José Manuel Igreja Matos - Federación Argentina de la Magistratura

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En los idos de 1834, en Portugal, la Reina de entonces D. Maria II pretendía
terminar con la inamovilidad de los jueces, pudendo enviar-los para donde bien
quisiese. José da Silva Carvalho, Presidente del Supremo Tribunal, se insurgió en
carta dirigida à la soberana onde lapidarmente se leía, a dado momento:
“Señora, la independencia no es un privilegio de jueces pero sí una garantía
dada a los ciudadanos”.
Esta osadía la ha pagado con su puesto y fue sumariamente dimitido.
Hoy casi doscientos años después muchas preocupaciones con lo estatuto
dos jueces, en particular con su independencia, se mantienen exactamente
iguales; en ese sentido, nada se ha alterado.
Acontecimientos recientes en mi país como el intento de integración de los
magistrados en el sistema de funcionalismo publico o la restricción de los
poderes da la magistratura en la investigación de delitos relacionados con la clase
política, como se ha pasado en Italia, o aun el experimento del poder político de
condicionar la independencia interna del poder judicial cambiando la
composición de su Consejo Superior, como sucedió en Francia, son testigos de
una realidad que permanece inmutable.
La independencia del poder judicial constituí, y constituirá siempre, un
tema central para la afirmación del Estado de Derecho y solo la magistratura
podrá, de forma inequívoca e eficaz, promover su defensa.
Pero, no nos iludamos.
La realidad social, política y económica mundial vive actualmente
mudanzas históricas impresionantes lo que implica nuevas y imaginativas
respuestas para viejos problemas.
Al longo de mi comunicación, ubicada en un escenario bipolar entre la
afirmación conservadora de un ideal de justicia y la volatilidad de un mundo
efémero y mediatizado, procuraré definir un esbozo del perfil del juez hoy en la
sociedad occidental muy en particular en Europa; después, sugeriré cuales los
desafíos y encrucijadas que se colocan à la magistratura confrontada con la crisis
de la ley, iluminando las cuestiones del ética judicial y reflexionando críticamente
sobre el modo como lo asociacionismo judiciario debe ser colocado al servicio de
un ideal superior benéfico à la comunidad social, apuntando los peligros de una
afirmación corporativa de la magistratura.
Hablaré muchas veces sobre un cuadro genérico europeo. Pero, citando el
genial Borges, glosado ahora por Bolaños, sabemos bien cuan distintas son las
especificaciones regionales en el viejo continente, con las metáforas borgesianas
tan diversas como las del mar para definir a Inglaterra y del bosque para definir a
Alemania.
Históricamente, entender el Occidente Europeo implica percibir que el
mismo ha nascido de un simbiosis entre el tribalismo de los pueblos bárbaros
que migraran para puente y lo que ha restado de las estructuras del Estado
abandonadas por Roma.
Y entender el juez moderno implica recordar la profunda crisis que el Siglo
XVII ha traído desembocando finalmente el las Revoluciones, en particular la
Francesa, y su afirmación del principio de separación de poderes, quedando para
nos otros, juristas, dos perplejidades irreductibles: una fracturante y temida por
los otros poderes del Estado, la independencia judicial, y otra siempre utilizada
para la desvalorización del poder judicial, la cuestión de la legitimidad dicha
indirecta.
Actualmente, mucha de la crisis de identidad reconocida al perfil del juez
proviene también de las rupturas a que asiste el Derecho.
Comparando el Derecho al mundo del Teatro, glosando José Juan Toharia,
diremos que cambió el escenario de nuestra pieza de teatro con la abolición de
fronteras por fuerza de la globalización, cambió el libreto con la explosión
legislativa, con muchas y contradictorias leyes, cambió el público que es más
numeroso, más exigente y plural y cambiaran incluso los actores con la actual
proliferación de mujeres magistradas, sendo que en Portugal, à semejanza de
otros países europeos, la porcentaje de entrada de mujeres en la magistratura
judicial ronda ya los 80%.
Sabemos también con Max Weber que en las sociedades industriales se
asiste al primado del “YO” sobre la identidad del colectivo en lo que Zygmunt
Baumann apellida de “modernidad líquida” en que todo es negociable.
La misma sociedad que debido à la penetración de una cultura popular
traída pelo audiovisual ven determinando, como acentúa Antoine Garapon, que la
autoridad provenga de una cultura de la imagen en que la figura del jurista
evolucionó, se me permiten una comparación informal con héroes televisivos
americanos, de un sobrio y discreto Perry Mason , figura de un seriado dos años
50 del siglo pasado, para una pós-moderna Ally Mac Beal, onde se confunde el
privado con lo público, ó para el universo derrisório y hedonista de Boston Legal
con una dupla de juristas seductoramente amoral, Danny Krane y Alain Shore.
Hablar de un perfil de juez de los nuestros días presupone necesariamente
aludir, con énfasis, a la crisis de la ley.
La proliferación legislativa a que se asiste en las más diversas ordenes
jurídicas – el Derecho se ha puesto a correr, en la feliz expresión de François OST
- trae consigo inseguridad y parálisis siendo que esta opacidad del Derecho
comienza incluso a cuestionar el clásico principio según el cual la ignorancia de la
ley no puede legitimar el incumplimiento de la misma. En la era del desorden,
como la define Ricardo Lorenzetti, en la parte primera de su obra “Teoría de la
Decisión Judicial – Fundamentos de Derecho”, “la coherencia no surge ya de la
ley, sino de la interpretación posterior, a cargo de la doctrina y los jueces.”
Mientras en el “longo siglo XIX” que nace en 1789 con la Revolución
Francesa y termina con la 1ª Guerra Mundial en 1914 existía una convicción
profunda en la durabilidad y estabilidad de las leyes, el actual siglo XXI iniciado
con el colapso de Unión Soviética aún en 1989, se asiste a un Estado que Stolleis
designó como el “Estado de las Intervenciones“ que cría incesantemente nuevas
reglas para buscar equilibrios sociales, cada vez más instables y difíciles, casi
siempre con el precio de la desestabilización del Derecho.
Después, un otro factor estructural que debemos convocar para
caracterizar el actual modelo de juez y aquí la situación se repite tanto en Europa
como en América, en Portugal como en Argentina, se reporta a algo que Rodolfo
Luís Vigo designó como la “crisis de legitimidad” que resulta del echo de la
autoridad política “padecer de una notable desconfianza y falta de credibilidad”.
Citando uno de los hombres más poderosos del planeta, el Presidente de los
Estados Unidos, Barack Obama, en un momento intimista de su autobiografía,
admitía que “ El estudio del Derecho puede ser, por veces, una desilusión, una
cuestión de aplicar normas y procedimientos anticuados a una realidad que no
colabora; una especie de contabilidad glorificada que sirve para regular los
asuntos de los que tienen el poder y que (...)procura explicar a lo otros que no lo
tienen la sabiduría y justeza últimas de su condición”.
Pero, este déficit de credibilidad de la clase política y de la ley ha aportado
para los jueces, muchas veces para su insatisfacción, una renovada centralidad de
los tribunales en la organización del poder político de las sociedades modernas;
como respuesta al derribamiento de la figura clásica del Estado tutelar se acentúa
la responsabilidad del poder judicial como instancia de composición de conflictos
y de controlo de los otros poderes públicos con el subsecuente desgaste de su
imagen y autoridad.
De forma prospectiva, importa afirmar, con Habermas, que lo jurídico debe
asumir ese papel renovado de modo a que los mecanismos de justicia impongan
una pragmática (praxis comunicativa) que permita integrar los sistemas políticos
y económicos en el mundo de la vida en sociedad.
Todavía, actuando con serenidad y moderación de modo a saber evitar el
retorno de los juzgamientos entendidos como espectáculo à semejanza de lo que
ocurría en la Edad Medía onde imperaba la sobreexcitación y una cruel
satisfacción por la justicia ejecutada, contraponiendo siempre lo debido proceso,
como advierte Joahan Huizinga.
Por décadas consecutivas, el juez asumió su papel como técnico que cumple
la ley, encerrado en su despacho, en la visión montesquiana, vertida en el Código
Napoleónico, sendo que el propio Napoleón comparaba los jueces a máquinas
humanas a través de las cuales las leyes eran ejecutadas como la hora é indicada
por un puntero del reloj. Pero, no más ahora se puede afirmar ese perfil de juez,
que deambulaba en alguna parte entre la tecnocracia y el sacerdocio.
O modelo a seguir es bien diverso.
Un modelo agilizado a que la ley confíe una dupla responsabilidad: la de
gestionar el proceso, visando la calidad de la decisión, pero también con una
renovada atención à las cuestiones de eficacia y celeridad.
Europa, en particular la del Sur, tiene dificultades estructurales con la
lentitud de la Justicia; todos lo saben.
La Universidad de Harvard, a través de un estudio del Prof. Andrei Shleifer,
presente en lo libro “El Futuro de Europa” ha apurado que una vulgar demanda
para que sea retirado un inquilino que no paga el alquiler de una habitación
demora, en media, 11 meses en Portugal pero también en Alemania, dos años en
Italia, siete meses en Francia contra apenas un mes y medio en Estados Unidos ó
cuatro meses en Finlandia.
Donde que las cuestiones de administración procesal y de la propia
administración de los tribunales vienen adquiriendo recientemente en los
sistemas de “civil law” como los de Europa Continental, un renovado
protagonismo, se aceptando que, al menos, en los denominados litigios de masas
en que no existe un verdadero conflicto pero muchas veces solamente la
necesidad de se cobrar judicialmente un dado crédito, debe preponderar o “case
management”.
De inspiración británica y bien presente en Estados Unidos, el denominado
Case Management implica una plena libertad del juez para tratar procesalmente
do modo que entender adecuado el rumo del proceso, sin demasiados
condicionamientos legales, para allá de los exigidos por el principio del
contradictorio o dictados por el deber de imparcialidad.
Como idea principal y tal como afirma, con saludable pragmatismo, el
italiano RICEI “en la actual situación de una justicia crónicamente enferma(...)
existe una ideología que se preocupa fundamentalmente con las exigencias
prácticas (...) que procura un proceso efectivo y rápido que asegure los derechos
fundamentales y posibilite al ciudadano (…) una declaración de su derecho en el
tiempo más breve posible”.
Así, como subraya Lorenzetti, el ponto de no retorno de la intervención del
magistrado se coloca siempre que el ciudadano procure junto de la Justicia la
tutela de un derecho fundamental; en esas situaciones, el juez que se mantiene
distante y formal descuida irremediablemente su deber de tutela efectiva.
En un otra dimensión, se intensifica la necesidad de la asunción ética de un
conjunto de deberes propios de la magistratura. Como dice Gilles Lipovetsky in
su libro “Crepúsculo del Deber” en una era en que diminuye el espíritu de deber
más se acentúa la aspiración a una regulación deontológica.
Esta ética no se concretiza de modo dogmático, a través de formas austeras
y represivas, exaltando ideales sacrifícales, pero emerge como una ética de
responsabilidad, en un referencial de “accountability”, abierta y dialogada, más
propedéutica que categórica, procurando dirigir-se à la práctica del cuotidiano .
Superada la visión de un modelo de juez desinteresado y neutro mediante el
conflicto que le cabe decidir y aceptando hoy los poderes procedimentales del
juez, activo en la busca de los hechos y director en la tramitación procesal, estas
reglas deontológicas adquieren así nuevos protagonismos, regulando la relación
del magistrado con todos los intervinientes procesales y que representan el
rostro visible del ejercicio de la ciudadanía.
En una abordaje genérica, es importante desbravar caminos que posibiliten
una mayor flexibilidad en la aproximación jurisdiccional, conviviendo de otro
modo con los “media”, aceptando la complexidad y la pluralidad como un “ethos”
y no como un “pathos” y encarando como imperiosa una abertura interdisciplinar
al material social y los propios métodos de sociología de que estas Jornadas son
un bueno ejemplo.
En este contexto, no debe la magistratura temer, pero sí incentivar, la
definición de un conjunto de situaciones que deben ser entregues a los
dispositivos alternativos de composición de litigios, reservando, para si los
litigios nucleares que envolvan la afirmación de los derechos de las personas.
Después, la intervención del juez enguanto vértice del sistema procesal,
tendrá, axiologicamente, que ser orientada de molde a estimular su pulsión
creativa y imaginativa (y aquí en Argentina tenemos nombres como Julio
Cortazar que han sabido superiormente ejercitar esa creatividad naturalmente en
el plano literario), en una lógica de puntos de vista y no de descarnadas
referencias silogísticas buscando convencer un “auditorio”, para usar la
terminología de Perelman, auditorio ese cada vez más global como definido por
MCLUHAN, partiendo de la modelación de los hechos, alcanzados según un ideal
utópico de verdad.
Aharon BARAK, uno juez de referencia en el panorama mundial, propone,
en un precurso argumentativo semejante, que a los magistrados cabe, en su labor,
dos tareas fundamentales: la de establecer puentes que superen la distancia
entre la ley y la sociedad y la de proteger la Constitución y la democracia
entendida en una dimensión que Luigi Ferrajoli ha definido como sustancial y
previa a la dimensión política.
La primera implica un equilibrio que permita adaptar las leyes à la realidad
social, pero respectando a la seguridad jurídica, y la segunda impone que los
jueces presten permanentemente cuentas, no tanto a los otros poderes del Estado
y sí a lo que designa como la “moral interna” de la democracia.
Una vez delineado, a rasgo grueso, el perfil del juez, mientras actor
individual en su actividad judicial, dejen-me ahora profundar la actividad del juez
como miembro de una clase profesional, integrado en el denominado
asociacionismo judiciario.
Comienzo por vos aportar unos breves hechos sobre la experiencia
asociativa de los jueces en Europa, con énfasis en mi país.
Los jueces portugueses están asociados en una sola asociación profesional:
la “Associação Sindical dos Juízes Portugueses” (www.asjp.pt).
Esta es, de hecho, la única asociación profesional representativa de los
jueces, existente en Portugal. Una asociación que congrega a 2055 jueces,
aproximadamente el 95% de todos los jueces portugueses.
Esta unidad asociativa no existe en uno país vecino al nuestro como eres
España, donde existen cuatro asociaciones de jueces, que, por lo que creo haber
entendido, poseen connotaciones ideológico-partidarias diferenciadas y, por
algunas de ellas, incluso asumidas.
La unidad asociativa es para nosotros, jueces portugueses, un bien
inestimable. En la representación externa y en especial en el dialogo ó confronto
con el poder político los jueces portugueses están hablando a una sola voz,
evitando la tentación de buscar la proliferación de pequeñas asociaciones que se
agotan en el protagonismo de realizar proyectos parcelares sin beneficio
continuado para el colectivo de jueces.
No ignoramos que este unanimismo comporta problemas. Pero, algo hemos
conseguido: las preferencias políticas ó partidarias de cada juez no son temas
habituales de conversación entre los jueces portugueses. No es que cada uno no
las tenga. Simplemente no la llevamos al interior de nuestra Asociación.
Esto conlleva, sin duda, un precio. Como asociación no nos pronunciamos
sobre proyectos o reformas legislativas que impliquen una tomada de postura
ideológica. Temas polémicos como el matrimonio entre homosexuales, la
eutanasia o el aborto, la adopción por parejas homosexuales, exigen sin duda la
conciencia cívica de cada uno de nosotros, jueces, pero, como grupo profesional,
nuestras opiniones se concentran en los aspectos jurídicos de cada proyecto, en
prole de la administración de los ciudadanos, en el respeto por las opciones del
legislador. Claro está, siempre y cuando este respete, a su vez, los principios
fundamentales afirmados en nuestra Constitución.
No nos parece un precio demasiado elevado, una vez que la lucha central de
los jueces en el Mundo eres otra; la lucha incesante por la independencia de los
tribunales, la dignidad y la cualidad de la función de juzgar y la confianza de los
ciudadanos en la resistencia permanente contra la transfiguración de los jueces
en funcionarios. «Funcionalización» esa deseada por el poder político que no
duda en aprovecharla.
Una cuestión fracturante en Portugal, mucho discutida por la clase política y
un numero creciente de jueces, tiene que ver con la contradicción absoluta entre
la titularidad de la soberanía avocada a la magistratura judicial y el sindicalismo
profesional que presupone una relación de subordinación laboral. Este un tema
complexo que se seguirá discutiendo seguramente en los próximos años un poco
por toda Europa.
En mi país se asiste hoy a una fuerte investida del poder político contra la
sindicalización del poder judicial, con reputados académicos defendiendo la
prohibición constitucional de la existencia de sindicatos de jueces. Pero, se para
nosotros esa prohibición - que solo tiene paralelo en países como la Venezuela de
Chávez ó el reciente intento, a través de un referéndum, que está ocurriendo en
Turquía - seria solamente formal, la verdad es que para los otros poderes del
Estado lo que menos preocupa a ellos son las luchas sindicales de los jueces, sí
son meramente orientadas para cuestiones de carrera o de remuneración.
Lo que efectivamente ven preocupando el poder ejecutivo han sido las
denuncias de errores en el sistema judicial y la voluntad de encontrar sus
responsables.
En los otros países de Europa Continental, la historia del asociacionismo
judicial es, en mucho, semejante.
Así, en Francia, el Sindicato de Magistratura nace precisamente en el
período de ebullición política que ha tenido su máximo en el Mayo de 68 en Paris,
siempre procurando la afirmación de un poder independiente, y coexiste
actualmente con otra agremiación sindical, la Unión Sindical de Magistrados,
criada en 1975.
Por su vez, en Alemania, la asociación de magistrados data ya de 1908, en
plena monarquía, y se ha llamado Federación Alemana de Jueces. Cuando ha
subido al poder el nazismo, esta Federación, entonces muy politizada, sería,
infortunadamente, una de las primeras a felicitar Adolf Hitler por su elección, en
uno contexto en que la magistratura del país había perdido su independencia.
Esta Federación continuó su actividad después de la 2ª Guerra Mundial pero un
grupo de jueces más nuevos rompería hace pocos años esa unidad, filiando-se en
un Sindicato que agrupaba los miembros de órganos públicos alemanes; esos
jueces siguen ahora disputando el comando de su asociación.
No
que
respecta
al
Derecho
internacional,
la
legitimación
del
asociacionismo judiciario radica en los Principios Fundamentales relativos a la
independencia de la magistratura, aprobados por la Asamblea General de
Naciones Unidas, en 13 Diciembre de 1985, onde se lee en el Parágrafo 9º que los
jueces son libres de constituir asociaciones o otras organizaciones y de se
afiliaren para defender sus intereses, promover su formación profesional y
proteger la independencia de la magistratura. También la Convención 87 de la
Organización Internacional de Trabajo (OIT) a respecto de la libertad sindical
garante a los jueces la posibilidad de criar o adherir a organizaciones de su
elección para protección de sus derechos y defensa des sus intereses.
La imagen de los jueces en la Europa del siglo XXI se ha apartado del juez
que soluciona sus casos con el simples recurso al “ius patrium”; emerge ahora
con el Tribunal de Justicia de Unión Europea, el Tribunal Europeo de los
Derechos del Hombre o el Tribunal Penal Internacional y mismo con los diversos
Supremos Tribunales y Tribunales Constitucionales nacionales, una nueva elite
de jueces que comparan decisiones a un nivel internacional lo que permite
hablar por primera vez en uno embrión de una comunidad jurídica europea.
En este sentido, puede en el futuro adquirir una particular dimensión
histórica la Unión Internacional de Magistrados. Esta organización, fundada en
Septiembre de 1953, cuenta actualmente con 74 países miembros en cinco
continentes, cada uno de ellos representado a través de asociaciones
de
magistrados nacionales, en una innegable manifestación de fuerza colectiva del
poder judicial que podrá y deberá ser desarrollada como viene sucediendo
recientemente con el protagonismo asumido por una otra organización de jueces,
ubicada en América, la Federación Latino-Americana de Magistrados,
superiormente dirigida pelos argentinos Miguel Camiños y Abel Fleming,
respectivamente Presidente y Secretario de la FLAM.
Es tiempo para que también al nivel internacional los jueces afirmen su
espacio de afirmación como poder soberano, al servicio de la comunidad, para
allá de meras cortesías diplomáticas.
¿Definido este entorno nacional y internacional, que desafíos principales se
colocan al asociacionismo judicial? Como deben actuar las asociaciones de
magistrados para que sean reconocidas como válidas para el Estado de Derecho?
El asociacionismo tiene como génesis esencial una vieja idea seminal de
Tocqueville en que las condiciones de vida de las sociedades modernas tienden a
desinteresar el individuo pelo interés colectivo y por la vida política de esa
sociedad, lo que facilita el aparecimiento de tiranías.
Las asociaciones, para Tocqueville, tendrían así la función fundamental de
permitir la integración social y la participación política a través de la
interiorización de valores de cooperación y reciprocidad.
Donde resulta que hoy pensadores como Habermas afirmen que “el núcleo
fundamental de la sociedad civil reside en las asociaciones no estatales y no
económicas, que sean voluntarias y que ligan las estructuras comunicacionales
del espacio público à la componente “social” del mundo vivido.”
En las últimas décadas, se asiste inequívocamente a una clara disminución
del envolvimiento asociativo con la queda del porcentaje de populación
activamente empeñada en la vida asociativa, como refieren diversos autores, en
particular Putman, mucho por causa del individualismo galopante y de las nuevas
formas de convivencia à distancia, aportadas pela Internet.
Todavía, el asociacionismo, incluso judicial, paradojalmente, viene
asumiendo un papel institucional creciente sea por el efecto amplificador de los
“media” sea por el reconocimiento mayor que é dado por el propio Estado.
En línea con lo que hemos aventado para el perfil individual del juez, la
actividad asociativa debe, primeramente, demarcar-se de una intervención
meramente corporativa, de raíz estrictamente sindical, solamente de defensa de
salarios o de derechos laborales.
La naturaleza de poder soberano de la magistratura obliga a que su
intervención colectiva tenga una directriz esencial: la defensa de los derechos de
los ciudadanos.
Debe acentuar-se el desafío de democratizar la información, como ven
insistiendo Abel Fleming, compartiendo la ciudadanía y mostrando en qué va a
cada uno de los ciudadanos que haya uno verdadero aseguramiento de la
independencia de los poderes judiciales y de cada uno de los jueces. Debemos
hacer-lo de modo moderado y paciente. Como enseñaba Hegel solo la impaciencia
pide el imposible pues mira solo para la meta sin disponer de los medios para la
alcanzar.
Los jueces, al menos en Europa, enfrentan una continuada dificultad de
comunicación con la sociedad civil. Este déficit de comunicación, que incluí la
dificultad de relacionamiento con los media, solo podrá ser ultrapasado con una
renovada cultura democrática, vivida en el proceso y no tribunal, con una
relación abierta y de confianza al nivel interno, con los litigantes y sus abogados,
y externo con los medios de comunicación social y la comunidad social, a quien,
en todos momentos, debemos servir.
Y para tanto no basta el recurso a expertos de relaciones publicas, de
marketing, de agencias de comunicación o de gabinetes de prensa; es necesario
que se construya un discurso exógeno, que mire a los intereses concretos de las
personas para que los ciudadanos, en especial los más ignorados, entiendan que
los jueces encontrón su legitimidad mayor al servicio de una concepción material
ó substantiva de la Constitución democrática, en el sentido propugnado por
Ronald Dworkin.
Con esta afirmación pró-activa del derecho tienen su “raison d’être” las
asociaciones de jueces, sin connotaciones sindicales reductoras y usando el poder
de la palabra, muchas veces, contra la palabra del poder.
Es tiempo de terminar. Mucho más me gustaría compartir con ustedes a
respecto de estos tiempos que vivimos y que son tan interesantes aunque me
acorde siempre de un viejo proverbio chino que nos enseña: “Dios nos libre de
tiempos interesantes”.
Pero, termino con el vuestro inmenso y genial Jorge Luís Borges, tan amado
en mi país, que elle también ha celebrado a propósito de sus antepasados ( “Nada
o muy poco sé de mis mayores portugueses, los Borges. Mejor así. Cumplida la
faena, son Portugal, son la famosa gente que forzó las murallas del Oriente y se
dio al mar y al otro mar de arena”).
Borges que tengo también debido a una vieja devoción un poco como mío,
que me perdonen ustedes, escribió un bellísimo poema sobre mudanza y
perennidad que mejor remata mis sencillas palabras.
Se llama “Son los ríos” y reza así:
Somos el tiempo. Somos la famosa
parábola de Heráclito el Oscuro.
Somos el agua, no el diamante duro,
la que se pierde, no la que reposa.
Somos el río y somos aquel griego
que se mira en el río. Su reflejo
cambia en el agua del cambiante espejo,
en el cristal que cambia como el fuego.
(...)Todo nos dijo adiós, todo se aleja.
La memoria no acuña su moneda.
Y sin embargo hay algo que se queda
y sin embargo hay algo que se queja.
Gracias por vuestra atención - paciente.
José Manuel Igreja Matos
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