Usos criminales de París Sasturain

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Usos criminales de París
Por Juan Sasturain
En estos días habrá oportunidad de que a algunos nos toque en suerte hablar sobre la narrativa
policial argentina en el marco del Salon du Livre de París. Y tácita o explícitamente aparecerán
como tema –por casi necesaria imposición del contexto– los vínculos entre nuestra literatura
criminal y la francesa, o Francia en general o París en particular. Y es interesante, porque hasta no
hace mucho se suponía que poco se podía decir al respecto. Y hoy no es así. Que se cumplan en
estos días veinte años de la aparición de La pesquisa, la única y brillante novela policial (así
alevosamente subtitulada) de Juan José Saer, no deja de ser un buen pretexto para hacer algunas
reflexiones al respecto.
Solía ser un lugar común de la desinformación y de la pereza crítica dar por descontado que
nuestra literatura policial “en serio” –madura y legible, cultivada por escritores dignos de llamarse
tales que publicaban editoriales ídem– surgía recién a comienzos de los años cuarenta. No es éste
el espacio ni el lugar adecuado para refutar esta ligereza, que se sostenía –como suele suceder–
en irrefutables verdades parciales. La aparición de excelentes libros de relatos de narradores como
Abel Mateo, Manuel Peyrou o los diestros mal escondidos tras los seudónimos de Jerónimo del
Rey y Bustos Domecq, señalaban –en principio– la primacía del cuento sobre la novela. La
aparición de colecciones tan disímiles entre sí –pero igualmente exitosas– como Rastros, El
Séptimo Círculo, Serie Naranja, Evasión y otras tantas menores, certificaban la fidelidad de un
público lector. Que tales colecciones privilegiaran, con sus diferencias, los títulos de autores
mayoritariamente anglosajones –ingleses en El Séptimo Círculo, norteamericanos en Rastros, por
ejemplo– ratificaban el encuadramiento de nuestros cultores nacionales, con seudónimo o a cara
descubierta, dentro de esa tradición a la que los yanquis duros llegaron con cierto retraso. Todo
dicho y asentado con las salvedades que permiten las consabidas excepciones.
Esta mirada retrospectiva e interpretativa de corto alcance es detectable, por ejemplo, en el prólogo
a la primera y brillante antología del relato policial argentino que realizó el joven Rodolfo Walsh
para Hachette a principios de los cincuenta. En apariencia, no había nada digno de ser rescatado o
apuntado más allá de una década atrás.
Con los años, las cosas se matizaron y lo que se consignaba que eran simples antecedentes
aislados han pasado a ser –a través del trabajo de investigadores y críticos como Pagés Larraya,
Barcia, Anderson Imbert, Rivera, Lafforgue, Fevre, Saitta, Ponce, Setton y tantos otros– parte de
una tradición rica, compleja, y casi sin solución de continuidad: se han escrito muchos relatos
indudablemente policiales en la Argentina, y el comienzo de la práctica consciente del género se
remonta hasta la década del setenta del siglo XIX. Y ahí es donde cobra fundamental importancia
el toque francés.
Al respecto, algunos datos son reveladores. Por ejemplo, las dos primeras novelas policiales que
se publicaron en este país –y que son las dos primeras, también, de la literatura
hispanoamericana– las escribió el jurista Luis V. Varela, bajo el seudónimo de Raúl Waleis. La
huella del crimen y Clemencia aparecieron en Buenos Aires en 1877 y están escritas bajo la
directa y confesa influencia del prolífico folletinista Emile Gaboriau, figura central del primer policial
francés, de amplia difusión en nuestro país por entonces. Estamos hablando de textos largamente
anteriores a Conan Doyle y su Sherlock Holmes, para dar un dato de filiación y ubicación
cronológica.
Pero no sólo eso: Waleis cita al maestro Edgar Poe en el prólogo y, coherentemente, como el autor
de Los crímenes de la Rue Morgue, él tampoco vacila en situar la acción de su novela en París,
centro del mundo civilizado y capital intelectual de la ficción. Es el imperativo de un verosímil muy
poderoso: su perspicaz investigador y detective, L’Archiduque, como el arquetípico caballero Dupin,
no puede ser otra cosa que francés, ya que la condición que lo define es una racionalidad absoluta,
patrimonio del modelo inequívocamente cartesiano. Un mito que llega hasta el insoportable
Hércules Poirot.
Si las novelas de Raúl Waleis son un claro ejemplo de la influencia francesa en esa primera época
del desarrollo del género en nuestra literatura, no lo es menos el hecho de que haya sido nada
menos que Paul Groussac –ya por entonces director de la Biblioteca Nacional– el autor, en la
década siguiente, de uno de los primeros cuentos policiales argentinos –si no el primero, en
términos rigurosos– que publicó dos veces y con títulos diferentes: en 1884, con su firma, como El
candado de oro; después, anónimamente, tres años después y en la mismísima revista de la
Biblioteca, como La pesquisa. Y aquí ya hay ambientación porteña, escenario y personajes
propios del contexto de escritura. El hombre nacido en Toulouse que fue en gran medida uno de
los reconocidos árbitros de la cultura argentina durante décadas también dejó su marca en este
ámbito particular.
El resto son –si se quiere– curiosidades. No hablemos de la difusión masiva de Simenon y su
Maigret, de las novelas de Pierre Very, de Boris Vian, de Boileau-Narcejac o de los que siguieron.
Es importante la figura de Roger Caillois, que mientras iba y venía en los cuarenta polemizó con
Borges sobre la naturaleza del género, escribió al respecto y fue leído y comentado. Pero no hay
influencia directa del polar francés sobre nuestros autores ni el mito de París siempre presente en
nuestra literatura –Viñas se ha ocupado largamente de la cuestión– tiene actualizaciones
criminales frecuentes y / o destacadas.
Sólo cabe, sí, señalar, dos ejemplos impecables, dos excelentes novelas, de las mejores que ha
dado el género en la Argentina de las últimas décadas. Una es la mencionada La pesquisa,
publicada en 1994, en la que una parte de la trama –la particularmente criminal– transcurre en
París. El extraordinario relato que el regresado Pichón Garay les hace a Tomatis y sus amigos
santafesinos, sobre los crímenes de más de dos docenas de viejitas parisinas y la actuación y
responsabilidad que les cupo en los hechos a los policías rivales Morvan y Lautret, es –en mi
opinión personal– uno de los mejores momentos de la narrativa de Saer. Lo que es mucho decir.
La otra obra nacida para clásico es El enigma de París, la novela con que Pablo De Santis ganó
en el 2007 el Premio Planeta-Casa América. La trama, situada durante la Exposición Universal
parisina de 1889, con la Torre Eiffel recién inaugurada en el centro de la acción, es una especie de
homenaje a los clásicos del género, e involucra a una docena de famosos detectives provenientes
de todo el mundo. En medio de ellos, Sigmundo Salvatrio, el oscuro muchacho porteño, ayudante
de Craig, el ausente representante argentino, se constituirá en equívoco héroe de una aventura con
enigmas elaboradísimos, llena de vueltas de tuerca y sucesivos finales cada vez más
sorprendentes. Escrita con la precisión y brillantez habitual en De Santis –una de las mejores
prosas de la literatura argentina, si eso existe–, El enigma de París inició una saga de la que por
ahora sólo conocemos una segunda entrega, Crímenes y jardines, ya ambientada en la Buenos
Aires de fin de siglo.
Pero el uso criminal de París no deja de ser una tentación recurrente. Como a Rick Blaine y a Ilsa
Lund, pareciera que a los narradores argentinos siempre les queda el lugar mítico para recalar.
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-241999-2014-03-17.html
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