UNIDADDIDÁCTICAIII LAEDADMEDIA

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UNIDAD DIDÁCTICA III
LA EDAD MEDIA
TEMA 06. LOS CAMINOS DE PEREGRINACIÓN
Sumario
0. EL SENTIDO DEL ARTE ROMÁNICO
1. EL MONASTERIO ROMÁNICO
2. EL TEMPLO DE PEREGRINACIÓN
0. EL SENTIDO DEL ARTE ROMÁNICO
La deseada unificación litúrgica, cuya adopción no sólo suponía la modificación de los rezos y las
lecturas, sino una radical transformación del ceremonial, de la escenografía de los templos y de
un número importante de detalles artísticos y arquitectónicos, no adquiriría su dimensión
completa hasta principios del siglo XI, en tiempos ya del papa Gregorio XI, el cual en numerosas
misivas exhortaba a los reyes medievales para que se considerasen hijos de la Iglesia romana.
Así lo vemos en una carta del 19 de marzo de 1079 enviada a los reyes de León-Castilla y de
Aragón, en la que les dice:
«Es nuestro deseo que os consideréis hijos de la Iglesia romana, vuestra madre,
no de la toledana ni de cualquier otra, sino de la Iglesia romana, que es de
donde debéis recibir el oficio y el rito; ella fundada sobre la base pétrea y
paulina, está garantizada contra toda adulteración. Aparte de que, haciéndolo
así, seréis una nota discordante en el unísono del Occidente y Septentrión… Es
necesario que, de donde recibisteis el principio de la fe, se os comunique
también la norma eclesiástica del oficio divino».
Por todo ello y aunque los límites cronológicos, territoriales, artísticos y culturales del arte
cristiano deben situarse en las postrimerías del Imperio Romano, cuando se asiste a la
confirmación definitiva del Cristianismo en Occidente, sin embargo, a la hora de sintetizar sus
conquistas más interesantes será necesario circunscribirse a sus etapas finales, precisamente
cuando tiene lugar su época de máximo esplendor. Ese epílogo del arte medieval cristiano
coincide con el Románico, el gran renacimiento artístico y cultural de los siglos XI y XII, y con el
Gótico, nacido al amparo de una nueva concepción del mundo, de una nueva manera de
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entender la realidad, y de una forma distinta de concebir las relaciones de lo humano con lo
divino, que no hacen sino anunciar el nacimiento de un mundo nuevo, el moderno o renacentista
que empieza a brillar en los albores del siglo XV.
Hasta ese momento habían transcurrido aproximadamente siete siglos desde que Constantino
había otorgado plena libertad a los cristianos, convirtiéndose él mismo a esa nueva religión que
muy pronto haría de Roma el centro de la espiritualidad universal. Durante esos años se fueron
acumulando una serie de experiencias artísticas y culturales, herederas del clasicismo
grecorromano y exponentes del nuevo orden de cosas. El primer arte cristiano, el arte bizantino y
el arte que gira en torno a las grandes migraciones, acabaron prefigurando, con su carga de
herencias clásicas y nuevas tradiciones, el escenario cultural del mundo bajo medieval.
Las nuevas condiciones europeas visibles desde finales del siglo X determinaron las bases para
la génesis y expansión del arte románico. Los que se han llamado «los siglos del año mil», es
decir, el siglo XI y XII, son siglos de recuperación de tierras de labranza, de un considerable
aumento demográfico, de cierta prosperidad económica, de pujanza en las ciudades, de
importantes movimientos monásticos, de peregrinaciones, de cruzadas, de intercambios
culturales entre las gentes cristianas y el mundo musulmán y bizantino. Son los siglos del
despertar de Europa, de una Europa en la que domina un orden religioso que se convierte en
cauce del pensamiento, de los avances técnicos y de las creaciones artísticas.
El resultado de todo ello fue una tremenda fiebre constructora que se apoderó de todo el
occidente europeo. Un nuevo modo de construir, con una expansión que abarca de Portugal a
Polonia y de Sicilia a Escandinavia, con un fuerte denominador común, pero también con una
flexibilidad extraordinaria para adaptarse a las necesidades específicas, va tomando forma con
cada hilada que levantan los constructores, con cada nuevo arco que éstos lanzan y con cada
talla que encastran.
El románico puede considerarse como el primer arte europeo, un arte que es reflejo y espejo de
una civilización apoyada sobre un concepto de sociedad tradicional dispuesta conforme al orden
natural de las cosas y dominada por el orden espiritual, que desarrolló un arte que respondía a
los principios tradicionales de una sociedad que se mueve dentro de las coordenadas de lo
sagrado. De hecho, la historia del arte medieval es, ante todo, la de un arte eminentemente
religioso.
El arte románico, como cualquier otro, no surgió en todos los lugares ni en los mismos años ni
con la misma intensidad, ni tampoco fue sustituido o se fusionó con el arte gótico de igual
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manera. A pesar de todo, y si entrar en los debates que esto ha comportado en la historiografía
de nuestro tiempo, se pueden señalar ciertas circunstancias que ayudan a comprender y a fijar la
evolución del arte románico.
Entre los últimos años del siglo X y el primer cuarto del siglo XI se ponen de manifiesto las
primeras tentativas de renovación arquitectónica, que, entre otras cosas, se evidencian en el
hecho de que la piedra empieza a utilizarse mayoritariamente para la cubrición de los espacios
absidiales de las iglesias. Este instante va a coincidir también con el apogeo del arte de la
miniatura y con la aparición de las primeras muestras de relieve escultórico que anuncian los
grandes resultados de la escultura románica.
Esta primera etapa culmina entre finales del siglo XI y el primer cuarto del siglo XII, época en la
que se producen considerables avances en el ámbito de la arquitectura y de la escultura. Al
mismo tiempo se produce un importante resurgimiento de la pintura mural, tanto de la vinculada
a los talleres áulicos como aquella otra que tiene un carácter más rural y de la que también han
llegado a nosotros interesantes muestras.
Hacia mediados del siglo XII, la tensión que se produce en el seno de la Iglesia entre las órdenes
reformadoras, como la impulsada por San Bernardo de Claraval, y los abades y obispos más
preocupados por el poder y las riquezas temporales, conduce, por un lado, a una depuración
formal del arte románico acorde con la austeridad de los reformados que culmina en lo que
conocemos como arte cisterciense; y, por otro lado, al nacimiento del arte gótico, el arte
medieval urbano por excelencia, impulsado por los grandes obispos que desde Francia empieza
a expandirse lentamente por las diversas regiones europeas.
No obstante el arte románico seguirá manifestándose a lo largo de la segunda mitad del siglo XII
e incluso en buena parte del siglo XIII a través de un arte tardío con espléndidas realizaciones en
el campo de la escultura y de la pintura que encuentran su mayor desarrollo en el contexto de un
mundo esencialmente rural alejado de aquel otro dominado por las construcciones góticas que
se alzan majestosamente hacia el cielo.
El término románico fue empleado por primera vez en el siglo XVIII en el debate acerca de las
raíces de las lenguas europeas, entendiendo que éstas no derivaron directamente del latín, sino
de una interpretación popular del mismo. De este modo a la lengua italiana, a la francesa, a la
castellana, etc., no se las llamó pues lenguas latinas, sino románicas. En 1819 William Gunn lo
aplicó por analogía y de manera un tanto peyorativa a la arquitectura medieval supuestamente
derivada de la romana. Al mismo tiempo el escritor normando Adrien de Gerville lo propone para
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designar así a toda la arquitectura basada en el arco de medio punto, es decir, la comprendida
entre los romanos y el gótico. Gerville valoraba tal arquitectura negativamente, al considerarla
una degeneración de la romana.
Sin embargo, fue el arqueólogo normando A. de Caumont quien fijó y difundió definitivamente en
sus escritos el concepto de arte románico. Éste propuso una división del periodo románico en
tres épocas: una primitiva que abarcaba del siglo V hasta finales del siglo X, una época posterior,
en torno a los siglos X y XI, que se podría considerar la época de plenitud del Románico, y una
de transición al Gótico centrada en el siglo XII.
Con el avance del siglo XIX pareció cada vez más arbitrario mantener bajo la misma etiqueta
todas las realizaciones de un tan amplio periodo de tiempo, pues aunque mostraban muchos
elementos en común, también tenían notables diferencias fundamentales. Al mismo tiempo se
avanzó también en una apreciación cada vez más positiva del arte románico. Y fue Jules
Quicheralt quien en 1851 eliminó el concepto peyorativo de este arte, al considerar que si el latín
no podía ser considerado como la única base de las lenguas románicas, tampoco la arquitectura
romana podía serlo para la arquitectura románica al ser ésta fruto de diversas influencias
artísticas y exigencias sociales y culturales que en modo alguno podían entenderse como una
degeneración de la Antigüedad clásica.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el arte románico empezó a ser objeto de investigación
y de interpretación, alcanzando su definitivo reconocimiento como plena manifestación artística
de un importante periodo de la civilización occidental en los primeros decenios del siglo XX. A
este reconocimiento no fueron ajenos ni el descubrimiento del arte de otras culturas ni el carácter
del arte contemporáneo vanguardista, un arte preocupado más por la idea que por la
reproducción de la realidad (lo mismo exactamente que ocurre en el arte románico).
Los estudios sobre arte medieval y, en general, sobre la Edad Media han permitido deslindar
épocas y estilos, dentro de los cuales el concepto de arte románico ha pasado a designar
únicamente a aquellas manifestaciones artísticas que florecieron en la Europa cristiana entre los
inicios del segundo milenio (es decir, en torno al año mil) y la segunda mitad del siglo XII,
momento en el que el Gótico empieza a levantar sus primeras catedrales.
Por fin, será Aubert quien establece la definición más completa del románico:
«Renacimiento artístico que se difunde entre los siglos XI y XII a consecuencia
del feudalismo, del incremento del poder real, la paz, la afirmación de la
autoridad espiritual y la reforma religiosa».
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1. EL MONASTERIO ROMÁNICO
De entre todos esos factores mencionados por Aubert, posiblemente, el de la afirmación de la
autoridad espiritual y la reforma religiosa, fuese uno de los que tuvo mayor incidencia artística y
cultural. Dentro de ese fenómeno ocupa un lugar de destacado importancia la reforma de las
principales órdenes religiosas lo que supuso una radical transformación del monacato, a raíz de
la cual, los monasterios se convirtieron en complejos centros de gran poder espiritual y temporal.
No extraña, por tanto, que se les haya visto como extraordinarias obras de la nueva expresión de
la unidad religiosa que tiene lugar en el occidente europeo durante el medievo.
En este orden de cosas no extraña que uno de los tipos arquitectónicos de mayor trascendencia
del arte románico fuese el representado por los monasterios que no eran únicamente lugares de
oración y de plegaria, ya que constituyeron también centros de gran vitalidad económica e
intelectual.
La vida y, como consecuencia, el programa arquitectónico de los monasterios, estuvieron regidos
desde los inicios del monacato medieval por la regla de San Benito (siglo VI) y su influencia se
dejó sentir hasta bien entrado el siglo XI. En torno al año mil, sin embargo, la regla benedictina
se había separado mucho de lo que había dictado el propio San Benito ya que en el siglo IX, el
reformador de la orden, Benito de Aniano, consideró que la primitiva regla 1, pensada para
monjes aislados por completo del mundo no era ya válida para unos hombres que de alguna
manera debían de participar en su calidad de religiosos en la vida activa de la sociedad. Dicha
reforma fue completada a partir del siglo X por la que llevaron a cabo los grandes abades del
Monasterio de Cluny, derivando hacia una vida mucho más activa en la que la oración y la
dedicación de los monjes a los oficios divinos no dejaron de lado la práctica de la teología, la
poesía o la historia. La expansión de la reforma cluniacense, símbolo de la propia expansión del
arte románico, quedó frenada a principios del siglo XII por la nueva reforma beneditina que
encabezó San Bernardo de Claraval. La pérdida del carácter austero y sencillo que había
inspirado la regla de San Benito, puesta de manifesto en el gran enriquecimiento y poder que
lllegó a disfrutar Cluny, propició el intento de volver a los orígenes y especialmente a la
santificación del trabajo manual. En lo artístico, la austeridad de los cistercienses fue
erosionando poco a poco el espíritu decorativo del Románico y abriendo, de este modo, paso a
las nuevas formas del arte gótico.
Según la primitiva regla de San Benito de Nursia, los monjes debía destinar siete horas al día al trabajo manual y
dos al intelectual.
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Arquitectónicamente, el monasterio románico fue una verdadera ciudad de Dios, cuya
construcción estuvo regida por las reglas de los fundadores de las principales órdenes religiosas,
que señalaban en cada caso, y en lo fundamental, cuál debía ser el ideal de monasterio. Los
lugares elegidos para su construcción respondían, por lo general aunque no necesariamente, a
una tradición religiosa. De hecho en algunas ocasiones los monasterios se levantaban en
lugares de antiguas construcciones romanos tan solo por el hecho de aprovechar los materiales
de construcción.
A grandes rasgos, se estructuró en torno a una zona coordinadora, el claustro, que solía ser un
espacio cuadrangular abierto, con un jardín central, en el que por lo común se disponía un pozo.
Ese espacio estaba rodeado por una galería que facilitaba el acceso por el ala norte, y a veces
por la sur, con la iglesia, y en las tres restantes se abrían la sala capitular, el refectorio y las
dependencias administrativas. En una zona superior se solía disponer los dormitorios de los
monjes, que comunicaban través de una escalera con el crucero de la iglesia. Este tipo de
distribución, que no sólo se da en los claustros de los monasterios sino también en los de las
catedrales, por ejemplo, es variable según las características del territorio, el clima, y el número
de monjes y la riqueza de la propia comunidad en cuestión.
El claustro era un espacio totalmente sacralizado, llegando a ser configurado como una ciudad
sagrada, que simbolizaba en esencia la imagen de la Jerusalén Celestial descrita en el
Apocalipsis:
«Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva... —dice San Juan— Y vi la Ciudad
Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada
como una novia ataviada para su esposo. Y oí una voz que decía desde el trono:
Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y
ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios... Entonces vino uno de
los siete Ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete últimas plagas, y
me habló diciendo: Ven, que te voy a enseñar a la Novia, a la Esposa del
Cordero. Me trasladó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la Ciudad
Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, y tenía la gloria de
Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe
cristalino. Tenía una muralla grande y alta con doce puertas; y sobre las puertas,
doce Ángeles y nombres grabados, que son los de las doce tribus de los hijos de
Israel; al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al
occidente tres puertas. La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras,
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que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. El que hablaba
conmigo tenía una caña de medir, de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su
muralla. La ciudad es un cuadrado: su largura es igual a su anchura. Midió la
ciudad con la caña, y tenía doce mil estadios. Su largura, anchura y altura son
iguales. Midió luego su muralla, y tenía ciento cuarenta y cuatro codos. El
material de esta muralla es jaspe y la ciudad es de oro puro semejante al vidrio
puro. Los asientos de la muralla de la ciudad están adornados de toda clase de
piedras preciosas; el primer asiento es de jaspe, el segundo de zafiro, el tercero
de calcedonia, el cuarto de esmeralda, el quinto de sardónica, el sexto de
cornalina, el séptimo de crisólito, el octavo de berilo, el noveno de topacio, el
décimo de crisoprasa, el undécimo de jacinto, el duodécimo de amatista. Y las
doce puertas son doce perlas, cada una de las puertas hecha de una sola perla;
y la plaza de la ciudad es de oro puro, trasparente como el cristal. Pero no vi
Santuario alguno en ella; porque el Señor, el dios Todopoderoso, y el Cordero,
es su Santuario. La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren,
porque la ilumina la gloria de dios, y su lámpara es el Cordero. Las naciones
caminarán a su luz, y los reyes de la tierra irán a llevarle su esplendor. Sus
puertas no se cerrarán con el día y traerán a ella el esplendor y los tesoros de
las naciones... Luego me mostró el río de agua de vida, brillante como el cristal,
que brotaba del trono de dios y del cordero. En medio de la plaza, a una y otra
margen del río, hay árboles de Vida, que dan fruto doce veces, una vez cada
mes; y sus hojas sirven de medicina para los gentiles».
A esa distribución, se añadían otras dependencias a tenor de la importancia y riqueza adquiridas
por el monasterio: la casa del abad, la escuela de novicios, el almacén de las provisiones, la
bodega, los establos, la hospedería de peregrinos, el huerto y el cementerio.
El punto de partida de esta intensa transformación del monacato románico fue la fundación del
Monasterio de Cluny que se remonta al siglo X (910), cuando, por Guillermo de Aquitania donó
Cluny a los benedictinos. En 927 se consagró una primera iglesia (Cluny I) que pronto resultó
insuficiente y que el abad Maïeul sustituyó por otra de mayores dimensiones (Cluny II). En
tiempos del abad Odilón, tanto la iglesia como las otras dependencias sufrieron importantes
transformaciones haciendo del monasterio motivo de admiración.
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Pese a todo la grandeza de Cluny de Odilón resultó insuficiente para absorber el ritmo del
crecimiento del monasterio, que entre 1063 y 1122 pasó de contar con 73 monjes a superar los
300. Fue desde finales del siglo XI hasta el primer cuarto del siglo XII, cuando los abades de
Cluny, especialmente Hugo de Semur y Pedro el Venerable, dedicaron todos sus esfuerzos a
levantar la mayor iglesia que hasta aquel entonces, y hasta la renovación de San Pedro de
Roma viese jamás la Cristiandad. A diferencia de otras ocasiones la catedral monástica de Cluny
(Cluny III) se erigió absolutamente de nueva planta sobre terrenos no edificados, respetándose el
resto de la arquitectura conventual. La iglesia de Cluny fue concebida con una gran nave central
de 10 metros de ancho, y dos naves laterales, dos naves de transepto, que daban acceso a la
cabecera, que contaba con un deambulatorio y cinco capillas radiales a las que habría que unir
las diez capillas radiales de los transeptos. De hecho, la grandeza y la fama del mayor centro
monástico de la Cristiandad occidental despertó al papa Gregorio VII el siguiente elogio:
«Entre todos los monasterios fundados allende los montes para gloria de Dios
todopoderoso y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, hay uno que
es el más propio de San Pedro y que se haya unido a la Iglesia de Roma por un
derecho especial: Cluny. Dedicado principalmente, desde su fundación, al honor
y a la defensa de la sede apostólica, a logrado bajo santos abades, por la gracia
y la clemencia divinas, una santidad tal que supera a todos los monasterios de
allende los montes en el servicio de Dios y el fervor espiritual… Ningún otro lo
iguala, porque no ha habido en Cluny un solo abad que no haya sido un santo»
Esta afirmación que presenta a Cluny como un símbolo de la nueva unidad religiosa de Europa,
habría de tener también una importante repercusión en lo artístico. Su perfecta organización será
la eficaz red de distribución de las nuevas ideas y conocimientos, entre ellos los que inspiran el
arte románico. En parte por esto que acabamos de decir el modelo cluniacense aparece
ampliamente extendido entre las formulaciones artísticas del momento.
2. EL TEMPLO DE PEREGRINACIÓN
Sin embargo, en la época románica, la construcción inexcusable, y seguramente la más
característica, fue la iglesia. El templo es el espacio sagrado privilegiado en el que la
comunicación entre el hombre y lo Alto se hace más nítida, más fluida e intensa, de ahí que las
iglesias románicas se distinguen por la claridad de su construcción, tanto en la planta como en
su alzado.
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Las condiciones religiosas y espirituales del occidente europeo durante los primeros siglos del
segundo milenio fueron decisivas en el triunfo de un modelo de iglesia ampliamente extendido
por todo el mundo medieval cristiano. Nos referimos a la iglesia de peregrinación, en la que se
custodiaban y veneraban las reliquias, cuyo culto en el cristianismo se remonta a sus primeros
años, ya que eran reconocidas como tales cuando obraban un milagro. Las reliquias crearon
consecuentemente un peregrinaje hacia ellas, dando lugar a un movimiento que se amplifica en
el siglo XI con el descubrimiento o invención de nuevos objetos o restos y la potenciación de los
lugares ya tradicionales. Es así como crecen las peregrinaciones a Tierra Santa, a Roma y a
Santiago de Compostela, la más popular de todas.
Aún cuando la peregrinación es una práctica existente en otras religiones, se convierte en un
hecho significativo de la vida cristiana, especialmente durante el periodo románico donde su
significación, tuvo mayor alcance, hasta el punto de convertirse en un exponente visible de la
expresión de la unidad religiosa que habían puesto en marcha emperadores, papas y las
principales órdenes religiosas.
Los peregrinos fueron movidos ante todo por el culto a las reliquias, y desde temprano se
constituyeron como orden, como una categoría especial de fieles cristianos. Los peregrinos
seguían los caminos que ofrecían mayores garantías y en tales rutas había hospederías,
monasterios, hospitales y todo tipo de establecimientos religiosos útiles para el peregrino. Por
ello, las peregrinaciones se convirtieron pronto en el ámbito más idóneo para el desarrollo de una
serie de formas y usos artísticos propios de la época donde confluyen las tradiciones y
aportaciones más variadas, consecuencia de ese movimiento de hombres y de ideas que
subyace en el fondo de toda ruta de peregrinación.
De todas esas peregrinaciones, la que llevaba a Santiago de Compostela fue la ruta más
transitada durante los siglos del Románico a través de una serie de itinerarios plagados de una
potente espiritualidad y de un nutrido conjunto de construcciones y de obras artísticas que
sintetizan buena parte del sentir religioso de ese periodo2. A partir del siglo XI Santiago ejerció
Allí, en el extremo más occidental del mundo hasta entonces conocido, cuenta la tradición que estuvo el Apóstol
Santiago, nombre con el que los españoles llamamos a Jacob el hijo de Zebedeo y hermano de Juan el Evangelista.
Cuentan las confusas narraciones de los primeros años de la cristiandad que a él le fueron adjudicadas las tierras
españolas para predicar el Evangelio, y que en esta tarea llegó hasta la desembocadura del río Ulla. Sin embargo
con poco éxito y escaso número de discípulos, hasta el punto que decidió su vuelta a Jerusalén. Cuando regresó a
Palestina, en el año 44, fue torturado y decapitado por Herodes Agripa, y se prohibió que fuese enterrado. Sin
embargo, sus discípulos, en secreto, durante la noche trasladaron su cuerpo hasta la orilla del mar, donde
encontraron una barca preparada para navegar pero sin tripulación. Allí depositaron en su sepulcro de mármol el
cuerpo del apóstol que llegaría tras la travesía marítima, remontando el río Ulla hasta el puerto romano, en la costa
gallega, de Iria Flavia, la capital de la Galicia romana. Allí enterraron su cuerpo en un compustum o cementerio en el
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una fuerte atracción sobre el cristianismo europeo y fue centro de peregrinación multitudinaria, a
la que acudieron reyes, príncipes y santos.
Se han llegado a establecer hasta cinco rutas que, procedentes de los diferentes puntos del
continente, conectaban con la gran arteria de la ruta jacobea que atravesaba la franja norte de la
península ibérica hasta llegar a la ciudad donde se encontraba el sepulcro del Apóstol Santiago3.
Este fenómeno fue el condicionante de la aparición de un tipo de estructura arquitectónica capaz
de acoger en su interior auténticas aglomeraciones humanas. El esquema característico de estas
iglesias de peregrinación estaba basado en una perfecta simbiosis de dos de sus elementos
esenciales, es decir, la nave y la cabecera, cuya combinación dará lugar a la variedad infinita de
iglesias románicas, demostrando cada una de ellas la adaptabilidad del estilo a cada
circunstancia espacio-temporal determinada.
En ellas será frecuente encontrar un predominio de la planta longitudinal de cruz latina, cuyo
brazo mayor es rectangular, dividido en distintos tramos o secciones, que determinan una nave
central y dos o cuatro naves laterales, a menudo de menor altura y anchura que la central, cuya
comunicación se hace por medio de grandes arcadas sobre pilares o columnas, sobre las que se
abren ventanas u otras estancias. El acceso al brazo mayor se realiza por una o varias puertas
que pueden ir precedidas de porches, galerías porticadas o nártex, cuya significación los
convertía en el espacio idóneo para la reunión de los catecúmenos y para la congregación de los
fieles ante ciertos hechos de importancia que utilizaban el marco de la iglesia como escenario
simbólico y trascendental. Al fondo del brazo principal de la iglesia suele estar el transepto o
cercano bosque de Liberum Donum, donde levantaron un altar sobre el arca de mármol. Tras las persecuciones y
prohibiciones de visitar el lugar, se olvidó la existencia del mismo, hasta que en el año 813 el eremita Pelayo
observó resplandores y cánticos en el lugar. En base a este suceso se llamaría el lugar Campus Stellae o Campo de
las Estrellas, de donde derivaría el actual nombre de Compostela. El eremita advirtió al obispo de Iria Flavia,
Teodomiro, quien después de apartar la maleza descubrió los restos del apóstol identificados por la inscripción de la
lápida. Informado el rey Alfonso II del hallazgo, acudió al lugar y proclamó al apóstol Santiago patrono del reino,
edificando allí un santuario que más tarde llegaría a ser la Catedral. A partir de esta declaración oficial los milagros y
apariciones se repetirían en el lugar, dando lugar a numerosas historias y leyendas destinadas a infundir valor a los
guerreros que luchaban contra los avances de Al-andalus y a los peregrinos que poco a poco iban trazando el
Camino de Santiago. Una de estas leyendas narra como Ramiro I, en la batalla de Clavijo, venció a las tropas de
Abderraman II ayudado por un jinete sobre un caballo blanco que luchaba a su lado y que resultó ser el Apóstol. A
partir de entonces surgió el mito que lo convirtió en el patrón de la reconquista.
La primera de ellas es conocida como la Vía Tolosana (de Arlés a Puente la Reina pasando por Toulouse, era
usada por los peregrinos que venían de Oriente y de Italia). La segunda, la Vía Podensis (desde Le Puy). La tercera
era la Vía Lemovicensis, que tenía su origen en Vezelay, donde se encontraba el centro más importante de esta
ruta. La cuarta ruta, la Vía Turonensis, se llamaba así porque pasaba por Tour, aunque su punto de partida fue
París. Era la ruta más larga y por ello fue llamada magnum iter Sancti Jacobi. Por esta ruta circulaban los que
venían del norte de Europa, incluidos los ingleses. Por último está el Camino francés, que iba desde Puente la Reina
a Santiago haciendo de esta zona uno de los corredores más interesante del románico.
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espacio transversal con brazos laterales más o menos desarrollados. Y detrás de él un gran arco
triunfal que precede a la cabecera, que es el lugar reservado al altar y a los clérigos. La
cabecera de las iglesias de peregrinación, en función de su propia envergadura, puede tener
ábsides colaterales más pequeños, absidiolos o capillas radiales abiertas en el ábside central o,
incluso, un deambulatorio cuando una nave envuelve al ábside central. Con todo este sistema
estructural, no extraña que las iglesias de peregrinación fuesen las construcciones más
grandiosas del periodo románico que se levantaron en los hitos urbanos de las rutas de
peregrinaje.
El espacio de la iglesia es, pues, un espacio dinámico cuyas líneas convergen en el ábside, lugar
en donde se manifiesta el poder de la divinidad. La cubrición de este espacio fue uno de los
principales problemas de los maestros de obras románicas y según las épocas, las regiones
geográficas, el clima, los materiales y la propia capacidad económica de las comunidades
sociales o religiosas que las levantaban, recibió soluciones muy diversas. Así, en un primer
momento, la cubierta de madera a dos aguas fue sin lugar a dudas la solución más simple y
rápida para cerrar la nave principal de los templo, pero su fácil combustión la fue haciendo
desaconsejable y para sustituirla se optó por la piedra a partir de bóvedas de cañón reforzadas
por arcos fajones.
Para el cubrimiento de los espacios cuadrados, como los de los tramos de las naves laterales o
los de los brazos del transepto, se utilizaron, por lo común, las bóvedas de aristas, es decir,
aquellas que surgen de la intersección de dos bóvedas de medio cañón, perpendiculares una
respecto a la otra. Para cubrir el crucero, uno de los lugares más significativos de la iglesia, por
ser el espacio de intersección de la nave longitudinal con la transversal, se adoptó la cúpula, de
tradición romana al igual que la bóveda de cañón y de aristas, abierta por una linterna en su
cúspide y apoyada sobre pechinas o trompas.
Ambos elementos, trompas y pechinas, facilitan el tránsito entre la zona cuadrada o rectangular
de la planta y la zona hemisférica de la cúpula. La trompa es una solución de origen oriental que
consiste en un nicho troncocónico que consigue transformar el cuadrado de la planta en un
octógono. La pechina, también de origen oriental, consiste en triángulos con la superficie y los
lados cóncavos que consiguen transformar el espacio cuadrado de la planta, definido a través de
los arcos formeros, en el espacio circular de la cúpula.
Esta particular tipología, y especialmente la magnificencia de sus dimensiones, se debía al
hecho que tenían que albergar grandes cantidades de fieles evitando en lo posible las
aglomeraciones. Sin embargo, también es cierto, que la magnificencia de este tipo de
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construcciones no se debió exclusivamente a las supuestas masas de peregrinos que hoy se
cree llegaron a abarrotar estos templos, sino que era más bien uno de los elementos
caracterizadores del concepto de belleza en la época románica, entendida como la grandeza que
provocaba el estremecimiento ante lo sublime. Por ello, más que a una exigencia física, que está
en cierto modo presente los grandes espacios obedecían a una necesidad simbólica, la de hacer
que el peregrino que las visitaba se sintiese colmado de admiración, permaneciese estupefacto
ante la arquitectura y con el corazón embargado de sentimientos religiosos hasta alcanzar, a
través de la belleza humana, la belleza divina.
Además de este tipo, dentro de las iglesias de planta longitudinal, que es la planta ideal de los
templos románicos podemos citar la iglesia de nave única, derivada de los oratorios de principios
de la Edad Media, con un ábside incluido en la nave, las iglesias salón (Hallenkirche) y otros
modelos como las iglesias de dos transeptos, e incluso las que cuentan con un contra-ábside en
los pies, características sobre todo en el ámbito del románico germánico.
Junto a ellas se construyen también iglesias de planta centralizada, ya sea circular o poligonal.
Este esquema obedece a otro tipo de concepción arquitectónica heredada bien de los
monumentos y, en particular, de las rotondas funerarias de la Antigüedad romana, o bien de las
iglesias circulares u octogonales asociadas a la imagen del Santo Sepulcro de Jerusalén y a la
de los martyria, que se propagó en occidente sobre todo gracias a las cruzadas y a las
peregrinaciones a Tierra Santa. Se trata de edificios que se desarrollan en torno a un punto
central, alrededor del cual se disponen, generalmente integrados, los ábsides, las capillas y los
portales o vestíbulos de entrada.
El aspecto exterior de todas estas iglesias es, por lo general, fruto de la disposición del espacio
interior de éstas. Su volumetría suele ser recia, austera y constituida por formas nítidas y
regulares. En dicho aspecto lo que más sobresale suele ser el cuerpo de la torre o campanario,
que puede aparecer aislado con respecto al cuerpo de la iglesia, flanquear uno de los lados o los
dos, o disponerse en uno o en ambos brazos del transepto. En cualquier caso, estas torres
presentan una planta cuadrada u octogonal, siendo menos común la planta cilíndrica.
Junto con la torre, desde el punto de vista arquitectónico, las otras zonas del exterior de la iglesia
que adquieren más carácter son la cabecera y la fachada. En el caso de la primera,
generalmente, su estructura se corresponde con la disposición interior del edificio, reflejando, en
número y volumetría, las naves del templo. En ella los diversos elementos compositivos, como
los sillares, las columnas y pilares, las ventanas e incluso los capiteles de las mismas
desempeñan una doble función, estructural y ornamental.
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En cuanto a la fachada es, sin duda, la parte más cuidada y significativa del exterior románico.
Salvo excepciones, la fachada, como la zona del ábside o cabecera, suele reflejar la distribución
del espacio de la iglesia. No obstante presentan una gran variedad estructural y decorativa, y en
ellas, los escultores desarrollan toda su fuerza creativa, labrando, en ocasiones, una verdadera
Biblia a la manera de un tapiz pétreo, y, en otras, centrándose en el pórtico principal constituido,
en general, por un tímpano que se apoya sobre un dintel y este sobre una columna parteluz. El
tímpano queda frecuentemente enmarcado mediante una estructura convergente escalonada
cubierta de arcos o arquivoltas que descansan sobre jambas con columnas.
En las arquivoltas, en los tímpanos, en las jambas, en los parteluces y en los dinteles la
decoración escultórica también suele ser muy abundante, tanto la exclusivamente ornamental
como la que adquiere una eminente significación simbólica relacionada con el camino de
redención del ser humano.
La iglesia románica, no era sólo y únicamente una suma de elementos arquitectónicos
relacionados entre sí por medio de leyes. Si el románico es un arte eminentemente simbólico, el
templo debía serlo también, convirtiéndose en el único lenguaje capaz de comunicar lo que no
puede transmitirse mediante la palabra. Por todo ello, la iglesia, intermediaria entre el
macrocosmos y el hombre, se convierte así en símbolo de Dios y de la religión cristiana. Su
estructura interior ofrece un claro mensaje simbólico. El espacio en las iglesias románicas
encierra en sí mismo los pilares fundamentales del mundo medieval, un mundo que distingue
tres ámbitos: el terrenal, que se corresponde con la nave principal, el de transición, donde se
haya el crucero y, por último, el divino, ubicado en el ábside. Todo reproduce el deseo del
hombre de buscar relaciones entre el microcosmos de su existencia y el macrocosmos, en el
seno de una sociedad y de una mentalidad eminentemente religiosa y muy espiritualizada.
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