La oratoria - IES Emilio Alarcos

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La oratoria El Contexto Roma fue una república de ciudadanos libres. Esta aseveración tiene mucho que ver con importancia que la oratoria adquirió en Roma durante el periodo conocido como La República. Hablar bien en público, conseguir persuadir a los que escuchan, saber maniobrar verbalmente para derrotar a un rival en un debate o en un juicio, es un saber que tiene relevancia cuando el ambiente político o judicial es de libre acceso para cualquier ciudadano. Rostra, lugar donde los oradores exponían En efecto, en una sociedad sin libertades los saberes antes mentados carecen de utilidad. Si hay una o varias personas que basan y ejercen su poder mediante la fuerza (bruta, militar o de cualquier otro tipo) no tiene razón de ser tener “armas oratorias”. No hay necesidad de convencer a nadie, solo se necesita vencer. Ahora bien, si en esa sociedad el prestigio, el poder, la fama, etc. se puede conseguir a través del diálogo y el debate, saber usar las “armas oratorias” se puede convertir en fundamental. Como es sabido, Roma tuvo al principio reyes, después, durante cuatro siglos, la república fue su sistema de gobierno y, por último, a partir de Octavio Augusto, una monarquía sin rey, el llamado imperio, fue el modo de poder hasta la desaparición tanto del Imperio de occidente como del de oriente. La oratoria floreció en Roma en tiempos de la república, cuando el Estado era un conjunto de ciudadanos libres y todos podían aspirar, al menos en teoría, a cualquier puesto o a labrarse una carrera como abogado o militar. Como sucedió en Grecia primero y posteriormente después de la Revolución francesa, este saber medró tanto más cuanto más democrático era el Estado. La retórica dentro del sistema de enseñanza. Hay que aclarar, antes de empezar, que no se puede hablar de un sistema de enseñanza establecido, como el que tenemos hoy en día. Los niños y jóvenes no iban a la escuela y al instituto y no había ninguna autoridad que estableciera qué se debía estudiar y qué no. En la Roma antigua sólo tenían acceso a la educación los jóvenes de familia acomodada. Según los recursos de dicha familia los niños iban a una escuela (más parecido a lo que hoy llamaríamos una Academia de clases particulares) o se contrataba a un profesor particular, un tutor. Si la familia podía permitírselo y encontraban uno adecuado, este tutor podía ser un esclavo, generalmente griego, comprado. La educación se concebía en dos sentidos. Por un lado, se consideraba que un ciudadano romano tenía que conocer ciertos conocimientos mínimos: leer, escribir, rudimientos de matemáticas y de lo que hoy en día llamaríamos Ciencias Naturales. Por otro lado, si era de muy buena familia, su educación se orientaba a la profesión que fuera a ejercer. Los jóvenes de este último tipo recibían educación superior, lo que hoy en día llamaríamos universitaria. Aquellos ciudadanos jóvenes con posibilidades económicas y que tenían la pretensión de dedicarse a la política o a las leyes estudiaban retórica, el arte de la palabra. Había en Roma y en otros lugares, especialmente en Grecia, escuelas de técnica oratoria donde un maestro impartía sus enseñanzas fijándose especialmente en la dicción, el tono de voz, la gestualidad y la correcta estructura del discurso. Sobre asuntos imaginarios y siguiendo las indicaciones del profesor, los alumnos componían discursos defendiendo una determinada postura y su contraria. Como en el caso de los abogados actuales, independientemente de lo que pensaran, los oradores debían estar preparados para argumentar en cualquier dirección. Estos ejercicios se memorizaban y se exponían a modo de discurso. Se conocían como suasoriae. Cuando los alumnos llegaban hasta los niveles más altos, estos ejercicios se centraban sobre asuntos procesales y de derecho y se llamaban controuersiae. No olvidemos que Roma, en esta época, basaba su funcionamiento en leyes escritas, en los deberes y derechos que asisten a cualquier ciudadano, y no en los deseos de un rey o un tirano. El futuro abogado o político tenía que conocer bien las técnicas oratorias para después enfrentarse a tribunales, a asambleas o a los miembros del senado. Completados estos estudios, el Foro y los tribunales les aguardaban. En ellos podían ir adquiriendo conocimientos prácticos, enfrentándose a otros como ellos y aprendiendo de los mejores como, en los últimos tiempos de la república, Hortensio o Cicerón. Con la llegada del Imperio, estos saberes decayeron. Todo el mundo sabía quién mandaba y los debates eran innecesarios. Marcus Tulius Cicero (Cicerón) Hablar de oratoria en Roma es hablar de Cicerón. Por supuesto, no fue el único orador de Roma, pero sí el más grande y famoso. Tanto que eclipsó a todos los demás. Nació en Arpino, al sur de Roma, en el 106 a.C. y era un “homo nouus”, es decir, un ciudadano romano que no tenía ningún antepasado que hubiera sido senador. Por lo tanto era, en términos actuales, un ciudadano del pueblo llano. Pronto destacó como abogado gracias a su oratoria y a los venticinco años ganó su primer juicio importante. Al año siguiente defendió a Roscio Amerino, el hijo de un terrateniente, de la acusación de asesinar a su padre. Ganó también. Estas dos actuaciones le abrieron las puertas de la fama entre los de su profesión. Cicerón era ambicioso y la fama conseguida con estos casos lo empujó hacia la carrera política. A falta de riqueza familiar y de aptitudes militares, Cicerón echó mano de su elocuencia para conseguirlo. Pero Cicerón no sólo era un buen orador, además era un hombre de vasta cultura que se esmeró en mejorar con el estudio y con viajes por Grecia, visitando a los maestros más prestigiosos. De vuelta es nombrado cuestor de la provincia de Sicilia. Tiempo después, los sicilianos, desvalijados por el gobernador Verres, confían en Cicerón para denunciar al gobernador en el Senado. Cicerón pronuncia sus famosas “Verrinas” o discursos contra Verres, que lo confirman como uno de los mejores oradores de Roma. Su carrera política continúa y en el año 67 es nombrado pretor. Su carrera no cesa y en el 63 es nombrado cónsul. Durante su consulado sucede la denominada “Conjuración de Catilina”. A través de cuatro discursos, las llamadas “Catilinarias”, pone al descubierto la conjura, el Estado reacciona y en la batalla de Pistoya, las tropas rebeldes son derrotadas. A pesar de esto, no hay político que no tenga enemigos, y Cicerón no era una excepción. A través del tribuno de la plebe Clodio, sus enemigos lo acusaron de haberse saltado los procedimientos en su actuación contra Catilina y Cicerón fue condenado al destierro. Más tarde, Pompeyo se dio cuenta de que las acusaciones eran falsas y consiguió la revocación de la condena. De vuelta en Roma Cicerón tuvo un tiempo de fama y gloria, pero no duró mucho. Esta etapa de la historia de Roma es turbulenta, con continuos enfrentamientos entre senatoriales y populares y bandas estilo mafioso al servicio de cada uno de estos bandos que producían contínuos disturbios y que coaccionaban a los habitantes de la ciudad. La ciudad más importante del momento era un caos en el que nadie estaba seguro de quién mandaba. Parecía claro que el Estado necesitaba un golpe de mando, una restauración del poder senatorial o un dictador que pusiera orden. Cicerón participó activamente en estos movimientos e intentó asentar las bases que recuperaran el Estado en sus libros “De re publica” y “De legibus”. El primer triunvirato, pronto duumvirato, dominaba Roma. Pero en este duumvirato estaban las dos facciones y no podía durar. César y Pompeyo se enfrentaron en guerra civil. Como es sabido, en la batalla de Farsalia, César se convierte en el vencedor de esta guerra. Como también es sabido, lo lógico hubiera sido que César mandara ejecutar a todos los partidarios de Pompeyo, entre ellos Cicerón, pero no lo hizo. Esta decisión le valió su propia muerte en el 44 a.C. Parecía que Pompeyo, después de muerto, y el Senado habían vencido al final. Cicerón gritó: “¡Alabados sean los dioses! ¡La República se ha salvado!”. Pero no fue así. Aunque Cicerón no participó en el asesinato de César, todo el mundo sabía de qué parte estaba. Cuando Marco Antonio, Octavio y Lépido formaron el segundo triunvirato y se hicieron con el poder, la lista de “personas a eliminar” redactada por los triunviros incluía el nombre de Cicerón. Hombres de Marco Antonio se presentaron en la finca de recreo a la que se había retirado Cicerón y lo decapitaron el 7 de diciembre del año 43 a.C. Como era costumbre en la época, la cabeza y la mano fueron enviados a Marco Antonio como prueba de su muerte y éste mandó que fueran expuestas en el foro, para que todo el mundo pudiera comprobar que la noticia no era un bulo. La obra de Cicerón. De Cicerón conservamos cuatro tipos de escritos: 1. Discursos 2. Tratados de retórica 3. Tratados de política y filosofía 4. Cartas En este apartado, por razones de tema, sólo nos ocuparemos de los dos primeros. Discursos Cicerón tuvo dos ocupaciones fundamentales en su vida: la abogacía y la política. Sus discursos se corresponden con estos dos oficios. 1. Discursos jurídicos: Son discursos en defensa de su cliente “Pro..” o de acusación “In…” y los temas son de lo más variado: Concusión: In Verrem (Verrinas), Pro Fonteio, Pro Flacco, etc. Alta traición: Pro Rabirio, Pro Sulla, etc. Manipulación electoral: Pro Murena, Pro Plancio, etc. Causas comunes: Pro Archia poeta. 2. Discursos políticos: Pronunciados en diversos momentos de su actividad política. A favor de Pompeyo: De imperio Cn. Pompeii. Durante su consulado: In Agrariam legem, In Catilinam (Catilinarias) Contra Marco Antonio: Filipicas. Estos son sólo los considerados más importantes. Hay más. Tratados de retórica Cicerón era un hombre de talento para la oratoria, eso nadie lo niega, pero también era una persona vanidosa. Era consciente de que su técnica oratoria era la mejor de todos los tiempos y, por ello, en sus tiempos de ocio político (su destierro, las épocas en que sus enemigos dominaban la política) dedicó parte de su tiempo a escribir tratados sobre el arte oratorio. En De oratore expone su percepción de cuál es la manera de formarse correctamente para el desempeño de la oratoria. En Brutus hace una historia de la elocuencia romana desde sus orígenes. En Orator dibuja un retrato de cómo debe ser un orador ideal (un autorretrato, evidentemente). En De optimo genere oratorum expone las características de las dos principales escuelas de oradores representadas por Demóstenes, con cierto gusto asiático (frases desarrolladas y efectistas) a Lisias, de estilo sobrio. Cicerón se decanta por un término medio. Epilogo Cicierón ha pasado a la historia como modelo de orador. Pensaba que un buen discurso tenía que ser divertido, instructivo y, por supuesto, convincente. Y lo lograba con un estilo a medio camino entre la escuela asiática y la escuela ática. La escuela asiática se caracteriza por la abundancia. Los oradores de esta escuela gustan de los movimientos teatrales, de la puesta en escena y acompañan todo esto con un discurso plagado de erudición, donde las frases se llenan de recursos sintácticos y de léxico rebuscado. Buscan vencer porque impresionan al oyente en todos los sentidos. Podríamos asemejar este estilo a una película en la que, principalmente, sobresalen los efectos especiales. La escuela ática, por el contrario, se caracteriza por la sobriedad. Los oradores de esta escuela prácticamente ni se mueven, no quieren que los oyentes distraigan su atención de lo que dicen, que es lo realmente importante. Su uso del idioma es seco, sin florituras, directamente al asunto que se trata. Podríamos asemejar este estilo a una película sin efectos especiales y centrada en la historia que se cuenta. En su juventud Cicerón gustaba del estilo asiático (o asiánico) pero con el tiempo fue derivando a un estilo medio entre estas dos escuelas. Sin renunciar a introducir cuando conviniera algún recurso efectista, alguna frase especialmente elaborada, procuraba que los oyentes se enteraran bien del asunto que se trataba. Su Oratio in Catilinam. Césare Maccari modelo, expuesto en los tratados anteriormente nombrados, fue seguido en la posteridad, si bien, como ya se ha dicho, con Cicerón murió la república, y con la república, el poder de la oratoria. Cicerón teórico de la oratoria. El Brutus. Además de los discursos más perfectos, Cicerón nos ha dejado las mejores obras sobre oratoria. Ha sabido enseñar como nadie cómo se forma un orador y cómo se compone un discurso: teoría y práctica se funden en él de manera admirable. De oratore.-­‐ Al regreso de su destierro, muy menguado ya su prestigio como político, pero queriendo preservar su grandeza literaria, Cicerón se dedica a escribir obras de carácter teórico. En De oratore (55 a.C.), en tres libros, en forma de diálogo entre Antonio, Craso y otros, se trata el tema de la formación del orador y de la técnica del discurso. Cicerón opina que el perfecto orador ha de ser una combinación de tres factores: disposición natural, cultura profunda (derecho, historia, filosofía) y conocimientos de la técnica del discurso. Esta técnica, que se enseñaba en las escuelas de retórica, abarca cinco puntos fundamentales: Inventio o busca de argumentos apropiados y probatorios. Dispositio o distribución de esos argumentos en un plan adecuado. Elocutio o arte de utilizar la expresión formal, las palabras y las figuras más convenientes. Memoria para recordar cada cosa en el lugar apropiado. Actio, que es todo lo relacionado con el aspecto físico en el momento de enunciar el discurso, sobre todo gestos y tono de voz. El discurso tiene diversas partes: Exordium o introducción. Narratio o exposición del tema a tratar. Argumentatio o argumentación, que consta de dos partes: la probatio o aportación de los argumentos y la refutatio o rechazo de las objeciones reales o posibles. Peroratio o conclusión, destinada a ganarse a los jueces y al auditorio. Cada una de estas partes exigía un método y una técnica adecuados para alcanzar la finalidad de todo discurso, que es instruir, agradar, conmover y convencer. Brutus (46 a.C.) lleva el título de la persona a la que está dedicada. Es una conversación entre Bruto, Ático y Cicerón a través de la cual se hace una historia de la elocuencia en Roma desde sus orígenes hasta el propio Cicerón, que deja que sus interlocutores elogien sus propios méritos. La obra culmina hablando de sí mismo, de su formación y de su carrera, desde los comienzos hasta conseguir la fama de que goza. Esta obra es la fuente imprescindible para conocer cualquier aspecto de la elocuencia romana. Orator (46 a.C.) se centra más en la elocutio (la expresión formal). Ya en Brutus había criticado Cicerón el estilo puramente aticista que estaba por entonces de moda en Roma como reacción contra el estilo asiánico (en parte exuberante y en parte conceptuoso). En el Orador, Cicerón exige del orador ideal el dominio de los tres géneros estilísticos: el sencillo, el moderado y el opulento. También insiste en la necesidad de que el orador no descuide la filosofía. La decadencia de la oratoria. Marcus Fabius Quintilianus (Quintiliano) Quintiliano podría haber llegado a ser un gran orador si no fuera porque en la época en la que vivió la oratoria era ya sólo un entretenimiento de gente adinerada. Nació hacia el 30 d.C. en Calagurris (Calahorra) y ya de joven marchó a Roma, donde se dedicó a la abogacía y a la enseñanza de la retórica en su propia escuela. Su escuela fue la primera de la historia en recibir fondos públicos. En efecto, Vespasiano, admirador suyo y conocedor de su gran prestigio, le otorgó una asignación anual a cargo del Estado. Domiciano y Trajano también cultivaron su amistad. Quintiliano era un ciceroniano y luchó toda su vida por revivir la retórica según los preceptos del maestro. Pero la oratoria ya no servía para convencer en el Senado, como mucho para ganar casos menores ante un tribunal. Era un arte que no se podía usar en las altas esferas y, por lo tanto, los que lo aprendían lo hacían más por gusto que por necesidad. Escribió una obra De institutione oratoria, en doce libros, sobre la formación de los oradores. Libro a libro expone todos los pasos a seguir desde que los alumnos son niños hasta que se convierten en jóvenes. Señala cómo hay que ir aumentando la dificultad y aboga por una enseñanza de todas las materias posibles, puesto que un orador ha de ser culto. Considera que un estudio de la psicología del niño y el trabajo constante, regular y progresivo, llevan a los mejores resultados. El historiador Tácito, a comienzos del s. II, haciendo una crítica de Quintiliano y partiendo de las consideraciones de aquel acerca de los motivos de la decadencia de la oratoria, compuso el himno funerario a la elocuencia romana en su Diálogo de los Oradores. Contrapone la formación del antiguo orador, que aprendía “en vivo”, escuchando a los grandes oradores en el foro, con la educación moderna en las escuelas. Se alude a las condiciones políticas de falta de libertad y la postura de Tácito es de “pesimismo resignado”. 
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