis, unas frases dialógicas que se suponían esenciales para la marcha de la obra,
y en las que había cargado suficientes dosis de indignación feminista para
contentarla. Pensaba ponerlas en boca de la protagonista, una mujer beligerante y
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clarividente que hiciera recordar a Aspasia de joven. Se las leyó en voz alta:
Mujeres, no es el deseo de figurar lo que me persuade a levantarme y tomar la palabra, sino
el hecho de haber sido durante mucho tiempo una mujer vejada y desgraciada. Estamos hartas
de que los hombres pongan cerraduras y cerrojos en las habitaciones de las mujeres, para
guardarnos, y hasta ponen perros molosos que son el terror de los amantes.
Aspasia escuchó atentamente este fragmento. Le gustaba aquello de advertir que
no había en su reivindicación una motivación vanidosa, y los adjetivos vejada y
desgraciada tenían fuerza. Lo de los cerrojos y cerraduras era simpático y real, pero...
¿perros molosos que son el terror de los amantes? ¿Cómo había tenido la desfachatez
de escribir esa barbaridad? Aspasia estaba muy irritada, ¡pues con frases como ésa
estaba contribuyendo a reforzar el estereotipo de esposa veleidosa e incapaz de ser
fiel si no se la encerraba! Aristófanes dejó escapar una insidiosa risilla y dijo que el
diálogo necesitaba una chispa de humor para ser comedia.
—¿Humor? —clamó Aspasia—. ¿Te parece esto divertido?
—Hombre... —alzó las manos, contemporizando—. ¿No has oído hablar del
quiebro paradójico? Es un golpe de efecto. Si no digo lo del perro moloso, no hay
chispa. Los cerrojos por sí solos pueden resultar anodinos, pero si le ponemos al lado
un perro moloso...
—¡Basta! ¡Quita ahora mismo lo del perro moloso y el amante!
—¿Y si digo un perro beocio, o un perro corintio?
—No quiero que se mencione la idea de que las casadas tienen amantes
escondidos. ¿No te parece una broma muy manida?
—Es posible. Pero nunca dejará de funcionar.
En eso, se acercó Neóbula. Había escuchado la discusión y nada más verla,
Aristófanes se olvidó al momento del perro moloso. La hetaira seguía enfadada con
él por la alusión procaz a Penélope.
—¿Recuerdas cómo nos traicionó con su Lisístrata? —le apuntó Neóbula con dedo
acusador.
—¿Traicionar? ¿A quién he traicionado, preciosidad?
—Te recuerdo que en aquella obra en la que te pagamos generosamente para que
nos desagraviaras, pusiste a las mujeres de estúpidas, cotorreando sobre la
depilación del pubis.
—Vosotras le dais cierta importancia a la depilación del pubis y sois mujeres
cultas —se defendió.
Aspasia puso los ojos en blanco.
—Y después —prosiguió Neóbula— se confiesan incapaces de seguir el plan de
Lisístrata, pues sin el cipote de sus maridos no podrían vivir.
Aspasia no pudo reprimir una sonrisa. Dijo:
—Es cierto, recuerdo este desagradable pasaje, aunque ya le reñimos por aquello y
prometió no burlarse más de nosotras.
Aristófanes estaba prácticamente arrinconado. Se sentía como la víctima
propiciatoria en una ceremonia oficiada por ménades hambrientas.
—Y en otro pasaje —remachó Neóbula— pusiste a una mujer diciendo que sería
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vano propósito esperar de ellas que voten en la junta alzando las manos, ¡pues sólo
están acostumbradas a levantar las piernas!
—Está bien, está bien —alzó las manos—, he sido un niño travieso. Cumpliré con
mi palabra, os pondré a todas guapas, listas, ricas y hablaréis muy elegante, como los
personajes de Eurípides.
—Quiero una comedia con mordiente —dijo Aspasia—. Nada de chistes toscos
como el del amante y el perro moloso.
—Y no se te ocurra imitar a Eurípides, ese misógino —le zarandeó Neóbula.
—Déjalo en paz, querida —dijo Aristófanes—. En este momento estará dando un
agradable paseo por el Hades.
—Aún recuerdo aquel pasaje en el que el coro decía: Siempre las mujeres surgieron
en medio del infortunio para la perdición de los hombres. ¡Y era un coro de mujeres!
Eurípides nos maltrataba y nos sometía a todo tipo de insultos. Nos llamaba viciosas,
borrachas, traidoras, cotillas, viles y calamidad de los hombres. Quiero que
denuncies todo eso y nos vengues de tantas humillaciones.
Aspasia sacó dinero de un cofrecillo, lo puso en una faltriquera de cuero y se lo
entregó. Aristófanes le besó el dorso moteado de la mano.
—Si gastas esto ya no recibirás más. Lo juro por Atenea —dijo la anciana tirándole
tiernamente de las barbas.
Aristófanes se sintió algo decepcionado cuando vio que su musa se retiraba a un
rincón de la estancia, sin hacerle caso.
—¿No me vas a castigar un poco, Neóbula?
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CAPÍTULO XXV
El sofista de Ceos puso a Aristófanes y a Diodoro fuera de su lista de sospechosos.
El primero tenía deudas con demasiados acreedores: matando a uno sólo no habría
mejorado significativamente su situación, y por tanto carecía de un móvil. En cuanto
al sacamuelas, era hombre de paz, convencido demócrata, poco afín a Sócrates y
conforme con la decisión que le llevó a la pena de muerte. El único cuchillo que sabía
esgrimir era el del lenguaje, y lo había afilado en buena escuela.
Además, le había proporcionado una interesante versión del juicio, y de la
naturaleza de su pensamiento. Tal vez lo que no terminaba de creerse Pródico era
que fuese un traidor, un conspirador en toda regla. Más bien tendía a verlo como un
teórico de la conspiración.
El siguiente en la lista y probablemente el principal sospechoso era Antemión, hijo
de Anito. Podría tratarse de un parricidio, pues sabía que cuando aquél era joven
había huido de la casa del padre por fuertes diferencias con él. Este conflicto le había
arrastrado a la bebida, y de la evolución de las relaciones con su padre hasta el día de
su asesinato no tenía más noticia. Aspasia, por su parte, tenía una buena opinión de
este hombre, a quien solía verse borracho por antros de las afueras. Le dijo que era
un hombre culto, buen conversador, muy suelto de la lengua, pero no un charlatán, o
al menos esa era la impresión que le había producido durante los interrogatorios.
Le habían dicho dónde podía encontrarlo a aquella hora de la tarde, porque, como
cualquier bebedor inveterado, era de costumbres fijas. Un hato de ovejas era
conducido por la vía principal hacia el mercado. Para evitarlo tomó las callejas
adyacentes, aun a riesgo de llenarse las sandalias de un barrillo rojizo. Pasó junto a
una fuente donde las mujeres lavaban la ropa sin dejar de parlotear y reír, y luego la
extendían a secar sobre un colgadizo o sobre los arbustos. Vio entre ellas a Jantipa y
Pródico apretó el paso.
La taberna se hallaba en el barrio del Cerámico exterior, saliendo por la puerta del
Dipilón, dejando el río Erídano a la derecha y atravesando un descampado
pedregoso y desapacible, con penachos de hierba reseca, donde se levantaban
algunos chamizos expuestos al sol y pequeños huertos abonados con las bostas de los
cerdos que pasaban por ahí camino de las porquerizas. Era un barracón descuidado y
barato, que se preciaba de contar entre sus clientes con individuos de cualquier
procedencia. Allí acudía el hijo de Anito cada tarde a envenenarse despacio, sin
prisa, en alguna de las mesas bajo el cañizo, rodeado de compañeros en estado de
embriaguez. Pródico se dejó caer por ahí en el primer tramo de la tarde, con su
sombrero calado hasta las cejas, a una hora en la que sabía que Antemión estaría aún
lo suficientemente lúcido para discurrir y ser manejable, y lo suficientemente bebido
como para que le fuera difícil mentir con disimulo. Su entrada en el barracón
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atestado de moscas bastó para llamar la atención de la clientela, que lo miró de arriba
abajo, reparando enseguida en que era foráneo. Pródico se sentó en la mesa mal
claveteada frente a Antemión, y pidió vino. El tabernero le sirvió un odrecillo de vino
aguado. El hijo de Anito estaba limpio, aseado, y llevaba un buen quitón largo, con
algunas manchas de vino. Le calculó menos de treinta años. Para llegar a esa edad a
ser un bebedor consumado, debía de haberse empleado a fondo. Era atractivo de
aspecto, prescindiendo de que no se cuidaba la barba ni el pelo. Sus ojos tenían aún
un fulgor inteligente, y ahora escrutaban a Pródico con esa incómoda fijeza del
bebedor.
—¿A qué has venido, viejo? —le soltó.
—Me llamo Pródico y soy de Ceos, de las Cicladas. He venido a hablar contigo,
Antemión, hijo de Anito.
—Bienvenido seas. Todo el que quiera hablar conmigo será recibido como un
amigo. Me encanta hablar con todo el mundo, lo mismo sea joven que viejo,
ateniense o extranjero, hombre o mujer —se quedó unos instantes pensando cómo
proseguir la enumeración y añadió, en un tono de simpático borrachín—: Conocido o
desconocido. Casi mejor lo prefiero desconocido. Y dime, amigo mío desconocido
que vienes de tan lejos, ¿para qué quieres verme?
—Ando siguiendo la pista de un muerto llamado Sócrates.
—¡Ah, Sócrates! —dio un porrazo a la mesa que derramó el vino de varios odres,
sin que a ningún cliente pareciera importarle, porque todos estaban pendientes de
sus propias charlas—. Me encanta hablar de Sócrates. Envidiable personaje. Unos nos
tiramos años para matarnos lentamente y él lo consiguió con una sola copa.
Se dejaron oír algunas risas desgastadas.
—Pocos en esta ciudad pueden presumir de haberlo conocido tan bien como yo.
Por cierto, ¿conoces el cuento?
—¿Qué cuento? —inquirió el sofista.
—Hubo una vez un hombre que llegó a una encrucijada de caminos y se topó con
Sócrates, que andaba paseando por ahí. Y le preguntó:
»—¿Podrías decirme, buen hombre, cómo llegar a la fuente del Erídano?
»—¿Quieres decir por cuál de estos dos caminos? —responde Sócrates.
»—A eso me refiero.
»—De modo que te diriges a la fuente del Erídano. ¿Estás seguro de que uno, y
sólo uno de estos dos caminos lleva a la fuente del Erídano?
»El hombre comienza a impacientarse, como es natural.
»—No sé si es un camino, el otro, los dos o ninguno de ellos —le responde.
»—Has dicho muy bien —contesta Sócrates—, porque sólo tomando el camino
correcto llegarás a la fuente del Erídano. Pero si eliges el camino equivocado no
llegarás a la fuente.
»El hombre está ya muy desconcertado y se queda mirando a Sócrates
preguntándose de dónde habrá salido ese individuo tan extraño.
»—Y puesto que tú no sabes cuál es ese camino —continúa el filósofo—, me
preguntas a mí para que te guíe.
»Y al final el hombre, viendo que va a atardecer y temiendo que le sorprenda la
noche en esa encrucijada, con el viejo preguntón, resuelve tomar uno cualquiera de
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los dos, aquel en el que antes pierda de vista a Sócrates. Y fin del cuento.
—Muy instructivo —sonrió Pródico, sentándose frente a él y dejando el sombrero
en un lugar aparentemente seco de la mesa.
El tabernero sirvió una nueva ronda de algo vinoso. Al probarlo, el sofista contuvo
las ganas de escupir. Era puro vinagre. Llegó con un leve soplo de aire una
pestilencia de basura. Cerca del chiscón los cuervos soltaban graznidos rebuscando
entre los desperdicios, en las cajas donde se pudría el pescado desde hacía semanas,
en medio de una nube de moscas.
—Supongo —dijo Antemión— que no te has sentado aquí conmigo para beber
este horrendo vino, ni para complacerte en mis vicios.
—Estoy investigando la muerte de Sócrates —dijo el viejo con aire apacible.
—Me alegro de que quieras saber de mi relación con Sócrates, porque eso me lleva
a contarte cómo me volví un bebedor. Es lo único que sabemos contar los borrachos,
pero lo contamos muy bien. Es nuestra especialidad. Nadie lo hace mejor que
nosotros, porque es una historia auténtica, y le hemos dado muchas vueltas, durante
muchos años, y siempre delante de una copa de vino.
—Tengo ganas de oír una buena historia —dijo Pródico—. Soy todo tuyo.
—Pues ahí va —bebió un par de tragos, se limpió los morros con el dorso de la
mano y comenzó con una frase que se sabía de memoria, de tanto repetirla—. Fui el
hijo bastardo, la deshonra de mi familia. Mi padre quiso hacer de mí alguien de
provecho y esto es lo que se encontró.
—Tengo entendido que provienes de una buena familia.
—Cierto: una de las más ricas de la ciudad. La mitad del negocio de pieles y
curtidos perteneció a mi padre. Yo era un joven aristócrata ocioso, petulante,
enfrentado con mi padre porque no quería trabajar en el negocio. Conocí a Sócrates
en un momento de mi vida en que era demasiado joven para saber lo que quería.
Estaba desorientado, lleno de presunción y odio hacia mi padre. En Sócrates encontré
a mi nuevo guía y maestro, a mi verdadero padre. Él me comprendía hasta donde yo
mismo no imaginaba. A su lado me veía pequeño, insignificante y débil. Le admiraba
como a un dios. El dios más feo y sucio del Olimpo. Mi único amparo era su consejo
y sus palabras. Cuando con sus preguntas ya me había confundido tanto que había
perdido por completo la confianza en mí mismo, no podía sino depositarla en él.
Habría hecho cualquier cosa que me pidiera, hasta arrojarme por un acantilado. Pero
yo le defraudé. ¡Defraudé al maestro de la virtud! ¡Agoté su divina paciencia! Él me
enseñaba cómo alcanzar una vida virtuosa, para lo cual tenía que renunciar a la
riqueza que mi familia me procuraba, pero realmente nunca renuncié a nada. No fui
capaz de seguirle, ni tampoco fui capaz de dejarle. No pude tomar ninguna decisión,
y así permanecí durante varios años, hasta que Sócrates se cansó de mí. Me repudió.
A Pródico la cosa le pareció triste y divertida. Asintió, condescendiente, atento aún
a cualquier signo que revelara una mentira, una omisión.
—Me costó comprender que Sócrates había perdido la paciencia conmigo, que
había llegado a aborrecerme, porque yo era ese hijo que siempre dice «sí, cuánta
razón tienes, padre», y luego hace lo que le da la gana. Yo pensaba entonces que no
me rehuía por cansancio, sino porque había recibido amenazas de mi padre. Y eso
hizo que las relaciones con mi padre empeoraran. El creía que yo me había vuelto
128
rebelde por culpa de Sócrates. Yo le culpaba de que Sócrates me hubiera rechazado.
Así que me fui de casa. Pasé una temporada viviendo con un amigo que apodamos
Platón, pero las cosas tampoco me fueron bien con él, a causa de Sócrates.
El rostro de Antemión era aún más elocuente que sus palabras. Toda la cara se le
contraía en una expresión atormentada, tenía el cuello rígido, marcados los músculos
de las mandíbulas, arrugado el ceño y la frente, y la mirada se le iba al suelo,
llameante. Al propio Pródico le costaba esfuerzo seguir mirándolo.
—De acuerdo —le interrumpió—. Sócrates te dejó y tú no lo pudiste soportar. Y al
final, él llegó a ser la verdadera causa de tu problema.
Antemión alzó los ojos y chasqueó los dedos:
—¡Lo has pescado a la primera, amigo!
—¿Y en qué consistía ese camino de la virtud?
—Básicamente en que el discípulo sustituyera las opiniones falsas por las...
—¿Verdaderas?
—Las suyas.
—Entonces, si no me equivoco, Sócrates se interesó por ti en un principio porque
eras joven, rico y de buena alcurnia, y parecías necesitado de un guía espiritual.
Antemión no ocultó su agrado al oír esta respuesta, y lo celebró apurando una
nueva copa de vino.
—¿Qué ocurrió con Platón?
—Fui yo quien le presentó a Sócrates, cosa que enseguida lamenté. Al igual que
yo, Platón necesitaba un padre. Había quedado huérfano a los seis años, y odiaba a
su madre y a su segundo marido tanto que en una ocasión había intentado incendiar
el lecho donde dormían. Su tío no era otro que Critias, de triste fama. El le instruyó
en la elegía y el hexámetro, y en el odio a la democracia, así que cuando lo cató
Sócrates ya se lo había dejado el otro muy bien macerado.
—El alma es sangre, y sangre que envuelve su corazón es el pensamiento de los hombres —
recitó Pródico, complacido.
—¿Qué es eso?
—Lo escribió Critias, el sanguinario. Tenía indudable talento para la lírica.
—Sócrates y Critias —prosiguió el hijo de Anito— mantenían una vieja amistad.
Antes de ser exiliado y refugiarse en Tesalia, Critias habló con Sócrates y se mostró
muy contento de dejar a Platón a su cargo. Mi amistad con Platón comenzó a torcerse
en esta época. No soportaba la idea de que hubiera ocupado el puesto que debía
pertenecerme a mí. Al convertirse en el predilecto de Sócrates, se volvió arrogante y
esquivo, y más rebelde todavía con su madre y su padrastro, con quien comenzó a
discutir de política, siendo él embajador de Persia y convencido partidario de la
democracia. Te aseguro que al viejo cara de cabra lo tenía divinizado. Al fin y al cabo,
Sócrates veía cumplido su sueño de educar al perfecto discípulo, el hombre que
recogería su doctrina fielmente y tal vez llegaría a detentar el destino de Atenas. Un
gobernante que fuera la voz y la sombra de su maestro. Yo no estaba preparado para
aceptar esa derrota, estaba hundido en la más absoluta de las miserias y sólo quería
morirme. Pues me había hecho tan dependiente de él que ahora no tenía ningún
asidero. Y ésta es la historia de cómo Sócrates hizo de mí este desecho que ves. Me
utilizó y luego me hundió.
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—Sin embargo, ahora no veo que lo idolatres en absoluto.
—El vino agudiza mucho la memoria y el entendimiento. Amigo mío, escucha
bien esto: yo ayudé a mi padre a preparar la acusación contra Sócrates.
Pródico se quedó unos instantes pensativo, valorando el calibre de esta revelación.
—Así que tu padre y tú estuvisteis unidos en los últimos momentos.
El otro asintió. Con la voz cada vez más quebrada, borrosa, le intentó explicar que
fue precisamente la tarea de preparar este juicio lo que los unió. Acabar con el
enemigo común. Volvían a ser padre e hijo. Sólo le quedaba este torpe consuelo,
haberse reconciliado con él antes de que se lo llevara Hades a su guarida.
Antemión levantó de nuevo la copa, esta vez con manos temblorosas. Pródico
notaba que lo perdía por momentos, que su pensamiento ya no estaba con él, sino
hurgando en viejas heridas. Su mirada iba más allá del barracón, más allá de los
vertederos de basura, y en ella advirtió el sofista el poso de una ira mal domesticada.
Conocía bien ese sentimiento.
—¿Quién mató a tu padre?
Esta pregunta lo sacudió de su ensimismamiento, lo despertó de los vapores del
vino, de la bruma del cansancio:
—Si lo supiera, ese hombre no estaría vivo.
—Me has hablado de Platón.
Antemión negó con la cabeza.
—Platón es fuerte, fanático, pero no tiene talante de asesino.
—¿Cómo lo sabes?
—No es un hombre de empuñar el cuchillo, sino el cáñamo. Ahora está muy
ocupado en Megara, escribiendo las hazañas de su maestro.
—Tal vez pagó a otro para que lo hiciera.
—Tal vez, pero no creo. ¿Has conocido a algún idealista, aparte de Sócrates? Yo
era uno de ellos, y Platón lo es. Los que viven de alimentarse de las ideas no
maquinan venganzas. Eso es cosa de los hombres de acción.
—Puede que tengas razón —admitió Pródico.
—¿Quieres saber mi opinión?
—Claro, por eso he venido.
Antemión se aseguró de que nadie les escuchaba, y bajó aún más la voz.
—Sospecho que lo mataron porque sabía algo importante acerca del intento de
fuga de Sócrates de la prisión.
—¿Qué es lo que sabía?
—No lo sé exactamente. No me lo contó, porque quería llevar el asunto con total
discreción, poniéndolo en manos de los jueces antes de que empezaran a desatarse
las lenguas.
Antemión suspiró y trató de concentrarse. Parecía que por momentos se le iba la
cabeza. Estaba lúcido, pero mareado. Continuó:
—Corren rumores de que los amigos de Sócrates le prepararon una fuga cuando
se hallaba en prisión. Bien, puedo confirmarte que es cierto. Y también lo es que él se
negó a huir, para presentarse como la gran víctima de un error trágico. Con ello
sembró una terrible duda: ¿nos habremos equivocado ejecutando a este hombre?
¿Era realmente un hombre justo? Sócrates quiso alimentar esta duda con su muerte,
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soñó con que fuera una culpa que hiciera lamentarse a los hombres por años y siglos
venideros, avivando su fama de sabio incorruptible hasta la muerte.
—Su delirio de inmortalidad —asintió Pródico.
—Mi padre y yo sospechábamos que se fraguaba este plan, por eso habríamos
preferido que se fugara, quedando así demostrada su culpabilidad. Probablemente,
habría sido mejor para todos. Habríamos contribuido incluso al plan de fuga, si nos
lo hubieran pedido sus amigos —sonrió—. Pero Sócrates fue más listo y decidió
quedarse en la cárcel esperando la cicuta. Bueno, ésta es la historia conocida, pero
hay una continuación que nadie conoce. La conocía mi padre, pero no me la contó.
Ahora bien, sé que él había averiguado lo que vino después y sé que hubo un
segundo plan de fuga, un plan tan perfecto que ni Sócrates lo pudo rechazar. ¿Qué
plan era éste? Por más que lo pienso, no acierto a imaginarlo. Entre sus ventajas
figuraba la de preservar esa duda acerca de su inocencia.
—¿Quieres decir que mantenía su condición de inocencia, incluso después de
fugado? —se sorprendió Pródico.
—Exacto. Increíble, ¿verdad? No me preguntes cómo era posible hacer
compatibles estas dos condiciones, la de fugitivo de la justicia por un crimen contra
el Estado y la de inocente de esto mismo. Pero el hecho es que así era. Mi padre tenía
esa información, sabía que en este segundo plan Sócrates había aceptado huir con sus
partidarios a Megara, y si no lo pudo conseguir no fue por falta de intención, sino
porque algún detalle importante falló en el último momento. De no ser así, él
seguiría aún vivo. Lo importante es que mi padre creía poder demostrarlo. Quería
llevar esta investigación ante los jueces, muerto ya Sócrates, para que quedara
definitivamente probado que él y su círculo de amigos se movían al margen de las
leyes. Lo tenía todo ya atado para presentar el caso ante el Areópago, pero le faltaba
la prueba más importante. Él había tenido esta prueba en sus manos, pero se le había
escapado. O se la habían arrebatado. No obstante, estaba convencido de que la
prueba, la persona que tenía ese testimonio o lo que fuera, no había salido de Atenas
y podía recuperarla aún. Y albergaba fundadas sospechas de que podía encontrarla
en La Milesia o en algún lugar relacionado con este local.
—¿Estás seguro? —se admiró el sofista.
—De hecho en sus últimos días se dedicó a frecuentar el burdel, en busca de
alguna pista sobre el escondite de esta prueba concluyente. Y allí acabó.
—¿Te refieres a que alguien más sabía dónde estaba?
—Me refiero a que alguien la estaba ocultando.
—Así que esa persona pudo ser quien le matara —observó el sofista—, para
preservar el secreto de esa información comprometida con la fama de Sócrates e
impedir que Anito lograra la prueba de su culpabilidad.
—Exacto, es lo más lógico. Quienquiera que fuese el asesino, tenía esa prueba y
sabía que mi padre la estaba buscando.
—Todo ocurrió dentro de La Milesia —cabeceó Pródico, pensativo.
—Ahora podrás adivinar en quién recaen mis sospechas. Cualidades: unido a
Sócrates por una fuerte amistad, aunque no ubicado entre sus partidarios, deseoso de
preservar el honor del filósofo más allá de su muerte, inteligente, influyente, con
capacidad para movilizar un plan de fuga, muy vinculado a La Milesia.
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—Aspasia de Mileto —suspiró Pródico. Su mano temblorosa derramó al suelo la
copa. Se agachó a recogerla y vio, durante un instante de horror, su feo rostro
reflejado en el bronce abollado.
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CAPÍTULO XXVI
En las brumas del vino y el crepitar del sebo de los velones bajo los pábilos, iban y
venían los peplos desceñidos, las enaguas transparentes, una femineidad
desparramada, grácil, ondulante, a veces desnuda, un aroma de aceites, un
murmullo de voces y risas que parecían salir de las cavernas del sueño. Abotargados
en los mullidos cojines o desparramados por el suelo, ahítos de vino, los hombres
miraban con un pasmo bobo el cuerpo deslizante de una bailarina en su primer
número nocturno salir de la tupida oscuridad de las cortinas, haciendo tintinear sus
ajorcas y pulseras, agitando la cabellera y creando un zig-zag de sombras al trasluz
de las antorchas.
Las escanciadoras arrimaban el vino, se arrodillaban ante ellos, riendo zalameras,
acariciantes, perfumadas. Entraban y salían hetairas de los reservados, con los
hombres de la mano, dóciles como perrillos domésticos, los iban embrujando uno a
uno, entre encajes y cortinajes, entre el baile y los compases de la cítara, los
murmullos, gruñidos, las risas, en la solidaridad de los cuerpos próximos, del roce de
las pieles sudorosas, bonancibles y alegres por una noche más. Así, descalzas como
divinidades, meneando provocativamente sus nalgas, o inclinándose para entregar
una copa, un susurro picante, sin dejar de exhibir graciosamente su busto, parecía
imposible imaginar que un hombre no las apeteciera hasta el delirio.
El secreto de La Milesia era el de ser un lugar hecho para los sentidos porque
conseguía burlarlos. En sus juegos de luces y espejos de cobre pulido donde bailaban
las llamas sinuosas, en las paredes de mosaicos plateados como escamas de pez, que
brillaban con el movimiento de las sombras, en el licor embriagador y los aromas
etéreos había un íntimo engaño, un trueque de las apariencias. Por eso parecía un
lugar capaz de procurar esa codiciada felicidad de lo tangible.
Tendido de bruces sobre una especie de largo diván muy almohadillado, en un
reservado, mientras Neóbula le sometía a un masaje inolvidable, Pródico
contemplaba un tapiz de lino que tenía ante sus ojos, que representaba a Ulises
encadenado al mástil de su barco, mientras las sirenas, pérfidas aves rapaces con
cabezas de mujer, aleteaban sobre él. En la postura de Ulises podía adivinarse su
esfuerzo por librarse de las cadenas y dejarse absorber por el negro Ponto.
Algo aturdido por la laxitud y el penetrante perfume del ungüento de Chipre con
que ella lo había embalsamado, se daba a imaginar que aquellas artes de sirena eran
las mismas con las que Neóbula estaba secuestrando sus sentidos. Se sentía laxo y
escurridizo como un pez expuesto en una tabla, listo para ser troceado. Las
profundas caricias iban desatando los amarres de su cuerpo a la voluntad, sus
miembros se iban aflojando más y más, hasta que la última caricia, la más liberadora,
se cerniría sobre su cuello, precisa y letal.
133
Un delgado tabique los separaba de la fiesta del burdel, pero allí aún gozaban de
intimidad. Hubiera querido permanecer así tendido, indefinidamente. De vez en
cuando, si ella se situaba ante su cabeza, podía ver a la luz de la lámpara de aceite
sus piernas delgadas y tersas, perfectamente depiladas con cera. No sentía la
tentación de alargar la mano y tocarlas. La voluptuosidad de la indolencia le
resultaba mucho más convincente que cualquier otra. Hacía ya años que se había
despedido de las escaramuzas sensuales, pero se hubiera dejado cortar una mano y
parte de la otra para recuperar el brío.
—Has debido de llevar una vida muy interesante, siendo embajador y sofista —
dijo Neóbula—. Seguro que has amado a muchas mujeres y has escrito hermosos
libros.
La hetaira llevaba el cabello castaño envuelto en un pañuelo de seda violeta. Era
su color favorito, y usaba diferentes tonos más rojizos o azulados, como el color del
mar a cierta hora del atardecer, también para el himatión y el peplo dórico.
—Pocas verdaderamente hermosas y muchos libros malos.
—Nunca me he acostado con un sofista. Hay pocos y tienen gustos extraños. Pero
me interesan toda clase de perversiones.
Comenzaba a masajearle los hombros, empujando hacia afuera con la parte
anterior de la mano. Los hombros cedían como si sus huesos se hubieran vuelto
elásticos.
—No te has perdido nada —repuso él con tranquilidad.
—Los hombres sabios no creéis en la pasión —hizo un mohín burlón y
voluptuoso.
—¿Qué otra cosa puede ser más tomada en serio que la pasión? Por ella se libran
las guerras y matanzas, y se traen al mundo los seres humanos.
—Creo que conozco tu debilidad —sonrió Neóbula—. Confías demasiado en tu
razón. Y en poder mantener siempre la cabeza fría.
—Mucho menos de lo que quisiera.
Neóbula señaló el tapiz de Ulises encadenado al mástil. Pródico apenas movió la
cabeza para verlo.
—Ahí tienes a un hombre astuto —dijo ella—. Sobrevivió porque no confiaba en
que su razón pudiera con el arrastre de la pasión. Por eso se hizo encadenar.
Renunció a su libertad de elegir.
Pródico estaba admirado con las palabras de Neóbula. ¡Un comentario digno de
Aspasia! Al mismo tiempo notaba que bajo la apariencia de aquella conversación
erudita se estaban midiendo el uno al otro, para comprender su funcionamiento
interno, su peligrosidad.
—Es interesante eso que dices, Neóbula. Indudablemente eres una mujer muy
bien instruida. Sin embargo, no estoy de acuerdo con tu razonamiento. Creo que,
precisamente, Ulises hizo una elección racional. Su lógica consistió en prever que la
pasión sería más fuerte. Supo anticiparse a su error.
Los dedos de la hetaira comenzaron a picotearle el espinazo como una fina lluvia.
—¿Sabes? Algunos hombres me han llamado sirena.
—¿Realmente te consideras una mujer de vida alegre?
—¿Por qué no iba a ser así?
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—Conozco las libertades de que gozáis, pero también las servidumbres.
Ahora las manos cálidas bajaban hacia los costados, estirándole la piel con fuerza.
—Las hetairas vivimos entre hombres, conocemos cada hebra en la telaraña del
poder. Hace mucho tiempo que nosotras frecuentamos las casas de los varones
influyentes, escuchamos conversaciones, somos testigos de lo que pasa al otro lado
de las puertas, en la sombra de las alcobas. Nosotras llevamos a los hombres a la
noche, a los rincones donde se hacen vulnerables, y allí los desnudamos. Lo sabemos
todo de ellos, sus vicios, enfermedades, debilidades, bajezas, y la mayor parte de lo
que esconden no vale gran cosa. Vienen aquí llenos de secretos y salen haciéndonos
jurar discreción. Los hombres buscan un refugio, están deseosos de confesar, y lo
hacen, créeme. Necesitan un consejo, una ayuda. Nosotras les ayudamos a desahogar
sus miedos.
—Comprendo.
—Esta casa es un reflejo reducido de Atenas. Aquí convergen muchas fuerzas,
muchas tensiones. El poder de la política está sujeto al poder del sexo. El cuerpo es
como la polis. Y la política es como la erótica.
—Podrías dedicarte a la sofística —sonrió Pródico—. Creo que serías bien recibida
en nuestra pequeña sociedad. Y seguro que tienes algunos trucos interesantes que
enseñarnos.
—¿No será un demérito para vuestra pequeña sociedad aceptar a una mujer?
Neóbula se había puesto ahora al alcance de su vista. Tenía las mejillas sonrosadas
por el esfuerzo.
—No te creas —le dijo—. Estamos abiertos a cualquier excentricidad.
—Bien, quizá me lo piense cuando me tenga que retirar de este negocio. La edad
no perdona.
—Una de las ventajas de la sofística es que puedes ejercerla hasta cuando te estás
cayendo de viejo.
—¿Y qué te gusta enseñar a ti?
—Yo enseñé un poco de retórica y otro poco de esto, y de aquello, ya me
entiendes.
—¿Y ahora te dedicas a descifrar crímenes?
Pródico se alegró de estar dándole la espalda en ese momento, para que no
advirtiera su sorpresa.
—Lo sé porque conozco tu relación con Aspasia —añadió ella.
Ahora sí la miró a la cara.
—En realidad —dijo él—, mi interés no es tanto descubrir al asesino como impedir
que cierren La Milesia. Claro que una cosa lleva a la otra.
—Ése también es el deseo de todas nosotras.
—Entonces quizá puedas ayudarme en algo.
Neóbula lo miraba con simpatía. Se sentó sobre unos cojines en el suelo tapizado,
cerca de la lámpara, y acercó las manos a una jofaina, para quitarse el ungüento.
Pródico se incorporó lenta y perezosamente. Su cuerpo estaba laxo, pero su mente
estaba despejada y atenta a cada palabra que salía de la hetaira.
—A mi modo de ver —dijo Neóbula—, ha sido un crimen político. Por eso creo
que para analizar lo sucedido es necesario entender cómo se ordenan las relaciones
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con el poder. Cada persona importante en esta ciudad tiene una función y una
actitud hacia el poder establecido. Lo que define a cada persona es cómo se sitúa en
ese juego. La mayor parte de la gente acata la autoridad y la ley, pues son
conformistas. Aceptan las reglas del juego sin crear problemas. Pero algunas
personas se sitúan en una línea fronteriza o incluso opuesta.
—Es inevitable y bueno que haya gente crítica, incluso con un sistema de gobierno
tan avanzado como el de la polis —dijo Pródico.
—El crítico es el que pone de manifiesto las debilidades de un sistema, pero no se
enfrenta a él directamente. Por ejemplo, tenemos a Aristófanes, que embiste con el
ariete del humor, pero como ciudadano cumple con sus obligaciones y no supone
una verdadera amenaza.
—Diodoro, el sacamuelas.
—También es un crítico, pero no un transgresor.
—¿Qué entiendes por transgresor?
—Es la persona que representa una verdadera amenaza, porque el cambio que
propugna es tan radical que sólo se puede llevar a cabo aboliendo el orden anterior.
El transgresor, además, ha encontrado la forma de salirse con la suya y ponerlo todo
patas arriba.
—A ése es a quien tengo que buscar. El verdaderamente peligroso.
—Puede ser.
—Pero el propio Sócrates era un transgresor. ¿No lo condenaron por eso?
—¿Lo era realmente? —inquirió ella.
Pródico se limitó a cabecear.
—Habría podido serlo —dijo Neóbula—, porque sus valores y principios
chocaban con los de Atenas, pero le faltó valor para salir de su reducido círculo de
discípulos. Se quedó en la ambigüedad. No supo resolver su conflicto y por eso vivía
en permanente frustración.
—Pero dicen que murió por defender la verdad. ¿Qué opinas tú, Neóbula?
—Si es así, parece que llegó a creérsela.
—No importa tanto que fuera cierta o no, sino el hecho de que tuviera el valor
para defenderla hasta la muerte.
—¿Y eso te impresiona? —ella hizo un mohín burlón.
—Sí —admitió—. Me interesa cualquier causa que pueda llevar a un hombre a
defenderla con su vida, y también comprender al hombre que está seguro de que hay
una razón por la que vale la pena morir. Me interesa saber qué razón puede llevar a
alguien a brindar con una copa de veneno, a la salud de su verdugo, sin sentirse un
desdichado ni un loco.
—Tranquiliza saber que al menos alguien sabe por qué muere.
—Desde luego. Tranquiliza.
—¿Y él te contó cuál era esa razón? —inquirió la hetaira.
—No directamente, pero he averiguado cosas. Por ejemplo, sé que durante el
juicio antepuso su honor a su vida y por eso declinó aceptar cualquier condena, por
venial que fuera. Y sé que aceptó la cicuta con serenidad. Quizá obró estúpidamente,
pero nunca de una manera vulgar.
—Un fin de acto dramático y elocuente. Con ese final se ganó una posteridad, una
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fama que nunca tuvo en vida, por mucho que se empeñó en conseguirlo. En cambio,
de haber muerto de viejo, ¿quién se preocuparía por resucitarlo?
Pródico se echó a reír suavemente.
—Si Sócrates no fue un transgresor, ¿quién puede serlo? —preguntó Pródico.
—Una mujer que ha fundado un negocio para educar a otras mujeres, para darles
la libertad de pensamiento y la independencia de los hombres, una mujer que aboga
por una forma de democracia con participación femenina y que sueña con la rebelión
de las mujeres.
—¿Aspasia? ¿Insinúas que...?
—Yo no insinúo nada —cortó—. Pero imagina la indignación popular que se
crearía si cierran este local. Habría una verdadera rebelión que se saldaría con algún
cambio importante. Tal vez nosotras sacaríamos una ventaja considerable.
—¿Qué tipo de ventaja?
—Depende de la negociación. En principio, se escucharía nuestra voz y nuestras
peticiones.
—Pero tú no la crees capaz de matar a un hombre ella sola.
Neóbula se limitó a guardar un silencio elocuente.
—Hace falta fuerza —insistió Pródico.
—Conozco un brebaje que deja a un hombre drogado y sumido en un sueño
profundo. Y un cuchillo recién afilado y de incisiva punta entra sin dificultad en la
carne de un cerdo, o de un hombre, hasta su corazón. No necesitas emplear mucha
fuerza: basta con apoyar todo tu peso sobre el arma.
Pródico dedicó unos segundos a valorar estas observaciones y las encontró
razonables.
—¿Qué droga podría dejar un hombre en ese estado de indefensión? —inquirió él.
—Aspasia es una experta en preparar bebedizos con adormidera y hierba de Circe.
Pródico admitió que él mismo la había visto hacerlo en su casa. Tenía una buena
provisión de estas hierbas, como lenitivo de sus dolores.
—Es cuestión de encontrar la dosis adecuada —sonrió ella.
Pródico se mostró desanimado. No le agradaba en absoluto el rumbo que había
tomado el asunto, pero tenía que seguir hasta el final. Admitía, a su pesar, que a ella
no le habría sido difícil mezclar este bebedizo en el vino de Anito. Tuvo toda la noche
para drogado lentamente. También entraba dentro de lo posible que una mujer
mayor y débil como Aspasia lograra hundir ese cuchillo afilado en el pecho de un
hombre inconsciente.
—El problema es que... —resopló, descorazonado— me cuesta imaginar que ella
haya hecho semejante atrocidad.
Neóbula le miró con dulzura y le acarició los cabellos.
—Es lógico, pero tú mismo admites que a veces los sentimientos intensos te
impiden ver las cosas con claridad.
Pródico asintió.
—Aspasia estuvo allí cuando él murió —añadió ella.
—En efecto, ella lo ha reconocido.
—Pero a ella no la han interrogado. Y sin embargo, estuvo presente en mi
interrogatorio. Nunca me preguntaron si yo la vi entrar en la alcoba de Anito.
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—¿La viste? —se alarmó.
—No. Pero tampoco la vi fuera. No sé dónde estaba en ese momento, y puedo
asegurar que no se encontraba en ningún salón de paso. Pregunta a Timareta, a
Eutila o a Clais. Aspasia es la única de nosotras que no tiene coartada.
Pródico se quedó pensativo.
—Y lo más incomprensible de todo esto —añadió ella— es que, siendo tan pocos
los que estábamos allí cuando Anito fue asesinado, no hayan encontrado aún al
culpable. ¿Cómo es posible? Saca tus propias conclusiones.
El sofista alabó el discurrir de la hetaira y reconoció que esta información daba un
vuelco a la investigación. Ella se sintió halagada. Le acarició la mejilla y le ayudó a
ponerse más cómodo entre los cojines. Pródico le pidió que se quedase a su lado,
pues le era muy agradable sentir el cuerpo de la mujer junto al suyo. Neóbula fue
más allá, le hizo tumbarse del todo, para yacer junto a él. Pródico se encontraba bien
así, hasta que ella comenzó a acariciarle el vientre y el sexo. Pródico intentó
impedírselo, al principio con un tímido movimiento del brazo, falto de fuerza y
convicción. Ella siguió acariciándole, desdeñando sus leves protestas. Pródico,
entonces, inició un movimiento de girarse a un lado, ya que estaba demasiado
adormecido para oponerse activamente o levantarse. Suave pero con firmeza, ella le
paró por los hombros y volvió a tenderlo como estaba, le apartó los brazos, le aplacó
con susurros, para que se tranquilizara y le dejara hacer, asegurándole que
disfrutaría.
—Este barco está demasiado viejo —protestó Pródico— y se dejó el mástil en
algún naufragio.
Pródico se quedó mirando la sonrisa de Neóbula calculadamente encantadora. Le
pasó un dedo por los labios carnosos y ella lo succionó. Su dedo desapareció en el
húmedo calor de la boca de Neóbula al tiempo que al viejo lo envolvían cálidas
sensaciones, recuerdos. Percibiendo su palpito, la mujer se arrodilló junto a él y le
susurró palabras sin sonido ni gramática con la punta de la lengua, las palabras más
precisas, persuasivas, que un sofista jamás acertara a elaborar, para expresar el
anhelo sepultado en el fondo de la mente. Su aliento le cosquilleaba los oídos, le
transfería un pasado de viajes, imágenes confusas, mujeres, sensaciones.
Lejanamente pensó en una existencia inmediata, sin metáforas, languidez y
abandono, exhalaciones de nardo, aromas, vino y embriaguez, tactos cálidos,
miradas húmedas en la oscuridad; una voz cálida que susurra algo que parece ser
por fin entendido desde cada poro de la piel. Verdades ficticias, amadas mentiras.
No quería dejarse envolver del todo en la suave crisálida. No podía perder de
vista la propia conciencia de su decrepitud, de su piel arrugada y flaca como un
pellejo amarillento sobre un esqueleto contrahecho. Siempre le había decepcionado
su fealdad, pero en los últimos años le resultaba sencillamente detestable. Era
incapaz de concentrarse sólo en la mano femenina que avanzaba: se interponía la
realidad de su cuerpo, la sensación que adivinaba transmitir su piel.
Ella le besó haciendo avanzar su serpenteante lengua hasta el paladar, y le siguió
acariciando hasta dejarle el sexo, si no erguido, al menos tumescente. Sentada a
horcajadas en su abdomen, puso sus rodillas sobre los brazos del viejo, se quitó las
enaguas transparentes, y comenzó a frotar su sexo impúdicamente con el del sofista,
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inclinada sobre él hasta rozarle el pecho con sus pezones. Pródico comenzó a
debatirse, al tiempo que sentía que su cuerpo, sus fuerzas, le abandonaban y la
sangre se le agolpaba en el rostro. Ella seguía moviéndose sobre él sinuosamente,
primero muy despacio, buscando el contacto suave, el mero roce, el toque que le
despertó un leve gemido, que le hizo desviar la mirada, rehacer la postura, bajar de
nuevo, abierta, expuesta, puntualmente húmeda, deslizarse hacia abajo y hacia atrás,
como si se agazapara, hasta sentir otra vez el calambre, y subir, boquear hacia la
superficie, antes de zambullirse de nuevo, resbalar sobre él, sobre su sexo blando,
inocuo, exangüe, como sobre la insulsa piel, y a continuación un poco más deprisa,
habiendo establecido el primer contacto entre el centro del placer y la superficie fofa
del viejo, repetir, repetir, subiendo y bajando, igual que si Pródico fuera un muerto,
igual que si fuera un despojo humano, carne vieja, fláccida, yacente para el placer de
la otra. Se concentró en respirar a pesar del peso de la mujer sobre su tórax, jadeaba
como si estuviera haciendo un tremendo esfuerzo, aunque no se movía. Era incapaz
de recordar alguna otra experiencia de su vida, dentro o fuera del sexo, que le
hubiera resultado tan ultrajante. Al menos, si ella hubiese pedido que la hiciera gozar
tocándola, habría sido distinto, se habría sentido parte activa, pero así ella lo reducía
a la condición de un objeto inanimado, un cadáver caliente. Al cabo de unos instantes
comprendió que Neóbula se estaba excitando verdaderamente y también que su
excitación la obtenía de la humillación de Pródico, en restregarse sobre su pérdida de
virilidad, en su vergüenza y en su vejez resentida, en definitiva, en follarse el cadáver
de un vencido.
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CAPÍTULO XXVII
Pródico estaba satisfecho con las declaraciones de Neóbula y esperaba que le
ayudasen a avanzar por senda segura. Por supuesto, en ningún momento se había
tomado en serio que Aspasia pudiera ser la asesina, pero le impresionó la frialdad y
la consistencia del testimonio de la hetaira. Cada argumento por separado era bueno,
y juntos encajaban a la perfección, lo cual sólo probaba que Neóbula era en extremo
sutil. ¡Definitivamente, la sofística no era cosa de hombres! Por eso mismo, un sofista
siempre debe desconfiar de otro sofista.
Tampoco se equivocaba Neóbula en que los sentimientos de Pródico hacia Aspasia
eran muy intensos, lo suficiente como para oscurecer su razón. Aun siendo
consciente de ello, su convencimiento acerca de la inocencia de Aspasia era absoluto.
La cuestión relevante, a su juicio, era por qué la hetaira quería imbuirle esa
sospecha, por qué le estaba manipulando. ¿Probaba eso que Neóbula fuera culpable?
La respuesta era negativa: probaba sólo que Neóbula deseaba la muerte de Aspasia.
Pródico escribió el nombre de la hetaira en su lista de principales sospechosos. Los
demás estaban tachados.
Su orgullo herido, el haber sido rechazado por la única mujer que había amado,
era ya un pretexto inservible, había muerto como una mala planta en un cambio de
estación, aunque se aferrara tenazmente a la tierra de la que brotó. En el mediodía de
las colmenas, en el aire pegajoso como la resina, se sentía seguro de poder dar la
espalda a la pasión, así se le presentase Afrodita seductora contoneando sus caderas.
Aspasia dormía para poder trabajar de noche. Pero en el patio nocturno con su luna
amarilla, en la quietud de los jazmines y la frescura de la hiedra en el pozo, Aspasia
se le aparecía como un fantasma de otro tiempo, y su voz le electrizaba la piel.
Entonces hablaban de los viejos amigos, recordaban juntos y él se esforzaba otra vez
en hacerla reír. Y ella le buscaba los ojos y durante unos instantes se entrelazaban las
manos. Esta ebriedad era lo más próximo a la felicidad que él había conocido, y
deseaba que no terminara nunca.
Tal vez Aspasia conocía mejor los sentimientos de Pródico que él mismo. El sofista
había vivido siempre solo, por deseo expreso de no atarse a ninguna relación que le
pudiera lastrar su libertad, por eso no sería extraño que en la senectud se hubiera
vuelto un maniático solitario. Pero ningún hombre había conseguido ocultarle jamás
sus sentimientos por ella, y Pródico, aunque tenía más tupido el acceso, más
hojarasca entre su interior y sus palabras, era un hombre.
Un día, la dama se hizo llevar por sus esclavos a Delfos para consultar el oráculo
de Apolo. Hacía diez años que no iba. Pasó allí toda la mañana, y Pródico hubo de
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comer solo. Por fin regresó Aspasia con el ánimo un poco sombrío. Se puso su
cimbérica negra y se sentó con él a relatarle la experiencia. Le contó las incidencias
del viaje por el serpenteante camino entre riscos, cómo llegó, cansada de los
barquinazos del carro, a los dominios de Apolo, y el sobrecogimiento de entrar
descalza en el templo con los últimos rayos de la tarde. No ocultó al sofista el
interrogante que la llevó hasta allí: saber cuándo iba a morir.
Pródico no se alegró de la noticia.
—No sé de qué te sorprendes, querido —le dijo ella—. Si hay una cuestión que nos
interesa a todos es precisamente ésta.
—¿A todos?
—Nadie es indiferente, ni tú tampoco.
—Está bien —concedió—. Sé cómo acaba esa historia, y es más de lo que querría
saber.
—Hay que ser previsor hasta para morir —sonrió ella—. Es un viaje que no
querría dejar sin preparar. Prepararlo es ir aceptándolo.
—No me pidas que yo lo acepte también.
—Claro que te lo pido.
Aspasia le fue a coger la mano, pero él le dio la espalda, incómodo. Dijo:
—Suponiendo que haya un destino, y un oráculo que lo sepa, no veo qué ventaja
habría en conocerlo.
—Me recuerdas a Dafnites, el pensador escéptico que visitó el oráculo. Ocurrió
hace unos cien años. ¿Conoces la historia?
—Soy todo oídos.
—Pues bien, este Dafnites fue a consultar el oráculo de Delfos para divertirse un
rato, ya que no creía en absoluto ni en los oráculos ni en la magia de Apolo. Así que
le preguntó al oráculo en son de burla: «¿Podría yo encontrar mi caballo?». La verdad
es que no poseía caballo alguno. El oráculo le respondió, a través de la voz quebrada
de la pitonisa en trance: «Encontrarás el caballo, pero te caerás y morirás». Dafnites
se marchó muy contento de Delfos, riéndose para sus adentros de la autoridad de los
sagrados oráculos. En esto se topó con el rey Atalo, quien en muchas ocasiones,
estando ausente, había sido objeto de sus despiadadas críticas. El rey aún no se había
encontrado con Dafnites en persona, y estaba más que deseoso de atraparlo y darle
un escarmiento, y he aquí que se tropezó con él en el camino de Delfos que serpentea
por entre los precipicios. Su guardia lo apresó y el rey Atalo ordenó que fuera
precipitado desde una roca que se llama El Caballo.
—Una leyenda muy interesante, e instructiva —asintió Pródico—. Parece decirnos
que nadie escapa a su destino. En realidad, conocía esta historia, pero no es como tú
la has contado.
—¿Ah, no?
—La historia real, tal como sucedió, es que ese tal Dafnites no preguntó al oráculo
si podría encontrar su caballo, sino cuándo moriría, que es al fin y al cabo la cuestión
que todos queremos saber. El oráculo le contestó que moriría al caerse del caballo.
Dafnites lo encontró gracioso porque no sabía montar a caballo ni tenía intención de
aprender a sus setenta años. Y en el camino de regreso, por esa vereda que serpentea
entre precipicios, se paró ante la roca que llaman El Caballo, y entonces le dio un
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vuelco el corazón, porque de pronto le vio un sentido al oráculo. Comenzó a sentirse
invadido por el pánico. Los ojos quedaron atrapados por el vacío de la caída, y se vio
incapaz de resistirse a ese influjo, el vértigo, la inminencia de su muerte, porque
estaba determinado por el dios que su vida acabaría en ese punto. Entonces él mismo
saltó de cabeza y se despeñó. Fue así de imbécil, el pobre. Por creer que nunca
escaparía a su destino.
Aspasia se echó a reír, porque comprendía que se la acababa de inventar.
—Ah, no se te puede contar nada —protestó Aspasia.
Aquella noche estuvo dándole vueltas a todo ese asunto del oráculo y del destino,
y a la posibilidad de que todo estuviera realmente prefijado de antemano. Si era así,
se trataba de la justificación perfecta que cada uno podía encontrar a sus errores,
delegando toda responsabilidad en el hado. Protágoras sólo creía en la suerte,
aunque también veía en la fortuna el mismo peligro de atribuir a algo ajeno a uno la
causa de los errores propios. A este respecto, el maestro solía afirmar que el que sabe
elegir con sabiduría siempre tiene suerte.
En cierta ocasión, mientras conversaban los dos sofistas sobre este asunto, se
encontraron con un hombre de quien decían que desde su nacimiento había sido
tocado por la fatalidad. A su condición de ciego se unía un cúmulo de desgracias,
como el haber perdido un pie y una mano accidentalmente. Pródico le hizo notar que
el que va sin mirar por donde anda suele pisar a lo largo de su vida muchos rabos de
perro.
También le puso el ejemplo del rayo que mata a un hombre. Repugna a la razón
admitir que tal desgracia pueda ser obra del azar y que carece de significado. Es
preferible atribuirlo a la ira de Zeus: «Algo mal habrá hecho, por lo que merece ser
castigado». Y si al mortal no se le encuentra falta ni impiedad, es sabido que al dios
siempre se le escapaban algunos rayos por su carácter, en sus trifulcas amorosas con
la celosa Hera. En definitiva, el hombre prefería sentirse víctima de las bajas pasiones
de los dioses antes que reconocerse siervo de algo tan neutro como el azar.
—Y sin embargo —meditaba Pródico— los rayos siguen cayendo durante las
tormentas, y la inmensa mayoría no mata a nadie. ¿Errores de Zeus? Ah, esos rayos
no importaban a nadie.
Pródico comprendía muy bien la necesidad de atribuir un valor de necesidad a la
muerte, porque su propia madre había muerto de una manera incomprensible; se
había sentado a echar un sueño de media tarde en el patio y ya nunca despertó. No
hubo ningún signo, ninguna señal previa. Simplemente su corazón dejó de latir. A
partir de entonces, el joven Pródico también se zambulló en una especie de ensueño,
un trance del que a menudo le parecía que nunca había despertado del todo.
—Creo que la única ley es nuestro instinto de belleza —había dicho Protágoras—,
y nuestra fantasía para interpretar el azar. Muchas coincidencias son orquestadas
inconscientemente por nuestra voluntad de que nuestra vida responda a un modelo
armónico, inteligible.
Pródico daba vueltas en la cama reflexionando y recordando estas conversaciones
con Protágoras, el único amigo por quien había llorado a su muerte, durante un
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naufragio acontecido no muchos años atrás. A él siempre le había preocupado la
anticipación, el dolor de casi saber lo que a uno va a sucederle, porque todo acaba
repitiéndose hasta el tedio. Esa sensación de ya vivido, de presentir el efecto antes
que la causa, de saber de antemano el final de la representación, era algo que
repugnaba a su espíritu, por cuanto todo lo banalizaba y desposeía de interés y
sorpresa. Para él la fuerza que guiaba su vida era la curiosidad, y la anticipación era
la muerte de la esperanza. La gente iba al oráculo a saber lo que restaba por venir, a
conocer sus desgracias por adelantado, y eso le parecía sencillamente una aberración.
No podía comprender cómo Aspasia había cometido tal error.
Y pensando en el sentido de la anticipación, temeroso de ser la única destreza
mental que se iba agudizando con la vejez, se sorprendió al ocurrirle algo que en
absoluto esperaba, y que le hizo sentir que todavía habría sorpresas inquietantes en
su vida: Aspasia entró silenciosamente y se acostó a su lado.
Con ella ya no palpaba la carne, sino la luz. Ya no importaban sus huesos, sino el
olor que emanaban, la reconciliación y la paz, y la sombra que se espesaba en torno a
ellos, ya no importaba que tuvieran más o menos que decirse: al fin habían
desterrado las palabras. En el silencio se encontraban y se amaban.
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CAPÍTULO XXVIII
La salud de Aspasia empeoraba y las visitas de Heródico se hacían más frecuentes.
La milesia nunca hacía alusión a ellas, ni siquiera cuando Pródico le preguntaba qué
le había dicho el médico. Tan pronto como éste se iba, cabizbajo y preocupado,
Aspasia volvía a sonreír y a hacer como si hubiera olvidado que el médico había
estado explorándola. No era en absoluto un olvido escapista, pues demasiado bien
sabía ella el mal que le aquejaba, sino su actitud natural de dejar las malas noticias
para el final, mientras quedase tiempo de disfrutar las buenas. Al sofista le
desconcertaba esta renuencia a quejarse, cuando él se quejaba siempre que podía,
excepto con Aspasia. Intuyó que se comportaba así porque su amiga era un modelo
tan perfecto que le sacaba lo mejor de sí mismo.
En las últimas semanas iba de mal en peor. Tosía muchísimo, aunque procurase
disimularlo, y había días en que no podía ni levantarse de la cama. Aquellos días en
que se sentía un poco mejor, navegaba en el vapor de las hierbas narcotizantes,
adormidera, hierba de Circe y vino, con las que intentaba mitigar un dolor que debía
de estar perforándole las entrañas. Alguna vez la había oído llorar en la antecámara.
Sus siervos eran en extremo solícitos para ayudarla en cualquier momento de
flaqueza. Ante Pródico prescindía de ellos, en su intento de aparentar una salud
todavía digna, suficiente al menos para hacerse cargo de sí misma y de sus
obligaciones, aunque poco hubiera que ocultar a esas alturas. El sofista había evitado
hasta ahora mostrar demasiado a las claras su inquietud por el estado de su amiga, y
si alguna vez había probado a preguntarle cómo se encontraba, ella había fingido un
optimista desinterés para cambiar enseguida de tema, cosa que no había contribuido
precisamente a tranquilizarlo. A menudo hablaba sola, murmuraba un soliloquio
desesperanzado. En estos ratos, Pródico procuraba irse a dar un paseo. No soportaba
verla así.
Envuelta en su oscura y fina cimbérica, era el habitante de la casa más sigiloso. Por
eso, cuando hizo su aparición una noche, muy tarde, en que Pródico estaba
arrellanado en un sillón de mimbre de la biblioteca, reflexionando sobre el caso del
asesinato de Anito, y en particular sobre la manera en que alguien puede acercarse a
otra persona con un afilado y largo cuchillo en la mano, mientras descansa sin
sospechar el peligro que acecha, dio un respingo al encontrarse con que ella estaba
justo detrás de él.
—No te oí llegar —se disculpó Pródico.
—Las lechuzas cazan a oído en medio de la noche.
Enseguida, Aspasia le pidió que le pusiera al corriente de sus últimas
averiguaciones. Él reconoció que se encontraba atascado desde hacía días. A su
juicio, ni Aristófanes, ni Diodoro ni Antemión habían cometido el crimen, pero de
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sus testimonios había entresacado datos nuevos que le hacían pensar en otra línea de
trabajo, aunque carecía de información suficiente. Aspasia se mostró muy interesada
en saber qué información nueva tenía.
—Tiene que ver, al parecer, con el intento de fuga de Sócrates.
—Eso lo conocemos ya. Lo abortó el propio Sócrates.
—Sí, pero parece ser que hubo otro mejor planeado, y que era un secreto bien
guardado entre quienes pensaban liberarle. Además, otra persona conoció este
secreto, y era Anito. Antemión sabía que su padre tenía la prueba de este plan de
fuga, que aportaría la evidencia definitiva de que Sócrates era un traidor y de que su
aceptación de la condena que recayó sobre él era una burda mentira.
Aspasia tosió varias veces sobre el dorso de la mano, antes de preguntar:
—Si ya estaba condenado a muerte, ¿para qué quería nuevas pruebas?
—Imagino que Anito se dio cuenta de que en el fondo había cumplido el deseo
inconfesado de Sócrates: acabando con su vida de esa manera, como víctima de una
gran injusticia, haría que su fama fuera inmortal.
—Ahora te entiendo. Entonces, el móvil del asesinato de Anito fue preservar la
fama del filósofo, evitando que se desvelara el segundo plan de fuga, suponiendo
que hubiera tal plan.
—Así es. El problema es que no tenemos más que nociones vagas. Ni siquiera sabe
Antemión cuál era este plan, ni cuál era la preciada prueba que ostentaba, pero él
opina que era una persona con un testimonio.
—Interesante. Quizá estemos más cerca del móvil del crimen.
—Sí, pero este nuevo móvil tampoco me pone sobre la pista de nadie. Por otra
parte, yo sospecho de una persona, aunque me faltan evidencias, con el agravante de
que además tiene una coartada perfecta.
—Neóbula.
Pródico asintió.
—¿Y qué te hace sospechar de ella?
—Es sencillo. Ella me ha dicho que fuiste tú quien mató a Anito. Y no es que lo
dijera precisamente entre lágrimas de emoción.
Aspasia se quedó sorprendida: parpadeó varias veces y se llevó una mano al
pecho.
—No puedo creer que piense eso realmente.
—Estoy casi seguro de que no lo cree. Pretende manipularme. ¿Con qué finalidad?
Ella reflexionó unos instantes.
—Es muy propio de ella enredar, confundir. Es retorcida. ¡Es perversa! Ha
decidido que hay que sacrificar a alguien para evitar el fin de La Milesia, y en el
fondo le importa poco quién. Su gran ambición, desde hace tiempo, es ocupar mi
lugar.
—Eso tiene bastante sentido.
—Por otra parte, ella es la más capacitada para hacerlo, y sobre todo para luchar
por el proyecto de la mujer. Es orgullosa y no se arredra ante nada.
—Pero ella no se lo merece —objetó Pródico—. Desea tu muerte.
—Mi muerte está más cerca de lo que ella cree.
Pródico reprochó a Aspasia haber dicho eso.
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—Querido Pródico —le acarició la mejilla—, a tu lado estoy pasando los mejores
días desde hace muchos años.
—Es lo mismo que me ocurre a mí.
Se quedaron mirándose tiernamente, con las manos cogidas, hasta que al fin
Aspasia exclamó:
—¡Ya me iba a olvidar! Hay novedades. He encontrado algo interesante en mi
local. Tenemos que ir ahora mismo.
Una docena de esclavas se afanaba en la limpieza y adecuación del burdel para la
noche. Se mezclaba el vino en las cráteras y se llenaban las lámparas de aceite, se
afinaban los instrumentos y se ordenaba el mobiliario. Aspasia le mostró al sofista un
tapiz en la pared que representaba escenas amatorias entre hombres y mujeres.
Pródico se acercó y comprobó que tenía los bordes chamuscados.
—Ayer estaba haciendo la revisión del local y me fijé en esto —le indicó Aspasia.
A un par de zancadas de distancia había un candelera de pie alto con cinco
velones. Ella asintió, siguiendo la dirección de su mirada.
—Yo pensé lo mismo. Llamé a Filipo y le pregunté qué había ocurrido. Él me dijo
que no hacía mucho se había caído el candelera y uno de los velones había quedado
apoyado contra el tapiz. «¿Y cuándo ocurrió eso, Filipo?», le pregunté. Así,
recordando despacio, exclamó que fue precisamente la noche en que mataron a
Anito, sólo que algunas horas antes. Por eso no lo había relacionado. Al parecer se
volcó el candelera y tres velas se cayeron al suelo, una quemó el tapiz y otra cayó
encima de un cliente y también le hizo una pequeña quemadura.
—¿Y cómo es que se cayó el candelera? Parece que tiene un pie bastante estable.
—Una hetaira se tropezó con un hombre que estaba sentado en el suelo y se agarró
al candelero. Y no fue otra que Neóbula.
—Qué coincidencia.
—Así es —sonrió Aspasia—. Una de esas coincidencias que me ha dado que
pensar. Filipo me ha contado con detalle cómo ocurrió: al caer la cera caliente sobre el
cliente, pegó un grito y hubo unos momentos de confusión, pero Filipo acudió
enseguida y le arrojó un cubo de agua, y luego echó otro al tapiz. Al final todo quedó
en unas cuantas carcajadas.
—Pero Filipo descuidó la entrada durante esos instantes.
—Exacto.
Pródico observó con detenimiento el candelero. Lo sostenía un atril de hierro con
cuatro pequeños pies. El tronco era de bronce pesado y de superficie rugosa. No se
deslizaba fácilmente.
—¿Ha estado siempre aquí, a esta distancia de la pared?
—Antes estaba más cerca del tapiz. Pero ahora, como ves, lo hemos apartado, por
si acaso.
—Supongamos que ella fingió el traspiés para volcarlo y provocar esos momentos
de confusión. Eso nos abre la posibilidad de que una persona con la que no habíamos
contado al principio entre los sospechosos estuviese en el escenario del crimen.
—Un hombre habría podido entrar en el local sin que Filipo le viera.
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Pródico asintió y se puso a conjeturar en voz alta:
—Podía haberse deslizado felinamente sin ser visto, oculto el rostro por un
embozo, por ejemplo, con un cuchillo afilado bajo la túnica avanzaría sin ser
reconocido en medio de la confusión. Habría evolucionado hacia el interior, hasta un
lugar donde permanecería oculto, y del que sólo saldría cuando la escanciadora
Eutila sirvió vino a Anito, el último momento en que éste fue visto con vida.
—¿Quién puede ser este hombre?
—Neóbula no nos lo dirá. Pero nos ayuda saber que ella lo sabe.
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CAPÍTULO XXIX
El rencor por esa mujer que le había intentado manipular de la peor manera
posible le ayudó a concentrarse en su trabajo, a canalizar su energía, afilar su análisis.
Ese odio lo había sacudido de su indolencia y daba a su mente un ardor productivo.
Si ella era la asesina, caería el castigo sobre ese cuerpo de belleza ultrajante, algo
deleitoso de contemplar. Pero no debía dejarse llevar en demasía por este deseo de
venganza. La primera norma era la imparcialidad.
«El poder de la política está sujeto al poder del sexo», había dicho la hetaira.
Fue a registrar la casa de Neóbula por la noche, a una hora en que ésta se
encontraba trabajando. En principio, no iba buscando nada en concreto, carecía de
una guía que orientara su registro, lo cual podía ser una ventaja, al no cerrarle
ninguna posibilidad, o un inconveniente, pues no disponía de mucho tiempo para
averiguaciones.
Era la huronera de un animal coqueto y desordenado, espaciosa, lujosa, pero muy
mal gobernada. Nada más entrar le llamó la atención el busto que presidía la estancia
principal, el difunto Alcibíades de joven, esculpido por el gran Fidias, y por el que a
buen seguro había pagado una considerable suma. Examinó una a una todas las
estancias, y se demoró un buen rato en el dormitorio. Sobre el colchón de plumas
forrado de lana de su cama encontró un montón de curiosos adminículos de
maquillaje, pequeños frascos con ungüentos de colores, y al lado del lecho, varios
baúles rebosantes de ropa, un cajón lleno de velos de seda de color violeta,
cuidadosamente doblados. No pudo evitar olerlos. Al pie del lecho, una palangana
de asiento para las lavativas. Había peplos y suaves túnicas colgadas de perchas de
madera, y un tocador con espejuelos de láminas de bronce pulido, enmarcadas en
madera de sándalo. En la superficie de la repisa halló tijeras, cintas, peines de hueso,
navajas para la manicura, pinzas para la depilación y una red para el pelo, y otros
objetos cuya utilidad ni remotamente imaginaba, como una borla semejante a un
rabo de conejo, y un cepillo minúsculo, del tamaño de una uña. Parecía claro que las
invenciones de la coquetería femenina habían evolucionado mucho más deprisa que
la medicina o la astronomía.
En pequeñas arquetas guardaba sus abalorios, diademas, pulseras, brazaletes y
pendientes de piedras preciosas. Muchísimo oro, en conjunto. En otro aparador había
instrumentos para calentar la cera, morteros para mezclar los albayaldes y
ungüentos, delicados frascos de perfumería. En un espejo de cobre pulido no pudo
evitar mirarse un momento, y al instante lamentó haberlo hecho.
De pronto, algo le llamó la atención: una escalera de palo con diez peldaños que
estaba apoyada contra la pared del umbral. Se preguntó qué función tendría en la
casa, pues no había advertido la presencia de altillo, armario o repisa que no se
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alcanzara de pie. Volvió a recorrer todas las habitaciones y corroboró esta
observación. De modo que se quedó pensando sobre esta pequeña paradoja, y se dijo:
«He buscado mirando arriba, pero una escalera no sólo sirve para subir, sino también
para bajar». Volvió a recorrer la casa, esta vez mirando al suelo en busca de alguna
trampilla que accediera a un sótano oculto. Y la encontró precisamente debajo de una
alfombra. Se arrodilló y tiró con fuerza de la anilla metálica y, antes de percibir la
oscuridad, le subió a las fosas nasales un tufo a humanidad encerrada. Tomó una de
las lámparas de aceite que había utilizado durante su inspección y, de rodillas en el
borde de la trampilla, la bajó para examinar el interior. Replegado en una esquina vio
a un viejo demacrado, semidesnudo. Con pasos vacilantes, éste se acercó al haz de
luz y entonces Pródico pudo ver su rostro. Lo sacudió un repeluzno de horror al
reconocer a Sócrates.
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CAPÍTULO XXX
«Mi nombre es Licino, tengo setenta y tres años y soy ilota. Jamás hasta ahora
había salido de Esparta. Mi padre me abandonó al nacer y un hombre rico me
encontró y me adoptó como esclavo en una casa que contaba con trescientos ilotas a
su servicio. Mi amo era un aristócrata refinado y culto, educado en Megara, llamado
Filipo, que heredó grandes propiedades en Esparta y se afincó allí con su mujer y su
séquito de esclavos para cuidar sus tierras y ganado. Este hombre sabio se empeñó
en pulir algo de mi naturaleza tosca y refinar mis modales porque me eligió para el
servicio a los nobles huéspedes. Entonces la gran guerra acababa de comenzar y yo
tenía cincuenta años y había vivido mejor que ningún otro esclavo de la ciudad:
disfruté de una buena educación, adquirí los rudimentos de la lectura en la propia
casa de mi amo, aprendí a cuidar y cepillar a los caballos, a abastecer las cuadras,
preparar las herramientas, y no dejar nunca una lámpara sin aceite.
»Llegué a ser el capataz de la servidumbre para la recepción de invitados. Me
ocupaba de que a los huéspedes de mi señor no les faltase nada, y que el servicio
fuera perfecto en los salones, y mi amo se complacía sobremanera con mis cuidados.
Al morir fue enterrado con honores, y dejó tan sólo un hijo varón, cuyo carácter
resultó ser del todo opuesto a mi señor: era despótico, cruel y vengativo, y ejercía un
dominio severísimo sobre todo aquel que estaba bajo su gobierno, y muy
especialmente con sus esclavos y esclavas. Tenía muchos adeudados que habían
creído alguna vez que este hombre les iba a favorecer, y a quienes pronto
extorsionaba y cobraba con usura sus préstamos. Era de costumbres disipadas y tan
brutales que nunca un mismo hombre o mujer se ofrecía por segunda vez a sus
prácticas de amante, y los esclavos que habían pasado por su lecho eran quienes más
le temían. Durante toda mi vida había servido a su padre, y ahora debía honrar su
memoria, así que cumplí devotamente mis obligaciones para con su hijo, a quien di
trato de amo, aunque en mi corazón nunca reconocí a otro que a quien me salvó del
abandono.
»A menudo la severidad y displicencia de mi nuevo señor quiso encontrar
desahogo en mí, humillándome hasta donde le fue posible. Me volví insensible como
una piedra. Mi cuerpo se movía de aquí para allá sin mediar emociones, o si alguna
mantuve fue sólo la curiosidad por ver si la fortuna le deparaba la muerte. Con la
vuelta a las hostilidades y a la guerra con Atenas, el amo estuvo periódicamente
ausente, y fueron ésos los únicos días en que pudimos disfrutar de tranquilidad,
aunque por lo que a nuestros deberes hacía todo estaba siempre a punto para el
regreso del señor. Volvió de la guerra sin sufrir daño y muy alegre de estar de vuelta
en casa, y lo celebró con muchos banquetes que acababan en orgías cruentas. Yo
había ido envejeciendo en esas estancias y no esperaba mucho de la vida. Nunca tuve
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enemigos, ni me vi envuelto en disputas, ni a nadie di motivo de queja, sino que fui
un esclavo laborioso y discreto. A nadie pedí favores, a nadie debo nada. Me he
contentado siempre con tener un techo donde guarecerme y un suelo donde dormir.
Así ha transcurrido mi vida, y que sufra la ira de los dioses si hay mentira en lo que
digo. Es todo cuanto puedo contaros, hasta el momento en que fui zarandeado por el
destino y traído a esta ciudad. Bien veo que es ésta la parte de mi relato que más os
interesa. Y haré lo posible por complaceros, aunque es aquí donde precisamente no
tengo ninguna explicación para lo que sucedió.
»Ocurrió que llegaron dos hombres a mi casa y estuvieron negociando con mi
señor. Eran atenienses jóvenes y de buen linaje. Mi nombre fue pronunciado varias
veces antes de que mi amo me mandara llamar. Me presenté ante ellos y al verme se
quedaron muy asombrados por mi aspecto, y luego, presos de una gran excitación,
me tocaban la cara, como si no pudieran creer lo que veían, y me apretaban las
carnes, calibrando mi peso. Mi amo estaba tan confuso como yo y quiso saber las
razones por las que dos atenienses habían viajado a la ciudad para comprar un
esclavo viejo y ya casi inútil. No logró que se lo dijeran, más allá de unas toscas
mentiras. Columbrando que debía de tratarse de un asunto de cierta importancia,
especialmente por la forma tan extraña en que me escrutaban, pidió un precio muy
alto, lo equivalente a veinte esclavos jóvenes y agraciados. Ellos sacaron la bolsa con
tal prontitud que mi amo se crispó por no haber pedido el doble o el triple.
»Así es como salí con esos dos atenienses, sin poder llevar más que lo puesto, y
sabiendo que el viejo Licino no volvería nunca a aquella casa donde había pasado su
vida. ¿Para qué me querrían aquellos extranjeros? Fui conducido a una casa de
campo, donde me ataron con cadenas los tobillos, como a un perro. Allí me dejaron
solo junto a un cubo de agua. Pronto desfallecía de hambre. Durante tres días no vino
nadie, y al cuarto llegó un desconocido, también ateniense según vi por su ropa, el
cual se me quedó mirando muy asombrado nada más entrar, y comentó que era aún
más extraordinario de lo que había imaginado, pero no dijo qué era lo extraordinario.
Este hombre limpió mis heces, me pesó, me dio dos higos y renovó el agua del cubo
para que no me faltara. Como vino se fue, y yo seguía muerto de hambre, pues los
higos, lejos de saciarla, la habían avivado.
»Así pasé cinco días más sin comer. Comprendí que querían dejarme morir de
hambre y decidí acabar con mi vida. Primero contuve la respiración, mas ya
inconsciente mi cuerpo sin voluntad recuperó el aliento. Tampoco me fue posible
estrangularme con las cadenas, pues estaban demasiado bajas y eran cortas. Si
gritaba, con las pocas fuerzas que aún conseguía reunir, nadie me oía ni acudía en mi
auxilio. Lo único que podía hacer era golpear mi cabeza contra el suelo, pero la tierra
apisonada sólo hizo que perdiera el sentido durante un rato.
»Aún vino una vez más el hombre que había estado la última vez para traerme
más agua, y yo le supliqué que me matara, pero se limitó a pellizcarme el pellejo y
comprobar con agrado que había adelgazado mucho. ¡No sabéis cómo fue aquel
tormento! Me debilité tanto que ya sólo permanecía algunas horas al día despierto, y
el resto dormía y soñaba con comida. Perdí la noción de los días, aunque creo que
desde la última visita sólo habían pasado tres más cuando los dos hombres que me
compraron entraron por la puerta y quedaron muy satisfechos al verme. Uno de ellos
151
tenía unas tijeras y me recortó un poco la barba y el cabello. Después me limpiaron y
me quitaron los grilletes. Uno de ellos, el más joven, prometió que si obedecía y me
dejaba conducir sin gritar a donde habían de llevarme, una vez allí me darían una
muerte tan dulce que ni siquiera la sentiría llegar. Aquellas palabras fueron como un
bálsamo en mi corazón. Les pregunté dónde y cuándo podría recibir esa muerte, y
me dijeron que sería en uno o dos días, en la prisión de Atenas.
»Me metieron dentro de un saco de lino, me ataron con cuerdas y pronto sentí dar
con mis huesos en un carro. Fui transportado a lo largo de la noche. Hubo un
incidente que nos mantuvo parados más de una hora. Una rueda debió de salirse del
eje. La arreglaron y siguieron adelante, más deprisa. Yo botaba en las tablas de
madera, pero no había forma de caer del carro. Cerca ya del amanecer me
descargaron y me transportaron en una carretilla hasta un lugar donde al fin me
sacaron de allí. En mi cabeza todos los pensamientos eran de tormentos terribles, y
había perdido toda esperanza de que esos hombres cumplieran su promesa de darme
una muerte rápida. De nuevo me arrojé a sus pies y supliqué que me mataran allí
mismo, con la espada. Entre los dos me irguieron y amenazaron con encerrarme otra
vez si volvía a quejarme. Estaban muy nerviosos porque dentro de poco clarearía y
habían contado con llegar poco después de medianoche. Me cubrieron la cabeza con
un saco negro, me lo ataron bien por el cuello y sólo me dejaron un orificio en la boca
para que pudiera respirar. Yo no entendía por qué hacían eso, si tenía las manos
atadas y no podía escaparme, pero creo que tenían miedo de que alguien me viese la
cara. Así me condujeron por un camino que según pude escuchar llevaba a la cárcel.
Entonces ocurrió algo que me asustó mucho. Oí que gritaban: "¡Apresadlos!", y unos
hombres llegaban corriendo y los que me llevaban atado debieron de ponerse en
guardia, porque me soltaron. Oí cómo desenvainaban las espadas unos y otros, y allí
mismo se iniciaba la lucha. Yo, tan pronto como me vi libre, aún con las manos
atadas, eché a correr a la desesperada, sin ver apenas nada debido a la capucha,
tropezándome con todo lo que encontraba a mi paso, cayéndome y levantándome de
nuevo.
»Seguí, como digo, camino arriba sin darme cuenta de que precisamente estaba
yendo en la misma dirección en que me conducían aquellos que me habían traído.
Por eso no es de extrañar que acabara dándome de bruces con el muro de la prisión.
Caí al suelo y estuve no sé cuánto tiempo sin moverme, medio desmayado,
esperando que acabaran aquí mis penalidades, hasta que alguien me removió
cruelmente y me retiró la caperuza con que me habían cubierto la cabeza. Me palmeó
la cara, para despejarme, y noté que echaba sangre por la boca, porque me había
partido los pocos dientes que me quedaban. El tipo que estaba ante mí, tan pronto
como me descubrió la cara, manifestó una gran sorpresa, me alzó la barbilla con una
mano y me estuvo mirando muy de cerca, para comprobar algo. Yo no sabía aún
dónde me encontraba, ni que ese hombre era el centinela de la prisión de Atenas.
Exclamó: "¡Así que eres tú!", como si a fin de cuentas me hubiera estado esperando,
aunque nunca me hubiera visto antes. Estaba muy nervioso y no cesaba de
preguntarme que dónde se hallaban los otros, los que tenían que traerme, y cómo
había llegado hasta allí solo. No podía hablar ni farfullar palabra, bastante tenía con
respirar sin ahogarme. El centinela tomó una antorcha y avanzó hacia la oscuridad,
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camino abajo, pero no vio nada. Estaba furioso. Volvió a mí y pensé que iba a
pegarme, pero sólo me sacudió por los hombros, y volvió a repetirme lo mismo, que
dónde estaban y qué había ocurrido. Yo no decía nada, me daba igual todo. El
hombre no sabía qué hacer conmigo, desistió de sacar algo en claro de mí, me metió
dentro, a empellones, en una celda que cerró con una tranquera, maldiciendo entre
dientes por haberse metido en ese lío, y luego salió afuera con la antorcha, supongo
que a esperar a los que debían traerme.
»Así que de pronto me vi arrojado a una celda oscura y húmeda; todo había
transcurrido tan deprisa y confusamente que me sentía manejado por la mano de
algún dios cruel, para su propio recreo. Yo mismo había escapado para ir a parar a
mi propio cautiverio. Había perdido toda esperanza de que algo me saliera bien.
Estaba totalmente exhausto, la cabeza me daba vueltas, el corazón me latía
enloquecido y me temblaban las rodillas. Me dejé caer al frío suelo, abatido y
deseando morir de una vez. Así estuve un rato hasta que me apacigüé un poco y
recuperé el aliento. Tuve como varios espasmos y luego me quedé muy quieto, como
si mi cuerpo ya no me perteneciera, como si hubiera perdido la capacidad de sentir.
»En eso, oí una voz que me llamaba en susurros. Era un compañero de prisión.
Estaba en la celda contigua. ¿Os interesa que os hable de este hombre? De acuerdo, lo
haré si así lo deseáis. Oí cómo este preso me llamaba "buen hombre" varias veces, y
yo no sabía si contestar o no. Insistió tanto, y su voz sonaba tan amistosa,
llamándome buen hombre, que pensé que tampoco perdía mucho si contestaba, pues
no era más que otro preso, posiblemente buscando mi compañía. Con esfuerzo gateé
en la oscuridad hasta los barrotes que nos separaban. Apenas veía otra cosa que su
sombra. "¿Quién eres, amigo mío?", me dijo. Me costó reunir un poco de voz y le dije
quién era y mi procedencia. Noté que le extrañaba que fuera de Esparta, estando su
ciudad y la mía en tiempo de paz, y me preguntó si era un prisionero de guerra. Le
dije que sí, aunque ni yo mismo estaba muy seguro de qué clase de prisionero era y
por qué. Parecía muy preocupado por mí, y deseoso de llevarme algún consuelo. Me
dijo que él apenas había salido de Atenas, sólo una vez, y para combatir en la guerra,
y que nunca había visitado Esparta, pero que sentía una gran admiración por la
organización de nuestra ciudad, y la disciplina que guiaba nuestras costumbres. Me
dijo que todas las ciudades tenían que aprender de otros pueblos, e incluso Atenas, la
más sabia de todas, podía aprender mucho de Esparta y del régimen de vida de sus
ciudadanos, y de las buenas cualidades de su educación y su gobierno, que hacían de
ellos buenos combatientes. Me sorprendió que hablara así de nosotros, siendo
ateniense, y pensé que se habría evitado una gran guerra si otros muchos atenienses
pensaran como él. Me preguntó si mi condena era larga, si iba a estar mucho tiempo
en la cárcel, a lo que le respondí que con suerte estaría muy poco tiempo y me darían
de beber un veneno que hacía pasar a la otra orilla de una manera suave y rápida. Me
preguntó si había alguna otra cosa que pudiera hacer por mí. Era el primer hombre
amable con el que me topaba desde que me habían comprado y secuestrado. Yo le
dije que podía desatarme las muñecas si tenía las manos libres, y lo hizo muy
gustoso, metiendo las suyas por entre los barrotes. Deshizo con paciencia el nudo en
la cuerda de esparto y me liberó de la atadura. A continuación me palpó la cara para
hacerse una idea de mis rasgos, y, al hacerlo, emitió un grito muy agudo, como si
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acabara de comprender quién era yo, y le asustara.
»La conversación quedó interrumpida en este punto. El centinela volvió, muy
agitado, y entró en mi celda. La luz de su antorcha iluminó la estancia, y pude asistir
al prodigio de contemplar, al otro lado de los barrotes, entre claroscuros, a un
hombre que parecía la exacta copia de mí mismo. Fue sólo un instante porque el
carcelero me agarró y me sacó con fuerza de la cárcel y me gritó: "¡Así que puedes
hablar! ¡Dime! ¿Por qué has venido solo? ¿Dónde están los que te traían? ¡Habla o te
degüello aquí mismo!". Farfullando, le conté como pude la emboscada que habían
sufrido y cómo yo había llegado hasta allí intentando escapar. El hombre ya se lo
debía de imaginar, y resolvió que no podía tenerme ahí, y me soltó diciéndome:
"Óyeme esto bien. Si le dices a alguien que has estado aquí te mataré. ¿Me entiendes?
Juro por Zeus que lo haré. Y ahora corre, piérdete, sal de esta ciudad sin que te vean
y no vuelvas a poner nunca más tus sucios pies por aquí". Yo le juré que así lo haría y
a continuación me alejé corriendo cuanto pude, que no era mucho.
»Al principio no podía creerlo. ¡Otra vez libre! ¿Hasta cuándo? ¿Quién sería el
próximo en capturarme y torturarme? La noche estaba queda y oscura, no vi a nadie
por allí. Me interné en un pequeño bosque. A cada paso flaqueaba más y al fin me
dejé caer entre unos olivos, con la única esperanza de poder descansar en paz hasta el
próximo amanecer.
»A la mañana siguiente no sabía ni dónde estaba. Me despertó una mujer que
llevaba un saco, y entonces me levanté y eché a correr. Salí del bosque y entré de
nuevo en un barrio de la ciudad y no sé yo si era por la desesperación que debía de
tener mi cara o por ese extraño prodigio que todos veían pintado en mí desde que fui
vendido, que allá donde me topara con un ateniense se desencajaba su expresión,
chillaba de horror o simplemente salía corriendo tan deprisa como yo.
»Al fin, fui prendido de nuevo y llevado a una casa, una mansión muy rica, casi
tanto como ésta, cuyo propietario me interrogó y le conté esta misma historia. ¿Que
si recuerdo el nombre de ese rico propietario? Claro que sí, Anito, un hombre de
unos cincuenta años, de buena planta, bien educado. Este hombre también me trató
bien, he de decirlo: me ofreció comida, bebida y descanso. Estaba muy contento de
tenerme en su casa y me dijo además que me necesitaba para atestiguar ante un
tribunal sobre los hechos acaecidos, porque, según él, yo era la prueba de que había
habido una conspiración para liberar a un recluso de la prisión. Imagino que se
refería a ese hombre que tanto se parecía a mí. Iba a llevarme al día siguiente ante ese
tribunal que, según dijo, estaba en lo alto de una colina para que allí, ante los jueces,
repitiera mi historia, pero ese día nunca llegó, porque al amanecer se presentó un
hombre a quien yo conocía porque era el que durante mi reclusión en Esparta me
traía el agua. Estaba armado y me sacó de allí sin emplear la fuerza. Le pregunté si
venía de parte de Anito, y me dijo que Anito estaba muerto.
»¿Cómo dices? Sí, se llamaba Alcibíades. Así es como le llamaba la mujer que vivía
en la última casa donde fui encerrado. Todo era una continuación de la misma
locura. Ahora este tal Alcibíades quería que engordara y dejara de parecerme al
hombre de la prisión, aunque al parecer ya había sido ejecutado, porque el plan para
liberarlo había fracasado, pero mi presencia era aún una amenaza, no me preguntéis
por qué. Esa hermosa mujer que me encerró en el sótano de su casa me recortó la
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barba y me vistió con estas ropas. Me dijo que, cuando cambiara lo suficiente mi
aspecto, me llevarían de nuevo a Esparta y allí me dejarían libre. Pero en ese cuarto
oscuro no veía yo muy próxima la libertad. Y eso es todo lo que tengo que contaros
hasta que me sacasteis de allí. ¿Qué pensáis hacer conmigo ahora?» —Hoy mismo
viajarás a Esparta con oro suficiente como para que nunca más tengas que vivir como
un esclavo —dijo Pródico.
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CAPÍTULO XXXI
Al sofista de Ceos le agradaba sobremanera la inscripción que Alcibíades había
tallado, de propia mano, en la losa que sería años después su estela fúnebre, y que
trajeron sus partidarios desde la lejana Tracia, junto con su cadáver, para recibir
sepultura en Atenas:
PATRIA MÍA, SI COMENZARA DE NUEVO
TE VOLVERÍA A TRAICIONAR
Era hermosa y honesta como una declaración de amor.
Un año había transcurrido desde aquella ceremonia de exequias, la más extraña
que se había conocido en la ciudad. Ahora, a la luz del tiempo pasado desde
entonces, a Pródico le resultaba más paradójica aún si se tenía en cuenta que aquel
ataúd cerrado en el que descansaban sus huesos contenía cualquier cosa excepto esto.
Cuando corrió la voz de que Alcibíades había fallecido, la mayor parte de la
Asamblea de ciudadanos se opuso en rotundo a que los restos de aquel traidor sin
escrúpulos volvieran al Ática. Pero otro sector, nostálgico del pasado, clamaba por
que se permitiera su funeral allí, en un acto de piedad con sus antepasados, y en
respeto a la dinastía Alcmeónida, a la que pertenecía Pericles. Finalmente, por temor
a una revuelta, se permitió que recibiera sepultura en su patria, pero se le denegó
cualquier honra, como ser enterrado en un recinto sagrado, en el interior de la
ciudad, o con dignidades de héroe. El cadáver había sido traído desde la Tracia de su
exilio por un puñado de partidarios, en un viaje sin apenas escalas. Desde el
momento en que desembarcó en el Pireo, había tenido que ser custodiado por un
piquete de soldados para salvaguardarlo de los intentos de sabotaje. La guardia
cubría el largo corredor fortificado que unía el puerto con la ciudad. Allí, entre los
Muros Largos, se apiñó el pueblo ateniense como cuando el ejército espartano
invadió el Ática, para ver pasar el féretro. La tensión reinante hacía esperar que
nunca llegara a entrar en la ciudad. Todos se preguntaban quién o quiénes lo
impedirían y de qué modo; si robarían el ataúd o lo harían retroceder hasta el mar, si
se opondrían los soldados, anteponiendo el rencor personal a las órdenes recibidas, o
si por el contrario serían estrictos en el cumplimiento de su misión hasta el punto de
enfrentarse a los insurrectos ante el menor intento de sabotaje. Los caballos que
tiraban del carro avanzaron despacio, piafando y sacudiendo la cabeza, nerviosos
por la proximidad de la gente. Delante, la guardia que conducía la comitiva, alertada
y en medio de una gran tensión, iba despejando el paso entre el gentío.
Contrariamente a lo que se vaticinaba, el cortejo fúnebre formado por los pocos
amigos y fieles al difunto que aún quedaban apenas hubo de soportar algunos
abucheos que no consiguieron animar a los violentos. El carro con el cadáver pasó
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ante la multitud sobrecogida, y nadie osó alzar la mano contra el muerto.
Los muchachos observaban el entierro desde las ramas de las encinas o sentados a
horcajadas en los muros que rodeaban el cementerio, ansiosos de seguir escuchando
aquella leyenda interminable del héroe más admirado y odiado. Hombres y mujeres
aguardaban sin moverse y sudando bajo la canícula, asombrados por aquel último
golpe de efecto de Alcibíades, su epitafio. Finalmente, fue Neóbula quien pronunció
unas breves palabras cuando se bajó el féretro al foso:
—Aquí yace un hombre que fue libre, un hombre que sólo fue fiel a sí mismo.
Quiso llegar a lo más alto. Todo él irradiaba luz. Vivió con avidez y plenitud porque
odiaba la mediocridad. Su único gran amor fue Atenas.
A continuación, pasó a leer el discurso que Alcibíades había dirigido a su pueblo
años atrás, cuando ella vivía con él. Era un último adiós:
Atenienses:
La tormenta me embriaga. Galopo por las praderas de los acantilados bajo las gaviotas de
vuelo quebrado. Esta tierra aún es virgen y el mar infinito.
De nuevo el hado me obliga a alejarme de Atenas, la única ciudad que he amado, esta vez
para siempre, pues ya no he de volver. Con una sola nave me alejé de ella por última vez,
rumbo a Tracia. Ya no hay refugio para mí en la tierra, me habéis convertido en un
extranjero. Voy errando de un país a otro, sin horizonte. Desde esta triste fortaleza del
Quersoneso contemplo el mar pensando que en algún lejano lugar está bañando el puerto de
la inefable Atenas. He vivido para mí, nunca acepté otro gobierno que el de mi libre destino, y
en cada momento decidí según esta última prerrogativa: mi vida, por encima de cualquier
deber y fidelidad.
Durante muchos años me habéis zaherido con injurias, la calumnia sigue mis pasos allí
donde vaya, soy blanco de la envidia de los necios y los espíritus mezquinos han querido
apartarme del mando de las tropas cuando yo pude cubrir esta ciudad de gloria.
Desde estas colinas del destierro escucho los gritos de las gaviotas y mi recuerdo viaja a los
acantilados en los que las olas batiendo en el risco envolvían nuestras naves encalladas y las
hacían zozobrar a merced del viento. Basta el coraje de un solo soldado para infundir ánimo
en un ejército arredrado por el miedo. Con dulces y reconfortantes palabras se entibia el
corazón de los combatientes afligidos. Ninguna desolación resiste un segundo amanecer, con
la luz y el rocío se abre nuevamente al aire y respira, y el cuerpo, ayer abatido, se levanta de
nuevo con todas sus fibras tensas como las cuerdas del arco en la batalla.
Atrás queda aquel efebo idolatrado que se crió en los lujos refinados de la corte de Pericles,
las mujeres y los blandos cojines. Mi piel tiene la costra del salitre y la arena, y de estas
espinas ha sido endurecida. Aún me considero joven y en plenitud de fuerzas. Pero mi vida ha
sido cruelmente cercenada. No me quedan ilusiones ni alicientes.
Mirar atrás siempre me pareció cobarde y tan ocioso como querer apresar el vuelo de
Cronos, pero esgrimir la verdad aun desesperando de que alguien quiera oírla sigue siendo tan
hermoso como inútil. Sé lo que dicen de mí en los términos que dicta la ignorancia o la mala
voluntad: no he de rendirme a la mentira de la historia ni esperar a que otros vengan a
limpiar mi honor de tantas infamias. Por encima de mis errores y traiciones, mi única
aspiración fue traer a Atenas la égida de los vencedores. Ahora os lamentáis de vuestras
desgracias y cargáis la culpa sobre mí, pero yo no puedo hacerme responsable de los errores
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que cometisteis.
He soñado que una mujer cubría mi cadáver con una manta, y sé que mi fin está muy
próximo, por eso os hago llegar este mensaje. Ruego a los dioses que no sea sepultado en este
lugar, el Quersoneso, tan lejos de mi única patria. Y ya no será un Lisandro al frente de sus
tropas, ni un Nicias, ni un rey, ni un Hiparco, ni un hoplita quien me dará muerte en el
campo de batalla, ni siquiera un rico sátrapa persa. En esta última escala de mi viaje, desde la
que os hablo, sé que no podré arrojar mi último dardo al morir, como me hubiera gustado, ni
gozaré de la voluptuosidad de ver correr mi propia sangre cuando a mi alrededor el campo se
siembra con la hedionda carne de los cadáveres, sino que será como anunciaban los versos de
Calino de Efeso:
La muerte vendrá en el momento
en que la hayan urdido las Moiras,
porque no está en el destino de un hombre
escapar a la muerte, ni aunque su estirpe
viniera de los dioses.
158
CAPÍTULO XXXII
Era fácil comprobar que Alcibíades estaba vivo: bastaba abrir su sepulcro. No
tenía prisa en hacerlo, estaba casi seguro de que se iba a encontrar con un cenotafio.
En Atenas sólo Neóbula y él sabían que Alcibíades vivía. Pródico se daba golpes en
la frente al no haber tenido en cuenta la posibilidad de que Alcibíades fuera el
asesino de Anito. ¿Cómo no se le ocurrió pensar en ello? Evidentemente, descartó esa
hipótesis porque él había asistido a su funeral; estaba muerto. A veces uno da por
cierta la versión oficial y nunca se detiene a cuestionarla: ahí radicó su error, ya que
Alcibíades —dejando al margen que fuera un cadáver— era el hombre que encajaba
a la perfección con el asesino de Anito. Era su enemigo político —antidemócrata,
partidario de una dictadura, la suya—, amigo personal de Sócrates; era astuto y
valiente, capaz de matar a un hombre en un burdel sin dejar rastro, y amante de
Neóbula, por lo que no resultaba extraño que ésta fuera su cómplice.
La única manera de que Alcibíades pudiera regresar a Atenas era muerto, ya que,
tras su traición durante la guerra, se había convertido en el primer enemigo del
pueblo. Muerto el último líder capaz de movilizar las fuerzas oligárquicas, la
democracia podía respirar mucho más tranquila. Habría sido un inteligente efecto
táctico el orquestar un falso funeral para jugar con la ventaja de un regreso
clandestino. De acuerdo con esta hipótesis, su entrada se habría producido en
secreto, con la complicidad de sus partidarios. Aunque... ¿qué partidarios le
quedarían al Alcmeónida, después de tanto tiempo en el exilio? Quizá una mujer
anclada en un viejo amor.
Lo que aún no tenía claro era si aquel asesinato había nacido en la mente de
Alcibíades como una venganza personal, o él sólo había sido la mano que consumara
una venganza maquinada por Neóbula. Esta segunda suposición explicaba mejor la
presencia de Alcibíades en Atenas: habría vuelto por ella.
En estos momentos Pródico tuvo que abandonar la investigación por una razón de
vital importancia, y de tal gravedad que convertía en fútil cualquier otra
preocupación. La vida de Aspasia se estaba extinguiendo rápidamente.
A través de la puerta no se percibía el menor ruido de lo que ocurría en el
dormitorio de Aspasia, ni una voz alteraba el silencio. Resuelto a no entrar para no
perturbar el examen del médico, Pródico se paseaba por el patio, daba vueltas en
torno a la fuente, conversaba con los esclavos, inquietos también por la enfermedad
del ama, se sentaba un rato, intentaba no pensar en nada, pero sus pensamientos iban
a la deriva, ensombrecidos. De cuando en cuando volvía al vestíbulo a ver si el
médico salía de una vez. Confiaba plenamente en Heródico no sólo por su prestigio,
sino sobre todo porque era hermano de Gorgias, analítico y meticuloso como él,
aunque más reservado. El examen se demoraba mucho más tiempo que los
159
anteriores, lo cual era una mala señal. Al fin, oyó la puerta abrirse y se dirigió a su
encuentro moderando su prisa. Antes de formularle la pregunta leyó en los ojos del
médico la respuesta. Heródico le llevó lejos de la puerta, donde Aspasia no pudiera
oírles, y le dijo que esta vez era cuestión de días, tal vez horas.
—Ella no lo sabe —añadió Heródico— y conviene que no se lo digas. Sé por
experiencia que la esperanza de vivir a veces retrasa la muerte y hace más soportable
la agonía.
Asintió con un nudo en la garganta. El médico continuó.
—Su pulso es muy débil, tiene mucha fiebre, respira con dificultad. Es ya muy
anciana y su cuerpo está extenuado, a pesar de su vitalidad.
El sofista le acompañó hasta la salida y se quedó un rato de pie, inmóvil en la
puerta, irresoluto, viendo alejarse al médico. Le temblaban las rodillas. Respiró
hondo. Afuera, en la mañana recién rota, se movía un poco el aire, una mañana como
otra cualquiera, sin signos, con un cielo levemente nublado, anunciando ya el otoño,
que cruzaban como flechas los vencejos de puntiagudas alas. Al fin, adormecido casi
por su propia tribulación, cruzó de nuevo el vestíbulo y entró con un innecesario
sigilo en el dormitorio.
Su amiga yacía boca arriba, bajo las mantas, con los cabellos color ceniza
desperdigados, y le miraba dulcemente, más allá del miedo. Con voz quebrada, dijo:
—Este Heródico nunca fue bueno fingiendo. ¿Qué te ha dicho?
Tenía él bien presentes los consejos del médico. A pesar de todo, ahora que estaba
cara a cara con ella, comprendía lo inútil y estúpido que sería tratar de engañarla. La
voz se le empañó en la garganta:
—Que se te acaba la vida, Aspasia.
Ella suspiró y parpadeó lentamente.
—Está bien —dijo con suavidad.
El sofista se sentó junto a ella. Hacía esfuerzos por dominar sus emociones y no
echarse a llorar, pues si alguna vez en su vida había sentido deseos de hacerlo, de
comprobar que sus ojos no estaban secos, era ahora.
—Dime qué puedo hacer por ti.
La mano de Aspasia avanzó entre el lienzo, trémula, buscando la suya. El la
estrechó con suavidad. Ardía.
—No permitirás que me pongan uno de esos epitafios que hacen para las mujeres:
«Cuidó los hijos e hiló el telar», ¿verdad?
Pródico sonrió la broma con los ojos.
—Antes muerto que permitirlo.
—Siempre te las ingeniaste para estar junto a mí en los momentos críticos,
querido.
—No te librarás de mí fácilmente.
La anciana comenzó a reír y acabó sacudiéndose en toses roncas. Pródico no supo
qué hacer. Encendió una lámpara de aceite y le secó el sudor de la frente con un
pañuelo.
—Los buenos —dijo Aspasia— saben retirarse a tiempo, cuando aún están en
plena forma.
Le tomó de nuevo la delgada mano y la llevó a sus labios. Ella entrecerró un poco
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los ojos.
—La vida se ha portado bien conmigo —añadió la dama.
—Porque has sido más lista que yo. Unos vivimos intentando comprender la vida;
tú en cambio elegiste disfrutarla. Eso es lo que nos diferencia a ti y a mí.
—Querido Pródico, la habría disfrutado más de no ser tan terca. Cuántas veces me
equivoqué por mi orgullo y mi terquedad, me equivoqué contigo y los dos lo hemos
pagado. En fin, no me arrepiento de nada, ni siquiera de mis defectos, que han sido
muchos, y ni uno solo logré superar, lo reconozco. Y si he sido feliz, lo habría sido
mucho más a tu lado.
Pródico apoyó la cabeza suavemente en su pecho y dejó que el llanto acudiera a
sus ojos.
—Los amores no consumados son los que duran por siempre.
Aquella misma tarde, Aspasia recibió una visita muy especial de Neóbula. Pródico
la escuchó desde el pasillo, arrimando la oreja, y sintió verdaderas náuseas. Nada le
repugnaba como la hipocresía, pero tanto Neóbula como la enferma cumplieron con
escrupulosa corrección con aquel ritual, hasta el punto de que Pródico llegó a dudar
de si la dama creía las manifestaciones de dolor de su pupila. Y si ella hablaba en
serio.
Neóbula lloró en su mano y la llamó su benefactora, la persona a quien más debía.
Ella la había educado, le había dado una casa, una nueva familia, y la posibilidad de
ser una mujer autónoma y libre. Le confesó que siempre la había envidiado, por sus
logros, la influencia que había ejercido entre los hombres notables, en los años
dorados de Atenas, en los que su vida pudo llegar a la plenitud al lado de Pericles.
Le dijo, finalmente, que siempre sería su modelo a seguir.
—Queremos que La Milesia siga fiel al espíritu que tú le diste —le decía Neóbula
—. Pero tememos no ser capaces de hacerlo como a ti te habría gustado.
—Sé que podéis hacerlo sin mí mejor aún de lo que yo lo hice —dijo Aspasia—.
¿Habéis hablado de quién me sustituirá?
—Lo hemos hablado, y a todas nos ha parecido que el cargo nos excede.
—No creo que sea ése tu caso, Neóbula.
La hetaira le cogió la mano y se la besó.
—Me halaga lo que dices, pero no puedo...
—Sé que tú y yo hemos tenido diferencias, Neóbula. Quiero decirte, antes de que
sea demasiado tarde, que soy consciente, siempre he sido consciente, de que cometí
un error contigo, cuando eras una muchacha púber. No supe iniciarte debidamente,
y eso te causó dolor. Después me arrepentí, aunque nunca me atreví a declarártelo.
Ahora escúchame bien, Neóbula —le tomó el rostro por el mentón y lo acercó a ella
—: Creo que tú eres la única capaz de tomar las riendas de La Milesia. Tienes coraje y
talento. Confío en ti para que asumas el relevo.
Agradecida, Neóbula humilló los ojos.
—Aprende a administrar tu orgullo —continuó Aspasia—, que es un arma de
doble filo. Utilízalo para combatir. Esto es el comienzo de una larga lucha. Eres
fuerte, tienes un temperamento dominante. Tal vez no seas la más virtuosa, pero eres
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la más inteligente.
—Así lo haré, Aspasia, te lo prometo.
—Me quedo muy tranquila al dejar la casa en tus manos.
Pródico cabeceó al escuchar esto, y quedó admirado de la astucia de Aspasia;
nunca tuvo una pizca de virtud socrática. Era una sofista hasta la muerte.
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CAPÍTULO XXXIII
Aquella misma noche flotaba en el agua negra del Fálero una luna deslucida,
iluminando los montones de pescado que se pudrían en el muelle, envueltos en una
espuma amarillenta, cerca de la empalizada de tablones donde cada día se montaban
y desmontaban los puestos de pescado, y que ahora, en el relente de la noche, era
apenas la silueta de las cajas amontonadas y las hileras de mesas y expositores. Los
barcos amarrados en el atracadero dormían con un ronquido de maderas crujientes, y
ya en tierra firme se dejaba escuchar el eco de la música y el jolgorio de los burdeles.
Cuando se abría el portón de alguno de los burdeles, todo el griterío de la canalla
tumultuaria salía a la noche durante unos instantes, antes de volver a ensordecerse.
Neóbula escuchaba al hombre que le hablaba ahora, frente a ella, refugiado en la
oscuridad de una arcada en las escaleras que bajaban al Fálero. Más que sus
apasionadas palabras, leía los movimientos de su cara, de sus manos, lo que afloraba
en ellos, el miedo a ser visto, una ansiedad desconocida en él. Su rostro se
encuadraba en la oscuridad del mar, y más allá de él era sólo la negrura. La hetaira
asentía, buscando en ese hombre algún resto de aquella insolencia que le hizo digno
de ser amado, pero no pudo encontrarla, y aunque lo hiciera, estaba segura de que ya
no lograría cautivarla. Ahora, años después, no era ni la sombra del que fuera. Le
hablaba de unas tierras lejanas que ella conocía ya, evocaba los bosques umbríos y
vírgenes, los cañaverales en verano, la pasión bajo la luna de Persia, la libertad de
antaño, cuando la vastedad del mundo la llenaba la presencia del otro. Ahora nada
de eso tenía sentido, resultaba obsceno oírlo, apelar a los delirios de la juventud: ya
no eran jóvenes, aunque él pareciera ignorarlo. Neóbula dio en pensar que el hombre
que le hablaba había perdido la noción de realidad, demasiado tiempo aislado,
exiliado, ocupado en sus problemas, viviendo de las leyendas del pasado, de una
fama que había dejado de tener importancia salvo para él mismo. Había envejecido
en el resentimiento, hablaba casi como si la guerra no hubiera terminado, años atrás,
como si Atenas aún fuera un territorio virgen para la subversión y la conjura,
hablaba desde la soledad en la que durante años había ido revolviendo sus insidias
hasta ofuscar su juicio. No podía creerlo, era cierto que estaba muerto, que sus restos
descansaban bajo una lápida.
Durante un rato más siguió envolviéndola en palabras vanas, había perdido la
capacidad de leer en su rostro lo que sentía, ella miraba su boca moviéndose con
rapidez, aquella boca que unos años atrás la fascinaba, con su curva ladina y
afeminada, incluso cuando juntaba los labios y parecía serio, y ahora esa boca se
movía estúpidamente como un pez fuera del agua, coleteando en la escollera. La
atrajo hacia sí buscando algún indicio de vacilación, de afecto, pero ella se sentía fría,
insensible, más distante que nunca, y lamentaba profundamente estar viviendo ese
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momento que la hacía abominar de sus mejores recuerdos. Para colmo, intentó
besarla. Ella se limitó a volver la cara a un lado. Le dijo que esta vez no iba a seguirle,
que se quedaba allí, en su ciudad, porque ése era su sitio, y tenía una misión que
cumplir. Acéptalo de una vez, le dijo, nada nos une ya. Vete.
Él cometió la imprudencia de recordarle las palabras que ella había pronunciado
años atrás, cuando fue él quien la obligó a alejarse de su lado y regresar a Atenas,
cómo le suplicó ella que le dejase compartir su exilio jurándole amor eterno. Neóbula
no pudo soportarlo más, se levantó decidida a marcharse. Entonces sintió el tirón en
el brazo, la fuerza con la que él la atraía de nuevo, y su mirada ya no era la misma,
por primera vez sintió hervir un conato de furia y lo reconoció al fin. Él notó su
agrado y le pidió que le acompañase al barco, donde podrían estar más seguros. La
hetaira sintió miedo, sonrió un poco y le dijo estar de acuerdo, allí podrían seguir
hablando.
Por suerte para Neóbula, los remeros no se encontraban en el navío, pues de otro
modo la habría obligado a embarcarse con él rumbo a mar abierto, como una esclava
prisionera. Probablemente estarían de jarana en los burdeles. Durante unos instantes
meditó qué hacer, mientras le daba la espalda en la popa y se quedaba mirando la
debilísima luz que brillaba en la oscuridad del mar, la de un barco faenando en la
lejanía, como una isla desde la cual se verían las luces de la costa como islotes
inciertos. Aún estaba a tiempo de arrojarse al agua y huir nadando. Antes de que
pudiera calcular sus posibilidades de escaparse así sintió a su espalda la odiosa
cercanía del hombre, un aliento en el cuello, los brazos que la entrelazaban, las
manos que avanzaban por su piel. Él entonces la llamó como solía llamarla, la flor
cuyo perfume enloquece a los hombres. Por primera vez, en su mente se formó clara,
precisa, la idea de matarlo. Cerró los ojos y apretó los dientes dejando que la lengua
que avanzaba desde atrás le hurgara en el cuello, y que una mano furtiva le soltara el
broche del peplo y le bajara el lino hasta la cadera. Sólo aquel olor familiar la
confundía un poco, pero era el olor de un recuerdo. Pronto estaba ya en la pequeña
tienda de lona del interior, despojada de ropa, violentamente atenazada bajo las
rodillas del hombre. No opuso resistencia. Se dejó lamer, como si cumpliera su
trabajo con un cliente desagradable, abrió las piernas y se deslizó ella misma hacia el
sexo rígido, suspiró, hizo bailar las caderas rítmicamente, hasta que fue cediendo la
tensión, y entonces el hombre comenzaba a disfrutar de verdad, a olvidar cómo
habían llegado ahí. Ella se dejó dar la vuelta para que pudiera penetrarla desde las
nalgas, agarró sus manos cuando él la embestía con euforia, y ya lo odiaba desde lo
más profundo de sus entrañas, lo mataré, pensaba, sacudiéndose adelante y atrás, lo
mataré esta misma noche, aquí mismo lo encontrarán sus hombres. Tenía ya bien
localizado el cuchillo, lo había visto asomar del himatión que yacía arrugado en el
suelo, cerca de su mano, gimió y comenzó a sentir placer, se entregó de lleno, abrió
más aún las piernas oferentes y él la volteó boca arriba, se hundió en su vientre y se
restregó en su sudor, gimiendo, enloquecido, espasmódico, con la boca abierta
salivando y el rostro contraído y la mirada ciega del cuarzo, buscando frenéticamente
el final hasta el aullido salvaje y la sangre afluyendo a su rostro, la sangre subiendo
por su garganta triunfante, los ojos inyectados en el último temblor antes de caer laxo
junto a ella. Antes de que la punta del cuchillo rompiese su pecho y la hoja quedara
164
templada en sangre, vio en los ojos abiertos del hombre una voluntaria aceptación.
En ellos leyó que se dejaba matar por las manos que amaba.
165
CAPÍTULO XXXIV
Tres años después de aquel funeral fraudulento Pródico estaba allí, al pie de la
tumba, dispuesto a echar un vistazo al cadáver por ver si hallaba en él alguna prenda
u objeto por el que fuera identificable.
Antes de que los esclavos subieran el ataúd, al romper el alba, Pródico casi notó en
su nariz el olor a podredumbre de cadáver, a tierra fermentada. Retrocedió varios
pasos para no asistir a este deplorable espectáculo. Los esclavos no pudieron hacer
saltar los clavos del ataúd con las palancas de hierro, y tras unos esfuerzos
infructuosos optaron por resquebrajar la madera de pino a golpes. Pródico retrocedió
cuando empezaron a saltar las astillas. A partir de la primera fractura que lograron
abrir, el resto fue más sencillo. Poco a poco fue asomando el interior. Allí dentro sólo
había sacos de tierra. Tres sacos llenos de tierra. A Pródico le dio un vuelco el
corazón, sintió una excitación incontenible, el sabor del triunfo. Ese momento de
satisfacción era la recompensa a todos sus esfuerzos. Allí estaban, inermes, los
despojos de Alcibíades que su patria quería, tierra que cayó a la tierra al vaciar los
sacos, casi podía oír la risa de ese zorro que una vez más había logrado engañar a
Atenas. Era como para descubrirse ante esta nueva muestra de ingenio, la de un
hombre que había hecho de su vida una curiosa obra maestra.
Ordenó a los esclavos que cerraran el ataúd, lo cubrieran de tierra y corrieran la
lápida como si nadie hubiera profanado aquel secreto. Sentía todavía el corazón
estremecido y una borrachera de satisfacción por haber superado en astucia a su
rival. Mientras los esclavos se aplicaban a enterrar el catafalco, Pródico dio un paseo
por entre las estatuas y los pinos del cementerio, reflexionando sobre su reciente
hallazgo. El aire se iba llenando del rasgueo de los vencejos.
Sin dejar de caminar entre tumbas, absorto en sus pensamientos, imaginó que
Alcibíades podía haber llegado a Atenas antes de la muerte de Sócrates con el
propósito de liberarlo de la prisión. Acaso Alcibíades no había llegado a tiempo,
habida cuenta de la larguísima jornada de navegación desde Tracia hasta Atenas.
Arrastrado por la sucesión de sus propias conjeturas, Pródico echó la cuenta de los
días desde que Sócrates fue condenado a muerte hasta que bebió la cicuta, y ese
tiempo transcurrido era suficiente para que un emisario cumpliera todo el trayecto
hasta Tracia para dar a Alcibíades la noticia, pero no para que éste arribara a Atenas
a tiempo de impedirlo. Siguiendo con sus conjeturas, bien podía haber ocurrido que
el filósofo hubiese acatado la condena sin apenas defenderse, confiando en que de
ese modo convencería al Alcmeónida para no retrasar más su vuelta a Atenas e
instaurar la República ideal de la que Alcibíades sería el caudillo. Todos estos
pensamientos se agolpaban en su mente sobreexcitada, y también la incertidumbre
con respecto a las consecuencias de sus hallazgos. Pues, si él vivía y se encontraba
166
aún en la tierra de Palas, ¿cuáles eran sus planes? ¿Estaría preparando una revuelta
con sus partidarios? Pensó en esta conjetura pero la encontró prácticamente
imposible. Habría muy pocos hombres dispuestos a apoyarle. La mayor parte de sus
antiguos seguidores había muerto pocos años atrás, en las revueltas que propiciaron
la caída del Régimen de los Treinta. Era muy probable que Alcibíades se hubiera
encontrado absolutamente solo e impotente.
Algo le obligó a alzar la vista y a abandonar sus precipitadas reflexiones. A un
estadio de distancia estaban enterrando a un hombre. Se encaminó hacia ellos. Eran
cinco extranjeros atezados y robustos, con aspecto de esclavos remeros. Se volvieron
a él un momento, malencarados, y siguieron cavando. Pródico llegó junto a ellos y les
saludó. No contestaron. Entonces dirigió sus ojos hacia el cadáver que yacía en el
suelo, ensangrentado, y se le heló el aliento.
Era Alcibíades.
Lo reconoció sin un conato de duda. Tenía en el pecho la herida reciente de un
cuchillo. Dijo «amigo» en varios idiomas, hasta que probó con la lengua persa. Por la
forma de mirarle, notó que ahora le comprendían.
—¿Quién lo mató? —repitió.
Se miraron entre sí, apenas un momento, mostrando lo que él no supo si calificar
de desprecio, indiferencia o desconfianza. No respondieron. Pródico vio, junto al
cadáver en la manta que lo envolvía, un velo violeta de seda.
Los hombres terminaron de cavar, levantaron entre dos el cadáver y lo arrojaron al
fondo de la fosa. Cayó con un sonido hueco, y levantó un poco más de polvo. Con
rapidez y asepsia, sin emociones, ni llantos, ni ceremonias, lo cubrieron de tierra y
luego se fueron llevándose las herramientas.
Hizo que sus esclavos espolearan a los caballos que tiraban del carro para llegar lo
antes posible a la casa de Aspasia. Estaba impaciente por darle las buenas noticias.
En cuanto franqueó la puerta, casi corrió hasta la cámara de Aspasia, pero algo le
detuvo nada más entrar. Sintió allí, flotando en el aire como una aciaga emanación, el
paso sigiloso de la Muerte.
Acercó su mano a la de la anciana y sintió un frío más frío que el frío, un vaho
helado, el mordisco de un metal como un carámbano en la mano desguarnecida, y
luego miró sobrecogido el rostro inmóvil, lejano e inexpresivo, bañado en la claridad
primera, vio los ojos vacíos de una estatua, ajena y opaca, irreconocible. Ya no era
Aspasia, era sólo un montón de entrañas blandas, una pesadez exangüe, inútil,
descolorida. Si pudiera verse ahora, pensó, con el alma encogida, si pudiera verse
como yo la veo.
167
CAPÍTULO XXXV
De modo que ahora importaba todavía menos, y Pródico sentía que su misión
tocaba a su fin. El cadáver de Aspasia, incinerado ante la presencia de sus amigos
más queridos en lo alto del monte Licabeto, arrojó hacia las impávidas estrellas un
humo azulado. De pie, doscientas sombras sobrecogidas portando antorchas
murmuraron una plegaria a los dioses. Había muchas más mujeres, y, de los pocos
hombres, se encontraban algunos de los más principales de Atenas. Si algo agradeció
Pródico fue que no hubiera música ni plañideras; Aspasia deploraba el
exhibicionismo ritual de los funerales. Fue una ceremonia contenida y silenciosa,
muy de su gusto. Se arrojaron pétalos de anémonas al viento que se llevaba las
cenizas, y no hubo mucho más. El logógrafo Lisias se encargó de pronunciar algunas
palabras que afortunadamente pasaron pronto al olvido. Después, cada uno se
recogió en su desolación y emprendió el camino de regreso, serpenteando por la
vereda del monte.
No dudó en servirse de su antiguo cargo de embajador —de cuya renuncia sólo
estaban informados el gobernador de Ceos, Aspasia y él mismo— para obtener una
audiencia especial del ilustre tribunal del Areópago; el motivo que anunció no era
otro que el esclarecimiento del asesinato de Anito. La respuesta del tribunal no se
hizo esperar, y fue convocado para el último día del mes de boedromion, cuando ya
había terminado la recolección de la vendimia.
El día se había levantado ventoso, como un advenimiento del otoño. La agonía y
muerte de Aspasia le había supuesto demasiadas noches de insomnio, y esa mañana
sentía la cabeza como si le fuera a estallar en cualquier momento. Le dolía el fondo
de los ojos, y sentía una asquerosa compasión de sí mismo, mezclada con vergüenza
y una amargura residual, indefinible, que había ido nutriéndose con los años de
excrecencias y corrosiones como un ancla herrumbrosa abandonada en el fondo
marino. Haciendo de tripas corazón, se había puesto sus mejores ropas para
presentarse digno ante el Areópago, e incluso había hecho tímidos intentos por
preparar su discurso, antes de comprobar que hasta los pensamientos le hacían daño.
Finalmente decidió encomendarse a la improvisación, recordando que en otros
momentos difíciles, cuando todo parecía perdido, le había asistido una desconocida
lucidez.
Se apeó del carro en lo alto de la colina de Ares e hizo a pie el último tramo hasta
las gradas blancas del tribunal, a ver si el viento le despabilaba un poco o le
dispersaba los malos humores de la cabeza. Pronto llegó hasta las gradas de piedra,
donde los ancianos le esperaban quietos como estatuas. Humilló la cerviz ante ellos.
168
Desde el podio se encontraban a la altura de un brazo por encima de él, un efecto
para hacer sentir su autoridad que a Pródico se le antojaba muy ingenuo. Tuvo la
desagradable sensación de que iba a vomitar allí mismo la naturaleza misma de sus
entrañas, sobre aquellas arenas sagradas, mancillando el nombre de Ares y a todos
sus correligionarios sinvergüenzas del Olimpo. Se contuvo pensando en Aspasia y en
su deseo de brindarle una muerte un poco dichosa. Tragó saliva y se apretó los
flancos con los brazos, como si así pudiera reprimir sus vísceras.
La ceremonia de ofrendas al dios comenzó con mal pie, cosa que distrajo al sofista
de sus movimientos internos. El promontorio era esa mañana un auténtico
ventisquero, y primero fue la ceniza la que se echó encima de los viejos, haciéndolos
toser y lagrimear, y luego la yesca no ardía de ninguna manera. Este bochornoso
espectáculo llenó al sofista de tal regocijo que al momento se sintió de nuevo dueño
de su cuerpo, a pesar de los latidos martilleantes en sus sienes. Los oficiantes que
ayudaban a los arcontes se apresuraron a llevar el pebetero al socaire del altar a la
Implacabilidad y tras las columnas de mármol lograron prender el fuego, que se
apagó aún dos veces antes de que las llamas cobrasen cierto vigor.
Los ancianos se sentían tan apurados por los contratiempos que no hacían más
que carraspear y musitar torpes excusas, y Pródico sintió esa forma de simpatía que
acarrea la lástima, aunque se limitaba a mirar a tierra para no parecer osado.
Finalmente se hicieron las ofrendas rituales ante el dios sanguinario. Era el momento
de intervenir. Pródico se acercó al podio de los arcontes, temiendo que alguno de
ellos estuviera sordo, y habló elevando la voz cuanto pudo, de espaldas al viento:
—Venerables magistrados. Estoy aquí porque a mí, Pródico, embajador de Ceos,
me fue encomendada por Aspasia la misión de esclarecer los hechos relacionados con
el abominable crimen de Anito para que este tribunal imponga justicia. He venido a
hablaros en nombre de mi amiga, que para nuestra consternación ha cruzado la orilla
que no tiene retorno. Asumí llevar a cabo esta investigación cuando ella ya se
encontraba gravemente enferma, aunque con el propósito indeclinable de cumplir la
promesa que contrajo ante este altar de Ares, para limpiar el honor de su nombre y el
de La Milesia de toda sospecha e ignominia.
Hizo una pausa y recorrió con la mirada los rostros severos y surcados de arrugas,
que aguardaban con impaciencia embozados en sus túnicas. En sus miradas ansiosas
Pródico sintió que devoraban cada palabra que pronunciaba, buscando un error
delator.
—Mi propósito ante el Areópago es, por tanto, dar cumplimiento a esta promesa y
transmitiros el resultado de las investigaciones. Se han reanudado y repetido los
interrogatorios, en busca de indicios o contradicciones, pero las declaraciones de los
inculpados son todas ellas consistentes, y no se han hallado elementos que permitan
dudar de su veracidad, o fundar sospechas de tergiversación, ocultación de datos o
invención de coartadas. Tampoco se han encontrado pruebas culpatorias en ninguna
de las casas registradas, ni indicios que puedan llevarnos a pensar que alguno de los
presentes aquella noche en La Milesia albergara una animadversión personal hacia
Anito, o una razón para querer dañarlo. Por otra parte, he revisado las pruebas
obtenidas a partir de los testimonios que describían cómo fue hallado el cadáver, y
más concretamente la posición de sus manos sobre el cuchillo. Como sabéis, su mano
169
derecha estaba cerrada en la empuñadura, y la izquierda encima de la primera, y
ambas descansaban sobre el pecho, porque el cuchillo estaba hundido hasta el
mango. La razón de juzgarlo como asesinato descansa en la presunción de que,
siendo Anito zurdo, no habría cogido el cuchillo con la diestra, sino que habría
tomado la empuñadura con la izquierda para guiar la trayectoria y descargar la
máxima fuerza, acompañándose también de la otra mano. Hasta aquí estoy conforme
con los jueces. Sin embargo, creo que se ha dado erróneamente por supuesto que esta
disposición de las manos posterior a su muerte sería la misma que adoptara en el
momento de hincarse el filo, en el caso de que se hubiera quitado él mismo la vida.
Dicho de otro modo, no hay evidencias suficientes para descartar un suicidio.
Revisemos ahora esta posibilidad. ¿Acaso el hecho de que tuviera la derecha en
contacto directo con la empuñadura cuando quedó muerto demuestra que se habría
matado haciendo uso de la derecha? ¿Quién puede asegurarnos que esta posición se
mantuvo invariable desde que cogió el arma hasta que lo encontraron muerto? Me
limito a exponer esta duda ante el tribunal, la posibilidad nada desdeñable de que él
mismo moviera las manos tras un primer intento de matarse, o bien
involuntariamente, en los instantes que duró su agonía. Y es que no sabemos si
falleció de forma instantánea o si, por el contrario, pugnó por hundirse más el
cuchillo o necesitó de un nuevo empuje, o si mientras aguardaba la muerte, relajó las
manos o las movió.
Pródico hizo una pausa para descansar. Apenas reparó en que había aminorado su
dolor de cabeza. Miró las sinuosas llamas del pebetero y deseó que Aspasia estuviera
allí para escuchar su intervención. Prosiguió:
—Pensemos ahora, venerables magistrados, que Anito se quitó la vida de esa
forma. ¿Estamos nosotros en condiciones de juzgar por qué lo hizo? La razón de
haber actuado así va más allá de nuestro alcance, y sólo podemos aventurar
conjeturas para tranquilizarnos, aunque ninguna de ellas pueda ser nunca
comprobada. Por otra parte, lo que nos atañe es administrar justicia y, si hay un
culpable, que reciba su castigo. Y siendo la víctima el autor y el culpable, ha
cometido el único delito que conlleva su propia ejecución. No existe por tanto deuda
con la justicia. Juzgad ahora si mi opinión fundada merece la confianza de este noble
tribunal, y si es así, es hora de poner fin a este conflicto que ha traído discordia y
protestas, y no sólo perjudica el honor de las hetairas, sino la confianza de muchos
ciudadanos en que las leyes de la ciudad se aplican en su provecho, no en su
perjuicio. En el curso de mis investigaciones también he podido comprobar que La
Milesia cumple con todos los deberes religiosos a Afrodita Pandemos y a Atenea, y
sus oficiantes son mujeres respetables, fieles a Atenas, respetuosas con las leyes y,
desde luego, realizan una función muy apreciada por muchos ciudadanos. No sería
en absoluto bueno para la ciudad su cierre, y tal decisión sólo podría ejecutarse en un
clima de discordia y descontento. ¡Venerables magistrados! Debemos honrar la
memoria de quien fuera la esposa del divino Pericles, lamentablemente fallecida, una
persona que como ninguna otra nos ha iluminado el camino hacia la democracia y el
civismo, desde la meridiana claridad de Atenea, protectora de esta ciudad. Por eso os
pido un gesto de comprensión y benevolencia.
El máximo magistrado de los areopagitas, visiblemente confuso y turbado ante la
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alambicada exposición del sofista, tomó la palabra y dijo:
—Ilustre sofista, rétor y embajador. Mucho nos agrada escuchar tus palabras y tus
prudentes consejos, que miran por el bien de esta ciudad y demuestran tu fidelidad a
la venerable Aspasia, cuya muerte todos lamentamos profundamente. Por ello, esta
audiencia reconsiderará su decisión si así nos parece conveniente. Lo deliberaremos
con ayuda de Zeus, y muy pronto tendréis noticia de nuestro veredicto.
Pródico no creía en la verdad, pero sí en el sentido de la oportunidad. Coincidía
con Protágoras en su convicción de que la rectitud consistía en la elección apropiada,
a veces en la elección astuta, en callar, en dejar pasar las cosas, en actuar con
disimulo, en mentir si era menester. En esto, sus diferencias con Sócrates, defensor a
ultranza de la naturaleza intrínseca del bien y la verdad, eran inconciliables.
Se planteaba qué hacer. Era consciente de que en realidad había viajado a Atenas
por Aspasia, y ahora le parecía una ciudad cualquiera, peor aún, una ciudad vacía,
muerta. La lechuza de ojos preclaros había emprendido el vuelo a otra parte. Todo
incitaba a huir de allí enseguida, pues nada ya le retenía, y La Milesia —estaba
seguro— seguiría su rumbo bajo la férrea dirección de Neóbula, cuyo liderazgo el
sofista no cuestionaba en absoluto.
Al principio se había planteado la posibilidad de tener una confrontación personal
con Neóbula, exigirle una confesión, pero al cabo comprendió que era mejor dejar las
cosas como estaban. Su único interés por el caso residía en aclarar un par de
pequeñas dudas sin demasiada importancia. La principal era el móvil del crimen.
Mucho dudaba de que Alcibíades fuera tan afecto a su antiguo maestro Sócrates que,
llevado del dolor por su muerte, hubiese perpetrado una venganza sobre Anito. Más
bien se inclinaba a pensar que la venganza tenía un nombre de mujer, y que en este
caso Alcibíades había sido simplemente la mano fiel que consumara el deseo
vengativo de Neóbula. Pero estas dudas no le inquietaban ni tan siquiera para
distraer sus pensamientos y disipar la bruma fúnebre que lo envolvía por dentro.
Esperaría a la decisión del Areópago y después volvería a Ceos.
171
CAPÍTULO XXXVI
El veredicto de los ancianos areopagitas fue de inocencia para las hetairas de La
Milesia. Las oficiantes gozaban de la licencia de la ciudad para mantener sus
actividades nocturnas. La noticia fue celebrada con alborozo. Durante la noche
siguiente hubo entrada libre, en una fiesta donde se bailó hasta el amanecer.
Había dejado cumplida la faena. Ya nada podía ocurrir en Atenas ni en su
corazón, más que un continuo toparse con fantasmas. Ya no divisaba porvenir
alguno entre aquellas piedras, nunca tan viejas y tan numerosas como las de su
memoria. Había encontrado el mutismo de corazón, pero era una antesala de la
muerte. Y si quedaba alguien vivo en Atenas, no quería despedirse. Y si los azares o
los dioses aún le aguardaban alguna sorpresa, no quería conocerla.
De modo que comenzó a hacer los preparativos para embarcarse en la nave de la
embajada que le había traído hasta la tierra de Palas, esta vez de regreso a Ceos,
hacia el sol de las Hespérides. Dejaría atrás su amada ciudad por última vez.
Se sentía viejo, corroído por el tiempo y la nostalgia. Un síntoma claro de
decrepitud le parecía su desinterés por el presente y el futuro. Todo su mundo era
ahora una amalgama de recuerdos antiguos, afortunadamente los buenos momentos
eran los que más habían sobrevivido en su memoria, ráfagas de belleza, el rostro oval
de su madre bajo la sombra de los tilos del patio, sus paseos con Aspasia cuando
ambos eran jóvenes por los juncales de Salamina, cuando un bando de gansos
atravesó el crepúsculo, en una formación que imitaba la punta de una flecha, y ella se
apoyó en él y lo besó. También recordaba mucho sus conversaciones con Protágoras,
cuando dejó de ser su discípulo para ser simplemente su amigo, de igual a igual, y
cierta ocasión en que, andando por la vereda del río Iliso, al llegar a la fuente de
Calíore, se encontraron a un individuo que se hacía llamar geómetra y pertenecía a la
secta pitagórica. Estaba trazando líneas y números en la tierra con una vara. Ese
hombre les enseñó un teorema de una belleza perfecta, limpia y precisa como un
cristal de cuarzo, y con la consistencia de una verdad destinada a ser eterna e
inmutable: ahí estaba, al fin, la maravillosa gramática del pensamiento que se regía
por las leyes de la lógica.
Antes de preparar sus cosas para embarcarse cumplió el último deseo de su
amiga: llevar un epitafio a la tumba de Sócrates. Dedicó una mañana entera a pensar
en una máxima que pudiera expresar la verdadera esencia de Sócrates; tarea ardua
en extremo. Lo recordaba como un muerto en vida, paseando su cadáver bajo el sol,
con el convencimiento de ser el modelo perfecto de virtud y verdad. Al fin, él mismo
se había bebido la cicuta de su doctrina, y Atenas había descansado al verlo por fin
bajo tierra.
Encargó, pues, al taller de Fidias un ara funeraria de mármol decorada con un
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tímpano en la parte superior con la siguiente inscripción:
AQUÍ YACE SÓCRATES, HIJO DE SOFRONISCO:
CADÁVER EJEMPLAR.
En la lápida de su corazón, Pródico portaba otro epitafio. Éste había sido grabado
con un estilete candente, secreto e indeleble, hasta el fin de sus días:
AQUÍ YACE ASPASIA DE MILETO
MUERTA A LOS 66 AÑOS,
SABIA COMO PALAS ATENEA,
COMO PALAS HERMOSA,
LA QUE TANTO NOS ENSEÑÓ,
A LA QUE TANTO AMAMOS.
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***
Las dos muertes de Sócrates
Ignacio García-Valiño
Ediciones Alfaguara
2003
ISBN: 842044930X
ISBN-13: 9788420449302
09-03-2011
V.1 Monipenny – Joseiera
174
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